Leovigildo

Biografía

Retrato imaginario del rey Leovigildo.

Retrato imaginario del rey Leovigildo († 586), que fue hijo del conde Liuverico y hermano del rey visigodo Liuva I, a quien sucedió en el trono.

Rey visigodo, 572-586. De Liuba I no sabemos sino su muerte en el año 573. Con ella volvieron a unirse ambos reinos visigóticos. De Leovigildo en cambio, desde el primer momento de su reinado tenemos muchas noticias. No en vano es un rey de una capacidad militar y política extraordinarias, bien que el problema religioso, cada vez más agudo en su reino, le llevase a cometer actos que —prescindiendo ahora de todo otro aspecto— fueron, políticamente desacertados.

Los problemas con que Leovigildo tropieza en su reinado son diversos.

Problemas de tipo político exterior eran las amenazas constantes de los imperiales, suevos y francos —todos católicos—, que ponían en grave y continuo peligro al reino. La enemiga íntima de esos tres pueblos para el Estado visigótico explican muchos hechos del reinado de Leovigildo.

Hondamente relacionada con estos problemas internacionales estaba la situación interior del reino. La nobleza se oponía siempre a las reformas políticas de Leovigildo, que tendían a afianzar la monarquía. Los católicos, ante la hostilidad del rey arriano, lograron buscar en el exterior, en los pueblos enemigos vecinos, las fuerzas que necesitaban para oponerlas contra su rey.

Como hemos de ver, el choque de Leovigildo contra estas fuerzas llegó a manifestarse en el seno de la propia familia real. Antes de exponer los hechos que pudiéramos llamar político militares —guerras exteriores, sublevaciones— queremos indicar ligeramente las características más importantes del reinado de Leovigildo en el orden político, administrativo y religioso que explican, en los más de los casos, aquellos hechos o son consecuencia de ellos.

Reorganización del Estado

Ningún rey, quizá, entre los visigodos hizo una labor más amplia en el orden a la reorganización política y administrativa del Estado. Como nos dice San Isidoro —y además se puede comprobar por las monedas—, Leovigildo revistió a la realeza de atributos externos que diferenciaban al rey de los demás súbditos: fue el primero que se presentó ante los suyos en el solio y cubierto de vestidura real; pues antes de él, hábito y asiento eran comunes para el pueblo y para los reyes.

Otra novedad constitucional, implantada por Leovigildo en el año 573 y encaminada a transformar radicalmente las bases del Estado visigótico, fue la colocación al frente del gobierno de importantes regiones del Estado de sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo. No se trata, a nuestro juicio, de una verdadera división del reino. El término consortes, aplicado por Juan Biclarense a los dos hijos del rey en relación con su padre, no puede tomarse como una prueba definitiva de la división; y Gregorio de Tours, cuando habla de ella, se dejó llevar de las ideas francas de división del reino entre los hijos.

Los hechos prueban, por el contrario, que lo que Leovigildo hizo fue entregar el gobierno de algunas regiones a sus hijos, siguiendo él de rey único, y con el solo ánimo de asegurarles la sucesión. Esta es precisamente la novedad que la nobleza y el pueblo godo habían de ver con desagrado, y el motivo, sin duda, de sublevaciones que dieron pie a que Leovigildo manifestara su energía. Pero de las consecuencias de hecho trataremos luego. Al mismo orden político administrativo corresponde la reforma del código de Eurico.

Sin que creamos que en virtud de tal reforma el Derecho visigótico se convirtió en territorial, es indudable que la obra legislativa de Leovigildo debió ser muy importante. El código que saliese de sus manos no se ha conservado en códice alguno; pero de él proceden las leyes que en el Liber iudiciorum, de Recesvinto, y en sus posteriores redacciones llevan el título Antiqua, conociéndose, además, las orientaciones de su labor legislativa por estas palabras de San Isidoro.

En materia legislativa —dice— corrigió todo aquello que parecía no haber quedado bien establecido por Eurico, agregando muchas leyes omitidas y quitando bastantes superfluas.

Consignemos ya, y como fuerte nota para juzgar la obra de reorganización interior de Leovigildo, su constante energía, cruel y desproporcionada muchas veces, ante toda sublevación que se opusiera a cualquiera de sus reformas. Junto a esta energía hay que colocar su actitud ante el catolicismo, ya que, en realidad, los problemas confesionales y los políticos se enlazan mutuamente. Este enlace aparece más claro en las palabras de San Isidoro que en las de Gregorio de Tours; pero en uno y otro la cruel energía de Leovigildo se destaca igualmente.

Condenados a muerte o destierro los hombres más nobles y los más poderosos de su reino, todavía usó otro medio para debilitar a la nobleza: privarla de sus bienes. Al mismo fin político se encaminaban otras medidas, como el destierro de los obispos católicos y en general, la persecución de los católicos, mientras se facilitaba su conversión al arrianismo. Es cierto que las confiscaciones pudieron contribuir a mejorar la situación del tesoro público, al mismo tiempo que quitaban poder a los nobles al privarles de sus propiedades; pero la política financiera de Leovigildo tuvo otros recursos, como la regalía de la moneda, usada por este rey en gran cuantía.

Problemas familiares

El último punto que hemos de examinar, antes de tratar de las sublevaciones que la dura energía de Leovigildo y las diferencias religiosas explican suficientemente, es el de los problemas familiares de la corte. Se ha dicho que Leovigildo casó en primer matrimonio con Teodosia, hija de Severiano, gobernador de la Cartaginense, y hermana de San Leandro, Fulgencio, Isidoro de Sevilla y Santa Florentina.

Tedosia era católica. Pero también se ha pretendido que la primera mujer de Leovigildo fue la franca Rigunta, hija de Chilperico y Fredegunda de Rouen, afirmación que nace de confundir a Leovigildo con Recaredo, que, en efecto, se desposó —aunque no llegó a casarse— con esta hija de los dichos reyes francos.

Creemos lo más probable aceptar la ascendencia romano bizantina de la primera mujer de Leovigildo y, sobre todo, debemos acentuar su catolicismo. Muerta esta reina, casó Leovigildo, como ya dijimos, con la viuda de Atanagildo, Goswintha, que era fervientemente arriana. Los hijos del primer matrimonio, Hermenegildo y Recaredo, eran igualmente arrianos cuando fueron puestos al frente de las regiones del sur y del norte del reino visigodo —sin duda como duces— y para asegurarles la sucesión al trono, según dijimos.

Campañas de Leovigildo

Teniendo ya estas ideas de la situación política exterior y de la marcha de la política interna en el reinado de Leovigildo, podemos exponer los hechos político militares, guerras exteriores, sublevaciones ocurridas en su reinado. Fernández Guerra describe de forma minuciosa una campaña emprendida ya en el año 569 por Leovigildo. Toda la fuente documental es el siguiente texto de la Biclarense.

...et provinciam Gothorum quae iam pro rebellione diversorun fuerat diminuta, mirabiliter ad pristinos revocat terminos; es decir: devolvió sus antiguos límites a la provincia de los godos que, por diversas rebeliones, había quedado disminuida.

Con solo esta palabras y una moneda con la inscripción Clarissimi Liuvigildi Regis tras la figura de una Nike, toscamente acuñada, Fernández Guerra da detalles de la ocupación de Zamora, Palencia y León, y de la valerosa defensa de Astorga, que permaneció fiel a los suevos —desde luego en 572 era sueva aquella ciudad— sin dar oído a las sugestiones y ofertas del astuto, sagaz y hábil rey visigótico.

Y tiene todavía datos suficientes para asegurar que los generales de Leovigildo continúan en el 570 esta campaña, avanzando hasta Salamanca, Alba de Tormes y la sierra de Gredos. Sorprende la capacidad de reconstitución. El breve texto del Bliclarense puede no referirse concretamente a una campaña por los Campi Gothorum, como Fernández Guerra pretende. El término provincia Gothorum alude al reino entero, y la noticia no es más que una síntesis del reinado de Leovigildo.

Campañas contra los bizantinos

La primera campaña de Leovigildo conocida por fuentes con algún detalle es la realizada en el año 570 contra algunas regiones bizantinas. El rey visigodo hizo una incursión por las regiones de la Bastetania y Málaga, y después de devastarlas se retiró a Toledo. En el año 571 se consiguió ya una conquista duradera, la de Medina Sidonia, ocupada de noche por la traición de un tal Framidáneo. Son, sin duda, caprichosos datos, como el de un golpe de esforzados jinetes, que Fernández Guerra aporta en este punto.

Al año siguiente —572— ocupa Leovigildo la ciudad de Córdoba, según parece, por sorpresa. El éxito de Córdoba fue fecundo; tras él vino la ocupación de otros muchos poblados y castillos, previo el exterminio de una multitud de campesinos.

Campañas contra los suevos

La actual Andalucía occidental quedaba totalmente recuperada después de esta campaña, y Leovigildo pudo encaminar sus esfuerzos hacia la región noroeste de su reino, en donde igualmente los vecinos fronterizos, los suevos, alentaban un estado de sublevación y aun ocupaban regiones que excedían de su frontera. Así, por ejemplo, nos dice el Biclarense que Miro, en el año 572, hizo la guerra a los rucones. Como dijimos al estudiar la historia política sueva, no se ha llegado a determinar con exactitud la localización de este pueblo.

La opinión de Fernández Guerra —los sitúa en las localidades de Trujillo, La Conquista, Logrosán y Guadalupe, junto al río Ruecas— nos parece más caprichosa que la tesis cántabra, ya que, al menos, sabemos que el año 574 había invasores en Cantabria —así nos lo dice el Biclarense—, invasores que no podían ser otros sino los suevos, quienes, tal vez, habiendo sometido a los rucones, se habían establecido allí.

La misma tesis de Fernández Guerra, que creemos exacta, sobre la región de Sabaria, mencionada por el Biclarense y San Isidoro, es un argumento contra su tesis de los rucones, ya que, si los suevos ocupaban la Lusitania hasta regiones tan inferiores, lógicamente a ellas hubiese atacado Leovigildo y no a la región de Sabaria, astur y limítrofe con las regiones galaica, vetona y vaccea. Lo exacto es que, como nos dice el Biclarense, en el 573 el rey Leovigildo entró por la Sabaria, devastó a los sappos y sujetó a su dominio aquella provincia.

Pudo así realizar en el año 574 la expedición a Cantabria y conseguir su dominación después de conquistar Amaya. Así nos lo dice el Biclarense, y la Vida de San Millán, por San Braulio, agrega el detalle del anuncio profético de la destrucción de aquella ciudad atribuido a aquel santo. Fernández Guerra, teniendo como fuentes algunas monedas, nos da noticia —por las inscripciones Salvania iustus, Elvora iustus y Toledo iustus— de la conquista y castigo de aquella ciudad (¿Saldaña?) y de las sublevaciones que las confiscaciones y otros atropellos provocaron en Ibor y Toledo, sublevaciones que hubieron de ser duramente castigadas por Leovigildo.

También ahora induce excesivamente de tan minúsculos monumentos tan imaginativo historiador. En el año 575 acude Leovigildo a la región de los montes Aregenses, hacia Orense, en la frontera sueva, en donde un noble provincial, Aspidio, sin duda católico y posiblemente auxiliado por los suevos, se había sublevado. El éxito de Leovigildo fue completo, Como nos testimonia el Biclarense y San Isidoro, pues se apodera de la ciudad de Aregia, centro de la sublevación, y aun de la persona, familia y bienes de Aspidio, que fueron conducidos a Toledo.

En relación tal vez con esta posible ayuda de los suevos a Aspidio, emprende Leovigildo en el año 576 una campaña contra aquellos, campaña que terminó, como ya dijimos al estudiar la historia política sueva, por la petición de paz por parte de Miro, el rey suevo, y su concesión por Leovigildo, aunque por escaso tiempo, como nos dice el Biclarense.

Quizá el motivo de la cesación de la campaña contra los suevos fuera sencillamente la necesidad en que se vio Leovigildo de acudir a la región de Orospeda —sin duda situada en el sur de la Península y que Aureliano Fernández Guerra concreta a las comarcas de Guadix y Baza—, en donde igualmente había prendido fuego la rebelión, acaso con ayuda bizantina. Después de la expedición de Leovigildo, de éxito tan afortunado, se produjo una nueva sublevación de aldeanos, que igualmente sofocó. Todos estos sucesos corresponden al año 577.

La sublevación levantina

Basándose en algunas monedas, Fernández Guerra expone con gran lujo de detalles una sublevación posterior en todo el litoral levantino y la Narbonense, así como también la magnanimidad de Leovigildo perdonando a los sublevados, quienes, sin duda, respondían a instigaciones de los bizantinos, que con su armada recorrieron las costas desde el Júcar hasta el golfo de Lyón. Estas sublevaciones debieron ocurrir en el año 578. No creemos suficientemente probadas las afirmaciones de Fernández Guerra, que parte de la tesis, no exacta, de considerar necesariamente conmemorativas las monedas visigodas.

Fundación de Recópolis

Del año 578 solo se halla en el Biclarense una noticia, pero muy interesante: el rey Leovigildo, exterminados por doquier los tiranos y vencidos los invasores de España, consiguió la tranquilidad para él y para su pueblo y fundó entonces en la Celtiberia una ciudad que, del nombre de su hijo, Recaredo, se llamó Recópolis, a la cual dotó de admirables murallas y servicios, concediendo privilegios a los pobladores. La fundación de esta nueva ciudad por Leovigildo y Recaredo está también atestiguada por monedas que la conmemoran.

Católicos y arrianos

Con esto llegamos al más discutido y estudiado de los hechos del reinado de Leovigildo: a la cuestión político religiosa, que llegó a producir una fuerte persecución de los católicos, unida a la campaña de la Bética en los años 573 y 584, y, finalmente, a la prisión y muerte violenta del hijo del rey, Hermenegildo, venerado en la Iglesia católica como mártir desde el s. XVI y al que ya con anterioridad en España —al menos en algunos lugares— se daba culto.

Nosotros no hemos de tratar aquí sino los hechos históricos, tal cual las fuentes nos los presentan, y desde luego creemos que la exposición escueta de ellos en nada afecta al juicio que la Iglesia católica dio sobre Hermenegildo al incluirlo en su santoral. Hermenegildo mereció con su martirio el honor católico de los altares, y este es el único aspecto teológico de un hecho que al historiador corresponde examinar en sus antecedentes.

Hermenegilgo e Ingunda

Hermenegildo, uno de los dos hijos de Leovigildo en su primer matrimonio, casó en 579 con Ingunda, princesa católica, hija de Sigiberto de Austrasia y de Brunequilda, hija esta de Atanagildo, el rey visigodo antecesor de Leovigildo y de Goswintha.

Ya se ha dicho que no creemos que estos dos reyes fuesen hermanos. Según Gregorio de Tours, en el mismo año 579 Goswintha, la viuda de Atanagildo, ahora segunda mujer de Leovigildo, que era, como se ve, abuela de Ingunda, quiso que su nieta se convirtiese al arrianismo.

Y aun agrega el Turonense una viva descripción de los malos tratos de que la reina visigoda hacía víctima a su nieta por resistirse a sus deseos. Ni el Biclarense, en cambio, ni San Isidoro nos dan noticia de tales tratos, ni siquiera del intento de convertir a Ingunda al arrianismo. En el mimo año de la boda de Hermenegildo e Ingunda, Leovigildo entregó a su hijo, según el Biclarense, parte de la provincia para reinar.

El rey dio a los príncipes, según el Turonense, una de las ciudades para que, residiendo en ellas, reinasen. De los textos hasta aquí examinados queremos hacer resaltar varios puntos. Debe tenerse en cuenta que la diversidad de religión no fue obstáculo para que Leovigildo aceptase la boda de Ingunda con Hermenegildo. Solo Goswintha deseó, según parece, que Ingunda se convirtiese al arrianismo. No hay motivo suficiente para afirmar que la decisión de Leovigildo enviando a Hermenegildo a una provincia tuviese como base desavenencias familiares.

Creemos que hay datos bastantes para afirmar que la provincia a la que se le envió fue la Bética, y ello prueba que Leovigildo no podía presumir la posibilidad de la futura discordia religiosa, ya que en ese caso el envío a tal región, próxima a la ocupada por los bizantinos, hubiese sido políticamente imprudente. Por último, creemos que puede decirse que el afirmar que la provincia que fue entregada a Hermenegildo lo fue a título distinto de su mero gobierno es desconocer en absoluto todas la bases de la organización política visigoda.

No hay novedad alguna en la actitud de Leovigildo ni en el cargo de Hermenegildo, que hubo de quedar en situación análoga a la que ya desde 573, según el Biclarense, tenían tanto él como Recaredo.

Bautizo de Hermenegildo

Apenas llegados a Sevilla, los príncipes Ingunda y Hermenegildo, este se convierte y bautiza con el nombre de Juan. Se tienen pruebas documentales de la intervención de San Leandro en la conversión, aunque las fuentes narrativas hablan solo de los esfuerzos de Ingunda. Ni San Isidoro ni el Biclarense consignan la conversión de Hermenegildo. Tal acontecimiento fue para Leovigildo algo más que una cuestión religiosa y familiar; constituía un fuerte problema político. Nos confesamos absolutamente incapaces para descifrar el problema que la conversión de Hermenegildo al catolicismo representa en relación con la inmediata sublevación que, según el Biclarense, la sigue, y que también se deduce del texto de Gregorio de Tours.

El texto del Biclarense nos da toda la luz deseada.

Cuando Leovigildo —dice— reinaba en tranquila paz con sus enemigos, una rija doméstica vino a perturbar la seguridad, pues en aquel año su hijo Hermenegildo, asumiendo la tiranía a excitación de la reina Goswintha, declarada la rebelión, se encierra en la ciudad de Sevilla y hace que otras ciudades y castillos se subleven contra su padre. Por esta causa en la provincia de España se produjeron, tanto para godos como para romanos, calamidades mayores que las que podían venirles de sus enemigos.

Nos atrevemos a presentar como incuestionable que, en la ideología político religiosa de aquel tiempo, Hermenegildo, al convertirse a la Iglesia católica, se puso políticamente frente a su padre, y creemos que la historia no logrará nunca aclarar hasta que punto los motivos políticos pudieron influir en la conversión del luego mártir.

El texto del Biclarense no debe interpretarse como prueba de que ya en el 579 hubo abierta sublevación por parte de Hermenegildo. Leyendo dicho texto con atención se ve que es una especie de noticia general de aquella gravísima sublevación que se va desarrollando en años posteriores. Muy probablemente Leovigildo deseo encontrar un medio para que la conversión de su hijo —tengamos siempre presente que el Biclarense, al hablarnos en dicho texto de la sublevación de Hermenegildo, ni siquiera dice que fuese originada por su conversión al catolicismo— o quedase reducida a un mero accidente, o, a ser posible, perdiese su carácter político.

Según Gregorio de Tours, Leovigildo llamó a Toledo a Hermenegildo, a lo que este contestó: Nim ibo qia infensus est mihi, pro eo quod sim catholicus (No iré; me está vedado porque soy católico). Se plantea así el problema político religioso. Lo que también aprendemos del Turonenese es que Hermenegildo dio rápidamente carácter político a su actitud, aliándose con los bizantinos. Si a esto unimos que ni el Biclarense ni San Isidoro nos digan que Hermenegildo fue católico, ni pongan en relación su actitud con la persecución de los católicos, veremos que no es posible despojar de ese carácter político a los sucesos posteriores.

El siguiente texto llamado por Mommsen Historia seudoisidoriana acentúa el carácter político de la conversión, al explicar de este modo la sublevación de Hermenegildo.

quae [Ingunda] marito persuatit, ut in patrem insurgens pro co regnaret (Ingunda persuadió a su marido de que, levantándose contra su padre, reinaría él.

Concilio arriano en 580

Continuando paso a paso con los hechos nos encontramos con que el el año 580 Leovigildo reúne un concilio de los obispos arrianos para facilitar la solución del problema de la diferencia de religión, haciendo desaparecer la necesidad del bautismo arriano para los católicos. El paso —como nos dice la Biclarense y San Isidoro— fue fecundo, pues incluso algún obispo reconoció así el arrianismo.

Afirmar como suele hacerse, que este concilio o conciliábulo es manifestación de la persecución sistemática de los católicos después de la conversión de Hermenegildo, es dejarse llevar por la fantasía. Tampoco deben exagerarse los datos que se tienen sobre persecuciones de católicos por Leovigildo. Los textos de Gregorio de Tours y San Isidoro registran persecuciones de tipo general, que no creemos deben ponerse en relación con la actitud de Hermenegildo, ya que, en realidad, se refieren a hechos diversos del reinado de Leovigildo, anteriores y posteriores al año 579. Pocos detalles son conocidos sobre ese trato a los católicos en casos concretos.

Constantemente se aduce la actitud del rey frente a Masona de Mérida. Limitémonos a repetir que la persecución, como se la llama, fue concretamente en el año 580; que el trato a los católicos pendió durante todo el reinado de su conducta política y estuvo en relación con los sucesos de esa naturaleza, y que la actitud del rey frente a ellos se puede considerar como actitud frente a los provinciales o hispano romanos, sus enemigos políticos.

Como decimos, no creemos que Leovigildo desde el 579 viese en la conversión de su hijo —si es que en ese año se realizó— un problema político que hubiera de resolverse por las armas. La prueba la tenemos no solo en actos del rey, como la reunión del concilio citado en el año 580 —y aun antes, tal vez, si el Turonense narra con exactitud, llamando a su hijo—, sino también en el año 581, cuando después de realizar una afortunada campaña contra los vascones, funda la ciudad de Victoriaco (Vitoria).

Guerra contra Hermenegildo

Ya dijimos que Hermenegildo se había aliado con los bizantinos, según nos cuenta el Turonense; y no solo por este acto complicó su actitud en forma política, sino que hasta se consideró y proclamó rey. Así nos lo dice alguna inscripción —que al mismo tiempo nos da noticia de que ya la campaña estaba iniciada contra él— y también alguna moneda. Sería muy interesante poder determinar con exactitud la fecha en que Hermenegildo comenzó a titularse rey; desgraciadamente, la lápida aludida no dice sino que fue escrita el año segundo del reinado de Hermenegildo. Fernández Guerra supone que comenzó aquel corto reinado en el 582.

Reunido, como nos dice el Biclarense, un fuerte ejército, Leovigildo marcha en primer lugar sobre la Lusitania, en donde debió, según conjetura Fernández Guerra, atacar no solo a Mérida, sino también, y por dos veces, a Cáceres, logrando apoderarse de ambas ciudades, que habían tomado el partido de Hermenegildo. En ese mismo mes, y en aquella misma región, recibió Leovigildo a los embajadores del rey franco Chilperico, que acudieron a él para informarse de la cantidad con que había de ser dotada Rigunta, la hija del rey franco, con motivo de su boda con Recaredo. Estos embajadores refirieron al Turonense, según el mismo nos dice, el fervor de los católicos de España y los ardides de Leovigildo para atraérselos.

Sitio de Sevilla

Dominada la situación en la Lusitania, se dirige Leovigildo a Sevilla, centro de la misma y residencia de Hermenegildo, habiendo logrado previamente que los bizantinos se desentiendan de su anterior alianza con su hijo. Según el Turonense, para lograr esta defección dio Leovigildo una fuerte suma. En el año 583 ataca el rey a Sevilla misma, comenzando por conquistar el castillo de Osset (San Juan de Aznalfarache), en donde un grupo de partidarios de Hermenegildo hizo tenaz resistencia.

No solo conquista Leovigildo a Osset, sino que logra que Miro, el rey suevo aliado de Hermenegildo, sin haber cumplido sus propósitos de protección militar a los sublevados, se retirase a Galicia, acaso porque ya se sentía enfermo. Sitia Leovigildo estrechamente Sevilla, empleando, como nos dice el Biclarense, toda suerte de medios para debilitar a los sitiados: el hambre, el hierro, el cierre del Betis y aun restaurando las murallas de la antigua Itálica.

En el año 584, después de que Hermenegildo había puesto en salvo a su mujer —que murió camino de Constantinopla— y a su hijo Atanagildo, de quien luego se oye hablar en la corte bizantina, y sin haber recibido auxilios de fuera, la ciudad fue conquistada.

Muerte de Hermenegildo

Hermenegildo pudo refugiarse en Córdoba, que igualmente fue tomada por Leovigildo. En esta ocasión es apresado Hermenegildo, y después de haberse acogido al asilo de una iglesia, y a su perdón, de que nos habla el Turonense, fue enviado desterrado a Valencia. El mismo Gregorio de Tours adorna el hecho con especiosos detalles. En Tarragona, y en el año 585, según el Biclarense, —y no creemos que se hayan dado aun argumentos suficientes para rectificar su categórica afirmación—, fue muerto Hermenegildo por Sisberto.

No esperamos que se sepa nunca con fijeza hasta que punto Leovigildo autorizó u ordenó por sí mismo la muerte de su hijo; desde luego, el relato de San Gregorio el Magno en sus Dialogi (lib. III, cap. 31) no es como fuente histórica irreprochable, bien que tiene alto valor. Según el Biclarense, el matador fue sencillamente Sisberto, a quien dos años después se hacía sufrir muerte torpísima.

En el mismo 585, mientras ocurría la muerte de Hermenegildo, Leovigildo acababa definitivamente con el agonizante reino suevo, según vimos antes, después de devastar Galaecia y vencer en Oporto y Braga. A partir de este año, la región sueva fue una provincia visigótica. El intento de restauración, ya en aquel mismo año, dirigido por Malarico, fue sofocado por los generales de Leovigildo, que apresaron al usurpador y lo entregaron al rey visigodo.

Sublevación de la Septimania

Una nueva y última campaña había de registrarse aún en el reinado de Leovigildo, y fue en la Septimania contra Gotrán de Borgoña y Childeberto de Metz, los cuales, tal vez en parte para vengar la muerte de Hermenegildo, como dice el Turonense, pero sin duda por enemistad con Chilperico —cuya hija estaba desposada con Recaredo, el otro hijo de Leovigildo— y por el deseo de apoderarse de la Septimania, se alzaron en armas contra el reino visigodo.

El Turonense y Juan de Bíclaro nos dan noticias de la guerra, y claramente, de los deseos de expansión territorial de ambos monarcas. La armada franca fracasó en un intento de desembarco en las costas suevas con ánimo quizá de alentar la sublevación del recién sometido reino. En la propia Septimania —Narbonense— la campaña fue dirigida por Recaredo, quien no solo logró recuperar el territorio visigótico, ocupando de nuevo Carcasona y haciendo que los invasores se retirasen de Nimes, sino que llegó a penetrar en territorio franco, tomando algunos castillos fronterizos.

En Carcasona, los mismos habitantes de la ciudad, indignados ante la conducta durísima de los francos, contribuyen a su expulsión. La información del Turonense es minuciosa, y por ella se sabe que Leovigildo había intentado previamente, por medios pacíficos, evitar la campaña. Habiendo conseguido Recaredo librar completamente de enemigos la Septimania, regresa a España. La repetición de la campaña no es clara.

Acaso se trata de una misma y continuada lucha en el curso de 585 y en los comienzos del 586. Todavía, antes de la muerte de Leovigildo, ocurrió un hecho importante para el Estado visigótico: fue la muerte de Chilperico de París, padre de la prometida de Recaredo, y la ruptura del proyecto de matrimonio, sin duda a consecuencia de dicha muerte.

La muerte de Leovigildo

En Toledo, en el 586, murió Leovigildo, uno de los más grandes reyes visigóticos, militar y políticamente considerado, aunque la historia le juzga de formas bien diversas, a través de las tinieblas del asunto desdichado de su hijo Hermenegildo. Se pretende por algunos, apoyándose en un texto de San Gregorio Magno, .

que antes de morir reconoció como fe verdadera la católica y que encomendó a San Leandro inculcase a Recaredo los principios de la fe apostólica.

Aunque los textos suelen atribuir a Leovigildo dieciocho años exactos de reinado, es lo más seguro que no los llenase, ya que Recaredo hubo de comenzar a reinar entre el 13 de abril y el ocho de mayo del 586.

R.B.: TORRES LÓPEZ, Manuel, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo III págs. 98-106.