Argentina

Época Prehispánica
El Descubrimiento
Gobierno Río de la Plata
Virreinato Río de la Plata
Nombre
La Independencia
Época Independiente

Época Prehispánica

Aunque se sabe que la Argentina estuvo poblada desde cerca de diez mil años a. de C., sus habitantes no llegaron a constituir ni imperios, como México y Perú, ni siquiera sociedades organizadas.

En general fueron culturas preagrícolas y protoagrícolas de cazadores y recolectores. Los indios que poblaron la extensa región argentina pueden dividirse en dos grandes grupos por su situación geográfica y características comunes: los pueblos de las llanuras y los pueblos andinos. Los primeros era pueblos de culturas muy primitivas. De Sur a Norte, los más importantes fueron:

Pueblos de las Llanuras

    1. Los fueguinos, habitantes de las islas y Tierra de Fuego, pueblos canoeros —que gobiernan las canoas— cuyas familias principales eran los yámanas y alakalufes (estos últimos relacionados con los chonos chilenos). Pueblos adaptados a las posibilidades del medio ambiente, eran pescadores y cazadores de ballenas, focas y pingüinos. Construían botes con cortezas de árboles cosidas con tiras de barbas de ballena y fibras vegetales y con un ligero armazón de madera.
    2. Los patagones, que se extendían desde el estrecho de Magallanes hasta el Mar del Plata.
      1. En el sur, los chonik; sus familias principales eran los tehuelches, teuesch y onas
      2. En el Norte los puelche-guenaken. Eran pueblos nómadas cuya economía se basaba en la caza a pie del guanaco y el avestruz, con arco y flecha, boleadoras —instrumento compuesto de dos o tres bolas de piedra u otra materia pesada, forradas de cuero y sujetas con sendas guascas, que se arroja a las patas o al pescuezo de los animales para aprehenderlos— o lazo y en la recolección de productos agrestes. Para resguardarse empleaban simples paravientos de piel y se cubrían con mantos igualmente de piel con el pelo hacia el interior.
    3. Los pampas, que ocupaban desde el río Desaguadero-Salado hasta el Atlántico, de los cuales los más importantes eran los querandíes. Eran grandes caminadores y cazadores de venados, recolectores de productos agrestes vegetales y animales. Poseían una cerámica de decoración muy simple.
    4. Los churrúas. Emparentados con los indígenas de la Pampa e incluso con los patagones se encontraban los churrúas, situados en la Banda Oriental (Uruguay).
    5. Los guaycurúes, que habitaban la región del Chaco en su parte oriental, eran cazadores y recolectores, y los matacos y sus congéneres, que ocupaban la parte occidental, tenían una agricultura muy rudimentaria, empleaban lanzas y macanas para la caza, construían viviendas circulares de ramas y paja y tejían lana y algodón
    6. Los guaraníes, rama meridional de la familia tupi-guaraní, en el norte de la provincia de Corrientes y occidente de Paraguay, tenían una cultura de tipo neolítico. Pueblo fundamentalmente agricultor, cultivaba mandioca, batata y maíz. Al ser sedentarios, construían casas comunales donde vivían familias emparentadas, hilaban el algodón y eran alfareros. Practicaban una antropofagia de carácter ritual con los prisioneros de guerra.

Pueblos Andinos

    1. Los puelches, pehuenches y huarpes, en la región de Cuyo, que tenían por alimento capital la algarroba, por lo que también se llaman algarroberos. Eran cazadores y recolectores y hacían trabajos de pluma.
    2. Los diaguitas o calchaquíes, situados en el Noroeste, poseían la cultura más elevada de todo el territorio argentino. En agricultura realizaron obras de irrigación: canales y acequias, y cultivos en andenes. Como todos los pueblos andinos se cubrían con camiseta tejida. Eran pueblos belicosos y realizaron muchas fortificaciones (pucarás) en su territorio. Conocían la metalurgia y se han encontrado joyas de bronce y campanas decoradas. Fueron hábiles alfareros, siendo famosas sus urnas para enterrar a los niños. En su cerámica se pueden distinguir dos estilos: Belén, roja con decoración en negro y Santa María, polícroma. Sus diferentes tribus se unían solamente en caso de peligro nombrándose entonces un cacique único.
    3. Los comechingones. Emparentados con los diaguitas estaban los comechingones, que ocuparon las sierras de Córdoba, habitando en cavernas naturales.
    4. Los apatamas de la Puna, que, a pesar de la naturaleza del suelo, fueron agricultores. Las llamas y las vicuñas, de cuyas lanas fabricaban tejidos, fueron la base de su economía. Practicaban la deformación craneana y dentaria.
    5. Los omaguacos. Algunas de sus tribus sufrieron la influencia de los omaguacos, situados en la quebrada de Omaguaca, de agricultura avanzada en andenes —bancales, rellanos de tierra para cultivo—, con industria de metal y de piedra.
    6. Los araucanos, de procedencia chilena, se extendieron por la Pampa después de la conquista española.
R.B.: LÓPEZ, Amelia, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 868-869.

El Descubrimiento

Introducción

Amerigo Vespucci
Amerigo Vespucci

Parece lo más probable que el primer explorador que recorrió las costas hoy argentinas fue Américo Vespucio, en el viaje que describió como tercero —y con mucha probabilidad segundo real— en el Mundus Novus, Lettera y Quatuor Navigationes.

Según su relato —y única fuente—, tras recorrer la costa brasileña con una expedición portuguesa, más allá del trópico de Capricornio, tomó el mando —a fines de enero de 1502— y siguió hasta una tierra muy fría, a 50º o 52º S., lo que lleva a las cercanías del puerto de San Julián de la Patagonia, conocida por la posterior invernada de Magallanes.

Levillier, América la bien llamada, B.A., 1948) ha reivindicado plenamente la prioridad del descubrimiento del Río de la Plata por Vespucio en esas fechas (febrero-marzo de 1502), con un minucioso estudio de la cartografía de los primeros años del s. XVI, afirmando que en varios mapas se confundió Cananea, a 25ª S., límite de la zona portuguesa según la Línea de Demarcación, con Cananor, a 45º, extremo probable de la navegación de Vespucio, y que el río Jordán de dichos mapas es el Río de la Plata, dada su situación y latitud, nombre aquel, no recogido por los documentos y que luego se perdió.

Es probable que alguna expedición portuguesa arribara también después, pero no ha quedado constancia (quizá la de Juan de Lisboa, organizada por Nuno Manuel en 1514).

Descubrimiento del Río de la Plata

No es cierto un supuesto viaje de Díaz de Solís y Pinzón en 1508 —dirigido a América Central— ni otro del primero en 1513, según una capitulación de 1512, pues, al parecer, se suspendió, y su objetivo era las Molucas, pero por la ruta del Índico.

Por nueva capitulación de 1514, emprendió un viaje al año siguiente en busca de un estrecho, y hacia marzo de 1516 descubrió de nuevo y definitivamente el Río de la Plata, al que llamó Mar Dulce o Río de Santa María, designándose después, por algún tiempo, también río de Solís.

Allí pereció a manos de los salvajes, y el resto de la expedición emprendió el regreso. Un grupo de náufragos quedó en la Isla de Santa Catalina, desde donde Alejo García efectuó una aventurada expedición a través del Paraguay y el Chaco hasta los Andes, pereciendo a la vuelta.

En 1520 recorrió el litoral argentino Magallanes y antes de entrar en el estrecho permaneció unos meses en San Julián. También pasó por allí la expedición de Loaisa y Elcano rumbo a la Especiería (1525-26).

En abril de 1526 partió Sebastián Caboto en dirección, asimismo, a las Molucas, pero seducido en las costas del Brasil por las noticias de la Sierra de la Plata, el Río de la Plata, que a ella conducía, abandonó su objetivo y se internó, en abril de 1527, en el Río de la Plata (cuyo nombre, procedente de las tierras abundantes en este metal que se suponía llevaba, aparece con anterioridad a este viaje, aunque en este mismo año, en una declaración de un tripulante de Loaisa).

Quizá el portugués Cristóbal Jaques había estado en el Plata en 1526. Remontó Caboto el Paraná, guiado por Francisco del Puerto, antiguo grumete superviviente de la catástrofe de Solís (8-V-1527); fundó el fuerte de Sancti Spiritus, y a comienzos de 1528, prosiguió río arriba, descubriendo el curso del Paraguay, y luego el Pilcomayo.

En abril del mismo año entró asimismo en el Paraná Diego García de Moguer, que procedía, como Caboto, renunciando a seguir hacia las Molucas, seducido por las riquezas de la Sierra de la Plata. Unidos Caboto y García, construyeron en Sancti Spiritus una flota para remontar de nuevo el río, pero regresaron ante la agitación de los indios, que a poco destruyeron el fuerte.

Una pequeña expedición mandada por Francisco César llegó a las llanuras de San Luis y trajo rumores acerca del Perú, que fueron luego exagerados en exceso. Considerando fracasada la empresa, regresaron a fines de 1529, primero García y luego Caboto.

Este viaje había ocasionado la exploración del río Paraná y el descubrimiento del río y país del Paraguay, y el primer reconocimiento del interior de la Argentina. También excitó el afán de Portugal por llegar a las ricas tierras oídas, cuya consecuencia fue el envío por Juan III de Martín Alonso de Souza al Brasil y el comienzo de colonización.

Al llegar a este país, destacó a su hermano Pero Lopes de Souza al Río de la Plata, en cuyas riberas plantó padrôes en señal de posesión, que careció de efectividad. España reaccionó a su vez y preparó una nueva expedición al Plata, encomendada al alcaide de Pamplona Miguel de Herrera, que no llegó a organizarlo, y luego a Pedro de Mendoza.

Entre tanto, Simón de Alcazaba desembarcó (1535) en la costa patagónica y se internó hasta el Chubut. Mendoza preparó una gran expedición, y a comienzos de 1536 fundó en el estuario de la Plata la ciudad de Nuestra Señora del Buen Aire; su teniente Ayolas levantó el fuerte del Corpus Christi a orillas del Paraná, y después se fundó el de Buena Esperanza. Ayolas remontó el río para buscar la Sierra de la Plata, y Mendoza, desalentado y enfermo, emprendió el regreso a España.

No fracasó, sin embargo, la empresa. Ayolas y Martínez de Irala llegaron al Paraguay, donde fundó el puerto de la Candelaria, y se internó en el Chaco, siendo exterminada su hueste por los indios al regreso.

Juan de Salazar fundó La Asunción (1537), que durante muchos años habría de ser el centro de colonización del Plata, prevaleciendo sobre Buenos Aires, que, por orden de Irala, en quien había recaído el mando, fue despoblada (1541), concentrándose los colonos en La Asunción, que, gracias a los ríos, estaba en comunicación con el exterior, aunque durante mucho tiempo impuso Irala una fuerte tendencia al aislamiento.

Irala, solo o con Cabeza de Vaca, gobernador del Río de la Plata de 1542 a 1544, efectuó varias expediciones por el Chaco o río Paraguay arriba, al actual Matto Grosso, en una de las cuales llegó al alto Perú (1548), estableciendo comunicación entre la corriente conquistadora que venía del Atlántico y la procedente del Perú, que ya no se interrumpió.

La exploración, conquista y colonización del actual territorio argentino fue obra de dos corrientes:

    1. La iniciada directamente en España, bajo la prístina dirección de Mendoza, que se fijó en la región oriental, la de los grandes ríos, la magnífica vía de comunicación desde donde irradió hacia el Oeste, y mejor al Noroeste, por el Chaco, hacia Charcas y el Perú, expansión contenida desde aquí, y cuyo foco acabó por ser Asunción del Paraguay.
    2. La otra corriente procedente del Perú, cuyos conquistadores y gobernantes tienden a extenderse por el ámbito del antiguo dominio inca y a las tierras colindantes, y a ella se debe la exploración y colonización del interior y el oeste argentino, es decir, las regiones de Tucumán y Cuyo.
      Esta segunda corriente pareció que iba a absorber a la otra y que a ella se debería la definitiva colonización del Plata, en el periodo de 1541 a 1580, de abandono de Buenos Aires y concentración en el Paraguay; pero, a la larga, no pudo prevalecer contra la mejor situación del puerto de Buenos Aires.
      La corriente peruana, a su vez, se dividió entre la surgida directamente del Perú, a través de Charcas o Alto Perú, y desde una tercera, cuya base radicó en Chile, desde el comienzo de su conquista, a través de los Andes.

Primera travesía del territorio

En 1543 envió Vaca de Castro a Diego de Rojas —por iniciativa probable de este— con Felipe Gutiérrez y Nicolás de Heredia al Tucumán; cruzaron la Puna de Jujuy, el país diaguita o calchaquí, en lucha con los indios, la rama oriental de los Andes, y descubrieron el fértil país de Tucumán, dirigiéndose luego al de los juries.

En Salavina pereció Rojas a manos de los indios (I-1544) sucediéndole Francisco de Mendoza, que erró por las actuales provincias de Santiago del Estero, Rioja y Córdoba, dejando en esta a Heredia en el fortín de la Malaventura; siguió Mendoza al Este y llegó al río Paraná, en el arruinado fuerte de Caboto (1545).

Había realizado la primera travesía del territorio argentino, de Noroeste a Sudeste, en sentido contrario a la fracasada empresa de Pedro de Mendoza; volvió al fortín, donde le asesinaron sus rivales (1545). Heredia hizo regresar a la hueste por Salta y Humahuaca al Alto Perú.

Colonización de Tucumán

En 1549 La Gasca ordenó al capitán Juan Núñez del Prado la colonización de Tucumán, quien fundó la ciudad del Barco I (1550); pero desde Chile salió Francisco de Villagra, enemigo de la nueva fundación, que creía le perjudicaba, y obligó a Núñez de Prado a reconocer su autoridad; este trasladó la ciudad más al Oriente (Barco II, 1551, despoblada al año siguiente, y Barco III, 1552, casi donde luego Santiago del Estero).

Valdivia, excediéndose en sus facultades, separó Tucumán de Chile y lo encomendó a su teniente Francisco de Aguirre, quien cruzó los Andes, expulsó a Prado y fundó Santiago del Estero en el lugar de Barco III (1553); Aguirre tenía buenas condiciones de organizador, y pese a su duro carácter se atrajo a colonos e indios; pero en 1554 se volvió a Chile en ayuda de Valdivia.

En 1558 el gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza, envió a Juan Pérez de Zorita, que fundó las ciudades de Londres en Catamarca (1558), así llamada en honor al matrimonio de Felipe II y María Tudor; Córdoba de Calchaquí (1559) y Cañete (1560, donde Barco I), estratégicamente situadas, pero pronto destruidas por los indios.

En 1563 fue erigida la nueva provincia de Tucumán, Juríes, Diaguitas y Comechingones, separada de Chile y dependiente del virreinato del Perú y de la audiencia de Charcas, nombrándose gobernador a Aguirre, que atravesó los Andes, libertó Santiago del Estero, sitiada por los indios, y por medio de su sobrino Diego de Villaroel fundó San Miguel de Tucumán (la actual ciudad de Tucumán), cerca de las desaparecidas Barco I y Cañete (1565), en una fértil comarca.

Al año siguiente se dirigía a la actual Córdoba para fundar otra ciudad, pero se amotinó su tropa, a pretexto de sospechoso de herejía, y le llevó preso al Alto Perú; en 1567 se fundó Talavera de Esteco.

Los proyectos de Aguirre fueron reanudados por Jerónimo Luis de Cabrera, a quien encomendó el virrey Toledo fundar en Salta, pero lo hizo más al Sur, erigiendo Córdoba (25-VI-1573), en el país de los comechingones, lugar estratégico entre el Atlántico y Chile; erigió entonces una fortaleza, formalizando la fundación de la ciudad Lorenzo Suárez de Figueroa en 1577; fundó Aguirre enseguida el puerto de San Luis, en el Paraná, como salida a su gobernación, pero entró en conflicto con Juan de Garay y hubo de abandonar aquel.

Su sucesor, Gonzalo de Abreu —fundador de la efímera San Clemente I, II y III (1577)— halló el camino Córdoba-Mendoza, el más corto del Atlántico a Chile.

Las últimas fundaciones del periodo inicial en Tucumán fueron Lerma (1583) por orden de Toledo; la Rioja, la región donde estuvo Londres, por Juan Ramírez de Velasco (1591); Nueva Madrid, en el país lule, por Jerónimo Rodríguez Macedo, y Jujuy (1593), por Francisco de Argañarás (esta tras las efímeras Nieva, 1562, y Álava, 1575).

Ha demostrado R. LevillierNueva Crónica de la conquista del Tucumán, 1926, y el la Historia de la Nación Argentina, de R. Levene, III) que todas estas fundaciones no fueron caprichosas, sino que respondieron a planes muy meditados de las autoridades peruanas, buscándose los puntos más estratégicos para las comunicaciones en gran escala o para la futura colonización, y para contener a los indios.

También se intentaba la comunicación con el Perú por el Río de la Plata, muy superior a la larga y costosa de Panamá, impuesta por la política monopolista, pero no prevaleció este racional propósito.

Pero es de advertir que en aquella estaba Lima mejor situada que Buenos Aires para la distribución mercantil, encontrándose en una zona más céntrica, por haberse implantado la colonización española de preferencia a orillas del Pacífico, mientras que las comarcas del Plata ofrecían aún mucho vacío, al contrario de lo que ocurriría en el s. XVIII, en que se invertiría la ventaja estratégica de ambas ciudades.

La exploración en el Tucumán había ido acompañada casi siempre de la colonización agrícola y no minera. Tendía el Tucumán a extenderse a las abandonadas orillas del Río de la Plata, y se imponía la repoblación de Buenos Aires, propuesta ya por el oidor Matienzo en 1561; por orden regia se ordenó a Juan Ortiz Zárate en su capitulación como gobernador del Río de la Plata a fundar tres poblaciones: una en el estuario y dos en la ruta de Asunción (1567.

No efectuada su misión, pasó esta a su yerno y sucesor Juan Torres de Vera, quien delegó en Juan de Garay. Este había fundado ya Santa Fe (1573) a orillas del Paraná, por encargo del gobernador interino del Paraguay, Martín Suárez de Toledo; en 1580 levantó definitivamente Buenos Aires, cuya repoblación era una imperiosa necesidad, manifestada por Cabeza de Vaca, Rasquín, el citado Aguirre, Felipe de Cáceres, la Audiencia de Charcas (1563) y el mencionado Juan de Matienzo, que insistió con energía en esa idea.

Sin embargo, el cierre de esta ruta en beneficio de la de Panamá esterilizó por entonces tan capital fundación.

La corriente chilena, desviada de Tucumán por orden superior, se encaminó a Cuyo, que dependió de él hasta la creación del virreinato del Río de la Plata. Por allí pasó Villagra, pero no se efectuó la sumisión hasta que envió García Hurtado de Mendoza a Pedro del Castillo, que fundó la ciudad de Mendoza (1561), trasladada por Juan Jufré, teniente de Villagra, a la sazón gobernador de Chile, que erigió la ciudad de San Juan de la Frontera (San Juan, hoy) en 1562; su hijo Luis Jufré la trasladó de emplazamiento y fundó San Luis (1594).

Cuyo formó en adelante un corregimiento de Chile. A fines del siglo XVI quedaba explorado el territorio argentino y establecidos los centros de colonización; la etapa colonial se había simultaneado durante muchos años con la descubridora y pobladora, por la larga duración de esta en las diversas comarcas.

En realidad, en el Río de la Plata, no obstante luchas con los indios, que seguirían durante toda la época de la soberanía española, no hubo conquista como en otros países americanos, sino colonización auténtica, en el sentido de poblamiento; por ello la colonización va íntimamente relacionada con la fundación de las ciudades, pues estas son los núcleos de concentración de los habitantes y de difusión de cultivos y ganados.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 331-334.

El Gobierno Río de la Plata

Introducción

Al acabar el s. XVI, época de fundación de las principales ciudades y de las bases de la colonización, el territorio del Río de la Plata comprendía tres gobernaciones: la propiamente del Río de la Plata, que abarcaba el Paraguay y el llamado litoral o regiones argentinas del Este, cuya capital radicaba en la Asunción; la de Tucumán, con capital en Córdoba (provincias actuales de Jujuy, Salta, Catamarca, Rioja y Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba), y Cuyo, en el occidente, capital en Mendoza (provincias de Mendoza, San Juan y San Luis); esta dependía de Chile. Las otras, de la Audiencia de Charcas y estaban englobadas todas dentro del virreinato del Perú.

Los gobernadores del siglo XVI

Se habían sucedido en el adelantamiento del Río de la Plata don Pedro de Mendoza (1536-1537); Juan de Ayolas (1537-1538), en quien delegó Mendoza, y durante su ausencia en Francisco Ruiz Galán, en Buenos Aires; Ayolas a su vez delegó en Domingo Martínez de Irala, que se estableció definitivamente en Asunción e hizo abandonar Buenos Aires, siendo reconocido en 1539; Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que tomó posesión en 1542 y fue destituido en 1545, ejerciendo la gobernación efectivamente Irala hasta su muerte en 1556.

Entre tanto, en España fue nombrado gobernador y adelantado Juan de Sanabria (1547), que murió sin partir a América, sucediéndole en el cargo su hijo Diego de Sanabria (1549) e interinamente el licenciado Alanís de Paz, quien no llegó tampoco a salir; Diego de Sanabria tardó mucho en partir y fue a dar a las costas de Venezuela; mientras realizaba sus largos preparativos de adelantó el tesorero Juan de Salazar, el fundador años atrás de Asunción, con doña Mencía Calderón, viuda de Juan de Sanabria (1550), a quienes les ocurrieron múltiples y desagradables aventuras hasta que llegaron a América.

En vista de la inactividad de Diego Sanabria, el valenciano Jaime Rasquín consiguió en 1557 una capitulación y el nombramiento de gobernador del Río de la Plata; partió en 1559, pero derivó a las Antillas y no llegó nunca a su destino. En realidad, el gobierno los ejercía, desde la muerte de Irala, su yerno, Gonzalo de Mendoza, y, al morir, Francisco Ortiz de Vergara (1558), pero no lo reconoció el virrey del Perú, quien designó a Juan Ortiz de Zárate, que hubo de venir a España para obtener el nombramiento, obteniéndolo en 1567, y llegó en 1573, muriendo en 1576.

Heredaba la gobernación su hija Juana de Zárate, mestiza que residía en Lima y que se casó con Juan Torres de Vera y Aragón, quien retenido en Perú por complicados pleitos, nombró teniente de gobernador a Juan de Garay, el segundo fundador de Buenos Aires.

El nuevo adelantado Torres de Vera no pudo llegar a Asunción hasta 1587, y después hubo de irse a la Península a reglar su situación; le sucedió como teniente de gobernador Alonso de Vera, depuesto por el Cabildo en 1592, el cual designó al criollo Hernandarias de Saavedra, que fue confirmado por el virrey en 1597. Los gobernadores sucesores de Torres ni fueron a Asunción y Hernandarias ejerció la tenencia varias veces (1597-99, 1602-09 y 1614-18).

División de la gobernación

Decaía Asunción y crecía, en cambio, Buenos Aires; la importancia del puerto, la amenaza portuguesa por el contrabando y varias opiniones favorables ocasionaron que el rey, en 1617, dividiera la gobernación del Río de la Plata en dos, la del Guairá, que luego siguió llamándose Paraguay, y la de Buenos Aires o Río de la Plata, con los territorios actuales de Buenos Aires, Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Patagonia y Chaco, conservándose las jurisdicciones aparte de Tucumán y Cuyo. En 1620 se completaba la separación de Paraguay, fundando un obispado en Buenos Aires. En 1661 se fundó la Audiencia, pero se suprimió por entonces en 1671.

El siglo XVII

Pero la excelente situación de Buenos Aires para el tráfico quedó anulada por la creación en 1622 de una aduana en Córdoba, que impedía la importación de géneros más allá, salvo pago de un 50% de derechos, lo que esterilizó el desarrollo de Buenos Aires, aunque dio origen a un enorme contrabando; Buenos Aires podía tener comunicaciones directas con España, pero aquella medida inutilizaba la ventaja.

Primera vista conocida de Buenos Aires, pintada hacia 1628 por un holandés.
Primera vista conocida de Buenos Aires, pintada hacia 1628 por un holandés.

De esta época son de recordar las Ordenanzas de Francisco de Alfaro (1611), para evitar los abusos de la encomienda, sustituyendo el servicio personal de los indios por un tributo, pero con opción a seguir con aquel, por lo que continuaron los malos tratos.

Fueron continuas las luchas con los indios no sometidos, lo cual fue una causa de empobrecimiento de la gobernación de Buenos Aires; en la del Paraguay, por el contrario, florecieron las reducciones jesuíticas, aunque víctimas de los ataques de los bandeirantes brasileños.

En el Tucumán había más indios pacíficos y dedicados a la agricultura, pero los abusos provocaron la sublevación de calchaquíes y diaguitas de 1630 a 1635, y de nuevo la de los calchaquíes en 1657 por el supuesto inca Pedro Bohórquez, que la renovó después, siendo duramente reprimida en 1665 y ejecutado aquel en 1667. El sometimiento y la encomienda florecieron en el interior; en el litoral hubo pocas encomiendas y allí el indio era insumiso y hostil, constituyendo un constante peligro para la población blanca.

Se abandonaron algunas ciudades, como Concepción del Bermejo, y se fundaron otras, como Catamarca (1683-84), o se trasladaron de emplazamiento, como Tucumán (1685); algunas nuevas fundaciones —San Juan de la Rivera, Talavera— también desaparecieron.

Gobernadores ss. XVII y XVIII

Los gobernadores del s. XVII no dejaron, en general, buen renombre por sus abusos o malas condiciones o por las contiendas con la autoridad eclesiástica. El primero, al efectuarse la división de la gobernación, fue Diego de Góngora, que llegó en 1618 e hizo un empadronamiento, del que resultó haber 2.730 habitantes blancos y 4.899 indios sometidos; fue procesado como otros, por permitir el contrabando y por ilegalidades y murió en 1623.

Entre sus sucesores se destacaron Mendo de la Cueva y Benavides, que tomó posesión en 1637 y chocó con el obispo, que le excomulgó. Jerónimo de Lariz (1645-1653) hizo una visita a las misiones jesuíticas y fue también acusado y condenado, habiendo sido un pésimo gobernante. Alonso de Mercado y Villacorta tomó posesión en 1660; en su tiempo se fundó la primera y efímera Audiencia de Buenos Aires.

Las incursiones de los indios del Chaco provocaron expediciones de los gobernadores de Tucumán, como la dirigida en 1673 contra los mocovíes y en 1700-1701; luego contra los abipones, y las del gobernador Espinosa y Dávalos (1757-1764), que consiguió tenerlos a raya; en 1742 se hizo una paz con los tobas.

Bajo el gobierno de José de Garro en Buenos Aires surgió el problema de la colonia del Sacramento, fundada por los portugueses en 1680, que envenenaría las relaciones entre España y Portugal durante el s. XVIII y conduciría a la aparición como nación del Uruguay. Episodio de esta contienda fue la fundación de Montevideo por el gobernador Bruno Mauricio de Zavala, comenzada en 1724. Zavala (1717-1736) fue uno de los mejores gobernadores y tuvo que intervenir en el Paraguay con motivo de la revolución de los Comuneros.

Entre sus sucesores figura Domingo Ortiz de Rozas (1742), José de Andonaegui (1745-56), bajo quien exploraron Patagonia los jesuitas P. Quiroga y Cardiel y se fundó el gobierno político y militar de Montevideo, supeditado al de Buenos Aires (1751).

El tratado de Límites con Portugal provocó la sublevación de los indios traspasados a este o guerra guaranítica. Pedro de Cevallos tomó posesión en 1756 y sostuvo la guerra con Portugal, una vez más, por Sacramento, después de hacer evacuar los pueblos cedidos a Portugal por el referido tratado.

Le sucedió Francisco de Paula Bucareli (1766-1770), receloso y duro, que ejecutó la expulsión de los jesuitas, para lo cual fue en persona a las Misiones. En su tiempo los ingleses ocuparon las islas Malvinas y él los expulso en 1770, pero desaprobado por el gobierno español, que efectuó un acuerdo con Inglaterra, tuvo que devolverlas. Cevallos le acusó de robos y saqueos. En su época se estableció el correo marítimo con la Coruña.

Le sucedió Juan José de Vértiz, último de los gobernadores (1770-77); la lucha con los portugueses determinó la expedición de Cevallos, nombrado ahora virrey del Río de la Plata (1776), y ascendiendo de categoría política este país. Vértiz era ilustrado y en su tiempo se abre el teatro, una escuela de primeras letras, la casa de recogidas y el hospital de mujeres.

La Población

El indio sometido no abundaba, salvo en Tucumán y Cuyo; a la población criolla descendiente de los conquistadores y primeros pobladores fue uniéndose otra inmigrada, y al margen fue surgiendo otra rural, indisciplinada, rebelde, nómada, frecuentemente al margen de la ley, que vivía de la explotación del ganado silvestre, y que recibió luego el nombre de gauderios y después gauchos, no vistos entonces con el prisma romántico del s. XIX. Había también mestizos, con su inferior categoría; los negros, juzgados imprescindibles para el trabajo, se importaron en cantidad en el s. XVIII.

La población sedentaria puramente criolla prefería vivir en chacras y haciendas en el campo y los inmigrantes, gente modesta, iban a trabajar y enriquecerse, pero se dedicaban al comercio y rehuían los trabajos manuales, monopolizando los peninsulares los cargos públicos.

La Iglesia

Existió primero el obispado de Asunción y luego se creó el de Buenos Aires, como queda dicho. En 1570 se había fundado el obispado de Tucumán, con sede en Santiago del Estero, trasladada un siglo después a Córdoba; uno de sus primeros obispos fue fray Francisco de Vitoria, de origen converso, que llamó a los jesuitas; Fernando de Trejo, nieto de Juan de Sanabria, tercer obispo (designado en 1592) reunió un sínodo para tratar la conversión de los indios y de la reforma de las costumbres; se le atribuye la fundación de la universidad de Córdoba, aunque parece que no tuvo tal calidad. Destacó la labor evangélica del franciscano San Francisco Solano.

Dentro de la relajación de costumbres, fomentada por la dispersión de la población en territorios enormes, los frecuentes ataques indios y la vida sin orden de los gauchos, destaca la labor de los jesuitas, especialmente por sus esfuerzos por proteger y civilizar al indio.

Ellos regentaron la universidad de Córdoba, único centro superior de enseñanza en el actual territorio argentino, fundada en 1613, como Colegio Máximo, y en 1623 como universidad. La imprenta funcionó primero en las misiones del Paraguay y no se introdujo en la actual Argentina hasta 1761 en que la instalaron los jesuitas en el colegio de Montserrat en Córdoba, siendo llevada a Buenos Aires después de su expulsión.

La Economía

La agricultura, salvo la hierba mate en el Paraguay, cultivó plantas introducidas de Europa, como el arroz y la caña de azúcar, que llegaron a Asunción desde Brasil en el s. XVI; la vid ya elaboraba en 1573 en Asunción obtuvo 6.000 arrobas de vino y gran desarrollo en Cuyo. Hasta 1575 se habían introducido todas las plantas europeas, directamente o desde Brasil, Alto Perú y Chile, respectivamente al Paraguay, Tucumán y Cuyo.

La fundación de ciudades creó otros tantos focos agrícolas y así fue un punto de difusión Santiago de Estero, pues de allí salieron muchos de los pobladores. En Tucumán la agricultura se basó en los siglos XVI y XVII en el cultivo del algodón, que incluso se exportaba, tanto que a fines del XVI esa región vendía tejidos a Potosí por 100.000 pesos anuales, enviándolos luego también a Brasil y Buenos Aires; pero era una causa de opresión del indio y decayó, sin llegar a desaparecer, en el s. XVII, al disminuir los indios y por el desarrollo de la ganadería lanar.

La vid de Cuyo (Mendoza) servía para exportar vino a Buenos Aires y Córdoba. En esta última comarca la agricultura era más variada e intensiva, con abundancia de granjas, pero en el siglo XVII se desarrolló más la ganadería. Desde luego se cultivaba trigo, aunque no en la grandísima proporción en que se ha hecho modernamente, pues el clima se prestaba mejor que en la mayoría de los demás países americanos. Se cultivaba en la campiñas de Buenos Aires y Santa Fe, peo no siempre en cantidad suficiente.

La actividad más importante en Río de la Plata fue la ganadería. Los caballos huidos de la expedición de Mendoza originaron grandes manadas de caballos cimarrones o silvestres en las pampas; Cabeza de Vaca llevó asnos y aparecieron así los mulos.

En el Norte los caballos fueron introducidos por la expedición de Diego de Rojas (1542) y otros por Núñez de Prado (1550). Las vacas llegaron al Paraguay desde el Brasil en 1555; Felipe de Cáceres, teniente de gobernador de Asunción, trajo otras de Santa Cruz de la Sierra (1558) y se extendieron con las nuevas ciudades.

La vaca daba carne y el buey sirvió para el trabajo y el transporte, desarrollándose ya a fines del XVI el tráfico con carretas, comunicando las ciudades interiores o con Buenos Aires, tipo de transporte que sería típico y de gran importancia en aquellos países. En cambio Tucumán y Cuyo tuvieron una economía más estancada, y el segundo casi cerrada por su pobreza, aunque con las excepciones dichas.

En el llamado Litoral oeste de la actual Argentina, la ganadería caballar y la vacuna se reprodujo en cantidades gigantescas en estado salvaje, extendiéndose por las Pampas y Entre Ríos; carecía de valor hasta el s. XVIII en que por los asientos con Inglaterra y Francia se valorizaron los cueros y aumentaron las vaquerías o caza de reses solo para obtener el cuero, añadiendo después el sebo, y el tasajo o cecina, o para domesticarlas en las estancias.

Los gauchos mataban caprichosamente reses para comer, aprovechando una mínima parte, y, entre unas y otras causas, se practicó una matanza bárbara y sin freno que casi extinguió el ganado cimarrón, notándose ya su escasez hacia 1718.

Se desarrollaron las estancias a costa de la agricultura, limitada a las cercanías de los pueblos, e incompatible con la ganadería por la falta de cercas. Aumentó la exportación de cueros desde 1778 y se dio una legislación protectora del ganado para evitar las matanzas excesivas. A fines del s. XVIII decaía la ganadería por las irrupciones de los indios, las sequías y el desenvolvimiento de la agricultura —que no se deseaba, pues daba más trabajo y menos rendimiento— y exigía brazos que escaseaban.

A fines del XVIII igualmente se fomentó la exportación de salazones, que intentó proteger el rey marqués de Loreto, facilitando la traída de sal, surgiendo fábricas que exportaban carne salada a España y Cuba.

El aislamiento impuesto por la legislación de la metrópoli tuvo un aspecto positivo, pues fomentó forzosamente la producción de artículos necesarios y el comercio provincial, desenvolviéndose una modesta industria local, y no obstante, el contrabando, se daba un balance favorable, dada la escasa importación, y una acumulación de ahorro.

El Libre Comercio de 1778 primero y la independencia, al abrir sin restricciones el mercado argentino a Inglaterra, arruinaron las industrias locales, especialmente la textil y vinícola.

El comercio exterior había quedado muy restringido por la medida citada realizada en beneficio del comercio peruano, pero que fomentó en cambio el contrabando; la política más abierta de los Borbones permitió un desarrollo intenso y rápido, iniciado por las licencias a ciertos traficantes o navíos de registro con facultad de importar hasta Charcas y Chile y conducir géneros de retorno, siempre con protestas, cada vez menos oídas, del Consulado de Lima.

Un asiento de negros impuesto por Inglaterra en Utrecht en 1713 comenzó a funcionar en Buenos Aires en 1715 con una amplia factoría y grandes facilidades, convirtiéndose en gran foco de contrabando, pero importó mucho negro, que dio impulso al trabajo, falto de mano de obra, y fomentó la exportación de cueros, en cantidades crecientes, haciendo aumentar el tráfico, proporcionando riqueza a los estancieros y desarrollando la economía en forma muy visible.

Insuficientes los cueros por su baratura para el intercambio de esclavos y de mercancías se pagaron unos y otras en oro y plata clandestinamente, a pesar de las medidas oficiales prohibitivas.

La minería careció de importancia y así el carácter económico dominante en el Río de la Plata sería ganadero y agrícola, con sus repercusiones sociales, formándose una sociedad en gran parte rural, sin aristocracia, escasez de indios y de negros, predominio blanco, de nivel modesto en general, más igualitaria que en otros países de más esplendor económico, con la masa indisciplinada de los gauchos, con focos aislados de poblamiento por la gran extensión del país, la escasez de población y dificultad de comunicaciones, surgiendo así el germen de la futura rivalidad de campo y ciudad, provincia y capital, patriciado y masa, provincianos y burguesía urbana y mercantil de Buenos Aires.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 334-337.

Virreinato Río de la Plata

Causas de la creación

El último virreinato creado en América es el de Buenos Aires. Emilio Ravignani, en el Cap. I del tomo IV de la Historia de la Nación Argentina, de Levene, al estudiar este virreinato señala las causas de su creación, lo que completa Octavio Gil Munilla en el libro El Río de la Plata en la política internacional-Génesis del virreinato (Sevilla, 1949).

Las causas externas debidas a preocupaciones fronterizas, a la vecindad de los territorios portugueses del Brasil, al fracaso del tratado de límites de 1750 y más concretamente al incremento de fuerzas en el virreinato portugués y a los rozamientos que había ocasionado la colonia de Sacramento, la isla de Martín García, Río Grande de San Pedro y los territorios de las misiones.

La pugna por Sacramento envenenaba constantemente las relaciones entre España y Portugal, provocando guerras en el Río de la Plata, repercusión en las europeas en que intervenían ambas naciones, en las que casi invariablemente España conquistaba la colonia de Sacramento, pero la devolvía con la paz.

La tenacidad con que Portugal mantenía su posesión se debía a la presión de Inglaterra, interesada en que Sacramento continuase siendo un enorme foco de contrabando con amplia penetración en gran parte de la América del Sur española. Otros peligros exteriores con otros países; principalmente con Inglaterra, por temor a sus ataques marítimos, aconsejaban fortalecer las plazas y vigilar las costas y mares, organizando fuerzas marinas y terrestres.

Las causas internas fueron el aumento de la población, que si fue muy lento durante el siglo XVII, a mediados del XVIII se intensificó, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, que de 10.000 habitantes en 1744 tiene ya 24.000 en 1778.

La abundancia y baratura de mantenimientos, carne sobre todo, y las incipientes industrias que se forman en torno a la ganadería desde carnes saladas, sebo, lana de vicuña y curtiembres, hasta la pesca de ballena y fábrica de xaletinas, contribuyeron a este incremento de población.

La necesidad de reducir a los indios que dificultaban las explotaciones pecuarias y las comunicaciones; la incomodidad de acudir con las apelaciones a Charcas, exigía la creación de una Audiencia, y la demora con los asuntos políticos y administrativos al llevarlo al superior Gobierno de Lima, imponía una solución más eficaz.

La creación del virreinato

No fue improvisada la creación del virreinato, pues fue objeto de estudio y de informes, como el favorable del fiscal de la Audiencia de Charcas, Álvarez de Acevedo, aprobado por la misma, el del virrey del Perú Amat y el del gobernador del Plata, Vértiz. La creación fue decidida por la guerra limitada entre España y Portugal en aquella región (1773-1776), combinada al final con un objetivo preventivo, el de evitar que Portugal entrase al lado de Inglaterra en la guerra que se preveía con esta con motivo de la sublevación de sus colonias en América del Norte.

Se decidió el envío de una gran expedición que resolviese de una vez el problema de Sacramento y de las regiones adyacentes, incluso el resto del Uruguay y Río Grande, y que se encomendó a don Pedro de Cevallos.

La creación del virreinato del Río de la Plata se hace de modo provisional por Real Cédula de 1-VIII-1776 y a favor de don Pedro de Cevallos con mando en las provincias del Río de la Plata —que eran las de Tucumán, Buenos Aires y Paraguay— y además la provincia de Cuyo, que pertenecía a Chile, y los territorios de la Audiencia de Charcas, que eran los de Potosí y Santa Cruz de la Sierra.

Se segrega así el territorio de la actual Bolivia de su conexión histórica, étnica y económica con el Perú, al que había estado unida hasta entonces para hacerla gravitar hacia el lejano Buenos Aires. Respondió a petición del mismo Cevallos, que quería así disponer de los metales preciosos que suministraba abundantemente Charcas y de que carecía el Río de la Plata.

La medida parecía provisional y realizada con motivo de la guerra, pero Cevallos organizó el nuevo virreinato de la forma más definitiva posible, en el aspecto económico, contando con facultades amplísimas delegadas. Al crearlo se aseguraba la defensa, se evitaba una ruta terrestre de invasión interior, se vigilaba el Atlántico meridional y se podía poco después emprender en buenas condiciones la lucha con la Gran Bretaña.

Reunía el nuevo virreinato territorios muy extensos, distintos y de diversa economía y régimen jurídico, pues Charcas poseía Audiencia —que continuó— y el Plata hasta entonces no. Se soldarían más esos países, como se vio en la crisis de 1810 y del subsiguiente periodo de la Emancipación, en que se rompería esa superficial unicidad, pese a los esfuerzos de Buenos Aires por conservarla.

Cevallos llegó con la mayor expedición enviada hasta entonces por España a América con 115 embarcaciones y 19.000 hombres entre tripulación y tropas con los que tomó Santa Catalina y Sacramento en una victoriosa campaña que fue suspendida por el tratado de paz de San Ildefonso (1-X-1777), completado por el definitivo de el Pardo (24-V-1778), conservando Portugal Río Grande.

Cevallos se hizo cargo del gobierno en 1777 entregándoselo a Vértiz, último de los gobernadores, que debía continuar con este cargo aunque a las órdenes del nuevo virrey, pero este, enemigo suyo, se lo ocultó. Cevallos se apresuró a organizar el virreinato durante su breve gobierno. Cesó en 1778, sucediéndole Vértiz, ahora como virrey, cargo que ejerció hasta 1783.

El virreinato se consolida definitivamente con el nombramiento de virrey de don Juan José Vértiz, pero separando de las funciones gubernativas virreinales las de la Real Hacienda, que pasan a un superintendente.

Hay una tentativa de supresión de este virreinato provocada por el virrey del Perú, el caballero Croix, que fracasa. La anexión del Alto Perú al virreinato del Plata perjudicaba grandemente al Perú, privándole de sus recurso metálicos, tanto más que se prohibió su extracción hacia Lima para encaminarlos exclusivamente a Buenos Aires para asegurar los medios de pago, lo cual hirió duramente al comercio limeño, afectado además por la facultad de introducir mercancías en regiones monopolizadas hasta entonces por los comerciantes de Lima.

El Perú sufrió las consecuencias y hubo muchas quejas, baldías, pues el gobierno español estaba decidido a mantener y favorecer por todos los medios el nuevo virreinato. Además Perú había sido exprimido sin contemplaciones en dinero últimamente para subvenir a la expedición y a la instalación del virreinato del Plata. (V. sobre este problema C. Céspedes del Castillo, Lima y Buenos Aires. Repercusiones económicas y políticas de la creación del virreinato del Plata, Sevilla, 1947.)

Rasgos de la época virreinal

Caracterizan este periodo virreinal, por una parte, medidas administrativas, unas de carácter general en todas las Indias, como el establecimiento de las intendencias y el comercio libre; y otras particulares, como la creación de la Audiencia y del Consulado de Comercio y la organización del correo y los males endémicos específicos, como los derivados de la proximidad de las colonias portuguesas, de la ocupación por los ingleses de las Malvinas y los ataques ingleses al Río de la Plata en 1806 y 1807.

Los virreyes y los nuevos organismos

Cevallos promulgó el reglamento del Libre Comercio (1778) y en 1777 ya había decretado la libre internación, que permitía comerciar con todo el interior desde Buenos Aires, anulando la barrera de Córdoba. La prohibición citada de llevar metales preciosos a Lima desvió el eje Potosí-Lima-Panamá a Buenos Aires; para satisfacer a Lima se le concedió un porcentaje reducido sobre los metales que salían de Buenos Aires y Montevideo, consistentes en 1,75% en la plata y 0,5% en el oro, aún reducido en 1972 a uno y un cuarto por ciento respectivamente.

Vértiz fue el virrey que más se preocupó por la cultura, fundando el Colegio Real de San Carlos, construyendo el teatro de Buenos Aires y facilitando el establecimiento de la primera imprenta.

La vida virreinal está vinculada a la personalidad de los sucesivos virreyes (Cevallos, Vértiz, Del Campo, Arredondo, Melo de Portugal, Olaguer, Avilés, Del Pino, Sobremonte, Liniers, Hidalgo de Cisneros y Elío), que comprende treinta y cuatro años durante los que se implantan los principales organismos de todo orden, Comprendía el virreinato la región de Puno, en Charcas, pero en 1787 pasó a depender en lo judicial de la Audiencia de Lima, para atender a los problemas de los indios; y en 1796 fue incorporado al virreinato peruano.

La Aduana se creó en Buenos Aires en 1778. En 1782 se introduce el sistema de Intendencias y su reglamento es el que se aplica en toda América salvo el de México, las intendencias en que se dividió el virreinato fueron las de Buenos Aires —cuyo titular era superintendente general—, Salta, Asunción, Córdoba, Cochabamba, La Paz, La Plata (Chuquisaca) y Potosí; había, además, los gobiernos subordinados de Montevideo, y Misiones, y Moxos y Chiquitos: la intendencia de Puno queda dicho que pasó al Perú.

En 1782 se creó de nuevo la Audiencia de Buenos Aires, inaugurada en 1785, subsistiendo al mismo tiempo la antigua de Charcas. Tras largos trámites se creó en 1784 el Consulado de Buenos Aires, con jurisdicción sobre todo el virreinato en su competencia, y para evitar conflictos por el predominio de intereses se dispuso que se formara por igual de comerciantes y hacendados; el secretario fue el futuro patriota Belgrano.

Lo único que no se consiguió a pesar de los esfuerzos, incluso de virreyes, fue la Universidad de Buenos Aires; pero existían dos en el virreinato: la de Chuquisaca y la de Córdoba, confiada esta a los franciscanos después de la expulsión de los jesuitas, pero sin estudios de Derecho que habían de cursarse en la otra.

Vértiz introdujo la imprenta en Buenos Aires, utilizando la de los jesuitas en Córdoba; en su tiempo se establece el Protomedicato colocándose al frente al doctor Miguel O´Gorman. Él y sus sucesores fundaron varias entidades de caridad y mejoraron el aspecto edilicio de la capital, con verdadero interés por mejorarla.

La población de Buenos Aires era, en 1778, de 24.083 habitantes blancos y 7.986 de color; en su campiña, 12.926 (9.788 y 3.183, respectivamente). En 1810 se calculaba la población de la capital en unos 50.000 seres, pero el censo de ese año solo dio 41.642. Se fundaron nuevas poblaciones, pero fracasó un intento de colonizar en la costa patagónica.

El virrey Avilés sostuvo en cuanto a los pueblos de indios guaraníes la conveniencia de suprimir la encomienda y la comunidad de la propiedad, concediéndoles libertad y propiedad individual. Pero los tratados con Portugal y nuevas guerras con este hicieron perder a Río de la Plata nuevos territorios en la región de Misiones.

La Economía. El Comercio

La economía de esta época siguió las líneas generales de la anterior, pero con un visible impulso en todos los ramos, especialmente en el comercio. La Libre Internación —extendida en 1778 a todos los pueblos habilitados de Sudamérica, a Chile y Perú— y la libertad de comercio —con España y posesiones españolas— dieron un avance considerable y perceptible en muy poco tiempo al tráfico; en 1791 se permitió el libre tráfico de negros; en 1795, la dificultad de comerciar con España por la guerra obligó a permitir el libre comercio con colonias extranjeras, trayendo productos de ellas distintos de los españoles.

Al año siguiente la guerra con Inglaterra aumentó las dificultades y hubo que permitir el comercio con neutrales, con restricciones (1797): géneros no prohibidos, en buques neutrales y obligación de retorno a puertos españoles, lo que era muy difícil de cumplir; sin embargo, se aprovecharon en especial los Estados Unidos, y aunque se suprimió esa libertad al acabar la guerra en 1802, vino a continuar hasta 1806 con varios pretextos.

Los efectos del libre comercio se notaron enseguida: se calculaba la exportación anual de cueros antes en 150.000; subió rápidamente a 800.000 y después de 1783 a más de un millón, aparte de la exportación clandestina con sus abusos y fraudes que ocasionó una legislación para impedirlos.

Sin embargo, decaía la ganadería por los ataques indios, las sequías, los robos —hubo que dar disposiciones contra los cuatreros y ladrones—, el aumento de tierras cultivadas a expensas de los pastos y las matanzas desenfrenadas, tanto que a fin de siglo se calculaba el ganado cimarrón solo en 6.500.000 reses, en lugar de los muchos millones que debían existir a su comienzo.

También se exportaban salazones —que activó el virrey Lorete—, curtidos y sebos. En las llanuras centrales y Córdoba se criaban muchas mulas para llevarlas al Perú y Charcas.

Agricultura e industrias

La agricultura estaba menos protegida que la ganadería; escaseaban los brazos, resultaba más cómodo el trabajo del pastor —había que reclutar, por la fuerza, hombres para la cosecha— y el Cabildo de la capital tenía interés por mantener el pan barato. La Representación de los Labradores en 1793 proponía la libre extracción de harina si llegaba el precio a 32 reales la fanega; la libre entrada de negros en 1791 había tenido por objeto el fomento de la agricultura.

Otros informes importantes fueron el del administrador de la Aduana Ángel Izquierdo, partidario del total libre comercio, y la famosa Representación de los Hacendados de 1809, redactada por Mariano Moreno, en que abogaba asimismo por la plena libertad comercial.

También era partidario de la libertad económica Belgrano, en sus Memorias como secretario del Consulado, defensor, además, como fisiócrata del desarrollo de la agricultura, en contra de la opinión dominante, como se ha dicho, en un país de pastores. La minería del Alto Perú fomentó para su abastecimiento la agricultura del norte e interior argentinos.

Ya se mencionó el desarrollo de industrias locales, limitado, pero útiles y con cierto desenvolvimiento: vino, tejidos, zapatos, carretería, construcción naval, que resultaron algunas perjudicadas por el libre comercio, sobre todo cuando se introducían géneros extranjeros, y que resurgían en las épocas de limitación del tráfico por las guerras; destacaban en Tucumán, Corrientes, Catamarca y Córdoba.

A fines del s. XVIII aparecen gremios en Buenos Aires, como el de plateros y zapateros, pero alcanzaron, en general poco desarrollo. Se desarrolló la pesca en la costa patagónica y floreció la de lobos marinos, pero no tuvo éxito la caza de ballenas.

La Cultura

En el aspecto cultural, a lo dicho antes, cabe agregar, las tentativas del Consulado por nuevas enseñanzas útiles, realizando las Escuelas de Náutica y Dibujo fracasadas por varios motivos y no por la oposición de la metrópoli.

Al comenzar el s. XIX aparecieron los primeros periódicos: Telégrafo Mercantil (1801) y Seminario de Agricultura (1802) dirigido el primero por Francisco A. Cabello y Mesa y el segundo por Hipólito Vieites; ambos contaron con la colaboración del futuro grupo patriota y procuraron el fomento de la economía con criterio de libertad.

Ejercieron influjo cultural las Comisiones de Límites con los territorios de Portugal, formadas por militares y marinos, hombres de ciencia a la par, como Azara, Diego de Alvear, Pedro Antonio Cerviño y otros, cuya tarea e ideas tuvieron cierta resonancia en los medios cultos fuera de su misión estricta. (V. las obras sobre cada aspecto de la cultura colonial argentina del padre G. Furlong Cardiff, reveladoras de su desarrollo.

Consecuencias del régimen virreinal

El virreinato, al acentuar la prosperidad de Buenos Aires, puerto casi único —pues solo tenía la competencia de Montevideo— le dio un marcado predominio sobre el resto del pa ís, cuyo eje económico era la línea Buenos Aires-Charcas, que sustituyó a la fluvial del Paraná hacia la Asunción, país el paraguayo de menos recursos, y ruta que terminaba en las soledades del Matto Grosso, y del Chaco.

Prevalecería la burguesía bonaerense, y en ella el grupo de los hacendados, preocupada por la libertad de comercio, liberal, abierta a novedades, culta, aunque de carácter algo advenedizo; el interior ofrecía fuerte oposición al predominio norteño, aunque el resto de la actual argentina —excepto Charcas— no ofrecía una brillante tradición colonial, como las de México o Perú, salvo Córdoba, donde hubo más desarrollo cultural y artístico.

La properidad económica, sobre todo la de Buenos Aires, la formación de un núcleo, imbuido de ideas liberales, la conciencia de madurez de la nueva nacionalidad dirigirían rápidamente la etapa virreinal hacia la independencia para la cual por su visible desenvolvimiento en algunos aspectos parecía el Río de la Plata más preparado que otros países.

La misma jurisdicción virreinal, la antigua unión —dice Ravignani—, forma durante diez años, después de la revolución de Mayo, las Provincias Unidas del Río de la Plata; factores internacionales, de política interna y de índole económica, resquebrajaron esa antigua unión y dieron nacimiento a cuatro países independientes entre sí, quedándole a nuestra República Argentina la parte territorial más importante y la capital de la vieja división político-administrativa

Estos cuatro países independientes fueron: Argentina, Bolivia (Charcas), Paraguay y Uruguay. Eran países muy dispares, y el virreinato no duró lo bastante para soldarlos mejor, pero Buenos Aires durante esa época actuó como centro de gravitación y mientras no sobrevino la crisis, pudo funcionar como centro gravitatorio.R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José-EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 337-341.

Argentina [Nombre]

Origen del nombre

Un reciente estudio de Ángel Rosenblat Argentina-Historia de un nombre, Buenos Aires, 1949) da los datos precisos para conocer el origen, aceptación y consagración de este nombre. Arranca del poema de Martín del Barco Centenera Argentina y conquista del Río de la Plata..., que, en vista del éxito de la Araucana de Ercilla, publicó en Lisboa en 1602, en cuyo texto no se encuentra el nombre gentilicio ni el nombre moderno del país, sino tan solo el adjetivo; pero ni aun este logra vida propia.

El país se denomina Río de la Plata o Gobernación de Buenos Aires. Poco después de Centenera adoptó el mismo nombre como título de su crónica el historiador criollo Ruy Díaz de Guzmán en su obra La Argentina. Historia del descubrimiento, conquista y población del Río de la Plata, escrita en 1612, pero que permaneció inédita hasta el s. XIX.

Es otro poeta, Vicente López, en su Triunfo argentino, cantor de la revolución, quien divulga y pone en uso el adjetivo argentino aplicado a muchas calificaciones y muy especialmente a la Nación Argentina, y otro poeta, Domingo de Azcuénaga, emplea en un soneto, por primera vez, con intención poética y no política, la denominación de República Argentina.

Hasta 1826 no adquiere este nombre carta de naturaleza política, cuando se sanciona la Constitución de la República Argentina. Desde ese momento —dice Rosenblat—, el Congreso, el Ejecutivo Nacional, la Junta Provincial y todo el periodismo político usan con enorme profusión República Argentina, Nación Argentina, la Argentina, etc.; pero aun así sigue empleándose fuera y dentro del país Confederación argentina, hasta que la generación romántica y, oficialmente, la Constitución de 1860, fijan el uso y consagran oficialmente la denominación de República Argentina.R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, pág. 341.

La Independencia

Formación de la Junta de patriotas

La rivalidad entre criollos y peninsulares se agudizaba aquí por el antagonismo entre hacendados —los primeros—, partidarios de la libertad de comercio para exportar los productos del país, y los comerciantes españoles, sostenedores del monopolio de su patria.

Los criollos habían adquirido conciencia de su fuerza con la reconquista de Buenos Aires a los ingleses (1806) y su defensa en 1807, la destitución del inepto virrey Sobremonte y su sustitución por Liniers, hechos que daban orgullo y confianza; se había formado un ejército local por tales circunstancias y existía un núcleo urbano culto, imbuido de ideas del s. XVIII, y en parte también populistas de raigambre escolástica, partidario de la independencia o de una amplia autonomía y de disponer de los destinos del país y del libre comercio, el cual se había manifestado en el Consulado, en la incipiente prensa, en la exaltación de Liniers, y que estaba en espera de ocasión favorable para sus propósitos.

No la hubo hasta 1810, y entre tanto se pensó en utilizar a la infanta Carlota Joaquina, refugiada en Brasil con la familia real portuguesa, quien no aceptó al percibir el tono revolucionario de sus partidarios, como Saturnino Rodríguez Peña.

Liniers rehusó reconocer a José Bonaparte, pero quedó sospechoso ante los españoles patriotas, como Francisco Javier Elío, gobernador de Montevideo, quien creó una junta semejante a las de España, y se intentó derribarle del cargo, sosteniéndole los criollos, que a su vez rodearon luego al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (VII-1809); este, por su sugestión, abrió el puerto al libre comercio y permitió el célebre alegato de Mariano Moreno Representación de los hacendados, de tono económico y político.

El momento buscado por los revolucionarios que conspiraban incesantemente fue, como en otros países americanos, el de la desaparición de la Junta Suprema por la invasión de Andalucía por los franceses, negándose a reconocer a la Regencia.

La debilidad del virrey y la decisión de los jefes criollos Cornelio Saavedra, comandante de las milicias de patricios, Manuel Belgrano y otros, impusieron un Cabildo abierto el 22-V-1810, en que predominaron los elementos separatistas, acordándose la formación de una Junta y el cese del virrey, alegándose la inexistencia de gobierno en España, y también la convocatoria de un congreso general.

El Cabildo, donde predominaban los leales, nombró la Junta con el virrey como presidente, rechazándola los revolucionarios, apoyados por las turbas diestramente agitadas, y el 25 de mayo impusieron su golpe de Estado, formándose una junta de solo patriotas, presidida por Saavedra, aunque en nombre de Fernando VII por disimulo.

Constituyeron además la primera Junta gubernativa Moreno y Juan José de Paso, como secretarios; Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Alberti, Miguel Azcuénaga, Domingo Matheu y Juan Larrea. Moreno y Castelli formaban en el grupo de tendencias más avanzadas, influidos por la Revolución francesa; el primero publicó una traducción del Contrato Social de Rousseau.

A partir del 25 de mayo el Río de la Plata fue de hecho independiente, aunque la proclamación oficial se retrasara más que en otros países americanos, pero fue también el único —junto con el Paraguay— en que no hubo reconquista española.

Los principales problemas planteados a la revolución argentina eran la resistencia a la oposición española, la relación con las provincias, la organización política, la reconstrucción del territorio del virreinato y el peligro portugués.

La Resistencia españolista

La resistencia españolista interna fue de escasa importancia: desde el primer momento, a pesar de la falsa adhesión a Fernando VII, el objetivo bien comprendido por ambos bandos, era la plena emancipación; pero, aceptada la revolución por las provincias o impuesta, la oposición leal fue aplastada por la ejecución del exvirrey Liniers, del intendente de Córdoba, Juan Gutiérrez de la Concha, del coronel Santiago Allende y otros dos funcionarios, en Cabeza del Tigre (26-VIII-1810) por Castelli e instigación de Moreno, partidario del terror y más tarde por la del antiguo primer alcalde Martín de Alzaga, héroe de la resistencia a los ingleses (1812).

Sin embargo, eran más peligrosos los focos realistas de Montevideo, gobernado por Elío, y del Alto Perú o Charcas, mandado por José Manuel de Goyeneche. Para atacar este y el Paraguay y extender la revolución a todo el antiguo virreinato, se organizaron inmediatamente expediciones militares; la del Alto Perú —país muy diferente geográfica y socialmente del Río de la Plata, no obstante su unión a este en 1778— fue encomendada a Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y Antonio González Balcarce, y a poco a este y Castelli, que vencieron en Suipacha (7-XI-1710) y extendieron la revolución al Alto Perú.

Pero los excesos del ejército desacreditaron allí al gobierno de Buenos Aires, y el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, que había reincorporado el país a su virreinato en 1809, a raíz de la primera sublevación, envió a Goyeneche, que derrotó a los argentinos en Guaqui (20-VI-1811), perdiéndose definitivamente este territorio para la Argentina, a pesar de posteriores e ineficaces invasiones; a su vez las irrupciones realistas en la Plata carecieron de éxito.

Manuel Belgrano
Manuel Belgrano, líder político, comandante militar y creador de la bandera argentina.

Así, Belgrano rechazó la de Pío Tristán en la batalla de Tucumán (24-IX-1812) y en Salta (20-II-1813), pero su invasión del Alto Perú fue derrotada por Joaquín de la Pezuela en Vilcapugio y Ayohuma (1813); una tercera invasión, por José Rondeau, terminó desastrosamente en la batalla de Sipe-Sipe o Viluma (28-XI-1815).

No fue más afortunado el intento de incorporar el Paraguay, cuya vida aislada y particularista le inclinaba a no fundirse con el Río de la Plata, a pesar de haber estado siempre unido a él; la expedición de Belgrano fue derrotada en Paraguarí (19-I-1811) y Tacuarí (9-III), y hubo de retirarse por un acuerdo; pero el ejemplo cundió y poco después el Paraguay se emancipó igualmente, pero independientemente de la Argentina.

Peligroso fue también el foco de Montevideo, pero en 1811 sublevó el país uruguayo el caudillo José Gervasio Artigas y paralizó al acción española, quedando Montevideo cercado por un largo sitio, interrumpido una primera vez por un acuerdo entre Elío y la Junta (20-XI-1811); pero Gaspar Vigodet, sucesor de Elío, reanudó la guerra en enero de 1812, y el sitio, el rioplatense Rondeau con Artigas, que no mantenía muy buenas relaciones con Buenos Aires; en 1814 tomó el mando Carlos María de Alvear, secundado por el almirante Guillermo Brown, e hizo capitular Montevideo (23-VI-1814).

La Organización de la primera Junta

La organización fue más difícil, y en realidad apenas se logró por el antagonismo de Buenos Aires y las provincias, y del federalismo y la tendencia unitaria, resultando una extrema inestabilidad de los gobiernos y la aparición del caudillaje.

Los patriotas se habían opuesto ya en el Cabildo del 22 de mayo a la convocación de un Congreso, pues en las provincias no existía el mismo ambiente que en la capital y sus cabildos no participaban en el espíritu revolucionario; por ello y por mantener la preponderancia de la oligarquía burguesa bonaerense, basada en la absorbente hegemonía económica del puerto, tendía esta a excluir a las provincias de la dirección, surgiendo como reacción un agudo federalismo, sostenedor de la autonomía provincial y cuyo representante más enérgico fue Artigas.

Los caudillos vinieron después a encarnar el espíritu autonómico y particularista de las provincias. Los federales formaron un partido más democrático y republicano, apoyado en masas incultas; los unitarios en general eran gente burguesa, ilustrada, culta, liberal y con tendencias monárquicas en muchas de sus principales figuras: Belgrano, Rivadavia, San Martín, Pueyrredón. Las consecuencias de la pugna fueron la anarquía y la desorganización.

La primera junta entabló relaciones con Inglaterra, Chile y Brasil, y a petición de Gregorio Funes, deán de Córdoba, admitió dentro de ella a los diputados de las provincias elegidos para el futuro Congreso, que se acordó, al fin, el 25 de mayo. Disconforme Moreno con ello y con la tendencia conservadora de Saavedra, dimitió y fue enviado a Europa en misión diplomática, pereciendo en el viaje (1811); sus partidarios fueron expulsados de la Junta por un motín, que aseguró por el momento la autoridad a Saavedra (6-IV-1811).

Se había autorizado en las provincias la formación de juntas presididas por gobernadores. La derrota de Guaqui causó la caída de Saavedra —el héroe del 25 de mayo— y la disolución de la Junta, sustituida por un Triunvirato (23-IX-1811), con Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Paso, siendo uno de los secretarios Bernardino Rivadavia, verdadero jefe del nuevo Gobierno.

Los diputados provinciales formaron una Junta de Observación, pero pronto fue disuelta. Dio el Triunvirato medidas liberales, pero se desprestigió por su conducta y por haber querido evitar la batalla de Tucumán, y fue derribado por otro motín (8-X-1812), promovido por José de San Martín y Alvear, recién llegados de España para incorporarse a la revolución, por Bernardo Monteagudo y otros exaltados miembros de las sociedades secretas y patrióticas.

Se formó un segundo Triunvirato Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Juan Álvarez Jonte), que convocó elecciones para una Asamblea Constituyente, reunida en 1813, que no llegó a promulgar una constitución, pero consolidó la independencia de hecho, sin declararla abiertamente; restringió la esclavitud y abolió la mita, las encomiendas y los títulos de nobleza, acentuando el republicanismo y la igualdad y la tendencia unitaria; pero rechazó a los diputados uruguayos enviados por Artigas, que exigía la plena independencia, la república y la confederación, dejando así casi independientes a las provincias; hecho que agudizó la separación entre Artigas y el gobierno de la Provincias Unidas, como se llamaba a la sazón el Estado argentino.

Se acordó sustituir el Triunvirato por una autoridad única, un Director Supremo, siendo el primero el mediocre Gervasio Antonio Posadas (31-I-1814), que proscribió a Artigas, favoreció a Alvear y envió a Belgrano y Rivadavia a Europa, donde ya estaba Sarratea, para conseguir el reconocimiento de la independencia y la implantación de una monarquía constitucional, pero fueron inútiles las gestiones con Fernando VII, recién vuelto a España, y con el destronado Carlos IV para coronar a su hijo Francisco; se trataba de evitar la disgregación y la anarquía y la hostilidad de la Santa Alianza y de España, ya terminada su guerra con Francia.

Alvear, después de la toma de Montevideo, se adueñó del cargo de Director, y por medio de Manuel José García solicitó el protectorado inglés, por los mismos motivos de la gestión de Posadas. Pero contra su ambición se pronunciaron los principales jefes militares y cayó (15-IV-1815), interrumpiéndose la continuidad gubernamental; se trataba de una reacción federalista.

Se disolvió la Asamblea, y el Cabildo de Buenos Aires y una nueva Junta de observación convocaron un congreso nacional y se nombró entre tanto Director a Rondeau, e interinamente a Álvarez Thomas, pronto caído por otro pronunciamiento.

También se acordó dejar en libertad a las provincias para regirse y designar sus gobernadores, inaugurando un régimen federal y de caudillos. La situación era grave, pues coincidía con el desastre de Sipe.Sipe. El Congreso se abrió en Tucumán el 24-III-1816 y eligió Director a Juan Martín de Pueyrredón.

La Proclamación de Independencia

El 9-VII-1816 fue proclamada la independencia argentina, existente de hecho desde 1810, sobre cuya proclamación influyó mucho San Martín, apartado personalmente del Gobierno y consagrado desde su gobernación de Cuyo o Mendoza a preparar su expedición a Chile.

Belgrano y muchos miembros eran favorables a la monarquía, pero no se tomó decisión alguna, aunque se teatralizaron nuevas gestiones para llevar un príncipe portugués o italiano; el Congreso se trasladó a Buenos Aires donde redactó (1819) una constitución republicana, pero unitaria, centralista y autoritaria, la cual provocó una violenta reacción federal, democrática, antimonárquica y caudillista, que dio al traste con el Congreso (1820).

En 1819 había dimitido Pueyrredón, sucediéndole Rondeau, quedando desorganizada la nación por entonces, sueltas las provincias, sin Gobierno supremo, triunfantes los caudillos y habituales ya las guerras civiles; por esta disolución habría de retrasarse muchos años la organización política definitiva y la solución del conflicto entre la capital y las provincias, con la implantación del régimen federal.

No obstante tal estado de cosas, la independencia estaba consolidada en 1820: San Martín había realizado su genial plan de atacar indirectamente el foco españolista del Perú. Se apartó intencionadamente de las luchas políticas, y desoyendo los llamamientos de socorro que algunos Gobiernos le dirigieron, con su ejército y algunos patriotas chilenos, como O´Higgins (la reconquista española de Chile en 1814 retrasó su plan) cruzó los Andes (1817) y Maipú (1818), que emanciparon a Chile.

En adelante, San Martín se convierte, como Bolívar, en un caudillo sudamericano y no solamente argentino. Con tropas argentinas y chilenas y una flota realizó la invasión del Perú, en 1820, una vez que el último peligro de invasión española que amagaba al Río de la Plata se disipó cuando la sublevación de Riego —el mismo año— anuló la partida de la expedición que con aquel destino estaba preparada, hecho al que contribuyeron intrigas y sobornos argentinos, pues se temía su llegada.

Aunque San Martín proclamó la independencia del Perú, del que fue nombrado Protector, no pudo acabar de vencer la resistencia española, allí más prolongada que en el resto del continente; después de la entrevista de Guayaquil con Bolívar renunció al mando y abandonó el Perú y su patria; Bolívar terminó la emancipación del Perú, y su general Sucre favoreció la independencia del Alto Perú con el nombre de Bolivia (1825), separada para siempre del resto del antiguo virreinato del Río de la Plata.

También se desmembró definitivamente la Banda Oriental o Uruguay, por la acción de Artigas —aunque siempre quiso actuar dentro de la Provincias Unidas, pero con arreglo a su extremo federalismo— y, sobre todo, por la intervención portuguesa, y luego la brasileña, continuadora de las antiguas pretensiones sobre el estuario del Plata.

Los gobernantes de Buenos Aires, por aversión a Artigas, quien frente al Congreso de Tucumán convocó otro en Paisandú para las provincias fluviales, acabaron por permitir la ocupación portuguesa del Uruguay (1817), transformada en anexión en 1821, después de la derrota definitiva de Artigas.

De Portugal pasó a Brasil, emancipado a su vez, hasta la sublevación iniciada por los 33 Orientales (1825) y ayudad por la Argentina; el resultado final fue adverso a la unidad del palta, constituyéndose el Uruguay en república separada (1828).R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 341-344.

Argentina Independiente

La desorganización

Como queda dicho en el artículo anterior, en 1820 estaba lejos de haberse consolidado la organización de la Argentina. Contra el gobierno unitario, civilista, de tendencia monárquica, de Buenos Aires, atento a los intereses de la capital y de su puerto, se enfrentaban las provincias, preocupadas de salvaguardar su personalidad y sus cuestiones por medio del federalismo, oponiendo su autonomía al absorbente centralismo económico y político de Buenos Aires; en realidad estaban ya dominadas por caudillos locales.

El federalismo vino a surgir como tal en 1820, tras constituirse las provincias; antes hay espíritu municipal. Los caudillos del llamado Litoral, Estanislao Pérez, López de Santa Fe, y Francisco Ramírez, de Entre Ríos, unidos a Artigas declararon la guerra a Buenos Aires, presidido por Rondeau al dimitir Pueyrredón, alegando el carácter unitario de la constitución aprobada, las tendencias monárquicas del grupo dirigente y la pasividad frente a la invasión portuguesa en la Banda Oriental (Uruguay).

Las provincias interiores se adhirieron a la sublevación. El gobierno no pudo disponer del ejército de San Martín, quien se negó a salir de Chile. Triunfantes Ramírez y López en Cepeda (1-II-1820) se disolvió el congreso y el directorio, se condenó la aspiración a traer un monarca y quedaron las provincias entregadas a sí mismas, sin gobierno nacional. A los diez años de independencia efectiva la Argentina se encontraba sin instituciones políticas estables y definitivas.

En Buenos Aires hubo de constituirse un gobierno provincial y no nacional, presidido por Manuel Sarratea, quien firmó el tratado del Pilar con López y Ramírez, acordándose el régimen federal y la convocatoria de un nuevo congreso, que no se reunió. El año 1820 fue de anarquía, de luchas entre los caudillos y de desorden en Buenos Aires, por disputarse el gobierno una serie de generales, figurando también entre los que atizaban los disturbios Alvear y el chileno José Miguel Carrera, impedido de volver a su país, ambos al lado de los caudillos citados.

En estas contiendas fue expulsado Artigas del Uruguay por los portugueses, y vencido por Ramírez, su aliado de la víspera, se refugió en el Paraguay; a su vez pereció Ramírez en lucha con López. En estas guerras comenzó a destacarse Juan Manuel de Rosas, al lado de los gobernadores de Buenos Aires Dorrego y Martín Rodríguez.

Rodríguez pudo al fin gobernar en paz en Buenos Aires (desde fines de 1820) y fueron sus ministros Rivadavia y Manuel José García, quienes desarrollaron una activa labor de reformas, debidas la mayoría a Rivadavia: organizó la Junta de Representantes, suprimió el Cabildo, que venía hacía muchos años actuando como poder moderador e incluso ejecutivo; contrató un empréstito en Londres y aplicó la enfiteusis en la concesión de tierras; suprimió el diezmo, el fuero eclesiástico y legisló sobre el régimen de los conventos, lo que provocó la oposición de los católicos, aunque Funes apoyó estas medidas; también inauguro la Universidad de Buenos Aires (1821) y fomentó la enseñanza primaria, en una línea aun del s. XVIII, y liberal, típicamente unitaria.

Rivadavia llevó a cabo la reunión del congreso constituyente que se reunió en Buenos Aires, siendo gobernador Juan Gregorio Las Heras (16-XII-1824); el congreso creó un poder ejecutivo de las Provincias Unidas (6-II-1826); y eligió presidente de la República a Rivadavia; el fin era hacer frente al Brasil en la lucha por libertar de su dominio la Banda Oriental.

En seguida hizo Rivadavia nombrar capital federal a Buenos Aires y se promulgó la constitución del 19-VII-1826, de carácter unitario, que fue rechazada por los caudillos provinciales, encabezados por Juan Antonio Bustos, de Córdoba, y el famoso Juan Facundo Quiroga, de la Rioja, y Rivadavia dimitió (VII-1827), sucediéndole Vicente López y Planes, que disolvió el congreso y devolvió la autonomía a Buenos Aires.

En 1825 los Treinta y Tres Orientales habían alzado Uruguay contra la dominación brasileña; intervino el gobierno argentino y Brown ganó la batalla naval del Juncal (9-II-1827) y Alvear la de Ituzaingó (20-II). Pero la mediación de Inglaterra y la misión de Manuel J. García llevaron a un tratado, que reconocía la soberanía brasileña en la Banda Oriental (24-V-1827); rechazado por Rivadavia, se llegó después a otro que erigía al Uruguay en Estado separado del Río de la Plata (27-VIII-1828), perdiendo la Argentina otra parte de su territorio.

En Buenos Aires fue elegido gobernador el federal Dorrego (1828), que gobernó en sentido liberal y firmó la paz con el Brasil. En Santa Fe se reunió una convención para convocar otro congreso constituyente; pero el general Lavalle se sublevó contra Dorrego y lo fusiló (13-XII-1828). Loa caudillos federales a su vez derrotaron y expulsaron a Dorrego.

La dictadura de Rosas

Juan Manuel de Rosas
Juan Manuel de Rosas gobernó la Provincia de Buenos Aires durante veinte años entre 1830 y 1852.

José María Paz, convertido en el caudillo unitario, derrotó a Bustos y Quiroga, pero Rosas y López firmaron un pacto federal de sus provincias (1831) y Paz cayó prisionero, hundiéndose con él la causa unitaria. Triufaba definitivamente el federalismo, pero transformado en el dominio de sus caudillos y de sus montoneras o huestes, tildadas de anárquicas y bárbaras, pero representantes de la democracia, aunque turbulenta e inorgánica

En 1829 fue elegido gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas (1793-1877), rico propietario de la provincia, rígido partidario del orden y la disciplina, distinguido ya en 1820 y 1828, decidido a vengar a Dorrego y convertirlo en el caudillo del federalismo.

En su primer gobierno (1829-1833) recibió ya facultades extraordinarias. Al concluir hizo una expedición contra los indios del Sur, rechazándolos, lo que le dio prestigio militar. En 1833 los ingleses ocuparon las islas Malvinas, a pesar de las protestas del gobierno de Buenos Aires, y las han retenido desde entonces, aunque la Argentina no ha reconocido la anexión.

En 1835 por instigación desconocida fue asesinado Quiroga y desapareció el principal émulo de Rosas. Tras varios gobiernos sin relieve, Rosas fue designado en 1835 de nuevo gobernador de Buenos Aires, con la suma del poder público, y ejerció el cargo diecisiete años, el cual llevaba anejas las relaciones exteriores de la Confederación.

Cada provincia era autónoma y no existía legalmente poder central, pero Rosas, en nombre de un fanático federalismo impuso una férrea dictadura y tuvo sometidos a todos los caciques y caudillejos provinciales. Su duro gobierno con terrorismo, lujo de ejecuciones y malos tratos, llevados a cabo por la asociación de la Mazorca, le dio un siniestro renombre, estimulado por los elementos cultos y unitarios en el exilio, como los poetas Esteban Echevarria, José Mármol, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, que recalcaron la crueldad y la tiranía de Rosas.

Pero gozó del apoyo de las clases altas al mantener el orden: de la Iglesia, a la que protegió (restableció la Compañía de Jesús);de San Martín desde su destierro voluntario en Europa, de las masas populares, y su recuerdo ha sido rehabilitado o considerado más objetivamente por historiadores recientes como Irazusta e Ibarguren.

Le dio prestigio su resistencia a las presiones francesas entre 1838 y 1840, con un bloqueo de la costa, aunque cediendo Rosas a ellas, y a otro conflicto con Francia e Inglaterra por la intervención de Rosas en Uruguay, con el combate de Obligado (1845), terminado en 1850, retirando aquel sus tropas del asedio de Montevideo; la tenacidad con que resistió las presiones extranjeras le dieron prestigio como defensor afortunado de la dignidad nacional.

Resistió Rosas con fortuna a los intentos de sus enemigos, ayudados por las potencias citadas y las naciones americanas vecinas, como los organizados por la Asociación de Mayo, por Lavalle (1839-1841), por Paz (1841 ss.), ayudado por el presidente uruguayo Rivera, lo que provocó el sitio de Montevideo por su rival Oribe y las fuerzas de Rosas (1843-1850).

El régimen de Rosas, oficialmente federal, con su rigidez consolidó la unidad nacional y preparó la unificación posterior. Cayó por una sublevación de uno de sus gobernadores, el de Entere Ríos, Justo José de Urquiza (1800-1870), en connivencia con el Uruguay y el Brasil; sublevado en 1851, obligó a Oribe a levantar el sitio de Montevideo, cruzó el Paraná con ayuda de la flota brasileña y derrotó completamente a Rosas en Monte Caseros (3-II-1852). Rosas se refugió en Inglaterra, donde murió años más tarde.

Conflicto entre la Capital y la Confederación

Urquiza designó gobernador de la provincia de Buenos Aires a Vicente López y Planes y los de varias confirieron al primero la representación ante el exterior y luego el mando militar y un amplio poder como director interino. Por el acuerdo de San Nicolás de los Arroyos (31-V-1852) se renovó el pacto federal de 1831 y se dispuso convocar un congreso con igualdad de todas las provincias.

Descontentó el acuerdo en Buenos Aires, que temía ser sacrificado al resto, y se sublevó dirigido por Valentín Alsina contra Urquiza, que sitió la ciudad inútilmente. El Congreso Constituyente de Santa Fe, sin representantes de la capital (1852), elaboró la constitución del 1º de mayo de 1853 —aún vigente—, que se inspiró en la famosa obra de Alberdi Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que estableció un régimen federal, pero con un gobierno central, tratando de combinar la tradición federal y la unitaria, y de tono muy liberal; con abolición de la esclavitud; Buenos Aires sería la capital federal. Se eligió presidente de la República a Urquiza.

Replicó Buenos Aires separándose provisionalmente del resto y dándose una constitución propia (1854), de carácter unitario, obra de Carlos Tejedor y Dalmacio Vélez Sarsfield. Gobernó Urquiza hasta 1860; instaló su capital en Paraná; entabló relaciones o las mejoró con los demás países, aunque no se ratificó un primer acuerdo con España (1857), negociado en Madrid por Alberdi (el definitivo se firmó en 1863); abrió los ríos Paraná y Uruguay a la libre navegación internacional; fomentó la inmigración y la construcción de ferrocarriles; nacionalizó la Universidad de Córdoba y procuró sacar al país del aislamiento en que lo mantuvo la época de Rosas.

Pero subsistía el problema de la separación de Buenos Aires, y con ella la carencia de recursos financieros, ya que era el gran puerto el que los facilitaba. La tirantez entre ambos gobiernos, aumentada por intentar la Confederación recargar los derechos de aduana a las mercancías introducidas por Buenos Aires, llevó a la guerra en 1859; derrotado Bartolomé Mitre, uno de los más fervientes sostenedores de la actitud bonaerense, por Urquiza, en Cepeda, el acuerdo de San José de Flores (1859) decidió la incorporación de la capital al resto de la nación, lo que aprobó una convención provincial en Buenos Aires.

En 1860 fue elegido presidente de la Confederación Santiago Derqui y en Buenos Aires gobernador Mitre. Pronto surgió una nueva disensión, al rechazarse por el congreso a los diputados porteños por haberse elegido según su ley local, Buenos Aires anuló los pactos de unión. La batalla de Pavón (17-IX-1861) ganada por Mitre a Urquiza entregó el poder nacional al primero, quien convocó otro congreso para organizar la Argentina.

Propuso Mitre, para resolver el conflicto al parecer irresoluble entre la capital y la nación, convertir en federal la provincia bonaerense o la ciudad, como ya propuso Rivadavia en 1826; se acordó el compromiso de que el gobierno nacional residiera cinco años allí conservándose la autonomía de la provincia.

Mitre —gran historiador además de político (1821-1906)— fue elegido presidente de la República y dio a su gobierno carácter progresista. El gran suceso de su presidencia y la de su sucesor Sarmiento (1868-1874) fue la guerra del Paraguay, causada por la intervención del dictador paraguayo Francisco Solano López, en el Uruguay, por el apoyo dado por la Argentina y el Brasil al Colorado Flores para conquistar el poder, lo que acarreó una guerra entre Paraguay y Brasil (1864) y a poco también con la Argentina (1865) y Uruguay, formándose una triple alianza para derribar a López.

Duró la guerra hasta 1870, con la muerte del dictador paraguayo, tras una terrible campaña, con numerosas batallas, en la que pereció casi toda la población masculina de aquel país, tras enormes y estériles derroches de heroísmo. Las batallas más sangrientas fueron las de Curupaití (1866) y Huamitá (1867).

Ocupado el Paraguay por los aliados, se impuso otro gobierno y hubo de ceder territorios a los vencedores, no obstante la teórica declaración de Mariano Varela, ministro de Sarmiento de que la victoria no da derechos. La Argentina se anexionó 75.000 kilómetros cuadrados en el Chaco.

Sarmiento (1811-1888), dotado de un profundo afán pedagógico y confiando en la enseñanza para curar a la Argentina de sus males endémicos, entusiasta partidario de introducir la civilización europea y norteamericana, difundió la escuela y fundó las primeras Normales; igualmente las Escuela Militares, fomentó los ferrocarriles e impulsó la inmigración.

Su sucesor Nicolás Avellaneda continuó esta política de progreso, envió al general Julio A. Roca contra los indios de la Pampa, abriéndola a la colonización, y resolvió la aguda cuestión que arrastraba el país desde 1810, las relaciones de Buenos Aires con la nación.

Derrotó a Mitre, que se sublevó, y en 1880, tras derrotar a Tejedor, defensor de la autonomía de Buenos Aires, el congreso promulgó una ley que declaraba a esta ciudad capital federal, separándola de su provincia y poniéndola bajo la dependencia del gobierno nacional; así concluía la larga rivalidad entre Buenos Aires y las provincias y la pretensión de cada uno de dominar al otro. Venía a triunfar el federalismo, pero combinado con los principios liberales de la tradición unitaria.

La era de prosperidad

En 1880 comienza una época dominada por una oligarquía que ejercería el poder treinta y seis años. El general Roca (1880-1886) siguió fomentando la economía y la colonización, y libre el país de agitaciones continuó en la era de auge y prosperidad iniciada de tiempo atrás.

Envió este presidente nuevas expediciones al Desierto. Roca llevó a cabo una política laica que le enfrentó con la Iglesia. Se fijaron las fronteras con Chile —tensión a veces amenazadora no terminada hasta 1902— y se fundó la ciudad de la Plata, como nueva capital de la provincia de Buenos Aires. Gobernó Roca según su voluntad y la corrupción fue el reverso de la prosperidad.

Apoyó para la sucesión a Juárez Celman, cuya arbitrariedad y la crisis económica, causada por la excesiva emisión de billetes, acarrearon la revolución de 1890, que le derribó, aunque vencida, organizada por el nuevo partido Unión Cívica (1890).

Teotihuacan
Julio Popper —uno de los principales responsables del exterminio de los indígenas selknams (u onas) que habitaron Tierra del Fuego— en una de sus cacerías. A sus pies, yace un ona muerto. La foto corresponde a un álbum que Popper obsequió al Presidente Juárez Celman.

Carlos Pellegrimi (1890-1892) para restablecer la normalidad financiera fundó el Banco Nacional. De la Unión Cívica salió el partido radical —del que fue alma Leandro N. Alem (partido de clase media y descendientes de emigrantes)— que hizo dimitir a Luis Sáenz Peña (1895) y se opuso a Manuel Quintana, sucesor de Roca, presidente una segunda vez.

Roque Sáenz Peña (1910-1914) introdujo el sufragio universal, secreto y obligatorio, que dio en 1916 el triunfo a Hipólito Irigoyen (1850-1933) del partido radical, quien mantuvo al país fuera de la Primera Guerra Mundial y desarrollo tendencias nacionalistas, pero no corrigió los defectos de la oligarquía burguesa y liberal que venía gobernando desde la organización nacional.

Tampoco lo hizo su sucesor, también radical, Marcelo T. de Alvear (1922-1928); llevado de nuevo Irigoyen a la presidencia defraudó las esperanzas puestas en él y fue derribado por el movimiento militar de José Félix Uriburu (1930).

La crisis del siglo XX

Argentina parecía haber alcanzado la estabilidad política y era uno de los pocos países hispanoamericanos que podían ufanarse de ello. A comienzos de siglo con Brasil y Chile había constituido el grupo de países del A.B.C., con deseo de pensar en la política americana sin subordinación a los Estados Unidos. Pero la decadencia del régimen de la época de estabilidad y organización, los defectos internos, la repercusión de las crisis mundiales, introdujeron de nuevo la inestabilidad política, a la par de crisis económicas.

Apartado Uriburu por demasiado conservador, Agustín P. Justo (1932-1938), que gobernó según los intereses de la oligarquía ganadera y de los exportadores, aunque puso fin a la era de libre comercio; estuvo muy sometido a los intereses ingleses, tan poderosos en el Río de la Plata; Roberto M. Ortiz (1938-1940) gobernó en forma liberal; por enfermedad se hizo cargo de la presidencia el vicepresidente Ramón S. Castillo, que gobernó en forma casi dictatorial y contraria a Ortiz, manteniendo a la Argentina apartada de la Segunda Guerra Mundial y se enfrentó a la hegemonía norteamericana.

La crisis económica y el temor a un triunfo radical precipitaron la intervención del ejército (4-VI-1943), que por un pronunciamiento dirigido por el general Rawson puso fin a la etapa liberal-burguesa dominante.

Se suspendieron los partidos políticos y se proclamó el estado de sitio, que duró varios años. Se aliaron varias tendencias en el golpe, incluso democráticas, como bajo Pedro P. Ramírez (1943-1944), pese a su propio sentir, pero al fin se impuso el grupo de Edelmiro J. Farrell (1944), nacionalista, adverso al régimen liberal y a la intervención en la Guerra Mundial, para la que presionaban los Estados Unidos y el resto del continente. Argentina declaró la guerra al Eje solo a última hora.

Juan Domingo Perón
Juan Domingo Perón fue el primer presidente en ser elegido por el sufragio universal y secreto de hombres y mujeres al ser reelecto en 1951.

A su lado figuraba ya Juan Domingo Perón, con el G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos). Encargado del ministerio de Trabajo, ya bajo Ramírez desplegó Perón una política de atracción de la masa obrera y de reformas sociales.

Triunfante Perón en las elecciones de 1946 ejerció hasta 1953 una dictadura, apoyado en las masas obreras, por medio de su nueva doctrina del justicialismo, con la que quiso separar a los obreros del comunismo, y de enfrentamiento con la alta burguesía predominante hasta entonces, en lo que tuvo una gran colaboradora en su esposa Eva Duarte, de hondo prestigio en las masas.

Llevó a cabo una política de tono totalitario, tuvo como enemigos a las izquierdas y al capitalismo, y se enfrentó a los Estados Unidos, imponiéndoles su triunfo electoral, contra la pretensión yanqui de eliminarlo (1946). Quiso efectuar una ambiciosa política económica, de nacionalizaciones, de industrialización del país y creación de industrias, para las que no había base, planificación y mejoras obreras, buscando la autarquía, la independencia económica respecto del extranjero y el equilibrio entre la capital y las provincias; pero todo ello acarreó una honda crisis económica.

Al fin se enfrentó también con la Iglesia, a la que había respetado primeramente. Dio el voto a la mujer y promulgó una nueva constitución contraria a los partidos. La crisis, tras una etapa de prosperidad, y los errores cometidos ocasionaron al fin su caída violenta en 1955 (16-IX), sustituyéndole una Junta militar presidida por Eduardo Leonardi.

En 1958 subió al poder Arturo Frondizi, radical pero con los votos del peronismo, pese a su proscripción y que seguía manteniendo adhesión en las masas obreras. Tampoco pudo terminar normalmente su mandato y cayó derribado por otro pronunciamiento (1962). A su sucesor José María Guido le siguió el Dr. Illía (1963), que en 1966 fue relevado por un golpe militar.

R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 344-348.