Los Judíos

Judíos en España

Judíos en otros países

Judíos con los visigodos

Transcendencia judía

Árabes y Judíos en España

Academias. Maimónides

La Tolerancia musulmana

Don Raimundo, Alfonso X

La Tolerancia española

Estados hebreo y español

Reacción contra los judíos

Judíos y los cristianos

El Problema

La Santa Inquisición

Judíos en España

Interior de la sinagoga del Tránsito de Toledo

Interior de la sinagoga del Tránsito de Toledo

La cuestión semítica vino a complicar desde primera hora el drama histórico de España. Era ese un problema político-religioso-social de tremenda complejidad, sin solución satisfactoria. En primer lugar, ninguna nación contenía en la Edad Media tan alto número de israelitas como España. En segundo término, en ninguna parte, en Occidente, se concentró, como en España, la flor de la raza.

Por sí solo, el examen del aspecto demográfico del asunto nos insinúa ya su inusitada transcendencia. Nuestro estudio se resentirá de la penuria de datos relativos a la densidad de la población peninsular en la Edad Media, defecto común a todas las naciones europeas en ese oscuro periodo.

Los primeros datos fidedignos sobre el número de habitantes que tenía España anteriormente al siglo XVI son los del censo de 1482 —el recuento de Alfonso Quintanilla—, dio 1.500.000 fuegos en las provincias del reino de Castilla (sin el de Granada); a cinco habitantes por fuego, según calcula Colmeiro en su Historia de la Economía Política, representa un total de 7.500.000 almas[Despoblación y Repoblación de España, 1482-1920. Ministro de Trabajo y Previsión. Dirección General de Acción Social y Emigración. Mariano Fuentes Martiáñez, jefe de la Sección Agro-social, Madrid, 1929].

Toda la Península, sin contar Portugal, tendría entonces de nueve a diez millones de habitantes. Que España pasaba de los nueve millones se desprende de los estudios demográficos de don Tomás González, [Censo de Población de las provincias y partidos de la Corona de Castilla en el siglo XVI, Madrid, 1829], quien acepta los 7.500.000 del recuento de Quintanilla, a los que agrega, de acuerdo con el censo de 1495, los 276.190 habitantes de Aragón, unos 275.000 valencianos, 400.000 pobladores del reino de Granada y 1.000.0000 de habitantes de Cataluña, Navarra, las Vascongadas y las islas adyacentes.

Colmeiro apunta diez millones. Fermín Caballero conjetura 9.400.000. [Fermín Caballero, Manual Geográfico-Administrativo, Madrid, 1844]. En Despoblación y Repoblación de España se establece el número aproximado de nueve millones de españoles para fines del siglo XV.

Sin duda alguna, en los siglos medios, la población de España era menor. Menéndez PidalLa España del Cid sugiere que en 1081 León y Castilla sumaban más de tres millones y que la población total de la Península era de ocho a nueve millones, pero sin que le merezcan gran crédito las fuentes de donde toma esos datos.

A partir del siglo XII, la población de España se desarrolla gradualmente, hasta llegar a los nueve millones en que hemos visto se cifra al comenzar el reinado de los Reyes Católicos. La razón que tengo para creer que en la decimosegunda centuria se inicia el crecimiento de la población española no es otra que el comprobado aumento, general en toda Europa, del comercio y la industria. Paremos ahora atención en el volumen de la masa israelita.

Tampoco hay datos exactos sobre la población judía de España en cada época, pero la información que poseemos nos permite desenvolvernos en este dominio con suficiente desembarazo para poder apuntar la hipótesis, o por mejor decir, la certidumbre, de que las multitudes hebreas de Castilla fueron desde la antigüedad incomparablemente más copiosas que las establecidas en las demás naciones de Occidente.

Hay que imaginarse a Sevilla con seis o siete mil familias judías y veintitrés sinagogas a fines del siglo XIV para tener idea de la densidad de la población israelita española.

Valladolid tenía ocho sinagogas; Calatayud, siete, aparte buen número de capillas y otros centros de culto mosaico. La tradición semita remonta las inmigraciones de los hebreos en la Península Hispánica a los tiempos de Salomón, en cuyas flotas —dicen— arribaron a España los primeros judíos.

Las invasiones de Palestina por Nabuconodosor, o la conquista de España por este príncipe asirio, compelieron o animaron luego, según la fábula, otra parte de la raza de Israel a instalarse en las tierras de Sefard (España).

Después de la destrucción de Jerusalén por Tito, nuevos contingentes —aseguran otros— se avecindaron en el Sur de la Península Hispánica. Adriano trasladó a España a cuarenta mil familias de la tribu de Judá y a diez mil de la de Benjamín [Basnage, Histoire des Juifs, t. VII, cap. XI, págs.240,256].

Milman refuta la idea de la inmigración en masa y mantiene que los israelitas se extendieron por Occidente como esclavos, siguiendo la suerte de sus amos, o en calidad de mercaderes, o buscando un refugio seguro, pero individualmente [Milman, History of the Jews, libro XIX, pág. 158, libro XXI, pág. 213].

El mismo autor sospecha que las fabulosas informaciones arriba transcritas, como otras de su estirpe, se originaron en el siglo XI, cuando la conquista de Toledo por los cristianos. Los judíos querían probar que llegaron a España en edades remotas y que, por consiguiente, no pudieron haber tenido parte en la crucifixión de Jesucristo.

El valor indirecto de tales fábulas y leyendas radica, en otro orden de cosas, en la afirmación implícita de que los israelitas no podían haber sido tan numerosos en España si no hubieran penetrado en grandes contingentes. La abundancia de la masa hebrea en la Edad Media daba pábulo en la Península a la especie de la inmigraciones colectivas.

Milman confirma que en España se dieron cita las muchedumbres hebreas en número extraordinario. Gibbon anota expresamente el mismo hecho, señalando la diferencia, en este aspecto, entre España y otras naciones. Los israelitas —escribe—

habían fundado algunas sinagogas en las Galias; pero España, desde tiempos de Adriano, estaba llena de sus numerosas colonias. [Gibbon, cap. XXXVII, pág. 40]

Ya a comienzos del s. IV de nuestra era debía ser abundante la población judía en España,

pues en Concilio de Iliberis (Elvira, cerca de la actual Granada), uno de los primeros de la Cristiandad, prohibió por su canon XXVI que la mujer cristiana tuviera relaciones con el hombre judío[Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, págs. 58,59].

Los incidentes de las persecuciones de las que fueron víctimas los israelitas de España en la monarquía visigoda corroboran que eran innumerables en el s. VII.

Sisebuto impuso el bautismo a 80.000 [Dunham-Alcalá Galiano, t. I, pág. 102], a 90.000 a decir de otros historiadores. Gibbon [Gibbon, cap. XXXVII, pág. 41], [Lafuente, Historia de España, t.II, pág. 407], [Milman, op. cit., t. II libro XXII, pág. 254] reproducen esta cantidad.

La exorbitancia del número de judíos españoles en la época visigótica, así como su celo racial y religioso, su espíritu combativo y su riqueza están admitidos por todas las autoridades en el asunto. En los siglos medios, la población israelita de España experimenta gran expansión.

Amador de los Ríos deduce del padrón hecho en Huete en septiembre de 1290 —documento consultado por él en el archivo de la Santa Iglesia de Toledo—

que el número de varones judíos de veinte años de edad, o ya casados, que formaban parte de la masa israelita de Castilla ascendía a 854.951[Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, págs. 389 ss].

Milman piensa que de dar por fehaciente esta estadística, la población judía de Castilla se elevaría a tres millones, cifra a todas luces exagerada [Milman, op. cit., t. II libro XXVI, pág. 375].

Hispanojudíos jugando al ajedrez. Libro de los juegos (1251-83), encargado por Alfonso X.

Hispanojudíos jugando al ajedrez. Libro de los juegos (1251-83), encargado por Alfonso X.

El judío alemán, Dr. J. M. Jost, escritor clásico en la materia, pone el número de judíos de España en 1290 en medio millón. Milman considera el medio millón muy probable [Milman, op. cit., t. II libro XXVI, pág. 376].

Podemos persuadirnos, pues, de que el porcentaje de judíos en relación con el número total de españoles cristianos era abrumador en el s. XIII. Es muy probable que la población israelita sumara alrededor del diez por ciento del número general de habitantes de Castilla.

Con toda probabilidad los judíos españoles se mantenían aún en el medio millón en 1492, año en que fueron expulsados. canga Argüelles eleva su número a dos millones, con evidente hipérbole. Pellicer y Ossau apuntan 600.000; Novoa, 524.000, y Moncada, 400.000 [Despoblación y Repoblación de España].

Según uno de los más ilustres desterrados, Samuel Abravanel, salieron de la Península por el edicto de los Reyes Católicos 300.000 israelitas [Salomón ben Virga, Schevet Judah, Milman, op. cit., libro XXVI, pág. 401].

Otras versiones cifran el éxodo en 650.000 y 800.000 almas. El número más generalmente aceptado es el de 200.000 [Despoblación y Repoblación de España].

La suposición de que antes de la expulsión había en España medio millón de judíos no es incompatible con la de que fueron expulsados 200.000 ó 300.000. Primero, porque no todos los individuos de esta raza abandonaron la Península, sino que miles de conversos permanecieron; y luego, porque desde que empezó a funcionar la Inquisición, entre 1481 y 1492, se dio considerable emigración de israelitas.

En Jerez, Sevilla y Córdoba se disolvieron cuatro mil hogares [Bergenroth, Calendar of State Papers, t. I, pág. 47] lo que representa la huída de veinte mil almas.

Es probable que en la primera mitad del s. XV los judíos españoles fueran mayor número que en el s. XIII, es decir, más de medio millón; pero las persecuciones debieron diezmar bastante a esta población.

Un autor judío cifra los asesinados desde 1431 a 1447 en ciento cincuenta mil[Altamira, Historia de España y de la Civilización Española, t. II, pág. 26].

Mariana calcula la masa hebrea en el momento del destierro en ciento setenta mil casas, o sea, entre setecientas mil y ochocientas mil personas [Mariana, libro XXVI, cap. I].

En conclusión, parece razonable fijar el número de judíos españoles en muy abundante en la época visigoda, en unos 500.000 para el s. XIII y en unos 600.000 ó 700.000 para la segunda mitad del s. XV. Hemos tenido que detenernos en este aspecto del problema, dado que si se soslaya es difícil percibir toda la transcendencia de la cuestión semítica en España.

La cantidad tiene aquí un valor cualitativo. Para comprender la tragedia de los siglos VII, XIV y XV, las persecuciones que padecen los israelitas españoles, es indispensable tener presente, ante todo, que en ninguna parte del mundo occidental era tan numerosa esta raza. Cuando comprobamos que Inglaterra, donde no había más que quince mil judíos, los expulsa en 1290, y que Francia, donde solo abundaban en el Sur, sigue ese ejemplo en 1306, lo que sorprende es la tolerancia española.

Tiene interés observar que tan corto número de hebreos daban lugar en Inglaterra a un problema agobiante para el pueblo y la monarquía. Los ingleses se deshicieron de sus quince mil judíos en el s. XIII y ya, al menos hasta el s. XVIII, pocas fueron las personas de la nación hebrea que habitaron en Inglaterra.R.B.: Hume, t. I, cap. XIII.

La población hebrea en otros países

En la Edad Media existían tres enclavamientos principales de la raza de Abraham, como tres estados mosaicos: el de Babilonia, donde los restos de la Cautividad se hallaban congregados bajo la autoridad de su propio príncipe, vasallo del califa de Bagdad; el de Egipto, donde la dinastía fatimí favorecía y alentaba la prosperidad material y cultural de la raza, y el de España, que competía en número y en rango intelectual con aquellos centros orientales del judaísmo.

Confrontada con la población judía de España, la que vivía en el seno de las demás naciones europeas, en el imperio bizantino y en Palestina era en la Edad Media poco numerosa.

De la escasa importancia numérica de los israelitas de Inglaterra ya tenemos noticia. En el Norte de Francia, los hebreos aparecían en cierta cantidad, pero donde verdaderamente abundaban era en el Sur; en conjunto, sin embargo, no llegaban a ser tantos como en España. En las ciudades alemanas del Rin había también gran contingente de judíos, pero de los incidentes sangrientos a que dio lugar la persecución desencadenada por los cruzados se infiere fácilmente su corto número en relación con los de la Península Hispánica.

Sobremanera reducida era entonces la población israelita de Italia. En la segunda mitad del siglo XII se contaban en Roma doscientos judíos; en Capua, trescientos; quinientos en Nápoles, seiscientos en Salerno, veinte en Amalfi, doscientos en Benevento, cuarenta en Ascoli, doscientos en Trani, trescientos en Tarento, quinientos en Otranto [Viajes de Benjamín de Tudela, de 1160 a 1173. Milman, op. cit., libro XXIV, pág. 293].

Hacia el año 1300, R. Jacobo ben Jehudad no encontró ningún judío desde Provenza a Roma, e incluso los pequeños grupos hallados en Génova, Pisa y Luca por Benjamín de Tudela ciento cuarenta años antes habían desaparecido [Minchat Kenaot, carta 53, pág. 115. Milman, op. cit., libro XXII, pág. 418].

En el próximo Oriente, exceptuados Mesopotamia y Egipto, apenas existía en el s. XII población hebrea. En Tiro vivían cuatrocientos judíos, sopladores de vidrio; en Jerusalén doscientos, tintoreros de lana; en Ascalón, ciento cincuenta y tres; en Tiberías nada más que cincuenta.

En el imperio bizantino se distribuían, asimismo, en cortísimo número. En Corinto había trescientos; en Tebas, dos mil, tintoreros y obreros de la seda; en Constantinopla, dos mil, de igual oficio [Benjamín de Tudela, Milman, op. cit., libro XXIV].

Los datos anteriores, lo mismo los relativos a Europa que los que atañen al próximo Oriente, tienen para nosotros extraordinario interés, porque testifican la polarización del grueso de la raza de Moisés, durante los siglos medios, en los tres puntos señalados: Babilonia, Egipto y España, residencia, esta última, no solo del mayor número, sino también de los judíos más cultos.

Esos pobres hebreos de Italia y del imperio bizantino y los no tan pobres de Alemania y del Norte de Francia, eran inferiores en todo a los de Córdoba, Toledo y Barcelona. Los judíos de España —escribe Milman— eran de estirpe mucho más noble que los de Inglaterra y Alemania e inclusive que los de Francia.

En estos países, los israelitas eran una casta; en España, como si dijéramos, una orden en el Estado. Prósperos y ricos, no habían descendido, en general, a los oficios sórdidos y humillantes que, con algunas excepciones, ejercían sus hermanos de raza en otras naciones.

Eran, asimismo, la clase más ilustrada del reino; eran propietarios territoriales y agricultores; eran, a menudo, funcionarios de Hacienda; su fama como médicos se extendía por toda la Península, y en justicia la merecían, dado que poseían en su lengua, o en la arábiga, las obras clásicas en la materia, y su relación con el Oriente les permitía, de toda evidencia, obtener drogas valiosas que no se conocían en Europa...

Como quiera que fuesen los judíos de otros países —concluye este historiador—, en España eran más que un pueblo dentro de otro pueblo; eran un Estado dentro de otro Estado [Milman, op. cit., libro XXVI pp.369, 370].

Más adelante veremos cómo funcionaba la sociedad hebrea dentro de la sociedad española y en qué consistía, en el orden cualitativo, la excepción representada en Europa por los sefarditas o israelitas españoles.

De momento urge poner de relieve que también en punto al carácter de las comunidades judías, francamente superiores a las afincadas en otras latitudes de Occidente, la Península constituía un caso particular. Esta faceta de la cuestión merece tenerse en cuenta, por lo menos, como la numérica.

Los judíos en la monarquía visigoda

En el decurso de la Historia de España, desde la monarquía visigoda hasta el s. XVI, los perfiles originales de la población israelita de España: su alto número y su vigor intelectual, influyen de forma extraordinaria en los destinos de la Península; con eficacia positiva en la cultura y en la economía; negativa, y a veces perniciosamente, en la política. En el reinado de Recaredo (586-601) habían alcanzado ya los judíos prosperidad insólita en España.

Eran terratenientes y en muchos casos administradores de las haciendas ajenas. El desmesurado volumen de la masa hebrea española y la alta calidad de su aristocracia acaso expliquen por sí solos las medidas defensivas que adoptan los concilios visigodos contra ellos al establecerse, con la conversión de Recaredo (587), la unidad del Estado. Más que la persecución de una secta por un Estado poderoso, se advierte en este primer conflicto una lucha entre dos estados y dos teocracias.

Los judíos eran en España algo más que un partido. De la información que poseemos sobre el periodo no se desprende inferioridad real manifiesta del poder hebreo respecto al Estado cristiano. En cuanto al número, es muy probable que los israelitas fueran más que los godos.

Si la suma de noventa mil bautizados en el reinado de Sisebuto responde aproximadamente a la realidad, esa hipótesis descansa sobre ancha base, porque cuando Walia comenzó la conquista de España (418) penetró con cien mil godos [L. Schmidt, Gesthichte der deutschen Staeme bis zum Ausgang der Voelkerwanderung. Die Ostgermanen, pág. 403].

Los judíos, además de hallarse en un estado de superior civilización, con sus mil años detrás de estudio e interpretación de la ley mosaica y de práctica comercial y agrícola, sobrepujaban en cohesión a todos los pueblos e instituciones de Occidente a la hora en que se disolvía el mundo romano.

Bien podía decirse entonces de ellos que por opuestas que sean las instituciones, las costumbres, las maneras, del pueblo en cuyo seno viven; sea suave o intolerante el gobierno, los judíos, tan inflexibles como insociables, mantienen su aislamiento del resto de la Humanidad.

La conversión de Recaredo ha de verse, en primer término, como un acto político, enderezado a establecer la unidad del Estado. En la asamblea de obispos y notables en que ese transcendental acontecimiento tomó estado oficial, el monarca declaró expresamente que con la unidad de religión de pondría fin a las convulsiones que minaban el reino y debilitaban al gobierno [Dunham-Alcalá Galiano, t. I, cap. III. pág. 99].

Es indudable que el clero hispanorromano y la aristocracia visigoda coincidían en apreciar la necesidad de la unidad religiosa; pero el interés de la Iglesia, naturalmente era más religioso que político y el de los reyes, más político que religioso.

A la monarquía le urgía más que a la Iglesia eliminar el cuerpo extraño que formaban los israelitas en el Estado, Estado que no podía ser soberano, ni unitario, ni fuerte, mientras tropezase con una nación extraña, expansiva e irreductible como la hebrea, apretada en bloque por la argamasa de la religión, que gobernaba los pormenores más insignificantes de la vida individual del israelita.

Para la Iglesia, no informada preferentemente por un designio nacionalista o patriótico (no reconocía otra verdadera patria que el cielo), sino universalista y espiritual, la conveniencia del estado quedaba casi siempre subordinada al interés de la religión, y el interés de la religión demandaba que en la cuestión judía se procediese con cautela. Esta es la única vez, quizás, en que entran en colisión la monarquía y el clero visigodos. El rey propende a ir más lejos que la Iglesia en la hostilidad a los judíos.

La historia del conflicto hebreocristiano en el s. VII es prueba palmaria, no del fanatismo religioso de los españoles, como superficialmente se ha supuesto, sino de que el problema presentaba ya en España cariz más grave que en ninguna otra parte.

Recaredo prepara las leyes contra los israelitas, pero una mano poderosa las detiene, a pesar de que el Papa, Gregorio el Grande, el mejor amigo que tenían entonces los judíos, las aprueba. Cuentan que los judíos ofrecieron a Recaredo, y el monarca la rechazó, una suma enorme de dinero a cambio de que no promulgase aquellas disposiciones.

También se dice que sus sucesores inmediatos fueron sobornados por los israelitas ricos y que por esa razón no se les molestó. Pero el hecho de que Recaredo, que no aceptó la espléndida dádiva, aplazase sine die sus medidas persecutorias, atestigua que la influencia favorable a la raza de Israel debía de proceder de otro lado.

Cualquiera que fuese la motivación, es probable, por lo que se verá, que la Iglesia española se pronunciase contra la persecución. Solo el influjo de la Iglesia podía desligar a desistir a Recaredo, si bien es cierto que este era un príncipe con extendida reputación de clemente.

Es por demás significativo que el tercer decreto de Sisebuto (612-621), en el primer año de su reinado, amanece con la excomunión y penas temporales a los obispos, sacerdotes y monjes que patrocinen o defiendan a los judíos. El IV Concilio toledano, en el reinado de Sisenando (631-635), admite que muchos seglares y clérigos, obispos inclusive, estaban comprados por los hebreos para que los protegiesen [Milman, op. cit., libro XXII, pág. 255]. Es evidente que a la Iglesia le urgía menos que al Estado, por las razones que fuesen, el planteamiento de cuestión judía.

Monarquía y sociedad católica estaban aún en agraz. Las clases populares vivían aún en el paganismo, las clases cultas eran escépticas. Los obispos andaban todavía convirtiendo a la gente. No había, según eso, ambiente ni en la Iglesia ni en el pueblo para desatar una persecución extremada contra la religión mosaica.

Pero no se había apagado aún la reacción que despertó en el pueblo judío la rápida difusión del cristianismo, se vivía en una época proselitista, y los doctores y prelados de la Iglesia romana tenían plena conciencia de que las masas eran terreno virgen en que podía prender, quizás, lo mismo el catolicismo que el judaísmo, o bien cualquiera de las sectas heréticas que brotaban sin cesar en aquel tiempo.

Más no se les debió ocultar a los reyes ni al clero que tratar de oprimir a los judíos con medidas violentas entrañaba riesgos notorios en una sociedad sin solidez alguna.

La irresolución que muestran en este asunto la Iglesia y el trono desde 587 a 612 debió, pues, de originarse en el temor a entablar la colisión con raza tan extendida e influyente en la Península. La destrucción de la monarquía a causa, en gran parte, de la enemiga de los judíos, justificó ampliamente a la postre este temor, si es que existió como cabe imaginarse.

Sisebuto, con una autonomía de movimientos que delata que aun en aquel régimen Iglesia y Estado eran dos poderes susceptibles de hallarse en conflicto entre sí, exhumó las leyes de Recaredo. Prohibió a los judíos tener esclavos cristianos, declaró crimen capital circuncidar a un cristiano, y estableció severas penas para todo cristiano que se adscribiese obstinadamente al judaísmo. Pero estas leyes, meramente defensivas, no se cumplieron.

Cuatro años después, el monarca godo promulgaba un edicto que colocaba a los hebreos ante el dilema de abandonar España o aceptar el bautismo. Los judíos fueron tratados entonces brutalmente. La mayoría se avino, en esas condiciones, a la ceremonia. Otros salieron del reino y pasaron al Sur de Francia.

¿Cual fue la actitud de la Iglesia en esta persecución? La Iglesia la reprobó por la voz de San Isidoro. La unidad religiosa, contraria al dogma del libre albedrío, a expensas de la pureza de la fe, no interesaba al clero inteligente. Reinando Sisenando, en el IV Concilio toledano (633), presidido por San Isidoro, los obispos censuraron las violencias de Sisebuto y proclamaron que a nadie se podía forzar a creer.

Mariana, también condena a este rey porque se hizo juez de lo que se debiera determinar por parecer de los prelados; como sea así que a los reyes incumba el cuidado de las leyes y gobierno seglar, lo que toca a la religión y el gobierno espiritual a los eclesiásticos. Mas a la verdad los ímpetus y antojos de los príncipes son grandes, y muchas veces los obispos disimulan en lo que no pueden remediar [Mariana, libro VI, cap. III].

La personalidad de Sisebuto nos revela el secreto de la política que siguió con los judíos, política exigida, ante todo, por el interés del nuevo Estado. Sisebuto era un estadista, uno de los príncipes más distinguidos de aquella edad, conocedor de la lengua latina, aficionado a la literatura, que cultivaba; las cartas suyas que se han conservado muestran su ingenio y su erudición, según Mariana. Príncipe compasivo y humano, le llama [Lafuente, Historia de España, t. II, pág. 407].

La preocupación esencial de este rey era el remate de la unidad del Estado, rasgo que no solo se evidencia en la decisión con que propugnó la unidad religiosa, imponiendo, contra el criterio de la Iglesia, el bautismo de los judíos, sino también en la rapidez con que se sometió a los sublevados de Asturias y la Rioja ça por estar tan lejos y por la aspereza y fortaleza de aquellos lugares estaban alborotados sin querer reconocer obediencia al nuevo rey.

La guerra que Sisebuto hizo a los restos del imperio bizantino en España corrobora igual designio de lograr la uniformidad política de la sociedad peninsular presidida por una monarquía soberana. Finalmente su obsesión de hacer de España una potencia marítima apunta el mismo sentido de engrandecimiento del Estado.

Rotas las hostilidades entre la monarquía fundada sobre la base unitiva de la religión católica y la raza de Abraham, el drama, siendo tan poderosos los judíos, tenía que resolverse con la ruina total de una de las partes. Chintila (635-638) acentuó la persecución. Recesvinto (650-672) decretó severísimas penas contra los relapsos.

Pero la más extraordinario de toda esta historia —dice Milman— no es solamente que las leyes fueran ineficaces en su propósito de convertir o exterminar a los judíos, sino que todavía había cristianos que abrazaban el judaísmo [Milman, History of the Jews, t. II, libro XXII, pág. 256].

El peligro, innegable desde el punto de vista de la Iglesia y del Estado, incitaba a los reyes y a los concilios a fulminar sus edictos, pero la persecución de la población israelita acrecía la amenaza y trabajaba en sentido disolvente contra toda la sociedad hispano-goda.

La indiferencia popular y la complicidad de obispos, y funcionarios influyentes y venales amortiguaban o anulaban la eficacia de los decretos. Porque la plebe, que en Italia (en el reinado de Teodorico) había atacado a los judíos y pegado fuego a las sinagogas de Roma, Rávena, Milán y Génova [Gibbon, t. IV, pág. 138] en España, sometida a la esclavitud y a la servidumbre más penosas, simpatizaba con las víctimas.

Aun sin llegar a constituir allí un verdadero problema de Estado, en Francia también perseguía a los judíos la corona. Chilperico, rey de París y Soissons, los forzó a recibir a recibir el bautismo antes que se empleara el procedimiento en España. En los días de Sisebuto, Clotario II procedió, asimismo, contra los hebreos; y Dagoberto, más tarde, les ofreció la dura disyuntiva de convertirse al cristianismo o abandonar sus dominios.

La hostilidad contra la nación de Moisés, era, pues, general en todo el mundo católico. En esta nación los protegían los monarcas y los odiaba el pueblo, en aquella los toleraba la plebe y los combatía el Estado. No eran los israelitas, como llegaron a serlo cuando en fuerza de padecer persecuciones perdieron audacia y ganaron en astucia, un pueblo tímido. Por el contrario tomaban partido público en las luchas políticas y religiosas, y el bando más favorable a sus intereses los tenía por aliados.

En los s. IV y V se habían mezclado en África, donde tampoco escaseaban, en los tumultos de la secta de los donatistas; y en las turbulencias de Alejandría, debidas a la disputa entre el obispo Arrio y Atanasio, los judíos apoyaron violentamente al obispo. Y cuando Wamba (672-687) sofocó la rebelión de la Galia gótica se encontró estos dominios llenos de hebreos, protegidos por el usurpador Paulo; Wamba los volvió a desterrar.

En España, al cabo de decenios de incidentes, la monarquía llevaba la peor parte en la contienda con los judíos. Egica se inclinó a la conciliación y otorgó codiciables privilegios a los conversos; los declaró nobles y los eximió de impuestos. pero al año siguiente, el rey denunció una formidable conjura de los israelitas españoles, tramada, al parecer, con los judíos de África, para hacer de España un estado mosaico [Oliveira Martins, libro II, cap. II, pág. 121. Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, pág. 76].

Egica y el Concilio XVII de Toledo arreciaron en la persecución con la violencia desorientada de todo Estado inferior a la oposición.

Les confiscaron los bienes, los condenaron a esclavitud y les sustrajeron los hijos para educarlos en el cristianismo. Muchos judíos huyeron a Francia. Al subir al trono Witiza (701-710), los protegió, reconociendo así el fracaso de las medidas de rigor. Los que habían salido de España retornaron con garantías de que serían respetados. En definitiva, los judíos eran más fuertes que la monarquía.

Transcendencia del pueblo israelita

Hemos asistido a la persecución de los judíos por los reyes y los concilios visigodos. Hemos visto con ese motivo al monarca en conflicto con las Iglesia. Pero religión y política, Iglesia y Estado, en cuanto eran poderes distintos, se hallaban igualmente amenazados por el proselitismo mosaico o por el simple hecho político y social de la existencia de nación tan numerosa y de tan fuerte personalidad en el seno de la sociedad cristiana.

¿Ocurría lo mismo en las demás ciudades de Europa? La aversión y la hostilidad a la raza de Israel no eran, como he dicho, exclusivas de España. Creer que la originalidad española radica en el supuesto fanatismo de la raza es olvidar que los reyes y los nobles godos eran hombres del Norte, que su política persecutoria sobrepasó a menudo en severidad a la del clero nacional y que el pueblo español, antes de perseguir a los judíos, los veía con simpatía en la época a que aludimos.

La originalidad de la persecución en España procede, a todas luces, no del carácter español, sino de la singular condición de la cuestión judía en la Península. El problema adquiere dimensiones tan desmesuradas en virtud, en primer lugar, del desorbitado número de israelitas españoles.

Este hecho es único en Occidente y en cierto modo habría de provocar por sí solo, en determinadas circunstancias, una política única también. Luego que aparecieron la monarquía y el Estado confesionales católicos, el choque era inevitable en España.

Al caer la monarquía nacional o transformarse en feudal, al dispersarse el estado en la Edad Media, volverá, por modo consecuente, la tolerancia, como hemos de comprobar en seguida. Pero, por modo consecuente también al renacer la monarquía y reaparecer la unidad del Estado con los Reyes Católicos, Iglesia y Estado resucitarán la persecución.

Por razones especiales, en la Edad Media española se dilató la tolerancia más tiempo que en Inglaterra y que en Francia. España, lanzando de su territorio a los judíos en el s. XV, al borde del XVI, fue la última nación en expulsarlos, siendo la que más judíos tenía; pero también fue la nación en que la unidad de Estado se reconstituyó más tarde y más defectuosamente.

Desde que Montesquieu hizo observar que en el código visigótico o Fuero Juzgo pueden hallarse los gérmenes de todas las máximas de la Inquisición moderna, no habiendo hecho más los monjes del s. XV con respecto a los israelitas —según este autor— que copiar a los obispos del s. VII [Montesquieu, De L´Esprit des Lois, libro XXVIII, cap. I], los historiadores se han aficionado a recalcar el posible parentesco existente entre la monarquía visigoda y la monarquía católica española del siglo XVI.

En efecto, al Fuero Juzgo se incorporó la intolerancia religiosa contra los judíos con las leyessantisimis y universis populis, que eran las dos leyes que promulgó Sisebuto en el cuarto año de su reinado. La persecución de los judíos fue también la principal característica de la Inquisición española moderna.

Oliveira Martins apunta que Sisebuto, obligando a los judíos a bautizarse, se adelantaba ocho o nueve siglos a los reyes de Castilla, y se pregunta: ¿Era acaso, presagio o anticipación de futuros días ese ardor y entusiasmo religiosos, inseparables, al parecer del temperamento peninsular y como adheridos a algún elemento constitucional del genio de la raza? [Oliveira Martins, libro II, pág. 105].

La sugestión del eminente historiador portugués sería admisible, a mi juicio, si ningún factor histórico explicara el conflicto político-religioso que se planteó en el s. VII entre Iglesia y Estado de una parte y la raza de Moisés de otra, conflicto que resurgió, agravado por el odio popular —que no tenía su origen en la fe— en el s. XVI. Si el problema judío era en España excepcional, ¿porque cargar sobre las espaldas de la raza los defectos de una solución que históricamente tenía que ser excepcional también?.

La incipiente Inquisición de los concilios y la Inquisición del s. XV tuvieron su raíz en el drama sin solución humanitaria que engendraba la presencia en la Península Hispánica de una nación exótica, vasta y poderosa, con instituciones civiles y religiosas propias, instituciones que negaban la unidad del Estado y la unidad de la fe en edades en que la unidad religiosa se tenía por condición sine qua nom de la unidad del Estado.

Un examen minucioso del problema nos consiente adelantar la sospecha de que no haber sido por los judíos, en España no hubiera habido Inquisición en el siglo XVI. Esta tesis se desprende con absoluta espontaneidad del proceso político religioso que condujo al nacimiento del Santo Oficio a fines del s. XV; y asistir en detalle al desarrollo de ese proceso es ahora nuestra misión.

Solo cuando uno llega a persuadirse de que si en España no hubiese habido judíos, o los hubiese habido en número menos abrumador, la Inquisición, por la que Castilla no sintió entusiasmo en la Edad Media, jamás hubiera venido a acentuar la originalidad política que impuso a la Península la catástrofe de 711, solo entonces se comprende la enorme transcendencia que tiene en la Historia de España el pueblo hebreo.

Árabes y judíos en España

En la invasión y conquista de España por los árabes, los judíos tomaron, como hemos visto, parte activa. Los de España mantenían correspondencia secreta con los de África. En el Norte de África, el judaísmo había hecho gran cantidad de prosélitos entre los beréberes, y la tropas de Tarik y Muza comprendían no pocos africanos convertidos a la religión mosaica.

En la batalla del Guadalete figuraron destacamentos de judíos africanos a las órdenes de un capitán llamado Kaula al Yehudi [Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, pág. 89].

A medida que avanzaba la ocupación musulmana, el gobierno de las grandes ciudades —por ejemplo, Granada, Córdoba, Sevilla, Toledo— pasaba a manos de los israelitas, y los árabes proseguían su marcha hacia el interior seguros de tener cubierta la retaguardia con el favor, no solo de los hebreos, sino de todas las clases oprimidas[Al Maccari, Historia de las dinastías musulmanas, t. I, pág. 166. Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, pág. 89].

Multitud de hábitos e intereses estimulaban la compenetración de judíos e islamitas. Por una parte, para fundar su movimiento religioso, Mahoma había entrado a saco en las doctrinas y los ritos judaicos.

Abraham, padre de las dos razas, era venerado por los árabes casi tanto como por los judíos. De otro lado, la vena oriental de ambos pueblos les imponía por igual costumbres consagradas por la religión, como la circuncisión, la aversión a la carne de cerdo, el repudio de las imágenes; y el parentesco de la lengua facilitaba la inteligencia entre las dos naciones semíticas.

Por último, para el árabe, como para el judío, el cristianismo era puro politeísmo. Si el agareno era tolerante por temperamento y por principios respecto de las religiones antípodas del Islam, con mayor razón había de serlo la Sinagoga.

Pero en los comienzos hubo sus más y sus menos. Mahoma quiso atraerse a los judíos de la Arabia. Hijos de Israel —se lee en el Corán—, recordad el favor con que os he distinguido y no olvidéis que os he preferido a las demás naciones. Con todo, los israelitas de Nadhir, de Koraidha, de Khaibar dieron al profeta una respuesta impía. El Corán registra el furor de Mahoma: Seguro que hallarás los hombres más violentos contra los verdaderos creyentes en los judíos y en los idólatras.

Expirante el Profeta recomienda que solo se permita en la Arabia una religión, la suya. Por consiguiente, en la Península Arábiga, los mahometanos exterminaron a los judíos. Prescindiendo ahora de los sangrientos episodios de la Arabia y de las persecuciones esporádicas desencadenadas por algunos califas, en general, los judíos lo pasaron siempre mejor que los cristianos, bajo los sarracenos. En España, la edad de oro de los árabes fue también la edad de oro de los hebreos.

De s. IX al s. XII resplandeció en los territorios de la Península Hispánica ocupados por los árabes y en el Oriente el genio de las razas semíticas; y en ese brillante periodo los judíos españoles se levantaron al cenit de su riqueza y de su ilustración, y por tanto, de su poder social.

La civilización árabe, al desarrollarse, con su fuerte tendencia hacia la especulación filosófica, dilató el horizonte intelectual de los judíos, quienes recibieron una nueva noción de las ciencias y la literatura; y por primera vez manifestaron verdadero entusiasmo por los estudios metafísicos extensos círculos israelitas[Abraham A. Neuman, The Jews in Spain, Their social, Political y Cultural life during the Middle Age, Filadelfia, 1944, t. I, p. 108].

Bajo la égida del califato cordobés, la raza de Abraham se propagó con la rapidez bíblica con que se extendió por la tierra de Gosén, en Egipto, alcanzando en el s. XIII el alto número que conocemos.

Así, poco después, si Alfonso VI (1073-1109) pudo llamarse Emperador de las dos religiones, por la cristiana y la musulmana, Fernando III el Santo (1244-1252) se tituló Rey de las tres religiones, cambio que muestra que los judíos estaban ya en los dominios cristianos en un pie de semejanza numérica con los sarracenos.

En el orden económico, los israelitas de la España musulmana se debieron de ir desinteresando cada día más de la producción agraria, que entrañaba tributos más onerosos para judíos y cristianos que para el islamita, y concentrarían sus energías y espíritu emprendedor en el comercio y en el negocio del dinero. Ellos monopolizaban el tráfico que ligaba a España con el Oriente.

La libertad y los privilegios que gozaban en la España musulmana les consintieron acumular fortunas considerables, que los más refinados emplearon en vivir con una magnificencia rival del esplendor material y espiritual del árabe.

Esta es, sin duda, nota peculiar del judío español de la Edad Media. Las medidas de gobierno contra el ornato y la riqueza de que hacían gala más tarde los hebreos opulentos en los dominios de los reyes cristianos lo afirman sin ambigüedad. La aristocracia judía rivalizaba con la nobleza cristiana en lujo y en boato personal. Gran número de esclavos moros asistían a las familias judías ricas. Los hebreos montaban caballos ricamente enjaezados, con abundancia de oro y plata, eran propietarios de espléndidas viviendas y cotos de caza.

En suma, el judío español rico gastaba, en contraste con el de otros países, que llevaba una baja y sórdida existencia de avaro. Que también, y en gran cantidad, había en España usureros y mercaderes odiosos de esta raza no tiene duda.

Pero durante la dominación árabe, bien porque los israelitas no necesitaran valerse de tales medios para ser temidos o respetados, ya porque la aristocracia de este pueblo diera tono y distinción en la Península a toda la grey hebrea, las actividades comerciales y financieras de los judíos, luego tan impopulares, no parecen haber ofendido a nadie.

Puede decirse que bajo los califas de Andalucía se constituyó en España, junto al Estado musulmán, un Estado mosaico. Por espacio de dos o tres centurias, estas dos razas convivieron en tan estrecha intimidad, que resulta difícil delimitar sus respectivas aportaciones a la prosperidad y a la cultura que caracterizan, en Oriente y en Occidente, a la mejor época del Islam.

Los judíos no solo prestaron inestimables servicios a los árabes apoyándolos económica y políticamente; superior, o más decisiva, fue, quizás, la ayuda que les dispensaron en la esfera intelectual.

El árabe llegó a ser para los judíos su segunda lengua vernácula. Es más, durante los siglos de supremacía mahometana en la Península, los judíos indígenas hablaban perfectamente el árabe, que era también la lengua de cultura. Hanok ben Moisés, enseño el Talmud en árabe, e b. Abitur tradujo a ese idioma todo el Talmud.

Todavía en el s. XIV hablaban y escribían en árabe los judíos de Toledo. [Abraham A. Neuman, The Jews in Spain, Their social, Political y Cultural life during the Middle Age, Filadelfia, 1944, t. II, cap. XV, p. 93]

Algunos conocían el griego, muchos el latín, y como traductores de los libros clásicos y como intérpretes de las ideas del mundo occidental, los judíos fueron utilísimos a los sarracenos. Les enseñaron la medicina, y les adiestraron en la economía; y es de suponer que el cultivo de la ciencia se debió en los dominios de los califas, esencialmente, al estímulo del medio, en el cual la influencia judía era considerable.

No sería lícito ignorar la participación de las poblaciones mozárabes y conversas en el admirable alarde literario y científico que tuvo por instrumento la lengua arábiga. La mayoría de la población musulmana del Califato de Córdoba era de raza española; acabó olvidando el latín y el romance y usó el idioma de los conquistadores.

Pero la cultura árabe es en alto grado (exceptuada las matemáticas) una versión oriental semítica —incluso por las complicaciones que plantea en la Edad Media— de la ciencia y la filosofía griegas. Y al triunfo intelectual de los musulmanes contribuyeron en cierta medida los judíos.

Las Academias. Maimónides

La deuda política, intelectual y moral que los árabes contrajeron con los israelitas durante las conquistas y al establecer definitivamente sus reinos fuera de la Arabia fue saldada con prontitud y munificencia. Los Califas de Córdoba entregaron a menudo a los judíos los altos cargos ministeriales e hicieron de los más ilustres y emprendedores sus hombres de confianza.

Arte sefardí. Mishné Torá (Maimónides, 1180), manuscrito hebreo copiado en Sefarad, c. 1340, e iluminado por Matteo di Ser Cambio en Perugia en 1400.

Arte sefardí. Mishné Torá (Maimónides, 1180), manuscrito hebreo copiado en Sefarad, c. 1340, e iluminado por Matteo di Ser Cambio en Perugia en 1400.

La administración pública, desde la Tesorería a la colecta de los impuestos, estaba por la mayor parte en manos de los judíos. En otros países, los israelitas eran asimismo recaudadores de tributos y a veces asesores financieros, pero en la España musulmana y más tarde en la Corte de los reyes cristianos disfrutaban de más altas categorías, desempeñando carteras ministeriales y figurando en los consejos de la Corona.

En la corte de Abderramán III, en el periodo de mayor florecimiento del califato cordobés, gozó extraordinaria preeminencia el rabino Abu Joseph ben Hasdaï, médico del califa, conocedor del hebreo, el latín y el romance del norte de España. Comenzó como secretario de cartas latinas de Abderramán y acabó desempeñando el papel de ministro de Estado. Avisado diplomático, recibió en nombre del califa a los embajadores que en 944 envió a Córdoba Constantino VIII, emperador de Constantinopla.

También encomendó el califa al ilustre estadista judío las negociaciones con el embajador que más tarde despachó a Córdoba el emperador de Alemania, Otón I, quien regresó a su país diciendo que jamás había visto ni tratado hombre tan perspicaz ni tan discreto como el judío Ben Hasdaï.

Intervino este ministro en el conflicto entre Ordoño IV y Sancho I el Gordo, a quien curó de su obesidad, según vimos en otro capítulo. Estuvo en Pamplona y consiguió que el rey de Navarra visitara con aparatosa comitiva a Abderramán en Córdoba.

Este linaje de favoritos con mano larga en la obra de gobierno hacía cuanto podía en favor de las comunidades de su raza. Ben Hasdaï llamó a Córdoba a los judíos más ilustres de Oriente y Occidente, y bajo su protección brillaron en la corte del califa poetas, teólogos y literatos hebreos. Cuanto más alta era la ilustración judía en el Oriente emigraron a la Península Hispánica los karaitas, manera de protestantes del judaísmo, detestados y perseguidos por los rabinos.

Los karaitas eran, sin duda un partido aristocrático, al menos desde el punto de mira intelectual. Eran los intransigentes, los partidarios de la ley mosaica estricta, opuestos al rabinismo y a la autoridad de la tradición; y este importante movimiento intelectual y religioso, que en España tuvo cierto influjo entre las comunidades hebreas, abominaba el comercio y repudiaba los matrimonios mixtos.

De añadidura, cuando comenzaron los judíos a ser perseguidos en Oriente por el califa Abdalla Kaim ben Marilla (1036), y fueron clausuradas las escuelas de Mesopotamia, los más cultos se refugiaron en Egipto y en España. En España se avecindaron, entre otros personajes los hijos del príncipe de la Cautividad.

Por otra parte, el rabinismo, sucesor de la aristocracia levita, se afianzó en la Península cuanto más flaco era su poder en oriente. En decadencia las academias de Pombeditah y Meahsiah, impotentes los judíos de Sura para insuflar nueva vida a su academia, se apagaba en las regiones orientales la luz de la ciencia hebraica , que pasaba al suelo español y arraigaba profundamente en él, empezando una nueva era de ilustración para el pueblo judío que moraba en la España árabe bajo la protección de los califas cordobeses. [Amador de los Ríos, Historia social, política y religiosa de los Judíos de España y Portugal, Buenos Aires, 1943, t. I, pág. 105].

En 948 llegaron a España, trayendo las doctrinas tradicionales de las academias de Pombeditah y de Sura los rabbanim orientales Moisés y Hanok. Moisés fundó una especie de dinastía moral en el ápice de la sociedad hebrea española. La muerte de Abderramán III no impidió que Córdoba siguiera siendo el centro de los grandes valores culturales fundamentales del judaísmo.

Con al Hakam II subsistió la enorme influencia de la comunidad israelita, la autoridad de Hanok y el poder del primer ministro Ben Hasdaï. En la corte del renombrado Almanzor privó luego el rico fabricante de tejidos de seda Jacob ben Gan, designado por el hayib juez supremo o Rab mayor de las aljamas de al Andalus y del imperio de Fez, poco antes sometido al califato. Ben Gan obtuvo el privilegio, por primera vez concedido a un judío, de aparecer en público rodeado de una escolta de honor. [Amador de los Ríos, t. I, pág. 105].

Las academias rabínicas funcionaban en Sevilla, Córdoba y Lucena, como otros lugares, con un fulgor intelectual no sobrepasado en ningún tiempo por las de Persia ni por las de Egipto. Lucena, como otros lugares, tenía población exclusivamente judía. [No pocos pueblos y ciudades de España tenían población exclusivamente hebrea; como ciudad o pueblo de judíos eran denominados, entre otros, Granada, Barcelona (madre en Israel), Tarragona, Carrión (en Palencia), Frómista (en Valladolid).]

En realidad, la situación de los judíos de España en los siglos IX, X, XI y XII solo admite comparación con la de los judíos de Alejandría bajo los últimos Ptolomeos. Solo faltó el Templo para que España hubiera sido otra Palestina u otra Alejandría; y aun este defecto debió quedar mitigado por la suntuosidad de las grandes sinagogas de Córdoba y Toledo.

En esta última ciudad permitió Alfonso X el Sabio a los judíos, en los primeros años de su reinado, que edificaran la más bella y grandiosa sinagoga que jamás tuvieron en la Península, el templo conocido más tarde como Santa María la Blanca, aún en pie.

Disuelto el califato hacia el año 1030, los judíos figuraron en las cortes de los reinos de taifas como hacendistas, diplomáticos y sabios colaboradores de aquellos príncipes, muchos de los cuales eran versados en ciencias y en letras. Reinando al Mutamid era astrónomo real en Sevilla Isaac Ben Albalia, Rab mayor, además, de todas las aljamas de los estados de ese rey moro.

A otro judío, Joseph ben Misgaj, encomendaba Mutamid misiones diplomáticas cerca de otros reyes moros y príncipes cristianos; e Isaac ben León, Nehemías ben Escapha y Judah ben Moschia, cultivadores de las ciencias escriturarias, hacían de Sevilla importante círculo de ilustración israelita.

Samuel Levi disfrutaba especial privanza cerca de los príncipes moros de Granada. Muy ilustres rabinos cordobeses habían pasado a principios del s. XI a Zaragoza y habían recibido apoyo de los reyes de la dinastía de los Beni Hud; entre ellos se contaba Samuel ben Gabirol, notable poeta y filósofo.

Muqtadir tenía de canciller a Abu Fuhdel ben Hasdaï, que lo siguió siendo con su hijo. Muqtadir ben Hud (1046-1081) se rodeó de sabios musulmanes y judíos en su corte de Zaragoza. [Menéndez Pidal, La España del Cid parte III, cap.VIII, pág. 195].

Un acontecimiento fortuito, si cabe hablar así en caso tan abonado por la ley de la probabilidad, contribuyó en las postrimerías de la dominación musulmana a enlazar más íntimamente aún el nombre de España con la cultura mosaica. Fue ese suceso el nacimiento de Maimónides en 30-III-1135. La aparición de Maimónides es uno de los eventos más considerables de la historia religiosa, literaria y científica de la nación judía. Maimónides es el más grande escolástico de los hebreos y uno de los más ilustres de la escolástica en general.

Tuvo que migrar a África y al Oriente cuando aún se hallaba en los primeros años de la veintena, a causa de la intolerancia de los almohades. En Córdoba había iniciado ya, sin embargo, sus profundas especulaciones científicas y filosóficas. Había escrito un tratado sobre el calendario, otro sobre el Talmud y avanzaba en la preparación de su obra famosa sobre el Mischna.

Pero fue en Egipto, en la corte del gran Saladino, donde el doctor cordobés se convirtió en la lumbrera que árabes y judíos veneraron por igual como médico insigne, profundo filósofo y oráculo de la fe religiosa..

El fin de la tolerancia musulmana

Hemos visto como medraron los israelitas de España bajo los sarracenos, gracias a la íntima convivencia que desde un principio se estableció entre ambas razas. La honda perturbación histórica —no desprovista de ventajas inmediatas para las clases oprimidas—, como se ha dicho, que introdujo en España la ocupación musulmana, favoreció sobremodo el desarrollo y la prosperidad del pueblo judío en el seno de la sociedad musulmana española, a manera de una nación en otra nación, de un Estado dentro de otro Estado.

El avance la Reconquista cristiana no modificó la situación de los hebreos para mal, antes bien, les devolvió la libertad que habían ido perdiendo al disolverse el califato, desde 1031, y que destruyeron definitivamente la invasiones de las nuevas hordas africanas de los almorávides (1086) y los almohades (1146). Bajo el intransigente gobierno de los últimos, los judíos tuvieron que convertirse al Islam o emigrar.

Entre los que apostataron estaba el joven Maimónides y su familia. Muchos otros se expatriaron al sur de Francia. Otros se refugiaron en Castilla y llevaron a Toledo las famosas academias de Sevilla, Córdoba y Lucena. Había concluido la era, tan fecunda para la paz como para la cultura, de la convivencia de musulmanes e israelitas.

Ya advertimos que en 1036, el califa Abdalla ben Marilla persiguió a los judíos de Babilonia, cerrando las escuelas, dispersándolos, y lo que aún no se ha dicho aquí, colgando de un madero al príncipe de la Cautividad. En España duro cien años más la tolerancia mahometana. Sin embargo, en Granada, hacia la misma década en que se desarrolló la tragedia de Mesopotamia, una imprudencia de los judíos había dado pie a la primera reacción persecutoria.

En ese instante los hebreos de Granada gozaban aventajada posición en la corte, donde tenían a R. Samuel Levi, príncipe de su pueblo, por visir o ministro del rey moro. Pero la ascendencia de los judíos en aquel trono se trocó en desgracia por haber intentado uno de los israelitas, José ha-Levi, hacer prosélitos entre los musulmanes.

La reacción de los sarracenos fue fulminante y despiadada. Ahorcaron a los maestros, la tomaron con toda la grey hebrea, y mil quinientas familias que se habían beneficiado con la íntima conexión con los mahometanos quedaron reducidas a la miseria [Milman, op. cit., libro XXIV, pág. 304].

Con todo, hasta el arribo de las legiones africanas, particularmente la de los almohades, a mediados del s. XII, los judíos de España no tuvieron motivo de queja respecto al trato que les daban los musulmanes, sino todo los contrario, según sabemos. Y cuando en Córdoba se extinguió la luz de la tolerancia bajo los almohades, se encendió en Toledo bajo los reyes cristianos, otra lámpara no menos favorable a la cultura y a la colaboración intelectual de todas las razas.

El español católico, que había sido tan indulgente y benigno con los judíos como el árabe desde que con la desaparición de la monarquía visigoda se rompió se rompió la unidad del Estado —bien que los israelitas no abundasen en el Norte de España tanto como en el Sur—, lo siguió siendo en todo el resto de la Edad Media, hasta fines del s. XIV.

Cuando en el resto del mundo occidental, desde las postrimerías de la centuria oncena, se trataba de exterminar a la raza de Abraham, o se la despojaba, perseguía y humillaba, en España continuó medrando, se consolidó como nación y trepó a la cúspide de su bienestar, tan envidiable como pudiera haberlo sido bajo los califas cordobeses. Esto es lo que nos corresponde examinar a continuación. Antes, sin embargo, es menester dilucidar la causa fundamental del acabamiento de la libertad y la tolerancia mahometanas.

La causa inmediata de esa mutación, fue, desde luego, la sucesiva irrupción de los almorávides y los almohades. Mas es posible que se haya exagerado, en detrimento, como de costumbre, de los valores históricos, el supuesto fanatismo connatural a las turbas de allende el Atlas.

Se olvidan las relaciones del Norte de África con el Oriente musulmán, se olvida que el movimiento de los almorávides no lo iniciaron los africanos propiamente dichos, sino dos tribus originarias del Yemen, y se olvida que el impulso religioso que engendró después la rebelión de los almohades y su victoria imperial sobre las ruinas del poder de los almorávides, vino de Oriente.

Almorávides y almohades, cualquiera que fuera su índice craneano y el color de su piel, representaron en Marruecos y en España una reacción semejante a la de los cruzados en Europa. Para comprender esta revolución hay que tener presente que en los siglos XI y XII el Islam avanzaba en Oriente con los turcos y retrocedía en España con las grandes ofensivas cristianas.

El peligro en que los turcos pusieron al imperio bizantino, y, por tanto, a Europa, movilizó a la caballería europea y la disparó hacia Palestina; la amenaza cristiana en España puso en movimiento a las bárbaras reservas del Islam en África, llamadas por el rey moro de Sevilla, el incauto y mundano Mutamid. Se trata, pues, de una intensa y vasta convulsión que afectó a todo el mundo conocido entonces. Y en esa crisis ecuménica sucumbieron casi todos los valores que habían distinguido al mundo musulmán; en ella se anegó, en primer lugar, la tolerancia.

Cuando los almorávides desembarcaron en las costas de Andalucía (1086), la suerte del Islam en España estaba echada y la usurpación mahometana tenía los días contados. Los africanos salvaron de momento la situación, como los cruzados europeos la salvaron con efecto contrario en Tierra Santa.

Las levas almohades eran aún más intolerantes que las almorávides. Pero ¿no eran, asimismo más críticas la situación de estos ejércitos y la defensa de los dominios del Profeta en España? El dilema islamismo o muerte en que los almohades pusieron a todo el que no era musulmán, a judíos y cristianos, los situó a la altura de las circunstancias. Lo mismo hacían los cruzados cristianos en Oriente.

Característica de toda revolución es la intolerancia, y esta pasión no era únicamente africana en los siglos XI y XII, sino común a todos los amenazados, a los europeos, que oían las pisadas del turco camino de Constantinopla —a España apenas llegaba este estruendo— y a los musulmanes no corrompidos por los placeres y la cultura y capaces de salir a la defensa de la dominación del Corán en España.

La postura de los cristianos españoles respecto de los moros era entonces parecida a la de los musulmanes de Saladino en relación con los cruzados. El imperio bizantino, como el imperio del Islam en España, no tenía salvación. Saladino pudo permitirse cierta indulgencia con los cruzados, de igual modo que los cristianos españoles pudieron mostrarse más confiados y tolerantes que los africanos.

Desde el principio de la crisis, los españoles, según prueba la conducta del Cid, sabían que los moros serían arrojados de España, a pesar de los reveses cristianos. Contemplando las grietas del imperio bizantino, los musulmanes de Oriente podían estar seguro de que entrarían en Constantinopla.

Los cristianos españoles podían ser tolerantes; es más: razones de orden social, moral y material, que ahora expondremos, aconsejaban a los reyes dispensar magnánima acogida a los vencidos y, en general, a los hombres de las otras dos razas y religiones. La existencia de las grades masas mozárabes, es decir, la fuerte islamización de España fue, según algunos autores, la cusa principal de la tolerancia de que dieron pruebas los cristianos.

Esta tesis no me parece muy firme. La consideración de que entre los moros vivían ingentes grupos de españoles de raza podía inducir a los cristianos a ser benévolos con el Islam, pero por sí solo tal hecho no explica la abierta y generosa actitud de los cristianos, que —obsérvese— se extendía a los judíos. La tolerancia católica, en efecto, procedía, en gran parte, de la influencia musulmana, pero en un sentido amplio y general.

Don Raimundo, Alfonso X y los hebreos

En la Córdoba de los Califas coexistieron los tres cultos: el mahometano, el judaico y el cristiano, y aun llegaron cristianos y musulmanes a compartir el mismo templo, los primeros en la mitad occidental y los segundos en la oriental, de cara a la Meca. Se adoró bajo el mismo techo a Alá y a Jehová, a Mahoma y a Cristo. Pues bien, en la España reconquistada por los príncipes cristianos también se aclimató una tolerancia inteligente.

Cabe el honor en la Historia a un príncipe de la Iglesia, al arzobispo de Toledo don Raimundo, gran canciller de Castilla (1130-1152), de haber iniciado, en el reinado de Alfonso VII, la difusión de la cultura árabe entre los cristianos. Don Raimundo confió las primeras traducciones a mozárabes de Toledo que entendían los libros árabes y a clérigos que conocían el latín. Se traducía del árabe al romance y del romance al latín.

Los judíos traducían del árabe al hebreo y al latín. No parece que el arzobispo fundara una escuela de traductores propiamente dicha, ni que hubiera alguna vez colegio toledano de traductores pero las obras vertidas en Toledo son tantas, y las personas que en este trabajo se ocuparon tan diversas a través de todo el s. XII, que bien puede darse por supuesto un núcleo de gentes dedicadas en especial a esta labor, para la cual debieron tener la ayuda económica y el aliento moral de personajes toledanos.

Natural parece que el arzobispo fuera quien diera pábulo a este esfuerzo y quien patrocinara tan interesantísima labor. En Toledo, durante el s. XII, se hace la transfusión de la ciencia recibida por los españoles en lengua árabe al resto de Europa, por medio de traducciones en que siempre figura un español. [Ángel González Palencia, Moros y Cristianos en España Medieval, Madrid, 1945, págs. 1169-170].

La intolerancia de los almohades puso fin hacia 1148 a la larga y fructífera alianza de judíos y musulmanes que se había iniciado aun antes del año 711. Pasaron entonces los israelitas a depender de los reyes cristianos en el orden fundamental de la cultura mosaica. Los centros intelectuales del judaísmo se trasladaron al Norte bajo la protección de Alfonso VII y los reyes de Aragón.

Las brillantes academias de Córdoba y Lucena resucitaron en Toledo —cuya aljama contaba en 1158 12.000 judíos— bajo la inspiración de Meir ben Migasj, fundador de la escuela talmúdica toledana; en Gerona, a cuya escuela dio lustre Nahmanides; en Barcelona, donde la ascendencia académica de R. Salomón Ibn Adret convirtió a esta ciudad en la capital espiritual del judaísmo español. Pero bajo la dirección del talmudista alemán R. Asher, la academia de Toledo rivalizó con la de Barcelona durante medio siglo.[Neuman, op. cit., pág. 93].

Alfonso VII tuvo entre sus consejeros al judío Joseph ben Hezra, gobernador del palacio imperial. [Amador de los Ríos, op. cit., t. I, pág. 223].

Liberal en extremo fue Fernando III el Santo con los judíos. Tuvo por almojarife mayor o funcionario de Hacienda al hebreo Don Mayr; y a los judíos de Sevilla les dio cuatro mezquitas para que las adaptaran al culto mosaico. Les dio también tierras y repobló con israelitas las aldeas de Aznalfarache, Aznalcázar y Paterna. [Amador de los Ríos, op. cit., t. I, pág. 103].

Alfonso X el Sabio también concedió tierras a los judíos en Andalucía y les entregó tres mezquitas más en Sevilla, que convirtieron en otras tantas sinagogas. Pero donde mayor interés ofrecen las relaciones de Alfonso X con los judíos es en el terreno científico y literario.

Aun antes de subir al trono se acreditó Alfonso el sabio de favorecedor de la raza de Moisés. Buscó para sus trabajos científicos la colaboración de los hombres de las tres religiones y fundó en Sevilla y Toledo cátedras de literatura y lengua hebreas. En particular, le fueron utilísimos los judíos en los estudios astronómicos, no solo con traducciones, sino con innumerables obras originales.

Los hebreos tenían especial afición a la astronomía (en lo que coincidían con el rey, y por donde le tenían cogido), que desde los tiempos talmúdicos fue llamada la sabiduría judía y que su religión les obligaba cultivar. [Neuman, op. cit., t. I, pág. 103].

Los judíos españoles escribieron obras sobre el astrolabio, el cuadrante, la esfera y otros instrumentos astronómicos, que perfeccionaron con inventos y nuevas teorías. Monopolizaban la cartografía los judíos de Mallorca, uno de los cuales fue el primero que aplicó el astrolabio a la navegación. [Idem, t. I, pág. 103].

Comenzaron los trabajos que Alfonso el Sabio confió, siendo aún infante, a traductores y escritores judíos y cristianos, con la traducción de los Lapidarios de Abolais y de Ben Quich, hecha por Judah Mosca ha-Qaton y por el clérigo Garci-Pérez. En 1252 trabajaban ya los sabios toledanos en las Tablas Astronómicas, que con el nombre de Alfonsíes tanto prestigio dieron al rey en la Edad Media; los judíos contribuyeron en gran medida al éxito de esta obra; algunos autores hebreos casi llegan a atribuírsela por entero a los judíos: a Isaac b. Cid, rabino de la sinagoga de Toledo y a Judah ben Moisés ha-Cohen. Amador de los Ríos señala como coautores de las renombradas Tablas a Moisés ben Mosca y Rabbi Isaac ben Zaqut Metolitolah (el de Toledo).

En 1256, Judah ha-Cohen y el clérigo Guillén de Aspa tradujeron del árabe el libro de la Ochava Sphera (Octava Esfera. Luego fueron apareciendo otras traducciones que el rey Alfonso comprendió bajo el título de Libros del Saber de Astronomía. Judah ha-Cohen y Juan de Aspa tradujeron el libro del Alcora, del de Alcozri-Ebu-Luchah. Isaac ben Zaqut compuso originalmente los libros del Astrolabio redondo y del Astrolabio llano.

El maestro Fernando de Toledo vertió al español el libro de la Azahefa, escrito por Abu Isaac ben Yahia Az-Zarcall. El citado Ben Zaqut compuso los seis Libros de la Lámina universal y tradujo al romance, añadiéndole un nuevo tratado de su pluma, el libro de Las Armellas.

El mismo Ben Zaqut y Samuel ha-Levi escribieron los Libros del Quadrante, de la Piedra de la Sombra, del Relogio del agua, del Argent vivo, del Palacio de las horas, del Atazir y del Relogio de la candela. En colaboración tradujeron al castellano Judah ben Moisés ha-Cohen, el Maestre Gil de Tibaldos, Pedro del Real y Juan de Aspa (1259 a 1280) las obras llamadas Cánones de Albatení, Libro cumplido de los juicios de las estrellas y Libro de las tres Cruces. [Amador de los Ríos, op. cit., t. I, págs. 314 ss.]

Don Alfonso mandó traducir también el Talmud y los libros de la Cábala.

La Tolerancia Española

Moros y judíos vivían probablemente más seguros y respetados durante los siglos XI, XII y XIII en los dominios de los reyes cristianos que los cristianos bajo los árabes en los buenos tiempos del califato.

Esa situación de cordial convivencia entre los hombres de las tres religiones en la España cristiana había comenzado a definirse en el reinado de Alfonso VI (1073-1109). Seglares y hombres de la Iglesia habían reconocido con humildad en toda la Península la superioridad intelectual de los árabes. Alfonso VI era, justamente, admirador de la cultura musulmana, y no solo de la cultura musulmana, a juzgar por sus amorosas relaciones con Zaida, la hija de Mutamid de Sevilla.

Se debió, sin duda —reiteramos— al influjo moral de la civilización árabe la conducta liberal de los cristianos españoles respecto de las otras razas y religiones; y la tolerancia que hubo en el resto de Europa hasta las cruzadas quizás se debiera a la misma influencia.

Pero a la razón moral de la tolerancia española se unían motivos de otro tipo, propios de la Península; motivos económicos, sociales y políticos. Desde principios del s. XI, los reyes cristianos comprendieron la necesidad de aprovechar las energías creadoras de moros y judíos. En las fases más importantes de la Reconquista, los judíos prestaron valiosos servicios a los reyes cristianos. Generalmente corrían en las grandes campañas con la administración de los ejércitos cristianos.

Esta era la misión del rico y culto Isaac ben Xalib en la corte de Alfonso VI. El mismo papel desempeñaba en la corte de Alfonso VII Selemoh ben Joseph. [Amador de los Ríos, op. cit., t. I, pág. 133]. También sirvieron a veces los judíos a los reyes cristianos en las guerras: en la primera batalla que Alfonso VI riñó con los almorávides, la de Sagrajas, combatieron los hebreos como cuerpo de ejército, aunque parezca gran exageración el número de cuarenta mil que menciona Amador de los Ríos. [Idem, t. I, pág. 134]. Asimismo, lucharon los judíos contra los almorávides en Uclés. (Dos combates desgraciados en extremo para los cristianos, por cierto.)

Por otro lado, interesaba a los reyes retener a las poblaciones mahometanas e israelitas en los lugares reconquistados. Entre la mayores dificultades de la Reconquista, que en parte nos aclaran por qué tardaron tantos siglos los españoles en expulsar al musulmán, se contaban la escasez de hombres y la pobreza de los cristianos; dos circunstancias que retrasaron el avance de los guerreros del Norte, dado que los reyes cristianos carecían de ejércitos lo bastante numerosos y bien aprovisionados para osar operaciones en gran escala dirigidas a la reconquista de las grandes ciudades.

La falta de soldados y de dinero les aconsejaban, como más práctico y realista, dejar a los pueblos en manos de los moros a cambio de las parias o tributo. Si en esas condiciones eran dificultosas las conquistas, bien se colige que no lo era menos la repoblación de los lugares tomados a los mahometanos.

Por regla general, los musulmanes abandonaban en masa las ciudades y los pueblos que caían en poder de los cristianos. De ningún modo querían vivir bajo el gobierno de sus antagonistas. Por su parte, los cristianos habían venido matando a los prisioneros moros y reduciéndolos a prisión perpetua, sujetos con grillos y cadenas, que arrastraban hasta que morían, o vendiéndolos como esclavos.

La nueva política consistió en conservarlos en condiciones de cierta libertad, y de ella fueron expresión los fueros a favor de las comunidades mudéjares o israelitas. Se les trataba ahora como los árabes trataban a las masas mozárabes. En la capitulación de Toledo, Alfonso VI respetó a los mahometanos en sus hogares, les permitió que se rigieran por sus propias leyes y les garantizó el ejercicio de su religión.

Política semejante siguió el Cid en la rendición de Valencia. Alfonso VI otorgó a los judíos parecidos privilegios que a los musulmanes. Los habitantes de la ciudad imperial continuaron en sustancia como antes. Los matrimonios entre las tres razas obtuvieron la aprobación, y tal vez, con el ejemplo del propio monarca, el estímulo de la corona.

Urgía a los reyes mantener la sociedad, evitar la despoblación y proteger las actividades mercantiles e industriales. El mismo Alfonso VI facilitó a los moros de Toledo cien mil dinares para que pudieran sembrar y continuar cultivando la tierra.

Otro factor que propiciaba la convivencia era la debilidad del sistema feudal castellano. La anarquía de la constitución política permitía a las poblaciones moras y hebreas engastarse sin violencia, con autonomía y dignidad, en el marco general de la sociedad. En lo demás de Europa el judío era un cuerpo extraño. No era señor ni siervo. Los reyes no sabían que hacer jurídicamente con ellos y los declararon propiedad de la corona.

En teoría también existía esta situación en España, pero había una práctica y una legislación que hacían de los judíos españoles personas civiles, respetadas, y, en cierto modo, privilegiadas. Jamás se dio en España un hecho como este: Enrique III de Inglaterra vendió todos los judíos del reino a su hermano Ricardo por cinco mil marcos. En todas partes, salvo en España y en Italia, los israelitas venían a ser una clase media en una nación sin otra clase media. De ahí que la raza de Moisés se desprendiera de la nación cristiana.

Todo el mundo tropezaba con el judío, piedra rodante sin encaje en el edificio de la sociedad feudal. En Castilla, las comunidades hebreas disfrutaban sus fueros, al igual que los municipios, y convivían con españoles que eran, como ellos, ni señores ni siervos, sino cédulas de una clase urbana, al nivel de la cual funcionaba perfectamente, por su ilustración, su libertad y su riqueza, el mundo israelita.

He ahí las razones sociales de la tolerancia española. Veamos ahora el motivo político de este fenómeno: la singularidad del Estado medieval español.

Si el Estado español de la baja Edad Media hubiese sido unitario y el trono hubiese encarnado, como luego con los Reyes Católicos, la soberanía nacional, seguro que hubiera habido conflicto serio con los judíos. Un Estado soberano, en una edad religiosa, además, por la naturaleza de las cosas no podía permitir, y menos alentar, la existencia de una nación tan poderosa e influyente como era el pueblo judío en España, un pueblo atravesado en las entrañas de la nación católica.

Pero este problema, que se le planteó, según vimos, al régimen godo y que se planteará de nuevo al renacer la unidad orgánica del Estado en el Renacimiento, no existía en la Edad Media, y a tal circunstancia obedecía también que fuera posible la libertad civil y religiosa.

Todas estas causas se coligaban para que florecieran en la Edad Media española la tolerancia y el espíritu de compromiso.

Hasta el comienzo del siglo XV —escribe Merimée— las tres religiones que se repartían la Península Ibérica convivían sin querella. Los reyes de Castilla escogían entre los judíos a sus hacendistas y a sus médicos y entre los moros a sus ingenieros y arquitectos. Nadie negaba la nobleza a un israelita ni a un emir musulmán. Yo no descubro huella alguna de persecución, a no ser en la toma de las ciudades, en las que el vencedor pillaba con preferencia el barrio judío; y cabe dudar que el fanatismo tuviera en ello más peso que la codicia. [P. Merimée. Mélanges historiques et litteraires, pág. 250].

Del optimismo del autor francés citado y de la circunstancia, que es exacta, de que España fuera en la Edad Media paradigma de concordia intelectual y religiosa, no sería aconsejable concluir que en los siglos aludidos no hubo choque de raza y de fe. Los hubo. San Fernando (1217-1252) fue implacable con los herejes, a los que aplicaba de continuo la pena de fuego (Menéndez Pelayo), si bien no persiguió a los judíos, en lo cual mostró una liberalidad que le faltó a su coetáneo San Luis de Francia.

Diecisiete años después de la capitulación de Toledo, se amotinaron los cristianos contra los judíos de esta ciudad. [Mariana, libro IV, cap. XVI]. Y es que el conflicto existía en estado potencial en la España cristiana tolerante, como había existido en la España de los califas.

Las persecuciones que padecieron los cristianos bajo el reinado de Abderramán II, la tiranía de Muhammad I en la segunda mitad del siglo IX, la reacción de Almanzor (977-1002) y las violencias que sufrieron los judíos granadinos a principios de la oncena centuria certifican igualmente cuán difícil era la convivencia en perfecta armonía, y más en aquellas edades, de tres razas con sendas religiones. En los mejores tiempos, en la España árabe y en la cristiana, la tolerancia conoció sus eclipses y fue relativa, y aun de esta relatividad hay que maravillarse.

El Estado hebreo dentro del español

Comprobamos que la edad de oro del judaísmo coincidió en Oriente y Occidente, con la edad de oro del Islam. También vimos que en España, la prosperidad y el predominio intelectual de la raza de Israel sobrevivieron al periodo áureo de la civilización árabe. Los judíos no tuvieron que lamentar los avances decisivos de la Reconquista cristiana en los siglos XI, XII y XIII. Al contrario, como dijimos, ganaron con el cambio.

Los reyes españoles eran más benévolos y tolerantes con ellos que los emperadores almorávides y almohades. Si los emires y los califas les confiaron los altos puestos de la administración, lo mismo hicieron los príncipes cristianos. Si antes colaboraron en las tareas científicas, también se les consultó ahora. Pululaban en la corte castellana con igual libertad que se movieron en la corte cordobesa primero, y luego en los pequeños reinos que se formaron con los restos del califato.

En la segunda mitad de la decimotercera centuria, la dominación musulmana quedó confinada al reino de Granada. Virtualmente, la Reconquista había terminado. Habían desaparecido las fronteras que impedían o dificultaban las actividades comerciales.

La privanza de los judíos cerca de los reyes cristianos entrañaba ahora mayor poder, porque la monarquía cristiana regía territorios mas vastos que los califas. Los israelitas españoles casi monopolizaban la medicina. Cuanto se conocía de la ciencia administrativa lo sabían ellos. El comercio peninsular, el que había, estaba en sus manos. [Milman, op. cit., t. II, libro XXIV, pág. 326].

Los judíos españoles podían comprar y vender tierras libremente. En tiempo de Alfonso X, la riqueza de España se hallaba principalmente en poder de los judíos, según un autor de la misma raza. [Schvet Judah, pág. 33, Milman, op. cit., t. II, libro XXVI, pág. 375].

El mismo autor concreta que sus correligionarios, gracias a su superior habilidad, se habían hecho con tanta riqueza, que eran dueños de la mitad de las tierras y la propiedad del reino. [Idem, ídem, ídem, op. cit., t. II, libro XXVI, pág. 374]. En los siglos XI y XII, la tercera parte del territorio del condado de Barcelona pertenecía a los judíos. [Francisco de Bofarull, Los judíos en el territorio de Barcelona, pág. 14]. Los judíos dominaban en el mercado del dinero. [Milman, op. cit., t. II, libro XXVI, pág. 374].

No es de extrañar que los protegieran los reyes: en la riqueza de los israelitas hallaba la corona la mayor parte de sus ingresos. En 1215, las rentas públicas consistían principalmente en los impuestos de las aljamas. [Amador de los Ríos, op. cit., t. I, pág. 255].

Los judíos parecen reyes —dice Tomás el Filósofo— a Alfonso X en el curioso y fantástico diálogo inserto en el Schvet Judah (pág. 42).

El precio de la tolerancia en la España cristiana, a ejemplo en cierto modo de la política árabe, estribaba en las contribuciones que el rey extraía a los judíos, y, sobre todo, en una capitación especial que pagaban a las iglesias las aljamas de las grandes ciudades. Este tributo se cifraba en tres maravedises por adulto. La práctica infalible en otros países, por la cual el monarca exigía a menudo a los judíos violenta y arbitrariamente sumas enormes, fue una excepción en España.

El rey francés o inglés los robaba sin misericordia. Los reyes españoles, pobres, como apunté, no solían abusar de su poder para despojar a los judíos, quienes, conscientes de su privilegiada situación, acudían con frecuencia, sin presión alguna, a remediar la penuria del Tesoro con dádivas y avances extraordinarios, en particular cuando las campañas de la Reconquista imponían grandes desembolsos a la corona.

En los alborotados días de Sancho IV (1284-1295) y Fernando IV (1295-1312) no menguó la influencia judía en el área económica. Luego, fue funcionario de Hacienda de Alfonso XI (1312-1350) el notable judío de Écija, José, que vivía en el propio palacio real; y el médico del rey, Samuel Abenhauer, obtuvo el privilegio de acuñar moneda, previo pago a la corona de una suma fija. En el reinado de don Pedro el Cruel (1350-1369), el poder social de los israelitas adquirió tales dimensiones. que el conflicto de la sociedad hebrea con el resto de la sociedad peninsular era ya insoslayable. La cuestión semítica desempeñó papel importante en la guerra civil.

Don Pedro fue, quizás, el único príncipe que se apropió arbitrariamente riqueza perteneciente a los judíos. Su tesorero y especie de ministro de Hacienda, Samuel ha-Levi Abufalia, se dio arte, no sin esquilmar seguramente a los pueblos, para multiplicar los ingresos del erario.

ero este hábil hacendista cayó en desgracia, y el rey le despojó de toda su fortuna, que ascendía a cuatro mil marcos de plata. [Lafuente, op. cit., t. VII, pág. 221; Graetz, Los judíos de España, cap. VII, pág. 393] (otros autores dicen cuatrocientos mil ducados), ciento veinticinco arcas repletas de ropas exquisitas y ochenta esclavos de uno y otro sexo.

En tan extraordinario poder económico y en mano tan resuelta en la administración pública no concluía, sin embargo, la fuerza social de los judíos españoles de esta época. Es imprescindible saber como se hallaban organizados para acabar de discernir su prodigioso vigor nacional.

En parte por los apremios de la repoblación, en parte por la anarquía constitucional que caracteriza a la Edad Media española y en parte también gracias a su riqueza y sus talentos, muy apreciados por los reyes, los judíos españoles se habían arrogado tributos de comunidad soberana. En esto eran como los nobles y superiores a los municipios. O por mejor decir, eran como el Estado, puesto que nombraban adelantados o gobernadores de provincia para su raza, ni más ni menos que la corona.

Disfrutaban jurisdicción propia en lo civil y en lo criminal; tenían sus jueces (dayanes) y cabales órganos de justicia, con sus síndicos, veedores y hombres buenos. Ningún israelita debía servirse, según prescripción de su ley, de la jurisdicción cristiana, sino acudir a sus dayanes en lo civil y en lo criminal. Privaba entre ellos la enseñanza confesional mosaica, ejercida por maestros públicos y pasantes sostenidos con el producto de un impuesto especial llamado nebda. Las aljamas se gobernaban de modo autónomo y obligatoriamente por decretos tecanas de la colectividad.

Su ley fundamental respondía a un sistema histórico de jurisprudencia muy perfeccionada, con origen en los días de la Biblia, ampliado, desarrollado y registrado en el Talmud y modificado después en el país de la dispersión. [Neuman, op. cit., t. I, pág. 32]. Con autorización de la corona, las aljamas se congregaban en parlamentos nacionales. Los tribunales de justicia (Bet Din) funcionaban a veces en los criminal secretamente.

Los judíos de otros países se asombraban del uso que sus correligionarios españoles hacían de esos poderes, especialmente en Castilla. El rabino Asher, nacido en Alemania, conocedor de la situación de los judíos en Alemania y en Francia, yendo en una ocasión camino de Toledo escribió: Cuando llegué aquí por primera vez pregunté sorprendido en virtud de que derecho legal pueden hoy los judíos condenar a nadie a muerte sin un Sanhedrín...En ninguno de los países que conozco, salvo España, actúan los tribunales hebreos en casos de pena capital. [Idem, t. I, pág. 130].

Tal era la autonomía legal de las aljamas, que en cierta ocasión en que un cristiano se quejó al infante don Juan de que los judíos iban a condenar a una mujer con la que había tenido amores, el infante respondió que el asunto escapaba a su jurisdicción, porque la mujer era judía y había de ser juzgada conforme con la ley judía. [Idem, t. I, pág. 14]. (La condenaban por haber tenido relación amorosa con cristiano).

Los rabinos enseñaban a su grey que en ningún caso les estaba permitido a los judíos someter su legislación a la ley común en los tribunales generales, ni siquiera cuando la ley general coincidía con la ley judía. No permita Dios, —decían los rabinos— que el pueblo sagrado marche por la senda de los gentiles ni de acuerdo con sus Estatutos. ¿De que nos servirían nuestras más sagradas escrituras, el Mishna, compilado pr R. Judah, y el Talmud, compilado pro Rabina y Rab Ashi? ¿Enseñarán ellos a sus hijos las leyes de los gentiles y se harían altares con la impureza de los gentiles? ¡De ningún modo! ¡Jamás ocurrirá eso en Israel! ¿Va a envolverse la Torah en arpillera? [Idem, t. I, pág. 14].

La omnímoda independencia de los israelitas españoles llegó a preocupar a las Cortes, y en el siglo XIV llamaron la atención de los reyes sobre tan anómalo estado de cosas. Reinando Juan I (1379-1390) se dio un paso enérgico, aunque inefectivo, contra la jurisdicción privada de los judíos. Se originó en el inaudito suceso siguiente.

en los comienzos de este reinado estaba a cargo del Tesoro real, como de hábito, un opulento judío, de nombre José Pichón. Los principales de su raza le tomaron aversión y decidieron despacharlo. Pichón fue condenado secretamente a muerte por los tribunales mosaicos, que obtuvieron del rey, por maña subrepticia, en toda regla, el necesario mandamiento para la ejecución de la sentencia, incluso con la orden para el verdugo. Pichón desapareció un buen día.

Cuando el monarca tuvo noticia de los sucedido rompió en cólera, y en caliente, dispuso que los judíos conjurados contra el tesorero perecieran del mismo modo. Juan I abolió, además, la jurisdicción hebrea en lo criminal.

Que estas severas medidas no arraigaron se deduce del propio poder de los judíos y del hecho concreto de que la reina regente, tutora de Juan II, tornase a privarlos de la jurisdicción autónoma por edictos promulgados desde 1408 a 1412. Y tampoco entonces se realizaron los designios de la corona, por cuanto en 1432 se reunieron en Valladolid los diputados de las aljamas judías de Castilla, y del ordenamiento o secama que aprobaron se desprende la evidencia de que seguían nombrando sus jueces y funcionando como un Estado dentro del Estado.

Milman discierne en la malquerencia que costó la vida a José Pichón el impulso del celo religiosos. Sospecha que Pichón se inclinaba al cristianismo y que sus connacionales lo condenaron por enfermo en la fe. Esta hipótesis no debe tenerse por aventurada, porque los judíos eran implacables en aquellos tiempos con los apóstatas.

Lo eran todavía en el siglo XVII, según testimonia el destacado caso de Spinoza, quien excomulgado por los rabinos, sufrió tal persecución por parte de sus compatriotas de Amsterdam, que su vida estuvo en peligro hasta que se refugió en Rinsburgo, cerca de Leyden. Sin embargo, Spinoza, aunque rompió con la Sinagoga no trataba de convertirse, como se sabe, al cristianismo. [Schwegler, Geschichte der Philosophie, pág. 241].

La reacción contra el poder israelita

Cualquiera que sea el fondo de verdad yacente bajo la hipótesis de Milman sobre las causas de la muerte del tesorero de Juan I, está fuera de duda que había una enconada rivalidad religiosa entre judíos y cristianos. Bajo la mutua tolerancia que constituye le gran ornato civil de algunos periodos de la Edad Media española, crepita el rescoldo de una conflagración latente. La fe del israelita era también en la Edad Media una fe militante.

En la conferencia que celebran, según el Schevet Judah, el rey Alfonso X el Sabio y Tomás el Filósofo, el rey se lamenta: Nada une más a los que discrepan que la comunicación familiar y amistosa, pero si el labio de un cristiano ha tocado una copa, el judío derrama el vino por impuro.

Con todo, aún no aparece la persecución en España. Ello disgustaba al Papado, que veía mal que los reyes españoles no se doblegaran en esto a su voluntad. El palacio de Letrán pedía medidas contra los judíos españoles, pero los reyes españoles tenían, como he dicho, otra política. Hildebrando llegó a acusar a Alfonso VI de haber entregado la Iglesia a la Sinagoga.

En vano instó el Papa a Alfonso VII a que privase a los judíos en todo el reino de los empleos públicos. Por su parte, otro Papa, Gregorio IX, despachó dos bulas, una para el rey de Castilla y otra para toda España, en las que ordenaba que se prohibiera el Talmud, pero nadie le hizo caso, sin duda porque en España esto era imposible.

En las inmediaciones del s. XIV, el clero español empezó a dar señales de seria inquietud, al compás de las Cortes, en punto a la cuestión judía. Sin embargo, la moderación de lenguaje de la representación eclesiástica en las Corte de Valladolid de 1351 no denuncia un afán persecutorio.

Mas la colisión entre las poblaciones judías y las cristianas se iba a presentar al fin; una colisión en la que el factor religioso no es, acaso, el principal.

El conflicto era multiforme. Judíos y cristianos se repelían por tres motivos: el religioso, el económico y el político. Chocaban la Iglesia y la Sinagoga, chocaban el pueblo hebreo rico y el pueblo español pobre, chocaban el Estado mosaico y el Estado nacional cristiano.

Y es de sumo interés observar que en la persecución que se avecina, no será la Iglesia, de los tres brazos que caen sobre los judíos, el primero en descargar. Exactamente lo que había acontecido en el s. VII, en la monarquía visigoda. Entonces el Estado se adelantó a la Iglesia. Ahora se adelantaban a la Iglesia, probablemente, el pueblo y el Estado.

La protesta contra los judíos la inician el pueblo y la clase media; en primero en la calle; la clase media en las Cortes. En toda la Edad Media menudearon los motines populares contra los judíos, manifestaciones totalmente exentas de matiz religioso y de inconfundible raíz económica. Tomás el Filósofo, en la conversación citada, tiene a la envidia por fuente principal de hostilidad contra los israelitas. Cuando los judíos —dice— llegaron pobres y haraposos a estos reinos nadie les acusaba de asesinar niños ni de beber sangre cristiana; pero ahora que parecen reyes, y si tienen doscientos florines se compran una bata de seda y a sus hijos les visten de brocado de oro —cosa que no pueden permitirse príncipes cuyos ingresos anuales se cifran en mil coronas—, los cristianos piden su expulsión.

Sabemos que los hebreos eran los hacendistas de la Corona, los recaudadores de las rentas y los prestamistas de todo el mundo. También sabemos que en el reinado de Alfonso XI, el médico del rey, Samuel Abelhauer, se alzó con el privilegio de acuñar moneda. De sus manipulaciones resultó una subida general de precios que estuvo a punto de provocar una insurrección nacional. Y no fue ese el único estrago financiero ocasionado por la administración de los judíos, o a ellos atribuido. A su riqueza, amasada por artes no siempre censurables, pero repugnantes en aquella edad, añadían los hebreos el arriesgado oficio de visitar a los contribuyentes con la mano tendida.

Las Cortes de Valladolid de 1315 pidieron al rey que no les empleara en la recaudación de rentas, que se les permitiera solamente el 33 por ciento en concepto de usura en los prestamos que concertaban y que las deudas que con ellos tenían contraídas los cristianos fuesen reducidas a la tercera parte. [Dunham-Alcalá Galiano, t. III, cap. XI, pág. 323]. Las Cortes de Burgos de 1366 insistieron en reclamar que se sustrajera a los israelitas el arrendamiento de las rentas reales y que no se les diese entrada en el Consejo real.

Esta actitud de la representación nacional no se originaba solamente en el sentimiento de las ciudades por las exacciones de que eran víctimas por parte de los financieros semitas, ni en la envidia del pueblo a los judíos codiciosos o acaudalados.

Precisa puntualizar de nuevo que las Cortes tenían a menudo conciencia más clara del interés del Estado que el propio monarca y comprendían mejor que nadie que los privilegios de los judíos —a todos dolían los privilegios de los demás y nadie sacrificaba los suyos— socavaban la soberanía del Estado.

Los reyes los protegían porque estos sagaces hacendistas y recaudadores les eran superlativamente útiles, imprescindibles, quizás. En análisis final, se les permitía que camparan por sus respetos, con frase de Mariana, por la necesidad y la apretura de las rentas reales y ser los judíos gente que tan bien sabe los caminos de allegar dinero. [Mariana, libro. XVII, cap. III].

Después de la furtiva ejecución de José Pichón, las Cortes no cesaron ya de lamentar la libertad política y civil de los judíos., y aunque con parvo éxito, porque los judíos eran incoercibles, la corona se esforzó a menudo por salvar la unidad del Estado contra la exagerada autonomía judicial y política de la nación mosaica.

Es decir, el pueblo y el Estado, aquél por motivos económicos, este por razones políticas, propendían más cada día a mermar las libertades de los judíos, y cuando los clérigos empezaron a excitar a la plebe contra los fieles de Moisés, en la tormenta que descargó en España sobre esa raza se coligaron ya los tres estamentos sociales que por diferentes causas se hallaban en conflicto con ella: el pueblo, la Iglesia y el Estado.

Los judíos y el pueblo cristiano

El pueblo tenía, desgraciadamente, su cuestión particular con los judíos. La raza se le había hecho antipática por causas ajenas a la religión. Este pleito entre la masa popular y los judíos hay que interpretarlo a la luz de la lucha de clases. Aunque los frailes no las incitasen a ello, las clases bajas se alborotaban contra las aljamas. Y semejante fenómeno social tiene por sí mismo, con independencia del religioso, densidad suficiente para engendrar la cuestión racial, como ya observó Emilio Zola.

La colisión entre el pueblo y los judíos, oriunda de la división de la sociedad en clases económicas, puede crear al Estado, en horas de violenta lucha de clases, una situación inextricable. Por manera que, además de los problemas que plantea la existencia de una innumerable comunidad hebrea funcionando como nación —cual acontecía en España en la Edad Media—, aparece una vidriosa cuestión de orden público que el gobierno es incapaz de solventar mediante los procedimientos ordinarios de policía.

El s. XIV se caracteriza en toda Europa por un desorden espantable; es un periodo de profundos cambios sociales, y la transición iba a serles fatal a los judíos de España. En ese momento se disuelve la sociedad feudal y los siervos negocian con vehemencia su emancipación. Pero las grandes matanzas de hebreos no comienzan en Castilla, donde el sistema feudal prendió débilmente en la economía, sino en el sur de Francia y en otras regiones españolas vecinas.

En esos territorios, los judíos sumaban también número considerable y el feudalismo era vigoroso. Alrededor de treinta mil individuos, que han pasado a la Historia con el nombre de los del núcleo principal, el de los pastores, se levantaron contra las poblaciones israelitas, penetraron en Navarra, incendiaron las aljamas de Tudela y Pamplona y pasaron a cuchillo a todos los judíos que encontraron. Esto acaecía en 1321. Siete años después los navarros pegaban fuego a las juderías de Tudela, Viana, Estella, etc., y mataban a unos diez mil hebreos.

Como alguna vez hemos dicho, en Castilla, la lucha de clases presentaba la faz menos agria, al punto de que aquí se realizó el paso del siervo a la libertad sin los espasmos que acompañaron a este alumbramiento en otras regiones españolas y en el resto de Europa.

Probablemente, por este motivo, la plebe castellana tardó más tiempo en alzarse en masa y desaforadamente contra los judíos, y cuando lo hizo fue, bien como secuaz del príncipe, siguiendo a don Enrique de Trastámara, como en los pogromos de Nájera y Miranda de Ebro en 1360, o capitaneada por los clérigos, como en 1391, a persuasión de las soflamas del arcediano de Écija, Hernán Martínez.

En la última década del s. XIV la cuestión judía constituía ya en España el formidable problema nacional que nadie podría resolver satisfactoriamente. En 1391 la multitud sevillana, a instigación de Martínez, asaltó la judería, se entregó al pillaje, derribó casi todas las sinagogas y quitó la vida a cerca de cuatro mil hebreos. Al año siguiente se reprodujeron estos horrores en Córdoba, Valencia, Toledo y Burgos. Los desmanes de las turbas culminaron en Barcelona en la festividad de Santo Domingo.

Aquí fueron saqueadas las aljamas y asesinados los judíos por una masa feroz, en la que entraban los marineros y esclavos de galeras de los barcos surtos en el puerto. La milicia de Barcelona detuvo a los cabecillas del motín y montó guardia en los edificios de los judíos.

Pero como en Sevilla —escribe Milman—, en Barcelona la intervención de la autoridad civil exasperó más todavía al irresistible elemento popular. Una fecha después se recrudeció el alboroto y hubo nuevo pillaje y una nueva matanza de israelitas. Veintiséis de aquellos energúmenos fueron ajusticiados y muchos otros puestos en prisión por orden del rey Juan I de Aragón.

El mismo año se contaron disturbios de igual linaje en Navarra, con quema de las casas de los judíos y buena suma de víctimas.

Ni la Iglesia ni la corona aprobaban este bandolerismo popular. El papa Clemente V había excomulgado a los pastores y el infante de Aragón, don Alfonso, los exterminó. En Sevilla, el arzobispo y el capítulo de la catedral se esforzaron por atajar la persecución.

Pero ni el rey ni el clero ilustrado podían ya restablecer la situación de convivencia. Milman describe el drama de esta manera: Comprendiendo los delincuentes a casi toda la población de estas grandes ciudades, la expiación, la justicia, el castigo de los culpables era imposible; y reparar la destrucción del barrio judío con la destrucción de la ciudad hubiera sido acumular desastre sobre desastre.. [Milman, t. II, lib. XVI, pág. 385]. (Hagamos notar que Milman no es autor desfavorable a los judíos.) a los judíos.)

El Problema

Planteado en términos tan punzantes el problema, Iglesia y Estado comenzaron a tratar de resolverlo. En la expulsión, llevada a la práctica en Inglaterra y en Francia a fines del s. XIII y a principios del s. XIV, respectivamente, nadie pensaba en España, Sin duda, porque el medio millón largo de judíos españoles eran la clave de la bóveda de la economía nacional, la gente más ilustrada de la Península, los cultivadores aventajados de las ciencias y de las letras. (Entre ellos estaba Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, por ejemplo).

Las Cortes desagraviaban a los judíos, condenando la violencia popular, y la corona resentía los excesos de la plebe como si ella fuese la primera víctima de esos desmanes. Ningún rey había podido pasarse hasta entonces sin los inestimables servicios de esta raza extraordinaria. Pero ni las Cortes ni el trono descubrían el medio capaz de hacer que se conllevaran de nuevo las poblaciones.

Solo la Iglesia creía tener la solución. Si los judíos se convirtieran al cristianismo volvería la paz. La Iglesia les ofrecía, con más o menos ardor, el bautismo. Campeón de esta política era San Vicente Ferrer. En poco tiempo abandonaron la ley de Moisés cien mil hebreos. Pero las conversiones no resolvían el problema. Las conversiones no hicieron sino aplazar la cuestión, trasladándola de los judíos puros a los conversos.. [Altamira, t. II, pág. 17].

En su aspecto religioso el conflicto adquiere entonces, precisamente dimensiones incalculables. Convirtiéndolos, la Iglesia se obligaba a velar que se comportaran como buenos católicos, cosa que los judíos no podían ser, porque habían apostado en condiciones de violencia. El judío español, según sabemos, no era un cualquiera en materia de fe. Estaba muy versado en su ley y en el Talmud. Era el compatriota de Maimónides, cuyos preceptos observaba con decisión y solemnidad insobornables.

Los conversos seguían, pues, por la mayor parte fieles a sus libros. No se había adelantado nada. Antes bien, el asunto había ganado en complejidad.

Al pueblo le dejaban frío las conversiones, dado que su querella no se fundaba en un motivo religioso. En 1449, por ejemplo, los israelitas de Toledo eran casi todos conversos, y ello no impidió que cuando don Álvaro de Luna puso en apuros a la ciudad demandando un empréstito de un millón de maravedises, los cristianos saquearan los almacenes de los judíos. Con el cambio, solo aparente de religión, que se impuso a los hebreos, nació, sin duda, el genuino problema religioso.

Mas aunque todos los judíos se hubiesen trocado, sin excepción, en cristianos y hubiesen dado ciento y raya en piedad a los católicos, como pasaba con los conversos más ilustres —vanguardia en la persecución contra sus connacionales—, siempre hubiera quedado pendiente de solución el problema en su parte social y política.

Es un error imaginarse que la conmoción nacional que se produjo a cuenta de los israelitas tenía por única causa en España la intolerancia religiosa, que, de añadidura, se suele reprochar, unilateralmente, a los católicos. Como creo haber demostrado, el drama era más complicado que todo eso. La rivalidad religiosa era, desde luego, transcendental, pero no le iba muy a la zaga en incurable gravedad el pleito social y el político.

La actitud del judío respecto del Estado era de substancial indiferencia. Una nacionalidad fuerte les era, por lo común, adversa. Por eso donde mejor vivían era en los imperios, y en los imperios florecientes, porque cuando no se daba esta última circunstancia, en la decadencia, la pugna de clases era siempre una amenaza para la nación hebrea, que tanto se distinguía por su fuerza económica.

Para el israelita, en consecuencia, el ideal era, de un lado, la nacionalidad vaga y relajada, dentro de la cual pasara inadvertido, o el internacionalismo, o si se prefiere, la nación reemplazada por la comunidad universal; y de otro lado, la sociedad sin clases económicas. (Se explica la notabilísima contribución de este pueblo a la filosofía y al movimiento socialista modernos.)

Pero desde el s. XIII se están abriendo paso en Europa las ideas contrarias al comunismo y al internacionalismo de la Edad Media; están surgiendo las modernas nacionalidades. En el mundo universalista de la Edad Media, el judío, aunque víctima de la rapacidad de los reyes y de la envidia de la plebe y el celo de la Iglesia se había defendido aún gracias a la difusa condición de la nacionalidad y a la endeblez de los Estados.

Esa situación tendía a desaparecer, y el conflicto genuinamente político entre el Estado y la inmensa multitud hebrea de España, aferrada tenazmente a su idiosincrasia y a sus usos políticos y religiosos infrangibles, se acreditaba, con la actualización del romanismo, de inevitable.

Indiferente respecto del Estado nacional, el judío no se inhibía, sin embargo, en las luchas políticas. En la guerra civil de la segunda mitad del s. XIV, los israelitas formaban parte, en gran número, del ejército de don Pedro. La hueste de Beltrán du Guesclin, que apoyaba al bastardo don Enrique, vino a España con la pretensión de limpiar al país de judíos, inflamada de un antisemitismo que en nuestra nación no se sentía de modo tan profundo como en Francia.

Más tarde, en la contienda de don Álvaro de Luna y los nobles, los judíos militaron en el partido enemigo del condestable. Don Álvaro era entonces el Estado. Por primera vez, quizás, se insinúa entonces la idea de la Inquisición con un designio político.

El poderoso privado aconsejó al rey, don Juan II, que pidiera al papa Nicolás V, el nombramiento de inquisidores contra judaizantes. El pontífice accedió al ruego y comisionó al obispo de Osma y al maestrescuela de Salamanca para que crearan el Santo Oficio. Pero el propósito no prosperó.

Por su parte, la Iglesia también se movía en esa dirección. Y para los preocupados en descubrir la complicada hilaza de la condición humana no dejará de tener interés que de los primeros en hablar en el campo eclesiástico de la necesidad de la Inquisición para meter en cintura a los judaizantes fue un judío converso, fray Alonso de la Espina, en el Fortalitium fidei, como recuerda Menéndez y Pelayo. [Menéndez y Pelayo, Heterodoxos, t. VII, pág. 20]. Nadie mostró mayor implacabilidad contra ellos que los grandes conversos de su propia raza, los Santa María, los Santa Fe, los Santángel, los La Caballería.

La Inquisición

Al fin, Iglesia y Estado se persuadieron que las conversiones no resolvían el problema. La Iglesia descubrió que el peligro de la infección judaica era muy grande y muy real. Fr. Alonso de Oropesa hizo pesquisas en Toledo y halló de una y otra parte mucha culpa: los cristianos viejos pecaban de atrevidos, temerarios, facinerosos; los nuevos de malicia y de inconstancia en la fe.

El Estado continuó estremeciéndose con las constantes convulsiones populares. En 1467 Toledo fue teatro de tremendos disturbios antisemíticos. Seis años después, a poco extermina la plebe a los judíos de Córdoba, a los que salvó la intrepidez de don Alfonso de Aguilar; los nobles protegían a los judíos, que en estos casos buscaban refugio en las inmensas fincas de la aristocracia. En Jaén, el mismo año, se sublevó el pueblo y asesinó al Condestable Iranzo, que había salido a la defensa de los perseguidos.

En 1482 se instauró la Inquisición en Castilla, a causa de los judíos (¿por los judíos conversos?) y para los judíos. [Véase Américo castro, España en su Historia, Ed. Losada. Buenos Aires]. De esta suerte se trataría en vano de afirmar el orden público y restablecer la paz religiosa. Fundaron la Inquisición para no acudir al extremo remedio de la expulsión. Al cabo, sin embargo, se impuso la expulsión. Y la Inquisición quedó.

De lo anterior se desprende el incalculable alcance histórico de la cuestión semítica en la Península Hispánica. Los procesos incoados por el Santo Oficio durante cuarenta y tres años —hasta 1525—. se refirieron solamente a los judaizantes. Cuando se presentó en toda Europa la reacción de la Iglesia romana contra la Reforma y contra el Humanismo, la Inquisición extendió su celo en España a los llamados cristianos viejos, esto es a toda la población. Ello era lógico e inevitable. ¿Pero se hubiera establecido este tribunal en el reinado de Carlos I si no hubiese estado funcionando ya? No es de creer. Ni Torquemada ni Cisneros ni la reina Isabel vivían ya.

La Iglesia española tenía otra clase de príncipes más moderados en la fe, algunos, los más ilustres precisamente, como el arzobispo de Toledo, Fonseca, y el de Sevilla, Manrique, erasmistas. El ambiente era otro, menos medieval, tocado por la luz del Renacimiento. Seguramente habrían impuesto las órdenes religiosas algún organismo contra la herejía, del que no pudieron librarse Francia ni Inglaterra. Mas parece improbable que de no haber comenzado a actuar el Santo Oficio a fines del s. XV como consecuencia del problema judío, España hubiera establecido la moderna institución inquisitorial.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 55-104.