Evolución histórica visigoda

"Los visigodos empezaron su contacto con el imperio romano a principios del s. III, cuando una emigración larga y lenta les llevó desde el Báltico y Escandinavia, al Mar Negro y las llanuras del bajo Danubio. Más tarde pareció que encontraban asentamiento duradero en lo que es hoy la Transilvania y la Valaquia. En el año 324 figuran por primera vez los godos formando un cuerpo auxiliar que lucha en el ejército de Licinio contra Constantino, en la batalla de Chrysopolis. Desde entonces, las relaciones entre godos y romanos no se interrumpen, y en el año 332, entran en la condición de federados, que romperán pacíficamente treinta y cinco años después.

La germanización del ejército romano es cada vez más acentuada. Por otra parte, los visigodos incorporan en la masa de su pueblo elementos humanos de otras procedencias, que explican la penetración del cristianismo entre ellos. El influjo decisivo en este sentido lo ejerció el obispo Vulfila (Ulfila), un godo de ascendencia capadocia, que fue ordenado hacia el año 340 por el obispo palatino arriano, Eusebio, circunstancia esta que había de tener graves consecuencias futuras en la fundación de los reinos romano-germánicos, dificultando la adaptación y fusión de ambos elementos. El hecho de que Vulfila tradujese la Biblia al idioma gótico, teniendo para ello que forjar un alfabeto, es un indicio muy importante para conocer el nivel cultural alcanzado hasta entonces por su pueblo.

Los tervingos, o visigodos («godos sabios»), como se les llamará después, hubieran seguramente fundado un reino entre el Danubio y el Dniester, si el empuje de los hunos, destrozando el imperio formado por los ostrogodos a expensa de los sármatas (375), no les hubiera forzado a huir hacia el Oeste, divididos en edos grupos: uno pro-romano, capitaneado por Frigiterno, pide al imperio colonizar el sur del Danubio; el otro, mandado por Atanarico y enemigo de los romanos, se retira a los Cárpatos.

En la primavera de 376 pasan los godos el Danubio; pero la acomodación es difícil; bandas godas haces incursiones devastadoras por Tracia y Macedonia; el emperador Valente viene desde Asia a darles la batalla, y se enfrenta con ellos en la llanura de Adrianápolis, el 8-VIII-378; la derrota de su ejército fue aplastante, y él mismo murió abrasado en una granja adonde lo habían retirado herido.

Teodosio hace con los godos un tratado por el cual los visigodos se establecen en Mesia y en Tracia como federados (382, 3-X). «En apariencia, el contrato era ventajoso para los romanos. Les aseguraba, no solo la paz, sino el concurso de guerreros valerosos que tendrían interés en defender un Estado en el que habían de vivir en adelante.». Pero los godos

«forman un cuerpo, obedecen a sus propios jefes, conservan su derecho, sus costumbres, su lengua [constituyen un Estado dentro de un Estado]... El godo federado no es un soldado-labrador. Es un guerrero que no piensa hacer nada que no sea combatir y al que el imperio debe alimentar; a él, a su familia y a sus esclavos. Es inasimilable. Es un cuerpo extraño, un veneno dentro del organismo del Estado romano» (Lot, Les invasions germaniques, 2ª ed., París 1945, pags. 62-63).

El número de godos que participaron en la batalla de Adrianápolis ha sido estimado diferentemente: en 20.000, los visigodos exclusivamente, Zeiss; en 18.000, todo el ejército bárbaro, Schmidt.

En la batalla del Frigidus (394), en la que Teodosio venció por completo a Eugenio, los visigodos tuvieron un papel decisivo y sufrieron también pérdidas muy duras. Los mandaba Alarico, que había de ser en adelante su caudillo, buscando asiento para su pueblo en el Nórico y en el norte de África, invade Italia y saquea Roma, en 410, llevándose entre los rehenes a la propia hermana del emperador, Gala Placidia, con la que ha de casarse más tarde el cuñado y sucesor de Alarico, Ataulfo.

El reino godo de Tolosa

Con Ataulfo entran por primera vez en la Galia y en España los visigodos, llegando desde Italia. Ataulfo encarnaba el pensamiento político de colaboración de la potencia militar germánica con la máquina administrativa y la tradición del imperio, reflejado en una anécdota que cuenta Osorio (Adversus paganos, VII, 43, 3) y que parecía tomar vida con el hijo de Gala Placidia, que fue bautizado en Barcelona con el nombre glorioso de su abuelo Teodosio. Pero el niño muere poco después, seguido de cerca por su padre, víctima de una venganza personal en la misma Barcelona.

El problema obsesionante de los jefes germanos, el aprovisionamiento de trigo para su pueblo, sigue sin resolverse. Walia, elegido rey después de la rápida aparición en escena del fanático antirromano Sigerico, pacta con Rávena, entregando a Gala Placidia y al antiemperador Atalo. Combate, en España y al servicio del imperio, a los vándalos silingos y a los alanos, aniquilando a estos casi por completo. En Ravena tienen miedo de sus éxitos y lo llaman a la Galia, donde asignan a su pueblo a la Aquitanica II, así como la parte limítrofe de la Novempopulana (al sur del Garona), y la Narbonensis I con la frontera oriental, aproximadamente en la longitud de Tolosa (H. Zeiss, Die Grabfunde aus dem Spanischen Westgotenreiches, Berlín y Leipzig, 1934, pág. 130).

El asentamiento de los godos en la Galia inicia su historia como Estado, el reino de Tolosa. Debieron ocupar en el territorio que se les había asignado, los dos tercios de las tierras cultivables. La ciudad de Tolosa se convirtió en una capital brillante y abigarrada. Los estudios de Gamillscheg (Romania Germánica, I, Berlín, 1934), sobre la base de los topónimos en -ing, parecen indicar que, desde la segunda generación de ocupantes, se produjo una expansión hacia la primera Aquitania y la Narbonense, que «hacia el año 460, y tras luchas muy accidentadas y de fortuna varia, pasaron definitivamente a integrar el reino gótico».(Gamillscheg, Historia lingüística de los visigodos, RFE, t. 19, 1932, pág. 124)

En el nuevo dominio godo la masa campesina no debió experimentar un cambio sensible en su situación. Incluso hay algún testimono de que los nuevos señores eran preferidos a los antiguos. En cambio, sí lo notaría la capa superior de la sociedad, los grandes terratenientes letrados, que tenían ahora que convivir, y depender de ellos en cierto modo, con unos germanos mal romanizados e incultos.

Hacia mediados del s. V, el reino visigodo de Tolosa, que se había librado ya en 439 de las obligaciones que le imponía el foedus, alcanza la independencia del imperio, con el reinado de Teodorico I (o Teodoredo), quien concurre a la batalla de los Campos Cataláunicos o Mauriacenses, donde perdió la vida, por su propia decisión y como príncipe soberano. Sin embargo, la actitud de los visigodos para con el Imperio es oscilante. Hostil bajo Turismundo, es favorable bajo Teodorico II, que representa al poder imperial en sus campañas españolas contra los bagaudas y los suevos.

El emperador Mayoriano (457-461) prepara todavía desde España una magna expedición naval contra los vándalos de África, que terminó en lamentable fracaso. Parece adivinarse en Teodorico II una actitud ambigua que le permite aprovecharse en beneficio propio de su condición de representante de la autoridad romana.

Eurico , en cambio somete a la Tarraconense en 473, sin consideración a los representantes de la administración imperial; al mismo tiempo, colmando con ello una tenaz aspiración del pueblo visigodo, se apodera de Arlés, Marsella y el litoral de la Provenza. Sin embargo, pese a la brillantez del imperio al que se extiende su dominio Eurico, que es, sin duda, el más poderoso de los reyes germánicos de Occidente, el ejército visigodo no debía superar en mucho los 100.000 hombres, sin que tuvieran posibilidad, separados como estaban del dominio germánico oriental, de nuevos incrementos de población.

Al mismo tiempo se acentúan en este momento culminante del poder godo dos características: el exaltado arrianismo y la creciente romanización que se refleja en la codificación euriciana; tendencias antagónicas, pues si la segunda aproximaba cada vez más a los germanos a la población romana, el arrianismo constituía un valladar infranqueable para la fusión de ambos pueblos. La debilidad del hijo y sucesor de Eurico, Alarico II (483-507), frente al poder ascendente de los francos, encarnado en Clodoveo, condujo al desastre de Vogladum (507), en que perdió la vida el rey y dio fin el reino de Tolosa.

En los años siguientes, debió producirse una emigración en masa de la población visigoda a España, donde pudieron asentarse y fundar un Estado que duró dos siglos; solo la actitud decidida y decisiva del ostrogodo Teodorico el Grande, permitió a su nieto Amalarico conservar el pequeño dominio de la Septimania como puente, entonces, entre España e Italia, y que había de mantenerse después, a lo largo de la historia visigoda y aun en los comienzos de la carolingia, con un carácter híbrido: Gothia para los francos, sería en cambio Gallia para los visigodos peninsulares.

El reino visigodo español

Con el s. VI se inicia el reino visigodo español, que pronto merecerá el nombre de reino de Toledo. Después de un periodo de regencia ostrogoda, ejemplar en su ordenada administración y convivencia de los elementos de ambos pueblos, el rey visigodo recobra, a la muerte de Teodorico su propia soberanía.

En cuanto a las circunstancias interiores de España, la escasa documentación permite vislumbrar que los trastornos que se han sucedido en el s. V —bandolerismo de la bagauda y saqueo de los bárbaros— no habían conseguido arruinar por completo su economía, ya que fue suficiente el periodo de tranquilidad de la regencia ostrogoda para que se pudiesen hacer envíos de trigo a Italia (Casiodoro, Variarum, V, 39), lo que, para Zeiss, supone un mantenimiento de una economía latifundaria que comprueba el matrimonio de Teudis con una noble mujer hispano-romana, cuya fortuna le permitió alcanzar una posición dominante (Die Grabfunde, pág. 35, nota 7).

La iglesia católica conservaba su situación de predominio dentro de la sociedad, apoyada por la masa de la población e incluso por elementos godos, como en el caso del obispo Juan de Bíclaro, frente al favor oficial que gozaba la iglesia arriana.

Aparte de sus vecinos suevos que, relegados al extremo occidental de la Península, no constituían ningún serio peligro para el mucho más poderoso Estado visigodos, los dos enemigos con que este tuvo que enfrentarse fueron los francos, que siempre aspiraron a la Septimania y realizaron expediciones al otro lado de los Pirineos, llegando a apoderarse de Pamplona y poner sitio a Zaragoza, bajo Teudis, y a los que se trata de tener favorables por una política matrimonial no siempre afortunada; y los bizantinos, que en su reconquista del Mediterráneo, en el momento de euforia del reinado de Justiniano entran en la Península con el pretexto de ayudar a Atanagildo (554) y ocupan la costa Sur y Levante, de la que costará un esfuerzo lento y continuado desalojarlos.

Con todo, aun en el momento de máximo esplendor de la monarquía de Toledo, cuando en su trono se sienta el gran rey Leovigildo, que acaba con el reino suevo, la unificación de España, incluso prescindiendo del enclave bizantino, que no se eliminará hasta más tarde, es muy precaria.

Al saltar la tapadera de la organización estatal romana había brotado vigorosa la diversidad hispana y el nuevo Estado visigodo no es suficientemente fuerte para imponer su poder en todas partes: vascones, runcones, aregenses, necesitan para someterse sufrir expediciones de castigo. Como síntoma de lo que fue la realidad de la situación interna de la España visigoda sirve la noticia de que Rodrigo se hallaba en expedición contra los vascones cuando desembarcaron los Árabes.

Después del fracaso de intento de unificación religiosa arriana por Leovigildo, que llevó a la sublevación y muerte de su primogénito Hermenegildo, el reinado de su hijo segundo, Recaredo, significa un viraje en redondo en la política religiosa, con la conversión al catolicismo del rey y de gran parte de la corte y pueblo visigodo, y hasta de algunas de las jerarquías eclesiásticas arrianas.

Desde la reunión del Concilio III de Toledo, en 589, Iglesia y Monarquía colaboran en la creación de un Estado sui generis, en el cual, la cuestión de si es la Iglesia la que domina a los reyes, o los reyes a la Iglesia, es algo difícil de contestar categóricamente y que, sin duda, exigiría una cuidadosa discriminación temporal (cf. Sánchez Albornoz, El Aula regia, en CHE, V, 1946, pág. 86).

Lo que no cabe duda es del triunfo completo del elemento romano, que absorbe al germanismo y no lo deja aparecer, por lo menos a la superficie, hasta que la conmoción producida en la sociedad por la invasión musulmana hace salir a la luz normas consuetudinarias en las que se mantiene vivo el espíritu jurídico germánico. Si Leovigildo fracasó en el aspecto religioso de su empeño, en cambio no fue así en el de dar lustre a la realeza, imitando a sus enemigos, los bizantinos, en el aparato cortesano y en la acuñación de moneda.

La influencia bizantina, que tiene su manifestación más brillante en el maravilloso tesoro de coronas y cruces de oro y piedras preciosas, encontrado en Guarrazar, con los nombres de los reyes Suintila y Recesvinto, penetra hasta las capas medias de la sociedad, viniendo a sustituir en la moda de los broches de cinturón de bronce a la ostrogoda que venía dominando desde los comienzos del s. VI) Zeiss, Die Grabfunde aus den spanischen Westgotenreich, Berlín, Leipzig, 1934, pág. 142).

Con Isidoro, Braulio, Eugenio y Tajón, la España unificada, aunque precariamente, desde Toledo, puede mostrar en el triste cuadro de la cultura occidental del s. VII, un foco en que las letras son cultivadas todavía con alguna dignidad. Varias de las obras entonces producidas, y especialmente las Etimologías de San Isidoro, tendrán una importancia singular en los difíciles tiempos de la primera Edad Media.

Pero la monarquía electiva mediatizada por el alto clero y las grandes familias nobiliarias que, al conseguir el trono, ejecutaban sus venganzas personales, no consiguieron dar firmeza a la constitución interna del Estado visigodo. Reyes enérgicos como Wamba, fracasaron al querer afrontar decididamente problemas vitales, cual era la formación de un ejército nacional. Leyenda o realidad, las figuras de los hijos de Witiza, a los que Rodrigo no había tenido más remedio que entregar el mando de las alas de su hueste en la batalla decisiva del Guadalete, y que traicionan los altos intereses del Estado sacrificándolos a sus ambiciones familiares, pueden ser un símbolo verdadero de la situación real.

Pese a sus fracasos, España debe a los visigodos «el sentimiento de su unidad» (Lot, Les invasions germaniques, París, 1945, pág. 188), que hizo posible la reconquista. La aureola de esplendor de la monarquía toledana brilla en el horizonte alentando el esfuerzo titánico del minúsculo reino asturiano."

R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 1019-1022.
El Arrianismo

Herejía cristológica que giró en torno al problema de la naturaleza de Cristo. Predicada por Arrio en Constantinopla hacia el año 320, negaba la divinidad de Jesucristo al afirmar que era de distinta naturaleza que Dios (heterousios), idea próxima a la de los filósofos paganos. Sus principios arraigaron fuertemente en Antioquía y estuvieron a punto de dividir al cristianismo, por lo que fueron condenados en el primer Concilio Ecuménico de la Iglesia, en Nicea (325), donde se proclamó que Cristo es de la misma naturaleza que el Padre (homousios).

A pesar de todo no se acabó con el arrianismo; de él se conocieron tres corrientes: los anomeanos, fieles a las ideas de Arrio; los homeanos, más conciliadores al aceptar que el Hijo era de semejante sustancia que el Padre; y, por último, los semiarrianos, que postulaban que el "Hijo era de semejante sustancia que el Padre". Aunque se llegó a adoptar fórmulas ambiguas entre el arrianismo y los postulados niceanos, la herejía entró en decadencia a la muerte de Valente (378) y desapareció prácticamente del mundo romano con el Edicto de Teodosio de 380, por el que se reservó el título de cristianos católicos a todos aquellos que creyeran en la trinidad del padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El arrianismo conoció un éxito considerable en las fronteras del Imperio.

Fue divulgado entre los godos por el obispo Ulfila, su embajador ante Constantino II y asistente al concilio arriano de Antioquía. Tradujo la Biblia al gótico, para lo que uso un alfabeto propio, en el que combinó caracteres rúnicos, griegos y latinos. La conversión en masa de los visigodos parece que tuvo lugar cuando atravesaron el Danubio (376) al ser empujados por los hunos. El arrianismo fue adoptado por todos los pueblos germanos a excepción de los francos, que se hicieron católicos. Dicho éxito se explica por la simplicidad de su dogma, fácilmente asimilable por gentes de costumbres sencillas.

Lo utilizaron como medio para salvaguardar su cohesión de grupo frente a la población del Imperio, lo que explica su actitud tolerante hacia los católicos (e excepción de los vándalos), su falta de proselitismo (debido más que nada a la pobre preparación del clero arriano) y la coexistencia de ambos credos autorizada por los pueblos germanos, algo impensable entre los católicos desde la promulgación del Edicto de Teodosio. El arrianismo declinó a medida de que fueron fusionándose los germanos con la población autóctona de sus reinos".

R.B.: TORREBLANCA LÓPEZ, Agustín, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 82-83.
Los Ostrogodos

"Godos brillantes; se organizaron en el siglo IV en un poderoso reino que se extendía a ambos lados del Dniéper. Hacia 370 se vieron sometidos a los ataques de los hunos. Una pequeña parte de los ostrogodos huyó hacia el Oeste hasta el Danubio, se adentró en el imperio romano, participó victoriosamente en la batalla de Adrianápolis y, finalmente se estableció en Panonia (380). De ahí partieron los que, acaudillados por Radagaiso, realizaron una incursión devastadora en Italia, en 405-406. Otro grupo sobrevivió en Crimea hasta 1475.

Pero la mayoría de los ostrogodos se sometieron a los hunos y les siguieron en su impetuoso avance hacia occidente, participando en la batalla de los campos Cataláunicos (451). Hacia 455 suministraron al imperio un nuevo contingente de federados. Invadieron hacia 470-475 la Mesia inferior y los Balcanes, asolándolos. Amenazaron de hecho la seguridad del imperio. El joven rey Teodorico, educado en la ciudad de Constantinopla como rehén, fue invitado por el emperador Zenón a llevar a los ostrogodos a Italia para reconquistar el país, entonces en manos de Odoacro (493).

Vencido y muerto Odoacro (493), se estableció la dominación ostrogoda en Italia y sus dependencias bajo la soberanía teórica de Constantino. Teodorico, al revés que los demás bárbaros, se esforzó en salvaguardar lo que subsistía de las instituciones romanas. Gobernó como romano, se rodeó de romanos (Casiodoro), respetando sus títulos y su jerarquía, pero los limitó a sus funciones civiles, mientras que el ejército quedaba en la exclusiva competencia de los godos; éstos siguieron instalados como en país conquistado.

La originalidad lingüística (latín), religiosa (catolicismo desde 395) y cultural de los italianos fue respetada. El edicto de Teodorico (c. 500) era casi exclusivamente de inspiración romana. Teodorico contribuyó grandemente a la edificación de esta Italia ostrogoda, donde renacía la afición por las letras, con Boecio, Casiodoro, Enodio. La política exterior siguió siendo nacional y bárbara; Teodorico concertó alianzas con otros soberanos bárbaros. Sin embargo, la herejía arriana, a la que los ostrogodos estaban ligados desde antiguo, les valió la hostilidad de los pueblos italianos, lo cual impidió toda fusión o arraigo, e hizo difíciles las relaciones con Constantinopla.

En 535, Justiniano aprovechó la crisis que siguió al asesinato de la reina Amalasunta por su primo Teodato para atacar al reino ostrogodo (expedición de Belisario). Vitigio, proclamado rey tras el derrocamiento y el asesinato de Teodato, capituló en Rávena en 540. Italia quedó de nuevo bajo la autoridad imperial, pero los ostrogodos, conducidos por Totila, reanudaron la lucha hasta que fueron aplastados en Tadinae (Gualdo Tadino) y en Umbría (552) por Narsés. Las últimas guarniciones ostrogodas prolongaron su resistencia hasta 555 (capitulación de Compia. Los supervivientes, poco numerosos, fueron deportados a oriente o acabaron fundiéndose en la población romana sin dejar huella."

R.B.: Varios colaboradores, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 17 pág. 8121.

"Rey visigodo [396-410]. Alarico pertenecía a la noble familia de los Baltos. Es muy probable que sus antepasados directos gozasen de una posición continuada de mando a lo largo del s. IV entre los tervingios del otro lado del Danubio. El mismo Alarico se había destacado en acciones bélicas en los años anteriores, con frecuencia en una posición de desafío frente al gobierno imperial. La elección como rey de Alarico por la inmensa mayoría de los grupos federados visigodos de Tracia ha sido considerada por la moderna historiografía como uno de los casos más claros de Realeza de funcionalidad militar —Heerkönigtum—.

Como consecuencia de ello, las fuentes de la época señalan una cada vez más estrecha unión entre los grupos góticos en armas y su rey Alarico; unión que se cimentaría en lazos de estructura clientelar, determinaría una drástica reducción de las clientelas de otros nobles godos, y se apropiaría de la exclusiva representación de la gens (Stamm) de los visigodos. Cimiento de tal unión debía ser la promesa de conseguir un asentamiento estable dentro del Imperio para su pueblo, así como la entrega regular de aprovisionamientos por parte del gobierno imperial.

A cambio de ello, Alarico ofrecería al Imperio, al emperador legítimo, su ayuda militar como tropas federadas contra cualquier enemigo. Personalmente Alarico deseaba el reconocimiento por el gobierno imperial de su estatuto de rex gothorum, lo que en la imprecisa teoría del Derecho público tardorromano significaba el reconocimiento de completa y exclusiva autonomía en el gobierno de sus súbditos gentiles.

Además, Alarico no renunciaba a reforzar su poder mediante la asunción de una alta dignidad castrense imperial, que le diese una cierta capacidad de gobierno sobre los provinciales romanos del área del estacionamiento de su pueblo, le asegurase el cumplimiento de las obligaciones imperiales de aprovisionamiento a su pueblo y le permitiese influir decisivamente en la movediza política de la corte imperial en pro del mantenimiento de su reconocimiento como rey gentil. Sin embargo, Alarico fracasó en su empeño principal de crear un reino gentil en suelo del Imperio y ser reconocido por este.

Posiblemente porque Alarico trató de hacerlo en zonas que eran demasiado vitales para el Imperio, desde un punto de vista estratégico y de los mismos intereses de la oligarquía dominante en Roma; tal era el caso de Ílirico, disputado por los gobiernos de Constantinopla y Rávena. Por eso, posiblemente, el último intento de Alarico de pasar con su pueblo al norte de África, una región separada por el mar de cualquier gobierno imperial, tan solo frustrado por la impericia marinera delos godos.

Resulta evidente que Alarico intentó aprovecharse de las desavenencias entre los gobiernos de Rávena y de Constantinopla durante el periodo de preeminencia de Estilicón. La desaparición de este último, en agosto del 408, supuso el predominio en la corte de Honorio de los partidarios de una política radical de rechazo a cualquier exigencia bárbara; desechado el intento, grato a Estilicón, de integrar a unos godos y a un Alarico debilitados en la estructura militar del imperio.

Postura que el mismo Alarico ayudaría a radicalizar con sus medidas inmediatas: nombramiento de un antiemperador en la persona del senador romano Atalo en diciembre del 409; mantenimiento como rehén de Gala Placidia, la hermana de Honorio; y por último, el terrible saqueo de la Ciudad Eterna entre el 24 y el 27 de agosto del año 410. A partir de este momento lo que habían sido discrepancias en el seno del gobierno imperial, en lo relativo a la política a seguir con unos federados rebeldes y con exigencias desmesuradas, se transformó propagandísticamente en el dilema de elgir entre la salvación de la Res Publica, identificada en la suerte de su emperador legítimo, Honorio, o el triunfo de un rey y un pueblo presentados como la encarnación radical de la furia bárbara.

Porque la verdad es que el fracaso de Alarico también se debió a las dificultades de encontrar en la corte de Rávena a un interlocutor válido, con puntos de vista constantes, sobre todo tras la desaparición de Estilicón. Tal vez Alarico se equivocó en su táctica de presión sobre el gobierno de la Pars Occidentis. Su invasión del corazón del Imperio, Italia, le obligó a enfrentarse a ejércitos numerosos y bien avituallados.

Cuando el gobierno de Rávena pudo reunir un ejército de maniobra para enfrentarse a los godos de Alarico, la victoria siempre estuvo de lado romano. Sin embargo, al gobierno de Honorio siempre le faltó la superioridad militar suficiente como para reducir a la impotencia a Alarico y sus godos. En unos casos, la razón de ello tal vez haya que buscarla en una falta de interés político por conseguirlo.

Estilicón, quien más cerca estuvo de la victoria militar completa, es posible que nunca haya desistido de utilizar en beneficio del ejército imperial, siempre falto de nuevos reclutas, a unos godos federados y a un Alarico capitidisminuido y resignado a completar una carrera militar más o menos brillante bajo la águilas de Roma. En otros momentos, el gobierno de Rávena habría tenido que utilizar su brazo militar en diversos escenarios bélicos y ante otros enemigos; invasión de Radagaiso y sus godos en Italia en el 406, invasión poliétnica de la Galia en el 406 y usurpación de Constantino III en el 407, afectando en tres años al conjunto de la prefectura gálica.

Y en todo caso porque, no obstante las gravísimas pérdidas infligidas en las filas de Alarico por las armas romanas, este pudo equilibrarlas con creces al recibir en el curso de sus dos invasiones itálicas la unión de importantes contingentes humanos de procedencia étnica diversa. Hasta el punto que sería en Italia donde se produciría uno de lo últimos actos, y decisivo, en el largo proceso de la etnogénesis visigoda.

En su marcha sobre Italia en el 401 es posible que se unieran a Alarico grupos de ostrogodos (greutungos) establecidos por el gobierno imperial como federados en Panonia. Tras la desaparición de Estilicón, en verano del 408, se le pudieron unir hasta 30.000 bárbaros, entre ellos los 12.000 soldados de elite que Estilicón había escogido de entre el ejército vencido de Radagaiso, por lo que cabe suponer que en su mayoría fuesen de origen ostrogodo. Poco después, durante el primer asedio de Roma se uniría al ejército visigodo un número elevado, aunque indeterminado, de esclavos de las áreas itálicas circunvecinas a la capital.

Y, finalmente, en el 409 se le unió su cuñado Ataulfo al mando de una poderosa clientela de jinetes góticos y hunos procedentes de Panonia Superior. Con lo que el número total de efectivos de Alarico podría haber llegado a superar los cien mil hombres. Un hecho a destacar es el origen greutungo-ostrogodo de la mayor parte de estos refuerzos. Lo que significa una creciente supremacía de la caballería en el ejército visigodo; arma, precisamente, que más se había echado en falta cuando las derrotas de la primera campaña itálica frente a los soldados de Estilicón y sus hunos federados.

Esta ecuestrización de los godos de Alarico no dejaría de tener consecuencias sociopolíticas, tales como un refuerzo de la estructura nobiliaria y clientelar godas. En todo caso significaba como una vuelta a los orígenes, una nueva nomadización, y una igualación con sus hermanos ostrogodos-greutungos, de los en otro tiempo fundamentalmente campesinos e infantes tervingios. Con la llegada de Ataulfo culminaba el proceso de metamorfosis vésica visigoda."

R.B.: GARCÍA MORENO, Luis, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 78-80.