Perú

Época Prehispánica
El Descubrimiento
Guerras Civiles en el Perú
El Virreinato del Perú
Época independencia
Época independiente

Época Prehispánica

Los primeros pueblos que aparecieron en territorio peruano fueron cazadores y pescadores y dejaron restos de instrumentos de piedra, conchas y hueso. El largo periodo en que se desarrollan estas culturas ha sido llamado precerámico y los restos más antiguos han sido fechados por el método del Carbono 14 hacia el cuarto milenio antes de Cristo.

Alrededor del año 1200 a. de C. aparecen los primeros restos de cerámica y hacia el año 1000 el cultivo del maíz y la primera cerámica decorada. Esta es la llamada cultura Chavín que se extendió por la zona andina del N. y por la costa central y septentrional, donde recibe el nombre de Cupisnique. El nombre de Chavín lo tomó de una pequeña localidad que conserva unas ruinas monumentales.

Wiracocha
Viracocha, Wiracocha o Huiracocha es el más destacado entre los dioses del ámbito andino. Dios de todo lo creado.

La decoración de esta pintura se caracteriza por las líneas curvas que aparecen, tanto en los relieves (estela de Raimondi) como en la cerámica, de color marrón terroso y negra. Como tema principal de la decoración aparece la cabeza de un felino.

Surgen después una serie de innovaciones técnicas que dan lugar a dos nuevas culturas en los valles de la costa septentrional: Salinar en el valle de Chicama y Gallinazo en el valle del Virú.

A la primera pertenece una cerámica con decoración blanca sobre fondo rojo y a la segunda un estilo con decoración negativa. Estas dos culturas practicaron la irrigación, cultivaron la quina y la coca y dejaron restos de construcciones de adobe. En la Península de Paracas se han encontrado restos de viviendas cubiertas con techos de paja, pero los hallazgos más importantes son los de cerámica y tejido.

Se pueden distinguir dos periodos: el de las cavernas y el de las necrópolis.

Lo más importante de esta cultura son los tejidos, que se distinguen por su delicado colorido, jamás igualado posteriormente. Algunos están cubiertos de bordados de vivos colores y se representan seres mitológicos, guerreros, danzas, monstruos, etc. En algunos mantos se han identificado hasta 22 colores distintos. Todas estas culturas pertenecen al llamado periodo formativo.

El siguiente periodo recibe el nombre de clásico y se caracteriza por el desarrollo de los procesos técnicos. A él pertenecen: la cultura Mochica, en la costa septentrional; Recuay, en el callejón de Huaylas, en las tierras altas del Norte; Nazca, en la costa Sur, y Tiahuanaco clásico, en el lago Titicaca.

La Cultura Mochica

Antes llamada Proto-Chimú o Chimú antiguo, fue desarrollada por un pueblo de agricultores y pescadores, aunque practicaban la caza, si bien como deporte más que como complemento alimenticio. Los restos más importantes son las Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, en el valle de Moche, en el que quedan extensos canales de irrigación.

La base principal de la fama artística de los mochica es su cerámica, asombrosa por su variedad, cantidad y calidad pictórica. Los colores empleados en la decoración son el rojo, el blanco y posteriormente, el negro.

La decoración era naturalista y sirve de fuente para conocer el género de vida de este pueblo; se representan grupos de guerreros, cazadores, caciques transportados en literas, etc. Características de esta cultura son las vasijas retrato que reproducen tipos físicos muy varios y en algunas ocasiones enfermedades, deformaciones o mutilaciones.

También pertenecen a esta cultura los jarrones silbadores, las vasijas con vertedera en estribo y los jarros zoomorfos. Trabajaron igualmente el oro, la plata y el cobre, habiéndose encontrado joyas variadas de estos metales.

La Cultura Recuay

En el callejón de Huylas, hábitat de la cultura Recuay, se conservan restos de construcciones de piedra, esculturas y, sobre todo, un tipo de cerámica de variadas formas con decoración negativa en negro sobre blanco y rojo. Característico de esta cerámica es la aparición como motivo decorativo de felinos de perfil.

La Cultura Nazca

Se situó en tres valles: Nazca, Pisco e Inca. Su cerámica no suministra tanta información sobre su vida y organización como la Mochica, pero se puede observar que daban más importancia a lo sobrenatural que a las actividades humanas. Esta cerámica se caracteriza por su policromía, llegando a veces a emplearse hasta ocho colores, aunque no es original en sus formas. En la decoración, los temas representados son pájaros, peces y frutas, muy estilizados, o motivos mitológicos y religiosos (demonios, genios), algunos con cabeza humana.

La Cultura Tiahuanaco

En cuanto a la cultura Tiahuanaco de este periodo clásico, véase Bolivia prehispánica. Antes del periodo posclásico hubo un momento de influencia de Tiahuanaco en todo el territorio, llamado periodo expansionista, que terminó con la aparición de tres estados costeros: Chimú, Cuismancu y Chincha.

Estos estados construyeron grandes centros urbanos, por lo que son llamados constructores de ciudades. El más importante es el reino Chimú, cuya capital fue Chanchan. Se conservan restos de edificios con motivos semejantes a los de los tejidos. Algunas de las calzadas atribuidas a los incas fueron seguramente construidas por los chimú.

Trabajaron el oro, la plata y también el bronce. La cerámica más usual era la de arcilla negra pulimentada, y menos corriente la de barro rojo, igualmente pulimentada. Las vasijas eran campaniformes, con gollete en forma de espuela o reproducían cabezas de animales. Los tejidos presentaban franjas horizontales y diagonales, así como figuras de peces y aves. También hacían tejidos de plumas de varios colores unidas por urdimbres de algodón.

En el siglo XV todas estas culturas desaparecen absorbidas por un pueblo guerrero e imperialista: los incas.

La cultura propia del altiplano cuzqueño, continuación de la llamada cultura de Chanapata, la impusieron los incas en todo este vasto imperio, aunque apenas si logró arraigar fuera del territorio peruano, y por eso se le llama cultura incaica.

No responde, pues, esta denominación de incaica a los motivos etnográficos o geográficos que dan nombre a las culturas que florecieron con anterioridad a ella en territorio peruano, como las culturas chavín, lambayeque, racuay, mochica, chimú, pachacamac, paracas, nazca, tiahuanacu, etc., sino a una denominación puramente política.

Antes de la expansión política inca se han sucedido en Perú y en el alto Perú o Bolivia diversas culturas, y han habitado pueblos distintos que pueden agruparse según las tres zonas geográficas de los países andinos centrales: los yuncas, en la costa; los quechuas, en los valles y sierras, y los collas o simaraies, en la meseta, principalmente en el actual territorio boliviano.

A partir de rasgos comunes a la cultura andina (en tejidos, cerámica, metalurgia, plástica y arquitectura), formada ya hacia 500 d. C., en tres etapas se ha difundido una cultura general para todo el país o buena parte de él, sobreponiéndose a las locales: las más antigua, la de chavín, originaria de la región andina, desde 300 ó 400 d. C. , hasta 600, aproximadamente; siguieron los periodos locales antiguos (600 ó 700 a 900), a los que se sobrepuso la segunda parte general, procedente de Tiahuanco, o periodos medios (900-1200); una nueva fase de periodos locales recientes (siglo XIII o XIV-XV) fue sustituida por la difusión general de la cultura propiamente inca, desde 1400 y antes, hasta la Conquista.

Entre los yuncas se incluyen los chimús, en la zona norte de la costa, quienes desarrollaron una avanzada civilización, manifiesta en la rica técnica del tejido y, sobre todo, en la cerámica polícroma de gran perfección y refinado arte que culmina en los vasos con efigies; hay dos etapas locales: la de mochica (siglo VII-IX) e Ica (1000-1400); para Uhle, el comienzo de las culturas costeras habría sido influido por elementos procedentes de la América media, del área maya o emparentados con ella, al lado de desarrollos autóctonos.

Las culturas costeras, de historia desconocida y solo reconstruidas arqueológicamente, se caracterizaban, además, por el florecimiento agrícola, en una zona desértica, gracias al riego; pirámides escalonadas (las de Moche, del periodo mochica, y las de de Pachacamac, del periodo medio); ciudades como Chancán, capital Chimú, y Pachacamac, con un santuario famoso aún en la época inca; arquitectura de adobe, labores de mosaico y plumería; metalurgia de cobre, oro y plata (la etapa antigua de Nazca era aún de instrumentos de piedra; división en cacicatos; asimismo, con espíritus en formas animales; divinidades felinas; culto lunar; tumbas de pozo y momificación de cadáveres.

En las regiones andinas Callejón de Huailas, alto Marañón) precedieron a los incas otras antiguas culturas, de origen influido asimismo en parte por la América media, pero de mucho más desarrollo autóctono: Chavín, extendía al resto; Huaraz, Recuay, en el periodo medio; con arquitectura en piedra semejante a la de San Agustín (Colombia) y a la de Tiahuanco.

En las mesetas, los collas o aimaraies, que se extendieron al centro del Perú, y su cultura ejerció fuerte influjo en la costa; su centro fue Tiahuanaco, cerca del lago Titicaca, cuyas grandiosas ruinas atestiguan un brillante desarrollo arquitectónico, a base de grandes bloques de piedra, elementos monolíticos y construcciones sobre plataformas; otras ruinas importantes son las de Copacabana, con restos también posteriores. Asimismo era conocida la metalurgia, que quizá tuvo allí su punto de difusión.

La cultura de Tiahuanaco corresponde al citado periodo antiguo (hacia 700 a 900), en el que llega a su fase clásica, esparciéndose después su influjo a la costa, donde dio tono a los periodos medios, e incluso al norte de Chile, a la cordillera oriental de Bolivia y al nordeste argentino; su etapa decadente antecede a la expansión inca.

Hoy no se admite, en general, el parentesco de las lenguas aimará y quechua, supuesto antes (Hans Horkheimer, El Perú prehispánico, Lima 1950, 2 volúmenes; Luis E. Valcárcel, Historia antigua del Perú, Lima 1943 y 1948, 2 vols; Juan Banayas, Los mitos comunistas, socialistas y colectivistas del Perú prehispánico, Lima, 1951; Sally Falk Moore, Power and property in inca Perú, Nueva York, 1958; José Alcina Franch, Manual de Arqueología americana, Madrid, 1965).R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José-MONTERO, Pilar, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, pág. 933.

Descubrimiento y Colonización

Así como la isla Española fue el trampolín del que saltaron las expediciones para descubrir y conquistar Tierra Firme, el Darién, Yucatán, México y la Florida, fue Panamá el punto de partida de los exploradores y conquistas de la América Andina y del Cuzco, luego, el centro del que irradian las expediciones que cruzan todo el continente, marcando las directrices de su total conquista.

De Panamá parte Pascual de Andagoya para la exploración de la costa de Coro, en 1522, en la que tiene las primeras noticias del imperio Birú, y, de no haber caído gravemente enfermo, quizá el lo hubiera descubierto. Así, solo le queda la precaria gloria de ser un precursor.

Birú se llamó primero a un cacique de Panamá, o a un río del Oeste de Colombia o del Sur de la actual República panameña. Se llamó pronto Birú o Perú al territorio al Sur de Panamá, en la costa del pacífico, corriéndose el nombre al mediodía, hasta aplicarse exclusivamente al imperio de los incas o Tahuantinsuyo. La suerte había reservado al capitán don Francisco Pizarro el preciado premio de ser el descubridor del gran imperio del Perú, ganado en la más dura prueba sufrida por los exploradores de América.

Después añadiría a este título el más valiosos de ser su conquistador. El contrato celebrado en Panamá un día del otoño de 1524 entre Luque, como socio capitalista y Pizarro y Almagro, como socios industriales de esta gran empresa, fue en su esencial igual a los concertados para otras conquista americanas, pero no su teatral ratificación, al comulgar los tres contratantes, sacerdote y capitanes con la misma forma, en la misa celebrada para solemnizarlo.

A punto estuvo de quebrar este gran negocio geográfico-histórico. Dos años de infructuosas exploraciones, en contaste lucha con el mar borrascoso, con la tierra inhóspita, el clima tropical y los indios alevosos, gastaron pronto las primeras aportaciones. Cuatro veces tuvo Diego de Almagro que ir a Panamá a reponer barcos, armas, bastimentos y hombres, que la dura empresa devoraba sin esperanza de fruto económico. En la isla del Gallo se decide al fin la suerte de esta arriesgada empresa.

Allí se hallaba, casi desnudo, maltrecho y hambriento, un pequeño grupo de supervivientes de aquella ingente lucha contra la naturaleza, esperando, una vez más, la llegada de auxilios y refuerzos. Llega al fin, un barco de Panamá mandado por Juan Tafur, que traía estrictas órdenes del nuevo gobernador para recoger las pavesas de aquella terca expedición y darla por terminada.

Mas entonces, de aquellas cenizas humanas se levantó como una llamarada el terco temple y la genial gallardía de Pizarro, y con un gesto heroico, que ha de dejar honda huella en la historia, traza en el suelo una raya con su espada e invita a aquellos fantasmas de hombres a cruzar la línea; el fue el primero en cruzarla; trece valientes le siguen, que llevan en la historia el mote de Los trece de la fama.

Es un gesto más gallardo y dramático que el hundimiento de las naves de Cortés. Allí está la nave de Tafur, que llevará a seguro puerto a disfrutar pacífico descanso a los rendidos exploradores; mas allá esta también el averiado barco de Pizarro, dispuesto a continuar el juego de la suerte con aquel puñado de valientes. (Los cronistas no hablan del gesto de Pizarro; para Herrera, fue Tafur quien trazó la raya).

La suerte está echada: unos regresan sin gloria a Panamá y nadie se acuerda de su nombre, y otros guiados por la experta mano del piloto Bartolomé Ruiz, descubren en Túmbez el imperio incaico. Con las preciosas muestras de aquella gran civilización, orfebrería, tejidos, llamas, indios, con la visión de aquellas ciclópeas fortalezas y con las precisas y concretas noticias de aquel gran imperio, regresan a Panamá con Pizarro, ya inmortales, los trece valientes de la isla del Gallo (1527).

Pizarro vuelve a Panamá tres años después de haber salido de aquel puerto y un año más tarde que la nave de Tafur; pero ahora lleva él las preciosas muestras y las precisas noticias de la existencia de un poderosísimo y rico imperio: el de los incas del Perú. La noble ambición y el impulso valiente y generoso habían sido premiados con la suerte. Con sus ricas muestras y valiosos testimonios parte Pizarro para España a presentarle unas y otras al emperador, con quien celebra capitulaciones en Toledo (26-VII-1529)

Regresa Pizarro a Panamá, y de allí (enero-1531) al Perú, para emprender la conquista del Tahuantinsuyo, del gran imperio incaico, de más de cuatro mil kilómetros de extensión, ¡con 185 soldados y 27 caballos! Adueñado de Túmbez, funda en 1532 San Miguel (Piura), primera ciudad española del Perú. Al pie de la fortaleza de Cajamarca le aguarda el inca Atahualpa rodeado de un poderoso ejército, unos 10.000 hombres.

Allí van Hernando de Soto y Hernando Pizarro con un pelotón de jinetes a saludar al Inca de parte de Pizarro y a invitarle a pasar a Cajamarca para ofrecerle el homenaje de su alianza y de su amistad. Únicamente por un audaz golpe de mano podía Pizarro salvarse. Si no se adelantaba él, el Inca les cazaría en la misma ratonera, para beber después, él y su cohorte, la chicha fermentada en las bóvedas de los cráneos de los españoles. Pizarro tomó la ventaja y se apoderó del Inca.

En aquel instante el imperio se hundió, como un enorme cuerpo decapitado (16-IX-1532). La concentración de poder político y de fuerza mágica, mítica, en una sola persona tenía el riesgo de perder con ella su fuerza y su poder; poder y fuerza que recogió Pizarro como un dios, en una lucha de dioses. Así se explica que la conquista del Perú, por una concurrencia de motivos, fuese una especie de paseo militar, en la que no jugaron tanto como en México las alianzas indígenas.

Tuvo además esta fulminante conquista el recurso espectacular del tesoro de Atahualpa, el único tesoro que por su abundancia, nunca vista, de oro y de plata enriqueció milagrosamente a los soldados españoles, que vieron allí convertido en realidad el sueño de El Dorado. El juego y el despilfarro empobreció enseguida a muchos conquistadores y al mismo emperador con la parte del quinto de la Corona, perdido en el juego político de Europa.

Remataron por entonces la conquista del Perú la entrada en el Cuzco (XI-1533) y la fundación de Lima (18-I-1535), destinada a capital por su situación inmediata a la costa, y que, con Jauja y Trujillo (1533-34), fueron las primeras ciudades españolas.

Las consecuencias de la conquista de Pizarro fueron más trascendentales que las de Cortés, ya que, una vez dominado el núcleo puramente peruano, irradiaron de allí las exploraciones y conquistas de todo el continente sudamericano. Belalcázar conquistó el reino de Quito y atravesó de Sur a Norte la actual Colombia hasta Cartagena.

El descubrimiento de Chile, que en penosísima y fracasada expedición hace don Diego de Almagro, es completado por la conquista de Valdivia, cuyas gentes llegan por mar hasta Chiloé; pero perece Valdivia y se pierde lo conquistado, aunque después recupera lo perdido do García Hurtado de Mendoza.

La fracasada expedición al Dorado que realiza Gonzalo Pizarro es superada por Orellana que, desgajado de ella, recorre el Gran Río, el Amazonas, hasta el Atlántico, por la parte más ancha del continente sudamericano. Del Cuzco parte la expedición que ha de llegar al Río de la Plata, y de Santiago de Chile las que han de conquistar el Tucumán y Cuyo.

Ninguna conquista en Indias pasó por una prueba tan larga, más de tres años, y por una lucha tan dura con la naturaleza tropical, más que con los indios; pero ninguna tuvo también más rica recompensa: en tesoros materiales, metales preciosos y en mando y poderío.

No solo se domina el Tahuantinsuyo, el imperio más grande de la América indígena, sino que se traspasa su frontera oriental, infranqueable para los incas, la selva virgen, y se extienden los límites de las nuevas conquistas por Norte y Sur, quedando el vasto imperio incaico convertido en uno de los varios reinos que en Sudamérica fundan los conquistadores españoles en menos de veinte años, reinos o virreinatos, audiencias y capitanías, de las que surgieran luego las actuales repúblicas sudamericanas.

Por eso se decía anteriormente que la conquista del Perú es la más fecunda de todas las conquistas hechas por los españoles en América.R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 239-241.

Guerras Civiles en el Perú

Si bien es verdad que la lucha civil, con más o menos virulencia, estuvo latente en toda la conquista de América, en ninguna parte llegó a organizarse en forma de verdaderas guerras, ni con tanta frecuencia, como en el Perú. La primera es provocada por Almagro, sobre el cumplimiento de las capitulaciones hechas por Pizarro con Carlos I, por creer don Diego que el Cuzco estaba comprendido en la gobernación que a él le había concedido el emperador al Sur de la de aquel.

De regreso de la fracasada expedición a Chile, Almagro pide el gobierno de dicha ciudad, que le es negado por Pizarro; pero el ocupa por la fuerza el Cuzco (1537), encarcelando a Gonzalo y a Hernando Pizarro, con otros leales suyos, que poco después, logran escapar de su encierro. En esta guerra hay dos batallas: la de Abancay, el 12-VII-1537, en la que Almagro derrota fácilmente a Alonso de Alvarado, lugarteniente de Pizarro, y la de las Salinas, el 26-IV-1538, cerca de Cuzco, en la que Hernando Pizarro con su hermano Gonzalo, Valdivia y Alonso de Alvarado le derrotan y le hacen prisionero y, después de un rápido proceso, le decapitan, antes de que pudiera impedirlo la llegada de don Francisco.

La segunda guerra civil arranca del asesinato de don Francisco Pizarro (26-VI-1541) por los de Chile, como se llamaba a los almagristas, que ponen a su frente al hijo de don Diego de Almagro, llamado Diego el Mozo, a quien se unen todos los descontentos y enemigos de Pizarro., y los ambiciosos, que esperan medrar en la nueva situación.

Llega entonces al Perú el gobernador Cristóbal Vaca de Castro, a quien quiere disputar el gobierno Almagro el Mozo; pero el licenciado, cautamente, va agrupando en torno suyo adictos realistas, los capitanes Holguín y Alonso de Alvarado y otros; por su parte, Almagro recibió el auxilio del Inca Manco Capac, implantado por Pizarro como sucesor de Atahualpa, y que está rebelado desde 1536. Las fuerzas se aproximaron a Huamanga, y el día 16-IX-1542 se enfrentaron en la llanura de Chupas, única y definitiva batalla, que dio fin a la segunda guerra civil con la derrota y luego con la decapitación de don Diego el Mozo.

La tercera fue provocada por Gonzalo Pizarro, con motivo del cumplimiento de las célebres Leyes nuevas de 1542, que tanto disgustaron a los viejos conquistadores, al privarles del fruto de sus conquistas: con la supresión de repartimientos de tierras y de indios. La imprudencia y poco tacto del primer Virrey, Blasco Núñez de Vela, fomentaron la discordia, llegando la Audiencia a destituirle de su importante cargo y a encarcelarle (1544).

Logra fugarse Núñez Vela, que reaparece en Quito, y al reunir en torno suyo un débil ejército realista, atrae contra él a don Gonzalo Pizarro, que se había proclamado gobernador del Perú, siendo derrotado y muerto el virrey en la batalla de Añaquito, el 18-I-1546, con la que termina la primera fase de esta guerra. Gonzalo Pizarro único gobernador, sin fuertes enemigos, intenta poner en orden el país; pero iba ya en camino del Perú el licenciado Pedro la Gasca, como gobernador con máximos poderes, para imponer la voluntad real a todos en aquel reino.

Don Gonzalo ve con recelo la llegada del licenciado y la suma de fuerzas que va allegando, incluso la de su propia escuadra entregada en Panamá por su almirante Pedro de Hinojosa, la incorporación de Belalcázar y la adhesión de Centeno, que estaba levantado contra él en el alto Perú, y al intentar unirse a las fuerzas de la Gasca, don Gonzalo le derrota en la batalla de Guarina, el 26-X-1547.

Esta batalla envaneció al vencedor y, por el contrario, hizo más cauto y precavido a la Gasca, que sumando fuerzas y aliados, poco a poco, logró, al fin, encontrarse con más y mejores tropas que su adversario en Jaquijahuana, el 9-IV-1548, donde quedó derrotado y hecho prisionero Gonzalo Pizarro, así como su lugarteniente Francisco de Carvajal, el Demonio de los Andes, y ambos fueron decapitados en el Cuzco.

La cuarta, más lucha que guerra, la produjo la sublevación de don Sebastián de Castilla en la Plata (hoy Sucre), el 6-V-1553, al dar muerte los conjurados, que le obedecían, al corregidor don Pedro Hinojosa. La sublevación se extendió a Potosí, ejecutando en ambas ciudades a los sospechosos. Por resistirse Castilla a algunas ejecuciones, Vasco Godínez, que era de los más exaltados, y los suyos le asesinaron.

Nombrado Alvarado corregidor de la Paz, tuvo habilidad para dividir y desmoralizar a los sublevados con intrigas y promesas sin presentarles batalla, logrando capturar a Godínez y a los más destacados cabecillas de la rebelión, a los que dio muerte. No hay fuertes ejércitos en lucha, ni siquiera una sola batalla. Son golpes de mano, traiciones y asesinatos de facción.

La quinta guerra surge cuando apenas se había pacificado el país con la muerte de Castilla, Godínez y los autores de la cuarta lucha y la provoca la rebelión de Hernández Girón, con el pretexto de defender a los encomenderos, pero con el único motivo de mejorar de fortuna por estar arruinado. Este levantamiento tiene lugar en el Cuzco el 13-IX-1553, y se extiende a Arequipa y a Huamanga.

Lo mismo que Gonzalo Pizarro, Girón tiene dos ejércitos enfrente: el de la Audiencia, presidida por Bravo de Saravia, y el de Alonso de Alvarado, y como aquel triunfa en los primero momentos, pues obtiene dos victorias, la de Villacuri, en III-1554, contra Pablo Meneses, y la de Chuquinga, el 21-IV, contra Alvarado; pero, al fin, en los primeros días de octubre, es derrotado por el ejército real de Pucara, hecho prisionero y ejecutado en diciembre.

La explicación de estas luchas hay que buscarlas en varias causas. La primera guerra tiene su origen en el contrato tripartito de Panamá, entre el presbítero Luque y los dos capitanes extremeños, Pizarro y Almagro; en el carácter de los dos, absorbente el primero y envidioso el segundo. Las capitulaciones de Toledo, la conducta recelosa de los hermanos Pizarro y la intransigencia de este en no ceder nada del Perú a Almagro determinaron su ruptura, y con ella la primera guerra civil.

La segunda es una consecuencia de la primera, provocada por el aislamiento de los de Chile. La tercera fue provocada por el poco tacto del primer virrey Núñez de Vela, al exigir, a todo trance, el cumplimiento de las Nuevas Leyes, por su obtuso tesón y por su imprudencia. Más hábil Tello de Sandoval, encargado de hacer cumplir las Nueva Ordenanzas en Nueva España, y más dúctil, evitó allí la guerra civil. Las restantes guerras, la cuarta y la quinta, fueron secuela y consecuencia de la tercera, como también la rebelión de Lope de Aguirre.

Al resumir en estas breves líneas las guerras civiles del Perú, hay que recordar, aunque solo sea por sus nombres, los historiadores que les dedicaron especial atención: Garcilaso, en la segunda parte de sus Comentarios reales, y, en sus respectivas crónicas, Cieza de León Guerra de las Salinas, de Chupas, de Quito, Gutiérrez de Santa Clara, Diego Fernández el Palentino, Calvete de la Estrella y La Gasca en sus Memorias.R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 241-242.

El Virreinato

Perú Virreinato

El virreinato del Perú se crea en 1543 para encargar a una máxima autoridad política el cumplimiento en le Perú de las Leyes nuevas. El elegido para primer virrey es don Blasco Núñez de Vela, que llega a Lima en 1544 y, por su poco tacto provoca la tercera guerra civil, en la que muere, en la batalla de Añaquito, derrotado por Gonzalo Pizarro.

Le sucede el gobernador don Pedro de la Gasca (1546-1550), hasta que una vez pacificado por este el Perú, después de cinco guerras civiles, entra en franco periodo de organización, con el segundo virrey, primero de hecho, que fue don Antonio de Mendoza (1551-1552)

La jurisdicción de este virreinato comprendía todos los territorios conquistados en América del Sur, menos la gobernación de Caracas, que se reservaba aún al virreinato de Nueva España, aunque por poco tiempo.

Por su mayor extensión y por la mayor dificultad de su gobierno, se consideró este virreinato más importante que el de Nueva España, con mayor asignación económica al virrey; por eso fueron ascendidos a virreyes del Perú nuevos virreyes de Nueva España, comenzando por el primer virrey de la Indias, don Antonio de Mendoza, que ya viejo, pasa de Méjico a Lima.

Este virreinato se compuso, en su mayor tiempo, a fines del XVI, todo el XVII y comienzo del XVIII, de todos los territorios de América del Sur, divididos en capitanías generales y gobiernos; como las Capitanías generales de Chile y de Venezuela y las Audiencias de Panamá, Santa Fe de Bogotá, Quito, Chascas y las gobernaciones de Tucumán, Buenos Aires y de la Asunción. En 1717 se creó el virreinato de Nueva Granada, de vida efímera, pues se suprimió en 1723, aunque se restableció definitivamente en 1739.

Al crearse este nuevo virreinato se agregaron de el de Perú los territorios de Venezuela, Nueva Granada y Quito; pues, al principio, Panamá, por razón de ser centro de las comunicaciones del Perú, quedó aislada, pero dependiendo de este virreinato.

En 1739 pasó ya al de Nueva Granada. Al crearse en 1776, el cuarto y último virreinato, el del Río de la Plata, el del Perú fue desglosado de los territorios de la Audiencia de la Charcas y las gobernaciones de Tucumán, La Asunción y Buenos Aires, y se segregó también de la Capitanía General de Chile, dependiente del Perú, el corregimiento de Cuyo.

Así quedó reducido a la mínima expresión, casi a la que hoy constituyen los territorios de las repúblicas de Perú y de Chile, la jurisdicción del mayor virreinato de Indias. En 1782 se dividió el Perú en intendencias y en 1786 se le agregó la de Puno, perteneciente antes a Charcas.

El organizador del gran virreinato del Perú fue don Francisco de Toledo. A él se debió su organización política y administrativa y las bases del establecimiento de las Audiencias, gobernaciones y corregimientos, y en los impuestos y servicios; así como a Santo Toribio de Mongrovejo se debe la organización eclesiástica del virreinato.

La Audiencia de Lima fue creada en 1542, y fue la única en el actual territorio peruano hasta 1787, en que se erigió la de Cuzco. Al final de la época colonial del arzobispado de Lima dependían diez obispados, cuatro de ellos en el Perú actual. Del Perú salen bajo los primeros virreyes, las expediciones y auxilios que han de lograr la conquista, el poblamiento de españoles y la colonización de Chile, el Tucumán, Cuyo, Charcas y Quito e, incluso, las exploraciones de Oceanía.

Por su parte los misioneros, en una pacientísima y heroica labor de dos siglos, logran reducir y convertir a los indios de la Amazonía occidental, inaccesible para los incas y atravesada tan solo por los conquistadores, incorporándola al virreinato y repartida hoy entre las repúblicas andinas. En los valles y el altiplano esta conquista espiritual es más intensa al enseñar a los indios ya cristianizados a leer y escribir el español y, en ocasiones, hasta el latín, pero difundiendo el quechua más que bajo los incas.

Las cuestiones y problemas que más preocuparon a sus virreyes fueron:

    1. Las esporádicas sublevaciones de los indios, a cuyo frente siempre había algún príncipe de sangre real, como los tres Tupac, Sayri Tupac y Tupac Amaru en el s. XVII y el segundo Tupac Amaru en el s. XVIII
    2. Algún aventurero o falso inca, como el español Bohórquez
    3. Los ataques inesperados de los piratas que, pasando el estrecho de Magallanes, asolaban los puertos de Chile, el Perú, Guayaquil, Panamá y hasta Acapulco, y atravesaban el Pacífico hasta Manila.

Más azotada era aún por los piratas la costa atlántica del Darién y Tierra Firme, por eso rivalizaban los virreyes en fortificar puertos y ciudades marítimas.

No solo las sublevaciones y reclamaciones turbaban el ánimo de los virreyes, sino:

    1. Las luchas intestinas entre los españoles, sobre todo los bandos de Potosí
    2. Los rozamientos entre el virrey y los oidores y altos dignatarios eclesiásticos por cuestiones de mera etiqueta o protocolo, o por mantener las regalías y derechos del patronato real
    3. La persecución del contrabando
    4. Las disensiones entre el clero secular y el regular y, aun dentro de este y de cada convento, los bandos y parcialidades entre criollos y peninsulares
    5. Las quejas de los indios por los abusos de los encomenderos
    6. Las de los comerciantes por los gravámenes
    7. Las de los mineros por falta de indios mitayos, etc.

La naturaleza, por su parte, con terremotos (ciclones que destruyeron Lima en 1687 y 1746), pestes y hambres azotaba con frecuencia las extensas regiones de esta jurisdicción.

Rosemblat calcula la población del Perú, hacia 1570, en 1.585.000 habitantes (1.500.000 indios, 94,6%; 25.000 blancos, 1,5%; 60.000 castas, 3,7%). Hacia 1650, en 1.600.000 (1.400.000 indios, 87%; 70.000 blancos, 4,3%; 40.000 mestizos, 2,5%; 90.000 negros y mulatos, 5,5%). El censo de 1791 por el virrey Gil de Taboada dio más de 1.300.000 seres, calculándose en 800.000 indios, 61%; 200.000 blancos, 15%; 300.000 mestizos, 23%; 80.000 negros y castas. En 1825 había 1.400.000 habitantes. Se advierte que tendió la población más bien a disminuir durante la época colonial.

En los primeros tiempos del virreinato decayó notablemente la agricultura tradicional por diversas causas: por la disminución de la población indígena, debida principalmente a los estragos que las nuevas enfermedades produjeron en ella; por las guerras civiles y las rebeliones de los incas; por el cambio en el régimen de la tierra y por la huida de muchos indios a sitios alejados de los concurridos por los españoles, para vivir conforme a sus hábitos y costumbres.

A pesar de esto, fue poco a poco introduciéndose el cultivo de nuevas plantas, y cada conquistador procuraba sembrar y plantar en sus tierras repartidas o encomendadas las plantas que le recordaban su lejana patria: trigo, vides, olivos, frutales.

Así se estableció una especie de competición por introducir y cultivar plantas españolas, y así fueron estas encontrando poco a poco, a fuerza de fracasos, el clima adecuado a cada una; pero como en toda América fue la ganadería la que más fácil se desarrolló, a pesar de que el Perú fue el único país que tuvo ganadería indígena, con la llama y la alpaca; pero este género únicamente podía competir con la oveja y la cabra.

En cambio, la ganadería mayor para el transporte y los trabajos duros fue en seguida utilizada, pues la llama podía llevar muy poca carga y no podía ser montada. El empleo de la mula facilitó el transporte de los minerales y la explotación de las minas.

La industria de la minería fue la que más rápidamente y con mayor intensidad se esparció por el país, protegida por los virreyes y a favor de la servidumbre de los indios, la mita, que, a pesar de varios intentos de supresión (como en 1720), perduró principalmente en Potosí, hasta el fin de la época colonial.

Las minas más apreciadas fueron las de plata y además de las minas famosas de Potosí y Pasco, las hubo en Chiclayo, Chuquisaca, que por eso se llamó también La Plata, Oruro, Puno, Pomabamba, etc. De la de Potosí se llegaron a extraer en 1602 hasta 4.270 quintales de plata. Notables fueron también las minas de azogue de Azogues, cerca de Guayaquil, y, sobre todo, la de Huancavélica, que produjeron todo el mercurio necesario para el beneficio de la plata, sin tener que llevarlo de los Almadenes de España.

También se explotaron minas de cobre en Pasco, Ica, Tarma, Pomabamba; de hierro, en Puno; de plomo en Cajamarca, Santa Rosa y Cochabamba, y después del descubrimento del platino en el siglo XVIII, las de Potosí de este metal. Los telares de fibras indígenas —algodón y lana de llama y de alpaca— y de fibras europeas —lana de oveja, lino y rara vez seda— fueron otra de las industrias coloniales.

El comercio del virreinato del Perú se resintió de los males comunes a todo el comercio de Indias: de los costoso e inseguro de los transportes por mar y por tierra, de los ataques de corsarios y piratas, del contrabando que por todos los medios hacían los traficantes extranjeros y los nacionales, del monopolio de ciertos puertos, de las concesiones privilegiadas, etc.

La especial disposición geográfica de este virreinato obligó primero al comercio a seguir el camino de las conquistas y de la colonización; atravesando el istmo desde Portobelo y en Panamá, cargando otra vez los barcos hasta Guayaquil, Callao, Valparaíso y de estos puertos irradiar después al centro del virreinato, incluso a las tierras últimamente colonizadas de Tucumán, Río de la Plata y Paraguay.

Esta corriente se contrarresta en cuanto los Puertos de Buenos Aires y La Asunción cobran incremento en el siglo XVIII, irradiando de ellos hacia Charcas, cuya provincia drena la corriente comercial de estos puertos: aunque otro nuevo camino comienza a usarse para evitar los trasbordos, desembarques y embarques, y la larga travesía por tierra: el del estrecho de Magallanes.

El rápido desarrollo de Buenos Aires, a partir especialmente del libre comercio, fue en detrimento del monopolio mercantil limeño. La creación de consulados de Comercio, de Lima en 1594, aprobándose sus ordenanzas en 1627 y luego la evolución de la legislación hacia una mayor libertad logró fomentar la riqueza durante el siglo XVIII.

Para completar esta visión sintética del virreinato del Perú falta resumir su vida cultural. En 1551 se funda la Universidad de Lima que luego habría de tomar el nombre del evangelista San Marcos; reorganizada por Toledo en 1571, abrió sus clases en 1577. En 1598, la de San Antonio Abad, del Cuzco —no confirmada con tal carácter hasta 1692—, y en 1599, en esta misma ciudad, se funda un colegio para los hijos de los caciques, También hubo una pequeña universidad en Huamanga (1680).

En Arequipa, Trujillo, Pasto y Huancavélica se crean colegios de estudios superiores, además de los mayores y menores anejos a las dos universidades peruanas y, sobre todo, la de Lima, con sus treinta tres cátedras, fue tan importante como la de México.

La primera imprenta la establecen los jesuitas como en otros sitios de América; en el Perú, en 1584; en Chile, en 1749 (aunque no se conoce ningún impreso hasta 1776), y en Quito, en 1760. El virreinato del Perú fue la más culta de las colonias españolas de Sudamérica, y en ella sobresalieron en Letras, en Arte y en Ciencias, no solo españoles y criollos, sino indios y mestizos.

Ejemplo elocuente del nivel al que llegó la enseñanza es el nombre de los indios y mestizos que sobresalieron en las letras y en las Artes, como el Inca Garcilaso, Huaman Poma Ayala, Juan de Espinosa Medrano, el Lunarejo, Tito Cusi Yupanqui, Santa Cruz Pachacutí, Blas Valera, y españoles y criollos, como Juan del Valle y Caviedes, Antonio de León Piñelo, Calancha, Cárdenas, Alesio, Peralta Barnuevo, Carvajal y Robles, Avalos y Figueroa, la poetisa anónima Amarilis, Diego de Ojeda, Diego Mexía de Fernangil, Fernando de Valverde, Allosa, fray Juan Meléndez, Concolorcorvo, Pablo de Olavide, y en el aspecto científico, Alonso Barban y el matemático Francisco Ruiz Lozano, sin olvidar la figura de Santa Rosa de Lima.

El lujo en templos y palacios, el derroche en fiestas y recepciones, hizo de Lima un centro refinado y culto, estimulado por algunos virreyes como el príncipe de Esquilache, Castelldosrius y Amat, que hicieron de su palacio academias literarias.

R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 242-245.

Los virreyes

Blasco Núñez de Vela, (1543-1544).

Andrés Hurtado de Mendoza, (1556-1561)

En Perú, tras las Guerras civiles, el marqués de Cañete desempeñó una gran labor pacificadora; tuvo dificultades para organizar expediciones entre la población desocupada, muy numerosa, al mismo tiempo que la Casa de Contratación recibía orden de impedir el paso a Perú de gente no cualificada.

Para las ciudades de españoles nombró corregidores entre gente honrada que no tuviera indígenas; para lo pueblos nombró alcaldes con prerrogativas para proceder incluso contra españoles en su distrito y llevarles presos ante el corregidor. Llevó a cabo la tasación justa de tributos, mantuvo la supresión del servicio personal y procuró la apertura de caminos. Hurtado de Mendoza llegó a Paita en III de 1556 dispuesto a consolidar el virreinato.

Juan de Salinas entró hasta el Alto Marañón, donde en 1558 fundó Santiago de las Montañas; Gómez Arias fue en busca del fantástico país de Rupa-Rupa; a Pedro de Ursúa se le concedió permiso para ir al país de los omaguas, expedición conocida por los asesinatos llevados a cabo a lo largo del Amazonas, durante el caudillaje de Lope de Aguirre.

Hurtado de Mendoza intentó pactar la salida de su refugio son el inca Siri Tupac en Vilcabamba; se sometió al rey, le concedió la encomienda de Yucay y una cuantiosa renta anual hereditaria. Aceptadas las condiciones, el inca entró en Lima el 15-I-1558, desde donde pasó a Cuzco para recibir el bautismo. Sin embargo, el inca Tito Cusi, hijo también de Manco, continuó en Vilcabamba, con lo que la resistencia de aquel foco persistió.

Francisco de Toledo, (1569-1581)

Llegó a Perú en 1569 e inició inmediatamente la visita a todas las poblaciones importantes del virreinato, durante la cual , ante los problemas que encontraba, dictó las correspondientes disposiciones. En Huamanga reglamentó el servicio de los indígenas que limpiaban la ciudad y el de los yanaconas, que trabajaban como criados y que estaban exentos de tributar.

Como este procedimiento lo encontró también en Charcas, dictó entonces unas Ordenanzas de Yanaconas y el empadronamiento correspondiente. En la Plata, en II de 1574, dictó las Ordenanzas de Minas, en las que se expresaba el carácter de realengo —conjunto de los bienes pertenecientes a la corona o dignidad real—, según la tradición castellana, y se eliminaba la corrupción introducida desde la Real Cédula de 1524, dada por Carlos I a instancias de los Welser.

La renovación del proyecto incaico de explotación de las minas por mitayos se hizo en 1551, por petición de los curacas de El Callao, área en la que se había tasado el tributo indígena entre 20 y 25 pesos anuales.

A través de fray Román de San Martín, solicitaron al rey que en vez de dar esa tasa en ropa o comida, se les permitiera ir a sacar plata de Potosí para pagar el tributo, con la condición de que no les acompañara ningún español y lo pudieran hacer en los tiempos por ellos establecidos; a cambio ofrecieron un contingente de 600 nativos, que pagarían hasta dos marcos de plata semanales, excepto en los tres meses que necesitaban para sus sementeras.

Anteriormente las minas eran explotadas por los indígenas de cada distrito, pero de forma irregular. Desde el gobierno de Toledo el problema de la mita originaría muchos conflictos y produciría continuas reclamaciones y polémicas.

También Toledo terminó con la resistencia incaica que capitaneaba Tito Cusi en Vilcabamba. El auge de la piratería inglesa causó problemas a Toledo, al entrar en el Océano Pacífico Francis Drake. Era la primera vez que Perú se encontraba en tal situación.

Después de cruzar el Estrecho de Magallanes con tres navíos, Drake apresó en las costas de Chile un navío español que llevaba 25.000 pesos y el 13-II-1579 se dirigió al puerto de El Callao. Para impedir que se repitiera ese peligro envió a España a Pedro Sarmiento de Gamboa con el fin de que reclutara gente que poblara las costas del Estrecho y eludir así las invasiones piratas. De acuerdo con lo establecido en la Junta Magna y para evitar la propagación entre los indios de las doctrinas heréticas, estableció el Tribunal de la Inquisición el 29-I-1570.

Luis Fernández de Cabrera, (1629-1639

Conde de Chinchón, virrey del Perú, en su época se aplicó la Cédula de 1631, sobre composición de tierras abandonadas, que suponía un replanteamiento del problema de la tierra aunque originó abusos pues en Perú se interpretó como redistribución; con ese pretexto se asignó a los nativos las tierras más difíciles de labrar a cambio de las de regadío.

Sarmiento de Sotomayor, (1648-1655)

Conde de Salvatierra, virrey del Perú, al llegar a Perú procedente de Nueva España, informó al Consejo y logró la Cédula de 30-XI-1648, por la que se ordenaba suspender la composición y crear una sala en la Audiencia para juzgar los fraudes cometidos contra los indígenas y la Real Hacienda.

Así muchas tierras fueron devueltas y la Corona tuvo una mejor valoración de las composiciones aceptadas, con lo que se complementaron los ingresos. Con el cambio de dinastía en el s. XVIII —de los Austria por los Borbón, en la persona de Felipe V (1700-1746)—, las condiciones empeoraron a causa del aislamiento provocado por la Guerra de Sucesión.

José de Armendáriz, (1724-1736)

Marqués de Castelfuerte y virrey de Perú, en su época, también entrarían los holandeses por la misma ruta.

José Antonio de Mendoza, (1736-1745)

Marqués de Villagarcía y virrey de Perú, su tiempo coincidió con una crisis agrícola y la guerra de la Oreja de Jenkis (1739), época en la que el almirante Vernon destruyó Portobelo y en la que Ansón entró en el Pacífico.

José Antonio Manso de Velasco, (1745-1761)

Virrey de Perú, en su tiempo se produjo un levantamiento indígena contra los corregidores y el gran terremoto de 1746. La rápida reedificación de Lima supuso para el rey el título de conde de Superunda.

Manuel Amat y Junyent, (1761-1776)

Fue el virrey de Perú más importante de mediados del s. XVIII, a quien correspondió llevar a cabo la expulsión de los jesuitas del virreinato.

Agustín de Jáuregui, (1780-1784)

Virrey de Perú, durante su gobierno se produjo la sublevación de José Gabriel Condorcanqui Tupac Amaru II (1780), después de la cual se creó la Real Academia de Cuzco y se implantó el régimen de intendencias.

Francisco Gil de Taboada, (1790-1796

Virrey de Perú, en su tiempo se organizó la expedición científica de Malaespina en el Pacífico, y el barón de Nordenflicht modernizó la minería.

José Fernando Abascal, (1806-1816)

Marqués de la Concordia y virrey de Perú, ya en el s. XIX tuvo que hacer frente a las guerras emancipadoras. Participó en la expedición de Ceballos de 1776 para reconquistar la colonia de Sacramento, en poder de los portugueses, época en la que fundó el virreinato de Río de la Plata, como anteriormente se había creado el de Nueva Granada.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo IX, págs. 5116-5118.

La Independencia

El tiempo de José Fernando Abascal

Ofrece de peculiar la época de la emancipación en el Perú, el hecho de que durante gran parte de ella fue este país el foco de la resistencia española en Sudamérica; donde repercutió aquella más tarde e igualmente donde se aplazó más su consumación. Se debió tal peculiaridad a estar regido por un virrey verdaderamente excepcional y dotado de férrea energía y grandes condiciones de mando y de gobernante: José Fernando de Abascal, desde 1806; y por otro lado, a que la alta sociedad y burguesía criollas, aunque deseosas en parte de la independencia, temían el estallido de la gran masa india, como había ocurrido ya en tiempo de Tupac-Amaru, y que se convirtiera la lucha en social y de razas; además de que había en ellas muchos elementos adictos a la monarquía, o a la conservación del orden jerárquico y aristocrático virreinal.

Cuando, tardíamente y por impulsos exteriores, se sumó el Perú al movimiento general emancipador, la tarea fue realizada por los criollos, como elemento directivo, y no por los indios, como años atrás, al rebelarlos Tupac-Amaru; el indio formó la masa de los ejércitos que durante muchos años sostuvieron la soberanía española. También existía otro precedente: la frustrada conjura de Gabriel de Aguilar en 1805, para restaurar el imperio inca.

Era el Perú a comienzos del siglo XIX uno de los países más próspero, ricos y cultos de América; en su intelectualidad había personalidades inclinadas en el fondo a la separación, como Hipólito Unanue y José de Barquíjano Carrillo, conde de Vista Florida († 1818), que cultivaban el amor a la tierra natal; fuera del país habían profesado abiertamente ideas separatistas los peruanos Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, jesuita de los expulsos, que había lanzado una ardiente proclama divulgada por Miranda; Pablo de Olavide, que durante su refugio en Francia entró en los manejos del Precursor; Juan Egaña en Chile, y fray Melchor de Talamantes, en México.

Abascal fue uno de los más relevantes secuaces del Despotismo Ilustrado, y dedicó sus esfuerzos a las mejoras sociales, materiales y culturales y a atraerse, por la adhesión y la gratitud, a los diversos estamentos sociales, en especial a los criollos, para contener la revolución que preveía. Además de su celo reformista, consagró parte capital de su actividad a poner en defensa el Perú contra futuras eventualidades; previó ya en caso de guerra, la evacuación de Lima, muy expuesta a un ataque marítimo y la continuación de la resistencia en las montañas, plan seguido más tarde.

Organizó un ejército de más de 8.000 hombres de las tres armas, milicianos la mayoría; le ayudó Joaquín de Pezuela, subinspector de Artillería, llegado en 1805, que reorganizó esta arma; se construyeron cuarteles, talleres y fundiciones, que proveyeron de cañones y municiones al Perú y otros países sudamericanos durante las guerras de la Independencia. Abascal estaba atento constantemente a los sucesos exteriores, y así observó el ataque inglés a Buenos Aires, dispuesto a enviar socorros.

Cuando se enteró de la proclamación de Fernando VII obró hábilmente para comprometer a la sociedad peruana y evitar repercusiones que adivinaba peligrosas para España; prescindió de las órdenes contrarias de Carlos IV y de las abdicaciones de Bayona, y precipitó la jura de Fernando el 13-X-1808, asesorado por el Real Acuerdo y otra junta de autoridades, que hicieron siempre su voluntad, y en las que se apoyó aparentemente.

Temía Abascal que el cambio de dinastía, si se aceptaba la nueva, sirviera de pretexto para la sublevación, y por lo mismo se negó a la formación de juntas y a las pretensiones inglesas y portuguesas y a las de Carlota Joaquina. Para enviar dinero a España y sostener sus propios ejércitos y campañas recaudó por todos los procedimientos cantidades enormes, sobre todo, del comercio, exprimiendo el país.

En 1809, al sobrevenir los primeros movimientos autonomistas en Quito y Charcas, se convirtió en el campeón de la autoridad española, e intervino en aquellos territorios aunque no dependían de su jurisdicción, y en adelante mantuvo constantemente tal actitud. Arredondo y Goyeneche aplastaron tales primeros chispazos, y cuando rebrotó la insurrección en Quito sostuvo la resistencia hasta que logró vencerla, por medio de Toribio Montes, su nuevo presidente.

También intentó oponerse a la revolución argentina; quiso apoyar a Liniers, Vicente Nieto, presidente de Charcas, y Francisco de Paula Sanz, impidiéndoselo la ejecución de ambos. ; declaró al Alto Perú unido de nuevo a su virreinato, y allí mantuvo la guerra varios años contra las invasiones argentinas, rechazándolas con fortuna con sus tropas y por medio de Goyeneche y Pezuela.

La invasión de Perú a través de Charcas acabó por resultar imposible para los argentinos, como lo demostraron las derrotas de Guaqui, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe-Sipe. Pero también fracasaron los ejércitos peruanos de Abascal en territorio argentino, contenidas sucesivamente en las batallas de Tucumán y Salta y por los gauchos de Güemes y por la agitación y espíritu insurgente de Charcas.

En el Perú se esforzó en seguir atrayéndose a sus habitantes y en que no se rompiera la concordia entre ellos y los peninsulares, creando nuevas unidades con miembros de ambos pueblos y otorgando ascensos y grados a los americanos.. Así se formaron en sus ejércitos casi todos los futuros jefes independientes, como el marqués de Torre-Tagle, José de la Mar, Andrés Santa Cruz, Agustín Gamarra y Ramón Castilla. No faltaron conspiraciones y rebeldías en el Perú, pero tuvo la fortuna de yugularlas todas o de vencerlas sin grandes dificultades, pues el ejemplo del resto de América era cada vez más irresistible.

De este modo fracasaron —complicados con altos personajes— los hermanos Silva (1809); Unanue, que conspiró con varios profesores y médicos; ramón Eduardo Anchóriz (1810); Francisco Antonio de Zela, que se sublevó en Tacna en 1811 para apoyar el avance argentino, y que cayó prisionero, muriendo deportado en Chagres (Panamá); Juan José Crespo, sublevado en Huánuco (1812), vencido en puente de Ambo y que fue condenado a muerte; Enrique Paillardelle, en Tacna, vencido y muerte por el intendente José Gabriel Moscoso; con discreción anuló otras conjuras, como las del padre Segundo Antonio de Carrión, con quien estaba complicado José de la Riva-Agüero; la del colegio de San Carlos, fomentada por su rector, el canónigo Toribio Rodríguez de Mendoza, foco de propaganda de doctrinas revolucionarias y liberales, y la sospechosa actitud del famoso jurista José de Baquijano Carrillo, en especial a raíz de los festejos con motivo de su nombramiento de consejero de Estado en España, que se querían aprovechar para capturar al virrey (1812). Con prudencia y tolerancia quería evitar Abascal el estallido revolucionario y no irritar los ánimos.

La implantación del régimen constitucional y de la libertad de prensa permitió abiertamente la propaganda y los ataques a Abascal, coreados incluso en las Cortes de Cádiz, sin que se le defendiera; sin embargo, se le concedió en 1812 la gran cruz de Carlos III y el marquesado de la Concordia. También fue abolida la Inquisición de Lima (1813). Contenidas las sublevaciones de Quito y Charcas, pudo dedicarse Abascal a Chile, a donde envió a Gabino Gaínza y Antonio Pareja; rechazó el tratado de Lircay y logró que Mariano Osorio acabara en la batalla de Rancagua con el primer gobierno chileno (1814).

Al mismo tiempo estalló la primera insurrección peruana seria, en el Cuzco, fomentada por los prisioneros y agentes argentinos. En 1813 se sublevaron los hermanos Angulo y fueron apresados, reprimiéndolos el anciano brigadier indio Mateo García Pumacagua, que treinta años antes tuvo una eficaz intervención en la derrota de Tupac Amaru; pero en 3-VIII-1814 se sublevó a su vez Pumacagua y formó una junta, presidida por José Angulo, que tomó la ofensiva; José Piñelo y el cura Ildefonso Muñecas sublevaron Puno, y apoyados por los indios tomaron la Paz, de donde fueron echados a poco por Juan Ramírez; otra hueste ocupó Huamanga, pero fue derrotada en Huamanguilla y Huanta, aquí por Vicente González, que hizo un gran degüello de rebeldes, pereciendo Mariano Angulo (2 y 3-X-1814).

Ramírez recobró Puno, donde fusiló a Manuel Villagra, auditor de Muñecas. Pumacagua y Vicente Angulo vencieron en Apacheta (9-XI.1814) y tomaron Arequipa, fusilando en Cuzco al mariscal de campo Francisco Picoaga y a Moscoso; Ramírez recuperó Arequipa, mientras González avanzaba en guerra a sangre y fuego, sin dar cuartel, venciendo en Matará y Cuesta del Inca.En Humachirí, Ramírez derrotó a Pumacagua y José Angulo, aplastando la insurrección (11-III-1815): Pumacagua fue ejecutado en Sicuaní y también el poeta Mariano Melgar, su auditor; Ramírez entró en Cuzco el 25-III y fusiló a más jefes, entre ellos a los Angulo y Gabriel Béjar; también fu muerto Muñecas.

El clero de la comarca, e incluso el obispo, José Pérez Armendáriz, habían favorecido la rebelión. La derrota fue facilitada por la inacción argentina ante el anuncio del envío de la expedición de Morillo, que se creyó se dirigiría al Río de la Plata. De esta fueron destacadas algunas unidades, que reforzaron el ejército del Perú. Entre sus oficiales figuraba Espartero y un grupo muy notorio, más tarde, en el partido progresista español.

El tiempo de Pezuela y de La Serna

En 1816 fue sustituido Abascal por Pezuela, después de haber contenido con energía la insurrección durante seis años y haberla combatido con éxito en el Alto Perú, en Chile, en Nueva Granada y en Quito y contra los argentinos. Su retiro fue un duro golpe para la causa española, pues eran insustituibles su energía e inteligencia. José de La Serna ejercía el mando militar en el Alto Perú; era liberal y le rodeaban oficiales liberales, mientras que Pezuela y los suyos eran partidarios del absolutismo; ello y la divergencia de opiniones sobre el plan de operaciones ocasionaron disensiones entre ambos, y La Serna pidió el relevo.

La situación cambió desfavorablemente para España bajo Pezuela, pues San Martín invadió Chile y lo separó (1817-1818); la pérdida de Nueva Granada (1819) hizo perder definitivamente al Perú la situación hegemónica ejercida hasta entonces y quedó expuesto a un ataque de los independientes. Ante los fracasos argentinos en el Ato Perú había concebido San Martín el plan de atacar el foco realista peruano por mar, desde Chile, y sus victorias en Chacabuco y Maipú le permitían realizarlo, con la ayuda de Chile, mediante su alianza, y el favor de O´Higgins, una vez que reorganizó su ejército y formó una escuadra, mandada por Blanco Encalada y luego por lord Crochane.

Asegurado de que la expedición española al Río de la Plata no saldría ya, a consecuencia de la sublevación de Riego, y a pesar de la opinión adversa del Gobierno argentino, emprendió la invasión del Perú, con su escuadra de 23 buques y un ejército de 4.500 hombres, con armamento para reclutar otro en aquel país, precedida por activa propaganda. Partió la expedición el 20-VIII-1820 de Valparaíso y desembarcó en Paracas, cerca de Pisco, el 8 de septiembre, desde donde lanzó manifiestos incitativos a la independencia.

Pezuela promulgó la constitución de 1812 e invitó a San Martín a unas conferencias, que se verificaron en Miraflores, cerca de Lima, entre sus mutuos representantes, el conde de Villar de Fuentes, Unanue y Dionisio Capaz, por parte del virrey, y Juan García del Río y Tomás Guido por la de San Martín, sin llegarse a un acuerdo, por exigir los segundos la independencia peruana, y solo se consiguió un breve armisticio, que utilizó San Martín para preparar su planes y estudiar la situación.

No era esta mala para el virrey, por contar aún con un numeroso ejército (unos 15.000 hombres entre el Perú y Charcas) y bastantes partidarios en la población, aunque percibía el recelo de muchos elementos frente a los cambios ocurridos en España y la inclinación de muchas masas —de color— a la emancipación; pero estaba aislado de España, incierto y con La Serna en actitud de indisciplina.

Buena parte de la población temía los cambios y se hallaba en actitud dubitativa. Muchos partidarios de la independencia se unieron a San Martín, quien viendo que en el Sur los grandes propietarios temían la libertad de los esclavos, se trasladó al Norte, donde halló ambiente más propicio, y procuró organizar guerrillas por todo el territorio.

En Ica se proclamó la independencia el 20-X. Cochrane logró capturar la fragata Esmeralda en El Callao, y San Martín dejó al general Juan Antonio Álvarez de Arenales en el Sur, para revolucionar el interior, y se trasladó a Huacho, sublevándose el intendente de Trujillo José Bernardo Tagle, marqués de Torre-Tagle (XII-1820), haciendo a San Martín dueño de parte del país, corriéndose el movimiento por el Norte.

Arenales se internó en la sierra en una audaz marcha, derrotó a O´Reilly en el Cerro de Pasco (6-XII) y propagó la insurrección, desertando muchas fuerzas realistas. En Huaura dio San Martín un Reglamento provisional (12-II-1821), especie de constitución interina, limitando la esclavitud, y convirtió su base en foco de agitación política más que militar.

Descontentos de la incertidumbre y pasividad de Pezuela y de sus ideas absolutistas, el grupo de oficiales liberales adictos a La Serna depuso al virrey por un pronunciamiento en Aznapuquio el 29-I-1821. La Serna se hizo cargo del virreinato, en el que le confirmó el gobierno español, y decidió continuar la lucha, alentado por sus jefes, célebres por formar luego en España el grupo liberal de los Ayacuchos, afecto a Espartero: José de Canterac, Jerónimo Valdés, José Ramón Rodil, Andrés García Camba, Antonio Seoane, Valentín Ferraz, etc.

Llegó entonces el comisionado español Manuel Abreu para entablar negociaciones con los independientes, y La Serna las inició con San Martín en Punchauca el 4-V-1821, rematadas por una entrevista entre ambos jefes (2-VI), en la que propuso San Martín la independencia del Perú, constituyéndose en monarquía con un rey español, que él mismo gestionaría en España, quedando La Serna de regente y al mando de ambos ejércitos y se ampliaría dicha monarquía al Alto Perú; quería realizar San Martín su ideal de fundar una Monarquía en América que contuviera la anarquía y desunión, y poner fin a la guerra, evitando su prolongación por un tratado honroso para España, asegurando al mismo tiempo la independencia sudamericana. Al fin rehusó La Serna, ofreciendo una solución indecisa y dejando la definitiva al Gobierno español.

San Martín proclama la independencia

Rotas las negociaciones, se confió a la lucha el resultado final, y viéndose en situación difícil, evacuó el virrey lima, donde entró San Martín el 12-VII-1821, convocó una junta de notables y el 28 proclamó solemnemente la independencia. San Martín tomó el título de protector (2-VIII), asumiendo todos los poderes, promulgó el Estatuto provisional de 8-X-1821, organizó un Ministerio con García del Río, Unanue y Bernardo Monteagudo, que había venido con él (1787-1825), y un Consejo de Estado, emprendiendo una serie de reformas, de tipo social y cultural, pero sin innovaciones demasiado violentas.

La forma de gobierno quedaba incierta, pues San Martín aspiraba a una Monarquía y no quería romper bruscamente con el pasado, consiguiendo así que la mayoría de la aristocracia se agrupara en torno suyo. A su pensamiento respondió el envío de dos delegados, García del Río y Diego Paroissien, a Europa, para conseguir un príncipe europeo, ya no español (enero 1822), quienes realizaron gestiones en Inglaterra y con Francia hasta 1825, en que las suspendió Bolívar, sin resultado en ese sentido.

Legisló San Martín en tono reformista y conservador a un tiempo, manumitiendo a los hijos de esclavos, aboliendo el tributo de los indios, estableciendo garantías jurídicas, reformando la enseñanza, mientras reconocía los títulos nobiliarios y creaba la Orden del Sol

Su ministro Monteagudo, en cambio, realizó una sañuda persecución de los españoles y expulsó y arruinó a la mayoría, dejando por sus arbitrariedades y violencias ingrato recuerdo, al punto de ser expulsado del país en 1822. Con la ocupación de Lima, San Martín no concluía la emancipación, sino la empezaba solamente. Gran parte del Perú estaba ocupado por los realistas, que disponían de un ejército de más de 15.000 hombres, y prolongaron la lucha cuatro años más.

El Callao seguía en poder de los realistas y hacia allí efectuó un avance Canterac para socorrerlo, pero se retiró, por la dificultad de mantenerse, y La Mar, comandante de aquel puerto, lo entregó a San Martín el 19-IX-1821. De marzo a julio de este año Cochrane y Miller llevaron a cabo la campaña de los Puertos intermedios, apoderándose de toda la costa al sur de El Callao, y Arenales realizó una segunda campaña en la Sierra, se abril a julio, en la que tomó Pasco, Huancayo, Tarma y el valle de Jauja, pero no recibiendo refuerzos volvió a Lima.

Para socorrer Guayaquil, sublevado contra España, y con el objetivo de asegurar su anexión al Perú, envió San Martín tropas mandadas por Santa Cruz, que se había pasado a los insurgentes. En 1822 la situación del Perú independiente no era nada brillante. San Martín observaba mucha inacción y no se había adelantado demasiado en la emancipación, pues estaba intacto el ejército realista en el interior. Monteagudo causaba descontento por su terror; Cochrane rompió con San Martín y se ausentó, convirtiéndose en enemigo suyo; Canterac derrotó al ex realista Domingo Tristán en Ica (7-IV), sorprendiéndolo después de una marcha de sesenta leguas.

Al mismo tiempo Bolívar emancipaba Quito y se apoderaba de Guayaquil. San Martín, decidido probablemente a renunciar, se entrevistó con Bolívar en la famosa y discutida entrevista de Guayaquil, en la que halló a su rival y colega opuesto a sus proyectos monárquicos e irreductible en la cuestión de Guayaquil, que ya había unido a Colombia.

A su regreso reunió el Congreso, el 20-IX-1822 —convocado ya en XII-1821—, ante el cual dimitió el mismo día de sus cargos irrevocablemente, eliminándose para siempre de la vida pública. Estaba cansado, molesto por las intrigas, fracasado en Guayaquil. Le otorgaron grandes honores y se ausentó inmediatamente, dejando, sin embargo, en el Perú las tropas y personajes argentinos y chilenos que le habían acompañado.

El periodo entre San Martín y Bolívar

Asumió el Gobierno, por iniciativa del presidente del Congreso, Francisco Javier de Luna Pizarro, que aspiraba a dirigirlo en el fondo, una Junta presidida por La Mar (1778-1830), con Manuel Salazar y Baquijano y Felipe Antonio Alvarado, la cual quiso continuar los planes militares de San Martín, pero carecía de autoridad, que se había reservado el Congreso, y así la expedición de Rudecindo Alvarado al Sur fue un fracaso, siendo derrotada por Valdés —que se mostró como un gran general en estas campañas de Torata— y por Valdés y Canterac en Moquegua (19 y 21 de enero de 1823). Las tropas colombianas pidieron su reembarque.

Tales derrotas ocasionaron la caída de la Junta y el nombramiento de un presidente de la República, José de la Riva-Agüero (1783-1858), elegido el 28-II-1823, por imposición del ejército. El régimen republicano había sido acordado en XII-1822; Riva-Agüero reorganizó el ejército y la marina y se creyó luego en condiciones de rematar la campaña. Envió a Santa Cruz a una nueva expedición a los puertos intermedios para conquistar el Alto Perú, que logró entrar en la Paz.

Riva-Agüero pidió auxilios a Bolívar, que envió tropas al mando de Sucre. Aprovechando la ausencia de Santa Cruz, Canterac cayó sobre Lima y la tomó el 18-VI-1823, mientras Riva-Agüero se retiraba con el Congreso a El Callao. pero lima no era útil estratégicamente, y al mes la evacuó de nuevo Canterac. Los diputados retirados a El Callao depusieron a Rivas-Agüero del mando militar, dado a Sucre, y poco después de la presidencia (23 de junio). Sucre, árbitro de la situación, hizo que se nombrara presidente al marqués de Torre-Tagle (17-VII), que ya lo había sido interinamente durante la visita de San Martín a Guayaquil.

Riva-Agüero, que desconoció su deposición y disolvió el Congreso, entró en negociaciones con los realistas, lo que produjo tal irritación que el Congreso le declaró traidor, y por orden de Bolívar el coronel Antonio de la fuente lo apresó en Trujillo, donde había instalado su precario gobierno, y lo desterró; desde Europa publicó una Exposición sincerándose de las acusaciones.

Tagle convocó de nuevo el Congreso constituyente con parte del anterior, que confirmó su autoridad, dio una Constitución (13-XI-1823) y le eligió presidente legal (18-XI). Al desorden y desunión se unían las derrotas, aunque el almirante Martín Jorge Guisse se apoderó de Arica, importante puerto fortificado realista (7-VI-1823), y Santa Cruz había derrotado en Zepita a Valdés (25-VIII).

La situación, como había previsto San Martín, era crítica para los patriotas, por el desconcierto político y la fuerza que conservaba el ejército realista, único que se sostenía aún en América: La Serna y su brillante elenco de generales habían reclutado nuevas fuerzas y disponían de 9.000 hombres, peruanos en su inmensa mayoría amenazando aún eficazmente el triunfo independiente. No hubo más remedio que llamar a Bolívar, como ya lo preveía desde la entrevista de Guayaquil, lo cual colmaba sus deseos de ser quien coronara la emancipación americana, eliminado San Martín.

Llegó Bolívar a Lima el 1-IX-1823), y el 10 le otorgó el Congreso el supremo mando militar y político; contemporizó con los políticos peruanos al comienzo, iniciando gestiones incluso con Riva-Agüero, que se presentaba como representante del peruanismo frente a las intervenciones de otros países, cuyo campo de batalla era el Perú y que pedía la nulidad del Congreso que le destituyó; expulsado Riva-Agüero, Tagle y el Congreso siguieron entretenidos en el juego político, mientras el peligro aumentaba; Había una fuerte corriente opuesta a la dictadura de Bolívar y a la unión con su Colombia.

Pero las tropas realistas, a comienzos de 1824, amenazaron de nuevo Lima, que hizo evacuar Bolívar, y las tropas argentinas de El Callao se sublevaron, lo que facilitó la entrega de la plaza a los realistas, asumiendo el mando el coronel José María Casariego, que estaba allí preso. El realista Monet ocupó de nuevo Lima, donde una parte de las autoridades republicanas y del Congreso reiteraron su adhesión a España. la capital no fue ocupada definitivamente por Bolívar hasta el 7-XII-1824.

Bolívar depuso a Tagle, enemigo suyo ahora y que intentaba la reconciliación con los españoles, y recibió todos los poderes sin limitación (10-II-1824), aunque sin dejar de hacer protestas contra la dictadura. Se suspendió el Congreso, y Bolívar, con el título de Libertador se dispuso a emprender la ofensiva.

La favorable situación de La Serna, que aún tenía 14.000 hombres, más 4.000 en Charcas, empeoró por habérsele sublevado en el Alto Perú el general absolutista Pedro Antonio Olañeta, ante el restablecimiento de la plena autoridad de Fernando VII, apoyado por elementos partidarios de la independencia, y que se proclamó virrey, obligando a La Serna a distraer fuerzas para combatirle.

Una vez organizado el ejército independiente, Bolívar se dirigió contra Canterac, y lo derrotó en la pampa de Junín (6-VIII-1824). Bolívar dejó el mando a Sucre, y en socorro de Canterac acudió La Serna, iniciando una maniobra análoga a la de Bolívar, para cortar la retirada a Sucre. Cuando la situación de Sucre parecía más crítica, la batalla de Ayacucho, decidida por el general José María Córdoba, puso fin a la dominación española en el Perú y en el continente americano (9-XII-1824).

Fueron derrotados 10.000 realistas tan completamente que hubo de firmarse una capitulación, que comprendió a los generales y oficiales peninsulares, que fueron embarcados para España. Pío Tristán quiso continuar la resistencia como último virrey, pero tuvo que acogerse a la capitulación. La prosiguió Olañeta en Charcas hasta 1825, en que pereció, y Sucre, contrariando los deseos de los peruanos y sin consultar la voluntad de Bolívar, permitió la formación de una nación independiente en el Alto Perú con el nombre de Bolivia. Varios historiadores peruanos creen que Bolívar tenía interés en ello, para evitar un Perú fuerte al lado de Colombia.

Solamente se empeño en sostener la causa española José Ramón Rodil en El Callao, que se negó a rendirse y mantuvo un duro sitio, aunque Bolívar declaró fuera de la ley a los defensores, hasta el 22-I-1826, en que capituló, último lugar de la América independiente en que se sostuvo la causa española. Allí murió Tagle (1825), vuelto al campo realista. Aún siguieron peleando por el rey los indios iquichanos con guerrillas y bandolerismo, hasta tomar Ayacucho a fines de 1827, siendo después destruidos.

Bolívar conservó la presidencia del Perú, junto con la de Colombia, hasta 1827, en que Santa Cruz separó el Perú de la unión con Colombia en la persona de Bolívar y destituyó a este de la presidencia. Las relaciones entre Perú y España tardaron muchos años en regularizarse y pasaron por etapas agudas, que condujeron a la guerra del Pacífico.R.B.: TUDELA DE LA ORDEN, José, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 245-250.

Perú Independendiente

Primeros años de independencia

La historia de los primeros veinte años independientes registra el choque de las fuerzas sociales de distinto signo que se disputan la posesión del poder. Es la lucha entre la antigua oligarquía virreinal y el nuevo espíritu democrático. La República fue fundada el 26-I-1827 y desempeñó la presidencia interinamente el mariscal Santa Cruz, presidente de Bolivia, hasta el 19-I en que fue elegido José de la Mar y Cortázar (1827-29), militar, que incorporó Guayaquil al Perú, luchó con Bolivia y Colombia, pero fue derrotado (1829) por Agustín Gamarra, militar también, que entró en Lima y se alzó con la presidencia (1829-33).

Gamarra comenzó la construcción de un muelle en El Callao. Luis José Orbegozo (1833-35) sucedió a Gamarra y fue depuesto por sus ideas democráticas; habiéndose ausentado de Lima, el general Felipe S. de Salaverry se erigió en dictador (1835-1836); este entabló guerra con Bolivia y al ser derrotado por Santa Cruz fue fusilado. Santa Cruz asumió el poder (1836-39), estableciendo la Confederación Perú-Boliviana. En 1839 Gamarra subió de nuevo a la presidencia hasta 1841, en que murió luchando contra Bolivia, a pesar de haber alcanzado un señalado triunfo.

La paz se firmó el 7-VI-1842, siendo presidente Manuel Menéndez (1841-42), al que siguieron varios presidentes que se sucedieron en el mando turbulentamente. Estos son: Juan C. Torrico (1842-43), Francisco Vidal (1843), Manuel I. de Vivanco (1843-44), Manuel Menéndez (1844-45). Aparece entonces en la presidencia la persona que sistematizará la República, dándole contenido social y económico, y dotándola de estabilidad política por veinte años. Esta persona fue Ramón Castilla.

El presidente Ramón Castilla

Sus ideas políticas eran conservadoras. Durante su gestión se restableció el comercio, aumentaron las rentas públicas, aparecieron nuevos recursos económicos, como la explotación de los depósitos de guano de las islas del Pacífico; se inauguró una línea telegráfica y un ferrocarril que unían Lima y El Callao; comenzó el servicio de deuda exterior, creado por empréstitos, mientras se consolidaba la interior. En 1851 sucedió a Castilla el general José R. Echenique (1851-54) y de nuevo volvió la corrupción al gobierno peruano, dándose un paso atrás conforme a la obra de Castilla.

Este se sublevó en 1854 y derrotó a Echenique en la batalla de la Palma, empezando el segundo periodo presidencial de Castilla, que se extendió hasta 1862. En este periodo se abolió la esclavitud de los negros y el tributo personal de los indios; se promulgó una nueva Constitución que estuvo en vigencia hasta 1919; sustituyó por dos vicepresidentes el Consejo de Estado; estableció el mandato presidencial en cuatro años; construyó el ferrocarril de Arica a Tacna.

En 1859 el Perú declaró la guerra al Ecuador, al que venció y concedió una paz generosa. Perú alcanzó gran crédito en el exterior. La actuación de Castilla ue de signo dictatorial, pero su política benefició al Perú, dándole orden y estabilidad muy necesaria en estos primeros años.

De Castilla a la Guerra del Pacífico

Sucedió a Castilla el general Miguel San Román (1862-63) y a la muerte de este subió a la presidencia Juan A. Pezet (1863-65). Durante el mandato de Pezet surgió un conflicto con España (1868) a causa de ciertos débitos. Una escuadra española, al mando del almirante Pareja, se apoderó de las islas Chinchas (14-IV-1864). Se firmó un tratado (27-I-1865) que fue mal recibido por los peruanos; estos se sublevaron en Arequipa, acaudillados por el general Mariano Ignacio Prado.

Prado, que asumió el mando como dictador (1865-1868) formó una cuádruple alianza con Chile, Ecuador y Bolivia y se declaró la guerra a España (14-I-1866). La escuadra española al mando de Méndez Núñez, bombardeó Valparaíso y El Callao. A Prado le sucedió José Balta (1868-72), que firmó una tregua con España (1871) debido a la intervención de Estados Unidos. En este periodo se inició la construcción de los ferrocarriles transandinos.

Al finalizar el gobierno de Balta se produjo un movimiento democrático que fundó el Partido Civil, en contra del militarismo imperante y a duras penas este nuevo partido logró el triunfo, alcanzando su candidato la presidencia; Manuel Pardo (1872-76) desarrolló una gran política educativa, dando notable auge a la enseñanza. Durante el segundo mandato de Mariano Ignacio Prado (1876-80) se firmó la Paz de París (14-VIII-1879) que terminaba el conflicto bélico definitivamente con España.

Pero en 1876 había comenzado la guerra del Pacífico o salitrera que constituyó un grave tropiezo para el desenvolvimiento económico del Perú, ya que el salitre era la principal fuente de riqueza explotada en el país. El triunfo chileno es rotundo, sobre todo en las campañas terrestres. La paz se firma en 1884, después de cesar las hostilidades por el tratado de Ancón (20-X-1883). Perú perdió sus ricas provincias salitreras de Tarapacá, Tacna y Arica, bien que estas dos solo por diez años. Además se había sufrido la ocupación de Lima por las tropas enemigas.

Sumando al daño que la guerra había supuesto para la economía, se añadía la pérdida de las salitreras, que constituían una fuente de riqueza irreparable, y todavía había que agregar los daños en los cultivos y la desaparición de la mano de obra. Todo esto se unió a un periodo de crisis en el gobierno.

Los últimos años del s. XIX

Nicolás Pierola (1880-81) saneó la moneda y atrajo capitales extranjeros y técnicos que pusieron la región de la costa en explotación. Sus sucesores fueron: Francisco García Calderón (1881), Lisardo Montero (1881-1883), que ostentó el poder durante los años de la guerra; Miguel Iglesias (1883-86), que firma la paz.

Pero una vez finalizada la guerra con Chile comienza la guerra civil entre Iglesias y Andrés A. Cáceres, que alcanzará la presidencia (1886-90). Cáceres restablece la paz interna, reorganiza las finanzas y cancela la deuda exterior. Se distinguían en este momento claramente dos partidos, por una parte los seguidores de Cáceres o partido constitucional y por otro los de Pierola, denominado partido demócrata.

Durante el gobierno de Agustín Morales (1890-1894) hubo levantamiento populares fomentados por Pierola. A la muerte de Morales hubo elecciones, de las que salió vencedor Cáceres, inaugurando sus segundo mandato (1894-95). Pierola entonces se lanzó a la revolución (1894-95) y tomó Lima al frente de las guerrillas. En la capital hubo un terrible combate que duró dos días, al cabo de los cuales la ciudad estaba sembrada de cadáveres.

Pierola se hizo con el poder y comenzó su dictadura (1895-1899), apoyando su revolución en el quebrantamiento de la Constitución, ya que a la muerte de Morales no le había sucedido el vicepresidente, como era lo establecido, sino que se habían convocado elecciones de las que había salido elegido Cáceres, jefe del partido constitucional.

El presidente fundamentó su política en el renacer económico; estableció un nuevo régimen monetario cuya base era el oro; llevó a Perú una misión militar francesa para que organizara el ejército con el fin de que este salvaguardara al país de la lucha de los partidos. Hizo una Declaración de principios del partido demócrata, siendo el primer político peruano que anunciaba sus ideas políticas. Pese a ser el jefe del partido demócrata, su gobierno fue de signo aristocrático, se rodeó de familias patricias, ya que este era su origen, y practicó sus aficiones a tono con este carácter.

El Perú de la primera mitad del siglo XX

A Pierola le sucedió el ingeniero Eduardo López de la Romaña (1899-1903), y a este Manuel Candamo (1903-04) y Serapio Calderón (1904). José Pardo y Barreda (1904-1908) dedicó gran interés a la educación pública y la puso bajo la dirección técnica del Estado; creó las Escuelas Normales, de Artes y Oficios, de Sericultura, el Instituto Histórico y la Escuela Superior de Guerra. Comenzó a elaborarse una legislación social-laboral; inspirador de esta fue el legislador José María Manzanilla.

Augusto B. Leguía (1908-13) fue el continuador de Pardo, manteniendo el ritmo de recuperación económica; resolvió la cuestión de límites con Bolivia, Ecuador y Colombia; inauguró el ferrocarril de Lima a Huacho; promulgó la Constitución de 18-I-1920; dominó dos revoluciones de signo demócrata.

Su sucesor fue Guillermo Billinghurst (1913-14), que fue derribado por Oscar Benavides (1914-16). A este sucedió José Pardo (1916-18), que en este segundo mandato tuvo que afrontar las repercusiones de la gran guerra europea. La escasez de productos en los países beligerantes provocó la demanda de algodón, lana, petróleo, cobre, azúcar, etc.; se intensificaron los cultivos para atender a esta creciente demanda y a la par se produjo un aumento considerable del coste de la vida, con lo cual hubo una notable subida de los salarios. Como no había barcos suficientes para atender a este comercio, se produjo una grave crisis de transportes.

Todo esto produjo un malestar grande y surgió de nuevo en la política del país Augusto B. Leguía, que si antes había abandonado el poder entre el descontento general, ahora se apoyaba en las clases medias y populares, cuya importancia se había señalado durante la guerra, y volvió a la presidencia de nuevo (1918-30). Promulgó una nueva Constitución (1920) y de ella surgió el concepto de Patria Nueva; en esta Constitución se afirmaba que el presidente podía ser reelegido indefinidamente. Leguía solucionó con éxito la vieja cuestión de Arica y Tacna, consiguiendo que esta volviera a Perú.

Se produjo una afluencia de capital norteamericano cuyo fruto fue un gran bienestar material y la formación de grandes fortunas. Esta entrada de dinero dio lugar a que se cometieran fraudes por personas allegadas al presidente que fueron favorecidas por el Gobierno. Este estado de cosas dio lugar a una creciente inquietud que estalló violentamente en la revolución de Arequipa, a cuyo frente se puso el teniente coronel Luis M. Sánchez del Cerro, que derribó a Leguía (27-VIII-1930). Se nombró una Junta de Gobierno que abolió la Constitución de 1820.

Fue elegido presidente Sánchez del Cerro (1931-33), al que se opuso el comandante Jiménez, dando lugar a sangrientos sucesos que terminaron con el asesinato del presidente. Fue elgido entonces para la presidencia Oscar R. Benavides (1933-39), que acababa de regresar de Europa y tenía el mando del ejército, pues había peligro de una guerra con Colombia, que Benavides evitó cuidadosamente. Este inició su segundo mandato con una política de reconciliación nacional; organizó el ejército; planificó la evolución técnica —Plan Vial de tres años—; ordenó las finanzas; atendió a la política social.

Resurgieron en este tiempo los partidos políticos, destacando el Aprista y la Unión Revolucionaria, creada por Sánchez del Cerro. Se desarrolló entonces una política de represión para mantener seguro el poder y el país en orden. Se crearon con este fin la Guardia de Asalto (1934) y la Ley de Defensa Social (1937). Bajo el mandato de Manuel Prado Ugarteche (1939-45) se reanudaron los problemas fronterizos con Ecuador. José Luis Bustamante Rivero (1945-48), miembro del Frente Democrático Nacional, fue depuesto por una sublevación militar, al frente de esta se encontraba el general Odria.

Se estableció una Junta militar a cuyo frente estaba Odria, que también fue elegido presidente al convocarse elecciones a las que se presentó como único candidato. Manuel A. Odria (1950-55) fue elegido por un mandato de seis años, pero en 1955 fue destituido, formándose una nueva Junta militar que ejerció el poder hasta el año siguiente en que se convocaron elecciones. En ellas fue elegido presidente Manuel Prado Ugarteche (1956-62), que consiguió la entrada de Perú en el mercado común latinoamericano.

En 1962 una nueva Junta militar se hizo con el poder y fue presidida por el general Ricardo Pérez Godoy y posteriormente por Nicolás Lindley López. La Junta destituyó y detuvo al presidente Prado. En 1963 se celebraron nuevas elecciones, en las que salió elegido para la presidencia Fernando Belaúnde Terry, depuesto en 1968 por un golpe militar. Lima ha sido uno de los centros culturales más importantes de la América española, por esto después de la independencia no fue necesario preocuparse por crear nuevas instituciones, sino más bien por conservar las existentes.

Estaban en circulación importantes periódicos y funcionaban sociedades científicas de gran prestigio. H. Unanue y los poetas M. Melgar, José J. de Larriva y José Mª Pando son el puente entre la colonia y la nación independiente. Hubo una primera generación prerromántica de tendencia costumbrista en la que destaca Ricardo Palma Tradiciones peruanas.

A comienzos del s. XX hay una nueva generación de literatos en la que destacan los hermanos García Calderón. Aun puede señalarse una última generación cuya máxima personalidad es Víctor Andrés Belaúnde. El gran foco irradiador de la cultura es la Universidad de San Marcos de Lima.

R.B.: SEGURA GRAÍÑO, Cristina, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, págs. 250-252.