La Clase Media

Concejo medieval español

Clase Media con los godos

Clase Media con los árabes

El Concejo medieval

La circunstancia de que ni la monarquía goda, ni la ocupación musulmana, ni la Reconquista destruyeran el régimen municipal y de que, por tanto, se salvara la clase media urbana española de las catástrofes que aniquilaron al norte de los Pirineos a este estamento, permitió a España en la Edad Media diferenciarse netamente, por sus instituciones políticas, de las demás naciones europeas, con excepción de Italia.

El sistema feudal centroeuropeo —nos dice Pirenne— se levantó sobre las ruinas de las instituciones y el Derecho romano, y en el siglo IX se extinguió la actividad municipal en las regiones situadas al norte de los Alpes y los Pirineos. Las ciudades menguaron, en parte por haberse trasladado al campo la nobleza, y en parte por la desaparición de los mercaderes. La expansión del Islam en el Mediterráneo occidental en el curso de la séptima y octava centurias se acompañó del colapso de las actividades mercantiles.

El imperio de Carlomagno, en violento contraste con la Galia romana y merovingia, era esencialmente un imperio terrestre o continental, y de este hecho capital surgió un nuevo orden económico privativo de la primera fase de la Edad Media. Las ciudades continuaron existiendo porque eran el centro de la administración diocesana, y en ellas residían los obispos y sus clérigos, pero perdieron su significación económica y la administración municipal.

Un rápido empobrecimiento sobrecogió a Europa, y quedó cimentada la nueva sociedad sobre la propiedad de la tierra. La aparición del feudalismo en la Europa occidental en el curso del siglo IX no era, en parte, sino la repercusión en la esfera política del retorno de la sociedad a una civilización puramente rural.

Desde fines del siglo VIII la Europa occidental retrocede, pues, a la sociedad agraria. La tierra es el único elemento de subsistencia y la única fuente de riqueza. No resta, hablando propiamente, otro capital.

Pues bien, en esa edad en que las ciudades de la Europa central languidecen y se despueblan, en España persisten la civilización urbana y el poder municipal. En la ciudad española, además del nutrido cuerpo eclesiástico, habita una muchedumbre de caballeros y ciudadanos, sin que falten nobles que han renunciado a sus privilegios de linaje y se han empadronado en el lugar para ocupar sus puestos burocráticos. El carácter republicano de los concejos españoles de la Edad Media es patente, bien que tenga en ellos la monarquía firme apoyo en respetando sus fueros.

Los concejos medievales españoles se distinguen del municipio romano por su condición de organismos eminentemente políticos y casi independientes, pues había consistido la misión del municipio antiguo en regular la vida económica de las poblaciones dentro de un Estado militar políticamente soberano y centralizado. Este Estado no es ya el de la monarquía feudal, sobre todo en España. Veamos ahora cómo se conservaron en España los concejos.R.B.: H. Pirenne. Economic and Social History of Medieval Europe, Londres 1937. p. 5.

Los godos, que se habían romanizado al contacto con el imperio, fueron más benévolos que los francos con las instituciones romanas, y conservaron y respetaron los municipios.

Por su parte, los árabes dejaron a las poblaciones cristianas en el disfrute de sus leyes e instituciones, con sus cuadros civiles y eclesiásticos intactos, incluso con sus condes y sus prelados y sus concilios, y bajo su gobierno los concejos funcionaron como antes de la invasión. Pero, al igual que los demás órganos del Estado español, el municipio que reaparece en la Reconquista ya no es solamente la célula social y administrativa de la época romana, ni el autónomo, pero tributario y aislado, concejo mozárabe; ahora el municipio goza una soberanía política desconocida antes: es una especie de república medieval.

La invasión árabe rompió la unidad política del Estado peninsular, unidad que jamás, hasta ahora, ha reaparecido íntegra. El otro hecho espontáneo, también debido a la guerra, es justamente esa transformación del antiguo concejo administrativo en un casi Estado.

Si los nobles, gracias a la libertad y al poder que les consiente la anarquía guerrera, fundan reinos o son como reyes, la clase media, a su vez —contagiada, además, del espíritu aristocrático, dado que también ella toma parte en la guerra, junto a los nobles— se organiza en repúblicas concejiles; y en la misma desapoderada dimensión que la independencia de los nobles impide que cuaje un sistema feudal acabado, el respetable poder político de la clase media contribuye a frustrarlo.

El hecho es que junto al régimen aristocrático feudal funciona en España una democracia municipal cuando en casi toda Europa ha desaparecido la clase media e imperan la Iglesia y la nobleza, más o menos contenidas por la monarquía.

El origen de la fuerza de la clase media española en la Edad Media está, sin disputa, en las condiciones creadas por la invasión sarracena y la Reconquista cristiana. Porque la ocupación árabe favoreció económicamente a las poblaciones cristianas, y durante la Reconquista, los reyes, y a veces también los señores, reconocieron el poder económico y la utilidad social de la clase media, y le otorgaron una amplia autonomía política. Conviene detenerse a considerar cómo se produjeron ambos hechos.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 22-25.

Clase media con los godos

Habiendo sido España la provincia más floreciente del imperio romano, es de dudar que el terrorismo fiscal de los últimos emperadores, que arruinó a la curia municipal, llegara a aniquilar a la clase media. No obstante, la Península Hispánica padeció a la postre la misma calamidad que asoló a todo el mundo romano. La propiedad territorial acabó por concentrarse en manos de una opulenta minoría, dueña asimismo de grandes multitudes de esclavos. Los godos hallaron ya a los esclavos trocándose en siervos de la gleba y en colonos, mutación impuesta por el tiempo y por la necesidad económica.

De las clases serviles bajo la dominación visigoda, la de los colonos ha sido objeto de particular atención por parte de algunos historiadores. Los había en las tierras que se adjudicaron los invasores germánicos, que fueron, como es sabido, las dos terceras partes; los había en el tercio dejado a los hispanorromanos. El colono —se nos dice— era personalmente libre, aunque adscrito a la tierra, y en la marcha general de la servidumbre hacia la emancipación, el colono, destruido en la Europa central por el feudalismo, representa en España, donde cada día se propaga más, un estado avanzado de la libertad de las clases proletarias.

Introducido por los romanos, conservado bajo los godos y los árabes y subsistente a través de las crisis de la propiedad en la Edad Media, este fenómeno social constituye una manifestación de la debilidad o imperfección del sistema feudal castellano.

Mucho se ha insistido sobre la insufrible situación que los visigodos crearon a todas las clases sociales no nobles. El fondo de ese tenebroso cuadro es, desde luego, exacto. Pero las leyes de los visigodos eran más blandas que las de las otras tribus germánicas que acampan en Europa. Gibbon puntualiza que el Fuero Juzgo (promulgado en 649) denuncia un estado social más civilizado e ilustrado que el de los borgoñones e incluso que el de los lombardos.R.B.: Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire, t. IV, cap. XXXVIII.
Guizó hace igual observación y explica el caso: El Código visigótico no contiene las leyes de un pueblo conquistador y bárbaro; es el cuerpo de leyes generales del reino, comunes a vencedores y vencidos, a hispanorromanos y godos. Es un sistema, se promulga en día fijo y del modo adecuado a una nación establecida, mientras que las leyes de francos borgoñones son, en parte, anteriores a su establecimiento en territorio romano. Esto prueba —añade— que una influencia especial dirigió la redacción de esas leyes: fue el clero.R.B.: Vide M. Guizot, Histoire de la Civilisation en Europe, París, 1855, pp. 76 y 77.

Lo que distingue a la opresión goda del despotismo de francos, borgoñones y lombardos es, de un lado, la persecución religiosa, y de otro la rapacidad fiscal. Los visigodos se crearon en los judíos un enemigo formidable, no solo porque esta nación era excepcionalmente influyente y rica en España, sino porque constituía una fracción sobremanera numerosa de la población. Y las clases libres no nobles, que no se hubieran solidarizado, quizás, ni con los hebreos ni con los siervos en la aversión a la bárbara aristocracia goda, acabaron participando del descontento general, en vista de las insoportables exacciones tributarias.

La clase media hispanorromana, virtualmente exprimida por el fisco, se hallaba amenazada de extinción. Sobre la propiedad libre plebeya pesaban los tributos militares además del impuesto territorial, y aparte ambas contribuciones, el propietario no noble satisfacía otra de carácter personal, a la que nadie, exceptuados los nobles y los eclesiásticos, escapaba.

Es más que probable que con el tiempo habría desaparecido la clase media española, sofocada por el despotismo fiscal y seguramente víctima, como en el resto de Europa, de la evolución de la sociedad hacia un sistema feudal completo y elaborado. Pero aunque los godos introdujeron el régimen aristocrático-militar y territorial que caracteriza al feudalismo, no abandonaron las ciudades, contra el ejemplo de la nobleza franca, que en el país vecino implantó por la misma época mucho más resueltamente aquellos usos. Bajo la monarquía de Clodoveo —apunta Gibbon— apenas quedaba ya en Francia estrato social alguno entre el señor, seglar o eclesiástico, y el siervo.

En suma, en España la clase media sobrevivió, como hemos visto, a la monarquía visigoda, y con la clase media, las ciudades, y con las ciudades, los municipios. En cuanto a estos últimos, "cualesquiera que fuesen las atribuciones del conde godo que vino a reemplazar al rector romano, cualesquiera que fuesen las alteraciones en el régimen interno del municipio, lo cierto es que la curia, base y fundamento del edificio municipal, vuelve a recuperar gran parte de la importancia que había perdido.R.B.: Oliveira Martins, Historia de la Civilización Ibérica, libro II, cap. I.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 25-27.

Clase media con los árabes

La fulminante conquista de España por los musulmanes destruyó el feudalismo en agraz e insufló una nueva vida a la amagada clase media. Luego, a compás de la Reconquista, iría reapareciendo la organización feudal, en gran parte debido al influjo franco, pero también reaparecía el municipio con insospechado vigor, y sintomáticamente, con nombres de inconfundible estructura árabe: alcalde, alcaide, alguacil, etc.

En un orden histórico general, la invasión sarracena representó una catástrofe inconmensurable para la Península. Mas, por lo pronto, para las poblaciones subyugadas por los visigodos y por el clero hispanorromano, el arribo de Tarik y Muza con sus ejércitos de bereberes en 711 fue un suceso venturoso. Los oprimidos, bien que lo fueran desde el punto de vista de la organización social, como los siervos y los esclavos, o alentasen difícilmente bajo la tiranía fiscal, como la clase media, pudieron respirar al fin.

Incluso los sacerdotes aceptaron con buen ánimo el cambio, al menos al principio. Los árabes introdujeron un régimen social antípoda del derribado, tanto en el espíritu como en la forma; y aunque la libertad que concedieron y la justicia que administraron, o dejaron de administrar, a los vencidos distaban mucho de ser impecables, para aquella época y atendidas las tinieblas de que surgían los españoles, entrañaban un progreso civil y político que las poblaciones apreciaron, sometiéndose de grado, por Io común, al poder intruso y exótico.

Vimos que los godos se apropiaron dos tercios del territorio, práctica seguida asimismo por los francos al norte de los Pirineos. Los árabes desplegaron una política menos sistemática en punto a la propiedad. En el Norte de España apenas modificaron la situación, abandonando a sus propietarios las tierras, y claro está, levantando la prohibición de enajenarlas, una impedimenta propia del sistema de beneficio importado por los godos. La propiedad y el propietario fueron libres en estas zonas septentrionales, siquiera cambiase pronto el régimen, pues aquí la dominación árabe solo se sostuvo poco más de ochenta años.

En el Sur luminoso y sensual, por el que en seguida mostraron predilección los invasores, tampoco fue total la rebatiña. En algunos distritos, las tierras continuaron perteneciendo a los españoles, nombre que ya comprende a los godos.

De las fincas que se apropiaron los árabes adjudicaron la quinta parte, llamada Khoms, al Estado, y los cuatro quintos restantes, a los soldados. La misma norma siguieron los sarracenos con los bienes muebles: un quinto del botín quedaba en poder del Estado, y los otros cuatro quintos se los distribuían las tropas, que no percibiendo soldada alguna, vivían de lo conquistado.

Los nuevos dominadores abolieron prácticamente la servidumbre en las dos clases de propiedad agraria que establecieron en propio beneficio: la estatal y la particular. Las tierras del Khoms dependían de los gobernadores, que se incautaban de una tercera parte de las cosechas para el Estado. Este régimen se acreditó a todas luces de liberal y soportable. Menos afortunada era la economía de las tierras de los soldados: estos nuevos propietarios se arrogaron el derecho de disponer de los cuatro quintos de la producción, renta excesivamente alta, pero menos insufrible que el estado de servidumbre.

El labriego del territorio confiscado por los árabes era, en definitiva, un arrendatario más o menos explotado, con un interés personal en la tierra. Y a circunstancia de carácter social se debió en no escasa medida el florecimiento de la agricultura española bajo los sarracenos. Por la mayor parte, los musulmanes de España procedían de países esencialmente agrícolas, como Egipto, Siria, Persia, donde el cultivo del suelo había llegado a un grado de perfección desconocido en Europa.R.B.: Ameer Ali, A Short History of de Saracens, cap. IX, p. 117.

Si los pueblos del Norte, fundamentalmente pastoriles, habían fomentado la ganadería en menoscabo de la agricultura, los árabes introdujeron la práctica contraria. Para la labranza no se precisaban dominios tan extensos como para la ganadería, y de ahí, probablemente, que los visigodos confiscasen más territorio que los árabes. A los árabes les interesaba más la calidad que la cantidad, de tal suerte, que a los africanos les dieron los ásperos y pelados yermos de Castilla y ellos se quedaron con los vergeles andaluces.

Salta, pues, a nuestra atención que la clase media española, cuyo volumen y carácter vamos tratando de descubrir, recibió enérgico estímulo con el fomento de la agricultura y con la revolución que tuvo efecto en el ámbito social y político. También alentó el crecimiento de este importante sector la inteligente política tributaria de los árabes.

Todos los propietarios, musulmanes y cristianos, cubrían las necesidades del Estado con el 20 por 100 de sus ingresos, aproximadamente. Como nadie ignora, los cristianos se hallaban sujetos a un impuesto especial, precio de la tolerancia que se les dispensaba. Pero esta exacción se regía por una escala estudiada y prudente, que ascendía de los doce a los cuarenta y ocho dirhems, unidad monetaria equivalente, céntimos más o menos, a la peseta moderna sana.

Se satisfacía en doce plazos cada año, a voluntad del contribuyente la elección de las fechas. Los cristianos ricos pagaban cuarenta y ocho dirhems, los pertenecientes a la clase media, veinticuatro, y los proletarios, doce. Los monjes, y los niños, los inválidos y los enfermos, los mendigos y los esclavos estaban exentos de la contribución político-religiosa. De esta blanda capitación podían librarse los españoles convirtiéndose al islamismo.

El trato que recibieron las poblaciones vencidas a manos del conquistador musulmán dependió de la resistencia que ofrecieron. Con las pocas ciudades que presentaron batalla, los invasores fueron rigurosos. Pero recordemos que casi toda España se rindió con sorprendente resignación; y además, los capitanes del Islam concertaron pactos aislados con los vencidos, otorgándoles condiciones rayanas en la magnanimidad.

No puede ofrecer duda de que esta magnanimidad les aseguró la permanencia en la Península, cosa en que nadie creyó entonces, por pensar los españoles que se trataba de un episodio efímero, esto es, que el invasor no había venido para quedarse. (Tampoco lo creían los árabes.)

La clase media debió de resultar particularmente favorecida en las capitulaciones, máxime siendo los judíos, aliados del invasor, el núcleo social más influyente en ciudades de suma importancia, como Toledo, Sevilla, entregadas formalmente por ellos.

Pero los verdaderamente gananciosos con la ocupación árabe fueron los siervos y los esclavos. El siervo que cambió de dueño con la revolución se transformó en colono o en arrendatario; y los parias que aún continuaron sujetos a servidumbre o a esclavitud en el seno de la sociedad cristiana alcanzaban la emancipación, en virtud de la ley del vencedor, si eran objeto de malos tratos o si abrazaban la religión del Corán. De esta manera aumentó rápida y considerablemente la población libre.

La vida urbana, mortecina o extinguida en el resto de Europa, excepto en Italia, según he hecho notar, recibió nuevo impulso en España bajo los árabes, que amaban las ciudades y el confort sensual de los climas cálidos. De añadidura, la necesidad de constituir populosos centros de resistencia contra la amenaza cristiana, invitaba a las legiones musulmanas a no dispersarse en el campo.

Factor este último fatal, por cierto, para la cohesión de los dominadores, porque, congregadas las tribus de diferentes orígenes geográficos y raciales en el angosto recinto de las ciudades del Sur, pronto reaparecieron los resentimientos y los odios seculares entre ellas.

A la repercusión que habían de tener en la esfera social el derecho democrático e igualitario y la tolerancia religiosa del árabe —tolerancia, por supuesto, con eclipses—, se unió, para desarraigar el incipiente feudalismo godo, la supervivencia del municipio, que ya señalamos. La población española, a despecho del gran número de conversiones al Islam, siguió ligada, en el orden moral, por el cristianismo, y en el plano político, por la institución concejil.

Los cristianos se gobernaban por sus propias leyes, tenían sus gobernadores propios, celebraban sus concilios y conservaban sus categorías sociales. Eran un Estado dentro del Estado. La altivez racial del árabe, reforzada por el sentimiento de la superioridad religiosa e intelectual, le aconsejaba no oprimir ni catequizar a una humanidad inferior a sus ojos, punto menos que despreciable, que, a buen seguro, tenía cerrada la puerta del paraíso.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 27-31.