Enrique VIII de Inglaterra

Biografía

Hans Holbein d. J. 074
Enrique VIII de Inglaterra por Hans Holbein

Dinastía Tudor. Rey de Inglaterra 1509-1547, hijo segundo de Enrique VII y de Isabel de York, n. en Greenwich en 28-VI-1491 y m. en 28 de enero de 1547. Al morir su hermano mayor Arturo en 1502, vino a ser el heredero de la corona. Estaba dedicado a la Iglesia y su padre le hizo dar una educación muy cuidadosa. Tenía diez y ocho años cuando la muerte de su padre 1509 dejó vacante el trono de Inglaterra.

Su primer acto importante fue cumplir el compromiso impuesto por su padre de casarse con Catalina de Aragón, y este enlace mereció la aprobación unánime de todos los ministros y allegados. Enrique parecía muy satisfecho de su esposa, y esta llegó a profesarle un gran afecto. Nadie pudo ver en acontecimiento tan sencillo como aquel enlace la base de una gran revolución política y religiosa. El reinado de Enrique VIII comprende dos períodos separados por la cuestión del divorcio.

Primer periodo

Durante el primer periodo, Enrique es en su país un rey generoso y espléndido, y, en el extranjero, una figura de primera magnitud, tanto en la guerra como en la diplomacia internacional. Para sus asuntos interiores y exteriores, Wolsey era su mano derecha, mano dispuesta, según las ocasiones, a llevar todo el peso del gobierno, o a ser humilde instrumento del rey, cuando este quería intervenir directamente.

En realidad de verdad, Enrique era siempre el dueño y tomaba un profundo interés en los negocios. Los acontecimientos del primer periodo conciernen principalmente a las guerras extranjeras. En la nación, excepción hecha de la ejecución de Empson y Dudley, instrumentos de las extorsiones de Enrique VII, que perecieron bajo un supuesto delito de traición, no ocurrió nada importante.

Aun cuando el rey tomó una personal participación en la campaña de Francia de 1513 y ganó la fácil batalla de Spurs, en tanto que Surrey, su general, obtuvo la importante victoria de Flodden, la guerra no dio ningún resultado positivo. Enrique fue engañado y abandonado más tarde por sus aliados.

Al reconocerlo, hizo la paz con Francia (1514), paz que cimentó casando a su hermana María con el decrépito Luis XII. Poco después, cuando este monarca fue sucedido por Francisco I (1515) y Carlos V entró en posesión de sus vastos dominios (1516), los tres soberanos que figuran tan conspicuamente como contemporáneos de la Reforma y cuyos hechos llenan la historia del siglo XVI, se encontraron frente a frente.

Enrique se mezcló en diferencias que no tenían la menor relación con los intereses de su país. El mentido ideal de la conquista de Francia le fascinaba tanto como fascinaba al pueblo, y obedeciendo a esta quimera, Enrique se puso de parte del emperador. En la campaña de 1523 las fuerzas inglesas avanzaron hasta llegar a las cercanías de París, pero la guerra no dio los durables y satisfactorios resultados, en cuanto concernían a Enrique. El pueblo estaba abrumado bajo el peso de frecuentes contribuciones y amenazaba rebelarse.

Después de la batalla de Pavía (1525), donde los franceses fueron completamente derrotados y su rey hecho prisionero, la política de Enrique sufrió un trastorno. Hasta entonces las cosas se habían presentado con bastante claridad, pero Francia caía y el equilibrio político estaba destruido, en tanto que Carlos V desoía las reclamaciones de Inglaterra, y más de una vez había desaprobado las ambiciones de Wolsey. Con tales circunstancias, la política inglesa varió sus antiguos procedimientos y se concertó una alianza con los franceses.

Segundo periodo

Pero en estos momentos surgieron acontecimientos que cambiaron completamente la faz de los negocios. Había llegado la parte más seria e importante del reinado del segundo de los Tudor. En 1528 la cuestión del divorcio de Enrique VIII con Catalina de Aragón había llegado a ser un asunto nacional y aun europeo, y Enrique emprendió la decisiva campaña cuyo resultado fue la separación de Roma.

Catalina de Aragón, buena y amante esposa, que había dado cinco hijos a Enrique (la única que sobrevivió fue María), llegó a desagradar a su caprichoso consorte, y, a mayor abundamiento, este se prendó de Ana Bolena, ilustre dama, cuya aparición en la corte causó impresión general. Los amoríos comenzaron bien pronto, a Enrique le asaltaron entonces unos escrúpulos tardíos acerca de si era pecaminoso su matrimonio con la viuda de su hermano, sin tener en cuenta que el Papa había otorgado oportunamente su dispensa.

Era Enrique poderoso, en Inglaterra todo se doblegaba a su voluntad, y su voluntad era ley. No se detuvo, pues, en sus intentos. Cuando la demanda de divorcio fue presentada seriamente a la corte romana en 1527, nadie creyó que tropezaría con tan grandes dificultades.

La mayor oposición se encontró en Carlos V, que tomó lealmente la defensa de su tía, y que, como los hechos posteriores lo demostraron, tenía al Papa completamente de su parte. De no mediar el emperador, Clemente VII, hubiera hallado más serias dificultades para arreglar el asunto a satisfacción de la corte de Londres. Se contentó con demorarlo. Declinó, pues, el dar una respuesta decisiva, y encargó el caso en manos de Wolsey y de Campeggio, sin perjuicio de diferirlo y de revocarlo más tarde (1529).

Enrique se mostró hasta impaciente y desde principios de 1528, y seguro de un expeditivo fallo en favor suyo, vivía maritalmente con Ana, pero su decepción le condujo a medidas más enérgicas y arbitrarias. Trasladó su apelación desde el Papa a las universidades por consejo de Cranmer —arzobispo de Canterbury—. No obstante, sus fieles y prolongados servicios, Wolsey fue descartado por suponérsele poco activo, sobre todo en resolver la cuestión del divorcio.

Aquel mismo año (1529) fue convocado un Parlamento, que apoyó incondicionalmente al rey en su política. Este Parlamento, que funcionó a intervalos desde 1529 hasta 1536, no gozó nunca de iniciativa, ni independencia; sus miembros eran meras hechuras del rey, y este los hacía mover a su antojo. Se tomaron disposiciones para implantar la nueva creencia y bien pronto comenzaron los abusos del poder con anuencia de los instrumentos. Enrique quiso precipitar los sucesos, consumó su matrimonio con Ana Bolena, paso que le valió amenazas de excomunión (1533).

El parlamento aprobó después el Acta de Apelaciones, prohibiendo que los tribunales eclesiásticos ingleses apelasen a Roma, y Cranmer, en Dunstable, declaró irrito y disuelto el matrimonio con Catalina de Aragón. En 1534 fue anulada y desobedecida la autoridad papal en Inglaterra, y mediante el Acta de Supremacía —sugerida por Cromwell—, Enrique fue declarado cabeza suprema de la Iglesia anglicana .

El próximo paso fue triste y odioso: sir Thomas Moro, y Fisher, obispo de Winchéster, los dos nobles campeones de la antigua fe, buenos entre los mejores de su tiempo, fueron decapitados por no haber querido reconocer el Acta de Supremacía (1535).

Tal acontecimiento produjo profunda impresión en Europa, pero fue decisivo; cuando el papa redactó la Bula de Deposición, publicada en 1538, la ruptura con Roma era completa. En tanto que el propósito real u ostensible de Enrique había sido el de contraer matrimonio con una mujer a quien amaba, aquella pequeñez trajo consigo una de las revoluciones más grandes de que ha sido teatro Inglaterra.

El rey había conseguido realmente el objeto que se proponía; pero la tempestad producida era formidable y debía causarle más de una amargura. había provocado la enemiga del Papa y del emperador, y peor todavía, había ofendido seriamente los sentimientos de una gran parte de sus súbditos.

El peligro de una invasión extranjera era creciente y lo aumentaba el descontento reinante en el norte y oeste del reino, donde eran más fuertes el amor a la Iglesia y a las tradiciones nacionales. La muerte de Catalina vino a aliviarle un tanto, pues hacía practicable la reconciliación con el emperador, y privaba a la oposición inglesa de un centro común.

El alzamiento de Irlanda fue reprimido sin mucha dificultad, pero la intranquilidad del norte, que vino a estallar en el Pilgrimage de Grace, fue una formidable sacudida (1536). Enrique pudo evitarla, valiéndose de la astucia más que de la fuerza. La oposición del oeste fue sofocada en su origen, mediante la ejecución de sus jefes, el marqués de Exeter y lord Montague (1538).

La supresión y confiscación de numerosos monasterios aumentó las riquezas del rey y de su corifeos. Las cosas políticas se iban apaciguando, pero los asuntos dogmáticos de Enrique, gracias a su intemperancia, iban de mal en peor.

Pocos meses después de la muerte de Catalina de Aragón, Ana Bolena era enviada al cadalso. Quizá fuese culpable de los delitos que se le imputaban, pero su mismo esposo la había dispuesto a dejar de mano todo respeto de sí misma y toda reserva, y el voluble corazón de aquel tirano ya había sido cautivado por otra mucho antes de que se descubriesen los supuestos crímenes que costaron la vida a la infeliz Ana.

Enrique, al siguiente día de la ejecución de esta, contrajo matrimonio con Juana Seymour (1536). El nacimiento de Eduardo, al siguiente año, llenó de complacencia al rey, pero la temprana muerte de Juana lo dejó nuevamente viudo.

Después de un intervalo de más de dos años, Cranmer, de nuevo instrumento de Enrique, se puso de acuerdo con este para buscarle una esposa en cualquiera de las cortes protestantes de Alemania; la elección recayó sobre Ana de Cléveris. Esta elección fue la ruina del infortunado ministro. Ana era fea y mojigata y Enrique se cansó bien pronto de ella. Sobrevivió un divorcio, y Cranmer, abandonado por Enrique a merced de sus enemigos, fue acusado de alta traición por el duque de York y ejecutado a pesar de sus súplicas y protestas (1540).

Otra infeliz criatura ciñó la corona real, Catalina Howard, sobrina, como Ana Bolena, del duque de Norfolk. Transcurridos dos años, y convicta de infidelidad, fue ejecutada, y otra dama, Catalina Parr, tuvo el inaudito valor de subir a aquel monstruoso tálamo (1543), librándose, afortunadamente, de las garras del feroz Tudor, al que sobrevivió.

El último asesinato judicial cometido por Enrique fue el del joven conde de Surrey, hijo del duque de Norfolk, y este pudo escapar por la muerte del rey.

Últimos años de su reinado

Durante los últimos años de su reinado, los asuntos interiores y la revolución religiosa cesaron de ser un exclusivo objeto de interés. Inglaterra y las potencias parecieron conformarse con la nueva manera de ser y en parte parecieron acomodarse a los hechos consumados. Hasta el mismo emperador solicitó su alianza.

Su política extranjera terminó como había empezado, con una guerra contra Escocia y Francia. La primera tuvo por origen ciertas rencillas de potencias; los escoceses fueron batidos en Solway Moss, pero derrotaron un ejército inglés en Aucrum Moor. Después de la muerte de Jacobo V, el pensamiento de Enrique era arreglar un casamiento entre la joven reina de Escocia y su hijo Eduardo. Este plan fracasó por culpa del mismo Enrique, y Escocia fue devastada sin ninguna utilidad.

La guerra con Francia (1543-1546) fue igualmente infructuosa. Su hecho principal fue la presencia de una formidable escuadra francesa que se señoreó del canal durante algún tiempo.

Entretanto, y a medida que su salud iba decayendo, todo el prurito del rey era arreglar los asuntos preparando la accesión de su hijo. Aun cuando solo contaba cincuenta y seis años, su corpulencia y las enfermedades le tenían impedido y había que transportarle en un sillón de ruedas de un aposento a otro.

En este , como en muchos otros aspectos, el contraste entre los comienzos y el fin de su carrera es sorprendente; el joven atlético se había convertido en un inválido incapaz de moverse, y a la jovialidad, al entusiasmo, y a la unanimidad de la primera fase de su reinado, había sucedido un largo período nebuloso y sombrío, intranquilo, únicamente reprimido por la tiránica e imperiosa mano del más desalmado y quizá de uno de los reyes que hubieran conseguido ser más populares de Inglaterra.

Como dato curioso, mencionaremos el hecho de que Enrique VIII es el autor de un libro intitulado Assertio septem sacramentorum, escrito contra Lutero, y que se publicó en 1521. Esta obra le valió en aquel entonces el título de defensor de la fe que le otorgó la corte romana.

Dejó tres hijos: Eduardo, habido con Juana Seymour; María, con Catalina de Aragón, e Isabel, con Ana Bolena. Los tres reinaron sucesivamente.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 20 pág. 58.