Historia de Alemania

Introducción
Dinastía sajona 919-1024
Dinastía de Franconia 1024-1125
La época de los Staufen 1125-1254
El interregno 1256-1273
Dinastía Habsburgo 1273-1648
Tendencias reformistas 1410-1519
Fin del I Reich 1648-1806
Del I al II Reich 1806-1871

Introducción

La noticia más antigua que tenemos acerca del pueblo que habitó en la costa meridional y oriental del mar del Norte se la debemos a Pytheas, comerciante de Marsella que estuvo allí por el año 300 a. de C., en busca de estaño y de ámbar. El nombre que este dio a sus pobladores fue el de teutones; la palabra germanos empleada primero por los celtas y después por los romanos para designarlos, no se generalizó hasta época muy posterior.

Los teutones del tiempo de Pytheas se habían establecido entre el Vístula y el Weser; en la divisoria entre el Weser y el Rhin, en la cuenca del Main y por el E. lindaban con los celtas. La primera descripción del territorio alemán, que es la que hizo Poseidonio hacia el año 90 a. de C., corresponde a una época en la que ya gran parte del pueblo germánico se había ido extendiendo hacia el S. y chocando en su avance con el Imperio romano.

Cuando César sometió las Galias, tuvo ya que vencer a un famoso caudillo germano, Ariovisto, que se había establecido en el interior de la Galia. Los germanos que habían invadido la orilla izquierda del Rhin se vieron precisados a retroceder o se fundieron con los celtas. El formidable dique que los romanos opusieron a la irrupción de los bárbaros, obligó a los germanos a instalarse en los territorios al E. del Rhin.

En cambio, los romanos, a pesar de cuantos esfuerzos hicieron, no lograron nunca dominar de un modo estable el país situado entre este río y el Weser; únicamente el territorio de las bocas del Rhin y la parte SO. de Alemania, comprendido entre este río y el Danubio, fueron ocupados definitivamente por ellos y llegaron a romanizarse.

Tribus germánicas en el 50 d. C..
Tribus germánicas en el 50 d. C. (sin incluir Escandinavia).

La irrupción de los pueblos germánicos no podía, sin embargo, contenerse de un modo permanente. En cuanto decayó el poderío militar de Roma, cayeron aquellos por todos lados sobre el Imperio (longobardos, cuados, marcomanos, borgoñones, godos, vándalos, etc.), apoderándose de él y fundiéndose en todas partes con los pueblos vencidos, se romanizaron a su vez, perdiendo pronto el sello distintivo de su raza.

En cambio los innumerables pueblos germánicos que quedaron en la patria común, se agruparon en núcleo u grupos formados por las tribus más afines, y estos grupos fueron durante algunos siglos la única representación de la vida nacional, pues el sentimiento de un pueblo alemán, formado por la reunión de todos los que hablaron el mismo idioma deutsch, alemán, se refiere al principio exclusivamente al idioma; theodisce, año 786, quiere decir el que habla el lenguaje del pueblo, de donde se derivó, año 788, lingua theodisca no nació hasta muy entrada la Edad Media.

El primero de aquellos núcleos fue el de los alemanos o alemanes, de donde procede el nombre de Alemania, y a este siguieron los de los francos, sajones, turingios, pisones y bávaros. El reino de los francos, fundado por Clodoveo, se extendió también por países romanizados, en los cuales el pueblo conquistador germánico fue pronto absorbido por el conquistado, representante de una civilización más adelantada.

Pero en Oriente, los francos del Rhin y del Mosa constituyeron con los alemanes, que fueron sometidos el año 496, los turingios, que lo fueron el 530, y los bávaros, cuyos duques reconocieron también la soberanía de los francos, un estado puramente germánico.

Convertidos al cristianismo en los siglos VII y VIII se consolidó más cada día esta unión de nacionalidades, que vino a constituir el núcleo de aquella parte del reino de los francos que se llamó Austrasia y que tuvo primero en Dagoberto I (622) y después en Pipino el Mayor sus gobernantes propios (rey el primero y mayordomo el último).

Los sucesores de este (los carlovingios) se mantuvieron, tras un pequeño interregno, en posesión de tan importante cargo, y Pipino el Breve fue proclamado rey (751), dividiendo su reino al morir entre sus hijos Carlomán y Carlos (768), apellidado el Grande (Carlomagno), quedó de soberano único por muerte de su hermano (771), sometió a los sajones a su obediencia, aseguró las fronteras orientales y fue coronado como emperador en Roma el año 800.

Bajo su férreo mando se perfeccionó la organización administrativa del Imperio vigorizándose espiritualmente de tal modo la nación alemana, que al recaer la corona en Luis el Piadoso (814-840) y repartirse el Imperio, por el tratado de Verdún, entre los nietos de Carlomagno (843), el reino oriental de los francos (germánico), separado del occidental (latino) por la Lorena, pudo declararse independiente.

A la muerte de Luis el Germánico (876) se dividió a su vez el reino entre sus hijos, pero Carlos el Gordo, después de muerto su hermano Luis el Joven (882) heredó sus Estados, siendo coronado emperador, y elegido también soberano del reino franco de Occidente (885) volvió a reunir en sus manos todo el poder de Carlomagno.

En su tiempo robusteció el sentimiento nacional, y cuando la revolución del 887 acordó su destronamiento, fue elegido rey Arnulfo (887-899), que venciendo a los normandos y aniquilando el reino de Moravia, fundado por el ambicioso Swatopluk, sostuvo dignamente la autoridad real que desgraciadamente se perdió en manos de su hijo Luis el Niño (900-911).

El pensamiento de la unidad nacional, acariciado y sostenido por espacio de un siglo, quedaba tan mal parado a la muerte de Luis, que únicamente Franconia y Sajonia eligieron un nuevo rey en la persona de Conrado I; Baviera y Suabia le negaron su reconocimiento, perdiéndose la Lorena, que se unió al reino franco de Occidente. Cuando murió Conrado, el año 918, parecía el reino alemán amenazado por una destrucción completa.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 463-464.

Dinastía sajona 919-1024

El peligro que amenazaba el porvenir de la monarquía germánica no se le ocultó a Eberardo, hermano de Conrado, y a propuesta suya, los francos y los sajones, reunidos en Fritzlar, eligieron rey a Enrique, duque de Sajonia, del linaje de los Ludolfingos, que había sido el rival del anterior monarca. Cuando Enrique I subió al trono (919-936) se sometieron a él todos los duques de las diferentes razas, aunque a costa de mutuas concesiones, de manera que desde entonces existió una monarquía verdaderamente alemana, cuyas fronteras defendió el nuevo rey enérgicamente contra las incursiones de los magiares.

Bajo su dirección comenzó asimismo el gran avance de los alemanes hacia el E. contra los eslavos, que ocupaban el país situado entre el Elba y el Oder, avance que continuado con perseverancia durante algunos siglos ha dado a la nación las provincias orientales, y hacia el N. contra los daneses, en cuyos límites estableció la marca del Schleswig.

El fruto de esta política no se hizo esperar mucho: su hijo Otón I fue elegido en Aquisgrán, la antigua residencia de Carlomagno, por representantes de todas las zonas germánicas, siendo ungido y coronado en la catedral por el arzobispo de Maguncia, ceremonia que la costumbre conservó, con la sola diferencia de que más tarde la elección se hizo en Francfort y la coronación estuvo encomendada al arzobispo de Colonia.

Otón I el Grande (936-973) tuvo que luchar contra los alardes de independencia de los duques y contra las conjuraciones de los individuos de su misma familia, pero consiguió transformar la institución de los ducados de raza y quitarle gran parte de su poder, amenazador para la monarquía, dándolos en feudo, así como los obispados (Colonia, Maguncia y Tréveris) a próximos parientes y deudos.

La seguridad de las fronteras del N. y del E. del reino mejoró también mucho durante el reinado de Otón; los obispados fundados por él (Schleswig, Ripen, Aarhus y Havelberg), Oldemburgo, Brandeburgo, Meissen, Zeiss y Merseburgo, y arzobispado de Magdeburgo) sirvieron, no solo de apoyo a la Iglesia, sino ante todo a la monarquía; y la división de las tierras del margrave Gero, efectuada después de la muerte de este (965), en tres marcas (del Norte, de Lusacia y de Meissen, ensanchó considerablemente el patrimonio heredado de su antecesor.

Bohemia, Polonia y Dinamarca reconocieron la soberanía de Otón, que auxilió también al rey de Francia contra sus inquietos vasallos, y este poder inmenso que desde el tiempo de Carlomagno no había llegado a acumularse en ningún soberano, justifica el afán de Otón de desempeñar también en el exterior un papel importante, ciñendo a sus sienes la corona del Imperio romano.

En la primera expedición que hizo Otón a Italia (951-952) adquirió casándose con la reina Adelaida (viuda de Lotario II de Italia, hijo de Hugo de Arlés) el señorío de la Alta Italia; la segunda (961-965) se dirigió principalmente contra su rival Berenguer, y en el curso de ella consiguió aquel la satisfacción de sus ardientes aspiraciones, pues fue coronado como emperador por el papa Juan XII el 31-I-962, con cuyo solemne acto quedó constituido el Imperio Romano Germánico, suceso que pareció a los contemporáneos como una resurrección del Imperio romano con sus pretensiones a la soberanía del todo el Occidente cristiano.

Por lo que respecta a Alemania, este acontecimiento fue fatal, porque desde entonces se vieron obligados sus reyes a distraer y malgastar las fuerzas del país en los asuntos de Italia, mientras que en el interior quedaban muchos de importancia por resolver.

Oton II (973-983) se ocupó exclusivamente en sofocar disturbios interiores y asegurar las fronteras del Imperio; apenas pacificando el país, pasó el año 980 a Italia, donde fue vencido dos años después por los sarracenos y murió el año 983, dejando en Roma un hijo de tres años.

Otón III (983-1002), la regencia ocasionó naturalmente disturbios. Daneses y eslavos aprovecharon la ocasión para sacudir el dominio de Alemania, y el particularismo volvió a levantar cabeza, pretendiendo que fuesen hereditarios como antes los cargos que entonces se recibían del Imperio en feudo. Mayor de edad desde el año 955, pasó el rey a Italia, acariciando ideales de dominación universal, colocó a Gregorio V (bisnieto de Otón I) en la isla de San Pedro y recibió de sus manos en 21-V-996 la corona imperial. Este desgraciado soberano murió fugitivo cerca de Roma el año 1002, sin sucesión y dejando el Imperio a dos dedos de su ruina. Después de muchas dificultades subió al trono el último vástago de la casa Sajonia, duque de Baviera e hijo de Enrique el Disputador.

Enrique II (1002-1024), después de grandes trabajos, logró establecer el orden y la paz en el reino, y obligó al poderoso Boleslao, duque de Polonia, a que se reconociese como vasallo suyo, al menos por la parte que tocaba a sus dominios de Meissen y la Lusacia (paz de Bantreu, año 1018). Enrique II había iniciado una reforma de la Iglesia en el sentido de las tendencias cluniacenses, cuando murió el 13-VII-1024. Con él se extinguió la dinastía sajona, cuya importancia para Alemania estriba en que durante su gobierno los ásperos antagonismos de las diferentes razas, si no apagados completamente, quedaron al menos, en el transcurso de más de un siglo, bastante debilitados, lo cual hizo posible la constitución de una robusta nacionalidad alemana.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 464-465.

Dinastía de Franconia 1024-1125

El conde franco Conrado, emparentado con la casa de Sajonia, como biznieto que era de Liutgarda, hija de Otón I, fue elegido rey por todo el pueblo gracias a la influencia del alto clero (1024-1039). De carácter semejante a Enrique I, atendió Conrado II a fortalecer de nuevo el Imperio, arregló amistosamente con Canuto de Dinamarca, sus diferencias acerca de la frontera del N., obligó al sucesor de Boleslao de Polonia a prestarle el juramento de fidelidad feudal y recuperó la Borgoña. También el tuvo que sofocar rebeliones, en particular la de su hijastro Ernesto.

Al igual que Conrado obligó a la Iglesia a contribuir a las cargas del Estado, y por otra parte abolió el carácter hereditario de los grandes feudos, pero conservando el derecho de herencia en los que dependían de él directamente, con lo cual los intereses de la alta nobleza, antes antagónicos con los de la monarquía, quedaron íntimamente ligados con los de esta, pudo disponer de mayores elementos y de un poder más grande que ninguno de sus antecesores, poder que empleó útilmente en ensanchar los límites del reino. Murió en Utrecht en 4-VI-1039, siendo enterrado en la catedral de Spira, construida por orden suya.

Su hijo Enrique III el Negro (1039-1056), elegido ya rey y coronado en vida de su padre, continuó la obra de este, obligando en 1044 a Hungría a reconocer la soberanía de Alemania; dotado de los más puros sentimientos religiosos, y partidario del movimiento reformista cluniacense, se dedicó a realzar la autoridad real enfrente de la Iglesia, interviniendo también de un modo decisivo en los asuntos interiores de esta con general aplauso.

Tres papas que luchaban por ponerse al frente de la Iglesia, promoviendo un cisma escandaloso, fueron depuestos por Enrique Silvestre III, Gregorio IV y Benedicto IX en 1046, y otros cuatro fueron elevados sucesivamente por él a la silla de San Pedro, desde esta fecha hasta 1054 Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II. Enrique III murió prematuramente, dejando para sucederle en el trono a su hijo.

Enrique IV (1056-1106), de seis años de edad, bajo la tutela de su madre Inés. Los príncipes, libres del peso de una autoridad real fuerte, se dieron prisa a aprovecharse de la debilidad del nievo gobierno. Otón de Nordheim le arrancó la investidura del ducado de Baviera, Rodolfo de Rheinfelden recibió con la mano de la hija del rey, la Suabia; y Bertoldo de Zähringen se apoderó de la Carintia. El arzobispo Anno de Colonia se hizo dueño con violencia de la persona del rey (1062), cuya educación logró así que se le confiara, y dispuso liberalmente de los bienes del Imperio como si fuese dueño efectivo del gobierno.

Entretanto, la comarca al E. del Elba se rebelaba, separándose otra vez del reino. Desde 1063 se encargó Adalberto de Bremen de la educación del joven rey, cuya confianza absoluta supo conquistar, fortalecida por el odio que ambos sentían contra los sajones. A los quince años fue declarado Enrique mayor de edad, y al año siguiente, cediendo a la imposición de los príncipes, tuvo que separar de su lado a Adalberto, nueva humillación que no perdonó jamás y de la que se propuso tomar venganza.

En 1070, a consecuencia de una denuncia formulada contra Otón de Nordheim, fue este desposeído de la Baviera, que se cedió a su sobrino Welfo; pero como Enrique trató luego de oprimir el ducado de Sajonia, para lo cual hizo levantar castillos en los límites septentrionales del Harz para procurarse un buen punto de apoyo sobre el mismo suelo sajón, estalló una insurrección (1073) capitaneada por Otón de Nordheim, que llegó a poner al rey en un grave aprieto, aunque terminó favorablemente para él en la batalla de Unstrut.

Esta hubiera sido la ocasión más a propósito para robustecer de una vez el poder real, pero no pudo entonces Enrique tomar las disposiciones convenientes para ello por haber sobrevenido a la sazón su rompimiento con el Papa. La intervención de Enrique III en los asuntos de la Iglesia había realzado moralmente el pontificado y puesto los primeros jalones para una seria reforma de la Iglesia.

El fruto de sus esfuerzos fue naturalmente que al dignificarse el pontificado aspirase a verse libre de la molesta tutela del Imperio y aun a sobreponerse a él, tendencia que en 1059 se exteriorizó por vez primera en el decreto del papa Nicolás II, modificando el sistema de elección pontificia, en cuyo acto intervinieron, según la antigua costumbre el clero, la nobleza y el pueblo. Nicolás dispuso que en lo sucesivo solo tuviese derecho electoral el colegio de cardenales, prescindiéndose completamente del concurso de la nobleza romana y del emperador. El inspirador de esta medida fue el cardenal Hildebrando, elegido Papa en 1073 con el nombre de Gregorio VII, quien se propuso levantar el poder y la autoridad de la Iglesia por todos los medios imaginables hasta el límite de lo posible.

Hijos de este propósito, que implicaba la sumisión del Estado a la Iglesia, fueron tres decretos prohibiendo el matrimonio de los sacerdotes, la venta de las dignidades eclesiásticas simonía, y ordenando que ningún sacerdote recibiera la investidura de manos de un laico.

Toda la cristiandad católica quedaba ligada por estas leyes, pero su obediencia a nadie perjudicaba tan hondamente como al rey de Alemania, pues desde los tiempos de Otón I eran los obispos los apoyos más firmes del poder real contra las tendencias particularistas de los príncipes, hallándose investidos de derechos señoriales, y siendo por lo tanto dignatarios del reino; por otra parte los ricos dominios eclesiásticos proporcionaban al monarca los abundantes recursos necesarios para el desarrollo de su política; pero este auxilio material caía en gran parte dentro del concepto genérico de simonía, y la prohibición de investidura laica quitaba al rey toda influencia en la provisión de aquellos cargos, para él de tanta importancia.

Enrique, no solo no pensó en acatar estos decretos, sino que hizo destituir al papa en un sínodo celebrado en Worms a principios de 1076, y este por su parte contestó a esta provocación excomulgándole. En su consecuencia, casi todo el país se alzó en armas contra el rey, y el octubre de aquel año los príncipes reunidos en Tribur pretendieron elegir un nuevo monarca; el abad Hugo de Cluny logró con su influencia que la destitución se aplazase para el año siguiente, y comprendiendo Enrique que para evitarla no tenía más remedio que reconciliarse con el papa, emprendió la peregrinación a Canosa, consiguiendo después de tres días de penitencia (enero de 1077), que el Papa levantase la excomunión que pesaba sobre él.

Como no obstante esto, los príncipes eligieron rey a Rodolfo de Suabia (1077-1080), se encendió la guerra civil, que si bien no terminó al morir Rodolfo en la batalla de Molsen (1080), se apaciguó bastante. Gregorio había formulado por segunda vez la excomunión contra Enrique y reconocido como rey a Rodolfo, pero aquél, cuyo partido iba aumentando cada día, resolvió pasar a Italia (1083), se apoderó de Roma y recibió del papa Clemente III (a quien hizo elegir en un sínodo reunido a toda prisa) la corona imperial. Gregorio huyó, muriendo desterrado en Salerno.

La lucha con la Iglesia no estaba, sin embargo, decidida; las hondas discordias producidas en Alemania por causas de las que ni siquiera tenían conciencia muy clara los mismos contemporáneos, desencadenaron una espantosa guerra civil. Los hijos del emperador Conrado (1092) y Enrique V (1105), se rebelaron contra su padre, y este, proscrito y abandonado, murió repentinamente el año 1106.

El partido papal unido a los príncipes por el sentimiento de oposición al monarca difunto, apoyó al nuevo rey Enrique V (1106-1125), pero tampoco pudo este, por más esfuerzos que hizo para vivir en paz, renunciar a su influencia sobre los obispos alemanes; en 1111 obligó al papa Pascual II a que le coronase como emperador; pero el tratado que entonces firmaron no se cumplió y en la dieta de Worms (1122) se pudo llegar por fin a un acuerdo, para acabar la guerra civil, en virtud del cual se establecía la distinción entre los obispados según que fuese su carácter meramente espiritual o temporal, y se prescribía la doble investidura: eclesiástica (anillo y báculo) y del monarca (cetro y espada). Enrique V murió en 1125, y con él se extinguió la dinastía sálica (de Franconia).

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 465-466.

Época de los Staufen 1125-1254

Enrique V había legado todos sus bienes a su sobrino Federico Staufen, designándole como su sucesor al hacerle entrega de las insignias imperiales, pero los príncipes, que precisamente acababan de obtener una victoria decisiva sobre el monarca, se obstinaron en devolver a la monarquía su antiguo carácter de electiva, y la asamblea reunida en Maguncia eligió por rey a Lotario de Sajonia (1125-1137), que había sido hasta entonces uno de los adalides de la coalición de los príncipes y del papa contra la dinastía sálica.

Los Staufen le reconocieron de mala gana, y pronto comenzó la guerra civil, para la cual se apoyó Lotario principalmente en la casa de los Welfos, a cuyo jefe, Enrique el Soberbio de Baviera, casó con su hija Gertrudis. Los Staufen fueron vencidos. Lotario exigió el reconocimiento de los derechos que a la corona otorgaba el concordato de Worms y empezó la reconquista de los países eslavos. Pero después de su muerte no recayó la elección en su yerno Enrique de Baviera, como él hubiera deseado, sino en Conrado Staufen, hermano de Federico.

Conrado III (1138-1152) tuvo también que luchar para asegurarse la corona de Alemania; cierto es que Enrique el Soberbio le hizo entrega de las insignias imperiales, pero como este no quiso renunciar al ducado de Sajonia, le desposeyó el rey también de Baviera, cuya investidura dio a Leopoldo de Babenberg. A la muerte de Conrado recayó la corona en su sobrino Federico, que fue elegido en Fráncfort y coronado en Aquisgrán; pero continuó la lucha encarnizada, entablada entre los Welfos y los Staufen.

Federico I, denominado Barbarroja (1152-1190), se reconcilió con los Welfos, devolviendo la Bohemia a Enrique el León, hijo de Enrique el Soberbio, aunque para ello se vio precisado a elevar el marquesado de Austria a la categoría de ducado casi independiente. Dinamarca, Polonia, Bohemia, cuyo duque recibió el título de rey, y Borgoña, quedaron encadenadas otra vez al Imperio, pero las ciudades de la Alta Italia se resistieron a seguir la misma suerte después de haber recibido Federico en Pavía la corona lombarda y en Roma la imperial, de manos del papa Adriano IV.

En 1158 quedó sometida Milán y reconocido el derecho del Imperio sobre la Lombardía; pronto, no obstante, estalló en la Alta Italia una sublevación general, protegida por el papa, temeroso del enorme poder que iba asumiendo el emperador, quien fue vencido en 1176, después de varias alternativas en Legagno. La paz de Venecia restableció la buena armonía de Federico con el papa Alejandro III y puso fin al cisma que sufría la Iglesia desde la muerte de Adriano III.

En Alemania, para asegurar la paz interior, no titubeó Federico en destruir el último de los ducados de raza proscribiendo al desleal Enrique el León y dividiendo Sajonia en dos partes: Westfalia, cuyo dominio ducal pasó al arzobispo de Colonia, y la Sajonia oriental, cuya investidura dio a Bernardo de Ascania.

Baviera, algo desmembrada, fue cedida a Otón de Wittelsbasch; Suabia y Franconia no se habían vuelto a dar en feudo desde los tiempos de Conrado III; Lorena fue dividida en pequeños feudos, y de esta manera se acabó de una vez para siempre con la cuestión de los ducados de raza, que quedaron sustituidos por una porción de principados imperiales, cuyos poseedores carecían de poder necesario para constituir un peligro para la monarquía.

Hacia el fin de su vida acarició Federico otra vez la ambición de ensanchar sus dominios en Italia, y en 1186, casando a su hijo Enrique con la heredera del reino normando de Italia, adquirió derechos sobre este para el porvenir. penetrado de los deberes que le imponía su poder imperial, se puso al frente de la tercera cruzada, en la que terminó su glorioso reinado, muriendo en el año 1190.

Enrique VI (1190-1197) pretendió establecer primeramente su dominio sobre la Italia meridional, pero una nueva rebelión de los Welfos en Alemania, acaudillada por Enrique el León le hizo acudir allá sin pérdida de tiempo. Sometido este, volvió Enrique a Italia, donde entretanto había muerto su rival Tancredo, y se hizo coronar en Palermo como soberano del reino normando; proyectó luego una nueva expedición a Oriente, pero antes consiguió que fuera designado para sucederle en el trono su hijo Federico —más tarde Federico II.—

No llegó, sin embargo, a poner en obra sus planes, pues murió a la edad de treinta y dos años en Mesina, desgraciado suceso que ocasionó a Alemania una nueva guerra civil, que ensangrentó durante largo tiempo su suelo, pues mientras el partido imperial elegía, en vez de Federico, que solo contaba tres años, a Felipe de Suabia (1198-1208), hermano del último emperador, el partido welfo elegía a Otón, hijo de Enrique el León.

Entretanto el papa Inocencio IIIsupo ejercer con habilidad el papel de árbitro y reconoció a Otón. Por su parte, los príncipes exigieron grandes ventajas a cambio del apoyo prestado a los dos monarcas rivales, y Dinamarca aprovechó la oportunidad para sacudir el yugo del Imperio.

Cuando al fin logró Felipe ser reconocido casi universalmente como soberano, fue asesinado (1208) por Otón de Wittelsbasch para vengar una ofensa personal. Entonces fue proclamado Otón IV (1208-1214), recibiendo la corona imperial de manos del mismo Inocencio III; pero en cuanto quiso ejercer en Italia sus derechos soberanos, fue excomulgado, y los príncipes del Imperio eligieron en su lugar a Federico, el hijo de Enrique VI.

Otón solicitó el auxilio de Inglaterra, mientras su rival se aliaba con Felipe II de Francia. La victoria de este en Bouvines sobre los ingleses (1214) fue decisiva también para la causa alemana, y el joven Staufen, Federico II (1212-1250), fue reconocido unánimemente y coronado con gran pompa en Aquisgrán en el año 1215. Otón murió en 1218.

Federico II (1197-1250) fue un hábil político, más italiano que alemán por su nacimiento y educación, que hizo de Italia, más rica, más unida y más adelantada por su cultura, el centro de gravedad del Imperio, dejando que en Alemania se fuese ensanchando más cada vez la independencia de los príncipes, mientras él se dedicaba con todas sus fuerzas a rechazar las exigencias del papa, siempre enemigo del Imperio.

Cuando logró que su hijo Enrique VII (1220) fuese nombrado rey de romanos, se quedó Federico definitivamente en Italia; no obstante, se vio precisado pasar a Alemania en 1235 a causa de la rebelión que tramaba contra él su propio hijo, a quien despojó de todos sus derechos.

Se reunió entonces una nueva dieta en Maguncia, atrayéndose al partido welfo, mediante la investidura que dio a Otón el Joven del ducado hereditario de Brunswick-Luneburgo. Elegido rey su hijo Conrado (1237), volvió el emperador a Italia, donde reclamaba su presencia el estado de insurrección que reinaba en la Lombardía y el conflicto con el Papa. En esta lucha sucumbió el emperador, pues Inocencio IV lanzó su excomunión contra él, declarándole destituido en el concilio de Lyon, y excitando a todos sus súbditos a que le negasen la obediencia.

Parte de los príncipes alemanes obedecieron los mandatos del papa y proclamaron rey al último landgrave de Turingia, Enrique Raspe, que murió en 1247 combatiendo contra Conrado, el hijo de Federico, y después al conde Guillermo de Holanda(1247-1256). El emperador seguía mientras tanto peleando en Italia con varia fortuna, cuando murió en 13-XII-1250.

Su hijo Conrado, en la lucha contra Guillermo, fue vencido en Oppenheim, y trasladándose a Italia para ver si lograba por lo menos salvar su reino en Sicilia, muriendo allí en el año 1254. Su hijo, del mismo nombre (en italiano Conradino, fue decapitado en 1263 por los franceses, que llamados por el papa, acudieron en su auxilio y se apoderaron después del reino italiano de los Staufen.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 págs. 466-467.

El interregno (1256-1273)

Los príncipes, cuyo poder se había robustecido durante el reinado de Federico II, forzosamente debían temer que se estableciera una monarquía fuerte, y por esta razón es lógico que prefiriesen un rey elegido por ellos fuera del derecho hereditario. Por eso también ofrecieron la corona a quienes menos probabilidades ofrecían de llegar a ejercer su autoridad real en el sentido unitario y absoluto que hasta entonces habían marcado algunos monarcas; así, a la muerte de Guillermo de Holanda (1256), los príncipes afiliados al partido welfo eligieron a Ricardo de Cornwallis, y los del partido de los Staufen a Alfonso X de Castilla.

Ninguno de los dos llegó propiamente a reinar, pues no puede considerarse como tal el derroche que ambos hicieron de mercedes a sus partidarios respectivos. La ausencia del poder real favorecía naturalmente a la expansión de los príncipes, que no solo se apoderaron de los territorios imperiales, sino hasta de muchas atribuciones exclusivas de la corona.

En esta época se fundaron algunos Estados, que más tarde debían influir grandemente en los destinos de Alemania: el margrave Ottokar de Moravia, al extinguirse la casa de los Babenberg, reunió en un solo Estado Bohemia, Stiria, Carintia y Carniola; los Wettin (dinastía sajona) adquirieron la marca de Meisen y la de Lusacia, el landgraviato de Turingia y la comarca de Pleissen con Altemburgo, Zwickau y Chemnitz; en la cuenca del Elba fueron extendiendo los Ascanios de Brandeburgo su señorío, sometiendo el Uckermark y el Neumark, y obligando a los duque de Pomerania a rendirles vasallaje; entre el Vístula y el Memel se estableció la orden teutónica, que comenzó a conquistar aquel país el año 1230, llegando a fundar un verdadero Estado, que puede considerarse ya definitivamente constituido en 1283.

La riqueza agrícola de Alemania tomó en esta época un incremento desconocido hasta entonces; los príncipes prestaron más atención que los monarcas a la colonización de los países del E. del Elba, y estos fueron poblándose rápidamente; en la Alemania Occidental, merced al florecimiento del comercio y al aumento de las comunicaciones, creció de modo considerable la importancia de las ciudades libres, que se unieron, constituyendo confederaciones para su propia defensa.

No se les ocultó a los príncipes el valor que podía tener para ellos la posesión de estas ciudades, que venían a constituir como una especie de repúblicas independientes, y tanto esta época como la que la siguió se caracterizan por las luchas entabladas por aquéllas contra los príncipes en defensa de su independencia. Estos se diferenciaron entres sí cada vez más, según su alcurnia y poder, y siete de ellos, que se habían elevado sobre los demás, adquiriendo una situación preponderante, se apropiaron el derecho de elegir ellos solos al rey (de donde provino su denominación de electores.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, t. 4 pág. 467.

Los Habsburgo hasta Westfalia 1273-1648

Muerto Ricardo en 1272, se hizo una nueva elección, siendo designado para ceñir la corona de Alemania el conde Rodolfo I de Habsburgo (1273-1291), cuyo poderío no era, ni con mucho, comparable con el de los príncipes que le habían elegido. De antemano se vio obligado el nuevo soberano a renunciar a todo intento de restablecer el poderío imperial en el sentido de sus antecesores los monarcas sálicos o los Staufen, pues el tesoro estaba exhausto y las regalías de la corona (alta jurisdicción, ejército, aduanas, derecho de acuñar moneda), que a consecuencia del gran desarrollo de los intereses materiales, tenían entonces una importancia mucho mayor que antes, habían pasado en su mayor parte a manos de los príncipes.

Por otra parte, se veía relegado a cierta situación de inferioridad con relación a sus electores así es que, si pretendía realzar su autoridad no podía hacer realmente otra cosa que procurar ensanchar el poderío de su casa para ponerse como príncipe soberano a su altura y descollar sobre ellos solo por su calidad de monarca de Alemania.

El objeto principal de la política de este rey y de sus sucesores, no podía, pues, ser otro que aumentar el patrimonio e influencia de su familia, explotando hábilmente el resto de autoridad que le daba su posición en el reino; en cambio, los príncipes tenían buen cuidado de que la dignidad real no se perpetuase en la misma familia, y de esta manera cada soberano se veía precisado a comenzar la misma obra desde el principio.

El resultado más trascendental que este proceder tuvo para el poderío de Alemania fue la renuncia de los monarcas a su dominación en Italia; con ella desapareció en la mayor parte de los casos la última aspiración clara hacia una política imperial; de esto ya no se preocuparon más, salvo algunas contadas excepciones; toda la actividad y energía de los monarcas alemanes se empleó en negociaciones y manejos para asegurar su dinastía; hasta la lucha contra el papado y el auxilio prestado a las tendencias de reforma de la Iglesia, carecen de una orientación bien definida, siendo más bien que el fin de una política, los medios para conseguir otros fines puramente circunstanciales.

El mismo Rodolfo pensó indudablemente al principio en renovar el poder de los Staufen, pero solo después de renunciar previamente a la Italia central y al reino de Sicilia pudo obtener del papa la promesa, que no llegó a realizarse, de ceñir la corona imperial.

Su posición en el reino se veía amenazada por la enemistad del ambicioso rey de Bohemia Ottokar, que habiéndose apoderado a la muerte del último Babenberg del territorio austriaco, Stiria, Carintia y Carniola, se negaba a devolverlos, poniendo como condición, para reconocerle como rey, que le dejara en posesión de ellos. Rodolfo peleó contra él, derrotándole de un modo decisivo el año 1278 en el March, donde pereció el mismo Ottokar, quedando el reino de su hijo Wenceslao reducido a Moravia y Bohemia; Austria, Stiria y Carniola se adjudicaron, con el asentimiento de los príncipes electores, a Alberto, hijo de Rodolfo; Carintia fue cedida a Meinhardo del Tirol. De esta manera se fundó el poder de los Habsburgos.

La energía con que procedió después Rodolfo para mantener la paz en el reino hizo sospechosos su autoridad y prestigio a los ojos de los príncipes. No pudo, por lo tanto, conseguir la elección de su hijo Alberto para sucederle; la única concesión que logró hacer aceptar para la corona, fue la de un impuesto sobre las ciudades imperiales, que no pudo hacer extensivo a las demás partes del reino.

Después de él eligieron los príncipes al conde Adolfo de Nassau (1292-1298), cuyas tentativas para asegurarse en Meissen y Turingia un poderío dinástico que le permitiera hacer frente a la mala voluntad de sus orgullosos vasallos, fracasaron completamente, y fue destituido, eligiendo en su lugar los príncipes a Alberto I de Austria, que le venció y dio muerte en la batalla de Göllheim (2-VII-1298).

Alberto I, el nuevo monarca (1298-1308) trató de lograr que la corona fuera hereditaria en su propia casa, para lo cual se procuró una alianza con el rey Felipe IV de Francia, cuya hermana debía casarse con Rodolfo, hijo de Alberto, y como los príncipes se mostrasen opuestos a la realización de sus planes, suprimió las aduanas del Rhin, con cuya medida causaba grandes perjuicios a los intereses de aquéllos, y les obligó en 1302 a someterse.

Sus esfuerzos para aumentar su poderío dinástico con los territorios de Holanda y Zelanda, Meissen, Turingia y Bohemia fracasaron completamente. En este último reino, al morir el último de los Przemyslidas, fue elegido rey su hijo Rodolfo; pero este murió en 1307, y entonces la corona de Bohemia pasó a ceñir las sienes de Enrique de Carintia. Antes de haber logrado la sumisión completa de los príncipes, Alberto sucumbió, asesinado por su sobrino Juan de Suabia el Parricida en 1 de mayo de 1308.

Contra las pretensiones francesas apoyadas por el papa, de que ciñese la corona de Alemania el hermano de Felipe IV de Francia, fue elegido rey el conde Enrique de Luxemburgo, hermano de Balduino, arzobispo de Tréveris, que tomó el nombre de Enrique VII (1308-1313). El poderío de su casa recibió pronto un aumento considerable, pues su hijo Juan, casado con una princesa bohemia, fue nombrado rey de esta nación. Enrique encaminó entonces sus esfuerzos a la restauración de la antigua monarquía y de su dominación en Italia.

Después de haberse atraído la amistad de los príncipes rhinianos con el restablecimiento de las aduanas del Rhin y de haber celebrado un tratado de alianza con Francia, emprendió su expedición a Italia, donde fue recibido con júbilo por el partido gibelino, ciñó en Milán la corona lombarda y fue coronado como emperador en el capitolio, en mayo de1312, por un legado pontificio. Murió prematuramente en Siena (1313) cuando estaba haciendo sus preparativos para la conquista de Nápoles.

entonces renovaron los Habsburgos sus pretensiones a la corona de Alemania, siendo elegido por cuatro votos Federico el Hermoso, primogénito de Alberto (1314), mientras otros cuatro (hay que advertir que el ducado de Sajonia se había dividido en dos, cada uno de los cuales conservó su voto, que antes era común) designaban a Luis el Bávaro.

el Habsburgo, que fue vencido por los suizos en la batalla de Morgarten (1315), sufrió también una derrota decisiva en Mühdorf en 28-IX-1322, quedando prisionero, y entonces quedó Luis dueño absoluto de la situación hasta el año 1346. Pero el duque Leopoldo de Austria, hermano de Federico, prosiguió la lucha contra él, se alió con el rey de Francia, que ensanchó su reino gracias a estas disensiones apoderándose de la Borgoña, y se atrajo también la enemistad del papa Juan XXII.

Este pretendió desempeñar el papel de árbitro, y como Luis no quiso conformarse con esto, fulminó la excomunión contra él y el entredicho sobre sus súbditos. Entretanto se establecieron corrientes de inteligencia entre Luis y Federico (1325) que dieron por resultado un convenio, por el cual el segundo fue aceptado como co-regente mediante su renuncia a la corona imperial y a la de Italia.

Alentado por el descontento que había contra el papa, prosiguió Luis su lucha con él, pasando en 1327 a Italia a frente de un reducido ejército de mercenarios y siendo ayudado al principio por el partido gibelino; llegó a Roma, y allí recibió la corona imperial de manos del mismo pueblo, destituyó a Juan XII como reo de alta traición y herejía y elevó al solio pontificio a Nicolás V, de la orden de San Francisco. Por falta de elementos no pudo emprender una campaña contra Nápoles y hubo de volverse a Alemania a fines del año 1329.

En su lucha contra Juan XXII (que murió en 1334) y su sucesor Benedicto XII, procedió Luis con poco vigor y gran inconsecuencia y doblez. pronto, además, se vio enredado en un serio conflicto con los príncipes a causa de la ambición insaciable con que procuró el engrandecimiento de su familia.

Ya en 1323, al extinguirse la casa de los Ascanios de Brandeburgo, confirió este marquesado a su hijo primogénito Luis; casado en segundas nupcias con la heredera de Holanda, Zelanda, Frisia y Henao, dio estos Estados en feudo a su hijo segundo (1345); en 1341 declaró inseparables los ducados de Baviera Alta y Baja, cuyo dominio tenía el mismo, y deseando, por último, apropiarse el Tirol y la Carintia, casó a su hijo Luis con la condesa Margarita de Maultasch, heredera de aquellos Estados, divorciándola de su marido, el hijo de Juan de Bohemia, por su propia autoridad.

Este afán desmedido de engrandecimiento de su casa le enemistó con los príncipes; así es que cuando Clemente VI le declaró destituido y fuera de la ley, eligieron aquéllos, en 11-VII-1346, a Carlos IV de Luxemburgo, hijo del rey Juan de Bohemia, que comenzó por renunciar a sus derechos sobre Italia y a confirmar todas las concesiones que sus predecesores habían hecho a la Iglesia.

Luis murió en 1347, cuando se disponía a acudir a las armas en defensa de su trono. Su hijo Luis de Brandeburgo continuó la guerra contra Carlos, promoviendo la elección del pretendiente Gunter de Schwarzburgo, pero debilitado cada vez más el partido bávaro, se llegó por fin a un convenio entre este y el de los Wittelsbach; Gunter renunció todos sus derechos a la corona, mediante una indemnización en metálico y murió en 1349.

Carlos IV (1346-78), reconocido ya unánimemente, fue un príncipe muy diplomático, prudente, económico, ilustrado y pacífico, que se esforzó en proteger y desarrollar la prosperidad interior del país y en especial la de sus Estados hereditarios, que supo aumentar y redondear con gran habilidad. Su mérito principal consiste en la codificación del derecho político alemán, contenida en su Bula de oro (1356), que reconocía la situación política de entonces como estado de derecho, pero que no pudo impedir la descomposición cada vez mayor del reino, por efecto de la preponderancia adquirida por los príncipes electores.

En 1354 emprendió su viaje a Roma, donde fue coronado emperador por un cardenal, saliendo en el mismo día de la capital, habiendo servido su estancia en Italia solamente para enajenar los últimos derechos del Imperio y defraudar las esperanzas de sus partidarios. Sacrificó también los derechos del Imperio en la cuestión de la Borgoña, nombrando en 1377 vicario general del reino de Arlés al delfín de Francia, con lo cual este Estado se separó `para siempre del Imperio.

Contra las prescripciones de la Bula de oro, Wenceslao, hijo de Carlos, fue elegido en vida de aquél para sucederle en el trono (1378-1400). La preponderancia de la casa de Luxemburgo hubiera podido tal vez consolidarse si no se hubieran puesto enfrente del nuevo rey su tío Juan (Jobst) de Moravia y su propio hermano Segismundo, señor de Brandeburgo (y del Hungría por su matrimonio con la hija de Luis el Grande, los cuales atizaron en Bohemia la rebelión contra aquél, llegando hasta apoderarse de su persona y obligarle a ceder la Lusacia a Jobst.

Durante su reinado tomaron gran incremento las ligas constituidas por las ciudades amenazadas siempre por la ambición de los grandes señores, para la defensa de su independencia y de sus intereses. En el N. alcanzó por este tiempo la liga anseática su más alto grado de esplendor, y en el S. las ciudades de las comarcas del Rhin, Suabia y Veterabia formaron otra confederación para resistir los ataques de los príncipes.

Los nobles, por su parte, hicieron lo mismo pretendiendo asegurar su independencia y no ser absorbidos por las ligas de los príncipes, y así se encendió en 1377 la guerra entre las ciudades de Suabia y el conde Everardo de Wurtemberg, que pronto degeneró en una lucha general de los príncipes contra las confederaciones de ciudades.

Por entonces los suizos, venciendo a los austriacos en Sempach (1386) y Näfels (1388) consiguieron el reconocimiento de su independencia. En cambio las ligas alemanas sufrieron sangrientas derrotas, siendo vencidas la de Suabia en Döffingen por Everardo, la del Rhin en Worms por Ruperto del Palatinado y la de Veterabia por los nobles aliados en Eschhorn y Estrasburgo; la de Franconia fue duramente oprimida por los príncipes vecinos.

Si, a pesar de esto, no quedaron aquellas sometidas a los señores, es indudable que estas sangrientas derrotas fueron decisivas para el porvenir de las ciudades imperiales, pues la preponderancia de los príncipes aumentó de modo considerable, adquiriendo dentro del reino un poder incontrastable.

El mismo Wenceslao, que en las dietas de Nuremberg y Heidelberg hizo esfuerzos infructuosos para establecer la paz interior en el reino, hubo de prohibir a las ciudades en la dieta de Eger (1389) que pudieran formar ligas, con cuya medida quedaron entregadas a sus propias fuerzas y se les cortó su porvenir y desarrollo.

A pesar de esto no logró Wenceslao atraerse la benevolencia de los príncipes, y cuando aquél en su afán de poner fin al cisma de la Iglesia rompía con Bonifacio IX, le depusieron (1400), eligiendo rey a Ruperto del Palatinado. Wenceslao se negó a acatar esta decisión, pero nada hizo para oponerse a ella. El débil Ruperto (1400-1410) no pudo tampoco dar mucho prestigio al poder real, y cuando regresó en 1402 de una desgraciada campaña en Italia, se vio precisado a reconocer (1405) la liga de Marbach, que significaba la pérdida de su autoridad en Occidente.

A su muerte, una parte de los electores se decidió por Jobst de Moravia, y el resto eligió a Segismundo; pero como Wenceslao de Bohemia sostuvo al mismo tiempo sus pretensiones al trono, amenazó estallar una guerra entre los tres príncipes de la casa Luxemburgo. Por fortuna para Alemania Murió Jobst en 1411, y Wenceslao se contentó con el título de rey de romanos y la posesión de la Bohemia, quedando así Segismundo (1410-1437) único dueño del Imperio.

Las tendencias reformistas 1410-1519

Como desde el año 1378 había dos papas, uno en Aviñón y otro en Roma, y la tentativa hecha por el Colegio de cardenales para terminar el cisma en el concilio de Pisa (1409) había dado por único resultado la elección de un tercero, convocó Segismundo para el 1-XI-1414 un nuevo concilio en Constanza, que fue, por el número y calidad de las personas que en el tomaron parte, una brillante representación de la cristiandad.

El objeto inmediato de aquella reunión, que era poner fin al cisma, se consiguió fácilmente, después de haber sentado el principio de la supremacía del concilio sobre el pontificado, pues los tres papas fueron depuestos; pero la tan anhelada reforma de la Iglesia fracasó, porque el partido papal consiguió, contra el plan hasta entonces acordado, que antes de iniciar la reforma se eligiese el nuevo papa, y este, Martín V, disolvió en 1418 el concilio, después de presentar un proyecto de reformas generales y de celebrar con cada una de las naciones representadas en el concilio un concordato especial que apenas contenía novedad alguna y solo en apariencia satisfacía las aspiraciones de aquéllas.

Tampoco se hizo nada para modificar la constitución del Imperio, y, sin embargo, hubiera sido muy conveniente haber variado por lo menos el modo de ser del ejército imperial, como se había proyectado. En efecto, inmediatamente después del concilio se vio arrastrada Alemania a la terrible crisis de la guerra con los hussitas, y en ella pudo verse cuán poco a propósito era aquel defectuoso ejército para luchar contra un enemigo como el que constituían aquellas masas populares fastas de organización, pero inflamadas por el fanatismo sectario y nacional, que las llevaba a despreciar toda clase de peligros.

Las masas victoriosas de los hussitas invadieron las tierras inmediatas a Bohemia, saqueándolas y devastándolas. Solo cuando los bohemios, divididos en bandos, lucharon entre sí con encarnizamiento se llegó a dominar la rebelión, mediante un pacto con el partido más templado, el de los calixtinos (1433), y entonces pudo Segismundo ocupar el trono de Bohemia, vacante desde la muerte de Wenceslao en 1419.

A pesar de esta bochornosa experiencia, todas las tentativas para reconstruir el Estado sobre bases más conformes con el espíritu de la época, fueron inútiles. La empresa de reforma la Iglesia, que acometió de nuevo el concilio de Basilea (1431-48), produjo un serio conflicto entre aquél y el papa, durante el cual murió Segismundo en 8-XII-1437 sin sucesión masculina, extinguiéndose con él la casa imperial de Luxemburgo.

Los Habsburgo dueños del Imperio

El sucesor de Segismundo fue el duque Alberto II de Austria, rey de Bohemia y de Hungría, yerno y heredero de Segismundo, el cual reinó escasamente un año (1438-39), y a este le siguió su inepto primo Federico III, duque de Stiria (1440-93), que no pensó en otra cosa que en el interés de su dinastía. No se preocupó de la reforma de la Iglesia, ni de la del Imperio, ni hizo nada para defender la integridad y seguridad de Alemania contra los ataques del exterior y evitar la desmembración del Imperio.

La lucha entre el concilio y el papa había sido favorable para las tendencias reformistas, y ya en tiempo de Alberto II los príncipes habían aceptado, en los acuerdos de la dieta de Maguncia (1439) una gran parte de los decretos reformistas del concilio de Basilea, que fue le primer paso dado hacia el terreno de las concesiones a los poderes civiles por parte del espíritu conciliador del Pontificado. Pero Federico sacrificó en 1445 estas ventajas a cambio de la promesa de su coronación como emperador (fue por cierto la última que se efectuó en Roma), separándose, sin asentimiento del Parlamento, de la causa del concilio y reconociendo al papa Eugenio IV.

Con esto la autoridad del concilio quedaba destruida; el sucesor de Eugenio, Nicolás V, acabó de vencer la oposición de los príncipes mediante convenios particulares, y todo el movimiento reformista acabó devolviendo al pontificado en el concordato de Viena (1446) todas las facultades que el concilio le había quitado, considerándolas como usurpaciones. Lo mismo sucedió con las aspiraciones encaminadas a restablecer la paz interior y variar la constitución del reino.

Los príncipes pretendían que los gastos que fuera necesario para introducir el planteamiento de las reformas cargasen sobre las ciudades, ya tan esquilmadas, y estas, naturalmente, se opusieron por esto a toda variación del estado actual. El rey permaneció inactivo e indiferente ante las luchas y atropellos de todo género que desgarraron por entonces el país: tales fueron la guerra de los dos hermanos de Sajonia (1445-50), la de Soest en Westfalia, las rapacidades del margrave Alberto Aquiles contra las ciudades de la Franconia, y la guerra de Wittelsbach en Baviera.

Entretanto, el Estado, formado por la orden teutónica, era absorbido por Polonia; Bohemia y Hungría elegían reyes nacionales que, a causa de los esfuerzos hechos por Federico para que pasasen a él aquellos reinos, se vieron precisados a ponerse en actitud hostil al Imperio. Federico fue arrojado al fin por Matías de sus Estados hereditarios y anduvo vagando largo tiempo errante por el Imperio.

Para someter a los suizos hizo venir de Francia a las bandas mercenarias de Armagnac, y como estas fueron vencidas por aquéllos en 1444, se extendieron después por la Alsacia y la Lorena, saqueándolas horriblemente. También contempló impasible la formación y crecimiento del ducado de Borgoña bajo el gobierno de los Valois, aunque aquél solo se logró a expensas de Alemania.

Carlos el Temerario se propuso conquistar toda la orilla izquierda del Rhin con la esperanza de alcanzar, con el título de rey, su completa independencia, y así se apoderó de Lieja en 1467, de Güeldres en 1473 y de Zütphen; Federico únicamente se opuso a estos progresos cuando, con el sitio de Neuss (1474), el peligro había llegado a ser inminente.

En cambio procuró con el mayor interés adquirir para su familia derechos sobre Borgoña, casando, a la muerte del orgulloso duque, a su hijo Maximiliano con la heredera de aquél, con lo cual vinieron a parar a sus manos los Estados alemanes que componían aquel ducado, mientras que los franceses se unían a este reino, reclamados por Luis XI. En 1489 heredó también Federico de una rama colateral de los Habsburgos el Tirol, y en 1490, a la muerte de Matías Corvino, volvió a entrar en posesión de sus Estados hereditarios de Austria.

Al año siguiente concertaba el tratado de Pressburgo con Wladislao Jagellón, rey de Bohemia, que había sucedido a Matías en el trono de Hungría, mediante el cual se reconocía el derecho de los Habsburgos a heredar estas coronas. Así, pues, pudo jactarse Federico de haber conseguido, a costa de grandes esfuerzos, fundar le colosal poderío de los Habsburgos, mediante herencias y matrimonios; pero en cambio, el Imperio había ido perdiendo poder y autoridad en el exterior y se hallaba interiormente destrozado por disturbios y desórdenes. Aquél no se acordaba del Imperio sino cuando podía servirle para hacer alguna nueva adquisición para su familia.

Maximiliano I (1493-1519), nombrado ya rey de romanos desde 1486, fue el sucesor de su padre. Aquél, que había recibido una esmerada educación y estaba al corriente del gran movimiento intelectual del humanismo, dirigió todos sus esfuerzos a la restauración del antiguo poder imperial y se mostró dispuesto a dar al Imperio una organización nueva, siempre que fuera necesario para llegar a aquel fin.

En la dieta de Worms (1495) se comenzó a tratar del asunto estudiando una serie de reformas propuestas por Bertoldo de Maguncia. Desde luego se proclamó la paz perpetua prohibiendo para siempre y para todas las comarcas del Imperio las luchas intestinas, e invitando a todos a que acudiesen al terreno legal para dirimir sus contiendas.

Con este objeto se instituyó el Tribunal Supremo del Imperio, cuyos miembros, designados parte por el emperador y parte por la Dieta, pertenecían por mitad a la nobleza y a la clase de letrados. Para atender a los gastos que originase este tribunal y crear una fuerza militar permanente encargada de la ejecución de sus decisiones, se acordó la creación de un impuesto especial en forma de capitación.

La Dieta debía reunirse cada año para velar por la paz interior, la ejecución de los acuerdos del Tribunal Supremo y el bienestar de la nación. Aquélla se componía de tres brazos o estamentos: el de los príncipes electores, el de los príncipes no electores y el de las ciudades imperiales; la nobleza inferior no tenía representación en ella. La constituían en total 250 miembros, pero como muchos de ellos no tenían voto personal sino solo corporativo, el número de votos no llegaba a 100.

Demostrada por la práctica la ineficacia de esta asamblea para llenar sus fines, se acordó en Augsburgo (1500) el nombramiento de una comisión permanente de gobierno, compuesta de 20 miembros, 6 en representación de los electores, 12 de los príncipes, condes y prelados y 2 de las ciudades imperiales; al mismo tiempo se dividió el territorio del Imperio en distritos, al frente de los cuales se instituyeron directorios, cuya misión era facilitar el cumplimiento de las órdenes emanadas de la comisión de gobierno.

Mapa del Imperio con la división en circunscripciones de 1512.
Mapa del Imperio con la división en circunscripciones de 1512.

La Bohemia y los países vecinos quedaron excluidos del Imperio. Suiza, por su parte, se negó a aceptar el edicto de la paz perpetua y a someterse a los acuerdos del Tribunal Supremo, separándose definitivamente del Imperio en la paz de Basilea (1499).

La nueva organización tenía un sello oligárquico, toda vez que se adjudicaba a los príncipes una autoridad y participación decisivas en el gobierno. Las demás clases, especialmente la nobleza inferior y las ciudades, apenas tenían participación en él. Realmente esta organización no llegó a plantearse nunca tal como se había convenido; por una parte la inconstancia y proyectos siempre nuevos de Maximiliano, por otra el disgusto con que veía mermada su autoridad, fueron obstáculos para el planteamiento de estas felices innovaciones, que tampoco era posible realizar sin el apoyo decidido de los poderosos príncipes.

Maximiliano emprendió varias campañas en Italia para restablecer allí su autoridad imperial, pero sus armas cosecharon en ellas pocos laureles. No pudiendo conseguir la sumisión de Italia y su coronación en Roma (no obstante lo cual se adjudicó el título de emperador), buscó por otro lado el engrandecimiento de su casa; el matrimonio de su hijo Felipe el Hermoso con la princesa Juana, hija de los Reyes Católicos, proporcionó a la casa de Habsburgo la monarquía española, a la que iban unidos los reinos de Nápoles, Cerdeña y Sicilia y la América, recientemente descubierta, cuyos vastos dominios heredó su nieto Carlos.

Su segundo hijo, Fernando, se casó con la hija del rey Luis de Hungría y Bohemia, con cuyo matrimonio se afirmaba su derecho a la herencia de estas coronas. Lo único que no pudo conseguir fue la elección de su nieto Carlos para sucederle en el trono, y así, cuando él murió, en enero de 1519, se encontró Alemania sin caudillo y en una de las crisis más decisivas de su historia.

El emperador Carlos Quinto se enfrentó en Alemania a la endémica debilidad institucional y política del Imperio, debilidad que agravaron las consecuencias de la Reforma. En 1555, la paz de Augsburgo consagró el triunfo de la Reforma en los estados de Alemania del Norte y ratificó las secularizaciones efectuadas antes de 1552. Cuando Carlos Quinto (†1558) abdicó en 1556, la unidad del Imperio se rompió definitivamente.

Rey de Bohemia y de Hungría desde 1526, y rey de romanos desde 1531, Fernando I de Habsburgo (†1564) sucedió a su hermano Carlos Quinto como emperador germánico, de hecho en 1556 y de derecho en 1558. Adversario de los protestantes, y discípulo y amigo de los jesuitas, trabajó en pro de la reforma católica en Alemania.

Maximiliano II, hijo y sucesor de Fernando I, continuó la lucha contra los reformados en Alemania; posteriormente instauró un régimen de tolerancia que favoreció los últimos progresos de los protestantes.

Rodolfo II, hijo del anterior, favoreció en cambio la Contrarreforma; instaló su capital en Praga y se atrajo las simpatías de los checos, aunque también la hostilidad de los alemanes. En 1611, su hermano Matías le obligó a renunciar a sus estados hereditarios; Rodolfo solo conservó el título imperial.

Elegido emperador la muerte de Rodolfo II, Matías designó, a su vez, como heredero a su primo Fernando de Estiria, católico intransigente, lo que provocó la sublevación de los checos (defenestración de Praga, 23 mayo 1618). Fue el principio de la guerra de los Treinta años.

La guerra de los Treinta años

Desde principios del s. XVII, Alemania quedó dividida en dos partidos hostiles a la vez en el plano político (contestaciones en torno a la autoridad del emperador) y en el plano religioso, puesto que la introducción del calvinismo complicó aún más la situación confesional. Frente a la Unión evangélica, protestante, dirigida por el elector palatino, se alzó la Santa liga, católica, del duque de Baviera.

La guerra de los Treinta años fue la consecuencia de esta división alentada por potencias extranjeras deseosas de debilitar el poder imperial.

El emperador Fernando II de Estiria (Habsburgo), nieto de Fernando I, se erigió en paladín de la Contrarreforma durante su reinado (1619-1637). En un principio consolidó su autoridad gracias a la triple derrota de los checos (1620), del conde palatino y del rey de Dinamarca (1621-1629). La corona electiva de Bohemia fue declarada hereditaria en beneficio de los Habsburgo; el electorado palatino cayó en suerte al duque de Baviera, y el emperador impuso a los príncipes protestantes el edicto de restitución de los bienes secularizados desde 1552 (1629).

La intervención sueca (1631) y francesa, en un principio diplomática (1630) y después militar (1635), cambió la situación en detrimento de Fernando II y, posteriormente, de su hijo y sucesor Fernando III (1637-1657), quien, en 1648, tuvo que aceptar las duras Condiciones de los tratados de Westfalia que arruinaron toda esperanza de unificación de Alemania, fragmentándola en 350 estados.

Las libertades germánicas de los estados del Sacro imperio se pusieron bajo la protección de las potencias signatarias. Por la Constitutio westfalica, el número de los electores se amplió a ocho: cinco católicos frente a dos luteranos y un calvinista, y cinco laicos frente a tres eclesiásticos. De hecho, los tratados de Westfalia ratificaron el fracaso de la política de los Habsburgo en su intento de alejar al Imperio de su impotencia tradicional, así como el fracaso de la Contrarreforma en Alemania, quedando confirmada la paz de Augsburgo de 1555 cujus regio, ejus religio.

El fin del I Reich (1648-1806)

La civilización alemana en los siglos XVII y XVIII

La guerra de los Treinta años y las epidemias arruinaron el país, que perdió el 40% de su población rural y el 30 % de su población urbana. El floreciente comercio hanseático estaba en vías de regresión, en tanto que los príncipes, que se habían hecho independientes, se interesaron por la economía moderna, aun cuando el auge de esta estuvo entorpecido durante mucho tiempo por la falta de capitales y el alza los precios.

Fue en el s. XVIII cuando Alemania se vio afectada por la mutación económica: un ejemplo es el de los Hohenzollern, quienes transformaron un principado medieval en estado moderno. La sociedad alemana era por aquel entonces una sociedad de órdenes, en la el clero —dividido en varias confesiones— y la nobleza debían contar con la importancia de las ciudades libres imperiales y una burguesía urbana activa.

No obstante los campesinos constituían el 80% de la población; si bien, a fines del s. XVIII, la sociedad era aún de carácter antiguo, campesina y artesana, el campesino del oeste era más feliz que el de Pomerania y Prusia donde el régimen feudal continuaba imperando en diversas formas. La revolución industrial que, por aquellas fechas, trastornaba a Inglaterra no incidía más que parcialmente en Alemania.

Tras un siglo de luchas confesionales, se estableció la tolerancia religiosa, incluso se formaron alineaciones de cierto ecumenismo. El protestantismo alemán atravesó por corrientes de renovación mística o de religiosidad: pietismo, hermanos moravos, iluminismo.

Se forjó una civilización alemana gracias a tres activas universidades, en las que el progresivo abandono del latín en beneficio del alemán contribuyó a crear una lengua única y a favorecer el sentimiento nacional. El concepto de una patria alemana común se desarrolló en gran parte por hostilidad hacia Francia, acusada fundamentalmente de devastación del Palatinado (1689). Pero, curiosamente, la galofobia alemana corrió parejas con la galomanía: las modas francesas, la literatura francesa y el arte francés triunfaron en todas partes. Las nuevas ciudades, las capitales de estados y las residencias principescas solían hacer gala de un pequeño Versalles.

Sin embargo, la literatura y el arte propiamente alemanes conocían ya un activo éxito, especialmente en el estilo barroco.

El auge de los Hohenzollern

Los últimos emperadores que se sucedieron al frente del I Reich pertenecían, excepto Carlos VII de Baviera (1742-1745), a la casa de Habsburgo: Leopoldo I (1658-1705): José I (1705-1711); Carlos VI (1711-1740); Francisco I (1745-1765), cuya política estaba inspirada por su esposa María Teresa; José II (1765-1790); Leopoldo II (1790-1792), y Francisco II (1792-1806), quienes se desinteresaron de Alemania en beneficio de Italia y la Europa balcánica y danubiana. Por mucho que la dieta germánica llegara a ser permanente (1664), fue incapaz de promover una política alemana común.

Frente a los Habsburgo católicos se erguía la cada vez más emprendedora ambición de una dinastía protestante, los Hohenzollern. Desde este punto de vista, el año 1701 fue decisivo: el elector de Brandeburgo, Federico I de Hohenzollern, ayudó a Leopoldo I durante la guerra de la Liga de Augsburgo y, a cambio, obtuvo el título de rey de Prusia.

Durante el reinado del nieto de Federico I, Federico II (1740-1786), arquetipo del déspota ilustrado, Prusia obtuvo tales ganancias territoriales y políticas, en detrimento de los Habsburgo, que llegó a ser la principal potencia alemana.

Alemania, la Revolución francesa y Napoleón (1789-1806)

La Revolución francesa de 1789 despertó inicialmente en Alemania reacciones favorables. Pronto la inquietud hizo mella en el Imperio, aunque las adhesiones ideológicas solo afectaron a una élite que, en general, no rebasaba los límites del pensamiento girondino; además, había demasiadas diferencias políticas y sociales que separaban a alemanes y franceses.

Por otra parte, desde 1792 la guerra enfrentó a Francia con Austria y Prusia, y con el Imperio en 1793. Tras las campañas de 1796 y 1797, que costaron caro a los Habsburgo, fue imposible hallar solución a los problemas alemanes —congreso de Rastatt—.

El 9-II-1801 se firmó el tratado de Lunéville que puso fin a la segunda campaña llevada a cabo por los franceses contra los Habsburgo en Alemania Moreau y en Italia Bonaparte, reconoció a Francia toda la orilla izquierda del Rin y previó las indemnizaciones en Alemania para los príncipes desposeídos. El 24-III-1803 la Conclusión principal de la dieta de Ratisbona simplificó el mapa de Alemania disminuyendo considerablemente el número de estados. En 1804, Francisco II tomó el título de emperador de Austria (Francisco I).

En 1805, el tratado de Presburgo puso fin a la tercera coalición (Austerlitz) y sancionó la conclusión de la dieta de Ratisbona, independizando de la autoridad del emperador y de la dieta a los nuevos reyes de Baviera y de Württemberg, así como al gran duque de Baden.

En 1806 Napoleón creó la Confederación del Rin (12 julio). Francisco II desligó a los alemanes del juramento de fidelidad al emperador (6 agosto). El Sacro imperio romano germánico tocó a su fin.

Del I al II Reich 1806-1871

La Confederación del Rin (1806-1814)

La Confederación del Rin Rheinbund, de la que Napoleón fue el protector, estaba formada por dieciséis principados alemanes a los que se unieron el reino de Westfalia y, en 1807, el gran ducado de Varsovia. De hecho, esta confederación se reveló como un frágil edificio

Vencida por los franceses durante la cuarta coalición (Jena y Auerstedt, 14 oct. 1806), Prusia se vio reducida a la mitad por la aplicación de tratado de Tilsit (julio 1807). Paradójicamente, este desmoronamiento representó también el punto de partida de la recuperación prusiana, cuyos principales artífices fueron Stein y Hardenberg en el plano social, Scharnhorst en el ámbito militar y Fichte en el filosófico, cuyos Catorce discursos a la nación alemana (Berlín, 1807-1808) exaltaron el espíritu nacional. Las universidades, (la de Berlín se fundó en 1810), en la que los estudiantes se agruparon en sociedades secretas —como la Tungenbund—, fueron activos focos de nacionalismo.

Las consecuencias del Bloqueo continental obligaron a Napoleón a anexionar al imperio francés las costas del mar del Norte y Lübeck; pero, si bien Alemania sufría la escasez de ultramarinos, podía beneficiarse de la retracción momentánea de Inglaterra para desarrollar su industria textil.

A raíz de los reveses franceses en Rusia, Alemania, después de Prusia, se lanzó con entusiasmo junto a los aliados a la guerra de liberación, aun cuando la hostilidad hacia Prusia continuaba siendo muy fuerte en Renania: tras Leipzig (1813), Blücher atravesó el Rin. En abril de 1814, el rey de Prusia entró en París con el zar.

La Confederación germánica

El Congreso de Viena dio una nueva estructura a Alemania. En lugar del Sacro Imperio se creó una Confederación germánica de 39 estados autónomos, entre ellos Austria y Prusia, una Prusia fortalecida y engrandecida, fundamentalmente en Renania. Toda la historia de la Confederación estuvo marcada por la rivalidad austro prusiana, bajo la presidencia honorífica del emperador de Austria, la Confederación tuvo como órgano esencial la dieta de Frankfurt.

En un principio, las dos potencias, Austria y Prusia, tuvieron que enfrentarse a una fuerte corriente liberal, hostil a la restauración del Antiguo régimen basado en los privilegios y particularismos; al mismo tiempo, fue fortaleciéndose la corriente unitaria. Una gran federación, la Burschenschaft, en la que dominaban burgueses e intelectuales, y numerosas asociaciones de estudiantes agitaron el país. La represión llevada a cabo por Metternich con la aquiescencia de Prusia (congreso de Karlsbad, 1819) sofocó la vida política en Alemania.

Prusia prestó ayuda a la unificación de Alemania en beneficio propio mediante una acción económica eficaz. De 1616 a 1833 se constituyó en torno a ella y gracias a ella una unión aduanera Zollverein que preparó la unidad nacional suprimiendo las barreras aduaneras entre unos veinte estados.

La Revolución de 1848

En marzo de 1848 estalló la revolución en Alemania, favorecida por la crisis económica de 1847, la propaganda anarquista Stiner y socialista Weitling, Marx y Engels, y el anuncio de la revolución de febrero en Francia, y que fue a la vez liberal y nacional. Del 31 de marzo al 4 de abril, un parlamento preparatorio Vorparlament, reunido en Frankfurt, decidió la elección por sufragio universal de una asamblea nacional alemana de 586 diputados, encargada de elaborar una constitución unitaria.

El 18 de mayo esta asamblea se reunió por vez primera en Frankfurt; sus aspiraciones fueron sofocadas por los príncipes y los radicales; su acción se vio entorpecida por su división en dos bloques hostiles: los partidarios de la gran Alemania con Austria y los de la pequeña Alemania sin Austria.

En marzo de 1849, adoptada esta última solución, la corona imperial fue ofrecida al rey de Prusia, Federico Guillermo IV, quien, hostil a una liberalización de la constitución prusiana, rechazó dicha corona aunque, a su vez, intentó que le fuera ofrecida por los príncipes (unión restringida). El 29-XI-1850, en Olmütz, el canciller de Austria, Schwarzenberg, impuso al rey de Prusia el abandono de sus proyectos —humillación que pesaría en las relaciones austroprusianas.—

Guillermo I y Bismark

En la lucha por la unidad alemana que iba a reanudarse con más fuerza que nunca, Prusia poseía varios triunfos: su poder económico —que se afirmó sobre todo desde la industrialización de las provincias renanas—, la acción diplomática y militar del rey Guillermo I, sucesor en 1861 de su hermano Federico Guillermo IV, y la de Bismarck, primer ministro desde 1862.

Reorganizado por Moltke y Roon, el ejército prusiano demostró su eficacia contra Dinamarca (1864) y contra Austria que, vencida en Sadowa (1866), tuvo que aceptar retirarse de los asuntos de Alemania (tratado de Praga, 23 ag. 1866).

Bismarck organizó, bajo la égida de Prusia, una Confederación de Alemania de Norte, que abarcaba todos los estados (veintidós) situados al norte del Main. Dicha Confederación, que duró tres años (1867-1870), tuvo como presidente heredero al rey de Prusia, jefe de la diplomacia y de los ejércitos, quien nombró a un canciller general —Bismark— poseedor real del poder; podía disolver el Reichstag, elegido por sufragio universal, pero no el Bundesrat, Consejo federal, verdadera cámara alta formada por 43 delegados nombrados por los soberanos de Ios estados confederados.

La Confederación eligió una bandera nacional que unió el color rojo de Brandeburgo y de las ciudades hanseáticas con el blanco y negro del pabellón prusiano.

Provisionalmente, los cuatro estados de Alemania del Sur —Hesse-Darmstadt (en parte), Baden, Württemberg y Baviera— que se resistían a la supremacía prusiana quedaron fuera de la Confederación; sin embargo, Bismarck firmó con ellos acuerdos militares que, en caso de guerra, les obligaban a luchar junto a Prusia; incluso los englobó en la Zollverein (julio 1867).

Sólo quedaba sellar la unidad política del norte y del sur. Merced a una astuta acción diplomática, Bismarck consiguió que Francia le declarase la guerra ( 1870). La guerra francoprusiana finalizó una brillante victoria de los ejércitos alemanes. Sobre las ruinas del imperio francés se proclamó el imperio alemán (II Reich) [Versalles, 18 de enero de 1871], Guillermo I fue su primer titular y Bismarck su primer canciller.

El 10 de mayo de 1871, el tratado de Frankfurt, Francia cedió Alsacia y parte de Lorena al imperio alemán, y le concedió una indemnización de 5000 millones de francos que contribuirían al desarrollo de su economía.

La sociedad alemana de 1806 a 1870

La revolución industrial marcó profundamente a Alemania. De 25 millones de habitantes en 1815, la Confederación aumentó a 38 millones en 1870, este incremento, especialmente fruto de un fuerte índice de natalidad, género una amplia corriente de emigración hacia Estados Unidos.

La industrialización masiva de Alemania después de 1850 estaba íntimamente relacionada con los progresos de la extracción de carbón en la cuenca de Ruhr (2 Mt en 1850, 12 Mt en 1870), con la adopción de técnicas modernas en la industria textil, la siderurgia (Westfalia, Silesia) y fundamentalmente la química, ámbito en que Alemania demostró desde entonces su supremacía; con la expansión del tráfico ferroviario (500 km de vías férreas en 1840, 18.000 en 1870); con la mejora en la navegabilidad del Rin; con el poder de las compañías de navegación, y sobre todo con la Zollverein, que aseguró una política económica racional.

La unidad monetaria quedó asegurada desde 1857, el mercado financiero se desarrolló y los establecimientos de crédito se multiplicaron. Tras algunas fluctuaciones y crisis cíclicas (la de 1846-1847 fue la más grave), la economía alemana disfrutó de una coyuntura sumamente favorable. Asimismo, la urbanización siguió el ritmo de la industrialización.

A todo este desarrollo se unió la cuestión social; en efecto, la Alemania de las Confederaciones vio florecer. al igual que otros países occidentales, una poderosa clase burguesa privilegiada frente a las clases obreras y campesinas. Los campesinos, que en 1870 constituían todavía el 64% de la población, solían ser acomodados (Württemberg, Baviera); pero los del este se hallaban todavía bajo el dominio de los junkers, grandes terratenientes. En otros lugares, colonos y obreros agrícolas constituían un proletariado rural atraído por las ciudades que pasaba a engrosar el proletariado industrial.

La artesanía, muy extendida en Alemania, se vio cada vez más sometida a la competencia de la gran industria de estructura capitalista. En el seno de un proletariado obrero cada vez más numeroso y cuyas condiciones de vida eran bastante deficientes, fueron progresando con rapidez las ideas socialistas.

Los teóricos del socialismo eran numerosos en Alemania: Marx y Engels, cuya influencia fue preponderante en el movimiento obrero alemán; monseñor Ketteler, obispo de Maguncia, paladín de un socialismo cristiano; Ferdinand Lassalle, partidario de un socialismo nacional protegido por el estado. En 1869, en el congreso de Eisenach, la corriente marxista triunfó Bebel, Liebknecht con la formación de la socialdemocracia (partido obrero socialdemócrata que se adhirió a la I Internacional.

El período 1806-1870, marcado inicialmente por el romanticismo, fue uno de lo, más fecundos en la historia de la cultura alemana: especialmente la música y la literatura fueron fiel reflejo de una toma de Conciencia del genio nacional, genio que el militarismo prusiano triunfante en 1871 desvío parcialmente de su camino.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 1 págs. 344-347.