Efectivos militares en la guerra

No existe acuerdo entre los historiadores sobre el reparto de los efectivos militares tras la escisión en el Ejército que supuso el golpe de Estado frustrado el (18-VII-1936).

Según Ramóm Salas Larrazábal los sublevados dispusieron al completo del Ejército de África (33.641) hombres y la Dirección general de Marruecos y Colonias (13.486). En el Ejército peninsular e insular —sobre un total de 117.835 hombres— contaban con 59.136, frente a 58.249 que permanecieron leales a la República y, en el servicio de Aviación —5.307 hombres— con 2.107, frente a 3.200 republicanos.

En cuanto a la Guardia Civil (34.391) hombres, Carabineros (15.249) y Guardias de Seguridad y Asalto (17.660), 25.238 de rebelaron y 42.062 se mantuvieron al lado de la República. En consecuencia, sobre un total de 237.119 hombres armados 133.608 (55,3%) quedaron en zona sublevada y 103.511 (44,7%) en zona republicana.

El hispanista Michael Alpert, sin embargo, estima que los efectivos de los cuerpos de Orden Público sumaban 64.642 hombres, de los cuales 33.600 (162 compañías y 11 grupos) quedaron con el Gobierno y 31.000 (164 compañías y 7 grupos) con los sublevados.

En opinión de José M. Gárate, si se considera que las plantillas no estaban totalmente cubiertas, las fuerzas se distribuyeron de la siguiente manera: Ejército peninsular e insular (77.061 hombres), 37.815 con los rebeldes y 39.246 con la República; Ejército de África (36.812), 36.130 y 682; Guardia Civil (34.392), 14.257 y 20.135; Carabineros (15.353), 6.297 y 9.056, y Seguridad y Asalto (10.673), 2.700 y 7.973, respectivamente.

En total, de 174.291 soldados y miembros de las fuerzas de Orden Público, 97.199 (55,8%) pasaron al servicio de los rebeldes y 77.092 (44,2%) se mantuvieron fieles a la legalidad vigente.

Tuñón de Lara rebaja aún más las cifras al contabilizar únicamente el personal efectivo disponible en los cuarteles, habida cuenta de los permisos. Según sus investigaciones , en infantería los sublevados tenían 18.181 hombres y los republicanos 14.595; en Tanques, 248 y 267; en Artillería, 7.543 y 7.064; en Ingenieros, 1.759 y 3.996; en Caballería, 2.756 y 1.203, respectivamente, además de 2.708 en otras unidades de la República.

En total, incluidos Intendencia y Sanidad, calcula 31.860 soldados en la zona sublevada —veintidós regimientos de Infantería, quince de Artillería y siete de Caballería— y 34.280 en la republicana, 44.026 y 46.188 respectivamente, al incluir los militares de permiso.

El contingente de Aviación también favorecía a la República, con 3.300 hombres frente a 2.200 de los rebeldes, pero estos contaban con 47.127 soldados del Ejército de África, la mejor unidad por preparación y armamento del Ejército español y la única realmente operativa.

Michael Alpert ha explicado la escasa utilidad de estas cifras al considerar como adeptas al Gobierno numerosas unidades que, si bien situadas en territorio bajo soberanía de la República, se rebelaron contra esta.

En el caso de la Guardia Civil, las comandancias de Murcia, Granada, Málaga, Jaén, Almería, Huelva, Valencia, Asturias y Toledo —donde más de ochocientos guardias civiles se encerraron en el Alcázar— desobedecieron al Gobierno, y en Barcelona, incluso, casi la mitad de sus oficiales fueron destituidos.

Asimismo, la mayor parte de las unidades militares quedaron inservibles a causa de la insubordinación de sus mandos o de la desconfianza que estos inspiraban a las autoridades republicanas, que, el 18-VII-1936, decretaron el licenciamiento de las tropas.

Con esta medida culminó la total desarticulación del Ejército en la zona republicana, especialmente después de fracasar un intento de recuperar la única División Orgánica, la de Valencia, que había conservado su estructura militar intacta.

Por el contrario, las unidades sublevadas mantuvieron toda su capacidad operativa y también, con muy pocas excepciones, unos mandos plenamente identificados —por ideología y por relaciones corporativas— con la causa de la sedición.

De los 15.626 ó 15.343 oficiales —estimaciones de Alpert y Salas Larrazábal, respectivamente— destinados al Ejército y los cuerpos de Seguridad en julio de 1936, casi la mitad se encontraban en territorio de la República, pero solo entre 3.500 (según Salas Larrazábal) y 2.000 (según Alpert, Líster y Rojo) sirvieron en el Ejército Popular.

Este hecho explica la promoción de los jefes de milicias, algunos de los cuales alcanzaron mando divisionario: los comunistas Enrique Líster, Juan Modesto, Valentín González el Campesino, Manuel Taguiena y Antonio Beltrán el Esquinazau, y los anarquistas Cipriano Mera y Buenaventura Durruti (a título póstumo).

En las instancias jerárquicas superiores, sin embargo, la proporción fue muy distinta y, de los diecisiete generales de División con mando efectivo, únicamente cuatro se sublevaron: Cabanellas, Franco, Goded y Queipo de Llano.

Entre los restantes, seis mantuvieron su adhesión a la legalidad, pero fueron detenidos por los rebeldes: José Fernández de Villa-Abrille, Nicolás Molero, Agustín Gómez Morato, Enrique Salcedo, Domingo Batet y Miguel Núñez de Prado, estos tres últimos fusilados.

Otros cinco permanecieron fieles al Gobierno que, sin embargo, les encomendó puestos honoríficos más que propiamente militares: Pedro de la Cerda, José Riquelme, Cristóbal Peña, Juan García Gómez y Carlos Masquelet. Además uno fue ejecutado en zona republicana y otro destituido por orden gubernamental.

De las ocho divisiones orgánicas creadas por Azaña a partir de las antiguas capitanías generales, la República conservó Madrid, Valencia y Barcelona, y perdió Sevilla, Zaragoza, Burgos, Valladolid y La Coruña, además de las comandancias militares de Baleares y Canarias.

En la escala inmediatamente inferior, veintidós generales quedaron a su servicio, algunos con mando de Brigada: Carlos Bernal, Manuel Cardenal, Federico de la Cruz, Eduardo Cavanna, Luis Castelló, Mariano Gámir, Llano de la Encomienda, Martínez de Monje, Martínez Cabrera, José Miaja, Sebastián Pozas, Ángel de San Pedro y José Aranguren. Diecisiete fueron separados de servicio, quince fusilados en ambas zonas y dieciocho se sublevaron: estos formaron la plantilla básica del Ejército del general Franco.

Al finalizar la contienda este contaba —incluidos los cuadros de mando, los órganos administrativos, las guarniciones extrapeninsulares y la Legión— con 840.000 soldados de Infantería, 15.500 de Caballería, 19.000 de Artillería, 11.000 ingenieros, 68.000 de servicios, 35.000 marroquíes y 32.000 italianos, con un total de 1.010.500 hombres.

Las milicias de FE de las JONS habían aportado 207.933 combatientes voluntarios, y las de Comunión Tradicionalista 62.722, encuadrados en 116 banderas y 35 tercios (unidades tipo batallón), respectivamente. En cuanto a la oficialidad y suboficialidad provisional, terminada la guerra había 22.936 alféreces y 19.700 sargentos formados en alguna de las veintidós academias creadas por el general Orgaz.

R.B.: Varios colaboradores, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo X pág. 4935.