El estado de los visigodos

Introducción

La conquista de España

La unidad del nuevo Estado

Introducción

En vísperas de las invasiones bárbaras, las viejas nacionalidades españolas, que ya antes de la conquista de la Península por Roma eran confusa mezcla de pueblos diversos, aparecen desleídas y absorbidas por la fuerte nacionalidad romana.R.B.: Herculano. Historia de Portugal. Introduçäo, p. 32.

En los tres siglos del imperio avanza considerablemente la romanización, en el Norte inclusive. Sólo la zona montañosa al occidente de los Pirineos se sustrae a la influencia cultural del conquistador. Sertorio había convertido a Huesca en centro de dominación intelectual. Pompeyo hizo del lugar a que dio nombre (Pompelo-Pamplona) barbacana o fortaleza adelantada de la penetración latina.

La Rioja, de población celta y vascona, área donde se cruzaban las razas y las lenguas, hablaba vascuence y latín. La romanización se detuvo al oeste de Huesca, y de Tafalla y Estella para el Norte, quedando Pamplona aislada con su lengua romana en medio de una región de habla euscalduna, o aislada en parte, si, como parece, era bilingüe, a semejanza de la Rioja.

Vimos anteriormente que en lo que hoy se llama País Vasco, el éuscaro quedó reducido a los caristios y várdulos. (Los últimos poblaban la mayor parte de Guipúzcoa y Álava.) Vimos asimismo en otro lugar que entre los autrigones, tribus de raza vasca, se había perdido el uso del vascuence. Flavióbriga (Bilbao) parece haber tenido colonia romana y haber hablado latín.

En resumen, en el Sur de la Vasconia propiamente dicha y en el Occidente y Mediodía del País Vasco la población era vasca, pero había dejado de hablar el éuscaro en beneficio del latín vulgar.

La romanización de los vascones de la Ribera fue tan intensa como la de los celtiberos, que, según Estabón, ya a comienzos del Imperio habían adoptado las costumbres y la toga italianas.

Menester es sospechar que los vascones y várdulos del interior, la población más pegada a los Pirineos Occidentales, gozaban, cuando menos, una semiindependencia del poder romano, a la manera primitiva, en estado de naturaleza.

Eso aparte, los bárbaros se encuentran con una España sobremanera romanizada. Cuando los visigodos querían distinguir a los españoles que no pertenecían a la raza germánica, no habiendo entre esos hombres un carácter, una señal que mostrase en ellos diversidad de origen, los designaban constante y uniformemente con el nombre de romanos.

En la caída y fragmentación del imperio romano hay que buscar el origen de las naciones modernas. Roma había hecho del Occidente una inmensa nación, la Romania, dividida en prefecturas y provincias, y estas provincias comienzan a convertirse en estados soberanos bajo las monarquías germánicas.

La conquista de España

La conquista de España por el visigodo Eurico (466-484) viene a coincidir con el destronamiento de Augústulo, último emperador de Occidente, por el bárbaro Odoacro (476). En varias campañas triunfales, que culminaron en la sumisión de la nobleza romana de la Tarraconense, el guerrero godo puso fin a la dominación de los emperadores en España y creó la monarquía más vasta de cuantas entonces surgieron de las ruinas del orbe político romano.

Galicia y una parte de la Lusitania estaban en poder de los suevos, cuyo reino comprendió buena porción de la Cantabria asturiana, con las tierras regadas por el río Carrión y la ciudad de Palencia. Entonces dependió más Castilla de los suevos que de las autoridades romanas; y los alanos llegaron hasta la cuenca del Arlanza.R.B.: El obispado de Burgos y Castilla primitiva desde el siglo V al XIII, por don Luciano Serrano. O.S.B., Abad de Silos. Instituto de Valencia de Don Juan, Madrid, 1935. T. I, p. 39.

Exceptuados los territorios gallegos y lusitanos aludidos, las Baleares, aún dependientes del imperio, y las zonas menos accesibles de Vasconia, toda España se sometió a Eurico. El Sur de la Galia, hasta el Loira, y la Provenza completaban los territorios de la nueva monarquía, cuya capital fue Toulouse.

Mas cuando en 507, el rey franco Clodoveo batió al ejército de Alarico II, con muerte del propio rey, en Vogladum (SaintCyr o Vouillé), los dominios de los visigodos al norte de los Pirineos se redujeron ya a la Septimania, o siete ciudades de Narbona, Carcasona, Lodeve, Nimes, Magalona, Beziers y Agde.

Reinando Teudis (531-548) pasó a España -al parecer a Barcelona- la corte visigótica y comenzaron a celebrarse concilios anuales en Toledo.

Península Ibérica c. 500

Península Ibérica c. 500

En ese mismo reinado agravó la crisis política que sufría el Norte de España una invasión de los francos. La monarquía merovingia había llegado a constituir un poder de gran fuerza expansiva. Impaciente por extenderse hasta el Mediterráneo. Teodorico impidió a los francos la salida a este mar por la Provenza, y desde entonces se propusieron invadir el Norte de España.

En 542 reanudaron Childeberto y Clotario la guerra contra los visigodos, conquistando a Pamplona y devastando el valle del Ebro. Teudis les dio batalla ante Zaragoza y los forzó a pasar de nuevo los Pirineos. Persuadidos de que nada podían hacer en España, tornaron los merovingios a intentar la expansión por Italia.

Entre tanto, Justiniano ponía en práctica su ambicioso y utópico designio de restaurar el imperio, y reconquistadas Italia y África, dirigía la atención a España, donde la lucha por la corona entre Agila y Atanagildo le ofreció la coyuntura de intervenir en favor del último con el envío de un ejército al mando de Liberio, que terminaba en ese momento de conquistar a Sicilia. Agila fue derrotado y muerto en Sevilla.

Hecho rey Atanagildo (554) accedió a que las tropas bizantinas ocuparan gran extensión de territorio en el Sudeste y en la Bética, desde la desembocadura del Guadalquivir a la del Júcar. Probablemente, por haber rebasado los imperiales las fronteras que se les asignaron se vieron envueltos con Atanagildo en una guerra que duró doce años.

Toledo, lugar elegido como centro de operaciones, fue desde aquel instante la capital de la monarquía. Por un lado, la ocupación de parte de Andalucía y del Levante por los bizantinos, imperiales y católicos, fomentó la romanización, neutralizando el influjo germánico, pero por otro añadió una nueva complicación a las muchas que conspiraban contra la unidad del nuevo Estado.

El logro de esta unidad será la preocupación cardinal de casi todos los reyes godos, y tendrá en Leovigildo y su hijo Recaredo los más resueltos e ilustres autores.

La unidad del nuevo Estado

Leovigildo se pasó el reinado guerreando. Limpió la Bastetania de bizantinos (570), y en los dos años siguientes tomó a Ecija, Medina-Sidonia y Córdoba. Acabó con el importante reino de los suevos, primero, no transigiendo con sus frecuentes incursiones en los territorios vecinos; obligándoles luego a reconocer la supremacía política de Toledo, y, finalmente, anexándose el reino, movimiento facilitado por las divisiones y disturbios de que era teatro a la sazón el Noroeste.

Hubo de hacer frente Leovigildo a los vascones sublevados, problema que subsistirá a lo largo de toda la época visigótica, en particular como cuestión fronteriza atizada por los francos. Menester es no olvidar que desde la caída del imperio era esta una región en guerra. En rigor, toda la faja montuosa del Norte se hallaba débilmente prendida a la monarquía. E. Mayer opina que los vascones del Pirineo se mantenían independientes.R.B.: E. Mayer. Hª de las Instituciones Sociales y Políticas de España y Portugal durante los ss. V al XIV, p. 125.
En 574 se sublevó la Cantabria, y Leovigildo emprendió una operación que equivalió a reconquistarla y reorganizarla dentro de límites precisos y nuevos. Desde entonces comprendió esta provincia todo el territorio diocesano de Oca, más la región de Vizcaya, la mayor parte de Álava, Berrueza, la actual Álava riojana, las Amezcoas y la zona de Calahorra y Logroño. La Cantabria se hallaba regida por el duque Pedro cuando avino la invasión árabe.R.B.: Abad de Silos. Ibíd., t. I, pp. 41, 42.

En 581 hizo frente Leovigildo a otra rebelión vascona, que sofoco, y para conmemorarlo fundó Victoriacum (Vitoria). En el reinado de Recaredo volvieron a sublevarse los vascones, lo mismo que los astures. Nueva subversión vascona ocupó a Gundemaro (600-612). Los vascones de la Gascuña fueron reducidos por Suintila (621-631), fundador de Olite (Oligitum), en la actual Navarra, para impedir sus frecuentes incursiones en el Sur de los Pirineos.

Wamba (672-680) también se vio absorbido por las rebeliones vasconas, a una de las cuales atendía cuando la infidencia de Paulo le obligó a trasladarse a la Septimania. En fin, la invasión árabe sorprendería a Rodrigo tratando de suprimir nuevos desórdenes en aquellas mismas tierras.

Sabido es que la reconstitución del imperio apenas sobrevivió a Justiniano. Se luchaba en todas las fronteras. Persas, eslavos, avares amenazaban las posiciones bizantinas. En 508, los lombardos habían invadido a Italia. Aislados los imperiales que se habían establecido en la Península, se vieron en situación desesperada.

Gundemaro los quebrantó mucho y Sisebuto o Siseberto, llevando contra ellos enérgicamente la guerra, los arrinconó en algunas plazas del Algarbe (616). Cupo a Suintila el honor de expulsar a estas fuerzas de sus últimas posesiones del Sudoeste de España y de traer a toda la Península a la obediencia de los reyes visigodos. San Isidoro lo consigna con cierto alborozo: Totius Hispaniae supra oceanis fretum monarchia regni primo idem potibus, quod nulli retro Principem est callotum.

En el proceso de la unificación de la Península se atravesaba la cuestión religiosa, en extremo enconada, pues no solo se gestaba en la dificultosa convivencia de la fe católica y la arriana; incompatible con ambas era la posición religiosa de los judíos. Leovigildo quiso resolver el conflicto católicoarriano con la unidad espiritual sobre la base de la aceptación del arrianismo por la sociedad hispanorromana.

El intento tenía que fracasar, porque el arrianismo era la religión de una minoría, muy influida ya por los vencidos. Sin embargo, desde 576, Leovigildo no cesó de molestar a los católicos. La conversión de su hijo Hermenegildo le enfureció, y la persecución que desencadenó se trocó en virulenta guerra civil. Triunfó en apariencia el rey (si no es cierto que apostató antes de morir), pero en realidad la guerra civil se resolvió a favor de la fe y los sentimientos de la sociedad hispanorromana. Esa victoria no tardó en manifestarse con la transcendental conversión de Recaredo cuando aún no llevaba reinando un año.

La conversión oficial y solemne en el Concilio III de Toledo (589) puso término al fatal dualismo religioso y estableció sobre un cimiento inconmovible la unidad católica. Lo exigía, ante todo, la necesidad del Estado, y así se desprende de la Declaración del propio monarca. Con la conversión se tiende a dar unidad social al pueblo español.R.B.: Menéndez Pelayo. Historia de los Heterodoxos Españoles. f. II, cap. X, p. 209.
De esa unidad cristiana quedaban fuera los vascos no romanizados de la Vasconia y de la Vardulia, tribus aún por evangelizar. Pamplona y la Rioja, donde coexistían el vascuence y el latín, como hemos dicho, enviaron sendos obispos al Concilio de la conversión. Mumius Calagurritanae ecclesia episcopus suscripsi... Liliolus Pampilonensis ecclesia episcopus suscripsi....R.B.: Actas de los Concilios en la colección de don Juan de Tejada y Ramiro. Madrid, 1859.

La monarquía goda de España duró dos siglos y medio escasos (476-711), pero el período fue de intensa unificación. Factores de suma importancia en ese proceso fueron la monarquía y el Estado, por primera vez ajustados a la medida de la Península, aunque con el borde saliente de la Septimania. La monarquía era absoluta y soberana, y la autoridad del rey, una función pública, y no mera tiranía personal Pirenne.

Esta monarquía evolucionaba en la dirección del sistema bizantino. La elección de los reyes, que Lot parece haber tomado en serio, cree Ziegler que es una fantasmagoría. En realidad, había en España, como en Bizancio, una mezcla de hereditarismo e intriga y súbitas violencias (Pirenne).

No había teocracia, contra lo que comúnmente se piensa. La Iglesia apoyaba el absolutismo real, pero el rey solo dependía de esta institución para defenderse de la aristocracia. La sumisión eclesiástica rayaba en el servilismo. Los obispos eran designados por la corona. Los dieciocho concilios que se reunieron entre 598 y 701 fueron convocados por el monarca. En ellos se sentaban junto a los prelados miembros seglares de la corte.R.B.: Henri Pirenne. Ibíd., p. 49 ss.

Dada la antigua relación de los godos con el imperio que tanto influyó sobre ellos, en sus costumbres y en su pensamiento, la romanización de estos bárbaros, una vez dueños de la Península, fue rapidísima. La sociedad romana los absorbió fácilmente, y la monarquía, servida por más dignatarios romanos que germánicos, se constituyó, en parte muy considerable, sobre el molde de las instituciones romanas. Leovigildo dividió a España en ocho provincias: Galletia, Asturia, Autrigonia, Hiberia. Lysitania, Bética, Hispalis y Aurariola.

El Código de Eurico, promulgado en 475 para regular las relaciones entre los godos y los romanos, salió de plumas romanas. El Breviario de Alarico (507) es una ley romana en casi toda su extensión. El Liber iudiciorum, finalmente conocido por Fuero Juzgo, decretado por Recesvinto en 634, es romano y eclesiástico en espíritu.R.B.: Pirenne. Ibíd., p. 50, 51.
Establecida la unidad de la ley, se dio un paso más hacia la compenetración de los españoles. Facilitados los matrimonios entre las dos razas, sujetos todos los miembros de la sociedad al derecho góticorromano, los habitantes de la Península constituían una sola nación cuando se presentó la invasión árabe.R.B.: Herculano. Ibíd., p. 30.

Muy pronto adoptaron los visigodos la lengua de los romanos. Eurico escribió en latín, como los demás reyes germánicos. No hay nada que confirme que los godos conservaron su idioma. Se supone que el lenguaje gótico había desaparecido en tiempo de Recaredo. Por la descomposición del latín se formaron las lenguas romances.

En el siglo V esta evolución debía de estar ya muy avanzada. En la corte visigoda, los intelectuales hablaban un latín escolástico, el de San Isidoro; las personas cultas, pero sin estudios especiales, hablaban, sin duda, un latín muy romanceado; el pueblo usaría un llano romance.R.B.: Menéndez Pidal. El idioma español en sus primeros tiempos. p. 109.

Ninguna prueba más palmaria de lo acabada que había llegado a ser, en el orden de las instituciones generales, la unidad peninsular bajo los visigodos que la sorprendente simultaneidad con que se produjo la transformación de la lengua en todas las regiones de la monarquía. Estudiando el romance en la Edad Media, Menéndez Pidal observa que los rasgos comunes presentes en el portugués, leonés, catalán y aragonés de entonces eran los mismos que había poseído el idioma usado en la generalidad del reino visigodo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 267-274.