La Invasión árabe de Península

Decadencia gótica

Entre todas las conquistas que los árabes emprendieron y llevaron a cabo, a fines del s. VII y comienzos del VIII, más allá del mar Rojo y del golfo Pérsico, la de España se distingue por su rapidez, su audacia y su facilidad. Como coronación de su marcha hacia el oeste de la —cuenca— del Mediterráneo, esta conquista procuró a los invasores musulmanes una de las tierras más ricas que podían codiciar.

Su inesperada irrupción en la Península Ibérica, desde las columnas de Hércules hasta la muralla pirenaica, llenó de estupor y de espanto al mundo cristiano de Occidente. Las circunstancias que hicieron posible esta conquista relámpago, su espectacular carácter de razzia gigantesca, han desconcertado siempre un poco a los historiadores de la Edad Media.

Incluso hoy mismo, la catástrofe que entregó al Islam, no ya una comarca más de Asia o África, sino una parte de la misma Europa continental, sigue pareciendo a algunos especialistas un acontecimiento tan insólito y un fenómeno tan fuera del orden natural de las cosas, que tienen que apelar para definirlo al milagro histórico.

Y, sin embargo, no hay ejemplo alguno de que un Estado organizado se deje ocupar pasivamente por unos cuantos escuadrones de jinetes audaces, si ese Estado goza de plena salud, si el régimen que posee la autoridad sabe hacerse obedecer y si su armazón ha permanecido intacto. Las grandes invasiones han coincidido siempre con una desmembración política y social de las naciones sobre las cuales se desencadenaron. Y así es como pasó también en la España visigótica.

Aunque sea indudable que la suerte haya favorecido a los árabes, asegurándoles con el menor costo y con los más insignificantes riesgos la posesión de la Península, no es menos cierto que su empresa resultó singularmente favorecida por la trágica penuria de la monarquía visigótica y por la tímida reacción del conjunto de los habitantes del país.

Su empeño es de creer que habría fracasado, o por lo menos habría sido mucho más penoso y de resultados inciertos, si el reino de Toledo, desde hacía ya varias generaciones, no hubiera dado pruebas de decrepitud y, más tarde de irremediable agotamiento.

Los treinta años que preceden a la ofensiva del Islam, los peor conocidos de la historia de la España goda, se nos aparecen, en efecto, a pesar de la pobreza de las fuentes narrativas, como extremadamente turbados y confusos.

Este corto periodo, que abre la retirada del rey Wamba de 680, está lleno por entero de anárquicas decisiones —luchas sangrientas de los pretendientes al trono, sediciones de las provincias, intrigas de la nobleza y del alto clero que intentan inmiscuirse, más todavía que antes, en la vida política del reino—, que son otros tantos indicios infalibles que indican claramente como, a inicios del s. VIII, la tierra ibérica era una presa fácil para cualquier invasor, lo mismo da que viniera del N. que del S. Y como los árabes, diríase que acudiendo a una cita, se encontraban al otro lado del Estrecho de Gibraltar, pudieron apoderarse de ella sin esfuerzo y abatir de un solo golpe la fábrica claudicante de la monarquía visigoda.

Algunas fechas jalonan la historia de esta monarquía en el s. VII. A partir de 589, el rey Recaredo realizó la unidad religiosa de España: la Iglesia arriana quedaba anulada por el catolicismo. La supresión de esta dualidad, que había originado tantos graves disturbios, no aplaca, sin embrago, las pasiones durante mucho tiempo. Los dignatarios eclesiásticos se hacen todo poderosos y se asocian de hecho al ejercicio del poder. Junto con los nobles, impondrán sus puntos de vista y sus decisiones a los príncipes reinantes.

Los Concilios, convocados con frecuencia en Toledo, parecen, en ocasiones, casi hasta el equívoco, simples Consejos de la Corona. Otra fuente de conflictos, que había sido no menos nefasta para la buena marcha del reino, pareció suprimida en 633, cuando se adoptó el régimen electivo para designar a los soberanos; pero la mayoría de éstos, al llegar al Poder, se las ingeniaron para transgredir la norma y asegurar la sucesión en favor de su hijo o de cualquiera otro miembro de su familia.

Hubo, sin embargo, algunas grandes figuras. Fue una de ellas el rey Recesvinto, que se mantuvo en el poder bastante tiempo —desde 653 a 672—, y que se hizo célebre al ordenar la redacción de un código original, inspirado a su vez en el derecho romano y el el consuetudinario gótico, el Forum Iudicum (Fuero Juzgo), que fue desde entonces y por muchos siglos el único vigente entre los cristianos de España.

Wamba, el sucesor de Recesvinto, es considerado asimismo como un príncipe valeroso y enérgico y un administrador de valía; pero, después de ocho años de reinado, y en circunstancias cuyo relato es sospechoso, se le apartó del poder y se retiró a un monasterio.

El pretendiente Ervigio, que le sucedió, reunió en 683 el decimotercero Concilio toledano, cuyo resultado fue una limitación todavía mayor de las prerrogativas reales. Después de Ervigio, Egica, que era probablemente un deudo de Wamba, recibió el cetro a fines del año 687 y los conservó hasta comienzos del s. VIII.

Durante el reinado de Egica se reunieron de nuevo tres Concilios, en los años 688, 693, y 694. El primero tuvo por objeto resolver un conflicto entre el monarca y los herederos de su antecesor. El del segundo fue juzgar a Sisberto, metropolitano de Toledo, que había fomentado una conjura legitimista.

El tercero, por último, fue convocado para juzgar una conspitación recién descubierta, de los judíos españoles, que, al parecer se habían puesto en contacto con su correligionarios del N. de África, y que desde entonces trabajaban por atraer a los árabes a la Península Ibérica.

Las sanciones dictadas contra los judíos españoles fueron sumamente severas: se les declaraba esclavos, les eran confiscados sus bienes y se les separaba de sus hijos apenas cumplían estos los siete años.

Los judíos de la Septimania fueron los únicos que escaparon a tanto rigor. Pero, por otra parte, las comunidades judías españolas venían siendo perseguidas desde hacía mucho tiempo por el régimen visigodo, y habremos de volver a hablar del papel que desempeñaron con motivo de la inavsión musulmana, y del apoyo que prestaron a los conquistadores.

Los reyes Witiza y Rodrigo

En 693 Egica asoció al trono a su hijo Witiza, que cinco años después, vino a ser regente efectivo, hasta la muerte de su padre en 702. A partir de esta última fecha, Witiza continuó reinando, sin tomarse el trabajo de hacerse elegir legalmente. Reunió un Concilio cuyas actas, desgraciadamente, se han perdido, e inauguró una política al parecer bastante liberal.

Como era de avanzada edad, se cuidó en asegurar la sucesión en favor de su hijo preferido Akhila, al que confió al mismo tiempo el gobierno de la Tarraconense y de la Narbonense. Como era de esperar, estas medidas desencadenaron contra Witiza la oposición, sorda o manifiesta, de los magnates visigodos.

Fueron descubiertas algunas conjuras y se castigó con dureza a los autores. Y esta antipatía que Witiza despertaba entre ciertos miembros de la nobleza y del alto clero fue en aumento cuando el rey, por consejos del primado toledano Sinderedo, atenuó en cierta medida la duras condiciones que regían la vida de los judíos hispanos. De esta suerte, la situación era de nuevo muy oscura en la Península al ocurrir la muerte de Witiza, a fines del año 708 o comienzos del 709.

Su hijo Akhila seguía en la sede de su gobierno del N., e incluso había acuñado moneda con su nombre en Narbona y Tarragona. Aun cuando era el heredero presunto de su padre, no se le pasó por las mientes venir a Toledo para tomar posesión del trono. Incluso su madre, sus dos hermanos Olmondo y Ardabasto, y el obispo Oppas, que era bien su tío, bien otro de sus hermanos, tuvieron que huir de la capital y buscar refugio en Galicia

El partido de la oposición decidió en Toledo, al cabo de algún tiempo, elegir, para confiarle la corona, al duque Rodrigo, que residía en Córdoba, por su calidad de gobernador de la Bética. Proclamado durante el verano del año 710, Rodrigo neutralizó sin pérdida de tiempo la actividad que desplegaba el pretendiente Akhila.

Un ejército enviado por este último contra el nuevo rey de Toledo, al mando de su mentor Requesindo, fue derrotado, y Requesindo resultó muerto. Los hijos de Witiza, impresionados por esta derrota de su hermano Akhila, se habrían refugiado en este momento, según una tradición, en el África del N.; pero, según otra tradición, que parece más verosímil, se reconciliaron pronto con el nuevo rey y aceptaron cargos en su ejército.

Las crónicas árabes son mucho menos sobrias que las latinas en punto a detalles sobre el reinado de Rodrigo; pero tanto unas como otras son, desde luego, muy posteriores al s. VIII, y los relatos que nos suministran parecen de una autenticidad sospechosa por lo menos. La leyenda se apoderó de Rodrigo y le convirtió en personaje de un buen número de relaciones episódicas, que hay motivo para diputar por muy dudosas, aun cuando en su origen hayan tenido un fondo de verdad.

Tales son sobre todo, los relatos árabes que relatan con complacencia la apertura por parte de Rodrigo de la casa cerrada de Toledo, y el estupro por este mismo rey de la hija del conde Julián. A nosotros nos basta saber que, bajo su efímero reinado, España perdió más todavía la noción de su unidad política; que las facciones se sucedían sin tregua y que los primeros invasores que llegaron habían de sacar por fuerza el mejor partido de esta situación.

La conquista de Marruecos

En el momento en que Rodrigo sucedía a Witiza en el trono de Toledo, los árabes acababan de poner firmemente pie en el N. de Marruecos y terminaban la conquista de su región central. El Atlántico detenía por este lado su feroz y tenacísima cabalgada hacia el Oeste. Hubiera podido creerse que iban a encaminarse hacia el Sur y franquear el Atlas en dirección al Sahara y al país negro, donde hubieran encontrado inmensas extensiones desérticas; medio físico que les era familiar y que, indudablemente, no hubiera estorbado ni impedido su avance.

Sin embargo, su nuevo objetivo fue la Península Ibérica. Como se habían aficionado a las tierras fértiles, a los cultivos ricos, a las opulentas ciudades que conservaban su fisonomía antigua, España tenía por fuerza que atraerles y muy pronto se decidieron a atacarla.

A pesar de ello, no lo hicieron sin ciertas vacilaciones, ni incluso tal vez sin alguna repugnancia. Un obstáculo al que no estaban acostumbrados, les hizo indudablemente reflexionar. Un brazo de mar, por corta que fuese la travesía, iba desde entonces a separarles de sus bases de partida y a hacer todavía más precaria sus comunicaciones con la sede central del imperio árabe, ya sumamente dificultadas por la enorme distancia.

La empresa era arriesgada, y solo el intentarla suponía poseer no poca temeridad y mucha confianza en sí mismo, acaso también ciertas seguridades de buena acogida, procedentes del campo adversario. De no haber recibido los árabes algunos estímulos, y, sobre todo, de no haber contado con el apoyo de los beréberes —sus nuevos súbditos africanos, todavía islamizados apenas—, probablemente no hubieran intentado atacar España tan pronto.

La conquista de Marruecos aun no estaba acabada del todo, o su acabamiento era recentísimo. Las correrías hechas por los árabes, en los años anteriores, hacia ciertos puntos del Magreb extremo apenas les había producido resultados de alguna sustancia. Dada la cronología sumamente incierta de las acometidas árabes y de las reacciones beréberes en el África del Norte durante el último cuarto del siglo VII, es muy difícil asignar fecha segura a los primeros intentos de islamización de Marruecos.

Parece, sin embargo, que el año 681-682, viniendo del Este el general Uqba b. Nafi se internó camino de Tánger e hizo luego, a partir de esta ciudad, algunas audaces incursiones por el corazón mismo del país que le llevaron sucesivamente a Walila (Volubilis), al valle del Wadi Dar´s (Dra), a los confines del gran Atlas y a las llanuras del Marruecos subatlántico.

Pero este paso de Uqba fue demasiado rápido para que hubiera podido arrastrar de primera intención la adhesión de las masas beréberes de Marruecos y permitir su definitiva conversión al Islam. Lo generales árabes que fueron enviados más tarde al África del Norte por los califas omeyas de Siria tuvieron que someter, en pleno Magreb central, la feroz resistencia de los campeones de la causa beréber: Kusayla, y luego la famosa Kahina.

Hubo de esperar la muerte del califa Abd al Malik b. Marwan, y la proclamación de su hijo al Walid, el año 705, para que se decidiese por fin una verdadera, y esta vez completa, conquista de Marruecos. El encargo de llevarla a cabo recayó en un personaje que acababa de ser nombrado gobernador de Ifriqiya y del Magreb, y que se llamaba Musa ibn Nusayr.

Este Musa ibn Nusayr, para quien estaba reservada —junto con Tarik— la gloria de la conquista de España, era, como tantos otros jefes militares árabes de la época, un oficial ambicioso y emprendedor, sumamente celoso de su autoridad. Ya había desempeñado en Oriente un papel político bastante considerable antes de su designación para el gobierno del África del Norte, que ejerció, primero bajo la dependencia del valí árabe de Egipto, y, más tarde, bajo la dependencia directa del califa sirio.

La campaña emprendida por Musa en Marruecos tuvo franco éxito. Primeramente condujo su ejército a Sichilmasa y luego por las orillas del río Muluya, mientras uno de sus hijos iba a someter a los beréberes Masmuda del gran Atlas. Después, Musa se hizo dueño de Tánger, aunque, a lo que parece, tuvo que renunciar por algún tiempo a tomar posesión del presidio bizantino de Ceuta.

Consolidó sus conquistas exigiendo a todas las tribus beréberes que sometía la entrega de rehenes, destinados a ser instruidos en la nueva fe y a convertirse más tarde en fervorosos propagandistas del Islam. Hecho esto, creyó que podía volverse a Ifriqiya, dejando en Marruecos lugartenientes árabes, o incluso oficiales beréberes, ligados a su suerte por los vínculos morales que derivan de la emancipación o por los beréberes de la clientela. En estas condiciones dejó, al partir, como gobernador de la plaza de Tánger a uno de sus mawlas, el general Tarik.

El conde Julián

En este punto hay que tratar de la decisiva intervención de un personaje cristiano, que las crónicas árabes designan unánimemente con el nombre de el conde Julián. Se han formulado muchas hipótesis sobre el origen y la personalidad de este Julián que tenía el mando de Ceuta, y que, desde la correría de Uqba b. Nafi por Marruecos, habría tratado con el general árabe y aceptado ser su vasallo, aunque siguiera siendo príncipe independiente de su ciudad.

Algunos historiadores modernos han intentado demostrar que era un dignatario del reino visigodo, o bien un jefe beréber de religión cristiana, perteneciente a la tribu de Guamara, y llamado Urbano (Ulban) y ni Julián (Ulyan), pero las dos grafías árabes se parecen mucho.

Pero lo más sencillo y a la par lo más razonable es identificar a este conde Julián con el exarca de la plaza bizantina de Septem (Ceuta), la cual, después de la caída definitiva de Cartago, en 698, siguió, durante algunos años más, siendo la última posesión del emperador de Constantinopla en tierras africanas.

Por lo demás, este exarca bizantino no podía prescindir mantener ciertas relaciones de negocio o de buena vecindad, no solo con las poblaciones beréberes del hinterland de Ceuta, sino también con los magnates visigodos de la vecina Bética.

Es indudable también que abrazaría la causa del hijo de Witiza, cuando fue despojado de su reino por Rodrigo. El presidio conservado por Julián pudo servir —nada impide suponerlo— como asilo para un buen número de descontentos y proscritos de la Península Ibérica. Si nos atenemos, como por fuerza hay que hacerlo, a la versión árabe tradicional, las causas que motivaron la intervención de Julián en pro de los musulmanes son de sobremanera novelescas.

Más tarde, la literatura hispano cristiana habrá de elaborar por cuenta propia tales relatos, subrayando todavía más su carácter legendario. Pero, sea cualquiera el grado de desconfianza que nos inspiren estas diversas relaciones, es difícil pasarlas completamente por alto. Según ellas, el conde don Julián tenía una hija, que, conforme a la costumbre de la época, fue enviada a la corte toledana para recibir allí una educación principesca.

El rey Rodrigo vio un día a la joven griega y, seducido por su belleza, exigió sus favores. Advertido en secreto Julián, vino en persona a Toledo, a pesar de los rigores de la estación, para recoger a su hija y hacerla volver al África, y juró que vengaría la afrenta. Sobre la desgraciada muchacha debía pesar para siempre la pesada responsabilidad de los males que abrumaron a España desde el día que este país cayó en manos de los musulmanes.

Toda la literatura iba a inspirarse en la hija del conde Julián: relatos de época muy tardía, e incluso el Romancero, cuentan como, al bañarse en el Tajo, en Toledo, fue vista por Rodrigo, y le dan caprichosamente el nombre de Florinda y el infamante apodo de la Cava (de una palabra árabe que significa prostituta).

Siempre según las crónicas árabes, Julián apenas vuelto de Ceuta, emprendió el largo camino de Ifriqiya para ver al gobernador Musa ibn Nusayr, al que informó de la facilidad de una eventual conquista de la Península Ibérica, engolosinándole con el considerable provecho que de ella podían sacar los musulmanes.

Musa ibn Nusayr aceptó la oferta de colaboración del conde don Julián y le ordenó que procediera por sí mismo a un reconocimiento previo del litoral español. De nuevo en Ceuta, el exarca levantó un pequeño cuerpo de desembarco e hizo con él una audaz incursión por la bahía de Algeciras, haciéndose con botín y cautivos, y al cabo de algunos días regresó a Ceuta. Esta correría, cuyo éxito impresionó mucho a los musulmanes del norte de Marruecos, habría tenido lugar en octubre o noviembre del año 709.

Los historiadores árabes dan a entender que, al calor de los sucesos, Musa ibn Nusayr se convenció pronto de que era posible una expedición de cierto volumen contra España. Pero no podía acometerla por iniciativa propia, y le era preciso el asenso del califa. Advertido al Walid, no concedió de buenas a primeras la autorización que se le pedía.

Por dos veces ordenó a su gobernador en Ifriqiya que se limitase a hacer simples reconocimientos de caballería, con el fin de enterarse de la capacidad de resistencia de los visigodos y de la verdadera situación política de España. Guárdate —agregaba el soberano— de exponer a los musulmanes de los peligros de una mar furiosa por sus violentas tempestades.

El desembarco de Tarik

El primer desembarco musulmán tuvo lugar en el mes de julio de 710. Participaron en él solamente cuatrocientos hombres, de los cuales cien eran jinetes, a las órdenes del oficial beréber Tarif ibn Malluk. Pasaron el mar en cuatro navíos que les proporcionó el conde don Julián, y desembarcaron en la islita próxima al puerto que habría de conservar el nombre de su jefe Tari: tarifa (en árabe: Chazirat Tarif).

Desde allí, los soldados musulmanes hicieron una serie de fructuosas incursiones por el litoral del Estrecho de Gibraltar. Regresaron en posesión de un rico botín, sobre todo de cautivas españolas de singular hermosura. Musa ibn Nusayr recibió en su lejana residencia de Qayrawan su parte de la presa y el lote que le correspondió de bellas cristianas, y dio órdenes oportunas para preparar la expedición propiamente dicha.

En realidad, nada nos prueba con certidumbre que las cosas hayan pasado de este modo; pero todo ello es sumamente verosímil, aun admitiendo, como ha supuesto Saavedra, que haya que interpretar el desembarco preliminar del conde Julián, no como consecuencia de una sugestión de Musa ibn Nusayr, sino como respuesta a una petición de socorro dirigida al exarca bizantino por el desposeído rey Akhila.

El mismo historiador llega incluso a formular la hipótesis de que Akhila y los principales representantes de su partido tuvieron una entrevista con Tarik, el gobernador musulmán de Tánger, para pedirle ayuda, cosa que es tal vez una interpretación algo abusiva de los textos.

Pero nada nos impide pensar, en todo caso, que gracias a los buenos oficios del conde don Julián, hubo tratos, cuyo objeto es fácil presumir, entre los representantes de la autoridad árabe en el Norte de Marruecos y los partidarios de Akhila. Sin ellos no podría explicarse ni la relativa debilidad de los efectivos musulmanes en la campaña inmediata, ni el éxito fulminante de la misma.

Al mismo gobernador de Tánger, Tarik, un liberto de Musa ibn Nusayr, le fue confiado el mando de esta expedición. No están de acuerdo los historiadores sobre el origen de este personaje: es posible que fuera beréber, aunque algunos de sus biógrafos sostienen que era persa. El conde Julián debía acompañar al cuerpo expedicionario y servir de consejero político al general musulmán.

Su flotilla, ya empleada en la correría de Tarif, y cuyas cuatro unidades hacían en tiempos normales navegación de cabotaje a lo largo de la costa africana del Estrecho, iba a ser utilizada una vez más, para pasar sin tregua de una orilla a otra, en tanto se construían nuevos bajeles que pudiera, en caso necesario, aportar refuerzos.

El momento era el más propicio, pues se sabía que Rodrigo estaba ocupado, al norte de su reino, en la región de Pamplona, en hacer frente a una ofensiva de bandas francas. Tarik atravesó el Estrecho al mismo tiempo que los primeros contingentes musulmanes, y se atrincheró en la falda de la montaña de Calpe (el futuro Gibraltar, en árabe Chabal Tarik, el monte de Tarir), para esperar el desembarco de todos sus soldados.

Su travesía tendría lugar a comienzos de primavera en abril o mayo de 711. El ejército reunido por Tarik, conforme a las instrucciones de Musa ibn Nusayr, no era muy nutrido. Se podría pensar que los cronistas árabes han diminuido adrede su número para hacer resaltar mejor los resultados obtenidos; pero con todo, no es muy probable, ya que los musulmanes estaban muy poco preparados en esta época para el transporte marítimo de un ejército considerable.

Las tropas de Tarik serían en conjunto apenas unos siete mil hombres, beréberes en su mayoría, con un cierto número de libertos de diverso origen y muy pocos árabes de pura raza. Una vez desembarcadas todas sus fuerzas, Tarik entró en campaña. Comenzó por asegurarse la posesión de la ciudad de Carteya, situada al fondo de la bahía de Gibraltar, en la desembocadura de un pequeño arroyo, el Guadarranque.

Luego se trasladó más al Oeste, y organizó una base destinada a servirle de reducto en caso de retirada, frente a una pequeña isla, la isla verde al-chazira al-jadra, en el mismo sitio donde se elevó más tarde la ciudad de Algeciras. El conde Julián recibió la misión de guardar y defender, si llegaba el caso, esta base de repliegue.

No tardó Rodrigo en enterarse del desembarco de Tarik, y a toda prisa se encaminó a Córdoba, donde reunió las tropas regulares de que podía disponer. Informado, a su vez, Tarik de estos movimientos, se quedó algo indeciso. Renunció, por el momento, marchar contra la capital de la Bética, como había sido su primera intención, y, al mismo tiempo, le pareció prudente pedir refuerzos al África, de donde le fueron enviados otros cinco mil beréberes.

Con ellos sus fuerzas alcanzaron la cifra de los doce mil combatientes, sin contar ciertos partidarios del hijo de Witiza, que, tal vez desde este momento, se le debieron haber incorporado. Acompañado del conde Julián y de su pequeño estado mayor de oficiales musulmanes, decidió Tarik mantenerse en la región de Algeciras y aguardar en ella el choque con el ejército visigodo.

Y así, prosiguió prudentemente su marcha al oeste de Tarifa, hasta llegar a la laguna llamada de la Janda, que se extiende varios kilómetros paralela a la costa, y desagua luego en el mar por un riachuelo de curso caprichosos, el río Barbate.

El ejército de Rodrigo debía normalmente aparecer por la accidentada región de Medina Sidonia, cerca de la orilla derecha del citado riachuelo. Apoyado uno de sus flancos en la laguna de la Janda y el otro en las alturas de la Sierra de Retín, Tarik fue pronto avisado por sus espías de que Rodrigo se acercaba al frente de un ejército de cien mil hombres, cifra manifiestamente exagerada. El encuentro tuvo lugar el día 19-VII-711.

Según los autores árabes, las dos alas del ejército visigodo iban mandadas por partidarios de Akhila, tal vez incluso por los mismos hermanos de este príncipe, y, apenas iniciada la lucha, uno y otro jefe volvieron las espaldas junto con sus soldados y emprendieron la huída. A pesar de esta doble defección, Rodrigo, desde el centro, intentó resistir; pero a lo último no tuvo más remedio que retroceder, obligado por la presión de los musulmanes, que se lanzaron en su persecución, ocasionándole considerables pérdidas.

Esta inesperada victoria de las armas musulmanas en el río Barbate (el Wadi Lakko de los historiadores árabes) acababa de decidir la suerte de España. Rodrigo pudo por un pelo escapar de sus perseguidores, pero estos saquearon la impedimenta de su ejército y volvieron a su campo con un inmenso botín. Sobre el detalle de los acontecimientos que siguieron a la batalla [llamada de la Janda y también, Guadalete] no hay tampoco ni mucho menos, concordancia en los relatos árabes de que disponemos.

Ante Tarik, vencedor del Barbate, se abrían de para en par las puertas de Andalucía. Sin embargo, de haberse ajustado a las instrucciones que recibió antes de partir, habría debido, en este momento volverse a África —lo que hubiera sido absurdo—, o, por lo menos, no moverse hasta dar cuenta de lo acontecido y recibir nuevas órdenes.

Pero el ardor guerrero y la embriaguez del victoria vencieron todos sus escrúpulos, y, animado por el conde Julián y por los partidarios de los hijos de Witiza, que se obstinaban a ciegas en ver al general musulmán como el campeón desinteresado de la causa de su señor, Tarik decidió seguir adelante. Su primer objetivo de importancia era Córdoba, sobre el Guadalquivir. Para llegar a ella le era necesario cruzar el Genil, en Écija, lugar en que se habían encerrado los visigodos fugitivos, que era forzoso tomar por asalto.

Tarik logró una nueva victoria cerca de esta ciudad, y vio como se unía a sus tropas una masa de descontentos del propio país, satisfechos de eludir, mediante la incorporación al vencedor, la dura condición de servidumbre y la iniquidad del régimen visigodo.

Por su parte, los judíos del sur de España le ofrecieron desde este momento todo su concurso. En tales condiciones, Tarik pensó que era preferible ir a tomar Toledo, sin demora, con el grueso del ejército, dejando a sus lugartenientes algunas tropas capaces de contener a los visigodos que quisieran obstaculizar su avance.

El liberto Mugith partió para atacar Córdoba, que cayó en octubre de 711. Pero digan lo que quieran ciertos analistas, las ciudades situadas más al este de Andalucía, como Granada y Málaga y la región de Murcia, no fueron ocupadas por los musulmanes sino bastante más tarde. Por lo que respecta a Toledo, la capital del rey Rodrigo, no opuso ninguna resistencia, y los invasores la encontraron casi vacía de habitantes.

El primado de la Iglesia en España, Sinderedo, había salido precipitadamente para Roma, y, siguiendo su ejemplo, buena parte de la población toledana huyó cuando se acercaba Tarik. Este encontró en la metrópoli visigoda, amontonadas en palacios e iglesias, incalculables riquezas, que habían de dar enseguida a la imaginación de los cronistas árabes ocasión de desbocarse libremente.

De Toledo, donde no parece haberse detenido mucho tiempo, Tarik ibn Ziyad prosiguió su avance en dirección Noroeste, alcanzando Guadalajara y cruzando una sierra no precisada. Según Saavedra, no pasó de Alcalá de Henares y volvió a invernar en Toledo. En una campaña posterior fue cuando pudo alcanzar Amaya, en la actual provincia de Burgos.

Campañas de Musa ibn Nusayr

En lugar de alegrarse por los sorprendentes éxitos obtenidos por su lugarteniente Tarik y de felicitarle por haber servido tan bien la causa del Islam, Musa ibn Nusayr, según nos cuentas sus biógrafos, experimentó una viva irritación y no poco despecho; reacción que, por otra parte no debe sorprendernos en un general muy pagado de su persona, que veía como la suerte le era infiel ayudando a uno de sus propios subordinados, simple liberto de origen oscuro.

Sin embargo, no sería justo decir que fue solamente la envidia lo que movió a Musa a ir por sí mismo a España. Podemos presumir que Tarik, asustado, o por lo menos preocupado, de la amplitud y fragilidad de sus rápidas conquistas, pidió a su jefe el envío de tropas destinadas a reforzar las suyas y a quedarse de guarnición en las ciudades que habían pasado a su poder.

Musa ibn Nusayr encontró en la costa africana del Estrecho de Gibraltar un ejército de 18.000 hombres. Esta vez eran casi todos árabes, y había entre ellos muchos representantes de la nueva aristocracia que constituían los sucesores del profeta tabi´un, así como jefes Qaysíes y yemeníes, acompañados de sus clientes. Con este ejército embarcó Musa para Algeciras en junio 712. Pero una vez llegado a España, el gobernador árabe, en lugar de dirigirse directamente a Toledo para reunirse allí con Tarik, prefirió obrar por cuenta propia.

Comenzó a atacar y apoderarse a viva fuerza de la ciudad de Medina Sidonia y de las dos plazas fuertes que protegían, yendo hacia el Este, a Sevilla, todavía no conquistada: Carmona y Alcalá de Guadaira. A continuación vino el asedio de la propia Sevilla. Lo más probable es que esta ciudad no le opusiera más que una débil resistencia, aunque ciertos cronistas hablen de un bloqueo que duró varios meses. La guarnición visigoda acabó por evacuar la ciudad y se dirigió más al Este, en dirección a Niebla.

Una vez Sevilla en sus manos decidió apoderarse de Mérida, donde los principales partidarios de Rodrigo habían conseguido reunirse. La resistencia opuesta por esta ciudad fue mayor de lo que pudieron creer los musulmanes. El asedio se prolongó todo el invierno siguiente, y la plaza no cayó hasta el 30-VI-713. El general árabe que encontró en Mérida inmensas riquezas, prosiguió entonces la marcha hacia Toledo y avisó a Tarik que saliera a su encuentro.

Al mismo tiempo envió a su hijo Abd al Aziz a sofocar una rebelión que acababa de estallar en Sevilla, y a apoderarse luego de las plazas de Niebla, Beja y Ocsonoba. Tarik salió al encuentro de su jefe, y, bajando por el valle del Tajo, llegó a Talavera, donde encontró a Musa. De creer a los cronistas árabes, la entrevista entre el general árabe y su lugarteniente no fue nada cordial: Musa habría cubierto de reproches e incluso lo habría golpeado con su látigo.

Según una hipótesis de Saavedra, Musa ibn Nusayr, después del encuentro con Tarik en Talavera, se habría dirigido hacia la sierra de Francia, en la actual provincia de Salamanca, por haber sabido que el destronado rey Rodrigo andaba refugiado en ella; y habría perseguido, derrotado y muerto al último soberano visigodo de España, a fines del verano de 713, en los alrededores de una localidad llamada Segoyuela de los Cornejos, a poca distancia, hacia el Este, de la aldea de Tamames.

Pero parece más bien que, desde Talavera, Musa ibn Nusayr se encaminó en dirección a la antigua capital, Toledo, donde Tarik debió hacerle entrega de los tesoros reales y de las riquezas confiscadas a las iglesias. El gobernador árabe se instaló en la antigua metrópoli visigoda con aires de verdadero soberano.

A partir de este tiempo, hizo acuñar en la ceca de los antiguos reyes unos sueldos de oro que llevaban en latín, con las abreviaturas corrientes en la epigrafía y la numismática de la época, en el anverso la fórmula islámica de la unicidad divina: in nomine Dei non Deus nisi Deus solus non Deus alius, y en el reverso la leyenda: hic solidus feritus in Spania anno..., con la doble mención del año de la hégira y de la indicción correspondiente. Musa ibn Nusayr pasó, sin duda, en Toledo todo el invierno de 713-714.

En esta sazón fue cuando envió a Damasco mensajeros encargados de dar cuenta al califa de los resultados obtenidos en España y de anunciarle la toma de la antigua capital visigoda. Su contribulo, el tabi Ali ibn Rabah, y el cliente omeya Mugith, el mismo que había tomado Córdoba, fueron los designados para esta misión.

Entretanto, vuelto el buen tiempo, Musa ibn Nusayr salió también de Toledo y fue a emprender el sitio de Zaragoza, cuya posesión suponía la de toda la cuenca media del Ebro. Zaragoza fue tomada en una fecha imprecisa del año 714. El tabi Hanash al San´ani, que iba en el ejército del general árabe, permaneció en esta ciudad y edificó en ella una mezquita catedral.

Desde Zaragoza, Musa quería continuar su avance en dirección a Lérida, siguiendo la vía romana que unía la capital de Aragón con Barcelona y empalmaba luego con la Narbonense, a lo largo de la costa mediterránea. ¿Abrigaba la idea de extender su conquista al otro lado del Pirineo? En cualquier caso, sus proyectos se vieron interrumpidos por el regreso de su mensajero Mugith, que traía de parte del califa al Walid la orden de ir a Siria, en compañía de Tarik, para que ambos generales dieran cuenta en persona al soberano musulmán del resultado de sus sucesivas campañas.

Musa ibn Nusayr se concedió de todos modos, un plazo antes de partir para Oriente, pues no quería salir de la Península Ibérica sin haberse antes asegurado la posesión del macizo cantábrico y de las regiones limítrofes con esta cadena montañosa, entre ellas el país que debía llamarse más tarde Castilla la Vieja. Y así, mientras daba orden a Tarik de seguir la vía romana que desde Zaragoza subía bastante por el valle del Ebro para cortar luego hacia Galicia, él tomó otra calzada antigua que bordeaba por el Sur las sierras cantábricas.

Tarik siguió el itinerario prescrito y recibió pronto una sumisión oportuna: la del jefe aragonés Fortún, que se convirtió al Islam para conservar sus bienes. Más tarde, avanzó hasta la plaza de Amaya, que saqueó, y se apoderó de León y de Astorga.

En cuanto a Musa, remontó también por su lado, pero por la orilla derecha, una parte del curso del Ebro; torció después hacia Soria y el valle del alto Duero; y luego, en vez de unirse a Tarik, hizo una incursión francamente al Norte, por las Asturias, hacia Oviedo y Gijón, mientras los habitantes de esta regiones se retiraban en masa al macizo montañoso de los Picos de Europa, con objeto de atrincherarse en él. Obtenidos estos resultados, juzgó Musa llegado el momento de acudir a la llamada del califa.

En septiembre 714, abandonó España, dejando como lugarteniente a su hijo Abd al Aziz. Acompañado de Tarik, se dirigió primero a Qayrawan, y continuó luego por tierra el camino de Ifriqiya a Siria, entre un cortejo triunfal de jeques árabes y cautivos beréberes y españoles.

Llegó a Damasco muy poco antes de la muerte del califa al Walid (23-II-715), y fue luego el blanco de la animosidad de su sucesor en el califato, Sulayman. Musa ibn Nusayr había de morir muy poco después en Siria, en 716-717. Sobre sus postrimerías no disponemos más que de datos francamente legendarios. Tarik ibn Ziyad, por su lado, terminó su carrera en Oriente en completa oscuridad.

R.B.: LEVI PROVENÇAL, E. Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo IV págs. 3-19.