La guerra de Crimea, 1853-1856

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Zar Nicolás I de Rusia.Zar Nicolás I de Rusia.

Convencido el zar Nicolás de que estaba próximo el desmembramiento de Turquía, le lisonjeaba la idea de emprender contra la media luna la cruzada que debía arrojarla definitivamente de Europa. Envanecido con sus triunfos sobre la revolución en Hungría y Alemania (1849 y 1850), se consideraba con justicia acreedor al agradecimiento de los soberanos de Austria y de Prusia, y pensaba que estos le dejarían las manos libres para obrar en Oriente como mejor le pareciese.

Si en alguna parte esperaba encontrar oposición era del lado de Francia, con cuyo gobierno habían surgido algunas desavenencias a causa de la protección ejercida por esta potencia y por Rusia respectivamente sobre las iglesias latina y griega de los Santos Lugares.

Estas diferencias se habían ahondado por efecto de la conducta agresiva que siguiera el zar contra el gobierno turco, por haber este cedido en parte a las pretensiones de los católicos; y esto hacía suponer que Francia consideraría como un compromiso de honor no abandonar a Turquía en caso de un rompimiento; mas, para precaverse contra esta eventualidad, quedaba el recurso de conquistar el apoyo de la Gran Bretaña, y esto es lo que trató de hacer Nicolás, descubriendo a principios de 1853 al embajador inglés, en una conversación confidencial, sus planes secretos para el reparto de la herencia del hombre enfermo, reparto del que quería excluir a Napoleón, y en el cual reservaba para Inglaterra la posesión del Egipto y de la isla de Candía.

Estos ambiciosos proyectos no fueron, sin embargo, del agrado del gobierno inglés, que se negó a tratar sobre ellos y se puso desde luego al lado de Francia para sostener el statu quo, aunque con el deseo evidente de procurar por todos los medios posibles la conservación de la paz, a cuyo fin trabajó con ahínco para que, cediendo algo en sus pretensiones el gabinete francés, pudiera a su vez ceder algo el sultán a las exigencias de Rusia.

Pronto se pudo ver, no obstante, que la guerra era inevitable, pues el zar, que había hecho secretamente algunos preparativos militares, con gran apresuramiento, como si temiese que la disolución del Imperio turco se hallase tan inmediata que no le diera tiempo para intervenir con oportunidad, había adelantado ya demasiado en su camino para que ninguna consideración pudiera detenerle.

En efecto, su embajador extraordinario, príncipe Menchikoff, procediendo en todo con absoluto desprecio de las fórmulas diplomáticas usuales, como si su conducta obedeciese a la consigna de provocar un rompimiento, había exigido la destitución del ministro de Negocios Extranjeros Fuad Effendi, y la conclusión de un convenio que diese a Rusia el protectorado de los súbditos cristianos del sultán, lo cual equivalía a arrebatar a este la soberanía efectiva sobre una gran parte de sus vasallos, que podía evaluarse en unos 11 millones.

Tan inaudita pretensión fue rechazada enérgicamente por el gobierno turco, y, en su consecuencia, Menchikoff declaró rotas las relaciones diplomáticas, y el príncipe Gorchakoff invadió a principios de Julio los principados danubianos, con el pretexto de tomar garantías para hacer valer las exigencias rusas.

Ante la actitud resuelta del emperador Nicolás, inútiles fueron las tentativas de arreglo propuestas por las grandes potencias en una nota redactada en Viena, que solo servía para dar largas al asunto; en realidad, tampoco la aceptaba de buena gana el sultán, que sintiéndose apoyado por Francia e Inglaterra, se daba cuenta exacta de las ventajas de su situación y no le convenía perderlas.

Este fracaso hizo más íntimo el acuerdo de las potencias occidentales, cuyas escuadras recibieron orden de atravesar los Dardanelos y dirigirse a Constantinopla, aunque sin renunciar aquéllas todavía sus proyectos de mediación. Entretanto el gobierno turco, después de dar a Rusia un plazo de catorce días para evacuar el territorio, le declaró la guerra y un ejército mandado por Omer-bajá atravesó el Danubio, venciendo a los rusos en Oltenitza (4 de Noviembre).

La flota rusa destruye la otomana en la batalla de Sinope.La flota rusa destruye la otomana en la batalla de Sinope. Imagen de Iván Aivazovski.

Otro descalabro sufrieron estos en Calafat, e igualmente les fue adversa al principio la suerte de las armas en Asia, donde sus contrarios se apoderaron por sorpresa del fuerte de San Nicolás y bloquearon a Ajalzik. La destrucción de una escuadra turca en la bahía de Sinope, que llevó a cabo a fines de Noviembre el almirante Nakhimoff, vino de repente a complicar la situación, ofendiendo gravemente a Inglaterra y Francia, que habían contado con que la permanencia de sus buques en aguas de Constantinopla sería suficiente para impedir todo ataque marítimo por parte de los rusos.

Decidieron, pues, llevar sus fuerzas navales al mar Negro (3 de enero de 1854), y después de dirigir un ultimátum a San Petersburgo, dando de plazo hasta el 30 de Abril para evacuar los principados, firmaron un tratado de alianza con Turquía y declararon (27 de Marzo) la guerra a Rusia. Esta había resultado de modo tan imprevisto, que ni Inglaterra ni Francia tenían hechos los preparativos más elementales.

Por otra parte, al pretender trazar el plan que conviniera seguir en las operaciones militares, los intereses políticos de los beligerantes, no siempre armónicos, se hallaban a veces en pugna con las medidas aconsejadas por las conveniencias militares, y así era difícil que la campaña pudiera dar algún fruto.

Las miras de los aliados se redujeron, pues, por el momento, a proteger a Constantinopla, decidiéndose para ello concentrar un pequeño ejército anglo-francés en la península de Galipoli; pero poco después acordaron aumentar considerablemente sus fuerzas, aunque sin tener todavía un plan definido.

El cuerpo expedicionario francés se compuso, pues, de cuatro divisiones de infantería —generales Canrobert, Bosquet, Forey y príncipe Napoleón—, una de caballería —general Morris— y 12 baterías con 68 piezas de campaña —general Thiry—; en conjunto unos 30.000 hombres, cuyo mando se dio al mariscal Saint Arnaud, a la sazón ministro de la Guerra.

El inglés, compuesto de otras cinco divisiones de infantería (duque de Cambridge, Lacy-Evans, England, Cathcart y Brown y una de caballería Lucan con nueve baterías y un efectivo total de 22.000 hombres, se puso a las órdenes de lord Raglan.

Todas estas fuerzas se enviaron apresuradamente a Galípoli, sin orden ni concierto, ni provisiones, ni pertrechos, pues había el temor de que los rusos, que habían conseguido entretanto algunas ventajas, se atrevieran a forzar el paso de los Balkanes y ocupasen Andrinópolis.

Por fortuna para los rusos, tan mal preparados como ellos, llevaron sus operaciones con gran lentitud y no pasaron de la muralla de Trajano, ni se atrevieron atacar en Chumia a Omer-bajá, que esperaba bien apercibido para resistirles; pero la desorganización en el campo franco-inglés era tan grande, que, dos meses después de declarada la guerra, el ejército francés no estaba todavía en condiciones de emprender ninguna operación, pues disponía solamente de 24 piezas y 500 caballos, careciendo hasta de pan y de calzado, según escribía Saint Arnaud, lleno de desesperación, al mismo emperador.

En la segunda quincena del mes de Mayo los generales aliados celebraron una detenida conferencia, en la que se decidió la marcha de las tropas a Varna, que debía convertirse en base de sus operaciones contra el ejército invasor ruso, y particularmente para socorrer a Silistria. Se efectuó pues lentamente la concentración del ejército aliado en Varna, pero antes de que hubiera podido emprender operación alguna, levantó Gorchakof el sitio de Silístria y repasó el Danubio por orden de su gobierno.

Tan súbita determinación había sido impuesta por las amenazas de intervención de Austria, que si hasta entonces había permanecido en actitud de prudente reserva, para no comprometerse, cuando vio que Francia e Inglaterra reunían un ejército importante sobre la región del Danubio, se dio prisa a concentrar 80.000 hombres en Transilvania y Hungría y presentó una nota (2 de junio) en San Petersburgo, intimando la evacuación de los principados. Esta actitud de inesperada hostilidad, apoyada enérgicamente por la Prusia, decidió al gobierno ruso, después de alguna una discusión, a abandonar sus conquistas y retirar su ejército al otro lado del Pruth.

El brusco cambio operado en la situación de los beligerantes por la retirada de los rusos, puso a los aliados en la disyuntiva de perseguirlos a través de las estepas del Dnieper, lo cual era exponer a las tropas a un desastre como el del año 1812, o emprender, para dar satisfacción a la opinión pública, alguna operación secundaria, tal como un desembarco en Crimea o en el Cáucaso.

Lo primero ofrecía como objetivo inmediato la destrucción de Sebastopol, base del poder marítimo ruso en el mar Negro, y lo segundo hubiera facilitado la insurrección de los naturales, que habría proporcionado a los aliados numerosos auxiliares y puesto en grave aprieto al gobierno moscovita.

Al fin (18 de Julio) prevaleció la tendencia inglesa y quedó decidida la expedición a Crimea. Mientras se preparaban los elementos necesarios para el transporte, se presentó el cólera en el campo anglo-francés, causando tremendos estragos en las filas, y para mayor desgracia un incendio que estalló en Varna el 10 de Agosto destruyó los almacenes de provisiones de los aliados, empeorando la situación, ya bastante aflictiva, de las tropas.

Con verdadero júbilo recibieron estas la orden de embarcarse, y el 5 de septiembre, hechos ya todos los preparativos necesarios, se puso en marcha la expedición, formada por 89 buques de guerra y 267 transportes, anclando el 14 delante de Eupatoria, donde comenzó inmediatamente el desembarco, que duró hasta el 19. Los franceses, que dejaron en Varna con los enfermos la división Levaillant, recién llegados de la metrópoli, habían sido en cambio reforzados con una división turca, mandada por Ahmet-bajá, con lo cual su efectivo se elevaba a 36.000 hombres; los ingleses habían quedado reducidos a 20.000.

El príncipe Menchikoff, a quien sorprendió la noticia del desembarco efectuado por los aliados, reunió precipitadamente las fuerzas de que pudo disponer (unos 35.000 hombres) y salió a disputar al enemigo el paso del río Alma, tomando posiciones en las alturas de la orilla izquierda del río, a ambos lados de Burliuk, con la derecha apoyada en una elevada montaña y la izquierda en una meseta que se extiende hasta cerca de los escarpados de la costa, 12 piezas de gran calibre y 1 batería de campaña barrían con sus fuegos el puente y camino de Eupatoria y una fuerte reserva, situada en posición central debía ayudar a restablecer el combate en donde fuera necesario.

El plan de los aliados consistía en envolver simultáneamente las dos alas del ejército ruso y atacar después el centro, pero los ingleses, que formaban la izquierda del orden de batalla, no pudieron desbordar el ala derecha rusa, y únicamente se pudo envolver la izquierda, gracias al fuego de los barcos, que dispersó las escasas fuerzas enemigas encargadas de la vigilancia de la costa.

Protegidas por la escuadra, la división turca y la de Bosquet atraviesan el río por dos vados, y aunque a costa de esfuerzos sobrehumanos, logran trepar por las vertientes peñascosas, arrastrando los cañones, y coronar la meseta, cayendo sobre el flanco de los rusos.

Sorprendido Kiriakoff hace entrar en línea sus reservas, que son recibidas con un fuego mortífero de los franceses y de la escuadra, y aunque acude a reforzarle Menchikoff con la mitad de la reserva general, los franceses reciben también el refuerzo de las divisiones Canrobert y príncipe Napoleón, y el combate por parte de los rusos queda reducido a la defensa tenaz de la meseta, adonde dirige Saint Arnaud sucesivamente todas las fuerzas del centro de la línea de batalla de los aliados.

Para llenar el peligroso hueco que queda entre las divisiones francesas y británicas, oblicuan estas a la derecha y vienen a chocar con el centro ruso, al que embisten con intrepidez, pero sin alcanzar ventajas positivas y sufriendo en cambio graves pérdidas. Por fin, después de cinco horas de encarnizada lucha, la victoria de los aliados se decidió en la derecha por la retirada de Kiriakoff, que arrastró consigo a todo el ejército ruso por el camino de Sebastopol. Las pérdidas de los vencidos ascendieron a 4.800 hombres, entre muertos y heridos, y 700 extraviados; los ingleses tuvieron por su parte unas 200 bajas y 1.300 los franceses, entre ellas el general Canrobert, que resultó herido.

Combate entre tropas francesas y rusas durante el asedio de Sebastopol.Combate entre tropas francesas y rusas durante el asedio de Sebastopol.

Después de perder inútilmente dos días a orillas del Alma, prosiguieron los aliados su marcha a Sebastopol. Era su propósito atacar la ciudad por el Norte, mientras la escuadra, entrando en la bahía, echaba a pique los buques refugiados en su interior; pero un reconocimiento que efectuaron por dicho frente y la noticia de que los rusos habían obstruido la entrada de la bahía, fondeando en ella cinco navíos y dos fragatas, les hizo renunciar a su plan y acordaron atacarla por el Sur, para lo cual, ejecutando una peligrosa marcha de flanco, fueron a situarse sobre la meseta de Balaklava, al mismo tiempo que el grueso del ejército enemigo para conservar sus comunicaciones con el corazón del país, se encaminaba a su vez al interior de la península, tomando posiciones al otro lado del Chernaya, sobre los caminos que van desde Balaklava y Sebastopol a Bakchisarai.

La ciudad de Sebastopol se eleva en anfiteatro sobre la falda de una colina que se levanta al S. de la magnífica bahía de su nombre y al O. del puerto militar, otro profundo seno que se abre en medio de aquélla, en dirección NS. Al N. de la bahía principal se encuentra el arrabal de Severnaya, y en la orilla oriental del puerto militar el de Karabelnaya, o barrio marítimo, que se extiende hacia el fondo de la rada, donde existe el muelle llamado de la Carena.
Las defensas marítimas de la ciudad eran realmente formidables, consistiendo por la parte N. de la rada en los fuertes Constantino, Miguel y Severnaya, esparcidos a lo largo de aquélla hasta la entrada del puerto militar, y el fuerte del Norte, algo más retrasado, y por la parte S. en los de la Cuarentena, Alejandro, Nicolás y Pablo, que junto con aquéllos batían la entrada y el interior de la bahía.

En cambio las defensas terrestres eran casi nulas, pues se reducían a la torre de Malakoff, que se alzaba al E. de Karabelnaya, en una altura de gran dominación sobre el terreno exterior, y a un muro aspillerado de 1 m. de grueso, que arrancando de un baluarte cerca de la rada (fuerte de la Artillería, ceñía la ciudad por su parte occidental, formando ángulos entrantes y salientes, flanqueados por casamatas.

Pero los ingenieros rusos, dirigidos por el inmortal Todleben, completaron estas defensas, construyendo con actividad prodigiosa multitud de obras de tierra, que convirtieron los alrededores de la población en un verdadero campo atrincherado, con excelentes condiciones de resistencia. Las obras más importantes del frente occidental eran los baluartes de la Cuarentena, Central y del Mástil, este último cerca del extremo S. del puerto militar. en cuyo fondo, enlazando las defensas de la derecha con las de la izquierda rusa, estaba fondeado un navío, armado con 84 cañones.

En el frente oriental, desde el puerto militar hasta el muelle de la Carena, las obras más importantes eran: el Gran Rediente, el baluarte Kornitor (que rodeaba la torre de Malakoff), el Pequeño Rediente y el baluarte de la Punta. En el frente N. se habían construido asimismo buen número de baterías y reductos enlazados por trincheras formidables, cuya influencia llegaba hasta las márgenes mismas del río Belbek, primera línea de defensa de las posiciones rusas.

La guarnición de la plaza se componía de unos 7.000 soldados, a los que se agregaron 11.000 marineros desembarcados de la escuadra; y los elementos de defensa allí acumulados eran verdaderamente gigantescos, pues solo de los buques desarmados se podían sacar 2.200 cañones de todos los calibres, a los que había que añadir todavía los que constituían el armamento permanente de los fuertes. La provisión de víveres y municiones era también abundantísima; pero además, como los aliados no habían podido acordonar la plaza por el frente N., quedaba este siempre abierto para recibir por él refuerzos y convoyes.

La muerte del general Saint Arnaud (29 de Septiembre), que falleció víctima del cólera, hizo pasar el mando de los franceses al general Canrobert, quien se dedicó desde luego a establecer las tropas delante de la plaza, y a asegurar sus comunicaciones con la flota: dos divisiones francesas se situaron paralelamente al recinto de la ciudad , desde el mar hasta el extremo de la bahía S., formando el ala izquierda de la contravalación; la derecha la formaron los ingleses, establecidos entre aquel último punto y las alturas de Inkermann.

El resto de las fuerzas, constituyendo un cuerpo de observación, se extendió por la orilla izquierda del Chernaya dispuesto a hacer frente a cualquier ataque procedente del exterior. La base de operaciones y el cuartel general de los ingleses se establecieron en Balaklava, y los de los franceses en Kamiesch, en cuyos puertos se habían refugiado las respectivas escuadras.

El 9 de Octubre tuvo lugar la apertura de la trinchera, comenzando los franceses su primera paralela delante del baluarte central, y los ingleses delante del Gran Rediente y de la torre de Malakoff, y el 17, armadas las baterías de sitio, rompieron el fuego al amanecer contra la plaza con 117 piezas, mientras las tropas se ponían sobre las armas, y se preparaban las columnas de asalto por si fuera conveniente lanzarlas al ataque de las posiciones enemigas; pero los rusos, que trabajaban sin descanso en mejorar sus fortificaciones, les opusieron 250 piezas, y pronto quedó patente su superioridad, especialmente sobre las baterías francesas, que hubieron de suspender el fuego a las cuatro horas de lucha.

La escuadra aliada, que debía atacar al mismo tiempo los fuertes de la entrada de la bahía, se retrasó por efecto de la calma reinante y también su cañoneo resultó ineficaz, teniendo retirarse al cabo los buques con bastantes averías Un millar de bajas por cada parte fue el único resultado que dio la operación efectuada, pero los rusos experimentaron una pérdida para ellos muy sensible: la del valiente almirante Korniloff, muerto por un casco de granada al pie del baluarte que llevó luego su nombre.

Lo infructuoso de este ataque demostró a los aliados la necesidad de seguir todos lo trámites de un sitio en regla, y en un consecuencia se prosiguieron con actividad los trabajos, empezando los franceses, del 21 al 22, el trazado de la segunda paralela, a 450 m, del baluarte del Mástil

Mientras toda la atención de los sitiadores estaba concentrada en el avance de las zapas, el príncipe Menchikoff, que había recibido entretanto importantes refuerzos, decidió asaltar desde Chorgun el campamento de lo ingleses, encomendando esta misión al general Liprandi con 18.000 hombres, provistos de numerosa artillería.

Resultado de la ofensiva rusa fue el combate de Balaklava. Pocos días después (la noche del 31) trazaron los franceses la tercera paralela, y al amanecer del día siguiente rompieron un fuego muy vivo con 94 piezas, apoyadas por 78 de los ingleses, con el propósito de intentar, si era posible, el asalto, pero los rusos contestaron a él con más de 400 cañones, frustrando nuevamente la esperanza de los aliados.

Carga de la Brigada ligera en la batalla de Balaclava.Carga de la Brigada ligera en la batalla de Balaclava. Cuadro de Richard Caton Woodville, Jr.

Detenidos delante de las fortificaciones de una plaza improvisada, cuya resistencia no podían vencer, sin fuerzas suficientes para bloquearla por completo, y con un ejército enemigo a la espalda, que iba engrosando constantemente, la situación de aquellos no tenía nada de envidiable, pareciendo más bien que sitiadores, sitiados dentro del estrecho campo que ocupaban.

El éxito poco decisivo del combate de Balaklava hacía temer que los rusos repitieran pronto el ataque con fuerzas más numerosas, y Menchikoff, por su parte, que había llegado a reunir 100.000 hombres bajo su mando, se lisonjeaba también con la esperanza de castigar la osadía de los contrarios, de modo tal que dejara recuerdo perdurable en la historia.

No esperaba para eso más que la llegada de los hijos del zar, y tan pronto como estos se incorporaron al ejército, dispuso aquel (5 de Noviembre) la ejecución de un plan que había combinado, y consistía en atacar con dos fuertes columnas a los ingleses, mientras la guarnición efectuaba una salida por el frente occidental de la ciudad, para impedir que los franceses acudieran en socorro de sus aliados.

El combate que con este motivo riñeron los dos ejércitos se conoce en la historia con el nombre de batalla de Inkerman, y aunque fue favorable para los aliados les costó más de 4.000 bajas, entre ellas nueve generales, y causó en su ánimo el efecto moral de una derrota.

Consecuencia de ella fue el compás de espera que marcaron por entonces los trabajos de sitio, llevados antes con tan notable actividad, y el mayor cuidado que pusieron los sitiadores en reforzar sus posiciones y mejorar la disciplina de las tropas. Por desgracia para ellos, el invierno se presentó con su cortejo de vientos y lluvias torrenciales; un furiosos huracán arrasó (14 de noviembre) los campamentos, cegó las trincheras y echó a pique gran número de barcos, algunos de ellos cargados de víveres y efectos de abrigo para las tropas.

Con el frío y lo defectuoso de sistema de aprovisionamiento de los ejércitos, particularmente del inglés, que carecía de capotes y mantas para los soldados, y hasta de material sanitario, aumentó extraordinariamente el número de enfermos, haciendo gran número de víctimas las fiebres, el tifus y el escorbuto.

Para cubrir estas bajas y atender a las necesidades de la campaña, visto el sesgo que iban tomando las operaciones, los franceses enviaron a fines de año tres divisiones de refuerzo, a las que se añadió todavía a últimos de enero una nueva división —la 9ª— y una brigada de la guardia imperial, elevando así el efectivo de su ejército hasta cerca de 80.000 hombres.

Los ingleses, en cambio, solo pudieron mandar algunos regimientos, y aunque apelaron al enganche de voluntarios sacados de la milicia y se acordó la creación de legiones extranjeras para enviar más fuerzas a Crimea, estas medidas no dieron resultado alguno, y a duras penas consiguieron mantener el efectivo primitivo del cuerpo expedicionario.

Esta inferioridad del ejército inglés, que el gobierno no podía remediar, era mortificante para el orgullo británico, tanto más cuanto que al tratar en junta de generales, celebrada a fines de Diciembre, de la prosecución activa de los trabajos, hubo de confesar lord Raglan que no contaba con fuerzas para ello, si los franceses no se encargaban del ataque en la extrema derecha, o sea del dirigido contra la torre de Malakoff.

Consecuencia de este cambio de situación de los aliados fue la nueva organización que se dio al ejército francés en Febrero, constituyendo tres cuerpos, uno de los cuales Pelissier siguió formando el ala izquierda de la contravalación, otro Bosquet quedo encargado en la derecha del ataque al Pequeño Rediente y torre de Malakoff, y el otro, cuyo mando se reservó personalmente el general Canrobert, quedó como reserva. Los ingleses, en el centro, debían seguir avanzando sus aproches contra el Gran Rediente.

También los rusos iban recibiendo tan importantes refuerzos, que llegaron a sumar l45.000 hombres, y como para contrarrestarlos pasara a Eupatoria Omer-bajá con el ejército turco del Danubio, tuvo lugar en l7 de Febrero un reñido combate entre sus fuerzas y las del general Chruleft, que avanzaron contra ellas en reconocimiento, siendo rechazadas estas últimas con pérdidas considerables.

Entretanto los trabajos de sitio progresaban con lentitud, retardados por el frío y por la naturaleza del suelo, donde aparecía la roca calcárea a poca profundidad, y más aún por la tenacidad con que los rusos les disputaban el terreno, pues es de notar que en cuanto estos hubieron completado las defensas de la plaza, avanzaron sus contra-aproches para posesionarse del terreno exterior, creando nuevas e importantes obras, que surgían como por encanto en los puntos amenazados, entorpeciendo la acción de los sitiadores y dando origen a sangrientos combates para arrojarles de ellas. Tales fueron las llamadas por los franceses Obras blancas, Mamelon verde, etc.

La inesperada muerte del emperador Nicolás, ocurrida en 2 de Marzo, no modificó por el momento la situación de los beligerantes, ni produjo más alteración en la marcha de los sucesos que el relevo del generalísimo Menchukoff por el príncipe Miguel Gorobakoff, que se hizo cargo del mando el día 20 de Marzo.

En 9 de Abril los aliados, que habían llegado a poner en batería cerca de 500 piezas, las descubrieron a la vez, empezando un terrible bombardeo del que se prometían grandes resultados, pero tampoco entonces pudieron alcanzar la superioridad de fuego sobre la artillería contraria, y después de haber consumido unos 25.000 proyectiles por ambas partes, hubo que aplazar otra vez el asalto para más adelante.

Ya por entonces había empezado a manifestarse la falta de armonía entre lord Raglan y el general Camrobert: este, que había recibido en la primera quincena de Abril el refuerzo de dos divisiones turcas mandadas por Omer-bajá., quería emprender una campana activa contra el cuerpo ruso de observación, cuya presencia era el obstáculo que impedía a los aliados bloquear de un modo eficaz la plaza; pero el general inglés se opuso a ello, y aquél hubo de ceder para evitar un rompimiento, acordando al fin proceder al asalto el día 30 de Abril.

Todavía sufrió este plan un nuevo aplazamiento, porque el emperador Napoleón, que no estaba satisfecho de la marcha de las operaciones, y había formado el proyecto de ponerse al frente del ejército, anunció a Canrobert el próximo envío del ejército de reserva, reunido en Constantinopla, y pareció a todos natural aguardar la llegada de estos refuerzos antes de acometer empresa de tanto riesgo.

Entretanto lord Raglan, que hacía tiempo se inclinaba a enviar una expedición contra Kertch, para dar ocupación a la flota y quitar al mismo tiempo al enemigo uno de sus puertos principales de aprovisionamiento, insistió en que se aprovechase aquella oportunidad para efectuar la operación.

Accedió a ello Canrobert, y después de embarcar un cuerpo mixto de 18.000 hombres al mando del general Brown zarpó la escuadra en 3 de Mayo al anochecer con dirección a Kertch; pero como al día siguiente recibiera el general francés un telegrama del emperador ordenándole concentrar frente a Sebastopol todas las tropas, incluso las del ejército de reserva, y prepararse para atacar a Gorchakoff, se creyó en el caso de llamar a la división expedicionaria y enviar inmediatamente la escuadra a Constantinopla para cumplir las órdenes recibidas, tan acordes con sus deseos.

Las observaciones de lord Raglan en contrario fueron desoídas completamente y este nuevo desacuerdo aumentó la tirantez de relaciones entre los dos generales. Pocos días después llegaban a Crimea: una división piamontesa (15.000 hombres), cuyo auxilio había gestionado Inglaterra, el ejército de reserva (tres divisiones de infantería y una de caballería, en total 22.000 hombres) y otras dos divisiones turcas, que elevaban el contingente de esta nación a 26.000 soldados escogidos.

Con tan valiosos elementos parecía seguro el éxito del plan de Napoleón; pero de pronto surgió una dificultad no prevista, y fue que lord Raglan negó para las operaciones el concurso del ejército inglés, y como la hostilidad entre los dos caudillos se acentuaba más cada día, Canrobert envió su dimisión al emperador, rogándole que nombrara para sucederle en el mando al general Pelissier, y que le permitiera volver a tomar el mando de su antigua división.

El nuevo general en Jefe quiso imprimir a las operaciones actividad y energía, y proceder en todo de acuerdo con los generales aliados; no queriendo dejar nada a lo imprevisto, desechó el plan de Napoleón, por no conocer el país, ni las fuerzas del enemigo, probablemente superiores a las suyas; hizo ejecutar la expedición a Kertch, en la que tanto empeño tenía lord Raglan, extendió los límites del campo ocupado por las tropas, llegando hasta la orilla izquierda del Chernaya, donde situó, a las órdenes del general Canrobert, dos divisiones francesas, la caballería y los contingentes sardo y turco, y comenzó a desarrollar su propio plan, que consistía en apoderarse de la plaza por medio de asaltos sucesivos, estableciéndose en la noche del 23, después de sangrienta y obstinada lucha, en la meseta del Cementerio, que le hizo dueño de todo el terreno exterior en la zona izquierda da los ataques.

Artículo pendiente de finalizar

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo págs.