Judíos

Venida de los judíos a España

Los judíos en la época visigoda

Bajo la dominación árabe

Los judíos en los reinos cristianos

Venida de los judíos a España

Interior de la sinagoga del Tránsito de ToledoInterior de la sinagoga del Tránsito de Toledo

Las noticias acerca de la venida de los judíos a la Península Ibérica son confusas, y existe, por tanto, gran dificultad para fijar con certeza la época de llegada de los primeros núcleos israelitas. Por una parte, Estrabón y Josefo Flavio hablan de una expedición en tiempos de Nabucodonosor; por otra, el comercio de las naves de Tarsis parece que trajo algunos hebreos a nuestras costas, especialmente en la época de Salomón, según dicen antiguas tradiciones judaicas, e, incluso, se habla de la posibilidad de fundación de algunas ciudades, cuyos nombres se asemejan a los de otras poblaciones bíblicas. Lo más probable es que no vinieran grandes grupos de emigrantes hasta después de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d. J. C.) y de la persecución de Adriano (año 135) para reprimir el levantamiento de Barcokebas en Palestina.

El monumento más antiguo digno de crédito, que indica la existencia de judíos en España, es una inscripción funeraria hallada en Abdera, de fines del siglo III. El primer gran documento auténtico de importancia, que habla claramente de ello, son los cánones del concilio de Illíberis (300-303), en los que se prohíbe a los cristianos contraer relaciones de parentesco con los judíos, sentarse a la mesa con ellos y algunas otras cuestiones más.

Los judíos en la época visigoda

Durante las invasiones en Europa de los bárbaros penetran en la Península nuevas familias judías.

La dominación de los visigodos arrianos fue favorable para los hebreos, bajo los cuales llegaron estos, incluso, a gozar plenamente los derechos de ciudadanía. La Lex romana visigothorum solo confirmó la legislación oficial entonces de la Iglesia Romana respecto a los israelitas, que dejaba un amplio margen para su aplicación.

Pero, a partir de la conversión al catolicismo de Recaredo, cambia la posición de los visigodos hacia una menor tolerancia. Recaredo decide aplicar estrechamente la Lex romana visigothorum. El III Concilio de Toledo prohíbe el matrimonio entre cristianos y judíos, que estos ejerzan cargos públicos, que tengan jurisdicción personal sobre los primeros, que se abstengan de todo proselitismo, y ordena también la manumisión de siervos cristianos.

Bajo Witerico todo esto cae bastante en olvido.

Pero en tiempo de Sisebuto vuelve la reacción contra los israelitas, los cuales habían logrado obtener propiedades y cargos públicos. En 612 hace pública una ley, en virtud de la cual ordenaba el bautismo de los nacidos de relaciones hebreo-cristianas, bajo pena de esclavitud; la expulsión del reino de la parte hebrea en caso de uniones mixtas. Finalmente, este rey, al ver las enormes dificultades para el cumplimiento de sus órdenes en muchos casos, decretó la expulsión de los judíos de sus dominios: ante esta medida rigurosa, la mayoría se convirtieron forzadamente al catolicismo, y el resto marchó a distintas comarcas de las Galias.

La Iglesia no aprobó esta medida, al menos en muchos de sus extremos. San Isidoro de Sevilla protestó contra las conversiones forzosas, si bien opinaba que los ya bautizados deberían permanecer en su nueva fe y los niños ser educados cristianamente a partir de los siete años.

Suintila se mostró benigno para los judios En su tiempo la mayoría de los exilados tornaron de las Galias, y gran parte de los convertidos a la fuerza volvieron al judaísmo.

Sisenando acusó otra vez la reacción antisemítica. Recesvinto siguió el criterio del anterior y prohibió a los señores poderosos que los protegieran.

La Iglesia sirvió de moderadora en la época visigoda, ante los excesos de los reyes. Las disposiciones oficiales hechas por influencia de ella tenían por objeto extender la fe católica la entre los israelitas sin procedimientos violentos: evitar que los ya bautizados recayeran en su antigua fe, y procurar la formación cristiana de los jóvenes. No obstante, no pudo evitar en algunos casos las iras de muchas personas de mayor o menor categoría.

Así, en el Concilio de Toledo del año 694, el rey Egica hizo una acusación general contra los israelitas de haber planeado una conjuración, juntamente con los judíos del norte de África, para minar los fundamentos del Estado y de la Iglesia. El rey impuso el castigo de la privación de sus bienes y la esclavitud como propiedad del fisco. El rey Witiza (701) parece ser que alivió el yugo de los hebreos.

La posición social y económica de los judíos en la España visigoda no es del todo clara, pero, puede afirmarse, sin miedo a errar, que muchos, por lo menos, llegaron a ser ricos propietarios y ocuparon altos empleos públicos. Tomaron parte en el comercio marítimo. Aparecen también como arrendatarios independientes de la nobleza, de la cual fueron muchas veces favorecidos. Conservaban las costumbres principales del rito judaico. Probablemente conocieron la literatura haggádica, y ellos mismos redactaron escritos polémicos contra los cristianos, pero desconocemos por completo su contenido.

Bajo la dominación árabe

Época de la Invasión (711-828)

La situación azarosa bajo los visigodos, que en unas ocasiones los toleraban, pero en otras muchas los perseguían con mayor o menor dureza, hizo que los judios españoles vieran en los nuevos invasores musulmanes sus propios liberadores. En efecto, se tienen noticias de que fueron los judios los que abrieron a los mahometanos las puertas de muchas ciudades. Por otra parte, según los relatos de Ajbar Mochú´ar de al Maqqari, Ibn Idhari, etc., consta que los árabes, en su avance por las distintas comarcas, iban dejando en casi todas las ciudades que conquistaban guarniciones y milicias judías, juntamente con pequeños destacamentos de tropas musulmanas. Es más, según ciertas tradiciones judías, Sevilla no fue conquistada en un principio por los musulmanes, sino por los judíos, que fueron, sin embargo, asesinados, en un levantamiento de la población cristiana.

Con los árabes vinieron también judíos de Asia y África, que servían en el ejército musulmán. Parece que, en Toledo, los israelitas se sublevaron contra los godos, se apoderaron del fuerte y abrieron las puertas a los invasores. También algunos puntos de Castilla fueron conquistados por grupos de judíos bereberes, que venían al frente de Jaulan al Yahudi, formando una unidad del ejército árabe.

En Granada, Córdoba, Sevilla, Toledo, etcétera, surgieron pronto comunidades hebreas importantes y con administración autónoma. En los primeros años de la conquista la mayoría de los judíos viven pacíficamente bajo los nuevos dominadores y colaboran con ellos en la organización de las tierras conquistadas.

No obstante, pasados los primeros años, los musulmanes les imponen la dimma o protección, lo cual disgusta, como es natural, a la población israelita. En algunos puntos llegan a alzarse en armas, pero son vencidos y castigados.

En esta situación, ante la noticia de la aparición en Siria del pseudo mesías Serenus (721), gran parte de la población judía española abandona sus casas para dirigirse a Oriente, con la esperanza de ver al rey prometido. El fisco se enriquece grandemente al hacerse cargo de los bienes abandonados. Los que permanecieron en España se quedaron con buena parte de los negocios de los emigrados y con otros nuevos que, al tener menor competencia, prosperaron grandemente, de modo que muchos judíos alcanzaron rápidamente la opulencia. En Oriente, al ver la impostura de Serenus —era enemigo del Talmud— lo cogen prisionero. Después de estos sucesos, una buena parte de los peregrinos volvió a la Península, arrastrando también consigo a otros correligionarios, que nunca habían estado en España.

En 756 sube al emirato de Córdoba Abd al-Rahmán I (756-787) y se proclama independiente de Damasco. Las comunidades judías lo reconocen como jefe del Estado. Un judío le había vaticinado, antes de que pasara a la Península, que llegaría al poder. Tal vez esta y otras circunstancias influyeron en el ánimo del emir para que se mostrase propicio hacia ellos.

Bajo el gobierno de su sucesor, el emir Hisham (788-795), los judíos fueron aceptados en las escuelas públicas y se familiarizaron pronto con la lengua y la literatura árabes, que desarrollaron juntamente con los árabes andaluces.

No obstante, bajo al-Hakan I, en 813, prepararon los hebreos una sublevación. Como consecuencia, muchos de ellos tuvieron que emigrar a África. En 828 los judíos, junto con los mozárabes de Toledo, se alzaron, pero fueron vencidos en varios sitios y reducidos sangrientamente.

Época de Oro (siglos X-XI)

Poco a poco, los judíos vuelven a recuperar el terreno perdido. Intervienen de modo nefando en los procesos contra los mozárabes cordobeses. El emirato se convierte en el brillante califato de Córdoba. Los soberanos elevan la España musulmana a una época de gran esplendor. En al-Andalus brillan las armas, las artes, las letras y las ciencias. Sus habitantes son ciudadanos de un poderoso imperio.

Los judíos adulan a los califas. Las comunidades hebreas prosperan, viven tranquilas. Sirvieron de intermediarios, en muchas ocasiones, con los Estados cristianos del Norte, en los asuntos políticos, comerciales, etc. En sus manos estaba el comercio de piedras finas, eunucos, esclavos y los préstamos a usura. Muchos ejercían la medicina; otros obtuvieron empleos financieros en la corte y llegaron a tener entrada libre en palacio.

Moshéh b. Hanoch de Sura funda en Córdoba la primera escuela de traductores. Había venido a España como esclavo y fue comprado por la comunidad judía cordobesa. Fue el promotor de la brillante cultura hebrea española. Su discípulo predilecto, y continuador e impulsor de su obra, Yosef b. Hasday b. Shaprut (915-970), fue médico del califa Abd al-Rahman III (912-961) y favorito y consejero suyo. Bajo la dirección y patrocinio de Hasday se cultivaron todas las ramas de las ciencias religiosas y exegéticas judías y de las ciencias profanas, especialmente la medicina y astronomía.

En Córdoba, Lucena, Granada, Toledo y Sevilla se crearon importantes escuelas judaicas. Sus maestros, tales como Dunash ibn Labrat (920-998), Menajem b. Saruch (910-970), Hanoch b. Mosé (940-1014), Yosef b. Abí Tur, Yehudá b. David Chuyush, Ishaq ibn Chicatilla, etc., formaron una gloriosa pléyade de sabios en distintas ramas del saber.

En 1013, en las luchas entre Muhammad b. Hisham de Córdoba, de una parte, y Sulaymán b. al-Hakam y Ramón Borrell con sus nueve mil guerreros catalanes, de otra, los judíos de Córdoba y Tarragona se pusieron a favor del primero. Sulaymán venció y persiguió a los israelitas, confiscó sus bienes y disolvió la escuela cordobesa. Los judíos de la ciudad califal huyeron de ella a Málaga, Granada, Toledo y Zaragoza.

Desmembrado el califato cordobés, los bereberes de la tribu de los Sinhaya fundaron el reino de Granada y Málaga. El visir de este pequeño reino nombró en 1025 a un judío llamado Samuel ibn Nagrela secretario y, más tarde, ministro de Estado.

El rey de la taifa de Sevilla, al- Mutadid, había sido enemigo de los israelitas, y no les había concedido ni la menor colaboración en los asuntos públicos, habiendo despreciado, incluso, su ayuda económica. Los dejó, sin embargo, en paz, y ellos vivían tranquilamente, mientras que en Córdoba y sus aledaños eran perseguidos.

En Zaragoza, a causa del odio religioso, llegaron a producirse sangrientas matanzas (1039).

El rey al-Mutamid de Sevilla (1069-1091) acogió a los fugitivos de Granada que habían escapado de la matanza de 1066 (Samuel ibn Nagrela). A algunos de ellos llegó a elegirlos para las más altas magistraturas de su cancillería. Sevilla se convirtió pronto en el centro del judaísmo español.

En 1083, Alfonso VI de Castilla manda a su administrador de impuestos Imrán b. Ehalbib, judío, a Sevilla para exigir a al-Mutamid el impuesto que debía pagar al castellano. Al-Mutamid no solo se negó a pagarlo, sino que ordenó dar muerte al administrador, encolerizado por la firmeza y lealtad de este al de Castilla. Este suceso fue la causa inmediata del comienzo de las hostilidades entre ambos reyes, luchas que terminaron en 1086 con la batalla de Zallaqa, en la que murieron muchos judíos en ambos bandos contendientes. Es curioso que en esta época, los reyes de Castilla y Andalucía concertaron tregua en sus guerras para respetar los días de viernes, sábado y domingo, dedicados al descanso semanal en las respectivas religiones.

Época de los almorávides y almohades (siglos XII-XIII)

Después de la batalla de Zallaqa se impuso en la España musulmana la dominación de los almorávides. Bajo el imperio de estos, los judíos de Granada, oprimidos antes por Badis, recuperaron sus bienes y gozaron de una situación tranquila.

El 1091 al-Mutamid fue destronado y desterrado. Los judíos granadinos, mediante elevadas sumas de dinero, pudieron conservar sus sinagogas, mientras que las iglesias cristianas eran destruidas, Poco después, sin embargo, el sultán Ya'qub b. Yusuf amenazó a los israelitas con una persecución, con pretexto de que habían prometido a Mahoma que se convertirían al Islam si, pasado un plazo de quinientos años, no hubiera venido el Mesías. En esta ocasión consiguieron también salvarse mediante la entrega de otra fuerte cantidad monetaria.

Estas persecuciones crearon una atmósfera propicia al mesianismo: en Córdoba apareció un pneudomesías, que fue ejecutado con todos sus conspicuos.

Bajo el gobierno de Alí (1106-1143) mejoró la situación, El rey dio cargos públicos y hasta grandes honores oficiales a hebreos. Así Salomón ibn al-Mu'alim de Sevilla, poeta destacado y médico real, llegó a ser nasí y visir. Abraham ibn Kamnial de Zaragoza, desempeñó igualmente los oficios de visir y médico del rey, y se distinguió por sus obras filantrópicas, con las cuales ayudó a los judíos de España, Egipto y Babilonia; Abraham ibn Hicha (1065-1136), astrónomo y funcionario del Estado, recibió el cargo de jefe de Policía de un principado musulmán; etc, Sin embargo, ninguno de estos judíos poderosos ejerció una influencia como la de Hasday b. Shaprut o Samuel ha-Leví.

Entre los rabinos de aquella época merece ser citado Yosef ibn Migash II (1077-1141), cabeza de la comunidad de Lucena; entre los poetas, Moshéh ibn Ezra (1070-1139), Yehudá ibn Giat, Yehudá ibn Abbás, Salomón ibn Sakbel, y el gran Yehudá ha-Leví (1086-1141 aproximadamente), que nació en Castilla y desarrolló su obra filosófica y poética en la España árabe. Ishaq al-Balia (1035-1094) trabajo en el campo de la astronomía, filosofía y Talmud, compuso un tratado astronómico sobre el calendario judío y fue nombrado astrónomo del rey de Sevilla Abu al Qasim, así como nasí o príncipe de las comunidades hebreas del reino. Ishaq ibn Giat de Lucena (1030-1089), Ishaq al-Barcheluni (de Barcelona) e Ishaq ibn Saknach de Denia se distinguieron en las ciencias talmúdicas.

Estando así las cosas, a mediados del siglo XII, los almorávides fueron sustituidos en al-Andalus por los almohades, que pretendían, según ellos, purificar el Islam, y que se mostraron quizá más fanáticos aún que sus predecesores. Los nuevos dominadores persiguieron metódicamente a los mozárabes y judíos andaluces, de tal modo, que San Fernando apenas si encontró cristianos en las ciudades y tierras por él conquistadas. Los almohades se apoderaron de mujeres y bienes y quemaron tanto iglesias como sinagogas.

De este modo fueron deshechas la comunidad y escuela de Sevilla, cuyos miembros hubieron de huir a Toledo, Cataluña y Francia o abjurar del judaísmo y aceptar el Islam (1146-1148). Por los mismos años ocurrieron también en Valencia unas terribles persecuciones (1148). Por fin, el emir Abd al Mu'min expulsó a los hebreos de todo al-Andalus. Los que pudieron de las escuelas de Sevilla, Lucena y Córdoba acudieron a Alfonso VII de Castilla, que los acogió favorablemente. Después de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) los almohades fueron perdiendo rápidamente la mayor parte de su poderío, de forma que los judíos fueron estableciéndose de nuevo en Sevilla.

Durante toda esta época oscura y sangrienta para los israelitas, muchas de sus grandes figuras hubieron de huir de al-Andalus o pasar por musulmanes para salvar sus vidas. Entre ellos pueden mencionarse Maimónides (1135-1204), Yosef Qimji, que huyó a Narbona y llevó a Francia los frutos de la cultura hebraico española; Yehudá ibn Tibbón de Granada (1120-1190), que marchó a Lunel y extendió la cultura de los judíos andaluces a los reinos cristianos del norte de España, y, finalmente, por no citar más, Ibrahim b. Sahl al-Israeli al-Ishbili, que se hizo por completo musulmán y fue uno de los mayores poetas de su época en lengua árabe y, cuando la conquista de Sevilla por el ejército cristiano (1248), hubo de huir de España y encontró en Ceuta una muerte trágica; otra figura ilustre es la del viajero Benjamín de Tudela. Rabí Moisés Sefardí se convirtió al cristianismo con el nombre de Pedro Alfonso en 1106, autor de la colección de cuentos Disciplina clericalis.

En la medida que los cristianos iban expulsando de España a los musulmanes, iba mejorando la condición de los judíos de al-Andalus. Los cruzados, que apoyaban a Fernando III el Santo (1217-1252), querían extender su juramento de fidelidad a la lucha antijudaica, pero no encontraron el apoyo del rey, que más bien protegió a los hebreos cuando la reconquista de Córdoba (1236) y Sevilla (1248). Con esto comienza un nuevo período para los judíos en la España cristiana.

Bajo los reyes nazaríes de Granada (1230-1492)

Muy poco se sabe de la vida de los judíos andaluces en el reino nazarí de Granada. Extenuados hasta el colmo quedaron las comunidades judías, después de las terribles persecuciones de los almohades, y no hay testimonios de que influyeran de modo notable en la vida social del último reino musulmán de España. No obstante, no parece que los persiguieran los reyes de la Alhambra, y así, algunos pocos israelitas volvieron a establecerse en ciertas ciudades del reino nazarí, para desarrollar su comercio con los reinos cristianos. Las crónicas musulmanas de la época apenas si hablan de ellos.

Sin embargo, en el primer tercio del siglo XIV, los mercaderes judíos ya debían tener cierta importancia, pues el rey Abu-l Walid Ismail I (1314-1325), según el testimonio del historiador Ibn al-Jatib, ordenó hacia el año 1323, que se cumplieran rigurosamente las prescripciones islámicas respecto a los judíos, y así, les impuso la obligación de llevar un distintivo y una insignia y que pagaran unos derechos en sus transacciones mercantiles.

En la cancillería de la Alhambra también debieron utilizar a algunos hebreos como truchimanes o intérpretes en las relaciones diplomáticas con los reinos cristianos. Sabemos que un docto judío llamado Yusuf ibn al Waqqar hizo, hacia 1350, una recensión en árabe de la Estoria de Alfonso el Sabio expresamente para Ibn al-Jatib, la cual aprovechó este ampliamente en algunas de sus obras.

Los judíos en los reinos cristianos

Desde la invasión árabe hasta el siglo X

Hemos visto como los judíos se pusieron al lado de los dominadores musulmanes contra los cristianos y colaboraron con aquellos en la organización de las ciudades conquistadas. Como consecuencia de esto, en los primeros tiempos de la Reconquista, los judíos son considerados tan enemigos como los árabes en los nacientes reinos cristianos del norte de la Península: las sinagogas son quemadas y sus bienes expoliados.

Pero al ir avanzando los cristianos, va suavizándose su conducta y los hebreos acrecientan su comercio y su propiedad particular. Además, ante la necesidad de repoblar las tierras reconquistadas, los reyes dan toda clase de facilidades para el establecimiento de colonos, prescindiendo de las rivalidades de razas. En esta, como en otras épocas, los judíos proveen el comercio y sirven de intermediarios entre las dos zonas musulmana y cristiana.

Aunque los nuevos reinos que iban naciendo querían ser, en general, como una continuación del imperio visigodo, tal pretensión no existía sino en la mente de algunos caudillos; de este modo la vasta y rígida legislación antijudaica visigótica quedó prácticamente sin efecto.

Desde el siglo X hasta mediados del XIII

Con Fernando I y Ramiro surgen los reinos de Castilla y Aragón respectivamente. Ante los grandes avances de la Reconquista viene la edad de las cartas pueblas y de los fueros, en los que, mediante privilegios otorgados a las ciudades reconquistadas, se intenta atraer a gentes para que las repueblen. En esta situación los judíos se encuentran notablemente favorecidos, incluso legalmente, gracias a la política magnánima de los reyes con miras a proteger la colonización. Así, en la carta puebla de Castrogeriz, dada por Garci-Fernández, gozan de las mismas consideraciones que los habitantes de la villa. Lo mismo ocurre, en tiempos de Alfonso V, en el Concilio de León. Una gran parte de los burgos de Cataluña fue repoblada con elementos hebreos: allí gozaban de la protección del rey y eran considerados como propiedad suya.

Recaudadores de impuestos, secretarios, médicos y sabios judíos comenzaron a jugar un papel importante en las cortes reales. Como protector de los hebreos hay que citar, en Aragón, a Alfonso I el Batallador (1105-1134), bajo cuyo reinado empieza a florecer la comunidad de Zaragoza. En Castilla, Alfonso VI (1072-1109), el conquistador de Toledo los favorece grandemente y da facilidades para el desarrollo de la cultura hebraica: amplía los derechos de los israelitas en el Fuero de Sepúlveda, en la carta de los fueros de León, en el importante fuero de Miranda de Ebrocf. Francisco Cantera, Anuario de Historia del Derecho XIV, y ed. M., 1945, C. siglo I. C., y en otros documentos análogos. Los judíos le correspondieron ayudándole en sus empresas con gran interés: por ejemplo, algunos combatieron a sus órdenes en la batalla de Zallaqa.

No obstante, el pueblo los seguía odiando: en la batalla de Uclés muere el hijo del rey, y las gentes, sospechando que debía de haber flaqueado el ala izquierda del ejército, en la cual iban encuadrados los judíos, hicieron una horrible matanza. Muerto Alfonso VI, hubo persecuciones en Toledo y otros puntos de Castilla. Las causas fueron, en parte, religiosas, en parte también por la postura arrogante que habían adoptado bajo la protección del rey, que, al desaparecer, dejó las manos libres a la brutal reacción del populacho.

Alfonso VII (1126-1157) se muestra también magnánimo con los judíos: en él hallaron refugio los que huían del Sur, de la persecución almohade. En esta conducta del rey influyó, sin duda, notablemente la actitud del almojarife o recaudador real de impuestos, Yehuda ibn Ezra, a quien Alfonso tenía gran afecto y había prestado ayuda para la represión de la secta judaica de los caraitas. A cambio de estas bondades, los judíos de Carrión —población en la cual tenían una gran comunidad— influyen decisivamente, y la ciudad se entrega a Alfonso sin lucha.

En esta época los reyes continúan dando fueros a ciudades, en los cuales es patente el espíritu de tolerancia. Algunos de ellos conceden a los judíos, en los contratos y procesos, los mismos derechos que a los cristianos. Los fueros otorgados, a fines del siglo XII, a Teruel y Cuenca, remiten los pleitos entre judíos y cristianos a un tribunal compuesto por representantes de ambas religiones en partes iguales. Únicamente los excluyen la mayoría de las leyes en los torneos y duelos; aunque, no obstante, en León podían hacerse representar por un paladin. En general estaban libres del servicio militar y solamente estaban obligados a ayudar en la defensa de la ciudad o burgo en que residían. A pesar de toda esta legislación altamente tolerante, no faltan detalles en los que se puede apreciar el influjo de anteriores tendencias antijudaicas.

Coincidiendo, poco más o menos, con el siglo XIII comienza la Iglesia a tomar medidas eficaces contra la irrupción de las herejías y doctrinas disolventes, que perturbaron las conciencias desde el último tercio del siglo XII. Los judíos cayeron dentro del campo de los sospechosos, entre otras causas por las relaciones de algunas tendencias de ellos con la herejía de los cátaros o albigenses. Por otro lado, el panteísmo de algunos filósofos musulmanes influyó pronto en los judíos y, a través de ellos, llegó a la Universidad de París. Ante este estado de cosas surgió un nuevo medio para la defensa de la ortodoxia cristiana: la Inquisición, que debía entender de oficio en los delitos contra la fe.

Su campo de acción se extendió pronto también a los delitos contra la fe cometidos por los no cristianos residentes en Estados cristianos, pues la influencia que ejercían, o podían ejercer, en los fieles era o podía resultar perniciosa para la tranquilidad de sus conciencias. Por esta causa se incoaron y se ejecutaron procesos y actos de fe contra el Talmud, por los pasajes injuriosos contra la fe de Cristo que en él se encontraban. Estos sucesos parece que empezaron hacia 1239. Pero es interesante hacer constar que los mismos judíos tradicionalistas acudieron a la Inquisición en busca de auxilio contra los ataques que a su fe hacían los exegetas y filósofos maimonistas, y, en efecto, se llevaron adelante algunos autos de fe contra escritos heterodoxos dentro del judaísmo, como el célebre de Montpellier, realizado contra las obras de Maimónides (1232).

Las órdenes mendicantes, por medio de la predicación, la catequesis, las disputas teológicas, etc., desplegaron un ardoroso proselitismo entre los israelitas y, efectivamente, muchos de ellos abrazaron el cristianismo. La sinagoga no declinó en la lucha y contestó altaneramente, de modo que se vivieron tiempos de relaciones tirantes entre los creyentes de ambas religiones. Todas estas circunstancias movieron al Concilio IV Lateranense (1215) a dictar una serie de decretos encaminados a ordenar las relaciones entre los seguidores de ambos credos.

Los reyes españoles procuraron suavizar las disposiciones conciliares, adaptándolas a las necesidades de su política. De este modo, al subir Inocencio III al trono pontificio hubo de amonestar a Alfonso VIII de Castilla por su trato con judíos y judías. Cuando los meses que antecedieron a la batalla de las Navas de Tolosa, Alfonso VIII se opuso a los propósitos de persecución, que tenían los cruzados que habían venido de otros países europeos. Puede decirse que los reyes de España no cumplieron, en general, estas disposiciones conciliares; solo en Navarra y Aragón se observaron los decretos.

San Fernando solicita del papa Honorio III la supresión, en favor de los judíos de Castilla, de la disposición que ordenaba la obligación de llevar el signo distintivo. Jaime I de Aragón recibe amonestaciones del Pontífice por continuar concediendo cargos honoríficos a los hebreos, censuras en que incurrieron muchos reyes de la Península en aquella época.

En la esfera económica había gran tirantez entre judíos y cristianos. Algunos documentos nos atestiguan la tendencia de los primeros a los asuntos financieros. Frecuentemente se habla en ellos de las tiendas de paños que poseían. En Barcelona intervinieron ampliamente en el comercio marítimo. También es corriente encontrar documentos que hablan de propiedades judías, que en casos raros eran de naturaleza meramente agrícola.

En el aspecto cultural hay que recordar la participación de judíos en la Escuela de Traductores de Toledo, con la figura de Juan Hispalense, y que hacer constar que las cortes de San Fernando y Alfonso el Sabio y de Jaime el Conquistador estuvieron notablemente influidas de cultura oriental. El rey Sabio se interesó para que se vertieran al castellano la Biblia, parte del Talmud, alguna obra de la Cábala, etc. Los judíos intervinieron muy a menudo en las traducciones, vertiendo directamente al romance los textos árabes y hebraicos: sus traducciones son extremadamente literales, de modo que con ellos entran en el primitivo castellano muchos matices semíticos. Esta influencia semítica en la literatura castellana, por obra principalmente de judíos, se mantiene a lo largo de los siglos XIII y XIV.

Desde la mitad del siglo XIII hasta 1415

A causa de las persecuciones almohades, Castilla y Aragón ven llegar a sus tierras innumerables familias judaicoandaluzas y, entre ellas, a las mayores eminencias del ámbito cultural hebraicoárabe. Ambos reinos llegaron con ello a tener la mayor población hebrea de Europa: según datos de fines del siglo XIV, parece que residían en las grandes ciudades comerciales, como Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca y Sevilla, comunidades de unas mil familias aproximadamente en cada una de ellas. El centro de gravedad se había desplazado, pues, en España. Las comunidades israelitas del Sur seguían perteneciendo a la zona de influencia de la cultura y civilización árabes. Los judíos que vivían en el Norte cristiano, estaban bajo la influencia de la Cábala. La comunidad de Barcelona fue durante dos siglos la más importante por sus sabios talmudistas y también el centro y patria de una pléyade de escritores insignes. En el siglo XIV vivió en Castilla el poeta en castellano Sem Tob o Santos de Carrión.

En esta época adquiere mucha importancia la participación de los judíos en los asuntos económicos y comerciales. Las comunidades tenían autonomía económica y régimen favorable de impuestos. También tenían el privilegio de juzgar en procesos civiles y criminales entre sus miembros. Los artesanos se organizan en gremios independientes como harían más tarde en Polonia. Existían comunidades pequeñas formadas casi exclusivamente de artesanos, como, por ejemplo, los albañiles. Pero la mayor parte se dedicaban al comercio en todas sus clases: desde la modesta tienda hasta los grandes negocios de importación y exportación, mediante el tráfico marítimo. En el comercio de lanas y telas desempeñaron un papel importante. En cambio, faltan representantes en las profesiones puramente agrícolas, aunque alguna vez se encuentran testimonios que hablan de judíos con posesiones más o menos grandes en el campo. Una masa desproporcionada se dedicaba a profesiones intelectuales, no solo como talmudistas, sino también como filósofos, matemáticos, médicos y traductores, empleados muchas veces en servicios públicos.

La situación económica llegó a ser un problema difícil en dos momentos: primeramente estaban considerados, a diferencia de los árabes, como dominadores del mercado monetario, pese a que en el siglo XIII, los cristianos violaban también la prohibición de la usura a gran interés, que había decretado la Iglesia, y que constituía una ley general para todo el país; y en segundo lugar, los judíos tenían en sus manos la mayor parte de las recaudaciones públicas, bajo la dirección de un almojarife judío, que era, al mismo tiempo, tesorero del rey e intendente general del ejército; este, en su alto cargo, se mezclaba con frecuencia en intrigas políticas y ponía en grave riesgo su propia vida, como Samuel ha-Leví, en el reinado de don Pedro I el Cruel.

En Aragón, que estaba más adelantado tal vez en el aspecto administrativo, los recaudadores judíos (bayles) tenían más bien el carácter de funcionarios controlados por el Estado. Hombres como Yehudá de la Cavalleria, Mosé y Yosef Ravayya (Alravaya) y Musa de Portella, parece que financiaron, en gran parte, las campañas de Jaime I (1213-1276) y la de Pedro III (1276-1285) en Sicilia. Sin embargo, no encontraron sucesores de su misma categoría.

Detrás de estos grandes capitalistas estaba la masa de la población hebrea modesta o pobre. Únicamente en las Baleares se hizo proverbial la riqueza de los judíos. En Castilla, afirma Baer, a fines del siglo XII pagaban impuestos anuales del orden de dos o dos y medio millones de monedas de oro.

La suerte de los judíos dependía principalmente de las relaciones diferentes que tenían con los cristianos, y de la actitud que estos tomaban con respecto de ellos. Reyes como Alfonso X de Castilla (1252-1284), Jaime I, Jaime II (1292-1327) y Pedro IV (1336-1387) de Aragón, no solo se rodearon de financieros judíos, sino que también entraron en relaciones personales con sabios y poetas. Muchos reyes españoles, incluso, no cumplieron las recomendaciones del IV Concilio Lateranense referentes a la prohibición de restauración o construcción de nuevas sinagogas, y buena prueba de ello es, por ejemplo, la bella y rica sinagoga del Tránsito en Toledo, levantada por Samuel ha-Leví.

Los monarcas también procuraron dar cauce legal al arduo problema de la usura judía y de las cartas de crédito o judiegas, verdadero caballo de batalla entre judíos y cristianos, cuestión en la que hubo enormes abusos por parte de los primeros, pero también mala fe, en algunos casos, por parte de los segundos con las continuas prórrogas y anulaciones.

En esta época va haciéndose cada vez mayor y más general en casi toda Europa la actitud antisemítica, la cual intentaron atenuar, de ordinario, los monarcas españoles, movidos, en parte, por la utilidad financiera que sacaban de la población israelita, y, en parte también, por motivos de caridad humana. De este modo, la población hebraico española se vio libre de persecuciones en esta época, en la cual fueron, sin embargo, frecuentes en otros países europeos.

Pero el antisemitismo fue minando el terreno: tanto en las decisiones particulares de las provincias eclesiásticas españolas, como en las insistentes demandas de las Cortes, se tendía a restringir la holgada situación que las comunidades judías habían tenido a lo largo del siglo XIII. La autonomía social que habían disfrutado, su capacidad adquisitiva, las pruebas testificales, etc., todo se intentaba reducir, y comenzó, de hecho, a cercenarse progresivamente, al mismo tiempo que aumentaba la hostilidad antijudía en todas las esferas de la sociedad, actitud que aparecía como la lucha contra una minoría peligrosa y temida.

En cuanto al aspecto religioso, esta fue la época de las célebres disputas teológicas entre cristianos y judíos para demostrarse mutuamente las verdades de su fe respectiva. En España la más célebre controversia fue la de Barcelona, sostenida entre Pablo Cristiano y Mosé b. Nahmán, en tiempos de Jaime I el Conquistador. Entre las figuras destacadas en estas disputas, aparte de los dos ya mencionados, está, del lado cristiano, el célebre dominico Raymundo Martín, de gran erudición talmúdica, autor del célebre Pugio fidei, obra que constituyó la base de todas las apologías cristianas medievales españolas frente a judíos y musulmanes; del lado judío hay que citar a Salomón b. Adret, talmudista cerrado y jurista de tendencia antimaimonista.

Simultáneamente a estas disputas desarrolló un intenso proselitismo, en el que se distinguieron principalmente los frailes dominicos y franciscanos, y que dio como fruto la conversión de muchos israelitas a la fe cristiana, entre ellos, hombres de gran talento y saber.

El reinado de Alfonso XI se vio perturbado por la peste negra, con motivo de la cual se propagó la especie de que los judíos habían sido los culpables de ella y se produjeron terribles matanzas en casi todos los países de Occidente. Estas matanzas tuvieron repercusiones en las comarcas peninsulares cercanas a las fronteras con Francia, a pesar de las precauciones que tomaron las autoridades civiles y eclesiásticas para evitarlas. El odio popular se descargó por primera vez en Cataluña, donde la miseria de los campesinos causó nuevos excesos en los decenios siguientes.

En 1354, las comunidades aragonesas hicieron un pacto entre sí para defenderse del peligro inminente. Los vaivenes de la política por que atravesaba España también ocasionaron serios perjuicios a los israelitas; en las discordias entre Pedro I de Castilla y sus hermanos bastardos, los judíos se pusieron a favor del rey, en la primera parte de cuyo reinado habían vivido con toda libertad; pero, muerto don Pedro, fueron víctimas de las venganzas de los bastardos; las ciudades esperaban también que, con la muerte del rey, quedarían libres de los almojarifes judíos, pero su sucesor Enrique II no estaba dispuesto a prescindir totalmente de ellos.

A fines del siglo XIV, como fruto del proselitismo cristiano, hay gran número de conversiones y siguen celebrándose las disputas religiosas, como las célebres de Tortosa: del lado cristiano hay una gran figura, el converso Alfonso de Valladolid

Pero el antisemitismo que se había desarrollado en los últimos tiempos tuvo una crisis violenta en 1391, en que se produjeron terribles matanzas: comenzó el incendio en Sevilla, en la que el arcediano de Écija Ferrán Martínez había hecho una campaña despiadada, que sublevó al populacho; durante cierto tiempo, las amonestaciones del rey y las amenazas de excomunión que le hizo su arzobispo le impidieron llevar más adelante sus teorías; pero, en un momento en que se vio libre, por el fallecimiento de ambos, llevó hasta tal punto sus prédicas, que el populacho irrumpió el 6 de junio en el barrio judío, asesinó a muchos, vendió como esclavos a otros y gran parte de los hebreos se apresuró a bautizarse para salvar sus vidas. En unos tres meses el pogrom se transmitió desde Sevilla a casi toda Andalucía, parte de Castilla, el litoral levantino hasta Barcelona y las Baleares: la mayoría de la población judía aceptó el cristianismo insinceramente bajo las exigencias de los sucesos.

Al lado de estas brutalidades, y por contraste, brilla en esta época el proselitismo lleno de caridad de San Vicente Ferrer, que consiguió muchas conversiones sinceras en muchas ciudades de la Península, al mismo tiempo que combatía el celo intempestivo de algunos conversos y cristianos viejos.

En esta situación llegamos al año 1412, en el cual la reina doña Catalina de Lancaster promulga la Pragmática u Ordenamiento de Valladolid sobre el encerramiento de los judíos e de los moros, en cuya redacción tuvo gran influjo el converso Pablo de Santa Maria, canciller de Castilla: se privaba a las comunidades de sus tribunales civiles propios y de su autonomía en los impuestos, se les ponía obstáculos para ejercer profesiones que implicaran trato con los cristianos, habrían de pedir permiso para cambiar de domicilio; finalmente se les imponía un distintivo y se les obligaba a habitar en barrios apartados.

En Aragón, el antipapa Benedicto XIII convoca a los judíos del reino a una disputa en Tortosa (1413-1414) con el converso Jerónimo de Santa Fe (Yosua Lorquí).

Poco después, el mismo Benedicto XIII promulgó una bula (11 mavo 1415), en la que se hacían eco las prescripciones antisemíticas del Estado. Ambos documentos, la bula de Benedicto y la Pragmática de Valladolid, marcan uno de los puntos culminantes de la política de aquellos tiempos respecto a los judíos.

Desde 1415 hasta la expulsión (1492)

La situación de los judíos en España se había modificado esencialmente en los últimos veinticinco años: las trabas y persecuciones que se les había impuesto y el gran número de conversiones al cristianismo precipitaron a las comunidades aún más florecientes a una vertiginosa decadencia de la que no volvieron a levantarse; los ricos centros de cultura hebraica del este de la Península habían desaparecido; las comunidades de Valencia y Barcelona dejaron de influir en la vida social.

Si bien la bula de Benedicto fue suspendida en Aragón desde 1419 a 1421, luego, en 1434, fue ratificada por Eugenio IV para toda España y Portugal, con motivo de las gestiones del converso Alfonso de Cartagena o de Santa María en el Concilio de Basilea. No obstante, sus disposiciones, del mismo modo que las de otros documentos análogos de tiempos anteriores, solo débilmente llegaron a cumplirse.

El rey don Juan II de Castilla y su ministro don Álvaro de Luna, renovaron la política de sus antecesores y protegieron a los judíos: el de Luna, por la Pragmática de Arévalo (6 abril 1443) atenuó las leyes existentes y dio más libertad. Pero esta Pragmática fue recibida en general con desagrado, sobre todo entre los conversos. Así, pues, los efectos de estas disposiciones de Arévalo fueron poco duraderos.

Un documento interesante son los estatutos de las comunidades judías de Castilla, que se reunieron en Valladolid en 1432. bajo la presidencia del almojarife y gran rabino don Abraham Benveniste: por ellos se aprecia que muchos hebreos estaban otra vez en posesión de la administración de impuestos, y las comunidades volvían a tener, al menos de hecho, justicia autónoma.

En Aragón occidental los judíos habían quedado incólumes, pero su número, muy reducido, no tenía la misma importancia que en épocas anteriores para el desarrollo del judaísmo, En Mallorca, la mayor parte de la comunidad hebrea acabó, en 1435, por convertirse sinceramente al cristianismo.

La población judía había abandonado las grandes ciudades y se había marchado al campo, bajo la protección de la aristocracia, que procuraba atraérselos, tanto por intereses económicos como culturales. Únicamente en Andalucía estaban menos dispersas las comunidades judías. Se calcula que el número de hebreos que vivían en el reino de Castilla en esta época anterior a la expulsión era de unas 35.000 o 40.000 familias. Este número era aún lo suficientemente considerable para hacer de la presencia de los israelitas un problema: ellos continuaban encargados de la recaudación de la mayoría de los impuestos estatales y municipales. Sin embargo, ya no dominaban los mercados monetarios.

Algunas profesiones despreciadas por los cristianos españoles eran ejercidas predominantemente por judíos y moros. La gran masa de los primeros estaba constituida por artesanos y mercaderes, no muy bien vistos. A esto había que añadir la gran cantidad de judíos bautizados, marranos, que habían aceptado el cristianismo. Algunos conversos o marranos practicaban, no obstante, en secreto, las ceremonias del culto israelita, y esta circunstancia unido a que un gran número de ellos desempeñaban los empleos de recaudadores de impuestos, trajo como consecuencia el recelo y la aversión de la masa hacia todos los judíos, fueran o no fueran conversos, y se produjeron excesos sangrientos en 1449, en Toledo, y 1473, en Córdoba, sucesos que plantearon seriamente el problema judío, agravado también por las luchas interiores de Castilla durante el reinado de Enrique IV (1454-1474), en las cuales se mezclaron facciones políticas de judíos conversos.

Los Reyes Católicos, que reinaban desde 1474, no podían permanecer impasibles ante este problema de los judíos, que empezaba a plantearse como insoluble. Algunos de ellos les habían ayudado económicamente en los primeros y difíciles años de su reinado, como, por ejemplo, don Abraham Señor, importante banquero, que luego fue almojarife principal y gran rabino. Ambos monarcas se servían también de impuestos y préstamos judíos para financiar la guerra de Granada. Pero los judíos eran mucho menos imprescindibles para el Estado que en épocas anteriores. Según los principios expuestos por la Iglesia, los israelitas tenían derecho a ser tolerados en un reino cristiano, y esta tolerancia existió realmente bajo el gobierno de los Reyes Católicos. Pero como los judíos incitaban a los conversos a volver a su antigua fe, la presencia de aquellos era un obstáculo para la pureza de creencias y la paz de la sociedad cristiana.

Para evitar o al menos contrarrestar, este peligro religioso-social, los monarcas convinieron en una serie de medidas, que, sin embargo, no obtuvieron la solución del problema: en 1476 les privaron de su independencia en causas criminales; en 1480 ordenaron la separación en barrios; finalmente, en 1481, recabaron la intervención decidida de los tribunales de la Inquisición en la cuestión de los conversos. Poco después, en 1483, dieron la orden de que abandonaran Andalucía, pero esta disposición solo se llevó a cabo en muy contados casos, Con menor resultado aún ordenó el rey Fernando la expulsión de Zaragoza de los hebreos, en 1486.

En 1490 se vio el famoso proceso del Santo Niño de la Guardia, martirizado y sacrificado por unos judíos, a modo de repetición de la Pasión y muerte de Jesucristo. Fueron apresados varios participantes del crimen, como Yosef Franco de Tembleque y otros siete judíos y conversos, y quemados vivos en Ávila, el 16 de noviembre de 1491. Este suceso provocó una indignación general y, unido al recuerdo del caso semejante a Santo Dominguito del Val, ocurrido siglos antes en Zaragoza, impresionó tanto las mentes del pueblo, que algunos creyeron que no se trataba de hechos aislados, sino de práctica diabólica de las comunidades hebreas, por lo que el odio popular hacia los judíos llegó a su punto máximo. Hay que hacer constar que estos abominables crímenes no son imputables a las comunidades judías, que nunca los aprobaron, sino a algunos fanáticos y depravados, y que los historiadores judíos se han avergonzado de ello, intentando negar su autenticidad.

Inmediatamente después de la conquista de Granada los Reyes Católicos decidieron resolver de una manera fulminante el largo problema judío, y, en consecuencia, el 31 de marzo de 1492, publicaron el edicto de expulsión: los judíos habrían de abandonar el país en el plazo de tres meses a partir del día mismo de la publicación del edicto; los funcionarios del gobierno se cuidarían de que el cumplimiento de lo dispuesto se realizara con orden y de modo pacífico; debían salir con sus hijos, familiares y criados, y, mientras llegaba la fecha de la expiración del plazo, podían enajenar sus bienes, pero con la prohibición de sacar oro, plata y algunas otras cosas que se especificaban.

Permanecerían bajo el amparo real hasta que salieran de España, pero se castigaría con la pena capital a los que volvieran después. El inquisidor general Torquemada publicó, al final, un nuevo edicto, por el que se concedía una breve prórroga de nueve días, si bien insistía en el cumplimiento riguroso de todo lo anteriormente dispuesto. La única posibilidad para poder permanecer en el reino era la de bautizarse, con la condición de abandonar realmente su antigua fe.

La cuestión económica la salvaron en parte los judíos por medio de operaciones bancarias internacionales. La emigración se dirigió principalmente a Portugal, África del Norte, Turquía, Italia y Rumania. Los episodios del exilio fueron de los más dolorosos del pueblo judío. Los historiadores han exagerado el número de los expulsados: los investigadores modernos calculan unos 160.000. Esta cifra supone Caro Baroja (Los judíos en la España moderna y contemporánea), y, añadiendo 240.000 conversos nuevos, cree que la población judía era por los años de la expulsión de unos 400.000 seres. Pero son cifras solo hipotéticas. Hubo 50.000 condenados —muertos o no— en el primer medio s. de la Inquisición.

El cronista Bernáldez supone que habría en Castilla unas 35.000 casas de judíos, lo que puede equivaler a unas 175.000 almas, que con 160.000 que da de Cataluña y Valencia, harían un total, sin los de Aragón, de unas 335.000, cifra aproximada a la realidad, pero no de los expulsos, sino de toda la población judía, incluyendo los conversos; con los de Aragón llegarían a unos 365.000. Barrantes Maldonado (siglo XVI) da 30.000 casas en Castilla y 6.000 en Aragón. Cree Caro Baroja exageradas las cifras de 300.000 expulsos, que dieron Isaac Abarbanel, Salomón b. Verga, Nicolás Antonio y Pierre Bayle, y más aún las de 420.000 de Reuclin y Diego de Simancas; los 400.000 de Zurita e Isaac Cardoso; los 600.000 de Pedro Fernández de Navarrete o los 800.000 de Llorente o las 170.000 casas del padre Mariana; el inquisidor Luis de Páramo (siglo XVII) se atenía solo a 170.000 expulsos.

Opina Caro Baroja que la mencionada cifra de 300.000 a 400.000 dada por los rabinos de los siglos XVI y XVII como expulsados procede de un viejo censo judío, pero que atribuyen a todos ellos la calidad de expulsos, inexactamente, pues incluye a los conversos y a los que seguirán fieles a su fe. De los modernos, Baer se inclina por 160.000; otro historiador judío, Loeb, por mucho menos de 100.000; Lea da 165.000 expulsados, 50.000 bautizados 20.000 muertos, con un total de 235.000. Si se admite la cifra de 400.000, para todas las clases, resulta una proporción alta en una población que no sería en toda España más de siete u ocho millones de habitantes.

La expulsión de los judíos españoles o sefardíes no solo desplazó el centro de gravedad de la historia judía, sino que influyó esencialmente en el desarrollo interno del judaísmo en los tres primeros siglos siguientes.

Desde la expulsión de 1492 hasta nuestros días

La expulsión de los judíos no constituyó por completo el fin de estos en España, si se tiene en cuenta el elevado número de conversos sinceros y otro, menor, de los que habían adoptado el cristianismo por conveniencias materiales o falta de firmeza en sus convicciones. No obstante, el proceso de asimilación fue tan intenso, que puede afirmarse que, a mediados del siglo XVI, estaba totalmente terminado.

Sin embargo, esta situación cambia un tanto al abrirse las fronteras de Portugal, con la anexión de este país en 1580. Los mercaderes judíos portugueses se desparramaron por toda la Península y se distinguían claramente del resto de la población. En los documentos de la época, además de llamarlos judíos, se les designa también de otras diferentes y curiosas maneras: hombres de la nación hebrea, gentes de la nación de Portugal, hombres de negocios de Portugal... Estos negociantes mantenían relaciones con todos los mercados importantes de Europa y colonias. Se decía de ellos que habían vuelto a casi dominar la economía española, y que habían colocado su capital en el extranjero (cosa en gran parte cierta), para minar así mejor al Estado y entregar las colonias a los extranjeros.

En el siglo XVII pareció ponerse de nuevo candente el problema judío. La Inquisición intensificó su actividad, pero muchas veces hubo de retroceder ante la gran influencia de sus denunciados: fue la época de los procesos de pureza de sangre, pero el problema no fue más lejos y no hubo cuestiones de importancia.

En el reinado de Felipe IV (1621-1665), el conde duque de Olivares concibió la idea de traer familias judías de África a las cercanías de Madrid, pero no le fue posible llevarla a la práctica.

En lo que va de s. han vuelto algunas familias judías y se han formado pequeñas comunidades, principalmente en Barcelona. Madrid y Sevilla. Se les permite, sin inconveniente alguno, adoptar la ciudadanía española; sin embargo, el número de sus miembros es tan reducido, que no ejercen influencia sensible en ninguno de los diversos aspectos de la vida nacional.

Aparte de los judíos que se distinguieron en el extranjero de abolengo hebreo eran, según mencionan Caro Baroja y A. Domínguez, Pablo de Santa María y su hijo Alonso de Cartagena, obispos de Burgos; García d’Orta, Diego de San Pedro, Fernando de Rojas, Antón de Montoro, Rodrigo de Cota, el apologista Alonso de Espina, Hernando del Pulgar, Francisco López de Villalobos, Andrés Laguna, Luis Vives, Santa Teresa de Jesús, Florián de Ocampo, Felipe Godínez, autor teatral, amigo de Lope de Vega; Antonio Enríquez Gómez, José Acosta, fray Luis de León, el beato Juan de Ávila, San Juan de Dios, Francisco de Vitoria, Mateo Alemán, Antonio de León Pinelo, Juan de Vergara, Francisco de Rojas Zorrilla, Luis Vélez de Guevara, Juan Pérez de Montalbán, el doctor Cazalla, los padres Laínez y Polanco, colaboradores de San Ignacio; Andrés Cabrera, Juan de Coloma, Luis de Santángel, Gabriel Sánchez, Conchillos, y otros servidores de Fernando el Católico; incluso se cita a Hernando de Talavera y al inquisidor Torquemada; también cabe citar a Baltasar Gracián, al colonizador Luis de Carvajal, al doctor Zapata (siglo XVIII), al financiero Alejandro Aguado y Mendizábal en el siglo XIX y Canalejas en el XX. De varia suerte, condición y actividad, unos eran conversos sinceros o de lejana estirpe judía y otros judaizantes o sospechosos.

FONT, José María, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. F-M, págs. 598-608.