México

Época Prehispánica

El Descubrimiento

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Los Virreyes

La Independencia

Época Independiente

Época Prehispánica

Los restos arqueológicos encontrados, tanto en el valle de México como en las zonas marginales, demuestran la existencia de un hombre paleolítico habitando esta región. Los más importantes hallazgos son el hombre de Tepexpan y las cuevas de Tamaulipas

Posteriormente el valle de México estuvo habitado por unos pueblos cuya cultura ha sido llamada arcaica o preclásica, que puede tener su origen en las tierras bajas junto al Golfo de México y que se extiende aproximadamente de 1400 a 400 a. de C.

Eran pueblos agrícolas que cultivaban el maíz y el algodón y posiblemente la calabaza y el fríjol. Vivían en aldeas que llegaron a convertirse en auténticas ciudades. Los restos más importantes de este periodo son los de la pirámide de Cuicuilco, de planta casi circular y a la que se ascendía por una rampa y una escalera.

Características de este periodo son las figuritas de cerámica que presentan muy diferentes actitudes y cuya finalidad es discutida y una variada gama de vasijas de cerámica, muchas de las cuales presentan los tres pies típicos de la cerámica mesoamericana.

La decoración es generalmente geométrica. Los restos de templos demuestran la existencia de un sacerdocio y de un panteón muy primitivo. También en este periodo arcaico se inicia la cultura de Teotihuacán, ciudad donde se hallan las pirámides más importantes de toda América y que presenta grandes enigmas en cuanto a su origen y sus constructores. Jiménez Moreno supone que estos fueron antiguos totonacas y no toltecas como se creía tradicionalmente.

Teotihuacán fue una gran ciudad, ya que solamente el centro ceremonial tenía una longitud de 2 km. y medio y 1 km. de anchura. Construcciones civiles rodeaban este centro. En ella son importantes las pirámides del Sol y de la Luna y el templo de Quetzalcoatl, riquísimamente decorado con serpientes, conchas y caracoles.

Los restos de cerámica y escultura, junto con esta arquitectura, demuestran un esplendor cultural que alcanzó su punto culminante en el periodo clásico. Esta ciudad fue destruida por incursiones de tribus del N. impulsadas por los toltecas hacia el año 800 después de Cristo.

Este pueblo, conducido por Mixcoalt, llegó al valle de México, fijando su residencia en Culhuacán. Posteriormente el hijo de Mixcoalt, Topiltzin, fundó Tula, cerca de Teotihuacán, en el s. IX de Cristo. Como consecuencia de un conflicto religioso pocos años después, un grupo de sacerdotes y guerreros abandonó Tula y se estableció en la ciudad maya de Chichen-Itzá, en el Yucatán, con lo que el influjo de la cultura tolteca fue extraordinario en esta zona.

Su arquitectura empleaba con frecuencia las columnas talladas en forma de serpientes emplumadas y los atlantes, como se observa en el templo de Tlahuizcalpantecuhtli, en Tula, cuyo dintel esta sostenido por cuatro guerreros. En escultura son características las figuras conocidas con el nombre de Chac-mool, que representan hombres recostados, generalmente con las rodillas flexionadas, y sobre cuyo significado hay variadas hipótesis.

La más típica cerámica tolteca es la mazapa con una bola roja en el borde del vaso color crema. La ciudad de Tula a mediados del s. XII, fue destruida por nuevas hordas de bárbaros del N., llamados en conjunto chichimecas, quienes, conducidos por Xolotl, después de sedentarizarse se instalaron en Tenayuca e iniciaron una dinastía que trasladó su capital a Texcoco. Los toltecas vuelven a refugiarse en Culhuacán, que fue destruida más tarde por los tecpanecas de Azcapotzalco, en alianza con las últimas tribus llegadas, los aztecas, de lengua nahuatl.

Este pueblo, que se instaló en Tenochtitlán, se hizo pronto dueño de todo el valle de México. Mientras en el valle de México se desarrollaban todas estas culturas, en la región húmeda y pantanosa de los estados de Veracruz y Tabasco floreció desde mucho antes otra cultura con agricultura intensiva, calendario y escritura que se conoce con el nombre de Olmeca.

Tuvo una enorme influencia y es, desde luego, la más antigua de las culturas mesoamericanas.

Los más importantes centros de la cultura olmeca son la Venta y Tres Zapotes, donde quedan restos de conjuntos arquitectónicos. En la Venta se conserva una pirámide truncada que debió ser, cuando se construyó, el más grande edificio de Mesoamérica. Está rodeada de patios cerrados por montículos. Sin embargo, los restos más importantes de esta cultura son sus esculturas, tanto monumentales como de pequeño tamaño, y los relieves.

Generalmente son reproducciones humanas, y con menos frecuencia un dios-jaguar o un monstruo-jaguar que quizá tenía relación con los Xipe-Totec. También reprodujeron pájaros y muy raramente serpientes. Los tipos de escultura son muy variados, siendo famosas las cabezas colosales, de las que han sido halladas varias en la Venta y en Tres Zapotes. Su técnica es depurada y su sistema de pulido les permitió obtener las superficies tersas características de su arte.

Totonaque Auch 4

Estatuilla Totonaca (fechada entre 600 y 1200), se encuentra en el Museo de Auch

Otra importante cultura del México marginal fue desarrollada en la región de Veracruz por los totonacas. El más famoso resto de esta cultura es sin duda la llamada pirámide de los Nichos de Tajín, de seis pisos o plataformas escalonadas y adornada con niches. Es igualmente importante el Juego de la Pelota, de grandes proporciones y con bellos relieves.

La escultura de esta región es muy variada y presenta serios problemas sobre la utilidad de los restos encontrados. Tales los yugos, objetos en forma de herradura con gravados de temas diversos. Entre las interpretaciones dadas sobre su finalidad, la más aceptable parece ser la de Ekholm, según la cual estos yugos serían cinturones de los jugadores de pelota.

La región Norte del Golfo de México fue ocupada por los huastecas, que formaron un grupo aislado de habla maya separado del resto de los totonacas de Veracruz. La zona de Michoacán estaba ocupada por los tarascos, muy influidos por los toltecas, como lo demuestra la existencia de figuras de Chac-mool. En el valle de Oaxaca se establecieron los zapotecas, que edificaron la ciudad de Monte Albán, con una gran plaza rodeada de grandes edificios, entre los que destaca el Juego de Pelota.

Otra importante ciudad zapoteca fue Mitla, aunque tenía gran influencia mixteca.

En escultura son famosos los relieves del grupo de los danzantes y en cerámica las urnas funerarias. Monte Albán fue abandonada a causa de la llegada de nuevas oleadas de pueblos, los mixtecas, empujados por los toltecas.

Los invasores utilizaron la ciudad como cementerio.

Se ignora el origen de la cultura mixteca, que en el siglo X ya tenía características propias. Son conocidos por sus esculturas de pequeño tamaño, de una gran variedad y riqueza; sus mosaicos y sus trabajos de hueso y madera. Destacaron sobre todo en pintura, como se observa en numerosos códices (para la última época prehispánica, v. Aztecas; Mayas).R.B.: MONTERO, Pilar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, pág. 1028-1029.

Descubrimiento y Colonización

Se tardó bastante desde el descubrimiento de América en tener noticia de la existencia de las actuales tierras mexicanas. Probablemente los primeros europeos que llegaron a ellas fueron Vicente Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, en 1508, que recorrieron, al parecer, parte de las costas del Yucatán, como lo refleja el mapa de la edición de la primera Década de Angleria (1511). En 1512 naufragó Juan de Valdivia, compañero de Balboa, y los supervivientes fueron arrastrados al Yucatán, donde perecieron todos menos González Guerrero y Jerónimo de Aguilar que se adaptaron a la vida maya.

Permanecieron, sin embargo, desconocidas las costas mexicanas hasta 1517, en que dio a conocer el Yucatán la expedición de Francisco Fernández de Córdoba, que lo recorrió desde el cabo Catoche hasta Potonchán, siendo rechazado por los mayas. Sus noticias movieron al gobernador de Cuba, Diego Velázquez, a enviar una segunda expedición bajo el mando de Juan de Grijalva, quien reconoció de nuevo la costa yucateca desde la isla de Cozumel y prolongó los descubrimientos de Córdoba desde Potonchán al cabo Rojo, en las cercanías de Tampico (mayo-junio de 1518); en este viaje descubrió las tierras de los aztecas, cuyo jefe Moctezuma, ya había sabido de los extranjeros desde la expedición anterior y que envió mensajeros a Grijalva.

No se decidió este a fundar una población y emprender la conquista, y regresó a Cuba; Velázquez, advertido por Alvarado de la riqueza y civilización de las nuevas tierras y de la actitud de Grijalva, antes de que volviera preparó ya una tercera expedición, que confió a Hernán Cortés. El primer nombre que recibieron las tierras descubiertas, fueron Santa María de los Remedios (Yucatán, supuesta isla) y Culúa (de los alcolhuacas, y Santa María de las Nieves (por las de la Sierra Madre oriental), las propiamente mexicanas.

La misión oficial de Cortés era la de explorar, tomar posesión de las nuevas tierras, rescatar a los cristianos cautivos de que había noticia, traficar con los indios y reconocer el país y sus riquezas, sin hablarse de poblar, por no estar autorizado Velázquez para ello. Partió Cortés de Cuba el 18-XI-1518, antes de que le destituyera Velázquez, a quien no le fue posible ya efectuarlo; después de completar su expedición en otras poblaciones cubanas, zarpó definitivamente el 18-II-1519, con once embarcaciones de 500 a 530 soldados, 110 marineros, 200 indios, 16 caballos, 14 piezas de artillería, 32 ballestas y 13 escopetas.

Llegó a la isla de Cozumel y rescató a Aguilar, que sirvió de intérprete. Costeó Yucatán; en Tabasco tuvo el primer combate (Centla), y recibió a doña Marina, que le prestó grandísimos servicios en la conquista. En San Juan de Ulúa recibió mensajeros y ricos presentes de Moctezuma, pero también la negativa de que fuera a su capital. Cortés reveló sus dotes de inteligencia y mando en la conducta que siguió: percibió por una embajada de los totonacas de Cempoala que existía descontento contra Moctezuma y ambiente propicio a una rebelión contra él y se apoyó en aquellos.

Para legalizar su situación, siendo un subordinado rebelde contra el gobernador de Cuba fundó la primera ciudad española de México en Ulúa, Villa Rica de la Veracruz, ante cuyo ayuntamiento, formado por oficiales suyos, dimitió el mando y fue confirmado en él en nombre del rey de España; envió mensajeros a este, y resuelto a emprender la conquista, hundió los buques, dejó una guarnición en Veracruz, y con el resto de su hueste e indios aliados inició la marcha a Tecnochtitlán desde Cempoala, el 16-VIII-1519. Por jalapa ascendió a la Sierra Madre y penetró en la meseta de Anáhuac.

Siguiendo su política de apoyarse en los enemigos del imperio azteca, tras vencer a los tlaxcaltecas, hizo alianza con ellos, y a causa de su encarnizado odio a los mexicanos, consiguió una alianza estrecha y duradera y a prueba de reveses, sin la cual probablemente no hubiera podido llevar a cabo su audaz empresa. Moctezuma, irresoluto, no supo oponerse por la fuerza a su avance sobre la capital, disfrazado de visita y embajada, y quiso evitarlo por una asechanza de los habitantes de Cholula, que previno Cortés con una matanza por sorpresa y obligando a los supervivientes a someterse a su autoridad y alianza.

Jal-ixco

Los tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en las exploraciones posteriores a la conquista del norte de México.

Recibido fastuosamente por Moctezuma, entró en México en 18-XI, y, una vez examinada la situación y medios del Estado, quiso dominar el imperio —la confederación— azteca a través de Moctezuma, a quien obligó, a los pocos días, a ir a vivir al cuartel de los españoles, convertido en un verdadero rehén y prisionero; le obligó después a reconocerse vasallo de Carlos I, como también a los otros jefes aztecas de Tezcoco y Tacuba —a quienes apresó, deponiendo al primero—, y a entregarle gran cantidad de tesoros.

Por esta especie de protectorado creyó tener dominado ya todo el país, y envió exploraciones en busca de los ríos auríferos y obtener la sumisión de otros pueblos, especialmente de los enemigos de Moctezuma, ante quienes quería presentarse como su libertador. También se esforzaba en introducir el cristianismo, y por lo menos trataba de evitar los sacrificios humanos.

Hasta mediados de 1520 la expedición de Cortés, conquistadora y a la par descubridora, había hallado y sometido parte del Anáhuac, con las tres ciudades de la confederación azteca, los señoríos vasallos de Iztapalapa y Coyoacán, la república de Tlaxcala, su aliada Huejotzinco, y el Totonacapan o país de los totonacas en la costa. Las expediciones enviadas por Cortés habían llegado por el sur a Chinantla, Tochtépec (Oaxaca), la Mixteca, Coatzacoalco, en la costa meridional, adonde fue Ordás, y cuyo cacique era enemigo de Moctezuma, y a Pánuco, en la costa, al norte de Ulúa, para contrarrestar las tentativas de conquista de Francisco de Garay.

La prepotente situación alcanzada por Cortés fue puesta de pronto en grave peligro por sus imprudencias, al estrujar sin consideración a los jefes aztecas y al provocar el descontento popular ante la repentina caída bajo el poder de los extranjeros, y por la hostilidad de Velázquez, quien envió una cuantiosa hueste y flota al mando de Pánfilo de Narváez para apresar a Cortés. Este derrotó hábilmente y con poco esfuerzo a Pánfilo (28-V-1520), e incorporó al suyo su ejército, reforzado así considerablemente; pero la matanza efectuada, entretanto, por Alvarado en México provocó una terrible sublevación.

Vuelto Cortés a la capital, no pudo dominarla, pereció Moctezuma a manos de sus súbditos, que le habían depuesto, y proclamado a su hermano Cuitláhuac, y ante la gravedad de la situación, llevó a cabo Cortés la evacuación de México en la Noche Triste (30-VI-1520), en la que perdió gran parte de su ejército (unos 600 u ochocientos españoles y miles de indios aliados). Fue aquel el momento crítico de la conquista, y el final de la primera parte de ella, que se había desarrollado con gran facilidad y enorme audacia.

Pudo perderse completamente, pero se salvó la situación por haber conseguido retirar Cortés los restos de su ejército a la zona del lago (batalla de Otumba, 7 de julio), por no haber flaqueado la alianza de Tlaxcala, a pesar del desastre, y por el tesón de Cortés, quien no quiso renunciar a la empresa, aunque se transformaba en larga campaña de conquista; los mexicanos, regidos por Cuauhtémoc desde fines de 1520, se negaron a entrar en negociaciones y a someterse.

Rehízo Cortés su ejército, recibió refuerzos, y, a fines del mismo verano de 1520, comenzó la campaña, apoderándose de Tepeaca —puramente militar por entonces—, Segura de la Frontera (septiembre), de vida errante y breve. La táctica consistió en aislar la capital por la conquista de las demás ciudades amigas en forma sistemática, y acudiendo a su destrucción, si no se sometían voluntariamente, y a esclavizar a sus habitantes; así sujetó la región oriental, mientras Ordás y Alonso de Ávila hacían lo mismo con Tochtépec.

En diciembre de 1520 preparó la campaña definitiva: recibió nuevos refuerzos; envió a Ordás a España para exponer sus hechos y pedir la confirmación de su autoridad; solicitó del emperador la designación de Nueva España para el país que se conquistaba, e hizo construir trece bergantines en Tlaxcala, que fueron trasladados después desmontados al lago y botados (abril de 1521), adquiriendo así la hegemonía naval.

El último día de 1520 conquistó Tezcoco, donde impuso a un nuevo señor amigo suyo, y adonde fueron llevados los barcos, destruyendo después Iztapalpa y sometiendo el sur del lago, y a continuación el norte y occidente del mismo, con la destrucción de Tacuba; Gonzalo de Sandoval se apoderó de Chalco, y en abril de 1521 salió Cortés de Tezcoco y dio la vuelta completa al lago, apoderándose, entre otras, de Cuauhnáhuac (Cuernavaca), Xochimilco y Coyoacán, en el Sur.

Preparada ya la campaña final, con la destrucción o sometimiento de las ciudades aztecas y la unión de sus enemigos, promulgó en Tlaxcala unas ordenanzas, primera legislación española en Nueva España, en la que establecía severa disciplina y daba como única justificación a la guerra la implantación del cristianismo y la extinción de la idolatría. Dividió su ejército en tres partes bajo el mando de Alvarado, Olid y Sandoval, y comenzó el sitio de México el 30-V-1521.

Cuauhtémoc defendió heroicamente la ciudad, que hubo de ser tomada casa por casa y arrasada totalmente, durando el asedio dos meses y medio; pereció la mayoría de la población por la guerra, el hambre y las epidemias, pero no se rindió, a pesar de las varias ofertas de Cortés; reducidos los defensores a un rincón en el barrio de Tlatelolco e imposible la prolongación de la defensa, terminó esta con la captura de Cuauhtémoc, al intentar huir, el 13-VIII-1521.

Destruido el imperio azteca, Cortés, dueño indiscutible del país, prosiguió la sumisión de los territorios independientes y la organización de la colonia, en la que demostró asimismo insuperables dotes de estadista y civilizador. A fines de 1521 inició la reconstrucción de México, que se llevó con gran rapidez, decidido a instala la nueva capital en donde estuvo la grandiosa y prestigiosa de los aztecas, y la dotó de un municipio de tipo español. Al mismo tiempo, se apresuró a enviar a sus capitanes en todas direcciones.

Sandoval sometió de nuevo Coatzacoalco y fundó las villas de Medellín en Tuxtepec y Espíritu Santo en Coatzacoalco (1522); Francisco de Orozco sometió Oaxaca, en que abundaba el oro, y Alvarado, Tututepec en Tehuantepec (1522), fundando una nueva, Segura. Por el Oeste se sometió espontáneamente el rey de Michoacán, Tangoaxán II o Tzintzicha, y fue enviado allí Olid. Álvarez Chico sometió Zacatula, en las orillas del Pacífico, donde se fundó el primer puerto mexicano de este litoral (1522); a continuación, con Alonso de Ávalos, intentó conquista Colima, donde fracasaron, requiriendo la presencia de Sandoval, quien sometió el territorio y fundó la villa de Colima (1523); en 1524, el capitán Francisco Cortés atravesó y sometió Jalisco y Tepic y recorrió la costa del Pacífico hasta el sur de Sinaloa.

En 1522, igualmente, Cortés, obsesionado por la concesión hecha a Garay, fue en persona a Pánuco —el país huaxteca— y fundó Santisteban del Puerto (1523); cuando llegó Garay fracasó calamitosamente y hubo de entregarse a Cortés, quien había sometido el señorío intermedio de Metztitlán. En el extremo sur habían dado su sumisión la Mixteca, Soconusco y Chiapas; sublevada esta fue sometida por Luis Marín (1524), y de nuevo por Diego de Mazariegos, en 1527, que fundó Villa Real.

Las gestiones de los enviados de Cortés y la fama de sus hazañas triunfaron en la corte de sus enemigos, y el 15-X-1522 fue nombrado gobernador y capitán general de la Nueva España. Introdujo el sistema de encomiendas, evitando los excesos de las Antillas, y legisló para echar las bases de la nueva sociedad. Fomentó la inmigración española, introdujo plantas europeas y la ganadería e inició la explotación minera.

La conversión de los indios había sido obra de los religiosos que acompañaron la expedición de conquista. Juan Díaz y Bartolomé de Olmedo, llegando luego otros, aislados, como fray Pedro de Gante, perdurable renombre por su labor misionera y cultural; en 1524 llegó a México el primer grupo organizado, compuesto por doce franciscanos, dirigidos por fray Martín de Valencia, y entre ellos en padre Motolinía, que emprendieron una tarea sistemática, a la que colaboraron los dominicos desde 1526 y los agustinos (1533).

Se hallaba Cortés en el apogeo de su fama y poderío, y envió dos expediciones a la América Central: la de Alvarado a Guatemala, a fines de 1523, empresa triunfal pero que su jefe derivó en provecho propio; y la de Olid a las Hibueras u Honduras (1524); la sublevación del segundo contra Cortés motivó la expedición en persona del conquistador de México a Honduras (1524-1526), llena de calamidades, a través de las selvas, pantanos y ríos de Tabasco, Chiapas y el interior del Yucatán, empresa desgraciada y de gran proeza geográfica a la par; en su transcurso hizo matar Cortés a Cuauhtémoc.

Durante su ausencia gobernaron tiránicamente los oficiales reales. A los pocos días de su regreso a México (1526), llegó el juez de residencia Luis Ponce de León, que le desposeyó del mando, que ya no recobró más, pues fallecido enseguida Ponce, designó este sucesor al licenciado Marcos de Aguilar, y a su muerte gobernó el tesorero Alonso de Estrada (1527), consecuencia de la desconfianza que contra Cortés habían introducido sus enemigos en el gobierno español.

Como gobierno definitivo se creó la Audiencia de Nueva España (13-XII-1527), que comenzó sus funciones a finales de 1528; dominó el desacierto en el nombramiento de sus miembros, que resultaron gente injusta y carente de sentido moral; era presidente Nuño Beltrán de Guzmán, y oidores Juan Ortiz de Matienzo y Diego Delgadillo —murieron otros dos al llegar—, quienes se asesoraron del factor Gonzalo de Salazar, que había desgobernado México durante la expedición de Cortés a Honduras.

Cometieron toda clase de abusos, exprimiendo a los indios, de quienes se adjudicaron cien mil en encomienda, y despojaron a los viejos conquistadores; incoaron un proceso contra Cortés, en el que se vertieron todas las acusaciones, reales o falsas, con el propósito de arruinar su personalidad, y tuvieron fuertes choque con el obispo de México, fray Juan de Zumárraga, que se opuso a sus desmanes.

Por las quejas contra la tiranía de la Audiencia, en especial por parte del prelado, removió la corte a sus miembros, y los sustituyó por otros que resultaron completamente opuestos, por sus cualidades y acierto en su gestión: eran el obispo de Santo Domingo, Sebastián Ramírez de Fuenleal, como presidente, Juan de Salmerón, antiguo alcalde de Castilla del oro, Francisco Ceinos, Alonso de Maldonado y el famoso Vasco de Quiroga, luego obispo de Michoacán, que dejó grato recuerdo entre los indios por el amor que les profesó. Se instalaron en 1531, y se dedicaron a reparar los agravios de los anteriores, y a efectuar su juicio de residencia, siendo condenados los dos oidores.

Durante la etapa anterior comenzó sus funciones el primer obispo de Nueva España, fray Julián Garcés, dominico, que instaló su sede en Tlaxcala (1527); en 1528 se inauguró la sede de la capital con la ilustre figura de Zumárraga. Nuño de Guzmán, gobernador de Pánuco de 1526 a 1528, donde persiguió a los indios, temió en 1529 el regreso triunfal de Cortés, a quien tanto había agraviado, y quiso realizar una conquista que borrara sus faltas al frente de la Audiencia: emprendió la llamada de los chichimecas, el noroeste de México, en la que dejó siniestra memoria, por sus extorsiones y crímenes con los indios, que le sitúan entre los peores conquistadores.

Salió en 1529 y saqueó Michoacán, haciendo perecer a su rey y a otros príncipes, porque no saciaban su codicia; de allí invadió las regiones costeras del Pacífico (1530), que ya estaban en parte sometidas (Jalisco y Tepic), que recorrió a sangre y fuego; en 1531 fundó la villa de Compostela en Tepic (Nayarit), y la de San Miguel (luego Culiacán), en Sinaloa, límite se sus conquistas. Hizo fundar también Guadalajara (1532, traslada tres veces en diez años), Espíritu Santo o Chiametla, en Tepic (hoy en Sinaloa) (1532), en Colima y Santiago de los Valles (1533).

Por real cédula de 1531 se dio al territorio conquistado el nombre de Nueva Galicia; Guzmán se esforzó en establecer comunicación con su otra gobernación de Pánuco que conservaba. En 1537 fue, por fin destituido, encarcelado y enviado a España, donde murió, hacia 1550. En 1531 se sometió Querétaro, implantándose una especie de protectorado. Otra conquista comenzada en esta etapa fue la de Yucatán, llevada a cabo por Francisco de Montejo e iniciada en 1527, que duró hasta mediados del siglo.

Durante el mando de la segunda Audiencia se fundó Puebla de los Ángeles (1531) por iniciativa de Garcés; anteriormente (1528) se había fundado Antequera, hoy Oaxaca (1529). Cuando Carlos V decidió sustituir la Audiencia por la autoridad suprema de un virrey, Nueva España había superado la etapa de fundación y la crisis de la conquista, y, en realidad, estaba ya en plena época colonial; sin embargo, cabe señalar el comienzo definitivo de esta con la implantación del régimen virreinal, que había de ser el característico de los siglos de la unión con España y a través del cual ejerció la metrópoli su soberanía y su acción.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 1029-1033.

Época Colonial

México colonial

El virreinato de Nueva España

Las misiones

Las razas

Legislación y asimilación

Fundamentos económicos de la colonia

México colonial

Los tres siglos de la llamada época colonial formaron la definitiva nacionalidad mexicana, por la confluencia e íntima conexión de los elementos aportados por España —inmigración, religión católica, cultura europea, instituciones, unificación y organización del país—, con los ofrecidos por este —la tierra, sus recursos, la masa india, con su esfuerzo e idiosincrasia, los restos de su antigua cultura.—

De este periodo salió la Nueva España apta para constituir un Estado independiente, criollo y mestizo en su población, pero cristiano y de cultura europea plenamente sin perjuicio de la perduración de la mentalidad y tradiciones indígenas.

La norma española fue asimilista, procurando ingresar a los indios en la fe y, en mayor o menor grado, en las normas éticas y culturales de la metrópoli, a la par de la fusión racial por el mestizaje y con la voluntad de que la Nueva España reprodujera en lo posible las líneas de todo orden de la antigua. Con el Perú, fue México el territorio americano en que realizó España el máximo esfuerzo colonizador y civilizador, el que tuvo más importancia de toda clase para la metrópoli, y que, como expresión de este interés, constituyó durante dos siglos uno de los dos únicos virreinatos en que se dividieron las provincias americanas.

El virreinato de Nueva España da carácter a la época colonial mexicana; fue el primero erigido en América, por cédula de 17-IV-1535. en que se nombró por su primer virrey a don Antonio de Mendoza; sin embargo, su creación había sido acordada ya en 1529, aunque se tardaron seis años en hacerla efectiva, durante los cuales gobernó la segunda Audiencia, el otro de los grandes oreganismos de gobierno, erigido en 1527.

Los dos primero virreyes, Mendoza y don Luis de Velasco, en sus largos periodos de gobierno (1535-1550 y 1550-1564) y por sus grandes dotes de expertos y celosos gobernantes, acabaron de organizar el país y de imprimirle el sello que había de ostentar, consolidando la indeleble labor realizada por Cortés.

El virreinato de Nueva España

Durante los doscientos ochenta y seis años que duró el virreinato (de 1535 a 1821) rigieron los destinos mexicanos 61 virreyes (dos de ellos dos veces); dos fueron extranjeros (Croix y Branciforte) y tres americanos (casa Fuerte, Díaz de Armendariz y Revillagigedo II). Diez fueron prelados, que gobernaron, en general, interinamente.

Pertenecieron, por corriente, a la nobleza o, por lo menos, a la hidalguía, y durante la casa de Austria predominaron los miembros de la grandeza; en el siglo XVIII, la mayoría pertenecía al ejército, en la clase de tenientes generales, con menor categoría social en el fondo que los de las dos centurias anteriores. la mayoría fueron hombres capaces, probos, humanos y buenos gobernantes; son desde luego minoría las grandes figuras —tales Mendoza y Velasco, el arzobispo Enríquez de Ribera y algunos del siglo XVIII: Linares, Casa Fuerte, Bucareli, Revillagigedo II—, predominando los discretos y medianos, pero también fueron raros los absolutamente incapaces o inmorales, y no los hubo tiránicos o sanguinarios; los últimos fueron, en realidad, generales en campaña, por coincidir con la guerra de la Independencia.

Ejercieron los supremos cargos de gobernadores del territorio, capitanes generales de las fuerzas armadas, presidentes de la Audiencia, vicepatronos en los asuntos eclesiásticos y superintendentes de Hacienda. Les rodeaba hondo respeto —lo que no impidió la destitución violenta de algunos—; se envolvían de etiqueta y solemne fasto y sostenían una especie de corte, que daba tono aristocrático y de distinción a la capital, a lo que coadyuvaba la existencia de una numerosa nobleza colonial.

En los periodos de fallecimiento gobernó, en general provisoriamente, la Audiencia. No como virrey, pero en calidad de visitador, se puede agregar a las figuras de los más notables virreyes la de José de Gálvez (1765-1771), impulsor de las reformas de Carlos III. El virreinato de Nueva España abarcaba teóricamente toda la América situada al norte del istmo de Panamá, incluyendo las Antillas.

En realidad la autoridad del virrey se extendía al territorio de la Audiencia de México —parte central y meridional del México actual—, al de la Audiencia de Nueva Galicia —fundada en 1548, con sede en Compostela, y definitivamente en Guadalajara en 1560—, que comprendía el Noroeste y el llamado reino de Nueva Vizcaya —el Norte—; al gobierno del Yucatán, al Nuevo Reino de León, a Nuevo México, y, más tarde, a Texas y California, sin poseer límites en América del Norte. (Nuevo México y las Californias también se incluían en la Audiencia de Nueva Galicia). Las grandes divisiones tenían gobernadores —salvo el territorio directo de las Audiencias— y se repartían en alcaldías mayores y corregimientos.

El siglo XVIII alteró la división anterior con la implantación de las intendencias (1786), en número de doce, y la erección de la Comandancia de las Provincias Internas (1776), que comprendían Nueva Vizcaya, Sinaloa, Sonora, California y las comarcas hoy norteamericanas.

Chiapas pertenecía a Guatemala. La nación mexicana de hoy es creación de la conquista y de la época colonial, incluso en su aspecto territorial, al unificar con el antiguo imperio azteca los otros reinos independientes y un conglomerado de tribus en diverso estado cultural sin relación con aquel.

La formación territorial de México fue fruto de un movimiento expansivo hacia el Norte, que no se detuvo en la época colonial, indicio de la vitalidad de la nueva sociedad, impulsado por motivos económicos, ante todo por la explotación minera, sumamente rica en las comarcas norteñas, y también por la expansión en busca de terrenos para la agricultura y la ganadería; y también por espíritu misional, habiéndose efectuado buena parte de aquella por medio de las misiones, que fueron pacificando las tribus fronterizas y preparando la posterior colonización.

Reales de minas, misiones, presidios o fuertes, pueblos, nuevas ciudades, haciendas fueron ampliando el área colonizada; en este movimiento participaron los tlaxcaltecas, por su probada fidelidad, y fundaron colonias para atraer a los indios bárbaros. En 1548 se descubrieron la minas de Zacatecas, uno de los más ricos focos argentíferos, y de subsiguiente colonización.

La infatigable actividad de Francisco de Ibarra, exploradora, conquistadora y minera (1554-1575) produjo la erección de la provincia de Nueva Vizcaya (1562), de la que fue primer gobernador, cuya capital, Durango, fundó en 1563; también inició la colonización de Sinaloa y de Chihuahua.

Más al sur se fundó Querétaro (1550), y en una rica zona minera Guanajato (1554) y Aguas Calientes, expandiéndose rápidamente la colonización en su torno y en las comarcas intermedias (fundación de Celaya, San Miguel el Grande, hoy Allende, y San Luis Potosí (1576).

Hacia el norte aparecieron Saltillo (1575) —por Francisco de Urdiñola, otro gran colonizador (1618)— y Parras, ambas en Coahuila. Colonizó Nuevo León el judío portugués Luis de Carvajal (m. en 1590), procesado luego por la Inquisición, que fue nombrado gobernador de aquel nuevo territorio; abandonadas sus fundaciones, las restableció Diego de Montemayor, que levantó Monterrey en 1596; en 1600 se fundaba Parral (Chih), capital de Nueva Vizcaya durante un siglo.

Y se iniciaba el siglo XVII con la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate, desde 1598, ya intentada medio siglo antes por Coronado. Otra ciudad importante procedente del XVI es Valladolid de Michoacán —hoy Morelia—, fundación del primer virrey en 1541. Al terminar el siglo XVI, la conquista ce Cortés había alcanzado los Estados septentrionales de la actual República.

Y empresa mexicana en gran parte había sido la sumisión de Filipinas por Legazpi, a las que se puede considerar como una especie de subcolonia de Nueva España, pues de su virreinato dependían y con ella y a través suyo mantenían sus únicas relaciones, llegando por su conducto a México los influjos extremo-orientales.

Las misiones

La expansión fue más lenta en el s. XVII, y en ella tomó parte primordial la acción de los misioneros, con sus reducciones de indios incivilizados, a los que se congregaba en aldeas, evitando el nomadismo y la dispersión, vanguardia de los colonos que se establecían después, y adelantándose luego los misioneros a zonas más lejanas; así, en manchas de aceite, se amplió la acción pobladora, evangelizadora y de asimilación del indígena a todos los Estados septentrionales.

Los jesuitas se reservaron la zona del noroeste: Sinaloa, desde 1591, y Sonora desde 1613, donde se distinguieron los padres Martín Pérez y Andrés Pérez de Ribas y el capitán Diego Martínez de Hurdaide, especie de Búffalo Bill hispánico;; los franciscanos trabajaron en Chihuahua, donde se fundó la villa de este nombre (1705), y el Paso (1659), y en Cohauila, donde surgió Monclova (1674 y 1679). En estas regiones se marcaron los nombres del misionero Juan Larios y de los conquistadores Martín de Zavala y Alonso de León.

En el siglo XVIII adquirió Chihuahua gran prosperidad por la apertura de las minas. Después de muchas tentativas inútiles se acometió decididamente la colonización de la península de California en 1697, por obra del padre Salvatierra y del padre Kino, que laboraron además en Pimeria (norte de Sonora y sur de Arizona). Se iniciaron las primeras misiones en Texas, pero no se consolidó esta nueva provincia hasta 1716, ante la colonización francesa de Luisiana.

Aún quedaba en el Méjico actual una región salvaje, la de Tamaulipas, no colonizada hasta 1746, en que José de Escandón fundó la colonia de Nuevo Santander, donde hasta 1755 levantó 21 poblaciones y llevó cerca de 1.400 familias españolas y tlaxcaltecas. En 1722 se había sometido Nayarit, en la costa del Pacífico. La última expansión de México fue la creación de California en 1769, obra fundamentalmente del padre Junípero Serra.

Las razas

Al elemento indio originario se agregó el español y el negro y surgieron las diversas castas mestizas, como en el resto de la América española. Aun descontando cifras exageradas o lanzadas arbitrariamente, es indudable que en los primeros tiempos de la conquista hubo un notorio descenso de la población, debido, más que a la guerra directamente, a sus consecuencias, a la desorganización social introducida, a la esclavitud, trabajos forzados y excesivos, hambres y, sobre todo, epidemias, que, como la de viruela, antes desconocida, ocasionaron enormes mortandades, repetidas en los siglos siguientes.

La población indígena, en el momento de la conquista, ha sido calculada con gran amplitud entre 12 ó 15.000.000 por Sapper —cifra excesiva— y 3.000.000 por Kroeber (incluyendo Guatemala); Humboldt la supuso en 6.500.000; los minuciosos estudios de Rosemblat le atribuyen en 1492 unos 4.500.000, reducidos a 3.555.000 en 1570, en los que se incluyen unos 30.000 blancos y 25.000 mestizos y negros. Hacia 1650 habría aumentado la población total 3.800.000 habitantes y con ella los blancos (200.000) y mestizos (150.000), disminuyendo, en cambio, los indios (3.400.000).

A raíz de la independencia ascendía la población hacia 1810, a 6.500.000, según Humboldt, o 6.122.354, según el contador Navarro Noriega, con un notable aumento, siendo la proporción de razas: 3.700.000 indios (54,48%), 1.230.000 blancos (18,12%) y 1.860.000 castas (27,40%, mestizos la mayoría). (Rosenblat, referido a 1825; Navarro fijaba la proporción en 60, 18 y 21%, respectivamente). A la disminución del indio había colaborado la formación del mestizaje, que acabaría después por ser el elemento preponderante.

Legislación y asimilación

Como en el resto de América, la legislación referente a los indios se esforzó en hallar el equilibrio entre su protección y el deseo de afirmar su libertad por un lado, y la necesidad de satisfacer a los conquistadores y a sus descendientes, de asegurar el trabajo y su conversión y asimilación cultural, conflicto concretado en el problema de las encomiendas y del trabajo forzoso.

Cortés implantó las encomiendas en Nueva España y de mantuvieron por sus advertencias tras una momentánea prohibición (1523); los conquistadores, encabezados por el mismo Cortés, solicitaron la perpetuidad de las encomiendas, como garantía de permanencia de la colonización, lo que otorgó Carlos V en 1528 y 1529, a la par de medidas contra los abusos con los indios; pero en seguida, en instrucciones a la Audiencia, dispuso la extirpación gradual de las encomiendas; mas la crisis ocasionada motivó su continuación, y en 1535 las prolongó por una vida.

Las Leyes Nuevas de 1542 que representaban la extinción del sistema, hallaron tan fuerte oposición cuando quiso implantarlas el visitador Tello de Sandoval, que por consejo de Mendoza y Zumárraga y petición de las demás autoridades se suspendieron (1545 y 1546), prohibiendo al mismo tiempo el servicio personal forzoso (de nuevo vedado en 1549) y la esclavitud (ya prohibida para los cautivos en guerra en 1526, 1528 y 1530, y de la que abusó Nuño de Guzmán y restablecida para los rebeldes en 1534); se conservó la herencia de las encomiendas, pero se ordenó la liberación de esclavos ilegales, lo que realizó Velasco con energía.

Por tolerancia se prolongaron las encomiendas a más vidas (1555 y 1607), pero se tendió a hacerlas decaer y a su reversión a la corona; Felipe II se opuso a su perpetuidad, contra múltiples presiones, pero no obstante los esfuerzos regios perduraron las encomiendas hasta el s. XVIII.

El trabajo forzoso resurgió en le repartimiento o cuatequil, análogo a la mita peruana, para minas, labores agrícolas, obrajes y obras públicas, y pagado, organizado durante el virreinato de Enríquez de Almansa, pero originó muchos abusos, que provocaron una abundante legislación para contenerlos, como la cédula de 1601, que intentó sustituir el repartimiento por el trabajo libre asalariado; la de 1609, que lo restableció parcialmente, y la disposición del virrey Cerralbo, que la abolió teóricamente para la agricultura en 1632.

A pesar de la legislación protectora y abolicionista continuaron los abusos y el trabajo forzoso en formas disimuladas durante toda la época colonial, como el peonaje, aparecido ya en el s. XVI y agravado en el XVIII por el concepto utilitario dominante en el Gobierno. Pero las circunstancias mexicanas remediaron por sí la cuestión del trabajo indio mucho mejor que en el Perú, pues sus aptitudes agrícolas y artesanas hicieron utilizar a los indígenas como colonos —del modo dicho—, como labradores libres y trabajadores hábiles en las artes industriales en que desarrollaron honda maestría; el trabajo libre en campos, oficios y minas absorbió a gran cantidad de indios y elevó su situación, que Humboldt halló en algunos aspectos igual o superior a la de los proletarios europeos.

Además de los pueblos indios reducciones o congregaciones, en que los misioneros fueron congregando a los bárbaros de la frontera que se iban convirtiendo, hubo otros muchos en las regiones civilizadas de la época prehispánica en que vivían bajo la autoridad de sus caciques, que fue conservada, donde perpetuaban su lengua y costumbres en lo no opuesto al cristianismo y sometidos al tributo o dependientes de una encomienda. Ejemplo típico fue Tlaxcala, que gozó de singulares y extraordinarios privilegios por su conducta cuando la conquista.

Los pueblos indios carecían en general de propiedad individual, prevaleciendo la comunal, en forma de tierras en comunidad, de propios y ejidos; las dos últimas clases existían también en las poblaciones de españoles.

Otros indios convivían con los españoles en ciudades y pueblos y asimilaban sus hábitos y lengua y alimentaban el creciente mestizaje. Algunos indios poseían o adquirían riquezas y categoría social, como algunos miembros de la antigua nobleza azteca. Los grandes defensores de los indios fueron los misioneros que velaron celosamente por su evangelización, mejora de costumbres y protección contra los abusos, especialmente en los primeros tiempos, y siempre en las regiones fronterizas, donde no decayó el fervor.

De los esfuerzos por elevar el nivel del indio y proporcionarle la cultura europea son brillante ejemplo la obra de fray Pedro de Gante con la escuela que fundó en 1524 de primeras letras y artes y oficios, con grandísimo éxito, y el colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco (1533-1536), fundación de Fuenleal, Zumárraga y Mendoza, de tipo superior, decaído a fines de siglo y sustituido por el de San Gregorio Magno para hijos de caciques, regido por los jesuitas.

Otros varios colegios hubo para indios y numerosas escuelas anejas a conventos y misiones. Aún perdura vivo recuerdo de Vasco de Quiroga, el oidor y obispo de Michoacán, henchido de amor a los indios, que intentó realizar allí los ideales de la Utopía de Tomás Moro, con sus hospitales de México y Pátzcuaro, de carácter colectivista y profundamente caritativo, y otras muchas fundaciones.

Fruto de la asimilación de la cultura española fueron escritores de raza india como Ixtlilxóchitl y Tezozomoc. Con mayor o menor resignación aceptó el indio su sometimiento y nuevo estado y no hubo sublevaciones de tipo general o grave, salvo algunas de carácter local, como la de Nueva Galicia (1540-41) y otras citadas en los precedentes de la Independencia.

Los testimonios acerca de la situación del indio son contradictorios, pues por un lado consta que cumplía la legislación tan celosamente protectora a ellos referente y por otro que se cometían muchos abusos. A fines de esta época el indio se hallaba en buena parte sumido en la miseria, por el crecimiento del latifundio y por haberse convertido la legislación, con su excesiva tutela, en un obstáculo y opresión, no siendo ya necesaria su rigidez.

Defecto del carácter de legislación fue el aislamiento que mantuvo al indio, impidiendo su asimilación étnica, lingüística y cultural y perpetuando la fuerte heterogeneidad de la sociedad mexicana.

El elemento mestizo, en buena parte de origen ilegítimo, estaba equiparado legalmente al criollo, aunque era socialmente inferior; vino a formar una especie de clase media, de labradores, administradores de haciendas, pequeños comerciantes, bajo clero; constituían la mayoría de la población urbana, impregnaban a las otras razas, a cuyas expensas aumentaban hasta excederlas y tendieron a formar una aparte, dotada de conciencia y solidaridad.

Se importaron negros para las labores duras y aliviar al indio, pero su número a fines de la época colonial era reducido; aun los emancipados se hallaban en situación jurídica inferior, como también los mulatos y zambos, aunque estos representaban un activo elemento en el trabajo y la milicia. El elemento blanco estaba integrado por los españoles, bajo cuyo nombre se comprendía a los peninsulares y a los criollos.

Los peninsulares no dejaron de afluir nunca, primero como conquistadores, luego como colonos, comerciantes, funcionarios, religiosos, aventureros, trabajadores en busca de fortuna, militares...

La inmigración de tipo económico, no meramente oficial, aumentó en el siglo XVIII y sus componentes se distinguían por su actividad y laboriosidad que les hacía ascender a muchos de categoría social y ocupar puestos relevantes en la economía mexicana. Su número se calcula en unos 76.000 hacia la época de la Independencia. La mayoría se asentaba para siempre en el país y se enlazaban por matrimonios con las familias criollas.

El elemento criollo procedente de los conquistadores, colonos y de los inmigrantes posteriores y desarrollado luego por sí llegó pronto a ser el más numeroso de los blancos, aunque hubiera dentro de él bastante proporción de mestizaje disimulado. Había en él un factor aristocrático por la descendencia de los conquistadores y primeros inmigrantes, por la posesión de la tierra y minas, mayor riqueza, y con relación al inmigrante peninsular recién llegado, mayor educación y cultura, aunque menor actividad y disciplina.

Al blanco estaban reservados ciertos puestos y carreras frente a las castas, y dentro de su categoría se verificaba la distinción por el nivel económico. Los cargos de autoridad se confiaban por lo general a los peninsulares, que fue una de las causas más añejas de la rivalidad entre los criollos y ellos, surgida ya en la primera generación criolla (conjuración de Martín Cortés) y que fue una de las causas primordiales de la emancipación. Donde ejercían mayor influencia los criollos era en los cabildos o municipios.

Con el tiempo se formó una clase de nobleza titulada, coincidente con las familias criollas más ricas o de más abolengo. Aneja a la aristocracia criolla iba el latifundismo, con propiedades enormes, paralelamente a un estado de miseria en indios y castas, ocasionadores de desequilibrio social y causa de descontento, problema que había de pesar gravemente sobre la época de la Independencia. Por infiltración o tolerancia, pese a las prohibiciones, fue algo crecido el número de extranjeros atraídos por la fama de la riqueza del país, incluso chinos venidos de Filipinas.

Fundamentos económicos de la colonia

La gran fuente de riqueza de Nueva España ha parecido siempre la minería, e indudablemente en los siglos coloniales fue uno de los países de máxima producción minera, y primordialmente en plata, pues la de oro fue muchísimo menor. Sin embargo, a fines de este período observaba Humboldt que el valor de la producción minera era solo la cuarta parte de la agrícola.

La minería, sin embargo, fue el gran fermento de la colonización: sus efectos perniciosos sobre la población india fueron mucho menores que en el Perú, y, por el contrario, fomentó la colonización y población de amplias regiones, particularmente las salvajes y despobladas de Nueva Vizcaya y el Norte en general, por la atracción de habitantes, fundación de ciudades o reales de minas —muchas de aquellas comenzaron por ser lo segundo— y roturación de terrenos o introducción a gran escala de la ganadería, para subvenir a sus necesidades.

Las minas más productivas fueron las de Guanajuato (Valenciana, la mejor), Zacatecas (Veta Grande), Catorce, Real del Monte, Sombrerete, Fresnillo, Parral, etc., origen de enormes fortunas; su número a fines de la colonia era de 500 entre grandes u chicas. La extracción de plata fue facilitada considerablemente por el invento del procedimiento de patio o amalgamación por Bartolomé de Medina (hasta 1557), que requería la importación de grandes cantidades de azogue. Formaban los mineros una corporación privilegiada (1774), con tribunal propio, y un colegio de minería (1792).

Zacatecas dio en ciento ochenta años (hasta 1732) 832.000.000 de pesos; Guanajuato, en el s. XVIII superó a todas las demás vetas americanas. La minería mexicana daba más de la mitad de la continental y superaba en metales preciosos al resto del mundo. El metal acuñado en la ceca mexicana durante la época colonial sube a 2.151.581.961 de pesos (cerca de la mitad de lo extraído en toda América), y conocida es la revolución económica causada en Europa en el s. XVI por la catarata de metales.

A pesar de las condiciones poco favorables de suelo y clima, la agricultura prosperó en el grado dicho, se extendió a amplias regiones y mejoró con la introducción de plantas nuevas —trigo, caña de azúcar, morera, plátano—, más otras que no se desarrollaron, o fue prohibido su cultivo, como la vid y el olivo, al lado de las indígenas, maíz —que siguió siendo el cereal básico—, el frijol, el tabaco, el algodón y el maguey, mientras Europa recibía plantas mexicanas (cacao, tomate, vainilla); gran progreso supuso la introducción del arado y de nuevos aperos y la de la ganadería, totalmente desconocida antes, que pronto constituyó una de las principales riquezas y puede considerarse como una de las máximas aportaciones españolas.

Aprovechando la abundancia de mano de obra y la habilidad de los indios, se desarrollaron en México algunas industrias rápidamente y que alcanzaron gran florecimiento, para decaer después; así la de la seda, muy próspera en el s. XVI, a base de la producción del país y decaída ya a fines del mismo por la competencia de China a través de Filipinas; la platería, continuación de la doble tradición indígena y española; otras artes decorativas (hierros, tallas, etc.); y la fabricación de tejidos de lana y algodón —muy cultivado este—. en las fábricas y obrajes, causa de abusos con los indios; los curtidos, obtención de grana y pulque.

La política monopolista de la metrópoli restringía las industrias, pero menos que en el terreno mercantil. México era el destino de una de las dos flotas que enlazaban comercialmente España y América, por el puerto de Veracruz; el de Acapulco, durante dos siglos y medio, concentró todo el tráfico de Filipinas y Extremo Oriente.

El comercio mexicano aumentó en gran proporción desde la promulgación de su relativa libertad en 1765, 1774 y 1778, extendida a México en 1789, abriéndose nuevos puertos, y superó al de Sudamérica. A fines de esta época exportaba México en primer lugar plata, grana, azúcar, añil, oro, cacao, campeche, zarza y jalapa, es decir, productos naturales. El Consulado se fundó ya en 1592, dispuso de grandes medios y tuvo a su cargo varias obras públicas. Se construyó una red de caminos —el mejor, el de la capital a Veracruz—, que llegaban a Guatemala y a Santa Fe de México. (Otra obra pública de empuje —entre varias— fue la desecación de gran parte del lago de México).

La introducción de caballerías y carros alivió al indio de la abrumadora obligación de cargar las mercancías, procedente de la época prehispánica, agravada a raíz de la conquista y que nunca desapareció del todo. Como en el resto de América fue el contrabando la institución que suplió las deficiencias del monopolio, y su allegada, la piratería, también hizo víctima a los puertos mexicanos (Acapulco, 1625; Veracruz, 1683), aparte de la captura de galones y flotas.

México poseyó a fines de la época colonial un verdadero ejército regular, montado a la europea, organizado ante los riesgos de ataques extranjeros; se inició en 1761, a base de las antiguas milicias, y fue organizado en 1765, dividido en permanente (6.000 hombres en 1808, con cinco regimientos de infantería, dos de caballería y otros cuerpos) y milicias (siete y ocho, más diversos cuerpos, con 34.000 hombres), con un total de 40.000 soldados, que durante la guerra de la Independencia subió a 85.000 solo en el campo realista.

Su única función fue combatir la emancipación primero y llevarla a cabo al final. Antes efectuó México la conquista de Filipinas bajo Legazpi, y una expedición mexicana derrotó a los franceses en la batalla de la Limonada (Santo Domingo) en 1691.

La Iglesia desenvolvió en México la misma actividad que en el resto de América y el celo misional no decayó, propagándose las misiones hacia el Norte, hasta coronar su labor con la creación de California. A las primeras órdenes se unieron los jesuitas desde 1572 y otras de menos trascendencia. Al ser expulsados ascendía el número de jesuitas a 678, y su extrañamiento ocasionó hondo disgusto y los mismos efectos perjudiciales a la soberanía española que en el resto de América, pues eran los principales educadores y guías espirituales de los criollos.

Las otras Órdenes se relajaron más o menos fuera del campo misional, en el que se llevó a cabo la conversión de la mayoría de la población indígena —con mayor o menor hondura y eficacia—, se procuró introducirla en la civilización española, se la protegió contra los desmanes y se estudiaron sus lenguas y cultura. Figuras ilustres fueron además de los citados antes, Motolinía, Sahagún, Gante, Andrés de Olmos, Martín Pérez, Zárate Salmerón, Juan Larios, Kino, Salvatierra, Margil, Serra, Juan de Ugarte, Garcés y otros, no faltando los mártires.

Después de la primera sede episcopal —Tlaxcala, trasladada a Puebla, cuyo primer obispo fue fray Julián Garcés (1527)— se erigió la de México (1527), regida por la ilustre figura de fray Juan de Zumárraga, asimismo nombrado protector de indios y luego primer arzobispo de México (1546); en 1534 se erigieron otras tres sedes y al final de la colonia había diez. Prelados célebres fueron, además, Vasco de Quiroga, Las Casas, que lo fue de Chiapas, Moya de Contreras, virrey (1584-85), como también Enríquez de Ribera (1673-80), ambos arzobispos, y Juan de Palafox (1642), obispo de Puebla.

Hechos importantes de la historia religiosa mexicana fueron la aparición de la Virgen de Guadalupe (1531), las juntas eclesiásticas y los concilios para los problemas de la conversión especialmente, de los cuales los de más relieve fueron el III (1585) y el IV (1771), que no obtuvo la aprobación del Papa; el conflicto de Palafox con los jesuitas (1647-53) y el establecimiento de la Inquisición, en forma poco organizada desde 1522 Zumárraga y Tello de Sandoval fueron inquisidores), y constituida en 1571; salvo en los primero tiempos, los indios quedaron exentos de ella, por ser nuevos en la fe, y procedió principalmente contra luteranos extranjeros, judaizantes, pecados de jurisdicción, lectores o secuaces del enciclopedismo en el s. XVIII y contra jefes de la revolución de la Independencia. El número de reos relajados en los tres siglos fue de 43, según Mariano Cuevas Historia de la Iglesia en México.

España llevó su cultura intelectual a México, con las características de la época y de la metrópoli y el tono especial que recibió en América. Las Órdenes religiosas erigieron numerosos colegios y escuelas para sus miembros y para los criollos y asimismo para los indios, como queda dicho, elementales y superiores, aunque por la educación india hubo más celo en los primeros tiempos, desatendiéndosela después; no faltaron escuelas femeninas.

En 1553 se inauguró la Universidad de México, fundada en 1551, segunda del Nuevo Mundo, que tuvo cátedras de Medicina y lenguas indígenas; también se abrió la de Guadalajara (1792) y tuvo categoría de tal la jesuítica de Mérida.

La imprenta —primera de América— comenzó a funcionar en 1539, y hasta 1810 se extendió a Puebla, Oaxaca, Guadalajara y Veracruz, conociéndose hasta 1810 más de 12.000 impresos.

En el s. XVIII se fundaron nuevos centros de carácter científico y apareció el periodismo. Conocidos nombres de la literatura española y de otras ramas culturales residieron en México: Bernal Díaz, Cervantes de Salazar, Cetina, Juan de la Cueva, Alemán, Balbuena, Sahagún el médico y botánico Francisco Hernández, enviado en misión científica por Felipe II; el escultor Tolsá, los químicos Andrés del Río y los hermanos Elhuyar en el s. XVIII. Criollas fueron las dos grandes personalidades de Juan Ruiz de Alarcón y sor Juana Inés de la Cruz y Sigüenza, Góngora y P. Landívar, numerosos historiadores y personalidades científicas (Alzate, Velázquez de León, etc.).

En México laboró el ingeniero Enrique Martínez (siglo XVII) y a fines del XVIII fue visitado en trascendental viaje por Alejandro de Humboldt, que en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811) presentó un perfecto cuadro de todos los aspectos de México, cuya madurez para la vía independiente percibía y con la que simpatizaba, pero a la par le impresionaba, dentro de sus desigualdades e imperfecciones, el desarrollo conseguido y el alto nivel a que había llegado por la acción de la metrópoli desde el comienzo, que superaba en varios aspectos al de los nacientes Estados Unidos, haciendo prever un futuro brillantísimo, que no habría de darse.

La capital con su sociedad, sus centros culturales, su aire de corte, sus monumentos y sus 137.000 habitantes, según Humboldt, era la mayor ciudad de América, sin exceptuar a las norteamericanas, excediendo también a las de España, Francia e Inglaterra, fuera de sus capitales. En conjunto, Nueva España se hallaba en 1810 a la cabeza de la América española.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 1033-1039.

Los virreyes

Antonio de Mendoza, (1535-1551)

(¿Granada?, 1490-Lima, Perú, 1552). Militar y administrador. Participó en la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), hecho que le proporcionó la designación de gentilhombre de cámara del rey y comendador de la Orden de Santiago, así como ser nombrado virrey de Nueva España (1535-1550), título que hasta ese momento solo había sido detentado por Colón.

Desde que se iniciara la conquista del Nuevo Mundo, la Corona había recompensado a los descubridores y conquistadores españoles con la concesión de gobernaciones y capitanías generales, aunque trató a la vez de reducir y controlar las casi ilimitadas atribuciones de esos cargos.

La situación de Nueva España provocó especialmente inquietud en la Península. Hernán Cortés con su poder casi omnímodo sobre un vasto y ubérrimo territorio, quería apropiársela, según se creía en la corte. Para poner límites al poder de Cortés, se creó en México la Primera Audiencia, autoridad colegiada con poderes judiciales y administrativos, pero que resultó un rotundo fracaso.

Tras largas deliberaciones, el Consejo de indias recomendó que se nombrara para presidir la Audiencia a una persona de alto rango y probada confianza, que podría ostentar el título de reformador, nombre que fue sustituido por el de virrey.

Antonio de Mendoza llegó a México con las órdenes y el poder para acabar con los abusos y extralimitaciones de la Primera Audiencia y controlar a los levantiscos conquistadores. Mendoza fue el encargado de sentar las bases de la administración española y de organizar la colonización de tan vasto territorio. Consiguió que no se aplicasen en su totalidad las Leyes Nuevas, procurando no agraviar a los pobladores españoles, así como proteger a la población indígena de los abusos de aquellos.

En el área económica, fomentó el desarrollo de la ganadería trashumante, actividad que mejor se adaptaba a los numerosos pastos y al reducido número de habitantes; potenció la plantación de nuevos cultivos, los obrajes textiles de lana y algodón y, sobre todo, la minería aurífera y argentífera, especialmente la relacionada con Zacatecas (México), mina descubierta en 1546. Mendoza creó la Casa de la Moneda de México, en la que mandó acuñar para uso exclusivo de la colonia, el peso de tepuzque o peso de oro, equivalente a ocho reales de plata castellanos.

También introdujo la imprenta en México; en 1549 se imprimió una obra por primera vez en América, editada bajo su protección y autorización y financiada por el obispo de Nueva España, Zumárraga, la titulada Doctrina Cristiana

Mendoza fue sustituido en el virreinato de Nueva España, en 1550, por Luis de Velasco.

Luis de Velasco, (1551-1566)

En Nueva España, durante el s. XVI, Velasco fue uno de esos grandes virreyes ordenadores a quien corresponden dos obras fundamentales: la inauguración de la universidad en 1553, como elemento cultural clave, y el descubrimiento en Pachuca del sistema de amalgama del azogue, por Bartolomé de Medina, para el aprovechamiento máximo del mineral argentífero, tan importante para la prosperidad económica tanto de Nueva España como de Perú, en el momento en que se producía la crisis argentífera.

También se ocupó de los problemas periféricos. Uno fue el conflicto del N., con la avalancha creciente de los chichimecas, que en 1554 asaltaban los convoyes de carretas que iban al centro minero de Zacatecas; todos los intentos de castigo que se pusieron en marcha fracasaron, por lo que el virrey ordenó la construcción de presidios defensivos para guardar la frontera y proteger a otomíes y tarascos; alguna de estas fortalezas, como la de San Miguel el Grande, se convertiría posteriormente en destacado núcleo de población.

El otro problema fue el constituido por los hugonotes establecidos en Florida, junto a cuyas costas pasaban todos los navíos en su regreso a España. Para adelantarse, Velasco preparó una expedición dirigida por Tristán de Luna entre 1558 y 1559. Frente al sistema abolicionista de los servicios personales que persiguió Mendoza, tuvo que destinar cuadrillas, por repartimiento, para ayudar a la recogida del trigo.

El cultivo de este cereal, que así comenzó a extenderse, provocó una transformación ecológica, pues la introducción del arado aceleró la erosión, así como el desarrollo ganadero la deforestación, con lo que las laderas del valle de Méjico empezaron a perder fertilidad, hecho que posteriormente obligaría a retroceder a la población indígena.

Gastón de Peralta, (1566-1568)

Martín Enríquez de Almansa, (1568-1580)

Entre los virreyes del s. XVI, fue el más importante para Nueva España. Su política será muy parecida a la llevada a cabo en Perú por Toledo, por tener idénticas directrices: la de la Junta Magna y la de la política de Ovando, al frente del Consejo. Enríquez tuvo que reordenar la situación de los municipios, concretamente de Méjico, de acuerdo con la Real Cédula de 1565, que reprendía al cabildo por elegir y nombrar alcaldes ordinarios a foráneos.

Reorganizó el trabajo de los indígenas, con repartimientos que se establecieron como recurso habitual para necesidades públicas o de interés socio-económico: obras públicas, labranzas y, en la minería, para la molienda del mineral; también se crearon repartimientos para la construcción de templos, conventos y colegios y, como a los caciques, se respetaban en parte sus antiguos privilegios.

Desde entonces se dieron numerosas disposiciones para evitar abusos. La organización del tributo, el respaldo a los jesuitas que entonces llegaban y el establecimiento de la Inquisición corresponden también a la época de Enríquez, que coincide con el alza de la piratería; cuando llegó para hacerse cargo del virreinato se encontraba anclada en San Juan de Ulúa la flotilla comandada por Hawkins, que atacó por sorpresa; el corsario consiguió salvar Minion, en el que regresó a Inglaterra.

Lorenzo Suárez de Mendoza, (1580-1584)

Pedro Moya de Contreras, (1584-1585)

Álvaro Manrique de Zúñiga, (1585-1590)

También Alonso Manrique de Zúñiga. Militar castellano, vasco por línea materna, murió en Madrid hacia 1596. I marqués de Villamanrique, hermano del duque de Béjar. VII virrey de Nueva España, cargo en el que sucedió a Pedro Moya de Contreras, debió afrontar durante su mandato diversos conflictos internos y numerosas incursiones piratas. para hacer frente a estas últimas, llamó a las milicias y ordenó que las naves ancladas en Acapulco estuvieran listas para entrar en combate; sin embargo, no pudo impedir que algunos galeones, como el Santa Ana, cayeran en manos de los corsarios ingleses Cavendish y Drake antes de la retirada de estos.

Su gobierno, por otra parte, fue un foco de constantes enfrentamientos y tensiones internas. En el inicio de su mandato (1586) se enfrentó a agustinos, dominicos y franciscanos, al exigir el cumplimiento de una Real Cédula que no había aplicado el virrey Enríquez de Almansa, según la cual debían secularizarse los curatos; tras apelar al rey y al Consejo de Indias, los religiosos obtuvieron la abolición de la orden.

Más tarde disputó a la Audiencia de Guadalajara la jurisdicción de unos territorios que, según aquella, le pertenecían, circunstancia que dio lugar a una serie de disturbios que pudieron haber desembocado en una guerra civil. Felipe II, informado de estos sucesos, decretó la suspensión de su virreinato y nombró a Luis de Velasco como su sucesor en el cargo.

El obispo de Tlaxcala, nombrado visitador, se encargó se instruir el proceso abierto contra Manrique. Por la sentencia, que resultó extremadamente severa debido a los resentimientos particulares, le fueron embargados todos sus bienes —incluso las ropas de su mujer—, que no logró restituir, ni siquiera tras su regreso a España.

Luis de Velasco II, (1590-1595)

Gaspar de Zúñiga, (1595-1603)

Juan de Mendoza y Luna, (1603-1607)

(Guadalajara, 1571-Madrid, 1628). Político y militar.III marqués de Montesclaros, hijo de Juan Hurtado de Mendoza y Luna, II marqués de Montesclaros. Navegó en las galeras que vigilaban las costas del Mediterráneo, participando en la anexión de Portugal (1580). Nombrado virrey de Nueva España en 1603, desempeñó el cargo desde ese año hasta 1607, llevando a cabo las obras destinadas a drenar las aguas de la laguna sobre la que se construyó la ciudad de México, evitando así las continuas inundaciones y los problemas de insalubridad, además de canalizar los distintos cursos fluviales.

En 1607 fue nombrado virrey del Perú, cargo en el que permaneció hasta 1615, y desde el que propició el mundo de las artes, entre ellas la representación de obras teatrales, y apoyó la creación de la Universidad de San Marcos en la ciudad de Lima y, al igual que hiciera en México, potenció una serie de obras públicas con el fin de mejorar las infraestructuras de la capital andina.

Creó nuevos obispados, organizó el Tribunal de Cuentas, y promulgó decretos en defensa de los indios, suprimiendo el servicio, trabajo forzado al que estaban obligados los indios. Nombró a su sobrino, Rodrigo de Mendoza, joven e inexperto, comandante de la Armada del Pacífico, el cual sufrió una desastrosa derrota naval frente a los holandeses junto a la ciudad de El Callao (Perú) en 1615.

De vuelta a España consiguió ser nombrado consejero de Estado, gracias a sus méritos y a su parentesco con el duque del Infantado. Formó parte del bando del conde-duque de Olivares, y fue nombrado presidente del Consejo de Hacienda de 1623 a 1626. Políticamente pertenecía a los halcones, partidarios de la guerra contra Francia y de no renovar la tregua de los Doce Años con los Países Bajos, aunque reconoció públicamente que esta guerra no se podía ganar y que era mejor negociar con los holandeses.

Escribió poemas, en los que demostró cualidades literarias. Casó dos veces y tuvo hijos ilegítimos y bastardos. Obligó a su hija Isabel, siendo niña, a casarse con el duque del Infantado, aunque la pronta muerte de ella impidió consumar el matrimonio. Edificó un palacio en la ciudad de Guadalajara, en el mismo lugar que estaba el de los Orozco, muy cerca del palacio de los duques del Infantado. Murió prematuramente en 1628.

Luis de Velasco II 2ª vez, (1607-1611)

García Guerra, (1611-1612)

Diego Fernández de Córdoba, (1612-1621)

Marqués de Guadalcázar; durante su mandato se llevaron a cabo las obras de desagüe de los lagos de Méjico, y se intentó su rápida conclusión con el envío del ingeniero francés Boot, quién redactó un complicado plan de compuertas y diques, que fue desestimado para continuar con el plan anterior.

Diego Carrillo de Mendoza, (1621-1624)

Rodrigo Pacheco y Osorio, (1624-1635)

Marqués de Cerralbo, fue otro virrey importante de Nueva España, en su época las inundaciones producidas por las lluvias impidieron la entrada de víveres en Méjico. Al hambre se asoció una epidemia en 1627 y 1628, pero el hecho más grave fue la irrupción holandesa en el Caribe, pues en 1628 la flota de Nueva España cayó en poder de Pieter Heine, que se apoderó de ella al refugiarse en Matanzas cuando se dirigía a España . Desde este momento la inseguridad del mar se reflejó en la falta de mercancías, pues antes de recuperarse de la acción de Heine se produjo el asalto a Campeche en 1633 con una flota de 11 navíos.

Lope Díaz de Armendáriz, (1635-1640)

Diego López Pacheco, (1640-1642)

Juan de Palafox, (1642-1642)

García Sarmiento de Sotomayor, (1642-1648)

Marcos de Torres, (1648-1650)

Luis Enríquez de Guzmán, (1650-1653)

Fernández de la Cueva, (1653-1660)

Juan de Leiva, conde de Baños, (1660-1664)

Diego Ossorio Escobar, (1664-1664)

Antonio Sebastián de Toledo, (1664-1673)

Pedro Nuño Colón de Portugal, (1673-1673)

Payo Enríquez de Ribera, (1673-1680)

Tomás Antonio de la Cerda, (1680-1686)

Melchor Portocarrero, (1686-1688)

Gaspar de la Cerda, (1688-1696)

Juan Ortega Montañés, (1696-1697)

José Sarmiento Valladares, (1697-1701)

Juan Ortega Montañés 2ª vez, (1701-1702)

Fernández de la Cueva, (1702-1711)

Duque de Alburquerque, virrey de Nueva España, intentó remediar la situación de incomunicación. La agricultura se restableció en parte, aunque la plaga de 1709-1710 causó efectos negativos; la fanega de maíz, por ejemplo, pasó de 9 ó 10 reales a 25. El cultivo de caña de azúcar se afianzó, incluso se industrializó, pues la fabricación de aguardiente se incrementó aunque de forma ilegal. En cuanto a los problemas militares, dos fueron los frentes que tuvo que atender Alburquerque: el de Florida, donde los ingleses presionaban desde Carolina, y el habitual de la Laguna de Términos.

Fernando de Alencastre, (1711-1716)

Baltasar de Zúñiga, (1716-1722)

Juan de Acuña, (1722-1734)

Juan Antonio de Vizarrón, (1734-1740)

Pedro de Castro y Figueroa, (1740-1742)

Pedro Cebrián, (1742-1746)

Juan Francisco de Güemes, (1746-1755)

Su época coincidió con el alza de la producción minera. En 1749 al reanudarse el comercio marítimo, la situación se normalizó, pues incluso se restablecieron las ferias de Jalapa. Paralelamente, el virrey desterró y persiguió el contrabando que se ejercía especialmente en las costas del Golfo de Méjico. En 1752 Juan Francisco de Güemes llevó a cabo la venta de las tierras baldías y la composición sobre las que se tuvieran sin título para normalizar la posesión de fondos.

En esta ocasión también se adjudicaron tierras a las comunidades indígenas. En Perú la Guerra de Sucesión tuvo menos efectos que en el virreinato de Nueva España; así los navíos franceses que entraban en el Pacífico por el Cabo de Hornos facilitaron el aprovisionamiento de mercancías. Pero este hecho supuso la inversión de la corriente comercial, que en lo sucesivo sería de S. a N.

Agustín de Ahumada, (1755-1760)

Joaquín de Montserrat, (1760-1766)

Carlos Francisco de Croix, (1766-1771)

Antonio María de Bucarelli, (1771-1779)

Martín de Mayorga, (1779-1783)

General y administrador español activo en el siglo XVIII. Virrey de Nueva España (1779-1783). Tras ocupar diversos puestos de responsabilidad en la América española (presidente de la audiencia, gobernador y capitán general de Guatemala, 1773) fue nombrado virrey de nueva España el 23-VII-1773 en sustitución de Bucarelli.

Durante su mandato, que se prolongó hasta el 28-IV-1783, hubo de hacer frente a los problemas ocasionados por la Guerra de la Independencia Estadounidense, hecho que le obligó a tomar medidas militares en defensa del territorio, entre ellas la fortificación de la ciudad de Veracruz; a la amenaza de Estados Unidos se unieron las epidemias de viruela de 1779 y la insurrección de los indígenas un año después.

Su gobierno obtuvo para el erario virreinal, 9.000 pesos anuales sobre las cajas de México y 4.000 del producto de las temporalidades de los regulares extinguidos. A su gestión al frente del virreinato, se debió la fundación de la Academia de Bellas Artes. Tras dimitir de su cargo en 1783, decidió regresar a España y falleció poco después de regresar a Cádiz.

Matías de Gálvez, (1783-1785)

Bernardo de Gálvez, (1785-1787)

Fue otro destacado virrey en la época final del reinado de Carlos III, que como gobernador de Louisiana, dirigió la conquista de la Guayana. Durante su virreinato hubo una gran crisis por la pérdida de cosechas en 1785 a causa de la cual se extendió en hambre; también durante su gobierno se produjo la modernización urbanística, con obras e iluminación de calles.

Alonso Núñez de Haro, (1787-1787)

Manuel Antonio Flores, (1787-1789)

Juan Vicente de Güemes, (1789-1794)

Es considerado uno de los mejores alcaldes de Méjico por todas las novedades que introdujo y por extender el alumbrado a la capital. Los beneficios obtenidos con la Lotería se dedicaron a obras públicas. Apoyó las misiones de California y desarrolló la minería con la contratación de técnicos alemanes.

Miguel de la Grúa Talamanca, (1794-1798)

Miguel José de Azanza, (1798-1800)

Felix Berenguer, (1800-1803)

José de Iturrigaray, (1803-1808)

Pedro Garibay, (1808-1809)

Francisco Javier de Lizana, (1809-1810)

Francisco Javier Venegas, (1810-1813)

Félix María Calleja, (1813-1816)

Juan Ruiz de Apodaca, (1816-1821)

Fue el antepenúltimo virrey de Nueva España, enviado por Fernando VII, que intentó terminar con la guerra civil; durante su mandato, Iturbide se pronunció a favor de la independencia, que en el continente sudamericano se retrasó, tras la creación de la Gran Colombia por Simón Bolívar (1783-1830), hasta el triunfo de sus ejércitos en Ayacucho (1824).

Pedro Novella, (1821-1821)

Penúltimo virrey de México. Veterano del Dos de Mayo, tenía el grado de mariscal (desde 1815) y era subinspector de artillería con el virrey Ruiz de Apodaca, quien ante la sublevación de Iturbide le nombró gobernador de la capital y miembro de la junta de guerra. Apodaca perdió prestigio por su irresolución, el desacierto de sus medidas, las inútiles marchas de las fuerzas, su incapacidad para evitar la deserción general y la inevitable pérdida de México.

Los oficiales asociados en una logia liberal, decidieron destituirlo, repitiendo lo ocurrido el mismo año con Pezuela en el Perú y por no ser Apodaca afecto al régimen liberal. En la noche de 5-VII-1821 se produjo un pronunciamiento y varios oficiales, dirigidos por el teniente coronel Buceli, exigieron a Apodaca y a la citada Junta su dimisión; no se aceptaron sus explicaciones y hubo de firmar su renuncia, alegando ser a petición respetuosa de oficiales y tropa.

Se negó Pascual de Liñán a aceptar un poder faccioso y tuvo que tomar posesión Novella, aunque no era liberal. Su cargo era el de capitán general, por haber abolido el de virrey el régimen constitucional español. Fue mal recibido por los jefes que no habían intervenido en el motín y por la ilegalidad de su nombramiento, lo que aumentó la desmoralización realista. No pudo hacer más que Apodaca, pues no lo permitían las circunstancias, e imitó sus medidas, como alistamiento de soldados, una nueva Junta de Guerra y fortificación de la capital.

Siguieron las derrotas y las rendiciones como las de Ciriaco del Llano en Puebla. Pero, nombrado ya desde enero nuevo virrey, el general O´Donojú, por su liberalismo, en sustitución de Apodaca, llegó a Veracruz el 3 de agosto, tomando posesión y enterándose entonces del estado del país, que ignoraba —incluso la sublevación de Iturbide—, al parecer, al salir de España.

Iturbide se puso en contacto con O´Donojú, impidió que lo hiciera Novella, mostrándole que este no había traído refuerzos, y acabó por celebrar con el recién llegado el tratado de Córdoba (24-VIII-1821), por el cual, O´Donojú, excediéndose en sus atribuciones, pero percibiendo la realidad, reconoció la independencia mexicana, según el Plan de Iguala.

Novella no reconoció el tratado y se dispuso a resistir en la capital, donde ya había concentrado tropas españolas y leales hasta 5.000 hombres y los últimamente alistados o íntegros, con Armijo, Melchor Álvarez y otros jefes; los dos tercios de las fuerzas eran mexicanos y tomó medidas de precaución contra los sospechosos. Estaba sitiada la capital por el ejército de Trigarante, pero solo se dio un combate de importancia en Atzcapozalco (19 de agosto), que quedó indeciso.

El 30 de agosto recibió orden de O´Donojú; en una junta con las autoridades militares, civiles y eclesiásticas se acordó reconocer al nuevo virrey su justificaba su autoridad; pero la deserción aumentó grandemente, pasándose Melchor Álvarez. Llegó Iturbide el 5 de septiembre y hubo negociaciones entre ambos virreyes, negándose O´Donojú a reconocer a Novella como legítimo; al fin se celebró una entrevista en la hacienda de la Patera, cerca de Guadalupe, entre ambos virreyes e Iturbide (13 de septiembre), acordando solo prorrogar el armisticio firmado antes y entregó Novella el mando a O´Donojú, sin calificar la legitimidad o no del gobierno del primero, quien depositó interinamente el mando en Liñán.

Salieron las tropas leales; el 24 de septiembre entró Vicente Filisola en la capital, el 26 O´Donojú se hizo reconocer como capitán general y el 27 entra en la ciudad Iturbide al frente del Ejército Trigarante, proclamándose solemnemente la independencia el día 28.

Juan O´Donojú, (1821-1821)

Último virrey de México.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo IX, págs. 5116-5118; EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 1039-1040.

La Independencia

La Independencia

La insurrección del cura Hidalgo, de Dolores

La insurrección del cura Morelos

Proclamación de independencia de 1813

El cuarto y definitivo periodo de la emancipación

La Independencia

Las mismas causas generales que motivaron la emancipación de la América española actuaron en Nueva España, pudiendo puntualizarse el desarrollo adquirido por el país, que le hacía sentirse maduro para la separación y apto para llevar una vida independiente; la vieja rivalidad entre criollos y peninsulares, el descontento por los privilegios de estos y su preferencia para los cargos de gobierno y autoridad; las restricciones económicas, industriales y mercantiles; la conciencia ya formada de la nacionalidad, la pobreza y la opresión del indio, aunque obra principalmente de los criollos y agravada por la inadecuación de las leyes protectoras; el ejemplo de los Estados Unidos y la inquietud sembrada por la Revolución francesa y las ideas que la prepararon; la hostilidad con que criollos y mestizos veían la política de la metrópoli, achacándole injusticia y desatención por los problemas americanos y el deseo de aquellos de monopolizar el gobierno de su patria.

La emancipación de México se produjo al mismo tiempo que en el resto de América, aunque con rasgos propios. La falta de cohesión entre sus diversas clases —criollos ricos, clase media de criollos y mestizos, peninsulares afectos a la metrópoli, indios y castas pobres—, distanciadas hondamente entre sí impidieron que el movimiento de la emancipación se coordinara y triunfara rápidamente, prologándose, al contrario, mucho tiempo, en lucha mutua los diversos elementos, hasta que su conjunción precipitó el resultado final.

Se asemejó México al Perú en que fue un baluarte de la resistencia española, pero distinguiéndose que se luchó con energía, al mismo tiempo por la independencia, por lo que la lucha por ella tomó aspecto de guerra civil entre mexicanos, pero difundiéndose paulatinamente la tendencia secesionista por los mismos que la combatían. También fue el primer estallido, el único en América apoyado en la masa india, lo que distanció al movimiento criollo, hasta que este se inclinó a los mismos ideales, haciéndolo manifiesto a raíz de una tendencia extrema conservadora —pronto arrollada después—, también singular, y que sirvió de ocasión y pretexto.

Al referir los precedentes de la independencia se han enumerado aparte de las tentativas anteriores, extrañas a esa época, algunas del s. XVIII, carentes todas de gravedad, aunque sintomáticas. Quedan testimonios de la introducción de la masonería, por franceses principalmente, aunque de baja categoría social, venidos con el virrey Revillagigedo II, procesados por el Santo Oficio en 1794, y de la difusión de ideas enciclopedistas, anejas al movimiento de la Ilustración, a partir de la llegada de oficiales para el nuevo ejército mexicano, y esparcidas entre personas cultas, en especial del clero, avivadas por el ejemplo de la Revolución francesa, como atestiguan procesos inquisitoriales y precauciones de la autoridad, tanto que a fines del s. XVIII se incoaron un millar de causas, pero sin consecuencias graves para los acusados; entre ellos estaba Hidalgo.

También se atizaba la rebeldía desde los Estados Unidos y no faltaban conspiraciones de indios con otras frustradas de criollos, sin fundamento sólido. La coyuntura favorable para la independencia la dio, como para el resto del continente, la invasión de España por Napoleón. Gobernaba entonces el virrey José de Iturrigaray (1803-1808), hechura de Godoy y hombre ambicioso y codicioso, como reveló el proceso que luego se le siguió (Enrique Lafuente, El virrey Iturrigaray y los orígenes de la independencia de México, 1941).

Al recibirse las noticias de las abdicaciones de Bayona el 14-VII-1808 hubo impresión de carecerse por completo de gobierno metropolitano, pues no se quería reconocer a José Bonaparte. El Ayuntamiento de la capital, haciéndose eco de las aspiraciones autonómicas, pidió al virrey el 19 de julio su continuación en reserva de los derechos de la dinastía legítima, pero como Gobierno provisional en cierto modo, solicitándose luego la formación de una junta; había afirmado el Ayuntamiento que la soberanía, por las circunstancias, había recaído en el reino. Tal gestión fue un toque de alerta, y ambos partidos, criollo y peninsular, se dispusieron a actuar.

Al saberse la insurrección de España pidió de nuevo el ayuntamiento la formación de una junta gubernativa, a la que se inclinaba el virrey, deseoso de seguir en el mando como su presidente; se trató de la cuestión en una reunión de altas autoridades (9-VIII), que no llegó a un acuerdo, pero en la que el síndico municipal licenciado Francisco Verdad y Ramos sostuvo la soberanía nacional, por falta de monarca.

Se juró a Fernando VII, pero la llegada de representantes de la Junta de Sevilla (el principal, el marino Juan Jabat) y cartas de la de Oviedo, pretendiendo se las reconociera como Gobierno de España, planteó de nuevo el problema: Iturrigaray, apoyado por los criollos y el municipio, quiso convocar una junta de todo el territorio de Nueva España, a modo de congreso.

Para evitarlo, un grupo de españoles, inspirados por el oidor Guillermo de Aguirre, con la simpatía de las altas autoridades, opuestas a innovaciones revolucionarias, y dirigidos por Gabriel de Yermo, dieron un golpe de Estado el 15-IX, apresando al virrey, que fue destituido y enviado a España, y prendiendo a los jefes visibles del partido criollo: Verdad, el regidor Juan Francisco Azcárate, el mercedario Fray Melchor de Talamantes, partidario de la independencia y de un Congreso nacional murieron en la cárcel (1808 y 1809).

Fue nombrado virrey por los sublevados el anciano mariscal de campo Pedro Garibay, cortando así las tentativas criollas. Este hecho impidió que la revolución mexicana siguiera el mismo método que las restantes de América, por el sistema de cabildo abierto y junta gubernativa, y motivó que, a diferencia de ellas, empezara por la rebelión violenta. Garibay, carente de dotes, disolvió el ejército movilizado por su antecesor y envió copiosos auxilios en dinero a España. El 19-VII-1809 le sustituyó el arzobispo de México, Francisco Javier de Lizana y Beaumont, que trató favorablemente a los criollos y expulsó a algunos españolistas.

Pero la mala suerte de la guerra, con la perspectiva de la caída de España en poder de Napoleón, reavivaron las esperanzas de los criollos y se tramaron conspiraciones en Valladolid y Querétaro. La primera tenía carácter insurgente y antiespañol y fue denunciada en XII-1809, apresándose a los conjurados, a los que el virrey dejó realmente en libertad, lo que coadyuvó a su remoción el 8-V-1810, sustituyéndole la Audiencia —cuyo regente era Pedro Catani—, en tanto llegaba el nuevo virrey, nombrado por la Regencia de España, general Francisco Javier Venegas, quien tomó posesión el 13-IX-1910, y tres días después estallaba la insurrección.

La insurrección del cura Hidalgo, de Dolores

En Querétaro habían conspirado varios criollos, los capitanes Ignacio Allende (1778-1811) y Juan Aldama, el corregidor Manuel Domínguez y varios elementos más, entre ellos militares y eclesiásticos, en pro de la independencia y con honda hostilidad contra los peninsulares, cuyos bienes serían confiscados; el general sería Allende y la sublevación sería general. Se adhirió a la conjura el cura del pueblo de Dolores (Estado de Guanajato), Miguel Hidalgo; denunciada insistentemente la conspiración, parecía fracasada y así lo hizo avisar la mujer del corregidor a Hidalgo por Aldama.

Hidalgo decidió precipitar la insurrección; lo efectuó el 16-IX-1810 por el famoso grito de Dolores, poniéndose al frente de una horda de indios, bajo la consigna de fidelidad a Fernando VII y con la Virgen de Guadalupe por bandera, para romper con un pretexto religioso la vieja sumisión y el temor de las masas.

El propósito de Hidalgo era sublevar a los mexicanos en general, sin distinción de razas, contra la dominación española, señalando a sus huestes los peninsulares como blanco de su odio, por lo que el avance de los insurrectos, en pocos días reunidos a millares, se marcó por asesinatos y saqueos, que afectaron también a los criollos, pues las turbas no distinguían de origen al saciar sus viejos rencores contra el blanco; tomó así la sublevación de Hidalgo carácter social y racial, de rebelión del indio mísero y oprimido, y sus terribles excesos le enajenaron el eco que esperaba aquel hallar en todo el país, aunque se le sumaron muchos elementos y tropas mexicanas, como el regimiento acantonado en San Miguel el Grande.

Tomó esta ciudad, Celaya y Guanajuato, donde pereció el intendente Riaño defendiendo la alhóndiga de Granaditas (28-IX), procediéndose al saqueo, que es lo que atraía a los indios, y a la matanza. El virrey nombró jefes al brigadier Félix María Calleja y Manuel Flon para combatir a Hidalgo, y el obispo de Michoacán, Abad y Queipo, antiguo amigo suyo, le excomulgó a él y a sus secuaces, y lo mismo hizo Lizana.

Sin resistencia entró Hidalgo en Valladolid (17-X), donde el gobernador eclesiástico levantó la excomunión; se le pasaron dos regimientos; abolió el tributo que pesaba duramente sobre los indios, y la esclavitud; avanzó Hidalgo sobre México y con Allende y 80.000 hombres que le seguían derrotó a las tropas virreinales en el Monte de las Cruces (30-X); quedaba indefensa la capital, pero no se atrevió Hidalgo a entrar en ella, por no responder a sus incitaciones o por evitar las escenas de terror, y retrocedió, siendo derrotado en Aculco por Calleja (7-XI).

Pero la sublevación se había corrido rápidamente por gran parte de México, apareciendo muchos jefes nuevos: Rafael Iriarte, que se apoderó de Zacatecas y San Luis Potosí; Morelos, en el Sur, y José Antonio Torres, que tomó Guadalajara (11-XI), propagándose el movimiento hasta Coahuila, Nuevo León, Nuevo Santander y Texas. Tras nuevos asesinatos de españoles en Valladolid, se instaló Hidalgo en Guadalajara, donde organizó un gobierno con dos ministros, y promulgó medidas favorables a los indios, aboliendo impuestos; se manchó de nuevo con la matanza de 350 españoles.

El virrey, apoyado por las clases altas y por el ejército mexicano —en el que figuraban futuros generales y presidentes—, tomó la ofensiva, a cargo de Calleja, que tomó Guanajuato a Allende (26-XI), y donde entró a degüello, tomando la guerra un carácter sanguinario e implacable. Recobró el realista José de la Cruz Valladolid, y con Calleja efectuó un avance convergente sobre Guadalajara; al tratar de impedirlo con sus desorganizadas hordas, fue derrotado Hidalgo en la decisiva batalla del Puente de Calderón por Calleja (17-I-1811), perdiendo Guadalajara y dispersándose sus huestes; los otros jefes le destituyeron del mando militar, que dieron a Allende, pero se retiraron hacia el Norte para ir a los Estados Unidos, siendo capturados en Acatita de Baján (Cohauila) el 21-III, por una asechanza; el 30-VII-1811 fue fusilado en Chihuahua Hidalgo y el 26-VI lo habían sido Allende, Aldama, Mariano Jiménez y otros jefes; Mariano Abasolo murió preso en España, e Iriarte fue muerto por Ignacio Pérez Rayón, que había quedado al frente de los insurgentes y se retiró a Zacatecas y Michoacán.

Los leales reaccionaron en varias provincias y perecieron otros jefes rebeldes, como Ignacio Aldama y el cura Mercado. Con la derrota y muerte de Hidalgo terminó la primera parte de la insurrección, anárquica, mal dirigida, feroz, sin ideología precisa, estallido demagógico, que desbordó a su jefe, cuya poderosa personalidad solo supo encenderla y conducirla como símbolo, promoviendo una guerra que ya no terminaría hasta la consecución de la independencia. Gran cantidad de curas habían tomado el partido de la insurrección, y de ellos salieron muchos jefes notables.

La insurrección del cura Morelos

El segundo periodo (1811-1815) fue dominado por la potente personalidad de otro caudillo y sacerdote, José María Morelos, ya sublevado en octubre de 1810; aumentó rápidamente su partida, con la que obtuvo varios éxitos, pero no pudo tomar Acapulco (II-1811), uniéndosele después los hermanos Bravo, los Galeana y Vicente Guerrero. Su primer campaña, hasta agosto de 1811, demostró sus cualidades militares y estuvo llena de triunfos, habiendo organizado un ejército pequeño, pero eficiente, y esforzándose en evitar la lucha racial.

Entre tanto, Rayón se apoderó de Zitácuaro (Michoacán), donde rechazó a Emparan, en instaló una Suprema Junta Nacional Americana (19-VIII-1811) en nombre, ficticiamente, del rey, compuesta por Rayón, José María Liceaga, José Sixto Verdusco y por Morelos desde VIII-1812. Este comenzó una segunda campaña en XI-1811, en la que demostró su pericia militar, teniendo a raya a los ejércitos realistas: se apoderó de Chiautla (XII-1811), Izúcar y Cuautla (25-XII) y derrotó a Rosendo Porlier en Tenancingo (22-I-1812). En Izúcar se le unió el cura Mariano Matamoros, que pronto fue su segundo. Amenazaba así Morelos por el Oeste la capital, pero Calleja tomó Zitácuaro el 2-I-1812, y la Junta se refugió en Sultepec.

Calleja disponía además de tropas peninsulares llegadas, distribuyó fuerzas por todas partes, armó a parte de la población, logrando buenos resultados, pero fracasó en el sitio y bloqueo de Cautla, defendida por Morelos (febrero a mayo de 1812) y que no pudo tomar a pesar de su superioridad, hecho que llevó a Europa el renombre militar de Morelos, hasta que este evacuó la ciudad (2-V).

A la Junta se le unió otro cura, José María Cos, que publicó en Sulpetec un periódico, en que proponía la independencia bajo Fernando VII, respecto a los españoles, pero excluyéndolos de los cargos, y apoyo a España contra Francia; López Rayón proponía algo semejante, mezcla de liberalismo y tradición, como la unidad religiosa, pero Morelos se oponía a la ficción de conservar a Fernando.

Pero el ejército insurgente estaba dividido y cada jefe efectuaba por su cuenta, sin disciplina ni coordinación; en VI de 1812, la Junta huyó a Sulpetec y se dispersó, y sus miembros se desavinieron. Otro golpe fue la muerte del guerrillero Albino García, que durante año y medio campó por Guanajuato; había aparecido una serie de ellos, muchos simples bandidos, famosos por sus atrocidades.

En junio de 1812 comenzó Morelos su tercera campaña, con Miguel Bravo y Hermenegildo Galeana, la más importante de las suyas: Hizo levantar el sitio de Huajpam, fue rechazado en Jalapa, se apoderó de Orizada, donde causo mucho daño a la hacienda virreinal (X-1812), tomó Oaxaca (25-XI), donde fusiló a su defensor González Saravia, que iba a ejercer el supremo mando militar de México, y la saqueó. En medio de los horrores destacó el rasgo de Nicolás Bravo, que libertó a 300 prisioneros realistas, cuando se acababa de fusilar a su padre.

Volviendo Morelos al Oeste, el 12-IV-1813, se apoderó de Acapulco, el gran puerto del Pacífico, sitiado hacía tiempo, cuya fortaleza no se rindió hasta el 20 de agosto. Calleja sustituía a Venegas como virrey (4-III-1813) e impulsó con energía la campaña. Venegas hubo de poner en vigor la Constitución de Cádiz, en realidad nominalmente, y Calleja aplicar la abolición del Santo Oficio.

En las Cortes se habían distinguido algunos diputados mexicanos, como Antonio Joaquín Pérez, luego absolutista y obispo de Puebla; José Miguel Guridi Alcocer, José Miguel Ramos Arizpe y José Miguel Gordoa; fray Servando Teresa de Mier, fraile rebelde y andariego, defendía en Cádiz a sus compatriotas contra el periodista López Cancelada, expulsado por el virrey Lizana.

Después de Acapulco, Morelos tomó la dirección política en su mano y convocó un congreso en Chilpancingo, abierto el 14-IX-1813, con ocho diputados, nombrados casi todos por él mismo, pues era imposible verificar elecciones; al día siguiente le eligieron generalísimo y asumió todo el mando, disolviendo la Junta.

Proclamación de independencia de 1813

El 6-XI-1813 fue proclamada la independencia de México, desligándose de España y de Fernando VII, cuyo nombre hubiera querido conservar Rayón. También acordó el regreso de los jesuitas. Miembros relevantes del Congreso eran el historiador y político Carlos María de Bustamante, Andrés Quintana Roa y los componentes de la Junta.

La constitución fue promulgada más tarde en Apatzingan (22-X-1814) (Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana) en plena desbandada; mezcla de espíritu religioso y de ideas liberales, tanto de Rousseau como de Cádiz, con unidad de religión, soberanía popular, división de poderes, elecciones en tres grados, cámara única y ejecutivo confiado a un triunvirato, formado el primero por Morelos, Liceaga y Cos; tal constitución no rigió, en realidad, por estar ya la insurrección en decadencia.

Morelos tenía ideas y tendencias organizadoras más definidas que Hidalgo; su tendencia era democrática, igualitaria, anuladora de las distinciones raciales, y tendía a elevar el nivel económico de la masa india, buscando mayor equilibrio social por la abolición de los latifundios y su reparto, especialmente los pertenecientes a españoles y criollos adictos a la metrópoli, siendo en esto más avanzado que Hidalgo.

A fines de 1813 realizó Morales una expedición contra Valladolid con Matamoros, Galeana y Bravo, pero Calleja estaba sobre aviso y tenía fuerzas dispuestas; la ciudad fue defendida por Ciriaco del Llano y Agustín de Iturbide, quien infligió una seria derrota a los atacantes (24-XII), renovada en la batalla de Puruarán por los mismos, el 5-I-1814; Matamoros cayó prisionero y fue fusilado.

Una rápida campaña del realista Gabriel Armijo expulsó al Congreso de Chilpancingo y de Tlacopetec, tras vencer a los principales jefes insurgentes en Chichihualco (19-II-14); recuperó Acapulco (14-IV) e hizo perecer a Galeana, mientras Melchor Álvarez recobraba Oaxaca (29-III); también fue ejecutad Miguel Bravo, destruyéndose la insurrección en el Sur; aún se sostenía en el Oeste, donde se resistía Ramón Rayón en el cerro de Cóporo. Ignacio L. Rayón se asentó en Zacatecas, donde tuvo disensiones con el otro jefe superior Rosains, que, depuesto, se acogió a indulto del virrey. Calleja ordenó (22-I-14) el fusilamiento de todos los insurgentes capturados.

El Congreso, entre tanto, andaba errante, por las derrotas: en Tlacotepec quitó a Morelos el mando supremo y asumió el ejecutivo; pasó luego a Uruapan y Apatzingán, donde se dio la citada Constitución y se enviaron representantes a los Estados Unidos; uno de ellos, Bernardo Gutiérrez de Lara, remitido ya por Allende, auxiliado por los yanquis, que ya ambicionaban la anexión de Texas, proclamó la independencia de este país (IV-1813) por breve periodo de tiempo.

Congreso y triunvirato estaban desavenidos, y Cos estuvo a punto de ser ejecutado por Morelos.. En IX-1815 se trasladó el Gobierno y sus precarios organismos de Uruapán a Tehuacán, donde siguieron las contiendas, hasta que los disolvió a fin de año Manuel Mier y Terán, que asumió, con otros dos, un mando civil imaginario.

En la retirada del Congreso cayó prisionero Morelos en Tesmalaca (Guerrero) el 5-XI, y llevado a México, sufrió un proceso militar y otro inquisitorial; fue degradado canónicamente y fusilado en san Cristóbal de Ecatepec, el 22-XII-1815. Con su muerte y los reveses experimentados, quedaba desarticulada la insurrección y concluido el segundo periodo de la revolución; pero se mantuvieron numerosas fuerzas y partidas, con unos 8.000 hombres esparcidos por todo el país, y cuyos jefes eran rivales entre sí, mientras el Gobierno disponía de 40.000 soldados y otros tantos milicianos.

Durante los años siguientes fue decayendo la insurrección, perdiendo posiciones en las provincias que rodeaban a la capital, y acogiéndose a indulto muchos jefes: Cos, Ramón Rayón en Cóporo (1817), Terá, Mariano Guerrero, etc., y perdiendo muchos fuertes, que eran focos de resistencia. Desde el 20-IX-1816, Calleja, victorioso, había sido sustituido en el virreinato por Juan Ruiz de Apodaca.

En 1818 se reanimó la insurrección por la llegada del guerrillero español Francisco Javier Mina (Mina el Mozo, famoso por sus hechos en la guerra de la Independencia, y que por espíritu liberal, para combatir a Fernando VII, acudió a México para ayudar a su emancipación, con auxilios ingleses y yanquis; desembarcó cerca de Soto la Marina (15-IV-1817), donde se le reunieron más hombres; se internó audazmente en una brillante campaña, poniendo su base en el fuerte del Sombrero y venciendo en Peotillos y Hacienda de San Juan; pero reunidas fuerzas suficientes, perdió el fuerte (19-VIII) y fracasó en el ataque a Guanajuato; capturado en el Venadito, fue fusilado ante el fuerte de los Remedios, el 11 de noviembre, que se rindió a Pascual de Liñán el 11-I-1918.

En 1817 cayeron prisioneros Verdusco, López Rayón y Nicolás Bravo, y otros se acogieron a indulto; imperaba una política más humana, y ya no se ejecutaba a los insurgentes, en general, disolviéndose las tropas de ellos. En 1818 se tomó el fuerte de la Jaujilla, donde residía un residuo de Gobierno, cuyo presidente, Pagola, fue fusilado después; la última Junta se disolvió en 1819, y solo quedaban partidas, principalmente en el Sur, bajo Guerrero, Guadalupe Victoria (Félix Fernández), Pedro Asencio y otros menos notorios.

El 4º y definitivo periodo de la emancipación

La causa española parecía completamente triunfante en contraste con otros países sudamericanos, ya emancipados. Pero la revolución liberal de Riego en 1820 cambió bruscamente la situación y abrió un cuarto y definitivo periodo. En él se consuma la emancipación, cambiando de signo la lucha mantenida hasta entonces, por la incorporación al movimiento independiente del ejército y del elemento criollo que hasta entonces lo habían combatido.

Varios personajes de ideas tradicionalistas, como el virrey, el regente de la Audiencia Miguel Bataller, el canónigo Matías Monteagudo, el ex inquisidor Tirado, temerosos del triunfo del liberalismo y de su implantación en Nueva España, pensaron por el Plan de la Profesa separarla de la metrópoli bajo el gobierno de Apodaca, en tanto el rey estuviera privado de su autoridad absoluta. La Constitución no obstante fue jurada.

Las ideas en pro de la independencia habían cundido mucho, y las clases elevadas que la temían o la habían combatido —aristocracia, ejército, clero, grandes propietarios—, por descontento o los motivos dichos se inclinaron a ella. Como instrumento, los conjurados de la Profesa, eligieron a Iturbide, uno de los más prestigiosos jefes realistas, coronel a la sazón e implacable perseguidor de los insurgentes, que había tenido la jefatura del ejército del Norte.

El virrey le ascendió a brigadier y le dio el mando del ejército del Sur contra Guerrero (1820); sufrió varios reveses y acabó por ponerse de acuerdo con él y los otros jefes insurgentes que se le unieron para proclamar la independencia, por el plan de Iguala (24-II-1821), obra de Iturbide, que quería unir a todos los elementos contrapuestos y a los mexicanos y españoles, con garantías para todos, e independencia bajo la soberanía de Fernando VII, que se creyó quería ir a refugiarse a México; sin embargo, la monarquía sería constitucional, pero no se permitiría otra religión que la católica.

Una hábil labor de atracción le adhirió una gran cantidad de jefes militares, prelados y otros elementos importantes, y en colaboración con los caudillos insurgentes, Guerrero, Bravo, Mier y Terán, Guadalupe Victoria y otros, más los hasta entonces realistas, Anastasio Bustamante y el célebre futuro dictador, Antonio López de Sata Anna, emprendió la campaña, que apenas halló resistencia, capitulando la mayoría de los jefes realistas y rindiéndose las ciudades, salvo Hevia en el Este, hasta que pereció, y José de la Cruz, que tuvo que rendirse en Durango (3-IX); el ejército criollo estaba ganado a la independencia y el peninsular (unos 8.000 hombres), al liberalismo.

Descontentos los oficiales españoles por los sucedido, culparon al virrey y le destituyeron, el 5-VII-1821, haciéndose cargo del gobierno el general Francisco Novella; caídas Puebla y Oaxaca, en julio, en este mes y el siguiente se proclamó la independencia en casi todo el resto del país.

El 30 de julio llegó el último virrey, Juan O´Donojú, liberal y masón, que al ver la situación se mostró inmediatamente dispuesto a reconocer la independencia; el 24 de agosto firmó con Iturbide el tratado de Córdoba, adhiriéndose al plan de Iguala, y se acordó llamar al trono del imperio mexicano, en defecto de Fernando, a sus hermanos o al príncipe de Luca, y si no aceptaban, a quien desinaran las cortes mexicanas, lo que abrió el camino a las ambiciones de Iturbide. Carecía O´Donojú de autoridad para su acto, y fue desautorizado por las Cortes españolas.

Novella acabó por reconocer a O´Donojú y se evacuó México por las tropas realistas, ocupándolo José Joaquín de Herrera y Vicente Filisola, el 24-IX-1821; el día 27 entró Iturbide con el ejército trigarante (de las tres garantías: religión, independencia, unión de mexicanos y españoles). Se rindieron Acapulco y Veracruz (octubre), cuyo gobernador José Dávila se defendió en el castillo de Ulúa, y luego en él resistieron Lemaur y Coppinger, hasta 1825 (19-XI); Yucatán y Chiapas, que pertenecían a la capitanía general de Guatemala, se unieron a México.

Se formó una Junta provisional gubernativa, que publicó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, el 28 de septiembre, y designo una regencia de cinco miembros, presidida por Iturbide y de la que formó parte O´Donojú hasta su pronto fallecimiento (8-X).

Quedaba consolidada la nueva nación: el congreso constituyente (24-II-1822) se compuso de liberales y enemigos de Iturbide y del plan de Iguala. Rechazado en España el tratado de Córdoba, Iturbide fue proclamado emperador (18-V-1822) para abdicar el 19-III-1823 ante el triunfo del republicanismo liberal y federalista que acabó con la monarquía y el régimen conservador que habían soñado los promotores de la revolución final de la independencia, adueñándose del Poder los antiguos patriotas y los nuevos republicanos.

Se anuló el plan de la Iguala y sus postulados; se separó de México la América Central, unida momentáneamente bajo Iturbide, y se inició una larga etapa de anarquía e inestabilidad. Una conjura española sin importancia, según se ha creído, quizá erróneamente, por Eugenio de Avinareta (1827) —la de fray Joaquín de Aranas—, ocasionó varias ejecuciones y una expulsión parcial de peninsulares.

Creyendo fácil la reconquista, por el desorden político, se envió una última expedición bajo Isidro Barradas, que desembarcó en Tampico, el 27-VII-1829, pero tuvo que capitular el 11-IX ante Santa Anna y Mier y Terán. El 20-III-1829, se decretó la expulsión total de los españoles, sin consideración alguna, y sin los beneficios que se esperaban de ello para el país.

De 1824 a 1826, pretendió México la conquista de Cuba, con ayuda de Colombia, para arrebatar a España una base peligrosa para la independencia, y declararla libre o unirla a aquel, pero tropezó con el veto norteamericano. Durante el resto del reinado, Fernando VII solo pensó en la reconquista (cf. J. Delgado, España y México en el siglo XIX, Madrid, 1950). El reconocimiento de la independencia no lo verificó España hasta 1836, y fue el primero realizado de una nación hispanoamericana.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 1039-1045.

México Independiente

México independiente

El Imperio de Iturbide

La primera República Federal

La República Central

La guerra con los Estados Unidos

La Reforma

La intervención europea y el Imperio

La República laica

El Porfiriato

La revolución mexicana

El régimen revolucionario

El régimen institucional

México independiente

La agitada y dramática historia contemporánea de México se puede dividir, para introducir cierta claridad en lo hechos, en los siguientes grandes periodos: Constitutivo o de inestabilidad (1821-1867), a la Reforma y el Porfiriato (1867-1911), la Revolución (de 1911 en adelante). Cada uno de estos periodos se subdivide en otras etapas, algunas de bastante acusado relieve.

El Imperio de Iturbide

Proclamada la independencia de México, con el nombre de Imperio Mexicano, por Agustín de Iturbide el 28-IX-1821, sobre la base del plan de Iguala y el tratado de Córdoba, se había consumado prescindiendo de los antiguos insurgentes y con carácter monárquico y católico, frente al republicanismo de aquellos y frente al liberalismo dominante a la sazón en España, conciliador hacia España, frente a la saña insurgente.

Pero habían colaborado al triunfo de Iturbide los insurgentes, muchos militares liberales españoles, junto con la mayoría de la población, deseosa de la independencia y a cuyas clases medias y altas se ofrecía una garantía de orden, de contención de la demagogia, de conservación del régimen monárquico al lado de un moderado constitucionalismo; a los españoles se les ofrecía consideración y respeto. La capitanía general de Yucatán —que era independiente de Nueva España, pero no de su Audiencia—, mandada por Juan M. Echéverri, se declaró independiente de España el 5-IX-1821 y se unió a México.

Gobernó la nueva nación una Soberana Junta Provisional Gubernativa de 38 miembros de diversas tendencias, que actuó como poder legislativo, designándose una regencia de cinco miembros, presidida por Iturbide, que fue nombrado generalísimo de todos los ejércitos. Se perfilaron enseguida dos partidos: el iturbidista, conservador, monárquico, católico y constitucional, defensor del Plan de Iguala, y otro, opuesto al caudillo, liberal avanzado, antiespañol, anticlerical y republicano en muchos de sus miembros, organizado por los antiguos insurgentes y por la masonería escocesa fomentada por Nicolás Bravo.

Había borbonistas, enemigos de Iturbide y partidarios de un príncipe español. La situación económica era difícil, por los despilfarros y daños de los años de la guerra y el exceso de gastos, en los que entraba el sostenimiento de las tropas españolas que debían ser evacuadas. Convocadas elecciones, se abrió el Congreso el 24-II-1822, con predominio de liberales avanzados, el cual acordó que la soberanía nacional radicaba en él, lo que equivalía en el fondo a anular lo hecho antes, como el Plan de Iguala, y a minar el poder de Iturbide. Pronto entraron en conflicto el Congreso e Iturbide, quien se apoyaba en el ejército, el clero, las clases altas y la masa popular.

Rechazado el tratado de Córdoba en España y sin la perspectiva de que viniera un príncipe europeo, Iturbide, con el terreno despejado, zanjó el conflicto, al proclamarle emperador un sargento el 18-V-1822, tomando el nombre de Agustín I. Fue bien recibido por muchos elementos y el Congreso obligado a proclamarlo, coronándose solemnemente en la catedral el 21 de julio. La monarquía sería constitucional, rigiendo provisionalmente la Constitución española de 1812.

A pesar del apoyo militar y popular a Iturbide, el partido republicano organizado en las logias escocesas y atizado por el yanqui Joel R. Poinsset se le puso enfrente, uniéndoseles los borbonistas. Disolvió el emperador el Congreso, creó una Junta Instituyente y se dio un Reglamento provisional de tono conservador. A sus enemigos ideológicos se unieron militares ambiciosos y descontentos, como Antonio López de Santa Anna, ex realista, que se sublevó en XII-1822, uniéndosele Guadalupe Victoria, las logias, el partido republicano y el ejército que sitiaba a Veracruz, proclamando el Plan de Casa Mata (1-II-1823), contra Iturbide, aunque con vaguedades.

Cundió la insurrección rápidamente, quedando Iturbide sin medios de resistencia, cuando parecía más popular; reunió de nuevo el disuelto Congreso y abdicó el 19-III-1823, fracasando así el único intento efectivo de monarquía en la América española a raíz de la emancipación. Se formó un Supremo Poder Ejecutivo, con Bravo, Victoria y Negrete, y fue ministro de Relaciones Interiores y Exteriores el historiador Lucas Alamán; se anularon el Plan de la Iguala, el tratado de Córdoba y los planes monárquicos anteriores. Iturbide fue desterrado a Italia.

Al año siguiente el Congreso lo proscribió y condenó a muerte, y habiendo regresado para servir a su país, sin tener noticia de ello, fue detenido en el Estado de Tamaulipas y fusilado en Padilla el 19-VII-1824, por orden del Congreso de dicho estado, lo que aprobó el Poder Ejecutivo nacional. Su trágico fin sirvió de ejemplo a otros caudillos hispanoamericanos.

Durante el gobierno de Iturbide, la capitanía general de Guatemala se unió al imperio mexicano, impulsada por los elementos conservadores (1822), ya antes de la proclamación imperial de aquel, con gran resistencia de San Salvador; pero a su caída, se separó de nuevo (1-VII-1823). Sin embargo, Chiapas, perteneciente a Guatemala, optó por seguir unida a México. Soconusco, disputado entre México y Centroamérica, fue neutralizado hasta 1842, que se separó definitivamente de la América Central y se incorporó a México.

La primera República Federal

A la caída de Iturbide se implantó la República en México, pero también prosiguió una época de inestabilidad, anarquía y cuartelazos, que duraría hasta la caída del segundo imperio en 1867, época en la que México ensayaría diversos sistemas de gobierno, pero con divorcio entre las instituciones oficiales y la realidad política, cuyos métodos serían habitualmente las revoluciones, guerras civiles, los pronunciamientos y las dictaduras.

La lucha no sería solo entre ambiciones privadas, sino también de ideas, entre centralistas y federales y entre liberales anticlericales y conservadores defensores de la Iglesia. Este periodo se caracterizaría asimismo por conflictos con el extranjero, que acarrearían enormes pérdidas territoriales, y los intentos de intervención por parte de otras potencias.

El Poder Ejecutivo, dirigido en realidad por Alamán, procuró organizar el país y hacer frente a la crisis económica con empréstitos usurarios en Inglaterra que dieron escaso fruto. Ante la agitación federal de las provincias, el nuevo Congreso constituyente, ya reunido el 7 de noviembre, promulgó el Acta Constitutiva de 31-I-1824, que adoptaba ya el régimen republicano federal, lo que confirmo la constitución federal del mismo año (4 de octubre) con una organización imitada de la de los Estados Unidos y dividiendo a México en Estados; el presidente sería elegido por las legislaturas de estos.

Respondía el federalismo no solo a ideas abstractas, sino a los intereses de los oligarquías locales y a ciertas autonomías de la época colonial. El primer presidente fue Guadalupe Victoria (10-X-1824). Había triunfado el liberalismo exaltado, federal y antirreligioso, cuya bandera serían la democracia, el laicismo y la igualdad, pero no la económica.

A esta tendencia respondió el partido yorkino, del nombre de su rito masónico, organizado por Poinsset, vuelto en calidad de representante diplomático yanqui, como instrumento de la política norteamericana para debilitar a México, perseguir la Iglesia y borrar la tradición española, azuzando el odio contra los peninsulares; en adelante el federalismo sería equivalente a izquierdismo, anticlericalismo y demagogia; agradaba a la clase media por ofrecer gran cantidad de empleos y la disposición de los presupuestos locales. Los escoceses, sin elementos extremistas, ya formaron un partido más conservador, de clases altas, centralista, al que se adhirieron viejos monárquicos y españoles, y ya no masónico después.

Con motivo del aniversario de la revolución, en 1825 se llevó a efecto la abolición de la esclavitud. En ese año acabó la resistencia española en Ulúa, que, no obstante las hostilidades, gravaba el tráfico marítimo de Veracruz. En 1826 se adhirió México al Congreso de Panamá, reunido por Bolívar, preocupado aquel por el peligro de una expedición española desde Cuba, pero el segundo Congreso, que iba a reunirse en Tacubaya en 1827, no logró a abrirse. México hubiera aspirado a Cuba, pero por lo pronto deseaba que no cayera en manos de otro país ni de Bolívar.

La conspiración del padre Arenas en 1827 sirvió para desencadenar la fobia antiespañola, recrudecida de antes y aneja al yorkismo; se procedió a destituciones de españoles que tenía cargos —entre ellos los generales Negrete y Echávarri— y a una expulsión casi general, incluso de los que se quedaron adhiriéndose a la independencia. Guerrero, al sublevarse en 1828, permitió a las turbas el saqueo de Parián, emporio del comercio de la capital, arruinando a los comerciantes españoles (4-XII); el 20-III-1829 el Congreso decretó la expulsión total.

En las elecciones presidenciales de 1828 triunfó el general Manuel Gómez Pedraza, más moderado, sobre el viejo insurgente Guerrero; pero este, apoyado por Santa Anna, izquierdista por el momento, se alzó por el motín de la Acordada, permitió el referido saqueo y se hizo reconocer presidente, tomando posesión el 1-IV-1829, ocurriendo bajo su mandato la fracasada expedición reconquistadora de Barradas.

La anarquía y desorden tolerados por Guerrero provocaron otra rebelión con otro plan, el de Jalapa, y el triunfo de Anastasio Bustamante, adueñado de la presidencia el 1-I-1830 y cuyo equipo ministerial arregló la hacienda, restableció el orden y logró un acuerdo con la Santa Sede, desarrollando una administración progresiva; pero reprimió duramente las rebeldías y víctima de una asechanza fue fusilado Guerrero (14-II-1831).

Al año siguiente estalló una gran insurrección, en la que se mezcló, como de costumbre, Santa Anna, y a pesar del sangriento triunfo de Bustamante en la Hacienda del Gallinero tuvo que renunciar (fin de 1832), ocupando por breve tiempo la presidencia Gómez Pedraza, que dio nuevas medidas contra los españoles. Volvieron los yorkinos al poder con el vicepresidente Valentín Gómez Farías, que inauguró las medidas antieclesiásticas, pretendiendo un patronato total, la libertad de los votos religiosos, la del pago de diezmos, el cierre de la universidad y la exclusión del clero de la enseñanza; también se suprimió el fuero militar. Pero en abril de 1834 Santa Anna, que era el presidente legal, asumió el cargo y suprimió parte de las leyes citadas.

La República Central

En versátil Santa Anna (1794-1876) realizó una reacción conservadora y anuló el régimen federal, por una ley provisional del presidente interino, Miguel Barragán (octubre de 1835), y las Siete Leyes Constitucionales de 30-XII-1836, que establecían un régimen unitario, presidencia de ocho años y un cuarto poder, el conservador, teórico árbitro de los demás, suprimiéndose la cámara de senadores.

Este cambio dio pretexto a la sublevación de Texas, que había formado un estado con Coahuila, pero que estaba llena de inmigrantes norteamericanos que se sublevaron. Santa Anna tomó el Álamo y degolló a sus defensores, pero fue sorprendido y hecho prisionero en el río San Jacinto (21-IV-1836); por temor a ser fusilado, dio orden al resto del ejército de retirarse y Texas quedó de hecho independiente, no anexionándose a los Estados Unidos por ser esclavista. Santa Anna no fue castigado por su cobarde conducta. En 1837 fue presidente de nuevo Bustamante, que sufrió un bloqueo y un ataque naval francés (1838) a causa de reclamaciones desatendidas.

Siguió una época de constantes pronunciamientos —que eran ya de mucho atrás endémicos— y desorden que es innecesario detallar, apareciendo siempre en el fondo y frecuentemente en la presidencia Santa Anna con su ambición y su carencia de ideas arraigadas. Cayó Bustamente en 1841; en 1843 se dio un nuevo reglamento centralista, las Bases Orgánicas, que suprimieron el poder conservador; Yucatán se separó de México en 1840, alegando el centralismo de este, proclamándose independiente en 1841 y llegando a un acuerdo en 1843.

Pero en 1847 se reanudó la guerra yucateca, convertida ahora en racial, del indio contra el blanco, al que pretendía exterminar, con terribles represalias; apurado el gobierno yucateco, ofreció la soberanía del país a algunas potencias, entre ellas a España; tras un acuerdo lleno de concesiones a los indios, con más medios el Gobierno logró derrotar a los mayas y en 1848 se efectuó la plena reincorporación a la nación.

La guerra con los Estados Unidos

Cayó Santa Anna de su dictadura, casi permanente, en 1844, sucediéndole José Joaquín de Herrera, que se esforzó en evitar el conflicto con los Estados Unidos, a raíz de la incorporación de Texas a estos. Mariano Paredes preparó el ejército para él, mejoró la Hacienda y por iniciativa de Alamán convocó un Congreso Nacional Extraordinario, de carácter corporativo, y permitió propaganda en favor de la monarquía, inclinándose él a favor del infante don Enrique, cuñado de Isabel II, pero una rebelión federalista restableció la Constitución de 1824 (agosto de 1846).

La guerra con los Estados Unidos estalló al incorporarse Texas a la Unión en 1845, considerándolo México como un motivo de ruptura de relaciones. El presidente Polk quería extender la Unión hasta el Pacífico y propuso a México la cesión de Nuevo México y California y fijar la frontera en el Río Grande del Norte, en lugar del Nueces, que reclamaba México. La guerra estalló en 1846 (13 de mayo), después de haberse combatido ya en Palo Alto (8 de mayo), existiendo tres frentes: el del Norte, invadiendo Zacarías Taylor el territorio mexicano y derrotó a Mariano Arista en el citado combate de Palo Alto y se apoderó de Matamoros, Monterrey y Saltillo (1846) y contuvo a Santa Anna en la batalla de Angostura (23-I-1847); otras fuerzas se apoderaron de Monclova, Parras, el Paso del Norte (1846) y Chihuahua (1847).

Pero las dificultades halladas por los yanquis les hicieron cambiar la zona ofensiva, trasladándola a la costa del Golfo. Kearney se apoderó de Nuevo México, tomando Santa Fe el 18-VIII-1846, y la escuadra del Pacífico conquistó los puertos de California, donde ya Frémont se había sublevado. Vuelto Santa Anna a México, se negó a ceder, y entonces se efectuó una campaña al mando de Winfield Scott desde Veracruz, siguiendo la ruta de Cortés, marcada por la toma de esta ciudad (27-III-1847), la de Jalapa y Puebla, y tras unas negociaciones, la batalla de Churubusco, y venció la heroica resistencia mexicana en Molino del Rey (8 de septiembre) y Chapultepec (13 del mismo), ocupando la capital el 15.

Tuvo México que someterse al tratado de Guadalupe Hidalgo (2-II-1848), por el que cedió Nuevo México, Arizona, California y otros territorios, de los que salieron los estados de Uthat, Nevada y Colorado; aunque eran países muy poco poblados, equivalían casi a la mitad de su territorio. Todavía en 1853 tuvo que ceder México la región de la Mesilla (sur de Arizona), mediante una indemnización, por el tratado de Gadsden, para facilitar la construcción de un ferrocarril al Pacífico.

La Reforma

Durante la guerra había habido un desfile de presidentes. José Mariano de Salas restableció la República Federal (1846) y Gómez Farías vendió bienes del clero (1847), con oposición de este y de los católicos. Santa Anna, que soportó la derrota, fue expulsado en 1847; Manuel de la Peña firmó el referido tratado; le sucedieron Herrera y Arista; derribado por otra revolución en 1853, se hizo cargo de nuevo Santa Anna del Gobierno y se apoyó en los conservadores, siendo Alamán una vez más ministro, pero su próxima muerte impidió llevar a cabo sus proyectos de buen gobierno.

Ejerció Santa Anna una auténtica dictadura, negoció otra vez la ida de un infante español, aumentó el ejército y metió la Hacienda en un gran desbarajuste. A fines de ese año se hizo prorrogar indefinidamente su presidencia, con derecho a designar sucesor, y adoptó el tratamiento de Alteza Serenísima. Introdujo un régimen centralista riguroso y favoreció a la Iglesia, a la par que persiguió a los liberales. El partido liberal proclamó el 1-III-1854 el Plan de Ayutla, para derribar a Santa Anna y convocar un Congreso Constituyente. La insurrección había sido preparada por Juan N. Álvarez e Ignacio Comonfort, y fue ayudada por los Estados Unidos.

La combatió Santa Anna, pero ante su extensión renunció al poder el 12-VIII-1855, abandonándolo para siempre. Asumió al fin Álvarez la presidencia con un ministerio exaltado, en el que figuraba Benito Juárez; se convocó el Congreso Constituyente y Juárez dio una ley que abolía el fuero eclesiástico; en diciembre del mismo año tomó la presidencia Comonfort, que acentuó la política irreligiosa, mediante las leyes Lerdo de Tejada (Miguel), de desamortización (25-VI-1856), que suprimió toda propiedad colectiva, no solo la eclesiástica; la ley Iglesias (José María) (11-IV-1857) prohibió los derechos parroquiales. Fue disuelta la Compañía de Jesús y desterrado el obispo de Puebla Pelagio A. de Labastida.

Reunido el Congreso, dio una Constitución el 5-II-1857, de tono muy liberal, que incorporaba las leyes referidas; abolía los votos religiosos, establecía plena libertad de imprenta y sometía la actividad de la Iglesia a la intervención del Estado. Más tarde se acentuó la política antirreligiosa con las llamadas Leyes de Reforma, base institucional en adelante: nacionalización de los bienes de la Iglesia, supresión de las órdenes religiosas, matrimonio y registro civiles, secularización de cementerios y tolerancia de cultos (1859-1860). En la organización del Estado se adoptaba el régimen federal, con una sola cámara, presidencia de cuatro años y Suprema Corte de Justicia.

El partido conservador rechazó esta revolución y acudió a las insurrecciones, que venció Comonfort, elegido presidente legal el 1-XII-1857, pero convencido de los perjudicial de la constitución, él mismo fomentó un pronunciamiento a los pocos días, adhiriéndose al plan de Tacubaya, proclamado por el general conservador Félix M. Zuloaga para suspender y reemplazar la Constitución, quien no obstante derribó a Comonfort (enero de 1858), y abolió las leyes antieclesiásticas ya promulgadas.

Juárez, presidente de la Suprema Corte, asumió la presidencia por el régimen liberal, pero echado de Guadalajara emigró al extranjero. Se encendió una feroz guerra civil, con grandes excesos. A Zuloaga sucedió el general, también conservador, Miguel Miramón. Juárez regresó con apoyo norteamericano y fijó su gobierno en Veracruz (1858) y es cuando promulgó las Leyes de Reforma; firmó también con los Estado Unidos un tratado —MacLane-Ocampo— que equivalía a entregarles el territorio mexicano y que no aprobó el congreso de la Unión (1859). Derrotado Miramón en San Miguel Calpulálpam (22-XII-1860), triunfó el gobierno constitucional de Juárez.

La intervención europea y el Imperio

Juárez expulsó al ministro español Joaquín F. Pacheco y al delegado apostólico; acabó con las últimas resistencias conservadoras y por el agotamiento de los recursos —pese a la desamortización y confiscación de los bienes eclesiásticos, malbaratados— suspendió los pagos de la deuda extranjera (17-VII-1861).

Esta medida provocó la intervención armada de Inglaterra, Francia y España, en virtud del acuerdo de Londres de 31-X-1861, para arreglar la cuestión financiera, comprometiéndose a no adquirir territorio mexicano ni intervenir en sus asuntos internos; pero Napoleón III aspiraba a establecer una monarquía católica, que fortaleciera el espíritu latino frente a la absorción yanqui, a lo que le incitaba la emperatriz Eugenia y varios conservadores mexicanos, entre ellos Juan N. Aloonte, hijo de Morelos, y para hallar un campo de explotación económica y cobrar los beneficios del empréstito usurario del banquero suizo Jecker.

España también deseaba una monarquía para un infante español. Las fuerzas españolas se colocaron al mando de Prim, quien ocupó antes que los otros Veracruz, el 17-XII-1861; por una convención se acordó negociar en Orizaba, y si no se llegaba a un acuerdo las tropas intervencionistas retrocederían de la salubre zona alta para no aprovechar esa ventaja. México accedía a las reclamaciones financieras; al ver que los propósitos franceses eran distintos, Prim y la representación inglesa rompieron el acuerdo y se retiraron.

Continuó Francia la campaña, con base en Orizaba; rechazados en Puebla por Ignacio Zaragoza (5-V-1862), que al fin tomó Forey tras dos meses de sitio (17-V-1863), y Bazaine —el vencido en Metz en 1870— entró en la capital (7 de junio), instalando una Junta de Gobierno, en la que entraron Almonte y Labastida, que convocó una Junta de Notables, la cual decidió establecer la monarquía y ofrecer la corona imperial al archiduque Fernando Maximiliano, hermano del emperador de Austria Francisco José y candidato ya impuesto pos Napoleón III (n. en 1832), casado con Carlota, hija del rey de los belgas Leopoldo I.

Aceptó definitivamente el 10-IV-1864 y exigió una especie de plebiscito que le llamase y tomó el nombre de Maximiliano I. Por un tratado con Napoleón le sostendrían las tropas francesas, que se retirarían gradualmente y cuyos gastos abonaría, junto con otras cuantiosas deudas. De la regencia se hizo cargo Labastida, que era entonces arzobispo de México, por breve tiempo, ante la continuación de las Leyes de Reforma.

Entró Maximiliano en la capital el 12-VI-1864, y contrariamente al partido conservador que lo había llamado, quiso atraerse y apoyarse en los liberales y mantuvo las leyes anticlericales, sin que le apoyasen los elementos intransigentes. Siguió la guerra con estos, pereciendo Comonfort, pero los éxitos franceses, con tropas mexicanas y algunas belgas y austriacas, acabaron por el momento con la resistencia republicana; Juárez en la frontera no quiso renunciar y en el Paso del Norte —adonde quedó reducido—, el 8 de noviembre, se prorrogó sus poderes presidenciales.

El descontento con Maximiliano fue general por dar a extranjeros, en especial franceses, los principales cargos de gobierno, ejército y hacienda y a los conservadores al no revocar las leyes contrarias a la Iglesia, ni su carácter ni sus cualidades de gobernante eran a propósito para circunstancias tan difíciles y Napoleón III se encontró con un mal asunto, con el crecimiento de Prusia y las amenazas de los Estados Unidos, ya con las manos libres terminada la guerra de Secesión.

Seguía encarnizadamente la lucha con los republicanos y Napoleón decidió retirar las tropas francesas; Carlota intentó en vano disuadirle y visitando al papa Pío IX en Roma perdió la razón. En diciembre de 1866 comenzó la evacuación del ejército francés y ante la gravedad de la situación quiso abdicar Maximiliano, pero varias influencias le hicieron desistir, votando contra la renuncia sus ministros y consejeros (20-XI-1866 y de nuevo el 17-I-1867). Prosiguió con éxito la ofensiva republicana, luchando a favor de Maximiliano los generales Miramón y Tomás Mejía; pero sitiado en Querétaro, fracasado el intento de socorro del general Márquez y entregada la plaza, cayó prisionero Maximiliano y basándose en una ley de 1862 fue fusilado, junto con Miramón y Mejía, en el Cerro de las Campanas el 18-VI-1867.

La República laica

Triunfante Juárez, entró en la capital el 15-VII-1867 y luego fue reelegido constitucionalmente; reorganizó el régimen, persiguió a los imperialistas y mantuvo la legislación irreligiosa. Se hizo reelegir para los periodos sucesivos y gobernó dictatorialmente, reprimiendo bastantes rebeliones, hasta su muerte el 18-VII-1872 (nacido en 1806, era de raza india y siempre liberal acérrimo, adverso a la Iglesia y a la tradición hispánica, tenaz, impasible y honrado.

Le sustituyó Sebastián Lerdo de Tejada, que estableció el Senado e incorporó a la Constitución la Leyes de la Reforma, consolidándose la separación entre la Iglesia y el Estado; dio medidas anticlericales, con destierro de religiosas, incluso las Hermanas de la Caridad, y favoreció el protestantismo. Habiéndose hecho reelegir, fue vencido por la sublevación de Porfirio Díaz, que triunfó el 20-IX-1876, y tomó posesión el 26, tras el correspondiente plan de, el de Tuxtepec, en que se declaraba opuesto a la reelección.

El Porfiriato

Se llama ahora así al largo periodo de la dictadura del general Porfirio Díaz (1830-1915), perteneciente al partido liberal y que se había distinguido en la guerra contra Francia. Duró el gobierno de don Porfirio de 1876 a 1911, época en que se hizo reelegir ininterrumpidamente, salvo un periodo que desempeñó un testaferro suyo (Manuel González, su capaz y leal colaborador, 1880-1884). Para ello hizo reformar la Constitución, anulándose la no reelección y permitiéndose indefinidamente y se alteró la provisión de la presidencia interina.

En los primeros años reprimió Díaz las rebeldías severamente y luego ya gozó de paz. Respetó la Constitución de 1867 en la letra y las Leyes de Reforma, pero gobernó dictatorialmente, reduciendo las instituciones a mera fórmula y como un monarca absoluto. Se atrajo a miembros de los diversos partidos, que acabaron por desaparecer, y sin abolir las leyes de Reforma, las dejó de hecho en suspenso, dando paz a la Iglesia, resurgiendo las órdenes religiosas con otras nuevas y sus centros de enseñanza.

Procuró que la política fuera sustituida por la economía y fomentó el desarrollo del país, que bajo la tranquilidad de su régimen alcanzó un elevado grado de prosperidad; para ello logró poner en orden en la Hacienda y en la Deuda Pública, por la colaboración del ministro de Hacienda José Ives Limantour; se construyó una amplia red de ferrocarriles y se fomentaron los demás medios de comunicación, y se dieron grandes facilidades al capital extranjero, especialmente norteamericano, que llevó a efecto amplias inversiones.

Estuvo a su lado el grupo llamado de los científicos, cuyo portavoz intelectual era el prestigioso sociólogo Justo Sierra. Hubo trabajo y se protegieron todos los ramos de la economía y de la cultura, cuyos beneficiosos efectos culminaron desde 1896.

Los ingresos fiscales se quintuplicaron bajo su régimen y llegó a haber superávit; las importaciones, desde 1894, se multiplicaron por ocho y las exportaciones por seis cas; la red ferroviaria llegó a más de 24.000 Km.; la producción minera se multiplicó por seis y surgió una industria antes inexistente. Igualmente se construyeron otras obras públicas, y mejoró el crédito.

Aumentó la influencia norteamericana, buscando Díaz, además el fomento del país, la amistad de su vecino, convirtiendo su imperialismo político en otro económico. Anulado de hecho el sufragio y las libertades, la burguesía halló la paz y orden y explotó los latifundios y el tesoro público; también hubo inversiones de otros países, que buscaba Díaz para contrarrestar la excesiva penetración yanqui, convirtiéndose México en una especie de colonia capitalista.

El positivismo filosófico, cultivado por los científicos, fue la doctrina dominante y adoptada por la burguesía. Pero la paz porfiriana dejó bastantes problemas sin resolver, comenzando por la situación del campesino, sometida a la pobreza y a la explotación del peonaje, problema el agrario agravado por la supresión con la desamortización de la propiedad colectiva de los pueblos, desatendido por Díaz, pero que fue incubando el descontento. También se dio una penetración de ideas socialistas, que fue en aumento. La Iglesia, durante la paz del periodo, comenzó a interesarse por los problemas sociales, con asambleas y propuestas de reformas.

La revolución mexicana

Ya Morelos y Francisco Severo Maldonado tuvieron ideas de profunda reforma agraria en la época de la emancipación. En los últimos años de Porfirio Díaz creció la disconformidad campesina y se extendió una agitación política, creciendo la oposición a la reelección indefinida del dictador.

En 1908 se formó un partido democrático y en 1909 el antirreeleccionista; el primero y otros resurgidos estaban conformes en prorrogar vitaliciamente la elección de Díaz, que gozaba de honda popularidad, pero querían libertad en cuanto al vicepresidente, cargo creado en 1904; no aceptó Díaz, que impuso la candidatura de Ramón Corral, jefe de los científicos, ya vicepresidente, y expulsó al otro candidato, Bernardo Reyes.

El partido contrario a la reelección presentó como candidatos a Francisco I, Madero y Francisco Vázquez Gómez, respectivamente. Ganadas las elecciones por Díaz y Corral, se sublevó Madero, lanzando el Plan de San Luis, declarándose presidente y proclamando el sufragio electivo y la no reelección (fines de 1910). Cundió el movimiento revolucionario, sumándose elementos agrarios y nuevos jefes, como Emiliano Zapata y Pascual Orozco. Hubo de capitular don Porfirio y renunció el 25-V-1911, exiliándose a Europa.

Madero representaba una aspiración puramente política y burguesa, pero se habían desencadenado las fuerzas populares agrarias con Zapata y Orozco hijo. En las elecciones de 1911 lucharon ocho partidos, entre ellos el constitucional progresista de Madero, el católico nacional, el reyista de Bernardo Reyes y el de Emilio Vázquez Gómez.

Triunfó Madero, con Pino Suárez como vicepresidente, y asumió el poder el 6-XI-1911, pero su idealismo democrático y poco real tropezó con las exigencias agrarias y demagógicas de Zapata, de Ambrosio Figueroa y de Orozco; el primero y el tercero lanzaron sus correspondientes Planes de Ayala y de Chihuahua; a su vez, los reaccionarios, defensores del orden y procedentes del ejército porfirista, se alzaron con Reyes y Félix Díaz; el primero pereció al asaltar el Palacio Nacional (1913).

Victoriano Huertas, que dirigía la campaña contra los rebeldes, no pensó más solución que sublevarse a su vez y apresó a Madero y Pino (18-II-1913), asumió la presidencia e hizo asesinar a ambos (22 de febrero).

Huertas, reconocido al pronto, con la adhesión de valiosos elementos, quedó luego desprestigiado por su arbitraria dictadura y falta de tacto y se vio a no tardar atacado por una coalición revolucionaria, encabezada por Venustiano Carranza, con su consiguiente Plan de Guadalupe para la Restauración Constitucional (26-III-1913), secundado por Álvaro Obregón, Pablo González y el famoso, audaz y cruel guerrillero Pancho Villa (Doroteo Arango); por otra parte, le combatían Zapata y otros jefes agrarios.

El presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, se colocó contra Huertas e hizo lo posible por derribarlo, hasta hacerle la guerra, con el ataque y toma de Veracruz (21-IV-1914), interviniendo para evitar la continuación de la lucha las naciones del A. B. C. (Argentina, Brasil y Chile; conferencia de Niágara Falls, mayo y junio de 1914). Villa tomó Zacatecas (VI-1914) y Obregón Guadalajara (8-VII); estas derrotas y la actitud yanqui obligaron a Huertas a renunciar (15-VII-1914).

Entró Carranza en la capital, pero ya tenía enfrente a Villa y a Zapata; la Convención de Aguascalientes (10-XI-1914) eligió otro presidente y se le declaró hostil; siguió la guerra civil, pero Obregón dio el triunfo a Carranza, derrotando a los villistas en Celaya y León (1915). Un ataque de Villa al territorio de los EE.UU. motivó una expedición de castigo norteamericana contra él, que permaneció casi un año en México, sin lograr capturarlo (1916-1917). Carranza gobernó desde Veracruz entre tanto, y dio una serie de leyes revolucionarias sobre el municipio, divorcio, reforma agraria, trabajo y otros puntos, y convocó un Congreso Constituyente en Querétaro, el cual promulgó la Constitución de 1917 (5 de febrero), de tono socialista y que incluía las citadas leyes.

Mantenía el régimen federal, dos cámaras, presidencia de cuatro años, por voto directo, habiéndose establecido la rotunda irreelegibilidad. Se afirmaba el dominio directo de la nación sobre el petróleo, convertido rápidamente en la gran riqueza del país, pero por respeto a los intereses yanquis y la necesidad de apoyo de los EE. UU. Carranza, Obregón (convenio de Bucareli) y Calles no aplicaron ese principio.

La reforma agraria dividía los latifundios, fomentaba la pequeña propiedad, su devolución a los despojados y facilitaría aguas y tierras a las pequeñas poblaciones que no los poseyeran. Instituía los ejidos, divididos en parcelas de 3 a 8 ha., luego ampliadas, concedidas a campesinos, con la intención asimismo de hacer de ellos milicia revolucionaria; se admitía la pequeña propiedad o parvifundio, cuya extensión máxima era en principio de 150 ha. de regadío y 250 de secano, ampliadas luego.

La división y distribución de tierras se fue llevando a cabo y se le dio fuerte impulso bajo Cárdenas y Ávila Camacho, multiplicando enormemente el número de propietarios, aunque con arbitrariedades, persecuciones y una crisis económica, superada lentamente. La constitución afirmó asimismo los derechos de los obreros.

La revolución mexicana fue muy hostil a la Iglesia. Además de los desmanes, destrucciones y muertos de las épocas revolucionarias, las leyes de Carranza y la Constitución de 1917 privaban a la Iglesia de toda libertad: el culto solo se podía celebrar en los templos o en privado, la educación sería laica y el Estado, tanto el nacional como los federales, intervendrían en el culto y la disciplina.

El régimen revolucionario

La revolución mexicana —anterior a la rusa y, por tanto, sin implantar el puro marxismo como esta— se consolidó y ya no fueron derribados sus principios, aunque se suavizara su aplicación, como bajo el porfiriato. Carranza logró afirmarse, y acabó duramente con sus adversarios y rebeldes, como Felipe Ángeles y Zapata (1919 ambos). Contra el candidato que quería le sucediera, estalló una vasta insurrección (Plan de Agua Prieta, 1920). En su huida fue asesinado Carranza (21-V-1920).

Tras el interinato de Adolfo de la Huerta fue elegido Obregón (tomó posesión el 1-XII-1920), que impulsó la reforma agraria y la restricción del culto; el secretario de Hacienda Alberto J. Pani, reorganizó este ramo, y el escritor y pensador José Vasconcelos dio el poderoso impulso a la educación, especialmente la primaria.

También se desarrolló el movimiento obrero dirigido por Luis N. Morones y organizado en la CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana). Fue asesinado Villa (1923) y Obregón aplastó las rebeldías que se oponían al candidato que impuso y que hizo elegir, Plutarco Elías Calles, oponiéndole a Adolfo de la Huerta; con lujo de fusilamientos fue vencida esta guerra civil (1923-1924).

Calles (1924-1930) administró con acierto en Hacienda, Obras Públicas, Educación y distribución de las tierras. Pero fue durísimo con la Iglesia, lo que vino a ser una diversión estratégica de su conflicto con los Estados Unidos por las leyes sobre latifundios y el petróleo —expulsión de clérigos extranjeros, cierre de centros, prohibición del culto, destierros y prisiones—, y sus persecuciones provocaron una insurrección católica (los cristeros, 1926-1929), reprimida con abundancia de ejecuciones; esta se aplicaron también a los rivales de Calles y de Obregón, a quien hizo elegir, suprimiendo el principio de antirreeleccionista, pero antes de tomar posesión fue asesinado (17-VII-1928).

Calles, titulado el Jefe Máximo de la Revolución, hizo elegir sucesivamente a hechuras suyas: Emilio Portes Gil (1928-1930), Pascual Ortiz Rubio (1930-1932) y Abelardo Rodríguez (1932-1934), pertenecientes al PNR (Partido Nacional Revolucionario). Portes dio un nuevo impulso al agrarismo y realizó un arreglo con la Iglesia, por mediación del embajador yanqui Dwight W. Morrow, que ejerció gran influjo en tiempo de Calles y sus sucesores; pero careció de efectividad el acuerdo.

La depresión mundial de 1929 produjo efectos negativos. Vasconcelos presentó su candidatura presidencial, pero el peso de Calles impuso a Ortiz Rubio, bajo quien se recrudeció la represión, y los Estados limitaron extraordinariamente el número de sacerdotes en cada uno, tendiendo a suprimirlos y declarando a los demás fuera de la ley; los bienes eclesiásticos fueron confiscados. Abelardo Rodríguez, en respuesta a una encíclica de Pío XI sobre tales sucesos, expulsó al delegado apostólico y detuvo al arzobispo de la capital; en muchos Estados fueron cerradas todas las iglesias y expulsado el clero. Se dio el Plan de Querétaro (1933), impuesto por Calles, de tono socialista, especialmente en la educación, y se prorrogó la presidencia a seis años.

El régimen institucional

Rodríguez trasmitió por primera vez pacíficamente el poder desde la revolución a Lázaro Cárdenas (1934-1940), que sacudió la tutela de calles desterrándolo, y procuró poner paz en el país; suavizó las relaciones con la Iglesia y fomentó las obras públicas. Dio un impulso poderoso a la distribución de tierras, otorgando a más de un millón de campesinos 18 millones de ha.

Por otra parte, llevó a cabo una política socialista, manifiesta en la educación, colocada bajo este signo; en más confiscaciones de bienes eclesiásticos; en las leyes de nacionalización y expropiación (1935 y 1936), aplicándose la última en zonas de plantación; en la explotación colectiva de los ejidos y en la actuación de las organizaciones obreras CTM (Confederación de Trabajadores de México), fundada por Vicente Lombardo Toledano, de tendencia comunista al comienzo, y CNC (Confederación Nacional Campesina).

De la CTM surgió la CTAL (Confederación de Trabajadores de la América Latina, 1938). El PNR pasó a ser em PRM (Partido de la Revolución Mexicana, de tendencia más avanzada). Hecho transcendente de esta época fue la nacionalización de los yacimientos de petróleo, sirviendo de motivo un conflicto laboral de sus compañías; decretándose la expropiación el 18-III-1938 mediante indemnización.

Hubo una crisis, por la resistencia de las compañías extranjeras y la actitud de Estados Unidos e Inglaterra, más dura esta, pero las circunstancias internacionales les impulsaron a transigir y aceptar lo consumado. México dueño de su petróleo, aunque estuviera lejos de la situación mundial como productor de comienzos de siglo, ha sacado de él un gran partido para su economía y desarrollo. Frente a la tendencia extremista de Cárdenas surgió el sinarquismo, de cierta boga algún tiempo (1937), de tipo social y conservador, favorecedor de la religión y antirrevolucionario, pero no supo organizarse políticamente, lo que quiso subsanar un grupo más minoritario, Acción Nacional.

Con Manuel Ávila Camacho (1940-1946) termina la etapa virulenta de aplicación del espíritu revolucionario, y sin abandonar los principios de la revolución y de 1917, se entra en una etapa más moderada y tranquila, sin persecuciones y con la actuación de una burguesía que aprovecha la paz para un amplio desarrollo económico, especialmente industrial, prefiriéndose la estabilidad y el orden a las reformas. El PRM pasó a ser el PRI (Partido Revolucionario Institucional, 1946).

En esta época México siguió la política general americana respecto al Eje y participó en la segunda guerra mundial, prestando un intenso apoyo, especialmente económico, a los Estados Unidos. También siguió reconociendo al gobierno republicano español después de 1939. Esta tendencia moderada continuó bajo las presidencias sucesivas de Miguel Alemán (1946), Adolfo Ruiz Cortines (1952), Adolfo López Mateos (1958) y Gustavo Díaz Ordaz (1964), realizándose normalmente la transmisión de poderes y con una estabilidad política que contrasta con la agitación del siglo XIX y de la época revolucionaria.

R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 1045-1054.