Nápoles

El Reino de Nápoles
Nápoles hasta finales del XV
Lucha de Fernando II y Carlos VIII
Dominio definitivo de España
Apogeo y final del dominio

Nápoles hasta finales del s. XV

Antiguo reino de Italia que comprendía la parte meridional de la península y en los últimos tiempos de su historia la isla de Sicilia, con el título de Reino de las Dos Sicilias. Limitaba al N. y NE por los Estados pontificios, al O. por el Tirreno, al sur por el Jónico y al SE. por el estrecho de Mesina.

Fue importante en la antigüedad por sus florecientes colonias griegas que le valieron el nombre de Magna Grecia; formó parte del imperio romano, cayó en poder de lo hérulos y más tarde de los ostrogodos, a quienes lo conquistaron en el S. VI, Belisario y Narsés para el imperio bizantino. En la época en que los lombardos se apoderaron de la Italia del Norte, se formaron en territorio de Nápoles los ducados de Capua, Benevento y Salerno.

Los normandos

Los musulmanes se lo disputaban a los griegos, cuando, a principios del s. XI, aparecen aventureros normandos que se apoderaron de Amalfi y, ensanchando poco a poco sus conquistas, se hicieron dueños de Apulia y Calabria, de las que tomaron el título de duques; expulsaron a los musulmanes de Sicilia y, unidas a las anteriores provincias, el resto de la Italia del sur por Rogerio II, a principios del s. XII, se declaró feudatario del Papa, que le concedió el título de rey de Nápoles y Sicilia.

Los Hohenstaufen

Por el matrimonio de la hija de Rogerio II, Constanza, con Enrique VI de Alemania, pasó el reino de los normandos, en 1195, a la casa de los Hohenstaufen o Suabia. Su enemistad con los Pontífices, envolvió a Nápoles y Sicilia durante los reinados de Federico II, Conrado y Conradino, en las luchas italianas de güelfos y gibelinos.

Los Anjou

Urbano II ofreció feudatariamente estos países a Carlos de Anjou, hermano de Luis IX de Francia. Manfredo, regente del reino durante la menoría de Conradino, defendió valientemente la baja Italia, pero encontró la muerte en la batalla de Benevento.

La prisión de Conradino tras la batalla de Tagliacozzo y su muerte en 1268, decapitado en Nápoles, terminó con las fuerzas de los gibelinos y puso el país en manos del vencedor francés que, oprimiéndole con todos los rigores de un conquistador, dio lugar al levantamiento de las Vísperas Sicilianas que puso la isla en manos de Pedro III de Aragón, separándola de Nápoles.

Carlos de Anjou luchó con Pedro III y fue derrotado varias veces por la escuadra de Roger de Lauria. Este hizo prisionero, en 1284, a Carlos II de Anjou el Cojo, príncipe de Salerno y heredero al trono de Nápoles, quien permaneció prisionero hasta el tratado de Canfranc de 1288.

Después de Carlos II reinaron Roberto y Juana I y, muerta esta, se disputaron el trono Carlos III y Luis II. Las veleidades políticas de Juana II, hermana de Ladislao, fueron la causa de la intervención de Aragón en Nápoles y de que a su muerte, en 1435, Alfonso V se apoderase por las armas de la corona de este reino.

El Reino de Aragón

Hasta entonces la dominación española no había llegado al continente; nuestras relaciones con Italia habían sido puramente guerreras o comerciales. Un infante castellano hijo de Fernando III, el inquieto y aventurero don Enrique, luchó esforzadamente en Tagliacozzo como auxiliar de Conradino al frente de ochocientos caballeros españoles. Los catalanes intervinieron como traficantes o como piratas desde tiempos anteriores.

Después de la guerra que siguió a las Vísperas sicilianas, pelotones de almogávares se alistaron en las milicias mercenarias de italianos, atrayéndoles principalmente la corte de Roberto de Nápoles que, de 1288 a 1295, había sido huésped de Cataluña, eligiendo a dos princesas españolas, Violante de Aragón y Sancha de Mallorca, para contraer primeras y segundas nupcias.

A consecuencia de estos enlaces, se trasladaron a Nápoles varias familias catalanas. Los tratos mercantiles de Cataluña con las costas italianas llegaron a su apogeo en los siglos XIV y XV. Ya en 1307 tenían en Nápoles dos cónsules de su nación, y sus mercaderes ocupaban una calle entera.

Pero fue Alfonso V de Aragón el primero que en 1420 pensó por primera vez en aquel reino con intención de conquista, cuando la reina doña Juana solicitó su ayuda contra Luis de Anjou, prometiendo prohijarle y declararle su heredero. Venció Alfonso V a su enemigo y entró triunfalmente en Nápoles, pero la tornadiza condición de la reina la hizo cambiar de parecer, adoptando a Luis de Anjou, y Alfonso V estuvo a punto de caer prisionero o morir en una conspiración; luchando en las calles de Nápoles consiguió salvar la libertad y su vida.

Vuelto a Aragón en 1423, no perdió de vista los asuntos napolitanos, manteniendo comunicación con algunos barones de aquel reino. Cuando doña Juana murió, en 1435, dejando por heredero a Renato de Anjou, hermano de Luis, el rey de Aragón desembarcó en Nápoles dispuesto a apoderarse del reino por la fuerza de las armas. Iniciada la conquista por Gaeta, fue socorrida la plaza por la armada genovesa que derrotó a la de Aragón, en agosto de 1435, junto a la isla de Ponza, cayendo prisionero el rey don Alfonso y sus hermanos Juan y Enrique.

Trasladado a Milán, cuyo duque Felipe María Visconti señoreaba Génova, fue tratado espléndidamente, consiguiendo sus buenas maneras trocar a su adversario en aliado contra el de Anjou. Volvió a Nápoles a conseguir su empeño, que consiguió, superando todos los obstáculos, en 1442, entrando en la capital en 1443 con la pompa de un triunfador romano.

La conquista de Nápoles, aunque movida por un arranque de la realeza, ensalzó el nombre de Aragón en el Mediterráneo y en Europa entera aumento la influencia de España en la península italiana; familias nobles como los Dávalos y los Guevara, se trasladaron a Nápoles y emparentaron con casas italianas; negociantes, artífices, empleados de la administración pública y otros muchos españoles se familiarizaron con el humanismo, y el propio Alfonso V a pasado a la Historia como uno de los principales impulsores de la cultura del Renacimiento.

En efecto, fue protector de Parnomita, Philelpho, Lorenzo Valla, Eneas Silvio, Jorge de Trebisonda y otros muchos, pero no se anuló por esto en él el sentimiento de su patria castellana ni de su reino aragonés como generalmente se ha creído, debido en parte al exceso de alabanzas de sus panegiristas italianos, considerándole como una honrosa excepción de un pueblo inculto y a la preocupación de los juristas aragoneses no conformes con las empresas de sus príncipes conquistadores y poco entusiasmados con la expansión marítima de los catalanes, así como a la mala voluntad de los escritores de Cataluña contra los príncipes de la dinastía Trastámara.

Alfonso V, hijo de un infante de Castilla, y educado en la corte de Enrique III y Juan II, no perdió nunca sus hábitos e inclinaciones; puede decirse que apenas si llegó a entender el italiano y son numerosas las obras de la literatura castellana nacidas en Nápoles durante su reinado. Su afición a las letras no le hizo abandonar los asuntos internacionales, dirigiéndose sus esfuerzos a proteger el tráfico para no perder los mercados de Oriente y mantener el comercio de los consulados y factorías catalanas esparcidas en el Mediterráneo.

Su intento de defender la avalancha turca fue continuación de la política de Cataluña y origen de la que seguirán los monarcas españoles en el siglo XVI. Se preocupó de reconquistar Constantinopla y llevó a cabo activas negociaciones diplomáticas con algunos monarcas orientales. Como rey de Nápoles intervino en cuantas negociaciones de importancia se realizaron en Italia.

Se hizo grato a su nuevos súbditos por su carácter, no tratando al reino como país extraño ni considerándole como provincia de Aragón, pero su idea de hacerse grato a los señores napolitanos con privilegios y concesiones, con el fin de que aceptasen por sucesor a su hijo natural Fernando, no hizo sino llenar de dificultades el reinado de este y sus descendientes con el resultado final de la pérdida del reino.

El reinado de Fernando I de Nápoles

En el primer momento de su reinado, Fernando I hubo de hacer frente a Juan de Anjou, hijo de Renato, desautorizado ahora por el Pontífice. Sus relaciones con Aragón fueron recelosas buscando apoyo en los naturales y en aquellos españoles que, por haber emparentado con familias italianas, habían de defender sus intereses. Pero Juan II de Aragón no pensó nunca seriamente en reivindicar Nápoles.

El largo reinado de Fernando I de Nápoles(1458-1494) se encaminó a afirmar la autoridad del monarca frente a la nobleza feudal, especialmente contra la familia Sanseverino, que expulsada del reino, alentó en Francia los deseos de conquista de Carlos VIII. Trató de impulsar en Nápoles la industria y el comercio; favoreció las clases humildes y hermoseó la capital, pero su carácter duro y adusto le valió la antipatía general.

Su hijo Alfonso II, semejante en carácter al padre, no fue tampoco querido, lo que favoreció y atrajo la invasión de Carlos VIII, que reivindicaba el trono de Nápoles como heredero de los derechos de la Casa de Anjou Antes había procurado el monarca francés quedar libre para la empresa comprando la paz por los tratados de Etaples (1492) y de Senlis (1493) a Enrique VII de Inglaterra y Maximiliano de Alemania, y verificando un arreglo amistoso de sus disensiones con España por el tratado de Barcelona de 1493.

Aliado con el duque de Milán, penetró en Italia en 1494, a la cabeza de un grueso ejército, recibiendo en Roma, de manos de Alejandro VI, la investidura del reino de Nápoles, en el que hizo su entrada triunfal el 22-II-1495. Alfonso II de Nápoles abdicó, y su sucesor Fernando II, después de derrotado en dos encuentros y ante la traición de los barones napolitanos, abandonó la capital y buscó refugio en la isla de Ischia.

Luchas entre Fernando II y Carlos VIII

La entrada en la península de Carlos VIII de Francia marca el principio de una nueva etapa en la política internacional, cuyo eje fundamental será el predominio en Italia, cuya debilidad había puesto de manifiesto la rápida conquista de Nápoles.

En ella se van a encontrar las ambiciones expansivas de España y Francia y todas las naciones tratarán de conseguir un equilibrio estable entre los muchos estados italianos. Fernando el Católico, heredero de la política de los reyes aragoneses, desechó la tradicional alianza franco-castellana para imponer los intereses de Aragón buscando en Italia el afianzamiento español y el acorralamiento de Francia en la política internacional.

No vio con tranquilidad como un reino que había sido conquistado por un rey aragonés y con dinero de Aragón, pasaba a poder de Francia, considerándose él con más derecho como heredero directo por línea legítima de Alfonso V.

Fomentó la intranquilidad de las potencias europeas y de los Estados italianos amenazados por una posible conquista francesa y alegando que por ser Nápoles feudo del Papa, no estaba incluido en el tratado de Barcelona, consiguió la formación de la Liga de Venecia o Liga Santa en 1495, en la que entraron el destronado rey de Nápoles, Venecia, Génova, Milán, el Pontífice, España y el emperador, uniéndose Inglaterra al año siguiente.

Se convirtió la Liga en un fuerte instrumento contra Carlos VIII, al que después de dieciocho días de reinado en Nápoles, solo una rápida retirada y la acción afortunada de Fornovo libraron de caer en poder del enemigo.

El Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, al frente de una armada española, pasó desde Sicilia protegiendo el desembarco de Fernando II de Nápoles en Calabria; el pueblo reaccionando contra los franceses, se puso de su parte y aunque, por seguir las órdenes del monarca napolitano, fue derrotado por Aubigny en Seminara (1495), consiguió someter Calabria y acudir al cerco de Atella, donde el ejército de la Liga tenía sitiado a Gilberto de Montpensier, que hubo de capitular en 1496.

Fernando II murió en Nápoles, el 7-X-1496, sucediéndole su tío don Fadrique, que con la ayuda de los españoles terminó de conquistar el reino; Fernández de Córdoba regresó a España en 1498.

Invasión y dominio definitivo de España

La invasión definitiva de Nápoles por España fue precedida de una acción diplomática iniciada por Carlos VIII poco después de su fracasada expedición. Su muerte suspendió las negociaciones, pero su primo y sucesor, Luis XII, que se titulaba duque de Milán, pactó con Fernando el Católico, por el tratado secreto de Granada de 1500, el reparto del reino napolitano, cuya conquista se realizó por los ejércitos español y francés en 1501.

Don Fadrique se entregó a la generosidad del rey de Francia. En Tarento se resistió el duque de Calabria y heredero del trono don Fernando, a quien hizo prisionero el Gran Capitán, trasladándole a España, donde vivió como un príncipe, casándose por último con la viuda de Fernando el Católico Germana de Foix.

Se inició la rivalidad de España y Francia por la posesión de la Capitanata, la Basilicata y el Principado, terminándose por la ruptura de hostilidades. Ante el mayor número de fuerzas enemigas, concentró Gonzalo Fernández de Córdoba sus fuerzas en Barleta, mientras Felipe el Hermoso ajustaba, en abril de 1503, el pacto de Lyon para poner fin a la guerra, conviniendo en un futuro el matrimonio entre Claudia, hija del monarca francés, y Carlos [Carlos I de España], hijo del archiduque, dándoseles como propio el reino de Nápoles, que administrarían entre tanto Francia y España.

Parece que este convenio traspasaba y aun se oponía a las instrucciones que para negociar había dado a su yerno don Fernando, por lo que el Gran Capitán, que había recibido orden de no cumplir más mandatos que los firmados por don Fernando, con los refuerzos llegados de España tomó la ofensiva, derrotando al ejército francés en las batallas de Seminara y Ceriñola, que le abrieron el camino de la ciudad de Nápoles, donde entró solemnemente en mayo de 1503.

Luis XII, que intentó inútilmente invadir España por Navarra y Cataluña, envió a Italia un fuerte ejército al mando del duque de Mantua que fue derrotado a orillas del Garellano. Con la rendición de Gaeta, en enero de 1504, quedaba el reino de Nápoles en poder del ejército español. El éxito militar fue completado por la habilidad política de Fernando el Católico, viéndose reconocido por Francia el dominio de España, por el tratado de armisticio de Lyon de 1504 y el tratado de Blois de 1505, redactado este último con motivo del enlace del rey de Aragón con Germana de Foix.

Con ella pasó a Nápoles, en septiembre de 1506, donde permaneció hasta junio d e1507. Proveyendo allí a la gobernación del reino, convocó el parlamento, donde fue jurada como heredera su hija Juana y sus descendientes, y procedió a cumplir el tratado de Blois, devolviendo a los señores angevinos los bienes de que habían sido despojados por los españoles o sus partidarios; durante el viaje de vuelta tuvo lugar la entrevista de Saona con el rey francés, cuyas consecuencias en la política italiana no tardaron en apreciarse.

Durante dos siglos el reino de Nápoles se convirtió, junto con Sicilia, en una de las posesiones más ricas de la corona española. Fue una especie de cuartel general de milicias para cuantas guerras y asuntos intervino España en el continente italiano. Ya en 1504 se presentaba en Nápoles al Gran capitán, de parte del rey de España, una embajada de Pisa a la que mandó un gobernador y 600 infantes.

En 1509, aprovechándose de la liga de Cambray, expulsaron los españoles a los venecianos de las tierras que aún poseían en las Pullas. En la Liga Santa de 1511 contra Francia, formada por Fernando el Católico, el Pontífice y los venecianos, se dio el mando de capitán general de las fuerzas combinadas de Italia al virrey de Nápoles don Francisco Cardona. En tiempo de Carlos V, Carlos de Lannoy, que sustituyó a Cardona en 1522, tomó parte con todas las fuerzas de Nápoles en la lucha contra Francia, terminada en 1525 en la batalla de Pavía.

El único peligro que sufrió el reino fue el asedio de Lautrec a la capital, en 1528, última y vigorosa tentativa de los franceses para reconquistar la herencia de Anjou. Convertida Nápoles en tan importante centro de la política de España, en ella obró y vivió, más o menos largamente, y hasta se estableció en definitiva, lo más escogido de la gente de España, de sus nobles, de sus políticos y guerreros.

Fueron sus virreyes, al principio militares tan importantes como Lannoy, Hugo de Montcada, Filiberto de Chalons, don Pedro de Toledo, militar hábil y juez severo, que llevó a cabo importantes mejoras y reformas, como las murallas de Nápoles y la desecación de los pantanos, y con firme política redujo el reino a una provincia española, refrenando los barones, reprimiendo la herejía y tratando de introducir en él la Inquisición.

El virreinato, que había sido una carga para Fernando el Católico, se trocó en abundante renta desde mediados del s. XVI. Permaneció fiel a la España de los Austrias. Singular espectáculo de la emulación guerrera entre españoles e italianos fueron las empresas de Túnez y la Goleta, cuando todos los barones napolitanos crearon milicias a sus expensas y aparejaron nutridas galeras para servir al emperador. Nápoles fue la avanzada española contra los turcos que dirigieron contra él sus ataques.

En 1537, siendo virrey Pedro de Toledo, Solimán el Magnífico preparo una expedición contra sus costas que no llevó a cabo por temor a que interviniera Venecia, con la que estaba en paz.

Apogeo, decadencia y final del dominio

En 1558, gobernando don Juan Manrique por ausencia del virrey duque de Alba, el bajá Mustafá saqueó Regio, Mossa y Sorrento. Cuando en 1565 los turcos se prepararon para la conquista de Malta, el virrey de Sicilia envió refuerzos para socorrer la plaza y Nápoles se preparó para la defensa. Al aparecer de nuevo contra Chipre, en la flota de Andrea Doria que fue contra ellos figuraban naves napolitanas como también figuraban junto a la escuadra española en la batalla de Lepanto.

Durante el s. XVII soldados napolitanos lucharon bajo nuestras banderas en todos los campos de Europa, pero la decadencia política se dejaba sentir en las tierras de la corona que ya no mandaba al virreinato, como en los primeros tiempos, guerreros aguerridos y aventureros, sino magistrados expertos en el arte de cobrar impuestos y de refrenar al pueblo con castigos o con blanduras.

Todavía durante el reinado de Felipe III estuvo Nápoles en condiciones por sí solo o en colaboración con los gobernantes de Milán, de sostener el prestigio español en Italia; por eso, cuando hubo un buen rey como el duque de Osuna, don Pedro Girón, tuvo a raya a los turcos y a Venecia, que, por rivalidades en el Adriático, fue siempre encarnizada enemiga de España.

Con naves construidas a expensas del virreinato, luchó y venció el de Osuna contra los turcos en varios combates, y contra los venecianos en la batalla de Gravosa y en otras escaramuzas. Esta república le acusó de haber preparado, en unión de Bedmar, embajador en Venecia, y Villafranca, gobernador de Milán, la llamada Conjuración de Venecia, en 1618.

El ejército de tierra fue empleado en la guerra del Monferrato, que España sostuvo contra Saboya, a la que se enviaron muchos tercios extranjeros y españoles, y 18 compañías de caballería. Nápoles contribuía cada vez en más escala con gente y con dinero a mantener el Estado español. Los ministros de Felipe IV aumentaron sus exigencias, lo que unido a la mala administración, trajo al virreinato a una extremada pobreza.

El conde de Monterrey (1613-136 envió soldados napolitanos a la Guerra de los Treinta Años, que se distinguieron en la batalla de Nördlingen, pero no supo hacer frente al problema económico y de abastecimiento, como tampoco su sucesor, el duque Medina de las Torres (1636-44).

Juan Alfonso Enríquez, almirante de Castilla (1644-46) se negó a cobrar los impuestos que pretendían en Madrid y, acusado de pusilánime, fue sustituido por el duque de Arcos, don Rodrigo Ponce de León (1646-48), de carácter duro, en cuyo virreinato el exceso de gabelas y tributos, unido a tener que seguir mandando soldados a los Países Bajos, Milanesado, Alemania y Cataluña, empeoró la situación interior y estalló la sublevación dirigida por el pescador Tomás Aniello, conocido en el pueblo como Masianello, que tomó cuerpo porque los revolucionarios proclamaron la república y ofrecieron la soberanía al duque de Guisa, en cuyo auxilio marchó a Nápoles una escuadra para apoyar el movimiento.

Descontentos los sublevados del de Guisa y no prestando Francia el apoyo prometido, comenzaron a rendirse las ciudades, reconociendo la obediencia de España. En los últimos años de dominación continuaba el conflicto de la moneda y abastecimiento, que solo mejoraron con ocasión del gobierno de algún buen virrey, como don Gaspar de Haro (1683-87). Cambió la dinastía siendo virrey el duque de Medinaceli, Luis Francisco de la Cerda, que continuó en su puesto con Felipe V.

Por el Tratado de Utrecht, Nápoles fue cedida a la casa de Austria, con la que España volvió a encontrase en los campos de batalla en ocasión de la guerra de sucesión de Polonia. Dirigida la campaña por el conde de Montemar, que desembarcó en Liorna al frente de 1.500 españoles, fueron derrotados los austriacos en todas partes; se tomó la capital, y con la victoria de Bitonto, en 1734, se ganó la corona de las Dos Sicilias para el rey de España, cediéndosela este a su hijo don Carlos, que fue reconocido por las potencias europeas desde el tratado de Viena de 1735.

Llamado al trono de España, con el título de Carlos III, en 1759, abdicó en su tercer hijo, Fernando [IV de Nápoles y III de Sicilia], cuyo reinado fue extremadamente accidentado. En 1799 los franceses, por vengar la derrota que el general napolitano Mack les causara arrojándoles de Roma en 1798, entraron en Nápoles en ayuda del partido republicano, proclamando la Republica Partenopea.

Fernando se refugió en Sicilia y logró ser restaurado en 1802, para verse nuevamente arrojado del reino, cuando después de la batalla de Marengo, Napoleón dio la corona a su hermano José I Bonaparte; por haber subido este a la de España, abdicó, en 1808, en el general Murat, que rigió los destinos de Nápoles hasta 1814.

Después de la batalla de Tolentino, Fernando recobra de nuevo la corona con el nombre de Fernando I de las Dos Sicilias. En 1820 acepta, obligado por las circunstancias, la Constitución española de 1812, pero, al recibir auxilio de las fuerzas austriacas, restableció el gobierno absoluto. Murió en 1825, sucediéndole su primogénito Francisco I, cuya hija María Cristina, casó en 1829, con Fernando VII, rey de España.

En 1830 subió al trono Fernando II, que se vio obligado a hacer concesiones en sentido liberal, aceptando la Constitución que los sicilianos habían proclamado en Palermo en 1848. Siguiendo una política de alianzas familiares, casó a una hermana, en 1850, con el conde de Montemolín, pretendiente a la corona de España. Su hijo, Francisco José, rechazando la propuesta que Inglaterra y Francia le hicieron, en 1860, para implantar reformas liberales, vio invadido su reino por Garibaldi que, después de apoderarse de Sicilia, desembarcó en Nápoles.

Si bien el monarca pudo contener de momento una sublevación general promulgando la Constitución de 1848, la toma de Gaeta en 1862 por el ejército sardo, que, al mando del general Cialdinique, había invadido Nápoles por Ascoli, le hizo perder el reino, que pasó a formar parte de Italia bajo el cetro de Víctor Manuel.

R.B.: VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 5-10.