Primera fase

El Gobierno de la capitulación

Los sublevados contaban con una lucha breve. La confusión y desorden que imperaban en el campo democrático, la mutua desconfianza de los partidos, la hostilidad entre los líderes, la indisciplina de las muchedumbres, la floja disposición del gobierno les permitían sospechar que el pronunciamiento no tropezaría con ningún obstáculo invencible.

Los generales se apoyaban en clases sociales poderosísimas —la aristocracia territorial, la Iglesia, la Banca, la alta burguesía y un vasto sector de la clase media— y dispondrían, en el orden militar, calculando razonablemente, de dos terceras partes de la oficialidad del Ejército, de la marina de guerra, de la Guardia Civil, de un par de divisiones marroquíes, del Tercio extranjero, de los fanáticos requetés.

En posesión de fuerzas tan considerables, no es de extrañar que los generales y los aristócratas dieran por muerta a la República, o a España, como ellos decían, por salvada, desde el punto y minuto en que iniciaron la agresión. En treinta días, a lo más —pensaban— el enemigo estará despachado.

Dos semanas, quizás, separaban a Franco de Madrid. Cuando el emperador Carlos V invadió a Francia, preguntó a un prisionero a cuántos días de distancia estaría París de la frontera. Doce, tal vez, pero serán días de guerra, respondió el patriota francés.

Esto mismo pudieron advertir en seguida los insurgentes españoles. Su menosprecio del pueblo les indujo a ignorar las formidables energías del proletariado español y no se detuvieron a meditar que las desavenencias en el seno de los partidos democráticos podían nacer y alimentarse en no escasa medida de la falta de un claro objetivo común. La rebelión lo creó.

El pueblo se alzó en masa contra los facciosos, y la reconciliación de los bandos en la calle impuso a poco a los líderes el olvido de lo pasado. No solo el pretérito inmediato de la democracia española, sino, asimismo, las miserias del presente, inseparables de toda guerra y agravadas por las insoslayables injusticias de la revolución, se fundían ya al fuego del heroísmo popular.

La penuria de elementos de combate que padecía España, esto es, el atraso nacional, consintió justamente al pueblo desplegar sus grandes virtudes. El factor hombre, el hombre sin la técnica, contaba aún en España.

Medio año después contaría menos, porque la guerra se haría a la moderna, al afluir las máquinas de las naciones en que la época de las barricadas había pasado, pero, entre tanto, el proletariado de Madrid y Barcelona hizo cosas memorables y salvó a la República. Estos insignes sucesos solicitan ahora nuestra atención, pero previamente hemos de detenernos un instante a considerar acontecimientos políticos de muy otro carácter.

El 18 de julio estaba fuera de duda la inminencia del alzamiento del Ejército en la Península. Se esperaba que el gobierno dispondría la distribución de armas entre los partidos del régimen. El pueblo estaba en la calle, en nerviosa expectación, con los ojos puestos en aquellos lugares donde se decidía su destino y el de la República.

Los cuarteles se hallaban sitiados, mejor que vigilados, por multitudes, que, apostadas a discreta distancia, seguían en suspenso los movimientos y rumores de la tropa.

Los ministros sufrían el permanente asedio de los líderes obreros, que les incitaban a adoptar, sin pérdida de tiempo, resoluciones de gravedad correspondiente a la situación. En este estado de tensión, alarma y peligro, que predisponía a las clases populares a desear, antes que temer, el encuentro definitivo con el enemigo, se anunció a los españoles, en la madrugada del 19, la constitución del gobierno Martínez Barrio, un gobierno encargado de capitular.

Espantados de las circunstancias, Azaña y los republicanos moderados —los republicanos que entregaron la República a la reacción en 1933— resolvieron intentar la reconciliación con los generales de la Península que estaban a pique de secundar a Franco.

El nuevo gabinete buscaba un compromiso imposible. Ni Azaña ni los republicanos respetables se habían persuadido, ni, al parecer, se persuadirían jamás, del linaje de hombres y clases sociales que la República tenía enfrente. Sobre todo, desconocían que el drama que les abrumaba en aquel momento se había originado, precisamente, en la falta de carácter de los políticos del régimen; y ahora se proponían coronar la tragedia con otra muestra de cobardía cívica, con una claudicación tan impracticable como deshonrosa.

No obedecía tanto la desgraciada solución Martínez Barrio a una política de clase media, temerosa del proletariado, como, en el fondo, a una tradición de pavidez moral, por virtud la cual se avino siempre esa suerte de republicanismo a transigir en las cosas fundamentales.

Cierto es que los más ilustres republicanos no habían sabido precaverse contra la propaganda enemiga, ni contra los cantos de sirena de los prejuicios de clase, ni se habían enterado de que el movimiento que acababa de estallar comenzó a ser organizado en 1931. En lo íntimo de su conciencia creían que la rebelión la había provocado el marxismo; y quizás se imaginara Azaña que la historia le reservaba el desafortunado papel de Kerensky español. De todo ello sobraban síntomas, pero todo ello eran paparruchas.

Ni en España había bolcheviques, ni otro Lenin, ni Lenin hubiera intentado en España lo que llevó a cabo en Rusia, ni el proletariado español quería otra cosa sino que los republicanos gobernaran con mano firme y realizaran la revolución a que su apellido político y sus discursos les comprometían.

La ausencia de firmeza, la fácil inmolación de los principios, el huir de la realidad nacional: estos fallos de los partidos democráticos trajeron a la República al presente precipicio, y ahora iban a despeñarla con el mismo funesto sentido del deber, ofreciendo a los insurgentes la participación en el gobierno y a Mola el ministerio de la Guerra.

Se daba al espectador motivo para pensar si no habría más honor y más lealtad a los principios, siquiera hubiese menos justicia y menos patriotismo, en el otro lado. No sin cierta dignidad respondió Mola a Martínez Barrio:

Si yo acordase con usted una transacción, habríamos los dos traicionado a nuestros ideales y a nuestros hombres. Mereceríamos ambos que nos arrastrasen.

Por fortuna, el pueblo republicano y obrero lo entendía de modo opuesto. El pueblo, tras lo experimentado, tenía la profunda convicción de que en una España que ansiaba regenerarse no quedaba margen para la convivencia con las clases sociales que hacían organizado la guerra civil; clases sin noción del interés público, que preferían el hundimiento de la nación a desprenderse del menor de sus seculares privilegios.

La República se defendería, gracias a la entereza popular, pero, como síntoma, el gobierno Martínez Barrio denotaba un alarmante estado de espíritu en las altas regiones del régimen.

Ni la decisiva respuesta de los insurgentes a estos primeros tanteos —rendición incondicional de la República— ni el a este respecto aleccionador desarrollo del conflicto persuadieron nunca a ciertos personajes y partidos de que para la democracia española no había más opción que resistir; que la capitulación no ahorraría sangre, ni miseria ni dolor, pudiendo sus consecuencias, previsiblemente, rebasar en gravedad a los desastres de la guerra; y que la salvación de la República anidaba, aunque se perdiera esta importante batalla, en sustituir la política del compromiso, de la paz y la concordia, del no saber qué hacer con el régimen ni con sus enemigos, por otra de claridad en el propósito, conocimiento de los problemas nacionales e insobornable resolución ejecutiva.

Lo cierto es que el 19 de julio se insinuó ya una actitud desmayada y errónea ante la guerra civil en medios sobremanera influyentes de la República, y que este error, de recibir el favor de las circunstancias en el decurso de la contienda, podía serle fatal a la democracia española.

El pueblo recibió con tales muestras de disgusto y reprobación al gobierno de la utópica componenda, que los autores de la iniciativa hubieron de despertar en seguida a la realidad.

José Giral, político español.
José Giral, político español.

Don José Giral formó otro ministerio, con generales republicanos en los departamentos de mayor responsabilidad en aquel instante. Gobierno republicano, moderado y todo lo demás, para que no se asustaran ni los facciosos ni las cancillerías. Poco o nada se ganaba en el exterior con esta farsa y mucho se perdía dentro en ímpetu, en eficacia y en autenticidad.

El gobierno Giral surgía en puntual coincidencia con el comienzo de la rebelión en la Península. Al quebrar el alba rompían marcha en Barcelona los regimientos desleales sobre una ciudad que parecía reposar confiada, pero que no dormía.

El temple moral de las masas, cuyo lema era el animoso y expresivo ¡No pasarán! pronosticaba el fracaso cierto del alzamiento en Madrid. El factor sorpresa había desaparecido después de iniciada la rebelión en África. Las precauciones adoptadas por el gobierno en la capital de la República eran adecuadas al peligro.

Los centros oficiales se hallaban rigurosamente custodiados protegidos con barricadas v sacos terreros. Desde las primeras horas del domingo las milicias recorrían la ciudad en taxis u otros vehículos o se estacionaban ante los edificios oficiales a la espera de noticias y de armas, al tiempo que las fuerzas policíacas patrullaban por los lugares amenazados. Los cuarteles seguían estrechamente vigilados desde fuera.

El lunes —escribía Carlyle del París que iba a asaltar la Bastilla— la inmensa ciudad despierta, no a la industria del día de trabajo, sino a otra muy distinta. El obrero se ha trocado en combatiente; solo necesita armas.

El 19-VII-1936 no era lunes, sino domingo, y para el pueblo español no amanecía un día de fiesta, sino una jornada de muy diferente emoción, y como el pueblo de París, solo necesitaba armas.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 274-279.

El cuartel de la Montaña

No entra en mi designio escribir la historia de la guerra civil, si por tal cosa se entiende la narración eslabonada de los tremendos acontecimientos que se desarrollaron en España en los treinta y tres meses que duró la resistencia organizada de la República a la agresión de los insurgentes y sus aliados extranjeros. Pero no pueden faltar en estas páginas hechos tan expresivos y memorables como son las jornadas de julio en Madrid y Barcelona.

Unas escaramuzas, sin rango de novedad, entre las milicias y los fascistas, que disparaban desde azoteas y, al parecer, desde algunas iglesias, anunciaron la ruptura de hostilidades en Madrid. El proletariado asaltó los centros políticos de la reacción y tornó a quemar iglesias y conventos.

En curso estos incidentes, se sublevó el regimiento de artillería de Getafe y bombardeó el aeródromo vecino; tras porfiada y sangrienta lucha con la aviación leal, la Guardia Civil y las milicias obreras, hubo de someterse.

El cuartel de Ingenieros del Pardo quedó desierto; la oficialidad condujo a la tropa hacia el Norte, en busca de Mola; entre estos soldados iba el hijo menor de Largo Caballero.

En el de Pacífico, parte de las fuerzas allí acuarteladas secundaron a Franco, y se registraron furiosos combates; mas también en unas horas aniquilaron los gubernamentales este foco rebelde. Es evidente que la exaltación popular actuó de manera positiva sobre fuerzas como la Guardia Civil, que se hubieran adherido al alzamiento de no haberse visto envueltas en este círculo de entusiasmo y heroísmo, que como todos los estados de pasión eran contagiosos.

La fuga del regimiento del Pardo denunciaba el escepticismo de los insurgentes respecto de Madrid. Madrid era la posición que mayores inconvenientes ofrecía al pronunciamiento; y se comprende con dificultad, o no se comprende en absoluto, que requiriendo la empresa de abatir a la capital de la República las energías, la intrepidez y la autoridad de los mejores capitanes del complot, los conjurados delegaran esta hazaña, primero en Villegas, que renunció, con buen juicio, y luego en Fanjul, un general sin psicología de soldado, y tan poco inteligente o tan tímido o tan abnegado, que no supo rehusar el encargo que todos, con su cuenta y razón, rechazaban.

Por sus especiales características —un vasto caserón de gruesos muros situado en una eminencia y a dos pasos del centro de Madrid—, el cuartel de la Montaña, en poder de los insurgentes, podía constituir una amenaza seria para la República.

Como todos los demás, este centro militar se hallaba celosamente vigilado por las milicias. No se le ocultaba al gobierno la equivocada inclinación de la oficialidad de la Montaña, pero, como en los demás casos, privaba la política de dejar la iniciativa al enemigo y no se salía al encuentro del peligro por temor a empeorar la situación.

Así, a mediodía del domingo se había podido congregar en ese cuartel una excitada multitud de oficiales de otros regimientos, aristócratas y jóvenes falangistas, además de una parte de los cuadros de mando de la tropa allí domiciliada. De aquí tenía que proceder la ofensiva principal contra los órganos vitales del Estado republicano, movimiento que acaudillaría el general Fanjul.

Pero el general se hizo esperar más de lo que la impaciencia de sus secuaces deseaba y mucho más de lo que el éxito del ataque requería, y hasta las primeras horas de la tarde no apareció entre su gente. Aun entonces Fanjul dilapidó un tiempo valioso en discursos y arengas superfluos, en declarar el estado de guerra, en anunciar la instauración de la dictadura militar y en otros prolegómenos de índole política. Para irrumpir en la calle eligieron los amotinados las últimas horas de la tarde.

El cuartel estaba ya sitiado como en ningún momento anterior, y el hormiguear del pueblo por las vías adyacentes preludiaba que aquellas fuerzas se encontrarían, en cuanto salieran de la fortaleza, frente a una masa humana indomable.

Declinando la tarde, sin embargo, tampoco abandonaron los rebeldes el cuartel, y prefirieron iniciar las hostilidades con una descarga de fusilería o ametralladora. Esta mal aconsejada agresión fue el toque de alarma que conjuró la resistencia de los de fuera y señaló el comienzo del asedio. En seguida se generalizó el fuego y la batalla absorbió a los bandos.

Uno a cubierto tras los espesos muros del cuartel, otro disperso por edificios y esquinas, o parapetado en árboles y barricadas. El gobierno había distribuido al cabo las armas ligeras de que disponía, y las milicias estaban mejor provistas de medios de combate; pero era corto el número de fusiles completos de que podía hacerse uso, dado que en el cuartel de la Montaña, precisamente, se guardaban cincuenta o sesenta mil cerrojos de fusil, circunstancia que acrecía la urgencia, para los republicanos, de extinguir este foco faccioso.

Estaba de manifiesto que los insurgentes habían optado por la defensiva. Les faltó resolución para desafiar al pueblo en la calle y se constituyeron en cercados, creyendo, tal vez, que otras fuerzas de la sedición llegarían a tiempo para levantar el sitio.

Pero no habían de venir tales socorros, y los guardias de Asalto y las milicias populares, rápidamente reforzadas por nuevos grupos de obreros armados y por oficiales leales del Ejército, se hubiesen bastado para desorganizar a las tropas en el supuesto de que hubieran intentado salir.

Ante aquella Bastilla se agitaba un pueblo enfurecido, la masa desesperada de toda auténtica revolución, los de abajo, provistos de la más varia y curiosa armería.

Solo faltaba, quizás, para rematar el parentesco de la ocasión con el inolvidable asalto a la fortaleza de París, la triunfal llegada del cañón del 75, que entró en escena con el entusiástico cortejo de una muchedumbre de chicos y grandes, procesión hermana de las turbas que arrastraron el cañón del rey de Siam.

El arribo de la artillería reforzó el asedio de la hueste insurgente. La calle atacaba con dos piezas del 75 y una de 155 mm., con ametralladoras, fusiles y pistolas. Un potente altavoz de los gubernamentales invitaba a lo soldados a desertar.

Dos carros blindados de asalto patrullaban por la plaza. Del cuartel hacían fuego con artillería ligera, morteros, ametralladoras y fusiles. Pero restablecida la situación en Getafe y Cuatro Vientos, la aviación leal comenzó a arrojar hojas intimando a lo facciosos a la rendición y amenazando con bombardear.

Al finar el domingo, la posición de los sitiados era insostenible, pero continuaban resistiendo. De madrugada rechazaron un ultimátum, y la aviación republicana bombardeó el cuartel.

Bien entrada la mañana del lunes, se vio una bandera blanca en una de las ventanas; los republicanos suspendieron el fuego, y las milicias, o la masa popular trataron de aproximarse a la fortaleza. Una ráfaga de ametralladora les cortó el paso, con bajas.

Probablemente, algún soldado quiso rendirse sin conocimiento de los oficiales. Este incidente se reprodujo dos veces más en el curso del día, exasperando a los sitiadores muchos de los cuales carecían de armas y contaban con obtener las de los sublevados.

Los oficiales republicanos lamentaban la animosa imprudencia de su aguerrida e insumisa tropa. Había que dejar —decían— que la artillería y la aviación forzaran al enemigo a entregarse. Pero ni la cautela de los mandos profesionales, ni la ciencia militar se avenían con la impulsiva y temeraria resolución del pueblo, que atropellando a sus líderes se lanzó, al fin, con su precario armamento, al asalto del cuartel.

La moral rebelde estaba muy quebrantada. Los ataques de la aviación les habían impresionado en extremo. El incesante bombardeo, la incomunicación en que se hallaban, la desmoralización de la tropa, les señalaban ya la inutilidad de persistir en la resistencia.

Las milicias se dispararon hacia el cuartel. Los primeros atacantes recibieron el fuego enemigo de cara. Para la masa que los siguió ya no hubo peligro.

De los sitiados, pocos escaparon con vida. Unos se suicidaron, otros perecieron al hierro de los invasores. El general Fanjul fue salvado con dificultad por la oficialidad de Asalto, que le precipitó en un coche blindado.

Ese fue el histórico asalto del cuartel de la Montaña por el pueblo de Madrid, hazaña sombreada por una tragedia no menos espeluznante por pronosticada en aquella sentencia que nos advierte que seremos tratados según las obras de nuestra mano, como Haman expiró en el garabato que él mismo levantó para Mordecai.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 279-283.

¡A la sierra!

Madrid despertaba lentamente de su larga y acongojante pesadilla. En la capital, el enemigo estaba desorganizado y sometido. Con todo, el peligro no había pasado. Mola bajaba del Norte por la ancha meseta, sin obstáculo, con diez mil hombres, abundante artillería y algunos aeroplanos.

Milicianas republicanas en el verano de 1936.
Milicianas republicanas haciendo un descanso en los combates en el verano de 1936, en la sierra de Guadarrama.

Al grito de A la Sierra!, el pueblo de Madrid le salió, alborotado, al encuentro. En los vehículos más diversos —taxímetros, camiones industriales, autobuses, autos particulares requisados— la masa popular, sin oficiales, sin armas apenas, volaba por las carreteras que enlazan Madrid con el Norte. Los insurgentes habían ocupado el Alto del León, a caballo sobre ambas Castillas, y se habían distribuido por los parapetos y trincheras construidos en el período que Gil Robles regentó el ministerio de la Guerra.

Desde estas posiciones camufladas segaban a las multitudes que corrían ciegas, con incauta decisión, a alcanzar las alturas. Unos milicianos se internaban en territorio dominado por el enemigo y continuaban el avance con riesgo de ser copados; otros se daban de rostro con las ametralladoras insurgentes; otros, en fin, ascendían sin oposición a lugares donde, gracias a tanto intrépido entusiasmo, tendría pronto la República firmes bastiones.

En algunos puntos las fuerzas de Mola tuvieron que retroceder, y vieron los facciosos sin demora que tenían delante, en cierto modo, al pueblo que desconcertó a Napoleón.

El Alto del León, no sin disputa, continuó en poder del enemigo, pero en las demás eminencias del Guadarrama ondeaba la bandera de la República. Dos columnas de milicianos habían pasado la Sierra; una con Segovia como objetivo, otra camino de Ávila, a cuyas murallas llegaría a dar vista. Con pan y hierro se va a China. Pero hubieron de replegarse para no ser copadas.

Mientras tanto, otras columnas de voluntarios rompían por los demás puntos del horizonte madrileño, confundidas también con la Guardia Civil y las fuerzas de Asalto. En la ruta de Zaragoza, las milicias entraron en Alcalá de Henares, avanzaron sobre Guadalajara, donde se defendían con denuedo los insurgentes al mando del turbulento general Barrera, que allí fue pasado por las armas. Dominado este lugar, los milicianos continuaron a Sigüenza, y la ganaron para la República, y prosiguieron hasta la raya de Aragón.

El mismo pueblo abatió la insurrección en Toledo, pero los facciosos, ejecutando un plan meditado, se refugiaron con mujeres y niños en el inexpugnable Alcázar, donde luego se desarrollaron episodios dantescos.

Madrid, con su ancho cinturón melancólico, pertenecía al cabo a la República. El noble pueblo madrileño y las fuerzas leales habían alcanzado la victoria sobre el alzamiento en las jornadas más críticas —se creía entonces— para el régimen. Y de Barcelona y otras provincias llegaban nuevas alentadoras. La epopeya popular de Madrid no era, por ventura, una excepción.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 284-286.

El pueblo de Barcelona

En las primeras horas del 19 de julio, los regimientos sublevados en Barcelona abrían fuego sobre las patrullas de Asalto. Las tropas acuarteladas en Pedralbes avanzaban hacia la plaza de la Universidad y la plaza de Cataluña, probablemente con el propósito de unirse a las fuerzas del cuartel de Atarazanas, que de subir por las Ramblas y establecer contacto con esta columna en el corazón de la capital haría sobremanera dificultosa la defensa, por no disponer allí la República de medios de combate equivalentes.

Pero la oficialidad facciosa de las Atarazanas se situó a la defensiva, y protegida, como el gobierno militar y en cierta manera Capitanía —desde donde los generales Goded y Burriel y el capitán López Varela dirigían la insurrección— por una ametralladora que habían emplazado los insurgentes en el monumento a Colón, se atenía, sin duda, a conservar aquel importante distrito.

La Guardia Civil, a las órdenes del general Aranguren, permaneció leal a la República, a imitación de la guardia de Asalto. Estas fuerzas aguantaron con tenacidad los primeros ataques de los sublevados, y secundadas por las milicias hostilizaron con algún efecto a la tropa en la calle de las Cortes y ante la Universidad.

No pudieron, sin embargo, impedir que el Ejército, con su artillería, llegara a la plaza de Cataluña, y ocupase, entre otros edificios de valor militar, la Telefónica. Pero ocupar la plaza de Cataluña y acampar allí exponía a los insurgentes al asedio. De las calles adyacentes se disparaba contra la columna, y los militares se defendían con las piezas del 75 contra los edificios y enfilando las avenidas con las ametralladoras.

Convocado por el estruendo y el peligro, el proletariado subía, entre tanto, de la Barceloneta y barrios populosos del puerto hacia la plaza de Cataluña. Una ametralladora, emplazada en una de las esquinas, contuvo a la multitud, pero a su vez, los milicianos, apostados en los árboles y en los quicios de las puertas, iban a detener durante cinco horas preciosas el avance del Ejército hacia Atarazanas y Capitanía.

A esta altura del conflicto, la escena está ya dominada por el tumultuoso pueblo de Barcelona.

El pueblo se derrama por las calles con el frenesí de las muchedumbres embaladas a lo épico. El heroísmo es tan contagioso como el miedo, el otro extremo de la psicopatología colectiva, y no hay poder humano que resista a una masa popular en vena heroica. Una vez que el instinto de conservación ha sido encadenado por el entusiasmo, nada hay imposible para la multitud.
El peligro tira de las turbas como un imán, el sacrificio convoca los mejores atributos de la especie, y la muchedumbre se emborrasca con la incoercible grandeza de una fuerza natural. En estas condiciones, una revolución es una tempestad: todo zozobra ante ella. Frente al delirante proletariado de Barcelona, los planes militares de los rebeldes tenían que fallar y fallaron.

No se puede hacer la guerra en una gran ciudad con un enemigo a quien la ignorancia de las reglas militares le consiente audacias increíbles e imprevistas. Con golpes de mano, hombres del pueblo tomaron puestos de ametralladoras que parecían irreductibles, militarmente inasequibles. Por procedimientos asombrosos se adueñó la masa popular de varios cañones, que pronto bombardearían la Telefónica y Capitanía General.

El flanco más débil de la rebelión, la falta de apoyo popular, se evidenció en Barcelona como en Madrid, sin pérdida de tiempo. En cuanto se les presentaba coyuntura, los soldados se pasaban a las filas republicanas y fraternizaban con las milicias. La moral de la tropa era francamente baja.

A mediodía del domingo se combatía en varios puntos de la capital con furor. Pero la insurrección había recibido ya un golpe mortal.

En la mañana del lunes, Capitanía sufrió un fuerte bombardeo y fue asaltada por las milicias. La oficialidad que rodeaba al jefe del alzamiento, pereció por la mayor parte. Goded salvó la vida, de momento. Conducido a la Generalidad se dirigió por radio a sus amigos y les aconsejó que se rindieran. Mala suerte, les dijo.

Goded era valeroso, inteligente y franco, pero inveterado conspirador.

Sólo restaba ya por sofocar la rebeldía del cuartel de Atarazanas. Las milicias decidieron asaltarlo, y montando dos ametralladoras en un camión abierto se lanzaron contra la vasta puerta principal, al suicidio, o a acabar de una vez. Los insurgentes, paralizados se sometieron.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 283-284.

Las columnas infernales

El 19 de julio, el pueblo español salvó a la República, y no por última vez. La salvó a fuerza de sacrificio y de heroísmo, como hemos visto. Sin duda, en el otro lado también había héroes y patriotas, pero las oligarquías que los dirigían tenían probada su perversidad y las ideas que impulsaban aquel movimiento eran, a la luz de la razón perniciosas.

El pueblo luchaba por el pan y la escuela y por la libertad, incluso para sus enemigos; pero ante todo por su vida, dado que los insurgentes perseguían su exterminio. Los generales y los aristócratas peleaban por perpetuar el hambre y la ignorancia, por la subordinación de la sociedad civil a la fuerza bruta, al Ejército; por el libertinaje para los poderosos y la esclavitud para los débiles; la República nunca amenazó su existencia física como ellos amenazaban la del pueblo.

El fanatismo o la ciega superstición podía estimular a algunos de los sublevados a desear el martirio o la gloria, pero la historia testifica, como he dicho, que una oligarquía degenerada puede saber morir, circunstancia que no amengua, sino que acrece, su peligrosidad, por cuanto pone en la defensa de la impía desigualdad, de la corrupción, del oscurantismo y del poder despótico, bríos dignos de más noble causa.

En una guerra civil, en suma, la abnegación y el altruismo han de valorarse a la luz del ideal que tratan de favorecer, y el ideal de los insurgentes era funesto para España.

Dominado el alzamiento militar en Madrid y en Barcelona, la guerra civil entraba, en la zona republicana, en una nueva fase. La revolución que debió haberse hecho en el siglo XIX o, al menos, en 1931 estaba en marcha. Se debía a la aristocracia y a los generales una subversión que los republicanos se guardaron mucho de producir.

Los sediciosos habían destruído los restos de las antiguas instituciones. Habían disuelto el Ejército. Habían roto el Estado. Habían aniquilado el viejo orden. Cuanto quedaba de la monarquía seudoconstitucional y de la República de los abogados desaparecía por horas en el informe montón de lo inservible, lo utópico y lo irreal

La futura constitución de la nación española estaba naciendo no escribiéndose en la arena, como en 1931. El instinto de conservación de la sociedad buscaba una salida al nuevo día o a la nueva era. Bajo el humo de los templos, entre el fuego de las trincheras y los estertores de la anarquía se habría paso, penosa, dramáticamente, otra sociedad.

Pero entanto se formaba en las entrañas de la sociedad la nueva constitución o el nuevo Estado, el caos seguiría su curso. España estaba haciendo, con el retraso que se advierte, su Revolución francesa; media España, se entiende. El pueblo de Madrid y Barcelona luchaba como el pueblo de París al cerrar el siglo XVIII.

España, en lo fundamental, vivía en aquella época. ¿Quién nota la distancia entre una y otra edad? Las clases sociales que asaltaban a la República discurrían con las ideas que la filosofía denunció hace dos siglos. ¿Y qué valía que viviéramos en la edad de la industria?

El pueblo español se defendía de la rebelión con las manos, con picas y palos, con las herramientas de labor o con armas tan primitivas como las de los asaltantes de la Bastilla. La teoría de que en nuestro tiempo no puede hacerse la revolución con barricadas resultó, en realidad, inaplicable a la España de 1936. El número y la intrepidez de las turbas mantuvieron a raya al brazo del Estado, al Ejército.

Todas las revoluciones tienen mucho de común entre sí, pero la española de 1936 sorprende por su curiosa analogía de fondo y de forma con la Revolución francesa. Ese pueblo español se parecía ostensiblemente al francés de centuria y media antes. Su mentalidad era la misma, idéntico el problema histórico que trataba de resolver.

Milicianos vestidos con ropas litúrgicas
Milicianos vestidos con ropas litúrgicas tras el saqueo de una iglesia. Madrid, 1936

También provocaría la intervención extranjera en España un rampante nacionalismo popular. Madrid y Barcelona y Valencia verían partir a sus columnas infernales y a su Armée revolutionnaire (especializada en desmontar el culto católico), al mando de los Durrutis y los Ascasos, contrafiguras de los Rossignol y los Ronsin. (Ronsin admitió que sus tropas eran el elixir del hampa de la tierra), Madrid tendría sus matanzas de noviembre, como París tuvo las de septiembre, por otro nombre severa justicia del pueblo.

Y habría carmañola completa, especialmente en Barcelona; carnaval revolucionario o lupercales de la democracia como solo se vieron en Revolución francesa. Una bacanal de disfraces, barbas de treinta días, la nigromancia anticlerical danzando en torno a las hogueras de misales y sotanas, exposición de momias auténticas, y en el campanario un loco tocando furiosamente a rebato. Juicio final necesario, al parecer, para que nadie se burle de los Derechos del Hombre

Estas son las consecuencias de querer poner fin al desorden con la guerra civil.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 286-289.

Las dos Españas

En lo que cabe definir como su fase nacional, la guerra civil ofrecía un sesgo definitivamente favorable a la República y a la revolución. La mayor parte de la aviación militar y el grueso de la flota de guerra permanecían al servicio del régimen. Por el gobierno legítimo quedaban: Madrid, Cataluña, todo el litoral levantino Murcia, Almería. Jaén, Málaga, parte de Extremadura Ciudad Real. Toledo (con los insurgentes en el Alcázar), Guadalajara. Cuenca, Bilbao, San Sebastián, Santander, Asturias (salvo Oviedo).

Parecía incuestionable que el conflicto, aunque largo y enconado, habría de resolverse en contra de los sublevados. Concluyó, sin embargo, como bien sabido es de muy otra manera, asunto que estudiaremos en seguida. Antes, es de interés llama la atención del lector sobre un fenómeno de enorme significación, a mi juicio, siguiera solo sea visible para quienes exploren las regiones más profundas del desastre.

Este fenómeno es la desigual respuesta de la nación a alzamiento de las oligarquías. En cuestión de pocas jornadas España se dividió en territorio faccioso y territorio leal. Dos Españas se odiaban y se batían. Pero no las dos Españas metafísicas que han descubierto los liberales, haciéndolas arrancar de los Reyes Católicos o de Felipe II: no la España católica y la España liberal.

Las dos Españas que se despedazaban eran la enferma y la sana en punto a la estructura de la propiedad y al carácter de la economía. Bajo la República permanecían las dos regiones industriales y mercantiles del Norte; Asturias y la costa vascongada; todo el Oriente, Cataluña abajo, hasta Almería y Málaga, y Madrid, con la Castilla que domina.

Espontáneamente, pues, se alzaron por la República las regiones industriales y mercantiles, las zonas de clase media y proletariado moderno.

Mapa de España durante la Guerra Civil Española.
Mapa de España durante la Guerra Civil Española.

Por el contrario, los insurgentes se adueñaron, sin apenas hallar oposición —lo que hace más heroica y honrosa la que encontraron— de toda la España socialmente enferma: de la Galicia y Castilla minifundistas, de la Andalucía y Extremadura latifundistas. Esto, en línea general.

A buen seguro, esa peculiar distribución del territorio en faccioso y leal, en absolutista y liberal, aunque no se nos mostrase tan ajustada a las condiciones sociales valdría, a mi entender, por la más honda lección de historia que cabe extraer de la guerra civil. Descubre la raíz del drama nacional en nuestros días, y confirma que la República o la democracia parlamentaria solo puede aclimatarse en las regiones de clase media, preferentemente allí donde están algo desarrollados la industria y el comercio.

La enseñanza es notoria: por la misma razón que la República burguesa, liberal o mesocrática no pudo penetrar en las regiones latifundistas y minifundistas, el absolutismo es planta que ya no prospera en Madrid, ni en el Levante ni en las mayores ciudades del Norte, aun siendo católicas.

Que estamos ante dos Españas es de toda evidencia, Pero no la de los curas y los librepensadores, sino la España civilmente aniquilada, medieval, estática, misoneísta, sin comercio con Europa: la de Galicia, Burgos, Salamanca, Pamplona, Sevilla, Cádiz, etc., y la España moderna, ganosa de progresar, dinámica, filoneísta, abierta a la corriente del espíritu europeo: la de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao.

Media España ha progresado, a otra media ha quedado estancada, y por esta razón lo que hasta el siglo XIX, por estar toda la nación igualmente atrasada, pudo ser el drama de una minoría ilustrada, se agranda y aclara hoy como drama geográfico y económico.

El conflicto entre dos Españas no existió realmente hasta nuestro tiempo. Lo que los liberales llaman las dos Españas carecía hasta hoy de expresión geográfica, y no eran dos Españas. De una parte estaba el grueso de la nación, de otra una élite intelectual.

No había, en rigor, tales dos naciones, sino una España agraria y supersticiosa que abrumaba a un grupito de filósofos y humanistas sin influjo sobre el pueblo ni sobre clase social alguna. La clase social capaz de recibir las ideas de Renacimiento, la burguesía, no existía en España en el siglo XVI.

Hoy, el problema es distinto. Un hemisferio español vive aún en la Edad Media, el otro ha avanzado política y moralmente hasta el siglo XIX. Ahora sí que España está partida en dos. Dos maneras de propiedad, dos mundos económicos, dos tendencias morales y políticas de difícil compenetración.

En contacto con el mar, con la industria y con el extranjero, el vasco y el catalán que hasta ayer era carlista ha ido abrazando la tolerancia religiosa. Lejos del mar y de las factorías y del comercio, el navarro y el castellano continúan abominando la libertad y la civilización; el gallego, cogido en la red minifundista, no puede defenderlas, y el andaluz, siervo de la propiedad señorial o anonadado por el hambre, es fácilmente sojuzgado por la oligarquía.

No es la religión lo que divide ahora a España en absolutista y en republicana, por decirlo de algún modo, sino las condiciones de vida, cada día más diferentes, de las dos naciones económicas diseñadas. La reacción de cada zona al estallar la guerra civil, la facilidad con que perdió la República el Oeste, el Noroeste y el Sur y la rapidez con que fueron arrollados los insurgentes en el Norte. en el Levante y en Madrid vinieron a subrayar, justamente, la misma incompatibilidad que originó la explosión de 1936.

El efecto nos descubre la causa. Y la inferencia es esta: la República no existió jamás en la España de la gran propiedad y la propiedad atomizada. La España de los latifundios y los minifundios no solo admitía, sino que reclamaba el régimen monárquico absoluto, y la España de las grandes ciudades, de algún tráfico comercial e industrial, tenía en la República, no solo el régimen que deseaba, sino también, naturalmente, el más adecuado a su interés.

La situación que se creó al comenzar la guerra civil y partirse la nación, con imperioso motivo, en dos mitades, la agraria y antiliberal, pobre en centros urbanos, y la mercantil, industrial y mesocrática, representada por las ciudades de mayor consideración no era, apurando la tesis, sino una más palmaria. reproducción del fenómeno que se registró en las elecciones de abril de 1931, como consecuencia de las cuales fue proclamada la República.

Entonces, el campo votó por la continuación de la monarquía y ahora se avenía, en la parte en que no se sublevaba, a dejar que pereciese la República. El nuevo régimen tenía que haber introducido cambios casi cósmicos en las regiones constitucionalmente enfermas, transformaciones formidables en la economía y en el sistema de la propiedad agraria, para hacerse tan amable y adecuado a la España pastoril y rústica como lo era ya a la España urbana.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 286-292.

La pasividad de los pueblos

Bien se echa de ver, atendiendo a cuanto queda apuntado en el capítulo anterior, que los insurgentes se hallaban en una situación desesperada. Se alzaban contra el Estado, empresa siempre aventurada, y contra el pueblo, y para que todo les fuera adverso, la industria importante del país, factor indispensable para la guerra, se encontraba en zonas y regiones que permanecían bajo el gobierno legítimo de la República.

En las primeras semanas de la guerra civil, el movimiento que acaudillaba el general Franco prometía, pues, concluir como la asonada del general Sanjurjo, aunque fuese más arduo y lento el trabajo de dominarlo. La confianza o la fe de los rebeldes solo podía justificarse por los tratos que habían cerrado en el extranjero.

La sublevación militar estaba vencida y triunfó gracias al favor, en todo linaje de ayudas y socorros, de las grandes potencias fascistas y parlamentarias.

El complot aristocrático-militar contra la República española tuvo desde sus orígenes, según vimos, una ramificación internacional, debida, del lado italiano y alemán, al resuelto propósito de debilitar económica, política y militarmente a Francia y a Inglaterra. Esto es el abecé de todo el caso. Pero la simpatía de los ultraconservadores de las democracias parlamentarias por el fascismo se sobreponía al sentimiento nacionalista y patriótico.

Para la burguesía decadente de Europa y América, Hitler y Mussolini eran dos héroes, dos genios, a quienes el destino había confiado la alta y providencial faena de salvar la civilización. En París y en Londres, y en Washington no preocupaba especialmente el rearme alemán, ni la expansión de esta potencia, porque se suponía que todo ello eran los preliminares de un formidable asalto contra la Rusia comunista.

Sobre esta peligrosa hipótesis trazaron sus planes militares y montaron las grandes democracias capitalistas su diplomacia. (La razón principal, a mi modo de ver, del fulminante derrumbamiento de Francia en 1940 fue que el alto mando y la oficialidad del Ejército francés no estaban psicológicamente preparados para luchar contra la Alemania nazi.) En fin, lo cierto es que en virtud de la indulgencia con que se trataba al fascismo internacional, ya no hubo nación débil que no corriera el riesgo de desaparecer.

A este respecto, España no constituía una excepción, pero las circunstancias particulares del caso, el hecho de que fuera víctima de la primera agresión militar del Eje en Europa, la pertinaz resistencia del pueblo español, la No Intervención, la duración del conflicto, etc., vertieron luz abundantísima sobre la brutalidad del terrorismo italoalemán, así como sobre el cinismo de las naciones espectadoras.

Claro es que la República española no había sido abandonada, fuera de España, por todo el mundo, y la minoría que en las naciones democráticas se agitaba contra la cruel política de los Estados, y los animosos voluntarios que acudían a dar la vida por la causa antifascista, proclamaban, en fuerte contraste con la indiferencia egoísta en que se refugiaba la opinión internacional, que no había muerto completamente en la humanidad civilizada el altruismo ni la pasión por la justicia.

Estos héroes mitigaban con su sacrificio, aun sin proponérselo, la pésima conducta de los países de donde procedían, pero al propio tiempo, ellos y cuantos de algún modo se alzaban contra la ignominia de que era víctima el pueblo español, ponían de manifiesto, por sufrir la persecución de sus gobiernos y no obtener el aplauso de sus conciudadanos, la deplorable pasividad de los pueblos.

Hilar la historia completa de la intervención extranjera en la guerra civil española convertiría este capítulo en un libro voluminoso. Omitir la información que nos aclara como pasó el conflicto de la guerra civil a asedio de la República por las potencias capitalistas, privaría, por otro lado, al tema de su más dramático e importante aspecto. Vamos, pues, a interesarnos en la intervención extranjera hasta aquel punto en que el dato comienza a ser redundante.

La impresión o la noticia concreta de que no tardaría en producirse el alzamiento militar había ido congregando en las semanas que precedieron a este incalculable suceso a gran número de aristócratas y personajes de la oligarquía en el Sur de Francia y en Portugal, Estoril y Lisboa fueron desde 1934 importantes centros de la conspiración contra la República española, y allí pudo situarse el avión en que Sanjurjo habría de partir para dirigir la rebelión de julio de 1936, movimiento frustrado por el oscuro accidente que costó la vida a este obstinado general.

Gil Robles estaba y no estaba en el complot. Al despedirse del conde de Peña Castillo en la última sesión de la Diputación Permanente de las Cortes, alguien apuntó que su presencia en Madrid iba a ser necesaria, pero el jefe de la CEDA replicó, según dicen, que ya había hecho bastante cuando fue ministro de la Guerra.

De momento, Gil Robles se había instalado en Biarritz, pero al mejorar la situación para los insurgentes pasó, con otros emigrados, a Lisboa. Lisboa era ya el cuartel general de los rebeldes en territorio extraño, y Portugal ofrecía el raro espectáculo de una región peninsular más sublevada contra la República española. Para los facciosos se había borrado la frontera entre las dos naciones hermanas, y para los republicanos, cruzar esta raya acarreaba tantos peligros como internarse en territorio enemigo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 292-294.

La intervención portuguesa

A mediados de agosto, el acercamiento de las operaciones militares y la presencia en Portugal de una considerable masa de monárquicos españoles, que se movían allí con tanta libertad como en el territorio español dominado por la insurrección, estremecieron a esta nación, y el gobierno de Lisboa, verdaderamente preocupado, acentuó su hostilidad hacia la República vecina.

Cuantas veces se le antojaba, la oficialidad de Franco penetraba en Portugal armada y ondeando la bandera proscrita; recorría las regiones fronterizas buscando a los fugitivos republicanos, y con el siniestro auxilio de la policía portuguesa, los trasladaba a Extremadura, donde inmediatamente eran ejecutados sin formación de proceso. Centenares de republicanos, entre los que se encontraban Madroñero, alcalde de Badajoz, y Nicolás de Pablo, diputado socialista, fueron devueltos a España o entregados a los facciosos por las autoridades portuguesas.

En Lisboa, una fracción del partido de la aristocracia española, con Gil Robles y los individuos que habían desertado de la embajada de la República, habían constituido un organismo diplomático y comercial que para el gobierno portugués pasaba por la legítima representación de España. El embajador de la República, Sánchez Albornoz, estaba virtualmente sitiado y sometido a ultrajes y amenazas innúmeros. Carecía de comunicación con Madrid, ignoraba si transmitían los telegramas que enviaba, y los que recibía le llegaban con increíble retraso, amputados e ilegibles.

La entidad diplomático-comercial de los insurgentes tenía su domicilio en el hotel Aviz, y en ella se destacaban, no en buena armonía con Gil Robles, los aristócratas, algunos, nombres familiares para el lector que haya seguido las transacciones del complot. La oligarquía española se hallaba cabalmente representada por los marqueses de Quintanar, Foronda, de la Vega de Anzó y por los condes de las Torres y las Cortes. La marquesa de Rubio Argüelles, activa como el que más, representaba, sin duda, a aquellas damas de la sociedad española que afirmaban que el Rolls-Royce no era un lujo, sino una necesidad.

Una tarde, cuando doña María de Bolín me describía, como muy naturalmente y muy a menudo hacía, el esplendor de su finca cerca de Bilbao y el lujo de su piso en Madrid, me confió: Estoy segura de que usted, Sir Peter, coincidirá conmigo en que el Rolls-Royce no es un lujo, sino una necesidad.R.B.: SIR PETER CHALMERS MITCHEL, My House in Malaga, p. 108, Faber and Faber, Londres.

Mientras parte de Extremadura , permaneció bajo la República, Franco en el Sur y Mola en el Norte se comunicaban telefónicamente vía Lisboa, y se había instalado en el hotel Aviz una línea privada que ponía en relación a Burgos con Sevilla. La estratégica ventaja, para los republicanos, de la división del territorio rebelde en dos zonas, no existía en la práctica, dado que, los insurgentes pasaban de una a otra parte y se comunicaban por hilo a través de Portugal. Pero aquella situación desapareció pronto.

La aviación militar de Franco venía usando los puertos y aeródromos portugueses con absoluta libertad desde antes de la rebelión. El 17 de julio, dos hidroaviones españoles Savoia, de servicio en África, números 23 y 35, se repusieron de combustible en el puerto naval del Bonsuceso, donde más tarde, declarada la guerra civil, obtuvieron iguales facilidades los números 33 y 34.

Con la connivencia de Portugal, las tropas de Franco conquistaron en seguida Extremadura. El asalto de Badajoz les fue relativamente fácil, gracias a la superioridad de su aviación. Los aeroplanos rebeldes, todos Junkers alemanes, que bombardearon esta capital extremeña tenían su base a dos kilómetros de la aldea portuguesa de Caia, donde eran reparados y de donde salían para atacar.

No admitía duda que la dictadura portuguesa se consideraba, ni más ni menos que los insurgentes españoles, en guerra con la República. Las estaciones emisoras de radio portuguesas se hallaban al servicio de los facciosos, y una de ellas, la Unión Club, a su completa disposición. La prensa, como controlada por el gobierno, imprimía cuanta información podía quebrantar a la República española y no le era dable publicar lo que pudiera favorecerla.

Ningún apoyo regateó el Portugal de Oliveira Salazar a los insurgentes, quienes incluso pudieron negociar importantes empréstitos con los Bancos Nacional de Portugal y Espíritu Santo. Pero ninguna ayuda a los facciosos le era más fatal a la República española que la concerniente al armamento. En este aspecto Portugal prestó a Franco servicios tan oportunos como estimables.

La primera remesa considerable de material de guerra que obtuvieron de Alemania las fuerzas de Franco fue descargada en Lisboa. como se verá cuando demos noticia del accidentado viaje del vapor Kamerun.

La fábrica portuguesa de armas Barcarena les facilitó inmediatamente ametralladoras y bombas de mano, y otra fábrica, la de Bemfica, se comprometió a facturarles la totalidad de su producción. Y con frecuencia lamentable para la resistencia republicana, pasaban la frontera por Elvas cargamentos de gasolina, precioso e indispensable combustible del que andaban cortísimos los insurgentes.

Dos acontecimientos escandalosos pusieron de manifiesto definitivamente en la segunda quincena de agosto que el gobierno portugués se consideraba en guerra con la República española. El 20 de ese mes entró en el puerto de Lisboa el vapor español Romeu, procedente de Tenerife, que transportaba tropas falangistas, el ejército de la retaguardia, y tanques de gasolina. La gasolina fue descargada y transportada a Badajoz, tras lo cual el Romeu zarpó para Vigo con los fascistas a bordo y escoltado por el torpedero portugués Lima.

El otro alarmante suceso fue la entrada del vapor alemán Kamerun, con 800 toneladas de material bélico para los insurgentes, en el puerto de Lisboa. Haremos historia de esta expedición al hablar de la intervención alemana, pero es de este lugar que el 25 de agosto, el Kamerun y el vapor sueco Wisborg descargaban en el muelle de Santa Polonia tanques ligeros, aeroplanos militares desmontados, bombas de aviación y granadas de mano, Vaciaban estos vapores, al paso que los custodiaban, soldados portugueses del cuerpo de Artillería.R.B.: The Times, Londres, 25 de agosto.

Proseguir la historia de la intervención portuguesa haría monótono e interminable, como advertí, este trabajo. La agresiva política que el gobierno de Lisboa desarrollará hasta la total destrucción de la República española está inequívocamente expresada en esos primeros incidentes. Pero la actitud portuguesa requiere un comentario especial.

Portugal hizo la guerra a la República española y se declaró beligerante contra el régimen legalmente establecido en España. El cinismo de la delegación portuguesa en el Comité de No Intervención debió de asombrar a los diplomáticos más curados de espanto. Y tan desgraciada era a la sazón la política exterior británica que la procacidad portuguesa hallaba en Londres lamentable indulgencia, en parte porque el gobierno de Chamberlain era hostil a la República española y en parte porque, siendo más bajo que nunca el prestigio de la Gran Bretaña en el mundo, podría cambiar de amo el más viejo aliado de Inglaterra.

La violenta intervención de la reacción portuguesa en la política española es un error histórico evidente. Durante más de dos centurias, España y Portugal, aun habiendo conocido idéntico proceso político, huyeron instintivamente de influir en la política interior de la nación hermana. Esa tradición la ha quebrado el régimen de Oliveira Salazar.

Portugal ha contribuido espectacularmente a cambiar la forma de gobierno de España. Difícil parece que el pueblo español pueda olvidar la torpe e impolítica agresión de la dictadura vecina. El tiempo dirá si este insólito hecho va a quedar sin alguna manera de respuesta. Para lo por venir se ha roto, con toda probabilidad, aquella tradición de indiferencia en Madrid por lo que pasaba en Lisboa y en Lisboa por lo que pasaba en Madrid.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 294-298.

La intervención italiana

La intervención italiana comenzó con significativa prontitud. El 30 de julio, cinco aeroplanos militares italianos aparecieron sobre territorio argelino, en vuelo hacia el Marruecos español. Cuatro eran Savoia-Marchetti y el otro, un Savoia. Hasta el 20 de julio habían formado parte de los escuadrones 55, 57 y 58 de la aviación militar italiana. Por falta de gasolina, dos se vieron forzados a aterrizar en la zona fronteriza.

Parte de la tripulación pereció en el siniestro, parte fue capturada por las autoridades francesas. Estos aeroplanos llevaban su equipo militar completo, con excepción de bombas, y poseían abundante munición de ametralladora. No tenían número identificativo y la bandera nacional había sido recientemente sobrepintada de blanco.

Según la investigación realizada por las autoridades francesas la expedición fue preparada con precipitación, tanto por los organizadores como por los que habían de transportar los aparatos, y ello explica la falta de precauciones para ocultar la verdadera identidad de las máquinas y los pilotos. Componían las tripulaciones pilotos militares y civiles. La filiación de los militares quedó de manifiesto por documentos especiales hallados en la persona de uno de los muertos y por su pasaporte, licencia de vuelo y cartilla militar de pagos.

La expedición se formó en Bolonia, desde donde volaron los aparatos el 29 de julio al aeródromo de Elmas, en Cagliari, Cerdeña. Salieron de Cagliari a las cinco de la mañana del 30 de julio con intención de volar a Melilla. Todos los mapas hallados en las máquinas eran de origen italiano e indicaban la dirección de Melilla y Ceuta.

El tercer aparato siniestrado desapareció sin dejar rastro a unas cuarenta millas de Orán, el mismo día que llegaron los otros dos de aterrizaje forzoso a territorio francés. Por tanto, de toda esta primera expedición solo dos aeroplanos arribaron al punto de destino.

Horas después del accidente, un avión español voló sobre las máquinas italianas y arrojó un saco con uniformes de la Legión extranjera y con este mensaje en italiano:

Pónganse estos uniformes y digan a las autoridades francesas que pertenecen ustedes a la Legión, con base en Nador. Les enviaremos dos barriles de petróleo y mecánicos para que puedan reanudar el vuelo. No se metan en la boca del lobo.R.B.: The Times, 31 de julio.

Interrogados por el general Denain, los supervivientes admitieron su condición de militares y declararon que transportaban los aparatos a los insurgentes españoles.

El 1 de agosto había en Nador (Marruecos español) catorce aeroplanos militares italianos Savoia-Marchetti. El 2 se contaban veintiuno en el mismo aeródromo. Y el 24 del dicho mes de agosto, tres aparatos Caproni bombardeaban Irún y los pueblos a lo largo de la carretera de San Sebastián, mientras otras máquinas del mismo tipo atacaban las líneas republicanas cerca de Beobia.R.B.: The Times.

Todos estos incidentes disipaban, ya en el primer mes de la rebelión, cuantas dudas pudiera haber sobre la política del gobierno italiano respecto de España. Y con no menos celeridad se vio que las democracias parlamentarias no se consideraban amenazadas por tan cruda intervención.

A este tenor, fue sumamente reveladora la sentencia dictada, en el Marruecos francés, contra los seis aviadores italianos capturados. Fueron condenados a un mes de prisión, con promesa de ser libertados antes si observaban buena conducta, y a pagar una multa de doscientos francos.R.B.: The Times, 11 de agosto.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 298-300.

La intervención alemana

No vaciló tampoco el gobierno de Hitler en manifestar sin demora que tenía a la causa de los insurgentes españoles por suya, política que confirmó, con siniestro síntoma para la República española, la entrada, el 3 de agosto, del acorazado Deutschland en el puerto de Ceuta, desde donde se trasladó el almirante alemán a Tetuán para almorzar con el general Franco.

La primera prueba material que tuvo el gobierno de Madrid de la llegada de material de guerra alemán para los facciosos se presentó una semana más tarde con el aterrizaje en el aeródromo de Barajas (Madrid) de un trimotor Junker dotado de ametralladoras. Este aparato huyó así que los republicanos advirtieron que era militar, pero fue perseguido y apresado por la aviación leal cerca de Azuaga (Badajoz).

En las primeras fechas de agosto se unían en el Marruecos español a los aeroplanos militares italianos los potentes Junkers alemanes. El 5 había ya varios trimotores alemanes en Tetuán. El 12 se registraban veinte pesados Junkers de bombardeo y cinco cazas en Sevilla.R.B.: Despacho del corresponsal del New York Times en Sevilla, transmitido desde Gibraltar.

El mismo día se anunciaban desde Tetuán por el enviado de L'Intransgeant, de París, los preparativos de intensa acción por parte de la aviación rebelde y la llegada, el día anterior, de unos veinte pilotos militares alemanes. Mientras tanto, salían de los puertos alemanes los primeros barcos cargados con material de guerra para los insurgentes españoles: el sueco Wisborg y el alemán Kamerun.

El Kamerun fue detenido dentro de las tres millas, en el Estrecho de Gibraltar, por el crucero Libertad y un submarino, ambas unidades al servicio de la República. Con motivo de este suceso intervino el jefe de las fuerzas navales alemanas en el Mediterráneo y se produjo un ruidoso incidente que no dejó de alarmar al gobierno de la República española.

Los alemanes calificaron la acción de la marina republicana de crimen contra el derecho de libre navegación en alta mar, de piratería, etc. y amenazaron con tomar represalias. El 20 de agosto, la agencia oficial alemana negó, sobremanera ofendida, que el Kamerun transportara material de guerra y afirmó, apelando a los sentimientos humanitarios del mundo civilizado, que solo se proponía recoger refugiados alemanes en Cádiz.

El Kamerun quedó en libertad y siguió viaje, sin haber sido investigado su cargamento; bien que no pudiera atracar en el puerto español de destino por oponerse a ello la flota republicana. A los pocos días, como dijimos, este vapor, cuya misión, según los alemanes, no podía ser más inocente, descargaba 800 toneladas de armamento, para los insurgentes españoles, en Lisboa.

Superflua es la observación de que la República, habiendo comenzado a luchar con una aviación superior a la de los rebeldes, no disfrutaba ya esta ventaja ni por la calidad ni por la cantidad de los aparatos; y la favorabilísima circunstancia de que la mayor parte de los barcos de guerra continuara al servicio de la República también quedaba desvirtuada a poco por la acción de las flotas alemana e italiana, prácticamente beligerantes contra el gobierno legítimo de España.

Los escuadrones alemanes e italianos mantenían constante comunicación con las unidades navales de Franco; situándose con las luces encendidas frente a las ciudades del litoral orientaban a la aviación rebelde en sus bombardeos; por radio les transmitían importantes informaciones. Los rebeldes no poseían ningún submarino, y no obstante, los barcos gubernamentales eran torpedeados por misteriosos sumergibles en la misma boca de los puertos.

Examinados los fragmentos de un torpedo a raíz de la agresión que sufrió el crucero republicano Miguel de Cervantes se vio que pertenecían a un torpedo White Head, 533, fabricado en la ciudad italiana de Fiume. Esto acontecía, ya bien avanzada la intervención, en noviembre.

Seguro es que basta con lo expuesto para advertir el peligro en que estuvo en seguida, merced a la hostilidad militar de Alemania, Italia y Portugal, la República española. El escaso y deficiente armamento de que podía disponer la República, los pocos aviones de bombardeo, los casi inexistentes aparatos de protección, la anticuada artillería, las ametralladoras, los fusiles, desaparecían o quedaban inservibles con la rapidez natural en máquinas de vieja factura, enfrentadas con el material de guerra moderno y usadas sin interrupción.

La posibilidad de reemplazar aquel pobre material era cada día más inasequible para el gobierno de Madrid, en tanto que nuevas remesas, que en calidad y cantidad sobreexcedían siempre a las anteriores, enriquecían los arsenales de los insurgentes.

Testigos neutrales señalaban la abnegación y el entusiasmo de los milicianos y los oficiales de la República al tiempo que subrayaban la penuria de elementos de combate en que se debatían. Apenas los hay —escribían— que estén provistos de armas eficientes. En muchos casos los milicianos se defienden con escopetas de caza y a algunos se les han dado armas sacadas de los museos y que no han sido utilizadas desde hace cien años.

El avance de las tropas facciosas —por la mayor parte, marroquíes y legionarios— que remontaban la cuenca del Tajo recibía incontenible impulso de la aplastante superioridad que los rebeldes disfrutaban en el aire.R.B.: The Times, 19 de octubre.

Madrid corría ya serio peligro. Tres columnas convergían sobre Navalcarnero, al sudoeste de la capital. Las fuerzas de la Junta de Burgos —nombre del gobierno de Franco— parecían haberse asegurado la superioridad en el aire.

Los aeroplanos del gobierno brillan por su ausencia en todos los sectores que acabo de visitar.R.B.: JAMES ABBE, corresponsal del Morning Post en Burgos.

Los ataques de las fuerzas facciosas iban precedidos de fuertes bombardeos aéreos, que espantaban a pueblos enteros, lo que hacía que se formaran las lastimosas columnas de fugitivos, que con sus burros, mulas, carros y enseres llenaban las carreteras hacia Madrid. La artillería rebelde concentraba el fuego sobre el objetivo del ataque, y la batalla comenzaba en serio cuando los potentes aeroplanos Caproni, en grupos de tres o cuatro, aparecían con sus escoltas de Fiats.

Entonces, las posiciones gubernamentales recibían granizadas de bombas de todas clases y avanzaban los tanques de los insurgentes en número de seis a la vez, moviéndose con rapidez y maniobrando con facilidad, pero sin dejar de disparar sobre las líneas abiertas de la milicia republicana. Este alarde de fuerza se bastaría para reducir la moral de tropas veteranas incapaces de responder con armamento equivalente, y la mayoría de los milicianos están pobremente instruidos en el arte militar y más pobremente armados.R.B.: The Times, 23 de octubre.

En los Papeles Diplomáticos, del conde de Ciano (a la sazón ministro de Negocios Extranjeros de Italia), se halla la siguiente nota: Conversación del conde de Ciano con Von Neurath, ministro de Negocios Extranjeros de Alemania, Berlín, 21-X-1936.

    1. Pregunté a Von Neurath qué noticias tenía sobre la situación militar de las fuerzas revolucionarias. Carece de información exacta, pero cree que atraviesan una fase crítica de inactividad. Le digo que esta es también nuestra opinión, y que a tal respecto el Duce me ha dado instrucciones para que comunique al Führer que se propone realizar un esfuerzo militar decisivo para derribar al gobierno de Madrid.
    2. Desea saber si el Führer está dispuesto a tomar parte en esta operación. Por nuestro lado, además de las nuevas fuerzas aéreas que enviaremos, podemos facilitar dos submarinos que expulsarán del mar a las fuerzas rojas. Neurath dice que, desde luego, el Fuehrer estará de acuerdo: sin embargo, de esta cuestión se tratará finalmente durante la conversación de Berchtesgaden (con Hitler).
    3. Sobre la cuestión de España, Neurath y yo acordamos lo siguiente: (I) Esfuerzo militar conjunto inmediato. (II) Reconocimiento (de Franco) tras la ocupación de Madrid. (III) Acción conjunta, a definir oportunamente, para impedir el establecimiento y la consolidación de un Estado catalán.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 300-303.

La ayuda rusa

En vano invocaba el gobierno republicano español cerca de los gobiernos de París, Londres y Washington la ley y la razón que le asistían en su necesidad de obtener material de guerra para hacer cara a la rebelión y a la agresión extranjera. El mundo oficial de Europa y América había cerrado contra la República española, cuya tribulación se tenía por augurio cierto de su rápido fin.

Pero si las democracias capitalistas, aventurando su interés de naciones amenazadas en España, y confesando su menosprecio por los altos principios humanitarios y progresivos, se complacían en asistir a la ruina de la República, otra potencia seguía con justa alarma y escándalo de su interés el curso de los acontecimientos.

La Unión Soviética no podía desear, como parecían desearlo las democracias parlamentarias, el triunfo de los insurgentes españoles, pero si el conflicto se hubiera desarrollado como cuestión puramente interior, el gobierno de Moscú, aun debiendo, como todos los demás, favorecer a la parte que tenía de su lado el derecho, se habría abstenido, con toda seguridad, de erigir su conducta en excepción.

La intervención de los Estados fascistas creó, sin embargo, a la Unión Soviética, en el interior y en el exterior, una situación delicada y violenta. Multitud de razones aconsejaban ya al gobierno ruso no cerrar los ojos ante los inquietantes sucesos españoles.

Las sacudidas sentimentales que mueven a veces la política de los partidos y suelen constituir, ante casos como el de España, el incentivo que impulsa a los pueblos a agitarse, raramente hacen presa en los Estados. Incluso cuando un Estado ajusta su política al romántico clamor de la calle pone la mira en su interés.

Para suspender su pasiva actitud en la cuestión española, la Rusia soviética tuvo motivos tan poderosos como difíciles de ignorar para los estadistas de Moscú. Si, como torpemente se dijo y repitió, la política de Stalin respecto de España hubiera consistido en instaurar o contribuir a instaurar en comunismo en la Península Ibérica, Stalin habría probado por primera vez que no es el político sagaz que tantos triunfos a dado a su partido y a su nación.

Los gobernantes más incapaces de las democracias parlamentarias creían, o lo afirmaban sin creerlo, que Rusia se proponía convertir a España en otra Unión Soviética, porque ellos, en la situación de Stalin, no habrían descubierto otra alternativa.

El famoso complot comunista organizado en Moscú, contra el cual se alzaron, horas antes de estallar, los generales y aristócratas españoles, era un efugio fantástico, una alarma sin fundamento serio, aunque la invención de este peligro allegara positivos auxilios a Hitler, a Mussolini y a Franco allí donde el ambiente era propicio a recibir todo linaje de patrañas contra Rusia y contra la República española.

Los que, por otra parte, creyeran de buena fe en la existencia de un siniestro complot concebido y organizado en Moscú contra el Estado español, dejaban de percibir que ante la amenaza hitleriana estaba en la conveniencia de la Unión Soviética alumbrar las condiciones de un rapprochement con Francia y con Inglaterra, interés incompatible con el fomento de la guerra civil en Europa, o en cualquier país aislado, por Moscú.

El pacto francorruso y los acuerdos del VII Congreso de la Tercera Internacional atestiguaban que Stalin subordinaba la revolución europea a la más urgente y vital política de contener la expansión alemana; y nada podía ser más forastero al interés soviético que la hostilidad que provocaría en las democracias capitalistas el intento de levantar un nuevo estado comunista en España.

La acción de los partidos comunistas, a tono con la perspicacia de Stalin, se dirigió en todas partes, desde principios de 1935 a apaciguar a la burguesía; pero la burguesía no se sosegó y siguió sin conciliar el sueño porque en el periodo a que me refiero abominaba cuanto no fuera el régimen fascista. Justamente, el partido comunista español, de todos los grupos obreros, dio la nota más conservadora, o menos turbulenta, en los meses que antecedieron a la insurrección.

De otro lado, quienes propalaban la existencia del complot comunista, como quienes eran víctimas fáciles de esta propaganda, lanzaban implícitamente sobre Moscú y la Tercera Internacional una acusación de negligencia que por sí sola destruiría todos los argumentos con que se trataba de aterrorizar a las señoras devotas y a los propietarios; por cuanto no se concibe que siendo, según los ultraconservadores, tan sutiles y peligrosos los agentes de Moscú y los políticos del Kremlin, organizaran para el mes de julio de 1936 una conjura que habría de encender la guerra civil y dar el poder a los comunistas españoles y olvidaran la inexcusable obligación de facilitarles armas.

La guerra civil o de otra clase, se hace con armas, y quienes sostenían que Rusia había provocado el conflicto español, extendían de modo implícito a Stalin y los hombres de la Tercera Internacional patente de imbéciles.

La fraudulenta historia del complot comunista en España —cuya documentación tanto se parecía al protocolo de los sabios de Sión— tenía todas las características de las conspiraciones inventadas con fines públicos para justificar el movimiento contrario. Este juego es tan viejo como la historia de las luchas políticas y religiosas. Era una paparrucha, pero una paparrucha que hería a la República española, dado que vastos sectores de la opinión internacional, y no todos capitalistas, le prestaban fino oído.

La misma crisis —el peligro alemán— que indujo a Moscú a imprimir nueva orientación a la Tercera Internacional impulsaría a Rusia a no participar indefinidamente en la tragicomedia de la No Intervención. Nada preocupaba más a los gobernantes del Kremlin que el aislamiento diplomático de su nación. La antigua aspiración rusa de contar como gran potencia en Europa, revivía en el régimen soviético con nuevo vigor, debido al peligro teórico en que siempre estuvo la Rusia comunista de verse envuelta en guerra con todo el mundo capitalista.

La Tercera Internacional era un instrumento político eficaz y necesario para Moscú en tanto subsistiera su aislamiento diplomático y militar. En caso de agresión contra la Unión Soviética, los partidos comunistas podían debilitar positivamente la acción antirrusa en los países enemigos; y como para el comunismo internacional la primera tarea estribaba en evitar que desapareciese el sistema socialista que ya funcionaba en una sexta parte del globo, el interés del movimiento marxista general coincidía sin esfuerzo —en opinión de los comunistas— con el interés nacional ruso y aun con el de Rusia en cuanto potencia. Era pues, de indudable transcendencia para la Unión Soviética que la Tercera Internacional no cayera en impopularidad.

En 1936, el aislamiento político, diplomático y militar de Rusia era absoluto, a pesar del pacto francosoviético de ayuda mutua. Y la adhesión de Rusia a la farsa de la No Intervención —compromiso sinceramente observado por ella— situaba a la Tercera internacional y al Kremlin en una postura muy incómoda.

La Unión Soviética se hallaba tan obligada como Inglaterra y Francia a no contradecir las leyes internacionales que hacían a la República española acreedora a adquirir los elementos de guerra necesarios para defenderse.

Mas el incumplimiento de este deber presentaba mayor gravedad moral de la parte de Rusia que la de los demás países, por ser el español un régimen popular y recibir casi todas sus energías del proletariado. Para los partidos comunistas iba siendo labor penosa la de justificar la pasividad de Rusia ante el atropello de la democracia española.

La Unión soviética no podía abandonar a la República española sin quebrantar a la Tercera Internacional. Iba a apoyar, por consiguiente, al gobierno de Madrid; pero no era este el único motivo, ni, desde luego, el más alto. Rusia, en cuanto probable víctima de la agresión militar de los estados fascistas, comprendía que el aplastamiento de la República española por los insurgentes y sus aliados extranjeros entrañaría la victoria de Italia, Alemania y el Japón sobre las naciones interesadas en mantener la paz.

En este punto la coincidencia del interés soviético con el de las democracias parlamentarias era absoluta y notoria. Rusia temía a la guerra, y a las naciones ricas y saciadas les convenía el statu quo defendido por el pacifismo soviético.

No solo interesaba a Rusia, como debería haberles interesado a Inglaterra y Francia y los Estados Unidos, que la República española venciese a sus enemigos, evitando así que surgiera una España aliada de Alemania, sino también que España, gobernada por las izquierdas, fuera aliada de las naciones democráticas en la inevitable y próxima conflagración mundial.

De sucumbir la República, habría en Europa una nación más, y espléndidamente situada, contra la Unión Soviética. Ello enriquecería notablemente al frente fascista internacional. El potencial militar y económico de Italia y Alemania recibiría un refuerzo considerable y el aislamiento de la Rusia comunista volvería a ser tan grave como en los peores días del bolchevismo.

Siempre preocupados con romper el cerco político-diplomático contra su país y defenderse del aislamiento, los políticos del Kremlin entrevieron, sin duda, que de contribuir Rusia a la derrota de Franco y sus protectores fascistas, sin otro ademán que el de cumplir la ley internacional, podría contar en Europa con una nación verdaderamente amiga.

La posición diplomática de la Unión Soviética mejoraría, dado que el Kremlin tendría en su mano lo que siempre ambicionó: una carta diplomática importante que jugar en sus relaciones con Francia e Inglaterra, a los fines de crear las condiciones de una estrecha alianza tripartita.

Amagada por la Alemania de Hitler y el militarismo japonés, Rusia sentía esta necesidad en 1936 más imperiosamente que nunca, y bien puede decirse que a tan alto objetivo hubiera sacrificado, de no haber sido en cierto modo compatible con el de la Unión Soviética, el interés del proletariado mundial.

Por los motivos reseñados, al gobierno de Moscú no le era dable continuar sujeto perpetuamente a un acuerdo de No Intervención que solo ligaba, al parecer, a los estados democráticos, bien porque les fuese indiferente la suerte de la República española, bien porque desearan, estúpidamente, su destrucción.

A fines de 1936, cuando ya había corrido tres meses la intervención alemana, italiana y portuguesa, aparecieron en España los primeros aeroplanos y elementos de combate rusos. Pero la República nunca llegaría a resolver el problema del material de guerra, y esto la aniquiló.

A Franco le sobraba siempre armamento y a menudo le faltaban soldados; a la Republica le sobraron, tal vez, hombres y le faltaron máquinas; pero los insurgentes podían importar tropas italianas y técnicos alemanes sin tope y el gobierno republicano tropezaba con insalvables obstáculos para obtener material de guerra.

En ocasiones mejoró la situación: la proporción de las fuerzas aéreas, que llegó a ser al principio de diez o doce aparatos insurgentes por uno republicano, fue a veces de dos o tres por uno. Mas en el aire, como en ningún otro elemento, la simple superioridad otorga ventajas decisivas, y en el periodo más vivo de la guerra, cuando la batalla de Teruel, los facciosos disponían de 500 aeroplanos y el gobierno de 150.

La Unión Soviética hacía honor al deber que se había impuesto, pero el deber que se había impuesto respecto de la República española no era el que Alemania e Italia habían adquirido con los sublevados. Para Hitler y para Mussolini, la guerra de España era su guerra; para Stalin, no.

Los rusos realizaban un esfuerzo con un límite, un límite condicionado por la distancia, las posibilidades del transporte y los intereses permanentes y circunstanciales de la política soviética.

En alcance y carácter de la ayuda rusa —y de la ayuda francesa— a la República española, así como la posibilidad de haber evitado la agresión italoalemana en España, con solo que lo hubiera querido Inglaterra, son puntos que se destacan en los documentos diplomáticos del periodo. En los Papeles del conde de Ciano aparece le siguiente: Conversación entre el Duce y el presidente Goering, a presencia del conde de Ciano y de Herr Schmidt. Roma (Pallazo Venezia, 23-I-1937)

    1. Al llegar aquí, el ministro-presidente Goering preguntó que situación se crearía si fuera imposible llegar a un acuerdo sobre la prohibición del envío de voluntarios a España. En la cuestión española, Alemania se propone ir solo hasta el límite de los posible, evitando así que salga una guerra general de las complicaciones en España. Es de temer que Moscú haga de la cuestión española una cuestión de prestigio y apoye a las fuerzas rojas españolas con tropas propias en mayor medida que hasta hoy.
    2. El Duce replicó... Italia se propone llevar las cosas en España al límite, sin correr el riesgo de una guerra general. León Blum y sus colaboradores desean evitarla, y si gritan pidiendo aeroplanos y armas para España lo hacen puramente por razones de política interior. También Inglaterra teme un conflicto general, y Rusia, ciertamente, no dejará que las cosas pasen del límite.
      Por otro lado, Rusia no ha enviado voluntarios, sino oficiales y material, y desde luego, se plegaría a aceptar la derrota de los rojos.R.B.: Ciano´s Diplomatic Papers, pp. 85, 86).

De sumo interés es también para la Historia la conversación entre Mussolini y Ribbentrop (ministro de Negocios Extranjeros en Alemania) celebrada en Roma el 6-XI-1937:

    1. Si... algún nuevo factor amenaza la posición de Franco y si el logro de la victoria demandara un nuevo esfuerzo, el Duce está dispuesto a realizarlo, incluso si ello significara el envío de nuevas fuerzas regulares. Entretanto estamos resolviendo positivamente el bloqueo naval, habiéndole entregado a Franco seis submarinos y cuatro barcos de guerra más. La actitud de Inglaterra respecto de Franco es digna de examen en esta fase.
    2. No hay duda que Londres comprende que ha apostado por el caballo malo, y ahora trata de cambiar rápidamente de actitud en relación con la España nacionalista. Italia y Alemania han de estar muy alerta, pues el problema tiene particular interés para nosotros desde dos puntos de vista: el financiero y el político.
    3. En primer lugar, hemos gastado en España unos 4.500 millones. Lo desembolsado por Alemania según dijo Goering, se eleva a unos 3.500 millones. Queremos que se nos page y se nos pagará. Pero sobre todo está el aspecto político. Deseamos que la España nacionalista, que se ha salvado gracias a la ayuda alemana e italiana de toda clase, permanezca estrechamente asociada a nuestras maniobras.R.B.: Ciano´s Diplomatic Papers, pp. 143, 144).

Rusia quería poco de España; Alemania e Italia iban por todo. Rusia estaba sola; Alemania e Italia contaban con la complicidad de las grandes democracias capitalistas. Los estados fascistas intervenían con un interés imperialista agresivo; el Estado ruso cumplía un deber inexcusable y defensivo.

La desigualdad, de concepto y de impulso, que separaba a la ayuda rusa de la intervención italoalemana, era manifiesta, aunque oficialmente se divulgara la impresión contraria en las democracias parlamentarias.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 303-309.