Enrique II

Rey de Inglaterra, 1154-1189

Dinastía Plantagenet

Duque de Normandía y Aquitania

Conde de Anjou

Biografía

Enrique II de Inglaterra

Enrique II de Inglaterra

Hijo de Godofredo Plantagenet, conde de Anjou, y de Matilde, hija de Enrique I. Nació en Le Mans el 5-III-1133 y m. en Chinon (Francia) el 6-VII-1189. Permaneció en Francia durante la primera parte de la lucha sostenida por su madre con Esteban, rey de Inglaterra, pero fue enviado a esta nación en 1141. Allí permaneció cuatro años bajo la tutela de su tío, Roberto de Gloucester.

En 1147 tomó una parte muy activa en la guerra, pero sin gran eficacia. Entonces solicitó la ayuda de David, rey de Escocia, y fue armado caballero por él en 1149, que es todo cuanto pudo sacar de sus relaciones con aquel príncipe. A su regreso a Normandía (1151), Luis VII le confirió el ducado, y aquel mismo año, por muerte de su padre, tomó posesión del condado de Anjou.

En 1152 casó con Leonor de Aquitania, añadiendo así a sus dominios el Poitou y la Guyena. Volvió a Inglaterra en 1153, y la gran posición que había adquirido en el continente, hizo volver las cosas en su favor. Después de una corta lucha, Esteban se dio a partido y entró en negociaciones. Por el tratado de Winchéster (XI-1153) quedó convenido, entre otras cosas, que Esteban reinaría en Inglaterra hasta su muerte, y que le sucedería Enrique.

Un año después murió Esteban y Enrique entró en pacífica posesión del trono. Fue coronado en 1154, e inmediatamente otorgó una Carta muy liberal, confirmando la de Enrique I. Su reinado abraza tres periodos principales. Durante el primero, Enrique se ocupó de restaurar y mantener el orden. El segundo está señalado por su lucha con sir Tomás Becket, después santo Tomás de Cantorbery, y el tercero constituye, en su mayor parte, una serie de rebeliones y revueltas, a consecuencia de aquella lucha.

La primera tarea de Enrique fue cumplir las promesas hechas en el tratado de Winchéster y anular lo hecho por su predecesor. Muchos de los condados de Esteban fueron abolidos, se nombraron nuevos jerifes, se destruyeron las mansiones donde el monarca anterior tenía sus concubinas, y los dominios reales volvieron a la corona.

En esta tarea encontró el monarca poca oposición y su sola presencia bastaba para asegurar la obediencia. En 1156 pudo trasladarse a Francia, donde su hermano Godofredo apoyaba con demasiado calor sus pretensiones sobre el condado de Anjou. Tuvo que someterlo por las armas, después de los cual permitió que lo nombrasen conde de Nantes. Entonces exigió el homenaje de sus vasallos del continente, prestándolo él a su vez al rey Luis VII de Francia.

A mediados de 1157 regresó a Inglaterra para completar la restauración del orden. Muchos de los grandes barones que aún no habían entregado sus castillos, tuvieron que hacerlo entonces, y el rey de Escocia entregó las tres comarcas septentrionales.

A esto siguió una infructuosa expedición contra Gales. En 1158, a la muerte de su hermano Godofredo, Enrique se incautó de su herencia, y al propio tiempo concluyó una promesa de matrimonio entre su segundo hijo Enrique, pues Guillermo, el mayor había muerto, y Margarita, hija de Luis.

Al siguiente año cayó sobre Toulouse, que reclamaba como feudo de su mujer, pero, después de obtener algunas ventajas, tuvo que desistir en vista de la oposición del monarca francés. En una paz celebrada inmediatamente después, se contentó con la posesión de Cahors, pues tuvo que renunciar a sus pretensiones sobre el resto de la comarca; esto no obstante, las hostilidades entre él y Luis fueron más o menos frecuentes durante esta época, a pesar de los buenos oficios del papa Alejandro III.

A principios de 1163 volvió Enrique a Inglaterra, después de cinco años de ausencia e inmediatamente comenzaron sus desavenencias con Tomás Becket. Este virtuoso sacerdote había sido nombrado obispo de Cantorbery en 1162, e inmediatamente renunció a sus dignidades temporales, pidiendo la restitución de los terrenos segregados de su diócesis. Al propio tiempo en el Consejo de Woodstock, se negó a pagar el impuesto de dos chelines por parcela de tierra, exigido por el rey.

Poco después se reanudó la lucha, tomando entonces proporciones más violentas. Becket negó su consentimiento a la proposición hecha por el rey para dirimir la contienda entre los poderes espiritual y temporal. En vista de esto, Enrique preguntó a los prelados si querían sujetarse a las antiguas costumbres del reino. Una pregunta tan vaga solo mereció una respuesta evasiva. Los obispos únicamente consentirían salvando sus privilegios.

Esto no obstante, en el Concilio de Clarendon (enero de 1164) los contendientes vinieron a un acuerdo, redactado en forma de dieciséis disposiciones, que, después de muchos titubeos, fue aceptado por Becket. Pero no convencido, las envió a la aceptación de la Santa Sede, la cual se negó rotundamente a confirmarlas. Enrique entonces varió de táctica y atacó a Becket por sus actos durante el ejercicio de sus funciones como canciller del reino; el santo prelado, aconsejado por la prudencia, se ausentó de Inglaterra.

El rey tomó posesión de la sede, echando de allí a todos los parientes y amigos del arzobispo. La mayor parte de los cinco próximos años siguientes los pasó fuera de su reino, ocupado de mantener el orden entre sus indómitos vasallos, precaviendo las intrigas del rey Luis, y negociando con el Papa. Obtuvo asimismo la posesión de Bretaña para su hijo Godofredo, y concertó el casamiento de su otro hijo Roberto, con Alicia, hija de Luis.

Con objeto de asegurar la sucesión, hizo coronar a Enrique por mano del arzobispo de York en Westminster (VI-1170), pero al esposa del joven rey no fue coronada con él. El rey de Francia, interpretando tal acto como un insulto, invadió la Normandía, y tal solo pudo reconciliarse Enrique, prometiendo que Becket ocuparía de nuevo su diócesis. Se celebró una entrevista entre el rey y el arzobispo, se pactaron ciertas condiciones, y el santo prelado volvió a Inglaterra.

Su primer paso fue destituir al arzobispo de York y a otros obispos que habían tomado parte en la coronación de Enrique; el rey, al saber esto, profirió las capciosas frases que fueron como la sentencia de muerte del arzobispo de Cantorbery, que fue asesinado por sicarios inducidos por Enrique.

El Papa, sin embargo, se encontraba en una situación muy crítica para romper abiertamente con Enrique. Se entablaron negociaciones que terminaron en una conferencia celebrada en Avranche por los legados (1172), en la cual el rey recibió la absolución prometiendo abolir todos los malos impuestos introducidos en su reinado.

Aprovechó este intervalo para llevar una expedición a Irlanda y se apropió de las conquista hechas por Strongbow algunos años antes. Pareció que la contienda eclesiástica había terminado, pero sus consecuencias fueron la gran rebelión de 1173. El rey de Francia había organizado una confederación en la que entraba el conde de Flandes, el rey de Escocia y los mismo hijos de Enrique, con objeto de colocar al joven Enrique en el trono de Inglaterra.

La primera campaña fue indecisa, pero en conjunto, favorable al inglés. En perspectiva de un ataque general preparado para el próximo año, Enrique pasó a Inglaterra e hizo penitencia sobre la tumba de santo Tomás Becket.

Afortunadamente, su general De Lucy, capturó al rey de Escocia en Alnwick, y la rebelión de Inglaterra fue expeditamente sofocada. Guillermo el León se vio obligado a comprar su libertad rindiendo pleito homenaje a Enrique; los otros confederados hicieron la paz, y el rey se encontró más fuerte que nunca.

Procedió inmediatamente a consolidar su posición mediante oportunos decretos legislativos y la paz no se alteró ya en Inglaterra. Vencedor en toda la línea, casó a su hija más joven con el rey de Sicilia; dirimió las diferencias de los reyes de Castilla y de Navarra, del conde de Aragón y del conde de Toulouse, pero sus hijos amargaron sus últimos años. Les había perdonado su primera rebelión mancomunada, y había prometido a Roberto la Aquitania, a Godofredo la Bretaña, a Enrique el Anjou, la Normandía y la Inglaterra.

En 1183 Godofredo y Enrique se unieron a los rebeldes de Aquitania contra Ricardo y contra su padre. El rey estuvo a punto de perecer sitiándolos en Limoges. Después de la muerte de Enrique, el rey joven (11-VI), se restableció la paz, pero por poco tiempo. Felipe Augusto de Francia se erigió en campeón de la viuda del rey joven y de Arturo, hijo de Godofredo de Bretaña, muerto en agosto de 1186.

Se decía que el rey quería privar de sus derechos a su hijo Ricardo, el presunto heredero de la Corona, en favor del más pequeño, Juan, que fue durante algún tiempo virrey de Irlanda; daba a este aserto visos de realidad el hecho de que Enrique se negase, sin motivo aparente, a dejarle casar con Adela, hermana de Felipe Augusto y que le estaba prometida hacia algunos años.

La guerra estalló entre los dos monarcas, Enrique y Felipe Augusto, cuando en la conferencia de Bonmoulins 18-XI-1188 el primero negó a Ricardo la satisfacción de reconocerle como futuro poseedor de todos sus dominios. Abandonado de todos, fue sitiado por sus enemigos, que en vano quisieron detener los legados del papa en Le Mans.

El 12-VI-1189 la ciudad fue tomada por Felipe y Ricardo; a Tours le cupo la misma suerte. En 4 de septiembre Enrique tuvo que entregarse a los aliados en Colombières, tuvo que perdonar a todos los que se habían conjurado contra él, dar a Ricardo el ósculo de paz y renovar su homenaje a Felipe Augusto.

Abrumado de vergüenza murió de pena al saber que su hijo Juan formaba entre sus enemigos. A pesar de sus defectos e inconsecuencias, y de los crímenes y errores que cometiera, fue el primer soberano inglés que ejerció una autoridad efectiva sobre Inglaterra, el país de Gales, la Escocia y la Irlanda.

Arruinó el feudalismo en cuanto sistema de gobierno, e hizo triunfar el sistema de la administración monárquica. Cercenó los privilegios que a él le parecían exorbitantes de la Iglesia inglesa, sometiéndola a la Common law. Sus constituciones y sus tribunales de justicia incorporaron oficialmente las antiguas tradiciones del pueblo inglés y opusieron para lo sucesivo una barrera infranqueable a la invasión del derecho romano, y a la victoria de este derecho sobre el antiguo derecho nacional.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 20 págs. 51-52.

Ricardo I Corazón de León

Rey de Inglaterra, 1189-1199

Dinastía Plantagenet

Duque de Normandía y Aquitania

Conde de Anjou

Biografía

Ricardo I

Retrato idealizado de Ricardo elaborado en el siglo XIX por el pintor francés Merry-Joseph Blondel.

En inglés, The Lion Hearted, n. en Oxford el 8-IX-1157 y m. en Charlus, Limosín el 6-IV-1199. Era el tercero de los hijos de Enrique II, y de Leonor, su esposa, y, lo mismo que su hermano, fue, desde su infancia, un instrumento de la política de su ambicioso padre; así es que a los tres años fue prometido a Alicia, hija de Luis VII de Francia, y cuando solo contaba doce se le obligó a prestar homenaje a su futuro suegro como usufructario del ducado de Aquitania.

Pero Ricardo, niño como era aún entonces, ya dio pruebas de la energía indomable de su carácter, y en 1173 promovió una primera rebelión contra su padre, pero fue vencido e imploró el perdón del rey, que se lo otorgó en 1174. A partir de entonces, y en los diez años que siguieron, se dedicó exclusivamente a la administración de su ducado de Aquitania, pero desplegó tal energía en combatir a sus vasallos rebeldes, así como a los enemigos exteriores, que Enrique II, temeroso de tales alardes de decisión, obligó a Ricardo a que devolviese el ducado a su madre (1185).

El príncipe, para el cual este acto era una prueba de desafecto paternal, buscó en la amistad de Felipe Augusto de Francia una seguridad para el porvenir y, sobre todo, un medio para amedrantar a su padre, y en 1188 hizo homenaje al de Francia de todas sus posesiones, ante el temor de que Enrique II pudiera desheredarlo.

Su padre murió maldiciéndole 6-VII-1189, pero Ricardo heredó el trono, por haber muerto sus dos hermanos mayores, y cambió prontamente su política de amistad hacia Francia por otra más hostil. Sin embargo, mientras tanto, se había organizado la tercera Cruzada, de la que eran los principales jefes el ropio Rucardo, Federico Barbarroja de Alemania y Felipe Augusto de Francia.

Después de coronado rey de Inglaterra en Westminster (3-IX-1189), se dedicó activamente a los preparativos de la expedición, requiriendo para ella enormes sumas, que el país entregó a regañadientes porque ya estaba esquimado. El 22-VIII-1190 embarcó en Marsella, uniéndose en Mesina al resto de las tropas expedicionarias.

Allí trabó alianza con Tancredo, rey de Sicilia, donde se encontraba su hermana Juana, viuda del último rey, que le entregó una gruesa suma para la Cruzada, conviniéndose el matrimonio entre la hija de Tancredo y su sobrino Arturo de Bretaña, hijo de Juana.

El mismo, prescindiendo del compromiso que había contraido con la hija de Felipe Augusto, casó con Berenguela, hija de Sancho VI de Navarra. El rey de Francia devoró en silencio su afrenta, esperando una ocasión para poder vengarse. El 12-IV-1191 abandonó Ricardo Mesina, pero aún perdió el tiempo en conquistar Chipre, que entregó al rey destronado de Jerusalén a cambio de los derechos que aquél le abandonó sobre su reino.

El 8-VI llegaba, por fin, a San Juan de Acre, que capituló el 12-VII, gracias a lo cual se separaron los dos reyes rivales sin romper ostensiblemente. En efecto, Felipe Augusto regresó a Francia, dejando la mayor parte de sus tropas a Ricardo I, que se encontró así jefe absoluto de los expedicionarios.

El rey de inglaterra imprimió nueva actividad a la campaña, empezando por fortificar su base de operaciones a lo largo del litoral marítimo, y luego libró la batalla de Arsouf (7-IX-1192), en la que se cubrió de gloria y realizó verdaderas proezas; pero su brutalidad y crueldad le habían enajenado las simpatías de los aliados, empañando su gloria por la ejecución de 2.700 prisioneros musulmanes, cuyo rescate se hacía esperar demasiado.

Además, había ofendido gravemente al duque Leopoldo de Austria, haciendo arrastrar por el fango su estandarte. Esto no obstante, pudo tomar Jafa y apoderarse de una riquísima caravana 23-VII-1192, pero no se atrevió a marchar contra Jerusalén ante la actitud de los aliados, pues tanto los franceses como los alemanes le obedecían con repugnancia a causa del mal trato que les daba.

Además, el estado de su salud era bastante precario, y en vista de ello concluyó una tregua de tres años con Saladino1-IX-1192, embarcando el 9 de octubre siguiente para Europa.

Las tempestades y los vientos contrarios le arrojaron sobre las costas del Adríatico, y, a fin de no perder tiempo, decidió continuar el viaje por tierra, pero cuando atravesaba los Estados de Leopoldo de Austria, no obstante de haber tomado precaución de disfrazarse, fue reconocido por aquél, que le hizo detener y encerrar en una fortaleza —probablemente Durnstein, sobre el Danubio—, entregándolo después al emperador Enrique VI, que le retuvo prisionero más de un año, hasta que, por fin, obtuvo la libertad mediante el pago de 150.000 marcos de plata y la condición de reconocerse vasallo del emperador, desembarcando, por fin en su patria el 13-III-1194.

Ya era tiempo, pues durante su ausencia, su hermano Juan Sin Tierra, de acuerdo con el rey de Francia, Felipe Augusto, había decidido apoderarse del trono, a cuyo efecto habían comenzado ya dobles operaciones, pues mientras Juan se apoderaba de castillos y fortalezas en Inglaterra, Felipe Augusto había comenzado ya la conquista de Normandía.

Ricardo I, sin desanimarse, emprendió una vigorosa ofensiva, recuperando todos los lugares que estaban en poder de su hermano y haciendo perder todas las ventajas que había obtenido el rey de Francia, que se vio obligado a pedir la paz en enero de 1196.

Además, consiguió unir a los condes de Bretaña, Flandes y Toulouse contra Felipe, mientras hacía elegir rey de Alemania a su sobrino Otón de Brunswick. Esto no eran más que los preparativos de un grandioso plan, que el mal estado de la Hacienda inglesa le impidió llevar a cabo.

Cuando estaba pensando en el medio de arbitrar recursos para realizar su ambiciosa empresa, llegó a sus oídos la noticia de que en la tierras del señor de Chaluz (en el Limosín) se había descubierto un inmenso tesoro, dirigiéndose allí para reclamarlo con las armas en la mano; pero cuando se disponía a poner sitio al castillo, le alcanzó una flecha, lanzada por uno de los defensores de aquél, recibiendo una grave herida que le produjo la muerte. Todos los defensores del castillo fueron pasados a cuchillo, y Gourdon, el que había causado la muerte del rey, desollado vivo.

Ricardo ha sido diversamente juzgado. Sismondi dice de él que fue un mal hijo, un mal hermano, un mal esposo y un mal rey, pero este juicio es evidentemente exagerado. Su conducta para con su padre estaba en cierto modo justificada, ya que Enrique II no se portó mucho mejor con él.

Con su hermano se portó con mayor generosidad de la que Juan merecía, perdonándole sus traiciones y rebeldías; no esta tampoco comprobado que fuese un mal esposo, y como rey, supo rodearse de ministros aptos y proporcionar días de gloria a su país, aunque esta gloria costó muy cara al pueblo.

Es cierto que era brutal, tiránico y cruel, pero su valor, sus dotes de guerrero, diplomático y gobernante, le absolvieron de muchas de sus faltas hasta elevarle a la categoría de héroe nacional. Algunos episodios de su vida han inspirado a diversos escritores y músicos, como a Walter Scott, en sus The Talisman e Ivanhoe y al compositor Grétry, que en 1784 estrenó en parís la ópera cómica Ricardo Corazón de León, sin contar otros muchos.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 51 págs. 366-367.

Juan Sin Tierra

Rey de Inglaterra, 1199-1216

Dinastía Plantagenet

Biografía

Cuarto hijo de Enrique II y de Leonor de Aquitania, n. en 1167 y m. en 1216. Casó en 1176 con Avice, hija de Guillermo, conde de Gloucester, y en 1185 fue nombrado gobernador de Irlanda, cuya soberanía se le ofreció.

Ayudo a su hermano Ricardo en la rebelión contra el rey Enrique II, padre de ambos, y al ocupar Ricardo el trono (1189), este dio a Juan Sin Tierra numerosos dominios, entre ellos los condados de Dorset, Somerset, Deron y Cornwall.

Al tener noticia de la cautividad de su hermano, durante la tercera Cruzada, en la que este tomó parte, se esforzó Juan Sin Tierra, mediante muchas intrigas, de apoderarse del trono, contra la voluntad del canciller Guillermo Longchamp. Vuelto Ricardo de Palestina, le perdona generosamente, y en su lecho de muerte, designó a Juan Sin Tierra por sucesor suyo (1199).

Los antiguos dominios de los Plantagenet y otros territorios pertenecientes entonces como feudo a la corona de Inglaterra (la Turena, el Maine y el Anjou), se declararon en favor de Arturo, sobrino de Juan Sin Tierra, pero este concluyó con el rey de Francia Felipe Augusto, el tratado de Andely (1200), y Arturo quedó definitivamente excluido del trono.

En el mismo año repudió Juan Sin Tierra a su esposa Avice, de la que no tenía sucesión, para casarse con Isabel, hija de Ademaro, conde de Angulema, pero esta se hallaba prometida con Hugo, hijo del conde de la Marche, el cual buscó el apoyo de Francia para vengarse de su rival.

Entre tanto, Juan Sin Tierra se apoderó de Mirabeau (Poitou) del joven Arturo, que de nuevo había empuñado las armas, le encarceló, y, según la tradición popular, acabó por asesinarle en Ruán (1202).

Felipe Augusto le citó entonces ante el Tribunal de los Pares de Francia para que respondiera de tal crimen, pero Juan Sin Tierra se negó a comparecer, por lo que fue declarado rebelde y desposeído de todos sus feudos franceses, que pasaron a poder de Felipe Augusto, sin que Juan Sin Tierra, entregado a groseros placeres, intentara defenderse.

También tuvo Juan Sin Tierra conflictos graves con la Santa Sede. Intentó, en efecto, nombrar arzobispo de Cantobery a un favorito suyo, contra la voluntad del país; Inocencio IIIfue tomado como árbitro, y designó al cardenal Esteban Langton, pero Juan Sin Tierra no quiso reconocerle.

Fue tal entonces la conducta del soberano inglés, que el Pontífice puso en entredicho al reino. Fue Felipe Augusto el encargado de ejecutar la sentencia de deposición, y apareó una gran escuadra para ir a Inglaterra.

Temeroso de la derrota, Juan Sin Tierra se humilló entonces ante el Papa, reconociéndose vasallo de la Santa Sede (1213). Quiso, no obstante, vengarse del rey de Francia, Felipe Augusto, y formó una coalición en su contra, pero los aliados fueron derrotados en Bouvines, y él lo fue personalmente en Laroche (cerca del Loire), viéndose obligado a refugiarse en La Rochela, desde donde huyó a Inglaterra.

No le esperaban en su reino mejores andanzas, pues los barones se sublevaron sostenidos por los londinenses, y para apaciguar los ánimos, firmó con Runnymead (1215) la Carta magna, así como también la llamada de los Bosques.

Trató después de obtener de Inocencio III la anulación de su contrato con Runnymead, y empezó de nuevo una guerra intestina; entonces los barones ofrecieron la corona de Inglaterra a Luis, hijo de Felipe Augusto, no tardando Juan Sin Tierra en morir en Newark, de disgusto, según los historiadores, a causa de un contratiempo que le hizo perder sus tesoros particulares.

El nombre de Sin Tierra o Lakland le fue dado porque, siendo el menor de sus hermanos, cuando falleció su padre no poseía aún feudo alguno a su nombre.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1980, tomo 28 págs. 2999-3000.

Enrique III

Rey de Inglaterra, 1216-1272

Dinastía Plantagenet

Biografía

Desde la conquista de Inglaterra por los duques de Normandía y la entronización de la dinastía de los Plantagenets, el país había vivido bajo un régimen feudal mitigado por la autoridad del monarca. Este, que a la vez era señor de extensos territorios en Francia, practicaba una política de influencia en el Occidente de Europa, como se ha visto bajo Enrique II y Ricardo Corazón de León. Pero en el siglo XIII la autoridad de la Corte y la política exterior de los Plantagenets recibían durísimos golpes.

Iniciada la decadencia durante el reinado de Juan Sin Tierra (1199-1216), la crisis constitucional inglesa se manifiesta bajo su hijo primogénito y sucesor, Enrique III, personaje dotado de varios de los elementos de un carácter distinguido, pero soñador, iluso, soberbio y extravagante, que no supo medir la realidad de los hechos ni acertar en las soluciones requeridas por los problemas planteados.

La Historia nos enseña que en su gobierno de la monarquía de los Plantagenets estuvo al borde de la ruina y que, por otra parte, perdió la mayoría de las posesiones feudales que tenía en Francia.

Nacido el 1-X-1207, ascendió al trono de Inglaterra a la muerte de su padre, ocurrida el 19-X-1216. La situación del reino era deplorable: los nobles y los eclesiásticos se amparaban en las estipulaciones de la Carta Magna de 1215 para limitar el poder de la monarquía, y esta se hallaba, además, amenazada por el pretendiente francés Luis (más tarde Luis VIII).

Irlanda solo estaba sujeta nominalmente; el País de Gales era de hecho independiente, y en Francia Felipe Augusto se había adueñado de todas las provincias de los Plantagenets al Norte del Loira. Para rehacer aquel estado de cosas habría sido preciso un rey genial como Enrique II y no un niño caprichoso como Enrique III. Apoyado por el Papado, el nuevo soberano pudo superar los difíciles años de su minoridad.

En este periodo ejercieron la regencia primero Guillermo Marshal (hasta 1219) y luego Humberto de Burgh, los cuales con los auxilios de los legados pontificios, pudieron hacer frente a las turbulencias del baronazgo. Enrique III fue declarado mayor de edad en 1223 por el papa Honorio III; pero hasta 1227 no se encargó definitivamente del poder. Durante este tiempo, el rey Luis VIII de Francia había conquistado Poitou y sus anejos aquitanos.

La mayoría de edad de Enrique III coincidió con la muerte de Luis VIII, quien dejaba como rey a un niño, Luis IX. Enrique quiso utilizar esta ocasión para recuperar las posesiones inglesas en Francia, proyecto que estuvo a la base de todas las acciones gubernamentales. Pero si el momento era oportuno, él no supo proceder con tacto, decisión y energía.

Fomentó rebeliones, comprometió intereses, se embarcó en locas aventuras, y, por último, fracasó por su incapacidad y cobardía. Tal es la historia del ataque de 1230, realizado contra el Oeste de Francia, y de la ofensiva de 1242, detenida por los franceses en Tailleburg. Este último fracaso fue coronado con la firma del tratado de Burdeos de 1243. Incluso le fue difícil conservar la Gascuña, que solo fue pacificada por la mano de hierro del conde de Leicester, Simón de Montfort (a partir de 1248).

En el interior, la política real corría de tropiezo en tropiezo. Enrique III mortificaba a todos sin lograr captarse la simpatía de nadie. Pobló el gobierno de extranjeros, en particular franceses de Poiteau. Ya en 1234 hubo un primer conato de rebeldía. Amenazado con la excomunión por el arzobispo de Canterbury, Edmundo Rich, Enrique III se vio obligado a desterrar a Pedro de Roches y sus satélites.

Pero muy luego los reemplazo por otras criaturas suyas, que debían su fortuna al capricho real o a la voluntad de la reina, Leonor de Provenza (1236). En esta época concedió grandes prerrogativas a otro extranjero, Simón de Montfort, a quien dio la mano de su propia hermana (1238).

Esta falta de respeto a los principios constitucionales de Inglaterra, su política tributaria agotadora, su falta de palabra y de buen criterio, y el fracaso militar de 1242, prepararon la gran revuelta de 1258, una de cuyas palancas fue la asamblea o parlamento nacido de la frecuente demanda de subsidios del rey inglés a sus súbditos.

La revuelta fue motivada por la sujeción del rey a la voluntad del Papado y la aceptación de la corona de Sicilia para su segundo hijo, Edmundo (1255). Simón de Montfort, que se había pasado a la oposición, fue aglutinando a los descontentos. En 1258 estos impusieron a Enrique III las Provisiones de Oxford y un Consejo de los Quince, encargado de tutelar al gobierno.

El rey, asegurado por el lado de Francia después del tratado de París de 1259 (por el que reconocía las conquistas de los Capetos en los territorios franceses de los Plantagenets), dio en 1261 un golpe de estado que le devolvió el poder. Pero tres años más tarde fue derrotado ignominiosamente en Lewes (14-III-1264) por Simón de Montfort.

Aquí termina el reinado de Enrique III. Pues aunque no murió hasta el 16-XI-1272 en Westminster, la obra de la restauración monárquica fue debida a su hijo Eduardo I. Fue gracias a la política de este príncipe, que los legitimistas derrotaron a Montfort en Evesham (1265) y que se puso término a la guerra civil por el estatuto de Marlborough de 1267.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, pág. 129.

Eduardo I [IV]

Rey de Inglaterra, 1272-1307

Dinastía Plantagenet

Biografía

También llamado Eduardo IV por algunos autores, n. en Westminster en 1239 y m. en Burgh (condado de Cumberland) en 1307; fue hijo primogénito de Enrique III y de Leonor de Provenza, subiendo al trono en 1272, cuando contaba treinta y siete años de edad. Era de elevada estatura, brazos nervudos y muy largos proporcionalmente y piernas también excesivamente largas, por lo que se le llamó Long Shancks (piernas largas).

Es una de las primeras figuras políticas de Inglaterra, pues durante su vida demostró ser un verdadero hombre de Estado, un esforzado caudillo y un diplomático muy hábil. Durante su tiempo promulgó importantes reformas introducidas en la legislación, conocidas con el nombre de los Estatutos de Eduardo I, que en su estructura tienen ya el carácter de leyes modernas.

El primero de dichos estatutos, llamado Estatuto de Westminster (1275), aseguró los derechos del pueblo y de la Iglesia; el de 1276 ó de Rageman, mejoró la ley de violación; el de Gloucester (1278), trató de uniformar la justicia; el de Mortmain, de 1279, puso trabas a la adquisición de tierras por parte del clero; los de 1283 y 1284, conocidos respectivamente por el de los Comerciantes y de Rhuddlan de Gales, dieron facilidades para el cobro de los créditos, simplificando, además, la labor de la justicia.

En 1283 dio los dos famosos estatutos de Westminster y de Winchester, sobre mayorazgo y los deberes de patrulla y ronda, y en 1290 dictó el tercer estatuto de Westminster, conocido por el nombre de Quía emptores, en el que se trata de la enajenación de las tierras, limitando la concesión de nuevos feudos.

En algunos años aumentó la importancia territorial de sus Estados con las conquistas del principado de Gales y de Escocia, siendo digna de admiración la habilidad que desplegó en esta conquista, con la que supo aprovechar las disensiones intestinas de aquel país para someterlo a su autoridad.

Se esforzó para substraerse a las obligaciones que le imponía la Gran Carta, que le costaron la oposición de la nobleza y del clero que, aprovechando la situación crítica del monarca, empeñado en la guerra contra Felipe el Hermoso de Francia, le reusaron toda clase de subsidios y hasta su auxilio y asistencia personal en la guerra; ante tal oposición el monarca tuvo que ceder y confirmar los privilegios que concedía la Gran Carta (1297).

Eduardo había encontrado un adversario digno de él en la persona del rey de Francia; este procuró arrebatarle la soberanía de la Aquitania o, por lo menos, que la soberanía inglesa sobre las provincias del SO. fuera puramente ilusoria.

Con gran destreza Eduardo suscitó a Francia la hostilidad del conde de Flandes que, durante la lucha que tuvo que sostener con él, desarmó a Felipe el Hermoso frente a su vasallo de Inglaterra, con quien, por último, se reconcilió bajo la base del statu quo aute, por los casamientos de su hijo Eduardo II con Isabel, hija de Felipe, y el del propio Eduardo I con Margarita de Francia, su hermana, el cual en primeras nupcias había casado con Leonor de Castilla, de la que había tenido 13 hijos.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 19 págs. 104.

Eduardo II [V]

Rey de Inglaterra, 1307-1327

Dinastía Plantagenet

Biografía

Una de las crisis más agudas experimentadas por la autoridad real en Inglaterra corresponde al reinado de Eduardo II de Carnarvon, llamado así porque nació en el castillo de este nombre el 25-IV-1284.

Por parte de sus progenitores —Eduardo I y Leonor de Castilla—, cabía esperar una personalidad destacada en Eduardo II (V según algunos autores). Pero lo que su padre tuvo de guerrero, político y diplomático, él lo poseyó de incapaz, débil e irresoluto. Se desinteresó por completo del gobierno, de modo que los grandes señores feudales, contenidos a duras penas durante el reinado de Eduardo I, hallaron en él al monarca ideal para imponer sus ambiciones y egoísmos en la dirección del Estado.

Eduardo I se había percatado de la escasa formación moral de su hijo cuando este, en 1301, fue designado príncipe de Gales en el parlamento de Lincoln y, poco después, heredero de la corona por muerte de su hermano mayor. Pero el rey atribuía la poquedad del temperamento del futuro Eduardo II a la nociva influencia del caballero gascón Pedro Gaveston, por lo que lo separó de la corte de su hijo.

Cuando murió, el 7-VII-1307, el primer acto del nuevo soberano fue llamar a Gaveston y el segundo renunciar a la guerra contra los escoceses que había mantenido su padre durante muchos años.Frívolo, despreocupado y amigo del placer más que de ocuparse de los graves asuntos del gobierno, dejó este en manos de Gaveston, quien fue nombrado señor de Cornualles y ejerció la regencia del reino cuando el monarca se trasladó a Francia para casarse con Isabel, hija de Felipe IV el Hermoso (1308).

Los nobles protestaron contra esta cesión de la autoridad real, y en 1311 impusieron el alejamiento de Gaveston. Un año más tarde se incendió la guerra civil, cuyo resultado fue la muerte de Gaveston a manos de los sublevados y la entronización de una oligarquía feudal en el gobierno del país, representada por el Consejo de los 21 lores.

Aprovechando estas discrepancias políticas, Roberto Bruce, rey de Escocia, derrotó al indisciplinado ejército inglés en la batalla de Bannockburn (24-VI-1314). Escocia había logrado independizarse de Inglaterra.

Este desastre llevó al colmo la anarquía del reino. La nobleza feudal, acaudillada por el primo del monarca, Tomás de Lancaster, se impuso por completo en el parlamento de Lincoln de 1316. Pero la violenta ambición de Tomás le llevó a su propia ruina. Se formó un tercer partido entre los realistas y los barones, de carácter moderado, que dirigió el conde de Pembroke. El de Lancaster tuvo que renunciar a sus prerrogativas por el tratado de Leake (1318). Pembroke gobernó durante algunos años e intentó establecer cierto orden en el Estado.

Sin embargo, las veleidades del monarca, que mientras tanto otorgaba su más absoluta confianza a su amigo y favorito Hugo Despenser, promovieron una nueva insurrección de Tomás de Lancaster, quien acusó a Eduardo II de favoritismo. Esta vez el rey resistió por las armas y logró triunfar en la batalla de Boroughbridge (1321), que tuvo como resultado la ejecución del conde de Lancaster y la renovación del gobierno de los ordainers, o sea, de los miembros del Consejo de los 21 lores (1322).

Durante la última etapa del reinado de Eduardo II gobernaron los Despensers, con tan cerrado despotismo que incluso se atrajeron la animadversión de la reina Isabel. Eduardo II secuestró los bienes de su esposa, y esta buscó refugio en francia con sus tres hijos.

En 1326 Isabel llegó a un acuerdo con Rogerio Mortimer, enemigo de los Despensers. En septiembre de dicho año desembarcaban en Inglaterra, se apoderaban de los favoritos del monarca y, por último, de la persona de este (16 de noviembre). Eduardo II se vio obligado a abdicar la corona en la persona de su primogénito, Eduardo III (20-I-1327). Por último, fue ignominiosamente asesinado el 21 de septiembre del propio año en el castillo de Berkeley.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, pág. 145.

Eduardo III [VI]

Rey de Inglaterra, 1327-1377

Dinastía Plantagenet

Biografía

Cuando sobrevino el golpe de estado de 1326, que puso fin al reinado de Eduardo II, su hijo primogénito, Eduardo III (VI según otros autores), contaba catorce años de edad. Había nacido en Windsor el 13-XI-1312. Reconocido rey por el Parlamento el 26-X-1327, fue de hecho un juguete en manos de su madre Isabel y de su favorito Rogerio Mortimer. Esta situación duró cuatro años. En octubre de 1330 Eduardo III penetró en el castillo de Nottingham y se apoderó de Mortimer, quien fue ejecutado el 29 de noviembre.

Este hecho de audacia en un joven de dieciocho años revelaba que Inglaterra había hallado en su persona un monarca de mano férrea, capaz de sujetar a la nobleza y de restablecer la autoridad de la monarquía. Pero lo que nadie podía sospechar era que Eduardo III, superando en habilidad diplomática y pericia guerrera a su mismo abuelo, fuese capaz de lanzar la nobleza turbulenta de la época de Eduardo II a la consecución de un ideal político sumamente ambicioso: el establecimiento de la monarquía de los Plantagenets en Inglaterra y Francia.

Joven, ardiente, temperamental, táctico admirable y caballero consumado, Eduardo III buscó en las armas la satisfacción de la gloria que deseaba dar a su gobierno. Durante algunos años su campo de acción fue Escocia. Apoyó a Eduardo Baliol contra David Bruce, sucesor de Eduardo, pero aunque logró varias victorias (Dupplin Moor en 1332 y, personalmente, la de Halidon Hill en 1333), los escoceses consiguieron mantener su independencia.

Esto fue en particular motivado por la nueva orientación de la política del rey, deseoso de medirse con el de Francia por varias causas: rivalidades feudales; amenaza de los Capetos sobre Guyena y Flandes, territorios de suma importancia para la economía inglesa; en fin, pretensiones a la corona de Francia después de la muerte de Carlos IV y la sucesión al trono de Felipe de Valois en 1328

Como nieto de Felipe III el Hermoso, Eduardo III se reclamaba de mejores derechos sucesorios. Al no ser reconocidas sus pretensiones, formuladas en 1328, Eduardo III preparó con éxito el cerco diplomático de Francia. Se alió con las ciudades y príncipes flamencos, con los duque de Austria y de Baviera, y con el emperador Luis IV el Bávaro (1338). Por otra parte, preparó cuidadosamente el ejército inglés. En 1331 declaró obligatorio el servicio militar entre los 16 y los 60 años, organizó los cuadros de arqueros y dispuso la introducción de un arma nueva: la artillería.

Con estas medidas no contrarrestadas del lado francés, es lógico que, cuando se inició la guerra en 1337 (guerra de los Cien Años), los ingleses triunfaran en mar y tierra, y dieran golpes decisivos contra los franceses. En junio de 1340 la escuadra de Eduardo III, acaudillada por el propio monarca, destruyó la de Felipe VI en la batalla de la Esclusa. Entonces Eduardo adoptó formalmente el título de rey de Francia.

Pero para llevar este título con propiedad era preciso conquistar el reino de su rival. La expediciones emprendidas contra Felipe VI fueron interrumpidas por varias treguas. En 1342 Eduardo III dirigió una campaña de resultados indecisos; en cambio, cuatro años más tarde obtenía la sonada victoria de Crecy (26-VIII-1346), que le libró en 1347 la plaza de Calais, llave marítima de Francia.

Las consecuencias de Crecy no fueron más trascendentales porque Eduardo III concebía aún la guerra a la antigua usanza de las lides feudales. Por otra parte, la celebración de su triunfo se malogró por la terrible invasión de la Peste Negra (1348).

El momento culminante del reinado de Eduardo III corresponde al periodo de 1356 a 1360, o sea desde la victoria de Poitiers, obtenida por su hijo, el Príncipe Negro, en 1356, al tratado de Calais, firmado el 1-X-1360. Aunque este pacto no era tan ventajoso como el impuesto al rey Juan II el Bueno en Londres en 1359, sin embargo, daba al rey inglés una considerable extensión de sus territorios en el Sudoeste francés y formidables ventajas económicas. A cambio de esto, Eduardo III renunciaba al título de rey de Francia.

Los éxitos de Eduardo III solo podían ser duraderos aniquilando por completo a la monarquía de los Valois. Cuando esta logró rehacerse bajo el prudente reinado de Carlos V, los ingleses tuvieron que batirse en retirada. En el transcurso de seis años. de 1369 a 1375, perdieron todas sus conquistas anteriores y solo conservaron Calais, Burdeos, Bayona y Brest.

Los progresos de Francia coincidieron con una grave crisis política, social y religiosa que se desencadenó en Inglaterra. Además de las alteraciones campesinas promovidas por la Peste Negra, el rey tuvo que enfrentarse con los bandos políticos acaudillados por sus hijos, el Príncipe Negro y el duque de Lancaster, Juan de Gante.

El primero triunfó en el llamado Buen parlamento de 1376. Pero su muerte favoreció los designios de su hermano, relacionado con Juan Wicleff, el reformador. En este ambiente intranquilo, murió en el palacio de Sheen (Richmond, en las cercanías de Londres)el 21-VI-1377, el rey Eduardo III, que había sido grande por sus hechos, aunque no afortunado en las consecuencias de su gran actividad política.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 145-146.

Ricardo II

Rey de Inglaterra, 1377-1399

Dinastía Plantagenet

Biografía

El esfuerzo exigido de Inglaterra por Eduardo III para llevar a cabo sus proyectos en el continente, el resultado desgraciado de la primera parte de la guerra de los Cien Años, la perturbación social provocada por la invasión de la Peste Negra y, por último, la conmoción religiosa típica de la segunda mitad del siglo XIV en Inglaterra y el resto de Europa, abrieron un grave paréntesis en la historia inglesa, el cual finalizó con la instauración de la dinastía de los Lancaster.

Este periodo de crisis y convulsiones fue presidido por la figura del último Plantagenet de la línea directa, Ricardo II, nieto de Eduardo III e hijo del Príncipe Negro y de Juana de Kent (nacido el 6-I-1367), en Burdeos.

Desprovisto de ponderación, violento, fantástico y orgulloso, Ricardo no era el hombre apropiado para hacer frente a los acontecimientos. No carecía de energía ni de visión política; pero estas cualidades eran anuladas por su temperamento arrebatado y pasional, ora encendido en el delirio de la ira, ora abatido en el pozo de la depresión y de la melancolía. Precursor a su manera de la monarquía autoritaria, careció del tacto necesario para aglutinar a sus partidarios y pereció víctima de la confabulación de la nobleza.

Creado príncipe de Gales el 20-XI-1376, heredó la corona de Inglaterra a la muerte de su abuelo Eduardo III, acaecida el 21-VI-1377. Tenía entonces diez años de edad. La regencia fue ejercida por un Consejo nombrado por el Parlamento; pero en realidad, quienes gobernaron —o desgobernaron— fueron los tíos del joven soberano, con el famoso Juan de Gante, duque de Lancaster, a su cabeza.

Sus esfuerzos bélicos en el continente fracasaron por completo, mientras en el interior del país crecía el malestar social, espoleado por las doctrinas religiosas propagadas por Wycleff y sus discípulos, los lollardistas. La implantación de un nuevo impuesto en 1381 desencadenó la tempestad. Acaudillados por Wat Tyler, los campesinos asaltaron Londres y cometieron en la ciudad todo género de tropelías. En esta ocasión, el muchacho que era Ricardo dio muestras de un espíritu singular. Con bravura insospechada se presentó ante las turnas, hizo apuñalar a Wat Tyler y dispersó a los sublevados (15-VI).

Desde este momento Ricardo II va a gobernar. Partidario de la autoridad de la monarquía, se rodea de una camarilla de caballeros y favoritos. La gran nobleza disgustada, busca un jefe para expresar su descontento en la persona del tío del rey, Tomás de Buckingham, duque de Gloucester. Auxiliado este por los condes de Warwick y de Arundel, impone su voluntad como restaurador del mecanismo constitucional. En 1388 el parlamento condena y dispersa a los servidores de Ricardo II, y pone al rey bajo su tutela.

Entonces el soberano cambia de táctica. Mediante un trabajo de zapa, disgrega el bloque de sus enemigos, mientras él gobierna sujetándose a los procedimientos constitucionales. Por otra parte, somete a los jefes irlandeses sublevados (1394-1395) y concierta paces con Francia (1396). Estos éxitos le han dado gran popularidad. Llegado, pues, el momento apetecido, actúa sin contemplaciones.

En 1397 cae la cabeza del duque de Gloucester, y poco después las de Warwick y Arundel. Ricardo prescinde del Parlamento, nombra una Comisión que le es adicta y confía el gobierno a letrados y caballeros. Al mismo tiempo, reprime con severidad todo conato de oposición, confisca bienes, violenta las leyes y solo procura satisfacer sus caprichos. Todos los nobles se apartan de él, incluso Nothingham y Bolingbroke, a los que había creado duques de Norfolk y Hereford.

Desterrados en septiembre de 1398, Hereford, hijo de Juan de Gante, a cuya muerte (1399) Ricardo II ha confiscado los bienes del ducado de Lancaster, se convierte en caudillo de la oposición. Aprovechando una expedición de Ricardo II a Irlanda, desembarca en Inglaterra y se adueña fácilmente del poder. El rey se le rinde en Flint el 19-VIII-1399.

Luego, firma su acta de abdicación (30 de septiembre) en favor de Hereford, reconocido rey por el Parlamento con el nombre de Enrique IV, quien instaura la nueva dinastía de los Lancaster. Recluido el último Plantagenet en Pontefract, murió de modo misterioso en febrero de 1400, probablemente asesinado por orden de Enrique IV.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 159-160.