La Reforma Protestante

La Reforma 1517-1555

Martín Lutero, pintado por Lucas Cranach el Viejo.
Martín Lutero, pintado por Lucas Cranach el Viejo.

Los nuevos elementos de cultura que habían ido introduciéndose en Alemania durante el s. XV, la pérdida de la antigua sencillez en las costumbres, el aumento de las relaciones mercantiles y el lujo desenfrenado que por aquella época se enseñoreó del país, la gran revolución económica que había traído consigo el desarrollo de la riqueza nacional juntamente con el empobrecimiento de ciertas clases sociales, todo esto había producido un estado de inquietud y malestar en Alemania que se manifestó de muy diversas maneras después de comenzar el s. XVI.

Las sublevaciones de los campesinos contra los señores territoriales, fueron acompañadas de disturbios producidos por el proletariado de las ciudades. La nobleza inferior, reducida económicamente a la mayor estrechez, había perdido su antigua importancia militar, por cuyo motivo se veía privada de los medios de conservar su habitual manera de vivir, y también se había notado en ella síntomas revolucionarios. La misma fermentación se notaba en el terreno espiritual.

Las doctrinas de Wicleff, Juan Huss, Savonarola y otros heresiarcas, el renacimiento de los estudios clásicos que trajo en germen la semilla del libre examen, el odio de los campesinos a los señores feudales, sus naturales opresores, y la relajación de costumbres en todas las clases sociales de Alemania, fueron las causas de la rebelión espiritual, tan peculiar como colectiva, que en Alemania empezó con una disputa entre frailes demasiado celosos de los privilegios de sus congregaciones respectivas, y llegó, en su audacia, desde la negación de la autoridad pontificia hasta la discusión de las verdades más fundamentales del dogma católico.

Y siendo esto así, lógico era que la lucha que amenazaba estallar contra ellas se manifestase primeramente contra el dogma que de manera más directa afectaba a los intereses materiales del pueblo, o sea al de las indulgencias. Pero cuando la oposición se manifestó ya de un modo ostensible fue cuando el día 31-X-1517 fijó Martín Lutero en la puerta del castillo de Wittenberg sus 95 tesis contra las indulgencias. Nadie, y menos él mismo, sospechaba seguramente el efecto que este acto debía producir en el mundo.

Bajo la presión de la opinión pública, que se había declarado abiertamente contra la elección de Francisco I de Francia, eligieron los príncipes, después que hubo declinado este honor el príncipe Federico de Sajonia, patrocinado por el Papa, al joven Carlos, rey de España, de quien esperaba el pueblo que devolviera su antiguo esplendor a la corona de Alemania.

Cierto es que Carlos (1519-56) accedió, en la capitulación que le hicieron jurar los príncipes, al restablecimiento del Consejo permanente del Imperio, mas no podía menos de hacerlo con repugnancia, puesto que no le movía a aceptar la corona el deseo de ocupar situación tan preeminente en Alemania, sino que perseguía la realización de un ideal imperialista de dominación universal.

El centro principal de su política fue la soberanía de Italia, en cuyos campos debía librar la batalla decisiva con Francisco I. Alemania, por la que nada debía hacer y cuya manera de ser apenas conocía, no fue para él más que un medio de conseguir su objeto; así no reparó en sacrificar constantemente los intereses del reino a su ambición personal.

Después de que fue coronado en Aquisgrán (1520), reunió a principios del año siguiente la primera dieta de Worms; en ella se convino fácilmente en el nombramiento del Consejo permanente que había de gobernar el reino durante la ausencia del emperador, en la reforma del Tribunal Supremo del Imperio, la creación de un impuesto para atender a los gastos de aquellos y la reunión de la fuerza armada con que debía el reino contribuir a las empresas del emperador en Italia.

El edicto de Worms

Después compareció Lutero ante el Parlamento y se le invitó a que se retractase solemnemente de sus errores; mas como este se negase a ello, promulgó Carlos para complacer al Papa, León X, el edicto de Worms, condenándole por hereje, lo mismo que a sus partidarios, y prohibiendo la propagación de sus heréticas doctrinas; de esta manera se opuso el emperador al movimiento reformista de Alemania y entró en abierta lucha con una parte importantísima de su población. Después que hubo cedido a su hermano Fernando los dominios hereditarios de Austria, salió Carlos del reino (1521) para no volver a él hasta pasados nueve años.

El consejo del Imperio, que se reunió en Nuremberg, a pesar de la actitud del emperador, resolvió poner mano seriamente en el asunto de la reforma eclesiástica y política, y como el nuevo papa Adriano VI pretendiese que se pusiera en vigor el edicto de Worms, cuya aplicación había tenido que suspenderse, aquél se negó a ello, propuso que se celebrase un concilio general, en el que tuviesen asiento y voto los laicos, en igualdad de condiciones que los eclesiásticos y exigió hasta entonces la libre predicación del Evangelio.

Entretanto, el descontento de la nobleza inferior contra el gobierno de los príncipes había subido de punto; por instigación de Sickingen y de su amigo Hutten se unieron la ligas de los nobles del Rhin y del Main para producir un alzamiento del país en favor de la libertad política y religiosa, y contra la tiranía de los príncipes a cuyo movimiento se adhirieron, como ellos deseaban, las ciudades.

El alzamiento comenzó con la sorpresa que Sickingen dirigió contra Tréveris en 1522, cuyo ataque fue no obstante rechazado. Los príncipes rhinianos se unieron entonces para oponerse enérgicamente a ellos, y los caballeros fueron pronto totalmente vencidos; Sickingen sucumbió defendiéndose en su castillo de Landsthul (1523) y Hutten acabó sus días en la miseria, refugiado en Suiza.

El nuevo papa Clemente VII y su nuncio Campeggi, enemigos de toda reforma, supieron sacar partido astutamente de este movimiento revolucionario. Campeggi reunió en Regensburgo (1524) a varios príncipes, entre ellos al archiduque Fernando y los duques de Baviera, y a los obispos de la Alemania meridional; allí adoptaron el llamado convenio de Regensburgo, encaminado en apariencia a suprimir abusos y hacer algunas concesiones al poder civil, pero en realidad a unirse estrechamente para defenderse de los peligros con que amenazaba la herejía.

Por entonces ocurrió también la revolución conocida con el nombre de guerra de los campesinos, la cual trató de unir a los ideales de reivindicación económica y social que perseguía, los religiosos; pero fue duramente reprimida, y desde entonces el pueblo bajo presenció indiferente la lucha que se estaba desarrollando y dejó de ser el alma del movimiento religioso, cuya dirección pasó a las clases privilegiadas, y estas no supieron desligar sus intereses particulares de los de la Reforma de la Iglesia.

Después de haberse puesto de acuerdo en Torgau los principales jefes del movimiento reformista, reclamaron del parlamento reunido en Spira (1526) el acuerdo de que en las cosas de religión y en lo tocante al edicto de Worms, cada Estado procediera como creyera conveniente, y esperara responder ante Dios y el emperador.

Con esto se creyeron autorizados Juan de Sajonia y Felipe de Hesse para introducir en sus dominios las doctrinas de Lutero; y atribuyéndose autoridad episcopal suprimieron todo los que les pareció que contradecía al espíritu de la Sagrada Escritura, particularmente el celibato y la misa; el servicio divino público y la enseñanza se modificaron con arreglo a sus doctrinas, los conventos fueron secularizados y sus bienes se aplicaron en parte a objetos piadosos y a la enseñanza, y en parte pasaron a aumentar el patrimonio de los príncipes y la riqueza pública.

Al mismo tiempo que este movimiento religioso, iba tomando cuerpo el sentimiento particularista, tan arraigado aún en el Imperio; las creencias personales de los príncipes y las de sus teólogos se impusieron cada vez con más fuerza, a sus súbditos, de acuerdo con el conocido aforismo: cujus regio, ejus relligio, sembrando la semilla de la discordia religiosa, como sucedió pronto con la primera tentativa que se hizo para armonizar la reforma alemana con la suiza (conferencia de Marburgo, 1529), la cual condujo a un rompimiento franco entre Lutero y Zwinglio.

La aprobación inesperada que dio el emperador a los acuerdos del Parlamento de Spira fue impuesta por las circunstancias políticas del momento. Después que Carlos, aliado con el papa, alcanzó en su primera guerra con Francisco I de Francia la decisiva victoria de Pavía (24-II-1525), obligó a su rival prisionero, en el tratado de Madrid (14-I-1526), a renunciar a sus pretendidos derechos a las coronas de Italia y de Borgoña.

El papa Clemente VII, que no quería permitir el dominio exclusivo del emperador sobre Italia, se pasó al partido de Francisco I, le desligó del juramento prestado, con lo cual el tratado de Madrid quedó nulo y sin efecto, y firmó con él la Liga Santa; entonces estalló la guerra entre el emperador y el Papa y el ejército imperial tomó por asalto y saqueó a Roma en el año 1527, al mismo tiempo que volvían a romperse las hostilidades con Francia.

En la paz de Cambray renunció el emperador a la Borgoña (1529), pero conservó el señorío de Italia, que fue también reconocido por Clemente VII en el tratado de Barcelona. Carlos se comprometió en cambio a extirpar la herejía de Alemania, y la alianza de las dos cabezas de la cristiandad fue sellada con una entrevista que celebraron en Barcelona (1530) y con la coronación de Carlos V como emperador en Bolonia.

El cambio de actitud de este se dejó conocer bien pronto en el segundo Parlamento de Spira (1529); los miembros adictos a la Iglesia estaban en mayoría y decidieron conforme a los deseos del emperador que se cumpliera el edicto de Worms, que se prohibiese a los Estados evangélicos, hasta la celebración del concilio, introducir toda innovación y especialmente las que significasen agravio a las altas jerarquías de la Iglesia, e igualmente quedara prohibida toda propaganda a favor de las nuevas ideas.

La Liga Schmalkalden

La Liga alemana

Diez y nueve diputados del parlamento, cinco príncipes y catorce ciudades, protestaron contra este proceder, que derogaba el acuerdo de 1526 tomado por unanimidad, por este otro, tomado solo por mayoría; y esta protesta contra el nuevo orden de cosas que se pretendía establecer, fue el origen del calificativo de protestantes que se dio a los adeptos a la nueva religión.

En mayo de 1530 volvió a Alemania el victorioso emperador y abrió el Parlamento de Augsburgo, ante el cual debía leerse el 25 de junio la confesión de Augsburgo, en cuyo documento, redactado por Melanchton se ponían de manifiesto las diferencias entre las antiguas y las nuevas doctrinas y se trataba de justificar estas últimas. Los dos más distinguidos teólogos católicos contestaron a este escrito con otro de refutación confutatio.

Con esto dio Carlos por discutido el asunto y no aceptó la apología de Melanchton sobre la confesión de Augsburgo; lo que él quería era la sumisión de los protestantes hasta que se reuniese el esperado concilio, y en la clausura del parlamento expresó claramente su amenaza: si antes del 15 de abril no volvían voluntariamente los protestantes al seno de la Iglesia, serían extirpadas las nuevas doctrinas por la fuerza.

Bajo la presión de esta amenaza formaron los jefes del protestantismo la liga Schmalkalden, y si no se llegó enseguida a un rompimiento y al empleo de la fuerza, fue porque los ataques de los turcos a los dominios austriacos de los Habsburgos requerían toda la atención del emperador por aquella parte. Con el fin de obtener el auxilio de Alemania contra los turcos y el asentamiento de los electores para la elección de su hermano Fernando como rey de romanos, otorgó Carlos en Nuremberg (1532) la paz religiosa, que autorizaba el libre ejercicio de la religión reformada, hasta la reunión del próximo concilio.

Después que un ejército alemán hubo rechazado a los turcos, marchó Carlos a España y se enredó en nuevas guerras con Francia, para las cuales necesitaba tanto el auxilio de Alemania como su hermano Fernando para contener los continuos ataques de los turcos.

El Interim y el acta de clausura del Parlamento del año 1541 confirmaron la paz religiosa, levantaron la exclusión de los protestantes del Tribunal Supremo del Imperio, permitieron a todo el mundo aceptar las nuevas creencias y prometieron de nuevo la celebración de un concilio general o nacional.

Entretanto la reforma se iba extendiendo más cada día. Felipe de Hesse restableció en 1534 al duque Ulrico de Wurtemberg en sus Estados, ocupados por los austriacos, y aquellos abrazaron las doctrinas protestantes. En el N. de Alemania aumentaba también de día en día el número de sus adeptos: el único príncipe que por aquella parte se mantenía fiel a la religión católica era el duque Enrique de Brunswick, que por haber atacado a las ciudades imperiales de Goslar y Brunswick, fue arrojado de sus tierras por los jefes de la liga Schmalkalden.

El mismo elector arzobispo de Colonia, Hermán de Wied, se inclinó ostensiblemente a la Reforma, autorizando la predicación de sus doctrinas en sus Estados y acometiendo por sí mismo la reforma de su clero.

Con objeto, pues, de salvar lo que buenamente pudiera salvarse, todavía, detuvo el emperador en su cuarta guerra con Francia su marcha victoriosa, que le había conducido cerca de París, y ajustó con Francisco I la paz de Crécy, en la que se conformó con la conservación del statu quo ante bellum, y habiendo recabado del papa por fin la convocación del concilio general de Trento, que se abrió en diciembre de 1545, invitó en el Parlamento de Worms a los protestantes a que concurriesen a él. Estos se negaron, insistiendo en su pretensión de un concilio nacional libre.

Entonces el emperador se dispuso a acudir a las armas y comenzó la guerra entre él y la liga Schmalkalden (1546-47). Aunque esta tenía al principio todas las ventajas de su parte, no supo impedir que Carlos robusteciera su posición recibiendo refuerzos de tropas italianas y españolas, contra lo estipulado en las cláusulas de capitulación de su elección al trono.

Carlos celebró además un tratado secreto con el duque Mauricio, al cual prometió el electorado de Sajonia, y cayendo súbitamente sobre el ejército de la Liga, alcanzó la brillante victoria de Mühlberg (24-IV-1547), dispersándolo y cogiendo prisionero al mismo príncipe elector Juan Federico. Este y sus Estados fueron entregados a Mauricio: el landgrave Felipe de Hesse se sometió al emperador, que le hizo prender, y la liga Schmalkalden quedó de este modo aniquilada.

El Interim de Augsburgo

En el Parlamento de Augsburgo (IX-1547) emprendió el victorioso emperador el arreglo de la cuestión religiosa, a cuyo fin hizo redactar una fórmula conciliadora, el Interim de Augsburgo, que concedía a los protestantes la comunión bajo las dos especies y el matrimonio de los sacerdotes, y se aproximaba mucho a la doctrina de la justificación al modo de ver de los protestantes, pero conservaba en su integridad la jerarquía eclesiástica romana y el culto antiguo, exigiendo además la concurrencia de los delegados protestantes al concilio y la sumisión de todos a las decisiones de este.

El papa, que en 1547 había trasladado el concilio a Bolonia para estar fuera del alcance de la voluntad imperial, y los miembros católicos del Parlamento, rechazaron enseguida el Interim. Los protestantes no le hicieron oposición alguna en el Parlamento, pero solamente una parte de los príncipes lo aceptó, aunque sin imponerlo de ninguna manera, cosa que únicamente pretendieron hacer por la fuerza las tropas imperiales en la Alta Alemania.

Multitud de hojas volantes excitaron al pueblo a sublevarse alabando el tesón heroico de Magdeburgo, que había rechazado ella sola el reconocimiento. Hasta los príncipes que en la cuestión religiosa habían adoptado una actitud indecisa y los mismos soberanos católicos, se alejaron del emperador a causa de sus designios que amenazaban acabar con su libertad e independencia.

Aquél se abrogó el derecho exclusivo de nombrar los miembros del Tribunal Supremo, creó un tesoro de guerra, que debía proporcionarle los medios de sostener un ejército permanente para tener bien sujeto al Imperio, incorporó a este la Borgoña, que en virtud de la Pragmática sanción pasó a ser un Estado más del Imperio, aunque no sujeto a la autoridad del consejo de gobierno ni a la jurisdicción del tribunal imperial, y expresó por último su voluntad de que continuasen siempre unidas las coronas de Alemania y España, designando para sucederle en el Imperio a su hijo Felipe, para lo cual exigió a su hermano Fernando y a Maximiliano, hijo del mismo, que renunciasen a sus derechos a la dignidad imperial.

Entonces se levantó en armas contra él el ambicioso y astuto Mauricio, elector de Sajonia, quien entretanto había gestionado de los demás príncipes protestantes la promesa de su auxilio, y se había procurado también el del rey de Francia Enrique II, a cambio de la ocupación de los obispados y ciudades de Cambray, Metz, Toul y Verdún, y después de haber publicado un manifiesto contra la servidumbre bestial que el emperador trataba de imponer al reino, invadió la Alemania Alta y se apoderó fácilmente de ella tras una corta campaña.

El emperador, enfermo y hondamente impresionado por su mala estrella, viendo cortadas sus comunicaciones con Flandes, huyó a Innsbruck, pasando a la Estiria y encargando a su hermano Fernando que entablara negociaciones de paz, que condujeron al tratado de Passau (29-VII-1552).

La paz definitiva se convino en Augsburgo tres años más tarde concediéndose a los diferentes Estados del Imperio el derecho a elegir libremente su religión jus reformandi y reconociendo la igualdad de derechos de los católicos y protestantes, al mismo tiempo que se abolía la pena de muerte contra los herejes.

Como se limitaba el derecho de la libertad religiosa (con el fin de evitar la existencia de sectas) a las que se habían adherido a la confesión de Augsburgo, quedaron excluidos de ella los zwinglianos y calvinistas. Aunque Fernando dio seguridades de que no se tocaría a los bienes de la Iglesia evangélica, legitimando sí las usurpaciones efectuadas, no se incluyó esta condición en las decisiones del Parlamento. En cambio quedó reconocida expresamente la existencia de una Iglesia nacional independiente de la soberanía de Roma.

Carlos V aprobó con disgusto el tratado de Augsburgo, y como sus tentativas para recuperar del poder de Francia los obispados perdidos fracasaron completamente con el infructuoso sitio de Metz (1553), decidió abdicar, traspasando a su hijo Felipe los Estados de Borgoña, Italia y España, y a su hermano Fernando los de Austria, Bohemia y Hungría con la corona imperial, y se retiró al monasterio de Yuste, donde murió en el año 1558.

La Contrarreforma

A la gran lucha reñida en Alemania en pro de los ideales de la Reforma, sucedió una época como de cansancio y relajación de los espíritus; el humanismo quedó relegado exclusivamente para los eruditos; la literatura solo en algunos ramos produjo alguna obra notable; fuera de esto, toda la potencia intelectual y científica de la nación alemana se empleó inútilmente en disertaciones y estériles disputas de carácter teológico, que particularmente en el seno del rígido luteranismo degeneraron en repugnantes contiendas dogmáticas.

Los teólogos luteranos de los príncipes incurrieron muy pronto en una ambición despótica y en una fanática intolerancia; es decir, en las mismas faltas que se habían achacado a la Iglesia católica. Los príncipes persiguieron mezquinos medros personales, dejándose arrastrar por su desmedida ambición de extender sus dominios territoriales a costa de los más débiles, si es que no vivían entregados exclusivamente al más grosero sensualismo.

En el terreno material recogió Alemania los frutos que eran de esperar por haber extendido considerablemente sus cultivos, pero este resultado fue más bien la consecuencia obligada de un periodo de tranquilidad y paz que la continuación de aquel admirable progreso que se inició en los primeros decenios del s. XVI. La misma unidad nacional que comenzaba a formarse quedó bruscamente suspendida por efecto de las contiendas políticas y religiosas.

Hasta en el terreno económico se vio Alemania imposibilitada de sostener su puesto entre los otros pueblos en la forma que lo había hecho hasta entonces; la liga anseática perdió su antigua preponderancia en el mar del Norte y en el Báltico. No solo se fundaron nuevas colonias, sino que se perdieron muchas de las que se habían llegado a formar en Oriente.

Más de una vez tuvo el país que defenderse de los ataques de los turcos, y la mayoría de los protestantes quedaron sumidos en una ceguera incomprensible acerca de la seguridad de su situación, soñando con el triunfo completo de la Reforma, cuando su enemigo se hallaba ya, puede decirse, en su propio campamento.

Los dos sucesores de Carlos V, Fernando I (1556-64) y Maximiliano II (1564-76) se esforzaron notablemente en conservar la paz religiosa estipulada; el último llegó hasta pensar seriamente en convertirse al protestantismo; pero mientras por una parte las odiosas luchas entre calvinistas y luteranos, y aun dentro del luteranismo entre albertinos y ernestinos, le detenían en la realización de sus propósitos, sus intereses dinásticos le atarían a la religión católica, ante las posibles eventualidades de la sucesión a las coronas de España o de Polonia.

Entretanto la Iglesia católica se había reorganizado interinamente en el concilio de Trento, y la Compañía de Jesús, cuyos miembros se dedicaron preferentemente a la enseñanza en colegios y universidades y lograron ser directores espirituales de muchos príncipes, empezaron decididamente la contrarreforma. Cuando subió al trono Rodolfo II (1576-1612), el primogénito de Maximiliano, que había sido educado en España, alcanzaron los jesuitas una preponderancia en la corte de los Habsburgos.

A los obispos protestantes se les negó asiento en el Parlamento, y cuando el arzobispo de Colonia, Gebhardo Truchsess de Waldburg, trató de introducir en su archidiócesis el calvinismo, fue arrojado de ella por las tropas españolas (1583) y puesto en su lugar el príncipe Ernesto de Baviera, amigo de los jesuitas, que fue nombrado también obispo de Münster y de Hildesheim y extirpó en todo su territorio la herejía. Los Estados luteranos, especialmente Sajonia y Brandeburgo, dejaron hacer mostrándose indiferentes, en parte por temor y en parte también por celos y odio a los calvinistas.

En 1592 el margrave Juan Jorge de Brandeburgo, designado para obispo por mayoría de votos en el capítulo de Estrasburgo, tuvo que dejar su puesto a su rival católico Carlos de Lorena. Dos discípulos de los jesuitas, el archiduque Fernando de Stiria y el duque Maximiliano de Baviera, extirparon a sangre y fuego la herejía de sus dominios; el último, además, en cumplimiento de una sentencia imperial de proscripción, sujetó al catolicismo y agregó a sus Estados la ciudad imperial de Donauwörh, cuyo ayuntamiento se había enredado en una lucha contra el clero católico.

Esto fue la causa de que los Estados protestantes (a excepción de Sajonia y Brandeburgo) formase la llamada Unión de Anhausen, para oponerse a nuevas violaciones de la constitución del Imperio. Enfrente de ella formó el duque Maximiliano de Baviera la Liga católica, en defensa de las leyes del Imperio y de la Iglesia, y de esta manera los interese de las dos religiones quedaron desde entonces protegidos por una representación política bien organizada.

La cuestión de la sucesión a los ducados de Julich y Cleves (1609-14) amenazó convertirse en principio en una conflagración europea, pues Francia tomó partido resueltamente por la Unión y España por la Liga; pero el asesinato de Enrique IV de Francia (1610) y las turbulencias que por entonces agitaron a la casa imperial de Habsburgo, impulsaron a las dos partes contendientes hacia un arreglo pacífico.

El conflicto aplazado, estalló, sin embargo, durante los reinados de Matías (1612-19), sucesor de Rodolfo, y de Fernando II (1619-37), en Bohemia, la tierra hereditaria de los Habsburgos; y como el emperador declaró traidor al Imperio al elector palatino Federico, proclamado rey de Bohemia, enredó también a este en la guerra que con aquel motivo se encendió en Europa, V. Guerra de los Treinta años.

R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVIII págs. 8701-8702.