Empresas colonizadoras

Introducción
La factoría comercial y su fracaso
Los primeros ensayos de población
Comienza la lucha por la justicia
Resultados de ensayos colonizadores

Introducción

La presencia física de los españoles en América no ofrece soluciones de continuidad a partir de 1493. Sería no obstante un error —en el que muchas veces se ha caído— deducir de ahí la correspondiente continuidad de propósitos y realizaciones en su actuación. Si de alguna manera puede caracterizarse el reinado de los Reyes Católicos en sus incipientes dominios americanos, es como una época de ciegas y desorientadas vacilaciones.

A siglos de distancia, es cómodo definir la llamada etapa antillana de la Conquista como unos años en que los españoles realizaron su aclimatación biológica a las tierras tropicales, se familiarizaron con las características del Continente que iban a abordar y establecieron sus bases de partida hacia el mismo.

Ellos no fueron muy conscientes de ese proceso, por otra parte cierto. Saben lo que se proponen al ir allí, pero se desenvuelven en medio de una trágica ignorancia de los procedimientos útiles para conseguirlo; sorpresas, fracasos, decepciones y esperanzas, terminan por hacerles dudar a muchos de sus claros propósitos y por hacer surgir en ellos otros nuevos.

No hay homogeneidad de intereses ni, por lo tanto, de aspiraciones; van a surgir hasta bruscos choques de ideales. En consecuencia, para dar una imagen más fiel de aquella pequeña, revuelta y exaltada sociedad, examinaremos por separado sus tres facetas distintas y contradictorias, que plasmaron en otras tantas cortas etapas cronológicas. Para no privar nuestro análisis de su clara brevedad, prescindiremos aquí de muchos datos y aspectos concretos (demográficos, económicos, etc.), que hallarán su lugar adecuado en el capítulo sobre las Indias españolas en el siglo XVI.

La factoría comercial y su fracaso

Tras las risueñas esperanzas que hizo concebir el primer viaje descubridor, Colón es confirmado en sus privilegios y zarpa de nuevo en septiembre de 1493 al mando de una flota de quince buques, con el doble objetivo de continuar los descubrimientos y colonizar la Española. Desde entonces hasta 1499, él gobernará la isla, imprimiendo a su labor en ella el fuerte sello de su personalidad y sus conveniencias.

No se olvide que Colón es, sobre todo, una mezcla bien proporcionada de marino y mercader, prototipo del hombre dotado para destacar en aquella coyuntura histórica. Consta que conoció las explotaciones industriales genovesas en la isla de Chío, y las factorías portuguesas en Guinea Son mencionadas muchas veces en sus escritos. Cabe suponer que algo análogo a estas pensaba crear en la Española; partiendo de tal base, su actuación en estos años es de una lógica perfecta.

Se le ha tachado de gobernante incapaz, pero dudamos que lo fuese en el verdadero sentido de la palabra. Examinaremos, pues, su gestión como lo que quiso ser y fue: la gerencia de una empresa comercial monopolizadora en la que él era único socio de los Reyes, y por cuya prosperidad veló con energía y tacto, y con toda la eficacia que las circunstancias le permitieron.

Iban en la flota un total aproximado de 1.200 hombres, todos a sueldo del rey o dispuestos a obtenerlo en breve, como meros empleados de la razón social constituida por Colón y los monarcas. La misión que se les asigna es asentar y poner en muy gran seguridad esta isla y ríos de oro; de ahí la importancia y número del elemento militar y sus pertrechos bélicos, fundamental aparato de dominio para crear, ampliar y defender si era preciso la primera factoría.

Figuran en la expedición artesanos, algunos labradores, semillas, herramientas y ganado, pero su importancia es secundaria: las posibilidades de colonización propiamente dicha se basan en la asombrosa fertilidad atribuida al suelo antillano, y tienen un alcance instrumental, subordinado por entero a las necesidades de la factoría.

Lo importante en las instrucciones es el rescate, negocio básico y exclusivo de Colón y la Corona, que será intervenido allí por un lugarteniente de los contadores del rey; su producto, como todo el tráfico hacia o desde España, será canalizado a través de la Aduana de Cádiz y de otra que se creará en la isla.

En efecto, la Isabela, única ciudad fundada de momento, es una mezcla de puerto, astillero, aduana y almacén; en el resto de la isla, una serie de fuertes (que llegarían a siete) aseguraban el dominio, con la ayuda de una tropa móvil que puede acudir a reforzar cualquiera de las guarniciones si surge algún peligro. Esto llegó a ser la isla bajo el adelantado Bartolomé Colón, lugarteniente de su hermano; lo que el Almirante se había propuesto.

En el plan primitivo, cada cosa tenía su papel. Los indios, buenos y bellos en las líricas expresiones colombinas, vivirían libres y felices, dedicando su existencia a llevar oro a los hombres de confianza del virrey; no hallándose las deseadas especias, oro sería lo que en ingentes cantidades se rescatase a cambio de las consabidas baratijas.

Los españoles, como fieles empleados, asegurarían el dominio de la isla, construirían con sus manos fuertes almacenes para el oro y las provisiones, casas, muelles, iglesias, palacios para su jefe, a cambio de su sueldo diario (alrededor de 30 maravedís) y las raciones alimenticias repartidas por los favoritos del Almirante. Si además, en sus ratos libres, se dedicaban como subalternos abnegados a criar ganado y obtener cosechas, tanto mejor: las provisiones venidas de España durarían más, y hasta se podría pensar en prescindir de tan costosos suministros.

Según cuentas de Fonseca, la comida, el vestido y las herramientas de trabajo para los mil empleados que allí iban a quedar, costaban compradas en España e incluido el transporte nada menos que 3.900.000 maravedís anuales. El oro rescatado valdría mucho más, pero si podía suprimirse este gasto, tanto mejor.

Mas todo salió torcido. En 1494, las naves despachadas a España en busca de provisiones y medicinas, llevaban sólo oro por valor de 30.000 ducados (11.250.000 maravedís). Los indios decían no tener ni hallar más oro; Colón teme que los reyes pierdan interés o abandonen la empresa si no resulta productiva, y además de escribirles dando muchas esperanzas de riqueza, echa mano por primera vez de una fuente de recursos capaz de mantenerla por sí misma: los propios indios, a quienes basta atrapar y embarcar hacia España para venderlos como esclavos.

No son buena mercancía estos indios, porque enferman y mueren bastantes, pero los reyes la aceptan de buen grado hasta que, bruscamente, la reina indignada ordena que sus vasallos los indios sean puestos en libertad y nadie ose esclavizarlos. Inopinado obstáculo: el confesor de la reina Ximénez de Cisneros, ya además prestigioso arzobispo, ha convencido a la soberana de que este tráfico grava su conciencia (luego veremos por qué razones).

Colón, ágil hombre de negocios, ha encontrado ya otra solución: con su autoridad de virrey impone a los indios un tributo muy oneroso, que pagarán en oro o en algodón, y les obliga a que cultiven la tierra para alimentar con sus cosechas al personal de la factoría. Así se ahorraban provisiones, y era previsible una recaudación de tributos por valor de 60.000 pesos (18 millones de maravedís como mínimo); pero sólo se obtuvieron, y a costa de muchas violencias, unos 200 pesos (60.000 maravedís, mínimo). Un nuevo tropiezo.

El negocio es el oro, Colón lo había pensado siempre. Mas no bastando el de rescate y de tributo, se hace imprescindible organizar su explotación —ya que existe en las arenas de los ríos— con herramientas suficientes y técnicos capaces. El propio rey Fernando se interesa en contratar a un valenciano, el maestro Pablo Belvís, que con cuatro auxiliares se envía (1495) a la Española como perito en explotaciones auríferas.

El oro, el palo brasil que se corta y almacena, y las cosechas de los cultivos indígenas, son los únicos productos de la factoría en aquellos años. Colón sueña en 1497 poder estabilizar la explotación a base de pocos españoles, para ahorrar sueldos; 140 hombres de guerra, 60 de mar, 20 mineros, otros tantos artesanos, y 60 labradores, se bastarán para dominar la isla, dirigir la extracción de oro, fabricar herramientas y aumentar las cosechas hasta que alimenten a todos.

Sobre estos 300 hombres (500 en otros cálculos), Colón admite a una treintena de mujeres blancas, esposas que hagan a sus respectivos maridos más sobrios, obedientes y trabajadores. Con sueldos diarios que oscilan entre 20 y 30 maravedís (se calculan 12 para comer), estos buenos muchachos vivirán contentos, y aún podrán pagarles menos si se trata de presidiarios; en efecto, allí irían en el tercer viaje una docena de homicianos.

Al cesar en su gobierno, Colón había reunido 4 millones de maravedís, y desarrollado la producción aurífera que, pese a circunstancias adversas, parece alcanzar los 276 kilos en el año 1501 y aumentaría mucho en los años siguientes.

Bajo la ávida tutela del socio Colón, la factoría hubiese sin duda progresado, de no ser por los españoles que llevó allí. Por esto odia Colón, y los pone en sus escritos como chupa de dómine, así como a los malvados que les apoyan en España; son vagos, rebeldes, siniestros, judíos conversos; no se pliegan a sus planes y deseos: en el fondo, no los comprende o no quiere comprenderlos. Intentémoslo a continuación.

Prescindiendo de algunos extranjeros, los colonos son todos españoles, de procedencia social varia, pero en general modesta: algunos hidalgos y gentes del pueblo llano. Sobre matices debidos a su varia procedencia regional, tienen mentalidad y aspiraciones comunes, opuestas en absoluto a los planes de Colón. No parecen haber sabido nunca el lugar que éste les asignaba en la empresa.

Miembros de un pueblo orgulloso, individualista, pobre, de larga tradición pobladora y de escasa solera comercial, jamás hubiesen pensado correr la aventura de la emigración y arrostrar peligros y trabajos para ser dóciles empleados modestos en una incómoda factoría. Ellos, como Colón, buscan el oro para sí, y lo buscan por otros caminos que el genovés.

Aman el oro, del que creen poder llenar sus alforjas apenas desembarcados. Aman también la aventura de alcanzarlo por vías difíciles y heroicas, pero no por el trabajo metódico y regular, pues para eso continuarían viviendo en la Península.

Desean la riqueza para mejorar de condición social, porque dineros son calidad, y los obtendrán a la vez que la fama y que la gloria, como sus antepasados consiguieron libertad, privilegios, caudal nobleza para sí y reinos para su monarca en los siglos de lucha contra el moro. Esta mentalidad, idéntica a la de los futuros conquistadores, no se pliega a los planes del Almirante extranjero.

Cuando las enfermedades, el hambre y los trabajos les diezman, no les faltan energías. Pero cuando Colón guarda para el rey y para sí el oro obtenido, se sienten burlados. Se niegan a edificar más aduanas y almacenes; buscan oro por su cuenta y se les castiga como malversadores por ocultarlo. No hay otra esperanza que la ración y el salario, y la empresa —costosa, además, en vidas— deja de interesarles.

De haberles sido posible, hubieran abandonado la isla en el acto; en 1494 marchan ya a España todos los que pueden, y logran que sus clamores llegasen a los reyes. Las libertades relativas de 1495 y la mitigación de la política de monopolio, son el efecto inmediato. Fernando el Católico conoce a sus vasallos mejor que Colón, y trata entonces de armonizar los intereses dispares.

Ya era tarde: el descontento de los españoles cristaliza (1497) en la rebelión encabezada por Francisco Roldán, al que muchos de ellos se unen y casi ninguno quiere enfrentarse. Los sublevados desean colonizar por sí mismos, no para la odiada empresa que personifican en Colón; piden buscar y explotar el oro por su cuenta, y el rey les otorga hacerlo y les concede un tercio del que hallen: piden libertad para descubrir, y el rey autoriza las expediciones descubridoras de iniciativa privada; quieren que les sean concedidas tierras e indios en servidumbre para cultivar aquéllas, y satisfacer así su ancestral afán poblador.

El antagonismo entre Colón y su grupo de devotos privilegiados por una parte, y el común de los españoles por otra, no decrecerá mientras el Almirante siga, como virrey, siendo el encargado de llevar a la práctica las nuevas concesiones. Y por eso Colón es destituido, ante el regocijo de sus enemigos en la Corte y en la Española. En 1499, la factoría colombina es liquidada por Francisco de Bobadilla; la Corona, a través de sus gobernadores, va a comenzar un nuevo y diferente ensayo colonizador.

Los primeros ensayos de población

En 1502 emprende viaje la mayor flota española destinada por entonces a las Indias. Totaliza 30 buques y unos 1.200 hombres y la manda Nicolás de Ovando, el nuevo gobernador. Estas islas e tierra firme se pueblan agora nuevamente dice un documento coetáneo en expresivos términos, o bien se funda el imperio español en América, como escriben hoy los historiadores.

Colón se limitará a disfrutar su participación económica desde España, y son ahora los Reyes quienes van a organizar esta empresa pobladora, que algo después se extenderá a las islas de San Juan o Boriquén (Puerto Rico, 1508), Fernandina (Cuba, 1511) y Santiago (Jamaica, 1511), regidas por tenientes del gobernador; en 1509-1510 intentarán Ojeda y Nicuesa abordar el continente, en Castilla del Oro, donde preparan el establecimiento (1514) de una nueva gobernación.

He aquí el sistema colonial previsto. El gobernador, máximo funcionario con el espléndido sueldo de 366.000 maravedís anuales, ejercerá todos los poderes: el político y militar, apoyado en tres alcaides y una tropa de soldados; el de justicia, asistido por un asesor letrado al que luego substituirá la primera audiencia o tribunal de justicia que exista en Indias (1511); el de hacienda, ostentado directamente por tres oficiales reales (factor, tesorero, contador, que recaudarán los impuestos y administrarán los monopolios que la Corona se reservaba. El equipo de funcionarios y soldados sumaba un centenar de personas, con un total de sueldos de 1,7 millones de maravedís anuales.

Los tres oficiales reales, reflejo transatlántico de la Casa de Contratación creada en seguida en España, administrarán el monopolio real de palo brasil (del que se calcula despachen a Sevilla mil quintales al año) y de todo el comercio con España, que deberá hacerse por cuenta de los monarcas.

Por lo demás, todos los colonos tienen garantizadas ya bastantes iniciativas; fundarán ciudades a las que se aplicará la organización y libertades municipales de los castellanos (se envían hasta frailes para que en nada se diferencien de estas); todos recibirán tierras con obligación temporal de residencia y de pagar diezmos al rey; podrán buscar oro, ya que el fracaso del régimen colombino no hacía pensar que se hallase en gran cantidad (por si acaso, se controlará que tributen al rey el tercio —luego el quinto— del oro obtenido).

Pero no se contaba con los colonos anteriores, unos 300, que tras la caída de Colón se repartieron a su gusto los nativos y las tierras; viviendo entre los indios y rodeados de criadas indígenas (eufemismo de poligamia), estos españoles eran ya verdaderos caciques indios. Aislados y diluidos entre estos, cuidando de sus siembras y ganados. dirigiendo modestas prospecciones auríferas, se creían ya titulares de señoríos hereditarios; a la larga, aislados, el inevitable proceso de aculturación les hubiera indianizado.

El gobernador les obligó a casarse con una de sus concubinas, avecindarse en alguna de las ciudades que se fundaron y, en una palabra, a quedar en pie de igualdad respecto a los españoles recién llegados. Estos caciques blancos, cerreros y mal domados, tuvieron que obedecer, bajo amenaza de ser enviados a España o exterminados con sus indios adictos si se resistían (así en la sangrienta expedición al Higuey.

Entre casi todos los colonos bisoños, Cundió en seguida la fiebre del oro. Ese oro, no hallado para Colón, surgía abundante al conjuro de la iniciativa privada. Aparte del absorbido por la circulación monetaria local y los sueldos de funcionarios, a Sevilla empezaba a llegar con ritmo acelerado: 445.266 ducados en 1503-1505 (1 ducado = 375 maravedís); 979.483 en 1506-1510; 1.434.664 en 1511-1515. El declive de estas cifras se inicia en el lustro siguiente, hasta quedar luego agotadas las arenas auríferas. De todas formas, hasta 1520 llegaron a Sevilla (contrabando aparte) 14.118 kilos de oro, lo que alteraba radicalmente las previsiones de la Corona.

Los colonos más avispados mantuvieron, sin embargo, el interés por la colonización agrícola, cuyos productos se revalorizaron a causa de la prosperidad general. En 1503 se instalaba el primer tosco ingenio azucarero, y en 1517 adquieren —iniciada la decadencia del oro— relativa entidad comercial las plantaciones de azúcar, futura base de la riqueza antillana que los frailes jerónimos tendrían el mérito de establecer en su corto gobierno.

En todo caso, el incremento de la producción alcanza pronto un tope: las disponibilidades de mano de obra indígena. El indio, de muy bajo nivel cultural, trabaja lo necesario para su sustento, pero no puede comprender la necesidad del trabajo intenso y sistemático que los colonos le exigen. Apenas se les da libertad, huyen a los montes, para holgazanear en concepto de los españoles.

El gobernador obtiene pronto de los reyes autorización para obligarles al trabajo forzoso, y se inician los repartimientos de indios a los colonos; aquéllos trabajarán a beneficio de estos, en teoría como jornaleros libres, en la práctica como siervos según el patrón medieval de la encomienda castellana.

Las minas y los campos empezaron a valorarse tan sólo en función de los indios disponibles para explotarlos. La encomienda como posesión valiosa, se cotiza fuertemente, у como cualquier otro bien, se cede, se alquila y se negocia. Empiezan a surgir los encomenderos absentistas, mientras que capataces y arrendadores exprimen al indio y le hacen trabajar a golpe de látigo. Se rompe así el contacto directo del beneficiario y los indígenas, lo único que podía motivar un trato humano, hasta piadoso.

Consecuencia inmediata es el rápido declive de la población indígena, ante la rudeza del proceso de aculturación y la crueldad suplementaria de quienes consideran al indio solo como un instrumento de trabajo; de los casi 500.000 indígenas que habitaban la Española en 1492, restaban solo unos 32.000 en 1514, repartidos entre 692 encomendados.

La escasez hace aumentar su valor, y se traen (como esclavos o no) del Continente y de las demás islas en gran cantidad; parece que solo de las Lucayas se importaron 40.000, lo que no tuvo más efecto que retardar su extinción en la Española, inevitable a la larga. Pronto se trató de suplirlos con negros, pero las importaciones serían muy escasas hasta 1518, y el monopolio de este tráfico por parte de la Corona mantuvo muy alto su precio. Mientras hubo indios, no pudo prescindirse de ellos.

Preocupados el rey y Fonseca por la escasez, envían en 1514 funcionarios con la misión especial de distribuir estos indios (comisarios repartidores), y subsidiariamente de evitar su extinción. Las leyes en este sentido carecieron de toda eficacia, por falta de conocimientos para afrontar un problema insoluble en aquellas circunstancias: aliviar la suerte de los indios equivale a empobrecer la colonia, y cargarlos de trabajos es acelerar su extinción, al cabo de la cual el empobrecimiento de aquélla parece también como irremediable.

De esta forma, con énfasis en el aspecto económico, se orientó la política después de morir la reina Isabel, y más aún desde que Ovando fue sustituido (1509) por Diego Colón en el gobierno. Los funcionarios en Ultramar ven robustecidas sus atribuciones para mermar así la no muy firme autoridad del descendiente del Descubridor; ello desató la rapacidad de estos individuos que, bien arropados en España por su jefe Fonseca, tuvieron en los años siguientes por objetivo supremo complacer al monarca enviándole todo el oro posible y enriquecerse ellos a costa de auténticas depredaciones.

En su poder quedaron las más ricas encomiendas, que se comparten con funcionarios de la Península para evitar que las protestas lleguen hasta el rey: este mismo y otras gentes que nunca salieron de España, obtienen así pingües beneficios como encomenderos en las Antillas, a cambio de cerrar los ojos a la conducta de quienes debían administrar las Indias en beneficio del rey y de sus habitantes, pero en realidad las explotan en beneficio personal.

Está comprobado que el cohecho, la arbitrariedad sistemática, la violación de correspondencia privada, la ocultación de órdenes del rey y la malversación de fondos públicos, fueron prácticas habituales del clan de funcionarios de Fonseca, y gentes de esta laya actuaron en Indias de acuerdo con ellos, mientras usufructuaban, los cargos más jugosos e influyentes en el Nuevo Mundo. Con las naturales variantes locales, el mismo régimen se aplicó en las demás listas y en la gobernación de Tierra Firme.

Así se agravaba y precipitaba la ruina de los establecimientos antillanos: en trance de extinción la riqueza aurífera y la mano de obra indígena, el descubrimiento de nuevas tierras surge como esperanza única y cada vez más fuerte. Y así los colonos de las islas, oprimidos por los rapaces funcionarios, liquidarán sus bienes para seguir a Cortés en la aventura de Méjico, a partir de 1519-1520.

Las islas se despoblarán en gran parte hasta de blancos, y su futura y menguada población vivirá precariamente hasta que, mucho después, sea la tierra la base económica de su tardía prosperidad con el cultivo del azúcar.

Los comienzos de la lucha por la justicia

Así como un grupo de españoles derribó con su protesta y con el apoyo de sus gobernantes la factoría colombina, un grupo de españoles derribarían también —con apoyo asimismo de sus gobernantes— el corrompido y cruel régimen que contribuyó al fracaso de la primera empresa de población.

Desde fecha muy temprana, determinados colonos sintieron compasión por la triste suerte reservada a los indios, Entre ellos debe al parecer incluirse un Cristóbal Rodríguez, que vivió varios años solo entre los aborígenes y fue el primero en aprender su lengua; de él se sabe que en 1504 expuso en la Corte un plan que ignoramos, pero que se sospecha iba dirigido a evitar de algún modo la hecatombe indígena.

Nada vuelve a saberse de este precursor, pero existen indicios de que no fue el único. Las prédicas posteriores de caritativos frailes debieron su eficacia al eco hallado en muchas conciencias, y sabemos de un encomendero —quizá no fue el único— que renunció a sus indios por escrúpulos morales; su nombre se haría después famoso: Bartolomé de Las Casas.

Las posibles denuncias de tales gentes, poco pudieron contra la avidez de los colonos y la administración. Pero al menos motivaron la iniciativa del arzobispo Cisneros para enviar a la Española un grupo de misioneros dominicos, que llegan en 1510. Las órdenes religiosas no dependían de la administración de Fonseca, y fueron el canal apropiado —y el único viable— para encauzar y reforzar con su prestigio todas las protestas. Debe también mencionarse como factor coadyuvante la tradicional rivalidad entre dominicos y franciscanos; estos, presentes en la Española desde 1502, no parecen haberse cuidado del problema indígena, y los dominicos adoptaron en seguida una actitud opuesta.

Uno de ellos, a fines de 1511, pronunció ante lo mejorcito de la colonia el sermón famoso, cuyo texto se conoce indirectamente por la versión de Las Casas.

...todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?...

Tan revolucionarias afirmaciones llegaron a la Corte: el monarca alegó ante los religiosos ignorancia de tales abusos, y como patrono de la Iglesia en Indias Bula Universalis Ecclesiae, 1508 se vio en el deber de reunir una junta de teólogos y promulgar las llamadas Leyes de Burgos (1512), que son el primer intento legal de proteger a los indios.

Sus disposiciones son ingenuas, su formalismo muy acusado, su orientación irremediablemente errónea. Aplicadas como lo fueron sin alterar el régimen personal y político reinante, más bien que otra cosa dieron estado legal a la explotación de los indios. Su mayor trascendencia está en revelar la complejidad del problema que abordan, y en desencadenar en los medios intelectuales españoles una polémica fabulosa que llegaría, incluso, a poner en duda la licitud del dominio español en Indias.

El fracaso de los dominicos no fue, sin embargo, completo, ya que despertaron la conciencia del gran campeón de la causa indígena fray Bartolomé de Las Casas. Gran luchador y polemista, de impresionante personalidad, terco y sincero, exclusivista y generoso, vivió desde 1515 sólo para mantener la posición más extrema de este pleito, que puede sintetizarse así.

el Papa dio las Indias a Castilla Bulas de 1493 sólo para misionar a sus habitantes paganos; los españoles no tiene derecho a dominarlos con fines temporales y, para evitar los daños ocasionados a los indios, deben retirarse de allí todos los colonos y enviarse únicamente misioneros que prediquen en paz y sin violencias la doctrina de Cristo.

Las Casas jamás modificó un ápice sus ideas, que la realidad mostraría luego bastante utópicas, y persevera durante casi medio siglo en sus prédicas, muy justas ante la situación de los indios en los años que las inició, pero exageradas cuando con el tiempo se fueron dando y cumpliendo leyes más humanas. No por ello pierde grandeza, y esa terquedad hizo más fecunda su titánica lucha contra egoísmos, crueldades y razones de Estado.

En 1515 marcha a España, decidido a convencer al rey. Su programa es, de momento, acogido por el Cardenal Cisneros, regente al morir Fernando el Católico (enero 1516). Y Cisneros, por influencia lascasiana, pero con criterios propios más serenos aunque igualmente radicales, dispone el comienzo de un nuevo ensayo colonizador en Indias: Fonseca es destituido para barrer el régimen imperante, y una comisión de frailes va a dirigir de modo transitorio las Antillas a fin de acopiar informes detallados y objetivos sobre la realidad colonial, dar un prudente grado de libertad a los aborígenes y hacer verdadera justicia tanto a estos como a los colonos.

A primera vista, asombra la rápida decisión de Cisneros, gran estadista, para instaurar solo por imperativos morales y con desprecio de fuertes razones políticas, una aparente teocracia en América. Pero, más asombroso es comprobar que este régimen no fue ni estéril ni un completo fracaso. Cisneros no se dejó impresionar por Las Casas, sino por las realidades atroces que este le contaba.

Teniendo en cuenta su buena fe, le hacía consejero del nuevo régimen, con el título entonces vago de protector de indios pero sabiendo la rivalidad entre franciscanos y dominicos, designó como neutrales a tres frailes jerónimos, que abandonaron de mala gana la cómoda paz de sus celdas para asumir el difícil papel de comisarios delegados de Cisneros en las Antillas.

Este les dio unas extensas instrucciones, basadas en el respeto a la libertad de los indios y el reconocimiento de los derechos personales de ella derivados; prevén la existencia de comunidades indígenas libres, y cuando esto no sea posible, la creación de otras bajo la autoridad de administradores o gobernadores españoles y el control de religiosos.

El régimen de estas últimas se establece de modo general, aunque completo (aspectos político, religioso, educativo, laboral, económico, hacendístico); en ciertos casos, se autorizaba la continuidad de las encomiendas, pero dulcificadas, restringidas y sobre la base de una fiel interpretación del espíritu de las Leyes de Burgos.

Aunque las instrucciones no abordan una ordenación tan completa del estatuto de los colonos, sí previenen al menos compensaciones para los que van a perder sus indios encomendados, otorgándoles la posibilidad de emigrar al Continente, de obtener oro por sí mismos o por medio de esclavos negros, de desempeñar cargos públicos. Las instrucciones, de flexibilidad notoria, permiten a los frailes una amplia libertad de acción según las circunstancias.

No es exacto, pues, considerar el llamado gobierno de los Jerónimos como una teocracia de por sí absurda. Era más bien una delegación transitoria de poderes en tres personas cultas, honradas, rectas e imparciales, prestigiadas por sus hábitos y encargadas de remediar los abusos más graves, dar al Regente información detallada y objetiva, realizar un nuevo experimento social y político (las comunidades indígenas controladas por el clero), y sentar las bases de un nuevo régimen inspirado por la justicia y la equidad.

Las graves circunstancias políticas de la metrópoli desalentaron al cardenal Cisneros, y le obligaron a despreocuparse de la marcha del experimento americano. La brevedad de su gobierno y su cercana muerte, hicieron fracasar el plan original y ni siquiera permiten demostrar el alcance revolucionario y la viabilidad de sus proyectos. Apenas conocen los frailes la muerte de Cisneros, piden ser relevados de su misión, y muy pronto se les complace (fines de 1518). Pese a todo, su actuación es importante.

Ante todo, mejoraron la situación de los indios sobrevivientes. Las encomiendas de titulares absentistas fueron abolidas; se emprendió la creación de las primeras comunidades indígenas autónomas atendidas por clérigos, aunque una mortífera epidemia de viruela las hizo fracasar; se realizó una amplia encuesta sobre la situación de la Española, donde pudo todo el mundo opinar acerca de ella y sus posibles remedios, y se obtuvieron las informaciones más exactas y objetivas hasta entonces logradas.

En ellas se plantea por primera vez y claramente la radical oposición de intereses entre las dos comunidades étnicas (repúblicas, en término de la época) de la sociedad indiana: la república de los indios por cuyos derechos y bienestar actúan al fin los gobernantes, y la república de los españoles, también hasta entonces postergada ante la rapacidad de los funcionarios públicos y los objetivos económicos de la Corona; el drama es que el bienestar de la una supone infaliblemente el desastre de la otra.

Aunque los Jerónimos tenían la misión de velar por los indios, sus objetivos de equidad les hicieron preocuparse también por los colonos. En este orden deben mencionarse dos intentos significativos. Ellos prepararon el terreno para el desarrollo posterior de la economía azucarera —futuro soporte vital de las Antillas— basada en el esclavo negro (no el indio) como mano de obra. Y ellos, además, autorizaron y facilitaron el primer esfuerzo serio de los colonos para elegir y enviar a España un representante de todos que formulase ante el nuevo rey Carlos I sus quejas y aspiraciones: corrección de abusos de los funcionarios, privilegios del pueblo español de Ultramar y su derecho al trabajo personal de los indios.

Estas peticiones fueron acordadas en 1518 por los representantes de once villas de la Española, elegidos por los cabildos y reunidos en Santo Domingo, en algo que se parece a unas Cortes representativas. Su posible afinidad con el espíritu popular de las Comunidades, no puede negarse; al menos, Carlos I prohibió el viaje a España del procurador encargado de llevarle las peticiones.

Hemos tratado de explicar el fracaso de los Jerónimos, pero no de atenuarlo. Su moderación terminó por descontentar a todos: a Las Casas, por no haber querido secundar su radicalismo; a los colonos, por prohibirles el abuso de los indios; a los funcionarios, por haber puesto un tope a su poder y rapacidad.

Resultados de los ensayos colonizadores

En 1519 puede considerarse concluida la época de ensayos colonizadores. No es un hecho casual que aquel mismo año inicie Hernán Cortés su empresa conquistadora, comience a funcionar en España el Consejo de Indias y la incorporación de los territorios de Ultramar al reino de Castilla se ratifique por Carlos I formal y solemnemente. Terminados los ensayos previos, emerge por fin en la historia una entidad política y cultural nueva: las Indias Españolas, el primer (y en tantos aspectos modélico) sistema colonial moderno.

Su desarrollo territorial, su institucionalización, su regulación jurídica, la intensidad y enorme volumen del proceso de aculturación que tendrá lugar en su ámbito, absorberán hasta fines del siglo las mayores energías de la nación española. Comienza en 1519 una nueva empresa americana, distinta y superior.

Pero los modestos y desgraciados ensayos anteriores, lastrados de inexperiencia y vacilaciones, no desaparecen sin dejar huella. La colonización a base de factorías mercantiles creada en 1493-1499, reaparecerá en Venezuela durante la época de concesión a los Welser (1529-1546) y aún en el siglo XVIII con la Real Compañía de Caracas, aunque jamás se consolidaría como régimen estable.

La política de la Corona implantada en 1503-1515 y presidida por la idea de explotación económica, despuntará luego en el régimen de privilegios y monopolios comerciales, así como en una política económica concebida en muchos casos con objetivos puramente fiscales.

El plan de Cisneros para cristianizar y liberar a los indios reaparece como impulso motor en todas las zonas de colonización misional, desde Paraguay hasta California. La mentalidad del pueblo español trasplantado al Nuevo Mundo, poblador por excelencia, rebelde a Colón, en pugna con los intereses de la Corona aunque fiel a su rey, fija sus objetivos y reivindicaciones desde 1518 e informará esencialmente el espíritu de la futura sociedad colonial.

Por último, el ímpetu cristiano y misional que intenta en 1516 sobreponerse y casi anular a toda las demás tendencias, matizará en adelante la estructuración de las Indias y la política de la Corona; si esta tuvo en cuenta desde 1493 los imperativos misionales más como formulismo legal que como realidad actuante, desde 1516 los incorpora a las directrices básicas de su habitual quehacer.

¿Fue esto iniciativa de un determinado personaje histórico, exigencia de un sector social tan influyente como el clero regular?; creemos que la definitiva plasmación de la empresa indiana es un nivel ético y espiritual superior al entonces en uso, refleja más bien exigencias morales de todo el pueblo español, capaz de someter a discusión sus propias actuaciones y hacerlas cada vez más depuradas.

En todo caso, lo más útil de los ensayos colonizadores hasta 1518, fue la experiencia que para su actuación futura obtuvieron los españoles. Lo más triste, la desaparición de los aborígenes antillanos, que los españoles no quisieron, pero fueron incapaces de evitar. Su presencia en las Antillas dislocó la economía indígena, introdujo enfermedades desconocidas para las que el indio no poseía defensas biológicas (ni había en la época medios científicos de proporcionárselas), y les hizo sucumbir en un trabajo minero y agrícola casi normal a ojos del europeo, pero insoportable para un pueblo de cultura primitiva.

Los españoles no podían concebir mejor trato hacia el indígena que forzarle a civilizarse bruscamente, es decir, a adoptar las pautas y elementos culturales del Occidente cristiano; si esta ha sido la actitud de las potencias colonizadoras del siglo XIX y aun de nuestros días, no puede maravillarnos que los españoles ignorasen hasta qué punto destruían con ellos las fuerzas síquicas y vitales del indio que deseaban conservar y hasta mejorar.

No existiendo la ciencia antropológica e ignorándose el mecanismo de los procesos de aculturación, nadie, ni aun los propios misioneros, podía evitar que los indígenas de baja cultura sucumbiesen ante la presencia de los colonizadores, que implantan una cultura imposible de asimilar bruscamente por los nativos.

R.B.: CÉSPEDES DEL CASTILLO, Guillermo, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo II págs. 465-481.