Historia del Reino de Portugal

Gran ironía histórica
Portus Cale
Campañas de Fernando I
Los Borgoña y la Orden de Cluny
Alfonso VI, reconquista de Toledo
Almorávides y Enrique
Uclés
Boda de Urraca y Alfonso
Teresa, condesa de Portugal
Campdespina
El obispo Gelmírez
Teresa, sitiada en Coimbra
El papa Calixto II
Detención de Gelmírez
Alfonso VII y la condesa
Alfonso Enríquez
Alfonso VII, emperador de León
Pacto Alfonso VII y Enríquez
La batalla de Ourique
Alfoso Enríquez, rey de Portugal
Alfonso Enríquez y el Papa
Alfonso VII reconquista Almería
Reconquista de Lisboa
División del reino por Alfonso VII
El pacto de Sahagún
El pacto de Cella Nova
Restauración de Alfonso VIII
Las Vascongadas a Castilla
Portugal, reino independiente

Gran ironía histórica

No hay en la Historia de España ironía mayor que la de que llegara a prevalecer con el tiempo como reino y estado independiente aquella región de la Península donde menos abonaban el desgarramiento la geografía, la etnología y la tradición político-cultural. Es un hecho admitido por los historiadores nacionales y extranjeros que Portugal debe su independencia y su personalidad a la peripecia histórica exclusivamente.

    1. Navarra. El surgir como reino pudo fundarse en la necesidad, por exigir aquella frontera, tan activa militarmente, un gobierno fuerte, atributo que demandaba, quizás, una nueva soberanía.
    2. Castilla. También originariamente le fue dable alegar en socorro de sus pretensiones autonómicas, el vigor de su derecho consuetudinario y su repugnancia por la Ley visigótica.
    3. Cataluña. No tuvo que justificar su independencia medieval, que arrancaba de múltiples factores, por demás visibles.
    4. Aragón. Dio vida al reino de cálculo de un monarca, que no quiso dejar a uno de sus hijos sin corona.

Pero ni los apremios de la Reconquista, prestando estímulo a la impaciencia autonomista de los vascones, causa de la aparición del reino de Navarra; ni la ley ni la geografía que dan aliento al secesionismo castellano; ni la geografía, la constitución político social y hasta cierto punto la etnología, que alumbran una nacionalidad catalana; ni la irresistible decisión de un rey elevando a reino un pequeño condado; nada de eso afecta a la faja occidental de la Península que será conocida por Portugal.

Considerada esta cuestión desde el ángulo de mira geográfico, pronto se observa, no ya la anomalía sino la absurdidad, representada por la erección de Portugal en estado independiente. Dispuestos casi todos los grandes ríos y cordilleras de la Península de este a oeste, la Meseta Central carece respecto del Occidente de fronteras naturales.

El Tajo, que divide a la mayor parte de la Península casi por el centro, nos ofrece en su grandiosa desembocadura el gran puerto natural del continente hispánico, la salida al Océano, no de una región, sino de toda la Península.

Por otro lado, los valles de los grandes ríos hispanoportugueses —todos más o menos navegables en Portugal y ninguno en España— proporcionan las vías de más cómodo acceso a la Meseta, caminos fáciles para las invasiones. En otro orden de cosas, la etnología nos convence de que la población de Portugal pertenece a las mismas razas que los demás pueblos españoles vecinos.

Si atendemos a la ley, al derecho, a la costumbre, a la constitución social y política primitivos de esta parte de España, ¿en que se diferencian en un principio de los de León y Galicia?

Idéntica observación puede hacerse respecto de la lengua, que acompaña al gallego y al leonés en su evolución del latín hasta que la gran literatura del siglo XVI viene a rematar el proceso diferenciativo alimentado desde el siglo XII por la independencia política. Sin piedad alguna ha podido escribirse que Portugal debe su independencia a circunstancias fortuitas.

Y no es otra, en definitiva, la tesis de Herculano, gran demoledor de prejuicios históricos, que sale al encuentro de sus compatriotas con una sonrisa inteligente y les dice que no se hallará vestigio de nacionalidad común entre los portugueses modernos y los lusitanos u otra raza o tribu cualquiera de las que primitivamente habitaron la Península.

Es imposible —agrega— enlazar con las tribus célticas llamadas lusitanas nuestra historia o hacer descender esta lógicamente de ellas. Todo falta: la adecuación de los límites territoriales, la identidad racial, la relación lingüística, para poder establecer correspondencia y transición natural entre esos pueblos bárbaros y nosotros.
Si el haber descubierto su huella en una parte de nuestro territorio nos dejara el bien poco precioso derecho de considerarlos como antepasados nuestros, ese derecho pertenecería igualmente a Galicia, a la Extremadura española y hasta a Andalucía.R.B.: Alejandro Herculano, Historia de Portugal, Lisboa, 1863-1864, Introducçao, p. 46.

Es un dato del mayor interés, pero no subrayado suficientemente hasta aquí, que Portugal nace en la Galecia, fuera de la Lusitania, y de un puerto de la Galecia toma el nombre.

Casi no precisa insistir en que el reino de Portugal se gesta, como los otros reinos peninsulares, en la Reconquista. No es Portugal, por tanto, un caso particular si buscamos la razón última de su aparición.

Destruida la unidad nacional, roto el Estado peninsular de los romanos y los visigodos, los condes y caudillos del Occidente español se lucran de la guerra y del desorden —que mantienen en crisis perpetua al estado leonés— en igual medida que los castellanos y los navarros, y logran que preponderen su ambición y su interés personal sobre el interés de la monarquía.

Sin duda favoreció las turbulencias nobiliarias y el separatismo gallego y portugués la especial situación de estas tierras, un tanto al margen de los sucesos políticos y militares —cuyo teatro vino a ser el centro y el Este de España— que verdaderamente preocupaban a León y a Castilla.

En otro sentido, Portugal constituye una excepción en su origen. La desmembración de Portugal la inicia un noble extranjero, la apoyan y fomentan intereses extranjeros, la consuma el Papado y la ampara al final Inglaterra.

En consecuencia, la historia de la independencia de esta región española es larga y rica en incidentes del más alto interés histórico. Comienza realmente en el preciso instante en que, hacia el año 1095, Alfonso VI confía el condado de Portus Cale al conde Enrique de Borgoña, y concluye en la legitimación del nuevo reino por la Santa Sede.

Tan prolongado proceso separatista nos haría por sí solo sospechar falta de espontaneidad en el impulso nacionalista portugués. La ambición perseverante de los condes portucalenses desempeñó aquí el papel que en el nacimiento de otras naciones le estuvo reservado a causas y motivos naturales.

El tiempo, la historia, engendró lo que no hubiera producido la naturaleza. La codicia tenaz, la infidencia, la traición, la guerra crearon un particularismo no autorizado por la razón. Acudió en ayuda del separatismo una circunstancia que también favoreció a Fernán González en Castilla: la extraordinaria duración del reinado de Alfonso Enríquez.

Los sesenta años que gobernó en Portugal Alfonso Enríquez, siempre con el designio de dejar al país independiente de León, representan una continuidad de valor político inmenso, continuidad que situó al estado leonés en condiciones harto desventajosas para mantener su soberanía en esa región.

Mas nada de eso perjudica al hecho esencial de que la independencia de Portugal tiene su raíz en las mismas condiciones que levantan de meros condados a los demás reinos de la Reconquista. A la Reconquista adscribimos su nacimiento, porque al abrigo de esta empresa surgieron y medraron todos.

La Reconquista trajo a España, en pos de aventuras, a Raimundo y a Enrique de Borgoña. Enrique —ya lo hemos indicado y se concluirá de ver— no funda, no puede fundar su ambición de hacer independiente el condado que le dan en gobierno en ningún clamor del patriotismo local, ni en aspiraciones nacionales de ningún género.

Muerto el conde, la condesa viuda doña Teresa quiere reinar, la nobleza la acompaña en esta ambición y la autonomía política comienza a interesar a sus súbditos. El interés y el sentimiento separatistas se propagan de arriba abajo.

Cuando Alfonso Enríquez se adueña del poder, la corriente secesionista tiene ya ganado vasto terreno. Pero aún no es inevitable la desmembración, ni lo será hasta muy tarde. Ahora bien, el hijo del conde borgoñés es hombre excepcional. Además, vive en el momento más propicio a su política. Sus victorias sobre los moros le aportan la corona. Sintomáticamente, los suyos le proclaman rey, quizás, recién ganada por él la espectacular batalla de Ourique.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 447-450.

Portus Cale

En las primeras décadas de la ocupación sarracena, el Occidente de la Península quedó sometido, como dijimos, a las fuerzas bereberes que los árabes reclutaron en la Mauritania y que constituyeron la masa de los ejércitos invasores. Estas tropas se establecieron en territorios de las modernas Galicia, León, Norte de Portugal y centro de España.

Los árabes se reservaron, por regla general, las feraces tierras del Andalus y las levantinas. Semejante distribución del territorio —un punto más de conflicto entre las razas y naciones intrusas— incitó a los berberiscos, según se recordará, a abandonar las comarcas áridas y frías que les habían asignado y, sublevados, se replegaron hacia el sur.

Aprovechó entonces Alfonso I el Católico (739-757) la ocasión para tomar la ofensiva y salir a terreno despejado. Por el valle del río Eo comenzó la reconquista de Galicia; y pudo verse al rey en Lugo, Orense y Tuy. Continuaron las tropas asturianas su avance hacia el sur y entraron sin dificultad en Braga, Oporto, Viseo y Coimbra. Aquí quedó la frontera cristiano musulmana en su extremo más occidental al hilo de la corriente del Mondego. Pero estos nuevos límites del tiempo de Alfonso el Católico eran, como señalamos en lugar anterior, pura desolación.

Los cristianos no ocuparon las ciudades tomadas por ellos, que no hubieran podido sostener por falta de hombres, sino que las arrasaron, al tiempo que talaban e incendiaban los campos, dejando a manera de pavorosa guarnición el espectro del hambre, escoltado por alimañas de todo pelaje. En los días de Fruela I (757-768) se empezó a repoblar algunos puntos al sur de Galicia: Odoario, obispo de Lugo, desplegó gran actividad en este sentido e hizo habitable, entre otros pueblos, a Braga.

Alfonso II el Casto (793-842) estimulado por sus alianzas internacionales (con Carlomagno y con los tíos rebeldes del emir cordobés) tuvo alientos para correr a fondo por territorio enemigo: por el Occidente llegó hasta Lisboa, donde recogió botín y tomó prisioneros musulmanes, siete de los cuales, según se recordará, envió a Carlomagno. Ordoño I (850-866) adelantó la repoblación de las tierras gallegas; se le atribuye la de Tuy; llevó la guerra al otro lado del Duero y se apoderó de Salamanca y de Coria, que abandonó pronto.

En una nueva campaña por la Lusitania luchó con los sarracenos en el distrito de Lisboa. La osadía de Ordoño movió al enemigo a tomar represalias; y en 863 y 865 sendos ejércitos árabes derrotaron al conde de Castilla y entraron por Galicia al mando de Almondir. Se detuvo el moro ante Compostela, que, bien apercibida, presentó fuerte defensa. El reinado siguiente, el de Alfonso III, pródigo en acontecimientos, dejó también hondo surco en el Occidente de la Península.

Alfonso III el Magno (866-909) era hijo, como sabemos, del primer Ordoño. Asociado al trono por su padre, le sirvió al frente del gobierno de Galicia. Ya rey imprimió enérgico ímpetu a la Reconquista. Sus campañas en el Oeste no tuvieron menos alcance e importancia que las del centro. En el año 868 batió un intento de desembarco de los sarracenos en la desembocadura del Miño.

Puede decirse que este monarca tomó posesión de Oporto, Viseo, Coimbra, Lamego y otros lugares despoblados. Él los repobló y retuvo. Alfonso III selló alianzas y treguas con varios régulos árabes; con el cadí de Badajoz rompió en 879, le hizo la guerra y lo derrotó. En 881 puso término a la tregua que había suscrito con el emir cordobés e invadió la Lusitania hasta más allá de Mérida.

Al abandonar el trono Alfonso el Magno, quedaban los cristianos dueños en el Occidente de posiciones en el Mondego que daban ya vista al gran bastión de Coimbra. Para la Historia de Portugal la actividad de este rey en el Oeste de la Península tiene especial interés, porque, como consecuencia del avance cristiano y de la estabilización de la frontera, nació en este momento el condado de Portus Cale, donde hoy está Oporto, ciudad o pueblo existente en la época romana, cabeza de un territorio que comprendía ahora por el norte una parte del litoral de la provincia del Miño y por el sur las tierras reconquistadas hasta el río Vouga.R.B.: Herculano, Ibídem, libro I, p. 188.

Portus Cale, a semejanza de Bracara Augusta (Braga) estaba dentro de la Galecia, que siempre tuvo por confín con la Lusitania el Duero. Lamego, Coimbra y Viseo caían dentro de la Lusitania.

Bien será rememorar ahora que en el año 909, doña Jimena, mujer de Alfonso III, y los hijos de ambos se alzaron contra el rey y provocaron una guerra civil que duró un bienio; que don Alfonso, para evitar más efusión de sangre y acabar con el desorden, abdicó en Boides y dividió el reino entre sus hijos; que el mayor, García, recibió León, Ordoño II pasó a reinar en Galicia y Fruela heredó Asturias.

Recordemos, asimismo, que los tres hijos del monarca depuesto pasaron sucesivamente por el trono de León; que durante el reinado de Ordoño II en León fue gobernador de Galicia su hijo Sancho Ordóñez, quien murió desempeñando este puesto, y que Ramiro, su hermano, fue conde o gobernador de la región de Portus Cale. Cuando desapareció Sancho Ordóñez, el Norte de Galicia obedeció al conde Gutierre; y al abdicar Alfonso IV, Ramiro dejó Portus Cale para empuñar el cetro de León.

Este Ramiro era el segundo de este nombre (931-951), el enérgico monarca del tiempo de Fernán González, cuyo reinado tan henchido estuvo de eventos. Mas su escasa actividad directa sobre las regiones occidentales nos exime de tratar de nuevo de este período.

La frontera portucalense vuelve a conocer cierta actividad en el reinado siguiente, en el de Ordoño III (951-956): hubo sublevaciones en Galicia, y el rey dirigió una expedición contra los moros de la antigua Lusitania, con la meta en Lisboa, que conquistaron los cristianos, mas, como solía acontecer en estos avances prematuros, pronto la tuvieron que abandonar.

Ningún otro suceso considerable parece haber agitado al Occidente de la Península hasta el reinado de Sancho el Gordo (segundo periodo, 960-966), cuando (Galicia es arena de una tumultuosa insurrección separatista, acaudillada en el Norte por el obispo Sisnando, y, entre el Miño y el Duero, por el conde Gonzalo Sánchez, cuya jurisdicción se extendía, acaso, a Portus Cale.

Los rebeldes alzaron por rey a Vermudo, hijo de Ordoño III. Desde León marchó el rey en persona contra los sublevados. Sofocado el levantamiento en el Norte, don Sancho desposeyó a Sisnando del obispado compostelano y se lo confió a San Rosendo. Se dirigió a continuación el monarca contra el conde Gonzalo Sánchez, que pidió entrar en tratos, durante los cuales comió el rey algo donde el conde había puesto un veneno, de lo cual finó, como ya dijimos, cuando regresaba, ya muy enfermo, a León.

La conflagración gallega adquirió nueva virulencia en el reinado de Ramiro III (966-984), hijo de Sancho I, menor al morir su padre y entregado a la tutela de su madre doña Teresa y su tía doña Elvira. Sisnando se fugó de la prisión y logró entrar en Santiago de Compostela. Expulsó de la residencia episcopal a Rosendo, quien, acto seguido, se apartó al monasterio de Celanova.

Por estos días desembarcó en la costa gallega numerosa bandada de normandos, con su rey o general, Gunderedo, a la cabeza. Constituían estas fuerzas ocho mil hombres y cien buques. Los piratas del Norte asolaron a Galicia durante un año. De los primeros en darles rostro fue el inquieto obispo Sisnando, que cayó en la lucha. Le sustituyó en la sede compostelana y en la guerra contra los invasores San Rosendo, que obtuvo sobre ellos una victoria sonada. Al cabo fueron aniquilados los normandos por el conde Gonzalo, el obispo de Lugo y demás nobles principales de la provincia.

La anarquía señorea a Galicia en los años sucesivos, pero no se trata de una situación excepcional: lo mismo acontecía entonces en Castilla y en León; y la causa del desorden no era otra, en realidad, que la ineficacia del trono leonés, ocupado por un infante, a quien rodeaban dos mujeres inermes. Los condes gallegos, para no ser menos que los castellanos, mandaban a Córdoba sus embajadores particulares, como si fueran reyes.

Ramiro III chocó con los condes gallegos así que alcanzó la mayoría de edad. Recordemos la sublevación de la nobleza de esta región con nueva elección de Vermudo II para el trono, acompañada esta vez de la coronación en Compostela, el 15-X-982.

Las terribles campañas de Almanzor, reinando Vermudo II (984-999), contra León y Galicia no dejaron, naturalmente, de afectar a los lugares del Sur de Galicia más o menos dependientes del Portus Cale. Interesa repetir que destronado Ramiro III, su madre, doña Teresa, trató de conseguir que el general musulmán interviniese en León a su favor. Almanzor no parece haberse interesado por la suerte de Ramiro, acaso por ser tan eficaz y menos complicado apoyar a quien reinaba de hecho en León.

A cambio, Vermudo se constituyó en tributario de Córdoba y hubo de tolerar un ejército sarraceno en la capital y sus contornos. Los excesos de estas tropas hicieron inaguantable la ocupación, y el rey leonés se atrevió a expulsarlas.

La airada respuesta de Almanzor llegó en seguida en la devastadora expedición contra el Noroeste, que en 987 pasó como un siniestro sobre Coimbra y al año siguiente se tradujo en el sitio y arrasamiento de León y lugares adyacentes. Agravaban las tribulaciones y trabajos de Vermudo —además de los agudos ataques de gota— la revoltosa disposición de la nobleza gallega, activa en León al amparo del desbarajuste general.

Barones seglares y eclesiásticos competían en el menosprecio del casi inválido monarca y de la tranquilidad del reino, que Vermudo pudo apaciguar un tanto, a la postre, con la expulsión de los condes gallegos Suero Gundemariz, Gonzalo Menéndez, Galindo y Osorio Díaz.

No hemos de repetir aquí el relato de la desgraciada dependencia del rey leonés y las represalias que tomó Almanzor cuantas veces quiso aquél sacudírsela. Uno de esos intentos debió de existir en 997, año en que el Hagib cordobés marchó sobre Santiago de Compostela y la derribó.

Acontecimientos del reinado de Alfonso V (909-1028) en el Occidente de la Península fueron (aparte la restauración de León): la derrota por el propio rey de una nueva invasión normanda en 1011, mas no tan rápida que evitara la destrucción de Tuy; los piratas penetraron por el Miño y sembraron el terror en todo el distrito bracarense.

Por el lugar de su muerte el nombre de Alfonso V ha quedado unido en la Historia de España a la Reconquista en territorio de la Lusitania, pues, como oportunamente dijimos, perdió la vida en el sitio de Viseo. Ese accidente debió de retener la atención de los cristianos por algún tiempo en este apartado rincón de España.

Vermudo III (1028-1037), hijo de Alfonso V, tuvo que sofocar la insurrección de los condes gallegos Oveco y Romaniz cuando apenas se había sentado en el trono. Su trágico reinado, estremecido por las agresiones del rey navarro y sus hijos, transcurriría sin que ni las armas ni las decisiones políticas de los cristianos alteraran en tierras de Portus Cale y Viseo la situación que legó su padre.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 450-456.

Campañas de Fernando I

De enorme trascendencia son, en cambio, las campañas militares de Fernando I el Grande (1037-1065) en la Lusitania. Fernando era rey de Castilla y León, con título de emperador -recordémoslo- desde 1037. (Otra irrupción normanda en Galicia deparó por estos años ocasión a Cresconio, obispo de Compostela, de acreditar sus cualidades de guerrero.)

El hijo segundo de Sancho el Mayor inició sus grandes operaciones reconquistadoras en el Occidente contra Moddáfar, el rey moro de Badajoz. En 1055 tomó a Sena, en 1057 hizo suya a Lamego y en 1058 vengó la muerte de Alfonso V adueñándose de Viseo. Junto con estas plazas cayeron en poder de los cristianos gran número de castillos.

Seis años más tarde reanudaba don Fernando la guerra en la Lusitania y ponía cerco a la codiciada posición de Coimbra, que se rendía el 24-VII-1064. (Si no están en lo cierto los autores que fijan este hecho en el mismo año de la conquista de Viseo, en 1058). Ya no era el Duero la frontera permanente de cristianos y musulmanes, sino el Mondego. En este momento aparece el primer conde conocido con jurisdicción precisa y particular en el Noroeste de la antigua Lusitania.

Había sugerido a Fernando la reconquista de esa región un rico e influyente mozárabe, oriundo de la provincia conocida modernamente por Beira, ex visir en el reino sevillano de Ibn Abbad, de donde había pasado al servicio del rey de Castilla y León y afincado en la corte. Se llamaba este arabizante personaje Sesnando o Sisenando -nombre de timbre godo-, Don Fernando premió su adhesión con un condado que comprendía las tierras recién ganadas por él.

Se encerraba este nuevo gobierno en un área que tenía por confín oriental de Norte a Sur la línea Lamego, Viseo y Cea, prolongada en dirección sudeste por la vertiente septentrional de la Sierra de la Estrella; por el Sur acababa en el Mondego y a Occidente era barrera el mar.

Se dibujan a la sazón dos distritos condales: el de Coimbra, que se extendía del Duero al Mondego, bien delimitado por ambos ríos, y el de Porto o Portucale, entre el Duero y el Miño, abarcando quizás el alto Miño y la provincia de Tras-os-Montes en parte. Todos estos territorios, conocidos en los siglos XI y XII por Portucule y Terra portucalensis, habían figurado hasta entonces, por lo que sabemos, como porción meridional de Galicia.
Ahora, en los días de Fernando el Grande, comienzan a existir como nueva provincia, si bien hay ocasiones en que vuelven a aparecer unidos y los límites no son siempre los mismos.R.B.: Herculano, libro I, pp. 189-190.

Vimos que en la división del reino hecha por Fernando I entre sus hijos correspondió Galicia, esto es, todo el Noroeste de España hasta el Mondego, al menor, García, que estableció su corte en Ribadavia, se cree que en el convento de Santo Domingo.

Galicia, núcleo del gran reino suevo después de disuelta la España romana, asignada como reino en 909 por Alfonso III el Magno a su hijo Ordoño, no llegaría, nunca a fraguar como estado monárquico. Hemos tenido ocasión de advertir que desde los orígenes de la monarquía asturiana esa región estuvo entregada a una nobleza levantisca e intrigante, muy poderosa, enemiga natural de un estado ordenado.

Sin duda fue el desusado poder de los magnates civiles y eclesiásticos -inigualado en León y menos en Castilla- lo que hizo imposible que Galicia prosperase como reino. La monarquía gallega tuvo, pues, existencia nominal. Conveniente para sacar a los reyes de León y Castilla de apuro cuando habían de obsequiar a cada hijo con un Estado, nadie envidiaba, sin embargo, al favorecido. Y semejante reino le fue atribuido a García, de los tres hijos de Fernando el Grande, el peor dotado de talentos.

Nada tiene de extraño que García se perdiese en seguida en el laberinto de asechanzas que la política de los nobles deparaba allí al rey, ni que rebeliones y conflictos endémicos, llamados a ser sofocados y resueltos por un príncipe inexperto y desprovisto de sagacidad, se agravasen. (Por ejemplo, a principios del año 1071 el joven rey de Galicia arrostró una sublevación de los portucalenses dirigidos por el conde Nuño Menéndez. Fue un suceso desgraciado en extremo.)R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 456-458.

Los Borgoña y la Orden de Cluny

Por lo demás, circunscribámonos a recordar cómo Alfonso VI invadió la zona de influencia de Badajoz y Sevilla que don Fernando había señalado, con el reino gallego, a García; cómo los dos hermanos mayores, Sancho y Alfonso, decidieron despojar a García del reino; cómo Sancho, rey de Castilla, le encarceló en el castillo de Burgos y le permitió luego trasladarse, desterrado, a la corte del rey Motámid de Sevilla y cómo, finalmente, Alfonso VI, después de repuesto García en el trono de Galicia, le quitó el reino y le tuvo preso más de tres lustros en una fortaleza.

Conforme comprobaremos más adelante, Alfonso VI entró en posesión en 1093 de Santarem, Lisboa y Cintra. Dueños también los cristianos de Toledo y Talavera, la frontera estaba ahora en el Tajo, casi desde el nacimiento de este río hasta su desembocadura.

Los nuevos territorios de Occidente los confió Alfonso VI al gobierno de Suero Méndez, hermano de Gonzalo Méndez de Maia, célebre luego como guerrero. En el Norte de la Lusitania, el condado del distrito de Coimbra, que Fernando el Grande dio a Sisenando, había pasado a su muerte (fines de 1091) a Martín Muñoz, yerno del conde mozárabe, con cuya hija Elvira estaba casado.R.B.: Herculano, libro I, p. 191.

Poco después de anexar Santarem, Lisboa y Cintra a León, el emperador Alfonso introdujo lo que tiene la semblanza de un nuevo régimen en todos los territorios gallegos y portucalenses. Los convirtió en una gran provincia, que dio a su yerno Raimundo de Borgoña. Raimundo nombró conde o gobernador del distrito de Coimbra a su primo Enrique, también yerno de Alfonso VI, y Martín Muñoz recibió el gobierno del distrito de Arouca, en la región del Duero, en la orilla opuesta a Portucale.

Suero Méndez, que mandaba en Santarem, quedó a las órdenes de Enrique. Téngase presente que estas regiones, como el resto de León y Castilla, se regían, no por normas feudales, sino conforme con la tradición y la ley romanovisigóticas, según ya apuntamos. Los condes gallegos y portugueses gobernaban en nombre y por delegación de la corona, subordinados unas veces directamente al monarca de León o al de Galicia, otras a un conde superior, especie de virrey. Alfonso daría la cada día más vasta región occidental a su yerno Raimundo con el fin de dominarla más eficazmente.

Raimundo y Enrique de Borgoña, tan liberalmente favorecidos por Alfonso VI, no iban a conformarse, sin embargo, con el gobierno de una provincia, sino que aspirarían en seguida a reinar en España. La historia de esta ambición, piedra angular del separatismo portugués, está estrechamente relacionada con la influencia de la orden monástica de Cluny en la Península, a cuyos dictados se introducen cambios radicalísimos en la vida espiritual de nuestro país y acontecen hechos políticos del mayor alcance.

Desde la muerte de Alfonso el Casto (año 842), el aislamiento de la España cristiana respecto de Europa fue casi absoluto, hasta que en los días de Sancho el Mayor de Navarra (1028-1035) se avivaron las precarias relaciones con Francia y con la Santa Sede, al paso que la creciente afluencia de peregrinos extranjeros a Compostela daría lugar pronto entre otras novedades a la formación de verdaderos enclavamientos francos en la Rioja y en Castilla.

El poderoso rey navarro estableció íntimo contacto, sobre todo, con la orden de monjes benedictinos de Cluny, en la Borgoña, con cuyo abad, San Odilón, mantenía correspondencia. Don Sancho y su hijo Fernando I de Castilla introdujeron en este último reino una reforma monástica seguramente inspirada en la regla cluniacense.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, pp. 256, 257.
También en Aragón y Navarra pasaron varios monasterios a regirse por la disciplina francesa.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, parte I, cap. II, 6, p. 68.
Tanto Sancho el Mayor como sus hijos García de Navarra y Fernando de Castilla prodigaron las limosnas a la famosa abadía borgoñona; Fernando contrajo la obligación de pagar al abad un censo anual de mil meticales.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 26, p. 165.
Con todo, hasta el reinado de Alfonso VI no aparecen monjes y clérigos cluniacenses en España.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, pp. 258.

Es esa una época en que la Iglesia católica aspira a gobernar el mundo cristiano, metiendo en un puño a reyes y emperadores, y en cierto modo lo consigue. Se proclama desde la silla pontificia la supremacía política del poder espiritual sobre el temporal, del sacerdote sobre el monarca, pues ¿qué era un rey junto al sucesor de San Pedro?

Aquél recibió su investidura de los hombres, mientras que el Papa tenía su potestad mediatamente de Dios, razonaba la Curia y propagaban los monjes de Cluny. Para imponerse disponía el palacio de Letrán de armas terribles: la excomunión, el interdicto y aun la fuerza bruta, las armas. Pero nada espantaba tanto a los soberanos y súbditos como la excomunión y el interdicto.

La orden de Cluny, fundada en el año 909, era en las postrimerías del siglo XI y lo continuó siendo en la centuria subsiguiente el brazo derecho del Papado, lanza , escudo de la Santa Sede en la política universalista, centralizante y unificadora del orbe católico que ambas defendían con militante intransigencia. El monasterio borgoñés daba sus mejores hombres al solio pontificio, y estos papas procedentes de Cluny ponían toda su influencia al servicio de la ilustre abadía.

Estaban confundidos, porque eran los mismos, los intereses de ambas formidables instituciones, como iban unidos o trastocados a veces en la moral de aquella edad lo espiritual y lo temporal, la religión y la política, el poder divino y el poder humano, la ambición ultraterrena de los magnates civiles o militares y el ansia de dominar en este mundo de los santos.

En el último tercio del siglo XI inician Cluny y el Papado la batalla por España, la ofensiva para la conquista espiritual y política de una de las naciones en que más débilmente se hacía sentir el poder del Pontífice. Les parecía España nación disidente y hasta herética, por usar un rito muy distinto del romano y por llamarse el obispo de Compostela, no sin razón canónica, obispo de la Sede Apostólica.

La liturgia española, autónoma y nacional, legado de la Iglesia visigótica o toledana, se componía de oraciones, himnos y misa propios. Muy enraizado en la tradición y respaldado por la autoridad de gran número de santos insignes, con San Isidoro a la cabeza, ese rito, llamado también mozárabe por haberse conservado en el seno de la España musulmana, no podía ser sustituido sin conflicto, y lo hubo.

Mas el tiempo estaba contra lo arcaico y tradicional, y lo progresivo era entonces preconizar y favorecer la europeización, abrir el país a las corrientes universalistas del exterior. Y la dinastía vasca que se había entronizado en León y Castilla, en Navarra y Aragón se inspiraba en un modelo renovador e internacionalista.

No tuvo que esforzarse mucho el papado para convencer a los reyes españoles de la necesidad de la reforma eclesiástica. En esto coincidían por completo los nietos de Sancho el Mayor, de un lado, y la abadía de Cluny y el palacio de Letrán, de otro.

Menester es ver en la orden borgoñona, al menos hasta cierto punto, chocante antecedente de la Compañía de Jesús, Anima a Cluny el doble designio de extender y reforzar el poder de la Santa Sede y de dar verdadera universalidad a la Iglesia, aspiraciones que son las mismas de la Compañía de Jesús, nacida como reacción contra la debilitación del Papado y contra la amenaza para la universalidad de la Iglesia representada por el nacionalismo protestante del Renacimiento.

También los cluniacenses vivieron en una época renacentista, y contra ella en cierto modo. Análoga política está en ambas instituciones, en la orden de Cluny y en la orden de San Ignacio, a cargo de hombres de particular personalidad, con frecuencia mundanos en extremo, con un pasado escandalizante de calaveras. El mundanismo de los primeros jesuitas, que tan útil les fue para valorar el poder y descubrir y bienquistarse sus fuentes cortesanas, era asimismo rasgo sobresaliente en los monjes de Cluny, los más ilustrados, al par que los más ortodoxos, de la época.

Y resulta curioso comprobar el desmesurado entusiasmo que Cluny despierta en la dinastía vascona reinante en España, la facilidad con que se someten estos reyes y las regiones vascas por excelencia a los mandatos de la orden, cual si fuese una orden propia como la que nacería, fundada por San Ignacio, vasco, cuatro siglos más tarde.

Desde Sancho el Mayor, esta familia vascona aparece identificada con los ideales de Cluny, que son los del Papado, y acabó dando tanta mano a los monjes borgoñeses en la vida espiritual y política de España, que puede decirse que les entregó, reinando Alfonso VI, el gobierno de la Península, con todas sus consecuencias, unas buenas, otras fatales, según hemos de ver.

La abrogación del rito español o toledano comenzó por Aragón, reino que Sancho Ramírez tenía medio enfeudado a la Santa Sede, a la que pagaba anualmente 500 escudos de oro. El cardenal Hugo Cándido legado del papa Alejandro II, se felicitaba el 22-III-1071 de haber conseguido que ese mismo día, segundo martes de Cuaresma, se rezaran toledanas las horas prima y tercia por última vez y empezara a la hora sexta el oficio romano en el monasterio de San Juan de La Peña.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 1, p. 157.

Mientras tanto, circulaba la leyenda, puesta en curso por la Santa Sede y por Cluny, de que España perteneció un tiempo al patrimonio de San Pedro (obsequio del emperador Constantino, y el palacio de Letrán se disponía a usar oficialmente este argumento para exigir la sumisión y el tributo a todos los reyes españoles.

Con el brioso estímulo que nacía del derecho de propiedad sobre España, recién descubierto, el Papa, impaciente por entrar en posesión de toda la Península, encargaba a un capitán famoso, Ebles de Roucy, que organizase una expedición contra el reino moro de Zaragoza. No vivió Alejandro tanto que le fuese dable ver a su ejército camino de España.

El 22-IV-1073 ocupaba el solio pontificio el ya célebre monje cluniacense Hildebrando con el nombre de Gregorio VII. Como colaborador de Alejandro II, Gregorio se había destacado por su extraordinario carácter y por la resolución con que trabajó por imponer la supremacía del Papado a todos los príncipes y en todos los reinos de Europa.

Continuó el nuevo pontífice los preparativos para la expedición de Ebles de Roucy a España, y en un llamamiento que hizo a todos los príncipes que desearan tomar parte en aquella cruzada les advirtió que España era de San Pedro, pretensión que el 28-VI-1077 repetía directamente a los reyes, condes y demás príncipes españoles.

La expedición de Ebles de Roucy quedó en nada. La guerra al rey moro de Zaragoza la siguió haciendo Sancho Ramírez sin ayuda extranjera. Por lo que puede sospecharse que no hubo sinceridad en el celo reconquistador de la Santa Sede, sino urgencia de proclamar con espectáculo sus supuestos derechos sobre España.

Al tiempo que se discutía ese asunto, Cluny y el Papa insistían en que se reemplazara la liturgia visigoda por la romana en el resto de la Península gobernado por los cristianos. Ambas pretensiones tropezaban con la resistencia en España. Por supuesto, nadie reconocía el derecho de propiedad sobre el país que se arrogaba la Santa sede; mientras que el cambio de los oficios divinos tenía enfrente al pueblo. Alfonso repudiaba las pretensiones del Papa sobre España, no contentándose desde ahora con ser llamado emperador, como su padre Fernando I, sino usando el título en sus diplomas.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte II, cap. VI, 1, p. 161.

Pero en orden a la sustitución del rito, el rey, como la principal nobleza, estaba de acuerdo con el palacio de Letrán y sus abogados cluniacenses. El dominio de Cluny sobre el ánimo de Alfonso VI era ya muy poderoso. No habían sido ajenos los cluniacenses a la elección de Inés de Aquitania, hija del duque Guillermo, para esposa de Alfonso, y la reina era en la corte una influencia más al servicio del Papa y de los monjes franceses.

Por lo demás, personalmente, el rey sintió siempre debilidad por Cluny. Le unía fuerte afecto al abad de entonces, San Hugo, a quien obsequiaba con importantes donaciones, sobre las dos mil monedas de oro que Alfonso pagaba como censo anual al dicho monasterio y que sus sucesores en León y Castilla siguieron pagando.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. I, p. 23.
Llamaba el rey a San Hugo, padre y a los monjes de Cluny mei fratres carissimi.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte II, cap. VI, 2, p. 166.

En 1073, Alfonso había prometido al Papa que aceptaría el rito romano, y el 19-III-1071, Gregorio VII le pedía que cumpliera su promesa. Detenían al monarca señales de resistencia popular, especialmente en Castilla, fenómeno de cierta significación, por ser Castilla un reino reformista y progresivo, el menos reacio a la introducción de novedades. Quizás aconsejaba su instinto político a los castellanos la intransigencia nacionalista y la oposición a la influencia de Cluny, tan perniciosa luego para la paz y la unidad de los españoles.

Con todo, por razones apuntadas, poco a poco se fué extendiendo por León y Castilla la liturgia universal.

El 7-VI-1078 fallecía la reina Inés. La viudez del rey duró año y medio. A fines de 1079 llegaba a España la princesa que iba a acompañar a Alfonso VI en el trono imperial de León y Castilla. Se llamaba Constanza, era nieta del rey de Francia Roberto II el Piadoso, hija menor de Roberto el Viejo, duque de Borgoña, viuda del conde de Châlons-sur-Saône, y procedía de la ciudad de Tournus, en la propia Borgoña, no lejos de Cluny. Había arreglado el nuevo matrimonio el abad de San Valerín, monasterio cluniacense de la comarca.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte II, cap. VI, 2, p. 167 y 169.

Con la reina Constanza arribaba a España -o vino inmediatamente después- otro monje cluniacense, Bernardo, natural de la Sauvetat, en Perigord, hombre de mundo, que antes de su monjía había llevado una inquieta juventud, primero dedicado a las letras y después a la caballería. Bernardo disfrutaría larga privanza con la reina. Muy pronto fue elegido abad del monasterio de Sahagún, principio de su portentosa carrera en España.

Con estas nuevas figuras se abrió paso a la postre, aunque no sin forcejeos e intrigas, el cambio de liturgia. En el Concilio de Burgos de abril y mayo de 1080 fue declarado oficial el rito romano y abolido el toledano. Presidió el legado del Papa, cardenal Ricardo, y asistieron a la ceremonia los obispos de los dominios de Alfonso VI en número de trece, el rey y la reina, el infante Ramiro de Navarra, las infantas Urraca y Elvira y la principal nobleza de Castilla y León.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte II, cap. VI, 2, p. 170 y 171.

De momento suspendamos la conclusión sobre la reforma eclesiástica y sus efectos en la cultura y la política nacionales, para decir lo inexcusable sobre el estado de la Reconquista en aquel instante y la empresa de mayor alcance que acometiera personalmente Alfonso VI: la conquista de Toledo. Para ello, como para la historia de este reinado en general, forzoso es acudir con reiteración a la obra de Menéndez Pidal.

Alfonso VI, reconquista de Toledo

Coronado rey de León y de Castilla en 1072, Alfonso VI acumuló en su cetro un poder como no lo había disfrutado ningún monarca español desde el fin de la monarquía goda. En parte, esa autoridad le venía de la descomposición política de la España musulmana. Bien pudo titularse el rey de León y de Castilla imperator totius Hispaniae cinco años después de ser coronado; supremacía reconocida por los demás reyes de la Península, cristianos y moros.

Se ha supuesto que Alfonso VI concibió la ilusión de recobrar Toledo durante su destierro en la corte de Mamún (enero-octubre de 1072). Era a la sazón este reino musulmán el mayor y el más ilustre entre los de taifas. Mamún lo había engrandecido con la anexión de Valencia en 1065 y la de Córdoba diez años después.

A la atracción que su vastedad tendría que ejercer en el ánimo de un príncipe codicioso como el cristiano desterrado se unía la de su ostensible riqueza. Es, por tanto, de creer que cuando Alfonso VI se despidió de Mamún en el otoño de 1072 para ir a ocupar el trono de León y el de Castilla, vacantes por la muerte de su hermano Sancho en el sitio de Zamora, lo hizo con la resolución de volver pronto, la vez próxima como conquistador.

Mamún murió emponzoñado en Córdoba el 28-VI-1075, y en cuanto se conoció en Toledo el grave suceso proclamaron los cortesanos sucesor a su nieto, el heredero más próximo desde que, meses antes, falleció el hijo de Mamún, Ismael. El nuevo sultán tomó el nombre de Al Qádir.

Al Qádir era el carácter menos llamado a gobernar un reino de taifas que, huérfano de la gran personalidad que lo tuvo sujeto, tendía a caer despedazado por las ambiciones partidistas. Pronto desgarraron a Toledo sangrientas convulsiones, efecto de la división de la capital en dos poderosas banderías.

Al mismo tiempo comenzaba la desmembración: Valencia se sublevaba y su gobernador, Ben Abdelaziz, se declaraba independiente. Alfonso VI, a poco, atacaba las fronteras del reino de Al Qádir por la parte de Castilla; Mutamid, el rey moro de Sevilla, recuperaba Córdoba de los toledanos; Moctádir Ben Hud, el rey musulmán de Zaragoza, invadía los estados de Al Qádir por el Norte y tomaba Santaver y Molina, y Sancho Ramírez de Aragón ponía cerco a Cuenca. (Sólo una fuerte suma desembolsada por Al Qádir salvó a esta plaza.)

Azotados sus dominios por los cuatro puntos cardinales, Al Qádir comprendió que no podía reinar sin una poderosa ayuda y buscó la del enemigo más temible, la del rey de León y Castilla. Aconsejaba la sumisión a Alfonso VI uno de los partidos que traían desquiciada a Toledo, y del lado de ese partido estaba Al Qádir. Pretendían ambos que Alfonso protegiera a la capital contra las agresiones de sus adversarios exteriores y que metiera en cintura al otro partido, al nacionalista o intransigente, hostil al sultán.

Así empezó Alfonso, en 1079, la guerra por la reconquista de Toledo. Falso aliado de Al Qádir, se apoderó poco a poco de Madrid y Talavera, de Uceda, Hita y Guadalajara, fortificó a Escalona y se atrincheró en otros puntos sumamente valiosos para la empresa que perseguía. No descuidaba el monarca leonés los otros reinos de taifas, pues aspiraba a someter a toda la España musulmana. De consiguiente, simultaneó las agresiones contra la tierra de Toledo con la guerra al rey moro de Badajoz, Omar Mutawakkil, a quien tomaba en septiembre del año susodicho la importante plaza de Coria.

Esta pérdida llenó de consternación a Mutawakkil y le movió a escribir a Yusuf, emperador almorávide de la Mauritania, apremiándole que si no venía auxilio de allá, los días del Islam español estaban contados.

Al Qádir, amagado en Toledo por las conjuraciones del partido patriótico, volvió a recabar la intervención de Alfonso, pero el codicioso monarca le exigió por adelantado una suma inmensa, que el príncipe toledano trató en vano de sacar a los suyos.

La idea de destronar a Al Qádir y sustituirlo por el rey moro de Badajoz —finalidad de la conspiración en marcha— ganó ya resueltamente a los magnates del partido intransigente, y cada vez más acosado, Al Qádir aprovechó una noche cerrada para abandonar furtivamente la capital, cargando con varios tesoros. Halló refugio en un castillo de su reino. Descubierta su fuga en Toledo, los nacionalistas remataron su plan de dar el trono a Mutawakkil, y en efecto, el moro de Badajoz se instalaba en la antigua corte de los godos en junio de 1080.

De la fortaleza en que halló asilo y protección, Al Qádir pasó a Cuenca y desde allí dirigió una carta a Alfonso VI pidiéndole auxilio. El emperador español prometió combatir a Toledo hasta expulsar a Mutawakkil, pero con la condición de que, conquistada la ciudad, sería ya de los cristianos.

Por vía de compensación daría a Al Qádir el reino de Valencia, que se hallaba en rebeldía, tan pronto como pudiera dominarlo. Otras salvedades de Alfonso fueron: que Al Qádir sufragaría los gastos de la campaña y le entregaría en custodia los castillos de Zorita y de Canturia, en los extremos occidental y oriental del reino toledano. A todo dijo Al Qádir que sí; Alfonso VI tomó posesión de los castillos y comenzó el asedio de la capital, arrasando las comarcas circundantes.

Mutawakkil permaneció en Toledo —entre fiestas orgías sardanapalescas— hasta que sintió temblar la tierra a sus pies. Entonces huyó a Badajoz (abril de 1081). Toledo, de nuevo sin rey, vio recrudecerse en sus calles la anarquía, en parte fomentada por las privaciones del sitio. En mayo se presentó Alfonso acompañado de Al Qádir ante las murallas, y las puertas se le abrieron. Las abrieron los partidarios de someterse a la tutela de Alfonso VI a trueque de una tranquilidad egoísta.

Ya en Toledo, el emperador leonés puso alto precio a su amparo. Al Qádir tendría que entregarle al instante copiosas riquezas y el castillo de Canales. Con nada parecía conformarse Alfonso. Al fin salió de la capital con abundante tesoro. Pertrechó el nuevo castillo, que en combinación con los demás lugares, fortalezas, atalayas y barbacanas que ya poseía en aquel reino, dejaba a Toledo sin defensas avanzadas.

En esto, se sublevaban contra Al Qádir dentro de la capital los nacionalistas, con el consiguiente alboroto. No pocos toledanos emigraban al reino de Zaragoza en pos de seguridad o por odio a Al Qádir. Estos expatriados incitaron a Moctádir a invadir el reino de Toledo por el Norte; en tanto que Mutamid de Sevilla lo atacaba por el Mediodía.

El partido mudéjar o tributario, que buscaba la protección de Alfonso, le mandó secretamente recado en que se mostraba dispuesto a entregarle la capital, pero insinuaba que no sería político este acto antes de convencer a los intransigentes de que era inútil toda resistencia. Interesaba, pues, al monarca leonés que apretase el cerco. Al Qádir confirmaba a Alfonso en carta que cambiaría Toledo por Valencia.

Continuó el emperador con nuevas tropas y nuevo brío el asedio de Toledo. Periódicamente, por otros cuatro años, talaba los campos, incendiaba las mieses y dejaba yermas las tierras. Pero no circunscribía Alfonso la ofensiva al reino toledano. En 1032 devastó los dominios de Mutamid de Sevilla, y ese mismo año, en diciembre, trató de apoderarse del castillo de Rueda, en el reino de Zaragoza, pero salió rebotado y con pérdidas.

En Toledo causaba estragos el hambre y cuantos podían huir lo hacían.

En el otoño de 1084 Alfonso se deslizó en Toledo de noche con un pequeño contingente de guerreros se instaló en las puertas de la capital, al otro lado del Tajo, en la Huerta del Rey, que tanto había frecuentado durante su destierro. A pesar de lo dificultoso del abastecimiento, allí pasó el rey con su gente el invierno.

Mientras los toledanos tuvieron esperanza de recibir auxilio de los reyes de taifas se mantuvieron firmes. Mas cuando se vio que nadie socorrería ya a la ciudad sitiada, cundió el desaliento entre los habitantes.

Toledo capituló el 6-V-1085. Las condiciones de la rendición declaraban que se respetaría la hacienda y la persona de los moros y sus familias; que a nadie se impediría abandonar la ciudad, ni volver, si hubieran salido y lo desearan, ni ocupar sus propiedades; que los moros que se quedasen pagarían los mismos tributos que pagaban de antiguo a sus reyes; que podrían seguir usando la mezquita mayor, pero el rey cristiano entraría en posesión de las fortalezas, del alcázar y de la Huerta del Rey, donde estaba.

Alfonso VI hizo su entrada solemne y triunfal en Toledo dos semanas después: el 25 de mayo. Al Qádir dejó el palacio y se acogió al campamento del conquistador. De allí se fue pronto a Valencia, que gobernó siete años, apoyado por Alvar Háñez y el Cid Campeador, como tributario del rey de León.

La rendición de Toledo produjo inusitado revuelo en toda la Cristiandad. En fin de cuentas, esta plaza era la antigua capital del reino godo, el ombligo religioso y político de la Península, archivo de grandes tradiciones. Llegada en ese momento, la reconquista de Toledo acarreaba tremendas reacciones y consecuencias. Y precisa ver este hecho en conjunción con la profunda reforma que sufría entonces la vida española.

Cinco años antes se había introducido el rito romano universal. Pudo ahora restablecerse la antigua provincia eclesiástica toledana, al frente de la cual puso Alfonso VI al abad de Sahagún, el cluniacense don Bernardo. España tuvo de nuevo un metropolitano que iba a ejercer el oficio de primado y legado apostólico en todos los Estados de Alfonso y aun en los de Aragón y Cataluña.

No tardó don Bernardo en entregar los obispados y demás empleos eclesiásticos de la provincia restaurada a clérigos franceses o borgoñones y durante casi medio siglo la Iglesia española iba a estar regida por los cluniacenses, que no solo trajeron hombres de Iglesia, sino también pobladores y caballeros seglares.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 323.

Toledo, con su arzobispo cluniacense irradió la enérgica autoridad necesaria para imponer los nuevos modos eclesiásticos. El cambio de rito repercutió hondamente en la cultura nacional. España hubo de abandonar en seguida la antigua escritura, basada en una letra también llamada toledana y visigótica, que había derivado de la cursiva romana, y adoptar el tipo francés, introducido, como todo lo demás, por los cluniacenses. Sólo así le era dable al clero nacional leer los libros romanos importados de Francia.

Confirmó la nueva práctica, poniendo fin a una situación poco clara, el concilio de León en 1090. con la orden de que se desechara la letra toledana y se usase la francesa en todos los textos eclesiásticos. Desde entonces, muchos notarios empezaron asimismo a escribir en los caracteres franceses, y ello se tradujo en la rápida disminución de la escritura visigótica, ya desaparecida del todo a mediados del siglo XII.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, parte II, cap. VI, 26, p. 173, 174.
Otros efectos siguieron a la reforma ritual. Se introdujo el derecho eclesiástico de Roma y gradualmente también el derecho civil de las Pandectas y obras análogas, a expensas del viejo Fuero Juzgo. En las cartas pueblas aparecen en lo sucesivo también rasgos extraños al derecho consuetudinario español, influencia de la corte borgoñona. En lo futuro fue efectiva y continua, contra lo que había venido sucediendo, la intervención del Papa en los destinos eclesiásticos de Castilla.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VIII, p. 287 y 288.
Menéndez Pelayo califica la mudanza de liturgia de hecho triste en sí para toda alma española, pero beneficioso, en último resultado, por cuanto estrechó nuestros vínculos con los demás pueblos cristianos, sacrificando una tradición gloriosa en aras de la unidad.R.B.: Heterodoxos, Discurso preliminar, t. I, p. 101.

Dijimos que Alfonso VI había entregado el gobierno de Galicia y su prolongación meridional al conde Raimundo de Borgoña, su yerno. Raimundo estaba casado ya en 1087 con Urraca, hija de Alfonso y Constanza. La infanta era entonces una niña, y aunque se celebraron los esponsales y fue entregada a Raimundo, parece quedó bajo la tutela o vigilancia del presbítero Pedro, su ayo o maestro.

Raimundo, conde de Amous, en la Borgoña, era deudo de la reina Constanza, hijo del conde de Borgoña Guillermo I; había llegado a España formando parte de la expedición de nobles franceses (entre los cuales se contaba el duque de Borgoña Eudes I, que entró en la Península en la primavera de 1087 para combatir el reino moro de Zaragoza.

Anotamos asimismo que Raimundo había confiado el gobierno del territorio portugalense propiamente dicho a su primo Enrique, yerno también de Alfonso VI. Enrique había contraído matrimonio con Teresa, hija bastarda de Alfonso, fruto de los amores del rey con Jimena Núñez, dama noble, con la que tuvo también otra hija, Elvira.

Herculano establece la siguiente genealogía

    1. Roberto el Viejo, duque de Borgoña, hijo de Roberto II y hermano de Enrique I, rey de Francia, se unió en matrimonio con Alicia, hija del señor de Semur, y tuvo cuatro hijos: Hugo, Enrique, Roberto y Simón.
    2. Hugo, el primogénito, pereció en una batalla sin dejar descendencia.
    3. El segundo, Enrique, se casó con Sibylla, hija de Reinaldo, señor del condado de Borgoña y hermano del conde Guillermo I, padre del Raimundo casado ahora con Urraca. Enrique y Sibylla tuvieron también cuatro hijos: Hugo, Eudes, Roberto y Enrique.

Este Enrique, que llegaría a España con su hermano el duque Eudes y con su primo Raimundo, estaba ya en 1095 casado con Teresa. Raimundo y Enrique de Borgoña no solo se hallaban emparentados con la reina Constanza —segunda esposa de Alfonso VI—; también lo estaban con el abad de Cluny, el omnipotente San Hugo, a cuyo cenobio aparecen asociados, habiendo vivido, acaso, entre sus muros antes de trasladarse a España. Todo ello explica la excepcional acogida y los extraordinarios honores que les dispensó Alfonso VI.

Sin duda trajo a los jóvenes borgoñeses a España un propósito distinto del que movía a los demás expedicionarios de 1087. Debían de llegar con la idea de casarse con las hijas del rey de León, si no existía ya un plan preciso, como en otros casos, trazado por los cluniacenses. De Raimundo menester es admitirlo, pues le vemos cónyuge de Urraca el mismo año de su arribo a la Península.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 465-472.

Almorávides, Enrique, conde de Portugal

La conquista de Toledo en 1085 había hecho a Alfonso VI dueño de muchas ciudades -Talavera, Guadalajara entre ellas- pueblos, aldeas y fortalezas en lo que fue reino de Mamún. Otras ofensivas emprendieron entonces los cristianos. Alfonso marchó sobre Zaragoza y la sitió, mientras que en el Sur se apoderaban sus capitanes del castillo de Aledo, amenazando a Almería, y otro cuerpo de ejército aparecía en Nívar, unos kilómetros al oeste de Granada.

Enrique de Borgoña, conde de Portugal
Enrique de Borgoña, conde de Portugal

Alvar Háñez se había apoderado de Valencia. La conquista de Córdoba estaba en el plan expansionista del rey. Todos los reyes musulmanes de España acabaron rindiéndole homenaje y pagándole tributo. Pero esta situación militar v política de vasallaje, que Alfonso recordaba a sus víctimas a cada paso con su avaricia y despotismo, llegó a ser insufrible para los príncipes moros.

Ya mucho antes de la pérdida de Toledo, Motámid de Sevilla se había dirigido varias veces (en 1075 y en 1082) a Yusuf, el emperador almorávide de África, para pedirle auxilio militar. Lo mismo había hecho Mutawakkil de Badajoz, según dijimos.

Impresionados por la caída de Toledo, ambos tornaron a escribir al africano, y como ese suceso no solo despertó interés en la Cristiandad, sino también, aunque con opuesto sentimiento, en el Islam, los embajadores que al fin enviaron a Marruecos Motamid de Sevilla, Mutawakkil de Badajoz y Abdallah de Granada para solicitar formalmente la intervención almorávide hallaron a Yusuf dispuesto a complacerles.

Eran los almorávidesalmorabetin, los que hacían la guerra en la rábita o castillo fronterizo) tribus del Sahara atraídas al Islamismo en 1042. Entre 1055 y 1061 dominaron el Mogreb, que quedó bajo el imperio de Yusuf ben Texufin, primo del primer emir almorávide y fundador de la ciudad de Marruecos. Yusuf tomó a Tánger en 1077, conquistó el Rif hasta Melilla y entró en Orán en 1081. En agosto de 1084 se adueñó de Ceuta, de cara a la costa española.

El siguiente movimiento de Yusuf fue el desembarco en Algeciras dos años después. Las incontables fuerzas almorávides marcharon al reino de Mutawakkil. Alfonso VI tuvo que abandonar el cerco de Zaragoza y retirarse a Toledo a hacer los preparativos del caso para arrostrar al invasor.

Juntó tropas, recibió refuerzos de Sancho Ramírez de Aragón, Berenguer II de Barcelona y de allende los Pirineos. El ejército cristiano, luego que estuvo en orden, buscó al enemigo y lo encontró cerca de Sagrajas, en la región de Badajoz. El 23-X-1086 se dio la batalla, llamada también de Zalaca y de Salatrices, en que fue aniquilado el ejército cristiano y el propio Alfonso VI, herido.

Los almorávides no extrajeron de esta victoria decisiva todo el partido posible, quizás por haber obligado a Yusuf a regresar a África la muerte de su hijo, ocurrida o Ceuta. Ello dio a Alfonso VI un gran respiro que le permitió rehacer sus fuerzas, a las que se agregaron, bien que con escasa eficacia, los extranjeros de la expedición de la primavera de 1087 en la que vinieron el duque y los condes borgoñones.

Los reyes musulmanes se arrepintieron pronto de haber llamado a los almorávides, cosa frecuente en estos casos. Entre ellos mismos las relaciones se habían vuelto tirantes. Alfonso se erigía de nuevo en protector suyo. Fue entonces cuando Mutawakkil de Badajoz se avino a entregarle las importantes plazas de Santarém, Lisboa y Cintra, lo que realizó sucesivamente el 30 de abril, el 6 y el 8 de mayo de 1093.

Ya adelantamos que Alfonso VI confió la defensa y gobierno de las ciudades así reconquistadas a su yerno Raimundo. Pero este triunfo fue efímero. Meses más tarde, los almorávides, al mando de Çir Ben Abú Beker, tomaban a Badajoz y despachaban a Mutawakkil. La próxima campaña de los sarracenos en estas regiones no se hizo esperar: Lisboa estuvo pronto amenazada.

El conde Raimundo bajó de Galicia con numerosa hueste y se preparó para la batalla por la línea del Tajo. En noviembre de 1094 chocaron de nuevo las armas cristianas con las de los africanos y sus aliados españoles, pero otra vez con resultado adverso para aquéllas. Raimundo de Borgoña conoció la amargura de una derrota tremenda. Lisboa se perdió por otro siglo y medio.

El desastre de 1094 debió de inducir a Alfonso VI a desmembrar en cierto modo de Galicia el territorio portugalense. Ese descalabro había puesto de relieve que Galicia quedaba ya muy lejos de la nueva frontera cristiano musulmana en este sector de la Península. La jurisdicción del conde Raimundo se ajustó en lo sucesivo por el sur al límite de la moderna Galicia y en cambio Enrique señoreó con más independencia el territorio entre el Miño y el Tajo.

En 1097, el condado de Portugal, regido por Enrique, se recortaba ya como uno verdadera nueva zona de gobierno, desde el Miño hasta Santarem.R.B.: Herculano, libro I, p. 191.

Bien podemos fechar su constitución en ese año. Las exigencias de la guerra habían dado origen, una vez más. a una situación que la propia guerra seguirá acentuando, con las consecuencias ya conocidas para la unidad peninsular.

Pronto dependió Enrique solamente del rey de León. Tenía el condado, no en feudo, sino como gobernante, conforme con la tradición romano visigótica. No disfrutaba, pues, derechos jurisdiccionales; pero Alfonso VI había dotado a su hija Teresa con propiedades del patrimonio de la corona o bienes realengos, que el matrimonio recibió en firme y con carácter hereditario.

Era Enrique hombre de grande ambición y hábil político, es decir, codiciaba un estado propio y poseía cualidades para fundarlo. Su mujer, Teresa, la hija de Jimena Núñez, tal vez no se creyera con menos derecho a reinar en alguna parte que su hermana Urraca, heredera del trono castellanoleonés. Desde un principio Enrique y su cónyuge acariciaron altas aspiraciones políticas.

La exaltación religiosa y aventurera que levantó la polvareda de las Cruzadas contagió también a España; pero por haber aquí una cruzada permanente, o al menos la necesidad de ella, y ser precisas todas las fuerzas para la empresa interior, pocos españoles marcharon al Próximo Oriente. Entre los prelados y caballeros que se cruzaron estaban el arzobispo don Bernardo y el conde Enrique de Portugal. El sintomático incidente que se produjo en Toledo al ausentarse el primado denota que los cluniacenses no triunfaban en España sin herir susceptibilidades, y vierte bastante luz sobre los sucesos del subsiguiente reinado.

Apenas dejar Toledo don Bernardo, se sublevó el clero local, lo depuso y eligió otro arzobispo. Volvió precipitadamente el enérgico prelado, persiguió a los perturbadores y dio los empleos a monjes de Sahagún de su confianza. De nuevo partió don Bernardo para Tierra Santa, pero ya en Roma, el papa Urbano le exoneró del compromiso y el prelado cluniacense regresó a España. En el viaje de vuelta reclutó a la mayoría de los clérigos franceses que iban a ocupar buena parte de las sedes españolas.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte VI, cap. XV, p. 404.

El conde Enrique de Portugal salió de España para Palestina a principios de 1103 y estuvo de retorno en Coimbra, donde tenía su corte, en 1105. Allí atendía a la administración de su territorio y reconstrucción de las ciudades y haciendas atacadas por los moros. Pero entre 1105 y 1109, año en que murió el rey, los condes de Portugal pasaron temporadas en la corte de Alfonso. Sin duda, la ambición de Enrique y Teresa les aconsejaba la presencia allí donde se decidían los destinos de la nación.

La avanzada edad del rey y su resentida salud daría ya actualidad al tema de la sucesión. Raimundo, el conde de Galicia, tampoco descuidaba sus intereses. Era el conde más poderoso de León y Castilla, casi un rey en Galicia, y estaba casado con la hija legítima y primogénita del emperador leonés.
La noción de que el marido de Urraca, quienquiera que fuese, heredaría el reino tenía a todo el mundo por adepto, y todo el mundo no solo incluía a la nobleza española, y aun al propio Alfonso VI, sino también, y en primer término, a los condes borgoñones, a Cluny y al Papado. Hasta parece que le fue prometida a Raimundo la corona.R.B.: Crónica Compostelana, España sagrada, t. 20, p. 611.

Es evidente que existía expectación y revuelo en la corte de Alfonso a cuenta de la venidera sucesión, en particular desde que nació el infante don Sancho. Alfonso VI había conseguido al fin un varón, pero este hijo se lo debía a una mora. En busca de un heredero varón, Alfonso había contraído matrimonio varias veces. Conocemos su casamiento con.

    1. Inés de Aquitania, desaparecida en el esplendor de los veinte años de edad
    2. La unión con Constanza, que tuvo a Urraca y pasó de este mundo en 1093.
    3. A continuación se casó el rey con Berta, también extranjera, sin lograr descendencia.
    4. Se menciona un cuarto connubio de Alfonso con Isabel, que se desposó con Roger de Sicilia, pero no existe verdadera seguridad al respecto, dado que también se cree que esta Isabel era la propia mora Zaida, bautizada.
    5. Nuevas nupcias contrajo Alfonso VI con Beatriz, que le sobrevivió, asimismo sin sucesión.

A las mujeres legítimas se agregan dos concubinas o queridas:

    1. Jimena Núñez, y aludida, con quien tuvo Alfonso a Teresa, cónyuge del conde Enrique de Portugal, y a Elvira, que se casó con Raimundo de Tolosa de Francia.
    2. La otra mujer amante o amada de Alfonso VI era, como avanzamos, una musulmana, Zaida, viuda de Fat-al-Mamun, hijo del rey de Sevilla Motamid.

Cuando los almorávides tomaron a Córdoba (26-III-1091) mataron a Fat-al-Mamun. Aconsejada por Motámid, su suegro, Zaida se refugió en Toledo con una guardia de siete mil caballeros andaluces. Alfonso se enamoró de ella y la hizo en seguida su barragana, con harto sentimiento, claro es, de la reina Constanza, que ya había tenido otras rivales en el afecto del rey.

La mora se convirtió al Cristianismo y fue bautizada Isabel. Con ella cambió de religión su numerosa escolta. En 1097 alumbró Zaida un niño, el único hijo varón conocido que tuviera Alfonso VI. Alfonso no vería ya más que por los ojos de este hijo, que, sobre ser solo, procedía de su pasión amorosa. Desde un principio vio el rey en el niño Sancho el heredero de la monarquía; a despecho de su corta edad, aparece el infante confirmando los diplomas reales junto a Urraca e investido con la dignidad de príncipe de Toledo.R.B.: Menéndez Pidal, Ibídem, parte VI, cap. XV, pp. 284, 285.

La predilección política de Alfonso por el infante disgustaba a los magnates eclesiásticos cluniacenses, primero, quizás, por desear la entronización de la dinastía borgoñona en la persona de Raimundo o de Enrique, luego por ser el infante hijo de una concubina, musulmana para mayor escándalo, siquiera se haya visto que no eran raros estos casos en las cortes de España. Manifiesto el designio del monarca de dejar la corona a Sanchito, San Hugo, el abad de Cluny, hubo de tratar de quitárselo de la cabeza, bien que en vano. La firmeza de Alfonso en este punto acibaró sus relaciones con el conde Raimundo de Galicia, que en lo sucesivo fueron tirantes.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 472-477.

Uclés

No se resignaban los condes y prelados borgoñones a que las cosas siguieran rumbo opuesto a sus planes e intereses. Tomaron, por tanto, sus medidas. El abad de Cluny comenzó a tender los hilos de una trama dirigida a frustrar, muerto Alfonso VI, la sucesión del infante don Sancho. En las postrimerías del año 1106 o principios del siguiente llegó a España un emisario de San Hugo, Dalmacio Gevet, con la embajada de entrevistarse con Raimundo y con Enrique y de sugerirles un acuerdo, de la minerva del abad, para arrostrar la coyuntura que iba a presentarse.

Se comprometieron ambos primos mediante juramento “en las manos de Gevet” a respetarse y defenderse mutuamente en toda circunstancia: Enrique apoyaría con la debida lealtad, desaparecido el rey, el derecho de Raimundo a regir como señor único los estados de Alfonso VI contra cualesquiera adversarios, comenzando por ayudarle a entrar en posesión de esos derechos.

Si los tesoros de Toledo cayeran en poder del conde de Portugal antes de que Raimundo tuviese tiempo y ocasión de recogerlos, Enrique daría al conde de Galicia dos terceras partes y retendría para sí el resto; si fuera Raimundo el favorecido por la fortuna, cedería un tercio a Enrique.

Muerto Alfonso VI, Raimundo daría Toledo y sus tierras a su primo, pero por virtud de esa tenencia Enrique le quedaría subordinado. Una vez en posesión de Toledo, Enrique cedería los territorios que en ese momento tuviese en León y Castilla. Si ambos condes hallasen resistencia u hostilidad declarada harían guerra a sus debeladores, iniciándola sin demora cualquiera de los dos, hasta que los estados de la monarquía pasaran a mano del uno o del otro y Enrique tomase posesión del distrito que se le prometía.

Añadieron al convenio un capítulo adicional que acaso delata el recelo que tenía Enrique de hallar dificultosa en demasía la empresa de ganar Toledo, sentimiento, si existió, alentado en parte por la amenaza almorávide. Raimundo juró ante el enviado de San Hugo que, cumplida por Enrique la condición de ayudarle a ganar León y Castilla, si no pudiera premiarle con Toledo, le daría Galicia. El conde de Portugal se desprendería en todo caso de los territorios que dominara en Castilla y en León.

Alfonso VI debió de tener barruntos de los conciliábulos de sus yernos. Mas el fallecimiento de Raimundo en el otoño de 1107 anuló con fuerza mayor el acuerdo suscrito a presencia de Dalmacio Gevet. Y no era este el único designio ni la única esperanza que iba a truncar el destino. El 30 de mayo de 1108 caía mortalmente herido en Uclés el infante don Sancho.

Yusuf había muerto en 1106 y le había sucedido en España su hijo Temin, gobernador de Valencia, nominalmente a las órdenes de su hermano Alí, heredero del imperio almorávide. Temin puso sitio a Uclés y la guarnición se recogió en el castillo. Alfonso decidió acudir en auxilio de los asediados, pero estaba ya viejo y en ese instante no se sentía bien. Prefirió enviar un ejército, con su hijo, ya mozo, cuya persona confió a la vigilancia del conde de Cabra. Se dio la batalla por el castillo, los nobles cristianos pelearon con extraordinario arrojo, y cayó en la refriega la mayoría. En ellos estaba, sin salvación posible, el infante.

Puede decirse que el rey no vivió ya. La catástrofe de Uclés, la pérdida de aquel hijo único, precipitó el fin de su larga existencia.

Alfonso VI finó el 10-VII-1109, ya septuagenario, y tras él vino un diluvio político. Urraca y Raimundo de Borgoña habían tenido descendencia: el niño Alfonso Raimúndez, de edad de poco más de tres años cuando expiró su abuelo. El rey viejo dejó indicado que si Urraca se casase en segundas nupcias se reservara el reino de Galicia a Alfonso Raimúndez. Doña Urraca, la primera mujer que se ceñiría la corona en España, heredaba la monarquía castellanoleonesa.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 477-479.

Boda de Urraca y Alfonso

En el interregno que medió entre la muerte de su primo Raimundo y la de Alfonso VI, el conde Enrique de Portugal, acaso con la ambición acrecida, residió en Coimbra, a las órdenes del rey, como era de rigor; mas sin perder de vista la corte ni dejar de importunar al monarca anciano y enfermo con la pretensión de que le tuviera en cuenta en su testamento político.

Se desconocen el carácter concreto y el alcance de las aspiraciones de Enrique; ahora, están registrados su presencia en Toledo poco antes de morir Alfonso y su regreso a Portugal defraudado y furioso contra el suegro. La contrariedad de Enrique pudo tener relación con el nombramiento de heredera única a favor de doña Urraca que hizo el rey por aquellos días.

Si bien ya no existía el infante don Sancho, poco habían variado las cosas desde el punto de vista del interés borgoñón y cluniacense, tal como Enrique de Portugal y sus deudos lo entendían. Con doña Urraca continuaría la dinastía vascocastellana. Entonces concibió Enrique el ambicioso propósito de apoderarse, no de una fracción, sino de toda la monarquía de León y Castilla.

Los elementos y personajes del drama que pronto va a comenzar se van dando ya cita en la escena.

En este instante entra el más considerable, la figura meteórica, a veces bárbara, no desprovista en ocasiones de grandeza, de Alfonso el Batallador, hijo del gran Sancho Ramírez de Aragón, nieto de Ramiro I, el primer rey de Aragón, bisnieto de Sancho el Mayor de Navarra y él mismo rey de Aragón y Navarra, como sabemos, desde 1104. De su vida y hazañas dimos cierta referencia en páginas anteriores.

Alfonso VI legaba el reino a una mujer, y aunque doña Urraca hubiese atesorado las cualidades de bíblica fortaleza y talento que en siglos posteriores harían célebres a otras reinas españolas, en aquellas condiciones no hubiera podido con la carga. Castilla, quebrantada por los desastres últimamente padecidos, necesitaba una mano de hierro, un hombre, un rey, y nadie mejor y con más derecho, podía acompañar en el trono a doña Urraca que Alfonso I de Aragón.
Fundidas las coronas de León y Castilla en la de la hija de Alfonso VI, unidos los cetros de Navarra y Aragón en la mano del hijo de Sancho Ramírez, el casamiento de ambos príncipes consumaba, además, la unión deseable de todos los reinos cristianos de la Península, excepto, por el momento, Cataluña.
Por último, el joven monarca aragonés era el varón más próximo en consanguinidad a Alfonso VI dentro de la dinastía reinante. Todo eso lo vieron la nobleza, el clero y el pueblo de Castilla; por los primeros habló el conde Pedro Ansúrez cuando recomendó al aragonés para marido de Urraca. Lo vio también, al parecer, Alfonso VI, a quien se acredita con haber sugerido la boda de Urraca y el Batallador.
Unos autores opinan que el enlace se efectuó en vida de Alfonso VI, (Sandoval, Historia de los Reyes de Castilla, Doña Urraca, p. 68.), conforme con la Primera Crónica General. Otros, que después de la muerte de este rey, (Historia Compostelana, 98)
Decidimos atenernos a la opinión del Abad de Silos, para quien Alfonso de Aragón y Urraca de Castilla y León se casaron en septiembre de 1109, tres meses después del fallecimiento de Alfonso VI. La ceremonia se celebró en Burgos, "en el castillo de Muñó, y en ella se cree que ofició el obispo de Burgos, don García, pues le correspondía como diocesano y además también miraba con buenos ojos este enlace.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. XI, p. 380.

Nada denuncia que los reyes se arrepintieran de su propia unión en los primeros meses de casados. El matrimonio, desde el punto de vista político, era un auténtico acierto; colmaba los ideales de los castellanos y la ambición de Alfonso de Aragón. En seguida se titularon Alfonso y Urraca reyes “de toda España” y de “toda Iberia”.

Mas no tardó en verse que las personas e instituciones internacionales, a cual más poderosa, que conspiraban contra la unión de Alfonso y Urraca y en favor de la dinastía borgoñona (apuntada ya en la persona del infante Alfonso Raimúndez habían resuelto torcer el curso de la Historia.

Esas personas e instituciones eran un formidable frente: la familia de Borgoña, la orden de Cluny, el Papado, el duque Guillermo de Aquitania, adversario de Alfonso de Aragón, cuyos estados deseaba poseer; los condes de Flandes; intereses todos estos ligados entre sí, por venir a ser los de una misma familia.

El arma que eligieron fue la usada con frecuencia en aquellas edades por la santa sede para dar los tronos a los príncipes de su gusto y desahuciar a los malquistos, por regla general representantes de un interés en conflicto con el de la familia que regía el palacio de Letrán.

Se descubría en tales casos en las uniones matrimoniales de los reyes un grado de parentesco condenado por los cánones, y la Iglesia exigía in continenti la separación de los cónyuges, so pena de las terribles censuras que el Pontífice podía decretar. Así aconteció en esta ocasión.

A los pocos meses de celebrado el casamiento entre Urraca y Alfonso llegó la denuncia del Papa, Urbano II, hechura de San Hugo. Las cosas fueron de prisa: a principios de 1110 promulgaban en Sahagún el arzobispo don Bernardo y el obispo de León la bula papal repudiatoria del enlace.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 381.

Contra quienes hicieron algo porque llegara a efectuarse el matrimonio de Alfonso y Urraca, tomó el arzobispo de Toledo draconianas medidas; así, vemos excomulgado y expulsado de la corte al obispo de Burgos, don García, por partidario de la boda.

Y, sin embargo, la proximidad consanguínea de la hija de Alfonso VI y el hijo de Sancho Ramírez (ambos bisnietos de Sancho el Mayor) era menos precisa y notoria que la que existió entre Urraca y su primer esposo, Raimundo de Borgoña, primo carnal de la madre de la princesa, la reina Constanza.R.B.: Balparda, t. II, Lib. III, cap. VII, p, 301).
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 479-482.

Teresa, condesa de Portugal

Teresa, condesa de Portugal
Imagen de Teresa del Tumbo de Touxos Outos

La oposición eclesiástica al matrimonio de Urraca y Alfonso acarreaba la guerra civil. Era un acontecimiento desconcertante, que sumía en el caos a León y Castilla. Nunca habían rayado más altos la autoridad y el poder de la Iglesia. Su dictamen podía disgustar, pero era una sentencia inapelable y era la ley.

La bula impresionó a doña Urraca, y ya no hubo armonía entre los cónyuges. El país se dividió, como el matrimonio. En general, la nobleza y el clero castellano, clases conservadoras, si al principio lamentaron la decisión del alto clero romano, tomaron pronto partido por la ley y por su reina. A ello contribuyó el carácter de Alfonso. Luego que vio a su mujer inclinada a obedecer a los prelados, la encerró en Castilla.

A continuación la emprendió contra sus enemigos. A fines de 1110 entraba el rey de Aragón por Castilla y León con fuerzas aragonesas, navarras, normandas y musulmanas. La primera lanza la rompió contra el alto clero. Fue sobre Toledo y la ocupó, entregada por Alvar Háñez. Allí se proclamó rey de la ciudad y de su tierra.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382.

Al arzobispo don Bernardo lo expulsó de la sede metropolitana, que no volvió a poseer en dos años.

De Sahagún echó violentamente al abad. Encerró en prisión a los obispos de Palencia, Orense y Osma y destituyó a los de Burgos y León. La suerte de Toledo corrieron las principales plazas castellanas. El Batallador las dio a sus propias guarniciones, con el consiguiente atropello de las propiedades y privilegios de la nobleza de Castilla.

El conde Enrique de Portugal se dispuso a sacar partido de la caótica situación que creaba el conflicto entre Alfonso y Urraca. Debió de pensar que con las fuerzas militares de su condado no podía realizar ninguna operación digna de sus aspiraciones políticas, porque resolvió reclutar tropas allende los Pirineos.

Dejó sus estados bajo el gobierno de doña Teresa, prácticamente a merced de los sarracenos, y pasó a Francia aquel designio.

Se dedicaba a alistar nobles y soldados cuando, sin que se sepa la razón concreta, fue preso.

Pero logró fugarse, y entró en España por Aragón. En el verano de 1111 selló con el rey Batallador una alianza contra doña Urraca. Conquistarían entre ambos León y Castilla y se repartirían estos territorios por igual. Después regresó el conde a Portugal. Los sucesos de Galicia, tierra tan próxima a los estados de Enrique, tenían al conde pendiente de ese convulso rincón, tanto más cuanto que allí se levantaba un poder con el que un príncipe ambicioso haría bien en contar.

Surgía en Galicia un tercero en discordia, un nuevo elemento de primer orden en el drama histórico que había comenzado a representarse. El arzobispo don Bernardo, el obispo de Compostela, Diego Gelmírez, y la nobleza gallega habían proclamado rey de la región al infante Alfonso Raimúndez, conforme parece que dejó dicho Alfonso VI. Si, por razones harto comprensibles, esta fue la voluntad del viejo monarca, era también la del partido borgoñón.

En aquel niño y no en doña Urraca, se cifraron las esperanzas de los altos intereses que propugnaban la instauración de la dinastía borgoñona en el trono de León y Castilla. Doña Urraca no merecía más crédito ni apoyo a los ojos de Cluny y el Papado que Alfonso el Batallador. Hubo en seguida empeño en privar a la reina de autoridad moral y política.

Hoy resulta ya evidente que doña Urraca no era el monstruo que pintan los autores de la Historia Compostelana y el Anónimo de Sahagún, obras escritas por encargo y bajo la orientación del partido enemigo.R.B.: Balparda, t. II, lib. III, p. 297).
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 482-484.

Campdespina

Factor melodramático de importancia, por contribuir a enredar la situación, era la falta de fijeza en las relaciones de Alfonso y Urraca. Ruptura forzada, nunca fue definitiva. Los esposos se reunían y se separaban con frecuencia.

Para Enrique de Portugal, la alianza con el rey navarroaragonés solo tenía sentido mientras el matrimonio estaba en guerra. Si se reconciliaban, el conde buscaba apoyo en los partidarios gallegos del infante, su sobrino. Aliado del aragonés, el conde Enrique entraba, sin embargo, en contacto con los nobles gallegos y prometía ayuda militar al conde Pedro Froilaz a condición de que continuase la lucha en favor de Alfonso Raimúndez.

León y Galicia caían fuera del alcance del Batallador, cuya dominación en los territorios de doña Urraca se reducía a Castilla. La reina, en ocasiones, trataba de congraciarse con el partido de su hijo en Galicia, y en tales casos, para el monarca aragonés era esencial tener de su parte al conde de Portugal. Y de nada esperaba más Enrique que del triunfo de Alfonso. Por eso pudieron entenderse ambos fácilmente contra doña Urraca.

Tales tumultos y discordias llevaban el agua al molino de los almorávides. A poco de morir Alfonso VI, en el verano de 1109, el emir de Marruecos, Ali, pasó el Estrecho y en el otoño inició una serie de ofensivas que duraron hasta principios de 1111. Los cristianos perdieron Talavera, Madrid, Guadalajara y veintisiete castillos. Toledo quedó medio sitiado. Y mientras el emir de Zaragoza marchaba contra el rey de Aragón, que tenía sitiada a Tudela, el gran capitán almorávide Çir Ibn Abú Becker se dirigía a Occidente.

En Lisboa y Cintra se habían sublevado los musulmanes, hastiados de la tiranía de los africanos y se habían declarado tributarios del conde Enrique. Pero en 1111 Çir tomó Santarem, sin que acudiera Enrique a disputarle esta plaza, a pesar de hallarse en Portugal

Aunque frecuentaba Coimbra, Enrique estableció su corte en Guimaraes. A sus órdenes estaban condes inferiores. Uno de ellos se llamaba Muñoz Barroso y era conde local o gobernador de Coimbra. Debía de oprimir al pueblo, pues por entonces se le sublevó y tuvo que acudir Enrique a pacificar los espíritus. El incidente es memorable por haber concluido con la concesión a Coimbra de la primera carta foral que el conde de Portugal diera a sus súbditos.

Contenido al fin el musulmán y devuelto el sosiego a Coimbra, Enrique y Alfonso de Aragón movían tropas contra doña Urraca. Corría el mes de noviembre de 1111. Mandaba las fuerzas de la reina el conde Gómez González de la Bureba y las Asturias, cabeza de la poderosa familia castellana de Lara.

Cerca de Sepúlveda, en un lugar denominado Campdespina, chocaron los ejércitos de don Enrique y don Alfonso con el de doña Urraca. La derrota de los castellanos fue rápida y absoluta. Allí murió el conde Gómez. Las tropas victoriosas se recogieron luego a Sepúlveda.

En esa ciudad, los hidalgos estaban por doña Urraca y afearon a Enrique que combatiera contra la nobleza de Castilla y León. La protesta de aquella gente, que además le prometió apoyo, y acaso influyó sobre doña Urraca para que ofreciese al conde de Portugal una parte de sus dominios si abandonaba a Alfonso de Aragón, ganó a Enrique para el partido de la reina.

Doña Urraca se encontraba entonces en Monzón, y allá marchó don Enrique. Unidas sus tropas con las de la reina comenzaron la guerra contra el aragonés. Portugueses y castellanos pusieron cerco al castillo de Peñafiel. Doña Teresa, la mujer de Enrique, que solía permanecer en Portugal en las ausencias de su marido, se presentó en el campamento.

La llegada de esta señora trajo la discordia a los reales. Entre la condesa y su hermana Urraca se desarrollaron escenas de subida violencia. Doña Teresa quería que dieran por adelantado a su esposo lo que le habían prometido a trueque de su deserción del Batallador, esto es, que se repartieran ya los territorios de la monarquía castellanoleonesa.

Doña Urraca, asaltada por la ambiciosa impaciencia de los condes portugueses, a merced de quienes estaba, se defendió como pudo. El conflicto trascendió a la tropa, y los ejércitos tomaron partido por sus príncipes respectivos. Los portugueses hirieron aún más en lo vivo a doña Urraca llamando reina a doña Teresa. Lo corrobora el Anónimo de Sahagún: La mujer del conde era llamada de los suyos reyna, lo cual oyendo la reyna mal le sabía.

En este instante era Enrique el conde más poderoso de doña Urraca, la cabeza principal del ejército, y él y su mujer la tenían humillada. En tales casos, la reina volvía los ojos al hombre fuerte de quien la había separado, en definitiva, una intriga política de alto vuelo.

Para precaverse contra la codicia de los condes de Portugal buscó, pues, doña Urraca confidencialmente la reconciliación con don Alfonso. Mandó que se dejara de combatir el castillo de Peñafiel y pidió a Enrique y a Teresa que la siguieran a Palencia, donde habría de hacerse, como querían, el reparto de la monarquía.

A presencia de árbitros -nobles y prelados- dividieron en Palencia el imperio de Alfonso VI. Enrique recibió el castillo de Cea, al borde del río del mismo nombre, y Zamora, que tenían los partidarios de Alfonso y que el conde portugués tendría que ganar con ayuda de las fuerzas de Urraca. Entre tanto las dos hermanas quedarían en León.

Mas doña Urraca previno a aquellos de sus capitanes que iban con Enrique a la conquista de Zamora que si tal cosa acontecía no entregaran la ciudad a los portugueses. Al propio tiempo ordenaba a la guarnición de Palencia que si aparecía por allí Alfonso de Aragón le abriese las puertas. En Sahagún, doña Urraca dijo lo mismo a los hidalgos y al clero de esta importante plaza, que, significativamente, respaldaba al aragonés.

Teresa, que llegó con su hermana, se quedó en el famoso monasterio mientras Urraca continuaba viaje a León. A poco corrieron nuevas de que don Alfonso se acercaba a Sahagún, y doña Teresa abandonó precipitadamente la ciudad; salió en pos de ella el rey, pero sin lograr darle alcance. La condesa se reuniría con su marido y por ella conocería Enrique la traición de doña Urraca.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 484-487.

El obispo Gelmírez

Nueva ruptura entre Alfonso y Urraca encendió otra vez la guerra en León y Castilla. La nobleza castellana, que cuando se reconciliaban los reyes acompañaba de muy buen grado al Batallador, cuando rompían, rodeaba a la reina. Doña Urraca intentaba ahora expulsar de Castilla a don Alfonso.

Burgos, Carrión y Castrojeriz cayeron en poder de los castellanos, pero la causa de la reina tropezaba aquí con gran resistencia, pues en estas ciudades los burgueses y los campesinos eran partidarios del monarca aragonés. Aquí, como en Palencia, Sahagún, León, Burgos y Nájera, el pueblo se había declarado incondicional partidario de Alfonso de Aragón.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382.
El Batallador entró luego en Castilla con mucha fuerza, y en julio de 1112 tornó a adueñarse de Castrojeriz, Burgos y Carrión. Después de esto se avinieron una vez más Alfonso y Urraca y reanudaron la vida marital. Al cerrar el año 1112 llegó a España el abad de Chiusa, legado de Pascual II. Venía a sugestión de los obispos de Castilla. Según unos autores, el abad traía la misión de reconciliar a los reyes.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IX, p. 382.
Creen otros, con más verosimilitud, que vino a intimarles que no volvieran a unirse.R.B.: Balparda, t. II, cap. VI, p. 311.

Fruto de la gestión del legado fue la separación canónica y el acuerdo de que Alfonso y Urraca nombrasen delegados que habían de presentarse ante la Santa Sede el 15-VIII-1113 con poderes para resolver en la cuestión del matrimonio y problemas políticos que de ese asunto se derivaban.

El enviado de Pascual II dejó al matrimonio desunido y se reanudaron las hostilidades. A mediados de 1113 reconquistaba doña Urraca, con refuerzo de tropas gallegas mandadas por el terrible obispo Gelmírez, los castillos de Sahagún, Carrión y Burgos. Estas fuerzas tuvieron que salir luego para Berlanga, amenazada por los moros.

A últimos de septiembre o comienzos de octubre visitaron en Burgos a la reina embajadores del rey de Aragón en solicitud de que doña Urraca se aviniese a vivir con su señor y le tuviera por legítimo esposo. Lo sucedido a continuación alumbra la entraña del verdadero pleito.

Para oír los deseos y aspiraciones del rey de Aragón por labios de sus embajadores se congregaron la nobleza y el clero en solemne asamblea en los claustros de la catedral de Burgos. Hablaron estos emisarios con tan buenas razones, que el auditorio no pudo menos de comenzar a ceder.

Entonces intervino el obispo de Compostela, Gelmírez. Con frase vehemente se oponía a la reconciliación. Recordaba a todos que el Papa había excomulgado al matrimonio, así como las bulas en que se llamaba a los contendientes a la paz y se condenaba severamente a los perturbadores del sosiego público y violadores de los derechos de la Iglesia.

Pero era tan necesaria la concordia, que a despecho del discurso de Gelmírez, el partido castellano v doña Urraca aceptaron las sugestiones de los embajadores del rey de Navarra y Aragón. La reina vivió otra vez, bien que no por mucho tiempo, con su marido.

La reseñada intervención del turbulento obispo de Compostela en la asamblea estatal de Burgos es típica del proceder del clero en aquella crisis. La Iglesia había sido atropellada por el Batallador en la persona de sus magnates cluniacenses, y ese clero se pronunciaba más resueltamente que nunca a favor de la dinastía borgoñona.

Si Urraca y Alfonso tuvieran descendencia masculina Alfonso Raimúndez, el rey niño de Galicia, quedaría definitivamente eliminado del trono castellanoleonés, y cada día, a medida que crecía en años el infante, aparecía más dispuesto a impedirlo -y acreditaba mayor pujanza- el partido gallego-borgoñón-romano.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 487-489.

Teresa, sitiada en Coimbra

El conde Enrique de Portugal murió el 1 de mayo de 1114 entre los 50 y los 60 años de edad, en Astorga, donde acompañaba a don Alfonso y doña Urraca, que habían fijado allí su residencia por presión de los nobles.

Le llegaba al conde la última hora en momento en que parece tenía madurados planes de fundar un fuerte estado en el Occidente de la Península mediante la anexión al condado portugalense de las provincias llamadas entonces de Campos y las Extremaduras, o sea, los territorios modernos de Valladolid, Zamora, Toro y Salamanca.

Al tener noticia del fallecimiento de su marido, Teresa se fue a Astorga. En seguida, movida de ambición política, avivó la desavenencia entre el rey y la reina con una intriga de inmediato efecto. Persuadió a Alfonso de que su mujer trataba de administrarle veneno. Para desarmar a la nobleza, tan interesada en la reunión de los reyes, doña Teresa acusó a su hermana en plena corte.

Don Alfonso lo creyó todo, o por alguna razón le convino hacer como que lo creía, y otra vez rompieron los esposos. La reina salió expulsada de Astorga, en desgracia, con unos cuantos caballeros por escolta. En cambio, la condesa de Portugal continuó viviendo en Astorga, cerca del rey, con quien suscribió una alianza.

Doña Teresa había quedado viuda con tres hijos, uno solo varón, el infante Alfonso Enríquez, de dos o tres años de edad a la sazón. Durante catorce años iba a regir la astuta e inquieta condesa los estados que le legaba Enrique de Borgoña. Con los territorios heredaba la política del conde, la aspiración a la corona, tendencia naturalísima en medio de la discordia que consumía a Castilla.

El estado independiente que apuntaba con Enrique se irá perfilando, producto de los acontecimientos, en los años que le quedan de vida a su viuda. Doña Teresa, que se oyó llamar reina en vida de su marido, comienza ahora a usar este título en sus diplomas, junto al de infanta, o por separado; es de notar que pronto la lisonjeó el Papa con ese tratamiento.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib. I, cap. I, p. 241.

En octubre de 1114 falleció el obispo de Burgos, y la elección del nuevo prelado se acompañó de ruidosos incidentes. De acuerdo con el arzobispo de Toledo, don Bernardo, repuesto en la silla metropolitana, el cabildo catedral designó al arcediano don Pascual. Lo designó con sigilo, sin consultar ni a don Alfonso ni al pueblo.

El nombramiento fue mal recibido por el clero y el vecindario de Burgos. Don Alfonso escribió al Papa informándole de la protesta popular y calificando la elección de anticanónica, razón por la cual había renunciado don Pascual y había sido sustituido por el hermano del monarca, el infante don Ramiro, abad de Sahagún.

Don Pascual renunció, sí, pero amenazado de muerte por los burgaleses y por don Alfonso. El Papa encomendó entonces al arzobispo de Toledo que convocase un concilio para resolver sobre el asunto, y a mediados de 1115 el concilio de León dio por buena la elección de don Pascual, que fue consagrado.

Otra vez se amotinó el pueblo de Burgos contra el obispo y se negó a pasar tributos a la catedral. Para don Alfonso y los burgaleses el obispo legítimo era don Ramiro. Pero se impuso luego la autoridad del Papa. Ramiro y los demás acataron la decisión del Pontífice, favorable al impopular prelado.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 386, 387. 388.

El trato dado por don Alfonso a doña Urraca en Astorga y los incesantes excesos de sus guarniciones avivaron entre los magnates leoneses y castellanos la hostilidad contra el rey de Aragón. Y en una extraordinaria asamblea de la nobleza y el clero celebrada en Sahagún acordaron romper definitivamente con él y prohibirle la entrada en tierras leonesas.

Castellanos y leoneses reemprendieron ahora la guerra con nuevo brío. Otra vez se rindieron a las fuerzas de doña Urraca gran número de villas y fortalezas, entre ellas el castillo de Burgos. Otras quedaron sitiadas.

En situación tan desfavorable, e inclinado el Batallador a centrar sus esfuerzos en la guerra contra los moros de su reino, pidió paz. Doña Urraca se apresuró a coger el ramo de olivo. Comenzó entonces una larga tregua en aquella lucha absurda del matrimonio. La guerra civil y las intrigas políticas iban a desplazarse al Occidente, con auge en Galicia. También miraba a Galicia, donde tenía eficaces aliados, doña Teresa.

Mientras Alfonso I de Aragón tomaba a Tudela y ponía sitio por primera vez a Zaragoza (episodios narrados en el capítulo anterior), doña Urraca se dejaba coger en el laberinto político gallego. Parte del año 1115 lo pasó la reina allí, en pugna con el partido de su hijo.

Don Diego Gelmírez trataba de sublevar a la provincia contra doña Urraca, y la reina quiso prenderlo, pero la empresa presentaba muchos inconvenientes, dada la fuerza del obispo en su sede.

Debió de preferir doña Urraca no llevar las cosas al extremo y ganarle con su confianza, porque luego se reconciliaron ella y el indispensable eclesiástico. Sin embargo, Gelmírez siguió bajo mano en tratos con los partidarios de Alfonso Raimúndez.

Cuando los reyes hicieron las paces, doña Teresa, que temía la venganza de su hermana, se sometió públicamente a ella y llegó a dar la sensación de que ya no ambicionaba nada y se contentaba con lo que tenía.

Así ocurrió en las Cortes que se reunieron en Oviedo ese mismo año de 1115. Asistieron doña Teresa y su hermana doña Elvira —las dos hija de Jimena Núñez y Alfonso VI—, que acompañaron a doña Urraca con gran respeto jerárquico. En estas Cortes se dieron cita muchos nobles y prelados de todas las provincias de la monarquía, con excepción de los de Portugal, quizás por considerarse representados por la condesa.

Era jefe del partido borgoñón en Galicia don Pedro Froilaz, conde de Traba. Su programa político parece haber consistido a la sazón en desmembrar a Galicia y a los distritos de Salamanca y Zamora las Extremaduras de la corona leonesa a fin de crear un reino para el infante. El año de 1116 transcurrió, pues, en aquella región sin reposo para las armas de los partidos. Gelmírez descubrió su juego una vez más y alzó bandera por Alfonso Raimúndez y contra doña Urraca, de acuerdo con el conde de Traba

Entró en la contienda doña Teresa, elemento importante del complot, y sus tropas aparecieron junto a las del obispo y don Pedro Froilaz. Doña Urraca tuvo que dividir su ejército para apretar el cerco de dos castillos que habían caído en poder de los rebeldes. Una de esas fortalezas era la de Suberoso.

Doña Teresa y el conde de Traba acudieron con sus tropas a este punto y obligaron a las de la reina a levantar el sitio. Doña Urraca dio la orden de retirada a Compostela y partió para León, dejando el campo libre a sus enemigos.

En estas escaramuzas de las cercanías de Santiago de Compostela acompañaban a don Pedro Froilaz sus dos hijos, Vermudo y Fernando. Entonces se conocerían doña Teresa y Fernando, principio de unas relaciones que pronto fueron íntimas y acabaron teniendo insospechado efecto en la política portuguesa.

La oportuna intervención en Galicia de la condesa de Portugal del lado del conde de Traba valió a doña Teresa algunos territorios al norte del Miño, en los distritos de Túy y Orense.

Pero la distracción de fuerzas portuguesas en las luchas civiles de Galicia tuvo trágicos resultados para Portugal. Este condado quedó desguarnecido, con las defensas en pésimo estado, situación que aprovecharon los moros para atacar con gran empuje de sur a norte ese mismo año de 1116. Apenas hallaron resistencia.

En una campaña relámpago llegaron hasta el castillo de Miranda, sobre el Doessa, al sudoeste de Coimbra, y lo asaltaron. Pasaron el Mondego se hicieron con la fortaleza de Santa Eulalia, junto a Montemor. Coimbra estuvo en seguida en peligro. Porque los castillos de Miranda, Soure y Santa Eulalia constituían una línea curva fortificada que protegía a capital del distrito por Oriente, Mediodía y Poniente.

Vencida esta línea de fuertes, Coimbra lo tenía que fiar todo a sus muros y a su magnífico emplazamiento, Así quedaron las cosas de momento. Pero al año siguiente se agravaron para la condesa. Las victorias que Alfonso I de Aragón alcanzó en la región del Ebro, donde derrotó al almorávide Abdallah Ibn Mezdeli y taló sin misericordia los distritos de Zaragoza y Lérida, trajeron a España, en pos del desquite, al emir de Marruecos.

De primeras ordenó a su hermano Temin y a los walíes de Córdoba y Valencia que dieran rostro al Batallador.

A continuación pasó él el Estrecho y tomó a su cargo la dirección de la guerra en el Occidente de la Península. Coimbra parecía presa fácil, y comenzaron los almorávides a batir las murallas (junio de 1117). Doña Teresa se salvó por tablas, refugiándose tras aquellas ingentes paredes.

Durante veinte días terribles asediaron y castigaron los hombres del emperador africano a Coimbra. Redujeron a escombros los arrabales. Pero la gente de doña Teresa se defendió heroicamente y Alí renunció a tomar la ciudad; levantó el sitio se volvió a Ceuta.

En las fronteras orientales también habían fracasado los almorávides. Temin derrotado por los aragoneses, regresó a Valencia. (Se vio en el capítulo anterior como poco después (en 1118) cayó Zaragoza en poder de don Alfonso).

Portugal, fracasada la ofensiva almorávide sobre Coimbra, tornó a conocer unos años tranquilos entre 1117 y 1120. La soberanía de doña Urraca en este condado estaba cada día más en entredicho. En León y Castilla llamaban a doña Teresa, vagamente, infanta de los portugueses.

En cambio, es seguro que la condesa se había arrogado el señorío de Túy y Orense, por cuanto los obispos de estas zonas seguían su corte en 1119 y confirmaban en Coimbra los actos de doña Teresa en favor de sus súbditos portugueses.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib. I, cap. I, p. 256.

En Galicia también hubo estos años más paz que de ordinario. Gelmírez, forzado quizás por la corriente popular, que le era hostil, presionó al conde de Traba y al infante para que se entendieran con doña Urraca. La reina se avino a aliarse con su hijo y a reconocerle por rey de Galicia.

Poco antes, en junio de 1118, entró Alfonso Raimúndez con un ejército en la ciudad de Toledo y su tierra, y recuperó esta importante plaza para sí después de haber estado dominada por las tropas del monarca aragonés durante ocho años. El Batallador reaccionó vivamente contra sus enemigos en las comarcas del Norte, aún en su poder: Castrojeriz, tierra de Oca, la Bureba, Bricia y la antigua Castilla; Burgos volvió a abrirle las puertas.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 396.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 489-494.

El papa Calixto II

En febrero de 1119 se produjo en Francia un hecho transcendental para la marcha de los asuntos internos de España: Guido, que había sido en alguna ocasión legado pontificio en la Península, resultó elegido papa con el nombre de Calixto II. El nuevo pontífice era hermano del conde Raimundo de Borgoña y tío del infante o rey de Galicia y Toledo, Alfonso Raimúndez —futuro Alfonso VII de León y Castilla.—

Estaba Calixto II sobremanera interesado en la política española, que conocía muy bien. Sentía afecto paterno por el rey mozo de Galicia, y en seguida comenzó a intervenir desde su alto sitial en favor de su sobrino. Uno de los primeros actos del nuevo Papa fue dirigirse al obispo Gelmírez recomendándole la causa del partido borgoñón.

Últimamente, el revoltoso prelado se había enemistado con el conde de Traba. Temieron el conde y sus partidarios que se pasara al bando de doña Urraca. El arzobispo de Toledo escribió al Papa en nombre del rey-infante con queja de la conducta de Gelmírez, dispuesto, según todos los síntomas, a impedir que Alfonso Raimúndez llegara al trono de León y Castilla.

No le era difícil a Calixto II hacer entrar en razón al obispo de Compostela, por ser antigua en Gelmírez la aspiración a convertir este obispado en sede metropolitana de Galicia. Hasta entonces había radicado en Braga —con jurisdicción sobre los obispados de Portugal y Galicia— la silla arzobispal de Galicia.

De añadidura, era arzobispo de Braga un personaje, don Pelayo, que no podía ver a Gelmírez, a lo que correspondía Gelmírez con su ojeriza. En el instante de la ascensión de Calixto iba muy avanzada la gestión del obispo de Compostela en favor de la elevación de su sede. Tenía destacado en la curia romana a Giraldo, canónigo de Compostela, y había ganado ya para esta idea a poderosos nobles franceses. El propio Calixto II pensaba resolver este asunto en el concilio que se proponía reunir ese mismo año de 1119 en Tolosa.

La misiva del arzobispo de Toledo impresionó al Papa, quien se apresuró a escribir a Gelmírez diciéndole paladinamente que si quería conseguir el arzobispado había de ganárselo con la constante y firme adhesión a la causa de su sobrino. Entonces envió el eclesiástico gallego cerca del Papa a uno de sus hombres de confianza, el obispo de Porto, Hugo, francés (uno de los autores de la Historia Compostelana que en 1113 había pasado a desempeñar este obispado desde el puesto de arcediano de Santiago de Compostela, donde era incondicional de Gelmírez.

La gestión de Hugo dio pronto fruto, y el obispo de Santiago vio coronados sus esfuerzos y sus maniobras. Calixto II, no solo elevó la sede de Compostela a metropolitana, sino, que invistió a Gelmírez con las atribuciones de legado pontificio en las provincias eclesiásticas de Compostela y Braga.

El nombramiento lleva fecha-II-1120. Y lo había solicitado el codicioso prelado, en parte, para humillar a don Pelayo, el arzobispo de Braga. Tuvo en lo sucesivo Compostela por sufragáneos a los obispos que en tiempo de los godos dependían de Mérida.

Pero don Pelayo se negó a reconocer la superioridad de Gelmírez, de lo que dio pronto pruebas no concurriendo al sínodo convocado por el nuevo arzobispo en 1121. El Papa aprobó la actitud del metropolitano de Braga y sustrajo la provincia eclesiástica de don Pelayo de la legacía del compostelano. No se conformó, sin embargo, don Pelayo con lo conseguido, pues solicitó de doña Urraca que confirmara los límites de su sede y aun los dilatase en algunos puntos.

Para la Historia de Portugal, el interés de tal gestión está en el explícito reconocimiento por parte del arzobispo bracarense de la soberanía de la reina en territorio portugalense. El diploma, que aún se conserva, expedido por doña Urraca en esta ocasión, lo corrobora.

La importancia que los partidarios extranjeros de la dinastía borgoñona concedían a la adhesión de don Diego Gelmírez de tan siniestro carácter que llega a sobresalir aun en el cuadro de la anarquía y los crímenes que aniquilaban a la monarquía se puso de relieve en la atención que le dedicaron, además de Calixto II, otros príncipes y caballeros de la misma rama familiar.

El duque de Aquitania, Guillermo IX, y la condesa de Flandes, deudos de Alfonso Raimúndez, escribían también al arzobispo apremiándole para que abrazara con resolución la causa del rey de Galicia y colaborase con el conde de Traba, Agregaba el duque que haría cuanto fuera menester para que su sobrino entrase en posesión de la herencia de Alfonso VI.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 494-496.

Detención de Gelmírez

El favor con que le había distinguido el Papa no forzó a Gelmírez a adoptar una actitud clara, cosa probablemente en conflictos con su psicología. Perseguía en Galicia a los enemigos de doña Urraca, por lo que se le antojaba a la reina que lo tenía de su parte, bien que no estuviera segura en ningún momento de su lealtad.

En los últimos tiempos se había repuesto en Galicia el partido leonés, en parte gracias a don Diego, y de ahí las quejas que recibió Calixto II a poco de ceñirse la tiara. Animada quizá por los suyos, y sin duda por el arzobispo, la reina se presentó en Santiago de Compostela, junto a su hijo, en 1211. Tenía el propósito de hacer la guerra a doña Teresa. Gelmírez se lo aconsejó. No está claro que buscaba el arzobispo con semejante campaña. Gelmírez procedía con doblez, como veremos.

Oficialmente se dio como finalidad del movimiento la expulsión de doña Teresa de los territorios de Túy que indebidamente retenía. Por parte de doña Urraca, la cosa no encerraba, pues, misterio. Pero era por demás extraño que Gelmírez aconsejara atacar a los portugueses dado que Fernando Pérez, el amante de la condesa, contaba entre los hombres del arzobispo, de quien era, o había sido, alférez.

El hijo del conde de Traba residía ahora en la corte de Coimbra, en pleno disfrute de las ternuras de doña Teresa y del gobierno del distrito de Porto o Coimbra con el título de cónsul o conde; en realidad, heredero total del conde Enrique de Borgoña.

Decidida la guerra contra doña Teresa, en la primavera o verano se trasladó doña Urraca a Túy, seguido de su hijo, del arzobispo Gelmírez con sus tropas y de la caballería de la villa de Compostela. Las fuerzas de la reina acamparon a la orilla izquierda del Miño, frente por frente del ejército de la condesa de Portugal, apostado en la otra margen del río.

Cruzada la corriente, la campaña fue para los gallegos y leoneses un paseo militar. Doña Teresa no tenía, en verdad, efectivos comparables a los de doña Urraca. En marchas forzadas, el ejército atacante, se plantó en el Duero. La condesa se había retirado al este de Braga y trataba de sostenerse en el castillo de Lanhoso, probablemente en compañía de Fernando Pérez.

Fueron los hombres de la reina sobre esta posición, la asaltaron y la tomaron. Doña Teresa cayó en manos de su hermana. Si doña Urraca había resuelto proceder esta vez contra ella severamente, salvó a la condesa-infanta el taimado arzobispo.

Don Diego Gelmírez era aliado natural de doña Teresa; el interés permanente de uno y otra los llevaba a temer el ascendiente de la reina. Se cree que el arzobispo aconsejó a doña Urraca la guerra contra su hermana para dar armas al partido del conde de Traba y medrar en el desorden consiguiente.

Lo cierto es que a ver cuán fácilmente penetraban en Portugal las tropas de la reina, que en parte eran las suyas, y el peligro que corría doña Teresa, Gelmírez sintió vehemente deseos de volverse a Santiago. La razón que dio fue que le horrorizaban las violencias de la campaña.

Doña Urraca pudo evitar de momento que el arzobispo y sus tropas la abandonasen en territorio de la condesa de Portugal y concibió el propósito de prender a Gelmírez, para lo que dispuso lo pertinente. Pero, insegura y temiendo ser víctima de sus aliados, desistió ya de proceder contra su hermana y ajusto con ella la paz; paso, además, necesario para poder perseguir al arzobispo.

Supo doña Teresa la amenaza que se cernía sobre Gelmírez y aun la forma en que se realizaría la detención —confidencias de los propios consejeros de la reina— e influida acaso por Fernando Pérez, avisó al prelado del peligro que le amasaba, al tiempo que le ofrecía asilo en uno de los castillos de su condado. Gelmírez rehusó la protección y continuó junto a doña Urraca, como si nada supiera. Iba el ejército de retirada para Galicia.

Al llegar al Miño ordenó la reina que pasasen primero las tropas del arzobispo, pero sin él, que permaneció, con el rey de Galicia y Toledo al lado de doña Urraca. Y cuando el último hombre de armas de Gelmírez se perdía de vista en la margen opuesta del río, se efectuó la detención del turbulento eclesiástico. Fue trasladado sin demora al castillo de Cira, mientras la reina seguía hacia Compostela.

La prisión de Gelmírez desató una rebelión ya anunciada en el intento de deserción del arzobispo cuando las cosas fueron mal para doña Teresa. Todos los enemigos de la reina se lanzaron a la revuelta. Su hijo y el conde de Traba la abandonaron a poco y marcharon a reunirse con el ejército gallego, que acampaba en aquel instante en las orillas del Tambre, al norte de Santiago. Doña Urraca tuvo que poner en libertad al prelado.

La guerra de Portugal solo había servido para subrayar la debilidad política y militar de la corona leonesa en las sienes de una mujer. Aunque vencida, doña Teresa salió gananciosa. Y la desmembración del condado portugalense avanzó un paso más.

En la paz sellada por las dos hermanas por aquellos días, obtuvo la condesa desorbitada ampliación de su señorío, pues le concedió la reina muchos lugares y tierras en los modernos distritos de Zamora, Toro, Salamanca y Ávila, con las rentas y derechos señoriales de estas ciudades, más otros señoríos incluso en territorios de Valladolid y Toledo.

Doña Teresa prometió a cambio bien poco: defender estos territorios contra moros y cristianos y una vaga lealtad a su hermana y a la corona. Culminaba todo en una expansión que de antiguo ambicionaban los condes de Portugal, Este condado, que había menguado en el Sur con el avance de los almorávides, se engrandecía ahora por el Norte y el Oriente.

En el Sudeste de Galicia, los dominios de doña Teresa se extendían hasta el río Vibey, por la comarca que entonces llamaban Limia. En el Sudoeste tenía la condesa, como hemos visto, Túy y sus tierras, y su señorío sobre las importantes poblaciones al este de las modernas provincias de Tras-os-Montes y Beira llevaba anejo el dominio directo sobre los términos de cada una de ellas.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 496-499.

Alfonso VII y la condesa de Portugal

La campaña de Portugal perjudicó, además, mucho políticamente a doña Urraca. Nunca había estado tan sola ni había gozado menos simpatías entre sus súbditos que por aquellos años. La iban abandonando los nobles leoneses y castellanos, que resentían ahora a lo vivo la larga privanza del favorito de la reina, don Pedro de Lara, marido de doña Urraca a todos los efectos, salvo el legal.

No venía en auxilio de la reina ni del reino el rey de Aragón, Alfonso, que tornaba a guerrear en Castilla y se llamaba emperador de León y Castilla.

Todo favorecía al rey de Galicia, mozo de grandes prendas personales, que cumplía en este momento los dieciocho años de edad. En torno a Alfonso Raimúndez —futuro Alfonso VII de León y Castilla— se congregaban ya, con la fuerza de las resoluciones largo tiempo aconsejadas, los verdaderos dueños del poder en Castilla y en León.

Los poderosos aliados de la dinastía borgoñona fuera de España daban el postrer impulso a la causa del infante. Y mientras doña Urraca trataba en vano de recobrar su autoridad buscando una vez más el dudoso apoyo de Gelmírez, Alfonso Raimúndez podía desde 1122 soberano en los estados de su madre.

Por unos años doña Teresa se sintió segura en su condado. Su alianza con el partido del arzobispo gallego la protegió contra nuevas agresiones. Pero también había mermado rápidamente el amor de sus súbditos por la condesa, y por razones parejas a las que hicieron impopular a doña Urraca.

Fernando Pérez privaba en el condado portugalense como un rey. A sus órdenes estaban los demás condes. Oficialmente se equiparaba a la infanta-reina portuguesa. La ostentosa situación del favorito soliviantó, claro es, a los nobles de Portugal desde un principio.

Y entre estos magnates crecía y se educaba, sin amor de madre, el infante Alfonso Enríquez. Como había acontecido con el hijo de doña Urraca, en torno a la figura de Alfonso Enríquez, simpática y prometedora, iba fraguando el partido adverso a doña Teresa.

La vida del infante portugués apenas existe para la Historia hasta los catorce años de su edad. Confirma con su madre algunos diplomas, y esa es toda la huella de sus actos. Pero en 1125 se armó caballero en Zamora, ceremonia que, en su motivación como en su desarrollo, fue el primer trueno de la tormenta que se cernía sobre Portugal y en particular sobre la cabeza de doña Teresa.

Mientras prevaleció la calma en Portugal —debida en parte a las dificultades que el emperador de Marruecos encontraba en África en su lucha contra la secta de los almohades— , doña Teresa puso algún orden en el Sur, donde mandó reedificar algunos castillos de la línea protectora de Coimbra, entre ellos los de Soure y Santa Eulalia.

La década de 1120-1130 es en la Historia de España período de violentas mutaciones. El tiempo —porque casi todo lo que sucede en esos años tiene la clave el tiempo— remata su obra con prisa, como si la providencia, harta ya de convulsiones y horrores, quisiera aniquilar toda una época en un decenio.

La Parca afila la guadaña y quita de en medio, uno tras otro, a los personajes que se oponen, por el mero hecho de existir a que nazca un mundo nuevo. En 1124 fallecía el obispo don Diego Gelmírez. Al año siguiente, el 2 de abril, expiraba el no menos famoso don Bernardo, arzobispo de Toledo. El 8-III-1126 pasaba de esta vida doña Urraca. El desmoche de figuras que tanto estruendo y enredo produjeron debió de dejar laxa y sorda la corte.

Casi de súbito se había creado una nueva situación. Alfonso Raimúndez pasaba al fin a reinar León y Castilla con el nombre de Alfonso VII. Andaba ya por los veintiún años de edad y era inteligente, animoso y batallador. Poco le costó obtener el reconocimiento de los ricoshombres gallegos, asturianos, leoneses y castellanos. Recogió sin tardanza un poder que durante más de tres lustros había estado en disputa y desobedecido.

Dos cuestiones graves se imponían a la atención del joven monarca: el separatismo portugués y la usurpación de parte de Castilla por el rey de Aragón. Pero la guerra en dos frentes, como hoy se dice, no era en aquel momento aconsejable. Para guerrear con el Batallador, Alfonso VII necesitaba la paz con doña Teresa. Y uno de los primeros actos del nuevo rey fue visitar a la condesa en Zamora, donde entonces residía acompañada de Fernando Pérez.

Consolidada la tregua con la viuda del conde Enrique, Alfonso VII se enzarzó en la guerra con el monarca navarroaragonés, quien en esta crisis de cambio de dinastía debió de reverdecer sus deseos de dominar en León. Había en Castilla rebrotes del partido de doña Urraca, y de ello fue más que síntoma la rebeldía del conde de Lara, cabeza del ejército castellano, que se negó a luchar contra Alfonso I de Aragón.

Pero la nueva monarquía leonesa surgía con mucha fuerza. El 30-IV-1127 caía Burgos en poder de Alfonso VII. El Batallador no se consideró en condiciones de proseguir la campaña, y a principios de julio se avistaron ambos soberanos en Támara, no lejos de Castrojeriz.

Acordaron que el aragonés dejaría en paz a Castilla y el leonés respetaría los dominios de don Alfonso en Aragón y Navarra. Pero el rey de Aragón siguió dominando hasta el fin de sus días —año 1134— en Nájera, Logroño, Oca, Belorado, Bureba, Castilla la Vieja, Soria y Gormaz con su tierra. Hasta 1131 conservó también la fortaleza de Castrojeriz, que entonces recuperó Alfonso VII, entregada por el gobernador que allí tenía el monarca aragonés.

En el pacto de Támara debió de reconocerse el señorío vitalicio del Batallador sobre territorios que de derecho correspondían a Castilla. Con todo, a partir de 1130, Alfonso I de Aragón no se llama ya rey de Castilla, ni gobernador de Rioja, Soria y Bureba; solo usa el título de rey en Aragón, Pamplona, Sobrarbe y Ribagorza.R.B.: Sangorrín. El libro de la cadena de Jaca. Abad de Silos, t. I, cap. X, pp. 404, 405.

Hecha la paz con su padrastro, el rey de León volvió la vista al condado portugalense. Doña Teresa sospechaba, con acierto, que Alfonso VII ajustaría cuentas con ella luego que se desembarazase del aragonés. Por eso, después de la entrevista de Zamora, aprovechando la marcha de Alfonso VII a Castilla, se había apresurado a apuntalar las defensas de los territorios que tenía en Galicia. Desplazó tropas al norte del Miño y erigió en esta comarca algunos castillos más.

En el convenio de 1121 la condesa de Portugal recibió en señorío, pero subordinadas a la corona leonesa, casi todas las tierras que le cedió doña Urraca. Doña Teresa trataba de ignorar su dependencia de León, y Alfonso VII se proponía reafirmarla. Animaban a la condesa en su resistencia buen número de nobles portugueses, y los gallegos amigos de Fernando Pérez, que la rodeaban en su pequeña corte de Zamora.

Alfonso VII resolvió invadir Portugal. En la primavera de 1127 concentró tropas en Galicia y al frente de ellas partió para la región Entre Duero y Miño. Mal podía doña Teresa resistir un poder que había obligado al rey navarroaragonés a buscar la paz. En mes y medio de ofensiva arrolladora, el rey de León tomó virtualmente posesión del condado.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 499-502.

Alfonso Enríquez

Al verse que doña Teresa quedaba a la merced de Alfonso VII, tomó alas el partido de su hijo, el infante Alfonso Enríquez; partido que ya comenzaba a levantarse contra la condesa cuando el rey de León entró en Portugal. La conjura era vastísisma. En realidad, Alfonso VII perturbó con la invasión el desarrollo del movimiento revolucionario.

Algunas guarniciones habían alzado el pendón del infante; al llegar el rey de León con sus tropas ante Guimaraes, la antigua corte del conde Enrique, se encontró con la fortaleza en poder de los partidarios de Alfonso Enríquez. No obstante, declaró el sitio, pues no le importaba tanto en manos de quién estaba el gobierno de Portugal, si de su tía o de su primo, como que esta provincia apareciera soldada a la monarquía leonesa.

Los nobles portugueses de Guimaraes se dispusieron a resistir, pero pronto comprendieron que sería inútil, y dado que su interés inmediato estribaba en derrocar el gobierno de doña Teresa, dijeron a Alfonso VII que estaban por el infante y que ellos respondían de que Alfonso Enríquez se reconocería vasallo suyo así que pasara a regir el condado.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 284.

De acuerdo con las costumbres y usos caballerescos de la época, que tanto realzaban los valores personales, encarnó este compromiso un noble famoso en la región, caballero rico, señor de villas y campos en la comarca del alto Duero, a quien todo el mundo ponía por paradigma de carácter y lealtad. Se llamaba este personaje Egas Muñoz.

Alfonso VII levantó el sitio de Guimaraes y tras oír las protestas de acatamiento y subordinación de doña Teresa, regresó con su ejército a Compostela.

El rey de León dejaba afirmada inequívocamente la soberanía de su corona en el condado de Portugal.

La revolución y la guerra civil siguieron su curso en los dominios de doña Teresa. La invasión impuso un reajuste de fuerzas en la política interior portuguesa y un breve aplazamiento de la lucha. En los primeros meses del 1128 conmovía ya al condado lo que era evidentemente el anuncio de graves acontecimientos.

Cumplía ahora Alfonso Enríquez los diecisiete años de edad. Sus dotes personales acrecían su popularidad, al tiempo que la de doña Teresa descendía a su nadir. Ya aparecía el infante diestro en las armas, cauto en la política y la diplomacia, de ingenio despierto y elocuente palabra, según un contemporáneo. Con esas eficaces prendas morales coincidía la nobleza de su figura y la hermosura de sus facciones.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 325.

Para ser tan joven, eran extraordinarias su ambición política y la prisa por reinar entre sus connaturales. Los nobles habían trabajado en su pecho mozo un resentimiento contra su madre y su partido, donde tan prominente aparecía Fernando Pérez. Doña Teresa se había ocupado poco de su hijo y tendía a excluirlo de la vida oficial.

Todo eso se lo hacían ver los nobles portugueses al infante. Tenía consigo Alfonso Enríquez al pueblo, y a aquella parte de la nobleza, la más poderosa, que aspiraba a entronizar al hijo del conde Enrique para acabar con un gobierno débil y, para ella, afrentoso; un gobierno, ahora, humillado.

Acto significativo fue por aquellos meses la reunión en Braga del infante con la principal nobleza de su partido. Concurrieron, entre otros, el arzobispo don Pelayo, su hermano Suero Méndez, García Suárez, Ermigio Muñoz y Sancho Núñez, que estaba ya casado o iba a estarlo con doña Sancha, hija de doña Teresa y hermana, por tanto de Alfonso Enríquez.

El infante declaró su designio de sustituir por la violencia a su madre en el gobierno del condado y solicitó para tal empresa el apoyo de todos, con particular referencia al arzobispo, de cuya adhesión se felicitaba. Por adelantado hacía Alfonso Enríquez a don Pelayo algunas mercedes.

Después estuvo el infante con su madre en la corte de Alfonso VII, que seguía la condesa como vasalla. Pero en abril de 1128 abandonó Alfonso Enríquez la corte y se presentó en la provincia de Entre Duero y Miño. Fue la señal para el estallido de la guerra civil.

Alarmada por las noticias que llegaban de su condado -y que no debieron de causarle sorpresa-, doña Teresa regresó inmediatamente a sus dominios portugalenses. Ambas partes pusieron en movimiento sus ejércitos. La contienda se acreditó de breve y decisiva. Las tropas de la condesa sufrieron derrota irreparable en los campos de San Mamede. Doña Teresa huyó con su estado mayor de caballeros leales, pero puso tal empeño su hijo de darle alcance, que logró aprehenderla. Con ella se entregó su séquito.

Alfonso Enríquez era ahora dueño absoluto del terreno, triunfador poderoso en una guerra civil que quedaba, en su aspecto interno, a distancia estelar de las preocupaciones del rey leonés. La tradición dice que el infante encerró a su madre, abrumada de hierros, en el castillo de Lanhoso. Herculano apunta que de semejante trato no hay huella documental, y que Alfonso Enríquez se limitó, según parece, a expulsarla de Portugal, conducta que siguió con Fernando Pérez y otros eminentes amigos de la condesa, Todos se refugiaron en Galicia, sin medios para recuperar el poder que habían perdido en Portugal.

Doña Teresa no sobrevivió mucho tiempo a la fecha de su desgracia. Murió el 1-XI-1130; en la misma década, pues, que se llevó al arzobispo Gelmírez, a doña Urraca y al arzobispo don Bernardo.

Alfonso Enríquez iniciaba su mando con un acto de rebeldía respecto de la corona leonesa. La nobleza portuguesa, que había prometido en Guimaraes que el infante reconocería la supremacía del rey de León, no se acordaba de este compromiso de honor y ya tenía al infante por rey.

A pesar de su juventud, Alfonso Enríquez era personalmente digno rival de Alfonso VII en energía, y aventajaba al rey de León en el arte diplomático del disimulo, que en más de un acto del infante portugués sería difícil distinguir de la más flagrante perfidia. La deslealtad de los nobles portugueses, que habían impreso a la revolución un notorio sesgo separatista, enfureció al rey de León.

Pero no todos los magnates de aquella región olvidaban la palabra dada en Guimaraes. Egas Muñoz, fiador del compromiso de honor, apareció un día en la corte de Alfonso VII, seguido de su mujer y de sus hijos, implorante y descalzo, con una cuerda al cuello. Llegaba de esta trazo a poner su vida y la de los suyos a merced del rey traicionado. El espectáculo no pudo menos de impresionar al magnánimo monarca, que se apresuró a reconocer al extraño penitente por hombre de honor, y decirle que podía regresar libre a Portugal.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 285.

No había duda en León de que el derecho de Alfonso Enríquez a heredar el condado portugalense aparejaba su subordinación a la corona leonesa. El dominio y la soberanía en Portugal pertenecían por entero —en la convicción leonesa— a Alfonso VII, heredero de su madre doña Urraca y de su abuelo Alfonso VI.

Todo ello iba siendo, sin embargo, agua pasada para los portugueses, los diecisiete años de guerra civil en León y Castilla habían sido fatales para la unidad política del Occidente de España, El proceso desintegrador se hallaba ya en fase muy avanzada. Los súbditos de Alfonso Enríquez consideraban a Alfonso VII como extranjero.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib I, p. 295.

Y tampoco estaba ahora en condiciones la monarquía castellanoleonesa de contener la corriente separatista en Portugal. Por impacientes que fueran los anhelos de Alfonso VII de anudar los lazos rotos, la caótica situación en que aún se desenvolvía todo el reino le impedía ocuparse de ese extremo de sus dominios con la continuidad y la firmeza que el problema demandaba.

España atravesaba una crisis de transición, pues no en vano cambiaba la dinastía. Todo el reino seguía revuelto. Castilla, en parte sometida a Alfonso I de Aragón el Batallador, se encontraba en manos de una nobleza desmoralizada.

Un residuo del partido de doña Urraca y del rey aragonés, dirigido por los Lara, daba cuidado al rey de León. Por todas partes —en las Extremaduras, en Castilla, en las Asturias, en León— había fortalezas sublevadas que el nuevo monarca tenía que ir reduciendo como quien extingue focos aislados de posible conflagración general.

La patente debilidad del Estado envalentonaría a Alfonso Enríquez, cuya rebeldía rompía ahora los lindes pasivos de la desobediencia para proseguir, mediante ia guerra, la política de expansión por el Norte iniciada por doña Teresa. Invadía el portugués Galicia, sin duda con el propósito de consolidar su señorío en Túy y la tierra de Limia.

Este movimiento embarazó sobremanera a Alfonso VII, que no podía distraer fuerzas de León y Castilla para parar a su primo. Ordenó, pues, los condes y magistrados de Galicia que defendieran este reino. Pero el mandato del rey fue desoído. Los nobles gallegos no se movieron; y las tropas municipales secundaron a los condes en su desplante.

Alfonso Enríquez operó en el Sur de Galicia sin hallar resistencia, y cuando lo estimó oportuno regresó tranquilamente a Portugal.

Por aquellas semanas reunió Alfonso VII Cortes en León. Entre otras cosas, examinaron estas Cortes la situación de Galicia, multaron a los burgueses de Compostela por haber desacatado al monarca y recriminaron a los portugueses.

La política real de resistencia a Alfonso Enríquez en Galicia no era popular. Las dos provincias hermanas, a despecho de la inquietud secesionista portuguesa, se comprendían y solidarizaban. No sentían mutua enemistad. Habría, además, en Galicia un natural deseo de paz. Sólo el reducido partido de Fernando Pérez habría hecho frente a Alfonso Enríquez. Pero incluso el desconsolado favorito de doña Teresa podía moverse con libertad en Portugal, donde estaba a fin de 1130 y principios del año siguiente.

También vivía en Portugal en 1131 el hermano de Fernando Pérez, Vermudo, casado con otra hermana de Alfonso Enríquez. Vermudo había medrado en la corte de la condesa a la sombra de su hermano. Fue gobernador de Viseo. Sin embargo, la derrota de San Mamede no parece haberle despojado de sus bienes en los dominios del infante portugués, por cuanto en 1131 tenía el castillo de Seia, en las ramificaciones de la Sierra de la Estrella.

Por entonces estuvo en Coimbra Fernando Pérez, con una misión política, sin duda. Porque, a lo que pronto se vio, existía un complot de los hijos del conde de Traba y sus amigos —tardía reacción del partido de doña Teresa— contra Alfonso Enríquez. Vermudo se sublevó en su castillo: pero el infante-rey sofocó fácilmente este movimiento y su cuñado perdió la fortaleza. Expulsado de Portugal, pasó al servicio del rey de León en la corte.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 502-507.

Alfonso VII, emperador de León

Para Alfonso VII seguía siendo principal preocupación recuperar todos los territorios que tuvo bajo su cetro Alfonso VI. No abandonaba la guerra contra los moros, en cuyas tierras hacía las incursiones anuales de rigor. Y a fin de poder desarrollar con éxito su política de reconquista en Castilla y en el Ebro, contrajo matrimonio en la primera mitad del año 1128 con Berenguela, hija del conde de Barcelona.

Portugal no dio guerra al rey de León entre 1131 y 1135: Alfonso Enríquez estuvo hostilizando las fronteras musulmanas del Sur. Pero en ese último año volvieron los portugueses a invadir la comarca de Limia. Esta vez encontró Alfonso Enríquez alguna resistencia, a cargo de los condes Fernando Pérez, Rodrigo Vela y autoridades próximas de León. Los portugueses se retiraron al sur del Miño.

Mas a poco reaparecía Alfonso Enríquez con mayor número de tropas, erigía el castillo de Celmes —cuya defensa confió a la flor de la nobleza de su condado—, y regresaba a Portugal.

La noticia de estas nuevas incursiones portuguesas llamó de nuevo la atención de Alfonso VII sobre este amenazado rincón de su reino. Juntó fuerte ejército de gallegos y leoneses y en marchas rápidas cayó sobre Limia. La brillante guarnición del castillo de Celmes tuvo que rendirse, y lo pasaría mal, porque la suerte de tanto caballero ilustre —ninguno de los cuales parece haber sobrevivido al cautiverio— causó tremenda impresión en Portugal.

De las repercusiones que tuvo en los reinos pirenaicos la muerte de Alfonso I de Aragón, acaecida en el verano de 1134, quedó dada cuenta en los capítulos sobre Aragón y Cataluña. Vimos cómo Aragón y Navarra, que habían tenido un solo monarca en la persona del Batallador, se separaron, pasando Navarra bajo el cetro de García Ramírez, navarro, mientras que heredaba la corona de Aragón Ramiro II de Aragón el Monje, hermano de don Alfonso.

No más desaparecer el enérgico rey de Aragón y Navarra, Alfonso VII se preparó para reconquistar la Rioja, Álava, Berrueza y Vizcaya, que fueron de Castilla bajo doña Urraca y que el Batallador conservó, con derecho o sin él, según se mire, hasta su muerte. Pero solo la Rioja cayó en poder del monarca leonés.

García Ramírez de Navarra, siguió reteniendo el resto de los territorios mencionados, como heredero de Alfonso de Aragón, mas reconoció que esos pertenecían a la corona de Castilla y los tuvo en honor, es decir, en encomienda, razón por la cual, principalmente, se declaraba vasallo de Alfonso VII.

También se proclamó vasallo de Alfonso el rey Ramiro de Aragón. No es, sin embargo, cuestión diáfana la relativa a la toma de posesión de Zaragoza por el rey de León y Castilla. De unos autores se desprende, como consignamos en parte anterior de nuestro estudio, que Alfonso VII se apoderó de las tierras y ciudades del Ebro con violencia. En la Crónica del Emperador Alfonso, estos sucesos ofrecen un desarrollo pacífico.

Después de consultar con los eclesiásticos y nobles de su reino, el Monje salió al encuentro de Alfonso VII, le entregó jure hereditario y le acompañó en su solemne toma de posesión de la capital, el reino de Zaragoza, que era de la conquista de Castilla, a cuyos reyes desde Fernando I habían los moros rendido parias, y se declaró su vasallo.

No pararon ahí las sumisiones de príncipes al joven monarca de León y Castilla. El conde de Barcelona, Ramón Berenguer, su suegro, se incluyó entre sus vasallos, homenaje justificado por la tenencia de Zaragoza, que Alfonso VII le dio en honor.

La soberanía del leonés rebasaba ya las fronteras, pues el conde de Tolosa, Alfonso Jordán, primo suyo, también le anunciaba su subordinación, y otros magnates de la Gascuña hacían lo propio.

En pocos años se levantó en León un imperio más vasto que sólido, con Alfonso VII por señor de los reyes y condes cristianos de España y del Sur de Francia, hasta el Ródano, lindante con el ducado de Borgoña. No en vano habían puesto tanto empeño los magnates franceses y borgoñones en ver al infante Alfonso Raimúndez dueño de la herencia de Alfonso VI.

Alfonso VII fue coronado emperador en León, con toda pompa, el 26 de mayo de 1135, día de Pentecostés. La tradición imperial neogoda se vestía ahora los arreos de un feudalismo importado y tardío, sin posibilidad de arraigar en España, todo lo cual hacía irreal y artificioso el sistema. La aparatosa unidad de la superestructura apenas tapaba las grietas abiertas en el Estado.

Al año de la coronación se negaba ya García Ramírez, de Navarra a reconocer la soberanía del emperador en las tierras de Castilla que le dio en honor. Hubo, pues, de acudir Alfonso VII a la fuerza para tratar de imponer su derecho; penetró en Álava y la reconquistó. Mas no pasó de ahí, de momento, la reafirmación de su autoridad.

La desobediencia de García Ramírez halló eco y simpatías en el extremo occidental de la Península. Alonso Enríquez compartía la hostilidad de los navarros contra el imperio, y pronto comenzó a dibujarse una alianza entre el reino pirenaico y el condado portugalense.

De 1136 a 1140, León estuvo prácticamente en guerra con ambas regiones. Alfonso Enríquez contaba con poderosos partidarios en Galicia. Y en 1137 supo el emperador que los condes gobernadores de Túy y el distrito de Limia, Gómez Núñez y Rodrigo Pérez Velloso, le habían hecho traición, abriendo las puertas de sus castillos y ciudades al infante-rey portugués.

Las tropas de los condes se unieron a las portuguesas. Alfonso Enríquez penetró hondo en Galicia, dejó guarniciones de su gente en las fortalezas que le entregaron los condes gallegos y regresó a Portugal para movilizar nuevas fuerzas. Con ellas se presentó a poco, de nuevo, en el Miño.

Con sus aliados, los condes rebeldes de Toroño y Limia, y el ejército portugués de refuerzo, Alfonso Enríquez podía osar, quizás, la conquista de toda Galicia. El peligro puso en movimiento, al fin, a los condes leales al emperador, entre los que descollaban Rodrigo Vela y Fernando Pérez.

En la batalla de Cernesa o Cerneja, sin embargo, las tropas de Alfonso VII se retiraron en completo desorden, muchos nobles cayeron prisioneros de los portugueses -incluso Rodrigo Vela, a quien sus hombres pudieron arrancar de los brazos de los que se lo llevaban- y ya no hubo nada en Galicia que se opusiera, al menos por lo pronto, a la invasión del Norte por los portugueses y sus aliados gallegos.

Pero no tuvo tiempo el infante portugués de celebrar la victoria de Cerneja. Justamente recibía entonces noticia de que los moros amenazaban a Coimbra. El castillo de Leiria, edificado en 1135 por los portugueses como punto fuerte de la defensa del Norte de Portugal y centro de operaciones contra los musulmanes de Santarem, Cintra y Lisboa, tenía numerosa guarnición cristiana.

Gobernaba esta fortaleza el conde Pelayo Gutiérrez. Los almorávides, molestos por las frecuentes incursiones de los portugueses con base en Leiria, realizaron un esfuerzo y consiguieron llegar hasta el castillo y ponerle sitio. La precipitada aparición de Alfonso Enríquez no impidió que se consumara la derrota de sus hombres. Cayó la fortaleza en poder de los moros, y en el encuentro de Thomar, población vecina, desbarataron, además, al ejército portugués.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 507-511.

Pacto Alfonso VII y Alfonso Enríquez

Bien que preocupado en todo momento con la enojosa agresividad y el talante rebelde de García Ramírez de Navarra, Alfonso VII no perdía de vista a Alfonso Enríquez; y así que pudo hacerlo, se fue a Zamora a reunir tropas, la jornada de Cerneja le había denunciado la urgencia de contener al guerrero portugués.

El emperador salió de Zamora con un pequeño ejército y entró en Tuy y la tierra de Limia sin tener que vencer resistencia. Una vez en Galicia y dueño de la situación, pensó en invadir otra vez Portugal. Con tal fin ordenó la incorporación a su ejército de nuevas levas de hombres y las milicias municipales.

Alfonso Enríquez, debilitado militarmente por los contratiempos de Leiria y Thomar, dejó su frontera con los sarracenos en las mejores condiciones posibles y partió en seguida para Galicia seguido de la principal nobleza portuguesa, del arzobispo de Braga, don Pelayo, y del obispo de Porto, don Juan.

Era vital para el hijo de doña Teresa, en la extremidad en que se encontraba, evitar la guerra con el emperador; y los magnates eclesiásticos que le acompañaban iban con la misión de mediar y proponer tregua y concordia.

Los portugueses hallaron a Alfonso VII en Túy, también rodeado de varios obispos: el de Segovia, el de Túy y el de Orense.

Casi siempre estuvieron bien dispuestos los eclesiásticos en aquellos tiempos a recomendar a los príncipes la paz. Al emperador, apremiado por el amago navarro en Castilla, no le convenía que lo absorbieran con exceso los acontecimientos en Galicia y Portugal. Tampoco había entrado en Galicia —provincia poco segura, como sabía— con un gran ejército. Fue, pues, fácil que se entendieran ambas partes. Pero, como cuadraba a la ocasión, el convenio resultó muy desfavorable para Alfonso Enríquez.

Comenzó el portugués jurando leal amistad al emperador y que nunca, directa ni indirectamente, trataría de perjudicarle si alguien lo hiciera, Alfonso Enríquez se comprometía a vengarle, como si fuera un deudo muy querido. Juraba asimismo el hijo del conde Enrique que respetaría los territorios del imperio por sí y los haría respetar de sus nobles, y que si alguno de ellos los invadiera, él contribuiría lealmente a reparar la ofensa y a recuperar las tierras como si fuesen propias. En caso de invasión de otro orden, por cristianos o musulmanes, de los dominios de Alfonso VII, el infante portugués acudiría en su auxilio, si fuera solicitado. Si el hijo o los hijos del emperador quisieran la paz, Alfonso Enríquez no haría nada por alterarla.

A trueque de estas manifestaciones y promesas, el emperador daba a Alfonso Enríquez, como había hecho con otros príncipes, tierras en honor, u honras terras inmunes. El portugués contraía la obligación de restituirlas al emperador o a su mujer, sin tergiversación ni engaño, si así se lo pidieran.

Este pacto fue suscrito en Túy el 4-VII-1137, a presencia del arzobispo de Segovia, Porto, Túy y Orense. Su observancia, por la parte portuguesa, fue jurada por el infante y 150 caballeros suyos en el papel de hombres buenos. Las expresiones del tratado son claras: el hijo de doña Teresa conserva sus dominios como vasallo del emperador, y aunque no podamos decir cuáles eran exactamente, el hecho no es por eso menos indudable.R.B.: Escalona, Historia del Monasterio de Sahagún, App. 3, p. 527.

La reconciliación de Túy marcó el principio de una paz en las fronteras de Galicia y Portugal y duraría varios años. Las energías castrenses de Alfonso Enríquez y el emperador hallaron ahora cauce más patriótico y conveniente en la lucha contra el común enemigo, el musulmán; y ambos príncipes concentraron su atención en el estado de la España aún sometida a la media luna.

En África, la secta de los almohades había infligido en el último decenio derrota tras derrota a las fuerzas almorávides. La crisis del poder almorávide se acompañaba en España de la rebelión de las viejas dinastías árabes contra los africanos, almorávides y bereberes.

El emir Taxfín, hijo y sucesor de Alí, no pudo dominar a los distritos sublevados de Huete y Alarcón, ni ocupar la ciudad de Cuenca, comarcas en que el levantamiento parece haber sido más general y peligroso. Resolvió, pues, batirse en retirada de la Península y reuniendo a la élite de las fuerzas almorávides y a sus mejores auxiliares mozárabes -estos en número de 4.000 -embarcó para Marruecos.

Aprovechó Alfonso VII la retirada almorávide para comenzar sus grandes campañas en Andalucía. En 1138 invadía las tierras del Guadalquivir, saqueaba los distritos de Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar y ponía sitio a Coria, que no logró conquistar.

En 1139 se dio el emperador a la empresa de apoderarse del castillo de Aurelia (Oreja), barbacana inexpugnable, desde la cual invadían y arrasaban los sarracenos los territorios castellanos próximos.

Entretuvo el cerco de este castillo a Alfonso VII toda la primavera, todo el verano, y ya entrado el otoño, en octubre, vio recompensada su tenacidad con la rendición de sus no menos obstinados defensores.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 511-514.

La batalla de Ourique

Mientras el emperador paseaba los pendones cristianos por Andalucía y asaltaba fortalezas en las Extremaduras y tierra de Toledo, Alfonso Enríquez iniciaba la reconquista del Centro y del Sur de Portugal, conocido por el Algarbe.

La impotencia de los almorávides era aquí tan manifiesta como en el resto de España, si no más, pues esta región fue la primera que abandonaron los príncipes y jefes africanos.

En mayo de 1139 ya había levantado el infante portugués Ibn Errik, el hijo de Enrique, como le llamaban los árabes) un importante ejército con el que se proponía cruzar el Tajo.

El territorio que hoy constituye las dos provincias del Alemtejo y del Algarbe formaba a fines del siglo XI, cuando las invasiones almorávides, junto con parte de la Extremadura española moderna y quizás también de la provincia de Sevilla, los dominios de los Beni-Alafftás o emires de Badajoz, dueños, en consecuencia, de la Extremadura portuguesa aún no reconquistada por los cristianos, por lo que se denominaron emires del Algarbe. Este emirato, como los demás de Andalucía, concluyó con el arribo de los almorávides.

En vísperas de las grandes campañas de la Reconquista en Portugal, cuando los cristianos se disponían a expulsar a los sarracenos de los territorios de allende el Tajo (Alem do Tejo, Alemtejo) y del sur de Leiria, el Algarbe comprendía tres provincias:

    1. La de Alfaghar o de Chenchir, donde estaban situadas las ciudades y castillos de Santa María (Faro), Mirtolah (Mertola), Chelb (Silves), Oksonoba (Estoi), Tabira (Tavira) y otros
    2. La de Al-Kassr Ibn Abu Danes, que contenía las importantes poblaciones de Batalios (Badajoz), Xerixa, (Jerez de los Caballeros), Iaborah (Evora), Marixa, (Mérida), Cantarat Al-Seyf (Alcántara), Curia Coria, Belch o Ielch (¿Elvas?), Bajah (Beja), Alkassark, (Alcacer do sal) y varios castillos y pueblos
    3. La de Belatha, cuyos principales centros habitados eran Chantarin o Chantireyn (Santarem), Lixbona o Achbuna (Lisboa) y el castillo de Cintra o Zintiras (Cintra).

Al pie de Achbuna (Lisboa), en la orilla opuesta del Tajo, se alzaba el fuerte de Al-maaden (Almada), esto es, la mina, nombre que le venía del oro del río.

El ejército que Alfonso Enríquez había puesto en pie , en la primavera de 1139 penetraba con las primeras luces del verano en el corazón del territorio dominado por los sarracenos.

El infante portugués invadía la provincia de Al-Kassr Ibn Abu Danes seguro de la victoria que aguardaba a sus armas. La rápida aproximación de las fuerzas cristianas cogió desprevenidos a los moros.

El emir del Algarbe, Ismar u Omar, intentó improvisar un ejército y en esa tarea estaba cuando Alfonso Enríquez le dio batalla en Ourique, a ocho leguas al sur de Beja. El enemigo quedó desbaratado y disperso sin que pudiera rehacerse de momento. Fecha de este famoso encuentro: 25 de julio.

La imaginación de los cronistas medievales, eco del sentimiento popular, y a menudo al servicio de intereses políticos poderosos, tejió en torno a la batalla de Ourique el mayor tropel de leyendas y circunstancias que jamás rodearon a un hecho de esta naturaleza. Cristo crucificado se apareció a Alfonso Enríquez en su tienda la víspera del combate y le prometió la victoria.

Cinco reyes moros quedaron muertos en el campo, junto a 400.000 guerreros de su raza y religión. Después del triunfo los soldados cristianos levantaron al infante portugués sobre sus escudos y le proclamaron rey.

La crítica moderna trato de reducir el episodio de Ourique a dimensiones más conformes con la razón. Fue quizás Herculano el primer historiador e sostener, con evidente buen juicio, que la invasión de las tierras musulmanas del sur del Tajo no pasó de la categoría de incursión importante, una de las que se hacían en territorios enemigos todos los años, y a las que estaban obligados a acudir los caballeros villanos de los concejos por mandato expreso en las cartas forales.

El hecho de atravesar los cristianos el Tajo por primera vez desde hacía mucho tiempo, y con gran hueste, contribuiría a henchir el evento.

De lo derrota de Omar y cuatro de sus valíes arrancaría la leyenda de los cinco reyes moros muertos. El carácter de improvisación que ofreció la resistencia musulmana está acaso patente en el alto número de mujeres que se lanzaron al combate contra los cristianos y perecieron en él. Verosímil es que en Ourique alzaran sus soldados a Alfonso Enríquez por rey.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, pp. 396.

Después de las jornadas de Ourique, Alfonso Enríquez, que carecía de fuerzas para ocupar la comarca, volvió a pasar el Tajo y se retiró a Coimbra. Sintiéndose otra vez fuerte militarmente, y dueño del botín tomado a los sarracenos, no quiso acordarse ya del juramento de Túy. De nuevo iba el infante-rey portugués a atropellar su propia palabra de honor. Galicia le atraía, ahora, quizás, más que nunca.

Alfonso VII había caído por segunda vez con renovado vigor sobre Andalucía. Continuaba distraído con los moros y con el rey de Navarra. Y en esta coyuntura apareció otra vez el ejército portugués en el Miño. Pero un obstáculo lo detuvo.

La defensa de la tierra de Limia estaba ahora encomendada a un héroe, Fernando Seoane, alcaide del castillo de Allariz, director de la zona, leal al emperador como sabían ser leales, cuando lo eran, los capitanes de aquella edad.

Los portugueses tuvieron que retirarse con pérdidas; y Alfonso Enríquez, que resultó ligeramente herido, pasó por la afrenta de tener que rescatar de manos de Seoane, con parte del oro tomado a los musulmanes de Ourique, a unos cuantos nobles portugueses copados por los gallegos.

Se repetía la historia en Galicia y en Portugal con irritante monotonía. Alfonso VII dejaba otra vez encomendada la guerra con García de Navarra a los nobles castellanos y partía disparado para León a organizar el ejército para imponer a Alfonso Enríquez el cumplimiento del tratado de 1137.

Pero el conflicto tuvo ahora un sesgo original, se trocó en cuestión personal entre el infante portugués y el emperador.

Alfonso VII debía de considerar traidor a su primo y aun es posible que, de acuerdo con los sentimientos de la época, lo desafiara a combate singular.

Lo cierto es que los ejércitos fueron dados de lado y en cambio concertaron un impresionante torneo entre los nobles principales de uno otro bando, cada cual a romper lanzas por el honor de su rey. Cerca del río Lima, en la Vega de Vez, tuvieron lugar las justas que siglos después recordaban aún los portugueses con orgullo.

La prueba no pudo ser más desfavorable a los leoneses. Apenas hubo noble famoso de la corte del emperador que no cayera derribado por el hierro portugués. Así, Fernando Hurtado hermano de Alfonso VII, hijo de doña Urraca y el conde don Pedro de Lara y Vermudo Pérez, cuñado de Alfonso Enríquez, y el conde de Ponce de Cabrera, por no mencionar sino a los más ilustres.

Semejante vencimiento, según las leyes de la caballería, convertía a los caballeros derribados en prisioneros de los victoriosos, aparte tenerse por ominoso augurio para la causa de los vencidos.

El emperador abandonó definitivamente el propósito de hacer la guerra a Alfonso Enríquez y buscó la mediación del arzobispo de Braga en un nuevo intento de ajustar una paz duradera con los portugueses.

Fácil fue la avenencia entre los primos, porque de nuevo llegaban pésimas noticias de Portugal. Omar, que antes que perecer en Ourique, disfrutaba excelente salud, se había lucrado de la marcha de Alfonso Enríquez a Galicia para reunir tropas en el Algarbe y avanzar hasta Leiria, castillo que recuperaban los moros, haciendo prisionero a su gobernador, Pelayo Gutiérrez.

Luego atacó el enemigo la posición de Trancoso, al noroeste de Leiria y la redujo a escombros.

Convenida la tregua de Valdevez, Alfonso Enríquez abandonó precipitadamente la tierra de Limia, cruzó el Duero cerca de Lamego, reorganizó su ejército y sorprendió a las fuerzas de Omar en las inmediaciones de Trancoso, donde se libró la primera batalla con que los portugueses, vencedores en toda la línea, pusieron término a la nueva amenaza.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 514-517.

Alfoso Enríquez, rey de Portugal

La paz de Valdevez, solicitada por el emperador cuando más convenía a Alfonso Enríquez —vencido en Limia, herido y con el Sur de sus estados invadido por los musulmanes— fue por parte de los leoneses una manifestación de impolítica debilidad, aunque probablemente justificada.

Cabe pensar que Alfonso VII desesperaba ahora de poder dominar a su primo. Alfonso Enríquez, bien que subordinado a la corona leonesa en el tratado de 1137, se conduce ya como rey. Hace la guerra a los moros por su cuenta. Si se ve en apuro, jamás pide refuerzos o ayuda al emperador. Y en las grandes cabalgadas de los príncipes cristianos de la Península en guerra solidaria contra la media luna ondean juntos al viento, a veces, los pendones de todos los estados, menos los de Portugal

Si se busca a Alfonso Enríquez en la corte del emperador no se le hallará. Tampoco concurre a las asambleas políticas convocadas por León.

Por otra parte, el emperador no insiste en aparecer dominando en Portugal. Quizás juega con un equívoco. Tal vez no existe Portugal para él más que como apéndice de Galicia, en cuanto prolongación del reino gallego, al que hacía poco aún pertenecían los distrito de Porto y Coimbra.

De los diferentes títulos que recibía Alonso Enríquez —príncipe, a partir de 1136, infante y rey— él solía usar para sí el de infante, que lo equiparaba al de soberano. No se atrevía a adoptar el de rey; pero los portugueses le llamaban, de preferencia, rey; sobre todo, sin duda, después de la batalla de Ourique, A raíz de su triunfo diplomático en Valdevez y de su victoria militar de Trancoso, Alfonso Enríquez se desenmascara y acepta el título de rey.

La paz últimamente convenida entre el —de hecho rey de Portugal— y el emperador se sostenía de modo precario. Seguía preocupando más a Alfonso VII la situación en los antiguos territorios castellanos y Navarra que las correrías de Alfonso Enríquez en Galicia.

Partió pronto para León y Castilla con el de designio de preparar una gran expedición contra Navarra. en ello estaba en enero de 1140.

Su designio era ahora destruir el reino de García Ramírez en pacto colusorio con el conde de Barcelona, su suegro. En efecto, en febrero marchó el emperador de Palencia a Carrión, y el día 21 firmó el convenio por el que asignaba al conde de Barcelona las dos terceras partes del reino navarro, con la condición de que se declarase vasallo suyo

De Navarra recibía el conde de Barcelona la tierra de Pamplona, y Alfonso VII se reservaba para Castilla la región de Estella. Favorecía el catalán al emperador reconociendo su derecho de soberanía sobre toda la Rioja, Álava Guipúzcoa, Vizcaya, la Bureba, las Encartaciones y montañas próximas, dominios que fueron de Alfonso VI y usurpaba el monarca vascón. Al rey de Navarra dejaba el emperador en honor la Rioja alavesa, el llano de Álava, Treviño, Berrueza, Vizcaya y Guipúzcoa.

Los preparativos militares y los pasos diplomáticos de Alfonso VII alarmaron a García Ramírez, que debió de acudir en demanda de ayuda a los familiares del emperador, pues consta la intervención del conde de Tolosa de Francia en favor de una tregua.

El emperador invadió Navarra y llegó hasta el llano de Pamplona. Pero se evitó la destrucción del reino. El rey de Navarra volvió a reconocer la supremacía del emperador, quien le dio por esposa a su hija bastarda, la infanta Urraca. Este matrimonio se efectuó unos años después, en 1144.

El haberse arreglado con García Ramírez permitió a Alfonso VII reanudar sus campañas contra los moros. Llevó la guerra a la actual Extremadura española (1142), puso sitio a la importante plaza de Coria, orillas del río Alagón y se afirmó en la cuenca del Tajo de estas comarcas.

Conquistada Coria, se trasladó a Salamanca para intervenir en una ceremonia sobremodo particular. Allí le esperaba el abad de Cluny, Pedro el Venerable, a quien en aquel mismo acto, a presencia de casi todos los obispos de Castilla y León, dio el emperador, para que dependiera de la famosa abadía, el rico monasterio de Cardeña.

A cambio, el monje cluniacense declaró extinguido el tributo anual de dos mil monedas de oro que desde Alfonso VI pagaban a su monasterio los monarcas de Castilla y León.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. I, p. 23.

La victoriosa campaña de Alfonso VII en la región de Coria no había sido la única actividad militar, ni el único suceso interesante en el Occidente de la Península. Alfonso Enríquez se preparaba entonces para la reconquista de las principales ciudades del Tajo, en aquella latitud.

Llegó en su ayuda una circunstancia providencial -una de las muchas que delataron la buena estrella de este príncipe-, que fue el arribo al puerto portugués de Gaia, en la desembocadura del Duero, frente a Porto, de una flota francesa de setenta velas que se dirigía a Tierra Santa.

Avisado el rey de Portugal del acontecimiento, entró en tratos con los capitanes, y les hizo ver cuán útiles podían ser a la Cristiandad cooperando en la campaña que iba a emprender contra los moros del distrito de Santarem.

Aceptaron los extranjeros la sugestión, zarpó con rumbo sur la brillante armada, y mientras el ejército portugués marchaba hacia Lisboa por tierra, la marina de los cruzados entró en la bahía del Tajo. Pero Lisboa no era aún presa fácil. Sus fortificaciones y el celo con que las defendían los moros convenció al ejército portugués y a sus auxiliares de que se necesitaban efectivos muy superiores a los que entre ambos reunían para reconquistar aquella llave del Tajo.

La flota se hizo, a la vela camino del Estrecho, y las tropas portuguesas, tras la consabida obra de devastación y pillaje, se retiraron para el Norte con abundante botín.

A la espera de nueva coyuntura en que repetir, con mejor fortuna, la ofensiva contra Lisboa, y tal vez temiendo que el enemigo no le perdonaría su audacia, Alfonso Enríquez se dedicó a fortificar las fronteras meridionales de sus dominios, donde el célebre castillo de Leiria, ahora reedificado, era de nuevo en el Occidente vigía, tronera y base de la agresión cristiana contra el Sur mahometano.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 517-520.

Alfonso Enríquez y el Papa

Hubo entonces un alto en la lucha con los moros —la calma pesada que precede a la tormenta— y Alfonso VII y Alfonso Enríquez convinieron en cimentar sus relaciones sobre terreno más firme. La paz de Valdevez no había dado satisfacción a nadie, y se buscaba una inteligencia más duradera.

El emperador quería saber a qué atenerse respecto de su ambicioso primo. Si habían de responder a la realidad las relaciones entre León y Portugal requerían nueva fórmula. Indudablemente, en el Occidente de la Península se había creado una nueva situación. Y un elemento hasta cierto punto extraño vino ahora a complicarla. El Papado comenzaba a mezclarse en el pleito entre Alfonso Enríquez y el emperador.

Se encontraba en aquel momento (año 1143) en España el cardenal Guido Vico, legado del pontífice Inocencio II. Después de presidir un concilio provincial en Valladolid, el cardenal se trasladó a Zamora para asistir a una conferencia de extrema importancia que celebraban Alfonso VII y Alfonso Enríquez. Y ante el legado se ajustó la nueva convivencia.

Fue este pacto el que sin duda imponían las circunstancias. El emperador pasó porque su primo usara el título de rey de Portugal. Pero Portugal quedaba dentro del imperio leonés, para lo cual Alfonso I -llamémosle ya de este modo- se declaraba vasallo del rey de León por el señorío de Astorga con que Alfonso VII le acababa de honrar en aquella misma entrevista.

Pero incluso como rey de Portugal, el portugués permanecía políticamente subordinado a Alfonso VII, quien bien claro hacía constar en sus diplomas que era emperador de toda España, o de las Españas.

Concluido el convenio, Alfonso I de Portugal regresó a su tierra, pero antes dispuso que marchara de gobernador a su nuevo señorío de Astorga su alférez Fernando Captivo.

Las instituciones de la monarquía de que Portugal formó parte hasta entonces -comenta nuestro clásico historiador de Portugal se oponían a la separación definitiva, por avanzada que estuviera ya la desmembración de hecho. Era, por tanto, necesario anularlas con una ley superior a aquellas instituciones. El pueblo gobernado por Alfonso Enríquez no se regía ni se por día regir por un derecho público distinto del de León, que era el de los visigodos, según el cual la existencia política del monarca dependía, en rigor, de la elección nacional.
Cierto que desde hacía años, el joven príncipe portugués recibía de sus súbditos el título de rey, siquiera no conste la elección formal. Pero que los portugueses tuvieran por rey a Alfonso Enríquez no bastaba para abrogar toda la jurisprudencia gótica, que condenaba la desmembración de la monarquía, y ello a pesar de precedente de algunos abusos.
Así, con un derecho harto discutible de su parte, en una época en que la fuerza determinaba como jamás el destino de los pueblos y la suerte de los monarcas, y siendo posible, o mejor, probable, que en la lucha por su independencia, Portugal, todavía en su infancia como Estado, sucumbiera en seguida, a Alfonso Enríquez solo se le ofrecía, para consolidar su trono, la solución de colocarlo a la sombra y al amparo del solio pontificio.
Dada la supremacía de la Iglesia romana sobre los reyes europeos -impuesta en tiempo de Gregorio VII y en pleno auge en el de Inocencio II-, luego que el Papado otorgase su protección al nuevo Estado, la existencia del reino de Portugal quedaría fundada sobre una jurisprudencia política superior a las propias instituciones visigodas.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 341.

De la conferencia de Zamora salió Alfonso Enríquez estimulado y resuelto a romper las últimas ligaduras de Portugal con León mediante el expediente de reconocer que pertenecía al Papa, según él, la más alta jurisdicción en los Estados cristianos de la Península.

El portugués admitía de plano la teoría de Gregorio VII de que, en efecto, España era del patrimonio de San Pedro, y se declaraba furtivamente, a espaldas del emperador, vasallo y tributario de la Santa Sede.

Con este espíritu y estos propósitos había acudido Alfonso Enríquez a negociar con Alfonso VII. El legado del Papa no era, naturalmente, ajeno a la maniobra. Habría de halagarle sobremanera volver a Roma con un nuevo reino temporal tan fácilmente conquistado.

Y cuando el cardenal partía a fines de noviembre de 1143 a presidir el sínodo de Gerona llevaba ya la carta en que el nuevo rey de Portugal ofrecía sus estados a la Iglesia (o la recibiría después del sínodo, si se vio con Alfonso de Portugal antes de abandonar España).

Especificaba el hijo de doña Teresa en su desmembradora misiva que pagaría a la Santa Sede un censo anual de cuatro onzas de oro, prenda de la enfeudación de su reino al poder espiritual; que no reconocería otra supremacía eclesiástica o secular que la de Papa en la persona de su legado, y que como vasallo mile de San Pedro y del Papa esperaba hallar en la Iglesia apoyo y protección, no solo para su persona, sino también en todo aquello que tuviera relación con su país, su honor y su dignidad.

Dirigía Alfonso sus líneas de 1143 a Inocencio II, pero cuando pudo llegar a Roma ese documento hacía más de un mes que había muerto este Papa. Le había sucedido Celestino II, cuyo pontificado duró cinco meses no más, y cuya atención estuvo absorbida por los asuntos de Francia y Sicilia.

Se desconoce si Celestino tuvo noticia de la oferta del rey de Portugal. En todo caso, hasta comienzos de mayo de 1144 no se dio por enterada la Santa Sede de la gestión diplomática de Alfonso I. El nuevo Papa —Lucio II, elegido en marzo anterior— le respondía con elogio para su decisión de rendir homenaje a la sede apostólica.

Se hallaba entonces en Roma el arzobispo de Braga, que iría con la misión de tratar con el Pontífice de la cuestión portuguesa, Por conducto del arzobispo, y tal vez con nuevas cartas en que confirmaba su anhelo de depender de Roma, Alfonso I rogó al Papa que le disculpase por no acudir a la capital del mundo católico a hacer personalmente acto de homenaje, como era de rigor, según la costumbre de la época.

Lucio II tocaba este punto en su respuesta. Comprendía que los cuidados y preocupaciones del gobierno y la guerra con los infieles impidieran al rey realizar viaje tan largo. (Lo que comprendía era que había que llevar la cosa con sigilo). Le prometa bendiciones —para él y para sus sucesores— y protección material a fin de que pudiera resistir a los enemigos visibles e invisibles y en la muerte obtuviera la recompensa de la vida eterna.

Había en la contestación del Papa evidente ambigüedad característica de la curia romana. Semejante tono equívoco resultaba acentuado por el encabezamiento de la carta, en el cual Lucio trataba al joven monarca de Dux portugallensis lo que en rigor de la lengua latina significaba cabeza principal o jefe de Portugal, designación vaga que admitía diversas interpretaciones; al propio tiempo, el Papa rehuía llamar reino al país y usaba la palabra terra por los dominios de Alfonso I, quien, por el contrario, en la carta de ofrecimiento de vasallaje se titulaba rey y llamaba reino a los dominios que ponía bajo la protección de la Santa Sede.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 343.

Roma temía comprometerse, No había deseo de desafiar la influencia y el poder del emperador de León con indiscretas precipitaciones. Lucio aceptaba el homenaje de la corona portuguesa, con lo el decretaba la independencia de esa región, pero se resistía a reconocer a Alfonso I por rey. Con ello, la cosa cambiaba para el portugués. Se le reconocía independiente de León, pero la cuestión de la monarquía quedaba por resolver.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 520-524.

Alfonso VII reconquista Almería

El monarca portugués y su arzobispo porque el alto clero portugués, como hemos de ver, participaba de los sentimientos separatistas de Alfonso Enríquez rodearon sus tratos con la Santa Sede de suma reserva y discreción. Nada supo el emperador de los pasos que habían dado en los España —con el cardenal Guido— y en Roma, con el Papa, para consumar la separación de Portugal.

Pero de algún modo, o por alguna razón, el hecho había de trascender pronto. Y se conjetura que al pedir Alfonso VII al rey de Portugal que se incorporara con sus fuerzas, a ejemplo e imitación de los demás príncipes y señores cristianos de la Península, al ejército imperial que iba a la reconquista de Almería, avino el conflicto revelador de la conspiración.

El emperador apenas había dado respiro a los moros en los últimos años. Intervenía abiertamente en la política musulmana de Córdoba, donde puso a Zafadola, el último representante de la dinastía de los Beni Hud de Zaragoza, moro adicto, que en 1131 le había entregado Rota (Monasterio de Rueda).

La muerte de Zafadola dejó vacante, en 1146, el sultanato cordobés. Alfonso VII marchó a la capital de los califas por Baeza y Andújar y dio el poder a Abengania en calidad de vasallo suyo, por cierto no muy leal.

Se diría que la España musulmana estaba otra vez a merced de los cristianos. La situación animó al emperador a llevar sus armas al Estrecho y emprendió la reconquista de la importante plaza de Almería, que se rindió el 17-X-1147.

Según acabamos de decir, todos los reyes y condes de España se unieron al leonés para esta campaña. Incluso García Ramírez de Navarra bajó con las tropas de su reino y las de los territorios vascongados que tenía en honor.

Sólo Alfonso de Portugal estuvo ausente. Negaba que tuviera obligación de servir al emperador, y declaraba su dependencia de un poder superior, formalmente establecida por su homenaje al Pontífice y los privilegios que a cambio le reservaba la Santa Sede. Después de esto, la ruptura política fue firme entre los primos, y ya no se volvió a hablar más del señorío de Astorga.

Secundaba a Alfonso I en su desobediencia a las instituciones de León el arzobispo de Braga Juan Peculiar, sucesor de Pelayo, de suerte que paralelamente a la desmembración política avanzaba la eclesiástica.

La supremacía del obispo de Toledo sobre los demás de España se remontaba al tiempo de los godos. Al ocupar Toledo los árabes heredó en cierto modo aquella superioridad el obispo mozárabe de Córdoba. Cuando Alfonso VI reconquistó la antigua capital de los concilios, el papa Urbano II invistió con la dignidad de primado de las Españas a don Bernardo, anudando el presente con la tradición.

Don Bernardo entregó la restaurada metrópoli de Braga a Giraldo, prelado de su hechura, y mientras vivió Giraldo las relaciones de la sede bracarense con Toledo se mantuvieron en el plano jerárquico normal. Pero los obispos o le siguieron —Mauricio Burdino, Pelayo Méndez y Juan Peculiar, los tres de carácter violento— se resistieron a admitir la primacía toledana.

En febrero de 1145 se había puesto la tiara —vacante por el fallecimiento de Lucio II— Eugenio III, y a él se dirigía el emperador en carta razonada del año 1147 ó 1148 sobre la situación que creaba a la monarquía el secesionismo portugués, alentado por la Santa Sede.

Se lamentaba Alfonso VII de que Roma tratara de mermar sus dominios y su jerarquía y de dividir las fuerzas del reino, e igualmente de que hubiese aceptado algunas cosas de Alfonso Enríquez, concediéndole otras que el portugués buscaba, de donde resultaban perpetuamente lesionados los derechos de la corona leonesa.

También se quejaba de que el arzobispo de Braga se negara a reconocer la primacía de Toledo, restablecida por Urbano II y confirmada por todos sus sucesores, el propio Eugenio III inclusive.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 346.

Eugenio continuaba respecto de Portugal y León la política de Lucio II. En su respuesta a Alfonso VII, el Papa refutaba difusamente los reproches que aquél dirigía a la Santa Sede por haber aceptado el censo y haber prometido a los portugueses protección contra quien tratase de dominar en Portugal, y compensando la ambigüedad de la defensa propia con largas parrafadas de afecto y elogio para el rey leonés, dejaba el asunto tan oscuro —y, sin embargo, tan claro— como podía esperarse de la diplomacia romana.

En cambio, recibía Alfonso VII completa satisfacción -dos dedos excesiva, quizás-, en lo relativo a la rebelde actitud del arzobispo de Braga. El Papa suspendía a Juan Peculiar de oficio pastoral, a la vez que recordaba a los demás metropolitanos y obispos de España el deber que tenían de acatar la supremacía de Toledo.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 524-526.

Reconquista de Lisboa

Así concluyeron, que se sepa, los esfuerzos de Alfonso VII por recuperar la soberanía sobre los territorioos regidos por Alfonso Enríquez, quien, a su vez, había renunciado —de momento— a extender sus dominios por el Norte y por el Este para dilatarlos por el Sur, a expensas de los moros.

En Portugal había proseguido la Reconquista con desusado brío simultáneamente con la ofensiva diplomática que el rey portugués llevaba en Roma con cartas y emisarios. En muy poco tiempo cayó en poder de Alfonso I buena parte del Algarbe, territorio muy poblado, con industria, agricultura y comercio florecientes.

La toma de Santarem, por sorpresa, en marzo de 1147 fue ya anuncio ominoso para los moros de que estaba cerca la última hora de su secular domicilio en las orillas del Tajo. La trascendental conquista de Lisboa siguió a la de Santarem a pocos meses de distancia.

Para esta operación contó el rey de Portugal con el oportuno y considerable refuerzo de una armada de cruzados que se dirigía a , de 164 barcos, capitaneada por el conde Arnulfo de Aerschot y Christiano de Ghistell, jefes de los alemanes, flamencos y hombres del condado de Boloña; Hervey Glanvill, condestable de los hombres de Norfolk y Suffolk; Simón de Dover, condestable de todos los barcos de Kent, Andrew de Londres y Saher de Arcellis.

El obispo de Porto logró con poco esfuerzo que estos guerreros cooperaran con Alfonso I en el ataque a Lisboa. Convenía, pues, que la armada levara anclas para la desembocadura del Tajo, mientras el ejército portugués avanzaba por tierra con igual objetivo. El sitio fue breve. Después de la pérdida de Santarem la moral de los sarracenos era baja. Y el 24-X-1147 se rendía Lisboa, capital de la Belatha árabe, en poder de los musulmanes desde el año 714.

La posesión de Lisboa dio automáticamente a Alfonso de Portugal Cintra, Palmela, Mafra y Almada. Al año siguiente se entregaron Alemquer, Obidos, Torres Novas y Porto de Moz.

La participación de la armada de Arnulfo de Aerschot en la reconquista de Lisboa nos impone una referencia a las relaciones de Portugal con el extranjero. No era esta, como se ha visto, la primera flota de cruzados que se detenía en las costas portuguesas y daba una mano al ejército cristiano en a guerra con los moros.

A la luz de ulterior desarrollo de la historia de Portugal fácilmente se nos alcanza la significación de la presencia, fortuita o intencionada, de los guerreros ingleses y flamencos en aquella región. No había novedad alguna, por lo demás, en la comunicación entre los países marítimos del Norte de Europa y el Occidente español.

Las relaciones de Galicia y Portugal con Irlanda, la costa septentrional de Francia e Inglaterra se remontaban a los tiempos prehistóricos. El contacto se acentuó con el progreso de la navegación, por hallarse ese litoral español en la ruta marítima del Norte con el Mediterráneo.

En la Edad Media, gallegos y portugueses se sentían muy cerca de Inglaterra. Así se explica que en el reinado de Alfonso VI, el conde gallego, Rodrigo Ovéquiz, y el obispo de Compostela, Diego Peláez, rebeldes contra el rey de León, se propusieran entregar el reino de Galicia al monarca inglés, Guillermo el Conquistador.

Esta fracasada rebelión, hasta ahora ajena al cuadro histórico general de España, merece ser subrayada, porque nos muestra la multisecular fijeza de las relaciones que unen a los pueblos por efecto de su situación geográfica. La atracción entre Inglaterra y Portugal comienza mucho antes de la existencia de este reino, ensayándose en Galicia, como vemos."

En efecto, ello nos aclara que con gran anterioridad a la llegada a Portugal de la flota de Dartmouth tenían y a transcendencia política las relaciones entre Inglaterra y los pueblos del litoral Oeste de España. Pero bien podemos fechar el principio del influjo inglés en Portugal a partir de la reconquista de Lisboa, es decir, en el momento en que nace Portugal como Estado.

Entonces, con la espontaneidad de lo instintivo, despierta el interés inglés por esa faja de tierra hispánica. Del mismo linaje es la obsequiosidad que en igual instante manifiestan los portugueses hacia los ingleses, presintiendo que los van a necesitar para salvaguardar su independencia.

Tomada la capital del Tajo, aquella armada siguió viaje a Palestina, pero el rey de Portugal se esforzó por retener al mayor número posible de extranjeros. Los invitó a fijar residencia en sus dominios con él señuelo de bienes y honores; y algunos nobles se quedaron. El primer obispo de Lisboa después de la reconquista fue Gilberto de Hastings, un inglés.

Y Alfonso I de Portugal, que nunca quiso interesar a los demás pueblos y príncipes españoles en la guerra contra los moros de su zona de influencia, envió a poco al obispo de Lisboa a Inglaterra en busca de hombres para sus campañas. El rey inglés, Enrique II, autorizó a Gilberto a predicar la cruzada contra los sarracenos del Algarbe. El movimiento, sin embargo, no tuvo gran éxito.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 526-528.

División del reino por Alfonso VII

También fueron estos años de triunfo para el emperador en Andalucía, como concluiremos de comprobar. Ahora bien, la dominación política y las victorias de Alfonso VII sobre los musulmanes del Sur, aunque no fueron estériles, pues adelantaron la frontera cristiana de modo permanente hasta el Guadiana, carecían de la consistencia de los avances del rey portugués, limitados a una región accesible desde sus bases de operaciones.

Tras la conquista de Almería se apoderó el emperador de los castillos de Uclés y Serranía; Valencia y Murcia le rendían homenaje por la persona del rey Lobo, gobernador musulmán de ambas. En 1150 atacó el rey de León a Córdoba y al año siguiente a Jaén. Preparaba entonces una expedición sobre Sevilla, que no fraguó por faltar las naves francesas que esperaba. En 1155 tomó a Pedroche, Andújar y Santa Eufemia, que fueron sus últimas conquistas.

Se hallaba Alfonso VII en este instante, por lo que se refiere a la Reconquista, en situación análoga a la de su abuelo, Alfonso VI, cuando en 1086, con toda la España musulmana tributaria, se vio asaltado por las hordas almorávides y la Reconquista sufrió grave retraso. En la hora más crítica que habían conocido los musulmanes de España desde la pérdida de Toledo, llegaban los almohades de África a apuntalar el vacilante poder.

Almohades y sarracenos españoles sitiaron a Almería por mar y por tierra, y a pesar de que el emperador acudió con un ejército a romper el cerco, la ciudad se rindió. Luego cayeron también en poder del enemigo las posiciones recientemente conquistadas por los cristianos en la vertiente meridional de Sierra Morena.

Estaba ya el rey fatigado y viejo. Su reinado había sido un continuo batallar con los hombres y los problemas. Era Alfonso VII, según se desprende de sus actos y reacciones, temperamento generoso, sentimental y afectivo.

En febrero de 1149 había perdido a su mujer, la emperatriz Berenguela, y aunque en 1152 se volvió a casar —con la reina Riquilda de Polonia— nunca se repuso del golpe. La rendición de Almería le afectó profundamente, a tal punto que se le acabó la vida cuando regresaba a Castilla, en Fresneda, cerca del puerto del Muradal. (2l-VIII-1157.)

Aunque en este período se produce la separación de Portugal, el reinado de Alfonso VII, al menos en su tendencia, representa un esfuerzo unificador y pacificador, continuación. Después del intermedio anárquico del gobierno de doña Urraca, de la política imperialista de Alfonso VI.

Por eso pasma ver el desdoblamiento de la monarquía castellanoleonesa que al morir decreta el emperador, dejando Castilla a su hijo primogénito Sancho III, y León al segundo, Fernando II. La reaparición de ambos reinos separados contradecía, no solo la política que el monarca fallecido había desarrollado a lo largo de su reinado, sino también el proceso compenetrativo que unía cada día más a León y Castilla y que a pesar de todo impondrá pronto, para siempre, la fusión de ambas coronas.

Con la expansión de los dos grandes reinos españoles y su convivencia bajo un mismo monarca -Alfonso VI, doña Urraca, Alfonso VII- se iban borrando diferencias jurídicas, rivalidades y tradiciones que, sin duda, justificaron la división hecha por Sancho el Mayor de Navarra.

El reparto de Alfonso VII era, además, anacrónico en extremo, pues hacía mucho tiempo que esa práctica había desaparecido en las cortes europeas. Difícil resulta, en consecuencia, hallar otro fundamento a la postrera decisión del emperador que no sea el mal entendido amor de padre. Está comprobada la blandura de este rey en el seno familiar, y no es menos evidente que el hijo segundo, Fernando, se avendría mal porque era ambicioso-, a ver toda la monarquía regida por su hermano, príncipe más noble y contentadizo.

Desde su conversión en reino, Castilla no había cesado de aventajar a León, y esta primacía la reconocían los reyes, desde Fernando l, legando Castilla al primogénito.

En el Norte, la frontera entre Castilla y León seguía siendo la que fijó Fernando el Grande; el río Cea, la Castilla que heredaba Sancho III comprendía Burgos, Ávila, Segovia, la Extremadura de la época (Soria y Alcaraz), Toledo y las villas de Ultrasierras, las Asturias de Santa Juliana (Santillana) y la tierra de Campos hasta Sahagún.

El reino de León confiado a Fernando II estaba formado por León (con Asturias), Galicia, Zamora, Toro, Salamanca y Coria con las poblaciones circundantes

En conjunto, tal vez correspondieran al reino de Fernando más territorios que al de Sancho III, pero Castilla tendía a extenderse por el Norte y el Levante, y Sancho III heredaba ciertos derechos sobre Zaragoza, Calatayud, Belchite y Albarracín, con sus tierras, y la soberanía en las Provincias Vascongadas: Álava, Vizcaya y parte de Guipúzcoa, que antes del siglo X habían pertenecido a los reyes de Asturias y que el rey de Navarra gobernaba como vasallo del de Castilla.

Alfonso VII, como sabemos, había aspirado a anexar a Castilla parte por lo menos del reino de Navarra, y con las bodas que se celebraron en 1153 debía de perseguir algo más que la recuperación de los territorios vascongados.

Sancho el Sabio de Navarra (1150-1194), sucesor de García Ramírez, se había casado el 2-VI-1153 con Sancha, hija de Alonso VII, y el 23 de julio del mismo año habían contraído matrimonio en Carrión el infante de Castilla, don Sancho (ahora Sancho III) y Blanca de Navarra, hija de García Ramírez y hermana del nuevo rey navarro.

La situación de las Provincias Vascongadas, históricamente castellanas, pero étnicamente -y desde Sancho el Mayor de Navarra en parte también políticamente- enlazadas con Navarra, era sobremodo particular por esta época.

Su centro de gravedad seguía estando en Castilla, como desde la más remota antigüedad. Y prueba de ello es que el conde don Lope de Vizcaya acompañaba la corte de Alfonso VII y continuó a las órdenes de su hijo Sancho III, de quien era alférez, un cargo que se hizo hereditario con los descendientes de don Lope y señores de Vizcaya.

Muerto el emperador atacó a Castilla el rey de Navarra y reconquistó las tierras de Rioja, Oca y Bureba que tuvo Alfonso el Batallador. Atestigua las grandes condiciones personales que las crónicas atribuyen al primogénito de Alfonso VII la diligencia con que el joven rey de Castilla hizo frente al navarro.

Se instaló en Burgos, reunió un ejército al mando del conde Poncio de Minerva y poco después quedaba derrotado Sancho el Sabio en Valpierre, cerca de San Asensio. El rey de Navarra se reconoció vasallo de Sancho III de Castilla y se presentó ante él en Miranda de Ebro, donde le juró públicamente fidelidad por los territorios castellanos que tenía.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 528-532.

El pacto de Sahagún

Con todo, la división del reino hecha por Alfonso VII entre sus hijos auguraba el conflicto habitual entre los herederos de este linaje. El primer incidente entre León y Castilla, de nuevo separados, acaeció con motivo del refugio que hallaron cerca de Sancho III unos nobles leoneses perseguidos por su hermano.

Punto importante de fricción serían también los límites de León y Castilla en el Norte; Sancho se aseguró en seguida el dominio de las tierras fronterizas de la comarca del río Cea, cuya defensa encomendó al conde Poncio.

Se vio la necesidad de regular desde un principio las relaciones entre ambos estados, y el 23 de mayo de 1158 firmaron Sancho y Fernando en Sahagún un tratado de paz y concordia y de delimitación de fronteras y zonas de influencia. Allí fijaron la divisoria de Castilla y León desde el Cea hasta Sevilla.

Especial interés tienen para nuestro estudio las decisiones que respecto de Portugal suscribieron los dos reyes hermanos. Acordaron en primer término no pactar con el monarca portugués en perjuicio de uno de ellos, reconquistar este reino, a ser posible, y en caso contrario impedir cuando menos su expansión por el Sur del Tajo.

Esta región quedaba incluida en la zona de influencia de Fernando II de León, quien conquistaría las modernas provincias portuguesas de Alemtejo y Algarbe, así como los territorios de Niebla, Montánchez y Mérida; de aquí para oriente, cuanto se reconquistase sería de la corona de Castilla.R.B.: Escalona. Historia de Sahagún, Apéndice III, e scrip. 174. Herculano, lib. II, p. 414. Abad de Silos, t. II, cap. II, p. 65.

Por varias razones poderosas iban a ser letra muerta los designios de Sancho III y Fernando II en relación con Portugal. La primera era la fuerza y el prestigio de Alfonso I, en estos años muy acreditado ya en toda la Península. Tras las gloriosas jornadas de 1147 y 1148, el rey portugués se dedicó a fortificar y poblar las ciudades recién ganadas.

Agradeció a la Iglesia su ayuda de todo orden mandando edificar el espléndido monasterio de Alcobaça. Pronto reanudó sus campañas militares con la mira puesta en la rica urbe de Alcácer do Sal. La atacó por primera vez en 1152, pero fue rechazado. En 1157 creyó que podría tomarla, por contar con el refuerzo de Thierry de Alsacia y un contingente de cruzados; pero nuevamente se defendieron bien los moros.

Al fin entraron los portugueses en esa ciudad el 28-VI-1158. Esta victoria hacía virtualmente a Alfonso I dueño del Alemtejo. No tardarían en caer Evora y Beja, si bien aún esperaban a los portugueses algunos contratiempos militares debidos a las invasiones almohades.

Apenas hacía tres meses que Sancho III y Fernando II habían pactado en Sahagún cuando murió de improviso el rey de Castilla; y la desdicha de la división de la monarquía castellanoleonesa se agravaba ahora, al quedar Castilla de hecho sin gobierno, conforme diremos más adelante.

La prematura desaparición de Sancho III, sobre liquidar la amenaza de intervención castellanoleonesa en Portugal, abría nuevas perspectivas a la política expansionista de Alfonso I: era el rey portugués quien, de nuevo, iba a intervenir en el reino vecino.

La satisfacción con que festejaba la corte portuguesa los últimas conquistas en el Alemtejo sufrió brusco golpe en el fallecimiento de la reina Matilde o Mafalda, ocurrido el 3-XII-1158. Alfonso I quedaba viudo con un hijo y tres hijas, todos menores: Sancho, heredero del trono, Mafalda, Urraca y Teresa.

Y los casamientos —como todos los de su clase—, políticos que pronto se concertaron testimonian que el rey de Portugal era ya en la Península una fuerza con la que había que contar. En enero de 1160 se celebraron los esponsales de la hija mayor, Mafalda, con Ramón Berenguer, heredero del trono de Aragón. Luego dio Alfonso I por esposa a Fernando II de León a la infanta Urraca.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 532-534.

El pacto de Cella Nova

En este momento interesaba la concordia a los reyes de Portugal y León. Los almohades eran de temer y había en todas partes, otra vez, conciencia del peligro africano. Y si el rey de León quería sacar partido a la situación de Castilla, bien haría llegando con el portugués a un acuerdo que resguardara sus fronteras occidentales.

Alfonso I de Portugal y Fernando II de León se encontraron a la sazón en Cella Nova y allí sellaron un pacto famoso, por el cual fijaban las respectivas zonas de influencia y conquista en el Sudoeste de la Península, con el curso del Guadiana por divisoria.

Fresca aún la tinta del tratado de Cella Nova tomaba cuerpo el peligro almohade. Era inminente una nueva invasión de africanos, preludiada en la disciplina con que los almohades se agrupaban en torno a la figura del califa de esta secta Abd-el-Mumin.

Al fin, en 1161, pasó Abd-el-Mumin el Estrecho con 18.000 bereberes, venció a los emires españoles que se le opusieron, marchó sobre el Alemtejo y derrotó a Alfonso Enríquez. Los cristianos se replegaron a la línea del Tajo, y se hicieron fuertes en Lisboa y Santarem.

La muerte del califa o emperador africano influyó decisivamente en la situación militar. Sus súbditos de allende el Estrecho se escindieron en banderías, y de momento pasó la amenaza para los españoles. Los musulmanes de Portugal tornaron a caer en el estado de depresión en que los dejó la pérdida de Alcacer do Sal.

Volvieron los portugueses al ataque, y con las ofensivas de 1162 iniciaron una nueva etapa no menos brillante que las anteriores en la Reconquista de la faja occidental de España. Beja se entregó a las milicias municipales. En abril o mayo de 1165 Trujillo fue tomada por sorpresa. En septiembre u octubre caía Evora; y a comienzos de 1166 se rendía Cáceres.

A la hora en que Alfonso I de Portugal conquistaba esas ciudades culminaba en Castilla y León la guerra civil. Tentadora ocasión para un príncipe como el portugués, jamás embarazado por su firma ni por su palabra de honor.

Por el tratado de Zamora con el emperador había renunciado a Galicia. Pero no más asegurar sus conquistas en el Alemtejo, reorganizó Alfonso I sus fuerzas y marchó para el Miño. En 1167 entraban otra vez los portugueses en Túy y ocupaban la comarca de Toroño hasta las orillas del Lérez. Más a oriente se apoderaban de la tierra de Limia.

Sabemos que por el tratado de Cella Nova con Fernando II de León, el portugués había dejado al rey de León los territorios al este del Guadiana. Pero hacía años que Alfonso Enríquez meditaba la conquista de Badajoz, que en aquel pacto correspondió al leonés. Y en la primavera de 1169 llegaba noticia a Fernando II de que Alfonso I de Portugal tenía sitiada a esa ciudad.

Nada había podido hacer el rey de León para evitar la invasión de Galicia, transgresión que no perdonaba a los portugueses. Tanto mayor fue la indignación con que Fernando partió para el Guadiana al frente de su ejército.

El sitiador quedó sitiado en sus propios reales por las tropas leonesas. La jornada resultó desastrosa para el rey de Portugal, que, además, se fracturó una pierna en la peripecia. Tuvo que entregarse en lastimoso estado. Prisionero, Alfonso Enríquez temió lo peor, y en ese instante dijo a su vencedor que le daría su reino si le devolvía la libertad.

Fue la suerte de los condes de Portugal y de Alfonso Enríquez que no hubiera en León reyes tan faltos de escrúpulos como ellos. Doña Urraca, Alfonso VII, Fernando II, sobre hallarse embargados por problemas internos abrumadores, no eran rencorosos ni vengativos.

Otro habría sido el cantar si Alfonso I de Portugal hubiera tenido enfrente a un Alfonso VI. En todo caso, al oír que el rey portugués le ofrecía sus estados a cambio de la libertad, Fernando II le respondió: Devuélveme lo que me has quitado y guarda tu reino. Pero se lo llevó preso.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, pp. 435 y 436.

El rey de León recuperó las tierras y ciudades de Galicia y el Guadiana, y a los dos meses puso en libertad a Alfonso I, y lo dejó marchar a Portugal.

Entró el monarca portugués en su reino deprimido e inutilizado para la guerra. Ya no podía cabalgar. En persona de su temperamento aquello era el fin; el fin de su vida y el fin de su reinado.

En esta situación se presentaba de nuevo en Portugal el peligro almohade. El emperador Yusuf desembarcaba en España, se dirigía al Occidente, invadía el Algarbe y el Alemtejo, cruzaba el Tajo y sitiaba a Santarem (año 1171).

Fernando II de León, que después de desentenderse de Castilla, como diremos, se dedicó a repoblar ciudades y a medir sus fuerzas con la morisma, todo ello con fruto, hizo gala entonces de la altura de miras no desusada en castellanos y leoneses, acudiendo en socorro de la ciudad portuguesa cercada.

Llegó a tiempo de poder levantar el sitio y Santarem salió, gracias al leonés, de apuros. Sin embargo, el rey de Portugal, que nunca prestó ayuda a ningún príncipe español en momento de angustia parecida, creyó que su yerno se aprovechaba de las circunstancias para invadir sus territorios y despojarle. Pero liberada Santarem, Fernando se volvió a León.

Quedó el rey portugués —paralítico y afrentado— en un estado de ánimo desesperanzador. Por primera vez se sentía sin fuerzas para defender su reino contra los sarracenos.

Encerrado tras los muros de Santarem, Lisboa o Coimbra, resolvió dar un paso que debió de verse mal en el resto de España: pidió a los moros una tregua, y pactó con ellos punto menos que en condiciones de vencido.

Este acto de Alfonso Enríquez contribuiría —cree Herculano— a que Fernando de León repudiara en 1175 a su mujer Urraca, hija del rey portugués, tomando pretexto —¡a los quince años de casados!— en la proximidad del parentesco.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 534-537.

Restauración de Alfonso VIII

Urge ya conocer con cierto detenimiento las consecuencias que tuvo en Castilla la inesperada muerte de Sancho III en agosto de 1158.

Como adelantamos, quedó este reino, en realidad, sin cabeza, dado que heredaba la corona un niño de tres o cuatro años, hijo de Sancho y de Blanca de Navarra, titulado Alfonso VIII y más tarde distinguido en justicia con el apodo enaltecedor de el Noble. Quien tuviera en su poder al rey niño seria amo de Castilla, y eran tres las fuerzas que se disputaban la custodia del infantil personaje.

Fernando II de León, tío del pequeño Alfonso, se apresuró a reclamar la tutela, pero había en Castilla dos familias que pretendían lo mismo. Eran estas dos familias, la de los Lara y la de los Castro. La rivalidad venía de lejos, por lo menos desde los días de las luchas entre Doña Urraca y Alfonso el Batallador.

En derecho, la tutela del pequeño monarca correspondía a los Castro, personalmente a don Gutierre Fernández de Castro, a quien Sancho III había confiado la educación de su hijo. No obstante, don Manrique de Lara se apoderó violentamente de la regia criatura, sin que don Gutierre, temeroso de la guerra civil, insistiera en disputar el poder a la familia rival por iguales procedimientos.

Mas con su muerte en 1159 concluyó la moderación de los Castro —virtualmente excluidos de gobierno de Castilla—. Fernando II de León decidió entonces apoyarlos contra los Lara e invadió a Castilla, entrando con su ejército en Burgos. Con todo, no logró lo que perseguía, que era adueñarse de la personilla de Alfonso VIII.

Así las cosas, en la primavera de 1160 reconquistaba Sancho el Sabio de Navarra la Rioja y la parte de Castilla hasta Montes de Oca. Tomó a Logroño, Ansejo y Entrena y en la Bureba ocupó a Cerezo y Briviesca, con intención de dominar en lo sucesivo estos territorios y las Vascongadas, dando ahora Álava y Guipúzcoa a un conde del antiguo apellido Vela. Parte de estas nuevas conquistas del navarro las anularon poco después los de Lara.

Con la prolongación de la guerra civil castellana creció la codicia política del rey leonés, quien cohonestando su deseo de reinar en Castilla con el gesto patriótico de poner fin al conflicto entre Castros y Laras, se proclamó tutor del rey pequeño.

Tenía Fernando II el propósito de adueñarse de Castilla para incorporarla definitivamente a sus estados y disponer de la persona de su joven monarca, al cual condenaría a perpetua inhabilidad, después de hacerle renunciar a todos sus derechos.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 69.

En 1162 invadió Palencia y tomó a Toledo, Sigüenza y tierra de Soria. Hizo luego la paz con los Lara y parece que fue reconocido por el obispo regente de Castilla y tutor de Alfonso VIII en una conferencia en Atienza o Medinaceli, donde la corte castellana acudió desde Burgos con el rey niño.

Fernando II se titulaba ya Rey de todas las Españas. Trataba como súbditos a los magnates castellanos. Todo ello delataba aspiraciones poco tranquilizadoras para las personas y los intereses agrupados en torno al trono de Castilla.

De Atienza y Medinaceli marcharon los cortesanos leoneses y castellanos, con uno y otro monarca, a Soria, y aquí, en un momento de descuido de los leoneses, los ayos del rey pequeño se fugaron con su importante pupilo, una vez más sobresaltadamente traído y llevado de lugar en lugar, nueva versión política de la huida a Egipto. Los prelados castellanos abandonaron al rey de León y así concluyó su efímera y dudosa tutela sobre Alfonso VIII.

Se preparó entonces Castilla para recuperar en otros sectores territorios ocupados por Fernando II en los últimos años. En febrero de 1164 entraron las tropas castellanas en Sahagún y reconquistaron aquella tierra, más las de la cuenca del río Cea hasta Tordesillas.

Después marchó el ejército castellano al distrito de Huete, donde quedó protegido el joven monarca mientras se dilucidaba en batalla la suerte de Toledo y su tierra. Toledo estaba en poder de Fernando Ruiz de Castro, que lo conservaba por el rey de León.

Continuaba, pues, la lucha por la tutoría de Alfonso VIII, con los Lara, que la tenían, afianzándose en Castilla. En la guerra por Toledo murió don Manrique de Lara y su ejército resultó desbaratado.

En ese momento se temió que el rey fugitivo y sus guardianes caerían en manos de los Castro, pero pudieron escapar a Ávila. La tutela siguió en la casa de Lara, a cargo de don Nuño, hermano de don Manrique.

Alfonso VIII pudo entrar, al cabo, en Toledo en agosto de 1166.

En 1170, al cumplir Alfonso VIII los catorce años, fue declarado mayor de edad en Cortes celebradas en Burgos. A partir de este instante comienza el rey de Castilla a reconstruir su reino con la reconquista de las Vascongadas y las tierras navarras que fueron de Castilla bajo su bisabuelo, Alfonso VI.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 82.

Continúa la política de su padre respecto de Navarra, en estrecha alianza con el rey de Aragón. Piensan entonces ambos monarcas en resucitar el pacto de 1151 entre Alfonso VII y el rey de Aragón, repartiéndose el reino navarro. El tratado de julio de 1170, firmado en Zaragoza, iba dirigido contra Navarra.

El enlace de Alfonso VIII, con Leonor, hija de Enrique II de Inglaterra, que dominaba todo el Occidente de Francia, tenía idéntico sentido de fortalecer a Castilla contra Navarra. La boda se celebró en Tarazona en septiembre de eses mismo año 1170. Leonor trajo en dote el ducado de Guyena, con la Gascuña o Vasconia.

Al tanto de todo Sancho el Sabio se preparó para resistir el ataque del monarca castellano, que no podía demorarse ya y en la primavera de 1173 tomó la iniciativa con una irresistible expedición contra Castilla que llevó a su ejército a las murallas de Burgos. Pero tuvo que retirarse, acosado por las tropas castellanas, que cayeron sobre la retaguardia navarra y la dispersaron.

Grañón, Cerezo, Briones, una tras otra fueron cayendo en poder del rey de Castilla las posiciones que ocuparon los navarros. Lo mismo Logroño, que Sancho el Sabio tomó a principios del reinado de Alfonso VIII, como recordará el lector y que no reconquistaron los Lara.

Pero era tan particular la situación política de las personas con altos cargos en aquella contenciosa región, que el conde Vela pasó a las órdenes de Alfonso VIII y gobernó a Nájera y Castilla la Vieja en su nombre.

La campaña por la restauración del reino castellano, tal como lo tuvo Alfonso VI, culminó con la reconquista por Alfonso VIII en julio de 1175 de las Encartaciones de Vizcaya, sometidas a los navarros desde los días del Batallador, si bien irían incluidas entre las tierras de Castilla que poseía en honor el rey de Navarra bajo el emperador.

En la reconquista de las Encartaciones cooperó muy eficazmente Alfonso II de Aragón invadiendo a Navarra por tierra de Milagro, que hizo suya.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, p. 90.
Contó también el rey de Castilla en estas campañas en las Vascongadas y en las que realizó contra los moros con los valiosos servicios de los condes o señores de Vizcaya, sus vasallos, Lope López y Diego López, hijos del viejo conde don Lope, que había muerto en ll70.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. VIII, pp. 390, 391.

El rey de Navarra se consideró injustamente despojado, y Alonso VIII, que creía tener derecho indiscutible sobre los territorios que había recuperado, se mostró conforme en someter el pleito a un árbitro imparcial.

Ambos monarcas eligieron juez al rey de Inglaterra, quien falló en 1177 en favor de Alfonso. Por virtud de ese laudo, Navarra renunció para siempre, definitivamente, a sus pretensiones sobre los territorios castellanos que formaron parte, al morir Sancho el Mayor, del reino vascón.

También renunció Sancho el Sabio a la totalidad de la Rioja, que declaró propia de Castilla, en las ciudades de Logroño, Autol, Ansejo y Calahorra. Por último pactaron los dos reyes una paz de diez años, comprometiéndose Alfonso VIII a pagar anualmente, en Burgos, al monarca navarro 3.000 monedas de oro a manera de compensación.

Hito memorable en la historia de la reconquista fue el cerco de Cuenca, viejo baluarte moro, iniciado a principios de 1177. La ciudad se rindió el 21 de septiembre de ese año.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 537-541.

Las Vascongadas a Castilla

La intervención del rey de Inglaterra no puso término a la discordia navarrocastellana, por cuanto nada se resolvió sobre la pertenencia del territorio alavés lindante con Navarra, del Duranguesado y de Guipúzcoa.

Se resistió en seguida el rey navarro a cumplir el laudo, y Alfonso VIII llevó el asunto a las Cortes que se celebraron en Burgos a fines de enero y comienzos de febrero de 1178.

A continuación renovaron su alianza en Cazorla los reyes de Castilla y Aragón. Este pacto tuvo mayor alcance histórico que los anteriores entre ambos monarcas, aunque no sea más que porque se fijaron por él las zonas de influencia en el Levante español. Castilla cedió a Aragón, para cuando fuese reconquistado, el reino de Valencia, con Játiba y Denia; del puerto de Biar para occidente y mediodía, todos los territorios serían de Castilla.

Por el convenio de Cazorla cesó la superioridad señorial de los reyes de Castilla sobre los de Aragón y condes de Barcelona, y concluyó el homenaje que debieron estos a Alfonso VII y a Sancho III por Zaragoza y otras ciudades del Ebro.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. II, cap. II, pp. 95, 96.

En abril o mayo de 1179 tuvo efecto una nueva entrevista entre Nájera y Logroño de Alfonso de Castilla y el monarca navarro, para ajustar la paz definitiva que no resultó de la intervención del rey de Inglaterra.

En gran parte, el nuevo pacto vino a corroborar, aquel laudo. La Rioja volvió a ser declarada propia de Castilla, mas Logroño y demás plazas reclamadas por Alfonso VIII quedaron confiadas a naturales de Navarra, que pasaban a ser vasallos del rey de Castilla.

Como garantía de la tregua, el monarca castellano entregó al navarro varios castillos que tenía en Navarra, entre ellos el de Leguín, al este de Pamplona. Gesto desusado fue el de Alfonso VIII de ceder al rey de Navarra Álava a perpetuidad para vuestro reino, contrariando el fallo del rey inglés.

Este último pacto castellano navarro determinó el reajuste de la soberanía y el dominio en la región riojanoalavesa. La pequeña nobleza de Álava se dividió; la mayoría de los señores alaveses pasaron a depender de la corona navarra, pero otros se fueron con Alfonso VIII.

Ello dio lugar a la reorganización política interna de Álava, y surgió entonces, quizás, la cofradía de Arriaga.

Los gobernadores de la Rioja, aunque navarros, obedecían, conforme acabamos de insinuar, al rey de Castilla. Diego López, señor de Vizcaya -su hermano Lope murió por aquellos años- continuó con Alfonso VIII, y desempeñó altos empleos en su corte.

La solemne reconciliación de Alfonso VIII y Sancho el Sabio, de la que, de toda evidencia, salió ganancioso el navarro, se la dictó verosímilmente al castellano el plan que se había trazado de reconquistar otros territorios que retenía su tío, Fernando II de León, y de dilatar su reino a expensas de los sarracenos

Lo primero trascendió pronto en los grandes preparativos militares que el 15 de enero de 1181 conducían a la entrada del ejército castellano en los dominios de Fernando, por Tordesillas.

En pocas semanas volvía a poseer Alfonso VIII el infantado de Valladolid, que el rey de León pretendía conservar. En febrero se convino la paz, en la que quedó confirmada esta conquista.

Excede los límites que el tema de Portugal fija a este estudio la historia de los sucesos subsiguientes del reinado de Alfonso VIII. Por excepción, sin embargo, importa registrar que las briosas campañas que desde 1182 realizó el rey de Castilla contra los moros, y que le llevaron hasta Algeciras, provocaron la enérgica reacción de los almohades, con la invasión de España por el emperador de Marruecos Abu-Yusuf-Jacub-Almansur, quien derrotó el 19-VII-1195 al ejército castellano en la inolvidable batalla de Alarcos.

Aunque lo pidió, Alfonso VIII no recibió el auxilio del rey de León (Alfonso IX, 1188-1230, hijo de Fernando II y Urraca de Portugal), ni el del rey de Navarra (Sancho el Fuerte 1196-1234).

Tras la retirada de Alarcos, el rey de Castilla declaró la guerra a ambos. Sobre el leonés triunfó fácilmente Alfonso VIII, que contaba con el nuevo rey de Aragón, Pedro II, por aliado.

Después rompió hostilidades el rey de Castilla contra Sancho el Fuerte, quien, incapaz de resistir la acometida del pujante reino castellano, puso en práctica el impolítico designio de buscar la ayuda de los almohades (con quienes desde que comenzó a reinar estuvo en contacto), para lo cual se trasladó a África.

Mientras la Iglesia, por labios de su Pontífice Celestino II, lanzaba censuras y excomuniones contra el errátil rey de Navarra, Alfonso VIII mitad por la conquista, mitad por la voluntaria sumisión de los habitantes, ocupaba Álava y Guipúzcoa entre 1196 y 1200. Estas provincias, objeto de largo litigio histórico, pasaron ya definitivamente bajo la corona castellana.

En el capítulo anterior apuntamos el hecho de que el rápido crecimiento de Castilla al Oeste y de Aragón al Este sentenciaba a Navarra a desaparecer o a acabar disminuida y extrañada, como estado pirenaico dominado por Francia.

Las escandalosas alianzas perseguidas por Sancho el Fuerte delatan la desesperación de un reino, más que la de un rey, sofocado por Castilla y León al cerrarle el paso a toda aventura vital y expansiva.

El fin natural de Navarra hubiera sido en este momento dejarse absorber por uno de los dos estados vecinos, con los cuales tenía afinidades. La preferencia por Aragón se desprendía de la historia, pues Navarra siempre gravitó hacia Zaragoza.

Así lo comprendió Sancho el Fuerte, quien quiso todavía, curándose de las extravagancias que le hicieron famoso, que el viejo reino de Sancho el Mayor continuase adicto a los ideales y a las dinastías de la Península.

En 1231 recibió Sancho a Jaime I de Aragón (el Conquistador) en su palacio de Tudela y le instituyó heredero de la corona navarra, con exclusión de su sobrino Teobaldo, hijo de su hermana Blanca.

Pero al morir Sancho en 1234, los navarros repudiaron su testamento y eligieron a Teobaldo, un paso que convertía a Navarra en provincia francesa, y no otra cosa fue este reino durante los dos siglos subsiguientes.

Nos incumbe ahora asistir al desarrollo de los acontecimientos que hacen ya definitivamente independiente a Portugal.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 541-544.

Portugal, reino independiente

Cuando Alfonso Enríquez, libertado por Fernando II de León, volvió a Portugal comprendió que su reinado había concluido el día que quedó inútil para la guerra en la trampa de Badajoz.

Por fortuna para él y para el reino, su hijo Sancho, que entonces andaba por los quince años de edad, tenía cualidades que aun en esta fase temprana de su vida permitían que se le confiaran sin temor parte al menos de los intereses del Estado.

El 15-VIII-1170 su propio padre le armó caballero en Coimbra. Dos años después, el joven Sancho estaba ya al frente del ejército y considerado como rey.

En 1174 se casó con Dulce, hija de Ramón Berenguer de Barcelona y de Petronila, y por tanto, hermana del rey de Aragón, Alfonso II; nuevo matrimonio político, que revela la persistente preocupación portuguesa de tener aliados en las tierras orientales de la Península.

La poco gloriosa tregua que Alfonso I había suscrito con los moros no placía al temperamento aventurero y belicoso de su hijo, y en 1176 Sancho realizó una audaz incursión en Andalucía, y se presentó en el barrio sevillano de Triana. Regresó a Portugal con copioso botín.

No hay noticia de que Alfonso Enríquez transmitiera el reino a su hijo de modo formal y solemne. De derecho, conforme con la ley visigótica, subsistente en León y en Castilla, la monarquía era electiva. En las fórmulas de coronación del rey se presuponía aún en el siglo XIII ese derecho. En la práctica, no obstante, el carácter hereditario de la corona había reemplazado al derecho electivo.R.B.: Martínez Marina, Ensayo histórico- crítico, párr. 66 ss.; Ritual de Cardeña en Berganza; Antigüedades, T. ii, P. 682.; Herculano, libro II, pp. 443, 444.

Pero el rey portugués, sintiendo cercana la hora de la muerte, comprobaba con inquietud que la cuestión de la monarquía en Portugal estaba aún por resolver allí donde únicamente podía ser resuelta. Roma no le había dado título de rey. ¿Iba a legar a su hijo un cetro inseguro, tal vez disputado, por faltarle la sanción del Papa?

Se dio el anciano monarca con apremio a lograr que la Santa Sede reconociera taxativamente su dignidad real; y prometió al Pontífice —Alejandro III— un censo anual en oro más alto que el que fijó en 1144: serían dos marcos de oro en vez de cuatro onzas.

En 1179 dictó Alejandro III la bula especial por la que confirmaba la existencia independiente de la monarquía portuguesa.

Los motivos expuestos por el Pontífice en el preámbulo de la bula dada sobre esta materia —escribe Herculano— no dejarían de contribuir también hasta cierto punto a la concesión. Rememorando los servicios prestados al Cristianismo por Alfonso Enríquez y las dotes que le hacían ilustre, Alejandro III rendía homenaje a la verdad y hallaba, además, sólida base en que apoyar el acto que motivos más mezquinos de intereses le inducían a practicar.

Una de las particularidades más importantes de este documento es la confirmación que igualmente hace el Papa a favor del rey de Portugal del dominio de todos los territorios conquistados a los sarracenos sobre los cuales no pudiesen demostrar que tenían derecho los príncipes comarcanos.

Finalmente, se hacían tales concesiones, no solo a Alfonso I, sino también a todos sus sucesores, a quienes tomaba la Santa Sede, asimismo, bajo su especial protección. Un obsequio de mil morabitinos que el rey de Portugal envió al Papa dos años más tarde sirvió de paga y aumento del censo por el favor tanto tiempo solicitado.R.B.: Herculano. Historia de Portugal, lib II, p. 405.

Alfonso Enríquez podía ya despedirse serenamente de este mundo. Mientras en el Alemtejo se libraban entre 1179 y 1184 las batallas más duras, quizás, de la Reconquista portuguesa, entre las fuerzas del príncipe Sancho y los almohades, el viejo guerrero pasaba los días recogido en Coimbra con su hija menor Teresa. La marcha de Teresa a Flandes, con cuyo conde contrajo matrimonio en 1183, dejó al rey en gran soledad, solo turbada, acaso, por el estruendo de la guerra próxima.

Los sarracenos llegaban otra vez a las puertas de Santarem, que el propio emperador almohade sitió en junio de 1184. Pero Alfonso I vivió todavía para conocer la decisiva derrota que sufrió el enemigo secular en la enconada batalla del 4 de julio. De ella salió Yusuf mortalmente herido.

Y en estas glorias, con su misión, si tuvo alguna, acabada, expiró Alfonso Enríquez el 6-XII-1185 en aquella Coimbra donde el conde Enrique abrió los ojos a la ambición que ahora dejaba su hijo plenamente satisfecha, para bien o para mal.

En un hecho de tal magnitud, obra del tiempo y de las circunstancias, decir que hubo error sería declararlo arbitrario, y nada hay arbitrario para la Historia, Sin violencia coincidimos con el historiador inglés en que ninguna razón geográfica ni étnica justifica que la parte de la Península ibérica llamada Portugal llegase a formar un reino independiente de León y Castilla.R.B.: H. Morse Stephens, Portugal, 1891, cap. III, p. 59.

Pero no podemos atribuir de modo exclusivo el accidente, como él hace, a la grandeza de un hombre, de Alfonso Enríquez. No nace un reino sin causas más profundas.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I, págs. 544-546.