Historia de Francia

Casa merovingia (496-752)
Casa carlovingia (752-987)
Casa capeta (987-1328)
Casa valois (1398-1589)
Casa borbón (1589-1789)
Lista de los reyes de Francia
La Revolución francesa (1789-1799)
El Consulado (1799-1804)
El Imperio (1804-1814)
La Restauración (1814-1830)
Monarquía de Julio (1830-1848)
II República y II Imperio, (1848-70)

Casa merovingia 496-752

A Clodoveo se le considera con razón el verdadero fundador de la monarquía francesa. En su próspero reinado, avasalló a los borgoñones (500); venció y dio muerte en la batalla de Vouillé (507) a Alarico II, rey de los visigodos, que se vieron obligados a retirarse de la mayor parte de sus posesiones en Francia; recibió en Tours del emperador de Oriente las insignias de patricio y cónsul romano que equivalían al reconocimiento de su autoridad y poder; estableció su capital en París; reunió bajo su cetro a todas las tribus francas y protegió por todos los medios a la religión católica.

Los Reinos Francos en el 511.Los Reinos Francos en el 511.

A su muerte, ocurrida en 511, sus hijos terminaron la conquista de Borgoña, y Francia se extendió así desde el alto Weser a los Pirineos, con excepción de la Septimania, o sea la parte occidental de lo que fue la Provincia romana, la Armórica bretona que solo dependía de él nominalmente y algunas partes de la Sequania que poseían los alamanni.

Tan vasto imperio no quedó, sin embargo, sometido a una autoridad única, y el mismo Clodoveo inauguró, repartiendo sus dominios entre sus cuatro hijos, la ley de las divisiones. Clotario I, de 448 a 561, Clotario II, de 613 a 628, y Dagoberto I, de 628 a 638, fueron los únicos que reinaron sobre todo el país, el cual después de la muerte de Clotario I quedó separado en Austrasia (entre el Weser, el Escalda y el Marne) y Neustria (entre los dos últimos ríos y el Loire).

Borgoña conservó su administración particular hasta fines del s. VII y Aquitania estuvo ya distribuída entre los dos reinos de modo irregular, ya gobernada por duques bajo la soberanía de Neustria.

La ampliación territorial de los francos entre 481 y 814.La ampliación territorial de los francos entre 481 y 814.

No cabe hacer aquí un estudio ni siquiera sucinto de las leyes francas y del estado social a que obedecían; pero si hay que hacer constar que su influencia no se sintió de igual manera en el Norte que en el Mediodía. En esta última región, entre cuyos habitantes había menor número de los francos conquistadores, se conservaron mejor las costumbres galorromanas, así como las antiguas libertades municipales.

Este hecho explica en parte las aspiraciones a un gobierno propio que repetidas veces manifestaron Aquitania y Provenza, aspiraciones que algunos soberanos procuraron satisfacer y que hubieran podido hacer centro de Francia a Burdeos, Marsella o Tolosa, en lugar de París, y lengua oficial a la de Oc en vez de la de Oil.

En otros conceptos, las leyes de los francos, ora por las condiciones respectivas en que colocaron a los que habían de obedecerlas, ora por el famoso tratado de Audelot (587) que concedió a los leudes o nobles reales el carácter hereditario de sus cargos, prepararon el advenimiento del feudalismo, que, contenido un instante en sus progresos por el poder de Carlomagno, se organizó fatalmente bajo los reinados de sus débiles sucesores.

Además, el feudalismo se encontraba en germen en la organización de los últimos tiempos del Imperio romano y en las circunstacias que acomapñaron a las grandes invasiones. Por ello durante la Edad Media se le encuentra en formas parecidas en casi todos los países cristianos de Europa.

El agricultor o el propietario, no pudiendo contar con la protección de un poder central, se entregaba al guerrero vecino que le parecía más capaz de defenderle y se reconocía obligado por tal defensa; de ahí las relaciones de vasallo a señor.

Los vasallos que no eran nobles, es decir, la gran mayoría de ellos eran colonos, que sujetos a la gleba —tierras a las que estaban adscritos colonos y siervos—, gozaban, no obstante, de mucha más libertad que los antiguos esclavos.

Se les llamó siervos, palabra equivalente a esclavo, pero que significaba un estado muy distinto, aunque casi siempre miserable por los abusos de la fuerza. Los merovingios se distinguiern más por sus crueldades que por su valor y su buen gobierno.

Uno solo de ellos supo, en realidad, regir los destinos del país. Dagoberto, llamado el buen rey, que protegió las artes y las ciencias lo mismo que la goda Brunhilda, mujer de Sigeberto de Austrasia, la cual trató de restablecer en sus Estados la civilización romana, empresa quimérica que más tarde renovara Carlomagno.

Los sucesores de Dagoberto, denominados reyes holgazanes, se enervaron en la ociosidad y poco a poco dejaron todas sus atribuciones en manos de sus ministros o mayordomos de palacio, que ejercieron una verdadera tutela sobre el trono, siendo los verdaderos soberanos, hasta el punto de que la historia de este periodo se basa en la duración de mando de tales mayordomos, prescindiendo del reinado de los monarcas titulares.

Uno de estos mayordomos, Pipino de Landen, fue obligado por Dagoberto I a huir a Aquitania, donde tenía extensos dominios. A la muerte de Dagoberto y habiendo recobrado su autoridad los mayordomos en Neustria, Austrasia y Borgoña, Crimoaldo, hijo de Pipino, tomó el título de rey (640); pero su tentativa fue prematura, y quien recogió y ejerció durante veinticuatro años toda la autoridad real fue Ebroin, cuya muerte en 681 permitió a Pipino de Heristal, noble descendiente del de Landen y dotado de grandes cualidades, vencer al mayordomo de Neustria, Berthario, y erigirse el árbitro absoluto de los destinos de Francia, cuyos reyes se resignaron a su suerte, si bien no se extinguieron por completo hasta 752.

A Pipino de Heristal, que había tomado el título de duque o príncipe de los francos, le sucedió su hijo ilegítimo Carlos Martel, aclamado por los nobles austrasianos, que devolvió la unidad a Francia y salvó a la cristiandad venciendo en Poitiers (732) a los musulmanes aliados del duque Eudo.

Antes de morir convocó una asamblea de nobles y dividió el poder entre sus hijos Carlomán y Pipino el Breve, el primero de los cuales entró voluntariamente en un monasterio y el segundo depuso a Childerico III, último descendiente de Meroveo y tomó el título de rey en 752. Dos años más tarde fue a coronarle en Saint-Denis el papa Esteban II, que como sus antecesores pedía ayuda contra los lombardos

Casa carlovingia (752-987)

Pipino el Breve (752-768) es conocido por sus luchas contra los duques de Aquitania, a quienes no pudo someter por completo, y contra los sajones y los árabes; por haber confirmado a los pontífices en la posesión de Roma y ensanchado los dominios de aquellos a costa de los lombardos y de los emperadores de Oriente, y, sobre todo, por ser el padre de Carlomagno que ha dado nombre a la dinastía carlovingia.

Hábil conquistador y organizador, y considerado como uno de los grandes genios de la humanidad, Carlomagno (768-814) quedó solo en el trono en 771, por muerte de su hermano Carlomán y fue coronado emperador de Occidente en 800.

Con la destrucción del reino de los lombardos, cuya corona de hierro se ciñó, con la conquista y conversión de los sajones y la sumisión de los ávaros y de los húngaros, creó un inmenso imperio que se esxtendía desde Roma a Jutlandia y desde el Oder y el Tisza al Ebro.

Aunque los países comprendidos dentro de estos límites estuvieran lejos de formar el mismo conjunto que el constituidos después de Teodosio, Carlomagno, proclamado Augusto en Roma por el Papa, se tuvo por sucesor de los césares y quiso resucitar aquella época.

Para fomentar las letras y las artes se dirigió a Constantinopla, donde creía encontrar intactas las tradiciones de la antigüedad. De allí llegaron artistas que practicaban la pintura y la arquitectura llamadas bizantinas y de ellos tomó modelo la arquitectura románica.

Ludovico Pío, para quien su padre Carlomagno constituyó momentáneamente un reino en Aquitania, hubo de emplear gran parte de su reinado (914-840) en reprimir las sublevaciones de sus hijos, para los cuales había dividido el Imperio en tres reinos.

Uno de ellos, que separaba a los dos restantes, tomaba de Galia una gran sección longitudinal limitada por el Escalda, el Mosa, Los Vosgos, el Saône y el Ródano, hecho que, después de la muerte de Ludovico y de la sangrienta batalla de Fontanet, librada entre sus hijos, quedó consagrado por el célebre tratado de Verdún (843).

De oeste a este, los territorios surgidos del Tratado de Verdún del 843: la Francia Occidental, la Francia Media y la Francia Oriental.De oeste a este, los territorios surgidos del Tratado de Verdún del 843: la Francia Occidental, la Francia Media y la Francia Oriental.

La sección longitudinal antes referida se dividió en varios Estados: Borgoña, Cisjurana, Arles, BorgoñaTransjurana, Lorena, Flandes, etc., los dos primeros de los cuales volvieron a Francia; pero los demás quedaron sometidos a la influencia alemana y solo en parte y por poco tiempo permanecieron unidos al Estado francés.

Así quedó formada Francia tal cual es hoy, cuyo primer monarca fue Carlos el Calvo (840-877)), emperador en los dos últimos años de su vida, quien no supo defenderla contra las invasiones de los normandos que, remontando los ríos en sus barcas, devastaban los campos, degollaban o se llevaban a los habitantes del país, incendiaban las ciudades, saqueaban y destruían los monasterios.

Para contenerles, permitió Carlos en 864 a los duques y señores que edificaran, en todos los puntos favorables, fortalezas que sirvieran a los nobles para erigirse pronto en pequeños soberanos casi independientes y reclamar carácter hereditario para su privilegios, exigencia a que accedió el débil monarca en su capitular de Quiercy-sur-Oise, verdadera carta de fundación del feudalismo.

Los reyes carlovingios tenían en tan poco aprecio a París, que se desprendieron de esta ciudad como de muchas otras para constituir beneficios o feudos en favor de los principales señores de la corte.

A Carlos el Calvo sucedieron Luis el Tartamudo (877-879), Luis III y Carlomán (879-882 y 884) y Carlos III el Gordo, emperador de 884 a 887, depuesto por su cobardía frente a los normandos, contra los cuales defendió, en cambio, valerosamente su caìtal Eudes, duque de París.

Eudes, llamado al trono, a pesar de no ser de estirpe real, lo ocupó de 887 a 898 y lo compartió en 896 con el heredero legítimo. Carlos el Simple, quien hasta su muerte, ocurrida en 929, tuvo, además, por colegas y a intervalos por sustitutos a otros dos príncipes de la familia ducal de París, Roberto I (922-923) y Raúl (923-936), quien le sobrevivió.

Carlos III el Gordo dio fin por un tratado de Saint-Claire-sur-Epte (912) a las depredaciones de los normandos, cediéndoles para establecerse la región que se llamó Normandía y que desde un principio figuró entre los grandes feudos. Este fue el último servicio digno de nota que prestó a Francia la dinastía carlovingia.

Se extinguió a su vez, más no por su indolencia, sino por su política, pues a fuerza de crear feudos, no se reservó más que Laon, donde reinaron nominalmente sus tres últimos representantes Luis IV de Ultramar (936-954), Lotario (954-986) y Luis V el Holgazán (986-987). A su lado, los duques de París o de Francia, redeados de autoridad por sus hazañas, eran más poderosos que sus señores.

Hugo el Grande, hijo de Roberto I, ejerció sobre aquellos una tutela semejante a la de los mayordomos de palacio de los merovingios, y en 987 el hijo de Hugo el Grande, denominado Hugo Capeto, se creyó bastante fuerte para apoderarse de la corona. Su sobrenombre es el que lleva la tercera dinastía que, por medio de distintas ramas, continuó hasta la instauración de la República.

Casa capeta (987-1328)

La dinastía que comenzó con Hugo Capeto era la destinada a restablecer el poder real, tan menoscabado anteriormente; pero sus monarcas, dueños al principio tan solo de un feudo mediano, tardaron mucho en ser algo más de lo que significaba la histórica fórmula primus inter pares.

A Hugo Capeto (998-996) sucedió Roberto II (996-1031) que no fue más poderoso que aquél y que perdió la ocasión que se le presentara de aprovechar uno de los efectos de la constitución feudal. Según ella, el rey heredaba todas las tierras cuyo poseedor moría sin parientes próximos, y Borgoña, convertida en simple ducado, pero libre ya de la soberanía germánica, volvió a Roberto, que en vez de guardarla la dio en patrimonio a uno de sus hijos, inaugurando así una costumbre casi tan funesta como la de las divisiones que habían practicado las dos dinastías anteriores.

Enrique I (1031-1060) supo imponerse a sus vecinos defendiéndose contra las agresiones injustas y estableciendo y haciendo respetar en todo el reino las llamadas Treguas de Dios, que restringían las guerras privadas, una de las consecuencias más funestas del régimen feudal (1034).

Esta política de restauración social había de ser definitivamente la de los reyes de Francia después del reinado del indolente y corrompido Felipe I (1060-1108) que dejó pasar con la mayor indiferencia dos acontecimientos trascendentales, aunque de muy diversa manera, para la historia de Francia: la conquista de Inglaterra por su más poderoso vasallo el duque de Normandía (1066) y la primera Cruzada (1095-1099).

La conquista de Inglaterra fue una desgracia para Francia, pues al trasladar los duques de Normandía su capital de Rouen a Londres, no cedieron sus posesiones continentales, y así hubo en Francia un príncipe extranjero tanto o más poderoso que su señor, capaz de engrandecerse todavía mediante alianzas y conquista, como los demás señores feudales, pronto a intervenir en los asuntos de su país de origen y pudiendo pretender su sucesión, si la ocasión se presentaba.

Así ocurrió pronto, en efecto, y en este hecho tuvieron su origen las luchas entre Francia e Inglaterra, que culminaron en la guerra de los Cien Años y las innumerables calamidades que cayeron sobre Francia en la segunda parte de la Edad Media y que retrasaron su desarrollo.

Las Cruzadas, por el contrario, contribuyeron indirectamente a preparar la unidad de Francia, acostumbrando a los grandes vasallos a agruparse en torno a su soberano, cuando este quiso ponerse a su cabeza, y produciendo la extinción de no pocos feudos, ya a consecuencia de las deudas y compromisos contraídos para subvenir a los gastos del expedición, ya por la extinción de las familias nobles que vertieran su sangre en Palestina.

De las Cruzadas se originó también la influencia preponderante de Francia en Oriente, influencia que ha favorecido muchas veces a la política francesa y cuyos resultados no se han agotado aún.

Al impulso dado por las Cruzadas se debió en los s. XII y XIII que el espíritu humano se elevara a tanta altura en las regiones de la filosofía, de las ciencias, las artes y la literatura; si bien aquéllas fracasaron últimamente en sus fines inmediatos, produjeron otros resultados que no por imprevistos fueron menos útiles a la Europa entera y muy en especial a Francia.

La caballería, que dio al heroísmo de los guerreros franceses un carácter tan original y atractivo, nació de los abusos del feudalismo que se consagró a combatir en un principio, pero que acabó por imitar, olvidándose de proteger a la viuda y al perseguido, pero conservando todavía tradiciones de honor, de lealtad y de delicada galantería, aunque mezcladas con una afición desconsiderada a las aventuras.

Después de las Cruzadas, la institución de la caballería tomó formas que participaban a la vez del estado militar y del monástico y se crearon las órdenes llamadas militares, entre las que descuellan la de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en 1113 y la de los Templarios en 1118.

La caballería se reclutaba entre los nobles, y cuando comenzó a apartarse de su primitivo objeto, sintió el pueblo la necesidad de guardarse a sí mismo. En los campos, la resistencia era imposible y la libertad menos necesaria; pero en las poblaciones, cuando los ciudadanos comprendieron que podían enriquecerse por medio de la industria y del comercio y asociarse para su defensa, reclamaron, incluso con las armas en la mano, las franquicias municipales de que habían disfrutado bajo la dominación romana y cuyo recuerdo no se había perdido por completo, sobre todo en el Sur.

De ahí el gran hecho histórico conocido con el nombre de emancipación de los municipios, que comienza a manifestarse en los últimos años del s. X, en que San Quintín obtuvo ya su carta municipal (980); se desarrolla en el s. XI y adquiere toda su importancia desde los últimos años de este mismo siglo hasta fines del siguiente.

En el Mediodía, semejante movimiento de reacción no es tan marcado, porque el feudalismo respetó más los restos de la organización romana y el despertar de los municipios se produjo un poco más tarde y bajo un aspecto diferente.

En el N. el establecimiento de algunos municipios como Cambray, Vezelai y Laon fue violento y dio origen a célebres luchas; pero hubo señores que accedieron a las aspiraciones legítimas del pueblo, como san Godofredo, obispo de Amiens; Balduíno de Boulogne, obispo de Noyon; los condes de Flandes y los de Vermadois.

Los reyes por su parte, comprendieron el partido que podían sacar del estado llano contra la nobleza feudal; favorecieron casi siempre a los municipios y, sin crear municipios verdaderos en sus dominios directos, aumentaron allí considerablemente las libertades comunales. Por motivos de orden espiritual los reyes de los s. XI y XII rivalizaron con los señores y con los simples particulares en la fundación de monasterios.

La famosa abadía de Cluny, fundada en 910 en Borgoña, aumentó rápidamente al implantar la reforma de la antigua orden benedictina, que se hallaba extendida en Galia desde el s. VI y se había detenido en su decadencia gracias a las instituciones de San Colombano (m. en 615) y a las capitulares de Carlomagno.

Al trabajo de copiar los antiguos manuscritos unió la nueva congregación los estudios científicos y filosóficos y la enseñanza y la práctica de todas las ramas del saber humano. Viollet-le-Duc ha dicho, con razón, hablando de este periodo, que Cluny es la cuna de la civilización moderna. Las escuelas monásticas, reproducidas pronto en los obispados, fueron el punto de partida del gran movimiento intelectual de los s. XII y XIII y en particular las precursoras de las grandes universidades que debían brillar hasta después de iniciado el Renacimiento.

Al mismo tiempo que los benedictinos llenaban el Occidente con la fama de su ciencia y sus virtudes, san Bernardo (m. en 1153), de quien casi puede decirse que rigió los destinos de la Iglesia durante parte del s. XII, vivificaba una orden más humilde, pero no menos útil. A partir de 1115 se esparcieron desde la borgoñona Cister o Citeaux sobre Francia y sobre toda la Europa cristiana, millares de religiosos que se dedicaban a roturar tierras estériles y malsanas.

Si Cluny es la cuna de la civilización de Francia, Citeaux lo es de su agricultura. A los cistercienses se debe la conquista para el cultivo y la habitación de inmensos territorios hasta entonces desiertos, no solamente en Francia, sino en los países a ella cercanos y aun a los escandinavos, en todos los cuales hicieron respetable el nombre francés y adonde llevaron el arte ojival apenas nacido. Otras órdenes religiosas se originaron o se desarrollaron al mismo tiempo en Francia, durante el s. XII, pero ninguna de ellas igualó en influencia social a las dos citadas.

A Felipe I, cuya negligencia permitió a los señores feudales aprovechar los progresos hechos en el arte de construir y levantar fortalezas inexpugnables hasta en las puertas de la capital, sucedió Luis VI (1108-1137), mucho más activo e ilustrado que aquél, quien consagró los primeros años de su vida a reducir los castillos levantados contra su autoridad y a defender a sus vasallos injustamente atacados; y los siguientes al mejoramiento de la condición de los siervos y a la protección de los municipios.

No obstante, la generosa ayuda prestada a sus vasallos le acarreó luchas con Inglaterra, en las que experimentó humillantes desastres. Su hijo Luis VII (1137-1180) se vio secundado por uno de los más hábiles ministros que ha tenido Francia, Suger, abad de Saint Denis, a pesar de cuyos consejos tomó parte en la segunda Cruzada y después de cuya muerte (1152) cometió una gran falta política al repudiar a su esposa Leonor de Guyena, a quien hubo de devolver la dote consistente en varias provincias occidentales.

Por un nuevo matrimonio, la dote en cuestión pasó a manos de Enrique Plantagenet, dueño ya de Anjou, Maine y Normandía y tres años después rey de Inglaterra. Tres siglos tardaron los reyes de Francia en recobrar tales dominios, que les daban un rival superior a ellos en poder, aun sin contar más que las provincias continentales.

Por otra parte Bretaña, cuyos soberanos tomaron varias veces el título de reyes, sin oposición de nadie, quedaba ajena a Francia, y, en fin, en el S., acostumbrado también a una vida independiente, los condes de Tolosa redondeaban sus dominios mediante oportunas alianzas matrimoniales y amenazaban al N. con una supremacía definitiva.

El reinado de Felipe Augusto, tan largo como el de su antecesor (1180-1223), cambió el aspecto de las cosas. Normandía, Anjou, Turena y Maine fueron conquistados. El dominio real propiamente dicho se ensanchó en algunos distritos picardos y se emprendieron dos Cruzadas, una de ellas bajo la dirección del propio monarca. La brillante victoria de Bouvines (1188) contra alemanes y flamencos coligados presentó al rey como defensor natural del pueblo francés, y en ella formaron por primera vez las milicias ciudadanas.

Comenzó a funcionar el tribunal de los Pares, que se atrevió a condenar al rey de Inglaterra Juan Sin Tierra, por el crimen de asesinato, a la pérdida de Normandía. Al mismo tiempo, las circunstancias exteriores le favorecieron, pues el Mediodía se debilitaba por falta de buena administración, por la relajación de las costumbres eclesiásticas y por la invasión progresiva de la herejía albigense.

Los caballeros del Norte, llamados por el Papa para restaurar la Fe, aprovecharon la ocasión para quedarse allí como conquistadores, y lo que comenzó por ser una cruzada interior con fines meramente religiosos, degeneró en una serie de crueldades. No obstante, la victoria de Muret, obtenida por Simón de Montfort contra el país de la lengua d´oc, representado por el conde de Tolosa y Pedro el Católico de Aragón, preparó la unión irrevocable de las provincias meridionales de la corona.

El reinado de Felipe Augusto y el de su sucesor señalan el apogeo artístico de la Edad Media. Se realizó un hecho único en los anales de la arquitectura universal; el de un pueblo que substituye su antiguo arte por otro original, más adaptado a su carácter y a sus creencias.

Después de los constructores franceses de los siglos IX y X que no habían conservado de la arquitectura romana más que el fondo, el arte monumental, libre de trabas, progresó aprisa, y de mediados del siglo XI a mediados del siglo XII produjo el estilo llamado románico, las magníficas iglesias de Saint-Pierre de Cluny, Saint-Sernin de Tolosa, Saint-Etienne de Caen, Saint-Martin de Tours, la Charité-sur-Loire y otras muchas; pero las rápidas transformaciones de este estilo lo modificaron de tal modo que se creó uno nuevo, conocido con el nombre de ojival o gótico.

De 1137 a 1144 surgen las primeras edificaciones góticas, a impulso de Suger, que trazó por sí mismo los planos de su iglesia de Saint-Denis, adelantándose a su época, y en los años siguientes se esparce el gótico por Francia y por toda Europa, llegando a su apogeo en el siglo XIII.

En los mismos reinados empieza París a desempeñar su papel de capital de Francia. Felipe Augusto la dotó de diversas instituciones, la rodeó de murallas, pavimentó sus calles y construyó el palacio del Louvre, cuya torre se convirtió en símbolo del poder feudal de los reyes. Era ya París uno de los grandes centros de estudios de Europa cuando se organizó su Universidad en 1200 y 1215, y haber estudiado en París fue para entonces una de las mejores garantías de instrucción que podían darse.

Luis VIII (1223-1226), hijo y sucesor de Felipe II Augusto, recibió del hijo de Simón de Montfort, poco afirmado en su conquista, la cesión de sus derechos al condado de Tolosa que, en 1229, reinando ya san Luis, se otorgó al hermano del rey, Alfonso de Poitiers, el cual casó con la hija única del último conde, Ramón VII, si bien dejó usufructuar el condado a su suegro hasta la muerte de este en 1249.

El largo reinado de Luis IX el Santo (1226-1270) elevó por todos los conceptos a Francia. Aun en la infancia se vio salvado por su prudente madre Blanca de Castilla, de una coalición de grandes vasallos que, temerosa del creciente poderío de la dinastía capeta, aspiraba a poner en el trono ya al conde de Champaña, ya al ambicioso y terrible Enguerrand III, sire de Coucy.

Entrado en la mayor edad, san Luis, inspirado en un amor ferviente de la justicia, quiso poner coto a los abusos de la jurisdicción señorial, sometida a la arbitrariedad o fundada en principios dudosos y extendió a todo el reino la jurisdicción de los tribunales que ofrecían garantía más serias.

A la cabeza de tales tribunales se hallaba el Parlamento, que conocía en última instancia de todas las causas y del cual dependían los baillis reales, encargados de examinar las sentencias dadas por los barones. Felipe Augusto había ya reservado ciertos casos especiales, pero Luis IX añadió otros y su reputación personal de equidad contribuyó a inspirar por todas partes el respeto a la justicia real.

Al mismo tiempo, sus dominios aumentaron con Provenza que en parte le llevó en dote su esposa y en parte pasó por otro matrimonio a su hermano el conde de Anjou, y con el condado de Tolosa, Auvernia y Poitou que tocaron a su hermano Alfonso. No obstante, su rectitud de conciencia le hizo devolver el Angoumois, el Limosin, el Quercy y el Saintonge al rey de Inglaterra, a quien se los arrebatara en castigo del auxilio prestado al rebelde conde de la Marche. La pronta represión de esta revuelta, el generoso perdón que otorgara y su merecida severidad con Enguerrand de Coucy, realzaron su autoridad de juez y soberano.

El fracaso de la cruzada que emprendió contra Egipto y su cautividad no aminoró el respeto de sus súbditos. Con ocasión de esta expedición quiso Luis IX tener en el Mediterráneo un puerto directamente suyo y fundó en cuatro años la población de Aigues-Mortes, cuyo puerto es Le-Grau-du-Roi.

En tiempo de este rey, y con la cooperación de su hermano el conde de Tolosa y de otros señores meridionales, tanto eclesiásticos como laicos, tomó empuje al S. del Loire el movimiento municipal, con caracteres peculiares, como ante se ha indicado. En el N. fueron antiguas ciudades las que entraban en la vida de la libertad municipal y solo se crearon cuatro o cinco, la primera de las cuales fue Villeneuve-le-Roi, fundada en 1170 por Luis VII.

En el Sur por el contrario, donde la invasión sarracena y la guerra de los albigenses había destruido muchas poblaciones, se trazaron en los campos o sobre ruinas de otras localidades, calles regulares, a las que, atraídos por generosas cartas, acudían a edificar los campesinos.

Estos centros de población, llamados bastides, pasaron de 150 y las dos más antiguas, Montauban (1144) y Cordes (1222) se debieron a los condes de Tolosa. Algunas se quedaron en simples aldeas, pero otras prosperaron considerablemente, como la ciudad baja de Carcasona, nacida de un permiso de san Luis a los habitantes de la antigua fortaleza romana, para establecerse en el valle del Aude (1247), Villefranche d´Aveyron (1256). Villeneuve-sur-Lot (1263) y Revel (1230).

Muchas de estas bastides llevan nombres extranjeros, que hacen pensar en una inmigración, tales con Barcelone, Valence, Pampelune, Cologne, Milan, Tudelle, etc.; y otros nombres de antiguas poblaciones o provincias francesas: Boulogne, Cahors, la Française, Bretagne. Las reclamaciones de algunas ciudades del sur pusieron fin en 1344 a la creación de bastides.

Este movimiento se extendió a las posesiones inglesas, cuyos soberanos procuraron asegurar su dominación con una buena administración y convirtieron Burdeos en uno de los centros comerciales más florecientes de Europa, que más tarde recibió con disgusto su anexión definitiva a Francia.

Pocas de las cualidades de Luis el Santo se transmitieron a Felipe III el Atrevido (1270-1285), de quien solo cabe referir la cesión al Papa del condado de Venaissin en 1274 y su desastrosa retirada de Cataluña. Felipe IV el Hermoso (1285-1314) continuó la lucha contra el feudalismo: pera ahora en provecho exclusivo de la realeza, y es considerado como el verdadero fundador de la monarquía absoluta en Francia.

De carácter despótico, es conocido, además, por sus violentas luchas contra Bonifacio VIII, por la influencia que ejerció para la elección de un Papa francés sometido a sus deseos y la consiguiente residencia de siete Pontífices en Aviñón y por su avidez sin escrúpulos que le hizo alterar varias veces la moneda y perseguir a los templarios para apoderarse de sus bienes.

A su muerte reinaron sucesivamente sus tres hijos Luis X (1314-1316), Felipe V (1316-22) y Carlos IV (1322-28) que aumentaron el poder real en lo político y en lo administrativo. Con ellos se extinguió la línea directa de los Capetos.

Casa valois (1328-1589)

Los progresos de Francia durante los Capetos habían sido grandes. El nivel de la civilización se hallaba mucho más elevado; las costumbres eran más suaves, la administración más regular y la condición de siervos menos penosa. Los reyes carecían aún de ejército permanente, pero disponían de una poderosa marina de 200 buques de guerra; mas esta marcha se vio detenida por la terrible lucha contra Inglaterra.

A la muerte de Carlos IV le sucedió su primo hermano Felipe de Valois (1328-1350), primer soberano de la dinastía de este nombre, en virtud de una interpretación de la Ley sálica o de los francos que parecía excluir del trono a las mujeres.

Felipe atacó a los flamencos, nación rica y amiga de la libertad, presentándose como campeón del poder despótico de los condes de Flandes, y aunque obtuvo contra aquellos la victoria de Cassel (1328), dio motivo a la intervención de Eduardo III de Inglaterra, nieto de Felipe IV por parte de madre, que declaró no reconocer la Ley sálica y pretendió el trono de Francia (1337).

Con ello empezó la llamada guerra de los Cien Años, que en realidad duró más de un siglo (1337-1453), y cuyos episodios más notables en el reinado de Felipe VI fueron la derrota de Crecy (1346) y la toma de Calais (1347) y en el reinado de Juan el Bueno (1350-1364) el desastre de Poitiers, el cautiverio del rey durante cuatro años y el vergonzoso tratado de Bretigny, que daba a Inglaterra casi toda Aquitania y parte del Artois y Picardía.

Esta pérdida quedó débilmente compensada por la adquisición del Delfinado en 1349. a condición de que el heredero del trono llevara el título de Delfín. El ducado de Borgoña que por extinción volvía a la corona, fue cedido por Juan el Bueno, y este dominio, identificado pronto con el Flandes, no tardó en convertirse en un Estado más poderoso que el de su soberano y enemigo de este

Estas calamidades produjeron a su vez que la población de los campos, arruinada por el paso de tropas y explotada por los señores necesitados de numerario, se arrojara sobre las ciudades y los castillos, llevando consigo el incendio y el asesinato, revuelta conocida con el nombre de Jaquerie.

Carlos V (1364-1380), regente durante la cautividad de su padre, presenció la primera revolución política contra el absolutismo. En los Estados Generales, convocados en París en 1355 y 1356 para contribuir al rescate del rey y a la continuación de la guerra y en los que se habían reunido los tres estamentos, nobleza, clero y estado llano, se formó un partido numeroso que decretó una especie de Gobierno constitucional, cuyas disposiciones, empero, no se cumplieron a pesar del asesinato de los principales consejeros del Delfín y de otras violencias ejercidas por el jefe de los descontentos, Etienne Marcel, prévôt des marchands, o sea primer magistrado municipal de París.

Una vez en el trono, Carlos V procuró contener a Inglaterra, más por medio de una hábil diplomacia que por las armas, y a cicatrizar con su prudente administración los males del reinado precedente. Pero las circunstancias contrariaron con frecuencia sus intenciones pacíficas.

Siendo regente, hubo de intervenir entre dos pretendientes al ducado de Bretaña, uno de los cuales invocara su protección; pero no obstante el heroísmo de Bertrand Du Guesclin (el Beltrán Claquin de los cronistas españoles), venció el otro pretendiente, favorecido por Inglaterra.

Este éxito alentó a los enemigos de Francia y se necesitaron todo el valor de Du Guesclin y la prudencia del rey para rechazarlos. El reinado siguiente es uno de los más desastrosos de la historia francesa, Carlos VI (1380-1422), menor todavía de edad al subir al trono, quedó sometido a la tutela de tres de sus tíos que se apoderaron de los tesoros del rey difunto y provocaron con su mala administración sangrientos motines en parís y en las provincias. A poco de llegar a la mayor edad, perdió la razón a consecuencia de un susto (1392) y Francia quedó a merced de príncipes incapaces y perversos.

El asesinato (1407) de Luis de Orleáns, hermano del rey, por Juan Sin Miedo, duque de Borgoña; el de este en el puente de Montereau a la vista del Delfín (1419); las luchas entre Armagnacs y Borgoñones, la conquista de Normadía por los ingleses, después de la victoria de Azincourt (1415), y, en fin , las intrigas de una reina depravada, produjeron el tratado de Troyes, más vergonzoso aún que el de Bretigny, y en virtud del cual se entregaban a Inglaterra la hija de Carlos VI y el trono de Francia (1420). Este tratado fue aprobado por los Estados Generales y el duque de Borgoña.

Carlos VII (1422-1461), a quien solo quedaban algunas provincias al sur del Loira y el nombre irrisorio de rey de Bourges, no se ocupó al principio más que de sus placeres, y dejó que sus noble fueran derrotados en Crovant y Verneuil.

La rendición de Orleáns, sitiada por los ingleses, hubiera abierto a estos el caminos del Mediodía, cuando, en medio de esta situación desesperada, una doncella campesina lorenesa, Juana de Arco, hoy venerada en los altares como santa, se presentó al rey comunicándole haber recibido de Dios la misión de hacer levantar el sitio de Orleáns y llevar al soberano a Reims para ser consagrado, según la antigua costumbre.

La doble misión quedó cumplida en cuatro meses en las más extraordinarias circunstancias, y Juana de Arco prosiguió su marcha victoriosa hasta quedar prisionera en Compiègne (1430). Mas el rey se hallaba a cortísima distancia de su capital y la confianza había vuelto a todos los ánimos.

La expulsión de los ingleses hubiera sido inmediata sin las intrigas de algunos consejeros del rey, envidiosos de la gloria ajena, como lo habían sido de la de Juana de Arco y que favoreciendo la natural apatía del monarca, estorbaron muchas empresas, retardaron la conciliación con el duque de Borgoña y dejaron quemar en Rouen, tras un proceso inicuo (1431), dirigido por el obispo francés Cauchon, a la heroína que acababa de salvar el país.

Con todo, el rey reconquistó París en 1436, forzó a los ingleses a evacuar Normandía después de la batalla de Formigny (1450), en fin, de Guyena en 1453 por la victoria de Castillon y la toma de Burdeos. Inglaterra no conservó más que Calais y dos o tres poblaciones del canal de la Mancha y quedó terminada la guerra de los Cien Años.

El reinado de Carlos VII se distinguió además, por una importante medida. Hasta entonces los ejércitos se componían de aventureros a sueldo que acostumbraban a vivir del pillaje, y en tiempo de paz, a falta de otra ocupación, exigían dinero a los campesinos y saqueaban las ciudades y burgos.

Los edictos de 1439 y 1446 instituyeron el ejército permanente, pagado con regularidad por el Estado y sometido a una disciplina, bien que su institución no terminó del todo con las bandas armadas Grandes Compagnies, que reaparecieron de un modo especial en el siglo siguiente, a favor de las guerras de religión, volviendo a ejercer sus monstruosas crueldades.

Luis XI (1461-1483), hijo y sucesor de Carlos VII, aprovechó la paz que gozaba para volverse contra el feudalismo, que había levantado la cabeza de nuevo, gracias a las pasadas perturbaciones, y que con este rey cayó para siempre.

Deshizo una Liga de señores coligados contra e mediante juramentos que estaba decidido que no iba a cumplir; reprimió cruelmente las rebeliones y confiscó los feudos de sus autores; por medio de ardides o simplemente por usurpación, se hizo dueño de Anjou, Provenza y Borgoña, que reservó para la Corona.

Por otra parte, para extender el influjo de la administración, creó Luis XI el servicio de Correos, que antes solo servía para las necesidades del Estado. Por aversión a los nobles, se rodeó de ciudadanos, adoptó costumbres populares y contribuyó a aumentar el poder del estado llano, que durante la minoría del sucesor de Luis reclamó participación en el gobierno.

Carlos VIII (1483-1498) reasumió las pretensiones de los condes de Provenza sobre las Dos Sicilias, originando las guerras de Italia. La victoria obtenida por los franceses sobre el duque de Milán y el rey de Nápoles en 1495 fue menos útil a Francia que el matrimonio del rey con Ana, heredera del ducado de Bretaña.

A Carlos VIII, cuyos hijos le premurieron, siguió en el trono el duque de Orleáns, bisnieto de Carlos V, con el nombre de Luis XII (1498-1515). Después de divorciarse de su virtuosa esposa Juana, hija de Luis XI, retuvo Bretaña casando con la viuda de Carlos VIII.

A las pretensiones de Carlos VIII sobre Nápoles unió las que alegaba tener por su abuela al Milanesado, sin obtener resultados verdaderos. Sus medidas generosas y su amabilidad personal le valieron el título de Padre del Pueblo, decretado solemnemente por los Estados Generales en Plessis-les-Tours.

Como tampoco Luis XII dejara herederos directos, ocupó el trono Francisco I (1515-1547), descendiente también de Carlos V, cuya primera preocupación fueron los asuntos de Italia, donde, después de la brillante victoria de Marignan (1515), se apoderó del Milanesado.

El engrandecimiento de la casa de Austria, reinante a la vez en Alemania y en España y su rival en Italia, le fue en general funesto y acabó por causar su derrota en Pavía y su cautiverio en Madrid. En el interior, Provenza, Artois y Picardía experimentaron grandes estragos, y la alianza del rey de Francia con los turcos, reprobada por la opinión pública, no le prestó más que muy débil socorro.

Si en sus campañas no le favoreció la fortuna, su afición a las letras y las artes hizo que su reinado marcara el apogeo del renacimiento en Francia, que se diferenció del italiano en tomar un carácter más nacional y menos amanerado en las letras.

Únicamente la pintura sobre tela imitó de cerca a las escuelas italianas, entonces predominantes, imitación explicable si se atiende al estado rudimentario que aún tenía en Francia; pero la pintura sobre cristal continuó como en los siglos anteriores con carácter eminentemente nacional.

De la combinación de recuerdos de la antigüedad con las tradiciones medievales y las enseñanzas de Italia, se formó una escuela de escultura francesa de no escaso mérito. En fin, la arquitectura tuvo un desarrollo especial y templó la frialdad y majestad del arte clásico con la gracia y variedad del ojival.

Se ha exagerado la influencia de la arquitectura italiana sobre la francesa, cuando la mayor parte de los monumentos de la época: los palacios de Fontainebleau, Chambord, Blois, Ecouen, el antiguo Ayuntamiento de París, etc., revelan un arte indígena y artistas nacidos y que residieron en Francia, como Nepveu, Lescot, Bullant, Delorme y Ducerceau. Posteriormente, hasta Luis XIV, la pintura y escultura acabaron de perder su originalidad y se italianizaron, pero la arquitectura continuó siendo el arte francés por excelencia.

Parece que el sino de Francia es pasar de periodos de gran esplendor a otros de profunda depresión y viceversa, tanto en la política como en la situación general del país. Este fenómeno, que hemos observado después de Carlomagno y de san Luis, se repitió a la muerte de Francisco I.

El resurgimiento de Francia volvió a verse detenido por las discordias civiles que ensangrentaron los reinados de Enrique II (1547-1559), Francisco II (1559-1560), Carlos IX (1560-1574) y Enrique III (1574-1589).

Zwinglio, Lutero, el borgoñón Teodoro de Beza, el delfinés Guillermo Farel, se habían rebelado en Suiza y en Alemania contra la autoridad del Pontífice y la Iglesia católica. Sus doctrinas, extendidas poco a poco por Francia, donde recibieron del picardo Calvino su forma definitiva, se infiltraron hasta en la familia real, sin que Francisco I combatiera enérgicamente los primeros progresos de la Reforma.

Los cuatro últimos Valois, por el contrario, tomaron con empeño esta obra, pero la ejecutaron sin continuidad, lealtad ni moderación. En tiempo de Enrique II las disensiones religiosas quedaron todavía en segundo término, ante la necesidad de continuar la guerra con Austria y con España, secundadas durante un corto periodo de tiempo por Inglaterra.

Las luchas contra Carlos I de España y V de Alemania y después contra su hijo Felipe II, causaron no pocas ruinas en picardía y Artois y proporcionaron a Francia el grave contratiempo de San Quintín; pero la dieron ocasión de apoderarse de las tres ciudades lorenesas, llamadas los Tres Obispados: Metz, Toul y Verdun (1552).

En el N. de Italia y en Nápoles, las armas francesas fueron igualmente desgraciadas frente a las españolas y hubieron de abandonar la empresa, pero en cambio Calais volvió al dominio de Francia (1552) y no quedó a los ingleses posesión alguna en el continente.

El tratado de Cateau Cambresis arregló las cuestiones pendientes con España y tres meses después moría Enrique II a consecuencia de la herida recibida en un torneo, dejando el trono a sus tres hijos que lo ocuparon sucesivamente bajo la tutela efectiva de Catalina de Médicis.

Donde los protestantes eran minoría se vieron expuestos a las vejaciones de los católicos; pero allí donde predominaban arrojaron a los sacerdotes y mutilaron e incendiaron iglesias o se apoderaron de ellas para el ejercicio de su culto.

La conflagración general no estalló, empero, todavía, ni aun después de las ejecuciones de Amboise motivadas por una tentativa de Condé, jefe de los protestantes, para apoderarse de la persona de Francisco II.

Pero cuando se fundó un triunvirato católico, compuesto del duque Francisco de Guisa, el condestable de Montmorency y el mariscal de Saint-André, en 1561, y después de la sangrienta reyerta de Vassy entre los partidarios de Guisa y algunos protestantes, los calvinistas o hugonotes tomaron las armas e opusieron al triunvirato los nombres del almirante Coligny, el príncipe de Condé y el rey de Navarra, Antonio de Borbón, padre de Enrique IV.

En Dreux obtuvieron un triunfo los católicos, cuya causa Catalina de Médicis se había declarado dispuesta a abandonar en caso de que la batalla se perdiera. Disuelto el triunvirato por muerte de Saint-André, la reina gobernó sin obstáculos, favoreciendo a uno u otro partido según su conveniencia del momento.

En París hubo como una tregua, pero fuera de la capital predominó la devastación y el asesinato, y hubo escenas de barbarie que han hecho tristemente célebres los nombres de Montbrun, Crussol, Merle, Montgommery, Fontenelle y el barón de los Adrets, todos ellos protestantes. En el otro bando Montluc mereció a su vez por sus odiosas represiones el nombre de matarife realista y los católicos no dejaron de ejercer terribles represalias.

Los odios llegaron a un grado inaudito. Nimes en 1567 tuvo la Michelade, matanza general de católicos consumada el día de San Miguel, y cinco años más tarde Francia entera se estremeció ante la Saint-Barthélemy, que de estar mejor organizada no hubiera dejado un solo protestante vivo. Esta tentativa de exterminio se debió a Catalina, que quería deshacerse de Coligny, su rival en influencia política, y Carlos IX, que la había autorizado, falleció lleno de remordimientos.

El virtuoso canciller de l´Hôpital murió de dolor a su vez de dolor ante aquel crimen. Los protestantes se rehicieron pronto del golpe, gracias sobre todo a la inactividad y fata de método en combatirlos de Enrique III, que al mismo tiempo se hizo despreciable a los católicos por su conducta privada y la deslealtad en su proceder.

Siendo su más próximo heredero el rey Enrique de Navarra, descendiente de San Luis por los duques de Borbón y jefe precisamente de los calvinistas, los católicos formaron para salvar la fe una Liga que se proclamó en Peronne en 1576.

El rey se declaró su jefe, pero el que verdaderamente la dirigía era el duque Enrique de Guisa, hijo de Francisco, cuya gloriosa carrera interrumpió la bala de Poltrot de Meré en 1563. Enrique de Guisa, sin poseer la moderación y la lealtad de su padre, puso su talento político y militar al servicio de su ambición, que le llevó a atribuirse pasados merovingios y a prepararse el camino del trono.

Arrojó al rey de París, trató con él de potencia a potencia, dirigió a su arbitrio los Estados Generales, reunidos en Blois en 1576 y 1588, y pretendió confirmar a Enrique III en un monasterio.

Pero el rey, exasperado, le mandó asesinar a su presencia en el castillo de Blois (1589). Catalina murió seis semanas después de este crimen y su hijo (Enrique III), cayó en 1589 bajo el puñal de un partidario de la Liga, después de haber reconocido los derechos del rey de Navarra.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 24 págs. 945-953.

Casa borbón (1589-1793)

Con esta dinastía llega Francia al apogeo de su poderío exterior, salvo la fugaz extensión napoleónica, para hundirse luego en las bajezas del reinado de Luis XV y después en el caos de la Revolución. Enrique IV (1589-1610), que se diera a conocer por sus dotes militares y la nobleza y afabilidad de su carácter, fue ganando lentamente terreno sobre los partidarios de la Liga, que habían solicitado y obtenido el apoyo del español Felipe II, campeón del catolicismo en Europa.

Por su parte el Bearnés, como se llamaba a Enrique por su procedencia, se vio favorecido por los tesoros de Isabel de Inglaterra, pero mucho más por su propio valer, por las disensiones de la Liga, por la repugnancia del pueblo a que una potencia extranjera se mezclara en los asuntos franceses y, sobre todo, por su abjuración solemne del protestantismo (1593).

La lucha continuó todavía bastante tiempo en diversas provincias, gracias a algunos aventureros que se habían erigido en verdaderos sátrapas y a algunos jefes de la Liga a quienes estorbaba la conversión del rey; pero en 1595 la batalla de Fontaine- Fraçaise trajo la sumisión del duque de Mayene, hermano y sucesor de Enrique de Guisa; en 1598 se acabó de pacificar el territorio mediante un tratado con el duque de Mercoeur, que se había declarado independiente en Bretaña, y, en fin, el mismo año se firmó el tratado de Vervins que arreglaba las cuestiones pendientes con Felipe II.

No pocos jefes calvinistas habían formado Estados casi autónomos, y Enrique IV les otorgó compensaciones. Al repetido año 1598 corresponde el edicto de Nantes, que determinó la suerte del protestantismo en Francia.

Por otra parte, la disolución del matrimonio del rey con Margarita de Valois en 1599 y su casamiento con María de Médicis aumentó la influencia francesa en Italia y preparó una regencia que, si bien no muy afortunada en la política, contribuyó al desarrollo de las artes.

Enrique IV se dedicó luego, con el concurso de su fiel e inteligente ministro Sully, a mejorar la agricultura, el comercio, la industria, la marina y la artillería, mientras en el exterior procuraba prevenirse contra el poder de la casa de Austria, negociando con los Países Bajos y con los príncipes protestantes de Alemania, aunque sin llegar a abrir las hostilidades.

El reinado de Enrique IV hubiera sido uno de los más provechosos para Francia a no mediar el puñal de Ravaillac, que puso fin a sui carrera el 14 de mayo de 1610.

Luis XIII (1610-1643) pasó su minoría entre múltiples intrigas, y si bien no mostró cualidades brillantes, supo elegir a sus consejeros, sobre todo al cardenal de Richelieu, a quien sostuvo a pesar de todo.

Nombrado consejero del rey en 1616, el cardenal adquirió todo su poder en 1624, y desde entonces siguió una política exterior dirigida contra España y Austria, aliándose con los protestantes alemanes, con los turcos y con Gustavo Adolfo de Suecia.

En el interior se propuso aniquilar a los protestantes como partido político y destruir las fortalezas de los nobles que aun podían causar inquietudes a la monarquía. El culto católico fue restablecido en el Bearn, donde lo prohibiera en absoluto Juana de Albret, madre de Enrique IV.

Estas y otras medidas originaron sublevaciones, y la ciudad de la Rochela se convirtió en centro de una especie de confederación calvinista compuesta de pequeñas repúblicas independientes.

Richelieu sitió la referida población, y para impedir la llegada de socorros desde Inglaterra, cerró el puerto con un dique colosal. La resistencia de los protestantes, dirigida por el alcalde Guiton, fue desesperada; pero al fin la plaza se rindió a las tropas reales, después de uno de los cercos más memorables de la historia moderna (1628).

Richelieu se mostró clemente con las personas, más implacable en cuanto a las prerrogativas protestantes, que desde entonces dejaron de ser una amenaza. La guerra exterior, que se llevó adelante con suerte varia, fue funesta de un modo especial a Lorena y el Franco Condado, cuyos sufrimientos alivió con abnegación heroica san Vicente de Paúl. Richelieu, a su muerte, dejó un digno sucesor en el cardenal italiano Mazarino, a quien Luis XIII sobrevivió pocos meses.

El reinado de Luis XIV (1643-1715) es el más largo de la historia de Francia, si no del mundo. Subido al trono a los cinco años, su minoría fue señalada por las brillantes victorias de Rocroi (1643), Friburgo, Nördlingen y Lens (1648), obtenidas por el gran Condé sobre los españoles, que vieron desechos sus valientes tercios ante una táctica superior, y por el Tratado de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta años (1648); pero agitada por desórdenes interiores, fomentados por las intrigas cortesanas, la resistencia del Parlamento y la ambición del gran Condé, que sublevó Guyena.

Esta guerra civil denominada la Fronda, terminó con la sumisión de Burdeos en 1653. Libre de estos cuidados, Mazarino organizó Alemania contra Austria en la liga del Rhin y obligó a España a firmar la paz de los Pirineos, arrebatándole parte de Cataluña, al mismo tiempo que concertaba el matrimonio de María Teresa, hija de Felipe IV, con el rey, enlace realizado en 1660, y que con el tiempo fue el origen del entronizamiento en España de la dinastía borbónica.

Un año más tarde moría Mazarino. Luis XIV, en cuanto llegó a la edad de gobernar, lo hizo por sí mismo, sin dejar que sus ministros, excepto Colbert y Louvois, tomaran iniciativas de importancia.

Su orgullo, su egoísmo, su despotismo, sus locas prodigalidades y sus desórdenes fueron muy grandes; pero bajo su cetro el poder y la influencia de Francia llegaron a una altura hasta entonces no alcanzada; el comercio, la industria y la marina se desarrollaron considerablemente, y las ciencias y las artes recibieron extraordinario impulso.

Tres grupos de hechos fundamentales hay que examinar en su reinado; las guerras, la sumisión absoluta de la nobleza y el movimiento intelectual y artístico. Las luchas de Luis XIV fueron incesantes contra Inglaterra, convertida desde entonces en rival marítimo de Francia; contra España, Holanda, Alemania, Argelia, Génova y los Estados Pontificios. Tuvo, sin embargo, caudillos tan ilustres como Condé, Turena, el mariscal de Luxemburgo, Vauban y Villars, y marinos como Juan Bart, Duguay-Trouin, Duquesne y Tourville.

La historia diplomática y militar de Francia en tiempo de Luis XIV comprende cuatro periodos. En el primero (1662-1668) adquiere Francia derechos a la sucesión del duque de Lorena y reivindica las pretensiones más o menos legítimas de la reina a los Países Bajos, consiguiendo la posesión de algunas plazas importantes en Flandes.

En el segundo (1669-1679), que termina con la paz de Nimega, tiene por enemigos a Holanda, el elector de Brandeburgo, España y Alemania, y obtiene definitivamente el Franco Condado, Alsacia y las nuevas localidades en el N., y más tarde Estrasburgo y Luxemburgo. El tercer periodo (1686-1697) dejó a Francia intacta, pero agotada, habiéndose visto obligada a luchar contra casi toda Europa, y el cuarto periodo (1700-1714) coincide con la Guerra de Sucesión española.

El equilibrio europeo, ya en peligro, hubiera quedado roto por la unión de las coronas de España y Francia en una misma cabeza, y Europa, coligada, puso al borde del abismo a Francia, que se salvó, más que por las armas, gracias a la renuncia de Felipe V a sus derechos eventuales a reinar en Francia y al hecho de que el archiduque de Austria, pretendiente al trono español, subió al trono imperial de Alemania, por lo cual, con su triunfo, Europa se hubiera encontrado en igual situación que en tiempos de Carlos V.

El tratado de Utrecht (1713) y el de Rastadt (1714) terminaron aquella larga lucha en que Francia perdió Nueva Escocia, preludio de la pérdida de todo el Canadá.

En cuanto a la nobleza, Luis XIV la redujo a un carácter meramente cortesano y le hizo considerar su favor como la recompensa más preciada. A su muerte, el feudalismo era poco más que un sistema de administración.

La centralización enorme que en todos los ramos promovió Luis XIV en torno de su persona y cuya expresión más adecuada se encuentra en su orgullosa frase el Estado soy yo, se dejó sentir también el las ciencias y en las artes, cuyos cultivadores buscaban la consagración de su fama en las antecámaras reales.

De espíritu elevado y generoso, Luis XIV favoreció el talento, que por otra parte se empleaba con frecuencia en realzar sus grandezas, y, en efecto, pocas veces ha tenido Francia un conjunto de hombres tan eminentes por todos conceptos.

En lo religioso siguió con Roma una política regalista muy conforme con su espíritu, y al mismo tiempo persiguió a los protestantes, revocó el edicto de Nantes y les dio a elegir entre la abjuración o el destierro, sin que hubiera dado causa alguna para privarles de los derechos que legalmente poseían. Muchos de ellos emigraron, y en el Mediodía se suscitó una sangrienta rebelión, la guerra de los Camisards. que fue a agravar las calamidades causadas por la guerra de Sucesión.

Al morir Luis XIV, heredó el trono su bisnieto Luis XV (1715-1774), de cinco años de edad. A pesar del testamento del difunto rey, el Parlamento nombró regente al duque Felipe de Orleáns, príncipe inteligente, pero depravado, en cuya época hubo la conjuración de Cellamare, para dar la corona a Felipe V y el complot bretón de Pontcallec, en que algunos pretendieron separar Bretaña de Francia.

Por lo demás, Luis XV no gobernó jamás. Después del perverso cardenal Dubois, vendido a Inglaterra, y del tímido cardenal Fleury, los destinos de Francia dependieron de los caprichos de dos mujeres: la Pompadour y la Du Barry, ambas de parecida índole moral, pero la segunda de ellas extraída, además, de la más abyecta de las profesiones.

Por ello, y no obstante la victoria legendaria de Fontenoy sobre los ingleses (1745), la adquisición de Lorena (1738) y la conquista de Córcega (1768), este reinado no es más que un periodo de decadencia.

Por la paz de París, Francia cede a España la Luisiana y a Inglaterra el Canadá, que había defendido heroicamente Montcalm de Saint-Veran, y la India, donde las hazañas de Dupleix, La Bourdonnais y Lally-Tollendal quedaron inutilizadas por las intrigas cortesanas.

La guerra de Sucesión de Austria favoreció el engrandecimiento de una nueva potencia, Prusia, que no tardó en atacar a Francia, comenzando en la siguiente guerra de los Siete Años por infligirle la vergonzosa derrota de Rosbasch. Poco después Luis XV dejaba que Rusia, Austria y Prusia destrozaran Polonia, aliada natural de Francia en el N. y única barrera de Europa contra Rusia.

En el interior no era más brillante el estado del país; después de la caída del famoso Banco de Law (1720), la Deuda Nacional continuó aumentando, y numerosas familias se vieron en la indigencia.

A consecuencia de lo defectuoso del sistema contributivo y de especulaciones odiosas en que participó el mismo monarca, la miseria popular adquirió espantosas proporciones, la corrupción de las costumbres no conoció límites, sobre todo en la alta sociedad, desde la cual pasó a la clase media, y la justicia fue una mera fórmula.

La misma autoridad real se vio atacada por el Parlamento, que pretendía desempeñar el papel de un cuerpo legislativo; por los escritos de los filósofos y por las sátiras de los poetas. En fin, la Religión, desacreditada por los malos ejemplos de arriba y de muchos de sus representantes más autorizados, perdió ante el pueblo su tradicional prestigio.

En medio de esta descomposición aun produjo Francia algunos nombres ilustres en la literatura o en la ciencia, como el naturalista Buffon, pero los que arrastraron a la opinión pública, más que a su talento, innegable en algunos de ellos, como Voltaire y Rousseau, lo debieron a sus doctrinas disolventes y a sus atrevidas teorías.

Luis XVI (1774-1793), nieto de Luis XV, era un príncipe virtuoso y noble, pero débil y poco apto para reparar los males inmensos que había sufrido Francia en los dos reinados anteriores. Su única intervención en política exterior fue el apoyo prestado a los Estados Unidos en la guerra de la Independencia, sin que obtuviera otra cosa que las insignificantes ventajas del tratado de Versalles (1783).

Las diferencias con el Parlamento, el desorden creciente de la Hacienda Pública, las intrigas que alejaban a los ministros más dignos y aptos, impulsaron al rey a convocar los Estados Generales, cuando todo hacía prever que semejante medida no haría nada más que desencadenar la tempestad, formada por el transcurso de largos años.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 24 págs. 953-955.