Abderramán I

Biografía

Abderramán I

Emir de Córdoba, 756-788. Abderramán b. Muawiyya b. Hisam b. Abd al Malik b. Marwan al Dajil, emir de Córdoba.

Abderramán b. Muawiyya b. Hisam b. Abd al Malik b. Marwan al Dajil (El emigrado), apodado también el sacre de Qurays. Fundador y primer omeya de Córdoba (independiente), urbanizador del territorio, organizador de la Administración y de los ejércitos del emirato, orador elocuente e ingenioso y hombre de gran cultura.

No se sabe exactamente donde nació, unos dicen que en Dahir Hanina y otros como Ibn Hayyan (por cuya opinión nos inclinamos), en al Ulyà, villas ambas relativamente cercanas a Damasco. Nieto del califa Hisam b. Abd al Malik, reinante entre 724 y 745, su padre Mu´awiya murió bajo el reinado del citado califa.

Su madre Rah (Alegría) era una esclava beréber de la tribu Nafza; este vínculo norteafricano explica en buena medida la huida hacia Occidente, donde en un principio intentó hacerse con el dominio de un territorio o de una provincia. Poco se sabe de su niñez y adolescencia. Cuando los Abasíes mataron al último califa omeya, Marwan II, el 7-VII-1750, Abderramán apenas llegaba a los veinte años.

Los Abasíes deseosos de acabar con cualquier pretendiente omeya, proclamaron una falsa amnistía para lo miembros de la familia reinante; pero fue violada, produciéndose la matanza de Abu Futres, no lejos de Jaffa, en Palestina, donde cerca de ochenta Omeyas perdieron la vida, escapando solo los nietos del califa Hisam que no habían creído en tal amnistía.

Odisea de Abderramán

Con todo, uno a uno fueron cayendo, no librándose más que el joven Abderramán, sus dos hermanas, Umm al Asbag y Amar al Rahman, y su hijo Sulayman de tan solo cuatro años, y algunos de sus fieles, entre ellos sus clientes Badr y Salim Abu Suya. Primeramente huye hacia el Éufrates, quizá con el propósito de despistar a sus perseguidores, antes de dirigirse por el istmo de Suez a Egipto, donde sus hermanas se radicaron.

Abderramán continúa su huida hacia el oeste con su hijo, en compañía de sus clientes más fieles se refugia en Barqa (Cirenaica), desde allí se dirige a Ifriqiya (Actual Túnez), pensando recibir buena acogida del gobernador del territorio, Abderramán Ibn Habib al Fihri —pariente cercano de Yusuf b. Abderramán al Fihri, último valí dependiente de al Andalus— en su capital de al Qayrawan. Receloso de las ambiciones de poder de los príncipes Omeyas intentó deshacerse del Emigrado, que avisado se buscó refugio entre los Banu Mugit, clientes del califa omeya Abd al Malik b. Marwan.

Más, sintiéndose inseguro, pasó al territorio de los bereberes Miknasa. Aposentado en el lugar de Bara, en medio de grandes dificultades se salvó gracias a la mujer de Abu Qurra Wansus al Barbari, buscando refugio en Sabra, entre los bereberes Nafzam contríbulos de su madre, donde obtiene ayuda monetaria de sus clientes. Viendo la imposibilidad de hacerse con un reino en Ifriqiya y en el Magreb Extremo es cuando el Emigrado piensa en la posibilidad de desplazarse al Andalus.

Ante el continuo fracaso de sacar provecho a la empresa, su cliente Salim lo abandona para volver a Siria, lo cual lamentó no poco Abderramán, puesto que era conocedor de al Andalus por haber entrado con Musa b. Nusayr, o después, y había participado en las campañas de conquista.

Trasladándose al territorio zanata, el omeya se aposentó en Mugila, a orillas del Mediterráneo. Desde allí ordena a su cliente y liberto Badr, que se ha convertido en su mano derecha, que se ponga en contacto con los clientes Omeyas residentes en al Andalus.

Desembarco en España

Badr se entrevista con notables del yund (concesión territorial a gentes de armas sujetas a servicio militar) de Damasco y de Qinnasrin, que representaba una fuerza de quinientos hombres de armas, los cuales, conscientes de sus deberes de clientela para con el príncipe desterrado, convinieron en ganarse el apoyo de Qaysí (árabe del norte) al Sumayl, aparente adlátere del valí Yusuf b. Abderramán al Fihri, en realidad hombre fuerte del país y jefe de la Frontera Superior con sede en Zaragoza, donde se hallaba sitiado por una colección de kalbíes (yemeníes o árabes del sur, mayoritarios en al Andalus y sin ningún poder) y de bereberes del noroeste peninsular.

El Qaysí al Sumayl, una vez salvada la situación con la ayuda de Badr, prometió ayuda a Abderramán, pero comprendiendo que aquello sería el final de las libertades tribales no tardó en desdecirse con aquella frase.

Me parece que ese [Abderramán] pertenece a una familia tal, que, si cualquiera de sus miembros mea en la Península, tanto nosotros como vosotros nos ahogaremos en su meada.

Badr y los clientes Omeyas radicados en el país, favorables a la causa de Abderramán, buscaron el apoyo de los kalbíes, que accedieron a prestarle su ayuda. Una delegación de ellos fue a buscar a su señor en una barca de pesca y tras pagar a los bereberes zanata para que lo dejaran marchar, Abderramán desembarcó en Almuñecar en septiembre del año 755. Su odisea había durado unos cinco años.

El valí de al Andalus, Yusuf b. Abderramán al Fihri, sabiendo que una fuerza armada de trescientos hombres protegía al recién venido, intentaría neutralizarlo ofreciéndoles su hija en matrimonio y concediéndole el gobierno de las coras de Ilbira y el Reyno (Granada y Málaga). Sin embargo, el Emigrado, que se sabía apoyado por los árabes kalbíes, no aceptó el arreglo.

Cabe reseñar que siendo Abderramán un árabe del norte, los apoyos de los árabes Qaysíes fueron de mucha menor importancia. Contando ya con una fuerza de dos mil hombres, amén de algunos clanes bereberes, y con alianzas más seguras, se proclama emir de al Andalus ante sus partidarios el 8-III-756.

Reconocido por los notables de Sevilla, hizo su entrada en la ciudad, donde recibió el 12 de marzo juramento de fidelidad de toda la población. Permaneció allí reuniendo tropas venidas del Algarve y de otras coras recibiendo a todos aquellos que se adherían a su causa; cuando se sintió suficientemente fuerte, se dirigió a Córdoba el 6 de mayo con un ejército que había formado, contando ya con tres mil jinetes, entre los que se hallaban destacados jefes y notable árabes.

El 14 de mayo, tras un enfrentamiento con las tropas del valí Yusuf b. Abderramán al Fihri y de al Sumayl, Abderramán entró rápidamente en la capital para evitar saqueos y poner de su parte a la población, demostrando a la vez con ello que no era un ocupante, sino el legítimo gobernante y fundador de un nuevo régimen.

Acto seguido fue reconocido por las gentes de Córdoba como emir, tomando posesión de dar al imara (casa de mando) tres días después, luego que los familiares de Yusuf lo hubieran desalojado; otra muestra más de su fino sentido político.

La derrota de los Qaysíes en al Musara no terminó con los problemas; pues, por más que hubiera terminado con un número importante de notables de los árabes del Norte, no había acabado con Yusuf ni con al Sumayl. Refugiados el uno en Toledo y el otro en Jaén enrolaban en sus ejércitos a cuantos podían.

Mientras el Emigrado, sacando provecho de las rivalidades de los musulmanes andalusíes, afirmaba su poder. Finalmente se consigue el cese de las hostilidades por ambas partes. Se redacta un pacto según el cual sus rivales debían entregarle el mando, y si bien les aseguraba el disfrute de sus bienes y concedía un amán a ellos y a sus partidarios, el emir se quedaba con el mando y sus rivales eran obligados a vivir en Córdoba.

Yusuf tendría que presentarse durante todos los días ante el emir, además de entregarle en rehenes a dos de sus hijos, que estarían en dorado cautiverio en el alcázar cordobés. Una vez enderezados los asuntos serían puestos en libertad. Al Sumayl, mientras viviría en su casa del arrabal.

El acuerdo se firma el 5-VII-756. A partir de ese momento Abderramán inaugura un reinado que va a durar más de treinta y dos años, periodo este que se le iría sobre todo en consolidar el Estado cordobés naciente.

Reformas de la Administración

Comienza por organizar al Andalus estructurando la Administración y el Ejército, según el modelo del antiguo califato de Damasco. Al Andalus deja de ser con él la lejana provincia de un imperio para convertirse en un emirato independiente.

No es ya un valí, un gobernador más que rige en un determinado territorio, sino un emir que se titula Ibn al Jala if, hijo de califas, y tiene la pretensión de fundar una nueva dinastía, que de alguna manera es la continuación de la oriental.

Su éxito en llevar a cabo su designio contra cualquier imponderable causó gran impresión en Oriente, tanto que el califa abbasí Abu Yafar al Mansur, fundador de Bagdad, le daría al Emigrado el nombre de saqr Qurays, sacre de Qurays Efectivamente, Abderramán supo implantar unas medidas políticas, fiscales, administrativas, institucionales y militares en al Andalus en difíciles circunstancias.

Según el historiador P. Chalmeta, fue entre los años 756 y 757 cuando se sentaron los pilares de lo que será durante siglos el sistema andalusí. Sistema montado sobre una base económica regular y estable e, iniciar hacia el 767 emisiones monetarias argénteas.

En Emigrado intensificó la arabización o mejor cabría decir la siranización de al Andalus, fomentando la inmigración de Omeyas y clientes, lo cual dio lugar al surgimiento de ahl Qurays, la gente de Qurays, como grupo socio económico y la aparición de un núcleo de familias clientes, en las cuales se reclutarían los grandes cargos de la administración militar y civil andalusí durante el emirato y el califato.

La reestructuración fiscal, judicial y del Ejército conformará la evolución posterior del Estado cordobés, al tiempo que sus edificios constituirán el modelo seguido durante siglos en el Magreb. Lógicamente toda esta organización repercutió en una mayor presión fiscal que afectó de distinta forma a los musulmanes y a los protegidos (cristianos, pronto mozárabes, y judíos) lo cual dio lugar a numerosas revueltas de todo tipo, de árabes, de bereberes, de neoconversos, etc.

Los levantamientos fueron incesantes en sus años de reinado. Yusuf b. Abderramán al Fihri, residió primero en Córdoba, y sometido al emir, este le tuvo algún tiempo de consejero. Sin embargo, más tarde, escapó violando su promesa y alzándose en franca rebelión en la zona de Mérida en 758, pero fue vencido y traicionado por sus partidarios, que lo asesinaron en 759 y enviaron su cabeza al emir.

Abderramán, no tardó en desembarazarse de al Sumayl, en el que acaso admiraba sus cualidades y los vicios de un árabe de raza, pero que fue encarcelado, siendo estrangulado en prisión ese mismo año.

Eso no le evitó el tener que hacer frente a sucesivas rebeliones de tipo diverso: por un lado se darían las provocadas por aquellos que habían perdido la preponderancia de otrora y por los nostálgicos del viejo régimen, bastante menos opresivo; por otro lado los yemeníes que habían izado al nuevo emir llevaron mal no ser llamados para ejercer el poder; por otra parte los beréberes soportaban mal verse relegados y, en fin, otros se aliaron con enemigos exteriores.

A los tres años de la muerte del último valí de al Andalus, Toledo se levantó al mando de jefe fihrí Hisam b. Urwa, que gobernaba por su cuenta la antigua capital de los visigodos. Este alzamiento no sería sofocado hasta el año 764 en que el ejército omeya, mandado por Badr y Tamman b. Alqama, restableció el nuevo orden. Los principales sediciosos fueron llevados a Córdoba donde serían crucificados.

Todavía a fines del reinado de Abderramán, el único hijo superviviente de Yusuf al Fihri, el ciego Abu b. Aswad Muhammad, se levantó en Toledo contra el poder omeya; mas sería derrotado por el emir en persona el 11-IX-785. Abderramán I también hubo de luchar contra los árabes yemeníes o kalbíes, sus aliados de primera hora, al no ver recompensado su apoyo como esperaban y sin poder ejercer ascendiente alguno sobre el soberano, tomaron parte en no pocas conjuras contra su régimen.

Los califas Abasíes de Bagdad sirvieron de bandera y de apoyo espiritual a muchas de estas revueltas contra el príncipe superviviente de la dinastía proscrita y a veces las fomentaban con su ayuda directa. En 763, el jefe árabe al Ala b. Mugit se levantó contra el emir en el distrito de Beja (sur de Portugal) enarbolando la bandera negra de los califas Abasíes.

Provisto de dinero e instrucciones por el califa Abu Yafar al Mansur había desembarcado en al Andalus con la promesa de obtener el gobierno del país si lograba destronar al usurpador omeya.

Esto le atrajo no pocos partidarios, especialmente yemeníes; el emir omeya llegó a estar sitiado en Carmona, pero una afortunada salida le dio la victoria, al Ala pereció en el combate, así como destacados jefes de la insurrección.

Las cabezas de todos ellos fueron embalsamadas y metidas en un saco junto con el diploma de investidura y la bandera negra abbasí. Un comerciante se encargó de dejar semejante regalo durante la noche en el mercado de al Qayrawan (actual Túnez, dominio abbasí por entonces.

Parece que el califa al saber la noticia en Bagdad exclamó: Loado sea Dios, que ha puesto el mar entre ese demonio y yo. No por eso los yemeníes perdieron la esperanza de sacudirse el yugo omeya y siguieron participando en otras rebeliones (Sevilla en 766; intento de la toma de Córdoba en ausencia del emir en 774). Se puede decir que los alzamientos yemeníes no cesaron hasta el año 780.

Asimismo Abderramán I tuvo que hacer frente a diversas revueltas bereberes en Santaver (provincia de Cuenca), en Levante, en Coria, etc. La más importante fue la promovida por el Fatimí Saqia b. Abd al Wahid al Miknasi en 768, que llegaría a dominar la región que se extiende entre la cuencas del Tajo y del Guadiana.

Después desde la ciudad de Santaver se apoderó de las plazas de Medellín, Coria y Mérida, radicándose en Sopetrán, actual provincia de Guadalajara. El emir solo pudo acabar con esta rebelión por medio de la traición y el soborno. Saqia fue asesinado por dos de sus partidarios en el año 776.

Estas rebeliones hablan tanto de antagonismos raciales como del malestar de los bereberes de verse relegados, habiendo sido ellos los primeros conquistadores de al Andalus. Se constata, sin embargo, que gran parte del norte de la península y la totalidad del cuadrante noroeste peninsular tras el Sistema Central escapan al dominio de Abderramán. El primer emir independiente ya no pudo dedicarse a conquistar la parte del territorio que se le escapaba, de haberlo hecho jamás habría fundado una dinastía.

Tuvo, en efecto, que luchar contra demasiados disidentes, contrarrestando al tiempo las fuerzas centrífugas que amenazaban sus alianzas Incluso en ocasiones los propios dignatarios marwaníes intentaron destronarlo, vulnerando las reglas de la hospitalidad y de la lealtad, como ocurrió en el año 778-780.

Con el omeya Abd al Salam b. Yazid y el propio sobrino del emir, Ubayd Allah b. Aban, que pagaron su audacia con la vida. Cuatro años después, el hijo de su hermano al Walid, al Mugira y un hijo de al Sumayl conspiraron contra el emir, siendo por ello ejecutados.

Abderramán tuvo en fin que asegurar la frontera superior, de la que ya no formaba parte la Septimania, sobre todo su centro, o sea, la ciudad de Zaragoza, cuyos señores árabes eran Husayn b. Yahya al Ansarí y su socio Sulayman b. Yaqzan, quien propuso buscar la ayuda de Carlomagno para evitar el dominio del omeya, por medio de Ibn al Arabi, un notable de quien había partido la idea.

La intervención de Carlomagno en al Andalus acaeció en mayo de año 778, sin los resultados esperados; ya que creyendo que no encontraría resistencia en Zaragoza, no venía pertrechado con máquinas de guerra para tomarla.

Tras sus muros, Husayn b. Yahya al Ansarí, que no había participado en los pactos de sus adláteres con Carlomagno, sabiendo que en última estancia le despojarías de sus dominios, se alió con Abderramán, decidiendo la resistencia. Carlomagno, al encontrar una resistencia inesperada y considerándose traicionado, se llevó a su país a Sulayman y a Ibn al Arabí, retirándose a través del valle de Echo, donde parte de la retaguardia del segundo ejército fue detenida primero y aniquilada después.

Tras el episodio de la invasión franca el emir organizó una campaña desde Zaragoza en el año 781 y se dedicó a atravesar las tierras dejadas por los francos tras su retirada, con claro propósito de restablecer la hegemonía andalusí sobre esas regiones, imponiendo de paso tributos y obligando a los magnates locales a entregar rehenes. Las zonas sojuzgadas entonces fueron la Ribera, la Rioja, Navarra y Cerretania, que las fuentes tachan de tierra de infieles, y que, en efecto, estaban más allá de los límites de al Andalus.

Años después 782-783, Abderramán tomó por la fuerza la ciudad de Zaragoza, batiéndola con almajaneques —máquinas de guerra, utilizadas para lanzar grandes piedras—. Sus habitantes fueron expulsados por unos días de la ciudad y Husayn b. Yahya al Ansarí fue ejecutado, así como sus cómplices, nombrando a su tío paterno Ali b. Hamza como gobernador de Zaragoza para ser relevado no mucho tiempo después.

Abderramán tuvo que procurar dinero a clientes y a omeyas, sobre todo tierras, de ahí que intentara recuperar las propiedades estatales; también como señala Chalmeta, redujo las fincas de Artobás, descendiente de Witiza, pasando de ochocientas noventa y nueve o quinientas noventa y nueve, a veinte, y suprimió el enclave cuasi independiente de Tudmir (Teodomiro), reconocido mediante un pacto durante la conquista de al Andalus; lo cual trajo mayores bienes disponibles para el emir, pero también disidencias.

Disidencias que serían conjuradas mal o bien mediante el alistamiento de un ejército privado. El emir comprendió que si quería hacerse con un poder estable e independiente tenía que tener una fuerza que solo dependiera de él.

Desde la victoria de al Musara que le dio el dominio de Córdoba, advertido Abderramán de que sus aliados yemeníes tramaban asesinarlo, se rodeó de una guardia de setecientos hombres reclutada entre sus clientes, cordobeses, beréberes e incluso neoconversos; este sería el núcleo de sus tropas de elite. Ocho años más tarde, con el propósito de acabar con Hisam b. Urwa, sublevado en Toledo, el emir ordenó prolongar los turnos permanentes de las tropas bajo las armas durante seis meses en lugar de tres.

Más tarde, año 764, tras terminar la última gran revuelta yemení, empezó a comprar Eslavos (mamalik) y a reclutar masivamente bereberes para su ejército, llegando sus efectivos a unos cuarenta mil, cosa que llevaría al declive del ejército tradicional, reclutado dentro del país, y a la paulatina sustitución del mismo por mercenarios, esenciales en las posteriores victorias califales de la época de Almanzor. El mantenimiento dará lugar a mayores requerimientos fiscales, así como al establecimiento de un sistema de concesiones territoriales (iqta at).

Transformación del estado

Es obvio, por otro lado, que la transformación de la provincia en un reino o estado independiente traía consigo exigencias de diverso tipo, como son las defensivas, urbanísticas y suntuarias. Se repararon las murallas de Córdoba y de otras ciudades, especialmente de las marcas o fronteras.

El emir edifica, remodela y estructura. Erige el centro administrativo en el alcázar de Córdoba, tras el derribo y remodelación del antiguo dar al imara, la casa de mando, primitivo palacio visigodo. Se encarga asimismo de erigir una casa de postas dar al burud, de la urbanización y de la distribución de los mercados.

Finalmente el emir levanta un edificio que, tras sucesivas ampliaciones, por su influencia arquitectónica posterior, sería el más importante de la historia de al Andalus. Efectivamente, en el año 785 dieron comienzo las obras de la primera mezquita aljama de Córdoba. Abderramán consiguió que los cristianos le cedieran los terrenos que ocupaban en la catedral visigoda de San Vicente (derribada esta, tras la compra de la mitad de la misma que todavía se conservaba en manos cristianas desde la época de la conquista).

En su solar se levanta la mezquita más bella del mundo islámico (costó la cifra de ochenta a cien mil dinares de oro), ampliada luego extraordinariamente, pero a la cual los geniales arquitectos de Abderramán dieron el estilo y el canon definitivos. La sala de oración está formada por un conjunto de 514 columnas de jaspe, granito y mármol. Frente a ella, a orillas del Guadalquivir, hizo levantar un alcázar, del cual permanecen los muros exteriores.

Sus persistentes añoranzas de Oriente le hicieron dar el nombre de al Rusafa, que su abuelo el califa Hisam había impuesto a su quinta a orillas del Éufrates, a la casa de placer rodeada de jardines y de huertas que se hizo construir en las laderas de la sierra. También se construyó otra residencia palacial extraurbana (al Naura).

Abderramán I, fundador del Imperio omeya en España, que aseguró por siglos la pervivencia del Islam en la península, murió el 30-IX-788, cuando aún no había cumplido los sesenta años.

Implantó el estilo de las grandes monarquías orientales, la sucesión al trono no se regulaba por riguroso orden de primogenitura. El soberano elegía entre sus hijos a aquel que le parecía más apto para sucederle. Nombró sucesor a su segundo hijo por su fervorosa piedad y por su encanto personal, pero el primogénito Sulayman, gobernador de Toledo, no acató esta decisión y se sublevó contra la autoridad de su hermano.

Fue derrotado por su hermano Hisam I en dos ocasiones y extrañado y más tarde ejecutado. Se puede concluir diciendo que la larga duración del emirato de Abderramán I (756-788), el fundador de la dinastía Omeya de Occidente, así como su energía y saber hacer permitió el desarrollo del estado andalusí sobre unas bases firmes y seguras, dando nueva vida con su restauración al desaparecido régimen omeya de Damasco, subvertido en Oriente por la revolución iranizante Abbasí.

R.B.: MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 142-147.