La Revolución francesa 1789-1799

Causas de la Revolución

Asamblea Nacional Constituyente

Asamblea Nacional Legislativa 1791-1792

La Convención 1792-1795

El Directorio 1795-1799

Repecusión de la Revolución en España

Causas de la Revolución

En este periodo de diez años se muda la faz de Francia de un modo, si no inesperado, sorprendente, consumiéndose las antiguas tradiciones en un incendio cuyas llamas se propagaron presto por toda Europa, transformándola por completo y haciendo entrar al mundo entero en una nueva fase de su existencia.

Tan rápido y radical cambio, sin precedentes tal vez en la historia, venía, empero, preparado por las generaciones anteriores y era previsto, no solo por los espíritus videntes, sino aun por las inteligencias vulgares, de cuyo justificado temor a lo venidero es expresión exacta la egoísta frase de Luis XV: Después de mí, el diluvio.

Múltiples fueron las causas que produjeron la gran perturbación conocida en la historia con el nombre de la Revolución francesa, y algunas de ellas han quedado apuntadas al hablar de la situación de Francia en el reinado de Luis XV

Toma de la Bastilla.

"Toma de la Bastilla". En el centro se apreciaba el arresto del marqués de Launay por Jean-Pierre Houël.

Puede decirse que la revolución comenzó a prepararse a fines del s. XV, cuando la autoridad real se convirtió en absoluta y la nobleza feudal fue transformada por los reyes en nobleza puramente cortesana. El absolutismo del rey quedó sin contrapeso y aumentó con todo lo que perdía la aristocracia y con lo que ganaba la clase media y aun el cuarto estado que formaba lo que hoy se llama la democracia. Este abatimiento del feudalismo se hizo completo en tiempo de Richelieu, y Luis XIV terminó la obra reduciendo al clero a una nulidad casi tan absoluta como la nobleza.

Así, no quedaron frente a frente más que dos factores importantes: el rey y el pueblo, este sin derechos ni representación efectivas, a pesar de su intervención en los Estados Generales; y el vacío inmenso promovió una desorganización monstruosa.

El régimen fue soportable mientras ocupó el trono Luis XIV. La esclavitud general y la pobreza quedaron olvidadas ante la gloria militar y el prestigio personal del monarca; pero muerto este no quedó como representante del poder supremo más que una figura envilecida de quien dependía todo: la honra, la hacienda, la libertad y la vida de sus súbditos, sin excepción ni apelación.

Causa no menos poderosa de la Revolución, e igualmente lejana, fue el establecimiento de la Reforma. Aun cuando la Iglesia la combatió con todas sus fuerzas y a su vez llevó a cabo una verdadera reforma de sí misma, no pudo evitar que el protestantismo influyese aun en los países católicos y especialmente en Francia de diversos modos. En primer lugar los principios del libre examen se infiltraron en muchas inteligencias sinceramente católicas, haciéndoles concebir prejuicios e ideas que pugnaban con el espíritu de la Iglesia.

Los reyes, ante los ejemplos de absolutismo dados por los príncipes protestantes, se sintieron celosos de su poder y quisieron extenderlo a las cuestiones religiosas, no reconociendo otro superior que Dios mismo. A consecuencia de esta intervención en los asuntos eclesiásticos pesó más lo temporal que lo religioso y surgió también el galicanismo, que en el fondo era la independencia de la Iglesia de Francia.

Las divisiones producidas por el galicanismo arrastraron a muchos sacerdotes y a buena parte de la magistratura hacia el jansenismo, y uno y otro debilitaron el espíritu religioso, muy minado también por la corrupción de costumbres, que databa de algunos siglos e iba constantemente en aumento.

Otra de las causas remotas del Revolución fue el cambio de las condiciones económicas en Europa. Al principio de la Edada Media puede decirse que la única propiedad conocida era la de la tierra; pero la extensión de la industria y del comercio, sobre todo después de los grandes descubrimientos geográficos, creó e impulso la creación de capital mobiliario que tuvo pronto mayor importancia que el territorial.

La clase media, en cuyas manos se hallaba el primero, prevaleció, naturalmente, sobre la nobleza, que tenía por patrimonio el segundo, y alejada de sus posesiones, cuidaba poco de ellas y no aumentaba su valor, además de adolecer del prejuicio de ser para ella deshonroso entregarse a los negocios y tráfico comerciales.

La transformación de la intelectualidad de Europa contribuyó también a preparar las ideas revolucionarias. El Renacimiento vino a romper las tradiciones europeas para retroceder a los tiempos clásicos, y en lugar de reducirse a ser una renovación del gusto y una enseñanza, suprimió casi en absoluto lo existente. Las bellas artes tomaron la mayor parte de sus asuntos de la antigüedad pagana y la mitología, y se dedicaron principalmente a impresionar a los sentidos.

La filosofía se apartó del escolasticismo y de Aristóteles para adherirse a otros sistemas. El de Bacon, que extremado por Locke no daba valor más que a los conocimientos que nos vienen dados de la sensación y de la experiencia, fue vulgarizado en Francia por Voltaire y desarrollado por Condillac, y aunque frente a esta escuela se formó la contraria que todo lo fiaba a la razón y la experiencia, y que por lo mismo se llamó racionalismo, ambas coincidieron en la negación de las creencias religiosas.

Al lado de las causas que se acaban de examinar y muchas de las cuales, en mayor o menor grado, ejercen también su influjo en el resto de Europa, concurrieron en Francia otras muchas locales o allí más intensificadas y más próximas. La corrupción de costumbres, antes aludida, llegó en la patria de san Luis a un punto increíble, si no se viera confirmada por las novelas, folletos y documentos de la época. Tanto para la monarquía como para la alta nobleza y el alto clero, con honrosas pero escasas excepciones, la moral pública o privada no existía en la práctica.

La publicidad de las favoritas reales, las escenas vergonzosas del Parque de los Ciervos, los ejemplos de Talleyrand y del cardenal de Rohan, las representaciones dramáticas ante la aristocracia y los príncipes de la sangre de obras hoy apenas permitidas en los lugares más bajos, son otras muestras del nivel moral que habían alcanzado las clases directoras, a las que, naturalmente, la clase media y el pueblo había de perder todo respeto, prestando poquísimo valor a los conceptos religiosos y sociales que oficialmente representaban y sustentaban.

Uno de los peores efectos de este libertinaje que exigía la dilapidación de grandes sumas, era provocar la envidia y el odio harto justificados del pueblo. En Francia, agotada por las guerras de Luis XIV y exprimida por las locas prodigalidades de Luis XV, la vida se hizo casi imposible para el pueblo, sobre todo para el de los campos, abrumado por los impuestos reales; por lo que había de pagar a su señor, que no servía ya más que para vejarle, sin prestarle ningún servicio ni a veces conocerle siquiera, y, en fin, por la carestía de la vida; todo ello sin contar las frecuentes ocasiones en que se veía saqueado por las bandas de merodeadores que se formaron gracias al desorden general y a la misma miseria pública.

Estos males, ya señalados por Vauban a fines del reinado de Luis XIV, se agravaban por el imperfecto sistema contributivo, y el pésimo reparto de los tributos que respetaba casi siempre al noble o al alto dignatario eclesiástico para gravar al productor y al necesitado. Las filtraciones eran continuas y sistemáticas y la administración estaba tan poco unificada que cada uno de los seis ministros existentes tenía a su cargo cierto número de provincias, sin consideración al ramo particular que desempeñaba.

Los privilegios de la nobleza y el clero, la mayor parte de ellos ya injustificados en aquella época, eran otro de los motivos de irritación para el estado llano. Entre aquellos se contaban, además de la exención de contribuciones personales, el de no ser juzgados por los tribunales inferiores; el exclusivo de obtener grados militares; el de justicia feudal y el de imponer tributos señoriales; a los que se añadían en la práctica el goce de todos los altos cargos eclesiásticos y civiles.

Finalmente, las más importantes causas que provocaron la Revolución francesa fueron, hay que repetirlo, las doctrinas de los filósofos y enciclopedistas, que desde principios del reinado de Luis XV atacaron de uno a uno en sus escritos todos los fundamentos del orden social.

Montesquieu mostró el camino con sus Cartas persas (1721), en que se ridiculizaba lo existente, y con el Espíritu de las Leyes, en que muestra su admiración por la constitución inglesa y por las antiguas Repúblicas, así como su escepticismo religioso.

Retrato de Voltaire en 1718, por Nicolas de Largillière.

Retrato de Voltaire en 1718, por Nicolas de Largillière.

Voltaire llevó al extremo el sarcasmo y la crítica, buscando en casi todas sus numerosas obras el fin primordial de denigrar la religión. Su talento, y sobre todo la moda, lo impusieron en cierto modo a la intelectualidad de Francia y se vio a los nobles acudir presurosos a su retiro de Ferney a rendir acatamiento a aquel cuyos escritos tanto habían de contribuir a levantar para ellos la guillotina.

Mayor influencia tuvo todavía J. J. Rousseau que, aunque más sincero que Voltaire no fue menos demoledor. En su Contrato Social proclamó la soberanía del pueblo y la necesidad del sufragio universal, al mismo tiempo que en esta y otras obras rompía contra aquella sociedad artificiosa, comunicándole el sentimiento de la naturaleza, aunque con las exageraciones propias de su carácter apasionado y misántropo.

Al lado de estas tres grandes figuras precursoras de la Revolución figuran otras de filósofos, como el marqués de Argens, Condillac y Condorcet, no tan populares, pero cuya influencia se dejó sentir de un modo considerable, y sobre todo los del grupo de enciclopedistas que reunieron y dieron forma ilustrada a los nuevos principios enunciados en el s. XVIII.

Al frente de la Enciclopedia, que aspiraba a ser un vasto repertorio de los conocimientos humanos, figuraron Diderot, hombre activo e inteligente, y D´Alembert, geómetra de mérito, ambos enemigos poco menos que personales del cristianismo. A la Enciclopedia se debe tal vez más que a nada la vulgarización de las ideas revolucionarias en todos los ramos del conocimiento humano.

Tales son los hechos y circunstancias que de un modo más o menos remoto prepararon la Revolución. No hay duda de que Francia necesitaba de grandes modificaciones en su constitución interna, pero si en vez de permitirse el desencadenamiento de aquella locura que acometió entonces a todas las clases, hubiera habido al frente del Estado francés un hombre enérgico e ilustrado que corrigiera los abusos y sustituyera lo caduco, se hubiera ahorrado las convulsiones que acompañaron al sacudimiento y los torrentes de sangre que lo mancharon.

La Asamblea Constituyente

Ante el clamor público que pedía reformas, Luis XVI inauguró su reinado con alguna de ellas, como la abolición de la tortura, la libertad del comercio de cereales por el interior del reino, la supresión de la corvée o impuesto de trabajo personal y la libertad de trabajo; pero el rey, asustado por las protestas, no se atrevió a mantener a sus ministros Malesherbes y Turgot, bien intencionados, aunque no siempre felices.

Necker, su sucesor, se puso mal con la corte por haber publicado el estado financiero del país y le substituyeron hombres tan ineptos como Calonne, que, en plena paz, aumentó considerablemente la Deuda Pública, o como Loménie de Brienne, que suscitó las protestas de todo el mundo, en especial de los parlamentos locales.

Necker fue llamado por segunda vez y decidió convocar los Estados Generales que no se habían reunido desde 1614, obteniendo de Luis XVI que el número de diputados del tercer estado fuera igual al de los otros dos reunidos, y que todo francés de veinticinco años, inscrito en la lista de los impuestos directos, tuviera voto en las elecciones.

Estas se realizaron con bastante calma y los Estados Generales se compusieron de 1.139 diputados, de ellos 291 por el clero, 270 por la nobleza y 578 por el pueblo. Los colegios electorales quedaron encargados de redactar lo que se llamó los cahiers, donde debían exponer las reformas que conceptuaban necesarias. Los cahiers del clero y de la nobleza eran variados en espíritu y la última parecía dispuesta a ceder parte de sus privilegios, pero en muchos de los del estado llano se contenía en principio toda la revolución.

El 4-V-1789 se inauguraron los Estados Generales y en seguida se promovió la cuestión de que se votara por cabezas y no por órdenes, como se hacía hasta entonces, innovación que daba todo el poder al estado llano. Ante la resistencia de la nobleza y el clero, el tercer estado se declaró el 17 de junio en Asamblea Constituyente, investida de los derechos de la soberanía, e invitó a los otros dos órdenes a unirse a él.

Este acto era una verdadera rebelión, y para contrarrestarlo se mandaron cerrar las puertas de la sala donde la Asamblea se reunía; pero esta se trasladó a la sala del Juego de Pelota, en la terraza de las Tullerías, a propuesta del diputado Guillotin (a quien se debió luego la implantación de la guillotina) y prestó por unanimidad, con una sola excepción, el famoso juramento Serment du Jeu de Paume de no disolverse hasta haber establecido y fortalecido la Constitución.

El 22 de junio 149 miembros del clero se unieron al tercer estado y al día siguiente el rey leyó una declaración que satisfacía la mayor parte de las demandas de los cahiers y recomendó a los representantes que al día siguiente se reunieran los tres órdenes por separado.

Mirabeau manifestó que estando reunidos por la voluntad del pueblo, no saldrían de allí más que por la fuerza de las bayonetas, y el monarca se negó a tomar medidas de rigor, confundiendo su propia ofensa con la amenaza que aquel acto representaba para Francia.

(Je ne souffrirai pas, qu´un seul homme périsse pour ma querelle).

Poco después, por orden del mismo rey, el clero y la nobleza se unían al pueblo.

La agitación se extendía por todas partes. El pueblo, irritado por la dimisión de Necker y excitado por el perverso duque de Orleáns, se precipitó a las armas dirigido por Camilo Desmoulins, y tomó por símbolo la escarapela tricolor, representativo de la fusión de los tres órdenes.

Después de varias colisiones favorables a los revolucionarios, 60.000 de estos se encaminan a la fortaleza y prisión política de la Bastilla, cuyo gobernador, De Launay, abandonado por los suyos, se rinde a condición de salir con los honores de la guerra, pero una vez fuera, perece en medio de crueles tormentos. Este hecho se considera como el que inicia la Revolución y, en efecto, señala la fecha en que esta comenzó a tomar caracteres más sangrientos.

Por entonces salieron de Francia el conde de Artois, hermano de Luis XVI y después rey con el nombre de Carlos X; el príncipe de Condé, el duque de Borbón y el de Enghien, que dieron el ejemplo de la emigración; pero Luis XVI tuvo aún un instante de aparente popularidad cuando se trasladó a la Asamblea y añadió a su sombrero la escarapela tricolor.

En París no cesaron ya las escenas de violencia, imitadas en mayor o menor escala por otras ciudades, y en varias regiones los campesinos saqueaban e incendiaban las propiedades de los nobles y degollaban a sus dueños. En la Asamblea una fiebre de generosidad acomete a todos sus miembros en la famosa sesión de la noche del 4-VIII-1789, y todo se destruye a la vez: los abusos más patentes y los derechos más justificados y respetables.

Luego pasa la Asamblea a formular la declaración de los Derechos del Hombre, pero esto no impidió que el populacho se encaminara a Versalles (5 ó 6-X-1789), dirigido por Maillard y por la bella, pero degenerada Théroigne de Méricourt (llamada realmente Terwagne), hija de un campesino belga y nacida en Marcourt; penetrara en la Asamblea de Versalles para dar la palabra o negarla a los diputados, degollara a los guardias de la reina y tratar de hacer lo mismo con esta, que hubo de escapar a medio vestir.

Rehechas las fuerzas restantes, la multitud fue arrojada de palacio y el rey la aplacó con sus palabras; pero cometió la debilidad de dejarse conducir a París, prisionero de la misma turba que acababa de aclamarle, y la Asamblea le siguió.

Por entonces se fundaron en París varios clubs políticos que fomentaban de diversas maneras la revolución, siendo los principales el de los jacobinos (nombre tomado, como los siguientes, del antiguo convento donde celebraba sus sesiones), que procuraban abiertamente la caída del trono; el de los cordeleros, partidarios del duque de Orleáns, y el más moderado de los feuillants.

La Asamblea continuaba reuniéndose y, abolidas las antiguas provincias, se dividió a Francia en 83 departamentos. El 14-VII-1790 se organizó una gran fiesta para celebrar el aniversario de la toma de la Bastilla y algunos llegaron a creer que las cosas irían por caminos pacíficos; pero la muerte de Mirabeau, que se inclinaba ahora a la monarquía, y la marcha de Necker, privaron a Luis XVI de dos importantes apoyos y viéndose casi prisionero huyó de París, con intención de refugiarse en la fortaleza de Montmedy; pero fue conocido en Varennes y vuelto por fuerza a París.

En septiembre de 1791 la Asamblea terminó la Constitución, la primera a la moderna que tuvo Francia, aceptada por el rey el 14 del mismo mes, y se dedicó a preparar la próxima Asamblea Legislativa, que la Constitución implantaba y para la cual impidió que fuese reelegido ninguno de sus propios miembros, consiguiendo con esta medida que la Legislativa se compusiera de hombres sin experiencia, llenos de ilusiones teóricas y ganosos de adquirir fama con nuevos proyectos y reformas.

La Asamblea no solo había abolido los privilegios y formado la nueva división administrativa, sino reorganizado la justicia en forma parecida a la actual y creado los registros civiles, base de la sistematización de la propiedad rural.

El estado de la Hacienda Pública, que iba empeorando rápidamente desde Enrique IV, salvo los esfuerzos de Sully y de Colbert, y sobre todo desde Luis XV y la tentativa desastrosa de Law, necesitaba una pronta reforma, y para ello se votó una contribución de la cuarta parte de la renta de cada ciudadano; pero, dado el escaso producto de este recurso, se acudió a los bienes del clero, y a fin de que no sufrieran depreciación, vendiéndolos en masa, se entregaron a los municipios y se crearon unos bonos contra estos, que habían de pagarlos con el producto de las ventas sucesivas de dichos bienes, o bien entregando parte de los mismos bienes a los poseedores de los bonos.

Estos se llamaron asignadosassignats, porque se les había asignado para su reembolso el valor de los bienes nacionales, es decir, del clero; pero los asignados llegaron a estimarse solo en medio centésimo de su valor nominal. Algún mejor resultado dieron las nuevas formas de contribución, pero aun aquí cometió la Constituyente una grave falta, al suprimir casi todas las contribuciones indirectas.

En cambio, una de las medidas más beneficiosas que introdujo la Asamblea fue la unificación del sistema de pesas y medidas, fundada en el sistema métrico nacional, que, como es sabido, se halla hoy adoptado por casi todas las naciones.

También se consagró la Asamblea a redactar lo que se llamó Constitución civil del clero, que Luis XVI firmó por debilidad y que el Papa condenó con energía, no solo por ser una intromisión en los derechos de la Iglesia, sino por sus disposiciones internas, entre las que de contaban absurdos tales como el que los obispos fueran elegidos por los votos, incluso de protestantes y judíos. De los 135 obispos franceses, solo 4 aceptaron la Constitución y prestaron el juramento que se les exigía, y del bajo clero cinco sextas partes permanecieron fieles y gran parte del resto volvieron a la obediencia cuando se convencieron de su error.

El odio a la Iglesia, que fue una de las características de la Revolución, arrebató también entonces (1790) al pontífice su posesión de Aviñón y el condado de Venaissin, que formaron el departamento francés de Vaucluse.

Asamblea Nacional Legislativa 1791-1792

El 1-X-1791 abrió sus sesiones este cuerpo, compuesto de 745 miembros, la mayoría de ellos jacobinos, y, por consiguiente, enemigos declarados de la monarquía. Los principales diputados de la izquierda recibieron el nombre de girondinos y a su lado se encontraban Chabot y otros, que representaban a Robespierre, jefe de los jacobinos, y a Danton, Camilo Desmoulins y Fabre d´Englantine, fundadores del club de los cordeleros

Uno de sus primeros actos fue condenar a la deportación a los sacerdotes que se negaban a prestar el juramento constitucional, pero el rey se negó a sancionar este decreto, así como el que imponía la pena de muerte a los emigrados que no regresaran a Francia

Para vencer su resistencia, Danton, Marat, Santerre, Desmoulins y Péthion, el 20-VI-1792 lanzaron el populacho contra las Tullerías, con intento de asesinar al rey, que se salvó gracias a su sangre fría. Péthion, alcalde entonces de París, le recomendó que no temiese, a lo que el rey contestó que solo podía sentir miedo el hombre que no tuviese pura la conciencia, y cogiendo la mano de un soldado añadió.

Granadero, pon tu mano sobre mi corazón y di a ese hombre si late más deprisa que de ordinario.

La gente de orden y el mismo ejército se indignó; pero los girondinos estaban en plena decadencia y los jacobinos, seguros de su poder, comenzaban a dominarlo todo. Por entonces llegó del Mediodía, y en especial de Marsella, multitud de patriotas y aventureros, tocados con el gorro colorado, que empezaron a hacer popular la Marsellesa, himno que acababa de componerse. Entraron en París cantando el sangriento Ça ira, y fueron los instrumentos más adictos de la Revolución.

Hacía tiempo que las potencias europeas se preocupaban de la suerte del rey de Francia y habían formado una coalición. El duque de Brunswick, generalísimo de las fuerzas de Austria y Prusia, publicó el 25 de julio un manifiesto que amenazaba a Francia y no produjo otro efecto que exaltar el patriotismo de todos los franceses. Aunque el rey desautorizó el manifiesto, se pidió la abolición de la monarquía y se organizó la Commune de París, que llegó a reunir en sus manos todos los poderes de la capital.

El 10 de agosto, Danton organizó otro ataque contra las Tullerías y las defecciones de la guardia nacional movieron a Luis XVI a no oponer resistencia y trasladarse al seno de la Asamblea Nacional, siendo su retirada la señal de degüello de los 900 suizos que le habían permanecido fieles. Los revolucionarios invitaron al pueblo a formar una Convención Nacional y suspendieron al rey de sus funciones, deliberando en su propia presencia.

El monarca y su familia fueron trasladados al palacio del Luxemburgo y a los pocos días encerrados en la torre del Temple, mientras Danton era nombrado ministro de Justicia. Los prusianos, entrados ya en territorio francés, se apoderaron de Longwy y Verdun y los revolucionarios quisieron deshacerse de sus enemigos interiores y del 2 al 5 de septiembre invadieron las prisiones de París y asesinaron a la mayor parte de los presos, desarrollándose escenas de horror pocas veces igualadas en la historia. Una de las víctimas más ilustres fue la princesa de Lamballe, amiga íntima de la reina, a quien fue mostrada en la punta de una pica la cabeza de la víctima. Matanzas parecidas hubo en Meaux, Reims, Lyon y Versailles.

En la frontera había sido nombrado general en jefe el girondino Dumoriez, que, secundado por Kellermann, logró contener al enemigo en las alturas de Valmy, y desde entonces la suerte fue favorable para los ejércitos franceses, que, por la victoria de Jemmapes sobre los austriacos, se hicieron dueños de Bélgica, y en cuyas filas se distinguió con el nombre de Egalité el duque de Chartres, Luis Felipe, hijo del duque de Orleáns y más tarde rey de los franceses. Los poderes de la Asamblea Legislativa terminaron el 21-IX-1792.

La Convención

Las elecciones para la Convención hechas en medio de las matanzas de Septiembre, dieron por resultado una serie de diputados, todos partidarios del derramamiento de sangre, que se pusieron a la izquierda y en los bancos más elevados y recibieron el nombre de la Montagne, mientras en la extrema derecha se sentaban los girondinos y en el centro la llamada Plaine o Marais, es decir, los diputados que aun no se habían adherido a ningún partido.

Uno de los primeros actos convencionales fue decretar la abolición de la monarquía y proclamar el 25-IX-1792 la República francesa, una e indivisible. Después los diputados se entregaron a discusiones de extraordinaria violencia; los girondinos quisieron contrarrestar la fuerza de la Commune, cuyo poder real era superior al de la Convención y que disponía de un ejército de 32.000 hombres dentro de París.

La Montaña se opuso y los girondinos acusaron a Robespierre de aspirar a la tiranía; lo único en que por entonces habían convenido unos y otros era la adopción del sistema de tutearse y en la supresión de todo tratamiento substituido por la simple denominación de ciudadano.

A últimos de año se inició el proceso del rey a pretexto de su tiranía, en 34 cargos, a los que respondió Luis XVI con noble simplicidad; el 15 de enero se le declaró culpable de conspiración contra la libertad pública y el 16 se dictó contra Luis Capeto sentencia de muerte, por escasa mayoría, contra la prescripción expresa de la ley, que exigía las dos terceras partes de los votos.

El duque de Orleáns votó la muerte de su primo, que se ejecutó el 21 de enero, provocando la indignación de Europa, y para hacer frente a ella la Convención recurrió a los medios más violentos, como la proscripción general de los emigrados y la creación de juntas que, cual la de Salvación Pública, Comité de Salut Publique, encargada de subvenir a la seguridad del Estado, no se retrocedió ante ninguna arbitrariedad.

Por un momento pareció que los girondinos detendrían la marcha de la Revolución, pues consiguieron la acusación de Marat y la detención de Hébert, que en el periódico Le Père Duchesne provocara el asesinato de trescientos diputados; mas la Commune se armó y la Convención se vio obligada a votar la proscripción en masa de los girondinos (31-V-1793), muchos de los cuales subieron al cadalso y el resto huyó.

Marat, Danton y Robespierre quedaron dueños del campo, si bien el primero sufrió pronto el castigo de sus crímenes por mano de Carlota Corday, que quiso ahorrar a Francia las 250.000 cabezas que aquél pedía para asegurar la Revolución.

La muerte de Marat hizo que se decretase la prisión de los sospechosos, y las cárceles se llenaron con cerca de 150.000 ciudadanos; se creó un ejército revolucionario que, provisto de guillotinas, recorriese Francia y la limpiase de enemigos de la Revolución; se declaró soldados a todos los ciudadanos de dieciocho a veinticinco años, substituyendo así el alistamiento voluntario por la conscripción; para remedio de las necesidades del país se recurrió a medidas desesperadas, como el empréstito forzoso y la fijación de un precio máximo en los artículos de primera necesidad; se buscó dinero por todos los medios posibles, y, en fin, se decretó la formación de 14 ejércitos, que fueron posibles gracias al genio organizador del ministro Carnot.

En diversos puntos de Francia estalló la guerra civil; además de la Vendée y de Normandía, que pronto quedó aplastada, se sublevó Lyón, que hubo de ceder ante un ejército de 60.000 hombres y perdió hasta su nombre para tomar el de Commune Affranchie, como Tolón, abandonado por los españoles y los ingleses, hubo de cambiar el suyo por el de Port de la Montagne. El 16 de octubre fue guillotinada María Antonieta, después de haberse intentado deshonrarla con vergonzosas e injustas imputaciones.

Se dictó una Constitución llamada del 93, que no se llevó nunca a la práctica y que oficialmente fue derogada por un decreto convencional que declaraba que el gobierno sería revolucionario hasta la conclusión de la paz y que lo colocaba bajo la vigilancia del Comité de Salvación Pública. El régimen instituido por este decreto (10 de octubre) es conocido en la historia con el nombre de Gobierno del Terror.

El 5-X-1793 un decreto abolió la era cristiana e hizo comenzar la era francesa en el día de la fundación de la República (22-IX-1792), con nuevas divisiones del calendario y nomenclatura de meses y días. Después del 31 de octubre, en que fueron guillotinados los girondinos más ilustres, las ejecuciones se sucedieron rápidamente, entre ellas las del duque de Orleáns, del valeroso Bailly y de la Du Barry.

Hérbert y Chaumette, jefes de la Commune de París, idearon el aniquilamiento de toda religión en Francia; el 7 de noviembre el arzobispo constitucional de París y su clero fueron a abjurar solemnemente del catolicismo ante la Convención; tres días después se decretó el culto de la diosa Razón.

En buena parte de Francia se incendiaron o se destruyeron de otro modo los libros eclesiásticos, los ornamentos sagrados, las reliquias, las imágenes, las campanas y en la iglesia de Saint-Denis las propias tumbas de los reyes de Francia. Hasta se derribaron campanarios por contradecir a la igualdad revolucionaria.

La independencia de que hacían gala Hérbert y Chaumette motivó su acusación y muerte, como la popularidad y el talento de Danton, envidiados por Robespierre, le llevaron a la guillotina con sus amigos (5-IV-1794). Pocos días después (9 de mayo) moría también en el cadalso M. Elisabeth, la bondadosa hermana de Luis XVI.

En un día fueron inmolados 45 magistrados del Parlamento de París; en otro una comunidad entera de religiosas carmelitas; en Nantes, Carrier ideó unos barcos con válvulas por cuyo medio podía ahogarse a 100 personas de una vez e inventó la sangrienta broma de llamar matrimonios republicanos al suplicio de atar juntos a un hombre y a una mujer para precipitarlos en el Loire.

Robespierre, que como dice Taine, era el verdadero tipo del jefe de una revolución, había quedado único dictador. Enemigo del ateísmo, instituyó el culto del Ser Supremo, y su fiesta, en que las jóvenes arrojaban rosas, se entonaban cánticos de alegría y se hablaba de fraternidad y paz, mientras las víctimas caían por millares y el mismo Robespierre declaraba que convenía que nadie que hubiera tenido más de quince años en 1789 sobreviviese, a fin de que no echara de menos el régimen antiguo.

Al fin, habiendo adoptado el proyecto de desembarazarse de una vez de sus enemigos de la Asamblea, esta le mandó detener, y, aunque momentáneamente libertado, algunas fuerzas se declararon en contra suya, y al día siguiente sufrió el suplicio con aquellos de sus partidarios que no habían perecido en la refriega. Según expresiva frase de Napoleón en el Memorial de Santa Elena, toda la nación creyó que esta jornada de 9 Thermidor (27-VII-1794) acababa con la tiranía, y esta, en efecto, terminó.

Ya hemos indicado los esfuerzos de Francia para sostener las guerras extranjeras, y es de notar que, al paso de que en el interior se desarrollaban los horrores que hemos descrito, en el exterior el entusiasmo del ejército revolucionario hacía frente a la Europa entera coligada.

A fines de 1792 las tropas francesas a las órdenes de Dumoriez, dueño de Bélgica, amenazaban Holanda; pero Dumoriez, sospechoso a la Convención y abandonado por sus oficiales, tuvo que huir, y Bélgica volvió a los aliados, mientras los españoles entraban en el Rosellón y los prusianos en Maguncia. Nombrado general en jefe Jourdan, reconquistó Bélgica, mientras Hoche y Pichegru rechazaban a los aliados al otro lado del Rhin.

El mismo Jourdan se apoderó en 1794 de toda la orilla izquierda de este río y Pichegru de las plazas que defendían la frontera holandesa. La propia Holanda cayó al año siguiente en poder de los franceses, después de una campaña en que se vio a la caballería avanzar sobre un mar helado para tomar al abordaje una flota holandesa y que terminó con la proclamación de una República Bátava. Habiendo, empero, sufrido Pichegru algunos reveses en Alemania, concluyó con los austriacos una tregua y con Prusia la paz de Basilea que daba a Francia la izquierda del Rhin.

Por mar sufrió Francia en pleno Océano una grave derrota en la que el navío Le Vengeur (antes Le Marsellaise rodeado por tres buques ingleses y haciendo agua por todas partes, clavó en el palo mayor su bandera en señal de no quererse rendir, y se hundió en el mar mientras su tripulación, reunida en el puente, lanzaba vivas a la República.

De 1793 a 1796 se desarrolló en el interior otra guerra llamada de la Vendée por haber comenzado en este departamento del Bajo Poitou. Sus principales jefes fueron Cathéline, Charette, La Rochejaquelein y Stofflet. Se extendió la lucha a Bretaña con carácter de guerra de guerrillas y se suspendió en ambas regiones por un tratado en que los insurgentes lo obtuvieron todo de la Convención a cambio del reconocimiento de la República; pero no tardaron en reanudarse las hostilidades, y esta vez, a pesar del apoyo de Inglaterra y de la expedición de 5.000 emigrados a la península de Quiberon, los talentos militares y la política más moderada de Hoche, triunfaron de la insurrección.

En la Convención quedaban todavía muchos terroristas, pero algunos de ellos fueron ejecutados y otros deportados, a pesar de haber las turbas invadido la Asamblea. El 20 de mayo de 1795 se organizó un nuevo tumulto, aprovechando la carestía reinante y exigiendo pan y la Constitución del 93, pero el movimiento fue dominado y casi inmediatamente se publicó un decreto autorizando el libre ejercicio de los cultos; se suprimió el Tribunal revolucionario, se instaló una guarnición de tropas de línea y se condenó a muerte a seis diputados terroristas, que no poseyendo entre todos más armas que unas tijeras y dos cuchillos, se fueron pasando las armas a medida de que se las arrancaban del pecho.

El 8 de junio murió el hijo de Luis XVI, conocido con el nombre de Luis XVII, que había sido puesto bajo la custodia del fanático zapatero Simón, que se consagró a desposeerle de sus cualidades físicas y morales, hasta que los malos tratos ocasionaron su muerte. El conde de Provenza, hermano del difunto monarca, tomó entonces el título de rey con el nombre de Luis XVIII.

El único miembro que quedaba de la familia real, encerrada en el Temple, era la hija de Luis XVI, María Teresa Carlota, que fue enviada a Austria a cambio de ciertos plenipotenciarios franceses en poder de los austriacos. Más tarde casó con el duque de Angulema, hijo del conde de Artois.

El 22-VIII-1795 se votó una nueva Constitución que ponía al frente del poder ejecutivo a un Directorio de cinco miembros nombrados por el cuerpo legislativo y uno de los cuales se renovaba cada año, al paso que el poder legislativo consistía en un Consejo de Quinientos, que proponía las leyes, y otro de ancianos que las sancionaba. Las elecciones eran de dos grados. El espíritu de esta Constitución era evitar así la vuelta de la demagogia como la de la monarquía que empezaba a recobrar partidarios.

El Directorio quedó instalado después de reprimida una insurrección provocada por un decreto de la Convención que disponía que dos terceras partes de sus miembros formaran parte del nuevo Cuerpo legislativo. El éxito del Gobierno se debió principalmente a Bonaparte, que se había distinguido ya en el sitio de Tolón.

Así terminó la Convención, en cuyo pasivo han de contarse tantos crímenes, pero en cuyo activo es justo consignar la creación del gran libro de la Deuda pública, la fundación de la Escuela Normal Superior para formar los maestros de segunda enseñanza, y el Museo de historia Natural, el Bureau des Longitudes, donde trabajaron Lalande, Cassini, Laplace, Lagrange y Bougainville, y otras instituciones científicas y de enseñanza, que subsisten en el día.

El Directorio 1795-1799

La existencia de esta forma de gobierno fue una serie de luchas entre las diversas instituciones que lo formaban y con los partidos que se agitaban para volver por una parte al jacobinismo y por otra a la monarquía.

El 15 de mayo de 1796 se descubrió una conspiración comunista que fue severamente castigada. Por otra parte, el realismo predominaba en las Cámaras; se abolieron los decretos contra los sacerdotes no juramentados y dos de los miembros del Directorio, Carnot y Barthélemy, apoyaban las ideas moderadas; pero el resto del Directorio de alarmó, y después de una hábil propaganda, ejecutó el golpe de Estado del 18 Fructidor que volvió a Francia a un régimen de terror, pero sin la pena de muerte.

Trató el Directorio de evitar la bancarrota de Francia mediante un nuevo papel moneda llamado mandatos territoriales, que respondían a una cantidad limitada de bienes nacionales, creando nuevos impuestos, etc.; pero todos estos medios no consiguieron elevar el crédito público. La mala situación de la Hacienda coincidía con un estado general de los espíritus que permitía todos los desórdenes. Las costumbres y las modas paganas iban acompañadas de un literatura cínica de que Parny era digno representante.

A poco de tomar posesión el Directorio, nombró a Bonaparte general en jefe del ejército de Italia, donde se desarrolló aquella brillante campaña que dio a los franceses toda la Italia del Norte en menos de un año, mientras en Alemania Moreau tenía que retroceder ante el archiduque Carlos, hermano del emperador Francisco II.

A la campaña contra los austriacos siguió otra muy breve contra la Santa Sede, que hubo de ceder parte de sus posesiones a Francia, que, además, por el tratado de Campo Formio (27-X-1797) alcanzó Bélgica y las provincias alemanas de la izquierda del Rhin, y formó en Italia bajo su protección Las Repúblicas ligur y cisalpina, entregando Venecia a los austriacos.

La gloria de Bonaparte eclipsó en adelante la de los demás generales franceses, y la opinión pública le señalaba como una esperanza; mas el Directorio lo miraba con recelo, y así, para alejarle, le concedió el mando de la expedición a Egipto que el mismo Bonaparte solicitara con el objeto de dominar el Mediterráneo y dar a Inglaterra un golpe indirecto, pero eficaz; mas la campaña de Egipto y su consecuencia la de Siria, no obstante las victorias que obtuvo, fue inútil para Francia, y después del asesinato de Kebler por un turco, Egipto quedó perdido.

Bonaparte, que, dejando su ejército, había vuelto a Francia (16-X-1799), la encontró presa de divisiones interiores y derrotada en Italia, donde hubo de abandonar casi todas sus conquistas; pero se mantuvo en apariencia inactivo, mientras en realidad conspiraba, favorecido por los desaciertos del Directorio, entre los cuales no fue menor la prisión del papa Pío VI y su traslado a Francia.

De acuerdo con Sieyès y Roger-Ducos, miembro del Directorio, y nombrado por el Consejo de Ancianos jefe de las fuerzas de París, Bonaparte, gracias a la serenidad de su hermano Luciano, pudo disolver el Consejo de los Quinientos en la jornada llamada del 18 Brumario (9-XI-1799), y el Directorio dejó de existir.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 24 págs. 956-960.

Repecusión de la Revolución en España

En casi todos los países europeos —en sus cortes y en sus ministros—, el comienzo de la Revolución francesa despertó grandes simpatías; sin embargo, como estas provenían, sobre todo, de la complacencia con que se había recibido el movimiento de la ilustración, o sea de las doctrinas pre-revolucionarias, no tardó en señalarse una reacción ante el violenta cariz que iban tomando los acontecimientos.

Los ilustrados españoles, por ejemplo, Aranda y Floridablanca, se vieron forzados también, muy pronto, a afrontar con la máxima energía de las posibles infiltraciones de la Revolución en la Península (cf. Baumgarten, Geschichte Spaniens zur Zeit der französischen Revolution, Leipzig, 1861). Además, España estaba ligada a Luis XVI por el Pacto de Familia, que fue denunciado por la Revolución. Carlos IV deseaba, ante todo, salvar la vida del rey francés, ofreciéndole asilo en España.

A pesar de que Floridablanca cuidó en cerrar las fronteras los libros disolventes, no pudo evitar la presencia de muchos agentes franceses que hacían propaganda de las ideas revolucionarias. Este hecho, así como todo el contenido social de la revolución, prueba de que no se trataba de una convulsión circunscrita a Francia misma, como lo fueron con relación a sus respectivos territorios la revolución inglesa del XVII o la entonces reciente revolución americana.

La Revolución francesa pretendía difundir todos los principios que la promovieron para aplicarlos a todo el ámbito de la sociedad europea. Aranda, por su parte, pretendió negociar la neutralidad española con la República francesa, pero su corta permanencia en el Poder, del que fue desplazado por Godoy, le impidió llevar a cabo sus planes (cf. M.Fernández Almagro, Orígenes del régimen constitucional en España, Barcelona, 1928, págs. 29 y ss.).

Entre los españoles que se destacaron en París durante el periodo revolucionario están Olavide, Andrés María Santa Cruz nacido en Guadalajara, elemento muy señalado de la secta de los teofilántropos, sobre la que escribió el libro Le culte de l´humanité, y, sobre todo, el célebre abate Marchena —José Marchena Ruiz de Cueto, de Utrera (1768), redactor de L´Ami de Peuple, órgano de Marat—, que preparó desde Francia una conjura republicana para derrocar la monarquía española (cf. Miguel de los Santos Oliver, Los españoles en la Revolución francesa, Madrid, 1914).

Aunque la Revolución no cundió entre las clases populares españolas, sus consecuencias se dejaron sentir especialmente en el proceso de emancipación de América, cutos antecedentes están muy ligados a los principios de 1789.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue un documento que pesó, después de 1808, en el ánimo de los españoles, que se inspiraron en estos derechos individuales para la elaboración en las diversas Constituciones promulgadas en el s. XIX en España.

La intervención armada de Carlos IV en el Rosellón (1793-1794) fue la réplica española a la ejecución de Luis XVI; la guerra fue popular, pero como escribe Alcalá Galiano en sus Memorias, los marinos y los militares volvieron de las campañas francesas contaminados de espíritu liberal.

Después de la paz de Basilea (1795), gestionada por Godoy, España vuelve a caer en la órbita francesa, convirtiéndose en tributaria de Napoleón, hasta 1808, en que todo el país se alza contra la invasión para defender la Independencia. Empieza esta larga guerra, y con ella la fase de las luchas interiores, de tipo ideológico, entre absolutismo y liberalismo, luchas que tienen su origen en todo el espíritu de la Revolución Francesa.R.B.: ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 470-473.

Grupos políticos

Los Girondinos

Los Jacobinos

Los Girondinos

Perteneciente a un grupo político de la Revolución francesa, que actuó en el seno de la Asamblea legislativa y de la Convención. Los jefes de los girondinos: Brissot, diputado por París, Condorcet y varios diputados por Burdeos (Gironde), encabezados por Vergniaud. De estos últimos procede el apelativo de girondinos dado al grupo. Los girondinos frecuentaban el famoso salón parisiense de Madame Roland.

Desaprobaban la ideología igualitaria del pueblo de París y se apoyaban principalmente en las administraciones departamentales y en la burguesía de negocios. Eran volterianos, deseaban el triunfo de la burguesía ilustrada y se opusieron a los progresos revolucionarios a partir de 1792. Su propósito de pactar con una monarquía auténticamente nacional, una vez modificada la equívoca actitud de los reyes, les dio popularidad e influencia política.

En 1791 uno de ellos, Péthion, fue alcalde de París con el apoyo de la corte, y en mayo de 1792, Clavière, Roland y Servant fueron llamados por Luis XVI para entrar a formar parte del gabinete ministerial presidido por el general Dumoriez. Rápidamente comprometidos por los fracasos de un equipo gubernamental que ellos no dirigían y por las primeras derrotas militares francesas, los girondinos endurecieron su política.

Luis XVI acabó por destituirlos; pero una vez depuesto Dumoriez, jugó con la posibilidad de darles nuevo acceso en el gobierno y se los atrajo de nuevo. La insurrección de 1792, que puso fin a la monarquía, y en la que los girondinos no colaboraron, marcó el fin de su poderío. A partir de entonces se vieron arrinconados por los jacobinos. En un último intento de recobrar el poder, explotaron en beneficio propio el temor de la burguesía ante las matanzas de septiembre y aprovecharon el clima de distensión que siguió a la victoria de Valmy (20-IX-1792) para obtener algunos éxitos sobre la Comuna.

Pero su actitud legalista en el proceso de Luis XVI fue considerada como una traición a la causa revolucionaria; los jacobinos les hicieron responsables de los fracasos militares de la primavera de 1793, y además se vieron comprometidos por la traición de Dumoriez. Reaccionaron contra el primer Terror (marzo-abril de 1793) extremando su política; llevaron en vano a Marat ante un tribunal revolucionario, que lo eximió de sus culpas; crearon una comisión para investigar las exacciones de la Commune, y arrestaron a Hébert, amenazando con destruir París, que pedía su liberación.

Con todo esto perdieron el apoyo popular, provocando el asalto de los sans culottes parisienses a la Convención (31-V-2-VI de 1793), hecho que marcó el fin político de los girondinos. Fueron condenados y ejecutados cuarenta y un miembros, y otros como Roland y Péthion, huyeron a provincias, donde intentaron, sin éxito, promover la agitación federalista, y acabaron suicidándose. Los supervivientes no recuperaron sus puestos en la Convención hasta la reacción thermidoriana (julio de 1794).R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 10 pág. 4894.

Los Jacobinos

Jacobino, término perteneciente o relativo al club de los jacobinos, asociación política del periodo de la Revolución francesa (1789-1799). En 1789 se creó en Versalles el llamado club Bretón, formado por algunos diputados bretones (Lanjuinais, La Chapelier) de la asamablea constituyente, a los que se unieron otros de diferentes provincias (Sieyès, Barnave). Dicho club se trasladó a París con la asamblea y, con el nombra de Sociedad de amigos de la Constituyente, se instaló en el refectorio de un convento de dominicos de la calle Saint Honoré.

Pronto recibió el nombre del club de los jacobinos, a causa de ese apelativo popular dado entonces en Francia a los dominicos. A él podían acudir no solo diputados, sino también cualquier persona que pagara la cuota, bastante elevada. En sus inicios tenía más bien un carcáter moderado; fundó filiales en las provincias e influyó mucho en la opinión pública. Después de Varennes, gran parte de sus adictos se escindieron para formar el club de los Feuillants o falletista (julio 1791).

El club jacobino se hizo entonces más democrático, con Robespierre y Péthion, por lo que lo abandonaron los girondinos (set. 1792), que se le habían incorporado durante la legislativa. El club era el órgano rector de la Montaña y preparaba sus sesiones en la Convención; Robespierre lo dominaba. Después de thermidor (11-XI-1794) —Undécimo mes del calendario republicano francés, cuyos días primero y último coincidían, respectivamente, con el 19 de julio y el 17 de agosto—, fue clausurado.

A comienzos del Directorio, Lebois y Babeuf lo reorganizaron con el nombre de Sociedad de amigos de la República o club del Panteón. Sus intrigas subversivas ocasionaron su disolución (1796). Prieur de la Marne, Bouchotte y Le Petelier lo impulsaron de nuevo con el nombre de Sociedad de amigos de la Libertad y la Igualdad o club de la Manège (porque radicaba en la sala de este nombre en las Tullerías, donde antaño se reunía la constituyente).

Llegó a tener filiales en las provincias. Pronto se le prohibió el acceso a la sala de la Manège y trasladó sus reuniones a Saint Thomás-d´Aquin hasta que fue clausurado definitivamente en agosto de 1799.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 13 pág. 6034.