La Conquista

"La entrada y el establecimiento en España de algunos de los pueblos conocidos con el nombre de germanos transforman, a partir del s. V, nuestra historia. La transcendencia de este hecho aconseja aquí dar una breve noticia del origen de los pueblos germánicos y de sus instituciones en la época inmediata a su intervención en nuestra vida. El mismo nombre, germano, plantea problemas que ni la ciencia histórica ni la filología han logrado resolver.

Aparece claramente, y por primera vez en la literatura, pues en las Actas Capitolinas del año 222 a. C. fue interpolado muy posteriormente, en un fragmento de Posidonio, hacia el 80 a. C. Con él no se designaba, como suele decirse, a los cimbrios, sino probablemente a un pueblo renano vecino de los celtas. La diferenciación entre celtas y germanos, iniciada por Posidonio, la realiza definitivamente, en la literatura, César.

El capítulo II de la Germania, de Tácito, fundamental para el conocimiento del nombre germani, permite afirmar que se aplicó primeramente a un solo tronco germánico, los tungrios, sucesores de los eburones, llamados por César germani cirshenani, que vivían en la región de las Ardenas. Poco a poco el nombre se fue extendiendo a todos los demás troncos de iguales características raciales, lingüísticas y espirituales, es decir, al grupo conocido hoy con esta misma denominación.

Admitido este proceso, queda aún la gran duda de si esos tungrios, a quienes primeramente se llama germanos, eran propiamente germanos o más bien celtas. Todavía debe advertirse que, entre los romanos, el nombre de germano se aplica comúnmente solo a los occidentales, mientras que los orientales son designados con los nombres particulares de cada grupo o tronco; y los bizantinos, y en particular Procopio, suelen llamar germanos únicamente a los francos.

El origen de los germanos

Pertenecen los germanos al grupo lingüístico y racial de los indoeuropeos. Dentro del grupo, celtas e itálicos son los pueblos que más íntima relación tienen con los germanos. Aún no se ha resuelto el problema de la localización primitiva autóctona de los indoeuropeos, ni por tanto, el sentido de sus movimientos expansivos. Un grupo indoeuropeo muy importante se establece en las regiones del Schleswig-Holstein, Dinamarca y sur de Suecia, que han de ser la cuna geográfica del pueblo germánico.

Circunstancia histórica muy interesante es que esta cuna, aunque llevemos sus límites, por el Oriente, hasta más allá del Oder, y por el Sur hasta Magdeburgo, fue marítima. Pero aquellas regiones, cuando a ellas llegan los indoeuropeos, estaban ya habitadas por pueblos, acaso no racialmente unos, que se encontraban en la fase cultural llamada paleolítica. Se inicia entonces la cultura neolítica, y comienza la vida agraria, frente a la anterior vida de caza.

Las influencias de los habitantes primitivos de aquellas tierras sobre los indoeuropeos dan lugar a la formación de otro pueblo con características lingüísticas propias: una nueva nación, la germánica, aparece entonces en la Historia, según la expresión de Schmidt.

Movimientos de los pueblos

Excede de nuestro propósito seguir paso a paso los movimientos de los germanos, que comienzan muy pronto. La expansión germánica sigue todos los rumbos, avanzando, ya por regiones deshabitadas, ya a costa de los celtas, de los itálicos o de los ilirios, que ocupaban las comarcas limítrofes. El contacto con los baltos, eslavos y tracios no había de tardar en ser alcanzado.

El comienzo de la Edad de Hierro determina una intensa emigración; a esta edad puede referirse la formación del grupo germano oriental, procedente de los emigrados de Escandinavia; y como también los germanos escandinavos se individualizan, puede hablarse ya de tres grupos con características lingüísticas propias; a saber: los antiguos germanos u occidentales, los germanos del Norte y los germanos orientales.

No debe pensarse que estos grupos tuviesen cada uno de por sí unidad política. Estaba integrados por civitates, estados diversos. En todos se descubre, sin embargo, un vestigio de conciencia de unidad, puesto de manifiesto en la saga sobre el origen de los alemanes, según la cual todos proceden de los tres hijos de Mannus, el hijo del dios Tuisto.

Los grandes pueblos históricos

En los grandes pueblos germánicos entran muchas civitates o naciones, cuya mención apenas tendría valor, porque las civitates cambiaban constantemente y los nombres recogidos corresponde a momentos históricos diversos. Ludwig Schmidt, poniendo en relación la división de los germanos que nos dejara Plinio (23-79 d. de J. C.) en su Historia natural con la de Tácito, hace cuatro grupos: ingväones, istväones, herminones y germanos del Norte o hilleviones.

De estos germanos del Norte procede, según se ha dicho, el grupo oriental. Siguiendo el plan de Schmidt, y prescindiendo ya de los pueblos que quedaron en el norte de Europa definitivamente, podrían mencionarse los pueblos pertenecientes a cada uno de esos cuatro grandes grupos germánicos. Pero el índice no tiene un pleno valor histórico, por la sencilla razón de que estos grupos de pueblos no aparecen en un mismo momento. Transcribiremos, sin embargo, algunos de esos nombres.

Los godos, con sus dos ramas de visigodos y ostrogodos. Los gépidos, rugios, lugios, burgundios y longobardos, pertenecientes al grupo oriental. De los germanos occidentales, pertenecen al grupo ingväon los cimbrios, teutones, ambrones, anglos, varnos, chaucos, sajones y frisones; al herminon, los queruscos, los suevos con sus fracciones diversas —marcomanos, cuados, bávaros, alamannos, turingios y bátavos—, y, finalmente, al grupo istväon, los sugambrios, marsios, francos, etc.

La formación de los que pueden llamarse grandes pueblos germánicos, fenómeno histórico de alto interés, puede ser el resultado de la asimilación por una civitas primitiva, de otras vecinas, o de la fusión de varias civitates, unidas por parentesco o vecindad, o compelidas a la unión por intereses comunes; o del dominio militar, sobre varias civitates, de otra que les impone su denominación.

Los pueblos germánicos, cuyos nombres guardará eternamente la Historia como fundadores de grandes naciones, son los alamannos, turingios, sajones, frisones, bávaros, francos, ostrogodos, visigodos, vándalos, burgundios y longobardos, los que, o bien quedaron establecidos en la antigua Germania, o pasaron a crear estados sobre suelo romano.

La formación de estos pueblos se inicia en realidad, en el s. III, y es en gran parte contemporánea de las grandes emigraciones, de tal modo, que muchas veces esas formaciones determinan sus grandes movimientos, y otras son las emigraciones las que contribuyen a la integración de unidades que, política y militarmente, tendrán mayor valor. Así, no solo la época, sino el proceso de cristalización de los diversos pueblos son bien distintos, pudiendo decirse que, aparte de los orientales, aparecen sucesivamente los de los alamannos, francos (salios y ripuarios), sajones, frisones, turingios y bávaros. También la rama sueva occidental que viene a España adquirió pronto personalidad.

Paralela es la formación de los pueblos ostrogodo, visigodo, vandaloalano, burgundio y longobardo, todos ellos orientales. Debemos hacer aquí una observación: si hemos tratado de la formación de los grandes pueblos, antes de exponer las emigraciones germánicas y los contactos con Roma, es por conveniencia del sistema, ya que esos contactos son anteriores al proceso que culmina en la formación de esos pueblos y aun contribuyen al mismo.

Organización y cultura

Prescindiremos, al delinear las primitivas instituciones de los germanos, de las culturas prehistóricas. Las que a nosotros interesan son las de la época en que, iniciados los grandes contactos con Roma, se anuncia la caída del mundo romano.

Y nos interesan, precisamente, porque poniendo en relación la cultura germánica, la organización social y política, con la forma externa de la ocupación de las provincias del Imperio por los germanos, de infiltración de la vida germánica en el mundo romano, podremos adquirir una visión exacta del fenómeno general del tránsito de la Edad Antigua a la Edad Media, visión que nos permitirá comprender la naturaleza de los estados bárbaros y, en concreto, del estado visigótico, para nosotros el de mayor interés.

Exponemos, en forma muy somera, las conclusiones últimas, las que predominan o son más exactas, a nuestro juicio, acerca de los problemas que en este momento debemos examinar. Las condiciones naturales de la Europa Central, en la época a que nos referimos, permiten asegurar la existencia de una muy desarrollada cultura agraria entre los germanos. No es exacta la afirmación tradicional que convertía a la Germania en una región exclusivamente cubierta de bosques y lagunas. Los germanos no son en modo alguno pueblos nómadas.

En tiempo de César, cuyos Comentarios, con la Germania, de Tácito, son, como se ha dicho, las únicas fuentes literarias para el estudio de estas cuestiones, entre los llamados germanos primitivos no existía propiedad privada agraria; pero en tiempo de Tácito la cosa es bien distinta. Se interpreta mal su Germania cuando se habla de comunismo agrario en su época. En tiempo de Tácito hay propiedad agraria privada, y aun se puede afirmar que también régimen señorial, es decir, explotaciones agrarias mediante colonos y siervos, a beneficio de un gran propietario, si bien este régimen no estaba muy desarrollado.

La explotación del campo estaba muy lejos de ser comunal, aunque es cierto que la situación de las diversas parcelas limitaba la libertad individual de trabajo y hasta imponía la cooperación o coactividad en los cultivos. Existían también, pero se ha exagerado su importancia, las asociaciones agrarias —Markgenossenschaften—, que disfrutaban en común de la tierra y la repartían entre sus miembros.

La medida agraria era la Hufe, unidad no continua, sino integrada por una serie de parcelas de campo, situadas cada una en cada uno de los Gewanne o sectores en que la tierra total de la asociación agraria se dividía, y tampoco en estos casos el cultivo era comunal.

Cada asociación tenía su Allmende o tierras comunales de pastos y bosques, que no se dividían entre los miembros de la comunidad agraria. Cada poseedor de una Hufe tenía derecho a una participación en la Allmende El sistema de cultivo —problema que se ha discutido mucho— llegó pronto a ser el de rotación de tres hojas. Las plantas cultivadas por los germanos son varias; puede, sin embargo, afirmarse que no estaban muy adelantados en los cultivos de huerta. Para el laboreo tenían utensilios muy variados y de uso constante.

La casa germánica, que en su origen no se dividía en departamentos, se hacía, por lo general, de madera y de forma muy semejante a las que hoy se construyen en la Selva Negra. El mobiliario y los utensilios caseros eran harto reducidos. La vida germánica no se basaba en una economía exclusivamente familiar y cerrada: existía la industria y el artesanado. Tampoco era desconocido el comercio, el cambio de productos.

Hay datos suficientes que lo prueban. El mismo comercio marítimo tiene entre los germanos una antigua tradición. No es tampoco exacto que los germanos viviesen siempre en villas o casas rurales aisladas; es absolutamente evidente que existían las agrupaciones urbanas, sin que por ello deba creerse que faltasen las villas, sobre todo en determinadas comarcas.

Clases sociales

Había entre los germanos cuatro clases sociales; a saber: los nobles, que lo eran de sangre; los simples libres; los semilibres (laeti), y los siervos, procedentes principalmente de la guerra. La unidad política es la llamada civitas. Unas civitates son de tipo monárquico, otras no. Aquéllas tienen a su cabeza un rey; estas un consejo de príncipes de las diversas fracciones de la civitas.

Ni en esas ni en otras reside en el rey o en dicho consejo el supremo poder político, que es poseído por la asamblea general de la civitas, integrada por los hombres libres armados y reunida, ya en juntas prefijadas en el plenilunio, ya en otras extraordinarias, convocadas previamente. Los reyes eran elegidos entre los nobles en estas asambleas. En ellas residen, como se ha dicho, los supremos poderes en todos los órdenes: ellas crean el Derecho, administran la justicia, deciden la paz y la guerra, etc.

La civitas se divide en fracciones llamadas centenas; hoy no suele admitirse por los historiadores la división en pagi o Tausendschaftten (milenas). En cuanto a la naturaleza de la centena, hay profunda controversia, y no parece que tenga una significación numeral; su significación militar es, en cambio, evidente. La centena tiene también su asamblea propia, que es la judicial ordinaria, y un funcionario a su frente.

El ejército

El ejército es integrado por los hombres libres. La obligación militar es paralela a la obligación judicial y de policía, y constituye, al propio tiempo, un derecho. El ejército es el pueblo en armas. Entre los príncipes se elige un dux, que guía al pueblo en la guerra; para esta elección se atiende a la capacidad militar. Las divisiones del ejército son las mismas divisiones políticas, teniendo a este respecto la Sippe un significado paralelo al que tiene en la vida política.

La Sippe —luego examinaremos su naturaleza más detenidamente— no puede, en Derecho germánico, quedar reducida al sentido jurídico privado de la familia. No creemos existiese en el ejército germánico la división en milenas. El arma principal es la lanza, que no fue igual en todas las épocas. En tiempo de Tácito la framea es una lanza que sirve tanto de arma de choque como arma arrojadiza. Tienen también los germanos otras armas, aunque menos extendidas entre ellos; tal la espada. Como defensa usan el escudo, siendo raro el casco.

Basándonos en su forma de lucha —el ataque directo en orden de formación en cuña—, se explica que no sean muchas sus armas defensivas, ya que solo les hubiesen quitado movilidad. No les eran desconocidas ni las construcciones defensivas, como setos, etc., ni la utilización de medios marítimos en las guerras, bien que éstos no los usan en proporciones considerables hasta la época de las grandes emigraciones fuera de la Germania.

El ejército germánico es principalmente ejército a pie; no obstante, tiene algunos soldados a caballo, fundamentalmente integrando el séquito del señor. Los miembros del séquito están unidos a él por un juramento de fidelidad especial; no solo en la guerra, sino en la paz rodean al señor que los alimenta a su mesa. No se crea, sin embargo, que este juramento fue la base política del Estado germánico, que se organiza sobre principios políticos generales. Es típica la pareja germánica formada por un soldado de a pie y otro montado.

El culto y las creencias

En tiempo de César no tienen los germanos sacerdotes. El culto, según su clase, era dirigido por el jefe de la civitas, de la demarcación territorial o de la familia. Esta situación no continuó inalterada en todos los pueblos; en el de Islandia es típica esa unión de funciones, pero en otros van surgiendo sacerdotes. Las ideas religiosas de los germanos radican principalmente en la creencia en el alma y en el culto a las fuerzas de la Naturaleza. El alma, al abandonar el cuerpo, vuelve a la Naturaleza, animando árboles, montañas, ríos, etc.

En las sepulturas colocaban los germanos objetos diversos de uso personal. Los dioses y demonios son personificación de las fuerzas naturales. Sus dioses eran varios, y no todos los pueblos germánicos les adoran con la misma jerarquía. En general el más antiguo de los dioses es Ziu, el Marte latino, antiguo dios del cielo y luego de la guerra. Wodan, el Mercurio latino, es originariamente dios del viento y de los muertos, y luego de la guerra y de la victoria. Donar, el Hércules, y luego también el Júpiter clásico, es el dios de las tormentas y de la fecundidad.

Freia es, finalmente, la diosa del matrimonio. Algunos pueblos tienen cultos especiales, como el de los hermanos Alkis, entre los vándalos; el de la diosa comparada por Tácito a Isis, entre los suevos, etc. César nos da noticia de una religión puramente naturalista, como adoración del Sol, la Luna, la Tierra, etc. Los germanos no tienen templos, es decir, edificios destinados especialmente al culto.

Dioses inferiores son los demonios; los gigantes, personificación del viento, de las estaciones y del hielo, etc.; los dragones, sílfides, enanos, espíritus de los campos y de la casa, walkyrias, etc. Se practican auspicios de diversas clases para conocer la voluntad de los dioses. Digamos, finalmente, que a veces, con motivos de culto, se realizaban verdaderas uniones de civitates diversas. Se sabe, por ejemplo, que el pueblo de los marsios (sugambrios) era el centro de una amplia agrupación cultural en honor a la diosa Tafana.

En íntima relación con la religión y el culto estaba la vida literaria, siendo la poesía esencialmente mitológica y religiosa. La forma poética estaba dominada por alteraciones fonéticas. La escritura llamada runas no es primitiva, y hay quien busca su origen en una forma especial de auspicios, consistente en arrojar sobre un lienzo blanco pequeñas ramas con fruto cortadas de un árbol, generalmente de una haya, diseñándolas luego de formas diversas.

Vida privada

El vestido de los hombres era una capa o abrigo de piel o lana; una guerrera o casaca, con o sin mangas, sobre la ropa interior; llevaban también pantalones, normalmente largos, aunque los de regiones marítimas los preferían cortos y llegaron a extenderlos por otros pueblos, hasta que su uso se hizo general a mediados del siglo V. Un cinturón ceñía los pantalones. Las piernas se cubrían con unas bandas que a veces se unían al calzado. No era constante el uso de gorra o sombrero para cubrir la cabeza.

La mujer se ponía sobre la ropa interior un vestido con un cinturón, del que pendían bolsillos, un manto para la cabeza y zapatos. Era signo de dolor llevar el pecho descubierto. El cabello y la barba eran cuidadosamente atendidos entre los germanos, y llevar el cabello cortado era señal de servidumbre. Los príncipes tenían su forma especial de cortárselo. Se tienen noticias de que se usaba cierta clase de jabón para teñir el cabello de un color rojizo, y se sabe también que eran los germanos muy cuidadosos de su aseo corporal, que procuraban con frecuentes baños, fríos o calientes.

La vida sexual se movía dentro de los instintos naturales, sin que conociesen los germanos los placeres antinaturales de los romanos. Tácito insiste en este punto marcadamente. Únicamente la mujer no podía cometer adulterio, pues el hombre era completamente libre a este respecto, aunque solo las personalidades elevadas tenían más de una mujer o concubina.

La mesa

Eran los germanos buenos bebedores y comían bien; pero es fantástico todo lo que se dice sobre su desmedida y general gula. La base de su alimentación eran los productos procedentes de la ganadería, y principalmente la carne de cerdo y las aves de corral, como gallinas y gansos. También comían huevos y queso y bebían leche de cabra y vaca.

La manteca como alimento, solamente las clases altas la utilizaban. En las regiones marítimas se aprovechaban los pescados. El jamón y los gansos resultan siempre los manjares preferidos y más frecuentes. Se completaba la alimentación con verduras, harinas y pan de diversas clases, los mejores de centeno, avena y cebada. Las bebidas fundamentales eran el hidromiel y la cerveza.

La «Sippe»

Los germanos distinguen perfectamente las ideas de propiedad y de munt, o poder del padre sobre los miembros libres de la comunidad doméstica. La familia es totalmente agnaticia (se dice del pariente por consanguinidad respecto de otro, cuando ambos descienden de un tronco común de varón en varón). El conjunto de todos los parientes de una persona se llama Sippe. Se distinguen con nombres peculiares los parientes paternos y, en general, los parientes por línea de varón y de hembra, contándose los grados de parentesco con voces tomadas de los miembros del cuerpo.

A veces se diferenciaban también en una Sippe los parientes procedentes de cada uno de los cuatro abuelos o de los ocho bisabuelos, formándose así los grupos que podemos llamar parentelas. Digamos aquí que la Sippe tiene, además, en Derecho germánico esta acepción: con esa palabra se designa igualmente el lazo de parentesco, el vínculo familiar. En ese sentido, la Sippe adquiere gran valor social y jurídico. Originariamente la Sippe alcanzó considerable significación militar y agraria, que luego va perdiendo.

En el orden penal y procesal conserva largo tiempo su importancia. Todos los individuos de una Sippe quedan obligados a la venganza de la sangre, y tenían derecho a percibir parte de las composiciones pecuniarias, u obligación de pagarla según los delitos fuesen sufridos o cometidos por un miembro de ella. La ayuda procesal de la Sippe a cualquiera de sus miembros es intensa. También es fundamental la tutela general de la Sippe sobre mujeres y menores. Se conoció en Derecho germánico tanto la expulsión como la separación voluntaria de la Sippe.

Aunque la importancia de esta institución es mucha, no debe pensarse que rompiese la idea política general del Estado, ni puede admitirse que el Estado germánico fuese un Estado de tipo familiar. La Sippe no llega a ser un Estado en el Estado; el Estado está siempre sobre ella. El supremo poder familiar reside en el padre: la personalidad se adquiere por el nacimiento y reconocimiento por el padre, y este puede obligar al matrimonio a las hijas.

No acaba la patria potestad con la dación de las armas; este acto lo que produce es la capacidad política, la conversión en miembro del Estado, políticamente hablando; no la emancipación de la potestad paterna, que solo acaba con la salida del hijo de la casa del padre. Las fórmulas de reconocimiento, dación de las armas. etc., eran simbólicas, como puede decirse de todos los actos del Derecho germánico. Las hijas salen del poder paterno solo por el matrimonio.

No fue desconocido el matrimonio por rapto; pero la forma matrimonial era la contractual, realizándose el convenio entre el futuro marido y su Sippe y el padre de la prometida y la Sippe propia. Es fundamental la aportación de la dote por el marido, como manifestación del precio de compra de la mujer, pero es erróneo suponer en dicho acto una compra en el sentido material del término jurídico. Junto a la dote está, en realidad, la Morgengabe, que también viene a recordar costumbres germánica, no solo del matrimonio, sino del acto de adopción en general.

La capacidad para el matrimonio se adquiere a los veinte años, y entre los impedimentos debe citarse la desigualdad de clases sociales o, mejor dicho, la no libertad. El matrimonio es, en general, monógamo, y está mal visto o prohibido el segundo matrimonio de las viudas. Muerto el marido, la viuda e hijos quedan bajo la tutela de la Sippe. En la mujer la tutela no acaba nunca sino con el matrimonio; en el hombre tenía fin a los doce años en muchos pueblos y, a veces, con la entrega de las armas.

Contacto germano con Roma

Conocidísimas son las palabras de Mommsen:

«La última fase del Estado romano se caracteriza por su barbarización y, en especial, su germanización; los comienzos de esta se remontan hasta muy lejos.».

No es posible comprender la Edad Media de la Europa occidental, y en concreto nuestra época visigótica, si tras la rápida visión de la vida del pueblo germánico no intentamos adquirir una idea exacta de como se produjo la caída del mundo romano.

En este párrafo vamos a examinar los contactos germanos y romanos anteriores a la fundación de los Estados bárbaros, para poder, en el siguiente, formular un juicio sobre el fenómeno que inicia la Edad Media. Los contactos de los germanos con Roma son de naturaleza varia. Los de carácter militar comenzaron en tiempos bien antiguos. Ya en el s. III a. de J. C. se habían establecido los germanos en el Medio y Bajo Rin, y aun había algunos grupos en la Galia.

Estos pueblos, aunque evidentemente germánicos, se dejaron influir profundamente por los celtas, y en tiempo de César y Tácito casi sus costumbres eran las de éstos. Contacto que se remonta a fines del s. II a. de J. C. es la guerra romano germana, que supone la destrucción de los cimbrios y teutones. Hacia el año 71 a. de J. C., Ariovisto se establece en la Galia, y con la derrota de este por César comienza el momento de más fuerte contacto y la creación de los llamados límites o fronteras entre los germanos y el imperio.

En estos contactos militares no debemos olvidar los intentos de Roma de conquistar la Germania y convertirla en una provincia romana, así como tampoco que Roma ocupó algunas regiones de la orilla derecha del Rin. Creemos que excede de nuestra finalidad la exposición de todas las luchas fronterizas desde César a Marco Aurelio. Citemos solamente las campañas de Tiberio y Calígula, y la actividad también invasora de Trajano, que se cambia bajo Adriano en una situación defensiva.

La completa dominación de los marcomanos y los cuados por Marco Aurelio dio lugar a una larga era de paz en las fronteras. Bajo Caracalla hay nuevas contiendas, y los emperadores sucesivos se esfuerzan en la defensa de los límites. Más que una detallada exposición de tales campañas, nos interesan los efectos que estas produjeron, en cuanto a la infiltración del germanismo en el mundo romano.

Desde la destrucción de los cimbrios y teutones debemos suponer la existencia de esclavos germanos en Roma, aumentados constantemente. En sus manos habían de estar las explotaciones agrarias y comerciales de muchos romanos y provinciales. De fundamental importancia para la germanización fue el establecimiento en suelo romano de gran número de germanos, en calidad de colonos, para la explotación de la tierra. Aunque no veamos el origen del colonato necesariamente en estos asentamientos de germanos, es lo cierto que su importancia es enorme.

Junto a los colonos aparecen, desde el fin del s. III, los laeti, que cultivaban las tierras laeticas y prestaban el servicio militar. Entre éstos, muchísimos eran germanos. Unidos a la laeti, hay que examinar a los gentiles, grupos de tropas bárbaras que, sobre todo desde la mitad del s. IV, aumentan más y más. Avanzando el Imperio nacieron los agri limitanei o campos fronterizos entregados a los veteranos, y luego los grupos de soldados limitanei o castellani, asentados en esos agri y que, al propio tiempo que los explotaban, estaban encargados de la defensa del limes.

La máxima infiltración del germanismo en el mundo romano se deriva, pues, del ejército, que se germaniza paulatina pero profundamente. Los detalles de esta germanización no nos interesan ahora especialmente. Este proceso culminó en la caída del imperio romano occidental y la fundación de los Estados bárbaros, caída y fundación que no fueron otra cosa que un efecto paulatinamente logrado, y no, en modo alguno, el fruto de una lucha consciente, de una campaña continuada de la raza germana contra Roma para su destrucción.

Caída del mundo romano

Examinados, de una parte, el grado de cultura y la civilización y organización política de los pueblos germánicos, y de otra, el proceso paulatino de infiltración del germanismo en el mundo romano, se puede enjuiciar la caída del mundo romano occidental. Tradicionalmente se ha venido hablando de destrucción del mundo romano, de aniquilación de su cultura, de invasiones de pueblos poco menos que salvajes y en consecuencia, de un retroceso en la historia de las regiones que ocuparon.

Esta es la teoría llamada por Dopsch catastrófica, que trata de explicar la caída del mundo romano como el derrumbamiento de toda una gran civilización, bajo el choque de un poder salvaje. La interpretación de este hecho histórico en tal sentido procede del humanismo italiano. Entre nosotros, y también entre los franceses, dicha teoría llega a tomar caracteres extremos.

Del mismo modo que esas doctrinas llevaron la confusión a la interpretación de hecho histórico tan importante, muchos germanistas, con sus teorías erróneas sobre la libertad germánica, sobre las formas de asentamiento de los germanos, sobre su carencia de ideas de Derecho público, etc., han interpretado equivocadamente el tránsito de la Edad Antigua a la Edad Media.

Al estudiar las fuentes de la época se olvida constantemente quienes las escribieron; no se entienden sus palabras siempre con arreglo al sentido de su tiempo, y no se tiene en cuenta que los romanos, lo mismo que los altos dignatarios eclesiásticos y los grandes latifundistas, habían de sentirse personalmente muy separados de aquellos pueblos nuevos. El mundo romano occidental cayó sin una verdadera destrucción; más exacto: ue decayendo paulatinamente, y fueron precisamente los germanos quienes salvaron en gran parte su cultura.

Los pueblos que fundaron los Estados bárbaros alcanzaron un grado elevado de civilización, no eran en modo alguno salvajes, y el término barbari con que se les designaba no significó entonces sino extranjeros. Los germanos tomaron frente a la vida romana una posición conservadora, al mismo tiempo que aportaban elementos varios de su organización y su cultura. Ejemplo típico de esta unión fecunda es el Estado visigótico español."

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 3-15