Mudéjares y Moriscos

El trato inicial en la Reconquista

La nueva política cristiana

El Cid y los musulmanes de Valencia

Los moros, vasallos

La Iglesia y los mudéjares

La expropiación de los moros

La población social mudéjar

Esclavos, siervos y caballeros

Los moros ricos

La prohibición de emigrar

Enrique IV y los mudéjares

Los moros de Granada

Los moriscos

El cardenal Cisneros

La rebelión de las Alpujarras

Nacionalidad y religión

La Germanía valenciana

Carlos I y los moriscos

Felipe II y los moriscos

Ayuda turca a los moriscos

Cervantes y los moriscos

La expulsión

El trato inicial en la Reconquista

Al infinito número de complicaciones que la invasión árabe introdujo en el desenvolvimiento político-social de España se unió pronto otra: la que forzosamente había de engendrar, al avanzar la Reconquista, la presencia de importantes masas musulmanas en los territorios cristianos. Como aconteció con los judíos, este hecho tuvo consecuencias beneficiosas para la nación en la economía, pero acentuó considerablemente la inestabilidad y la confusión de la constitución política, y con el tiempo creó problemas sociales y psicológicos muy delicados.

En la fase inicial de la Reconquista, los cristianos de Asturias raramente dejaban con vida a los prisioneros moros. Por regla general, los exterminaban. Los reyes asturianos carecían de masas propias para repoblar y colonizar los territorios reconquistados, y la idea de hacerlo con multitudes mahometanas debía de repugnarles o no debía de parecerles prudente ni practicable.

Con Alfonso I (739-757 ), que como es sabido, imprimió a la Reconquista el primer impulso ordenado y vigoroso, los neogodos comenzaron a hacer prisioneros moros, que reducían a esclavitud, y en casos de excepción les daban tierras y los trataban como vasallos libres. No obstante, en el siglo VIII, los reconquistadores no reconocían aún la utilidad de las poblaciones sarracenas.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 104-105.

La nueva política cristiana

La política del exterminio del enemigo musulmán cedió el paso andando el tiempo a un trato menos brutal, impuesto, en primer lugar, por la necesidad económica. La esclavitud, que en la antigüedad representó un progreso evidente sobre la costumbre de matar a los prisioneros, descubrió también pronto sus ventajas a los señores cristianos.

En el siglo X predominaban en la España cristiana la idea de someter a los moros al cautiverio y la de venderlos como esclavos. Reyes y nobles cayeron en la cuenta de que era preferible explotarlos, tanto más cuanto que la repoblación se tornaba más difícil a medida que progresaba la Reconquista.

Los prisioneros quedaban ahora reducidos a servidumbre, o esperaban en la cautividad que los rescatasen, dado que desde muy temprano, antes que los españoles, los moros establecieron la costumbre de redimir a los cautivos de su raza y religión. Pero no todos podían ser rescatados, y muchos permanecían cargados de hierros hasta la muerte. El mismo destino sufrían en ocasiones los cristianos apresados por los moros.

En el siglo XI ganó mucho terreno en la España cristiana la política de favorecer la convivencia de los pueblos de una y otra religión. Se tendía a conservar a los moros, y cada día en condiciones más decorosas, aunque siempre, por lo común, poco envidiables.

La raíz económica de la nueva política es ostensible. Fernando I (1037-1065), representaba a este respecto un momento de transición. En la reconquista de los territorios que luego formaron el condado de Portugal, al sur de Galicia, el monarca castellanoleonés convirtió en siervos a los sarracenos de Cea y Lamego, y a los de Coimbra los expulsó en masa, y los despojó de todos sus bienes.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIV, 3, p. 386.

La situación era ahora en estos territorios harto diferente de la del siglo VIII. Galicia y el país del Bierzo, cultivados y relativamente prósperos, contenían ya, en el siglo XI, una población numerosa, con tendencia a derramarse hacia el Mediodía; y Fernando el Grande, contra lo que ocurriría a sus sucesores inmediatos, no se hallaba embargado por la angustia de la escasez de gente para colonizar.

En el reinado de Alfonso VI (1073-1109) se llegó al límite de lo entonces aconsejable en la tolerancia y protección de las poblaciones mahometanas. Sabemos que el conquistador de Toledo reservó a los moros trato extremadamente liberal en la capitulación. Los dejó en posesión y disfrute de sus mezquitas, viviendas y propiedades.

Vimos que incluso les facilitó fondos para que continuaran las labores agrícolas. Mas para conocer el estado de las relaciones entre musulmanes y cristianos en el siglo XI precisa parar atención en la conquista de Valencia por el Cid.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 105-106.

El Cid y los musulmanes de Valencia

Cuando el Cid estableció en Valencia —en 1090— su protectorado, dejó el gobierno de la ciudad en manos del visir que ya lo tenía. No modificó la constitución; se ciñó a designar los funcionarios encargados de recaudar los impuestos territoriales y los del puerto y a situar un noble castellano en cada pueblo, para mantener el orden y administrar justicia.

La población de Valencia se distribuía del siguiente modo: fuera de las murallas del sur estaba el barrio mozárabe de Rayosa, donde los cristianos se agrupaban en torno a la iglesia de San Vicente; también había gran número de mozárabes en el suburbio de Ruzafa; en los arrabales de Alcudia, al norte, moraban, con otros cristianos, los hombres del Cid y el obispo del rey Alfonso. En la ciudad interior musulmana ejercía el visir, o primer ministro del rey moro.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XII, 1, p. 307.

El avance de los almorávides en Andalucía tuvo en Valencia honda repercusión, por ser aquí el partido musulmán intransigente y numeroso. Se sublevaron los moros, abrieron las puertas a una partida de africanos y se sacudieron la tutela del guerrero de Vivar. El Cid se vio forzado a comenzar el asedio de la plaza.

Pero en julio de 1003 capitularon los valencianos, los almorávides salieron de Valencia escoltados por fuerzas cristianas y la ciudad se avino de nuevo a pagar tributo al Campeador. El incumplimiento de las capitulaciones por parte de los moros animó entonces al Cid a poner estrecho cerco a Valencia y rendirla sin condiciones.

El sitio se prolongó diecinueve meses y medio, testimonio de la incoercible fiereza con que los musulmanes trataban de sustraerse a la férula de los príncipes cristianos. Los horrores de este cerco sobrepasan lo imaginable, y con el desenlace civil del formidable episodio, proyectan en la obra de Menéndez Pidal abundante claridad sobre la España del siglo XI.

En abril de 1094 la población mahometana de Valencia estaba a pique de sucumbir en los garfios del hambre, pero perseveraba en la defensa de los muros con la violenta resolución de los pueblos enfervorizados por el sentimiento de independencia. Sin embargo, cuantas veces se abrían las puertas, trataban de escapar al campo multitudes famélicas, en las que predominaban los niños y las mujeres.

Estos fugitivos chocaban con el cinturón de hierro de las fuerzas sitiadoras, que los pasaban a cuchillo, o los vendían a los moros de Alcudia por un pan, un poco de pescado o una jarra de vino; y ciertamente —anota Menéndez Pidal— no valían más, porque estaban tan exhaustos, que no pocos, morían luego que probaban bocado. Otros eran despedazados por los mastines que montaban la guardia con los centinelas. Los soldados del Cid se quedaban con las muchachas o las ocultaban para obtener el precio del rescate.

Los fugitivos de mejor planta eran comprados por los mercaderes de esclavos que andaban por la costa husmeando la presa humana que la resaca de aquella guerra de razas depositaba a sus pies.

Estos mercaderes que exportaban a Europa los esclavos moros tomaban, por lo común, la doliente mercancía de los dawáyir, moros maleantes y renegados, que daban a sus compatriotas un trato espeluznante y seguían a las tropas cristianas para lucrarse del infortunio de su propia raza. Los dawáyir violaban harenes, torturaban y mutilaban a los prisioneros mahometanos, hombres y mujeres, o los vendían como esclavos.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIII, 1, p. 348.

En la hueste de Alvar Fáñez, cuando este capitán de Alfonso VI y pariente del Cid dejó de cobrar el tributo de Valencia para el rey, los almogávares, o avanzadilla mora, y los dawáyir formaban la cabeza y la cola, respectivamente.

Por su parte, los cristianos, si no comerciaban con los prisioneros moros tan vilmente como los dawáyir, eran feroces en la guerra, como lo prueban el sitio de Valencia y los diecisiete fugitivos quemados vivos por el Cid a la vista de los habitantes de la ciudad. Estos eran hábitos, ciertamente, de la época.

En las incursiones que hacían los cristianos por territorios sarracenos conquistaban a menudo copioso botín de ganado, que vendían en las ciudades, y se apoderaban de grupos de moros de uno y otro sexo, que se repartían en calidad de siervos personales, o mantenían cautivos a la espera del rescate, o reducían a la servidumbre de la tierra.

Muy distinto era el trato que a la sazón recibían los musulmanes en la paz, y se comprobaba violento contraste entre la crueldad con que los cristianos llevaban las campañas militares y la blandura de las capitulaciones. La conducta del Cid en el asedio de Valencia y después de rendirla en junio de 1094 es típica de ambos extremos.

Alfonso VI se mostró por demás generoso con los moros en las capitulaciones de Toledo; pero Toledo no había ofrecido resistencia; había caído, en rigor, sin lucha. Por el contrario, los mahometanos de Valencia dieron mucha guerra al Cid antes del sitio, y en el sitio se acreditaron de indomables. Sin embargo, las condiciones que el Campeador impuso a los valencianos aventajaban en liberalidad a todas las hasta entonces otorgadas por los reyes cristianos y sirvieron de patrón a las conquistas de la siguiente centuria.

El visir, el cadí y los alfaquíes en funciones en el momento de la rendición continuaron en sus puestos. La única contribución exigible era el diezmo establecido por la ley mahometana, lo que significaba gran alivio para los pueblos exprimidos por las arbitrarias exacciones de los reyes de taifas. Esta era también la política tributaria de los almorávides y una de las razones, la más importante acaso, de su popularidad.

Igualmente respetuoso fue el Cid con la propiedad privada. Los moros siguieron en posesión de sus tierras, y las ocupadas y trabajadas por los cristianos durante el sitio les fueron devueltas, siquiera vinieran obligados los propietarios musulmanes a indemnizar a los cristianos por los gastos de compra, mantenimiento y mejoras.

A pesar de todo, buen número de familias prefirió emigrar. Los moros de Valencia, según se vio en el sitio, tenían en gran aprecio su independencia, eran muy cabales en la fe y su ley les prohibía vivir bajo la dominación cristiana.

Un nuevo alboroto o revuelta de los musulmanes valencianos incitó al Campeador en 1096 a ocupar la gran mezquita y habilitarla para el culto católico. Pero los demás templos del Islam continuaron en poder de los moros.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 106-109.

Los moros, vasallos

Nada de esto mermó, sin embargo, la manifiesta tendencia de los reyes y los nobles cristianos del siglo XI a considerar a los moros como vasallos que podían y debían vivir en armonía con la población cristiana. La intransigencia de los almorávides perturbó un tanto, con la hostilidad hacia los mozárabes, el designio de los príncipes católicos, sin llegar, con todo, a ocasionar una rectificación de política.

Las capitulaciones de Tudela (1115) y Zaragoza (1118), firmadas por Alfonso I el Batallador, así como las de Tortosa, concedidas por Ramón Berenguer IV en 1148, se fundaron sobre el precedente de Toledo y Valencia.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIII, 2, p. 355.

Prueba palmaria de que las invasiones almorávide y almohade, si bien retrasaron la Reconquista, no impusieron igual retroceso a las relaciones de los dos pueblos en la España cristiana.

En un extremo capital no se podía sostener la nueva política cristiana, y no se sostuvo desde el primer instante: en el económico. Ya advertimos que la Reconquista no era solamente, ni quizás de modo preponderante, un movimiento religioso contra el Islam. Los cristianos querían, ante todo, recuperar las tierras de sus antepasados, como dice don Juan Manuel, y dejar a los moros en posesión de sus fincas violaba una de la aspiraciones fundamentales y harto comprensible de los reyes y los nobles.

El Cid mismo, en la toma de Murviedro, despojó a los musulmanes de sus tierras y sus casas y los expulsó. Pedro I de Aragón hizo lo propio en Huesca (1096). Aún no se generalizó esta política expropiadora de la nación mahometana, y hasta el siglo XII no aparece la confiscación y reparto sistemáticos entre los cristianos de los territorios y viviendas moros

Por consiguiente, fue a lo largo de la decimosegunda centuria cuando triunfó y se sostuvo más plenamente la nueva política cristiana dirigida a fomentar la convivencia de los dos pueblos.

En las mencionadas capitulaciones de Tudela, Zaragoza y Tortosa se dejó a los moros en el disfrute de sus propiedades, sujetas al diezmo únicamente: no se les expulsó, y si los cristianos se adueñaron de las grandes mezquitas no lo hicieron en seguida ni violentamente, como en Valencia y Toledo, sino después de un lapso prudencial. Se procuraba mucho causar a los moros el menor perjuicio posible y resolver cuestiones y conflictos pacíficamente.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIV, 3, p. 387.

El siglo XIII se cerró con la población mudéjar considerablemente acrecida. En parte, debido al espíritu de tolerancia que animaba a los magnates cristianos y que indujo a gran número de sarracenos, descontentos con el gobierno de los jefes de su raza, a avecindarse en territorio cristiano, y en mayor parte aún, por la amplia y súbita expansión de los reinos católico.

El trato que dispensaban los conquistadores a las nuevas masas moras no era, ciertamente, uniforme, al punto de que en muchos fueros salían los mudéjares tan favorecidos como los municipios, mientras que en otros lugares —los menos— se les reservaban condiciones de parias. La anarquía de la constitución política de la Península en la Edad Media afloraba también en la heterogénea situación jurídica de los mahometanos sometidos.

Con la conquista de Córdoba (1236) y Sevilla (1248) por Fernando III el Santo, y la de Valencia (que Alfonso VI había abandonado en ll02) en 1238 concluyen las grandes campañas cristianas. La actividad militar de Alfonso X no fue decisiva, pero se tradujo en victorias importantes, como la toma de Cádiz, que aseguró a Sevilla contra las incursiones de los piratas; en la rendición de Cartagena, en la conquista de Niebla y puntos adyacentes del Algarbe; avances complementarios de las últimas ofensivas, realizados con la colaboración del rey moro de Granada, tributario de Castilla.

Virtualmente había terminado la Reconquista, pero solo una fracción de los musulmanes había huido a África o había buscado refugio en los angostos y superpoblados dominios del rey granadino; por manera que las muchedumbres de moros mudéjares comienza ahora, al declinar el siglo XIII, a constituir un problema análogo al que planteaban las abundantísimas masas israelitas, esto es, un problema político-social-religioso de consecuencias incalculables para el desenvolvimiento de la sociedad peninsular.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 109-111.

La Iglesia y los mudéjares

Pronto, ya en el siglo XII, intentó la Iglesia proteger a la población cristiana contra la amenaza de la corrupción de la fe que pudiera desprenderse de la promiscuidad de las razas. Pero los mudéjares no llegaron en ningún momento a provocar una verdadera cuestión religiosa como la que se entabló con los judíos. Por las razones que iremos exponiendo, los mahometanos sometidos a la jurisdicción cristiana no despertaban hostilidad en el pueblo.

La principal era que los mudéjares eran la humildad misma.

No tenían espíritu propagandista, era gente buena y pacífica, dada a la agricultura, a los oficios mecánicos o al arte de alarifes, y no podían excitar los celos y codicias que con sus tratos, mercaderías y arrendamientos suscitaban los judíos.R.B.: Menéndez Pelayo, Heterodoxos, t. V, p. 319.

Respecto de los mudéjares no se le ofrecía, pues, a la Iglesia un movimiento popular susceptible de ser electrizado por las prédicas de los clérigos intolerantes. Tampoco recibía la Iglesia pretexto para, a espaldas de la opinión popular, realizar contra los mahometanos una represión desde arriba, como la de los godos contra los hebreos en el siglo VII.

Los mudéjares no trataban de convertir cristianos ni cambiaban de religión, contra lo que sucedía con su gran número de judíos. Por tanto, los moros vivieron en contacto con la sociedad católica sin plantear ninguna cuestión grave, si bien se considera, hasta fines del siglo XV, mientras que la colisión con los judíos adquirió, como sabemos, peligrosa virulencia a principios del siglo XIV.

Socialmente, lo que distinguía a los mudéjares de los israelitas era esto: los mudéjares vivían principalmente de la tierra y los israelitas de las transacciones financieras. La propiedad de los moros era, al cabo, territorial; la de les judíos, mueble. A los mudéjares los proletarizaba la Reconquista, en tanto que a los hebreos los trocaba cada día más en una clase de banqueros y mercaderes. Los unos eran expropiados y los otros enriquecidos por la guerra.

En el siglo XIII salió a la luz, con perfiles más claros que en ningún momento anterior, el carácter nacional y territorial de la Reconquista. No desapareció la tolerancia religiosa, pero los moros perdieron sus propiedades. En muchas importantes ciudades, como Toledo, Baeza, Sevilla, Jerez, Niebla y Murcia, los mudéjares conservaron sus mezquitas y adoraron a Alá en público. Lo mismo puede decirse del campo, donde las comunidades de labradores moros podían fundar nuevos templos y practicaban públicamente el culto.

Esta parte de la población mudéjar, la de los agricultores libres solía constituir poblados y aljamas que se regían, bajo el dominio del rey o de los nobles, con tanta independencia administrativa como los municipios.

La libertad que disfrutaban los mahometanos era mayor en el campo que, en general, en los grandes centros de población, pero a no pocos el señuelo de los privilegios insertos en los fueros, y otras circunstancias que diré, les animaban a trasladarse a las ciudades, donde ejercían con humildad el comercio y los oficios manuales.

A despecho de la tolerancia religiosa y política, la condición social de los mudéjares empeoró radicalmente en el siglo XIII por virtud de la ocupación de las tierras y las casas de los moros por los cristianos.

Se recordará que, por regla general, en las capitulaciones de las dos centurias antecedentes no se estatuyó la expulsión de los moros y se les dejaron sus fincas, gravadas únicamente por el diezmo. No les estaba permitido emigrar. Pero seguramente por razones de policía, a las que no debía de ser ajena la Iglesia, se obligó a los mudéjares a vivir en los suburbios.

Fue el Cid, con toda probabilidad, el primero que puso en práctica esta política, confinando al arrabal de Alcudia, en Valencia, a los moros desleales y levantiscos y dando sus casas a los mozárabes de este distrito, lo cual representó un cambio de poblaciones y un doble éxodo que duró dos días.

En Tudela, Zaragoza y Tortosa se impuso, asimismo, a los mahometanos la mudanza a los suburbios, aunque para hacerlo se les otorgó el amplio plazo de un año a partir de la rendición. La separación se fue originando paulatinamente en los sentimientos religiosos, en el interés político y en la inclinación de los propios moros a concentrarse y aislarse. No parece, pues, que la división de las razas fuera especialmente penosa para los musulmanes, que en muchos casos consta que la solicitaban.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 111-113.

La expropiación a los moros

En franco divorcio con la política de Alfonso VI, con la del Cid y con la de Alfonso I el Batallador, las conquistas de los reyes cristianos en el siglo XIII no pudieron ser más fatales, desde el punto de vista económico, para los musulmanes. Toda la generosidad de don Jaime I de Aragón se redujo a conceder a los sitiados de Valencia (1238) que podían salir de la ciudad si así lo deseaban, con sus bienes muebles, en término de cinco días.

Cincuenta mil moros, con su rey al frente, se marcharon. Los nobles y los soldados cristianos se repartieron las tierras y las casas de los emigrados. Don Jaime ocupó la mezquita mayor, según era costumbre, y la convirtió en catedral.

Los sucesos ulteriores acaban de convencernos de que ya no les interesaba a los reyes cristianos conservar a los moros, sin duda porque no existía, o no ofrecía gravedad, el problema de la repoblación. Repitamos que en los dos últimos siglos debía de haber aumentado en gran medida la población cristiana, en parte por la afluencia de francos, buen número de los cuales se avecindaron en la Península, y en parte por la mayor seguridad personal y el incremento del comercio.

Las grandes ofensivas cristianas de este período denuncian una necesidad de expansión que implica floreciente situación demográfica, y el hecho de que a Alfonso X le fuera dado introducir a gente del Norte en Cádiz, Rota y Puerto de Santa María (ciudad fundada de nueva planta) lo corrobora.

En la capitulación de Valencia de 1238 se fijó la nueva frontera en el Júcar, y prometió solemnemente don Jaime el Conquistador que al sur de esta raya podrían vivir en paz los moros. Pero los cristianos rasgaron el pacto y a poco reanudaron el avance. La consecuencia fue que en 1247 hubo en estos territorios una sublevación general de mahometanos, movimiento que dio pretexto a don Jaime para decretar la expulsión de todos los moros del reino de Valencia en el lapso de un mes.

La resistencia que opusieron los valencianos a emigrar fue tan decidida, y las dificultades que conspiraban contra el designio del rey aragonés tan considerables, que en la práctica la orden de expulsión no se cumplió. No obstante, en 1252 volvió don Jaime a resucitar las medidas de rigor otorgando a los mudéjares del reino en cuestión el plazo de un año para que preparasen la partida.

Transcurrido el año, se verificó expulsión en masa y violentamente; los desterrados pasaron al reino de Murcia o se acogieron al de Granada. En fin, en 1268 hubo otra expulsión de mudéjares en el reino de Valencia, lo que atestigua que no todos se habían marchado o que muchos habían vuelto.

Es bien de notar que los moros que permanecieron en Valencia después de la capitulación de 1238, querían quedarse e hicieron cuanto estuvo en su mano, desde ofrecer importantes sumas a don Jaime hasta la resistencia armada, para conseguirlo. Pero todo, como hemos visto, fue en vano, los nobles cristianos codiciaban las tierras y las casas de los moros, que se apropiaban y distribuían ahora sistemáticamente, y el resultado de esta política no pudo menos de reflejarse en la vena subversiva de las multitudes islamitas expropiadas y sumidas en servidumbre.

Conviene repetir que en ningún período de la Reconquista se dispensa un trato uniforme a los musulmanes sometidos. Las condiciones de vida de los mudéjares variaban notablemente dentro de un mismo reino y por lo común disfrutaban más libertad política y religiosa en Aragón que en Castilla; pero por encima de la diversidad de la ley y la costumbre apunta una tendencia común a cada momento, y la tendencia en el siglo XIII era privar a los moros de poder económico, convertirlos en una clase económicamente sojuzgada.

Fernando III el Santo se mostró mucho más benévolo con los vencidos en la conquista de Sevilla (1248) que don Jaime I de Aragón en la de Valencia. San Fernando accedió a que los musulmanes sevillanos deseosos de permanecer continuaran en posesión de sus casas, no les impuso nuevos tributos y algunos moros notables incluso recibieron tierras y villas.

En el reinado de Alfonso el Sabio, otras masas moras cayeron en Andalucía bajo la jurisdicción cristiana como consecuencia de las nuevas conquistas o por sumisión voluntaria de gran número de mahometanos fatigados de la guerra. Don Alfonso los acogió con ademán tolerante, como cuadraba al espíritu de un rey intelectual enamorado de la cultura musulmana.

Los moros de Jerez y alguna otra villa apenas notaron el cambio. Los de Murcia, que se habían sublevado después de la conquista, en vida de San Fernando, obtuvieron de su hijo fuero para concentrarse en un distrito de la ciudad, aislados de la población cristiana. En la esfera política les permitió un régimen autónomo, con su aljama, gobernador moro, tribunales de justicia propios y ejercicio libre del culto.

Pero la evolución en el dominio de la propiedad era más decisiva para la suerte de las poblaciones mudéjares que la tolerancia política y religiosa, siempre, por lo demás, muy condicionada. Este aspecto, de la cuestión debe, pues, entretenernos menos que aquél. a todas luces fundamental.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 113-116.

La sociedad mudéjar

Cuando concluyó virtualmente la Reconquista, los mudéjares se extendían particularmente por Castilla la Nueva, Andalucía, el Levante y Aragón. Los del campo eran numerosos y se dividían, de un lado, en siervos y esclavos, y de otro, en libres.

Esas multitudes moras rurales, las sujetas a servidumbre o a esclavitud y las que gozaban situación privilegiada semejante a la de los concejos, eran un factor de gran consideración en la agricultura. En Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía buena extensión de las tierras de la nobleza y las órdenes militares la trabajaban los moros esclavos y siervos.

Los latifundios andaluces que se formaron en el siglo XIII, algunos de los cuales existían desde la decadencia del califato, contenían copiosa población servil mahometana, moros, en general, inferiores, que no se habían atrevido a emigrar. En Extremadura y en la Mancha, otros contingentes de esclavos mudéjares eran explotados en las encomiendas de las órdenes militares. Igualmente numerosos eran los esclavos musulmanes entre el Duero y el Tajo, especialmente en la región de Guadalajara.

En el reino de Valencia se rezagaron muchedumbres de moros, la mayor parte campesinos y labradores, que pronto se vieron sujetos a la jurisdicción señorial. Otros siguieron ocupándose en el comercio y en la industria.

En esta última actividad los mudéjares trabajaban, en particular, la seda y el papel. En Cataluña no abundaban los moros, pero en Aragón constituían, según algunos autores, la mayor parte de la población agraria. Unos eran siervos, otros colonos, otros esclavos personales, todos tributarios de los nobles; y habían tomado tal carta de naturaleza que, contra lo que no era frecuente en Casilla, servían al rey en las guerras.

Todavía en las décadas que siguieron a las últimas campañas de la Reconquista existían en plena prosperidad las comunidades de campesinos mudéjares a que hemos aludido, enclavamientos de moros libres, en el disfrute le autonomía administrativa. Esos núcleos de población eran, como los municipios, de jurisdicción real, o vivían al amparo de las órdenes militares, de cuyos maestres dependían.

Inmediatamente después de la Reconquista, las aljamas rurales, antes que menguar, tendían a multiplicarse, a causa, sin duda, del aumento de la población libre y de las concesiones que les hacían los reyes para que habitasen en el campo. El crecimiento de las aljamas rurales es notorio en Castilla en el siglo XIII.

Arriba quedó apuntada la liberalidad con que los reyes y los señores de Aragón trataban a los mudéjares. Castilla comenzó dando ejemplo de tolerancia con la nueva política de conservación de los musulmanes iniciada en el siglo XI. Aragón, sin embargo, tras imitar a Castilla, la rebasó en este particular, sentando precedentes que en la segunda mitad del siglo XII y en el siglo XIII sirvieron de base, a su vez, a varios fueros famosos otorgados por los reyes castellanos.

La indulgencia aragonesa se explica, tal vez decisivamente, en gracia a la singular utilidad de las masas mudéjares, verdadera gallina de los huevos de oro para los señores. Porque los mahometanos cargaban en Aragón con la mayor parte de las tareas agrícolas y lo hacían en una tierra dura, sacando literalmente el pan de las piedras.

Nada tiene de extraño que las clases privilegiadas, que exprimían a los mudéjares, les dejaran hasta muy tarde sus magistrados y sus mezquitas y les permitieran celebrar en público los actos del culto musulmán con ostentación y aparato que escandalizaban a los castellanos y a los extranjeros.

Menester es reconocer que la libertad que gozaban en la Península los mudéjares no reducidos a servidumbre o a esclavitud la compraban a un precio desaforado. Todos, los del campo y los de las ciudades, estaban agobiados por los impuestos. En el siglo XIII pagaban: el diezmo o capitación para el rey; otro diezmo que les extraía la Iglesia; el onceno para el municipio, y otras gabelas fortuitas.

Con el paso de los días, aumentaban las contribuciones. En el reinado de Sancho V (1281-1295), los moros y judíos del arzobispado de Toledo desembolsaban alrededor de cincuenta mil maravedises al año; los mudéjares de Sevilla, ocho mil; los de Ávila y Segovia, unos siete mil y los de Palencia, cerca de seis mil.

La pluralidad de contribuciones, el despotismo de los nobles y los frecuentes conflictos con la población cristiana rural, que se consideraba superior a ellos y resentía sus privilegios políticos, forzaron paulatinamente a los moros libres, sobre todo en Castilla, a abandonar el campo y unirse a sus compatriotas de las ciudades y pueblos importantes.

Con la mutación, ciertamente, no se sustraían a las onerosas exacciones fiscales; ni se ensanchaba ante estos mudéjares el horizonte de la libertad política y religiosa; pero la ciudad y la industria y el comercio les garantizaban una existencia más independiente y anónima, en la práctica, que en el campo.

La progresiva separación de razas en las ciudades, bien que delatara la dificultad de la fusión, tan contraria al espíritu de los moros como al de los cristianos, simplificaba las relaciones de los dos pueblos, o de los tres, si se cuentan los judíos. Cada nación se movía para la mayor parte de las cosas en órbita propia.

Esclavos, siervos y caballeros

En las ciudades donde abundaban, los mudéjares eran poco más o menos, para el comercio y la industria, lo que sus connacionales de la aldea para la agricultura, los reyes favorecían de diversos modos las actividades mercantiles e industriales de los musulmanes: libertad de tratos, relativa moderación en los impuestos específicos de la industria, fomento de ferias, acceso a los mercados, etc. A estas facilidades se agregaban otras, provenientes de la peculiar situación en que se encontraban los mudéjares en la sociedad peninsular.

De antiguo veíase en el moro un hombre económico, una fuerza explotable, y se tendía a confinarle en las faenas penosas, y para la época, humillantes. Aunque había destacamentos de moros guerreros mandados por sus capitanes al servicio de los monarcas cristianos, los mudéjares, sobre todo en los dominios del rey de Castilla, estaban libres del servicio militar, como he insinuado antes.

Ello les consentía la vida sedentaria y regular del agricultor, o dedicarse a la industria y al comercio; y no ofrece duda que los cristianos que hacían la guerra de fronteras o se abrasaban en contiendas civiles, inducidos por su formación militar y caballeresca, hallaron en el casi monopolio de la industria y el comercio por moros y judíos una razón más para considerar deshonrosas e impuras estas actividades.

El mismo efecto psicológico debió de producir la exorbitante cantidad de esclavos moros repartidos en la agricultura y en las casas de los nobles y los judíos. Tales circunstancias no hacían sino acendrar en los cristianos el sentimiento de superioridad, y paralelamente acentuaban en los mudéjares el complejo antípoda. En los últimos tramos de la Reconquista, los cristianos españoles miraban a los mudéjares con un género de menosprecio pariente del que habían sentido otro tiempo los árabes por los cristianos.

De otra parte, el complejo de inferioridad de los mudéjares les llevaba a servir a los señores con celo extremado, sin protestas, y siempre por menos soldada o compensación que la exigida por los agricultores, artesanos y menestrales cristianos. Necesitando el amparo de los más fuertes, los moros no hacían causa común con el proletariado cristiano en las luchas sociales y defendían los intereses de los nobles.

Para los nobles, el mudéjar trabajador, sumiso y extraordinariamente sobrio, reunía todas las condiciones del siervo ideal. Con el trabajo de los islamitas, la aristocracia amasó grandes riquezas, por manera que la utilidad de las masas mahometanas obtuvo ahora sanción en la paremiología o archivo de refranes y proverbios. Así, se decía: Quien tiene moro. tiene oro. A más moros más ganancias. etc

Por eso, el proletariado y la clase media cristianos —como acontece siempre en estos casos— veían en los mudéjares un enemigo y un competidor; y en esta situación social, más, quizá, que en la divergencia religiosa, se originara a la postre la ruina de los moriscos, según veremos más adelante.

Los moros ricos

A despecho de la expropiación territorial y de la opresión tributaria que proletarizaron a grandes masas de mudéjares, disolvieron no pocas comunidades de labradores de esta raza y amenguaron visiblemente el número de los habitantes de Andalucía, subsistió una clase media musulmana y una minoría de moros ricos.

Gracias al ejercicio de la industria y el comercio, los mudéjares de las ciudades iban acumulando capitales, algunos respetables para la época y para una España sin capitalismo. Y si el proletariado cristiano resentía la mansedumbre de los siervos y colonos moros y la interesada protección con que los trataban los señores, la clase media cristiana, movida por un sentimiento subalterno, mezcla de envidia económica y de preocupación política, comenzó en el siglo XIII a propugnar en las Cortes la limitación de las libertades de los mudéjares.

Estamos ante una reacción pareja a la que provocaban los judíos. Desde entonces los procuradores de las ciudades se mostraron ofendidos por la prosperidad de las aljamas y se obstinaron abiertamente en mermar el poder económico y social de las poblaciones moras. Entre otras medidas, en 1295 dispusieron las Cortes que se prohibiera a los mahometanos adquirir bienes de los cristianos y que se anulasen cuantas transacciones de este linaje se hubieran llevado a efecto.

La Iglesia, desde otro punto de vista, coincidía con la clase media cristiana en el designio de restringir las libertades de los musulmanes. El clero velaba por la integridad de la fe católica, que creía amenazada por las relaciones, a veces bastante íntimas, o por el simple contacto, de los dos pueblos. En 1322 el concilio de Valladolid se pronunció, de acuerdo con la tradición sentada en Letrán, por la separación de los fieles de una y otra religión, y deploró que los mudéjares desempeñaran cargos públicos.

Ahora también, como para con los judíos, la política que se siguió con los moros fue vacilante y contradictoria. No hay que olvidar que los consideraban y protegían los reyes y los nobles, quienes percibían claramente su utilidad social. El pueblo, la clase media y la Iglesia no daban aún motivo para que pueda hablarse con justicia de persecución, mas los veían con recelo, con envidia o con inquietud. Desde luego, en el siglo XIV todo el mundo reconocía la importancia social de los mudéjares y nadie pensaba en expulsarlos.

Pero las restricciones político-religiosas y la explotación económica, cada día más severas para ellos, incitaban a los mudéjares a emigrar, bien de una población cristiana a otra —por ser harto desigual el trato que se les daba en los distintos reinos y aun el que recibían los moros de diversos lugares en vida de un mismo monarca—, ya el reino moro de Granada.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 116-120.

La prohibición de emigrar

Importa rememorar que en la centuria anterior, los reyes conquistadores habían expulsado a los musulmanes de los territorios recuperados, como don Jaime I de Aragón en Valencia, o les habían permitido marcharse, o les habían incitado a permanecer, halagándolos en este caso, aunque sin desmesurado interés, con fueros y privilegios como los otorgados por San Fernando a los moros de Baeza y Murcia, y por Alfonso el Sabio a los de Jerez y otras localidades de Andalucía. Pues bien, ahora se generaliza el deseo de retenerlos.

Hasta ese momento el moro libre podía acudir en desesperada extremidad al heroico recurso de emigrar. Esta era su última barbacana, Y bastaba a veces que los mudéjares de un lugar determinado amenazaran con abandonarlo en masa para que el rey o el señor atendiera sus quejas y aliviara su situación. Al perder las propiedades. los moros habían perdido la patria

En la prohibición de emigrar, entraba, claro es, el factor económico: los reyes y los señores trataban de impedir que los mudéjares escaparan del trabajo en sus dominios. Pero ocurría también que la liberalidad del príncipe y la nobleza en materia de religión y política se hallaba cada día más condicionada por las nuevas ideas sobre el Estado, adversas al fuerismo, y por la crisis de la tolerancia religiosa, que en parte tenía su raíz en la aspiración general de la sociedad cristiana española, inherente a la época, de favorecer la unidad moral y política de la nación.

Este estado de cosas se reflejaba en la desconcertante actitud de la corona en relación con los moros. Alfonso XI (1312-1350) continuó la política de frenos y limitaciones, pero cuando los mudéjares de Zorita se declararon dispuestos a emigrar les concedió una reducción de impuestos del cincuenta por ciento. En el reinado de Enrique II (1369-1379) aconteció lo propio: prosiguieron las restricciones de carácter político y religioso, pero el rey tornó a permitirles la adquisición de bienes de los cristianos.

Seguramente, los mudéjares eran más sensibles a las injusticias económicas que a la merma de sus libertades políticas y religiosas, y en aquella esfera obtenían ahora las únicas concesiones que los reyes podían otorgarles sin escándalo de la Iglesia y sin menoscabo de la soberanía del Estado.

Como se advierte, las concesiones económicas —que disgustaban al estado llano cristiano— se hallaban inspiradas en el temor de los nobles y la corona a perder, obligándolas a emigrar, las industriosas poblaciones moras; pero en el proceso ascendente de la supresión de las libertades acabó siendo obviado aquel riesgo —en el siglo XV— privando a los mudéjares de la posibilidad legal de huir al reino de Granada y a África.

La nueva legislación fue especialmente estricta en el reino de Aragón, donde mayor era el número de labradores musulmanes y a pesar de que gozaban allí, como nación, mayor libertad que en Castilla.

En el reinado de Juan II (1407-1454) culminaron las medidas hostiles a la libertad de los mudéjares. La corona, estimulada por la Iglesia, les impuso un aislamiento más severo en las morerías, se propagó el designio de convertirlos al catolicismo como solución político-religiosa, y la autonomía judicial de las aljamas sufrió serio quebranto. Pero aún había de sonar una hora, la última, propicia al mudejarismo en todas sus manifestaciones.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 120-123.

Enrique IV y los mudéjares

Con Enrique IV (1454-1474) los mudéjares adquirieron súbito y extraordinario influjo en el mundo oficial. El rey, cuya psico-patología ha intrigado a tantos autores, buscaba la compañía de los moros, de preferencia la de la gente ínfima de esta raza; de ella se rodeaba en sus extrañas expansiones, vestía su ropa y le daba mano larga en los negocios públicos. Casi mahometizado el monarca y señoreada toda la sociedad por un desorden horrendo, los mudéjares se lucraron sosegadamente de la abyección palatina y del eclipse de la ley.

Mas la privanza de los moros estaba condenada a pasar con la situación que la hizo posible. Se fundaba en el hecho fortuito y extravagante de la manía musulmanizante del rey. La sociedad española, aunque nunca sintiera, hasta entonces, hacia los moros la aversión que reservaba a los judíos, no había rectificado. Tras el extraordinario favor que disfrutaron los mudéjares en el reinado de Enrique IV —no sin la protesta de las Cortes, la alarma del clero y la delicia de la sátira— retornó la enemistad.

Y era que en definitiva, bien que con menos apremio, la existencia de las poblaciones musulmanas —con sus tradiciones peculiares, su espíritu nacional, sus riquezas, sus leyes, sus magistrados y su religión— comenzaba a plantear otro drama sin solución satisfactoria semejante al que se originó a causa de los judíos. Los mudéjares —y los moriscos luego— nunca perdieron su condición de cuerpo extraño inserto con violencia en la sociedad española.

No se los veía como genuinos españoles, sino como reliquia o secuela de la ocupación sarracena. Quizá en una época de perfil polémico menos afilado hubiera sido posible la paulatina asimilación de los moros españoles. Pero en el siglo XVI se enfrentó España con nuevos problemas vitales, los de la época, más aquellos otros que fluían de su especial situación geográfica. Se comprende la dificultad de que coexistieran en suelo español el culto mahometano y el católico en una edad de guerras religiosas.

Se explica la tirantez de las relaciones entre el proletariado cristiano y el musulmán en un período de aguda lucha de clases, estando sublevado el pueblo contra la nobleza y siendo los moros vasallos incondicionales y serviles de los señores. Ni deben olvidarse el desamor de la clase media cristiana hacia las clases pudientes mudéjares, ni la tendencia del Estado a suprimir la autonomía política de los musulmanes por razones iguales a las que le llevaban a mermar los privilegios de la nobleza y los municipios.

Difícilmente se concibe que se les hubiera permitido a los moros continuar organizados como nación cuando los municipios perdían —ya sin lamentarlo demasiado— su semi independencia. Fuerte era, pues, la coalición de los elementos que en el interior estorbaban la convivencia de musulmanes y cristianos y hacían imposible la fusión de razas. Las resistencias aumentaban en virtud del poder adquirido por los turcos y por los piratas africanos en el Mediterráneo.

En modo alguno había concluido la pugna entre Europa y el Islam. La suerte del Mediterráneo —si había de ser un mar turco o europeo— y aun la de la Europa central, se estuvo decidiendo de nuevo desde 1453, año en que los turcos se apoderaron de Constantinopla, hasta 157l en que se dio la memorable batalla de Lepanto. La nación otomana era la cabeza del Islam y España acaudillaba, contra turcos y protestantes, al mundo católico ortodoxo. La amenaza turca y berberisca no podía menos de agravar la situación de los últimos ismaelitas españoles.

Esa es la época que vamos a estudiar ahora. Se inicia, por lo que atañe a los moros, con la sumisión de Granada y se cierra con la expulsión general de 1609-1610.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 123-124.

Los moros de Granada

La disolución del reino moro de Granada había de producirse luego que remitiera la anarquía que impidió a Castilla en el s. XIV y en los dos primeros tercios del XV reanudar las campañas de la Reconquista. Solo a esta circunstancia debían los mahometanos españoles la anacrónica posesión de los territorios que aún quedaban en su poder. O como discurre nuestro clásico historiador.

La flaqueza de los reyes fue causa de que las reliquias de aquella gente, aunque reducidas a un rincón de España, se conservaron tanto tiempo, por estar dividida España en muchos principados, poco unidos entre sí a propósito de destruir los enemigos de los cristianos.

En 1481 —año en que comenzó la postrera acometida de las armas cristianas contra el Islam en España— comprendía el reino de Granada aproximadamente, los territorios hoy enmarcados en las tres provincias de Granada, Almería y Málaga.

La guerra de Granada duró una década cabal, y su conclusión, con el sometimiento de las últimas poblaciones moras independientes, causó profunda sensación en toda Europa, y se aclamó en todo el Occidente los Reyes Católicos como ejecutores de un anhelo compartido por toda la Cristiandad. Se veía en la derrota de o armas islamitas de España un oportunísimo y providencial desquite o compensación por el terreno cedido a los turcos en la Europa oriental.

Que la conquista de Granada ocupase durante un decenio a la joven y dinámica monarquía católica de Isabel y Fernando proclama la tenacidad y la fiereza con que los moros granadinos defendieron sus tierras sobre las cuales afirmaban, con insobornable resolución, el mismo derecho que los castellanos, por ejemplo, pudieran sostener sobre el suelo de Castilla.

Los moros de Granada se sentían en su patria con tanta espontaneidad como los moros de África habitaban allende el Estrecho. Es decir, los moros granadinos se consideraban españoles, y lo eran en gran medida. Las difusas e inseguras líneas divisorias que en la esfera étnica existían en Andalucía favorecían también es convicción.

Pero para los cristianos seguían siendo usurpadores e intrusos, masas desplazadas de su nación natural de África merced a un accidente que nunca deplorarían bastante los españoles. La diferencia de religión un signo distanciador decisivo.

En la capitulación de 1491 Isabel y Fernando trataron con comentada magnanimidad a la nación vencida. Dejaron a los granadinos en el disfrute de sus mezquitas y ritos religiosos. La justicia continuaría en manos de los cadíes.

Los gobernadores, aunque delegados de la corona, serían moros también. Se les reducían contribuciones pagaderas en los tres años siguientes y prometían los vencedores no imponerles más tarde mayores tributos que los que solían exigir los reyes moros. Para los granadinos que prefiriesen emigrar a África se dispuso que hubiera barcos listos en la costa.

Mas a despecho de la blandura de las condiciones de la rendición, los súbditos de Boabdil las recusaron con tumultuosa protesta. El convenio por virtud del cual los moros entregarían los dos castillos y las torres y puertas de la ciudad en el plazo de sesenta días, hubo de ser rectificado en vista del alboroto del pueblo, y Boabdil apremió al rey Fernando para que adelantase la toma de posesión de las fortalezas.

Cosa que se hizo, entrando los reyes en Granada el 6-I-1492, con el heredero del trono —el efímero infante don Juan—, buen golpe de aguerridas tropas —el germen de los futuros tercios— y vistosísimo cortejo de nobles y eclesiásticos.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 124-126.

Los moriscos

El nuevo nombre que se da en España a partir de ese momento a los habitantes de raza mora, el de moriscos, es sobremanera expresivo. Ya no son mudéjares, ni moros, ni sarracenos, ni musulmanes, sino moriscos, esto es, un nuevo linaje de población, más cercana a la sociedad general española, como atraída, y susceptible de ser asimilada.

El apelativo entraña simpatía y delataba de la parte de los dominadores el designio subconsciente de absorber a las masas moras. Con la voz morisco viene a decretarse el carácter inofensivo de este sujeto; es un mote despectivo, quizás, pero familiar.

Se imponía entonces el reencaje de las poblaciones esa raza en la sociedad y en el Estado. La expulsión apenas tenía partidarios, contra lo que sucedía con los judíos.

Pero poco importaba que en la capitulación de 1491, los reyes, entusiasmados con lo conseguido, o, tal vez, ganosos de zanjar aquel pleito cuanto antes, se hubieran comprometido a garantizar la independencia espiritual de los musulmanes granadinos. La verdad es que las cláusulas de la capitulación no se tenían en pie. Para los moriscos, poseídos por un fuerte sentimiento nacional, eran, en el fondo, inaceptables.

A muchos les enojaba la ubicua presencia del arzobispo, fray Hernando de Talavera, a pesar de su extrema bondad; se sentían humillados y afrentados por la incorporación de su antiguo reino a los dominios de la corona cristiana, lo que les recordaban a diario los bandos y edictos del capitán general y alcaide de la Alhambra, el conde de Tendilla, gobernador, por lo demás, hábil y discreto.

Los moriscos granadinos querían tener sus reyes, sus soldados, sus gobernadores. Resentían la tutela política y administrativa y no ocultaban que les desagradaba la propaganda católica, el celo misionero de fray Hernando y sus colaboradores.

Bien que se dijera en el tratado de la rendición que a nadie se obligaría a hacerse cristiano, era cosa sabida que la Iglesia se apresuraría a convertir a los nuevos súbditos de Isabel y Fernando. Rememoremos que desde principios de aquel siglo había ido ganando terreno la idea de resolver el problema político-religioso-racial mediante las conversiones.

La obra catequística se llevó, pues, en Granada por las autoridades cristianas desde el primer instante con muy entrañable decisión. El arzobispo, ayudado por algunos alfaquíes, hizo prodigios, como lo fue el de bautizar a tres mil moros en una sola jornada.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 126-127.

El cardenal Cisneros

Ni en el caso de los judíos ni en el de los moriscos intervenía la Inquisición, como advertí, más que respecto de aquellos que, convertidos, retornaban a su antigua ley, es decir, respecto de los renegados; y oportunamente se descubrió que existía en Granada una porción de moriscos, conocidos por los elches, que estuvieron adscritos a la Iglesia y habían vuelto a adorar a Mahoma. Para entender en este género de transgresiones comenzó a funcionar el Santo Oficio de Granada.

Paso a paso se iban dando cita los factores que harían insoslayable el choque entre las poblaciones islamitas y el Estado. Sabido es cómo lo precipitó el cardenal Jiménez de Cisneros en 1499 al intentar apoderarse de los niños moros para llevarlos a las escuelas cristianas y al bautizar por aspersión general a las multitudes moras, y encarcelar a los alfaquíes que opusieron resistencia e incitaron al pueblo a levantarse.

El rigor de Cisneros le llevó, además, a quemar en la plaza pública cuantos libros árabes de asunto religioso pudo hallar, algunos con exquisitas iluminaciones y delicadísimas labores, verdaderas obras de arte.

La vehemente intervención del ilustre primado sacó de quicio a todo el reino musulmán. Mucha gente, y no solo morisca, censuró su proceder; pero, como enseguida veremos, la corona aprobó esta política. Cisneros estaba respaldado por la reina Isabel.

Cuando acaecieron los sucesos de Granada, los reyes se encontraban en Sevilla. A cuenta de los disturbios hubo una de las no muy raras escenas desagradables entre Isabel y Fernando —esta vez no motivada por los celos de la reina—, pues conocido es que el rey no amaba al fraile.

Sin embargo, siguió adelante la política de las conversiones forzadas; el pesquisidor que Fernando envió a Granada para que recogiera información sobre los acontecido llevaba orden de castigar a los culpables —moriscos, se entiende— y de perdonar a los que se bautizaran. Se resignaron a recibir el bautismo los moriscos del Albaicín y algún otro barrio. Las mezquitas pasaron a ser iglesias.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 127-128.

La rebelión de las Alpujarras

Por último la campaña dio cincuenta mil conversos más.

No mostraron igual mansedumbre los Sierra Bermeja y las Alpujarras, sino que el enterarse de que se quería llevar a los niños a las escuelas cristianas y de que se pretendía bautizar a todo el mundo se alzaron en armas en bloque, favorecidos por la fragosidad del paisaje. Dificultosamente pudieron ser reducidos después de haber destrozado en una emboscada a don Alonso de Aguilar hermano mayor del Gran Capitán, y a doscientos hombres más.

El primer chispazo de las Alpujarras inquietó seriamente a todos los españoles (tenía puesta a toda España en mucho cuidado), y no era el menos preocupado el rey Fernando, que pasó a Ronda para seguir de cerca los acontecimientos. Se temía ya —amenaza que prevaleció durante todo el s. XVI— que los moros de Berbería fortalecerían con socorros a los rebeldes.

Porque los granadinos mantenían vivo y solidario contacto con sus correligionarios de África, y en esta guerra se comprobó la presencia de moros africanos, los llamados gandules, que iban de una parte a otra con consejos y arengas, enderezados a levantar la moral de los insurrectos y disuadirlos de propósito de entregarse.

La contienda se liquidó con una capitulación de tenor muy diferente de la de 1491. A los moriscos, que desearan emigrar les dieron facilidades: salvoconducto, barcos en el puerto de Estepona, etc.; se les exigieron, sin embargo, diez doblas por persona. Los que permanecieran en España tendrían que trocarse en buenos católicos, cosa por cierto imposible. Aunque muchos se marcharon, no pasaron de una minoríaR.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 128-129.

Nacionalidad y religión

El Estado español declaró definitivamente en esta coyuntura su política respecto de todos los moriscos, los de Granada y los de León y Castilla: o emigraban o se bautizaban. El edicto de 1502 no se aplicó a los reinos de Aragón y Valencia, debido a la oposición de la nobleza aragonesa y valenciana a que se modificara la situación de los mudéjares.

Persistía en estos reinos el interés en conservarlos (expreso en la prohibición de emigrar) y el designio de mantenerlos corno clase servil, o en todo caso, diferenciada de las demás clases sociales españolas. Todo ello en pugna con el criterio asimilista y fusionista, igualitario y democrático, que la nueva monarquía, influida por la Iglesia e inspirándose en sus propios principios, desplegaba en el resto de España. En resumidas cuentas, la resistencia de los aragoneses y valencianos a admitir que se reformase la legislación en este capítulo era una manifestación más del propósito de conservar la servidumbre en aquellas regiones.

La corona temió de momento chocar con aquella nobleza, y Fernando el Católico renunció formalmente en 1510 a extender a los territorios aragoneses y valencianos las medidas adoptadas respecto de mudéjares y moriscos en los demás reinos.

Iba a ocurrir con las poblaciones mahometanas lo mismo que acaeció con los judíos. En aquella época se le ofrecían al Estado dos caminos para afrontar el complicado problema que indudablemente creaba la existencia en una relación tangencial de la nación mora junto a la sociedad española cristiana. Los dos caminos eran escabrosos y ninguno podía tenerse, ni en justicia ni en buena lógica, por solución.

Cabía expulsar a los moriscos, como había propuesto, sin que nadie le hiciera caso, el cardenal Mendoza; o absorberlos, según la opinión más común, la más noble y la más acorde con el interés de España: la elegida por los Reyes Católicos y seguida sucesivamente por Carlos I y Felipe II. Otra solución no había. Contra la semiindependencia o la autonomía religiosa y política que habían gozado los mudéjares en otros períodos estaban todos los españoles que no eran moriscos, comenzando por el brazo popular.

La autonomía pudo existir hasta entonces porque entonaba con la dispersión política de la Edad Media y porque la sociedad cristiana repugnaba la promiscuidad con los moros —en unos períodos menos, en otros más—, como los moros tendían a la separación civil de los cristianos.

Pero todo eso era agua pasada. Si en la Edad Media —inclusive hasta principios del siglo XV, en el reinado de don Juan II— se confinaba a los musulmanes a las morerías y se les obligaba a destacarse de la población general mediante un distintivo en la indumentaria, ahora se esforzaría el Estado por desvanecer las diferencias, forzando a los moriscos a vestirse como todo el mundo. En lo sucesivo se les prohibiría distinguirse de los demás españoles, no sin cierta razón; con poco éxito, sin embargo, porque los moriscos, también con cierta razón. querían mantenerse fieles a su religión y a sus costumbres tradicionales.

Condición sine qua non que el proceso inicial de la política asimilista era conseguir que los moriscos se tornaran católicos. Mientras se atuvieran al Corán y a la liturgia del desierto continuarían siendo una nación aparte, un elemento extraño incapaz de anegarse en el mundo genuinamente español. No perdamos de vista que nacionalidad y región eran entonces consustanciales. Un paso más y se obedecerá, como en el paganismo, la máxima latina: Cuius rezo, ejus religio.

La adhesión a una fe distinta de la que privaba en la nación apenas se concebía. Uno tenía la religión dominante en su patria o de lo contrario se situaba en conflicto con la nación, se salía de ella. Por lo tanto la religión era supremo negocio del Estado, en modo alguno asunto privado, abandonado a la conciencia individual, ni de grupo o raza.

El disidente, el hereje, renegaba según ese punto de vista, de su patria e incidía en delito de alta traición. Luego, cuando se dividió la Iglesia católica, se vino a cundir este criterio en toda Europa con insano dogmatismo.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 129-131.

La Germanía valenciana

Se comprende, pues, aunque no se celebre que la disyuntiva ante la cual se colocó en seguida a los moriscos, fuera el bautismo o la emigración. Pero como dije en relación con los judíos, las conversiones no resolvían el problema. Primero, porque los moriscos volvían a practicar furtivamente sus antiguas ceremonias, y, además, porque el lado religioso de la cuestión no era único que emponzoñaba la convivencia. Muchas otras cosas separaban a los dos pueblos, y se hubiera precisado en los moriscos una pasión enajenativa contraria a la condición humana para que la asimilación hubiese ido consumándose sin violencia.

Se les invitaba a que dejasen de ser moros; pero semejante metamorfosis, de ser practicable, requería fiar a la lenta labor del tiempo una misión de la que Estado y sociedad estaban impacientes. Esa impaciencia desató las primeras hostilidades, y se presentó el círculo vicioso: se ejercía violencia sobre los moriscos para hacerlos españoles como los demás, pero esa violencia los alejaba más, de corazón, del Estado y la sociedad cristianos.

En los sucesos de Granada y las Alpujarras del bienio 1499-1501 chocaron la nación morisca y el Estado español. En los que ahora se comentarán los moriscos entraron en colisión con la sociedad.

La Germanía o Hermandad valenciana de 1521-22 fue un fenómeno de estricto carácter social que no admite comparación con las Comunidades castellanas de aquello mismos días. Recordemos que las Comunidades representaban en su línea fundamental la tardía rebelión de lo más turbulento de la nobleza Girón y el clero (obispo Acuña, coligados con la aristocracia menor municipal Padilla, Bravo, Maldonado, esto es, la rebelión del sentimiento o tradición autonomista medieval contra el absolutismo monárquico del Renacimiento introducido por los Reyes Católicos y hecho particularmente antipático con Carlos l merced a la ancha y onerosa privanza de los cortesanos flamencos, (Ello no desmiente, sin embargo, la realidad de que en los comuneros latía un patriotismo de buena ley.)

En la Germanía valenciana, en cambio, aunque en ella aflorase cierta vena gremialista típica de la Edad Media, descubrimos una ostensible y aguda manifestación de la lucha de clases exacerbada, propia de la época. La Germanía fue la rebelión de la burguesía contra la nobleza. No discernimos aquí las complicaciones que enturbian prima facie la significación de las Comunidades castellanas. En el ingente motín valenciano todo es claro y recto para el historiador.

Los artesanos se organizaron en Hermandad, eligieron un comité de trece síndicos, uno por cada gremio, se obligaron a acatar sus estatutos mediante solemne juramento, y declararon la guerra, primero a los nobles y luego a cuantos burgueses se resistieron a formar parte de la organización.

La Germanía era una especie de sindicato de resistencia y lucha de clases que aspiraba a alistar a todos los artesanos contra los señores y calificaba de traidores a su clase a los que le volvían la espalda. Los agermanados querían aniquilar a la nobleza, abolirla para siempre, y desencadenaron el terror en la ciudad y en la comarca.

Los señores salvaron la piel huyendo Toda la nobleza habla desaparecido enteramente de la ciudad, de tal suerte, que una mujercilla, para que un muchacho se acordase de haber visto un noble, le mostró uno con el dedo, diciéndole que de allí adelante no vería otro alguno. Tanto era el furor y rabioso deseo de acabar con esta clase de ciudadanos.R.B.: Miñana, Continuación de la Historia de España, de Mariana, libro I, cap. VII.

En su origen la insurrección de los menestrales valencianos debió mucho de su incentivo a la circunstancia de hallarse armados. Y estaban armados, a iniciativa y persuasión de la corona, para que pudieran hacer frente a los moriscos en caso de revuelta.

Cuando estalló la rebelión de los burgueses contra la nobleza, los vasallos moriscos se pusieron de parte de los señores, y los gobernadores les facilitaron armas para que ayudaran a las autoridades contra los de la Germanía. Por ambas razones, esta guerra fue también una guerra de los artesanos y la plebe que los seguía con los mahometanos.

Por primera vez se nos presenta el pueblo, la masa popular, en querella sangrienta con los moriscos; y los excesos que cometen los agermanados contra la población musulmana del reino de Valencia recuerdan los desmanes de que fueron víctimas los judíos de los Pirineos en el siglo XIV

Los revolucionarios de la Germanía los pasaban a cuchillo y les incendiaban sus casas. A muchos los bautizaban, como si esta fuera una aspiración revolucionaria, y los dejaban en paz; a otros los remojaban en igual frenético remedo de bautismo y a continuación los mataban.

Los horrendos disturbios de Valencia, con su extraordinario episodio del bautismo forzado de los moriscos por las turbas; el progreso de la disidencia protestante. que acentuaba cada día más en toda Europa el celo teológico; el crecimiento en el Mediterráneo oriental de un alarmante imperio turco, en vías ya de extenderse hasta las puertas de Viena, y la eruptiva expansión de la piratería berberisca en el Mediterráneo central y occidental, en las propias costas de España; todos esos factores, a cual más considerable, planteaban a lo vivo, ante la perpleja visión del trono, el problema de los moriscos aragoneses y valencianos, no afectados, según se recordará, por las medidas que en 1502, compelieron a los de León y Castilla a bautizarse.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 131-134.

Carlos I y los moriscos

Carlos había jurado en las Cortes de Aragón no forzar la conversión de los mudéjares de aquel reino y lo mismo se entendía para los de Valencia. Pero en las condiciones descritas, la corona no podía seguir con las manos atadas. El pueblo valenciano, sobre todo, había incitado al rey a salir de su irresolución. Al cabo Carlos solicitó del Papa que le relevase del juramento hecho ante las Cortes a fin de decretar la conversión de los mudéjares, y moriscos de Aragón y Valencia.

En 1524 llegó el breve de la Santa Sede y en el siguiente año apareció el edicto real que imponía a los moriscos la conversión, e invitaba a emigrar a los recalcitrantes. A los que se negasen a recibir el bautismo y a emigrar se les amenazaba con la esclavitud. Por disposición de noviembre de 1525 fue declarado ilegal el culto musulmán en aquellos reinos.

Las primeras medidas adoptadas por las autoridades, medidas coactivas, decidieron a muchos moriscos valencianos a echarse al monte con sus familias. Unos cuatro mil se atrincheraron con armas en la Sierra de Espadán. Les hizo la guerra el duque de Segorbe con un ejército reclutado rápidamente entre los campesinos, la burguesía y la plebe y con alguna caballería de la nobleza. A estas fuerzas se agregaron tropas de alemanes que se dirigían a Italia y que en la represión sobreexcedieron a los demás en crueldad.

No había mucha más paz en el antiguo reino de Granada. Al extremo de que Carlos, concluida en Sevilla su boda con doña Isabel de Portugal, se trasladó sin demora a Granada para escuchar las lamentaciones de tirios y troyanos. Los moriscos se quejaban de la corrupción de los jueces y de que se les hacía violencia en todo a cada paso. Las autoridades acusaban a los moriscos de contumaces renegados, pues seguían practicando la religión mahometana con descaro, a pesar del bautismo.

El rey delegó su autoridad en una comisión de nobles y eclesiásticos, la cual dispuso, por primera providencia que el santo oficio se trasladase de Jaén a Granada. Corolario de la inquisa real fueron las Ordenanzas de 1526, que entre otras medidas relativas a la religión mandaban que los moros dejaran sus ropas peculiares y se ataviasen a la manera de los demás españoles y que no hablaran el árabe, sino el español. Todo ello enderezado a procurar la fusión de las razas. Pero los moriscos se obstinaban en mantenerse fieles a su pasado, y aunque eso ya no se sostenía, se nos hace difícil censurarlos por ello.

Las Ordenanzas de 1526 no pasaron de la letra, porque todo lo corrompía el oro de África. En efecto, son hechos comprobados. Menéndez y Pelayo registra el primero con un —duro es decirlo— que Carlos fue sobornado por los moros con un subsidio de ochenta mil escudos, que los personajes de la corte se repartieron otra pingüe suma y —en orden aparte— que los jueces se disputaban las causas y pleitos de los moriscos y no siempre por amor a la justicia.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 134-135.

Felipe II y los moriscos

Felipe II heredó una situación pavorosa en torno al problema morisco. En las Alpujarras, bandas de forajidos —producto de la corrupción de la ley y de la persecución— bajaban de sus cuevas a los caminos y a veces hasta las mismas puertas del Albaicín y desvalijaban a los cristianos o los asesinaban en venganza del agravio que se les hacía.

En la región valenciana, asimismo menudeaban los moriscos que vivían al margen de la ley. No pocos eran cómplices de los piratas turcos, argelinos y marroquíes, que osaban internarse en tierra y mantenían en permanente sobresalto a los habitantes de las Baleares y las costas de la Península, desde Cataluña a Málaga. A tal extremo infestaban los filibusteros el Mediterráneo occidental, que se había hecho inexcusable la presencia de un fuerte destacamento de la marina de guerra española, pues cuando desaparecía volaban impunemente los bárbaros por todas partes. En 1563, Felipe II tuvo que ordenar la vuelta de la armada de Italia para hacer frente a este peligro.

Al año siguiente resolvieron los argelinos apoderarse de las fortalezas españolas de allende el Estrecho, y con un respetable acopio de infantería y abundante caballería atacaron a Orán y Mazalquivir, que defendieron con éxito las fuerzas españolas al mando de don Álvaro de Bazán.

No más insinuarse la amenaza en África, se mandó desarmar y vigilar a los moros de España. El temor de la corona a un alzamiento de los moriscos en conexión con la acción de los enemigos que España tenía en el exterior era muy agudo en el reinado de Felipe II, y lo mismo en 1563, ante el ataque a Orán, como cuando en 1596 la formidable expedición inglesa de Essex y Raleigh —170 buques y 6.360 hombres— se adueñó de Cádiz, se creyó que el enemigo se lucraría del resentimiento de los moriscos y que habría una sublevación general de esta pobre gente.

Estado y sociedad se sentían inseguros y desasosegados a causa de la enconadísima cuestión moruna.

A todo esto, los otomanos señoreaban el Mediterráneo hasta Túnez, con ademán de convertir la sección occidental en un mar turco, pues habían conquistado —cayendo su escuadra por sorpresa sobre la española— la isla de los Gelves, y en 1565 habían puesto cerco a Malta. Sería necesaria la alianza de las potencias mediterráneas —el Papado, Venecia y España— para atajar en Lepanto la incontenible expansión de la media luna. Y a pesar de este memorable suceso, todavía en 1574 se apoderaban los turcos de Túnez y la Goleta.

Mas en el momento a que nos referimos aún no se había dado la batalla del golfo de Lepanto, que tan alta puso la moral de las naciones cristianas del Mediterráneo, y en Italia y en España dominaban la incertidumbre y el sentimiento de inseguridad. Turcos, corsarios africanos y moriscos españoles, si combinaran sus fuerzas podrían crear una situación delicada a España.

En esa atmósfera y con esas preocupaciones, Felipe II exhumó en 1565 y 1566 las incumplidas Ordenanzas de su padre. Los moriscos no deberían hablar el árabe, sino el castellano. Habrían de parecerse en el modo de vestir al resto de los españoles. No podrían refugiarse en los territorios de jurisdicción señorial. Sus hijos tendrían que asistir a las escuelas cristianas.

Los moriscos se imaginaron que les sería dado burlar los edictos de Felipe II como habían paralizado los de Carlos I. Ofrecieron al rey un subsidio de cien mil ducados y un tributo anual de tres mil para la Inquisición. Alguna esperanza concibieron también gracias a la disputa entre las autoridades encargadas de hacer observar las Ordenanzas. El capitán general, marqués de Mondéjar, trataba de aplazar la puesta en vigor de la ley, pero don Pedro Deza, presidente de la Chancillería y miembro de la Inquisición, insistía en que no hubiera aplazamientos.

La irresolución del capitán general o el conflicto de opiniones dentro del gobierno, restó fuerza y autoridad ante los moros a los edictos, y mientras discutían los gobernadores se organizaron para resistir. Confiaban en obtener socorros del sultán y los reyezuelos africanos.

El acto de recoger a los niños para llevarlos a las escuelas cristianas provocó los primeros desórdenes en abril de 1568. La rebelión adquirió su mayor virulencia en las Alpujarras, y llegó a extenderse con el tiempo a las montañas de Almería y Málaga. La lucha se caracterizó por su ferocidad; competían en excesos moros y cristianos; por tratar de oponerse a las crueldades que se infligían a los cristianos perdió la vida el rey moro a manos de los suyos.

Era este Fernando de Córdoba y Valor, que se decía descendiente de los Omeyas cordobeses y figuró con el nombre de Aben Humeya. Muerto Aben Humeya le sucedió Adalá Abenabó, con alguna fortuna militar al principio, pero las campañas de don Juan de Austria quebrantaron decisivamente a los sublevados, y cuando Abenabó cayó víctima del puñal de un traidor de su propia raza vendido a los cristianos, llegó virtualmente a término la guerra. Despuntaba la primavera de 1571.

Por sus propios medios los moriscos no hubieran podido resistir tanto tiempo. Recibieron en seguida auxilios del sultán y de África, y aunque la armada de Italia patrullaba sin cesar las costas españolas y el Estrecho e interceptó en una ocasión catorce navíos grandes, que tuvieron que regresar a Argel, no logró dejar incomunicados a los moros españoles. Entre las fuerzas de otras naciones que combatieron a su lado fue identificado un escuadrón turco. Pero no sucedió lo que Felipe II temía, que era que la flota turca se presentara en las costas de España; para arrostrar este peligro había dado el gobierno del puerto de Cartagena al eficiente Vespasiano Gonzaga.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 135-138.

Ayuda turca a los moriscos

Que la causa de los moriscos era la causa turca lo reconocieron tanto en Constantinopla como en las Alpujarras: el turco lo reconoció animando a los moriscos a resistir, con lo cual dividían las fuerzas de la monarquía española e impedían que se unieran a las venecianas, como a la postre sucedió en Lepanto meses después; Abenabó lo confirmó recomendando a los emisarios que despachó a Constantinopla, Túnez, Argel y Fez que apoyaran su derecho a recibir ayuda en la defensa que los musulmanes españoles hacían de la religión y los intereses del mundo mahometano.

Concluida la guerra, a los turcos y africanos se les permitió regresar a los lugares de donde procedían; con ellos se marcharon grupos de moriscos; y Felipe II dispuso que se descongestionase el reino de Granada de sus multitudes moriscas, dispersándolas por el interior, en Extremadura, Castilla, León, Galicia y la Andalucía occidental, los habitantes del Albaicín habían sido deportados en el curso de las hostilidades; por manera que ya poco o nada subsistió de las antiguas condiciones en el reino granadino, ahora diezmado y empobrecido.

Cervantes y los moriscos

Corriendo los últimos años del siglo XVI, las relaciones entre los moriscos, de una parte, y la sociedad y el gobierno, de otra, eran peores que jamás. El gobierno no acertaba a pacificar las zonas de población mora más densa. En esos distritos, en especial el valenciano, los cristianos no se atrevían a andar por la calle luego que se ponía el sol. Los piratas saqueaban las casas de los cristianos en los pueblos próximos a la costa, asesinaban a sus moradores y celebraban juntas al aire libre con nuestros moros. Cristianos viejos y nuevos se tomaban la justicia por su mano. En resolución, Valencia era una anarquía.

Pero no nacían las mayores preocupaciones del poder público del desorden interior. Los moriscos mantenían comprometedora correspondencia con Enrique IV de Francia; y no hacía mucho tiempo que habían invitado a Muley Cidan, rey de Marruecos, a desembarcar con tropas en la Península, donde le prometían el apoyo de la población morisca, dispuesta a levantarse en rebelión.

Por el aviso que los moriscos de España dieron en el año 1609 a Muley Cidan que llegó a mano del comandante militar de Mallorca, y lo notificó al rey Felipe III en carta de 10 de octubre de dicho año, resulta que los expresados moriscos suplicaban a aquel monarca con instancia viniese a socorrerlos, seguro de que hallaría en España ciento cincuenta mil moriscos, tan moros como sus vasallos.R.B.: Censo de don Tomás González, Despoblación y Repoblación de España, p. 37.

Se prohibió a la población de Valencia acercarse a las costas, y por primera vez fueron desarmados los moros de Aragón. Bajo el gobierno del conde de Lerma —aún no era duque—, en Valencia se creó una milicia general de diez mil hombres con secciones de caballería, llamada a caer sobre los moriscos a la menor señal de alzamiento.

El desenlace del drama histórico en que estaban envueltos moros y cristianos españoles no se haría esperar ya.

Las razones del desamor popular las refracta Cervantes en una tremenda diatriba del Coloquio de los perros. Exclama Berganza.

Oh, cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas. Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas en efecto, habré de decir algo; y así, oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente.
Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a oscuridad eterna: de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España.
Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas: todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos, y que cada día ganan y esconden poco o mucho, y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia muestra. Entre ellos no hay castidad ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación.
No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; nos roban a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la de robarnos.
De los doce hijos de Jacob que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisés de aquel cautiverio salieron seiscientos mil varones, sin niños y mujeres; de aquí se podrá decir lo que multiplicarán los déstos, que, sin comparación, son en mayor número.

En la figura de Ricote (en el Quijote), Cervantes nos presenta, sin duda alguna, un morisco histórico, el arquetipo de la clase media de su raza en España; moro pacífico de la Mancha, donde no estaban tan mal vistos. Ricote es vecino de Sancho y tendero del lugar; habla. sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana. Ricote sabe cierto que la Ricota, su hija, y Francisca Ricota, su mujer, son católicas cristianas, y aunque reconoce que él no lo es tanto, afirma que todavía tiene más de cristiano que de moro.

Ante la orden de expulsión, este morisco cervantino había reunido su tesoro, lo había enterrado y había salido de España solo, sin su familia, a fin de buscar donde llevarla con comodidad. Estuvo en Francia, en Italia y en Alemania;.

y allí me pareció -comenta Ricote- que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia.

De vuelta en la Mancha por donde anda, disfrazado, —con unos aventureros alemanes—, Ricote propone a Sancho que le acompañe a sacar y encubrir su tesoro, por lo que le dará doscientos escudos. Pero Sancho se muestra escéptico en cuanto a la existencia de ese tesoro, porque en el pueblo se supo que a la mujer y al cuñado de Ricote les quitaron muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar.

La orden de expulsión no había sorprendido a Ricote, según le confiesa a Sancho. El vio,.

y vieron todos nuestros ancianos —explica— que aquellos pregones no eran solo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinado tiempo.

Esta certidumbre le venía al moro de saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue inspiración divina la que movió a su majestad a poner en efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo a los enemigos dentro de casa. Sancho simpatiza con Ricote, que es un moro humilde, de aquellos que más han entrado por la españolización.

No obstante, su hija, la hija de Ricote, solo se casará con un hombre de su raza, "que habrás oído decir, y mucho -recuerda a Sancho- que las moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos".

Tanto Sancho como Ricote aceptan la expulsión como una fatalidad; aquél lamenta tener que separarse del moro, de quien se despide con un tierno abrazo, pero no quiere ir con él por no hacer traición a su rey dando favor a sus enemigos.

Esta actitud de Sancho era, sin duda, típica del pueblo en las regiones de tierra adentro, donde los moriscos no formaban tan alta proporción de los habitantes como en Valencia. A Ricote le expulsan, en realidad, por lo que hacen otros, y él se resigna a pagar por la contumacia y la inadaptabilidad de los demás. Si la densidad de la población morisca hubiese sido igualmente llevadera en todas partes y todos los moriscos hubiesen pensado como Ricote, no hubiera habido problema.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 138-142.

La expulsión

Fue el inmenso numero - agobiante en Valencia-, la rápida y constante multiplicación de la raza mora en una nación de población cristiana descendente (Cervantes insiste mucho en esto), el factor de mayor entidad, acaso, de cuantos determinaron el extrañamiento. Cada día había más moriscos y menos cristianos.

Sabido es que la expulsión tropezaba con la resistencia de los nobles dueños de siervos moros, de cuyo trabajo extraían gruesas rentas. Por otra parte, los moros ricos disponían de valedores, por vía de soborno, en la Corte y en la Iglesia. Notorio entre los protectores de los moriscos era el conde de Orgaz. Cerca del Papa llevaba la causa de los moriscos el canónigo de Guadix, Quesada, muy activo en predisponer a la Santa Sede contra la idea de la expulsión.

Otro sector del clero no podía olvidar que en la morisma española tenía inagotable fuente de diezmos y rentas; y en fin, había, asimismo, ciudadanos y eclesiásticos desinteresados, como tal vez los obispos de Segorbe y Orihuela, que fiaban la solución del problema a las conversiones.

Con todo, a principios del siglo XVII, la mayoría del país había concluido que la expulsión no debía aplazarse. Se veía venir el estrago económico que ese paso acarrearía (también lo vio venir Isabel la Católica cuando la expulsión de los judíos), pero esperaban hallarle pronto remedio repoblando la tierra valenciana con cristianos viejos de otras provincias

La expulsión de los moriscos fue resuelta por el Consejo de Estado en 4-IV-1609 y comenzaron a ponerla en práctica en el otoño de ese mismo año. Las operaciones se planearon en una escala y con detalles que pasmaron a todos los españoles y en particular a los moros.

Concentró el gobierno sobre Valencia un imponente aparato militar: vino el grueso de la Armada con todo su estado mayor: Carlos Doria, duque de Tursis, nieto del gran Andrea; el marqués de Santa Cruz, hijo del vencedor de Lepanto (pálidas sombras ya de la generación anterior); Villafranca, Fajardo, don Octavio de Aragón. Llegaron los viejos tercios de Italia, aun enterizos y todavía temibles.

Los primeros en prepararse para el embarque fueron los moriscos de Valencia, no sin abundante y lamentable efusión de sangre; pues a mitad de la empresa, debido al rigor inhumano con que se los trataba, se sublevaron varios miles capitaneados por dos valerosos individuos de su raza, Millini y Turigi.

Del reino de Valencia salieron más de 150.000 moriscos.

En enero de 1610 fueron expulsados los de Andalucía: unos 80.000; de las Castillas, la Mancha y Extremadura salieron 64.000; de Aragón, 64.000; de Cataluña. 50.000; del Campo de Calatrava, 6.000; de Murcia, 15.000, y del Valle de Ricote, 2.500. Se rezagaron en la partida, con la esperanza de quedarse, los descendientes de los antiguos mudéjares castellanos; pero en mayo de 1611 les fue aplicado el edicto y otros 20.000 moros tuvieron que expatriarse.

La amputación morisca costó a España cerca de un millón de habitantes. Danvila acepta esta cifra, lo mismo que Menéndez y Pelayo en la Historia de los Heterodoxos y que Sabán en sus Tablas Cronológicas. Los recuentos de población realizados en el siglo XVII confirman el millón. En Despoblación y Repoblación de España se fija en 750,000 el número de moriscos expulsados.

La posición de Cervantes en lo que atañe al asunto morisco es sobremanera instructiva y sobre ella interesa que volvamos. Denota el conflicto moral, la íntima desazón en que se hallaban todos los españoles inteligentes y blandos de corazón ante un problema para el que no había convincente remedio.

De cuanto escribió Cervantes sobre los moriscos, infiere Américo Castro en su Pensamiento de Cervantes que el autor del Quijote dice que han hecho bien en echar a los moriscos y dice también que eso es una absurda crueldad; reconoce que son españoles, que están en su patria natural, pero también declara que son incompatible con España. Cervantes -añade Castro habla de los moriscos como un blanco del Sur de los Estados Unidos lo hace respecto de los negros, o como se halla hoy de los judíos en Alemania o en los Estados Unidos.

El conflicto con los moriscos no era exclusivamente, ni siquiera en su mayor dimensión, religioso, aunque Cervantes aluda a la libertad de conciencia cuando, matizado por notas de delicada humanidad, expone el punto de vista de aquéllos.

Ciertamente, la cuestión religiosa soplaba en las ascuas de la pugna étnico-económica y la encendía más. Visto el pleito, como hay que hacerlo, desde este ángulo, el dilema morisco se nos revela, como una tragedia exclusivamente española, así como la cuestión de los negros es una cuestión exclusivamente norteamericana. Y siempre se acreditará de inútil el esfuerzo de figurarse a cualquier otra nación afrontando en el siglo XVI un problema específicamente español.

Cánovas lo define como uno de los males más profundos de la monarquía, nacido de su propia constitución; y eso era, en efecto. Lo trajo la invasión árabe y estuvo condicionado en cada época por la evolución de la sociedad y el Estado cristianos, proceso que acabamos de analizar.R.B.: Cánovas del Castillo, Historia de la Decadencia de España, Madrid, 1854, libro II.

Ante el suceso de la expulsión —desnudo de los accidentes y demasías que lo rodearon— es seguro que el historiador se encontrará en todo tiempo perplejo, incapaz de juzgar, tan confundido y quizás tan melancólico como Cervantes y sus criaturas Ricote y Sancho Panza.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 142-144.