Los virreyes de Nueva España

Antonio de Mendoza, (1535-1551)

(¿Granada?, 1490-Lima, Perú, 1552). Militar y administrador. Participó en la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), hecho que le proporcionó la designación de gentilhombre de cámara del rey y comendador de la Orden de Santiago, así como ser nombrado virrey de Nueva España (1535-1550), título que hasta ese momento solo había sido detentado por Colón.

Desde que se iniciara la conquista del Nuevo Mundo, la Corona había recompensado a los descubridores y conquistadores españoles con la concesión de gobernaciones y capitanías generales, aunque trató a la vez de reducir y controlar las casi ilimitadas atribuciones de esos cargos.

La situación de Nueva España provocó especialmente inquietud en la Península. Hernán Cortés con su poder casi omnímodo sobre un vasto y ubérrimo territorio, quería apropiársela, según se creía en la corte. Para poner límites al poder de Cortés, se creó en México la Primera Audiencia, autoridad colegiada con poderes judiciales y administrativos, pero que resultó un rotundo fracaso.

Tras largas deliberaciones, el Consejo de indias recomendó que se nombrara para presidir la Audiencia a una persona de alto rango y probada confianza, que podría ostentar el título de reformador, nombre que fue sustituido por el de virrey.

Antonio de Mendoza llegó a México con las órdenes y el poder para acabar con los abusos y extralimitaciones de la Primera Audiencia y controlar a los levantiscos conquistadores. Mendoza fue el encargado de sentar las bases de la administración española y de organizar la colonización de tan vasto territorio. Consiguió que no se aplicasen en su totalidad las Leyes Nuevas, procurando no agraviar a los pobladores españoles, así como proteger a la población indígena de los abusos de aquellos.

En el área económica, fomentó el desarrollo de la ganadería trashumante, actividad que mejor se adaptaba a los numerosos pastos y al reducido número de habitantes; potenció la plantación de nuevos cultivos, los obrajes textiles de lana y algodón y, sobre todo, la minería aurífera y argentífera, especialmente la relacionada con Zacatecas (México), mina descubierta en 1546. Mendoza creó la Casa de la Moneda de México, en la que mandó acuñar para uso exclusivo de la colonia, el peso de tepuzque o peso de oro, equivalente a ocho reales de plata castellanos.

También introdujo la imprenta en México; en 1549 se imprimió una obra por primera vez en América, editada bajo su protección y autorización y financiada por el obispo de Nueva España, Zumárraga, la titulada Doctrina Cristiana

Mendoza fue sustituido en el virreinato de Nueva España, en 1550, por Luis de Velasco.

Luis de Velasco, (1551-1566)

En Nueva España, durante el s. XVI, Velasco fue uno de esos grandes virreyes ordenadores a quien corresponden dos obras fundamentales: la inauguración de la universidad en 1553, como elemento cultural clave, y el descubrimiento en Pachuca del sistema de amalgama del azogue, por Bartolomé de Medina, para el aprovechamiento máximo del mineral argentífero, tan importante para la prosperidad económica tanto de Nueva España como de Perú, en el momento en que se producía la crisis argentífera.

También se ocupó de los problemas periféricos. Uno fue el conflicto del N., con la avalancha creciente de los chichimecas, que en 1554 asaltaban los convoyes de carretas que iban al centro minero de Zacatecas; todos los intentos de castigo que se pusieron en marcha fracasaron, por lo que el virrey ordenó la construcción de presidios defensivos para guardar la frontera y proteger a otomíes y tarascos; alguna de estas fortalezas, como la de San Miguel el Grande, se convertiría posteriormente en destacado núcleo de población.

El otro problema fue el constituido por los hugonotes establecidos en Florida, junto a cuyas costas pasaban todos los navíos en su regreso a España. Para adelantarse, Velasco preparó una expedición dirigida por Tristán de Luna entre 1558 y 1559. Frente al sistema abolicionista de los servicios personales que persiguió Mendoza, tuvo que destinar cuadrillas, por repartimiento, para ayudar a la recogida del trigo.

El cultivo de este cereal, que así comenzó a extenderse, provocó una transformación ecológica, pues la introducción del arado aceleró la erosión, así como el desarrollo ganadero la deforestación, con lo que las laderas del valle de Méjico empezaron a perder fertilidad, hecho que posteriormente obligaría a retroceder a la población indígena.

Gastón de Peralta, (1566-1568)
Martín Enríquez de Almansa, (1568-1580)

Entre los virreyes del s. XVI, fue el más importante para Nueva España. Su política será muy parecida a la llevada a cabo en Perú por Toledo, por tener idénticas directrices: la de la Junta Magna y la de la política de Ovando, al frente del Consejo. Enríquez tuvo que reordenar la situación de los municipios, concretamente de Méjico, de acuerdo con la Real Cédula de 1565, que reprendía al cabildo por elegir y nombrar alcaldes ordinarios a foráneos.

Reorganizó el trabajo de los indígenas, con repartimientos que se establecieron como recurso habitual para necesidades públicas o de interés socio-económico: obras públicas, labranzas y, en la minería, para la molienda del mineral; también se crearon repartimientos para la construcción de templos, conventos y colegios y, como a los caciques, se respetaban en parte sus antiguos privilegios.

Desde entonces se dieron numerosas disposiciones para evitar abusos. La organización del tributo, el respaldo a los jesuitas que entonces llegaban y el establecimiento de la Inquisición corresponden también a la época de Enríquez, que coincide con el alza de la piratería; cuando llegó para hacerse cargo del virreinato se encontraba anclada en San Juan de Ulúa la flotilla comandada por Hawkins, que atacó por sorpresa; el corsario consiguió salvar Minion, en el que regresó a Inglaterra.

Lorenzo Suárez de Mendoza, (1580-1584)
Pedro Moya de Contreras, (1584-1585)
Álvaro Manrique de Zúñiga, (1585-1590)

También Alonso Manrique de Zúñiga. Militar castellano, vasco por línea materna, murió en Madrid hacia 1596. I marqués de Villamanrique, hermano del duque de Béjar. VII virrey de Nueva España, cargo en el que sucedió a Pedro Moya de Contreras, debió afrontar durante su mandato diversos conflictos internos y numerosas incursiones piratas. para hacer frente a estas últimas, llamó a las milicias y ordenó que las naves ancladas en Acapulco estuvieran listas para entrar en combate; sin embargo, no pudo impedir que algunos galeones, como el Santa Ana, cayeran en manos de los corsarios ingleses Cavendish y Drake antes de la retirada de estos.

Su gobierno, por otra parte, fue un foco de constantes enfrentamientos y tensiones internas. En el inicio de su mandato (1586) se enfrentó a agustinos, dominicos y franciscanos, al exigir el cumplimiento de una Real Cédula que no había aplicado el virrey Enríquez de Almansa, según la cual debían secularizarse los curatos; tras apelar al rey y al Consejo de Indias, los religiosos obtuvieron la abolición de la orden.

Más tarde disputó a la Audiencia de Guadalajara la jurisdicción de unos territorios que, según aquella, le pertenecían, circunstancia que dio lugar a una serie de disturbios que pudieron haber desembocado en una guerra civil. Felipe II, informado de estos sucesos, decretó la suspensión de su virreinato y nombró a Luis de Velasco como su sucesor en el cargo.

El obispo de Tlaxcala, nombrado visitador, se encargó se instruir el proceso abierto contra Manrique. Por la sentencia, que resultó extremadamente severa debido a los resentimientos particulares, le fueron embargados todos sus bienes —incluso las ropas de su mujer—, que no logró restituir, ni siquiera tras su regreso a España.

Luis de Velasco II, (1590-1595)
Gaspar de Zúñiga, (1595-1603)
Juan de Mendoza y Luna, (1603-1607)

(Guadalajara, 1571-Madrid, 1628). Político y militar.III marqués de Montesclaros, hijo de Juan Hurtado de Mendoza y Luna, II marqués de Montesclaros. Navegó en las galeras que vigilaban las costas del Mediterráneo, participando en la anexión de Portugal (1580). Nombrado virrey de Nueva España en 1603, desempeñó el cargo desde ese año hasta 1607, llevando a cabo las obras destinadas a drenar las aguas de la laguna sobre la que se construyó la ciudad de México, evitando así las continuas inundaciones y los problemas de insalubridad, además de canalizar los distintos cursos fluviales.

En 1607 fue nombrado virrey del Perú, cargo en el que permaneció hasta 1615, y desde el que propició el mundo de las artes, entre ellas la representación de obras teatrales, y apoyó la creación de la Universidad de San Marcos en la ciudad de Lima y, al igual que hiciera en México, potenció una serie de obras públicas con el fin de mejorar las infraestructuras de la capital andina.

Creó nuevos obispados, organizó el Tribunal de Cuentas, y promulgó decretos en defensa de los indios, suprimiendo el servicio, trabajo forzado al que estaban obligados los indios. Nombró a su sobrino, Rodrigo de Mendoza, joven e inexperto, comandante de la Armada del Pacífico, el cual sufrió una desastrosa derrota naval frente a los holandeses junto a la ciudad de El Callao (Perú) en 1615.

De vuelta a España consiguió ser nombrado consejero de Estado, gracias a sus méritos y a su parentesco con el duque del Infantado. Formó parte del bando del conde-duque de Olivares, y fue nombrado presidente del Consejo de Hacienda de 1623 a 1626. Políticamente pertenecía a los halcones, partidarios de la guerra contra Francia y de no renovar la tregua de los Doce Años con los Países Bajos, aunque reconoció públicamente que esta guerra no se podía ganar y que era mejor negociar con los holandeses.

Escribió poemas, en los que demostró cualidades literarias. Casó dos veces y tuvo hijos ilegítimos y bastardos. Obligó a su hija Isabel, siendo niña, a casarse con el duque del Infantado, aunque la pronta muerte de ella impidió consumar el matrimonio. Edificó un palacio en la ciudad de Guadalajara, en el mismo lugar que estaba el de los Orozco, muy cerca del palacio de los duques del Infantado. Murió prematuramente en 1628.

Luis de Velasco II 2ª vez, (1607-1611)
García Guerra, (1611-1612)
Diego Fernández de Córdoba, (1612-1621)

Marqués de Guadalcázar; durante su mandato se llevaron a cabo las obras de desagüe de los lagos de Méjico, y se intentó su rápida conclusión con el envío del ingeniero francés Boot, quién redactó un complicado plan de compuertas y diques, que fue desestimado para continuar con el plan anterior.

Diego Carrillo de Mendoza, (1621-1624)
Rodrigo Pacheco y Osorio, (1624-1635)

Marqués de Cerralbo, fue otro virrey importante de Nueva España, en su época las inundaciones producidas por las lluvias impidieron la entrada de víveres en Méjico. Al hambre se asoció una epidemia en 1627 y 1628, pero el hecho más grave fue la irrupción holandesa en el Caribe, pues en 1628 la flota de Nueva España cayó en poder de Pieter Heine, que se apoderó de ella al refugiarse en Matanzas cuando se dirigía a España . Desde este momento la inseguridad del mar se reflejó en la falta de mercancías, pues antes de recuperarse de la acción de Heine se produjo el asalto a Campeche en 1633 con una flota de 11 navíos.

Lope Díaz de Armendáriz, (1635-1640)
Diego López Pacheco, (1640-1642)
Juan de Palafox, (1642-1642)
García Sarmiento de Sotomayor, (1642-1648)
Marcos de Torres, (1648-1650)
Luis Enríquez de Guzmán, (1650-1653)
Fernández de la Cueva, (1653-1660)
Juan de Leiva, conde de Baños, (1660-1664)
Diego Ossorio Escobar, (1664-1664)
Antonio Sebastián de Toledo, (1664-1673)
Pedro Nuño Colón de Portugal, (1673-1673)
Payo Enríquez de Ribera, (1673-1680)
Tomás Antonio de la Cerda, (1680-1686)
Melchor Portocarrero, (1686-1688)
Gaspar de la Cerda, (1688-1696)
Juan Ortega Montañés, (1696-1697)
José Sarmiento Valladares, (1697-1701)
Juan Ortega Montañés 2ª vez, (1701-1702)
Fernández de la Cueva, (1702-1711)

Duque de Alburquerque, virrey de Nueva España, intentó remediar la situación de incomunicación. La agricultura se restableció en parte, aunque la plaga de 1709-1710 causó efectos negativos; la fanega de maíz, por ejemplo, pasó de 9 ó 10 reales a 25. El cultivo de caña de azúcar se afianzó, incluso se industrializó, pues la fabricación de aguardiente se incrementó aunque de forma ilegal. En cuanto a los problemas militares, dos fueron los frentes que tuvo que atender Alburquerque: el de Florida, donde los ingleses presionaban desde Carolina, y el habitual de la Laguna de Términos.

Fernando de Alencastre, (1711-1716)
Baltasar de Zúñiga, (1716-1722)
Juan de Acuña, (1722-1734)
Juan Antonio de Vizarrón, (1734-1740)
Pedro de Castro y Figueroa, (1740-1742)
Pedro Cebrián, (1742-1746)
Juan Francisco de Güemes, (1746-1755)

Su época coincidió con el alza de la producción minera. En 1749 al reanudarse el comercio marítimo, la situación se normalizó, pues incluso se restablecieron las ferias de Jalapa. Paralelamente, el virrey desterró y persiguió el contrabando que se ejercía especialmente en las costas del Golfo de Méjico. En 1752 Juan Francisco de Güemes llevó a cabo la venta de las tierras baldías y la composición sobre las que se tuvieran sin título para normalizar la posesión de fondos.

En esta ocasión también se adjudicaron tierras a las comunidades indígenas. En Perú la Guerra de Sucesión tuvo menos efectos que en el virreinato de Nueva España; así los navíos franceses que entraban en el Pacífico por el Cabo de Hornos facilitaron el aprovisionamiento de mercancías. Pero este hecho supuso la inversión de la corriente comercial, que en lo sucesivo sería de S. a N.

Agustín de Ahumada, (1755-1760)
Joaquín de Montserrat, (1760-1766)
Carlos Francisco de Croix, (1766-1771)
Antonio María de Bucarelli, (1771-1779)
Martín de Mayorga, (1779-1783)

General y administrador español activo en el siglo XVIII. Virrey de Nueva España (1779-1783). Tras ocupar diversos puestos de responsabilidad en la América española (presidente de la audiencia, gobernador y capitán general de Guatemala, 1773) fue nombrado virrey de nueva España el 23-VII-1773 en sustitución de Bucarelli.

Durante su mandato, que se prolongó hasta el 28-IV-1783, hubo de hacer frente a los problemas ocasionados por la Guerra de la Independencia Estadounidense, hecho que le obligó a tomar medidas militares en defensa del territorio, entre ellas la fortificación de la ciudad de Veracruz; a la amenaza de Estados Unidos se unieron las epidemias de viruela de 1779 y la insurrección de los indígenas un año después.

Su gobierno obtuvo para el erario virreinal, 9.000 pesos anuales sobre las cajas de México y 4.000 del producto de las temporalidades de los regulares extinguidos. A su gestión al frente del virreinato, se debió la fundación de la Academia de Bellas Artes. Tras dimitir de su cargo en 1783, decidió regresar a España y falleció poco después de regresar a Cádiz.

Matías de Gálvez, (1783-1785)
Bernardo de Gálvez, (1785-1787)

Fue otro destacado virrey en la época final del reinado de Carlos III, que como gobernador de Louisiana, dirigió la conquista de la Guayana. Durante su virreinato hubo una gran crisis por la pérdida de cosechas en 1785 a causa de la cual se extendió en hambre; también durante su gobierno se produjo la modernización urbanística, con obras e iluminación de calles.

Alonso Núñez de Haro, (1787-1787)
Manuel Antonio Flores, (1787-1789)
Juan Vicente de Güemes, (1789-1794)

Es considerado uno de los mejores alcaldes de Méjico por todas las novedades que introdujo y por extender el alumbrado a la capital. Los beneficios obtenidos con la Lotería se dedicaron a obras públicas. Apoyó las misiones de California y desarrolló la minería con la contratación de técnicos alemanes.

Miguel de la Grúa Talamanca, (1794-1798)
Miguel José de Azanza, (1798-1800)
Felix Berenguer, (1800-1803)
José de Iturrigaray, (1803-1808)
Pedro Garibay, (1808-1809)
Francisco Javier de Lizana, (1809-1810)
Francisco Javier Venegas, (1810-1813)
Félix María Calleja, (1813-1816)
Juan Ruiz de Apodaca, (1816-1821)

Fue el antepenúltimo virrey de Nueva España, enviado por Fernando VII, que intentó terminar con la guerra civil; durante su mandato, Iturbide se pronunció a favor de la independencia, que en el continente sudamericano se retrasó, tras la creación de la Gran Colombia por Simón Bolívar (1783-1830), hasta el triunfo de sus ejércitos en Ayacucho (1824).

Pedro Novella, (1821-1821)

Penúltimo virrey de México. Veterano del Dos de Mayo, tenía el grado de mariscal (desde 1815) y era subinspector de artillería con el virrey Ruiz de Apodaca, quien ante la sublevación de Iturbide le nombró gobernador de la capital y miembro de la junta de guerra. Apodaca perdió prestigio por su irresolución, el desacierto de sus medidas, las inútiles marchas de las fuerzas, su incapacidad para evitar la deserción general y la inevitable pérdida de México.

Los oficiales asociados en una logia liberal, decidieron destituirlo, repitiendo lo ocurrido el mismo año con Pezuela en el Perú y por no ser Apodaca afecto al régimen liberal. En la noche de 5-VII-1821 se produjo un pronunciamiento y varios oficiales, dirigidos por el teniente coronel Buceli, exigieron a Apodaca y a la citada Junta su dimisión; no se aceptaron sus explicaciones y hubo de firmar su renuncia, alegando ser a petición respetuosa de oficiales y tropa.

Se negó Pascual de Liñán a aceptar un poder faccioso y tuvo que tomar posesión Novella, aunque no era liberal. Su cargo era el de capitán general, por haber abolido el de virrey el régimen constitucional español. Fue mal recibido por los jefes que no habían intervenido en el motín y por la ilegalidad de su nombramiento, lo que aumentó la desmoralización realista. No pudo hacer más que Apodaca, pues no lo permitían las circunstancias, e imitó sus medidas, como alistamiento de soldados, una nueva Junta de Guerra y fortificación de la capital.

Siguieron las derrotas y las rendiciones como las de Ciriaco del Llano en Puebla. Pero, nombrado ya desde enero nuevo virrey, el general O´Donojú, por su liberalismo, en sustitución de Apodaca, llegó a Veracruz el 3 de agosto, tomando posesión y enterándose entonces del estado del país, que ignoraba —incluso la sublevación de Iturbide—, al parecer, al salir de España.

Iturbide se puso en contacto con O´Donojú, impidió que lo hiciera Novella, mostrándole que este no había traído refuerzos, y acabó por celebrar con el recién llegado el tratado de Córdoba (24-VIII-1821), por el cual, O´Donojú, excediéndose en sus atribuciones, pero percibiendo la realidad, reconoció la independencia mexicana, según el Plan de Iguala.

Novella no reconoció el tratado y se dispuso a resistir en la capital, donde ya había concentrado tropas españolas y leales hasta 5.000 hombres y los últimamente alistados o íntegros, con Armijo, Melchor Álvarez y otros jefes; los dos tercios de las fuerzas eran mexicanos y tomó medidas de precaución contra los sospechosos. Estaba sitiada la capital por el ejército de Trigarante, pero solo se dio un combate de importancia en Atzcapozalco (19 de agosto), que quedó indeciso.

El 30 de agosto recibió orden de O´Donojú; en una junta con las autoridades militares, civiles y eclesiásticas se acordó reconocer al nuevo virrey su justificaba su autoridad; pero la deserción aumentó grandemente, pasándose Melchor Álvarez. Llegó Iturbide el 5 de septiembre y hubo negociaciones entre ambos virreyes, negándose O´Donojú a reconocer a Novella como legítimo; al fin se celebró una entrevista en la hacienda de la Patera, cerca de Guadalupe, entre ambos virreyes e Iturbide (13 de septiembre), acordando solo prorrogar el armisticio firmado antes y entregó Novella el mando a O´Donojú, sin calificar la legitimidad o no del gobierno del primero, quien depositó interinamente el mando en Liñán.

Salieron las tropas leales; el 24 de septiembre entró Vicente Filisola en la capital, el 26 O´Donojú se hizo reconocer como capitán general y el 27 entra en la ciudad Iturbide al frente del Ejército Trigarante, proclamándose solemnemente la independencia el día 28.

Juan O´Donojú, (1821-1821)

Último virrey de México.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo IX, págs. 5116-5118; EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1039-1040.