Mudéjares y Moriscos

La nueva política cristiana

El Cid en Valencia

Los moros, vasallos

La Iglesia y los mudéjares

La expropiación de los moros

La población social mudéjar

Esclavos, siervos y caballeros

Los moros ricos

La prohibición de emigrar

Enrique IV y los mudéjares

Los moros de Granada

Los moriscos

El cardenal Cisneros

La rebelión de las Alpujarras

Nacionalidad y religión

La Germanía valenciana

Carlos I y los moriscos

Felipe II y los moriscos

Ayuda turca a los moriscos

Cervantes y los moriscos

La expulsión

La nueva política cristiana

Al infinito número de complicaciones que la invasión árabe introdujo en el desenvolvimiento político-social de España se unió pronto otra: la que forzosamente había de engendrar, al avanzar la Reconquista, la presencia de importantes masas musulmanas en los territorios cristianos. Como aconteció con los judíos, este hecho tuvo consecuencias beneficiosas para la nación en la economía, pero acentuó considerablemente la inestabilidad y la confusión de la constitución política, y con el tiempo creó problemas sociales y psicológicos muy delicados.

La torre de la iglesia del Salvador de Teruel La torre de la iglesia del Salvador de Teruel es una edificación del mudéjar aragonés

En la fase inicial de la Reconquista, los cristianos de Asturias raramente dejaban con vida a los prisioneros moros. Por regla general, los exterminaban. Los reyes asturianos carecían de masas propias para repoblar y colonizar los territorios reconquistados, y la idea de hacerlo con multitudes mahometanas debía de repugnarles o no debía de parecerles prudente ni practicable. Con Alfonso I (739-757 ), que como es sabido, imprimió a la Reconquista el primer impulso ordenado y vigoroso, los neogodos comenzaron a hacer prisioneros moros, que reducían a esclavitud, y en casos de excepción les daban tierras y los trataban como vasallos libres. No obstante, en el siglo VIII, los reconquistadores no reconocían aún la utilidad de las poblaciones sarracenas.

La política del exterminio del enemigo musulmán cedió el paso andando el tiempo a un trato menos brutal, impuesto, en primer lugar, por la necesidad económica. La esclavitud, que en la antigüedad representó un progreso evidente sobre la costumbre de matar a los prisioneros, descubrió también pronto sus ventajas a los señores cristianos.

En el siglo X predominaban en la España cristiana la idea de someter a los moros al cautiverio y la de venderlos como esclavos. Reyes y nobles cayeron en la cuenta de que era preferible explotarlos, tanto más cuanto que la repoblación se tornaba más difícil a medida que progresaba la Reconquista. Los prisioneros quedaban ahora reducidos a servidumbre, o esperaban en la cautividad que los rescatasen, dado que desde muy temprano, antes que los españoles, los moros establecieron la costumbre de redimir a los cautivos de su raza y religión. Pero no todos podían ser rescatados, y muchos permanecían cargados de hierros hasta la muerte. El mismo destino sufrían en ocasiones los cristianos apresados por los moros.

En el siglo XI ganó mucho terreno en la España cristiana la política de favorecer la convivencia de los pueblos de una y otra religión. Se tendía a conservar a los moros, y cada día en condiciones más decorosas, aunque siempre, por lo común, poco envidiables.

La raíz económica de la nueva política es ostensible. Fernando I (1037-1065), representaba a este respecto un momento de transición. En la reconquista de los territorios que luego formaron el condado de Portugal, al sur de Galicia, el monarca castellanoleonés convirtió en siervos a los sarracenos de Cea y Lamego, y a los de Coimbra los expulsó en masa, y los despojó de todos sus bienes.Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIV, 3, p. 386.

La situación era ahora en estos territorios harto diferente de la del siglo VIII. Galicia y el país del Bierzo, cultivados y relativamente prósperos, contenían ya, en el siglo XI, una población numerosa, con tendencia a derramarse hacia el Mediodía; y Fernando El Grande, contra lo que ocurriría a sus sucesores inmediatos, no se hallaba embargado por la angustia de la escasez de gente para colonizar.

En el reinado de Alfonso VI (1073-1109) se llegó al límite de lo entonces aconsejable en la tolerancia y protección de las poblaciones mahometanas. Sabemos que el conquistador de Toledo reservó a los moros trato extremadamente liberal en la capitulación. Los dejó en posesión y disfrute de sus mezquitas, viviendas y propiedadesiglo Vimos que incluso les facilitó fondos para que continuaran las labores agrícolas. Mas para conocer el estado de las relaciones entre musulmanes y cristianos en el siglo XI precisa parar atención en la conquista de Valencia por el Cid.

El Cid y los musulmanes de Valencia

Cuando el Cid estableció en Valencia —en 1090— su protectorado, dejó el gobierno de la ciudad en manos del visir que ya lo tenía. No modificó la constitución; se ciñó a designar los funcionarios encargados de recaudar los impuestos territoriales y los del puerto y a situar un noble castellano en cada pueblo, para mantener el orden y administrar justicia.

La población de Valencia se distribuía del siguiente modo: fuera de las murallas del sur estaba el barrio mozárabe de Rayosa, donde los cristianos se agrupaban en torno a la iglesia de San Vicente; también había gran número de mozárabes en el suburbio de Ruzafa; en los arrabales de Alcudia, al norte, moraban, con otros cristianos, los hombres del Cid y el obispo del rey Alfonso. En la ciudad interior musulmana ejercía el visir, o primer ministro del rey moro.Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XII, 1, p. 307.

El avance de los almorávides en Andalucía tuvo en Valencia honda repercusión, por ser aquí el partido musulmán intransigente y numeroso. Se sublevaron los moros, abrieron las puertas a una partida de africanos y se sacudieron la tutela del guerrero de Vivar. El Cid se vio forzado a comenzar el asedio de la plaza. Pero en julio de 1003 capitularon los valencianos, los almorávides salieron de Valencia escoltados por fuerzas cristianas y la ciudad se avino de nuevo a pagar tributo al Campeador. El incumplimiento de las capitulaciones por parte de los moros animó entonces al Cid a poner estrecho cerco a Valencia y rendirla sin condiciones.

El sitio se prolongó diecinueve meses y medio, testimonio de la incoercible fiereza con que los musulmanes trataban de sustraerse a la férula de los príncipes cristianos. Los horrores de este cerco sobrepasan lo imaginable, y con el desenlace civil del formidable episodio, proyectan en la obra de Menéndez Pidal abundante claridad sobre la España del siglo XI. En abril de 1094 la población mahometana de Valencia estaba a pique de sucumbir en los garfios del hambre, pero perseveraba en la defensa de los muros con la violenta resolución de los pueblos enfervorizados por el sentimiento de independencia. Sin embargo, cuantas veces se abrían las puertas, trataban de escapar al campo multitudes famélicas, en las que predominaban los niños y las mujeres.

Estos fugitivos chocaban con el cinturón de hierro de las fuerzas sitiadoras, que los pasaban a cuchillo, o los vendían a los moros de Alcudia por un pan, un poco de pescado o una jarra de vino; y ciertamente —anota Menéndez Pidal— no valían más, porque estaban tan exhaustos, que no pocos, morían luego que probaban bocado. Otros eran despedazados por los mastines que montaban la guardia con los centinelas. Los soldados del Cid se quedaban con las muchachas o las ocultaban para obtener el precio del rescate. Los fugitivos de mejor planta eran comprados por los mercaderes de esclavos que andaban por la costa husmeando la presa humana que la resaca de aquella guerra de razas depositaba a sus pies.

Estos mercaderes que exportaban a Europa los esclavos moros tomaban, por lo común, la doliente mercancía de los dawáyir, moros maleantes y renegados, que daban a sus compatriotas un trato espeluznante y seguían a las tropas cristianas para lucrarse del infortunio de su propia raza. Los dawáyir violaban harenes, torturaban y mutilaban a los prisioneros mahometanos, hombres y mujeres, o los vendían como esclavos.Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIII, 1, p. 348.—En la hueste de Alvar Fáñez, cuando este capitán de Alfonso VI y pariente del Cid dejó de cobrar el tributo de Valencia para el rey, los almogávares, o avanzadilla mora, y los dawáyir formaban la cabeza y la cola, respectivamente—.

Por su parte, los cristianos, si no comerciaban con los prisioneros moros tan vilmente como los dawáyir, eran feroces en la guerra, como lo prueban el sitio de Valencia y los diecisiete fugitivos quemados vivos por el Cid a la vista de los habitantes de la ciudad. Estos eran hábitos, ciertamente, de la época.

En las incursiones que hacían los cristianos por territorios sarracenos conquistaban a menudo copioso botín de ganado, que vendían en las ciudades, y se apoderaban de grupos de moros de uno y otro sexo, que se repartían en calidad de siervos personales, o mantenían cautivos a la espera del rescate, o reducían a la servidumbre de la tierra.

Muy distinto era el trato que a la sazón recibían los musulmanes en la paz, y se comprobaba violento contraste entre la crueldad con que los cristianos llevaban las campañas militares y la blandura de las capitulaciones. La conducta del Cid en el asedio de Valencia y después de rendirla en junio de 1094 es típica de ambos extremos.

Alfonso VI se mostró por demás generoso con los moros en las capitulaciones de Toledo; pero Toledo no había ofrecido resistencia; había caído, en rigor, sin lucha. Por el contrario, los mahometanos de Valencia dieron mucha guerra al Cid antes del sitio, y en el sitio se acreditaron de indomables. Sin embargo, las condiciones que el Campeador impuso a los valencianos aventajaban en liberalidad a todas las hasta entonces otorgadas por los reyes cristianos y sirvieron de patrón a las conquistas de la siguiente centuria.

El visir, el cadí y los alfaquíes en funciones en el momento de la rendición continuaron en sus puestos. La única contribución exigible era el diezmo establecido por la ley mahometana, lo que significaba gran alivio para los pueblos exprimidos por las arbitrarias exacciones de los reyes de taifas. Esta era también la política tributaria de los almorávides y una de las razones, la más importante acaso, de su popularidad.

Igualmente respetuoso fue el Cid con la propiedad privada. Los moros siguieron en posesión de sus tierras, y las ocupadas y trabajadas por los cristianos durante el sitio les fueron devueltas, siquiera vinieran obligados los propietarios musulmanes a indemnizar a los cristianos por los gastos de compra, mantenimiento y mejoras.

A pesar de todo, buen número de familias prefirió emigrar. Los moros de Valencia, según se vio en el sitio, tenían en gran aprecio su independencia, eran muy cabales en la fe y su ley les prohibía vivir bajo la dominación cristiana.

Un nuevo alboroto o revuelta de los musulmanes valencianos incitó al Campeador en 1096 a ocupar la gran mezquita y habilitarla para el culto católico. Pero los demás templos del Islam continuaron en poder de los moros.

Los moros, vasallos

Nada de esto mermó, sin embargo, la manifiesta tendencia de los reyes y los nobles cristianos del siglo XI a considerar a los moros como vasallos que podían y debían vivir en armonía con la población cristiana. La intransigencia de los almorávides perturbó un tanto, con la hostilidad hacia los mozárabes, el designio de los príncipes católicos, sin llegar, con todo, a ocasionar una rectificación de política.

Las capitulaciones de Tudela (1115) y Zaragoza (1118), firmadas por Alfonso I el Batallador, así como las de Tortosa, concedidas por Ramón Berenguer IV en 1148, se fundaron sobre el precedente de Toledo y Valencia.Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIII, 2, p. 355.

Prueba palmaria de que las invasiones almorávide y almohade, si bien retrasaron la Reconquista, no impusieron igual retroceso a las relaciones de los dos pueblos en la España cristiana.

En un extremo capital no se podía sostener la nueva política cristiana, y no se sostuvo desde el primer instante: en el económico. Ya advertimos que la Reconquista no era solamente, ni quizás de modo preponderante, un movimiento religioso contra el Islam. Los cristianos querían, ante todo, recuperar las tierras de sus antepasados, como dice don Juan Manuel, y dejar a los moros en posesión de sus fincas violaba una de la aspiraciones fundamentales y harto comprensible de los reyes y los nobles.

El Cid mismo, en la toma de Murviedro, despojó a los musulmanes de sus tierras y sus casas y los expulsó. Pedro I de Aragón hizo lo propio en Huesca (1096). Aún no se generalizó esta política expropiadora de la nación mahometana, y hasta el siglo XII no aparece la confiscación y reparto sistemáticos entre los cristianos de los territorios y viviendas moros

Por consiguiente, fue a lo largo de la decimosegunda centuria cuando triunfó y se sostuvo más plenamente la nueva política cristiana dirigida a fomentar la convivencia de los dos pueblos.

En las mencionadas capitulaciones de Tudela, Zaragoza y Tortosa se dejó a los moros en el disfrute de sus propiedades, sujetas al diezmo únicamente: no se les expulsó, y si los cristianos se adueñaron de las grandes mezquitas no lo hicieron en seguida ni violentamente, como en Valencia y Toledo, sino después de un lapso prudencial. Se procuraba mucho causar a los moros el menor perjuicio posible y resolver cuestiones y conflictos pacíficamente.Menéndez Pidal, La España del Cid, cap. XIV, 3, p. 387.

El siglo XIII se cerró con la población mudéjar considerablemente acrecida. En parte, debido al espíritu de tolerancia que animaba a los magnates cristianos y que indujo a gran número de sarracenos, descontentos con el gobierno de los jefes de su raza, a avecindarse en territorio cristiano, y en mayor parte aún, por la amplia y súbita expansión de los reinos católico.

El trato que dispensaban los conquistadores a las nuevas masas moras no era, ciertamente, uniforme, al punto de que en muchos fueros salían los mudéjares tan favorecidos como los municipios, mientras que en otros lugares —los menos— se les reservaban condiciones de parias. La anarquía de la constitución política de la Península en la Edad Media afloraba también en la heterogénea situación jurídica de los mahometanos sometidos.

Con la conquista de Córdoba (1236) y Sevilla (1248) por Fernando III el Santo, y la de Valencia (que Alfonso VI había abandonado en ll02) en 1238 concluyen las grandes campañas cristianas. La actividad militar de Alfonso X no fue decisiva, pero se tradujo en victorias importantes, como la toma de Cádiz, que aseguró a Sevilla contra las incursiones de los piratas; en la rendición de Cartagena, en la conquista de Niebla y puntos adyacentes del Algarbe; avances complementarios de las últimas ofensivas, realizados con la colaboración del rey moro de Granada, tributario de Castilla.

Virtualmente había terminado la Reconquista, pero solo una fracción de los musulmanes había huido a África o había buscado refugio en los angostos y superpoblados dominios del rey granadino; por manera que las muchedumbres de moros mudéjares comienza ahora, al declinar el siglo XIII, a constituir un problema análogo al que planteaban las abundantísimas masas israelitas, esto es, un problema político-social-religioso de consecuencias incalculables para el desenvolvimiento de la sociedad peninsular.

La Iglesia y los mudéjares

Pronto, ya en el siglo XII, intentó la Iglesia proteger a la población cristiana contra la amenaza de la corrupción de la fe que pudiera desprenderse de la promiscuidad de las razas. Pero los mudéjares no llegaron en ningún momento a provocar una verdadera cuestión religiosa como la que se entabló con los judíos. Por las razones que iremos exponiendo, los mahometanos sometidos a la jurisdicción cristiana no despertaban hostilidad en el pueblo.

La principal era que los mudéjares eran la humildad misma.

No tenían espíritu propagandista, era gente buena y pacífica, dada a la agricultura, a los oficios mecánicos o al arte de alarifes, y no podían excitar los celos y codicias que con sus tratos, mercaderías y arrendamientos suscitaban los judíos.Menéndez Pelayo, Heterodoxos, t. V, p. 319.

Respecto de los mudéjares no se le ofrecía, pues, a la Iglesia un movimiento popular susceptible de ser electrizado por las prédicas de los clérigos intolerantes. Tampoco recibía la Iglesia pretexto para, a espaldas de la opinión popular, realizar contra los mahometanos una represión desde arriba, como la de los godos contra los hebreos en el siglo VII.

Los mudéjares no trataban de convertir cristianos ni cambiaban de religión, contra lo que sucedía con su gran número de judíos. Por tanto, los moros vivieron en contacto con la sociedad católica sin plantear ninguna cuestión grave, si bien se considera, hasta fines del siglo XV, mientras que la colisión con los judíos adquirió, como sabemos, peligrosa virulencia a principios del siglo XIV.

Socialmente, lo que distinguía a los mudéjares de los israelitas era esto: los mudéjares vivían principalmente de la tierra y los israelitas de las transacciones financieras. La propiedad de los moros era, al cabo, territorial; la de les judíos, mueble. A los mudéjares los proletarizaba la Reconquista, en tanto que a los hebreos los trocaba cada día más en una clase de banqueros y mercaderes. Los unos eran expropiados y los otros enriquecidos por la guerra.

En el siglo XIII salió a la luz, con perfiles más claros que en ningún momento anterior, el carácter nacional y territorial de la Reconquista. No desapareció la tolerancia religiosa, pero los moros perdieron sus propiedades. En muchas importantes ciudades, como Toledo, Baeza, Sevilla, Jerez, Niebla y Murcia, los mudéjares conservaron sus mezquitas y adoraron a Alá en público. Lo mismo puede decirse del campo, donde las comunidades de labradores moros podían fundar nuevos templos y practicaban públicamente el culto.

Esta parte de la población mudéjar, la de los agricultores libres solía constituir poblados y aljamas que se regían, bajo el dominio del rey o de los nobles, con tanta independencia administrativa como los municipios.

La libertad que disfrutaban los mahometanos era mayor en el campo que, en general, en los grandes centros de población, pero a no pocos el señuelo de los privilegios insertos en los fueros, y otras circunstancias que diré, les animaban a trasladarse a las ciudades, donde ejercían con humildad el comercio y los oficios manuales.

A despecho de la tolerancia religiosa y política, la condición social de los mudéjares empeoró radicalmente en el siglo XIII por virtud de la ocupación de las tierras y las casas de los moros por los cristianos.

Se recordará que, por regla general, en las capitulaciones de las dos centurias antecedentes no se estatuyó la expulsión de los moros y se les dejaron sus fincas, gravadas únicamente por el diezmo. No les estaba permitido emigrar. Pero seguramente por razones de policía, a las que no debía de ser ajena la Iglesia, se obligó a los mudéjares a vivir en los suburbios.

Fue el Cid, con toda probabilidad, el primero que puso en práctica esta política, confinando al arrabal de Alcudia, en Valencia, a los moros desleales y levantiscos y dando sus casas a los mozárabes de este distrito, lo cual representó un cambio de poblaciones y un doble éxodo que duró dos días.

En Tudela, Zaragoza y Tortosa se impuso, asimismo, a los mahometanos la mudanza a los suburbios, aunque para hacerlo se les otorgó el amplio plazo de un año a partir de la rendición. La separación se fue originando paulatinamente en los sentimientos religiosos, en el interés político y en la inclinación de los propios moros a concentrarse y aislarse. No parece, pues, que la división de las razas fuera especialmente penosa para los musulmanes, que en muchos casos consta que la solicitaban.

La expropiación a los moros

En franco divorcio con la política de Alfonso VI, con la del Cid y con la de Alfonso I el Batallador, las conquistas de los reyes cristianos en el siglo XIII no pudieron ser más fatales, desde el punto de vista económico, para los musulmanes. Toda la generosidad de don Jaime I de Aragón se redujo a conceder a los sitiados de Valencia (1238) que podían salir de la ciudad si así lo deseaban, con sus bienes muebles, en término de cinco días.

Cincuenta mil moros, con su rey al frente, se marcharon. Los nobles y los soldados cristianos se repartieron las tierras y las casas de los emigrados. Don Jaime ocupó la mezquita mayor, según era costumbre, y la convirtió en catedral.

Los sucesos ulteriores acaban de convencernos de que ya no les interesaba a los reyes cristianos conservar a los moros, sin duda porque no existía, o no ofrecía gravedad, el problema de la repoblación. Repitamos que en los dos últimos siglos debía de haber aumentado en gran medida la población cristiana, en parte por la afluencia de francos, buen número de los cuales se avecindaron en la Península, y en parte por la mayor seguridad personal y el incremento del comercio.

Las grandes ofensivas cristianas de este periodo denuncian una necesidad de expansión que implica floreciente situación demográfica, y el hecho de que a Alfonso X le fuera dado introducir a gente del Norte en Cádiz, Rota y Puerto de Santa María (ciudad fundada de nueva planta) lo corrobora.

En la capitulación de Valencia de 1238 se fijó la nueva frontera en el Júcar, y prometió solemnemente don Jaime el Conquistador que al sur de esta raya podrían vivir en paz los moros. Pero los cristianos rasgaron el pacto y a poco reanudaron el avance. La consecuencia fue que en 1247 hubo en estos territorios una sublevación general de mahometanos, movimiento que dio pretexto a don Jaime para decretar la expulsión de todos los moros del reino de Valencia en el lapso de un mes.

La resistencia que opusieron los valencianos a emigrar fue tan decidida, y las dificultades que conspiraban contra el designio del rey aragonés tan considerables, que en la práctica la orden de expulsión no se cumplió. No obstante, en 1252 volvió don Jaime a resucitar las medidas de rigor otorgando a los mudéjares del reino en cuestión el plazo de un año para que preparasen la partida.

Transcurrido el año, se verificó expulsión en masa y violentamente; los desterrados pasaron al reino de Murcia o se acogieron al de Granada. En fin, en 1268 hubo otra expulsión de mudéjares en el reino de Valencia, lo que atestigua que no todos se habían marchado o que muchos habían vuelto.

Es bien de notar que los moros que permanecieron en Valencia después de la capitulación de 1238, querían quedarse e hicieron cuanto estuvo en su mano, desde ofrecer importantes sumas a don Jaime hasta la resistencia armada, para conseguirlo. Pero todo, como hemos visto, fue en vano, los nobles cristianos codiciaban las tierras y las casas de los moros, que se apropiaban y distribuían ahora sistemáticamente, y el resultado de esta política no pudo menos de reflejarse en la vena subversiva de las multitudes islamitas expropiadas y sumidas en servidumbre.

Conviene repetir que en ningún periodo de la Reconquista se dispensa un trato uniforme a los musulmanes sometidos. Las condiciones de vida de los mudéjares variaban notablemente dentro de un mismo reino y por lo común disfrutaban más libertad política y religiosa en Aragón que en Castilla; pero por encima de la diversidad de la ley y la costumbre apunta una tendencia común a cada momento, y la tendencia en el siglo XIII era privar a los moros de poder económico, convertirlos en una clase económicamente sojuzgada.

Fernando III el Santo se mostró mucho más benévolo con los vencidos en la conquista de Sevilla (1248) que don Jaime I de Aragón en la de Valencia. San Fernando accedió a que los musulmanes sevillanos deseosos de permanecer continuaran en posesión de sus casas, no les impuso nuevos tributos y algunos moros notables incluso recibieron tierras y villas.

En el reinado de Alfonso el Sabio, otras masas moras cayeron en Andalucía bajo la jurisdicción cristiana como consecuencia de las nuevas conquistas o por sumisión voluntaria de gran número de mahometanos fatigados de la guerra. Don Alfonso los acogió con ademán tolerante, como cuadraba al espíritu de un rey intelectual enamorado de la cultura musulmana.

Los moros de Jerez y alguna otra villa apenas notaron el cambio. Los de Murcia, que se habían sublevado después de la conquista, en vida de San Fernando, obtuvieron de su hijo fuero para concentrarse en un distrito de la ciudad, aislados de la población cristiana. En la esfera política les permitió un régimen autónomo, con su aljama, gobernador moro, tribunales de justicia propios y ejercicio libre del culto.

Pero la evolución en el dominio de la propiedad era más decisiva para la suerte de las poblaciones mudéjares que la tolerancia política y religiosa, siempre, por lo demás, muy condicionada. Este aspecto, de la cuestión debe, pues, entretenernos menos que aquél. a todas luces fundamental.

La sociedad mudéjar

Cuando concluyó virtualmente la Reconquista, los mudéjares se extendían particularmente por Castilla la Nueva, Andalucía, el Levante y Aragón. Los del campo eran numerosos y se dividían, de un lado, en siervos y esclavos, y de otro, en libres.

Esas multitudes moras rurales, las sujetas a servidumbre o a esclavitud y las que gozaban situación privilegiada semejante a la de los concejos, eran un factor de gran consideración en la agricultura. En Castilla la Nueva, Extremadura y Andalucía buena extensión de las tierras de la nobleza y las órdenes militares la trabajaban los moros esclavos y siervos.

Los latifundios andaluces que se formaron en el siglo XIII, algunos de los cuales existían desde la decadencia del califato, contenían copiosa población servil mahometana, moros, en general, inferiores, que no se habían atrevido a emigrar. En Extremadura y en la Mancha, otros contingentes de esclavos mudéjares eran explotados en las encomiendas de las órdenes militaresiglo Igualmente numerosos eran los esclavos musulmanes entre el Duero y el Tajo, especialmente en la región de Guadalajara.

En el reino de Valencia se rezagaron muchedumbres de moros, la mayor parte campesinos y labradores, que pronto se vieron sujetos a la jurisdicción señorial. Otros siguieron ocupándose en el comercio y en la industria.

En esta última actividad los mudéjares trabajaban, en particular, la seda y el papel. En Cataluña no abundaban los moros, pero en Aragón constituían, según algunos autores, la mayor parte de la población agraria. Unos eran siervos, otros colonos, otros esclavos personales, todos tributarios de los nobles; y habían tomado tal carta de naturaleza que, contra lo que no era frecuente en Casilla, servían al rey en las guerras.

Todavía en las décadas que siguieron a las últimas campañas de la Reconquista existían en plena prosperidad las comunidades de campesinos mudéjares a que hemos aludido, enclavamientos de moros libres, en el disfrute le autonomía administrativa. Esos núcleos de población eran, como los municipios, de jurisdicción real, o vivían al amparo de las órdenes militares, de cuyos maestres dependían.

Inmediatamente después de la Reconquista, las aljamas rurales, antes que menguar, tendían a multiplicarse, a causa, sin duda, del aumento de la población libre y de las concesiones que les hacían los reyes para que habitasen en el campo. El crecimiento de las aljamas rurales es notorio en Castilla en el siglo XIII.

Arriba quedó apuntada la liberalidad con que los reyes y los señores de Aragón trataban a los mudéjares. Castilla comenzó dando ejemplo de tolerancia con la nueva política de conservación de los musulmanes iniciada en el siglo XI. Aragón, sin embargo, tras imitar a Castilla, la rebasó en este particular, sentando precedentes que en la segunda mitad del siglo XII y en el siglo XIII sirvieron de base, a su vez, a varios fueros famosos otorgados por los reyes castellanos.

La indulgencia aragonesa se explica, tal vez decisivamente, en gracia a la singular utilidad de las masas mudéjares, verdadera gallina de los huevos de oro para los señores. Porque los mahometanos cargaban en Aragón con la mayor parte de las tareas agrícolas y lo hacían en una tierra dura, sacando literalmente el pan de las piedras.

Nada tiene de extraño que las clases privilegiadas, que exprimían a los mudéjares, les dejaran hasta muy tarde sus magistrados y sus mezquitas y les permitieran celebrar en público los actos del culto musulmán con ostentación y aparato que escandalizaban a los castellanos y a los extranjeros.

Menester es reconocer que la libertad que gozaban en la Península los mudéjares no reducidos a servidumbre o a esclavitud la compraban a un precio desaforado. Todos, los del campo y los de las ciudades, estaban agobiados por los impuestos. En el siglo XIII pagaban: el diezmo o capitación para el rey; otro diezmo que les extraía la Iglesia; el onceno para el municipio, y otras gabelas fortuitas.

Con el paso de los días, aumentaban las contribuciones. En el reinado de Sancho V (1281-1295), los moros y judíos del arzobispado de Toledo desembolsaban alrededor de cincuenta mil maravedises al año; los mudéjares de Sevilla, ocho mil; los de Ávila y Segovia, unos siete mil y los de Palencia, cerca de seis mil.

La pluralidad de contribuciones, el despotismo de los nobles y los frecuentes conflictos con la población cristiana rural, que se consideraba superior a ellos y resentía sus privilegios políticos, forzaron paulatinamente a los moros libres, sobre todo en Castilla, a abandonar el campo y unirse a sus compatriotas de las ciudades y pueblos importantes.

Con la mutación, ciertamente, no se sustraían a las onerosas exacciones fiscales; ni se ensanchaba ante estos mudéjares el horizonte de la libertad política y religiosa; pero la ciudad y la industria y el comercio les garantizaban una existencia más independiente y anónima, en la práctica, que en el campo.

La progresiva separación de razas en las ciudades, bien que delatara la dificultad de la fusión, tan contraria al espíritu de los moros como al de los cristianos, simplificaba las relaciones de los dos pueblos, o de los tres, si se cuentan los judíos. Cada nación se movía para la mayor parte de las cosas en órbita propia.

Esclavos, siervos y caballeros

En las ciudades donde abundaban, los mudéjares eran poco más o menos, para el comercio y la industria, lo que sus connacionales de la aldea para la agricultura, los reyes favorecían de diversos modos las actividades mercantiles e industriales de los musulmanes: libertad de tratos, relativa moderación en los impuestos específicos de la industria, fomento de ferias, acceso a los mercados, etc. A estas facilidades se agregaban otras, provenientes de la peculiar situación en que se encontraban los mudéjares en la sociedad peninsular.

De antiguo veíase en el moro un hombre económico, una fuerza explotable, y se tendía a confinarle en las faenas penosas, y para la época, humillantes. Aunque había destacamentos de moros guerreros mandados por sus capitanes al servicio de los monarcas cristianos, los mudéjares, sobre todo en los dominios del rey de Castilla, estaban libres del servicio militar, como he insinuado antes.

Ello les consentía la vida sedentaria y regular del agricultor, o dedicarse a la industria y al comercio; y no ofrece duda que los cristianos que hacían la guerra de fronteras o se abrasaban en contiendas civiles, inducidos por su formación militar y caballeresca, hallaron en el casi monopolio de la industria y el comercio por moros y judíos una razón más para considerar deshonrosas e impuras estas actividades.

El mismo efecto psicológico debió de producir la exorbitante cantidad de esclavos moros repartidos en la agricultura y en las casas de los nobles y los judíos. Tales circunstancias no hacían sino acendrar en los cristianos el sentimiento de superioridad, y paralelamente acentuaban en los mudéjares el complejo antípoda. En los últimos tramos de la Reconquista, los cristianos españoles miraban a los mudéjares con un género de menosprecio pariente del que habían sentido otro tiempo los árabes por los cristianos.

De otra parte, el complejo de inferioridad de los mudéjares les llevaba a servir a los señores con celo extremado, sin protestas, y siempre por menos soldada o compensación que la exigida por los agricultores, artesanos y menestrales cristianos. Necesitando el amparo de los más fuertes, los moros no hacían causa común con el proletariado cristiano en las luchas sociales y defendían los intereses de los nobles.

Para los nobles, el mudéjar trabajador, sumiso y extraordinariamente sobrio, reunía todas las condiciones del siervo ideal. Con el trabajo de los islamitas, la aristocracia amasó grandes riquezas, por manera que la utilidad de las masas mahometanas obtuvo ahora sanción en la paremiología o archivo de refranes y proverbios. Así, se decía: Quien tiene moro. tiene oro. A más moros más ganancias. etc

Por eso, el proletariado y la clase media cristianos —como acontece siempre en estos casos— veían en los mudéjares un enemigo y un competidor; y en esta situación social, más, quizá, que en la divergencia religiosa, se originara a la postre la ruina de los moriscos, según veremos más adelante.

Los moros ricos

A despecho de la expropiación territorial y de la opresión tributaria que proletarizaron a grandes masas de mudéjares, disolvieron no pocas comunidades de labradores de esta raza y amenguaron visiblemente el número de los habitantes de Andalucía, subsistió una clase media musulmana y una minoría de moros ricos.

Gracias al ejercicio de la industria y el comercio, los mudéjares de las ciudades iban acumulando capitales, algunos respetables para la época y para una España sin capitalismo. Y si el proletariado cristiano resentía la mansedumbre de los siervos y colonos moros y la interesada protección con que los trataban los señores, la clase media cristiana, movida por un sentimiento subalterno, mezcla de envidia económica y de preocupación política, comenzó en el siglo XIII a propugnar en las Cortes la limitación de las libertades de los mudéjares.

Estamos ante una reacción pareja a la que provocaban los judíos. Desde entonces los procuradores de las ciudades se mostraron ofendidos por la prosperidad de las aljamas y se obstinaron abiertamente en mermar el poder económico y social de las poblaciones moras. Entre otras medidas, en 1295 dispusieron las Cortes que se prohibiera a los mahometanos adquirir bienes de los cristianos y que se anulasen cuantas transacciones de este linaje se hubieran llevado a efecto.

La Iglesia, desde otro punto de vista, coincidía con la clase media cristiana en el designio de restringir las libertades de los musulmanes. El clero velaba por la integridad de la fe católica, que creía amenazada por las relaciones, a veces bastante íntimas, o por el simple contacto, de los dos pueblos. En 1322 el concilio de Valladolid se pronunció, de acuerdo con la tradición sentada en Letrán, por la separación de los fieles de una y otra religión, y deploró que los mudéjares desempeñaran cargos públicos.

Ahora también, como para con los judíos, la política que se siguió con los moros fue vacilante y contradictoria. No hay que olvidar que los consideraban y protegían los reyes y los nobles, quienes percibían claramente su utilidad social. El pueblo, la clase media y la Iglesia no daban aún motivo para que pueda hablarse con justicia de persecución, mas los veían con recelo, con envidia o con inquietud. Desde luego, en el siglo XIV todo el mundo reconocía la importancia social de los mudéjares y nadie pensaba en expulsarlos.

Pero las restricciones político-religiosas y la explotación económica, cada día más severas para ellos, incitaban a los mudéjares a emigrar, bien de una población cristiana a otra —por ser harto desigual el trato que se les daba en los distintos reinos y aun el que recibían los moros de diversos lugares en vida de un mismo monarca—, ya el reino moro de Granada.

La prohibición de emigrar

Importa rememorar que en la centuria anterior, los reyes conquistadores habían expulsado a los musulmanes de los territorios recuperados, como don Jaime I de Aragón en Valencia, o les habían permitido marcharse, o les habían incitado a permanecer, halagándolos en este caso, aunque sin desmesurado interés, con fueros y privilegios como los otorgados por San Fernando a los moros de Baeza y Murcia, y por Alfonso el Sabio a los de Jerez y otras localidades de Andalucía. Pues bien, ahora se generaliza el deseo de retenerlos.

Hasta ese momento el moro libre podía acudir en desesperada extremidad al heroico recurso de emigrar. Esta era su última barbacana, Y bastaba a veces que los mudéjares de un lugar determinado amenazaran con abandonarlo en masa para que el rey o el señor atendiera sus quejas y aliviara su situación. Al perder las propiedades. los moros habían perdido la patria

En la prohibición de emigrar, entraba, claro es, el factor económico: los reyes y los señores trataban de impedir que los mudéjares escaparan del trabajo en sus dominios. Pero ocurría también que la liberalidad del príncipe y la nobleza en materia de religión y política se hallaba cada día más condicionada por las nuevas ideas sobre el Estado, adversas al fuerismo, y por la crisis de la tolerancia religiosa, que en parte tenía su raíz en la aspiración general de la sociedad cristiana española, inherente a la época, de favorecer la unidad moral y política de la nación.

Este estado de cosas se reflejaba en la desconcertante actitud de la corona en relación con los moros. Alfonso XI (1312-1350) continuó la política de frenos y limitaciones, pero cuando los mudéjares de Zorita se declararon dispuestos a emigrar les concedió una reducción de impuestos del cincuenta por ciento. En el reinado de Enrique II (1369-1379) aconteció lo propio: prosiguieron las restricciones de carácter político y religioso, pero el rey tornó a permitirles la adquisición de bienes de los cristianos.

Seguramente, los mudéjares eran más sensibles a las injusticias económicas que a la merma de sus libertades políticas y religiosas, y en aquella esfera obtenían ahora las únicas concesiones que los reyes podían otorgarles sin escándalo de la Iglesia y sin menoscabo de la soberanía del Estado.

Como se advierte, las concesiones económicas —que disgustaban al estado llano cristiano— se hallaban inspiradas en el temor de los nobles y la corona a perder, obligándolas a emigrar, las industriosas poblaciones moras; pero en el proceso ascendente de la supresión de las libertades acabó siendo obviado aquel riesgo —en el siglo XV— privando a los mudéjares de la posibilidad legal de huir al reino de Granada y a África.

La nueva legislación fue especialmente estricta en el reino de Aragón, donde mayor era el número de labradores musulmanes y a pesar de que gozaban allí, como nación, mayor libertad que en Castilla.

En el reinado de Juan II (1407-1454) culminaron las medidas hostiles a la libertad de los mudéjares. La corona, estimulada por la Iglesia, les impuso un aislamiento más severo en las morerías, se propagó el designio de convertirlos al catolicismo como solución político-religiosa, y la autonomía judicial de las aljamas sufrió serio quebranto. Pero aún había de sonar una hora, la última, propicia al mudejarismo en todas sus manifestaciones.

Enrique IV y los mudéjares

Con Enrique IV (1454-1474) los mudéjares adquirieron súbito y extraordinario influjo en el mundo oficial. El rey, cuya psico-patología ha intrigado a tantos autores, buscaba la compañía de los moros, de preferencia la de la gente ínfima de esta raza; de ella se rodeaba en sus extrañas expansiones, vestía su ropa y le daba mano larga en los negocios públicos. Casi mahometizado el monarca y señoreada toda la sociedad por un desorden horrendo, los mudéjares se lucraron sosegadamente de la abyección palatina y del eclipse de la ley.

Mas la privanza de los moros estaba condenada a pasar con la situación que la hizo posible. Se fundaba en el hecho fortuito y extravagante de la manía musulmanizante del rey. La sociedad española, aunque nunca sintiera, hasta entonces, hacia los moros la aversión que reservaba a los judíos, no había rectificado. Tras el extraordinario favor que disfrutaron los mudéjares en el reinado de Enrique IV —no sin la protesta de las Cortes, la alarma del clero y la delicia de la sátira— retornó la enemistad.

Y era que en definitiva, bien que con menos apremio, la existencia de las poblaciones musulmanas —con sus tradiciones peculiares, su espíritu nacional, sus riquezas, sus leyes, sus magistrados y su religión— comenzaba a plantear otro drama sin solución satisfactoria semejante al que se originó a causa de los judíos. Los mudéjares —y los moriscos luego— nunca perdieron su condición de cuerpo extraño inserto con violencia en la sociedad española.

No se los veía como genuinos españoles, sino como reliquia o secuela de la ocupación sarracena. Quizá en una época de perfil polémico menos afilado hubiera sido posible la paulatina asimilación de los moros españoles. Pero en el siglo XVI se enfrentó España con nuevos problemas vitales, los de la época, más aquellos otros que fluían de su especial situación geográfica. Se comprende la dificultad de que coexistieran en suelo español el culto mahometano y el católico en una edad de guerras religiosas.

Se explica la tirantez de las relaciones entre el proletariado cristiano y el musulmán en un periodo de aguda lucha de clases, estando sublevado el pueblo contra la nobleza y siendo los moros vasallos incondicionales y serviles de los señores. Ni deben olvidarse el desamor de la clase media cristiana hacia las clases pudientes mudéjares, ni la tendencia del Estado a suprimir la autonomía política de los musulmanes por razones iguales a las que le llevaban a mermar los privilegios de la nobleza y los municipios.

Difícilmente se concibe que se les hubiera permitido a los moros continuar organizados como nación cuando los municipios perdían —ya sin lamentarlo demasiado— su semi independencia. Fuerte era, pues, la coalición de los elementos que en el interior estorbaban la convivencia de musulmanes y cristianos y hacían imposible la fusión de razas. Las resistencias aumentaban en virtud del poder adquirido por los turcos y por los piratas africanos en el Mediterráneo.

En modo alguno había concluido la pugna entre Europa y el Islam. La suerte del Mediterráneo —si había de ser un mar turco o europeo— y aun la de la Europa central, se estuvo decidiendo de nuevo desde 1453, año en que los turcos se apoderaron de Constantinopla, hasta 157l en que se dio la memorable batalla de Lepanto. La nación otomana era la cabeza del Islam y España acaudillaba, contra turcos y protestantes, al mundo católico ortodoxo. La amenaza turca y berberisca no podía menos de agravar la situación de los últimos ismaelitas españoles.

Esa es la época que vamos a estudiar ahora. Se inicia, por lo que atañe a los moros, con la sumisión de Granada y se cierra con la expulsión general de 1609-1610.

RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, T. II págs. 104-144.