El Imperio Español

Se refiere este enunciado al concepto imperial que penetra en un concepción del mundo hispánico con el advenimiento al trono de la casa de Austria. Aunque ya en la Edad Media existe idea imperial española, lo que la historia suele llamar imperio español no se manifiesta hasta que ciñe la corona Carlos I.

En el siglo XVI, el rey de España y emperador de Alemania Carlos V concibe un imperio especialísimo, el más noble y desinteresado: el imperio sobre toda la Cristiandad sobre la Universitas Christiana; lo rige con su mente y lo sostiene con su brazo y con los recursos y la sangre de España, frente a sus enemigos, los herejes y los musulmanes. A dos personas oía Carlos V hablar de imperio: a su capellán, el clérigo español Mota, que murió siendo obispo de Badajoz, y al piamontés Mercurino de Gattinara, sucesor de Chièvres en el oficio de canciller. Gattinara, aferrado a la idea de que el imperio es título para adquirir hasta llegar al dominio del orbe, deseaba para su señor la monarquía universal.

Posesiones de Carlos V. Posesiones de Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que reinó en los reinos hispánicos como Carlos I.
   Castilla
   Aragón
   Posesiones borgoñones
   Herencias territorios austríaco
   Sacro Imperio Romano

De muy distinto modo explicó el doctor Mota lo que era el imperio, ante las Cortes de La Coruña. Don Carlos no había aceptado el imperio para ganar nuevos reinos, pues tenía bastantes con los heredados, sino para desviar los males que afligen a la religión cristiana y para acometer la empresa contra los infieles. España era el corazón de ese imperio; el fundamento, el amparo y la fuerza de todos los otros reinos del emperador.

Esas ideas inspiran las palabras que Carlos V pronunció en la dieta de Worms (1521) y su conducta en el tratado de Madrid (1526). Carlos V no quiere adquirir, no quiere sacar provecho material de su victoria sobre Francisco I, y hace una paz cristiana. Si reclamó enérgicamente la Borgoña, ese no era un territorio que adquiría, sino que recobraba, pues lo consideraba suyo y detentado por el rey francés. En la contestación breve al papa Clemente VII, después del saco de Roma, el secretario de Cartas latinas, Alfonso de Valdés, expresa maravillosamente el pensamiento de su señor.

Don Carlos quisiera ver en paz a Italia y al mundo entero, pues entonces serían vencidos los turcos, y enton ces los luteranos y demás sectarios serían suprimidos o vueltos al seno de la Iglesia. Don Carlos está dispuesto a ofrecer sus reinos y su sangre para proteger a la Iglesia, Pero si el Papa estorba estas sus preocupaciones imperiales, si hace veces, no de padre, sino de enemigo, no de pastor, sino de lobo, entonces el Emperador apelaría al juicio de un Concilio general, en el que se buscase el remedio a la difícil situación interna de la Cristiandad…

Esta respuesta (septiembre, 1526) y otra, más moderada, a un segundo breve pontificio, pero idéntica en su esencia, son claro indicio del gran avance de la idea imperial de Carlos V, que ponía los deberes católicos o universalistas del imperio por encima de los intereses del Papa mismo.

Dos años después, Carlos expresó de nueo su pensamiento, en el discurso pronunciado en Madrid, el 16 de septiembre de 1528, para anunciar a la corte su próximo viaje a Italia con el doble objeto de ser allá coronado por el Papa y de convencer a esta de la conveniencia del Concilio general, que examinase la herejía de Lutero y pacificase los espíritus. Ese discurso no lo compuso Gattinara, como dijo Brandi, sino otro español, fray Antonio de Guevara, que acierta a expresar el pensamiento imperial. Carlos no aspira a tomar lo ajeno, sino a conservar lo heredado, y llama tirano al que conquista lo que no es suyo. Una vez más desecha la idea de la monarquía universal que se le atribuía.

Carlos V se había hispanizado y quería hispanizar a Europa. La idea de sacrificarse desinteresadamente luchando contra infieles y herejes para mantener la Universitas Christiana era una idea medieval resucitada por España, era el ansia de la unidad europea, cuando toda Europa se fragmentaba bajo la norma de la razón de Estado, que ponía el interés de cada Estado por encima de cualquier otro interés, y hasta de las normas éticas.

Carlos V fue el político que más sinceramente creyó en la unidad europea, y no solo quiso unificar a Europa, sino a América con Europa. Otro español, después de Mota, Valdés y Guevara, expresó esa idea, y fue Hernán Cortés, en 1522, cuando acabada la conquista de México, le invita a titularse emperador de aquellas tierras.

La idea de la Universitas christiana mantenida por Carlos V era tan española que continuó siendo, al menos hasta la tregua de La Haya (1609), la base de la política y de la vida entera de España, que sacrificó a ella su propio adelanto, sus propios intereses. Esa y no otra sería la hegemonía española, si puede hablarse de ella.

España tuvo otro imperio, el imperio o dominio sobre tierras separadas de la tierra propia, de la metrópoli, y ese imperio fue tan grande, en los siglos XVI y XVII, que no hay otro equiparable a él como no sea el moderno imperio británico. Ese imperio empieza a formarse en el reinado de los Reyes Católicos (1474-1517), se completa en los de Carlos V y Felipe II (1517-1598) y empieza a disminuir en los de Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II, acentuándose su ruina durante el siglo XVIII y consumándose en el siglo XIX.

Constituían ese imperio español tierras europeas, africanas, americanas, oceánicas y asiáticas, y habían venido a las manos de los reyes españoles por herencia unas, las habitadas por gentes cristianas; por conquista otras, las habitadas por paganos. Para formarse una idea de la composición de ese imperio español, habrá que elegir un momento, y ninguno más adecuado que el reinado de Felipe II.

Los territorios europeos de Felipe II eran: la Península Ibérica entera, por haber recaído en él por herencia la corona de Portugal; el Rosellón y la Cerdaña que, con las Baleares, habían constituido un reino de la corona de Aragón, el de Mallorca; los territorios italianos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, también herencia aragonesa: el de Milán, ganado por su padre, defendiendo frente a Francia los derechos de sus señores hereditarios; los Países Bajos y el Franco Condado, dominios hereditarios de Carlos V, de los que dispuso en favor de su hijo. En África le obedecían las plazas de Orán, Bujía y Túnez, plazas ganadas por Cisneros y por su padre en tierra de infieles, siguiendo una línea política aragonesa; Melilla y las islas Canarias, ganadas en la época de los Reyes Católicos para Castilla; en la Insulindia, las islas Filipinas, y en Oceanía varios archipiélagos de la Micronesia, y en América los territorios ocupados a partir de 1492.

Para hacerse una idea clara y suficiente de ellos bastará manejar la Geografía general de las Indias que escribía J. López de Velasco, de 1571 a 1574, e imprimió el americanista Justo Zaragoza en 1894. Las Indias, que era el nombre oficial de esos territorios se componían (como puede verse gráficamente en la carta que Gonzalo Menéndez Pidal intercala entre las páginas 86 y 87 de su Imagen del mundo hacia 1570, Madrid, Consejo de la Hispanidad, 1944 de dos reinos, el de Nueva España, creado en 1535, y el del Perú, creado en 1543. El reino de Nueva España se subdividía en cuatro audiencias y comprendía 18 gobiernos. El del Perú se subdividía en cinco audiencias y comprendía 10 gobiernos.

Estos dominios nunca se consideraron como colonias, sino como reinos y gobiernos análogos a los de la metrópoli, pues desde los primeros momentos España llevó a las Indias sus instituciones características: la audiencia y el municipio, la universidad y la iglesia. El rey de España, en calidad de rey de Castilla, gobernaba aquellos reinos, por medio de un Consejo de Indias, análogo al Consejo de Aragón, al de Italia o al de Flandes; por delegados suyos llamados virreyes de Nueva España y del Perú, como el virrey de Aragón o el de Nápoles, y gobernadores, como los había en Milán o Flandes.

Pero los territorios europeos no españoles tenían sus instituciones propias, que fueron respetadas, mientras que a las Indias, que carecían de ellas, se llevaron las españolas, para igualarlas a la metrópoli. Esta organización se modificó ligeramente en el siglo XVIII, creando en América del Sur dos nuevos reinos: el de Nueva Granada (1717) y el del Río de la Plata (1778). España reservó para su reino de Castilla el monopolio comercial, que se centralizó en Sevilla, en la Casa de Contratación de Indias. Ni el monopolio ni la parte de los metales preciosos (plata especialmente) que correspondía al tesoro real beneficiaron a Castilla, sino a los industriales y hombres de negocios que adelantaban a los reyes grandes sumas a interés elevado, sumas e intereses que se pagaban, en gran parte, con las remesas de Indias.

Esta organización se modificó ligeramente en el siglo XVIII, con la creación de compañías de comercio, como la de Caracas, con la concesión a Inglaterra del navío de permiso y con el cese del monopolio, en virtud de la Pragmática del Comercio libre (12 octubre, 1778).

Otra innovación interesante fue la creación de los intendentes ( Real Ordenanza de Intendencias, 1782), los cuales, si en apariencia solo tenían carácter fiscal o financiero, en realidad sustituyeron en buena parte de sus funciones a las audiencias y a los virreyes.

Los dominios europeos se perdieron pronto Carlos V tuvo que renunciar a la Borgoña (Cambray, 1529), que tan obstinadamente había reclamado (Madrid, 1526); Felipe II tuvo que ceder los Países Bajos a su hija Isabel Clara (1597), y prudentemente no alteró nada en la organización de Portugal ni de sus dominios extrapeninsulares, que en realidad nunca formaron parte del imperio español.

Felipe III reconoció la independencia de hecho de las Provincias Unidas, desgajadas de los Países Bajos (La Haya, 1609). Felipe IV, aunque a la muerte de Isabel Clara (1633) reincorporara a su corona los Países Bajos católicos, renunció a la Valtelina (1626-1637), perdió la isla de Jamaica, y por la paz de los Pirineos (1659), el Artois, Luxemburgo y varias plazas de Flandes, y lo que es más doloroso, territorios tan catalanes, tan españoles como el Rosellón y la Cerdaña. Para colmo de desdichas en la Península se produjo un movimiento de disgregación, que costó la pérdida definitiva de Portugal con todos sus dominios, menos la plaza de Ceuta, cuya posesión se reconoció a España, reinando Carlos II (13 febrero, 1668).

El reinado de Carlos II es verdaderamente trágico. Luis XIV mueve al rey de España a una serie de guerras, cuyo resultado era siempre una merma de los dominios europeos de España, mientras el gran rey francés y el emperador trataban de ponerse de acuerdo para repartirse todas las posesiones españolas. En la paz de Nimega (1678) perdió España el Franco Condado, Aire, Iprés, Cambray y Valenciennes; en la de Ratisbona (1684) el Luxemburgo. Luis XIV tuvo que luchar, al fin, por toda la herencia de España, defendiendo la causa de Felipe V de Borbón, su nieto, al que Carlos II había designado por heredero.

La guerra de Sucesión de España (1700-1714) fue larga y accidentada. Frente a Luis XIV y Felipe V luchó la Gran Alianza, constituida principalmente por el Imperio, Inglaterra y Holanda. En los tratados de Utrecht y Rastatt (1713-1714), Felipe V fue reconocido rey de España, pero su imperio pasó a manos de sus enemigos. Los Países Bajos se adjudicaron a Holanda, que segregó de ellos algunas plazas, para formar con ellas una barrera de seguridad, y por retrocesión se agregaron al imperio alemán. Sicilia pasó a manos del duque de Saboya, que adquirió también el Monferrato y parte del Milanesado. La otra parte del Milanesado se adjudicó al imperio, así como Nápoles y Cerdeña. A Inglaterra se le reconoció la posesión de Gibraltar y Menorca.

Durante el siglo XVIII España se esforzó por reparar los daños del tratado de Utrecht. El sitio de Gibraltar (1727) resultó ineficaz; en cambio, se recuperó brillantemente Orán (1732). Tropas españolas reconquistaron Nápoles y Sicilia, pero no para España, sino para el infante don Carlos (tratado de Viena, 1735).

El Pacto de Familia de 1761 obliga a España a luchar contra Inglaterra. En la primera guerra (1762), los ingleses ocuparon La Habana y Manila; pero en la paz de París (1763) España recobró estas ciudades, si bien tuvo que ceder a Inglaterra la península de la Florida y los territorios que poseía en el valle del Mississipi, además de devolver a Portugal la Colonia del Sacramento, recobrada al fin de 1777, aunque a costa de las provincias de Santa Catalina y Río Grande, con la pequeña compensación de Fernando Poo y Annobón que Portugal cedió a España.

Durante la guerra de independencia de los Estados Unidos, España se vio obligada a renovar el Pacto de Familia con Francia y a una nueva guerra con Inglaterra en Europa y en América, durante la cual España y Francia hicieron los mayores esfuerzos por recobrar Gibraltar (1779-1781). Esta guerra se liquidó en la paz de Versalles (1783), por la que España desistió de reclamar Gibraltar, pero recobró Menorca, las Floridas y la costa de Honduras y Campeche, aunque restituyendo a Inglaterra las islas de Bahama y Providencia.

El directorio francés siguió la misma política de Luis XV y Luis XVI y firmó con el rey de España Carlos IV el tratado de alianza de San Ildefonso (1796) que le obligó a sostener nuevas luchas con Inglaterra. La corte de España quedó definitivamente unida a Napoleón, que sacrificó nuestra marina en Trafalgar (1805) y atrajo a la familia real a Bayona (1808). España, invadida por tropas francesas, comprende la traición de que ha sido víctima y se levanta a luchar por su libertad.

Durante la guerra de la Independencia (1808-1814), España pasa por momentos difíciles. Sus reyes la habían abandonado y eran prisioneros de Napoleón Bonaparte, que impuso a los españoles un rey de su familia; pero España, lo mejor y más sano de España, no le reconoce y se da un gobierno nacional, la Junta Central y luego las regencias que gobiernan en nombre del rey deseado, Fernando VII. Entre tanto, las Cortes, reunidas en la isla de León y en Cádiz, elaboran una constitución liberal, la Constitución de 1812; pero Fernando VII, a su vuelta del destierro, la anula por un golpe de Estado y restaura la monarquía del antiguo régimen, la vieja monarquía absolutista.

Durante esos seis años, los reinos y gobiernos de Indias se emanciparon, negándose primero a reconocer a la dinastía Bonaparte y a aceptar la Constitución de Bayona, y luego, declarándose independientes, cuando creyeron a España sojuzgada definitivamente, inspirándose en el ejemplo de los Estados Unidos y en las ideas de la Revolución francesa. Los pueblos emancipados se organizan en repúblicas, cuyos límites correspondían, en general, a los de los antiguos reinos, audiencias o gobiernos españoles. Adormecido rápidamente el resquemor de la separación, los nuevos Estados independientes se sienten unidos filialmente a España, a la que llaman amorosamente madre patria.

Conservó España durante el siglo XIX dos de las grandes Antillas Cuba y Puerto Rico y varios archipiélagos asiáticos y oceánicos –Filipinas, Marianas, Carolinas y Palaos—. Pero todo lo perdió en el tratado de París (1898), que fue el desenlace de una breve y desigual guerra con los Estados Unidos. Cuba y Filipinas son, al fin, independientes, aunque bajo la vigilancia de los Estados Unidos que les alentaron en sus guerras de emancipación. Puerto Rico, aunque incorporada a los Estados Unidos, conserva amorosamente la lengua española y el cariño a España.

Todos los territorios americanos y asiáticos, que fueron reinos o provincias de España, nunca imperio español ni colonias españolas, tienen una unidad religiosa, lingüística y de cultura y sentimientos, que certeramente se llama Hispanidad.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 448-451.