Chile

Época Prehispánica
El Descubrimiento
Época Colonial
La Independencia
Época Independiente

Época Prehispánica

Los pueblos más antiguos asentados en territorio chileno fueron los atacameños, situados en la zona andina, de Tarapacá, Antofagasta y Atacama, y los diaguitaschilenos, que se asentaron en los valles de las actuales provincias de Atacama y Coquimbo—. Estos últimos, procedentes del NO. argentino, influyeron primeramente y después invadieron esta zona chilena, estableciéndose al S. Posteriormente tribus peruanas del valle del Chincha emigraron hacia el S. y su cultura, más avanzada, influyó sobre los atacameños y diaguitas.

Estos tres pueblos practicaron la agricultura cultivando el maíz, la papa, el algodón, el ají y conociendo la irrigación artificial. Se han encontrado restos de palas y bastones para plantar y molinos de mano para triturar el grano. Empleaban arcos y usaban puntas de flecha de madera, piedra o hueso. Fueron buenos tejedores, ceramistas y conocían la metalurgia. En la costa, limítrofes con los atacameños se hallaban los changos que eran pueblos pescadores de cultura inferior.

Otro pueblo procedente de la Pampa, atravesó los Andes y se estableció en territorio chileno. Se llamaban así mismos mapuche (gente de la tierra) y dividieron a los habitantes de la región en dos grupos: los picunches, que quedaban al N., y los huilliches al S. Los mapuches, que llegaron hasta Chiloé, son llamados araucanos por Ercilla. Hacia 1460 tiene lugar la invasión incaica hasta el valle de Coquimbo, bajo el inca Tupac-Yupanqui. Más tarde su hijo Huayna Capac organizó otra invasión y los ejércitos quechuas, derrotados por los araucanos en el río Maule, fijaron este como límite de su conquista.

Los incas introdujeron mejoras en el cultivo, nuevos gustos en la alfarería y en las construcciones. Establecieron colias de mitimaes (pueblos sometidos y trasladados), lavaderos de oro, explotaron las minas de plata y cobre, construyeron pucarás (fortalezas) con guarniciones extranjeras, llevándose a los naturales a otros puntos del imperio. En la parte meridional del archipiélago chileno hasta Tierra de Fuego, se encontraban los alacalufes u onas, entre los que se distinguen los chonos, pueblos de ínfima cultura, pescadores y cazadores de ballenas.R.B.: MONTERO, Pilar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, pág. 1068.

Descubrimiento y Colonización

El primer descubridor de los territorios de Chile fue Magallanes, que atravesó el estrecho que lleva su nombre en 1520. La conquista fue iniciada por Almagro, después de convenir con Pizarro en que este le cedería una parte de su gobernación en el Perú, si no resultaba la empresa favorable. El rey había concedido a Almagro la gobernación de Nueva Toledo, que comprendía 200 leguas al Sur desde donde terminaba la de Pizarro; Cuzco quedaba aproximadamente en el límite y sería causa del conflicto entre ambos conquistadores.

Emprendió su marcha hacia el S. desde Cuzco, a mediados de 1535, con quinientos españoles y acompañado de algunos millares de indios. Después de una marcha durísima de ocho meses, a través de los más inhospitalarios parajes de los Andes y en la repulsiva Puna de Atacama, en la que dejaron la vida muchos de los expedicionarios, logrando al fin atravesar la cordillera y llegar al valle de Copiapó (1536), donde descansaron, y luego al de Aconcagua.

Repuestos aquí de las fatigas del viaje, dispuso Almagro que cuatro expediciones exploraran el país, llegando el mismo hasta el valle de Maipo. Al mismo tiempo un barco de socorro recorrió la costa hasta Valparaíso. Parece que no fueron muy afortunadas estas exploraciones y que en vez del apetecido oro, solo encontraron pobreza entre los indios y unas condiciones climatológicas muy desfavorables.

Así fue convencido Almagro por sus oficiales para que desistiese de la conquista, regresando los expedicionarios en los primeros meses de 1537 al Perú, recorriendo divididos en grupos el desierto de Atacama, Chile quedó desprestigiado. El fracaso de la expedición no impidió que tres años después uno de los oficiales más prestigiosos de Pizarro, Pedro de Valdivia, solicitase de este la autorización, que le fue concedida, para reanudar la conquista, nombrándole teniente gobernador en Chile.

Salió en I-1541 con 150 españoles y 1.000 indios auxiliares siguiendo el camino de la costa, después de llegar a un convenio con Pedro Sancho de Hoz —a quien había sido dada licencia real para lo mismo—, para que quedara en Cuzco con objeto de allegar recursos, que no consiguió.

Después de siete meses de marcha llegó a Copiapó y tomó posesión del país en nombre del rey, terminando por fijar el campamento en el valle del Mapocho y fundando la ciudad de Santiago, a la que llamó de Nueva Extremadura, el 12-II-1541, y a la que dotó de un cabildo o Ayuntamiento; un cabildo abierto le reconoció como gobernador en nombre del rey, haciéndose independiente de Pizarro. En seguida tomó las medidas necesarias para consolidar la colonia.

Los indios acaudillados por Michimalonco arrasaron la ciudad (IX-1541), que fue rápidamente reconstruida e iniciados de nuevo los trabajos hasta que llegaron socorros del Perú, entonces en Guerra civil, dos años después. Con la nueva ayuda extendió los límites hasta el Bío-Bío y ordenó fundar en el Norte la ciudad de La Serena (1544) para asegurarse el camino del Perú, sumido entonces en la lucha entre pizarristas y almagristas, debido a lo cual no recibió los socorros que necesitaba; en vista de ello decidió ir él mismo para conseguirlo y a fines de 1547 marchó al Perú, dejando como lugarteniente a Francisco de Villagra.

Sancho de Hoz quiso alzarse contra este pero fue ahorcado. En recompensa por su ayuda a la pacificación del Perú fue confirmado por La Gasca en el título de gobernador de Chile, donde regresó, después de año y medio de ausencia, para proseguir la conquista; hizo reconstruir La Serena por Francisco de Aguirre (1549); marchó al Sur y venció a los araucanos en Andalién, fundando las ciudades de Concepción (1550), Imperial —donde hoy Carahue—, Valdivia (1552) y Villarrica, esta por Jerónimo de Alderete, todas ellas en territorio araucano.

Valdivia se estableció definitivamente en Concepción para proseguir la exploración y conquista del territorio. Allí fundó la ciudad de Los Confines (Angol) y tres fuertes, Arauco, Yucapel y Purén. No se trataba solo de una conquista, sino de una colonización, pues había llevado animales, semillas, herramientas e indios peruanos. Los indios sometidos del país quedaron sujetos al trabajo, especialmente en los lavaderos de oro; Valdivia hizo dos repartimientos (1544 y 1546), el segundo solo a 32 encomenderos, pero con muy pocos indios.

Pero la resistencia era dura, pues los indígenas de Chile eran muy belicosos y no se someterían fácilmente. Parecía entonces (1553) que estaba acabada la conquista, pues los indios no oponían una resistencia continua. Cuando se creía, pues, dominado el país, Colocolo, jefe de los araucanos, organizó un ejército —dirigido por un indio que había servido a Valdivia, de nombre Lautaro—, que atacó a los españoles, derrotándoles en Tucapel, muriendo todos en la matanza, incluso Valdivia (25-XII-1553).

Le sucedió en el mando Villagra, que acudió con un pequeño ejército para vengar la muerte de Valdivia, pero fue de nuevo derrotado en Marihuenu. Los españoles abandonaron Concepción, de la que se apoderó Lautaro para proseguir su marcha, después de derrotar varias veces a los españoles, hacia el Norte, con objeto de tomar Santiago, pero debilitados con expedición tan larga, fue derrotado y muerto a orillas de Mataquito (1557). Lautaro había destruido las ciudades y los fuertes, quedando solo en pie Santiago, La Imperial y La Serena.

Desde Cuyo había acudido Francisco de Aguirre. Como la jurisdicción de Valdivia se extendía a cien leguas de la costa interior, Villagra había obligado a Juan Núñez de Prado, fundador de la ciudad del Barco en el territorio de Tucumán, al otro lado de los Andes, a reconocer la autoridad de Valdivia. Luego Aguirre prendió a Núñez de Prado y fundó la ciudad de Santiago del Estero (1554) en lugar del Barco, ya trasladada tres veces de emplazamiento.

En 1557 llegó don García Hurtado de Mendoza, que había sido nombrado gobernador de Chile por su padre, el virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete. Joven de solo veintidós años, traía 400 hombres, mucho material, provisiones y tres barcos. Empezó por prender a Aguirre y Villagra, poniendo fin a sus rivalidades y enviándolos al Perú. Desembarcó frente a Concepción y erigió un fuerte que fue atacado por el caudillo Caupolicán y rechazado en un duro combate.

Penetró Mendoza en el país araucano y pasado el Bío-Bío derrotó a Caupolicán en Lagunillas; repobló Concepción y fundó Cañete (1558), se repobló Villarrica y llegó a las faldas de los Andes, abriéndose paso entre espesos bosques y pantanos, hasta llegar al golfo de Reloncaví, extremo sur del Chile central, a la vista de la isla de Chiloé, adonde envió un grupo de soldados para explorarla, entre ellos el poeta Alonso de Ercilla, venido con él y que inmortalizaría la campaña en su poema La Araucana.

Retrocedió la hueste al norte por el valle central y fundó Mendoza a Osorno (1558). Caupolicán entre tanto había sido capturado por sorpresa cuando preparaba un ataque a Cañete y pereció en un cruel suplicio. Mendoza volvió a Concepción a comienzos de 1559; había reconstruido las ciudades destruidas y fundado dos más, y creía dejar sometido totalmente Chile. Actuó arbitrariamente Mendoza en el reparto de encomiendas despojando a los antiguos conquistadores en favor de los que le habían acompañado y ejercido una dura justicia.

Las quejas contra él y en el Perú contra su padre movieron al rey a destituir a ambos, sustituyendo a don García por el veterano Villagra; regresó al Perú a comienzos de 1561, dejando consolidada la presencia de España en Chile, aunque no la sumisión de los araucanos. Su capitán, Pedro del Castillo, fundó la ciudad de Mendoza en el territorio de Cuyo (1561).

La región insular del sur de Chile actual hasta el estrecho de Magallanes había sido explorada también en este periodo. Juan Bautista Pastene, genovés, por orden de Valdivia, exploró la costa hasta cerca del extremo sur de Chile de entonces (1544-1545). Francisco de Ulloa prosiguió el reconocimiento hasta el estrecho (1553-1554). Mendoza encargó otra exploración a Juan Ladrillero con el piloto Francisco Cortés Ojea, a los que separó luego una tormenta; Ladrillero reconoció las islas y los canales del Sur y recorrió el estrecho de Magallanes de Oeste a Este, volviendo luego al Pacífico y a Valdivia (1557-1559).

La extensión del territorio chileno había sido demarcada por La Gasca entre 27° y 41° S. como jurisdicción de Valdivia, en 1554 el país, hasta el estrecho de Magallanes, fue concedido a Jerónimo de Alderete, pero no se hizo efectiva la concesión y la consideró suya Mendoza. Como en el interior se extendía a 100 leguas de la costa, quedó incorporada a Chile la región de Cuyo al este de los Andes, hoy en territorio argentino, y ya se ha visto como Valdivia y sus sucesores hicieron reconocer allí su autoridad y fundaron ciudades. Allí fundó Juan Jofré la ciudad de San Juan de la Frontera en 1562. Cuyo dependió de Chile hasta la creación del virreinato del Río de la Plata en el s. XVIII, a pesar del gran obstáculo que suponía la cordillera.

Aguirre nombrado teniente del gobernador de La Serena y Tucumán por Valdivia había aspirado a ejercer independientemente esta gobernación y había fundado, como queda dicho, Santiago del Estero; en 1558 Mendoza envió a Tucumán a Juan Pérez de Zurita, que fundó Londres, Cañete y Córdoba del Calchaquí, pronto desaparecidas; en 1563 dispuso el monarca que Tucumán no dependiese de Chile y pasara a la Audiencia de Charcas y virreinato del Perú, nombrando gobernador al mismo a Aguirre.R.B.: BRAVO, Pedro y EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1068-1070.

Época Colonial

Antecedentes

Durante la llamada época colonial ofrece Chile —el reino de Chile, como se le llamaba— un carácter muy distinto del resto de la América española. En los demás países la conquista terminó pronto, relativamente; se implantó una organización y se asentó un núcleo de población definitivas, sin ser perturbado en forma grave por rebeldías esporádicas o por la persistencia de grupos indígenas no sometidos, pero ya periféricos geográficamente y al margen culturalmente.

En Chile la resistencia araucana mantuvo durante dos siglos un estado de guerra permanente y de inseguridad; la lucha continuó con pocas interrupciones, cortada por breves paces, y hubo que mantener constantemente tropas u obligar a los colonos al servicio militar para hacer frente a las irrupciones indias, al punto de que por el estado de guerra permanente se calificó a Chile de Flandes italiano y los gobernadores eran generales veteranos de las guerras europeas, con abundantes servicios.

También resultaron inútiles los esfuerzos de los misioneros para convertir al cristianismo a los araucanos, o con muy escasos resultados, como estériles fueron las ofertas de no someterlos a la encomienda o al trabajo forzoso; el indio siguió acérrimamente apegado a sus formas de vida y rechazó la cultura europea y cristiana. Fue Chile así país de frontera, con sus consecuencias, formándose una población colonial belicosa, enérgica y decidida. Pero la población india fue disminuyendo, por las pérdidas a causa de la guerra, por la esclavización de los capturados, y el relegamiento a zonas cada vez más apartadas o de escasas condiciones de vida, mientras crecía un pueblo nuevo, criollo y mestizo, asimilado a la civilización española y que sería el definitivo pueblo chileno.

El siglo XVI

La gobernación de Chile fue otorgada a Francisco de Villagra, el perseguido por Mendoza (1561-1563); inmediatamente se alzaron los araucanos, pereciendo su hijo Pedro de Villagra y destruyendo Arauco y Cañete, que fueron repobladas en 1566. La guerra se hacía con gran crueldad, sin que se arredraran por eso los indios. Martín Ruiz de Gamboa —dos veces gobernador (1566-68 y 1579-83)— quiso atraérselos con benignidad y procuró libertarlos a cambio de pagar el tributo tasa de Gamboa, 1580, sin éxito, pues los indios no querían trabajar, espontáneamente y los encomenderos preferían la servidumbre. Gamboa hizo explorar Chiloé y fundó allí la población de Castro (1567); en su segundo periodo fundó Chillán (1580).

En 1568 se estableció la Audiencia de Chile, que duró entonces hasta 1573. El gobernador Bravo de Sarabia sufrió otra derrota en Marihuenu (1568). Siguió la guerra y calamidades naturales, terremotos e inundaciones, cayeron sobre la parte sometida. Alonso de Sotomayor (1583-1592) fundó fuertes en territorio araucano, sin resultado. Martín García Oñez de Loyola, de la familia de San Ignacio (1592), fue derrotado y muerto en Curalava (1598); se destruyeron Valdivia y La Imperial y en 1599 ya había seis ciudades destruidas al sur de Concepción y había perecido un tercio de la población blanca.

Los indios no estaban dispuestos en ninguna manera a someterse; les favorecía la naturaleza del país y habían aprendido a emplear los caballos y las armas españolas, dirigidos a veces por mestizos; a su vez el ejército estaba desmoralizado y abundaba la deserción, en especial entre los soldados procedentes del Perú, como los mestizos. Pero interesaba la continuación de la guerra para mantener la fuente de la esclavitud.

La población de origen español era escasa aún; en 1583 el número de hombres de todas las edades era solo de 1.100; y a fin de siglo la población española en total no pasaba de 5.000 almas. Mayor era el número de mestizos, procedentes de la unión de los españoles con las indias, ya que las mujeres blancas eran pocas. Se dedicaban los mestizos al campo y al ejército, aunque a veces desertaban pasándose a los araucanos. El indio sometido se llamaba yanacona y realizaba todos los trabajos agrícolas, el de sacar oro en los ríos en los lavaderos y el transporte de cargas; había bastantes esclavos procedentes de la continua guerra; también se llevaron negros, aunque no muy numerosos.

El trato al indio era duro y se efectuaron varios repartimientos, como los dos de Valdivia y el de Mendoza; este promulgó la tasa de Santillán, elaborada por Hernando de Santillán (1559), que ordenaba el buen trato a los indios y la reducción de sus trabajos y del número de los sujetos a la mita, junto con la obligación de doctrinarlos, pero cayó en el vacío, como más tarde la de Gamboa.

A los cultivos indígenas se añadió el trigo y la vid, que se dieron bien por el clima y el suelo virgen; se introdujeron árboles frutales y también se cultivó el cáñamo. El oro atrajo poderosamente, pero su cantidad no fue demasiado grande. Se desarrollaron pronto los animales domésticos traídos de España, inexistentes antes, y que dieron origen a una industria de carne seca y al aprovechamiento del cuero, grasa y sebo; también se elaboraba vino y aceite. La lana permitió abrir algunos obrajes de paños.

El comercio era muy limitado, pues estaba Chile fuera de la ruta de las flotas y su tráfico se verificaba solo con el Perú, al que se exportaban los productos citados; había que importar todos los demás, pero a precios muy altos, de difícil abono para un país muy pobre, lo que se reflejaba en las escaseces de la hacienda pública, lo que obligó a Felipe III a proporcionarle un situado de las cajas de Potosí de 60.000 ducados (1600), duplicado en 1603 y que llegó después a 600.000 pesos, lo que permitió atender a los gastos, agravados en Chile por el estado crónico de guerra. Valdivia estableció ya una fundición de oro y el metal sellado acabó con el uso del oro en polvo de los primeros tiempos.

Llegaron en esta época las órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y mercedarios y más tarde los jesuitas y agustinos, fundándose muchos conventos, sin proporción con la población; allí estaban las únicas escuelas, existiendo en la segunda mitad del siglo una de gramática y a finales del mismo los jesuitas abrieron otra de gramática y filosofía. Se erigieron dos obispados, el de Santiago (1561), y La Imperial. Por los motivos dichos la labor misional fue escasa.

El siglo XVII

Durante el siglo XVII continuó la guerra con los araucanos, pero se adoptó en varias ocasiones la llamada guerra defensiva y se efectuaron paces, rotas más o menos pronto. Por otro lado, Chile fue desarrollándose y saliendo de la situación de extrema pobreza de la época anterior. En 1609 se restableció la Audiencia definitivamente. Al comenzar el siglo seguía la temporada de desastres heredada del anterior, abandonándose las ciudades del sur.

Alonso de Ribera (1601-1605 y 1605-1610) y Alonso García Ramón (1600-1601 y 1605-1610) establecieron una línea de fuertes y se fijó un ejército permanente, abonando sueldos y descargando a los colonos del servicio militar, lo que favoreció la inmigración.

En la segunda década aparece la figura del jesuita padre Luis de Valdivia, con su intento de atraer pacíficamente a los indios insumisos, proponiendo la supresión del servicio personal al encomendero, la libertad de los prisioneros, la suspensión de la guerra y la evangelización. Se establecería solo la guerra defensiva, idea surgida, al parecer, por el oidor Juan de Villela y patrocinada por el virrey del Perú marqués de Montesclaros; el padre Valdivia fue a España y logró la aquiescencia de Felipe III, que ordenó en 1610 la implantación de la guerra defensiva, encomendándola a los jesuitas y concretamente al padre Valdivia, con amplios poderes, nombrándose gobernador de nuevo a Ribera.

Ambos pusieron en práctica su plan de 1612, en la forma dicha y colocando en el Bío-Bío el límite de la soberanía española efectiva. Pero halló Valdivia la oposición de los encomenderos, de los soldados y de las demás órdenes religiosas y del obispo de Santiago. Efectuó Valdivia un parlamento con los indios de Paicaví y les envió tres jesuitas, que no tardaron en ser asesinados; Ribera no descuidó por su parte la defensa.

Fracasó Valdivia además por la irreductible actitud del araucano a someterse y a abandonar sus creencias y género de vida, a pesar de todas las ventajas que se le ofrecieran. Valdivia logró aún la confirmación de su sistema en 1616, pero los continuos ataques de los elementos de la colonia y el temor de la Compañía a desprestigiarse si sostenía a Valdivia, ocasionaron que fuera llamado a la península en 1619.

En 1626 se renunció a la guerra defensiva y el gobernador Luis Fernández de Córdoba reanudó la ofensiva, que duró ahora unos quince años. Una fuerte derrota española sucedió en Las Cangrejeras (1629); la guerra se hacía con ferocidad y se reducían los indios a esclavitud. Luis Lasso de la Vega (1629-1639) repobló Valdivia y Angol. Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides (1639-1646), quiso practicar una política de atracción y benevolencia y realizó con los araucanos la paz de Quillín (1641), de breve duración. En 1655, bajo el gobierno de Antonio Acuña, estalló una sublevación general, destruyéndose cuatrocientas estancias entre el Maule y el Bío-Bío y cayendo muchos blancos prisioneros de los indios.

Pedro Porter y Casanate (1556-1562) dio un vigoroso impulso a la campaña, derrotando y conteniendo a los araucanos. Juan Enríquez hizo una paz, ratificada por José de Garro (1682-1692). Tomás Martín de Poveda (1692-1700) empleó el sistema misional, consiguiendo que misioneros jesuitas y franciscanos llevaran a cabo una labor evangélica en territorio araucano, dirigiéndose a los niños, pero el resultado fue nulo porque el ambiente tribal ahogaba la catequización, y hubo que abandonar el método.

Otro peligro corrió Chile, la presencia de corsarios y piratas. Ya en el siglo XVI Drake saqueó Valparaíso, pero fue rechazado en La Serena; también fue rechazado Cavendish. En 1680 el pirata Sharp saqueó y quemó La Serena. Al comenzar el siglo XVIII pasó por las costas chilenas William Dampier. También comparecieron los holandeses, como las expediciones de Le Maire, que dio nombre al cabo de Hornos, y de Brouwer, que tomó Chiloé y su gente intentó tomar Valdivia (1643), lo que obligó a fortificarla y que pasara a depender directamente del Perú hasta 1787. El temor a que los enemigos o los piratas se establecieran en el estrecho de Magallanes motivó el envío de la expedición de Antonio de Vea y Pascual de Iriarte en 1675, que lo exploraron y tomaron de nuevo posesión de él.

A pesar del estado crónico de guerra; de terremotos y otras calamidades crecía la población y se desarrollaba Chile. A fines del s. XVII la población criolla y mestiza alcanzaba unas 100.000 personas y Santiago 12.000. Había pocos indios de encomienda y la raza primitiva casi había desaparecido; el indio puro era ya casi solamente el indómito araucano en su país, en cierto modo distinto y al margen de Chile.

Además de las ciudades que hubo que repoblar, surgieron algunas nuevas como Talca, por Martín de Poveda. Valparaíso, ya existente como población en el s. XVI, se declaró plaza fuerte en 1682, aunque no obtuvo municipalidad hasta 1791. La economía se desenvolvió gracias al situado y a la formación del ejército permanente, que eximió de la carga militar a la población. La agricultura obtuvo a fin de siglo un fuerte impulso por el terremoto de Lima de 1687 que destruyó la fertilidad de los campos de su región, importándose durante algún tiempo el trigo de Chile, aumentando así su cultivo.

La fertilidad del suelo permitía un gran rendimiento sin mucho esfuerzo. La ganadería se desenvolvió ampliamente fomentada por la introducción de ganado del otro lado de los Andes, aunque prohibida, desarrollo que permitía la exportación al Perú del cuero, carne salada, grasas, sebo y mulas. La minería se dedicó al cobre para la fabricación de campanas y cañones y exportación; no abundaban, en cambio, los metales preciosos.

Se mejoraron los caminos, se introdujeron las carretas de bueyes y siguió el comercio con el Perú al que se enviaba lo dicho, vino y aceite, y del que se traían tejidos, armas, azúcar y arroz; pero los objetos manufacturados venidos de Europa eran muy caros dado el bajo nivel de la mayor parte de la población. La industria era modesta y para uso local: tejidos, muebles, carpintería de ribera, platería, curtidos, etc.

El régimen social era el mismo que antes; pero la escasez del indio de encomienda hizo aparecer el inquilino, mestizo que trabajaba en las haciendas de los grandes propietarios, recibiendo tierra y semillas para su sustento, cobrando un jornal y comprometidos a cierto número de días de trabajo (160 según la tasa de Esquilache de 1621). Sobre ellos ejercía fuerte influjo el estanciero y sería la base más adelante de su poderío, no solo económico sino político.

El nivel de varios de los gobernadores no era muy alto, codiciosos o corrompidos, como el citado Acuña o el atrabiliario en insaciable Francisco de Meneses, apodado Barrabás (1664-1668), veterano de las guerras europeas (su hijo, de igual nombre, fue capitán general de Nueva Granada, donde fue depuesto por la Audiencia.

Expresión del poder de la oligarquía y de la inmoralidad de la justicia es el caso, casi legendario de la Quintrala, Catalina de los Ríos, de la aristocracia chilena, con su larga e impune historia de sadismo y asesinatos († 1665)R.B.: (v. B. Vicuña Makenna, Los Lisperguer y la Quintrala, ed. de J. Eyzaguirre, Santiago, 1944).

El obispado de La Imperial, por la destrucción de la ciudad fue trasladado a Concepción a fines del s. XVI. La enseñanza contó en Santiago con el convictorio de la Compañía de Jesús y tanto esta como los dominicos recibieron el privilegio de otorgar grados (1617 los segundos, Universidad de Santo Tomás; organizados los estudios superiores de los jesuitas en 1623). El número de religiosos era muy elevado en relación con la población, con su consiguiente peso económico gravoso para la sociedad y su excesivo influjo político y administrativo.

El siglo XVIII

Fue el último siglo colonial de intenso desarrollo para Chile, aunque relativamente, pues no dejó de ser un país modesto, apartado y de un nivel muy distinto del de México y el Perú. Hecho capital fue la cuantiosa inmigración vasca, que con el elemento castellano dio origen a un nuevo patriciado; se dedicaron los vascos a negocios mercantiles en mayor escala que antes y con más amplitud y caudal y espíritu de empresa. Esta nueva clase consolidó su predominio económico con el mayorazgo, adquirió grandes propiedades y sometió a su dominio e influjo la población campesina, poderío que continuaría largo tiempo después de la independencia.

Se hizo presente en los municipios y reforzó celosamente con su espíritu foral el apego de ellos a sus prerrogativas frente a la autoridad central. Sus nombres reaparecerán constantemente en Chile hasta nuestra época en los altos cargos políticos y sociales. Al comenzar la revolución dominaba una oligarquía de unas cien familias, con dieciocho mayorazgos y varios títulos, poseedores de latifundios y señores de los inquilinos. La familia de los Larraín por sus numerosos parientes y allegados era llamada la de los ochocientos. El mando de los capitanes generales era suave, siendo innecesario el rigor para gobernar; las torpezas del gobernador García Carrasco, último de esta época, provocarían la reacción en bloque de la oligarquía.

Creció la población y el censo de 1778 dio 260.000 habitantes, de ellos 60.000 en Cuyo; 300.000 en 1791 y 500.000 en 1808. Se calculaban en unos 20.000 españoles, 150.000 criollos, 300.000 mestizos y 20.000 negros y mulatos. La población india en el territorio propiamente chileno se había transformado en mestiza. Los araucanos seguían en su actitud irreductible, pero la guerra se atenuó, por dejárseles entregados a sí mismos y renunciarse a su sumisión total y a las medidas de violencia, prefiriéndose el tráfico con ellos, incluso de esclavos.

Aún hubo sublevaciones en 1723, con abandono de los fuertes al sur de Bío-Bío, haciéndose la paz en 1726. Se efectuaron con ellos varios parlamentos con los caciques a lo largo del siglo, renovándose las paces y dándoles regalos, pero no faltaron nuevos levantamientos, como en 1726. Su número a fines del XVIII se calcula en unos 100.000. A comienzos de siglo se fundó un colegio en Chillán para los indios, trasladado algún tiempo a Santiago. La encomienda fue suprimida definitivamente en 1791, habiendo quedado solo entonces uno o dos millares de indios de esa condición. Indios y mestizos se habían transformado en inquilinos en los campos y en peones emigrados a las ciudades.

Se fundaron nuevas ciudades: el gobernador José Antonio Manso de Velasco (1735-1745) fundó Copiapó, San Felipe de Aconcagua, Rancagua, Melipilla, Curicó, Cauquenes, San Fernando y Los Ángeles y repobló Talca; Domingo Ortiz de Rozas (1745-1755) continuó esta labor (Quirihue, Petorca, Ligua, Florida y otras y colonizó la isla de Juan Fernández), recibiendo por ello el título de conde de Poblaciones. Ambrosio O´Higgins (1788-1796) fundó Santa Rosa de los Andes, Linares, Nueva Bilbao (hoy Constitución), Maipo y Parral y repobló Osorno.

A estas nuevas fundaciones acudían los peones abandonando las estancias con descontento de los propietarios. La fundación representaba la división de grandes propiedades o la concentración de población dispersa por los campos. Los terremotos destruyeron en más de una ocasión varias ciudades, como Concepción, que Ortiz de Rozas reconstruyó más al interior. Valparaíso fue fortificado y se mejoraron sus instalaciones portuarias.

Los gobernadores de esta época ofrecen un elevado nivel y secundan las directrices de la Ilustración; varios de ellos fueron recompensados pasando al virreinato del Perú. Además de los citados merecen recordarse a Antonio Amat (1755-1761), Antonio de Guill (1761-1768), Agustín de Jáuregui (1773-1780), Gabriel de Avilés (1796-1799), Joaquín del Pino (1799-1802) y Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808), uno de los mejores gobernantes que tuvo Chile. Antes había destacado por su gran actividad y competencia O´Higgins.

La extensión del territorio chileno sufrió modificaciones: al crearse el virreinato del Río de la Plata (1776) se segregó Cuyo, incorporado a la nueva entidad, quedando los Andes como límite de Chile. En 1787 la isla de Chiloé pasó a depender del Perú, pero Valdivia se reincorporó a Chile. En 1787, siendo gobernador Ambrosio de Benavides se establecieron dos intendencias, Santiago, ejercida por el mismo capitán general, y Concepción, separadas por el río Maule, al mismo tiempo se suprimieron los corregidores.

Aumentaron contactos con el extranjero, a pesar de las medidas prohibitivas. La alianza con Francia permitió a los buques franceses efectuar el contrabando en Chile. En 1740 llegó el almirante inglés Anson, estando España en guerra con Inglaterra, y estableciendo su base en Juan Fernández causó daño en el tráfico entre el Perú y Chile. A su vez practicaron el contrabando los ingleses y luego a fines de siglo los norteamericanos frecuentaron asimismo las costa de Chile, para el contrabando y haciendo propaganda antiespañola.

En 1721 el holandés Roggeween había cruzado también el estrecho y descubierto de nuevo la isla de Pascua. No faltaron exploraciones españolas en el estrecho como las de Antonio de Córdoba con la fragata Santa María de la Cabeza (1785), la de Malaespina (1790) y la de José Manuel de Moraleda en el archipiélago de Chiloé.

La economía fue impulsada y reformadas sus instituciones por la nueva dinastía. Chile se comunicó por primera vez directamente con la metrópoli por el cabo de Hornos al decaer las flotas y establecerse los navíos de registro hasta el establecimiento del Libre Comercio (1778). También se abrió el comercio terrestre con el Río de la Plata y se mejoró el camino de Uspallata hacia el Este de los Andes, en lo que trabajó O´Higgins como ingeniero; siendo virrey abrió un camino carretero de Santiago a Valparaíso.

Seguía el tráfico con el Perú. La exportación consistía en los productos de la época anterior, más metales preciosos, pescado salado —pues se había desarrollado la pesca—, frutas secas y lana; y la importación había añadido el tabaco, cacao, añil, jabón y mate, variando los productos según los países. El primer lugar lo ocupaba España, siguiéndole Perú y en menor cantidad Río de la Plata.

El contrabando ejercido por barcos extranjeros, era de consideración. Se creó una casa de moneda, administrada particularmente, e incorporada al Estado después, igualmente se procedió con la aduana y otros impuestos antes arrendados, y con el correo (1772) y se estancó el tabaco. En 1795 se creó el Consulado. La industria era escasa y casi anulada por las importaciones, limitándose a la transformación de productos naturales y a tejidos bastos. Se dieron unas ordenanzas de minería sustituidas en 1785 por las de México.

Había una importante riqueza económica y una población pobre, por el exceso de brazos, falta de trabajo, jornales y precios bajos y considerable diferencia entre la clase superior y la masa popular. Se constituyó una sociedad económica y en ella Manuel de Salas, además como síndico del Consulado, propugnó el fomento de la industria.

En cuanto a la plena libertad comercial, F. A. Encina cree que no era aspiración tan acuciante o sentida como en otros países de la América española. A fines de la época los ingresos fiscales casi igualaban a los gastos de la administración, indicio del progreso del país; los gastos militares eran muy superiores aún a lo que podía subvenir.

La paz con los indios hizo disminuir el ejército, que Jáuregui aumentó a 1.900 plazas; Amat creó un cuerpo de policía y se organizaron las milicias que sublevaron a unos 16.000 hombres.

La expulsión de los jesuitas —en tiempo de Guill— representó un golpe para la enseñanza; afectó a 335 miembros y once colegios; su poder económico era grandísimo y muy bien administrado; poseían 59 haciendas, numerosas fincas, 1.200 esclavos, y talleres y tiendas de todos los ramos, y mejor trabajados los productos que los de los demás.

La enseñanza contó con la fundación de la Universidad de San Felipe, creada en 1738, inaugurada en 1747 solo para grados y que comenzó a funcionar en 1758, en la que se estudió principalmente Derecho; el Convictorio de San Francisco Javier de los jesuitas se transformó en Convictorio Carolino a raíz de la expulsión; existían además dos seminarios.

En este siglo se fundó por iniciativa de Salas la Academia de San Luis, con enseñanzas técnicas. La enseñanza primaria se reducía a la dada en los conventos, aunque ahora se fundaron algunas escuelas. No existió imprenta de hecho antes de 1810 y, por tanto, tampoco periódicos, a diferencia con otros países hispanoamericanos. En 1793 se autorizó el primer teatro, aunque tardó en hacerse efectivo.

La Cultura

Además de lo dicho antes en cada siglo, la literatura chilena referente al país tuvo, a causa del estado permanente de guerra, carácter predominantemente épico e histórico. La pauta la dio Alonso de Ercilla, cuya Araucana resultó la exaltación del heroísmo indio frente al conquistador, y en especial de sus caudillos.

El poema fue el tronco de una serie de continuaciones e imitaciones, que no llegan a su altura, como el Arauco domado del chileno Pedro de Oña (1596), en ensalzamiento de García Hurtado de Mendoza, al que dejó Ercilla en lugar secundario; la continuación de la Araucana por Diego de Santisteban Osorio (1597); las Guerras de Chuile, de Juan de Mendoza; el Puren indómito, de Hernando Álvarez de Toledo, y el Compendio historial del descubrimiento, conquista y guerra del Reyno de Chile, de Melchor Xufré del Águila (1630), poemas en su mayoría de escaso valor literario.

García de Mendoza patrocinó, además del de Oña, una historia panegírica, Hechos de don García Hurtado de Mendoza, por Cristóbal Suárez de Figueroa (1604). De tipo novelesco y autobiográfico es el Cautiverio feliz, de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán (s. XVII).

la Historia ofrece una abundante cantidad de cronistas que inician la brillante tradición historiográfica chilena. El primero es el mismo conquistador Valdivia en sus Cartas al monarca sobre sus campañas, en que exhibe su amor al país; el soldado Alonso de Góngora Marmolejo († 1576) Historia de Chile desde su descubrimiento hasta el año 1575; Alonso González de Nájera Desengaño y reparo de la guerra de Chile; el jesuita chileno, padre Alonso de Ovalle (1601-1651) Histórica relación del Reyno de Chile, 1646 con la historia política y misional).

El también jesuita padre Diego de Rosales (1603-1677) Historia general del Reyno de Chile, Flandes indiano; otro jesuita, chileno, el padre Manuel de Olivares (s. XVIII) Historia militar, civil y sagrada... de la conquista y pacificación del Reyno de Chile; padre Pedro González de Agüeros Descripción historial... de Chiloé, 1791); Pedro Mariño de Lobera Crónica del Reyno de Chile, y otras varias obras, fruto tanto de autores chilenos como peninsulares, atraídos por el interés de las largas guerras, como historia o para proponer remedios.

Mención especial merece, al final de la época colonial, el jesuita expulso Juan Ignacio Molina (1740-1829), autor del Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reyno de Chile (publ. en italiano, Bologna, 1776, y en español, Madrid, 1788-1795), que a su valor científico añadió un intenso amor a su patria y contribuyó a exaltar el sentimiento nacional chileno y a hacer suponer que era uno de los más bellos países del mundo y la consecuencia de que solo faltaba la independencia para obtener todas sus posibilidades. Semejante orientación siguió otro jesuita expulso, Felipe Gómez de Vidaurre, cuya obra de idéntico título quedó inédita entonces.

Otras figuras de la cultura de Chile son el padre Luis de Valdivia, que también estudió las lenguas indias, a ellas se dedicó también Andrés Febres en el s. XVIII. El obispo de Santiago fray Gaspar de Villarroel (s. XVII), autor del Gobierno eclesiástico pacífico (1656-1657). En el s. XVIII la expedición de Malaespina ocasionó los estudios botánicos de Luis de Née y de Haenke; y amplísima colección de plantas y dibujos produjo la expedición botánica de Hipólito Ruiz, José Pavón y José Dombey al Perú y Chile (1777-1788).

Típico secuaz de la Ilustración es el citado Manuel de Salas, economista, reformista, imbuido de filantropía y de ideas renovadoras, autor de numerosas memorias como síndico del Consulado. Contrasta con él el místico milenarista rayano en heterodoxia, Manuel Lacunza, jesuita expulso, autor de La Venida del Mesías en gloria y magestad.

El arte tuvo poco desarrollo, a diferencia de otros países americanos, por la mencionada situación político y social y los terremotos, que arruinaban con frecuencia las ciudades. Por esto solo queda apenas en Santiago anterior al sismo de 1647 el convento de San Francisco (siglos XVI-XVII); el estilo neoclásico está mejor representado, con la catedral de Santiago, el palacio de la Moneda y el de la Intendencia, del arquitecto italiano Joaquín Toesca († 1799), enviado por la Academia de San Fernando de Madrid y autor de la fachada de la primera; su colaborador, el chileno Melchor Jaraquemada, levantó el Cabildo.

También se construyeron en Santiago tajamares para evitar las avenidas del río, el primero por el agrimensor Ginés de Lillo al comenzar el s. XVII, y el puente de cal y canto concluido bajo O´Higgins. La escultura ofrece tallas religiosas; recibió impuso por el artista y jesuita alemán padre Haymhausen, que llevó a Chile un grupo de artífices en el s. XVIII. Es de recordar su discípulo, el imaginero Ambrosio Santelices († 1823), del que quedan bastantes obras.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1070-1076.

La Independencia

La Independencia

Mas que las causas alegadas en pro de la independencia durante el hervor de la guerra y repetidas como inconcusas por los historiadores del s. XIX, cual generales a toda América, actuó como uno de los factores fundamentales, en Chile, como en otros países, la rivalidad del criollo con el peninsular y un sentimiento particularista, incluso nacionalista, de exaltado amor a la tierra natal, en Chile mayor que en otras partes, alimentado por los historiadores del s. XVIII —el padre Juan Ignacio de Molina, Gómez de Vidaurre—, suponiéndose al país mucho más rico y con mayores posibilidades de lo que era realmente.

Por las condiciones de Chile, más bien pobre geográficamente, alejado, sin productos exportables, y con una masa de pueblo poco laboriosa, influía menos, como ha iniciado Domingo de Amunátegui, el descontento por el monopolio comercial ni tampoco la exclusión de cargos del criollo, pues no era sistemática y los puestos poco numerosos.

La masa era adicta al soberano y a la fe; el núcleo criollo favorable a la emancipación era reducido, formado por gente culta y de cierta categoría social, influido por la expulsión de los jesuitas y sus repercusiones, la cual fue sentida con mucha intensidad; también por el ejemplo norteamericano, que ponderaban marinos y contrabandistas yanquis, y por algún hálito enciclopedista, como se manifestó en Antonio Rojas, introductor de libros de tal tendencia y que conspiró con los franceses visionarios, Antonio Berney y Antonio Gramusset (1780), con el objetivo de implantar la independencia y una república democrática; murieron presos los franceses, pero Rojas y otros cómplices chilenos salieron bien librados por el deseo de mantener rigurosamente secreto tal hecho.

La ideología de la Ilustración y su tendencia humanitaria y reformista contaba con su verdadero patriarca en Manuel de Salas (1755-1841), quien proporcionó aquella a la emancipación para suplir sus insuficiencias causales.

En 1810 había un grupo en el que pocos eran partidarios de la plena separación, y la mayoría de la autonomía y de reformas; no hubo imitación de la Revolución francesa; el desarrollo de la revolución de independencia hizo necesaria la adopción de programas e ideologías que cubrieran la escasez de motivos, salvo los mencionados antes (F. A. Encina, Historia de Chile, V. 26), de donde procede una eliminación continuada de los conceptos de Despotismo ilustrado, sustituyéndolos por adaptaciones desordenadas de instituciones anglosajonas o francesas y hasta clásicas.

Tras el gobierno humano, celoso y progresivo de Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808), rigió Chile, durante la crisis española, el viejo militar Francisco Antonio García Carrasco, antipático a importantes elementos sociales, inepto e inexperto, que se asesoró del abogado mendocino Juan Martínez de Rozas (1759-1813), secretario suyo y partidario de un cambio radical, quien intentó impulsarle a reformas, haciendo que entraran en el cabildo, Rojas, Salas y otros patriotas, con el fin de prepararse para un cambio si caía la monarquía.

Al conocerse la crisis española se proclamó a Fernando VII, se rechazó a Napoleón y se reconoció la Junta Central. Envuelto Rozas en el mal ambiente de Carrasco por la asechanza a un barco inglés contrabandista, lo dejó y se retiró a Concepción, para trabajar con los patriotas por una revolución, facilitada por el mal ambiente que creaba el gobernador con sus torpezas y sus choques con las más importantes entidades.

La crisis porque atravesaba España motivó la formación de tres grupos, el realista, con los peninsulares, altos cargos, parte del clero, y criollos leales; el patriota, con los descontentos del régimen colonial, en el que figuraban los futuros dirigentes de la revolución, partidarios de una junta autónoma; y el de los criollos que deseaban un gobierno propio, pero sin trastornos ni novedades. El grupo patriota se agitaba y hacía propaganda, sin que el gobernador se atreviera a reprimirlo.

La Revolución

Temía García Carrasco la repercusión de los primeros chispazos americanos y en especial de la revolución de Buenos Aires (1810), que, en efecto, influían fuertemente. El mismo día de esta (25-V) hizo detener al citado Rojas, a Juan Antonio Ovalle y Bernardo de Vera, personas todas de relieve social, y desterrarlos al Perú, dejándolos en Chile por la agitación surgida; al saberse la revolución argentina, confirmó el destierro, pero un motín le obligó a revocarlo (11-VII), y aunque se cumplió, la sublevación se preparó casi abiertamente. Ya estaban los elementos patriotas decididos a imponer una junta y los leales tampoco apoyaban a García Carrasco por su ineptitud.

Por consejo de la Audiencia que creyó así alejar la subversión, renunció al mando García Carrasco (16-VII) y le sucedió el anciano brigadier Mateo del Toro Zambrano, conde de la Conquista, que era chileno. Pero siguió su marcha la revolución, organizada por Rozas, José Miguel Infante, procurador del cabildo de la capital (1788-1844) y Bernardo O´Higgins, hijo del gobernador y virrey Ambrosio O´Higgins.

Cabildo y la Audiencia dirigían los dos partidos, patriota y español, ayudado este por el clero; el primero estaba decidido a implantar una junta y realizó intensa propaganda para ello. También incitaba a la revolución la Junta de Buenos Aires, a través entre otros de Vera y de Dorrego. A pesar de la oposición de Infante se reconoció a la Regencia el 18-VIII.

Pero continuó la agitación con más fuerza, circulando un panfleto anónimo, el Catecismo político-cristiano, de carácter republicano, obra al parecer del refugiado altoperuano Jaime de Zudáñez, y en el cabildo abierto el 18-IX-1810 dimitió el conde, y aplastando la oposición española, se formó una junta con la máscara de defender los derechos de Fernando VII, presidida por el mismo conde de la Conquista (27-II-1811), como figura decorativa, y de la que formaban parte Rozas y otros dos patriotas notorios, ya agentes del Cabildo al lado de Toro en la etapa inmediatamente anterior, Gaspar Marín y José Gregorio Argomedo. Uno de los miembros representaba al clan de los ochocientos, los Larraín. El conde falleció el 26-II-1811.

La Patria Vieja

Fue la revolución obra de una minoría y de la clase alta, dividida entre partidarios de la autonomía y de la independencia. La masa popular en gran parte siguió fiel al rey, y en ella, en especial en la de las regiones del Sur halló apoyo más tarde la reconquista. La estructura social no varió a pesar de las reformas, prosiguiendo el mencionado predominio casi feudal de los grandes propietarios.

En este primer periodo no se llegó a proclamar oficialmente la independencia. Creen Barros Arana y Encina que la declarada adhesión al rey en la formación de la Junta aún era sincera, no habiendo muchos partidarios de la independencia todavía. Incluso reconoció la Junta a la Regencia, aunque prescindió de ella y no se admitió el nombramiento de Elío como capitán general.

La Junta actuó enseguida como auténtico gobierno independiente y, pese a la apariencia de respeto al rey, en forma hostil a España; reclutó y armó un ejército, entabló relaciones de alianza con la Junta de Buenos Aires y abrió el país al comercio mundial (II-1811). Pero se procuró no romper con el virrey del Perú Abascal.

En XI-1810 se incorporó Rozas a la Junta y fue su verdadero jefe, por su capacidad, energía y ambición. Se hacía propaganda en pro de la total independencia, y alma de ella fueron Rozas y el fraile Camilo Henríquez (1769-1825), de ideología enciclopedista, redactor en 1812 de la Aurora de Chile, primer periódico del país.

Un intento de alzamiento españolista por el teniente coronel Tomás de Figueroa (1-IV-1811) solo produjo la ejecución de este y la disolución de la Audiencia.

Convocó la Junta elecciones para un Congreso Nacional —en las que se impidió votaran los realistas— que debía reunirse el 1-V-1811, sin estar elegidos aún los diputados por Santiago; los demás, instigados por Rozas, que así pensaba asegurar su poder, exigieron su incorporación a la Junta, como se había hecho en Buenos Aires, desvirtuando la división de poderes (Directorio Ejecutivo); pero los diputados por Santiago resultaron enemigos de Rozas, cuyo influjo disminuyó en favor del partido conservador opuesto a las reformas radicales y a la rápida demolición de la estructura colonial a que tendía aquel.

El 4-VII-1811 se inauguró el Congreso, jurándose obediencia a Fernando VII. En él había cuatro diputados partidarios del régimen colonial; una mayoría de conservadores, partidarios de reformas, pero no de extremismos ni muchos de la total separación, en el fondo, entre quienes estaban Ovalle, Fernando Erráguriz, Agustín Eyzaguirre e Infante, alma del Cabildo del 18 de septiembre; y una minoría democrática, partidaria de la independencia y la república radicales, cuyo jefe era Rozas —que carecía de acta— con Salas y O´Higgins, antiguo amigo este de Miranda y partidario de los planes revolucionarios.

Para Encina estas denominaciones tradicionales no son exactas: la mayoría —Eyzaguirre y los suyos— eran antirrozistas, pero partidarios de la independencia de hecho, de armarse contra el gobierno español, de aplazar las reformas hasta la consolidación del nuevo régimen y evitar la dictadura de Rozas y el excesivo influjo del gobierno de Buenos Aires y de su representante Álvarez Jonte; en realidad eran liberales y demócratas, avanzados política y socialmente y no tan conservadores; los rozistas eran autoritarios y extremistas, formados por los amigos de Rozas, como el clan Larraín.

Los verdaderos conservadores estaban divididos en varios grupos. El nombramiento de una Junta Ejecutiva conservadora motivó la retirada de los radicales, descontentos ante la reacción españolista que se advertía. Rozas, objeto de la antipatía de la antigua aristocracia, se retiró a Concepción, donde formó una junta local (septiembre de 1811). Sus partidarios de Santiago y los Ochocientos se entregaron en manos del militarismo, representado por el joven y ambicioso José Miguel Carrera, ex combatiente en España contra los franceses y que había venido a luchar por la independencia de Chile.

Ayudado por sus hermanos, asimismo oficiales, Juan José Y Luis, en tres sucesivos pronunciamientos impuso su dictadura: en el primero (4-IX) limpió el Congreso y la Junta de miembros conservadores, en realidad sus adversarios, como Ovalle e Infante y le imprimió una dirección avanzada, con reformas administrativas, la creación de una Corte Suprema de Justicia, municipios electivos, la ruptura con la Inquisición de Lima, medidas laicas y la supresión de la esclavitud por la libertad de vientre y la prohibición de importar más esclavos, única medida efectiva; a los españoles se les puso en el trance de nacionalizarse o emigrar y muchos emigraron al Perú, revelando a Abascal la indefensión de Chile y la ayuda de los aún numerosos leales.

Un segundo pronunciamiento (15 y 16-XI), apoyado por los realistas, a los que inmediatamente eliminó, permitió a Carrera expulsar a los Larraín y formar una nueva Junta con él, Martín y Rozas, y por la ausencia de este, O´Higgins. El tercer pronunciamiento (2-XII-1811) disolvió el Congreso, con el pretexto de no ser democrático, e implantó la dictadura de Carrera, a quien seguía el elemento andaluz, desposeído de influencia en la época colonial por el pleno predominio del de origen vasco, y también castellano, más laborioso y rico, núcleo a la sazón del partido conservador.

Pero también hubo radicales no conformes con la conducta de Carrera, como O´Higgins y Rozas, quien había contribuido, sin embargo, a su encumbramiento y había formado la Junta de Concepción, que era casi un feudo. Tras un conato de lucha con Carrera, un motín militar destituyó a Rozas (8-VII-1812) y lo desterró a Mendoza, donde murió a poco (1813), y adhirió Concepción al dictador.

En 1812 promulgó Carrera una constitución de carácter republicano, aunque por fórmula se conservaba la monarquía de Fernando, defendiendo Henríquez sus ideas, era de carácter liberal, pero no democrático, con una junta y un senado y que tendía a asegurar el dominio de Carrera. Llegó un cónsul norteamericano —Joel Robert Poinsett, célebre después en Méjico— que se convirtió en consejero de Carrera y propagandista del separatismo y de la democracia tipo yanqui y se adoptó una bandera nacional.

Imbuido Carrera y sus colaboradores del pensamiento de la Ilustración y de la filosofía del XVIII, concebían ideas democráticas, de solidaridad republicana continental y de regeneración por la enseñanza, fomentada por la apertura de escuelas y del Instituto Nacional (1813), que sustituyó a la Universidad y a los demás colegios coloniales. También se decretó la libertad de imprenta.

La Reconquista realista

hasta entonces no había existido intento realista serio contra la independencia de hecho instalada en Chile; pero, con mayores medios, el virrey del Perú, José Fernando de Abascal, emprendió la reconquista disponiendo como base de la isla de Chiloé, que dependía directamente del virreinato y donde no había repercutido la revolución. Los patriotas chilenos se habían abstenido de provocarle, a pesar de las presiones argentinas, apoyados por Rozas; y Abascal no había podido actuar por estar ocupado en la lucha contra los insurgentes argentinos y quiteños.

Envió al general Antonio Pareja, que reclutó en la isla un ejército de chilotes (1813), y con ellos ocupó Valdivia, donde había una fuerte opinión realista y ya declarada de tiempo atrás por Abascal, y tomó Talcahuano y Concepción, llegando al río Maule, casi sin resistencia (III y IV de 1813). La opinión se declaraba por el rey y se engrosó rápidamente el ejército de Pareja.

Ante el peligro, se reconciliaron los grupos criollos citados, se reunieron tropas apresuradamente y tomó Carrera el mando, secundado por O´Higgins y Juan Mackenna; recuperó parte de lo perdido y sitió en Chillán a Pareja, que murió allí (mayo), pero sin tomar la ciudad, defendida por el gallego Juan Francisco Sánchez, de modesto origen y ascendido desde soldado. Pero antes Carrera había tomado Concepción (23 de mayo) y Talcahuano, apoderándose de abundante material de guerra, que le permitió reorganizar y fortalecer su ejército.

La guerra tomó caracteres de dureza implacable y ferocidad, devastándose el país; la desesperación lanzaba a los campesinos a las partidas de uno u otro bando, pero se desprestigiaban más los patriotas por sus violencias, habiendo desaparecido el orden y la calma de los últimos tiempos coloniales. La guerra se hacía principalmente a base de guerrillas, actuando en las filas patriotas O´Higgins y Joaquín Prieto, y entre los realistas Ildefonso Elorreaga, Luis de Urrejola y Antonio Quintanilla.

Los araucanos, ídolos de los patriotas, ayudaban a los realistas. Sánchez tomó Arauco, pero Prieto y O´Higgins vencieron en El Roble (octubre). Se deseaba la paz, ante la prolongación y calamidades de la guerra y la calamitosa situación en que había caído el país; pero la minoría que aspiraba a la plena independencia no estaba dispuesta a retroceder y Antonio José de Irisarri en el periódico El Semanario republicano defendió abiertamente la independencia —no proclamada— y el total desconocimiento de Fernando VII.

La Junta existente entonces reaccionó contra Carrera, despojándole del mando, como culpable de los reveses, y lo confió a O´Higgins (27-XI-1813); Carrera se había desprestigiado, percibiéndose su incapacidad táctica y organizadora muy inferior a la popularidad que había disputado.

No tuvieron éxito las negociaciones con el ejército realista, a cuyo frente se puso (II-1814), Gabino Gaínza —que luego proclamó la independencia de América Central—, enviado por Abascal, quien derrotó y apresó a José Miguel y Luis Carrera en Penco (4-III-1914) y tomó Talca, hecho que produjo tal temor, por quedar expedita la ruta de Santiago, que se disolvió la Junta y se nombró director supremo a Francisco de la Lastra (14-III) después del breve interinato de Irisarri, ambos tomaron medidas enérgicas y Lastra promulgó una nueva constitución que establecía el cargo de Director Supremo por dieciocho meses.

Gaínza fue derrotado por Mackenna y O´Higgins en El Quilo y en El Membrillar; avanzó sobre Santiago, y una hueste suya venció en Cancharrayada a Blanco Encalada (29-III-1814), pero la derrota de Quechreguas (IV-14) le impidió seguir sobre la capital; no obstante se apoderó de Concepción (13-IV).

La situación era indecisa, dominando los realistas el Sur. En los patriotas cundía la desesperanza y el deseo de un acuerdo que evitara persecuciones. En tal coyuntura la mediación del marino inglés Hillyar, aceptada por ambos bandos, condujo al tratado de Lircay (7-V-1814), por el que se acordó el reconocimiento de la soberanía de Fernando VII, que acababa de regresar de su cautiverio, hecho que debilitaba la fuerza moral de la revolución hecha con tal pretexto.

Se suspenderían las hostilidades; las tropas realistas evacuarían Chile; se mantendrían las autoridades chilenas y se enviarían diputados a las Cortes españolas, cuya abolición no se conocía aún. Por una cláusula secreta, los Carrera seguirían prisioneros. El pacto era muy favorable para los patriotas, que mantenían la autonomía conseguida, pero ambos contendientes estaban dispuestos a no cumplirlo y solo pretendían ganar tiempo.

Pero Abascal desaprobó el tratado, enviando como jefe a Mariano Ossorio (VIII-14). Gaínza solo evacuó Talca, y contra el deseo de Lastra, permitió la fuga de los Carrera, para encender disturbios, como hicieron, pues querían continuar la guerra, y en seguida, por un pronunciamiento depusieron a Lastra y formaron una Junta, dirigida por José Miguel, de nuevo dictador (23-VIII-14), desterrando a Mackenna e Irisarri, e iniciando una guerra civil con O´Higgins, suspendida ante el peligro realista y sometiéndose O´Higgins por patriotismo a Carrera, al que odiaba por motivos personales e ideológicos.

Carrera persiguió a los realistas violentamente, pero la aristocracia, desviada de él, permanecía pasiva. Unidos ambos caudillos (IX-14), defendió heroicamente O´Higgins la plaza de Rantagua, donde fue derrotado por Ossorio (1 y 2-X-14), batalla la más sangrienta de la guerra y donde ambos bandos lucharon con valor y tenacidad, desastre aplastante que puso fin al primer periodo de la revolución chilena (la Patria Vieja, y debido en parte a la inactividad de Carrera, que no socorrió a su rival, al parecer para salvar su división y retirarse a Coquimbo.

La Restauración española

El 6 de octubre entró Ossorio en Santiago, donde se le hizo un entusiasta recibimiento, indicador de que la idea de la independencia no había penetrado aún profundamente, mientras los patriotas emigraban a la Argentina, al amparo de San Martín, establecido en Mendoza, y cuyo plan de ataque al Perú se aplazaba ante la caída del Estado chileno.

Ossorio restableció el régimen colonial y las anteriores instituciones, abolió las reformas introducidas, aunque al principio llevó una conducta moderada y de atracción; pero hubo de seguir las normas represivas dictadas por el monarca, e introdujo las purificaciones, deportó a la isla de Juan Fernández a varios revolucionarios, como Rojas, Juan Egaña, Ovalle y Salas; trató Ossorio de suavizar, en lo posible, las órdenes recibidas e hizo volver a parte de los deportados, entre ellos a Rojas y Ovalle; aumentó el descontento el sistema de delaciones y espionaje y los abusos del regimiento de los Talaveras, los pesados impuestos y las confiscaciones y el favor a los soldados peruanos y peninsulares en perjuicio de los chilenos.

Empeoró la situación el nuevo gobernador Casimiro Marcó del Pont (1815), hombre poco competente y ostentoso, que dio medidas más duras y amenazadoras, como la creación de un tribunal de vigilancia y otras desacertadas y vejatorias, a la par que ineficaces.

Se había reemplazado en antiguo régimen colonial, que se mantenía por la adhesión de las poblaciones, por un sistema de conquista, y la consecuencia fue que cundiera la aspiración a la independencia y que el monarca y España se enajenaran las simpatías generales, incluso de muchos realistas, no queriendo comprometerse tampoco ante la amenaza invisible del ejército de San Martín al otro lado de los Andes, que desorientaba y desmoralizaba.

La Expedición de San Martín

Mientras el guerrillero Manuel Rodríguez mantenía la intranquilidad en los campos, San Martín preparaba la invasión de Chile, con ayuda de los emigrados, excepto los Carrera, a quienes alejó, pues se apoyó exclusivamente en O´Higgins. Con la ayuda del Director argentino Pueyrredón pudo realizar la expedición, después de proclamada en Tucumán la independencia argentina.

Hizo explorar los pasos de la Cordillera al ingeniero Álvarez Condarco y logró reunir hasta 4.000 hombres. La expedición fue preparada cuidadosamente tanto en adiestramiento como en la fabricación de armamento, que dirigió el ex fraile Luis Beltrán, o en la labor de espionaje y propaganda en Chile, en superar las diferencias entre los emigrados chilenos o en buscar medios económicos, obteniéndolos sin contemplaciones de la provincia de su mando.

Cuando estuvo dispuesto el ejército, la previsión y la disciplina fueron ejemplares. Pueyrredón en sus instrucciones a San Martín aspiraba a que se enviase un diputado chileno al congreso argentino y que Chile, liberado, pagase a la Argentina los gastos, de todo lo cual no hizo caso San Martín.

El Ejercito de los Andes, partió escalonado del 9 al 24 de enero de 1817, dividido en cinco divisiones, para atacar Chile en todas direcciones: las dos de la izquierda, mandadas por Ramón Freire y José León Lemos, salidas de Mendoza, pasaron el paso del Planchón y el Portillo de los Piuquenses, y tomó la primera Talca y la línea del Maule, y la segunda amenazó a Santiago por el Maipo; dos destacamentos de la derecha, bajo Juan Manuel Cabot y Francisco Zelada, salieron de San Juan y la Rioja y tomaron Coquimbo y Copiapó respectivamente.

Por el centro partió, el 18-I, el argentino Gregorio Las Heras por el paso de Uspallata hacia la ciudad de los Andes y el valle de Aconcagua; algo más al Norte, dos divisiones mandadas por San Martín, O´Higgins y Miguel E. Soler cruzaron el paso de Los Patos hacia San Felipe. La travesía se hizo felizmente, a pesar de la altura y el frío y por la inepcia de Marcó del Pont, que dejó desguarnecida la cordillera y tenía disperso su ejército.

La Liberación de Chile

El 4 de febrero se dieron los primeros choques en territorio chileno y Marcó del Pont tuvo la primera noticia de la invasión. El 12 de febrero se dio la batalla de Chacabuco entre Rafael Maroto y San Martín y O´Higgins, ganada por estos, que dos días después entraban en Santiago. Cayó la máxima indisciplina y cundió el pánico, no pensando las autoridades y oficiales más que en huir, no intentándose seguir la resistencia. La soberanía española se derrumbó instantáneamente.

San Martín rehusó la jefatura del Estado, otorgada en cabildo abierto a O´Higgins con el título de director supremo (15 de febrero) y ejerció la dictadura sin limitación, pero bajo el influjo de San Martín y a las órdenes de la Logia Lautaro.

Marcó cayó prisionero y murió en esta situación; el jefe de los Talaveras fue ejecutado. Se desencadenó un brutal terror contra los españoles y realistas, más duro que el de Ossorio, según Encina. Abundaron las confiscaciones, tratando también de restablecer la hacienda, pues el poder económico e ingresos fiscales se habían reducido a la tercera parte y el país estaba arruinado.

Solo dominaban los realistas el Sur, y Las Heras tomó Concepción, pero los defensores de España se encerraron en Talcahuano, donde resistieron algún tiempo al mando de Ordoñez y adonde llegó de nuevo Ossorio desde el Perú el 4-I-1818, con más de 3.000 hombres. La provincia de Concepción, muy realista, se le sumó, aunque O´Higgins hizo evacuar en masa a la población del sur del Maule.

El 12-II-1818 se proclamó en todo el país la independencia por primera vez oficialmente. Avanzó Ossorio sobre Santiago y sorprendió y derrotó a O´Higgins y San Martín en Cancharrayada (19-III), y se creyó de nuevo perdida la causa independiente; pero se reorganizó rápidamente el ejército, y el 5-IV-1818 triunfo San Martín en la decisiva batalla de Maipú (o Maipo), y Chile quedó perdido para España.

Ossorio aún intentó reorganizar un ejército en Concepción, pero viendo la inutilidad de realizarlo destruyó las fortificaciones de Talcahuano y se embarcó en septiembre de 1818, dejando a Sánchez proseguir la lucha en el Sur con sus escaso medios. Después de la toma de Valdivia (II-1820), solo quedaron algunos guerrilleros como el terrible Vicente Benavides, ahorcado en 1822, y el coronel Antonio Quintanilla, que defendió valientemente la isla de Chiloé hasta 1826, rindiéndose el 19-I, cuatro días antes que Rodil en El Callao.

Al mismo tiempo que se emancipaba chile eran fusilados en Mendoza Juan José y Luis Carrera, por orden de los dos dueños de su patria (18-IV-1818), y su hermano José Miguel, a quien Pueyrredón no dejó llevar a Chile su escuadra y fuerza reunidas en los Estados Unidos, cuando ya San Martín había partido, quiso vengarlos, participó en las guerras civiles argentinas y fue ejecutado en Mendoza en 1821; sus amigos no perdonaron a O´Higgins el exterminio de los Carrera, víctimas de su propia ambición y turbulencia.

A fines de 1818 San Martín, que había ido a Buenos Aires, trajo un proyecto de monarquía, que impuso a O´Higgins y se envió a Irisarri a Europa con ese fin, pero el caudillo chileno, acérrimo republicano, acabó por anularlo. San Martín convirtió Chile en la base contra el Perú, y primeramente formó una escuadra, con buques españoles capturados, como la flota casi entera cogida en Talcahiuano, entre ella la fragata María Isabel (octubre de 1818), u otros adquiridos, organizada por José Ignacio Zenteno y puesta bajo el mando de Manuel Blanco Encalada, primer almirante chileno, y luego del inglés Alexandre Cochrane, lord, marino y aventurero (1775-1860).

Con esta flota se levantó el bloqueo de Valparaíso y se tomó Valdivia (II-1820), y en ella partió la expedición libertadora del Perú, dirigida por San Martín, el 20VIII-1820, con 23 buques y 4.500 hombres chilenos y argentinos, bajo el mando naval de Cochrane, quien tomó el puerto de Pisco y otros puertos peruanos y capturó la fragata española Esmeralda en el de Callao. Como Argentina, sumida en el desorden, no costeó la expedición, recayó esta enteramente sobre Chile, a costa de ruinosos sacrificios económicos.

La Dictadura de O´Higgins

En Chile quedó O´Higgins ejerciendo un poder dictatorial, pues San Martín no quiso intervenir en la política interna públicamente, aunque sí bajo mano por medio de la logia Lautaro, los Carrera perecieron y se hizo morir también a Manuel Rodríguez (1818).

Las constituciones de 1818 y 1822 sancionaron su dictadura personalista, pero de carácter republicano y democrático: supresión de títulos, tolerancia religiosa, protección a los extranjeros, difusión de la enseñanza, medidas filantrópicas, cementerios, mejoras urbanas, reapertura del Instituto Nacional y de la Biblioteca pública, organizada por Salas, nuevas poblaciones, intentos de mejora de costumbres, apertura de un teatro, lucha contra el bandolerismo.

Varias de sus medidas fueron mal vistas por la Iglesia, aparte de que una facción del clero no había simpatizado con la revolución; intentó regularizar la situación eclesiástica con el envío de un agente al Papa. Su caudillaje y su política, que hería a la clase conservadora prepotente, hizo olvidar sus servicios y disminuir su popularidad. La constitución de 1818 le otorgaba facultades ilimitadas, pues incluso nombraba a los miembros del Senado y no convocó una prometida asamblea constituyente.

Tuvo al fin que hacerlo, la cual dio la constitución de 1822, que no llegó a regir. Una revolución dirigida por Ramón Freire, combatiente por la independencia, por medio de un cabildo abierto, obligó a dimitir a O´Higgins el 28-I-1823, retirándose al Perú, de donde ya no volvió.

La oligarquía que había dominado durante la colonia acabó por adueñarse del poder durante treinta años, proporcionando a Chile una estabilidad después de la independencia y de un breve periodo anárquico, rarísima en América. La independencia había sido reconocida por los Estados Unidos en 1822; España lo hizo en 1844.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1076-1082.

Chile Independiente

Chile independiente

La historia de Chile en el siglo XIX ofrece un agudo contraste con la de las restantes naciones hispanoamericanas. En lugar de la anarquía, de las revoluciones y de los caudillajes de las mismas, Chile, tras un breve periodo de inquietud, que amenazaba emparejarla con aquellas, entró en una era de estabilidad y de solidez de las instituciones, en forma única, y que permitió su desarrollo económico y cultural, sin las perturbaciones que entorpecieron a otras repúblicas. En lugar de la proliferación de constituciones, Chile mantendría una sola durante unos noventa años.

La etapa de la inestabilidad

Cayó O´Higgins por la oposición de la aristocracia, a la que hirió con sus tendencias igualitarias y con su dictadura, opuesta a la tendencia de aquella a gobiernos colegiados y a evitar un poder ilimitado (1823).

La junta, formada por los viejos patriotas, Eyzaguirre, Errázuriz e Infante, no tardó en ser sustituida por otro dictador —el mismo año 1823—, el general Ramón Freire, veterano de la guerra de la independencia y que quiso promulgar algunas reformas democráticas, siendo la única permanente la abolición definitiva de la esclavitud (1823); un nuevo congreso dio la constitución de 1823, obra de Juan de Egaña, de tipo muy liberal y que reglamentaba todos los aspectos de la vida, la cual fue suspendida enseguida.

Se enfrentó Freire con la Iglesia al secuestrar los bienes de las órdenes religiosas e intervenir en su organización, y destituir del obispado a Rodríguez Zorrilla, antiguo realista; el vicario Muzi, enviado por Pío VII para regularizar la iglesia americana, se ausentó ante ello. El desorden y la ineficacia de los siguientes congresos impulsaron a Freire a dimitir en 1826. El último congreso creó el cargo de presidente y vicepresidente.

Habían cundido las ideas liberales y había muchos elementos partidarios de las más avanzadas, especialmente los jóvenes, fervorosos por la libertad y que daban un valor mágico a las constituciones. Al partido liberal se le apodó pipiolo, por su inexperiencia juvenil, designándose al conservador, pelucón por su apego a la tradición.

De 1826 a 1830 dominó la inestabilidad, y el militarismo jugó un papel preponderante, como en el resto de América. El 1826 por influencia de Infante se promulgó una constitución federal, por parecer lo más democrático, inadecuada a un país pequeño y homogéneo.

Tras unas breves presidencias Blanco Encalada, 1826; Agustín Eizaguirre, 1826-1827; Freire, de nuevo), la ejerció el general Francisco Antonio Pinto (1827-1829), que suspendió el régimen federal ante su fracaso. Un nuevo congreso promulgó una nueva constitución en 1828, inspirada por el liberal y escritor español José Joaquín de Mora, de carácter típicamente liberal, con división de poderes, pero que daba la primacía al legislativo; también establecía asambleas provinciales que elegirían a los senadores y los cargos gubernativos, como una concesión al federalismo (1828).

El problema de la vicepresidencia en 1829, que el congreso quiso otorgar a un candidato de menos votos, pero liberal, provocó la revolución del general Joaquín Prieto, apoyado por los conservadores, que se impuso tras derrotar en Lircay a Freire (1830).

La obra de Portales

Prieto ejerció la presidencia de 1831 a 1841. Pero la gran figura y el verdadero dictador fue Diego Portales (1793-1837); antiguo comerciante, adherido al partido conservador, ministro en 1830, cuya actividad y decisión le dieron gran prestigio al facilitar el triunfo de Prieto. En 1830 y 1831, en virtud de las facultades extraordinarias concedidas por el Congreso, ejerció Portales la dictadura, sin querer ejercer la presidencia.

Portales retratado por el italiano Camilo Domeniconi
Portales retratado por el italiano Camilo Domeniconi

De carácter práctico decidió prescindir de los ideólogos autores de las anteriores constituciones e imponer el respeto a la ley y evitar el desorden; republicano, era enemigo a un tiempo de la monarquía y de la democracia; empezó por combatir el militarismo, dando de baja a numerosos militares, y conteniendo el ejército con la guardia civil o milicia, que disciplinó, sometida al gobierno incondicionalmente.

Prescindió de todos los liberales y o´higginistas y dio la exclusiva del gobierno a los conservadores; reprimió la libertad de prensa, y una Convención constituyente promulgó la constitución de 1833, de larga duración y que aseguró la estabilidad política de Chile para el resto del siglo.

En su elaboración influyeron Mariano Egaña, conservador, y Manuel José Gandarillas, más liberal. Era de carácter liberal, pero concedía al presidente amplias facultades: periodo de cinco años, reelegible otros tantos; el mando superior de todas las fuerzas armadas, posibilidad de facultades extraordinarias y de suspender la constitución declarando el estado de sitio; y la de nombrar las autoridades provinciales, incluso las judiciales; cámara de diputados de tres años de duración; senado elegido indirectamente como el presidente; de nueve años de duración el cargo, renovable por tercios cada tres; sufragio restringido. Pero el presidente tenía el freno del congreso en cuestión de presupuestos e impuestos y por la posibilidad de acusar a los ministros.

Socialmente mantenía el mayorazgo y se excluía el ejercicio público de toda religión que no fuera la católica. Este régimen, por un lado aseguró el predominio de las clases altas, aunque abierto a la capacidad, e implantaba la autoridad del Estado y del presidente como su representación. Independientemente de la persona, buscándose el orden y un gobierno fuerte y centralizado.

La autoridad del presidente era enorme y análoga a la de un rey, aunque temporal. Pero no faltó flexibilidad en el porvenir, que permitió alternar personalidades y conductas diferentes. La obra de Portales fue duradera, a diferencia de otros dictadores americanos que no dejaron continuadores.

El nuevo régimen mantendría el predominio de la aristocracia y la sociedad colonial —con cambios inevitables derivados de la emancipación—, pero evitando la democracia a que habían tendido algunos de los elementos revolucionarios y el partido liberal. Las elecciones, dado el sistema, eran inevitablemente ganadas por el gobierno, que disponía siempre de un congreso adicto.

Completó Portales su obra con la reforma de la Hacienda, ya mejorada por el ministro liberal Ventura Blanco en el periodo 1827 a 1829; Portales colocó en el ministerio a Manuel Rengifo que ejerció d e1830 a 1835, y que introdujo economías, regularizó los impuestos, fomentó el comercio, reservando el cabotaje a la marina nacional y convirtiendo a Valparaíso en un puerto de gran importancia; e hizo frente al usurario empréstito negociado por Irisarri en Londres en 1822.

Aumentaron grandemente los ingresos y la economía recibió un buen impulso. Pero Rengifo se convirtió en la bandera de la oposición, muy reprimida entonces, opuesto a la estrecha unión del presidente con la Iglesia y se le unieron los postergados pipiolos, queriendo presentarlo candidato a la presidencia.

Portales no quiso que peligrara su obra y en 1835 fue nombrado ministro de la Guerra y de Hacienda Joaquín Tocornal, representante de la tendencia religiosa autoritaria. Ejerció así Portales la dictadura sin limitaciones; hizo reelegir presidente a su hechura a Prieto en 1836 y reprimió duramente las conspiraciones, en especial la de Freire, condenado a muerte, pero desterrado. Al acentuarse después la resistencia, dio medidas draconianas y multiplicó los consejos de guerra y la amenaza de la pena de muerte.

Estaba Portales en malas relaciones con el Perú por el apoyo dado a la tentativa de Freire y por otros motivos, haciéndose una especie de guerra económica. Al formarse la Confederación Perú-Boliviana por el general Santa Cruz en 1836, temió Portales la existencia de un Estado poderoso al Norte, porque podría poner en peligro a Chile y ser un foco de conspiraciones. Era, además, partidario de la plena independencia y opuesto a organismos supranacionales. (Chile no había concurrido al Congreso de Panamá).

Inmediatamente se propuso destruir el nuevo Estado y provocó la guerra contra él. Abundaban las conjuras contra Portales, quien agudizó la mencionada represión. Pero durante los preparativos militares al revistar las tropas en Quillota fue apresado por los conjurados y asesinado (6-VI-1837). El crimen fue inútil, pues careció de consecuencias, el régimen continuó firme y la obra de Portales tendría una larga existencia.

La República autoritaria

Prieto continuó la campaña contra la Confederación Perú-Boliviana, a pesar de la muerte de Portales, y envió a Blanco Encalada que tomó Arequipa, pero firmó con Santa Cruz el tratado de Paucarpata y se retiró; el gobierno chileno lo desaprobó y envió a Manuel Bulnes, acompañado por el ex presidente peruano Gamarra; tomó Lima, que hubo de evacuar, y al fin derrotó a Santa Cruz en Yungay (1839), disolviéndose la Confederación del Perú y Bolivia. Victoria que dio prestigio a Chile.

Se sucedieron con presidencias regulares y de diez años de duración Manuel Bulnes (1841), Manuel Montt (1851), y José Joaquín Pérez (1861-1871). La estabilidad política convertía a Chile en un país excepcional en la América española. Tras el férreo régimen de Portales, Bulnes gobernó con más suavidad y ya Prieto poco antes renunció a las facultades extraordinarias; se dio una amnistía y se reincorporaron los militares expulsados en 1830. Se autorizó a O´Higgins a regresar, pero moría en 1842.

La economía se desarrolló rápidamente, se fomentó la minería —hulla y cobre— y se estableció la primera línea de vapor con Europa (1840). Andrés Bello, inspirador del desarrollo de la cultura, fue el autor del Código Civil. Se abolió la vieja Universidad de San Felipe, sustituyéndola por la Universidad de Chile (1842) de tipo moderno y cuyo rector fue Bello; también se fundó la Escuela Normal, dirigida por el escritor y pedagogo Domingo Faustino Sarmiento, futuro presidente argentino, exiliado entonces en Chile; se fomentó la enseñanza primaria y se crearon otros centros técnicos y especiales; la enseñanza de la minería fue desenvuelta por el polaco Ignacio Domeyko, quien reformó también la enseñanza secundaria.

El movimiento intelectual favoreció la expansión de la ideología liberal, manifestada en las obras anticlericales de Bilbao y Lastarria. Rengifo, vuelto a Hacienda, arregló satisfactoriamente el empréstito inglés y se adoptó un moderado librecambio.

En 1843 se ocupó el estrecho de Magallanes, abandonado y expuesto a una ocupación extranjera, y se fundó Punta Arenas (1847), pero esto provocó un largo conflicto con la Argentina, que afirmaba pertenecerle aquellos territorios, mientras que Chile pretendía parte de Patagonia, y que no se zanjó hasta el tratado de límites de 1881, que colocó la frontera en los Andes y se reconoció a Chile el estrecho y la mitad de la Tierra del Fuego por el arbitraje de 1902. Se fomentó la inmigración extranjera en el Sur, en la región poco poblada de Valdivia, se establecieron numerosos alemanes.

Santiago fue elevado a arzobispado, pero a pesar del carácter católico del Estado, hubo choques por la difusión del espíritu liberal y medidas regalistas o contrarias a los privilegios de la Iglesia, como el matrimonio de disidentes o el mínimo de edad para la ordenación.

Al acercarse el fin de la presidencia de Bulnes el partido liberal quiso oponerse al candidato conservador Montt; se había reforzado el tono del régimen, aumentando el poder del gobierno y una ley de imprenta restrictiva. Los liberales habían fundado el Club de la Reforma, y Francisco Bilbao la Sociedad de la Igualdad, de carácter socialista, que fue prohibida y desterrados Bilbao y Lastarria.

Triunfó Montt (1851) y estalló una sublevación liberal, dirigida por José María de la Cruz, vencida por Bulnes en la sangrienta batalla de Loncomilla (1851). Montt, de ascendencia catalana y origen modesto, conservador autoritario, hombre enérgico, del tipo de Portales, fue uno de los más activos y eficaces gobernantes chilenos.

Su labor se extendió a todos los campos: la construcción de ferrocarriles, la fundación del primer Banco Público, de la Caja de Ahorros y de la Caja de Crédito Hipotecario; la abolición del diezmo y de los mayorazgos, la colonización (fundación de Puerto Montt), creación de centenares de escuelas, la elaboración del mapa del país por Passis y la promulgación del citado Código Civil (1855).

La prosperidad fue visible y Chile ya no era el país tan pobre de otros tiempos. El comercio exterior se había triplicado de 1845 a 1860 y habían crecido la minería y la agricultura. Había surgido una alta burguesía de los negocios y la intelectualidad y una clase media. Las ciudades mejoraban urbanamente; la cultura se había extendido y todo ello repercutiría en cambiar las ideas y la política.

El primer ministro de Montt fue Antonio Varas, gobernante con capacidad y su presunto sucesor. Pero frente a Montt, por un choque con la Iglesia, se separó del partido un grupo de extrema derecha que se unió con el liberalismo más avanzado, formando la Fusión Liberal-conservadora, mientras los demás conservadores y liberales moderados formaban el Partido Nacional; los primeros se sublevaron en 1859, siendo vencidos, lo cual se complicó con la rebelión de los araucanos, que seguían insumisos.

Para evitar nuevos disturbios renunció Varas a la presidencia y fue elegido José Joaquín Pérez, último presidente decenal. Bien visto por todos los partidos, pronto se rompió la armonía, constituyéndose el partido radical, partidario de la reforma constitucional y del fin del régimen autocrático; se separó de Pérez el Partido Nacional y tuvo que apoyarse en la Fusión. Bajo él continuó el progreso del país, expresado en el crecimiento constante de los ingresos fiscales; se fue colonizando el país de los indómitos araucanos, se promulgó el Código de Comercio (1865) y Barros Arana mejoró la enseñanza secundaria.

En este tiempo tuvo lugar el conflicto con España, a causa de la contienda de esta con el Perú, con el cual se solidarizó Chile (1864). El almirante Pareja declaró el bloqueo de las costas chilenas, tras un ultimátum, declarando Chile la guerra a España el 24-IX-1865, se hicieron bastantes esfuerzos internacionales para que no empeorara el conflicto, pero el 26-XI-1865 la corbeta chilena Esmeralda capturó al aviso español Covadonga, suicidándose Pareja.

Se consumó la alianza con el Perú, Bolivia y Ecuador, y Méndez Núñez se puso al frente de la escuadra española; se dio en Abtao un combate indeciso u Méndez Núñez bombardeó el 31-III-1866 Valparaíso, que era plaza abierta. No se firmó la paz hasta 1883 y en Lima, durante la ocupación.

Cambio de régimen. La guerra del Pacífico.

Los liberales consiguieron modificaciones en el régimen dominante; se estableció libertad de culto, en privado y con escuelas disidentes (1865), y en 1871 el Congreso prohibió la reelección presidencial inmediata, limitando el periodo a cinco años. Nacionales y radicales fracasaron ante la coalición gubernamental, que por muerte del jefe conservador Manuel Antonio Tocornal, presentó al viejo liberal Federico Errázuriz, que resultó elegido (1871).

Siguió una política liberal, que disolvió la Fusión y alejó a los conservadores, convertidos en partido confesional: supresión del fuero eclesiástico, y sección para los disidentes en los cementerios, a pesar de la oposición del arzobispo Valdivieso; se reformó el sistema electoral, haciendo más representativo el Senado, facilitando el acceso de las minorías a la Cámara y disminuyendo la presión oficial. Una grave crisis económica marcó el fin del gobierno de Errázuriz. Su sucesor, Aníbal Pinto (1876), para hacerle frente, impuso el curso forzoso de los billetes de banco sin convertibilidad metálica con la consiguiente inflación.

Dos años atrás empresas chilenas habían puesto en explotación los tesoros minerales del desierto de Atacama, perteneciente a Bolivia: guano, salitre, cobre y plata (caracoles) y fundaron Antofagasta y otras poblaciones; el tratado de 1866 fijo la frontera en 24° S., pero la explotación sería conjunta entre 23° y 25° S.; otro tratado en 1874 confirmó dicho límite y estipuló que no de aumentarían los impuestos en la zona boliviana, pero Bolivia introdujo uno nuevo en 1878, que acabó por ocasionar la rescisión del contrato con la Compañía de Salitre de Antofagasta.

Al mismo tiempo, Perú quería monopolizar el nitrato en su territorio para compensar la baja del guano, su principal ingreso, y necesitaba asociarse el de Bolivia, con la cual, además, firmó un tratado militar secreto en 1873, y los bancos de Lima anticiparon el empréstito para la compra de los yacimientos de salitre. Por otra parte Bolivia incumplía sus compromisos de participación chilena en los beneficios de la explotación y deseaba quedarse con los yacimientos, y Chile aspiraba a la anexión de un territorio valorizado por él.

En febrero de 1879 tropas chilenas ocuparon Antofagasta y comenzó la guerra, extendida muy pronto al Perú. A pesar de la inferioridad numérica de su ejército, los chilenos ocuparon en muy poco tiempo el desierto de Atacama; con el Perú la campaña fue naval. El jefe peruano Miguel Grau con su buque acorazado Huáscar dio la batalla en Iquique (21-V-1879), en que pereció valientemente el capitán chileno Arturo Prat, pero la citada Covadonga hundió otro barco peruano; Grau dominó aquellos mares, hasta que pereció en el combate de Angamos en octubre, capturándose su buque, y quedando el mar señoreado por Chile.

Poco después desembarcaban los chilenos en Pisagua, conquistaban la provincia de Tarapacá y derrotaban a los peruanos en Dolores; en 1880 tomaron Moquegua y tras un mortífero combate, Tacna (26-V-1880), defendida por el presidente boliviano Campero; poco después caía Arica, defendida por Bolognesi. Rotas unas negociaciones en Arica, a iniciativa de los Estados Unidos, se realizó una última campaña, y el general Manuel Boquedano llevó el ejército por tierra y por mar a Lima, que fue tomada el 17-I-1881.

Hasta 1883 no se firmó la paz de Ancón, recibiendo Chile el territorio de Tarapacá y acordándose la ocupación de Tacna y Arica por diez años, resolviendo después un plebiscito su suerte. El tratado de tregua con Bolivia (1884) sancionó la anexión de Atacama a Chile. Desde entonces quedó flotando un estado de tensión entre los tres países, más grave entre Perú y Chile; el plebiscito no se efectuó y el conflicto que mantenía la rivalidad entre ambos países, no se solventó hasta 1929, en que el tratado de Lima devolvió a Tacna al Perú, quedándose Chile con Arica. Bolivia renunció definitivamente a Atacama en 1904.

El conflicto de 1891

No visto con simpatía Boquedano, a pesar de su prestigio militar, por ser conservador, los liberales eligieron a Domingo Santa María (1881). La anexión de los mencionados territorios aumentó en grandes proporciones la potencialidad económica de Chile, con la explotación de sus riquezas minerales, cuya exportación permitió el aumento de ingresos fiscales en gran proporción, obras públicas, el fomento de la economía y de la enseñanza. Los araucanos fueron sometidos definitivamente y se abrió su región a la colonización.

Un nuevo conflicto con la Iglesia surgió por la sucesión del enérgico y virtuoso Valdivieso; el Vaticano rechazó un candidato liberal, fue expulsado un delegado apostólico y el Congreso votó la laicización de los cementerios, el matrimonio y registro civiles. Se aumentaron las garantías individuales, se restringieron las facultades presidenciales, entre ellas la del veto, la de las autoridades locales y se llegó casi al sufragio universal., sin más restricción que la de saber leer y escribir y suprimiendo la condición de renta mínima (1883).

No obstante, Santa María gobernó bastante arbitrariamente. El candidato oficial para sucederle era el liberal José Manuel Balmaceda, cuya elección obstaculizaron al máximo los conservadores y los liberales no gubernamentales, pero fue elegido (1886). Intentó gobernar con los demás grupos liberales, sin conseguirlo, y pronto entró en conflicto con el Congreso, que luchaba por imponerle su hegemonía, a pesar de procurar que se eligiera a sus amigos, pero la oposición creció constantemente y la función gubernativa se desorganizó con cambios frecuentes de ministerios.

Sin embargo, procuró Balmaceda resolver la cuestión eclesiástica de acuerdo con la Santa Sede, y los enormes ingresos de la minería favorecieron un desarrollo rápido en todos los órdenes, construcciones, obras públicas, mejoras educativas y reformas administrativas de importancia, como el Tribunal de Cuentas y proyectó reformas electorales democráticas.

El desarrollo de la masa obrera hizo aparecer el partido demócrata. Pero se fueron concitando contra Balmaceda una serie de fuerzas: las empresas extranjeras —inglesas— que explotaban los yacimientos de salitre, por su propósito de nacionalizar estos y los ferrocarriles; los banqueros, por su proyecto de crear un Banco nacional que evitara la usura, y la aristocracia, enemiga de un poder presidencial fuerte, que ya no creía necesario, y deseosa de supeditarlo al Congreso. Balmaceda procuró favorecer a la reciente clase media, surgida por el desarrollo económico y la difusión de la cultura, lo que también le distanció de la vieja oligarquía, junto con su anterior actitud anticlerical.

La oposición estaba en guerra abierta con el presidente en el Congreso y formaba en él la mayoría. Sirvió para que la contienda derivara a la violencia la prórroga del presupuesto que hizo Balmaceda el 1-I-1891 sin convocar el Congreso. El día 7 se sublevó la escuadra al mando de Jorge Montt, acusando al presidente de violar la constitución y se formó un gobierno del Congreso en el Norte. Balmaceda, apoyado por el ejército, resistió, se prolongó la guerra civil y cundieron las violencias.

En agosto de 1891 los sublevados desembarcaron cerca de Valparaíso y derrotaron en dos sangrientas batallas a los leales; Valparaíso y Santiago fueron saqueados por las turbas. Hubo 10.000 muertos en esta guerra y enormes pérdidas oficiales. Dimitió Balmaceda el 29 de agosto y se refugió en una embajada, donde se suicidó el 19 de septiembre, al día siguiente de terminar su mandato legal.

El régimen parlamentario

Derrocado con Balmaceda el régimen dominante durante tantos años, sin alterar la constitución quedó sometido el presidente al Congreso, debiendo gobernar de acuerdo con él, y ya no lo elegía a su gusto como antes, ni podía imponer su sucesor. El nuevo régimen municipal dio libertad y amplias facultades a las comunas, que dirigían las elecciones y ya no dependían del presidente, y la ley de incompatibilidad parlamentaria impidió la elección de los funcionarios.

Pero esta independencia del poder legislativo condujo a numerosas crisis ministeriales, cambios frecuentes de gobierno e ineficacia de las Cámaras, con mayorías transitorias y ocasionales; prevalecieron los jefes de los partidos, la corrupción del sufragio como práctica normal, quedaron postergados los intereses generales a los particulares y aumentaron los partidos, por multiplicación de los de carácter liberal, siendo el más importante de estos el radical, nutrido por la clase media.

El principal elemento de separación entre este y el partido conservador consistía en la cuestión religiosa, teniendo aquel al laicismo, la libertad de cultos y la enseñanza estatal y el segundo a la libertad de enseñanza y la unión de la Iglesia y el Estado.

De menor relieve que los grandes presidentes del s. XIX fueron los del XX, desde Jorge Montt en 1891, disputándose el predominio de la Alianza Liberal; —de radicales, liberales doctrinarios y liberales democráticos— y la Coalición liberal-conservadora. Esta impuso a Federico Errázuriz (hijo) (1896), y aquella o combinaciones análogas a Germán Riesco (1901), Pedro Montt (1906), aunque conservador, y a Ramón Barros Luco (1910). Tras el presidente conservador José Luis Sanfuentes (1915) —manteniéndose Chile neutral durante la primera Guerra Mundial— la Alianza hizo triunfar en 1920 a Arturo de Alessandri. El presidente de Chile le había llevado a la agrupación llamada A. B. C., con Argentina y Brasil, aunque no fueron muchas su eficacia ni duración.

El avance de la democracia

Alessandri representaba la clase media y las masas obreras y traía un programa de reformas sociales enfrentándose con las oligarquías. Pero careciendo de mayoría en el Senado, tropezó con su hostilidad y difícilmente logró la aprobación de algunas de sus leyes sociales.

Un Congreso favorable estancó, sin embargo, los proyectos y un acuerdo de conceder dietas a los parlamentarios, dada la crisis de la hacienda, provocó la intervención del ejército (1924), que impuso al Congreso la aprobación de las leyes paralizadas; pero Alessandri, viéndose mediatizado, abandonó la presidencia, de la que se hizo cargo una Junta militar presidida por el general Luis Altamirano

Su política conservadora ocasionó que jóvenes oficiales dieran otro pronunciamiento que restableció a Alessandri (1925), quien elaboró una constitución el mismo año que sustituyera a la veterana de 1833; devolvió el nuevo código al presidente la autoridad de antaño, elevó a seis años su mandato y sería elegido por votación directa, sin reelección inmediata. Senado de ocho años, renovado por mitad cada cuatro y Cámara por otros cuatro; el sufragio universal para los no analfabetos y en 1949 se ha extendido a la mujer. Se separó la Iglesia del Estado y se otorgó la libertad de cultos y de conciencia, pero sin persecuciones a la Iglesia.

Se garantizaron las libertades individuales y se atendió a reformas sociales y se afirmó la función social de la propiedad. Un choque con el ministro de la Guerra Carlos Ibáñez obligó a Alessandri a dimitir de nuevo (1925), y aquel en 1927 hizo dimitir a su vez a su sucesor Emiliano Figueroa, siendo elegido presidente, desarrollando una política de renovación y social, reorganización de servicio y de construcción de obras públicas; se atendió al ejército y la enseñanza y se resolvió la cuestión de Tacna y Arica.

Pero esta política era cara y la crisis mundial de 1929 afectó a Chile, junto con la baja de la venta del salitre por el crecimiento de la industria del nitrato artificial en Europa. Ibáñez, que gobernaba en realidad dictatorialmente, aunque con el apoyo del Congreso, el ejército y las masas, perdió popularidad al no poder hacer frente a la crisis y acentuar su autoridad y una agitación, especialmente estudiantil, le obligó a dimitir en 1931.

Se volvió a un régimen civil y la Unión Cívica, de conservadores y parte de los radicales, dio en las elecciones la presidencia a Juan Esteban Montero, frente a Alessandri, candidato de las izquierdas. Seguían las crisis, el paro, la desvalorización de la moneda, la necesidad de restringir los gastos. Un motín militar derribó a Montero en 1932 y encumbró a una junta con el socialista Carlos Dávila, cuyos planes socializantes no prosiguieron al derribarlo otro golpe militar el mismo año.

La vuelta a la constitucionalidad, tras este periodo revuelto, trajo la elección una vez más de Alessandri (1932), pero sin su radicalismo anterior. La crisis económica era muy grave, había un cuantioso paro y la deuda pública había crecido enormemente. Actuó Alessandri en forma autoritaria, según las facultades del sistema presidencialista, y se apoyó en el cuerpo voluntario, la Milicia Republicana, formada para mantener el orden y que se disolvió en 1935.

El ministro de Hacienda Gustavo Ross se esforzó por remediar la situación económica, aunque a costa de la inflación; se disolvió la Cosach, compañía monopolizadora del salitre fundada por Ibáñez, se reanudó el trabajo en las salitreras y se extinguió casi el paro, coincidiendo con la mejora de la situación económica mundial, se reanudó el pago de la deuda exterior y aumentaron los ingresos; a pesar de las resistencias, se promulgaron algunas leyes sociales, como la del salario mínimo.

Pero la política más bien conservadora de Alessandri, el temor a que impusiera su dictadura y la escasez de reformas sociales, provocó con vistas a su sucesión la formación del Frente Popular, o alianza de las izquierdas, fórmula de moda entonces en otros países, y sostenida por los comunistas. Contribuyó a desprestigiar a Alessandri la matanza de 60 jóvenes rebelados de la Vanguardia Popular Socialista de tendencia totalitaria. En las elecciones d e1938 triunfó el candidato del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda, sobre el conservador Ross.

Los propósitos de Aguirre se vieron trabados por el catastrófico terremoto de 1939 y la Segunda Guerra Mundial, en la que Chile se mantuvo neutral hasta 1943. Practicó el intervencionismo oficial en la economía, con la Corporación de Fomento a la Producción para promover la industrialización y la economía en general.

El Frente se disolvió en 1941 al retirarse los socialistas de él. Aguirre desarrolló una activa labor de enseñanza y de mejoras obreras, y en 1941 se reconocieron dos mil sindicatos. La economía realizó visibles progresos, pero no se pudo alterar el sistema de la propiedad rural, con el predominio del latifundio, el inquilinato y el peonaje.

Fallecido Aguirre antes de concluir su presidencia, lucharon Ibáñez, acusado de simpatías por el Eje, y Juan Antonio Ríos, radical, pero opuesto a los comunistas, y partidario de colaborar con los Estados Unidos en su lucha, y que fue el vencedor (1942). Rompió las relaciones con el Eje y prosiguió la política de fomento de la economía.

A su muerte fue elegido Gabriel González Videla (1946), que dio carteras a los comunistas, con quienes había simpatizado antes, pero acabó por proscribir el partido. Mantuvo buenas relaciones con los Estados Unidos que le proporcionaron abundantes empréstitos para el desarrollo económico. En su tiempo hizo ocupar una parte de la Antártida, al sur de Chile, a la que dio el nombre de Tierra de O´Higgins, reclamando la zona entre 53° y 90° W. Gr., considerada también en parte como dependencia británica.

Pero la inflación seguía siendo un problema muy grave y con el programa de combatirla y una política nacionalista triunfó de nuevo el general Ibáñez (1952). Gobernó sin acudir otra vez a la dictadura, pero no pudo nacionalizar la industria del cobre, ahora la más importante de Chile, desde la decadencia del salitre por la irresistible competencia del nitrato sintético; continuó la inflación, sin poder contenerla, y la devaluación del peso, y tuvo que buscar la colaboración de los demás partidos.

Le sucedió Jorge Alessandri (1958), bajo quien continuó la crisis financiera. Se había formado un partido cristianodemócrata de Eduardo Frei, con amplio programa de reformas sociales avanzadas y apertura a la izquierda. En la elecciones de 1964 lucharon el socialista Salvador Allende, candidato del Frente Popular restablecido, y Frei, que prometió reforma agraria, asentamiento de 100.000 campesinos dándoles tierras y movilizar la riqueza minera, triunfando Frei.

R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1082-1088.