Las Ciudades Medievales

Clase media cristiana

Cartas Forales

Libertad Municipal

Monarquía feudal

Constitución política

Aristocracia municipal

Municipio español-europeo

Clase media cristiana

Sabemos que en la Edad Media existe en España una clase media urbana y que esta clase media urbana es casi excepcional en una Europa señorial y servil. Sabemos asimismo que la fuerza política de la clase media española subsiste a través de todos los cataclismos, manifiesta en el régimen municipal. Si los árabes la favorecen, ¿qué suerte le depara la Reconquista?

Al paso que avanzan las líneas cristianas hacia el Sur, resucitan las instituciones germánicas, se acentúan las diferencias de clase y reaparece, cada vez más completo, el feudalismo, siquiera no llegue en ningún momento a afectar en Castilla a toda la población. Tenemos de nuevo el sistema aristocrático y militar imponiéndose sobre los ruinas de la civilización niveladora de los sarracenos. Mas la clase media se salva otra vez, y junto al sistema aristocrático siguen funcionando, con mayor brío político que jamás, las ciudades y el orden concejil.

Para los reyes, que presiden una auténtica anarquía señorial, constituyen espléndido hallazgo las comunidades cristianas casi autónomas, que con tan notorio éxito se han defendido, ganando incluso en prosperidad material, del peligro de la absorción racial, religiosa y política. Los cristianos mozárabes o arabizantes —como árabes, quiere decir esa voz— son acogidos por la corona como poder aliado, y por tanto, respetados en su propiedad y en sus derechos ciudadanos.

La casi autonomía que disfrutaban bajo los emires y los califas se convierte ahora en casi independencia. La clase media agrícola conserva sus tierras o recibe las que le adjudica el monarca en el reparto de lo reconquistado de los moros. A veces, con los restos de las multitudes mozárabes se formaban nuevas ciudades. La apremiante necesidad de repoblar los territorios devastados, a menudo ásperos y estériles, inducía a los reyes a halagar con todo linaje de concesiones a los nuevos moradores.

Esta necesidad tenía, claro es, doble carácter. No solo había que cuidar la riqueza; había también que establecer populosas y recias barbacanas capaces de defender las fronteras y tener a raya a los sarracenos. Era, en sustancia, una manera de colonización militar. Y para que la masa se plegara a concentrarse en un lugar desapacible y amenazado, los reyes habían de dotarla de tierras y poder militar, dos factores que implicaban notable porción de soberanía política.

Los pueblos quedaban libres de la tiranía de los nobles y protegidos contra las veleidades del monarca por las cartas pueblas y los fueros. Terrenos y montes próximos se adscribían, para el disfrute de la población, a la institución municipal; y deberá verse acaso en estas transacciones el origen de la propiedad comunal española. La propiedad, comunal o privada, garantizaba los centros de población la independencia económica; los fueros les aseguraban la independencia política. Aunque por regla general, este género de ciudades y pueblos pertenecía a la jurisdicción real y era de realengo, tributario de la corona, las cartas forales limitaban sobremanera la injerencia de los gobernadores reales en los asuntos de la localidad.

Ante todo, interesaba a la corona, según he dicho, fomentar la población, y como una de las características de la Edad Media es la ausencia de derecho uniforme y generalizado, no iba a quedar sin solución problema tan grave por fuero más o menos.

En la carta puebla que otorgó a Cuenca, invitaba Alfonso VIII (1126-1157) a cristianos, moros y judíos, libres y siervos, a que se empadronasen en aquel lugar, garantizando la impunidad y el perdón a los que tuvieran que liquidar alguna cuenta atrasada con la justicia. El nuevo concejo era, en consecuencia, asilo, y no solo para los delincuentes, sino también para los siervos fugitivos, que si lograban penetrar en el recinto municipal conquistaban una libertad casi absoluta.

Tan vivo estaba en los reyes el afán de repoblar las regiones deshabitadas, que en algunas cartas, como la de Plasencia, se establecieron penas civiles o privación de derechos para los vecinos que no procreasen. El celibato se tenía por más pernicioso que el amancebamiento; se toleró, pues, la barraganía, incluso en el clero, con una holgura inaudita, así como con evidente designio demográfico.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 31-33.

Cartas Forales

La esplendidez con que se prodigaron por la corona y por los nobles los fueros municipales ponía de relieve, a un tiempo, los estragos de la guerra, el poder de la clase media y la anarquía en que avanzaba la Reconquista. Es significativo que el fuero más antiguo de que se tiene noticia, el otorgado en Castilla por don Sancho, hijo de Garci-Fernández, sublevado contra el rey de León a fines del siglo X o principios del XI, fuera concedido por un rebelde. Ambos príncipes, el rey y el conde, rivalizaron en acrecer las libertades de distintos pueblos para atraérselos, y en esta práctica fraudulenta tuvieron origen, en ocasiones, aquellos trasuntos de república.

Cada carta puebla se extendía ad hoc para el lugar que había de disfrutarla. El fondo del privilegio solía ser el mismo, pero el número de leyes variaba. El fuero de León, de 1020, concedido por Alfonso V, el restaurador de la capital, constaba de 47 leyes; el de Sahagún, suscrito por Alfonso VI, contenía 28 preceptos; el de Toledo, otorgado también por este monarca, tenía tres partes: una para los mozárabes, otra para los castellanos recién llegados y otra para los extranjeros que allí se avecindaron.

No cabe duda que las cartas forales, cualquiera que fuese el motivo que las decretaba, promovían la prosperidad de las poblaciones. Había en todo ello algo de lo que aconteció con la revolución que acarreó la invasión árabe: fue saludable para los que se lucraron inmediatamente del cambio, mas hoy tampoco puede ofrecer duda que el futuro de España quedaba hipotecado y difícil de redimir como consecuencia del mismo hecho que hizo posible aquella mutación social. Igualmente, ahora, la política fuerista, oriunda de circunstancias anómalas, había de tener su lado pernicioso, no para los usufructuarios, con toda probabilidad, sino para los que vinieran después.

De momento era un avance político; a la larga, como pasó con la invasión sarracena, implicaría una gran perturbación. Los fueros, las behetrías, las libertades municipales prueban la superioridad de la Península Hispánica sobre los pueblos europeos de la Edad Media. Los españoles eran menos infelices en conjunto que los franceses o los ingleses; pero aquella libertad, desmesurada y anacrónica, trajo con el tiempo un fruto amargo y legó a las generaciones posteriores problemas políticos de extraordinaria complicación, aún por resolver en España. El principal lo vamos a ver ahora, con palabras de Dunham.

Aunque los beneficios hechos por los fueros -escribe- fueron, sin duda, grandísimos, e iban encaminados a serlo más todavía, no estaba falto de inconvenientes el sistema.
El apego del pueblo a aquellas cartas o fueros enflaquecía el poder de las leyes generales e introducía en cada jurisdicción separada cierto espíritu de provincia o pueblo nada favorable a un patriotismo de buena ley e ilustrado. Cada ciudad o villa se miraba como república independiente, celosa de sus fueros y privilegios, aunque estos fueran incompatibles con el provecho común, y los defendía fiera y tenazmente, a todo trance.

El espíritu de aldea recibió en España con los fueros medievales —en el momento en que fraguaba la sociedad moderna— un aliento demasiado perceptible en el indomable localismo de nuestros días. La libertad feneció, al cabo, pero las consecuencias morales del privilegio y el aislamiento sostenidos durante tantos siglos aún perduran.

Bien se alcanzaron a Fernando III el Santo (1244-1252) —el rey más cabal de la Edad Media española— los riesgos de alimentar, o de no refrenar, la tendencia fuerista y provinciana, que tanto dificultaba la obra de gobierno; pero ni los nobles, ni las ciudades se desprendían del menor de sus privilegios. Es más: a pesar de todo, Fernando el Santo también se vio obligado a despachar cartas forales innúmeras. Lo imponían las condiciones creadas por la Reconquista; y de la falta de un poder universal efectivo —sin el cual, según Hobbes, el hombre vuelve al estado de naturaleza— quienes más se resentían eran las clases inferiores de la sociedad.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 33-35.

Libertad Municipal

Los municipios españoles de la Edad Media delatan cierta superioridad política en aquel momento del mundo occidental, pero a mi parecer, esta superioridad se ha exagerado, sobre todo, por los tratadistas románticos, que atacaban a la monarquía absoluta moderna en la monarquía feudal, punto de vista absurdo. Lo que ocurre es que la clase media de nuestro tiempo se ve representada en la Historia por la clase media de aquella edad y no percibe, o la aplaude, la vena aristocrática del régimen concejil medieval.

En efecto, la libertad municipal de la Edad Media era en España una libertad de tipo aristocrático, montada sobre el privilegio, ni más ni menos que la de los nobles. Aquella democracia restringida solo favorecía a una reducida minoría urbana y coexistía a veces, como en Aragón, con la servidumbre más impía de la gran masa popular. Magnates, infanzones, caballeros y ciudadanos, aunque en conflicto entre sí, competían en debilitar a la corona, con resultados fatales, no solo para los siervos, sino incluso para la propia clase media.

Porque el rey era el ejecutivo, y anulado el ejecutivo los peces gordos devoraban a los pequeños. En cuanto tenían de excesivos los privilegios de las ciudades, despotenciaban a la monarquía tanto como los privilegios de los grandes y de los eclesiásticos; y las Cortes no se fatigaban de denunciar males y pedir remedios en vano. A la hora de las realidades, la democracia carecía de poder, por cuanto tampoco lo disfrutaba el monarca, su aliado natural en aquel tiempo.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 35-36.

Monarquía feudal

La clase media apoyaba en principio al rey contra los nobles, más siempre que no padeciesen sus fueros. Pero la monarquía no podía cercenar los privilegios de los grandes, y respetar los de los caballeros y los ciudadanos, la nobleza de las ciudades. O se sometían todos, o no había modo de someter a nadie. Los nobles trinaban contra los privilegios de los municipios, y los municipios se escandalizaban del poderío de la aristocracia y de la Iglesia. El rey favorecía a unos o a otros, para defenderse, con nuevos privilegios, con el trágico resultado de que los privilegios del vencido seguían en pie, por lo común, y los del vencedor aumentaban. Y a menudo se unían todos, nobles y ciudades, contra el rey.

El rey era la esperanza del verdadero pueblo. Y la monarquía medieval, sitiada políticamente por los nobles y por el alto clero, propendía a buscar escabel en las clases inferiores de la sociedad, para las cuales era vital que el trono preponderase sobre todos los estratos sociales. Los lugares de señorío privado y los de abadengo, o de la Iglesia, soñaban con pasar bajo la jurisdicción del monarca. Lo contrario, el paso de una villa del rey la jurisdicción señorial, provocaba una revolución.

(Cuando Enrique III (1390-1107), dio la villa de Agreda a don Juan Hurtado de Mendoza, el pueblo se amotinó.

Los vecinos de Agreda -nos dice Mariana no querían sujetarse, ni ser de señor ninguno particular, con tanta determinación, que amenazaban defenderían con las armas (si necesario fuese) su libertad.R.B.: Mariana, libro XIX, cap. VI.

Monarquía hegemónica y libertad eran, pues, conceptos sinónimos. Otro tanto se infiere de las guerras civiles y de los conflictos entre la nobleza y la corona. En las luchas de la aristocracia de toda clase y el monarca, el proletariado, los humildes, aparecen siempre respaldando al rey, aun cuando el rey sea un personaje de tan mala fama como don Pedro I el Cruel o el no menos sanguinario Pedro IV de Aragón. A don Pedro lo tenían por cruel las clases privilegiadas, pero el pueblo lo consideraba justiciero, y con ambos títulos antípodas queda su figura en la Historia.

Por modo curioso, los príncipes más feroces de la Edad Media española fueron quienes más asidua protección dispensaron a la plebe, por la cual no solían mostrar gran amor los grandes y los caballeros; y es harto probable que la furia vesánica de algunos monarcas, como los dos citados, se gestase en la turbulenta y sistemática resistencia de las clases libres a facilitar la forma monárquica de gobierno.

La monarquía se sentía inerme ante las uniones y confederaciones, ora de los nobles, ora de las ciudades, o bien de ambos estamentos, y hay sobrados motivos para dudar que las Uniones aragonesas, las Hermandades castellanas y la Germanía valenciana —esta última sobremodo cruel con los siervos moros— fueran exponentes de una afición democrática capaz de satisfacer los sentimientos igualitarios y liberales del hombre moderno.

En seguida concluiremos de estudiar la condición de la clase media, pero antes de liquidar esta alusión a la monarquía convendrá subrayar, con el ejemplo de Zaragoza, el carácter aristocrático del poder político en algunas ciudades.

La tumultuosa Zaragoza, tan habituada a humillar a los reyes, tenía su soberano inmediato en la persona del arzobispo; hasta que en 1386, Pedro IV, cuyo reinado constituyó una continua guerra contra los privilegios, abolió violentamente la dominación eclesiástica en la ciudad. Fue este rey, enemigo irreconciliable de la nobleza alta y baja, quien desgarró con el puñal —hiriéndose una mano— el fuero de la Unión en las Cortes de 1348. Pero por otra parte, las clases humildes de Aragón jamás hallaron un protector mas celoso. El siguiente caso lo corrobora.

Quiso el legado pontificio abrumar a villanos y siervos con un nuevo tributo. Aquella pobre gente se negó o pagarlo, y el legado lanzó sobre ella la pavorosa excomunión. La severidad del castigo movió a las víctimas a dolerse ante el rey, y don Pedro exigió al emisario del Papa que levantase la excomunión.
No le pudieron persuadir ni con buenas palabras ni con amenazas, y el rey que era un bárbaro dos dedos sobre la marca, mandó que le prendiesen, le sacaran luego de la prisión, le despojasen de los hábitos y le colgaran de los pies, cabeza abajo, en una torre. El legado, sobrecogido de espanto, alzó la excomunión.

La parvedad de la jurisdicción real había de retrasar el progreso de la constitución política de España. Aun siendo preponderante, la monarquía feudal española era una monarquía superlativamente limitada por el poder de los nobles, el clero y las ciudades. Lo opuesto acontecía en Inglaterra; y el lógico y normal desarrollo de la historia inglesa abona, quizás, la contrariedad con que hay que ver al monarca español de la Edad Media privado de un albedrío semejante.

La autoridad del rey inglés era mucho más extensa que la del español y la desproporción entre el monarca y el más poderoso de sus vasallos mucho más acusada. Sus dominios y sus ingresos eran enormes relacionados con el tamaño de su Estado.

Estaba habituado a imponer exacciones arbitrarias a sus súbditos; la jurisdicción de sus tribunales se extendía a todos los rincones del reino; con su poder ilimitado, o por sentencia judicial, justificada o no, podía aplastar a cualquier noble enojoso, y aunque las instituciones feudales que prevalecían en el reino inglés mostraban igual tendencia que los demás estados a exaltar a la aristocracia y disminuir a la monarquía, se precisaba en Inglaterra una gran coalición de los vasallos para resistir a su soberano y señor; mas nunca surgió un noble poderoso por sí mismo para hacer la guerra al príncipe y proteger a los barones inferiores. Hume. t. I, cap. XVII.

Entre los sucesos y revoluciones que vigorizaron al poder real en Europa menester es incluir en relevante lugar a las Cruzadas. De los barones que marcharon a Palestina, gran número malbarataron sus castillos y heredamientos, que a sus ojos habían perdido todo valor, y la corona aprovechó la oportunidad para apropiarse muchos feudos importantes, ya por compra, ya por desaparición de los vasallos.

Y lo que es no menos digno de mención, el rey se libró de personajes marciales que limitaban su autoridad. Pero España estuvo prácticamente ausente de estas aventuras, y a la monarquía española no se le ofreció coyuntura de engrandecerse a expensas de los grandes; ante bien, cada día aumentaba la fuerza de la nobleza a costa de la corona.

Y a hemos visto hasta dónde alcanzaba la justicia real en Inglaterra. En España la suprema autoridad judicial del rey se reducía a vana palabra, como atestigua la violencia con que eran recibido a menudo los funcionarios de la corona y la existencia de las honras o asilos, que les cerraban la entrada.

En otro orden de cosas, la modestia de las rentas del monarca español de la Edad Media está declarada con elocuencia en aquella anécdota que se cuenta de Enrique III (1390-1407), según la cual, el rey, al regresar un día de sus expansiones cinegéticas (en las que no debía de ser muy afortunado), supo por su despensero que no tenía cena, ni dinero para comprar nada, ni quien le fiase. Ahora bien, por los mismos años, Ricardo II de Inglaterra mantenía un fantástico tren de vida, con trescientos criados en la cocina, (El rey inglés acostumbraba invitar a su mesa, en ocasiones, a gran número de nobles.) Hume. t. I, cap. XVII.

Para mi no tiene duda que la fuerza excepcional de la corona inglesa y el espíritu de comunidad nacional que fomentó en este país la hostilidad triunfante del rey a los privilegios de clase y lugar son factores de importancia capital en la historia británica, pues permitieron a Inglaterra, aun habiendo tenido un régimen feudal más puro que España, emanciparse de la Edad Media de manera más rápida y absoluta que las demás nacionesR.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 36-39.

Constitución política

Algún historiador atribuye en parte la debilidad de la monarquía feudal española a la frecuencia de las minoridades y regencias. Esta observación tiene liviano fundamento. No hay razón para suponer que los reyes españoles disfrutaban vida más corta que los de otros países o que circunstancias arcanas los condenaban a tener prole tardía. Lo que acontecía en España era que dadas la falta de equilibrio de la constitución política y la escasa autoridad de la corona, cada vez que pasaba el cetro a manos de un niño o de una mujer se desplomaba el frágil edificio de la monarquía y el Estado.

La anarquía latente afloraba, irreprimible, en la guerra de todos contra todos. No había rey en Israel. Las ciudades andaban a la greña con las ciudades, los nobles con los nobles, estos con aquéllas, aquéllas con éstos. Los horrores que asolaron a Castilla durante las respectivas minoridades de Fernando IV (1295-1312) y Alfonso XI (1312-1350), solo eran posibles en una nación de constitución política civil dispersa y débil cimiento. ¿Y qué otra cosa cabía esperar de una sociedad militar en la cual el ejercicio de las armas no se hallaba temperado por una estricta sumisión jerárquica como la que privaba en los países de feudalismo cabal? Fijémonos de nuevo en la clase media.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II pág. 40.

Aristocracia municipal

Erraríamos si representáramos a las ciudades españolas de la Edad Media como repúblicas al estilo moderno, habitadas por una muchedumbre burguesa culta. La necesidad imponía a la urbe española una dimensión militar que a menudo anegaba su disposición civil.

El palio municipal amparaba a una multitud de fugitivos, delincuentes y siervos, masa declassée, inquieta y perturbadora. El comercio y la industria estaban de ordinario en manos de los judíos y los mudéjares. La clase dominante en las ciudades era militar, religiosa y burocrática, reproduciendo la curia romana en este aspecto. pero basando su derecho al rango aristocrático en la propiedad de la tierra, según la ética germánica.

En el municipio, la mitad de los regidores eran caballeros, la otra mitad, ciudadanos. Los caballeros guerreaban a caballo y los pecheros (esto es, los que tributaban), a pie; y el contacto con la alta nobleza en los campos de batalla, donde combatían contingentes municipales como fuerzas del rey, no podía menos de acendrar el sentimiento de superioridad de los propietarios libres respecto de las clases inferiores.

La clase media propendía a imitar a los nobles (ya los concejos gozaban su casi independencia a imagen y parecido de los señoríos), y su condición de clase territorial la distingue de la burguesía que a partir del siglo XII comienza a abrirse camino en Europa. Por eso he cuidado de no llamar a esta clase media española burguesía. Este extremo tiene extraordinaria importancia.

Para la rudimentaria economía de la época, no ofrece duda que buen número de ciudades españolas de la Edad Media eran relativamente ricas. No gravados tan pesadamente como los pueblos de señorío, los municipios florecían y con ellos la población urbana. Pero repito que los judíos (innumerables en España, como se verá) eran a la sazón, no solo en España, sino en casi toda Europa, los únicos comerciantes. (La excepción de Barcelona, en este y en otros aspectos fundamentales, en la Península Hispánica, es demasiado conocida para que la subrayemos aquí.)

Las ideas de aquella edad, que abandonaban las actividades industriales y mercantiles a los siervos ministeriales (de ahí la voz menestrales, o a los esclavos y a los judíos y moros, tenían que arraigar hondo en una nación gobernada en el orden moral como ninguna otra por el sentimiento religioso y el espíritu caballeresco, que eran inseparables.

Pudiera pensarse que las repúblicas o concejos españoles representaban, desde este punto de vista, una civilización más liberal, sobre todo, si, como advertí, caemos en el error de asimilarlos a las comunidades burguesas republicanas de Italia, o a las ciudades libres de la Hansa alemana, o a los centros urbanos y mercantiles que surgieron más tarde en toda Europa.

La constante comunicación de una clase media militar y territorial, burocrática y religiosa, con lo nobleza militar y territorial también, en riza con los infieles, imprimió su fisonomía peculiar a las ciudades españolas, dejándolas en clericales y caballerescas por lo que atañe a su clase directora. Esta élite era, o sería, en los demás países auténticamente burguesa, esto es, capitalista.

Los fueros españoles, desprendidos del Fuero Juzgo muchas veces, consagraban usos primitivos que sobrevivieron a las invasiones y añadían costumbres bárbaras, como los juicios de Dios y las compurgaciones (las pruebas por el agua hirviendo o el fuego), introducidos por los dominadores germánicos. Por ejemplo, en Aragón las leyes mantenían en vigor el derecho de vengar por propia mano los agravios recibidos. Hasta hay noticia de subsistir el antiguo y bárbaro uso de componerse por dinero el homicida con los parientes del muerto.

Los fueros de Castilla y León no aparecían menos saturados de la jurisprudencia teutónica; y aunque los papas prohibieron los usos bárbaros y explícitamente decretó la prohibición el Concilio de León en 1288, se siguieron practicando en algunos pueblos, donde, si el clero se resistía a bendecirlos, lo hacían los alcaldes o los merinos (funcionarios reales). Ello testimonia una vez más que la Iglesia era superior intelectualmente a las demás clases sociales, la clase media urbana inclusive.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 40-42.

Municipio español-europeo

Se colige de todo lo apuntado que en España, la jurisprudencia aristocrática y bárbara de los godos discurrió también por el cauce del municipio transformado. En un sentido universal, el concepto de nobleza quedó enlazado con el de propiedad, contra lo que sucedía en la sociedad romana, en la cual el linaje estaba basado en el individuo, por su propio mérito, o en el cargo eminente que representaba; y contra lo que sucedía también en la sociedad árabe, según es notorio.

Los grandes fueron conocidos, expresivamente, por ricoshombres y los nobles menores, por hijos de algo, hidalgos. Es evidente que este fenómeno no procede de la tradición romana, sino que tiene origen germánico, y no lo es menos que la propiedad fundamental de la nobleza había de ser agraria o ganadera. Una sociedad, tan influida ya por la idea aristocrática de la propiedad territorial y semoviente, y gobernada por las ideas de la Iglesia respecto del comercio tenía que quedar pegada a la tierra. Ocioso es reiterar que España (siempre con la excepción de Barcelona), vivía en la Edad Media, como casi todas la demás naciones, en franca enemistad con las actividades comerciales e industriales, que se consideraban degradantes. Sólo la agricultura, y mejor aún la ganadería estaban bien vistas.

El Renacimiento no logró sacudir en España este sentimiento ni esta política. La causa precisa buscarla, en gran parte, en el predominio de la Iglesia, pero también en el influjo de las ideas germánicas, que vinculaban el concepto de aristocracia al de propiedad, como anoté más arriba. Para ser noble había que poseer algo, había que ser hijo de algo, a ser posible, tierra o ganado, según la prescripción goda. Y esta bárbara concepción de la nobleza tuvo considerable parte en el empantanamiento de España en la última fase de la Edad Media —a pesar del progresismo castellano—, cuando ya campaba en casi toda Europa la moderna burguesía, la nueva nobleza del comercio con dinero en el bolsillo, como la llama Carlyle.

Siempre se vio en las voces ricoshombres e hijosdalgo alusión a la posesión de bienes materiales. Así las aceptó también Prescott. Algo, en la Edad Media, se usaba indistintamente para señalar valores morales y bienes materiales.
Ultimamente, Americo Castro España en su Historia opina que hijodalgo, voz románica por su aspecto, es islámica en su función semántica; fijo d´algo sería adaptación de una expresión árabe, aplicada al principio al cultivador libre de las tierras del Estado musulmán, y valdría por título de nobleza fundada en atributos morales, no en la propiedad.
Sin encargo, hasta última hora, para ser hidalgo había que tener propiedad, poseer algo, disfrutar rentas; la hidalguía se compraba. No vemos riesgo en seguir teniendo ambos títulos, el de ricohombre y el de hidalgo, como de origen germánico y alusivos a la posesión de bienes materiales.

Mientras la sociedad europea en general descansó económicamente, de modo casi exclusivo, sobre la tierra, apenas fue perceptible la diferencia entre unas naciones y otras, y fue España, por el contrario, más liberal que Francia e Inglaterra. Pero al declinar la Edad Media, la sociedad europea comienza a trocarse de territorial en burguesa. Entonces se produce una diferenciación paladina entre España y los demás pueblos occidentales. La comuna burguesa de Francia e Inglaterra no aparece en la Península Ibérica. (Seguimos exceptuando a Barcelona).

La burguesía moderna propiamente dicha, esto es, una clase social cuyos intereses residen en el comercio, la industria y la banca, la formaban en España las razas exóticas, o si se prefiere (porque muchos mudéjares eran de raza española), las clases acomodadas de las poblaciones no cristianas. Las ciudades españolas, que es donde hay que hallar a la burguesía, estaban gobernadas por una clase media que antes que evolucionar hacia el dominio de los intereses y las ideas de la burguesía se incrustaba cada día más en el marco de los valores medievales.

Estamos ya frente a los primeros síntomas del hecho que caracterizará a España en la revolución de los siglos XV y XVI. En esa especie de involución de los municipios apunta ya la reacción de la sociedad española contra el Renacimiento. Porque en vez de aburguesarse, el municipio acentúa ahora su carácter medieval. Los concejos se archiaristocratízan, y nada lo prueba mejor que la conversión en hereditarios de los cargos municipales. Aquella tendencia aristocrática del municipio español de la Edad Medía se desarrolla ahora hasta tornarse rasgo institucional. Los ciudadanos pudientes, por poco que posean, entran en tropel en la nobleza y se reparten, con carácter hereditario o no, el gobierno de la urbe.

Este meteoro social, exclusivamente español, y desde luego, proveniente de las especiales condiciones en que se desenvolvió la Península en la Edad Media, fue observado ya a mediados del siglo XIX por don Antonio Alcalá Galiano.

Si en otras muchas partes de Europa -escribía- habían tenido aumento de poder las poblaciones crecidas, había una diferencia entre estas y los ayuntamientos españoles. Entre los extranjeros, los oficios de república o concejiles estaban servidos por la gente más granada del estado llano, apellidada en francés bourgeoisie, haciendo allí el principal y el único papel los mercaderes o artesanos de más cuenta.
Entre nosotros. al revés; siendo tan numerosa la nobleza y no pudiendo toda ella poseer estados de donde sacar riqueza y poder, muchos nobles se habían dedicado a tener parte en el gobierno de las ciudades y ocupado los regimientos, llegando a hacerlos en algunas partes hereditarios.

El caso testifica que en las ciudades españolas no había burguesía cristiana, pues la burguesía no hubiera permitido ese sesgo en la vida municipal. Pero como el renacimiento del comercio y la industria que se inicia en toda Europa a fines del siglo XII alcanzó también en cierta medida a España y las ciudades continuaron floreciendo, es evidente también que había cierta industria y no escaso comercio, de acuerdo con las posibilidades de la época. Concluimos, por tanto, definitivamente, que esas actividades estaban en manos, por regla general, de los judíos y los moros. Más adelante acabaremos de verlo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 42-45.