Ecuador

Época Prehispánica

El Descubrimiento

Época Colonial

La Independencia

Época Independiente

Época Prehispánica

Portetes hechos de piedra. Provincia de Cañar

Portetes hechos de piedra en el complejo arqueológico de Ingapirca - Provincia de Cañar

Los primitivos pobladores del Ecuador fueron pueblos sedentarios y agrícolas que cultivaron el maíz, la quina, variedades de patata, el ají, frutas de los valles, etc. Sus animales domésticos fueron los perros, los cerdos y las llamas.

La población vivía dispersa, pero con frecuencia se unía para las ceremonias o en caso de ataque de un enemigo común. Cada grupo poseía su cacique, que gozaba de gran autoridad y que era honrado por sus súbditos con joyas, adornos y fastuosos enterramientos.

Geográficamente los habitantes del Ecuador se pueden dividir en costeros y serranos. Entre estos últimos se pueden distinguir los caras, situados en la provincia de Imbabura y norte de Pichincha; los cañaris, en el sur del Ecuador; los palta, en la provincia de Loja, norte de Piedras y sur de Xoroca.

Los caras eran pueblos de lengua chibcha y, según el padre Velasco, procedían del Pacífico y desembocaron por la bahía de Caráquez conducidos por un jefe llamado Schyri en su lengua. Llegaron hasta Quito venciendo a sus primitivos habitantes y se aliaron con sus vecinos los puruhás, formando con ellos un importante imperio.

Debido a su espíritu guerrero, los incas tardaron quince años en conquistarlos y Huaina Capac se casó con la hermana del último Schyri, de la que tuvo a Atahualpa. Su organización política era una monarquía de tipo feudal en la que el cacique estaba rodeado de una nobleza turbulenta y poderosa. la insignia del poder era una esmeralda que el Schyri llevaba en medio de la frente.

Sus edificaciones eran llamadas tolas, montículos sobre los que construían habitaciones o templos. Eran excelentes lapidarios y tejedores de algodón y lana, pero destacaron sobre todo en el trabajo del cuero. Practicaban el culto a los muertos, enterrándolos con alimentos y utensilios utilizados en vida.

No conocieron los quipus, pero, según Bodín, tuvieron un sistema de cuenta consistente en una placa de piedra y de madera con diferentes compartimentos sobre los que colocaban diferentes objetos de distinto color.

Los cañaris formaron una confederación a la que pertenecieron varios pueblos vecinos. Para algunos autores los jíbaros, habitantes de la jungla, formaron parte de esta confederación, mientras que para otros fueron sus enemigos.

Conocían la metalurgia y se han encontrado piezas de oro y cobre de gran calidad. la cerámica hallada en esta región es de las mejores del área ecuatoriana preincaica. Los jefes eran enterrados en agujeros circulares, sentados y acompañados de sus mujeres y criados, así como de sus armas y adornos.

Los palta, según Paul Rivet, hablaban una lengua de la familia araucana y, aunque menos guerreros que sus vecinos, no por eso fueron menos civilizados. Parece que procedían de otros lugares y que al llegar a esta región se adaptaron al medio.

Otros pueblos serranos fueron los panzaleos, situados en la provincia de Pichincha, Cotopaxi y Tugurahua, y los puruhuá al sur de aquellos, en las provincias de Chimborazo y Bolívar.

Los pueblos que habitaban las costas fueron absorbidos culturalmente muy pronto. Se relacionaban unos con otros por medio del comercio, y aunque conocían a los pueblos del interior eran muy diferentes a ellos. Los más importantes fueron los esmeralda, situados en la parte inferior del río de este nombre, y los colinas, entre Cojimíes y Atacames; los manta, de la región de Manabí, y los puna, en la isla del mismo nombre.

Los esmeralda tenían como base de alimentación la pesca, que también exportaban hacia el interior. Aunque eran más pobres que sus vecinos del sur, trabajaron el oro, la plata y el platino, tejieron el algodón y fabricaron canoas.

Su cerámica tiene influencia mesoamericana y peruana, con vasijas de doble pico y puente y vasos dobles. También son muy interesantes las estatuillas o figuritas de tierra cocida con temas antropomorfos —los pensadores, mujeres, a veces embarazadas, y parejas de niños— y de animales.

Los manta, nombre dado por Rivet a este pueblo costero, son llamados por Cieza los que se tatúan el rostro e indios de Puerto Viejo. Según Jijón y Caamaño, su lengua pudo pertenecer a la familia lingüística Puruha-Mochica.

Estos pueblos de Manabí fueron grandes marineros y constructores de canoas y mantuvieron un activo comercio con toda la región, de cerámica, tejidos y adornos de plata y oro. Su cerámica presenta formas de olla globulares de base redonda o apuntada, decorada con pinturas y algunos relieves. El cacique de Manabí poseía una esmeralda sagrada que exhibía ciertos días y era reverenciada debido a sus poderes curativos.

Ofrecían a sus dioses sacrificios de animales y humanos y se distinguían de sus vecinos en que tatuaban su rostro. Los puná, de igual familia que los manta, se alimentaban de pesca y maíz cocido. Eran piratas y comerciantes y lucharon constantemente con los pueblos del continente, lo que les enriqueció mucho.

Otro pueblo serrano fueron los huancavilcas, agrícolas y pescadores que habitaban la provincia de Guayas. Todos estos pueblos pasaron a formar parte del imperio inca por sucesivas conquistas.

Muestra de la balsa común

Muestra de la balsa común que sobrevivió desde los indicios de la Cultura huancavilca hasta el siglo XIX.

Las tradiciones indígenas fueron recogidas por los antiguos cronistas del Perú, en especial Cieza de León, y las recopiló, junto con informaciones perdidas hoy, en el siglo XVIII el jesuita Juan de Velasco, primer historiador propiamente ecuatoriano, en su Historia del Reino de Quito, no publicada hasta el siglo XIX.

Según estas tradiciones, los scyris o caras llegaron por mar a la bahía de Caráquez por la costa de Manabí y Esmeralda; luego subieron a la meseta y sometieron a los atrasados quitus, pero parece que estos son una rama del mismo pueblo.

Habrían formado los scyris una monarquía, que habría crecido en extensión y poderío, conquistando territorios al Norte y luego al Sur; a los dos siglos conquistaron las tribus de Latacunga y Ambato, y luego los mochas, dejando libres al resto de los puruhaes.

Pero en el siglo XI la hija única del rey scyri se casó con Duchicela, heredero de Puruhá, y se unieron ambos pueblos. Con los scyris se aliaron los cañaris y otros Estados pequeños; por la diferencia de clima, dejaron libres los pueblos costeros.

En su expansión imperialista, el inca Tupac Yupanqui llegó al actual territorio ecuatoriano (segunda mitad del siglo XV) y sometió a los huancabambas, los más meridionales de los aliados del reino de Quito; conquistó a los paltas y llenó su tierra de mitimáes (colonos).

Atacó a los cañaris, que lo derrotaron, pero no cejó en su intento y al fin se le sometieron, entregándole rehenes y construyéndole un palacio; se detuvo mucho tiempo en Azuay, y sacó de allí muchos habitantes, que trasladó a Cuzco, levantando dos fortalezas.

Se le sometieron también los huancavilcas de Guayaquil y le pidieron auxilio contra los jefes de la Puná. Regresó Tupac Yupanqui al Cuzco y a los dos años volvió con otro ejército para someter Quito.

Su sucesor, Huaina Cápac, quiso asegurar su dominación; fracasó ante los jíbaros y chachapoyas, pero sometió a los rebelados paltas; en la provincia de Azuay levantó grandes edificios, pues había nacido allí, en Tomebamba, la capital de los cañarís. En Quito fue recibido solemnemente, pues desde la época de su padre había allí un gobernador inca.

Vencido el caudillo scyri Hualcopo, que se había defendido tenazmente, le sucedió en el trono Cacha, último soberano scyri, que tras muchas batallas pereció en la de Hatuntaqui; pero aún siguió la resistencia en Caraquí, que sometió el inca con muchos exterminios; levantó nuevas fortalezas para tener a raya a los imbaburas y la región de Cayambí.

Prosiguió más al Norte, al país de los quillasingas, y conquistó Pasto, colocando la frontera de su imperio en el río Angasmayo, y también dominó Paita y Túmbez. Vengó una traición que le hicieron en la isla de Puná y recorrió la costa de Manabí y Esmeraldas, reinando, sobre, más o menos, todo el territorio del actual Ecuador. Prefirió Quito al resto de su imperio y residió allí unos treinta años, convirtiéndolo en una verdadera capital y embelleciéndolo con grandes edificios, y murió allí hacia 1525-1527.

Había tomado por mujer a Pacha, la hija del último rey scyri, y así legitimó en cierto modo su conquista, uniendo a la borla roja, emblema de los incas, la esmeralda de Quito. Amaba tanto el país que dividió el reino entre sus hijos Huáscar y Atahualpa, dejando Quito al segundo, nacido allí, y el resto del imperio a Huáscar. Conocidas son las luchas entre ambos hermanos que facilitaron la conquista realizada por Pizarro.R.B.: CALVO Pilar y EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1195-1197.

Descubrimiento y Colonización

El actual territorio ecuatoriano fue descubierto y conquistado como parte del descubrimiento y conquista del Perú. El primer español que vio las costas del Ecuador y atravesó de norte a sur la línea equinoccial en el Pacífico oriental fue Bartolomé Ruiz, piloto de Pizarro (1526).

Asimismo, de sur a norte, pero a gran distancia de la costa, también por el este del Pacífico, cruzó el ecuador Santiago de Guevara, en un barco de la expedición de Loaisa, desviado del resto, en 1526.

En el primer viaje desde Panamá no pasó Pizarro de la costa actual colombiana (1524-1525), habiendo llegado Almagro por su cuenta al río San Juan. En el segundo (1526 ss.), Pizarro y Almagro llegaron al citado río, y Ruiz (natural de Moguer), enviado a explorar, tocó en la isla del Gallo y en la bahía de San Mateo, y luego, sin desembarcar, atravesó el Ecuador hasta la altura del cabo Pasado (medio grado S.), en territorio ecuatoriano.

Volvió donde estaba Pizarro, y habiendo llegado también Almagro con refuerzos desde Panamá, ambos desembarcaron en Tacamez, y ante la resistencia hallada se acordó que Almagro volviera a Panamá por más refuerzos y Pizarro pasó a la isla del Gallo, donde ocurrieron los famosos sucesos de los Trece de la Fama.

Socorrido al fin, Pizarro siguió desde la isla de la Gorgona (Colombia) al sur de nuevo, pilotado por Ruiz; dejaron atrás el cabo Pasado, límite de la navegación anterior, doblaron la punta de Santa Elena y entraron en la bahía de Guayaquil, llegando después a Túmbez, ya en el norte del actual territorio peruano.

Desde los viajes anteriores habían oído hablar de un país muy rico y muestras habían visto de riqueza, población y mayor nivel civilizado en la costa ecuatoriana; prosiguió al sur hasta Paita (1527) y regresó a Panamá, desde donde fue a España para obtener una capitulación de Carlos V.

Cuando emprendió Pizarro definitivamente la conquista del imperio inca, en 1531, tocó en San Mateo, de donde se internó al pueblo de Coaque, en el que hallaron muchas esmeraldas; siguió Pizarro la marcha por tierra y en Puerto Viejo, con un refuerzo, se le unió Sebastián de Benalcázar y se instaló en la isla de Puná, donde los de Túmbez, enemigos de sus habitantes, los indispusieron con Pizarro, estallando la guerra; allí se le unió Hernando de Soto.

Por los indios de Túmbez tuvo noticias de las disensiones entre Atahualpa y Huáscar, y en 1532 desde Túmbez emprendió la marcha que le conduciría a la conquista del imperio inca. Atahualpa, como es sabido, estaba en Cajamarca, donde se desarrollaron los terribles sucesos que causaron su prisión y el derrumbamiento de su Estado.

Al salir Pizarro de Cajamarca hacia Cuzco dejó encargado del gobierno de San Miguel en Piura a Benalcázar, quien habiendo oído hablar de las grandes riquezas existentes en Quito y del proyecto de Alvarado de ir a conquistarlo, decidió emprender su conquista, sin esperar la autorización de Pizarro, y siguió la calzada, con unos doscientos soldados y muchos indios auxiliares; con el apoyo de los cañaris derrotó al general inca Rumiñahui en Alausit, cerca de Riobamba, y tomó Quito, pero no halló los tesoros, sacados anteriormente y ocultos, y la ciudad estaba incendiada (diciembre de 1533).

Tras él llegó Almagro, por temor a una insubordinación de Benalcázar. Estando ambos allí llegó Pedro de Alvarado, que dejó su gobernación de Guatemala, atraído por la fama del Perú, y desembarcó en Puerto Viejo, efectuando una terrible marcha por las selvas, hasta llegar al pie de los Andes y subir a la meseta, diezmando el frío a sus auxiliares indios, para encontrar el desengaño de que se le había anticipado la hueste pizarrista (1534).

Se evitó un choque entre los conquistadores, pero Alvarado tuvo que renunciar a su proyecto y mediante 100.000 pesos de oro cedió su ejército y su flota a Almagro, en nombre de Pizarro. Para consolidar su posición frente a Alvarado habían fundado Almagro y Benalcázar la ciudad de Santiago de Quito (15-VIII-1534), en la llanura de Riobamba.

Terminado el incidente procedieron a erigir la nueva ciudad donde estuvo la capital india, con el nombre ahora de San Francisco de Quito (28-VIII-1534); nombró Almagro teniente gobernador a Benalcázar y le encomendó la fundación efectiva, para lo que repartió solares y organizó el ayuntamiento.

Siguió la campaña contra Rumiñahui, tomándole el peñón de Pillaro y capturándolo poco después; murió sin revelar donde escondió los tesoros. La muerte de Quizquiz, otro general inca, que se dirigía a Quito, terminó la resistencia. Para tener comunicación con el exterior fundó Benalcázar el puerto de Santiago de Guayaquil (25-VII-1535), pronto destruido y no consolidado hasta su tercera fundación por Orellana en 1537.

Habiendo tenido noticias de un áureo país al norte y de un cacique que se cubría el cuerpo de oro y se bañaba en una laguna, acometió Benalcázar la conquista de las regiones occidentales de la actual Colombia, las comarcas del Pasto y de Cauca hasta coincidir con Jiménez de Quesada en la meseta de Bogotá. En adelante sus conquista y su gobernación se concentrarían en aquel país.

Pizarro decidió destituir a Benalcázar y envió como juez de residencia y gobernador a Lorenzo de Aldana (1539) y nombró luego definitivamente a su hermano Gonzalo Pizarro (1540). Gonzalo emprendió inmediatamente una expedición a un supuesto país de la canela, a las selvas del oriente de los Andes, que duró dos años y fue totalmente desastrosa (1541-1542); de ella se desprendió un grupo mandado por Orellana, que en un bergantín allí construido recorrió el Amazonas hasta su desembocadura.

Repercutieron en Quito las Guerras civiles del Perú y el virrey Blasco Núñez Vela, expulsado por Gonzalo Pizarro, decidió intentar de nuevo restablecer su autoridad y desembarcó en Túmbez (1544 ), dirigiéndose a Quito y luego a Piura, donde se le juntaron muchos leales al rey, pero ante la llegada de Pizarro con mucha tropa se retiró a Quito de nuevo perseguido por Carvajal y huyó a Pasto y Popayán buscando el amparo de Benalcázar; ambos regresaron a Quito y en sus cercanías se dio la batalla de Añaquito (18-I-1546), en la cual Núñez Vela fue derrotado, y habiendo caído prisionero, se le degolló al punto. Gonzalo Pizarro quedó dueño del Perú y permaneció en Quito hasta julio de 1546, en que partió para Lima, para ser vencido y muerto por Pedro de la Gasca en 1548.

La región de Quito se había sometido fácilmente a ser conquistada y siguió la suerte del resto del Perú. Pronto comparecieron los misioneros y comenzó la labor de cristianización. En el convento de San Francisco de Quito, el padre Jodoco Ricki, flamenco, fundó la primera escuela, donde enseñaba oficios a los niños e incluso pintura y música.

Se introdujeron plantas y animales europeos; se fundaron otras poblaciones españolas, como Puerto Viejo (1535, por Francisco Pacheco, por orden de Almagro); Loja (1546, por Alonso de Mercadillo, por orden de Gonzalo Pizarro); Zamora (1549, por Mercadillo y Hernando de Benavente; más tarde Cuenca, en tiempo del virrey marqués de Cañete, por Gil Ramírez de Avalos; Jaén, al sur, hoy del Perú; en la vertiente oriental de los Andes se intentó colonizar el país de los quijos y la canela —por una especia semejante que allí se criaba— y Ramírez de Avalos fundó Baeza, Archidona y Alcalá, y Melchor Vázquez de Ávila, Ávila; pero varias de estas fundaciones orientales desaparecieron pronto.

También el marqués de Cañete dio a Juan de Salinas el gobierno de Yahuarsongo y Pacamoros (1556), al otro lado de los Andes, donde se fundaron Valladolid, Loyola, Nieva, región hoy también perteneciente al Perú. En 1545 se erigió el obispado de Quito, aunque su primer prelado llegó unos cinco años después.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1197-1198.

Época Colonial

Los siglos XVI y XVII

Las Misiones

Arte y Cultura

El siglo XVIII

Los siglos XVI y XVII

A petición del cabildo de Quito (1560) fundó Felipe II la Audiencia de Quito en 1563, incluyendo en ella la gobernación de Popayán, o sea casi todo el occidente de la actual Colombia, con Pasto, hasta el puerto de Buenaventura por el norte, y hasta Paita por el sur; también incluía la gobernación de Juan de Salinas, con Jaén de Bracamoros, en territorio hoy peruano.

Dama principal de Quito y su corte. Anónimo, siglo XVI.

Dama principal de Quito y su corte. Anónimo, siglo XVI.

La Audiencia de Quito era del tipo llamado pretorial, en que el presidente era también capitán general y gobernador; dependía oficialmente del virrey del Perú, pero en realidad formaba una jurisdicción prácticamente independiente.

El primer presidente fue Hernando de Santillán, que inició su actuación en 1563, sin esperar a los oidores y que procedió arbitrariamente, por lo que se elevaron muchas quejas contra él y fue residenciado en 1568; pero trató de mejorar la suerte de los indios y de moderar su trabajo; también fundó el hospital de la Misericordia, primero que hubo en Quito. Vuelto a España, fue nombrado más tarde arzobispo de Charcas.

Hubo un periodo en que durante unos ocho años (1581-1587) gobernaron solos los oidores, sin presidente, sin distinguirse ni por su competencia ni por su moralidad y con choques con la autoridad eclesiástica; uno de ellos era Diego de Ortegón, casado con una descendiente de Colón; corrompida fue la época de Pedro de Venegas, cuya esposa, Magdalena de Anaya, fue durante cuatro años la verdadera dueña del gobierno.

Terminó esta situación con la llegada del presidente Manuel Barros de San Millán (1587), de larga experiencia en Indias, pero de áspero carácter, aunque también trató de mejorar la suerte de los indios, rebajando su trabajo y el número de yanaconas. Pero la imposición del tributo de la alcabala de 1592, a pesar de las advertencias del cabildo, provocó un motín popular y Barros estuvo a punto de perecer, disponiéndose la ciudad a resistir a fuerzas enviadas por el virrey del Perú; el visitador Esteban Marañón logró apaciguar el tumulto, pero terminó este trágicamente al procesar y condenar a muerte a varios de los complicados el jefe de las tropas enviadas (1593). Barros fue desterrado por su imprudente rigor.

Al comenzar el s. XVII gobernó el presidente Miguel de Ibarra (1600-1609), que contrastó con los anteriores por sus mejores condiciones; pacificó Imbabura y Esmeraldas y fundó la ciudad de su nombre (1606). Otro mandatario de renombre fue Antonio de Morga, ex gobernador de Filipinas (1615-1636), que se destacó ahora por su afán de lucro y sus inmoralidades; enviado como visitador e inquisidor Juan de Mañozca (1624), suspendió a Morga y la Audiencia y gobernó duramente intentando corregir los abusos; sus disensiones con los frailes ocasionaron su relevo (1627), continuando Morga hasta su muerte, aunque llegó después una sentencia condenatoria del Consejo de Indias.

Entre otros presidentes de escaso relieve figuran Alonso Pérez de Salazar (1637-1642), Alonso de la Peña y Montenegro, obispo de Quito, y Lope Antonio de Munive (1678-1689), de corrompida conducta este, durante cuyo gobierno los piratas atacaron las costas, saqueando Guayaquil en 1648 y de nuevo e incendiándola en 1687, repitiéndose el saqueo en 1709. Algo mejoró la situación interior la visita y gobierno de Mateo de la Mata y Ponce de León (1691-1702). Otra periódica calamidad eran las catástrofes naturales, como la última erupción del Pichincha de 1660.

Socialmente, el elemento más numeroso era el indio, exclusivo en varias regiones, sin contar las tribus de bajo nivel de civilización e insumisas de la región oriental. Formaba la clase baja de la población y su cristianización venía a ser más aparente que real; estaba sometido a la encomienda y a los trabajos forzosos, como en los obrajes o fábricas de tejidos, desarrollados por la abundancia del ganado lanar introducido por los colonizadores. Pero muchos aprendieron los oficios traídos de España y su huella se manifiesta en la decoración de los edificios.

El elemento blanco —dominante, pero poco numeroso— estaba formado, como en las demás provincias americanas, por los españoles peninsulares, con su superior categoría, funcionarios o comerciantes, y por los criollos; existía el elemento mestizo, en crecimiento, y en la cálida costa había muchos negros, más adaptados al trabajo en dicha región.

Se había intentado colonizar la zona oriental más allá de los Andes y en las riberas de los afluentes del Amazonas, y así se habían erigido las provincias de Yahuarsongo y Bracamoros al sur; Macas en el centro y Quijos y Mocoa y Sucumbíos al norte, donde surgieron poblaciones de efímera vida la mayoría, Jerez, Jaén —que subsistió—, Valladolid, Loyola, Santiago, Zamora, Baeza, Archidona, Ávila, Écija, todas en el s. XVI, destruidas por sublevaciones indias o abandonadas.

Las Misiones

Más eficacia tuvieron las misiones de jesuitas y franciscanos en el s. XVII; estos en el Putumayo, Napo y el Caquetá, que sufrieron mucho por la rebelión de 1721. La región de Mainas, en el valle del Amazonas, fue intentada conquistar por Diego de Vaca de Vega, que fundó San Francisco de Borja en 1619, que luego se convirtió de base para las misiones jesuíticas, desarrolladas más firmemente desde 1638 por los padres Gaspar Cugía y Lucas de la Cueva; este intentó de evangelizar a los indómitos jíbaros, llegando a fundar un pueblo entre ellos.

El sardo Cugía desenvolvió gran actividad hasta 1653, en que se retiró, fundando doce pueblos, aunque sin el excesivo aislamiento de las reducciones del Paraguay y con dificultades por la resistencia de los indios a la vida sedentaria y sometida, pero se procuró evitar al soldado, la encomienda y el servicio personal.

El padre Cueva se retiró en 1672, después de treinta y cuatro años de trabajo; otros misioneros jesuitas de relieve fueron el padre Francisco de Figueroa, llegado en 1642, que extendió las misiones a Huallaga, que intentó en vano la conversión entre los jíbaros y que pereció violentamente en 1666, tras veinticuatro años de esfuerzos; el padre Raimundo de Santa Cruz († 1662) y el jesuita alemán padre Samuel Fritz, que evangelizó a los omaguas, aguas abajo del Amazonas, hasta la confluencia del río Negro, fundando ocho reducciones (1686-1689); pero chocó con los portugueses que remontaban el Amazonas cautivando indios; Fritz bajó a su encuentro y descendió el río hasta Pará, pero los portugueses alegaron, sin razón, que les pertenecía Omagua, y lo retuvieron dieciocho meses, logrando comunicar su situación al fin y ser libertado, regresando Amazonas arriba en 1691, y se dirigió a Lima para exponer al virrey que Portugal no debía pasar 4.° 2/3 de la boca del río hasta la confluencia del río de Pinzón; el resto, hasta 9.° al este del río Negro, correspondía a España; fruto de sus viajes fue el primer buen mapa del valle del Amazonas (1707).

En 1697 llegaron a la misión más oriental soldados y misioneros portugueses, con el pretexto de pertenecer aquel país a Portugal, con protesta del padre Fritz. En 1691, por orden de la Audiencia, se llevaron colonos blancos e indios capturados a los jíbaros, fundado Logroño, por creer que había oro; fracasó el intento, chocando una vez más la expedición militar con la reducción pacífica, que resultaba así perturbada.

En 1687 la Audiencia de Lima dividió el territorio misional, adjudicando a los jesuitas hasta los Conibos, entre el Huallaga y el Ucayali, y a los franciscanos este río arriba; pero aquellos consiguieron después el derecho de remontar el Ucayali hasta el río Perene, al Sur de la Pampa del Sacramento, en territorio hoy peruano y boliviano.

Los misiones de Mainas comprendían en 1727 setenta y cinco pueblos. Eran de suma dificultad estas misiones, por el tremendo obstáculo de la selva, el salvajismo de los indígenas y las epidemias que los diezmaban, sin recursos para combatirlas; las expediciones militares contra jíbaros o motilones perturbaban a los indios sometidos.

Sirvió la obra misional también para la exploración geográfica, pues los misioneros hubieron de descubrir nuevas rutas. En 1637 los legos franciscanos Domingo Brieva y Andrés de Toledo, con unos soldados y una canoa recorrieron el Aguarico, Napo y Amazonas hasta Pará, repitiendo el viaje de Orellana. Este viaje despertó en los portugueses el deseo de traficar con Quito, y Pedro de Teixeira remontó el Amazonas con los dos legos dichos hasta llegar a Quito; entonces aún estaba unido Portugal a la corona española.

El virrey y la Audiencia decidieron explorar el Amazonas y enviaron a los jesuitas Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda (1639), que con los portugueses llegaron a Pará y vinieron a Europa para referir al rey la empresa, pero la separación de Portugal impidió proseguir los planes; Acuña redactó su relato Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas (M. 1641). El citado padre Santa Cruz recorrió río arriba el Huallaga, Marañón y Napo y halló un camino muy breve de Napo a Quito (1654), que fue el usual en adelante. Ya se ha aludido al padre Fritz y a su labor exploradora y cartográfica.

Arte y Cultura

El territorio de Quito sería uno de los más brillantes focos artísticos de la América española. Ya en los primeros tiempos los franciscanos fray Jadoco Ricke, flamenco, y fray Francisco de Morales, fundan una Escuela de Bellas Artes, donde aprovecharon las aptitudes de los indios y educaron numerosos artífices indígenas, y allí enseñó otro flamenco, fray Pedro Gosseal, pintor, que desarrolló una intensa labor.

En el siglo XVI se levantó el templo de San Francisco en Quito, gótico y mudéjar. El barroco tuvo un extraordinario y suntuoso desarrollo, con riquísima decoración, obra de los artistas indios, y continuando la tradición mudéjar, destacando los templos de la Compañía (terminado en 1689), Santo Domingo, San Francisco y San Diego.

También adquirió gran importancia la imaginería, influida por Montañés y los talleres sevillanos, y con obras importadas y sobre todo realizadas en el país, como las realizadas en el taller del padre Carlos (segunda mitad del s. XVII), autor de algunas de las más bellas imágenes sudamericanas; José Olmos Pampite, autor de crucifijos muy realistas, y el indio Manuel Chill Capiscara (siglo XVIII), autor del Calvario de la Catedral.

La pintura ofrece a Miguel de Santiago (siglo XVII), que pintó las series de lienzos de San Agustín y de Guápulo; y Nicolás Javier de Goríbar, su discípulo, que hizo las grandes figuras de profetas de la iglesia de la Compañía. La carpintería de lo blanco o talla en madera adquirió un extraordinario desarrollo, formándose una de las escuelas más bellas de la América española y manifestada en techumbres de estilo morisco, púlpitos, retablos y muebles litúrgicos.

La enseñanza superior contó con nada menos que con tres centros titulados universidades, aunque de escasa altura en general: la de San Fernando, de los dominicos; la de San Fulgencio, de los agustinos; y la de San Gregorio Magno, de los jesuitas (1620), con reducido número de alumnos en todas. Destacaron más San Fernando y San Gregorio, que educaron individuos selectos y de las que salieron bastantes obispos. El primer centro fue el seminario de san Luis, de los jesuitas, del que salió su universidad citada.

En Quito nació el prelado Gaspar de Villarroel (1587-1665), arzobispo de Charcas y autor del Gobierno eclesiástico pacífico, sobre derecho indiano. Figura atractiva es la de la quiteña Mariana de Jesús Paredes (1618-1645), la Azucena de Quito, canonizada en 1950.

El siglo XVIII

Al crearse el virreinato de Nueva Granada en 1718 se suprimió la Audiencia de Quito, incorporándose a aquella jurisdicción; pero suprimido a su vez el nuevo virreinato se restableció la Audiencia de Quito (1722), aunque dependiente del virreinato peruano, hasta 1739, en que se restableció el virreinato de Nueva Granada, del que dependió Quito, pero conservando la Audiencia.

Comprendía Jaén de Bracamoros, hoy peruano, y Pasto, de Colombia. Comprendía la Audiencia los gobiernos de Quito, con el territorio de Esmeraldas; Popayán, —luego segregado, pero conservó Pasto— y los de Quijos, Macas, Jaén y Mainas, en zona india y misional; había siete corregimientos, de los cuales en el de Guayaquil se titulaba gobernador su corregidor. En 1803 se segregó Guayaquil del virreinato de Nueva Granada y se agregó al de Perú, lo que duró hasta 1819.

En este siglo se erigió Cuenca en obispado y también se elevó Mainas a esta categoría, en 1802, al mismo tiempo que se le segregaba teóricamente de Quito para unirla al Perú.

Entre los principales presidentes figuran Dionisio de Alcedo (1728-1736), modelo de gobernantes, pero bajo cuyo mando el país fue azotado por múltiples calamidades naturales; procuró restablecer la normalidad y efectuó mejoras urbanas; la destitución del rector del colegio de la Compañía por un visitador de la orden y su sustitución por un amigo de Alcedo provocó disturbios y sirvió de pretexto a manifestaciones contra los peninsulares.

Bajo el peruano José de Araujo, acusado de favorecer el contrabando, llegó la comisión de los académicos franceses Godin, Bouguer y La Condomine, con los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, para medir un grado de meridiano (1736-1743). En 1740 el almirante inglés Anson destruyó Paita. El granadino Juan Pío de Montúfar, marqués de la Selva Alegre, obtuvo la presidencia por 32.000 pesos entregados al tesoro (1753-1761) y fundó una estirpe que trabajó después por la independencia.

En 1765 estalló una violenta insurrección en Quito, motivada por el estanco del aguardiente y el establecimiento de la aduana, destruyéndose edificios y género, pero luego degeneró en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados de la ciudad, marcando un tono nacionalista; las autoridades hubieron de acceder a las exigencias de los rebeldes, pero la llegada de 600 soldados desde Guayaquil restableció el orden; el motín había sido obra de la ínfima plebe, pero probablemente excitada por gentes de más categoría.

Bajo José Diguja (1767-1778), uno de los mejores gobernadores, se procedió a la expulsión de los jesuitas, en número de unos 200; sus bienes eran considerables y bien organizados y explotados, con un centenar de buenas haciendas. Con su expulsión sufrió la enseñanza, pues regían la Universidad de San Gregorio Magno y los mejores centros del país.

José García de León y Pizarro (1778-1784) envió grandes cantidades de dinero al gobierno y restableció el estanco del aguardiente. Uno de los últimos buenos gobernadores fue el barón de Carondelet (1798-1806), antes gobernador de Luisiana. En 1793 se habían explotado las islas de los Galápagos, abandonadas y punto de escala de piratas y balleneros.

La situación social era deficiente, por la mala condición en que se hallaban los indios, y de este territorio trazaron un sombrío cuadro las Noticias secretas de Jorge Juan y Ulloa. El país era pobre y el nivel en general, bastante bajo en las masas. Situación agravada por terremotos y erupciones del Cotopaxi y Tunguragua de 1768 y 1773 y la gran catástrofe sísmica y volcánica de 1797, que destruyó Ambato y Riobamba. La Iglesia disponía de grandes riquezas, existiendo a fines del siglo XVII 42 conventos en Quito y a fines del XVIII había unos dos mil eclesiásticos en el territorio.

La población, según el censo de 1779, ascendía a 442.000 habitantes, de ellos unos 100.000 indios y solo cerca de 40.000 blancos; al consumarse la independencia se calcula en unos 550.000. La base de la economía era la agricultura, habiéndose introducido cultivos europeos y tropicales, al lado de los indígenas, y la ganadería; predominaron el trigo y la caña de azúcar para el consumo interno, y el caco y el tabaco en el litoral.

Aunque se explotó algo el oro, el país no era propiamente minero. La industria consistía en los obrajes de paños, que incluso se exportaban al Perú; y en varias producciones derivadas de la agricultura, para uso local, como aguardiente y alfarería; también se exportaban obras de arte religioso; en la costa había construcción naval. El comercio era limitado, exportándose cacao a México y luego los productos referidos.

La cultura ofrece en este siglo aspectos de interés. Los jesuitas introdujeron la imprenta en Ambato en 1754, aunque ya en 1707 se grabó el mapa de Fritz. Ya a comienzos de siglo los jesuitas padres Magnin y Larrain introducían a Descartes, Newton y Leibniz en sus enseñanzas y luego renovó el pensamiento el padre Juan Bautista Aguirre, asimismo jesuita.

En el promedio del siglo hay tres personalidades de relieve en la cultura: el jesuita padre Juan Antonio de Velasco (1727-1792), autor de una Historia del Reino de Quito, primera historia documentada del país, que quedó entonces inédita, y de un mapa del territorio; el naturalista Pedro Francisco Dávila, cuyas colecciones sirvieron de base al Museo de Ciencias Naturales de Madrid; y el geógrafo Pedro Vicente Maldonado (1709-1748), autor del mejor mapa del país, explorador de la zona amazónica y que con gran esfuerzo abrió el camino de Esmeraldas; en Europa fue nombrado académico correspondiente de la Academia de Ciencias de París.

El presidente Dionisio de Alcedo se interesó por el país y redactó un Compendio histórico de la provincia de Guayaquil, y en Quito nació su hijo Antonio Alcedo, autor del Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales. La figura más importante de fines de siglo es la de Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, representante de los más avanzado de la Ilustración y conspirador separatista, secretario de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, fundada en 1791; director de la primera biblioteca pública, a base de los fondos de los jesuitas (1792) y editor del primer periódico, Primicias de la cultura de Quito (1792).

A fines de la época colonial brillarían José Mejía Lequerica, diputado en las Cortes de Cádiz, y el poeta José Joaquín de Olmedo, asimismo miembro de ellas y cantor de la independencia. En 1802 llegó Humboldt que efectuó intensas exploraciones y estudios en el territorio. En 1786 se fundó una cuarta universidad, la Real de Santo Tomás y otros centros.

No hubo muchas escuelas y la expulsión de los jesuitas cerró algunos de sus colegios privando de ellos a sus respectivas localidades; a fines del XVIII se fundaron algunas escuelas femeninas en conventos.

En cuanto al Arte cabe recordar la protección del presidente Diguja a una fábrica de loza artística, obra del español Salvador Sánchez Pareja, que produjo obras apreciadas por el rey y que rivalizaban con las coetáneas de Europa, aunque falta de suficiente protección oficial concluyó en 1778.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1198-1202.

La Independencia

Antecedentes

La Primera Revolución

La Restauración española

La Emancipación

Quito en la Gran Colombia

Antecedentes

Pocos precedentes próximos tuvo la independencia del territorio de la Audiencia de Quito, siendo de señalar la sublevación contra el estanco de aguardientes y la aduana en 1765, obra de la ínfima plebe de Quito, convertida pronto en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados por breve tiempo, y rebeliones de indios indistíntamente contra los blancos.

Existía, como en los demás países, rivalidad contra el español, por parte del elemento mestizo en especial y del clero dentro de él, y adelantando el siglo XVIII por parte de la aristocracia criolla, irritada por la exclusión de los altos cargos y deseosa de regir sola el país.

Ideas separatistas y republicanas profesaba el mestizo Eugenio de Santa Cruz y Espejo, la principal figura de la Ilustración ecuatoriana (1747-1795), médico y abogado, que propagó con si ingeni satírico sus ideas en el Nuevo Luciano, lo que le valió un proceso y un destierro a Bogotá donde trató a Nariño; al regreso formó parte como secretario de la Sociedad patriótica de Amigos del País y publicó en 1792 el primer periódico de allí, Primicias de la cultura de Quito; asimismo fue director de la biblioteca pública; por incitaciones a la rebeldía fue encarcelado en 1795 y murió en la prisión. Su ideología procedía de la Enciclopedía y de la Revolución francesa. Influyó sobre un grupo aristocrático, cuya principal personalidad era la de Juan Pío de Montúfar, marqués de Selva Alegre (n. 1762), imbuido de tendecias separatistas.

La Primera Revolución

Al conocerse los sucesos de 1808, se organizó inmediatamente una conspiración para formar una Junta como las de España, pero con carácter de gobierno nacional; en ella entraba el marqués y otros elementos de la alta sociedad quiteña, los doctores Antonio Ante, Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga y el capitán Juan Salinas (XII-1808)

Tuvo noticia el presidente de la Audiencia, Manuel Urríes, conde Ruiz de Castilla, y apresó a los conjurados (II-1809), pero estos hicieron desaparecer el sumario. Reanudaron enseguida la conspiración y en ella entró lo más selecto del elemento criollo, incluso el obispo y parte de las tropas. Preparado el plan en casa de Manuela Cañizares, estalló por sorpresa el movimiento el 10-VIII-1809; se depuso a Ruiz de Castilla, y sin hallar resistencia se formó la Junta Soberana, presidida por Selva Alegra, con el prelado José Cuero y Caicedo, que era criollo, y tres miembros a modo de ministros, Quiroga, Morales y Juan Larrea.

Era la segunda revolución de este tipo y con este método que estallaba en América, habiéndola precedido brevemente la de Charcas y la formación de las juntas de Chuquisaca y La Paz (25-V y 16-VII-1809); un cabildo abierto el 16-VIII confirmó lo hecho. Como en movimientos análogos se proclamaba la fidelidad a Fernando VII, defensa de la religión y de la patria, que era la tierra natal, y actuaba como un verdadero gobierno nacional.

Comunicó su formación la Junta a los virreyes próximos y agitó los espíritus en Santa Fe, donde encontró muchos simpatizantes. Pero el movimiento de Quito había sido obra exclusiva de un grupo restringido, tanto que no halló eco en la masa popular mestiza ni india ni en el resto del país, rechazándose violentamente en Guayaquil, Cuenca y Pasto; en la primera fue detenido Vicente Rocafuerte, famosa figura de la época independiente. De Cuenca era gobernador Melchor Aymerich, que defendió enérgicamente la causa española.

Además, bloqueado el país entre Nueva Granada y el Perú, sus virreyes, Amar y sobretodo el enérgico Abascal y el gobernador de Popayán, Miguel Tacón, se dispusieron a reprimir un hecho, cuyo alcance no se les escondía; Abascal envió un ejército peruano bajo Manuel Arredondo. Contra Pasto se envió una hueste patriota, al mando del republicano Francisco J. Ascásubi, que, mermada por las deserciones, fue derrotada por las milicias de aquella región, hondamente realista.

Carecían de dotes políticas los nuevos gobernantes y dimitió Selva Alegre (13-X-1809), asumiendo su sucesión Juan José Guerrero, conde de Selva Florida. Ante el fracaso, la Junta se disolvió el 25 de octubre y Selva Florida devolvió el mando a Ruiz de Castilla, quien prometió no perseguir a los patriotas.

Pero cuando llegó Arredondo (24-XI) con sus tropas y otras reclutadas en el mismo país anuló el perdón y encarceló a 84 de los más comprometidos (4-XII-1809) y a otros muchos menos importantes. La persecución y las amenazas afectaron ya a elementos populares, entre quienes empezó a difundirse la idea derrotada. El fiscal Tomás de Aréchaga incoó un amplio proceso contra los comprometidos.

Los atropellos de los peruanos fomentaron una nueva sublevación de tipo popular el 2-VIII-1810, que por sorpresa intentó libertar a los presos, pero las tropas reaccionaron violentamente, y en la lucha hicieron perecer a 72 de los principales presos, entre ellos los tres ministros, Ascásubi y Salinas, muriendo varios cientos de personas en las calles y procediéndose luego al saqueo.

Dos días después, sin embargo, se reunió una junta de notables, y el obispo y otras personas de significación protestaron contra lo ocurrido y los desmanes de la tropa y consiguieron que esta fuera alejada, tomándose otros acuerdos, que equivalían al triunfo de los patriotas.

El 12 de septiembre llegó Carlos de Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, comisionado de la regencia de España y partidario del movimiento reprimido, quien instaló de nuevo una Junta Superior de Gobierno (19-IX), acordada ya en la reunión del 4-VIII, presidida por Ruiz de Castilla, y con participación de él mismo, de su padre, del obispo y representantes de los principales elementos sociales, y organizó un ejército criollo (22-IX), comunicando su constitución a las autoridades de los países vecinos, y recibió incluso la aprobación de la Regencia.

Guayaquil y Cuenca no se adhirieron y Abascal decidió combatir la nueva Junta, nombrando presidente de la Audiencia a Joaquín Molina, que llegó a Guayaquil en XI-10, pero no fue admitido en Quito. Ruiz de Castilla, muy viejo y juguete de los demás, abandonó la nominal presidencia de la Junta (11-X-1811), sucediéndole el obispo.

Las tropas de la Junta atacaron a Arredondo en Guaranda y se apoderaron de Pasto (comienzos de 1812), pero cundieron las disensiones, por la rivalidad entre la familia Montúfar y la del marqués de Villa Orellana, siendo sustituido Carlos Montúfar y reemplazado por el cubano Francisco Calderón, que no pudo tomar Cuenca, cuya población era hostil; mientras Abascal había sustituido al inepto Molina por un jefe más enérgico, Toribio Montes.

Depuesto Calderón, la amenaza de invasión irritó los ánimos, y Ruiz de Castilla fue atropellado por las turbas, dejándose morir de hambre por no ser fusilado. Había honda división entre el elemento aristocrático, conservador y monárquico, y el popular y mesocrático, en el que cundían las tendencias republicanas y francamente separatistas, sin los disimulos de aquellos.

Se convocó un Congreso, reunido el 4-XII-1811, presidido por el obispo, que propuso la declaración de la independencia, acordada el 11-XII; era el segundo país hispanoamericano que la declaraba oficialmente (el primero había sido Venezuela; un mes antes lo había hecho Cartagena de Indias).

Aún había partidarios de reconocer por rey a Fernando VII, y este criterio, con influjos de la ideología revolucionaria francesa —libertad, soberanía popular, derechos del hombre, pacto social—, procedentes de Nariño y Espejo, se impuso en la Constitución del 15-II-1812 Pacto solemne de la Sociedad y Unión entre las provincias que forman el Estado de Quito, que instauraba un Supremo Congreso de elección popular; el tono monárquico procedía del partido de los Montúfar; los partidarios de Villa Orellana (sanchistas por llamarse Sánchez Carrión) y los republicanos se trasladaron a Latacunga, para formar otro Gobierno, derribaron a los montufaristas y persiguieron a sus jefes. Estas disensiones favorecieron la campaña españolista llevada por Montes, Aymerich y Juan de Sámano.

La Restauración Española

Preparado el ejército, derrotó Montes en Mocha a los insurgentes, mandados por el doctor Antonio Ante (2-X-1812); las medidas enérgicas de la Junta fueron estériles, minada la resistencia por los particularismos y la falta de ambiente en muchas regiones y sectores, y Montes entró en la capital el 8 de noviembre; Sámano derrotó en San Antonio de Ibarra, finalmente, a los patriotas, mandados por Feliciano Checa (1-XII), y fusiló a Calderón. Fueron castigados los que no huyeron, y Carlos Muntúfar fue fusilado en 1816 en Nueva Granada, a raíz del triunfo de Morillo.

Pero Montes no extremó el rigor sangrientamente, procediendo a procesos y destierros, como el de Ante, y logrando restablecer la paz. En los años siguientes se luchó en las regiones de Pasto y Popayán contra los insurgentes granadinos, llevando la lucha Aymerich, y cayó prisionero Nariño en 1814.

Quito estuvo bien representado en las Cortes de Cádiz por el poeta José Joaquín Olmedo y por José Mejía Lequerica (1775-1813), la figura más destacada de los diputados americanos, de los que vino a ser jefe, liberal y exaltado, que tomó parte muy activa en las deliberaciones, siempre en sentido reformista y revolucionario, y que defendió a América y el movimiento emancipador. En las Cortes ordinarias fue diputado Rocafuerte.

A Montes sucedió en la presidencia Juan Ramírez (1817) que mantuvo la autoridad española con severidad, y luego Aymerich (1819). Guayaquil había sido agregado al virreinato del Perú en 1803, y desde 1807 solo en lo militar; Abascal lo unió de nuevo al Perú a raíz de las primeras revoluciones, pero el rey lo incorporó otra vez a la Audiencia de Quito en 1819. En 1816 rechazó un ataque marítimo de Brown.

La Emancipación

El 9-X-1820, cuando la causa española presentaba mal aspecto en el resto del continente, estalló una sublevación por la independencia en Guayaquil, dirigida por José de Villamil, los venezolanos León de Febres Cordero y Luis Urdaneta y el comandante militar peruano Gregorio Escobedo; reprimieron duramente a los realistas con el terror, y Febres, nombrado por un cabildo abierto, rehusó el gobierno, que ejercía una Junta de Guerra, y que se encomendó a Olmedo, que convocó una asamblea de la provincia para decidir el futuro de Guayaquil, que se reunió el 8-XI, promulgó un reglamento constitucional y dejó indeciso el porvenir, pues había partidarios de la unión a la Colombia de Bolívar y al Perú de San Martín; se pidieron auxilios a ambos y Bolívar envió tropas mandadas por José Mires.

Se formó otra Junta, presidida por Olmedo. San Martín envió armas y un representante, Tomás Guido, para gestionar la unión con el Perú. Aymerich preparó rápidamente tropas, que derrotaron a las independientes de Luis Urdaneta en Huachi (22-XI-1820) y a otros en Verdelona y Tanizahua (3-I-1821).

En mayo de 1821 llegó a Guayaquil Antonio José de Sucre con 700 combatientes enviado por Bolívar, con la misión fundamental de obtener la unión de la ciudad a Colombia; por lo pronto solo consiguió de la Junta que se pusiera bajo la protección de aquella república (15-V). Sucre derrotó a Francisco González en Yauachi (19-VIII-1821), pero sus tropas fueron derrotadas en Huachi de nuevo (12-IX); una vez más los independientes tuvieron que reprimir las reacciones realistas, reveladoras de la falta de unanimidad que hallaba el nuevo régimen.

Bolívar estaba detenido ante la resistencia de Pasto y la energía de Aymerich amenazaba seriamente el movimiento insurgente, obligando al Gobierno de Guayaquil a pedir auxilio a San Martín, quien envió un contingente con argentinos y chilenos, mandados por Andrés de Santa Cruz (II-1822).

A fines de 1821 había llegado el nuevo capitán general de Quito, Juan de la Cruz Mourgeon, virrey nominal de Nueva Granada, humano y de idas liberales, que murió a poco, continuando Aymerich con el mando. Sucre emprendió la campaña decisiva a comienzos de 1821; se unió a Santa Cruz y se apoderó de Cuenca y Loja y avanzó sobre Quito, sorprendiendo a Aymerich, al pie del Pichincha, donde se dio la batalla final de 24-V-1822; vencido Aymerich se rindió y entregó la capital, donde se proclamó la independencia el día 29, agregándose a la República de Colombia, creada por Bolívar, como tercer gran departamento suyo o distrito del Sur, agregación ya acordada en el Congreso de Angostura de 1819.

Quito en la Gran Colombia

La caída de Quito arrastró la de Pasto, y Bolívar pudo llegar allí poco después —el 16 de junio— y a Guayaquil (11 de julio) y sancionó la anexión del último contra la Junta y el Municipio, partidarios de la Independencia, y contra los partidarios del Perú, disolviendo aquella y reuniendo una Asamblea Provincial, que votó la incorporación a Colombia (31-VII-1822)

Igualmente, en Quito hubieron de callar los viejos patriotas, que preferían la independencia del país. El 25 de julio había llegado San Martín y celebró con Bolívar la célebre entrevista en que tuvo que inclinarse ante el caudillo venezolano, irreductible en la cuestión de Guayaquil, y en otras, como la del régimen republicano para las nuevas naciones. Permaneció Bolívar en territorio ecuatoriano, atendiendo a las rebeliones de Pasto y a la guerra en el Perú, hasta que en VIII-1823 partió de Guayaquil para concluir la emancipación peruana.

La región de Quito fue la más sacrificada en los últimos años de la guerra, por el agotamiento a que habían llegado Nueva Granada y Venezuela, y hubo de proporcionar grandes contingentes de soldados y de dinero, extraídos sin contemplaciones, a pesar de que también había padecido mucho el país. Sucre, intendente algún tiempo, supo por su rectitud atenuar la dureza de la situación.

De 1822 a 1826 para las expediciones militares se sacaron de las cajas del país 1.669.202 pesos frente a 160.223 de Venezuela y 426.677 de Nueva Granada, y se calcula que de 1810 a 1820 perdió el país por muertes o dispersión la sexta parte de su población. En 1824 se dio el nombre de Ecuador al departamento de Quito, uno de los tres en que se subdividió el distrito Sur de la Gran Colombia o Quito; los otros fueron Azuay y Guayaquil.

Las aspiraciones sobre Guayaquil causaron la guerra de 1828, en la que la derrota del presidente peruano Lamar por Sucre en el Portete de Tarqui (27-II-1829) aseguraron Guayaquil a la Gran Colombia. A fines de 1826 reunió Bolívar los departamentos del Sur (Guayaquil, Azuay y Quito) en una sola jurisdicción bajo un solo jefe con facultades extraordinarias en los militar y en lo civil, consecuencia de la actitud rebelde de Páez en Venezuela, que quedaba así cohonestada, y a la par se reconocía la realidad de la existencia de tres naciones con aspiraciones e intereses propios, aunque se movieran entonces solo según la voluntad de sus caudillos; la unión efectuada por Bolívar resultaba forzada y no sentida.

Para el mando del Sur nombró al general venezolano Juan José Flórez, llamado Flores usualmente, ya muy vinculado a Quito (1827), donde era comandante general. Ambicioso, se apoyó en el sentimiento autonomista quiteño, y al sobrevenir la disolución de Colombia por la separación de Venezuela y la renuncia de Bolívar, reunió una asamblea de personalidades, que acordó separarse de Colombia y erigir el país en Estado independiente (13-V-1830).

Flores convocó una convención en Riobamba (14-VIII-1830) que sancionó la separación y dio al Estado el nombre de República del Ecuador. España reconoció la independencia en 1840.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1202-1205.

Ecuador Independiente

Ecuador independiente

Flores y sus sucesores

El Régimen de García Moreno

Progresismo y liberalismo

Tendencias años sesenta

Ecuador independiente

La historia del Ecuador independiente ofrece los rasgos considerados típicos de las repúblicas hispanoamericanas en el siglo XIX, es decir la inestabilidad, la falta de adecuación entre las instituciones y la realidad política, militarismo, revoluciones y dictaduras, prolongándose esta situación más que en otros países, que superaron más o menos dicha etapa.

También se ha caracterizado por la aspereza y la violencia con que han luchado conservadores y liberales, en torno principalmente de la cuestión religiosa, y por la constante rivalidad entre Quito y Guayaquil, representante el primero del elemento conservador y el segundo de la burguesía liberal.

Flores y sus sucesores

Juan José Flores hizo adoptar en 1830 una constitución centralista, que le permitiera ejercer la presidencia, a pesar de ser venezolano, y que mantenía la unidad religiosa. Duraron largo tiempo su mando y su influencia en forma seguida y discontinua, pero carecía de condiciones para enfrentarse a los problemas acuciantes o para sacar el país del estado en que le había sumido la crisis de la independencia y las guerras sufridas.

Vino a representar la tendencia conservadora. Quiso incorporar al Ecuador las regiones meridionales de Nueva Granada, Pasto, Popayán y Buenaventura, que habían estado representadas en la convención de Riobamba y se habían alzado contra el presidente Urdaneta, pero la inestabilidad de su situación obligó a Flores a renunciar a aquellos territorios y el Cauca quedó definitivamente en Colombia, por la declaración de la convención neogranadina de 1831, la reconquista de Pasto por Obando y el tratado aquí firmado en diciembre de 1832 con Flores.

Hubo de hacer frente este a muchas sublevaciones, y al más fuerte, la del partido liberal encabezada por Vicente Rocafuerte (1833), pero Flores se lo atrajo en 1834 y le cedió la presidencia en 1835. Rocafuerte (1783-1847) quiso reformar el Estado y una nueva asamblea dio otra constitución con dos cámaras. Se esforzó en fomentar la enseñanza y la economía, e instituyó el jurado.

En 1839 volvió Flores al poder y aspiró a hacer vitalicio su gobierno; una convención en 1843 vino a asegurar sus deseos con la reelección por ocho años. Pero se alzaron los liberales, en Guayaquil, y lo derribaron (1845), aunque enviándolo a Europa con una buena subvención.

Del gobierno provisional había formado parte el poeta Olmedo. Una nueva asamblea eligió presidente a Vicente R. Roca (1846), que gobernó constitucionalmente hasta 1849. Comenzó así una etapa llamada marcista (por haber ocurrido la revolución en marzo), de carácter civil y nacionalista.

Entre tanto Flores en Europa se puso en contacto con algunos políticos españoles, como el duque de Rivas y Martínez de la Rosa, y propuso la restauración de la monarquía en Quito, coronando rey a un hijo de María Cristina y del duque de Riansares, bajo la tutela suya, desde luego; María Cristina oyó con agrado estos planes y comprometió a Istúriz, jefe de gobierno a la sazón, y Flores hizo preparativos en Inglaterra para una expedición (1846-1847); pero aireado el plan, se le combatió en España y se desechó.

Hasta 1860 rigió el referido régimen, pero con desorden y falta de estabilidad en el poder. En 1850 un pronunciamiento encumbró a Diego Noboa, derribado a su vez por el general José María Urbina al año siguiente, quien gobernó hasta el año 1856; tuvo que rechazar una tentativa de Flores, apoyado por el Perú y desarrolló una política dictatorial y anticlerical. En 1853 quedó abolida la esclavitud. Impuso como sucesor al general Francisco Robles, pero siguió gobernando de hecho y quiso trasladar la capital a Guayaquil e hipotecar al extranjero las islas Galápagos.

Cundió en 1859 la anarquía, fueron expulsados Robles y Urbina y tiranizó el país Guillermo Francisco, que reconoció al Perú derecho sobre algunos territorios ecuatorianos según la Real Cédula de 1802.

El Régimen de García Moreno

Desde la caída de Flores se habían comenzado a perfilar los partidos políticos, aunque dominó el personalismo y se impuso el militarismo con Urbina y sus sucesores. El problema religioso se había manifestado primeramente en la aplicación rígida del Patronato de la Constitución de 1830 y las siguientes, quedando la Iglesia sometida al Estado y relajándose o viéndose intervenida. El régimen liberal de Urbina separó la Iglesia del Estado y expulsó a los jesuitas.

Para combatir a Urbina regresó el viejo Flores, llamado por García Moreno y derribaron a aquel. Gabriel García Moreno (1821-1875) era hombre culto, de varios estudios, abogado, había presenciado en Francia la revolución de 1848 y, ferviente católico, tenía honda aversión al liberalismo anticlerical como también al militarismo.

Se propuso tanto reprimir este como llevar a cabo una tarea de reconstrucción cristiana del Estado mediante una férrea dictadura que ejerció durante quince años, directamente, salvo dos intervalos de presidentes hechura suya (1865-1869), habiendo depuesto por otro golpe al segundo y asumido de nuevo el poder. Con él colaboró el viejo Flores, a quien había combatido años antes duramente y a pesar de las diferencias ideológicas que los separaban, y que murió en 1864.

Ya en su primera etapa (1861-1865) García Moreno firmó un concordato con la Santa Sede (1862), que concedía extraordinarios privilegios a la Iglesia, únicos en los Estados del siglo XIX; entregó la enseñanza a las órdenes religiosas, Hermanos de las Escuelas Cristianas y jesuitas, consagró el país al Corazón de Jesús, y protestó contra la supresión de los Estados Pontificios, mereciendo que Pío IX le declarara hijo predilecto de la Iglesia; no obstante trató igualmente de moralizar al clero del país.

Por otra parte fue un gobernante progresista: mejoró la hacienda, hizo comenzar la construcción de una carretera a Guayaquil, para consolidar la unión nacional, fomentó la economía, se preocupó de la moralidad de los ciudadanos, modificó el código penal, moralizó la administración y llevó técnicos extranjeros. En 1869 hizo promulgar otra constitución que aseguraba el poder casi absoluto del presidente y su reelección.

Se apoyó García Moreno en Quito y en el clero y la aristocracia latifundista del interior; gobernó duramente contra sus enemigos, reprimiendo sus rebeldías y ejecutando a los jefes alzados, como el general Maldonado, y su dictadura pareció necesaria a muchos por la pobreza del país y el desorden que había dominado hasta entonces.

Declaró la guerra a España cuando la guerra del Pacífico. Pero su política hizo cristalizar el partido liberal en forma más orgánica y fue objeto de violentos ataques por escrito, en parte por el escritor Juan Montalvo, y de conjuras, víctima de una de ellas cayó asesinado en 1875. En 1871 había hecho la paz con España.

Progresismo y liberalismo

Después de la muerte de García Moreno gobernaron los conservadores, aunque no dejó partido propio que siguiera su política, tan excepcional. El progresismo fue un intento de apertura política. Sus sucesores fueron de menor relieve: Veintemilla, 1876-1883; José Plácido Caamaño, 1884-1888, que intentó gobernar como García Moreno; Antonio Flores, hijo del fundador de la república, 1888-1892, que dio más libertades; el liberal Luis Cordero, 1892-1895.

En 1895 triunfó el liberalismo radical con Eloy Alfaro (1895-1897 y 1906-1911), que gobernó dictatorialmente y desenvolvió una política anticlerical contraria a la Iglesia, mediante una agudización del Patronato y después por la Constitución de 1906, que separó la Iglesia del Estado. En su tiempo se llevó a cabo el ferrocarril de Quito a Guayaquil. El intermedio del presidente Leónidas Plaza (1901-1905) representó una época de más moderación. La oposición de Alfaro culminó en su caída y en su asesinato por las turbas en 1912.

Gobernó Plaza en tono anticlerical, pero con la oposición implacable del alfarismo, y después Alfredo Baquerizo (1916-1920), que hizo frente a la crisis provocada por la Gran Guerra; mejoró la hacienda y fomentó la enseñanza primaria y fue saneado Guayaquil de sus endemias.

José Luis Tamayo (1920-1924) buscó la colaboración conservadora y llevó a cabo un protocolo con Colombia para arreglar el problema de límites, Pero la inflación agravó la crisis y el descontento y para contener la oposición se hizo elegir a un liberal radical, Gonzalo Córdova (1924-1925), destituido por su incapacidad por un pronunciamiento, que elevó a Isidro Ayora (1926-1931), hombre austero, que intentó una reforma económica y financiera, fomentó las obras públicas y la enseñanza, con profesores extranjeros y mejoró el ejército y dio una nueva constitución por medio de otra Asamblea Constituyente, la cual abolía la reelección y aseguraba todas las libertades.

Tendencias hasta mediados los años sesenta

Durante varios años hubo una serie numerosa de presidentes de efímera duración, entre ellos por primera vez José María Velasco Ibarra (1934-1935), que obligó a los bancos a invertir su capital y parte de los depósitos en empresas.

Al lado de los partidos clásicos liberal y conservador había surgido la Alianza Democrática; triunfaron los primeros en 1940 con Carlos Alberto Arroyo del Río (1940-1944), que no pudo evitar el desorden político; cedió bases a los Estados Unidos en la islas Galápagos, recibiendo un empréstito para reformas sanitarias y de comunicaciones y el conflicto fronterizo con el Perú por las regiones orientales se agravó en 1941 por haber invadido los peruanos la provincia de El Oro y fue resuelto por la III Conferencia de Cancilleres de América por el protocolo de paz, amistad y límites de Río de Janeiro en 29-I-1942, impuesto al Ecuador y que le privó de sus regiones trasandinas, según la tesis peruana apoyada por la real cédula de 1802, mientras el Ecuador sostenía la validez de la de 1563 que erigió la Audiencia de Quito.

Así quedó reducido el Ecuador a una superficie de 270.670 km2 y a la costa y a la meseta, perdiendo unos 174.000 km2; aunque oficialmente fue aceptado este fallo por el Ecuador, no se ha resignado a tan considerable pérdida, que le priva de la salida al Amazonas.

Derribado Arroyo en 1944 por una revolución de la Alianza Democrática, le sucedió Velasco Ibarra, que gobernó con arbitrariedad y en continua anormalidad y depresión económica hasta que cayó por un golpe militar en 1947. Galo Plaza (1948-1952) cumplió por excepción su periodo presidencial, elevado por el Movimiento cívico-democrático independiente, y que tuvo que hacer frente a un catastrófico terremoto, que obligó a una intensa labor de reconstrucción.

Fue elegido de nuevo Velasco, apoyado por los conservadores (1952-1956), que fomentó las escuelas, las obras públicas e intentó una estabilización financiera; pero su labor positiva se vio acompañada por los defectos exhibidos en sus anteriores gobiernos, desorden, demagogia, dureza y corrupción.

Le sucedió el conservador Camilo Ponce (1956-1960), primero de su partido tras setenta años de régimen liberal, pero respetó las libertades y se logró una recuperación económica; fundó el Instituto Nacional de Colonización.

De nuevo volvió Velasco elegido frente al liberal Plaza para ser derribado en 1961; esta vez exhibió la bandera del izquierdismo y de la anulación del protocolo d e1942; mostró simpatías por Fidel Castro y por Rusia y una actitud de escasa simpatía a los Estados Unidos, sin poder cumplir sus promesas a las masas, agitadas en huelgas y revueltas.

Cayó por una coalición de liberales y conservadores y de la Confederación de Trabajadores, bajo la dirección del vicepresidente Carlos Julio Arosamena, que asumió la presidencia (1961-1963), cundiendo la propaganda revolucionaria alentada por el castrismo, que se procuró contener, pero fue aquel destituido a su vez por otro pronunciamiento, gobernando una Junta militar hasta 1966, en que se eligió nuevo presidente.

R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 1205-1208.