El Nacionalismo Vasco

El pueblo vasco

El sentido de los fueros vascos

La capitulación de Vergara

II Guerra carlista y fueros vascos

El nacionalismo vascongado

Avance nacionalismo en Vizcaya

Lengua como instrumento político

Los estatutos autonómicos

La concesión de la autonomía

El pueblo vasco

Conocido el lugar que ocupan los vascos en la etnología y en la Historia de la Penínsiula Hispánica, no puede sorprendernos que todos los grandes valores humanos vascos vengan a ser valores españoles representativos. Vasco era Juan Sebastián Elcano, que sin mengua de la gloria de Magallanes —otro español— obsequió a España con el honor de haber circunnavegado el globo antes que ninguna otra nación. Vasco era San Ignacio de Loyola, cuya huella en la Historia de España y de Europa no precisa ser encarecida.

Vasco, en nuestros días, era Unamuno. Siendo así el hombre vasco, tampoco tiene nada de extraño que su participación se destacara en todas las empresas nacionales. Los vascos contribuyeron de modo notable a la obra secular de la Reconquista, y con la ayuda de sus flotas conquistó San Fernando Sevilla. Tomaron parte en la epopeya de América ventajosamente, y bien lo proclamaron los territorios que formaron la provincia del Río de la Plata llamándose Nueva Vizcaya.

En la Armada Invencible que Felipe II envió contra Inglaterra figuraron dos flotas vascas de diez galeones cada una; una vizcaína mandada por Juan Martínez de Ricalde, la otra guipuzcoana, a las órdenes de Miguel de Oquendo. (En esta empresa pusieron los vascos más barcos que Castilla, que contribuyó solamente con catorce galeones.). Hasta las postrimerías del s. XIX, el vasco concilió su amor local con la pasión por lo universal español.

El pueblo vasco vive en general hasta el s. XIX en el seno de instituciones particulares, con sus juntas provinciales, su democracia parroquial y su árbol de Guernica, símbolo de la libertad rústica y primitiva que disfruta. Es un pueblo esencialmente rural y patriarcal. Hay vascos, cierto, que navegan los siete mares y otros que acreditan gran aptitud para los negocios y la Banca; pero estos son una minoría.

La inmensa mayoría de los vascos —en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra— son campesinos misoneístas, hostiles a las novedades, fanáticos en religión, de punta contra todo lo nuevo. Conservan hábitos prehistóricos: la espata danza ha sido identificada como una derivación del tripudium de los íberos; y el lenguaje paleolítico, neolítico o eneolítico que hablan mantiene en ellos una asociación de ideas impermeable al progreso: la raíz de palabras tan corrientes como arado, cuchillo, hacha, es aiz, que significa piedra.

El árbol de Guernica, monumento civil que los vascos toman a la naturaleza para emblema de su libertad no es un símbolo exclusivamente vasco, sino que perpetúa una costumbre prehistórica común a pueblos innumerables. También en los cantones pastoriles de Suiza los campesinos resuelven, o resolvían hasta hace poco, sus problemas de gobierno bajo un roble frondoso.R.B.: Rousseau. Contrato Social, libro IV, cap.1.

Naturalmente, ese pueblo rural vasco, adherido entrañablemente al pasado remoto, a sus mitos antiguos, con los mismo o nuevos nombres, recibió de uñas a la revolución liberal. La historia de esa reacción es la historia del carlismo, movimiento que estudiaremos en otro lugar. El campo vasco era carlista y la ciudad vasca liberal. Los carlistas se batían por la Inquisición y por el gobierno de la Iglesia. Se batieron ya, como veremos, contra Fernando VII que les parecía demasiado liberal.

Es un error creer que peleaban por los fueros vascos. No. Los carlistas de las Vascongadas y Navarra trataban en 1833 de imponer a España un régimen político determinado, un Estado ultramontano, aspiración que, abandonada luego por la mayoría de los vascos de Vizcaya y Guipúzcoa, aún persiste en Navarra. Los carlistas no luchaban por sus libertades locales, fueros o privilegios políticos, sino por privar de libertad a los demás españoles, por imponer el absolutismo en toda España. Sobran pruebas documentales fehacientes de que los fueros no constituyeron la causa de la guerra civil en 1833.

En primer lugar, la proclama que lanzaron los padres de la provincia de Bilbao no hacia la menos alusión a los fueros, sino que convocaba a los bilbaínos contra una facción antirreligiosa y antimonárquica. Tenemos además un valioso testimonio personal de Henningsen, puntual anotador de cuanto acontecía en el campo carlista. Henningsen escribe en sus famosas memorias.

Cuando el rey (don Carlos) pasó revista al ejército carlista, los batallones de Navarra y Castilla ensordecieron el aire con gritos de ¡Viva [Carlos V]! ¡Viva nuestro rey!, y los carlistas de las Provincias Vascongadas, mucho más entusiastas, gritaban ¡Viva nuestro señor!, o lo modificaban en ¡Viva el rey, nuestro señor!.
Fundando sus ideas, como es lo más probable en circunstancias similares, los periodistas han dicho al público muy seriamente durante mucho tiempo que los insurgentes luchan con tanta determinación y fortuna, no por la causa de Carlos V, ni por otro sentimiento análogo al monárquico, sino por sus propios derechos y fueros.
Esto parece muy plausible y probable; sin embargo, en la práctica, por lo que atañe a la inmensa mayoría, los fueros no son un incentivo adicional para su celo, ni siquiera parecen haber pensado en esta cuestión, a pesar de que las provincias estaban a punto de ver reducidos sus privilegios. De los que llevan armas, no se encuentra uno solo entre veinte que conozca incluso la significación de la palabra fueros, aunque les sea familiar al oído.
Sintiendo yo impaciencia por obtener información sobre este extremo, pregunté muchas veces a los soldados sobre ello, y cuando inquiría porque luchaban, invariablemente me respondían: ¡Por [Carlos V]! ¡Por el rey!.R.B.: The Most Straiking Events of a Twelvemonths Campaign with Zumalacarregui in Navarra and the Basque Provinces, Henningsen, captain of Lancers in the Service of Don Carlos, Londres, 1836, T. I, págs. 70-71.

Don Manuel Azaña sostuvo el 27-V-1932 en las Cortes la opinión de que las regiones adheridas a la causa despótica de don Carlos eran absolutamente indiferentes al problema dinástico, por que lo que les importaba a los vascos no era don Carlos, sino sus fueros. La verdad es otra completamente distinta. Pero a los nacionalistas vascongados les satisfizo sobremanera la tesis de Azaña, dado que fortalecía la posición de este partido en su lucha por la independencia.

Así, don José Antonio Aguirre recordaba el 25-IX-1942 en el Centro Republicano Español de Buenos Aires que.

Azaña declaró en pleno Parlamento, hablando de los vascos en su primera guerra civil, habiéndose dicho que lucharon por el absolutismo: No; han dicho eso, pero no es verdad; luchasteis por la libertad.. El señor Aguirre añadió: Aplaudimos a rabiar a aquel hombre que nos hacia justicia.

Ni Azaña hacía justicia a los vascos, ni su versión del alzamiento carlista era otra cosa que ligera improvisación o esgrima política, Pero con recordar que había liberales vascos en guerra con los carlistas y preguntarnos por qué luchaban los primeros queda destruida definitivamente la superchería. No era mucho más débil el amor a los fueros en el pecho de los liberales vascos que en el de los carlistas. Cuando se trató de defender los privilegios regionales, todos, liberales y carlistas, estuvieron unidos. No se iban a matar liberales y carlistas por una cuestión en la que coincidían.

Los liberales vascos se batían por la libertad nacional y los carlistas vascos por el absolutismo nacional. Unos y otros representaban principios políticos universales. Otro hecho que prueba que en la primera guerra carlista no se dilucidaba en modo alguno una cuestión subsidiaria como la del porvenir de los fueros, sino el gran problema del destino común de los españoles bajo la Constitución liberal o la monarquía absoluta, nos lo ofrece el caso de Portugal: en Portugal no había problema de fueros, y, sin embargo, surgió allí igual conflicto, y liberales y miguelistas desencadenaron una guerra civil equivalente a la de España en fondo y forma.

El sentido de los fueros vascos

Hemos visto que por su propia naturaleza el impulso de la revolución liberal era opuesto a la perduración de los privilegios regionales, en nombre precisamente de la libertad, la igualdad y la fraternidad. También hemos visto que toda revolución propende a concentrar sus energías, sin lo cual está vencida. El liberalismo venía a destruir las instituciones de la Edad Madia, y tan medievales eran los privilegios de los vascos como los privilegios de la Iglesia y de los nobles; tan medievales eran los fueros como la Inquisición.

La revolución requería la centralización para atacar al pasado que venía a destruir. Por eso los revolucionarios, en España como en Francia, eran centralistas y unitaristas, y los conservadores, en Francia eran federales y en España fueristas.

Los liberales vascos amaban sus fueros en cuanto signo de libertad, pero no de privilegio. A los liberales vascos se les creó, un conflicto que nunca pudieron resolver. Tenían conciencia clara de que los fueros vascos perdieron su razón de ser una vez que en las Cortes de Cádiz fueron declarados libres todos los españoles.

Había desaparecido el peligro de la tiranía real y nobiliaria, contra la cual nacieron o fueron confirmados esos privilegios locales. Los fueros chocaban violentamente con la nueva edad, favorable a las grandes nacionalidades, a la idea de la igualdad y al criterio de la unidad de la ley en general. Pero por otra parte, la revolución liberal era hija del romanticismo, y el romanticismo alentaba lo local y lo típico. También el carlismo tenía un fuerte carácter romántico.

La capitulación de Vergara

La victoria militar de los liberales sobre los carlistas entrañaba, por multitud de motivos, la merma de los privilegios políticos de las Vascongadas y Navarra. España no podía desenvolverse ya, ni progresar con su economía estrangulada y su legislación atomizada. Entre Castilla y las Vascongadas, en el Ebro, en Miranda, subsistía una barrera medieval en forma de frontera fiscal.

Todo eran trabas para el comercio, dentro y fuera del País Vasco. Viajero tan inteligente y tan enamorado de las cortumbres locales como Richard Ford escribía en 1845, después de su visita a las Vascongadas: Más tarde o más temprano, los fueros vascos tienen que desaparecer..Handbook, t. II. pág. 923. Otras razones particulares conspiraban contra la subsistencia de los fueros de las Provincias Vascongadas.

En Madrid no podía haber gobierno liberal seguro mientras los carlistas de las Vascongadas y Navarra fueran dueños de la frontera francoespañola. Por allí recibían el armamento; por allí se realizaba un contrabando activísimo que disminuía considerablemente los ingresos de la hacienda. Y sobre todo, para desarmar al movimiento absolutista y poner fin a la guerra civil, el estado liberal se hallaba forzado a extender un día u otro su autoridad plena a la frontera pirenaica.

No había otro medio de poner término a una situación que permitía a los carlistas tener a toda hora un ejército en pie de guerra, maquinar el asalto a las instituciones liberales e insistir en instalar en Madrid el gobierno de la iglesia y el campo.

Concluida la I Guerra Carlista con el vencimiento de los fanáticos partidarios de Don Carlos (enero 1839), se planteó la cuestión de los fueros en la capitulación de Vergara. Los carlistas, para salvar su causa de un desastre total, renunciaron de momento a entronizar a Don Carlos y el absolutismo y se concentraron en la defensa de las libertades locales, que constituían la garantía de que seguirían disfrutando libertad de movimientos. De momento, los fueros quedaron en suspenso y el País Vasco ocupado por el ejército liberal.

Pero el gobierno prometió que propondría a las Cortes la confirmación de las libertades rurales vascas con algunas modificaciones. Espartero comunicó a los carlistas por escrito que usaría toda su influencia cerca del gobierno para que cumpliera su promesa. las Cortes de 1839, de mayoría liberal, revolucionaria, o, como hoy diríamos, de izquierda, resolvieron en octubre por unanimidad que se respetaran los fueros en tanto apareciesen compatibles con la unidad constitucional del país y que después de consultar al parlamento regional se introdujeran los cambios exigidos por el interés de España y por la conveniencia de las provincias.

Tal criterio informó la ley de 5-X-1839. Como Vizcaya había quedado asimilada al resto de la nación por un decreto punitivo anterior, de 16-IX-1837, la nueva ley, confirmatoria de los fueros, fue vista por los fueristas vascongados como un triunfo, triunfo que debían a la magnanimidad de Espartero. Vizcaya recibió aquella ley con entusiasmo, expresado en junta general, que eligió, agradecida, diputado general a don Baldomero.

Esta ley de 25-X-1839 está considerada, con doble error, por los nacionalista vascongados como destructora de los fueros, e impuesta por un Estado extranjero, como si el estado español no hubiera sido siempre el estado de los vascos, que jamás constituyeron una unidad política y menos un Estado.

Los fueros sobrevivieron a esa ley, bien que algo mermados; pero la cuestión no quedó resuelta. A los motivos de hostilidad que tenían los carlistas contra el estado liberal, se unió ahora, por primera vez, la reivindicación fuerista. Entonces comenzó, verdaderamente, la lucha por los fueros.

Pero es difícil sustraerse a la impresión de que la bandera fuerista servía a los carlistas vencidos, para seguir manteniendo la guerra, de otra forma, contra el estado liberal. Luego lo comprenderemos mejor. Pronto reaparecieron las conjuraciones por el Norte, y ya no participaban en ellas solamente los carlistas; también conspiraban algunos liberales vascongados, adversarios de la situación política que en Madrid presidía Espartero.

Don Carlos había ordenado a los carlistas que no tratasen de derribar al regente. Pero a pesar de eso, en 1841 estalló la insurrección con amplias ramificaciones en las Vascongadas y en Navarra. Era todavía evidente que los privilegios vascos constituían un peligro para quien gobernase en Madrid en liberal, supuesto que cualquier caudillo ambicioso podía contar de antemano en el Norte con el apoyo de fuerzas bien armadas, siempre decididas a sublevarse.

En Pamplona se sublevó el general O´Donnell y en Guipúzcoa el general Montes de Oca. El levantamiento fracasó, y una vez desbaratado, Espartero salió disparado para Vitoria y no más llegar redactó un decreto y abolió de un plumazo la totalidad de los fueros vascos.

Por este decreto de 29-X-1841, Vizcaya y Guipúzcoa quedaron privadas del magistrado especial que hasta entonces había actuado como asesor de la corona en los parlamentos locales; se nombraron gobernadores civiles, como en el resto de España; los poderes de los parlamentos locales fueron transferidos a las diputaciones provinciales, de acuerdo con la Constitución; los municipios y los tribunales de justicia se equipararon a los demás de toda España; desapareció la barrera fiscal del Ebro; los derechos de aduanas, hasta entonces hechos efectivos solamente en los puertos de San Sebastián y Pasajes, se pagaron en los sucesivo en toda la frontera terrestre y marítima con Francia; las provincias anteriormente obligadas a proveer para la defensa de su propio territorio quedaron sujetas al servicio militar.

II Guerra carlista y fueros vascos

Pero tanto la ley de 25-X-1839 como el decreto de 29-X-1841 tuvieron vida efímera. Espartero y los progresistas salieron del gobierno en 1843, y desde 1843 a 1868, si se exceptúa el Bienio progresista de 1854-1856, España estuvo gobernada por la reacción absolutista, con Narváez y Bravo Murillo como figuras representativas. Nocedal, Arrazola, Bravo Murillo, González Bravo dieron el tono al periodo.

El padre Fulgencio, confesor de don Francisco de Asís, el rey consorte; el padre Claret, confesor de Isabel; sor Patrocinio, fray Cirilo de la Alameda, ex consejero de don Carlos, mandaban en el palacio real. El carlismo no necesitaba alzarse en armas; pacíficamente se había adueñado del poder. No se cumplían los leyes centralizadoras, porque la reacción gobernante era partidaria de los fueros, y la Iglesia, que era lo que importaba a los carlistas, había recuperado su viejo influjo en la vida pública.

En 1848, cuando regresó a España Cabrera hubo unas escaramuzas en Cataluña; en 1860 se produjo el alzamiento carlista del general Ortega, capitán general de las Baleares, que desembarcó en la costa catalana, sin pasar adelante. Aparte esas dos asonadas sin graves consecuencias, el carlismo no se agitó en ese periodo. La II Guerra Carlista estalló en 1869, réplica a la Constitución anticlerical de ese año.

La coronación de Amadeo de Saboya soliviantó aún más a los carlistas, y no solo porque Amadeo era un rey liberal, sino porque era un Saboya, miembro de una dinastía, en la opinión de los ultramontanos de los bienes temporales de la Iglesia en Roma. Cayó Amadeo y advino la República federal, cuya futura constitución, federal también, se discutió en las Cortes. Si los carlistas luchaban por los fueros, ¿que sentido tenía que se levantaran contra la República federal? Repudiaban la República federal porque era anticlerical, y seguían anteponiendo el principio del absolutismo nacional español al de las libertades regionales.

La segunda guerra carlista fue, en esencia, copia cabal de la primera. El carlismo luchó por un ideal nacional español, quería conquistar España. Los fueros o privilegios regionales, en la práctica restablecidos por la reacción, le sirvieron de instrumento para armarse y conspirar. Antes de comenzar la guerra, los carlistas sabían que se jugaban los fueros, si la perdían, pero estaban dispuestos a sacrificarlos si a ese precio habían de pagar la satisfacción de tratar de imponer su ideal ultramontano a toda España.

Al ocupar el trono Alfonso XII —en plena guerra— dirigió una proclama a las provincias del Norte sublevadas (22-I-1875) Antes de comenzar la batalla os ofrezco paz, decía don Alfonso. Prometía el rey a los carlistas amnistía general y confirmación de los fueros. No aceptaron. ¿Habrá aún quien sostenga que luchaban por los fueros? Ellos mismos aclararon su posición: luchaban contra una facción numéricamente insignificante que había impuesto a España una serie de gobiernos ateos y anárquicos, comenzando con las Cortes de 1810 y terminando con la República de 1873.

No sorprendió, pues, a los carlistas que en marzo de 1876 proclamara Alfonso XII en Somorrostro la abolición de los fueros vascongados. Entonces, y no en 1839, fue cuando desaparecieron esos privilegios. Los preceptos de la Constitución de 1876 se aplicaron a las Provincias Vascongadas como a las demás de España. Cánovas del Castillo mantenía que era injusto que ciertas provincias gozaran de privilegios que no disfrutaban las demás, máxime estando esas provincias en rebelión permanente.

En las Cortes y en las conferencias con los representantes de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, Cánovas se negó a discutir otra cosa que no fueran algunas concesiones fiscales y administrativas, que se harían a estas provincias a condición de que dejaran vivir en paz al resto de los españoles. La ley de julio de 1876 fijó el nuevo régimen para las Vascongadas. Los vascos dijeron que no aceptarían las nuevas disposiciones. Cánovas recibió a una comisión de las Vascongadas, que le pidió que retirara la ley. Pero el jefe del gobierno confirmó que la mantendría.

Promulgada la susodicha ley, los gobiernos locales se negaron a cooperar con las nuevas autoridades. Anduvieron revueltas aquellas provincias, pero el ejército de ocupación impidió nuevos levantamientos. Quedaron prohibidas las juntas extraordinarias de representantes de las tres provincias y abolidas las diputaciones forales, y se establecieron en su lugar diputaciones provinciales elegidas por el gobernador civil (abril-diciembre de 1877). Por fin se avinieron los vascongados a negociar en condiciones aceptables para el gobierno.

Las diputaciones provinciales fueron en lo sucesivo la última trinchera defensiva de los fueros vascos. Los carlistas rechazaban el compromiso, pero los liberales, con su gran influjo en las diputaciones, utilizaron estos organismos para tratar de conservar alguna libertad local. Mas estos liberales vascongados hablaban en nombre de la burguesía de las ciudades —siempre distanciadas, desde la Edad Media, del punto de vista intransigente de los distritos rurales, de las anteiglesias— y concentraron su interés en obtener concesiones de carácter económico.

Los privilegios vascos quedaron reducidos a ventajas económicas. Consiguieron los liberales vascongados correr con la administración de sus propios impuestos, pagando al Estado nacional una suma convenida, de acuerdo con las posibilidades de la región, si bien en la práctica aquellas provincias contribuyeron luego con menos de lo que debían. También se les reservaron otros fueros administrativos; los antiguos códigos civiles de las Vascongadas fueron respetados. Con este desenlace tan desfavorable a la tradición, se presentó una crisis profunda en el movimiento carlista.

En Vizcaya y en Guipúzcoa el carlismo se trocó en nacionalismo regionalista, mientras que en Álava y Navarra conservó sus características de movimiento tradicionalista nacional español. Las causas de tal diferenciación política precisa buscarlas en diveros factores históricos y geográficos. El nacionalismo será un producto social de Vizcaya, del campo vizcaíno, aunque organizado en Bilbao. Motivos económicos y geográficos colocan a Vizcaya en una situación especial respecto a Álava y Navarra.

El mar, la gran industria próxima, el caserío, la tradición foral, el fuerte liberalismo de Bilbao se coaligaron para crear el complejo nacionalista en el carlista vizcaíno, complejo que se echa de menos en Álava y Navarra. El caserío se halla muy propagado en Vizcaya, y el campesino vizcaíno vive más aislado, es más parroquial que el alavés o el navarro. El vasco de Navarra y Álava no está en contacto con el mar, ni hay en estas dos provincias industria alguna de cuenta.

El nacionalismo vascongado

Al cerrar el s. XIX, el vasco de Vizcaya y Guipúzcoa —en particular el campesino— se alista en un nacionalismo localista de angosto horizonte. Quiere romper con el resto de la comunidad española no vasca. Importante factor moral —acaso decisivo— en la aparición del nacionalismo racista vascongado fue, a mi juicio, el resentimiento, y por ello se asemejan en sus orígenes el nacionalismo vascongado y el nacionalismo racista alemán. La victoria de las ciudades sobre el campo en las dos guerras carlistas depositó en el espíritu del campesino de Vizcaya y Guipúzcoa, que era carlista en masa, la simiente del nacionalismo.

Aquellas muchedumbres rurales, fracasadas dos veces ante Bilbao después de haberle puesto sitio otras tantas y viendo la dirección política de la región en manos de las ciudades, y de ciudades que contenían una mayoría de población no vasca, quedaron dominadas por un comprensible complejo de frustración. Impotentes para imponer su ideal absolutista a España, ni aun a las principales ciudades de su región, reaccionaron en racista y en separatista.

Si el carlista de Álava o Navarra no padeció ese extravío fue —insistimos sobre algo que acabamos de decir— porque ni en Álava ni en Navarra hay grandes ciudades ni hubo un movimiento liberal digno de cuenta. También debió contribuir a exacerbar el nacionalismo racista vizcaíno la existencia de la industria pesada cerca de los primitivos distritos rurales. El nacimiento de la gran industria vizcaína y su desmesurado desarrollo coinciden con le nacimiento y desarrollo del nacionalismo vasco.

Esta caso, el de Alemania y el del Japón prueban, tal vez, que la rápida industrialización de una nación de alma primitiva y romántica puede engendrar, o acentuar, un complejo de superioridad racial. Ese y otros complejos y sentimientos alumbraron un apóstol, Sabino Arana y Goiri, virtual fundador del partido nacionalista vascongado. El nacionalismo —ya lo hemos apuntado— se desprendió del carlismo, y Sabino Arana, como la mayoría de los nacionalistas de entonces, pertenecía a una familia carlista.

Del carlismo conservó el nacionalismo vascongado su catolicismo a ultranza: su lema era Jaungoikoa el legi Zarra (Dios y leyes viejas); Sabino Arana declaraba que aborrecía cordialmente todo el liberalismo, desde el más radical al más moderado. Pero en un escrito —El partido carlista y los fueros vasconavarros— Arana atacaba al carlismo, por no haber evolucionado hacia el nacionalismo regional, mantener su ideal nacional español y abandonar la reivindicación fuerista.

El nacionalismo catalán no solo ejerció estímulo general sobre el nacionalismo vascongado, sino que influyó directamente en la persona de su paladín, pues sabino Arana había estudiado en la Universidad de Barcelona en momentos en que más a lo vivo gesticulaban los nacionalistas catalanes, y sin duda volvió a Vizcaya con su ideario y sus sentimientos ya formados, los que concretó en un folleto, Bizcaya por su independencia, que apareció en 1892.

Como descubre el título de ese trabajo, al principio solo perseguían los nacionalistas vascongados la independencia de Vizcaya; después vino el concepto Euzkadi, denotando que los nacionalistas vascongados aspiraban a crear una nación y un estado con todas las provincias de origen vasco, españolas y francesas. Sabino Arana murió prematuramente en Pedernales el 25-XI-1908. Hombre recluido, tímido o reconcentrado, generoso, de hábitos sencillos, se le veía poco en público y raras veces empleó la palabra hablada como instrumento de proselitismo. Toda su propaganda la confió al papel. Se arruinó por la causa que creó, y en ella se dejó la salud.

Las ambiciones del nacionalismo vascongado quedaron expuestas el 22-IV-1894 en un artículo que publicó en el Bizcaitarra, seguramente escrito por el propio Sabino Arana. Se decía en ese trabajo, titulado Fuerismo es separatismo, que el fuerismo vasconavarro rectamente entendido era verdadero separatismo, porque volver el pueblo vasco a regirse según sus fueros, significa volver a ser absolutamente libre e independiente de España, con gobierno propio, poder legislativo propio y fronteras internacionales. Formalmente la fundación del partido nacionalista tuvo lugar en 1906. El 8-XII-ese año fue aprobado el manifiesto-programa en el Centro Vasco de Bilbao.

Comenzaba este documento afirmando el principio de la nacionalidad vasca, tras lo cual declaraba la necesidad de mantener en la vida social el exclusivismo religioso a favor de la iglesia católica, consignaba la aspiración a hacer la lengua vasca la única del País Vasco y recomendaba la educación patriótica de la juventud para desarrollar únicamente lo vasco. Las reivindicaciones políticas se concretaban en la aspiración a restablecer la situación anterior a la ley de 25-X-1839, por lo cual entendía el nuevo partido la independencia de Vizcaya.

La característica fundamental del nacionalismo vascongado, el atributo que pronto le singularizó entre los movimientos nacionalistas y regionalistas de la Península, es el racismo. Desde un principio funda el nacionalismo vascongado su derecho a gobernar al pueblo vasco en la diferenciación racial. Y aunque este movimiento ha cambiado de actitud respecto de otras cuestiones, el racismo, no solo sigue siendo su leit-motiv, sino que en el transcurso del tiempo, a medida que se desarrollaba el partido, se iba acentuando.

En nuestros días vuelve a recordarnos el señor Aranzadi que el nacionalismo vasco trata de reivindicar todas nuestras características raciales; y el señor Aguirre insiste en que el poderoso resorte que impulsa el nacionalismo vascongado son las ansias raciales.

Ese aspecto del movimiento nacionalista vascongado no puede menos de desconcertarnos, por ser el racista un sentimiento que jamás ha embargado a los españoles, y no haber duda de la españolidad de los vascos. Hasta que surge el nacionalismo vascongado, nadie, ni los vascos, había padecido en España la ofuscación racista. Hasta que surge el nacionalismo vascongado, nadie, ni los vascos, había padecido en España la ofuscación racista.

Y los nacionalistas vascongados no solo tienen despierta la conciencia de raza, sino que convierten al vasquismo en una suerte de religión. De ahí le viene al ideal nacionalista vascongado su fuerte emocionalidad y su irracionalismo. Como las religiones, este nacionalismo tiene su escolástica, y a este género pertenecen las elucubraciones históricas de Sabino Arana y sus sucesores, que tratan de conciliar su fe con la historia, con la razón histórica. El racial es el único valor permanente e inalterable del vasquismo. Los demás: forma de gobierno, religión, programa social, son subsidiarios en ese movimiento.

Sin violencia alguna, por tanto, se irá desprendiendo el nacionalismo vascongado de sus atributos políticos secundarios y los sustituye por otros, completamente opuestos. Cambiará de programa y de aliados y pasará de la adhesión a la monarquía absoluta (para Arana Don Carlos era señor de Vizcaya), a la adhesión a la monarquía constitucional (adhesión a Alfonso XIII en febrero de 1907), de la monarquía constitucional a la República, del clericalismo al liberalismo, de la alianza con los carlistas a la alianza con los marxistas. Pero el movimiento continuará fiel a su ideal primitivo.

Avance del nacionalismo en Vizcaya

Desde principios del siglo fue el nacionalismo vascongado un movimiento coherente, bien organizado, en posesión de medios financieros abundantes. Cultivando las tradiciones y las viejas costumbres, sirviéndose sus líderes de frases sueltas de la lengua vernácula, con el chistu y el tamboril, los nacionalistas halagaban en los medios rurales sentimientos y pasiones que los demás partidos ni sabían ni querían explotar. El partido carlista o tradicionalista siguió existiendo en estas provincias, pero la juventud se alistaba en el más dinámico y vigoroso movimiento nacionalista.

Entre estos jóvenes que primero llegaron al nacionalismo vasco se encontraba un gran escritor, Tomás Meabe, hombre de vastos horizontes humanos, que, claro es, no tardó en trocar el nacionalismo vasco por el socialismo. Cuando lo supo Sabino Arana dicen que exclamó: Porque eso no fuera cierto me dejaría cortar un brazo. El nacionalismo vasco reclutó en los pueblos de Vizcaya a la inmensa mayoría, pero las ciudades mayores continuaron adictas al liberalismo, y viendo en el nacionalismo un movimiento clerical, antiliberal, hijo del carlismo, contra el que siempre habían luchado.

Si bien la masa del nacionalismo vasco radicaba en las zonas rurales, no faltaron industriales y banqueros, entre los que se destacó don Ramón de la Sota y Llano, que lo favorecieron enseguida, por ser un movimiento católico defensor del sistema de propiedad privada y antisocialista. Frente a los sindicatos socialistas, muy fuertes en Vizcaya, el nacionalismo organizó a su propio proletariado en una entidad conocida por Solidaridad de Obreros Vascos, en violento conflicto con aquellos.

También tuvo con el tiempo el nacionalismo una organización paramilitar, los mendigoixales. La pujanza del nacionalismo vasco no solo se debía, naturalmente, a sus ideas, sus actividades y su excelente organización, sino en mucha parte a la incompetencia y la corrupción política del estado oligárquico nacional.

España atravesaba un periodo de crisis estatal y en el desgobierno imperante se justificaba a los ojos de muchas gentes el desmán separatista. La misma denuncia de los separatistas catalanes contra el régimen que padecía la nación podía oírse a los vascos. Pero los vascos no eran justos —lo eran menos que los catalanes— cuando hablaban escandalizados de ¡Esa España!, como algo distanciadísimo, decadencia, ruinas y desorden de gestación y culpa ajena. en lo que los vascos no hubieran tenido parte.

Más lo cierto era que, en definitiva, España sufría todavía las consecuencias de la política que practicó en el exterior y en el interior en los siglos XVI y XVII. España se arruinó en la lucha contra la reforma religiosa, y en gran parte fueron los vascos quienes le marcaron esa política. De las Vascongadas salieron San Ignacio y la Compañía de Jesús, como también varios de los eminentes teólogos que en Trento metieron a nuestra nación por esa senda. De otra forma daban aliento los gobiernos al movimiento nacionalista vizcaíno.

Desprovistos de autoridad moral en toda España y de fuerza política en la provincia, en los comienzos persiguieron a los nacionalistas —Sabino Arana estuvo varias veces procesado y preso— pero más tarde prefirieron los políticos de la monarquía favorecerlos para apaciguarlos y buscar fórmulas de compromiso. La capacidad perturbadora de los nacionalistas atemorizaba a los gobiernos.

El Rey buscaba su adhesión. Y los gobiernos llegaron a nombrar de real orden alcaldes nacionalistas (llamados entonces, de preferencia, bizcaitarras), para muchos ayuntamientos, incluso el de Bilbao. En la etapa de caos nacional y descomposición política que se abrió en España al estallar la guerra de 1914-1918 adquirió nuevo impulso el nacionalismo vasco —como el catalán— y se acentuó el antiespañolismo de los nacionalistas fanáticos.

En agosto de 1914 el alcalde de Bilbao, don Mario de Arana, promovió un insólito incidente gritando ¡Muera España! en la corporación. También por entonces asesinaron los nacionalistas a un muchacho por proferir un ¡Viva España!; y en otra ocasión allanaron una casa para destruir una bandera española que ondeaba en el balcón. Entonces establecieron los bizcaitarras sus primeros contactos internacionales.

Los aliados convocaron en Lausana un congreso de pequeñas nacionalidades, que se reunió en junio de 1916, y al que asistieron representantes de veinticinco países, en general extraños, como denotaba la lista oficial: Bouckara (dondequiera que estuviese en el mapa), Daghestan (lo mismo), Basques-Euzkadi, Catalogne, entre otros. Por Basques-Euzkadi se dio a conocer un señor López Mendizábal, de Tolosa, despachado furtivamente por los nacionalistas vascos.

Meses después recordaba Cambó en Bilbao que en el congreso de Lausana se había iniciado la colaboración de nacionalistas vascos y nacionalistas catalanes. El nacionalismo vasco estaba muy influido en este momento por el nacionalismo catalán. El 28-I-1917 habló Cambó en el teatro de los Campos Elíseos, de Bilbao, donde aconsejó a los nacionalistas vascos que siguieran la táctica que habían seguido los nacionalistas catalanes en Cataluña.

Al fracasar con el nombre de nacionalistas —vino a decir Cambó— adoptamos el de regionalistas y luego que tuvimos un partido poderoso izamos la bandera del nacionalismo catalán. Cambó acudía a Bilbao a organizar la resistencia de los capitalistas vascos y catalanes contra la política fiscal del gobierno. Desempeñaba la cartera de Hacienda don Santiago Alba, y entre sus proyectos figuraba un impuesto sobre beneficios extraordinarios de guerra. En la conferencia citada, preconizó el político catalán la subordinación de todos los ideales al económico.

Atribuyó el nacimiento de los nacionalismos regionales al desarrollo de la riqueza y sostuvo que cuantos levantaban fábricas y construían buques fomentaban el nacionalismo. No falta razón a Balparda para afirmar que el estado social coadyuvante al bizcaitarrismo y de toda la política disolvente lo había creado en Vizcaya como en Cataluña la plutocracia Balparda, Errores del Nacionalismo Vasco, 1918 pág. 64. Esas plutocracias se unieron contra el plan Alba, y su autor tuvo que retirar el proyecto del impuesto.

En las elecciones provinciales de principios de 1917, el nacionalismo vizcaíno alcanzó un triunfo arrollador, y el 1º de mayo se constituyó la diputación de Vizcaya con gran mayoría bizcaitarra. No tardó la nueva diputación en hacer público su programa mínimo de reivindicaciones nacionalistas.

En él se pedía la constitución de una mancomunidad vasca, a imitación de la catalana; la incorporación de Álava y Vizcaya a la Audiencia territorial de Pamplona, a la que ya pertenecía Guipúzcoa; el establecimiento de una sola Audiencia territorial en Navarra para todo el País Vasco; un solo colegio notarial, el de Pamplona, que pudiera exigir en las oposiciones el conocimiento del vascuence; la preferencia de los vascos de Vizcaya o en su defecto los de otras provincias para el desempeño de los empleos en Vizcaya, y soberanía económica de la provincia.

La lengua como instrumento político

Invitado a participar en la protesta revolucionaria que se cifró en la Asamblea de parlamentarios de Barcelona, el partido nacionalista vasco se resistió a figurar en aquel movimiento, que tuvo ramificaciones tan subversivas como la huelga general de agosto declarada por los socialistas.

Pero un día antes de que se reunieran los diputados a Cortes en la ciudad condal, el 16 de julio, se congregaron en Vitoria las tres diputaciones provinciales vascongadas y acabaron pidiendo como los nacionalistas catalanes, una amplia autonomía en consonancia con las constantes aspiraciones del país.

La diputación provincial de Vizcaya, organismo representativo, como es sabido, de la totalidad de la provincia, en la que predominaba el elemento rural, tenía mayoría nacionalista, pero el ayuntamiento de Bilbao se hallaba regido por mayoría de socialistas y republicanos.

Sin embargo, cuando la diputación convocó una asamblea de ayuntamientos de Vizcaya para el 3 de agosto, el ayuntamiento de Bilbao decidió asistir. La flojedad de las convicciones de los partidos republicanos y socialista, ora centralistas, ora autonomistas o federales, los convertía en fácil instrumento del nacionalismo vasco.

La actitud de los partidos de izquierda dependía de los que creían que les exigía el juego político del momento, y se tenían por lícitas, en esta y otras regiones, toda promiscuidad política y todo eclipse de principios. En la asamblea de ayuntamientos aludida, los republicanos vitorearon a la República, y los secundaron los nacionalistas vascos, y de allí salió el acuerdo de enviar adhesión a la Asamblea de parlamentarios de Barcelona. Otro acto importante en el proceso de la lucha por la autonomía vasca fue a continuación la idea de dirigir un mensaje al gobierno para concretar las aspiraciones autonómicas de las diputaciones vascongadas.

Ese mensaje, presentado el 17-XII-1917, declaraba que en caso de que pudiera conseguirse de momento la reintegración foral, sería bien que todo el País recibiera una amplia autonomía por virtud de la cual se atribuyera a la región el ejercicio de todas las funciones públicas menos las siguientes que se reservarían al Estado:

    1. Regularización de las relaciones internacionales e interregionales
    2. Defensa del territorio, Ejército y Marina
    3. Franquicia postal, monedas y pesas y medidas
    4. Régimen arancelario y de aduanas.

No descuidaban los nacionalistas la actividad cultural. En septiembre de 1918 se reunió en Oñate un congreso cultural vasco. Conscientes del alto lugar que ocupa la lengua en la definición de una nacionalidad, los nacionalistas se afanaban con entusiasmo en el cultivo y propagación del éuscaro, que ya solo existía generalizado en los distritos rurales, pues había desaparecido de las capitales con el avance del progreso industrial y mercantil y de la cultura. El designio de hacer del vascuence la lengua única, o en el mejor de los casos, la principal de los vascos era, sin duda, torpe.

Porque aunque interesante y digno de estudio, este idioma elemental, desprovisto de tradición literaria, no es adecuado ni suficiente como vehículo de cultura superior ni como instrumento universal de relación. Como sabemos, el éuscaro carece de documentos escritos anteriores al s. XV, y —dicho sea sin ánimo de ofender la susceptibilidad de los vascos que aman con fervor su lengua—, es el lenguaje de una cultura primitiva.

La lengua materna de las dos terceras partes de los vizcaínos era y es la de los demás españoles; en esta lengua están escritos todos los fueros de Vizcaya, salvo el más antiguo, el que primeramente se puso en vigor en las villas de Vizcaya, el fuero de Logroño, que se escribió en latín. Vizcaya era notable, precisamente en el s. XVI por lo bien que se hablaba allí el español, como dejó dicho, aludiendo especialmente a Bermeo, entonces capital de la región, el porta Herrera.

La mayoría de los jefes nacionalistas vascos no conocían el vascuence, que algunos comenzaron entonces a aprender apresuradamente y que otros aprenden hoy con notoria finalidad política. Y ¿a qué puede conducir el empeño de recrear y difundir este idioma con propósitos hegemónicos, a costa del español, sino a introducir una nueva perturbación entre los pueblos españoles?

Los estatutos autonómicos

La noción de autonomía para las vascongadas se iba imponiendo a medida que avanzaba la desintegración del régimen; y en la reunión de parlamentarios celebrada el 1-XI-1917 en el Ateneo de Madrid, se apuntó ya la idea de aceptación de la idea de Euzkadi por las fuerzas políticas nacionales, entendiendo por tal las Provincia Vascongadas constituidas política y administrativamente en región autónoma. Al cabo comenzó también a recibir reconocimiento oficial la aspiración autonomista vascongada.

Por real decreto de 18-XII-1918 se constituyó una comisión extraparlamentaria encargada de estudiar esta cuestión. Por otro decreto de enero de 1919 se autorizó al presidente del Consejo de ministros a presentar a las cortes un proyecto de ley sobre reorganización autonómica municipal y regional de las Vascongadas; y el 9 del mismo mes y año la subponencia para el País Vasco, formada por don Manuel Senante, don José Orueta y don Pedro Chalband entregó un proyecto de estatuto autonómico para las Vascongadas.

Por su parte, la Sociedad de Estudios Vascos inició la organización de un congreso de autonomía. A todas esas actividades puso término la dictadura del general Primo de Rivera, instaurada en septiembre de 1923. Los conflictos sociales y la violencia política que precedieron al golpe de Estado militar llegaron a inquietar al nacionalismo vasco, que si medraba como partido separatista al amparo de la descomposición del Estado, como partido conservador y clerical veía en peligro cosas que también le eran consustanciales.

Los nacionalistas vascos, como los nacionalistas catalanes, apoyaron, pues, al dictador. Las autoridades y las corporaciones públicas del País Vasco se pusieron al servicio del nuevo régimen, a pesar de que Primo de Rivera prohibió la enseñanza del vascuence y toda manifestación nacionalista; y aun participaron los chistularis y miqueletes en las manifestaciones de adhesión a sí mismo organizadas por quien encarnaba la dictadura.

Pero devuelta la libertad a España, reanudaron los nacionalistas vascos su propaganda en pro de la amplia autonomía y la reintegración foral. Ya en septiembre de 1930 se congregaron en Vergara y eligieron una comisión de autonomía. Proclamada la República el 14-IV-1931, se creó una situación excepcionalmente favorable a las ambiciones de los nacionalistas vascos. Sin demora, el 14 de junio, presentaban los líderes nacionalistas en Estella a los ayuntamientos vascos allí reunidos un proyecto de estatuto.

Ya no se trataba de la Bizcaya por su independencia de Sabino Arana, ni la autonomía para las Vascongadas de la diputación de Bilbao y los parlamentarios del Ateneo de Madrid. La autonomía se extendía ahora asimismo a Navarra y —en la intención de los nacionalistas— a otros territorios adyacentes. En Estella se habían dado cita 420 alcaldes vascos, y en su nombre le fue presentado poco después al jefe del gobierno, señor Alcalá Zamora, el proyecto de estatuto aprobado por ellos.

Pero semejante documento que, como decimos, recababa la autonomía para todos los territorios que los nacionalistas suponían vascos y exigía atribuciones autonómicas de inaudita amplitud, estaba en conflicto con la Constitución de la República. En este momento, los partidos republicanos y el socialista se mostraban reacios a apoyar la autonomía para las Provincias Vascongadas, en vista de que el partido nacionalista allí predominante constituía, a su parecer, una amenaza para la democracia republicana.

De estos escrúpulos tenían conciencia los nacionalistas vascos y por esa razón esperaban obtener la autonomía, no de los republicanos, sino de los partidos oligárquicos y reaccionarios. Importa decir que en las elecciones municipales de abril de 1931 que acarrearon el fin de la monarquía, el partido nacionalista vasco se presentó aislado y triunfó en los pueblos, excepto en parte de Álava, donde alcanzaron la mayoría de los votos los monárquicos y carlistas coaligados.

En las capitales ganaron las elecciones los partidos republicanos y obreros. En navarra se impusieron los carlistas. Rechazado por el gobierno el proyecto de Estatuto aprobado en Estella, los nacionalistas se vieron forzados a reducir sus aspiraciones de acuerdo con lo que permitía la Constitución; y la comisión de alcaldes encargada del Estatuto quedó invitada por las comisiones gestoras (nombre del comité director de las diputaciones durante la dictadura del general primo de Rivera) de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya a una reunión que se celebró en la diputación de Vizcaya.

En ese acto decidieron nombrar cuatro representantes de las gestoras y tres de la comisión de alcaldes para que redactaran un Estatuto dentro del marco constitucional, según autorizaba el decreto de 8-XII-1931.

Congregados el 31-I-1932 los ayuntamientos de cada provincia en las respectivas capitales de Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra para resolver si habían de presentar un solo Estatuto o varios, se inclinaron a favor del Estatuto único.

Casi todos los partidos políticos de las Vascongadas estaban ya ganados para la idea de transigir con la autonomía vasca. La comisión encargada de redactar el Estatuto único la formaron por las comisiones gestoras los señores Madariaga (del Partido de Acción Republicana), Trecu (republicano federal), García Larrache (republicano independiente), Martínez de Aragón, don Gabriel (republicano independiente). Por la comisión de alcaldes, los señores Aizpún (de derechas), Echegaray, don Bonifacio (independiente) y Basterrechea (nacionalista vasco).

Todavía vacilaban los socialistas, pero al fin también designaron sus representantes a través de la Federación Vasco-navarra; la delegación recayó en los señores Torrijos, Goñi y Armentia. Los navarros se habían reunido en Pamplona el mismo 31-I-1932 y habían decidido que solo favorecerían la idea de la autonomía si el Estatuto obtuviera más de dos tercios del voto de los ayuntamientos o poblaciones representadas por ellos. Los navarros, por la mayor parte carlistas, consideraban separatistas a los nacionalistas vascos.

La comisión susodicha despachó el proyecto de Estatuto del País Vasconavarro y lo entregó a las comisiones gestoras, que lo aprobaron y convocaron a los ayuntamientos vascos en Pamplona para el 19 de junio, afín de aprobar, modificar o rechazar el documento autonómico. El Estatuto de las comisiones gestoras recibió la aprobación de 346 ayuntamientos a favor; votaron en contra 137. De estos 137 votos negativos, 123 correspondían a municipios de Navarra. Navarra, pues, renunciaba al Estatuto.

Antes de separarse los representantes municipales de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa decidieron redactar un texto autonómico para sus respectivas provincias, excluida ya Navarra. La comisión nombrada por las comisiones gestoras adoptó íntegro el Estatuto rechazado por Navarra, que era fundamentalmente el texto primitivo de la sociedad de Estudios Vascos, el Estatuto de Estella reformado por los abogados nacionalistas para que cupiera en la Constitución republicana.

En asamblea conjunta de los ayuntamientos vascongados celebrada en Vitoria el 6-VIII-1933 quedó aprobado el texto. Por decreto de 20-X-1933, el gobierno de la República señaló los trámites que habían de seguir los vascongados para someter el proyecto de Estatuto al país, y el 5 de noviembre se verificó la consulta plebiscitaria. El Estatuto obtuvo en la región la mayoría prescrita por la Constitución. No solo lo votaron, claro es, los nacionalistas; lo votaron muchos ciudadanos antiseparatistas, pero que estimaban interesante o necesario el experimento del reorganización del Estado nacional que se les proponía.

Sin embargo, fue sumamente significativo que, a pesar de la intensa propaganda realizada por los nacionalistas, solo el 47 por ciento de los votantes alaveses se pronunciara en favor del Estatuto. Consultada en bloque la región —como disponía el código constitucional republicano— la autonomía se abrió camino legal; pero ello no modificaba la realidad de que Álava repudiaba el Estatuto, al paso que se ponía de manifiesto la artificialidad de considerar a las tres Provincias Vascongadas como una región política y estatal, lo que nunca habían sido. El Estatuto solo era aceptable para Guipúzcoa y Vizcaya. Contenía aquel documento preceptos dignos de examen, como los siguientes:

Título I, Art. 1º, párrafo 2º:

El régimen que así se establece no implica prescripción extintiva de los derechos históricos de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, cuya plena realización, cuando las circunstancias lo deparen, estriba en la restauración foral íntegra.

(Es decir, los nacionalistas vascos se reservaban el derecho a declarar independientes a las Provincias Vascongadas luego que pudieran hacerlo; porque para ellos, como vimos, la reintegración foral íntegra significa volver el Pueblo vasco a ser absolutamente libre e independiente de España, con gobierno propio, poder legislativo propio y fronteras internacionales).

Título II, Art. 6º, párrafo 2º:

Podrán agregarse al País Vasco otros territorios limítrofes mediante el cumplimiento de los siguientes requisitos: Que lo pidan las tres cuartas partes de los municipios del territorio que desee ser agregado a cada uno de los municipios, en el caso de no constituir territorio determinado. Que lo acuerden los habitantes de dichos territorios o municipios mediante plebiscito, dentro de los términos municipales respectivos, en forma de elecciones generales. Que los aprueben el parlamento del País Vasco, de acuerdo con Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, y las Cortes de la República, oída la provincia o la región autónoma a la que pertenezca el interesado.

(Con las anteriores estipulaciones, los nacionalistas vascos declaraban su aspiración de absorber zonas limítrofes, que no constituyen territorios determinados, en la provincia de Santander y en el Pirineo aragonés, es decir, en aquellas tierras por donde un tiempo se extendieron la raza vasca y el vascuence. La inclusión de Navarra, provincia muy definida, en el Estatuto vasco, se sobrentendía). Otros puntos del Estatuto en cuestión eran:

Enseñanza en todos sus grados, especialidades y clases, salvo lo dispuesto en el artículo 50 de la Constitución.

Título V, cap. 2º:

(La universidad del País Vasco) estará facultada para establecer delegaciones y centros de estudio en el extranjero.

(Con esta cláusula dibujaban los nacionalistas organismos que tendrían, en realidad, la misión de representar en el exterior a la nación y al Estado vascos. Las delegaciones de estudios en el extranjero desempeñarían el papel de legaciones o consulados de Euzkadi, vieja obsesión del nacionalismo, satisfecha al cabo por las delegaciones que creó el gobierno vasco en varias capitales de Europa y América en 1938 y 1939; estos centros actuaban con absoluta independencia del gobierno de la República y se dirigían a la prensa, a los gobiernos extranjeros y aún a las Naciones Unidas como representación de una nación soberana, a veces francamente, cuando convenía embozados en equívocos.

La concesión de la Autonomía

El partido nacionalista desde el cambio de régimen en la libertad republicana para propulsar, con su buena organización, su cohesión y su extraordinario fervor, la causa autonomista, o separatista. Pero no era aún un partido que pudiera ser tenido por republicano. La República les ofrecía la posibilidad de conseguir el Estatuto como ningún otro régimen, mas seguían esperando el favor de los partidos ultramontanos y enemigos del nuevo régimen.

Y en esas fuerzas buscaron apoyo los nacionalistas vascos. En las Cortes Constituyentes apareció en los primero meses de la República un grupo vasconavarro, formado por nacionalistas vascos y carlistas. A las elecciones de noviembre de 1933, de las que salió la República virtualmente destruida, los nacionalistas acudieron también con independencia de los demás partidos y lograron mayoría de votos en todo el País Vasco.

No más abrir sus sesiones el nuevo Parlamento, la minoría vasca presentó su proyecto de Estatuto, el Estatuto a que nos hemos referido. Designaron los diputados una comisión parlamentaria para que dictaminara y sometiera a la Cámara el documento definitivo de autonomía vasca.

Mas en el curso de dos sesiones borrascosas, los nacionalistas pudieron convencerse de que la reacción se oponía con violencia a la autonomía. Entonces se inició la mutua aproximación de los nacionalistas vascos, de un lado, y los partidos republicanos y los obreros de otro.

Los republicanos de izquierda y los socialistas, en minoría en el Parlamento y perseguidos fuera, abandonaron el recelo con que veían al nacionalismo vasco. Débiles, buscaban refuerzos. las Cortes de 1933 no volvieron a hablar del Estatuto para las Vascongadas. Triunfante el Frente Popular en la elecciones de 1936 —en las cuales el nacionalismo vasco se presentó de nuevo aislado—, fue objeto de especial atención por otra comisión parlamentaria el Estatuto vasco. Las derechas dirigidas por Calvo Sotelo, realizaron en el seno de esta comisión obstrucción implacable.

Por la mecánica pasional de la política en una nación al borde de la guerra civil, mientras más enérgica era la hostilidad de los partidos de derecha hacia el Estatuto vasco, más simpatías despertaba esta caja de Pandora entre las izquierdas. A primeros de julio estaba ya despachado por la comisión parlamentaria y aprobado por una mayoría constituida por todos los partidos de izquierda y los partidos de derecha catalanes, el texto definitivo del Estatuto vasco.

Los gravísimos sucesos con que comenzaba el 18-VII-1936 la guerra civil impusieron la suspensión de las sesiones parlamentarias y hubo de aplazarse la conversión en ley del Estatuto vasco. Pero el 1º de octubre quedó aprobado dicho documento, que no era ya el Estatuto presentado por los nacionalistas, sino otro en el que aparecía moderada la autonomía. Al romper la guerra civil, el Partido nacionalista vasco, católico, conservador, antisocialista, se encontró en una situación en extremo delicada.

Su exaltado catolicismo, su respeto a la propiedad privada y su temor a la revolución le impelían al bando de los militares sublevados. pero los líderes nacionalistas sabían que no podían esperar la autonomía de los enemigos de la República.

Si luchaban por Franco no ganarían nada; pero si luchaban por el gobierno y el gobierno ganaba, España quedaría tan debilitada, que podrían negociar exigiendo mucho más que el Estatuto autonómico. Si perdían... bueno, nunca perderían más de lo que hubieran perdido sometiéndose a Franco al principio.R.B.: George Steer, corresponsal del Times de Londres en Bilbao durante la guerra civil, en The Tree of Gernika. pág. 137.

Había políticos republicanos y socialistas influyentes que aun conociendo los peligros que entrañaba la autonomía, sentían urgencia por asociar a los nacionalistas vascos a la causa republicana en la guerra civil; y las Cortes pagaron con el Estatuto vasco el alistamiento definitivo de los nacionalistas bajo la bandera de la República.

Los nacionalistas vascos realizaban un gran sacrificio por su causa, formando junto a republicanos y marxistas. Pero no iban a combatir en la guerra civil por la República ni por el Estatuto que habían recibido. Lucharían por la independencia de los pueblos vascos, por el gran mito de Euzkadi.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 603-629.

Sobre los Fueros Vascos 1

Es de notar que los privilegios políticos de los vascos de las Vascongadas estaban constituidos por la perpetuación del costumbres que los reyes castellanos y navarros respetaron, y por nuevos fueros otorgados por esos monarcas, al uso de toda España.

Las libertades populares —distintas de las libertades señoriales— aparecieron en Vizcaya hacia 1199 en que se dieron los fueros a Valmaseda, y luego a Orduña, Bermeo, Lanestosa, Plencia, Bilbao, Portugalete, Lequeitio, Ondárroa y otras, hasta el número de veinte villas y una ciudad; casi todos estos fueros se basaban en el que Alfonso VI dio en 1095 a Logroño.

No era más libres los vascos en la Edad Media que el resto de los españoles; en lo que tenía de privativo, su régimen se asemejaba por el pase foral, o facultad de contravenir los actos abusivos de los corregidores, al de las behetrías —antiguamente, población cuyos vecinos, como dueños absolutos de ella, podían recibir por señor a quien quisiesen— llamadas de mar a mar, muy propagadas en todo el Norte. Es pues, fundamentalmente inexacta la especie de que los vascos de la Edad Media se gobernaban autónomamente cuando el resto de los españoles vivía en la esclavitud feudal.

La autonomía municipal de las ciudades y pueblos vascongados la disfrutaban también innumerables villas y pueblos fuera de esas provincias. España venía a ser un enjambre de repúblicas medievales; y ninguna tierra aventajó en espíritu democrático a Castilla.R.B.: cf. Handbook, t. II. pág. 923.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 607-608.

Sobre los Fueros Vascos 2

El Estado fue desde tiempo inmemorial uno y el mismo para Castilla y las Provincias Vascongadas, o alternativamente, para alguna de esas provincias y Navarra. Como tuvimos ocasión de ver, Navarra nunca disfrutó, como Castilla, la soberanía sobre la región entera. Jamás hubo un estado vasco o una nación vasca, dado que los individuos de esta raza nunca estuvieron unidos por un sistema de instituciones fijas y generales comunes a todos ellos y dependieron, a veces, de estados distintos, aunque es cierto que algunas comarcas celebraron en ocasiones asambleas conjuntas.

Las Juntas Generales de Álava y Vizcaya, provincias geográficamente castellanas, no aparecieron en Guipúzcoa, provincia geográficamente vascona, cuyo primer organismo de gobierno provincial data del s. XV solamente, y se derivó de la Hermandad General de la provincia, institución de origen castellano.

Lo que hubo de unidad y organización conjunta en las Provincias Vascongadas se debió también a las Hermandades de Castilla (en las que participaron los vizcaínos y los vascongados en general; véase Martínez Marina, Teoría de las Cortes, edic. de 1813, t. III, apénd. pág. 24) y en las que se originaron las juntas generales populares, o reuniones de pueblos, distintas de las reuniones de hijosdalgo. También salieron de las Hermandades las diputaciones forales.

En punto a la ley, no cabe mayor falta de unidad que la que imperaba en las Vascongadas. En Vizcaya, un señorío, las villas se regían por el derecho castellano, introducido con los fueros reales, mientras que los distritos rurales obedecían a un derecho consuetudinario que no se escribió hasta el s. XV, y entonces solo en parte. En las poblaciones señoriales de Vizcaya, los señores nombraban los alcaldes y los funcionarios públicos; el campo era democrático.

Pero en Álava, una behetría de mar a mar, no se conoció verdadera democracia hasta que los reyes de Castilla y Navarra introdujeron los municipios y los fueros favorables a las clases populares, que estaban excluidas de la Cofradía de Arriaga, en la que únicamente se hallaban representados la nobleza y el clero. Menos lazos políticos y de toda clase existían entre las instituciones particulares de los vascos de Navarra y los de las Provincias Vascongadas II.R.B.: cf. Handbook, t. II. pág. 923.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I pág. 610.

Sobre la Lengua Vasca, Unamuno

En su Vida de Don Quijote y Sancho, (cap. IX) dirige Unamuno el siguiente llamamiento a los vascos: Aprended hermanos míos de sangre a pelear apeados, apeaos de la mula rabiosa y terca que os lleva a su paso de andadura por sus caminos de ella, no por los vuestros y míos, no por los de nuestro espíritu y que, con sus corcovos, dará con vosotros en tierra, si Dios no lo remedia. Apeaos de esa mula, que no nació ahí ni ahí pasta, y vamos todos a la conquista del reino del espíritu.

Aun no se sabe lo que podemos hacer en este mundo de Dios. Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta, circundará en esa lengua, en la de Don Quijote, los mundos todos, como circundó por primera vez el orbe la carabela de nuestro Sebastián Elcano, el fuerte hijo de Guetaria, hija de nuestro mar de Vizcaya.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I pág. 623.

Consejo Nacional Vasco

El 22-IV-1944 publicó el Manchester Guardian el siguiente suelto: Consejo Nacional Vasco. Oposición a Franco.La Delegación Vasca de Londres anunció ayer la formación de un Consejo Nacional Vasco para continuar la obra del gobierno vasco y unirse a las democracias en la lucha contra las potencias totalitarias. El Consejo persigue la libertad nacional completa de Euzkadi, establecida en Guernica en octubre de 1936, y su reconocimiento por todas las naciones.

El Consejo recuerda que en la lucha del pueblo vasco, por cuya causa murieron 30.000 y están en las prisiones y campos de concentración de España decenas de miles, fue una de las primeras por el mismo ideal que hoy defienden la Gran Bretaña y sus aliados. Dice que el régimen del general Franco, que ha sojuzgado a su país, nunca ha hablado ni hablará en nombre de los vascos.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I pág. 629.