Hispanoamérica

Uruguay
Época Prehispánica
El Descubrimiento
Época colonial
Época independencia
Época independiente

Época Prehispánica

Los más antiguos pobladores del Uruguay fueron los Yaros y los Bohanes, de estirpe Caingag, cuyo origen se encuentra en el Brasil, desde donde descendieron por los ríos Uruguay y Paraná. Más tarde llegaron los Araucos de cultura neolítica y constructores de montículos. Después se produjo la invasión de los Chon, llegando a constituir la nación Charrúa. Por último, los Guaraníes, Tapes y Arachanes, todos ellos de estirpe Tupí-Guaraní, intentaron ocupar la región, pero fueron rechazados por los charrúas a excepción de los Arachanes.

Las condiciones de clima y de suelo que les suministraban suficientes productos alimenticios no contribuyeron al desarrollo de la agricultura y todos estos pueblos fueron, por tanto, siempre nómadas. Sus desplazamientos obedecían al agotamiento de las regiones donde habitaban, a las que volvían al cabo de cierto tiempo cuando se habían repoblado naturalmente.

Los Yaros se situaron entre los ríos San Salvador y Negro. Eran cazadores, pescadores y recolectores; sus viviendas eran paravientos, especie de esteras de vegetales que ponían según soplaba el viento. Sus armas eran lanzas y rompecabezas y no conocieron la cerámica.

Los Bohanes, situados entre el río Negro y el Cuareim, eran una agrupación más que una tribu y alcanzaron la más civilización del territorio. Tallaban la piedra hábilmente y sus rompecabezas son los más perfectos. En sus últimos tiempos fabricaban cerámica y usaban arco y flechas.

Los Arauac no llegaron a radicar en el Uruguay, pero su influencia se extendió por todo el territorio.

Los Charrúas ocuparon la zona comprendida entre el Atlántico y el Río de la Plata hasta el río San Salvador. Eran de origen patagón, altos y fuertes, acostumbrados a las inclemencias del tiempo y hábiles en le manejo de las boleadoras, el arco y la flecha, armas con las que vencieron a las tribus anteriores. Vivían en tenderías e iban completamente desnudos cubriéndose solo en invierno con un manto de pieles. No eran agricultores sino solo cazadores y pescadores y muy aficionados a una bebida llamada chicha.

Aunque acusados de antropofagia por algunos autores no lo fueron, como ninguno de los pueblos patagones. Se tatuaban y para la guerra los hombres pintaban de blanco su mandíbula inferior. Su forma de gobierno era primitiva sometidos a un cacique Tubichá asistido por un consejo formado por los jefes de familia. Daban culto a los muertos mutilándose los dedos por la muerte de algún pariente y adoraban a dos divinidades, una del Bien y otra del Mal

Los Arachanes, que parecen ser los únicos sedentarios, vivían en la costa atlántica sobre todo en la región de las lagunas de los Patos y Merim, donde se han encontrado montículos y paraderos con restos de mariscos junto a huesos de animales, todo ello mezclado con cenizas.

Coincidiendo con la llegada de los españoles se extendió por todo el Uruguay la influencia de los guaraníes cuya lengua unificó la región.R.B.: LÓPEZ, Amelia, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 858-859.

Descubrimiento y Colonización

El primer europeo que con mucha probabilidad vio la costa uruguaya fue Américo Vespucio en 1502 en el viaje a la costa sudamericana con una expedición portuguesa, cuyo jefe se ignora y que Levillier supone ser Gonçalo Coelho; afirma que el río Jordán de los mapas inmediatos conocidos es el Río de la Plata y el Pinachullo Detentio que figura en su norte es el cerro de Montevideo; nombre aquel que es quizá desfiguración del de Pináculo da tentaçao.

Luego estuvo allí Díaz Solís, en 1516, y desembarcó en la costa, frente a la isla de Martín García, donde pereció a manos de los indios. De la catástrofe solo se salvó de los desembarcados, el grumete Francisco del Puerto, que permaneció entre los indios hasta que la recogió años después Sebastián Caboto. No estuvieron ausentes los portugueses, como lo indican los viajes de Nuno Manuel (1514) y Cristóbal Jaques (1518).

Por allí pasaron Magallanes en 1520 y el diario de Albo cita el cerro Monte vidi; estuvo Magallanes en la isla de San Gabriel y envió un barco que exploró el río Uruguay, mandado quizá por Juan Rodríguez Serrano. En 1527 pasó por allí Caboto y en 1528 Diego García de Moguer, que remontaron el río Paraná; en febrero de 1527 halló Caboto al mencionado Francisco del Puerto en la isla de San Gabriel; en esta tocó en 1536 don Pedro de Mendoza, trasladándose a la ribera derecha para fundar Buenos Aires. De nuevo Portugal había enviado la flota de Martín Alfonso de Sousa en 1531.

Época colonial

Los primeros intentos de colonización

Quedó el territorio uruguayo al margen de la colonización del Río de la Plata, concentrada entonces en el Paraguay, y ante sus costas pasaron o tocaron las diversas expediciones que se dirigía a este, a las comarcas argentinas o hacia el estrecho de Magallanes. Años después Martínez de Irala envió a Juan Romero para fundar un pueblo en la costa Arroyo San Juan —San Juan Bautista (1550)—, que hubo que evacuar a los dos años ante los incesantes ataques de los charrúas, primer intento colonizador en el actual Uruguay.

A fin de 1573 llegó el adelantado Juan Ortiz de Zárate, que hubo de combatir con los charrúas y habiendo sufrido muchas pérdidas, pidió auxilio a Juan de Garay, que derrotó a los indios, y Zárate, en el río San Salvador, fundó un pueblo, primero efectivo en el país (1574), abandonado en 1576. Hernandarias intentó someter a los charrúas por la fuerza, pero derrotado, acudió a la evangelización.

Dividida la gobernación del Paraguay en dos, al crearse la del Río de la Plata o Buenos Aires (1617), se llevó a cabo la primera tentativa de conversión, realizada por los franciscanos entre los chanás (1624 y el mismo año fundaron Santo Domingo Soriano. Comenzó así no solo la cristianización, sino también la colonización, introduciéndose ganado, que se reprodujo en grandes cantidades y cuya explotación constituyó por mucho tiempo la única actividad económica, sin practicarse la agricultura, aparte del contrabando con el Río de la Plata. La ganadería, explotada en favor de los vecinos de Buenos Aires, sostenía industrias de matanza, salazón y aprovechamiento de sebos y cueros.

En 1619 el jesuita Roque González de Santa Cruz había fundado la misión de Concepción frente al Uruguay; pero las numerosas reducciones que luego fundó la Compañía estuvieron más al N., en territorio que, aun correspondiendo a la llamada Banda Oriental, acabó por perderla esta en beneficio de Brasil. Ya por entonces los mamelucos y paulistas se dedicaban al bandidaje y, sobre todo, a la captura de indios sumisos de las misiones para llevarlos al Brasil como esclavos.

El conflicto con Portugal

En 1680 Portugal emprendió una tenaz labor de dominar el estuario de la Plata, con vista a explotar la ruta de penetración en la América española y el contrabando, y Manuel Lobo fundó la colonia del Sacramento, en el actual territorio uruguayo. España se alarmó y comenzó un largo conflicto por la posesión de Sacramento, conquistado muchas veces por los españoles y devolviéndose a Portugal al hacer la paz. El tratado de Límites de 1750 quiso resolver la cuestión, renunciando Portugal a Sacramento a cambio de siete pueblos de las misiones a la izquierda del río Uruguay, lo que provocó la resistencia india guerra guaranítica y la anulación del tratado.

La fundación de Montevideo

Entre tanto, los portugueses trataban de extender más su señorío y se establecieron en 1723 en la ensenada de Montevideo, donde años atrás había existido una pequeña guarnición española puesta por el gobernador García Ros. El gobernador del Río de la Plata, Bruno Mauricio de Zabala, había recibido órdenes del gobierno español en varias ocasiones de fortificar los puertos de Montevideo y Maldonado en 1716, 1717, 1720 y 1723, sin llevarla a efecto por falta de medios.

La última vez decidió impedir las expansiones portuguesas y procedió a la fundación de la ciudad de Montevideo. Ante sus preparativos militares se retiraron los portugueses y Zabala fortificó primero el puerto y colocó una guarnición, regresando el 2-IV-1724 a Buenos Aires.

La población de San Felipe de Montevideo —más bien fuerte— aparece citada ya el 19 de febrero. Por una Real Cédula de abril de 1725 ordenó el rey a Francisco de Alzáibar que llevara allí colonos gallegos y canarios, estableciéndose primero algunos procedentes de Buenos Aires y llegando a fin de 1725 algunas de las familias reclutadas por Alzáibar.

Zabala dedicó sus esfuerzos al fomento de la nueva población. La fundación oficial como ciudad se efectuó el 20-XII-1729, deslindándose y partiéndose sus solares a fines de 1726, y el 1 de enero de 1730 se inauguró su cabildo municipal. Fundó Zabala un hospital y había empezado ya a construir una iglesia.

Para fomentar la población de Montevideo concedió Zabala, a quienes pasaran desde Buenos Aires, el pago del viaje, una estancia, un campo de cultivo, 200 vacas y 100 ovejas. Creció lentamente la población, que en 1749 fue declarada plaza fuerte y se le nombró un gobernador militar, siendo el primero José Joaquín de Viana (1751). El país fue colonizándose gradualmente, poblándose de estancias, y con unos límites vagos, que permitieron siempre las incursiones indias, el contrabando y el bandolerismo.

Fin del conflicto con Portugal

Continuaba la rivalidad hispano-portuguesa por la colonia de Sacramento, que seguía floreciendo. Después del fracaso del citado tratado de Límites, en el que se cedió el territorio al norte del Ibicuy y pueblos de Misiones, el tratado de El Pardo de 1761 anuló el anterior y volvió a la situación precedente, pero los portugueses no evacuaron lo ocupado y las negociaciones diplomáticas fueron estériles. Reanudadas las hostilidades, confirmó la paz de París de 1763 la posesión portuguesa de Sacramento, ocupada por Cevallos. En 1767 los portugueses ocuparon más territorios, efectuándose algunos choques con fuerzas españolas.

Ante la repetición de las usurpaciones portuguesas, se envió a don Pedro de Cevallos en 1776, creándose al mismo tiempo el virreinato del Río de la Plata; Cevallos llevó una gran expedición naval y terrestre, con la cual se apoderó de la isla de Santa Catalina, en la costa del Brasil, en 1777; el 4 de junio de este año hizo capitular la colonia de Sacramento; también se apoderó de los fuertes de Santa Tecla, Santa Teresa y San Miguel, y de la isla de San Gabriel, esta en la Plata, invadiendo luego Río Grande, cuando se firmó la paz de San Ildefonso (1-X-1777), por la que España devolvía Santa Catalina, y recibió definitivamente la colonia y las misiones cedidas en 1750.

Desarrollo de la colonización

Fueron apareciendo otras poblaciones en la Banda Oriental, como se designaba al territorio uruguayo; así Maldonado (1724), puerto a la salida del estuario; Canelones (1778), San Carlos, Paisandú, Minas, Las Piedras (1780), Mercedes (1791) y Rocha. Había cabildos o municipios en Montevideo, La Colonia, San José, Maldonado y Soriano. Al acabar el s. XVIII tenía Montevideo 15.000 habitantes y el territorio en total unos 30.000

El comercio de Montevideo aumentó mucho con la implantación del Libre comercio, y en 1800 se importó de España por 1.300.000 pesos, y de productos extranjeros, por 626.000, exportándose por valor de 675.000; se traía mucho negro, creído indispensable para las labores agrícolas. Se exportaban productos de la ganadería, sobre todo cueros y grasas. Se beneficiaban también lobos marinos.

La Banda Oriental dependía en todo de Buenos Aires, y al crearse las intendencias, formó parte de la de la capital del Plata; pero crecía una rivalidad con esta por parte de Montevideo, cuyo tráfico iba en aumento, y donde había un importante núcleo de militares, marinos, funcionarios y comerciantes españoles. Montevideo estaba muy bien fortificada y era una de las mejores plazas fuertes de la América española.

En 1790 se comenzó la iglesia matriz. Muchas mejoras hubo bajo el gobierno de José de Bustamante, que llevó a cabo mejoras urbanas, construcciones y la edificación del faro. En 1804 le sucedió en el gobierno de Montevideo el brigadier de Marina Pascual Ruiz Huidobro, que continuó las mejoras, con la terminación de la iglesia matriz, la construcción de la casa del Ayuntamiento y de un lazareto. Para evitar incursiones de bandidos y contrabandistas se había creado el cuerpo de Blandengues para la vigilancia y seguridad de la campiña, y cuyo jefe más famoso fue Artigas; también perteneció a él Rondeau.

Contrastaba la ciudad con el campo; en aquella había peninsulares, con funciones oficiales o dedicados al comercio; los criollos y la masa popular, mezcla de varias razas de color. En los campos, los pulperos o pequeños mercaderes, los peones, indios, negros y mestizos, que trabajaban en las propiedades de los primeros y los gauchos, rudos, vagabundos, valientes y enemigos de toda ley y sujeción.

dadas las condiciones en que se colonizó el Uruguay, no hubo florecimiento de la cultura. La enseñanza era dada por los curas, iniciándola en 1730 el sacerdote José Nicolás Barrales y luego los franciscanos al establecerse a mediados de siglo (1761); también dieron enseñanza los jesuitas hasta su expulsión, no solo en sus misiones, sino en la capital. El Municipio creó una escuela pública y luego aparecieron otras privadas; la primera de niñas fue fundada por doña Clara Zabala de Vidal en 1795.

Hubo unas pocas escuelas en otras poblaciones. No existió enseñanza superior, salvo la cátedra de Filosofía de los franciscanos (1787). Tampoco hubo imprenta hasta 1807, introducida por los ingleses, y con ellos el primer periódico. A fines de la época colonial empieza su labor el sacerdote, escritor y naturalista, Dámaso Antonio Larrañaga, que tomó parte activa en la independencia. El ambiente en la Campaña (el campo) era semibárbaro, dada la incultura y desenfreno de los gauchos y demás gentes dedicadas al contrabando o al pastoreo.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 859-861.

La Independencia

La Independencia

La Banda Oriental, tardíamente colonizada por España y objeto casi constante de conflicto con Portugal, ansioso de asomarse al Río de la Plata, ofrecía a comienzos del s. XIX, un marcado contraste entre la capital y la campiña. Montevideo era el puerto rival de Buenos Aires, foco comercial y centro de mercaderes españoles y del elemento oficial; el campo, de predominante carácter ganadero, rural y popular, se hallaba más diferenciado con relación a la metrópoli, y se sentía más afín a las provincias rioplatenses.

La Banda Oriental, a pesar de su individualidad, no constituía una entidad política, pues formaba parte de la intendencia de Buenos Aires, como gobierno subordinado, aunque le gobernador de Montevideo en lo militar dependía directamente de la metrópoli. Distintivamente de otras ciudades americanas, Montevideo, muy favorecido en su desarrollo por el Libre comercio, sería por mucho tiempo aún un centro de lealtad a España, opuesto a la revolución argentina, mientras que el impulso hacia la emancipación vendría de las campiñas.

Los sucesos de 1807 a 1810

De Montevideo partió la expedición reconquistadora de Buenos Aires a los ingleses, en 1806, organizada por el gobernador Pascual Ruiz Huidobro, y dirigida por Liniers. La ocupación inglesa de Montevideo en 3-II-1807, sembró ideas separatistas, difundidas por el periódico La Estrella del Sur. Evacuaron los ingleses Montevideo el 9-IX-1807 por la capitulación de Whitelocke, haciéndose cargo del gobierno militar y político el entonces coronel Francisco Javier de Elío.

En 1808, la familia real portuguesa se trasladó al Brasil, huyendo de la invasión napoleónica, y al convertirse este país en centro del Estado, retoñó la vieja ambición portuguesa sobre el Plata, mezclada con los deseos de la infanta Carlota Joaquina, esposa de Juan VI —regente aún, pero verdadero soberano— de hacerse reconocer en América como regente o como reina, a lo que le incitaban astutamente algunos independientes argentinos, como Saturnino Rodríguez Peña, pero rechazó ella sus proyectos, al advertir su fondo revolucionario, pues defendió siempre los intereses de España en América.

Existía rivalidad entre Liniers y Elío, que sospechaba del primero, recelo que hizo público a raíz de la visita que le hizo a aquel el emisario napoleónico, marqués de Sassenay (VIII-1808). Elío encabezaba un núcleo acérrimamente españolista, radicado no solo en Montevideo, sino, asimismo en Buenos Aires, donde era su principal figura Martín de Alzaga.

En septiembre de 1808, intentaron Elío y el cabildo de Montevideo hacer deponer a Liniers, lanzando sospechas sobre su conducta, y replicó el virrey destituyendo a Elío y nombrando sucesor suyo a Juan Ángel Michalena; pero Elío no lo permitió e hizo reunir un cabildo abierto, que nombró una Junta (21-IX) análoga a las de España, primera de las formadas en América, pero de carácter leal, a diferencia de las sucesivas, que fueron instrumento de la emancipación. Con este hecho se agudizaron las diferencias entre las dos riberas del Plata, y comenzó a señalarse la escisión uruguaya.

Montevideo se convirtió en foco de agitación contra Liniers, manifestada en un intento de motín, en octubre, y en otro de formación de una Junta españolista en Buenos Aires, el 1-I-1809, fracasados ambos movimientos por el apoyo de los criollos argentinos a Liniers; Alzaga y demás adversarios suyos, desterrados, fueron acogidos por Elío. La Junta Suprema de España sustituyó a Liniers por Baltasar Hidalgo de Cisneros, y Elío continuó en el gobierno de Montevideo (1809), disolviendo luego la Junta por considerarla inútil (VII-1809).

No fue reconocida la Junta bonaerense, surgida el 25-V-1810, aunque contaba con partidarios, por la actitud de las autoridades de Montevideo, que se impusieron a los municipios del país, y reconocieron a la Regencia.

El cabildo abierto el 15-VI-1810, rechazó la misión de Juan José Passo, enviado de la Junta bonaerense. Rompieron incluso con la Junta y decretaron el bloqueo de Buenos Aires, que no se hizo efectivo por impedirlo los ingleses. Ejercía el gobierno Joaquín de Soria, interinamente, sustituyéndole, en 7-X-1810, Gaspar Vigodet hasta enero de 1811 en que regresó Elío, nombrado virrey del Río de la Plata.

Carlota Joaquina había querido, en 1810, ir a Montevideo, para hacerse cargo del gobierno del Plata, por Fernando VII, apoyada por su esposo y el gobierno portugués, con otras miras estos, que fueron adivinadas por el embajador de España en Río de Janeiro, marqués de Casa-Irujo, quien avisó a Soria para que no lo permitiese, actitud que corroboró la Regencia.

La revolución uruguaya

La independencia contaba con partidarios en el Uruguay, y ya Soria quiso desarmar dos regimientos por sospechosos. Desde fines de 1809 conspiraba un grupo, con apoyo en Buenos Aires, entre quienes figuraban Fernando Otorgués, Dámaso Larrañaga, Joaquín Suárez, Miguel Barreiro, Pablo Zufriategui y los hermanos Artigas. El fundador de la nacionalidad uruguaya fue José Gervasio Artigas (1764-1850), nieto de uno de los primeros colonos, de origen aragonés, oficial de Blandengues (milicia contra los delincuentes), hondo conocedor del país.

El 12-II-1811 declaró Elío la guerra a la Junta de Buenos Aires, y tres días después pasó Artigas a esta ciudad, donde le instigó el gobierno a sublevarse; reunió varios adictos en Entre Ríos y en el Uruguay, y el 28-II-1811 un grupo de ellos, dirigidos por Pedro Viera y Venancio Benavides, se sublevó en el Arroyo Asensio, apoderándose Viera de Mercedes y Soriano, y el movimiento al resto del Uruguay, sublevándose Suárez, Otorgués, Fructuoso Rivera, Juan Antonio Lavalleja y otros caudillos.

Se alzaron los hacendados con sus peones y el gauchaje. No respondía la sublevación en la masa, amorfa, a un ideal definido como en los criollos dirigentes, sino a un vago deseo de libertad, entendida en el sentido de librarse de toda autoridad y norma de orden y dar rienda suelta a sus anárquicas pasiones, a su libertad caprichosa e indisciplinada; el régimen español representaba la autoridad, y contra él se concitó un odio profundo, que hizo imposible luego toda avenencia.

El gobierno de Buenos Aires envió el ejército que había ido al Paraguay, al mando de José Rondeau, y nombró a Artigas jefe de las milicias uruguayas, bajo el mando superior de Belgrano y definitivamente de Rondeau. Desembarcó Artigas el 9 de abril y logró sublevar todo el país, alcanzando el 18 de mayo la victoria de las Piedras sobre José Posadas; nueve días después se perdió la Colonia (del Sacramento), y la dominación española quedó reducida a Montevideo, que quedó sitiado por Artigas, ayudado pronto por Rondeau, y defendido por Elío, apoyado por una escuadra, mandada por José María Salazar, que durante algún tiempo actuó en el estuario y en el Paraná.

La primera intervención portuguesa

Fracasadas algunas gestiones con la Junta, acudió Elío a la corte de Río de Janeiro, y Carlota Joaquina no consiguió ayuda, y solo se envió un ejército portugués al mando de Diego de Souza, que se situó en la frontera, y luego penetró en la Banda Oriental, para llevar a cabo los objetivos imperialistas de Portugal.

Pero las gestiones del embajador inglés lord Strangford, del español marqués Casa-Irujo y del enviado argentino Manuel Sarratea, por diversos motivos, detuvieron el avance; mas necesitando el Triunvirato argentino las tropas de Rondeau, por la derrota de Guaqui, entró en negociaciones, contra el parecer de Artigas, y se firmó un armisticio, el 20-X-1811, por el que se reconocía a Fernando VII, evacuaría las tropas de Buenos Aires el Uruguay y Elío se comprometía a que lo hicieran las portuguesas, conservando él su autoridad en la Banda Oriental.

Se retiraron los argentinos, pero no los portugueses, y Artigas, que protestó contra el tratado, se retiró con los partidarios de la independencia, destruyendo todo, a orillas del río Uruguay, donde instaló su campamento en Ayuí (Éxodo del pueblo oriental, fines de 1811-comienzos de 1812). Artigas quedaba así frente no solo a España, sino al Brasil y al Gobierno de Buenos Aires, empezando la honda divergencia con sus hombres y los que se fueron sucediendo en el mando del Río de la Plata, hecho que fue contribuyendo a constituir una conciencia nacional uruguaya.

Elío abandonó su mando el 18-XI-1811, dejándolo a Vigodet, quien a su vez, rompió el armisticio el 6-I-1812 y reanudó la guerra con los independientes. Como seguían los portugueses en el Uruguay, gestionó el gobierno argentino su retirada por mediación de Strangford, acordándose el 26-V-1812 (tratado de Rademaker-Herrera, pero Carlota, que creía poder usar las tropas portuguesas en apoyo de la soberanía española, procuró que no se retirasen, hasta que el fracaso de la conjuración de Alzaga en Buenos Aires (VII-1812) hizo cumplir el acuerdo.

Vigodet quedó aislado, y los argentinos reanudaron el sitio al mando de Rondeau (20-X), que derrotaron una salida de los realistas en el Cerrito (31-XII-1812). Las relaciones entre Artigas y los gobernantes argentinos iban empeorando. Estaba imbuido de un fuerte espíritu localista, y era, por tanto, partidario extremado del federalismo, y adversario de las tendencias unitarias de los gobiernos bonaerenses y de su actitud hacia las provincias.

El Triunvirato quiso despojar a Artigas de su mando, sin tener en cuenta su gran ascendente sobre la masa popular oriental, y para ello envió a Sarratea, que trató de arrebatarle sus oficiales. Ambos acudieron con sus tropas ante Montevideo, e incluso rompieron hostilidades entre sí; se intentó atraer a Artigas a la causa española, sin éxito, y Rondeau dirimió la cuestión, obligando a retirarse a Sarratea y reconciliándose con Artigas.

Comienzo de la disidencia de Artigas

Convocadas elecciones para la Asamblea Constituyente del Río de la Plata (para 1813), Artigas no se sujetó a las condiciones electorales, y partidario de una confederación de provincias —Estados en realidad— y no de una federación, en que aquellas vieran limitada su soberanía, reunió previamente un Congreso uruguayo en el Peñarol (4-IV-1813), que eligió cinco diputados a la Asamblea, a la que habían de proponer la independencia absoluta de España, la república, la confederación, la autonomía y gobierno propio de cada provincia, de carácter liberal, tendencias que coincidían con las de otras provincias (1813).

Las Instrucciones del año XIII —de origen norteamericano— tenían, por tanto, un marcado carácter democrático y liberal, más avanzado que el pensamiento dominante en los próceres argentinos. En adelante iba a ser Artigas el campeón del federalismo en el Plata, pero entendido en una verdadera negación del Estado reducido a una laxa yuxtaposición de Estados; era fruto tal tendencia del particularismo oriental, de la oposición del campo a la urbe, y de la escasa cohesión entre las regiones del Río de la Plata, que no había tenido tiempo de soldar el reciente virreinato.

El 20 de abril el Congreso organizó un Gobierno provisional, Cuerpo municipal, inspirado en el sistema de los municipios; Artigas fue desinado gobernador, e instaló su capital en Canelones. La Asamblea rechazó a los diputados artigusitas, y Rondeau recibió orden de proceder otra elección, como hizo por su cuenta (en Capilla Maciel, XII-1813), para recalcar la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata sobre la Banda Oriental.

Ello acarreó la ruptura con Artigas, que el 20-I-1814 se retiró con su ejercito del sitio de Montevideo, dejando solo a Rondeau. El Gobierno argentino lo declaró traidor y puso precio a su cabeza, pero, no obstante, no quiso él unirse a los españoles, a quienes odiaba hondamente. El Uruguay fue declarado parte integrante de las Provincias Unidas y se nombró un gobernador, pues se le había elevado a la categoría de provincia (7-III-1814).

La toma de Montevideo

Decidió el gobierno argentino concluir con el sitio de Montevideo y formó una escuadra mandada por el irlandés Guillermo Brown, quien derrotó al marino español Jacinto Romarate en la isla de Martín García (17-III-1814), mientras se ponía al frente del ejército Carlos María de Alvear, ambicioso y deseoso de prestigio. Una nueva derrota naval, el 16 de mayo, dejó en situación angustiosa a la plaza, defendida tan largo tiempo gracia a tener libre el mar, y Vigodet capituló el 20-VI-1814, entregándose la ciudad el 23. Alvear recogía el fruto de la obra de Rondeau.

Se preparaba una expedición española, la de Morillo, pero, en lugar de ir al Plata, fue encaminada a Venezuela, perdiéndose, por tanto, para siempre el Uruguay para España. Pero aún siguió jugando un importante papel en intrigas diplomáticas en los años siguientes, y tardaría en constituirse en nación separada del Río de la Plata. Otorgués pidió a Alvear la entrega de Montevideo, pero este lo atacó y dispersó. La capitulación no fue cumplida y comenzaron las persecuciones contra los españoles y la confiscación de sus bienes.

Artigas frente a Buenos Aires

Artigas había aumentado en fuerza y poderío, pues aparecía como campeón del federalismo y de los derechos de las provincias, y le apoyaban Entre Ríos y Corrientes; continuó la lucha contra el gobierno bonaerense, siendo derrotado su teniente Otorgués por Manuel Dorrego, que, a su vez, lo fue por Fructuoso Rivera y después por Artigas en el arroyo Guayabos (I-1815). El director Alvear procuró llegar a una avenencia con Artigas, y el 25-II-1815 evacuaron las tropas argentinas Montevideo, que se entregó al caudillo uruguayo.

Siguió, no obstante, la lucha con Alvear, reconociendo Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba la jefatura de Artigas, que ostentaba el título de Protector de los pueblos libres, y que colaboró en el motín federal de Fontezuelas, que derribó a aquel (1815). Otorgués persiguió a los españoles de Montevideo, temiéndose la llegada de una expedición desde la Península, conducta que continuó después de dejar aquel el mando de la plaza.

El director Álvarez Thomas llegó a ofrecer a Artigas la independencia del Uruguay (1815), que rechazó por ser partidario de la confederación. Tampoco acudieron representantes uruguayos al Congreso de Tucumán, habiendo reunido otro Artigas en Concepción (1815), con diputados de aquellas provincias, y perpetuándose las disensiones con los gobiernos argentinos.

La ocupación portuguesa

Portugal, cuya corte seguía residiendo en Brasil, creyó llegado el momento de satisfacer sus añejas ambiciones, con el pretexto de la anarquía de Artigas y de que se ponía en peligro el sosiego de las regiones del Sur, y, contando con la tolerancia de su enemigo, el Gobierno de Buenos Aires, envió un ejército mandado por Carlos Federico Lecor, para invadir la Banda Oriental, con la misión oficial de imponer el orden (IX-1816).

Artigas, secundado por Rivera y Otorgués, quiso resistir, tomando la ofensiva en Misiones e invadiendo a su vez Río Grande do Sul, pero fracasaron sus planes y los portugueses derrotaron a las huestes uruguayas; Artigas lo fue en Corumbé (8-X). El revés de India Muerta, sufrido por Rivera (19-X-1816), abrió a aquellos el camino de Montevideo, que ocupó Lecor el 20-I-1817, por capitulación con el cabildo.

Desplegó una hábil política de atracción, favoreciendo la libertad de comercio, y logró así muchos partidarios de la unión al Brasil, aunque el elemento rural siguió hostil a los invasores. Ni aún ante el ataque portugués se unieron Artigas y el Gobierno argentino, a quien se pidió auxilio y que exigió el reconocimiento de su soberanía, negándose aquel a ello, por lo que quedó solo. El Gobierno portugués alegaba que no se invadía territorio argentino, por ser el Uruguay, de hecho, independiente.

Pueyrredón, Director de las Provincias Unidas, quiso auxiliar a Montevideo, a petición de Barreiro, si se reconocía la soberanía argentina, la proclamación de independencia y el Congreso de Tucumán. El 8-XII-1816 se firmó un convenio en ese sentido, pero lo rechazó Artigas, intransigente en su federalismo extremista, y siempre enemigo de los unitarios de Buenos Aires.

El rey de España protestó de la invasión, pues no había renunciado a sus derechos, y pidió la mediación de las potencias, cuyos representantes se reunieron el 15_II-1817, manteniendo tenaz y hábilmente Portugal su posición, por su ministro duque de Palmella, frente al embajador español en Londres, duque de Fernán-Núñez; se desaprobó lo hecho, sin demasiada energía, por temor a una guerra entre las dos naciones peninsulares, y se acordó que Portugal evacuara Montevideo, pero permitiéndole conservarlo provisionalmente.

Pueyrredón, Director argentino a la sazón, era opuesto a la pérdida de un país considerado parte integrante de la nación, y quiso atraerse a Artigas y prestarle ayuda, pero este la rechazó por creer que apoyaba aquel la invasión. El enviado argentino en Río de Janeiro, Manuel J. García, aconsejó contemporizar con los portugueses, y el Gobierno argentino, al ver el apoyo de la Santa Alianza a España frente a Portugal, prefirió acercarse a este y obtener su alianza contra España, renunciando a oponerse a sus ambiciones.

García negoció unas estipulaciones adicionales al armisticio de 1812 en ese sentido (1818), pero no las aceptó, al fin, Portugal.

La derrota de Artigas

Artigas prosiguió la guerra con sus elemento propios, y con escaso éxito, siendo vencido su teniente Andrés Latorre en Catalán (I-1817). En 1817 invadieron los brasileños las Misiones, y el brigadier Changas venció a Andresito Guacutari, arrasando los pueblos de la región, entre ellos Yapeyú, patria de San Martín. A un tiempo luchaba Artigas con los brasileños y contra el director Pueyrredón, ayudado por las provincias litorales argentinas, que le reconocían por jefe del federalismo; secundado por los gobernadores Francisco Ramírez, de Entre Ríos, y Estanislao López, de Santa Fe.

Pero después del triunfo de estos sobre Buenos Aires en Cepeda y del tratado del Pilar (1820), riñó con Ramírez e invadió su territorio, tras haber sido definitivamente vencido por los portugueses en Tacuarembo (20-I-1820). Derrotado asimismo por Ramírez, se refugió en el Paraguay, de donde no salió más. Sus capitanes se habían entregado a los portugueses ante la inutilidad de la lucha.

La proyectada expedición española que debía partir en 1820 alarmó en Montevideo, y los principales separatistas pidieron al Gobierno portugués que no lo evacuara e, incluso, que lo destruyera. Este afirmaba que solo ocupaba el país para evitar actos de bandidaje y los ataques de las montoneras, y que estaba dispuesto a entregarlo a España, si era capaz de mantener el orden. La suspensión de la expedición interesaba, por tanto, a Portugal, para conservar su dominación, y a la Argentina, para no verse de nuevo amenazada desde Montevideo.

La anexión al Brasil

Dueño del territorio, Lecor le hizo convocar un Congreso en Montevideo el 15-VII-1821, para que deliberase sobre el futuro del país, el cual acató el visible deseo de aquel, votando la incorporación del Uruguay a Portugal con el nombre de reino o Estado Cisplatino, manteniendo su autonomía (por pacto firmado el 31-VII-1821). Manifestaba tal actitud, fatiga de la revolución y de la ruina sobrevenida, aversión a la anarquía de los caudillos y el espíritu de la burguesía urbana frente al ruralismo.

Al proclamarse la independencia brasileña (1822), la guarnición portuguesa se mantuvo fiel a la metrópoli un año, mandada por Álvaro da Costa; hasta que, por un acuerdo de 18-XI-1823, se entregaría la ciudad a los brasileños, que la ocuparon, mandados por Lecor, en febrero de 1824; desaparecía el Uruguay como reino y se reducía a provincia del imperio brasileño.

Existía una fuerte corriente adversa a la anexión, dirigida por la asociación secreta de los Caballeros Orientales, y favorecida desde Buenos Aires, especialmente por Rivadavia. Ya poco antes de la capitulación de los portugueses el Cabildo de Montevideo declaró nula la anexión (29-X-1823), sin resultado; como tampoco lo obtuvo la gestión del enviado argentino Valentín Gómez, en igual sentido. El tratado del Cuadrilátero (1822), entre las provincias fluviales o litorales y Buenos Aires, era en el fondo una alianza antiportuguesa.

La independencia definitiva

Ayacucho alentó las esperanzas de los patriotas uruguayos, y se preparó en territorio argentino la sublevación de los Treinta y tres Orientales, que mandados por Juan Antonio Lavalleja —entre ellos iba Manuel Oribe—, cruzaron el río Uruguay y desembarcaron en la Banda Oriental el 19-IV-1825, apoderándose de Soriano. Repercutió ampliamente el movimiento y se le agregó pronto Rivera, que era por entonces comandante general de la campiña por el Brasil. También se pasaron a los libertadores muchas tropas del país, quedando reducidos los brasileños a Montevideo y la Colonia.

En Florida se constituyó un gobierno provisional (14-VI-1825), que confirmó a Lavalleja como jefe militar; se eligió una Asamblea (20-VIII), que anuló la anexión y proclamó la reincorporación al Río de la Plata (25-VIII). Las victorias del Rincón de las Gallinas, por Rivera (24-IX), y de Sarandí, por Lavalleja y Rivera; esta sobre Bentos Manuel Ribero y Bentos Gonçalves (12-X-1825), liquidaron realmente la dominación brasileña e impulsaron al Congreso Constituyente argentino a salir de la neutralidad, aceptando la reincorporación del Uruguay (25-X), lo que ocasionó la declaración de guerra por el Brasil (10-XII). Juan Gregorio Las Heras, gobernador de Buenos Aires, renunció a su cargo y fue sustituido por Rivadavia, como presidente de la República.

Triunfaron los argentinos derrotando a los brasileños el almirante Brown, por mar, en el Juncal (9-II-1827), y por tierra, Alvear, en Ituzaingó (20-II-1827). Por la endeble situación interna envió Rivadavia a García a Río para hacer la paz; quien, excediéndose hizo un tratado por el que la Argentina renunciaba al Uruguay, reconociendo la soberanía brasileña (24-V). Fue rechazado por Rivadavia.

Caído a poco, y con el régimen unitario, Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, siguió las negociaciones, con la mediación del enviado inglés Ponsonby, iniciada ya en 1826, y que había presentado la solución de hacer independiente el Uruguay de ambas naciones, rechazada por estas. Su mala situación económica les obligó al fin a aceptar tal solución, acordándose la independencia total por el convenio preliminar de 27-VIII-1828, ratificado el 5 de septiembre.

Las autoridades uruguayas entraron en Montevideo el 1 de mayo de 1829. El país quedaba disminuido en superficie, pues en 1819 el Cabildo de la capital había cedido al Brasil el territorio de las Misiones orientales, entre los ríos Arapey e Ibicuy, a cambio de la construcción de un faro. En 1828, Rivera lo recuperó, pero el Brasil se quedó con la mitad norte, entre el Ibicuy y el Cuareim. Se convocó una Asamblea, que eligió gobernador al argentino Rondeau y promulgó una Constitución (1830), eligiéndose primer presidente a Rivera.

Nacía el Estado uruguayo como fruto de la obra y de las ideas de Artigas, que, partidario de la unión con el resto del Río de la Plata, creó, sin embargo, la nacionalidad; y también de la rivalidad entre Argentina y Brasil, que se zanjó, provisionalmente en su pensamiento, con la erección del Uruguay en un Estado tapón, pero que acabó por consolidarse y desenvolver una indiscutible existencia.

Había contribuido también a declarar independiente el Estado uruguayo la diplomacia inglesa, a la que interesaba aquella zona, donde podía ejercer honda influencia económica. El nombre que adoptaría sería el de República Oriental del Uruguay y sus habitantes uruguayos y también orientales. Redactado un tratado con España en 1841, no llegó, sin embargo, a firmarse uno definitivo y a entablar relaciones normales hasta 1882.R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 861-866.

Uruguay Independiente

Uruguay independiente

Iniciaba el Uruguay su vida independiente, a la que le había preparado el cerrado federalismo de Artigas y su tenaz oposición a los gobiernos argentinos, pero que habían estado a punto de causar la incorporación definitiva del país al Brasil. Un hondo sentimiento de hostilidad a la soberanía brasileña coadyuvó a la insurrección iniciada por los Treinta y tres y le permitió triunfar con el apoyo del resto del Río de la Plata.

Pero el resultado había sido, no la incorporación a este, sino la erección de un nuevo Estado, pequeño en extensión, débil y que durante bastante tiempo seguiría siendo objeto de ambiciones e intervenciones de sus vecinos. Tampoco sería durante casi un siglo un país pacífico: no escaparía de la norma general en las noveles repúblicas hispanoamericanas, de desorden, revoluciones —meros motines—, militarismo, guerras civiles. Pero el país superaría esta larga crisis, gracias a una creciente prosperidad debida a su situación y otros factores geográficos y económicos y a la inmigración.

Los primeros gobiernos

Juan Antonio Lavalleja (1786-1853), jefe de la revolución de independencia, había constituido un gobierno provisional en la Florida el 14-VII-1825 y convocó elecciones para una Sala de Representantes, reunida en la misma población el 21 de agosto; tanto el gobierno provisional como esta asamblea (25-VIII) reconocieron la soberanía del gobierno argentino y la incorporación a las Provincias Unidas.

La incorporación sin respetar la autonomía de la provincia era lo buscado por Rivadavia y los unitarios y en el Uruguay por hombres civiles, opuestos a los caudillos, que, al contrario, como Lavalleja, querían continuar la amplia libertad preconizada por Artigas. La asamblea, que coincidía más bien con la primera tendencia, obligó a Lavalleja a delegar el gobierno en Joaquín Suárez por una ley de 15-VII-1826.

Suárez concedió el ministerio único a Juan Francisco Giró; la asamblea abolió en parte la esclavitud y la trata, suprimió los cabildos municipales, pese a su arraigada tradición; afirmó las garantías individuales, reorganizó la Hacienda y dio otras reformas. Su espíritu unitario hizo que no pudiera continuar al caer este régimen en la Argentina en 1827 y Lavalleja disolvió la Legislatura el 4-X, asumiendo de nuevo el poder, y anulándose parte de las reformas realizadas.

Por el acuerdo de paz de agosto de 1828 se eligió una Asamblea Constituyente, reunida en San José el 22 de noviembre que elaboró la Constitución de 10-IX-1829, con régimen presidencialista, elección de presidente por la Asamblea, tres ministros, separación de poderes, dos cámaras (de Representantes y de Senadores, Alta Corte de Justicia, derechos y libertades individuales, religión católica oficial, régimen centralizado, sin autonomía municipal.

Aprobada la constitución en 1830 por la Argentina y el Brasil, se juró el 18 de julio. La Sala al reunirse en 1828, había elegido gobernador interino a Rondeau, que dimitió, sustituyéndole Lavalleja el 17-IV-1830.

Rivera

El 24-X-1830 fue elegido primer presidente Fructuoso Rivera (don Frutos) (1778-1854), que había luchado al lado de Artigas, pero luego había reconocido y servido a la soberanía brasileña, hasta la revolución de 1825, en que se incorporó a la causa de la independencia. Era el típico representante del caudillismo rioplatense, de las tendencias anárquicas de la época revolucionaria y así del ídolo de los gauchos y de honda popularidad, eliminado Artigas con su confinamiento en el Paraguay.

Enfrente había otro caudillo, Lavalleja, que le hizo oposición, basándose en que sus ministros, entre ellos Nicolás Herrera, habían servido a Portugal y Brasil, y acudió al pronunciamiento, sin éxito. La administración de Hacienda fue desordenada. Los charrúas se alzaron en 1830 y 1832 y Rivera los reprimió, disminuyendo mucho ese pueblo.

Oribe

En 1835 terminó Rivera su periodo, aunque encargándose de la Comandancia General de la Compañía, y le sucedió Manuel Oribe (1790-1857), de tendencia más conservadora, y de respeto a la autoridad, de continuidad de la tradición colonial, que suprimió el cargo de Rivera, el cual menoscaba su autoridad. Se sublevó este, pero fue vencido.

Aparecieron entonces los nombres de los dos partidos que desde entonces se han disputado el poder en el Uruguay: los blancos o conservadores y los colorados o liberales. Oribe y su gobierno pusieron orden en la Hacienda, organizaron el Libro de la Deuda Pública y la Caja de Amortización y redujeron el ejército. En 1835 se prohibió la trata de negros y en 1838 fue reprimido el fuero personal.

Rebelado de nuevo Rivera, con el apoyo de las gentes de Río Grande en el Brasil, y de la escuadra francesa, que bloqueaba Buenos Aires contra Rosas, privado del apoyo de este tuvo que renunciar Oribe en 1838. Aún no se había firmado un tratado definitivo de paz y la situación internacional del Uruguay era algo precaria; Giró no consiguió ni el reconocimiento por España ni un tratado de comercio con Inglaterra. El Brasil exigía una alianza y amenazó con su derecho de intervención si lo hacía Rosas (1838).

La guerra grande

El Uruguay acabó por ser arrastrado a complicaciones exteriores en relación con las internas. Rivera, de nuevo presidente, se unió a los argentinos unitarios de Lavaye, que combatían a Rosas y con la escuadra francesa citada. Se alió con la provincia de Corrientes y declaró la guerra a Rosas (III-1839), quien reconoció como presidente legal a Oribe.

La guerra se corrió en la Argentina a varias provincias en 1824 y en ese año fue derrotado Rivera por Oribe en Arroyo Grande, el segundo sitio de Montevideo desde febrero de 1843. La guerra duró diez años (laNueva Troya) y el país quedó dividido en dos partes: la mayor parte que obedecía a Oribe y a su gobierno de El Cerrito, sobre todo después del triunfo de India Muerta (1845), y la capital defendida por el unitario argentino José María Paz y que con el mar libre podía no solo resistir, sino incluso prosperar.

Hasta se inauguró la Universidad en 1848. Brown intentó bloquear Montevideo, impidiéndolo las flotas extranjeras. En 1845 Rosas cerró la navegación de los ríos, pero la flota franco-inglesa rompió el bloqueo del Paraná en el paso de Obligado, y el famoso revolucionario y aventurero italiano Garibaldi, con su legión al servicio de Rivera, abrió la navegación del río Uruguay. La ciudad estaba llena de extranjeros, que hacían sus negocios a pesar de la anormal situación. Era refugio de los unitarios e intelectuales argentinos, enemigos de Rosas.

Cesó Rivera constitucionalmente en 1843, sucediéndole Joaquín Suárez. Desterrado después de su derrota, regresó en 1846 y aunque siguió Suárez, se hizo cargo del ejército y puso fin a la actividad de la Sociedad Nacional, de tendencia civilista y liberal y opuesta a su caudillismo; por haber entablado negociaciones con Oribe fue de nuevo desterrado (1847).

Oribe a su vez, organizó el gobierno del Cerrito, con su ministerio y la Asamblea general (1845) y demás organismos, siendo obedecido en todo el territorio menos en la capital. Para poner fin a esta rarísima situación, el gobierno de Montevideo envió al jurista y escritor argentino refugiado Florencio Varela (1807-1848) a Europa, para pedir ayuda a Inglaterra y Francia, sin éxito.

Brasil se había aliado con Rosas contra Rivera (1843), pero al dictador argentino no le interesó luego, y teniendo el Brasil su influjo en el Uruguay, solicitó la intervención de aquellas potencias, con la intervención armada mencionada; Rosas, sin embargo, se mantuvo con dignidad frente a ellas y en 1849 y 1850 llegó a un acuerdo que conservaba la soberanía argentina sobre los ríos y hacia levantar el bloqueo.

En 1851 Andrés Lamas firmó unos tratados con el Brasil, de alianza perpetua, que preveía su intervención en el Uruguay, mejoraba su frontera y le daba grandes ventajas económicas; Suárez ratificó por sí el tratado, pese a la resistencia de la Asamblea; por otra parte el ministro Manuel Herrera y Obes llegó a un tratado con Urquiza, gobernador de Entre Ríos, y ambas alianzas permitieron acabar con el gobierno de Oribe, que se retiró de la lucha y de la política y con los suyos se hizo la paz el 8-X-1851, reunificándose el Uruguay

Urquiza prosiguió la lucha contra Rosas al que derrotó en Monte Caseros, poniendo fin a su dictadura (1852). Rivera en 1842 había abolido la esclavitud, lo que también hizo y amplió el gobierno del Cerrito en 1846.

La política de fusión

Se intentó una paz sin vencedores ni vencidos y de fusión de los partidos; se eligió una Asamblea General, la cual eligió presidente a Giró, del partido blanco, que había colaborado en el gobierno del Cerrito; hombre recto y partidario de la ley y de la juridicidad (1852); logró algunas ligeras rectificaciones a los tratados con el Brasil y quiso gobernar con hombres de ambos partidos. El partido colorado se reconstituyó en su núcleo adicto a principios, más que a caudillos, por obra de Juan Carlos Gómez y con el nombre de partido conservador, tendencia que se llamaría principismo.

Un motín promovido por el coronel colorado Venancio Flores (1803-1868) derribó a Giró (1853) y quiso formar un triunvirato con Lavalleja y Rivera, quien había seguido desterrado en el Brasil después de la paz por una reacción contra el caudillismo. Pero la muerte de los dos últimos dejó pronto solo a Flores, quien legalizó su posición por una Gran Asamblea de ambas cámaras, y se sostuvo por una intervención militar brasileña en virtud de los mencionados tratados.

Pero Andrés Lamas desde Río de Janeiro publicó un encendido manifiesto contra el caudillismo y contra los dos partidos, que carecían de ideales, exhibía el atraso del país y propugnaba un buen gobierno y un partido de unión y de vida constitucional normal. Se formó este, la Unión Liberal (1855) y se hizo caer a Flores. Pero este se unió con Oribe, recién vuelto, y ambos caudillos reaccionaron contra los intelectuales y juristas de la Unión liberal, por el Pacto de la Unión, aunque ambos renunciaron a la presidencia en favor de Gabriel Antonio Pereira (1856), quien, no obstante, trató de realizar una política de conciliación y de fusión de los partidos, tendencia que, como se ha visto, venía manifestándose con insistencia, y formó el llamado partido nacional.

La muerte de Oribe (1857) favoreció esa fusión. Pero el conservador o colorado se sublevó, siendo vencido y el jefe del pronunciamiento César Díaz y varios oficiales fueron fusilados en Quinteros (I-1858), lo que no perdonó su partido, achacándoselo al blanco. En 1859 Lamas firmó con el Brasil y la Argentina, un tratado de neutralización del Uruguay, garantizándose su independencia e integridad, pero que en realidad limitaba su soberanía y lo colocaba bajo el influjo de aquellas naciones.

En 1860 subió a la presidencia Bernardo P. Berro, que mantuvo una estricta neutralidad en el conflicto entre Buenos Aires, gobernado por Mitre, y el resto de la Confederación; respetuoso de la ley quiso impedir el resurgimiento de los partidos y protegió la sinceridad del voto; mantuvo rígidamente ante a la Iglesia el derecho de Patronato, que juzgaba poseía el Estado como heredero del español, y logró imponer su criterio; su gobierno reorganizó el ejército, arregló la Deuda, introdujo el sistema métrico y se mantuvo digno ante las reclamaciones extranjeras.

Venancio Flores

No pudo evitar Berro otra insurrección de Flores, con el pretexto de las ejecuciones de Quinteros y de los agravios a la Iglesia, apoyado por el Brasil y la Argentina, esta por la ayuda de Flores a Mitre (1863). Triunfó con ayuda de tropas y buques brasileños en 1865 sobre el nuevo presidente Anastasio Aguirre, distinguiéndose las defensas leales de Florida y Paysandú (1864). Aguirre había intentado una alianza con el Paraguay para defenderse de sus vecinos y luego una garantía de independencia por parte de las potencia europeas —incluso España—, sin resultado.

Por el apoyo recibido de la Argentina participó Uruguay en la guerra del Paraguay, mediante la adhesión a la Triple Alianza con aquella y el Brasil (1-V-1865), cuando el dictador Francisco Solano López atacó a estas dos naciones. López había protestado contra la ayuda argentina a Flores en su anterior campaña y luego contra la invasión brasileña en el Uruguay en defensa del mismo y como ataque al equilibrio del Plata y a la seguridad del Paraguay (30-VIII-1864).

Flores dirigió las tropas uruguayas que participaron en la lucha, regresando en 1866. Durante su gobierno se promulgaron los Códigos Civil (1868) y de Comercio (1866). Las tropas uruguayas participaron en varias batallas de aquella sangrienta contienda, como Yatay (1865), Estero Bellaco (1866), donde fue derrotado Flores; Tuyutí y Boquerón. Elegida otra Asamblea, Flores traspasó la presidencia al candidato elegido por ella, Pedro Varela, pero estalló una revolución de los blancos, dirigida por Berro, siendo asesinado Flores (19-II-1868) y también Berro.

El militarismo

A quien se eligió ahora fue el colorado moderado Lorenzo Batlle; quiso hacer frente a la inflación promovida por los blancos, prorrogando el curso forzoso de sus billetes, pero prohibiendo nuevas emisiones. En 1870 se sublevó el partido blanco pidiendo participación en el poder, del que le privaba el exclusivismo del gobierno. La guerra civil duró hasta la paz de abril de 1872, ya dimitido Batlle, que admitió la coparticipación.

Se renovaron los partidos, surgiendo el radical, de carácter muy liberal, y el Club Nacional, con programa más práctico y con vista a la mejora de la administración y el fomento de la prosperidad. Ambos se mostraban opuestos al caudillismo, agrupaban a sus respectivos principistas y resultaban demasiados doctrinarios en su liberalismo, sin atención a los intereses materiales. Elegidas las nuevas cámaras con más calor que hasta entonces elevaron a la presidencia al principista José Ellauri (1873), que cayó por un pronunciamiento que desterró el principismo y abrió una etapa militarista, ratificándose, sin embargo, el acuerdo de coparticipación mencionado (1875).

Se eligió presidente a Pedro Varela (1875), contra quien estalló una revolución principista, cuya principal figura fue Manuel Herrera y Obés y en la que participaron elementos de ambos partidos, mientras Lamas apoyaba a Varela e intentó crear un Banco Nacional; fracasó el movimiento ante la eficacia del ejército regular, que anulaba la vieja influencia de los caudillos y la táctica de la montonera (1875). Pero se desprestigió el gobierno de Varela por una crisis económica, que le hizo derribar por el general Lorenzo Latorre (1876), que inauguró abiertamente la etapa militarista. Gobernó dictatorialmente y restableció el orden persiguiendo el bandidaje.

Con una nueva ley electoral, que no introdujo la proporcionalidad como proyectó una comisión designada para elaborar aquella, se eligió una Asamblea que confirmó legalmente a Latorre (1879); José Pedro Varela llevó a cabo la reforma escolar. Dimitió Latorre en 1880 y le sucedió algo después el coronel Máximo Santos (1882), habiendo llevado aquel a cabo una intensa labor de reformas y mejoras administrativas, como el registro civil, la implantación de jueces letrados en lugar de los alcaldes, el código procesal (1878), la Dirección de Agronomía y logró la erección del obispado de Montevideo; se implantó la enseñanza gratuita y obligatoria, según las directrices de P. J. Varela, pero no laica. Había acabado con el poder del caudillismo rural y consolidado un poder único.

Santos gobernó en forma militarista y apoyándose en los colorados; realizó una política anticlerical, con el matrimonio civil obligatorio y la limitación de conventos y anulación de valor de los votos monásticos. Se concedió cierta autonomía a la universidad —que abarcaba también a la enseñanza secundaria—; unificó las deudas exteriores y consagró oficialmente a Artigas como el héroe nacional, pero fue desordenada la administración de la Hacienda.

Venció una revolución, la de Quebracho, procedente de la Argentina (1886), pero que dejó simpatías. Le sucedió el general Máximo Tajes (1886), iniciándose con su elección la crisis del militarismo, realizada por su ministro Julio Herrera y Obes y resurgiendo el influjo del principismo. La tranquilidad reinante impulsó el progreso económico, fundándose el Banco Nacional, que fracasó, y creándose nuevas empresas, varias por obra del español Emilio Reus; y se consolidó una política proteccionista.

El régimen civilista

Le sucedió a Tajes Julio Herrera y Obes (1890), principista y colorado, pero escéptico hacia la democracia, por lo que impuso oficialmente el influjo del gobierno en las elecciones y mantuvo el dominio absoluto del partido triunfante; sin embargo, respetó las libertades, especialmente la de prensa. Pero sufrió el país una grave crisis económica, empeorada por calamidades naturales, que contribuyeron a su desprestigio.

En 1894 fue elegido Juan Idiarte Borda, asimismo colorado, que realizó una intensa labor material, especialmente en obras públicas. Contra él estalló una revolución nacionalista, por no practicarse la coparticipación, y durante ella pereció Idiarte en un atentado (1897). Su sucesor provisional, Juan Lindolfo Cuestas, pactó en el paso de la Cruz con los sublevados (18-IX) y se acordó introducir la representación proporcional y, por tanto, la de las minorías en las elecciones.

Como la Asamblea se oponía, fue disuelta y un Consejo de Estado nombrado por Cuestas y con ministros de los partidos colorado, nacionalista y constitucional redactó la ley pertinente que introdujera aquella anhelada reforma, por la que se venía luchando hace mucho tiempo, y la nueva Asamblea ratificó la presidencia de Cuestas. Pero la consecuencia real fue la división de hecho en dos gobiernos, ya que el blanco Aparicio Saravia vino a quedar como dueño de la campiña.

Al comenzar el s. XX el Uruguay había superado una larga etapa de desorden e inestabilidad, como otros países hispanoamericanos, y a pesar de los pronunciamientos de años anteriores, se encaminaba a una mayor regularidad, una vez que se había conseguido la proporcionalidad y se había anulado el peso de la mayoría absoluta.

Se habían promulgado a lo largo de la segunda mitad del s. XIX los diversos nuevos códigos, se había hecho más fluida la propiedad y reducido el tono feudal de las grandes estancias; se había puesto la justicia en manos de letrados, aumentando el número de ministerios, uniéndose a los tres primitivos los de Relaciones Exteriores, separado del de Gobierno y el de Fomento, luego dividido en los de Obras Públicas e Industrias y el de Trabajo e Instrucción; se había acabado con los privilegios de los extranjeros; pero seguía rigiendo la misma constitución de 1830, caso poco frecuente.

El país había prosperado mucho, desarrollado su economía, construido vías de comunicación, recibido una fuerte inmigración, en especial de italianos y españoles, y la población se acercaba ya al millón de habitantes, desde lo 74.000 calculados del momento de la independencia (438.000 en 1879). De 1853 a 1890 inmigraron desde Europa 395.000 seres. La población extranjera llegó a tener un alto porcentaje, en algunos momentos el 10% del total. De este modo se desarrollaron sectores sociales medios, que superaron a las antiguas clases y al predominio del campo, siempre inclinado al desorden.

Batlle y el batllismo

En 1903 fue elegido presidente José Batlle y Ordóñez (1854-1929), hijo de Lorenzo Batlle, del partido colorado, hombre culto, laico y avanzado y que proyectaba reformas democráticas. Quería la actuación política de las masas y no solo de las minorías. De larga actividad política, había sido presidente del Senado. Al ascender a la presidencia, siguió la política de coparticipación, pero el partido nacionalista, no obstante, se lanzó a una rebelión armada dirigida pos Aparicio Saravia, con numerosas adhesiones; triunfó el gobierno y pereció Saravia (1904).

La idea de la revisión de la constitución y de la implantación de la proporcionalidad se iba abriendo camino. En esta primera etapa Batlle fomentó la educación y creó nuevos centros. Le sucedió Claudio Williman (1907), con un gobierno solo colorado, bajo el cual se creó la Alta Corte de Justicia (1907), las intendencias municipales y se aumentó la representación de las minorías. Con el Brasil se consiguió participar en la navegación del río Yauguarón y de la laguna Merim, que era exclusiva de aquel desde 1851.

Reelegido Batlle en 1911, llevó a cabo una serie de grandes reformas de tipo avanzado dando preferencia a las de carácter social, aumentando la intervención del Estado sobre el excesivo individualismo predominante en la política del país en el s. XIX. El ideal de Batlle era el Ejecutivo colegiado, en lugar del amplio poder del presidente. Logró evitar el difícil proceso revisionista de la constitución de 1830 y fue elegida una Convención Nacional, que resultó opuesta a tal reforma, mientras que las cámaras eran partidarias de ella; pero mediante una transacción, se elaboró la constitución de 1918, promulgada por el sucesor de Batlle, Feliciano Viera (1915-1919).

Se conservaba el presidente, pero a su lado, lo administrativo era del dominio de un Consejo Nacional de Administración electivo, de nueve miembros, renovable por dos tercios cada dos años y con representación proporcional. Se conservaban las dos cámaras.

El gobierno local se confiaba a Asambleas representativas y Consejos de administración, con amplia autonomía; se introducía el sufragio universal y secreto y la representación proporcional. Quedaba la iglesia separada del Estado. Luego se creó la Corte Electoral para velar por las garantías del voto. El sistema resultó en la práctica complicado, pesado y lento, fragmentado y con dos poderes ejecutivos, aunque buscaba un equilibrio de fuerzas y la fiscalización de la mayoría por la minoría.

Batlle, por sí o por su sucesor, dio numerosas leyes sociales: accidentes del trabajo, jornada de ocho horas, pensiones a la vejez, jubilaciones de empleados públicos, descanso semanal, consejo de protección de menores, etc. Socialismo no doctrinario que colocó al Uruguay en posición de adelanto en reformas sociales sobre casi todos los demás países.

Creó el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, introdujo el divorcio por voluntad unilateral de la mujer, fundó nuevos centros culturales y desenvolvió una política de intervención estatal, como la nacionalización de los Bancos de la República e Hipotecario, centrales eléctricas oficiales y la administración de vías de comunicación y del puerto de la capital. Así llevó a término su ideal de la triple democracia: política, económica y social. El Uruguay intervino en la primera guerra mundial a lado de los Estados Unidos.

El nuevo sistema permitió por breve tiempo el predominio colorado, al elegirse presidente del Consejo Nacional al jefe del partido blanco o nacional, Luis Alberto de Herrera (1925-1927). La división del colorado en las elecciones a las Cámaras —no para la presidencia o el Consejo— permitía una mayoría nacional en ellas.

A Batlle —muerto en 1929—, una de las más importantes personalidades del liberalismo hispanoamericano, sucedieron en la presidencia hombres de sus ideas que continuaron el batllismo, Viera, Baltasar Brum (1919), José Serrato (1923) y Juan Campisteguy (1927). El régimen parecía funcionar normalmente y el número de votantes aumentó enormemente, encauzando las energías que antaño se vertían en luchas civiles.

Terra y el régimen colegiado

Elegido el colorado Gabriel Terra en 1931, la crisis mundial afectó al país, se acentuaron las divergencias entre los diferentes organismos estatales y se pensó en una reforma. Terra dio un golpe de Estado en 1933, asumiendo la dictadura, disolvió la Asamblea y el Consejo, y convocó una Convención que dio otra constitución en 1934, de acuerdo con Herrera y su partido.

Establecía la presidencia y un Consejo de ministros —no el anterior Consejo— responsable ante el Parlamento, presidido por el presidente de la República y compuesto de miembros de ambos partidos, manteniéndose parte de la colegialidad anterior; se conservó la bicameralidad, pero con menor proporcionalidad que antes, y se disminuyó la autonomía local. Se crearon el Tribunal de lo Contencioso, el de Cuentas y el Consejo de Economía. La reforma de la constitución se haría por plebiscito. Se suspendieron las nacionalizaciones. Este régimen se llamó marcista.

A Terra sucedió el general Alfredo Baldomir (1938-1943), que en 1941 dio otro golpe, apoyado por los Estados Unidos, llegando al poder una coalición izquierdista, disolviendo las Cámaras y que hizo reformar la Constitución, reforzando la autoridad presidencial y volviendo a la proporcionalidad en el Senado. En su tiempo el Uruguay entró en la segunda guerra mundial al lado de los Estados Unidos.

Se sucedieron varios presidentes regularmente, hasta que durante el mandato de Andrés Martínez Trueba, por un pacto se reformó de nuevo la constitución en 1951, llegándose al ideal proyectado años atrás de suprimir la presidencia de la República, sustituyéndola por un Consejo Nacional de gobierno, de nueve miembros, elegidos directamente por el pueblo por cuatro años, seis por la mayoría y tres por la minoría, comenzando el nuevo sistema en 1952. Continuaban el Consejo de ministros y las dos Cámaras.

Con estas reformas, una avanzada legislación social, con toda clase de seguros y asistencias, la nacionalización de todos los servicios públicos y de otras muchas empresas, el Uruguay parecía un país modelo, una democracia ejemplar y se le llamaba la Suiza de Sudamérica; el analfabetismo había bajado a un 18%. El nivel era alto.

En 1958 las elecciones dieron por primera vez el triunfo a una mayoría blanca, tras noventa años de gobierno colorado, logrando Herrera esta satisfacción `poco antes de su muerte, y de nuevo se repitió el éxito en 1962, lo que permitió elegir un Consejo de seis miembros blancos y tres colorados. En agosto de 1961 se reunió en Punta del Este, en territorio uruguayo, la Conferencia económica y social de la O. E. A. y el presidente norteamericano Kennedy presentó allí su plan de Alianza para el Progreso y se adoptó la llamada Carta de Punta del Este. En el mismo lugar se reunió en enero la Conferencia de Cancilleres, que acordó, con oposición de varios países, la exclusión de Cuba de la O. E. A. por el carácter del régimen castrista.

Las elecciones del 27-XI-1966 dieron otra vez el triunfo al partido colorado y se suprimió el Consejo Nacional de Administración, volviéndose al régimen de presidencia, eligiéndose presidente a Oscar Gestido (15-II-1967). pero el país no goza de plena tranquilidad y existe bastante agitación obrera.

R.B.: EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 866-871.