La Nobleza Medieval

Su poder económico

La preponderancia política de la nobleza de linaje en la España de la baja Edad Media impone —aún siendo tan considerable en esa época el influjo social de la Iglesia— que dediquemos lugar preferente a aquella clase social en esta presentación de las clases sociales. Apresurémonos a anotar que semejante supremacía tiene un fundamento económico evidente.

Hacia 1340 don Juan Manuel, el turbulento príncipe y celebrado autor de El conde Lucanor,

podía ir del regno de Navarra hasta el regno de Granada, posando cada noche en villa cercada et castillos suyos.

Los estados de don Juan, señor de Vizcaya —confiscados en 1327 por Alfonso XI en beneficio de la corona— se componían de más de ochenta pueblos y castillos. En el reinado de Enrique III, el buen Condestable Dávalos podía viajar por sus propios estados en todo el tránsito desde Sevilla a Santiago, casi de un extremo a otro del reino.

Don Álvaro de Luna, el poderoso privado de don Juan II, podía pasar revista a veinte mil vasallos; su renta anual la calcula Pérez de Guzmán en cien mil doblas de oro. Y un contemporáneo que da el catálogo de las rentas anuales de los principales nobles de Castilla a fines del siglo XV y principios del XVI, pone a muchos a cincuenta mil y sesenta mil ducados al año, renta inmensa si tenemos en cuenta el valor del dinero en aquel tiempo.

El mismo escritor juzga que las rentas de todos ellos representaban alrededor de un tercio de las del reino entero. El marqués de Villena poseía estados vastísimos, que tocaban los confines de Toledo, Valencia y Murcia. Y, en fin, el duque de Medinasidonia, el marqués de Cádiz y otros potentados menores se repartían la mayor parte de la región andaluza.

Las causas del exorbitante poder económico de la nobleza, del que se hacen eco, sorprendidos, los viajeros de aquel tiempo, hay que buscarlas, como tantas otras anormalidades de la sociedad española de entonces, en las excepcionales circunstancias que concurrieron en nuestra Edad Media.

A los nobles, la cruzada de la Reconquista les prometía, ante todo, el incesante acrecentamiento de sus estados, faceta práctica y materialista de la empresa que pesa tanto, por lo menos, en la Reconquista como el impulso religioso, y en la que hasta ahora se había parado poca o ninguna atención.

Que la alta nobleza hacía la guerra a los moros en primer término para aumentar sus dominios territoriales se desprende de aquella trascendental confesión de don Juan Manuel en El libro de los Estados, hoy citada con frecuencia.

...ca Jesucristo nunca mandó que matasen nin apremiasen a ninguno por que tomase la su ley, ca El non quiere servicio forzado.

Veremos confirmado ese juicio más adelante, cuando asistamos a la expropiación de los moros por los señores cristianos, Recordemos, además, que ya en el siglo XII se había manifestado igualmente el sentimiento expropiador en aquella línea del Poema del Cid: posaremos en sus casas, e dellos nos serviremos. .(616-622)

La aristocracia se llevaba la parte del león en las conquistas, a expensas casi siempre del rey y de los pueblos. De ello se quejaban las Cortes. Monarcas débiles, o mal orientados, acentuaron el mal excediéndose en mercedes y concesiones a la nobleza. Por todo lo dicho pudieron formarse en la última fase de la Reconquista las vastísimas propiedades territoriales de los nobles andaluces.

Hemos visto que la desapoderada fuerza territorial, de la principal nobleza española arrancaba de la guerra con los musulmanes. De la misma circunstancia nacieron prerrogativas e instituciones que solo existieron en España, o no tuvieron tanta importancia en otros países. Entre esas instituciones se comentan las órdenes militares, fuentes de influjo y poderío, no solo territorial, sino también político y religioso.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 9-12.

Las Órdenes Militares

Fundadas al declinar el siglo XII a imitación, sin duda, de las que surgieron en Tierra Santa al calor de las Cruzadas, las órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara compitieron en poder y grandeza, cuando no la sobrepasaron, con la de los Templarios.

Extensos territorios y considerable número de lugares dependían de estas instituciones, mitad religiosas, mitad guerreras, cualidades ambas que rimaban perfectamente con las necesidades y el espíritu de España en esa época. Las órdenes militares tenían sus ejércitos propios y daban a sus prohombres en encomienda los territorios y lugares que reconquistaban de los moros.

El gran maestre, elegido entre la más rancia nobleza, y los comendadores y priores regían la orden y administraban sus copiosos bienes. En tiempo de Isabel y Fernando las rentas del Maestrazgo de Santiago ascendían a sesenta mil ducados anuales, las de Alcántara a cuarenta y cinco mil, las de Calatrava a cuarenta mil. Castilla se llenó de fortalezas y conventos pertenecientes a estos caballeros. Los maestres eran verdaderos príncipes, con su vistosa cohorte de nobles y tropas, sus cuantiosos ingresos, y consecuentemente, un poder que hacía temblar en ocasiones a los monarcas. Se vio a los maestres levantar y deponer los reyes, dice la Crónica.

Nada tiene de extraño que la codiciada presa de los opulentos maestrazgos fuese causa a menudo de guerra civil entre la nobleza de linaje.

No poco contribuyeron las órdenes militares a privar de vigor a la corona. El Papado, de quien dependían en parte, las utilizó a veces para mantener a los reyes sujetos a la Iglesia. Sixto IV apoyó la rebelión del maestre Juan de Zúñiga contra Enrique IV. Inocencio IIIeximió a los maestres de la observancia de los tratados suscritos con los moros por Alfonso VIII. Y Honorio III prohibió a los reyes que impidieran a los maestres hacer la guerra a los moros siempre que se les antojara.

La fuerza de las órdenes militares denunciaba la flojedad de la monarquía feudal española, en contraste con el vigor que ya disfrutaba el poder real en otros países, incluso en Francia, donde hasta el siglo XV fue más débil que en Inglaterra.

La única orden militar de consideración universal en Europa era la del Temple. Los templarios aparecían sumamente numerosos y ricos en Aragón. Alfonso I el Batallador incurrió, como vimos en la impracticable extravagancia de legarles sus estados. (Su testamento, como también vimos, no se aplicó, sin embargo).

No gozaban menos ascendiente estos caballeros, por su número y por su riqueza, en Francia. Pero el rapaz el Felipe el Hermoso, con el fin de confiscarles sus cuantiosos bienes y acabar con su influjo político, disolvió violentamente la orden, de acuerdo con el papa Clemente V, a fines de la decimocuarta centuria e hizo a los templarios víctimas de horrendas calumnias y de un furor regaliano que dejó atónita a la Cristiandad.

Más de un centenar de caballeros fueron puestos al tormento, cincuenta y cuatro fueron quemados vivos en París, y el gran maestre, Jacobo de Molay, pereció en el cadalso con otros dignatarios de la orden. Clemente V abolió la orden del Temple en toda Europa. De España también desapareció, pero los caballeros recibieron un trato más benigno que en ninguna otra parte; la nobleza se alzó en su defensa y los tribunales los absolvieron de las acusaciones de impiedad y herejía en que envolvieron a la institución, para destruirla, el monarca francés y el papa.

La avaricia. la crueldad y el despotismo de Felipe el Hermoso de Francia han sido justa y unánimemente condenados por la Historia. Lo que ahora interesa destacar del incidente es esto: que la única orden militar capaz de rivalizar en Europa con el poder real tuvo corta vida, en tanto que las órdenes españolas acrecieron sin cesar su fortuna y sus fueros.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 11-12.

Los Mayorazgos

La nobleza de linaje española era pues, al finalizar la Edad Media más poderosa que en ninguna otra nación. Desde el siglo XIII había ido desarrollando y consolidando su ascendencia social sin interrupción; y no solo en virtud de las vastas conquistas que se hicieron a los sarracenos a partir del reinado de Alfonso VI y de la fundación de las órdenes militares, sino, asimismo, por haber sido declarados hereditarios los señoríos nobiliarios gracias a la introducción de los mayorazgos, mudanzas que se produjeron en los reinados de Alfonso el Sabio y su hijo Sancho IV.

Se establecieron los mayorazgos con sujeción a las reglas fijadas para la sucesión a la corona, esto es, los bienes de las familias aristocráticas se vincularon en el primogénito, a fin de que no fueran divididos ni enajenados los estados. Verdad es que estos cambios favorables a la nobleza respondían en España a una tendencia a la sazón general en Europa. Eduardo I de Inglaterra dio iguales pasos a fines del siglo XIII.

Pero las vinculaciones se mantuvieron intactas en Inglaterra poco más de un siglo, pues advertimos que en el reinado de Eduardo IV, segunda mitad del siglo XV) el Estado puso mano en la fortuna territorial de los nobles ingleses mediante multas expropiadoras y mediante la recuperación por la corona de los dominios que le habían sido usurpados.

La revolución iniciada en Inglaterra por Eduardo IV prosiguió en el reinado de Enrique VII, quien autorizó a los nobles a romper de propia voluntad las vinculaciones y a enajenar sus fincas. Merced a esta ley —que coincidía con la difusión del lujo y los refinamientos— comenzaron a disiparse las grandes fortunas de la aristocracia inglesa, con el consiguiente medro para la propiedad de los comunes.

Nada semejante, sino todo lo contrario, se conoció en España hasta el siglo XIX. Con los mayorazgos, la aristocracia castellana conservaría su formidable predominio social varias centurias después de haber dejado de ser, como clase, un factor decisivo en la política.

El Estado español anterior a la revolución de los Reyes Católicos era fundamentalmente un Estado oligárquico-aristocrático. La nobleza gobernaba el palacio real y el reino en su propio y exclusivo beneficio. Su desorbitado poder territorial convertía a los grandes en árbitros de la vida pública. Desempeñaban los altos puestos militares y civiles, salvo excepciones como la del astuto canciller Ayala. Nobles, hidalgos y caballeros vivían exentos de tributos. No podían ser presos por deudas ni condenados al tormento. Los señores ejercían omnímoda jurisdicción en sus dominios.

Administraban justicia en sus estados y algunos incluso acuñaban moneda, prerrogativa que jamás perdió la corona inglesa. Forzoso es preguntarse qué le quedaba al rey. Pero en este punto nuestra curiosidad solo podrá ser aplacada cuando nos hayamos familiarizado con los demás elementos de la sociedad española de entonces, de los cuales era la Iglesia, desde cualquier ángulo que se mire, el de mayor transcendencia.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo II págs. 12-14.