La Iglesia Medieval

El clero militar

La Iglesia pacificadora

Las órdenes religiosas

Mano muerta

El Clero Militar

Que la Iglesia católica de España tenía que ser en la Edad Media influyente en grado superlativo, estuviese o no el alma nacional excepcionalmente predispuesta a aceptar con entusiasmo los atributos particulares del catolicismo, es cosa que se desprende de las condiciones en que se desenvolvió la sociedad española durante ese dilatado periodo.

No iba a resultar la Iglesia menos afectada por las turbulencias de la Reconquista que los demás sectores sociales, sino al contrario. Y por dos motivos fundamentales: primero, el carácter de cruzada que especialmente a partir del siglo XII presentó la guerra contra el usurpador musulmán, y segundo, la espantable anarquía en que se anegó la España cristiana desde el instante mismo en que árabes y africanos derribaron el endeble edificio que habían levantado los godos sobre los averiados cimientos de la sociedad hispanorromana.

La Reconquista convirtió a la Iglesia en una institución semimilitar. Los prelados peleaban con tanto arrojo por lo menos, como los caballeros seglares. Mandaban sus tropas propias, que levantaban en diócesis y ciudades episcopales y las acaudillaban en las batallas en persona, a caballo, como auténticos condotieros y capitanes.

En la famosa lid de las Navas de Tolosa (1212), vemos combatiendo con típico ardor al arzobispo don Rodrigo, ilustre historiador de la jornada; a Tello, obispo de Valencia; a otro Rodrigo, obispo de Sigüenza; a Menendo, obispo de Osma; a Pedro, obispo de Ávila.

La vecindad del islamismo acendró el catolicismo de los españoles, realidad no desmentida por los períodos de tolerancia ni por las corrientes intermedias de fe baja e insulsa. La pugna espiritual, trocada de esa suerte en algo más que expansión metafísica, no podía menos de influir en el carácter nacional.

Religión y patria fueron una sola cosa, porque el invasor construía mezquitas en suelo usurpado; y de ahí vino, tal vez, que comenzara a no concebirse por los cristianos españoles la liberación del territorio nacional y la restauración de la unidad nacional con independencia de la unanimidad religiosa.

En aquella medida en que la Iglesia y el pueblo excedían en España al declinar la Edad Media a los de otros países en influjo social y en celo religioso respectivamente habría que discernir seguramente el impacto moral de la Reconquista.

Con todo, en la Edad Media no debía de ser fácil advertir notable diferencia entre el poder de la Iglesia en España y el que disfrutaba esta institución en otras naciones. En todas partes constituía el clero una fuerza social, política y económica eminente. Preeminencia e influjo inevitables en aquella edad y que ningún historiador inteligente deplora, porque es muy probable que a la ascendencia eclesiástica en los siglos medios se debiera la salvación de la cultura y la sociedad europeas.

En España fortalecían a la Iglesia circunstancias peculiarísimas, pero en mayor o menor grado la anarquía era común a todo el mundo occidental; y de este estado de crisis profunda de la sociedad, en la cual el único sector ilustrado era el clero y la religión la única arma capaz de mitigar la ferocidad de los barones, se lucraba justamente, antes con ventaja que con perjuicio para todos, la clase eclesiástica.

Es decir, la Iglesia debía su hegemonía a la anarquía, dado que era la única institución conservadora; y hallándose España más perturbada y revuelta que ninguna otra nación, la sociedad habría de tener a prelados y sacerdotes en más, quizás, que eran tenidos fuera.

Como avino al caer el imperio romano, también ahora, en la Edad Media, el clero era la única clase de orden y autoridad, siquiera hubiese prelados que lo refutaran con sus crímenes, y aunque a menudo no fuese escuchada la Iglesia por una nobleza entregada a todos los excesos. Aquí, como cuando tratemos de la monarquía feudal, tenemos que soslayar, con el obligado homenaje a los fueros de la Historia, el peligro de confundir los intereses del hombre medieval con los del ciudadano moderno.

La Iglesia pacificadora

Innumerables factores conspiraban particularmente en España para que la Iglesia católica arraigara como arraigó, para que fuera militante y cerrada, para que no abundaran las disidencias y para que el pueblo viera en el poder eclesiástico una fuerza amiga. Todo elemento de autoridad e ilustración era en la Edad Media aliado natural de la clase media y, bien que en menor medida, quizás, de los humildes. La paz social, la seguridad personal, la propiedad de los habitantes de las ciudades no tenían enemigo más temible que la avaricia y la brutalidad de los nobles.

Perfectos forajidos, los barones, al frente de sus mesnadas de salteadores, robaban y mataban con impunidad. Se hacían de continuo la guerra entre sí, y en sus correrías asolaban campos y ciudades. Contra tales demasías y desórdenes la lglesia hizo generalmente cuanto estuvo en su mano.

Si bien los eclesiásticos imitaron a veces a los nobles en su vida licenciosa y turbulenta, la política de la Iglesia como institución no deja lugar a dudas. Exempli gratia, en 1124 el Concilio de Santiago de Compostela ordenó a los nobles que se abstuviesen de perpetrar excesos en el Adviento, la Cuaresma y las principales fiestas de la Iglesia durante un año.

Al mismo tiempo decretó que en caso de desobediencia. los perturbadores y criminales fueran perseguidos por las tropas de la propia Iglesia, hasta exterminarlos, a ser preciso.R.B.: Dunham-Alcalá Galiano, t. III, p. 276.

Además de las famosas treguas de Dios y, en España, de la actividad militar de la Iglesia, la constante intervención de los legados pontificios en favor de la paz puso fin en ocasiones a enconados conflictos o evitó que estallaran guerras inminentes y cruelísimas entre los estados.

En aquella edad, la amenaza de las sanciones espirituales sobrepujaba en poder intimidativo a las más severas penas seculares, y los salvajes guerreros, que a nada temían en este mundo, temblaban como niños ante la excomunión, que los sentenciaba infaliblemente a las hogueras infernales. Los reyes se doblegaban a la voluntad del Papa para evitar que cayera sobre sus dominios el espantable entredicho, la peor calamidad que podía sobrevenirles, según las ideas de la época, a las poblaciones.

Esta suprema autoridad de la Iglesia en toda Europa, en principio ventajosa para la sociedad y para la cultura, no dejaba de tener su lado pernicioso. La monarquía feudal, sobre todo en los países donde más flaco era su predicamento, como España, se vio limitada también por un poder que pretendía disponer de las coronas y los estados como si pertenecieran al patrimonio de San Pedro. En los siglos medios llegó a su punto más alto la dominación temporal y espiritual de Roma, y en 1203 un príncipe de Aragón, Pedro II, se declaraba feudatario de la Iglesia y hacía pleito-homenaje al Papa.

A esa época hay que adscribir el comienzo de la insólita expansión del mundo eclesiástico europeo, la aparición de la intolerancia y la irrupción del misticismo guerrero que alcanzó su altura meridiana en las Cruzadas, en la hostilidad contra los judíos y en la instauración de la Inquisición en general. Detengámonos ahora a averiguar las razones políticas —las que aún no se han apuntado— del crecimiento del poder eclesiástico en la Península Hispánica.

Alfonso X, personaje tan docto en las ciencias como impolítico monarca (al parecer, porque todavía está por estudiar esta gran figura de nuestra historia), había aprendido de su suegro don Jaime I el Conquistador, que la vía más corta para sofrenar a la levantisca nobleza era la de aumentar los privilegios de la Iglesia. Los caballeros —decía don Jaime— propenden más a rebelarse que las otras órdenes del Estado.

Esta idea la trasladó don Alfonso a las Partidas. Hasta el siglo XII, los reyes españoles entendieron en las causas eclesiásticas y conservaron el derecho de otorgar los beneficios, o cuando menos el de confirmarlos. Ya habían padecido considerablemente las prerrogativas de la corona en este asunto, pero el Justiniano español acabó de enajenar en el Papado la facultad de disponer de las dignidades de la Iglesia.

En los nueve primeros siglos del cristianismo, el clero español actuó con absoluta independencia de Roma, o por lo menos, defendió este privilegio con orgulloso tesón. Hasta el siglo XI los obispos metropolitanos y sufragáneos de España eran nombrados por el rey y recibían la consagración por sus iguales. Los monasterios, asimismo, dependían de los diocesanos, es decir, de los obispos, no de Roma. La Iglesia española se gobernaba, según hemos comprobado, por el derecho eclesiástico toledano, no por el romano.

Justamente, privando aún la disciplina toledana llegó a España un cardenal legado del Pontífice, pasó a Galicia, donde informó al obispo de Santiago de la misión que le traía, que era enterarse del estado de la Iglesia en la Península. El obispo —cuentan las crónicas— dijo a uno de sus tesoreros.

Un cardenal de la Iglesia romana viene a visitarnos; recíbele y trátale puntualmente como lo fuiste tú cuando estuviste en Roma.

Claro es que tanta independencia no podía perdurar al correr del tiempo. Ya vimos cómo reinando Alfonso VI (1073-1109) —monarca que tanto hizo por sacar a España de su aislamiento— entraron en España los monjes de Cluny, uno de los cuales, Bernardo, ocupó la silla de Toledo, recién restaurada, y distribuyó las dignidades entre sus connacionales franceses.

Como he dicho, a los cambios introducidos en la disciplina eclesiástica por el rey conquistador de Toledo siguieron los impuestos por Alfonso el Sabio, y al finar la decimotercera centuria, el resto de las prerrogativas regias, que fueron amplísimas en materia de religión durante la dominación visigoda habían desaparecido.

Las Órdenes religiosas

A compás de la supremacía de Roma se multiplicaba en toda Europa, y en España más briosamente que en ninguna otra latitud, el clero nacional. En los siglos XI, XII y XIII surgieron la mayoría de las órdenes monásticas: la de San Benito, en 1050: la de San Agustín, en 1084: la de San Bernardo, en 1135 : la de Santo Domingo, en 1213. A continuación nació la de San Francisco, y en el siglo XIV la de San Jerónimo.

Se agregó a ellas la más generosa, quizás, de todas, la de la Merced, dedicada a la redención de cautivos, problema tremendo en la Edad Media. Los cartujos, que aparecieron en España en 1390, lograron escaso predicamento, mientras eran, por el contrario, numerosos en otros países, lo cual se explica en razón de la actividad militar y misionera, obligadas en España e incompatibles con la mudez y el retiro de aquellos monjes singulares.

Las comunidades religiosas tuvieron calurosa acogida en España. La corona les dispensó todo linaje de favores. En parte porque en España, aunque los herejes no abundasen, los mahometanos y judíos eran dos naciones compactas y poderosas, que disputaban literalmente el terreno al catolicismo; y en parte, como hemos visto, porque había que fortalecer a la Iglesia para contrarrestar el poder de los nobles.

Se dieron, pues, facilidades sin cuento para los ordenamientos de clérigos. Desde el reinado de Alfonso el Sabio, las órdenes mendicantes se propagaron en España sin mesura, Nuevos monasterios, conventos e iglesias testificaron el auge de la profesión eclesiástica, que por ser la lglesia, en virtud de las condiciones descritas, sobremanera popular y gozar privilegios innumerables atraía a buena parte de la clase media.

La Iglesia era para las personas libres, pero no nobles, y para la nobleza menor, el vehículo más rápido y seguro de engrandecimiento personal. Era la única institución realmente democrática, carrera abierta a casi todo el mundo, más democrática, incluso, que los municipios, puesto que al más humilde le era dable aspirar a las más altas jerarquías eclesiásticas. Por la lglesia se ingresaba en la nobleza; entre la nobleza eclesiástica y, la seglar no había diferencias de rango ni privilegio. Formando parte de la Iglesia se podía llegar a medirse en dignidad y fortuna con los grandes y aun a humillarlos.

El ordenado podía seguir carreras y alcanzar en el Estado puestos vedados a los plebeyos seglares. La pitanza segura y el respeto, o la admiración, de una sociedad devota esperaban al clérigo en ciernes. La economía no seducía, por lo común, más que a los judíos y a los mudéjares.

La ética medieval, que oportunamente acabaré de definir, se había apoderado del espíritu de una población cristiana nacida y formada en la exaltación de lo religioso y lo caballeresco con efusión más viva que en el resto de Europa. Ser caballero o religioso constituía ya la obsesión de todo español que se estimase.

A la caballería se entraba por una puerta angosta; la Iglesia, en cambio, tenía ancho umbral. Los eclesiásticos disfrutaban iguales bienes y privilegios temporales que los nobles. Obispos y abades, iglesias y monasterios tenían sus tierras y sus siervos propios. Los prelados eran, además, señores feudales. Todo el personal de la Iglesia, con sus vasallos y sus siervos, vivía al margen de la jurisdicción civil, sustraído a los tribunales seculares y pendiente de los diocesanos.

A semejanza de los grandes, hidalgos y caballeros, el clero estaba exento de impuestos. Pero si el clero no tributaba, no por eso dejaba de arrancar las exacciones que se le debían, y lo que sería menos concebible si no lo abonaran autoridades de la propia Iglesia, aunque no siempre aconteció esto: los gastos de la guerra con los mahometanos pesaban sobre el patrimonio de la corona y los pueblos, mayormente —dice el jesuita Mariana—, que los obispos no venían en que alguna parte de aquel servicio se echase sobre los eclesiásticos.R.B.: Mariana, Historia de España, Libro XIX, cap. XIV.

Propiedad de mano muerta

En parte por concesiones de los reyes, en parte por donaciones de particulares, ya por usurpación, ya por conquista a fines de la Edad Media la propiedad territorial de la lglesia rivalizaba en extensión con la de los nobles, si no era mayor. Un solo convento de monjas, el de las Huelgas, de Burgos, ejercía jurisdicción sobre catorce villas principales y más de cincuenta lugares menores.

También aquí dejaba rastro la Reconquista. El carácter mitad religioso de la guerra, en la que el clero aparecía en primera línea, daba sobrada mano a los eclesiásticos en el reparto del botín, y en la distribución de los pueblos y territorios reconquistados al musulmán rara vez quedaba la Iglesia sin su congruo lote.

La concentración del suelo en poder de las abadías y cabildos —para siempre, porque la ley canónica prohibía su enajenación— fue pronto alarmante para la sociedad civil. Muy temprano, las Cortes, incansables en solicitar buenas medidas, aunque casi siempre defraudadas en sus deseos, por lo que diremos, comenzaron a llamar la atención de los reyes sobre el peligro de esta manera de anquilosamiento de la propiedad básica. Ya las Cortes de Nájera de 1134 dictaron una ley que prohibía el traspaso de heredad a mano muerta.

El problema estaba agravado en España, sin duda, por favorecer la acumulación territorial, tanto en la clase noble como en la eclesiástica, las condiciones de rebatiña en que se llevaba a cabo la Reconquista. Ahora bien, la copiosa riqueza rústica del clero era entonces general en toda Europa. En el reinado de Enrique IV de Inglaterra (finales del siglo XIV y principios del XV), los Comunes sostenían —con exageración, sin embargo— que iglesias y conventos poseían un tercio de las tierras del reino.

Admitida la universalidad del hecho, importa, no obstante, ver qué solución tuvo este problema en España, y cuál en Inglaterra, cotejo que extenderemos a otras situaciones, por cuanto Inglaterra y España siguen rumbos distintos en su desenvolvimiento histórico.R.B.: Hume, t. I, cap. XVIII.

El mismo monarca inglés que había permitido a los nobles amortizar o vincular sus estados, Eduardo I, despachó la primera ley inglesa de manos muertas contra la Iglesia. Es decir, la política de los reyes españoles estribaba en favorecer a la Iglesia para debilitar a los grandes; la política de la corona Inglesa acusaba la tendencia contraria, quizás porque la nobleza ya no le inspiraba temor.

Eduardo I prohibió a los eclesiásticos adquirir nuevas tierras no más tarde que en las postrimerías del siglo XIII, precisamente cuando se acentuaba en España la concentración de la propiedad rústica. Los monasterios ingleses trataban de burlar la ley —señal de que se velaba por su cumplimiento— traspasando el suelo, colusoriamente, a terceras personas, que venían a ser meros recaudadores de las rentas, que entregaban a los propietarios efectivos.

Contra este y otros subterfugios reclamaron los Comunes una centuria después, en el reinado de Ricardo II, y con un éxito que jamás alcanzaron las Cortes españolas, porque el poder ejecutivo de la corona, que era enorme en Inglaterra, se hallaba sofocado en España por las prerrogativas y privilegios de la nobleza, la Iglesia y los municipios.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 14-22.