Historia de Italia

Introducción
Desde la antigüedad hasta final de la Edad Media
La edad moderna hasta la Revolución francesa
Desde la Revolución francesa hasta la constitución del reino de Italia
El reino de Italia
Italia en la guerra de 1914-1918

Introducción

La frase de Metternich de que Italia representa simplemente un grupo de Estados independientes unidos por la misma denominación geográfica, aunque hoy no tiene sentido, fue en gran parte verdad desde la caída del Imperio romano de Occidente, y antes de que Roma dominara toda la península y extendiera mucho más allá sus fronteras, no existía tampoco unidad alguna política ni aun etnográfica, sino un conjunto de pueblos de muy diversas procedencias, que es inútil y artificioso estudiar en común.

Más adelante, una vez desarrollada la gran urbe, es preferible estudiar la historia italiana con el epígrafe Roma, que viene a comprenderle. Esta sección se limitará, pues, a dirigir una breve ojeada a la historia desde la caída del Imperio romano hasta la constitución del reino italiano.

Desde la antigüedad hasta final de la Edad Media

Invasiones bárbaras

Con la caída del Imperio de los romanos, los cuales habían hecho de la península italiana el centro de la cultura del mundo entonces conocido, perdió también Italia su preponderancia. El centro de gravedad del Imperio se trasladó al Oriente, y las tribus germánicas conquistadoras se establecieron y afirmaron en la península.

Tras de los asaltos y ocupaciones devastadoras de Radagaiso, Alarico, Atila y Genserico, Odoacro, el caudillo de los mercenarios germanos en las filas de los romanos, derribó, en 476, al Imperio romano occidental y se proclamó rey de Italia, pero en 485 los godos, a sueldo del emperador Zenón, irrumpieron en Italia para gobernarla en nombre del emperador de Oriente; los guiaba su rey Teodorico, que venció a Odoacro en Aquileya, Verona y Rávena, y en 489 fundó el imperio ostrogodo en Italia.

Los italianos, poseedores de su lengua, religión e instituciones intactas, se unieron a la dominación de los bárbaros. Puede decirse que el gobierno fue a un tiempo de los godos y de los romanos; sus ministros y consejeros fueron los romanos Casiodoro y Severino Boecio.

Teodorico el Grande hubiera merecido el dictado de excelente monarca si no hubiese manchado su vejez con actos de crueldad, tales como la muerte de Boecio y Símaco, y hubiese seguido la política de equilibrio entre los elementos gótico y románico, que tanto había favorecido los primeros años de su reinado.

Heredó el trono Amalasunta, que gobernó en nombre de su hijo Atalarico, pero sus preferencias hacia los romanos irritaron a los godos, que le arrebataron a su hijo y lo asesinaron.

El emperador Justiniano, con pretexto de proteger a Amalasunta, mandó un ejército que, capitaneado por Belisario, tomó Nápoles y Roma; Milán, levantado en armas contra los godos, fue tomado por Vitigio y arrasado en 539; en Rávena, Vitigio fue hecho prisionero y los godos se rehicieron a las órdenes del rey Totila, con cuya dirección sometieron la Italia Meridional y tomaron y saquearon Roma.

Narsés sitió y mató a Totila, tomó de nuevo a Roma y destruyó el poderío de los godos en las vertientes del Vesubio, en la batalla en que murió Teja, el último de sus reyes (553).

Destruida por Belisario y Narsés, caudillos del emperador Justiniano, la soberanía ostrogoda, Italia fue de nuevo un elemento del Imperio romano, regido desde Bizancio. Las leyes de Justiniano, una de las cuales, la Pragmática sanción de 13-VIII-554, se ha conservado, regularon la constitución del país, cuyo supremo funcionario era le exarca imperial, residente en Rávena; fue este dignatario Narsés por espacio de trece años.

Empero, ya en 568 irrumpieron los longobardos al mando de Alboin y arrebataron casi toda la Alta Italia y la Italia Central a los bizantinos, a los cuales, fuera de la parte S. de la península y de la isla de Sicilia, no les quedó más que Istria y Venecia, Romagna, Rávena, Pentápolis (Rímini, Pésaro, Fano, Sinigaglia y Ancona) y Roma.

Pero hasta esta posesión se vio amenazada desde el s. VII por los longobardos, los cuales, en el s. VIII, al mando de los reyes Luitprando y Aistulfo, conquistaron Romagna y amenazaron seriamente a Roma.

Entonces el Pontificado, cuyo poder y prestigio se había aumentado extraordinariamente desde el papado de Gregorio I (590-604), solicitó la ayuda de los francos, y más tarde cuando Astolfo ocupó algunas ciudades del exarcado de Rávena, el papa Esteban II solicitó el concurso del rey franco Pipino, quien acometió las dos campañas de 754 y 756, arrojando a los longobardos, y cedió al Papa los territorios arrebatados a aquéllos, de Romagna y Pentápolis.

Su obra la completó Carlomagno, quien en 774, puso fin al reinado longobardo de Desiderio, a quien hizo prisionero en Pavía, y fue coronado emperador romano en la Navidad de 799.

Relaciones con el Imperio

Esta coronación fue el punto de partida de las largas luchas entre el Papado y el Imperio, por la dificultad de que ambas instituciones, tan íntimamente relacionadas desde entonces, se mantuvieran dentro de sus respectivos límites y, sobre todo, por las tendencias de los emperadores a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos y en la designación de las dignidades, incluso del propio Pontífice.

Desde Carlomagno, quien renovó la donación de Pipino, el N. y Centro de Italia pertenecieron al Imperio franco, habiendo sido introducido en ellos las instituciones constitucionales de este. Solo al S. quedó sujeto a la soberanía franca el ducado longobardo del Benevento, mientras en Roma y su territorio, también sometidos a la soberanía del emperador, los papas reunían en sí la soberanía espiritual y la temporal.

Con la dominación de los francos se instauró en Italia el feudalismo. Vivían fuera de la dominación carlovingia Nápoles, Gaeta, Otranto, Amalfi, Sorrento, Sicilia, Córcega y Cerdeña; Benevento constituía un ducado independiente, y Pisa, Génova y Venecia eran de hecho independientes, reconociendo solo de nombre la supremacía del emperador griego.

Pipino, el hijo de Carlomagno, intentó someter a Venecia, pero fue derrotado y obligado a aceptar la paz; aquí comienza la verdadera grandeza de Venecia, que transportó su sede de Malamocco a Rialto.

A tiempo que se ponía de manifiesto la ineptitud de los carlovingios, crecía el poder de los feudatarios, y los obispos y los árabes hacían varias incursiones a Sicilia llevando la devastación hasta Apulia y Calabria.

Eufemio, gobernador de Sicilia, con ayuda de los sarracenos, se proclamó rey en 837, pero los sicilianos lo mataron y rechazaron a los árabes, aunque no pudieron resistirlos en una segunda guerra que dio por resultado que los sarracenos quedaran dueños de la isla y dejaran a sus emires de gobernadores en Palermo (841); desde allí ocuparon Bari y Tarento y marcharon sobre Roma.

En 847 el papa León IV, al frente de sus soldados, logró rechazarlos, pero en una nueva incursión en 875 el papa Juan VIII, para salvar a Roma, se vio obligado a pagar 25.000 monedas de plata.

En virtud del tratado de Verdún (843) la Italia franca pasó a poder del emperador Lotario I, al que en 855 sucedió su hijo mayor Ludovico II. En este, que murió en 875, se extinguió la línea italiana de los carlovingios, y los conatos de los reyes carlovingios de la Franconia Occidental y Oriental, por afirmar su soberanía sobre Italia, quedaron frustrados, o por lo menos carecieron de efecto duradero.

Carlos el Calvo, Carlos III y Arnulfo fueron coronados emperadores romanos, pero a su lado se levantaron los soberanos naturales, acabando estos por obtener la ventaja.

Berengario, duque de Friul, fue coronado rey de Italia en Milán, pero a ello se opuso Guido, duque de Spoleto, y se suscitó una guerra civil que terminó con la victoria y coronación de este como emperador en Roma, en 891. Berengario solicitó el concurso de Arnolfo y, con su ayuda, venció a Lamberto, que sucedió a su padre Guido ; pero luego el propio Arnolfo se hizo coronar emperador en 895.

Muertos Lamberto y Arnolfo, y cuando parecía que nadie iba a disputar el poder a Berengario, aparece con tal pretensión Luis de Borgoña, y en tales discusiones los húngaros atraviesan los Alpes, vencen a Berengario y saquean Lombardía.

En 900, Luis de Borgoña se hace coronar rey y emperador, pero Berengario lo vence, le hace sacar los ojos y gobierna por espacio de diecisiete años; en 916 se hace coronar emperador, pero al poco tiempo Rodolfo II de Borgoña es proclamado rey de Pavía. Berengario pide auxilio a los húngaros, que en su incursión saquean la ciudad, y en 924 muere asesinado.

Mientras los margraves de Friul y los duques de Spoleto, contendían entre sí por la corona de Italia, los sarracenos y los magiares devastaban aquellos territorios en frecuentes correrías que era imposible evitar y resistir.

A la muerte de Berengario Italia quedó en manos de tres mujeres:

    1. Berta, viuda del marqués de Toscana
    2. Ermengarda, hija de la anterior, hermana de Hugo, marqués de Provenza
    3. Marozia, noble romana, viuda del conde de Túscolo, muy influyente en Roma

Esta casó con Hugo de Provenza, que ejerció una soberanía violenta y fue reducido, en 945, por el margrave Berengario II de Ivrea, a una sombra de reinado; a la muerte de su hijo Lotario (950) tomó Berengario el título de rey, elevó a su hijo Adalberto a la dignidad de corregente, y encerró en la cárcel a Adelaida, viuda de Lotario, hijo de Hugo.

Entonces el rey de Alemania, Otón I (951), cuyo vasallo había sido Berengario, franqueó los Alpes, obtuvo la dignidad de rey de Italia y contrajo matrimonio con Adelaida que había logrado escapar del encierro, y aunque en 952 devolvió a Berengario Italia en calidad de reino feudatario, al intentar substraerse otra vez a la dominación alemana, pasó de nuevo Otón a Italia (961), conquistó el N. de la península y renovó en Roma la dignidad imperial (962).

Una vez sometidos Berengario y sus secuaces (964), formó el reino de Italia una parte del nuevo Imperio romano, cuya corona descansaba en las sienes del rey de Alemania.

Italia durante la dominación alemana

Los emperadores pretendían afirmar su soberanía sobre el Pontificado, y así cuando Juan XII, después de coronar a Otón I, quiso substraerse a su influjo, el emperador le hizo destronar y se aseguró para él y sus descendientes un voto de preferencia en la elección del soberano Pontífice.

Otón I no logró someter ni con negociaciones con la corte bizantina, ni con las armas, la Baja Italia, que poseían en parte los griegos y en parte los árabes.

Su sucesor, Otón II, al intentarlo de nuevo, sufrió una derrota decisiva de los árabes en 982 y murió al año siguiente.

En el reinado de su hijo, Otón III, menor de edad, se aflojó el lazo de unión que existía entre Roma y el Imperio alemán, y el caudillo de la nobleza romana, Juan Crescencio, dominó, en calidad de patricio, la ciudad y la silla Pontificia.

Pero en 996 pasó Otón III a Italia y elevó al trono pontificio a su primo Bruno, con nombre de Gregorio V, y al rebelarse Crescencio y nombrar un antipapa, fue ejecutado (998). A la muerte de Gregorio (999) llamó el emperador a su amigo Gerberto de Reims Silvestre II a la Silla de San Pedro, fijó su residencia de soberano en Roma y concibió un plan de hacer de nuevo esta ciudad el centro y emporio del Imperio cristiano universal.

Pasó la fatídica fecha del año 1000: los italianos, libres de la pesadilla del próximo fin del mundo profetizado para aquella fecha, despiertan a un nuevo afán de independencia; los nobles longobardos se reúnen para proclamar un rey nacional en la persona del margrave Arduíno de Ivrea, y la Silla pontificia cae de nuevo bajo la dominación de los Crescencios y de los condes de Túscolo.

Una segunda expedición del rey de Alemania, Enrique II, a Italia (1004), fracasó completamente por lo menos en cuanto a la duración de sus efectos; pero en una segunda expedición fue depuesto Arduíno, y se afirmó de nuevo la dominación alemana en la Alta Italia y la Italia Central: el propio Enrique II fue coronado emperador en 1014.

Entre tanto, Bari se había libertado de los griegos; Pisa, ocupada por los sarracenos, los expulsa por obra de Cinzica dei Sismondi, y más tarde, unida a Génova, los ataca en Cerdeña y les obliga a abandonar la isla; Venecia persigue a los piratas de Istria; trae a sus naves de la India y se convierte en señora del Adriático

En una tercera expedición (1022) Enrique II de Sajonia el Santo penetró en la Baja Italia y obligó a los principados de Salerno, Capua y Benevento, a reconocer su soberanía. Murió este soberano en 1024. Más enérgico aún se mostró su sucesor Conrado II de Franconia, a cuya subida al trono volvieron a manifestarse en Italia los conatos de independencia.

En la expedición de 1026-1027, en la que se hizo coronar rey en Monza у emperador en Roma, venció completamente la resistencia que se le oponía; en 1037 ejerció, hasta en el S. de Italia, sus derechos imperiales, y aunque no atacó abiertamente las libertades de Roma, procuró tener en la baja nobleza (a la que en 1037 otorgó la sucesión de los feudos) un apoyo para la corona alemana.

En 1037 fueron derrotados los alemanes en Milán. También en Roma desbarató Enrique III las fracciones de los nobles, y en el Sínodo de Sutri (1046) hizo deponer a los papas y antipapas elegidos por aquéllos y en lo sucesivo nombró a varios papas alemanes, gracias a los cuales la reforma que había empezado en Cluny ganó terreno también en Italia, realzándose así notablemente la autoridad y la influencia del Pontificado.

Empero, apenas hubo ascendido al trono de Alemania Enrique IV a la muerte de su padre (1056), cuando el poder eclesiástico intentó librarse del predominante influjo del Imperio alemán.

La famosa cuestión de las Investiduras entre el Imperio y la Sede romana tomó en Italia carácter nacional. Las ciudades italianas, que, a contar desde principios de aquel siglo, habían crecido extraordinariamente en virtud del florecimiento de la industria y el comercio, empezaron a emanciparse de la dominación de los príncipes, tanto temporales como espirituales, feudatarios de los reyes, y formaron una fuerte organización autónoma.

Durante la lucha de las Investiduras, se afirmó también el poderío político de algunos señores temporales; en la Italia Central la gran condesa Matilde de Toscana fue, durante mucho tiempo, la dueña de los destinos del país.

Era la amiga fiel de Gregorio VII e hizo donación de sus ricas posesiones a la Sede romana, de las cuales, empero, se apoderó después de su muerte (1115) el emperador Enrique V, de modo que el pleito sobre los bienes de Matilde un nuevo motivo de contienda entre el Imperio y el Pontificado.

Enrique V renovó la guerra, siempre por la cuestión de las Investiduras; para hacerla cesar, Pascual II propuso a los eclesiásticos la renuncia de los dominios temporales; pero su proposición fue rechazada y hasta 1122 no se llegó á un acuerdo, según el cual las investiduras no serían hechas por el emperador con el anillo y el pastoral, símbolos de la autoridad papal, sino con el cetro.

Mucha importancia revestía el hecho de haberse constituido al S. de la península un Estado feudatario pontificio que daba al Papa un fuerte apoyo contra el Imperio.

Durante Enrique II se habían establecido en la Baja Italia algunos caballeros normandos que en un principio servían a las órdenes de los pequeños soberanos del país. En tiempo de Conrado II y Enrique III estos normandos se habían robustecido en expediciones fuera del territorio y, favorecidos por el auxilio de los emperadores, habían fundado señoríos independientes, en parte a costa de los griegos sarracenos y en parte por mediación de los pequeños príncipes longobardos.

Con la toma de Bari (1071) terminó la soberanía griega de Apulia y Calabria; la lucha por Sicilia se decidió con la conquista de Palermo (1072), aunque en el S. los sarracenos opusieron fuerte resistencia durante algún tiempo; de los principados longobardos se sometieron en 1062 Capua y en 1076 Salerno, pero Nápoles se resistió y defendió por espacio de sesenta años.

Los Papas habían mirado en un principio con desconfianza y recelos los éxitos de los normandos, y el propio Gregorio VII nunca estuvo conforme con la existencia de aquellos pequeños principados e hizo cuanto estuvo en su mano para que no prosperasen.

Sin embargo, en 1080 se había reconciliado con el más importante de estos príncipes, Roberto Guiscardo, al cual el Pontífice dio en feudo todos los países conquistados. El sobrino de Roberto, Rogerio II, unió (1127) Sicilia a las posesiones normandas en el continente y en 1130 tomó el título de rey, confirmándoselo luego el papa Anacleto y en 1139 el Papa Inocencio II lo reconoció como Estado feudatario de la Iglesia.

Mientras los Papas, apoyados por los normandos, procuraban en la Italia Central aumentar sus dominios temporales, en la Alta Italia las ciudades robustecían su poder. Hubo frecuentes alianzas, seguidas de encarnizadas y sangrientas luchas.

En Lombardía, Milán se afirmó en su situación de preferencia y a su lado sobresalieron Pavía y Cremona, y en el E. Verona; en la costa de Liguria desempeñó Génova el papel más importante; en Emilia y Romagna florecieron Parma, Piacenza, Bolonia y Rávena; en Toscana sobresalió Pisa y también Florencia, Lucca y Siena.

Según que las ciudades o los partidos políticos que en ellas luchaban, eran adictos al Imperio o al Pontificado, se inclinaron a uno de los bandos, gibelinos y güelfos, que eran los que concentraban la lucha de aquella época.

Como quiera que la situación que habían alcanzado las ciudades italianas no tenía el reconocimiento de los emperadores y, por otra parte, le faltaba el verdadero fundamento legal, el emperador Federico I Barbarroja tomó la resolución de proceder contra ellas.

En la Dieta de Roncaglia (1158) quiso asesorarse de cuáles eran las regalías, o sea los derechos de soberanía propios de la Corona, y a base de ellos reclamó el libre ejercicio de la soberanía sobre las ciudades. De este modo quedó entablada la lucha entre las ciudades у el emperador.

A raíz de la destrucción de Milán (1162) pareció que Federico se había asegurado el triunfo; pero sus adversarios se rehicieron pronto, se unieron al Papa, con el cual el emperador estaba en lucha desde 1159, y con ello tuvieron la ventaja.

La derrota de Legnano (1176) obligó a Federico a aceptar la paz de Venecia con el papa Alejandro III (1177), y en el Tratado de Constanza de 1183, se reconoció la independencia comunal de las ciudades.

Al emperador le quedó la soberanía del feudo sobre las mismas y el derecho de apelación; además, las ciudades se obligaban a ciertas prestaciones en parte ordinarias y en parte extraordinarias. Según esto, la soberanía imperial en la Alta Italia, aunque muy limitada, fue, sin embargo, reconocida y se aseguró legalmente.

Lo contrario sucedió en gran parte de la Italia Central, donde la constitución del Estado de la Iglesia restó prestigio al Imperio. En la paz de Venecia (1177), Federico había reconocido el derecho fundamental del mismo, a pesar de que estaba en pie la lucha por los bienes de Matilde.

Barbarroja casó a Constanza, única heredera de Guilermo II, rey de Apulia y Sicilia, con su hijo Enrique VI para unir de este modo la corona al Imperio. Le disputó la corona Tancredo, conde de Lecce, pero a la muerte de este le quedó el campo libre como dueño del reino y murió en Mesina en 1196 dejando un hijo, Federico II, coronado rey de Germania, Italia y Sicilia y puesto bajo la tutela del papa Inocencio III.

A la muerte del emperador Enrique VI, Inocencio III hizo valer los derechos de la Sede romana y se aprovechó (para robustecer sus reclamaciones) de la lucha entre Felipe de Suabia, Otón IV y Federico II, los últimos de los cuales le hicieron las mayores concesiones en este terreno.

Los Papas no veían con buenos ojos el acrecentamiento del poder imperial en Italia, ni podían impedirlo. En vano pretendió Inocencio III separar Sicilia del Imperio, a pesar de haber obtenido de Federico II la promesa de que, al subir al trono, entregaría aquel reino a su hijo Enrique.

Federico II, al ser coronado en 1220, no cumplió esta promesa, sino que, al contrario, se dedicó a reorganizar la administración de su reino hereditario de Italia, hizo valer sus derechos sobre todas las ciudades de la Italia Central, y dominó Lombardía con enérgico cumplimiento de todas las prerrogativas que en virtud del Tratado de Constanza incumbían al Imperio.

Al sublevarse contra él, en 1226, las ciudades lombardas, nuevamente aliadas, fueron completamente derrotadas en 1237 en Cortenuova, pero el Papa apoyó la resistencia de las mismas. En 1239 Gregorio IX excomulgó a Federico II y en 1245 Inocencio IV le depuso solemnemente en el Concilio de Lyón.

En las reñidas luchas entre ambos poderes el hijo de Federico II, Encio, y su hijo político Ezzelino de Romano, defendieron vigorosamente durante mucho tiempo la causa del emperador en la Alta Italia; pero este, muy poco ayudado por Alemania, no pudo resistir la duración de la lucha y hubo de ceder ante las dificultades que se oponían a su causa.

En la batalla de Parma (1248) el ejército de Federico II sufrió una terrible derrota; Encio fue hecho prisionero por los boloñeses en 1249 y murió en diciembre de 1250 en Apulia, después de haber reinado treinta y dos años. Contra sus sucesores se aliaron los Papas con Francia para una acción común y esta alianza decidió de la suerte de los Staufen.

El próximo sucesor de Federico II fue su bastardo Manfredo, que para combatir al Papa, su mortal enemigo, ayudaba a los gibelinos de varias regiones de Italia mientras Ezzelino de Romano moría a manos de los güelfos lombardos en Cassano d'Adda, los gibelinos toscanos en 1260 ganaban la batalla de Monteaperti amenazando llegar a Florencia, sin la heroica defensa de Farinata.

El papa Urbano IV encontró, por fin, el príncipe que aceptase la corona de las Dos Sicilias en Carlos de Anjou, conde de Provenza, hermano de Luis IX de Francia; Carlos entró en Italia y derrotó a Manfredo en la batalla de Benevento (1266), en la que Manfredo perdió la vida, pero después su gobierno fue tan cruel que los italianos llamaron en su auxilio a Conradino, sobrino de Manfredo, que fue vencido en Tagliacozzo en 1267 y ejecutado.

En tanto los franceses aumentaban su poderío, hasta que en 1282 se levantó en armas Palermo contra ellos y siguió en la insurrección toda Sicilia. Juan de Prócida, que había preparado este levantamiento, llamó a Pedro III de Aragón como heredero de los derechos de Constanza. Pedro III hizo valer sus derechos sobre Sicilia y después de las Vísperas Sicilianas (1282) entró en posesión de la isla, la cual de este modo quedó separada de Nápoles. Los intentos de los Anjou, de recuperarla, fueron inútiles.

La edad moderna hasta la Revolución francesa

Desde la Revolución francesa hasta la constitución del reino de Italia

El reino de Italia

Italia en la guerra de 1914-1918

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 28 pág. 2215-2217.