Abderramán III

Biografía

Califa de Córdoba, 912-961. Abderramán III b. Muhammad b. Abdállah b. Muhammad b. Abderráman (II) b. al Hakam (I) b. Hisam (I) b. Abderráman (I), Abu l-Mutarrif. Córdoba 891-Madinat al Zahra (Córdoba), 15-X-961. Primer califa y octavo emir de los omeyas andalusíes.

Era hijo de Muhammad, hijo del emir omeya Abdállah. Este Muhammad murió veinte días después de nacer Abderramán, asesinado por su hermano Mutarrif. La madre de Abderramán fue Muzna, una esclava de origen cristiano. Según algunas fuentes, la abuela de Abderramán por parte paterna era Oneca o Íñiga, hija de Fortún Garcés.

Abderramán tenía la piel blanca, los ojos de color azul oscuro, un rostro atractivo, era corpulento y tenía las piernas cortas. Se teñía de negro la barba. Bien fuese porque el notorio deseo del emir fuera respetado o porque su nieto hubiese demostrado ya cualidades excepcionales de talento y energía, lo cierto es que a la muerte de Abdállah, Abderramán es reconocido por toda la corte y en la mañana del 16-X-912 le rindieron homenaje, vestidos de blanco, todos los príncipes Omeyas.

Tenía apenas veintiún años y los cronistas alaban unánimemente las cualidades del emir. Había nacido para rey y amaba el oficio de reinar. Tuvo, sin duda, ese dominio de las gentes que es el supremo don en los que la providencia a destinado para el imperio.

Su carencia de prejuicios raciales le hacía apto para congregar en su torno a todos los musulmanes, fuesen árabes, africanos o españoles. Fue, sin embargo, cruel con los cristianos y con razón la monja alemana Hroswitha, cantora de la más insigne de sus víctimas, el niño Pelayo, pudo decir de él que fue peor que sus antepasados.

Píxide de marfil perteneciente a un hijo del califa Abderramán.

Píxide de marfil perteneciente a un hijo del califa Abderramán.

Logró pacificar el territorio de al Andalus en apenas dos años. Paralelamente, decidió lanzar aceifas contra los cristianos del norte, los cuales, aprovechando las disputas internas de al Andalus, habían avanzado hasta el Duero. El éxito más importante obtenido por el emir Abderramán III fue la victoria en Valdejunquera, localidad cercana a Pamplona (920), contra las tropas del rey leonés Ordoño II, asimismo, decidió vigilar el norte de África, en donde había surgido un nuevo y serio peligro, los fatimíes.

Los fatimíes eran adeptos al shiismo, y pretendían unificar el Islam bajo su mandato. Su profeta o mahdí era Obaidala que logró fanatizar a las tribus hambrientas y desesperadas del Norte de África. Obaidala había establecido relaciones con el muladí Umar b. Hafsun, que reconoció su soberanía y sus espías recorrían la Península.

El emir omeya entendió que lo más urgente era acabar con la autonomía de los principados musulmanes que la debilidad de los monarcas anteriores había consentido y, sobre todo, extinguir el foco insobornable de todas las rebeldías: el señorío serrano de Ibn Hafsun.

Sometimiento de b. Hafsun

Emprende expediciones que pacifican la comarca de Caracuel y del Campo de Calatrava. La cabeza de uno de los jefes rebeldes, Ibn Ardabulish, clavada en una de las puertas de Córdoba, es su primer trofeo de victoria. Entre tanto el joven emir reorganiza el gobierno de manera que alcance la máxima eficacia. El visir de Abdállah, Muza b. Ziyad, que no se le había manifestado adicto, fue reducido a prisión, donde esperó siete años su sentencia de muerte, pues el príncipe no perdonó.

Nombra primer ministro a Bach b. Ahmed y le entrega el mando de la caballería, e impide que los altos cargos adquieran excesiva autoridad. Las victorias continúan y la sumisión de núcleos rebeldes se lleva a cabo con inexplicable rapidez.

En los primeros días de 913, Bach somete Écija, la posición avanzada de Umar b. Hafsun hacia Córdoba. Al mando de su ejército emprende una marcha triunfal sometiendo la comarca de Jaén, la de Elvira, atraviesan Sierra Nevada y se apodera, después de un asedio, de Juviles, llegando hasta Salobreña, regresa a Córdoba.

La campaña había valido la recuperación de setenta plazas fuertes y de más de trescientos lugares fortificados. Pero el emir considera que la unificación no sería posible en tanto subsistiese la diferencia de religión, que divide a los hombres más que la diferencia de raza.

De aquí la cruel intransigencia con los cristianos que justamente le reprocha la monja alemana. Esta política unificadora, unida a la intransigencia religiosa, hacía más urgente para el emir la destrucción del castillo-convento de Umar b. Hafsun, en el que se habían refugiado los herederos de la tradición ascética de los padres visigodos.

En la primavera de 914 dirige una operación destinada a aislar la fortaleza de Bobastro. En Algeciras destruyó una flota que traía víveres para el caudillo cristiano y luego se dirigió, atravesando la comarca de Sidonia, hacia Carmona. Entre tanto se rindió Sevilla, Carmona, donde el gobernador nombrado por el emir se había rebelado, resistió hasta 917.

Una gran sequía impidió al ejercito proseguir el asedio al viejo Umar, que cobijado ahora bajo el nombre de Samuel, ya anciano, gozó de algunos años de paz y murió piadosamente y enterrado según el rito visigodo con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada hacia el Oriente. Su muerte produjo en España una gran conmoción.

Con el moría la tradición visigoda y el mozarabismo había de desaparecer de Andalucía para salvar los vestigios de su cultura en los reinos del Norte. Los herederos de Umar, Chafar, asesinado en 920, Omar, que rindió su castillo de Ojén y vivió en Córdoba, Sulayman que en 927 fue hecho prisionero en una escaramuza y, rápidamente ejecutado, su cadáver fue expuesto en una de las puertas de Córdoba, y Hafs, que se encerró en la fortaleza paterna y resistió al asedio durante seis meses, persistieron en Bobastro durante diez años más.

El 19-I-928 ondeó sobre la torre más alta de la gigantesca fortaleza la bandera blanca de los omeyas. El emir hizo desenterrar los cadáveres de Umar y de su hijo Chafar y clavarlos en la muralla de Córdoba. El que ambos hubiesen muerto cristianos y enterrados según su rito fue, sin duda, lo que exasperó al soberano, tolerante en todo, pero más intransigente que sus antepasados en asuntos religiosos.

Adopción del título califal

El califato de Oriente, símbolo de la unidad musulmana, había llagado a los últimos extremos de la decadencia en manos de los Abasíes, que no dominaban ya en las ciudades santas del Islam. Esta unidad quedaba rota desde el momento que se daban a sí mismo el título de califas los shiitas de Qayrawan, rivales de los Omeyas españoles. Abderramán III decidió, en 929, proclamarse califa.

En una carta enviada a sus gobernadores, les escribió: Nos parece oportuno, que en adelante, seamos llamado Príncipe de los Creyentes y así encabecen todos los escritos que emanen de nos o a nos. Al mismo tiempo, Abderramán III se llamó Al Nasir li din Allah el que presta su ayuda a la religión de Dios y se consideraba legítimo heredero del califato a los marwaníes establecidos en España y no a los a los usurpadores Abasíes.

El título de califa no solo consolidaba la unidad interna, sino que daba al príncipe más autoridad para predicar la inminente guerra santa contra los cristianos y favorecía los intentos de expansión iniciados por Abderramán II en el Norte de África.

Como consecuencia de esta determinación el nombre de Abderramán había de ser invocado en los alminares de todas las mezquitas de España y de muchas de África, ya no puede convivir familiarmente con sus súbditos y se convierte en un personaje lejano y misterioso que solo será entrevisto en ocasiones muy espaciadas, cuando se digne mostrarse entre un deslumbrante cortejo para recibir las aclamaciones populares.

La etiqueta, inspirada en la de Bagdad, que a su vez copia formulas de la Persia sasánida y del Imperio bizantino, se hace cada vez más difícil y tiende a rodear al califa de un prestigio semidivino.

Expansión del califato

Las pequeñas taifas iban sometiéndose al poder incontrastable que se alzaba en Córdoba. En el mismo año 929 se entregan Beja y Silves, en el año siguiente, el último de los Beni Marwan, rindió Badajoz.

Quedaba en rebeldía, Toledo, que al amparo de su fortísima situación se mantenía independiente, unas veces bajo el protectorado de los Banu Qasim de Aragón o de los reyes de Asturias, otras bajo el gobierno de algún potentado local.

En la primavera de 930, el califa envió un ejército a las órdenes del visir Al Mundhir y ordenó fortificar las alturas que rodean a Toledo, de manera que los toledanos comprendieran que el sitio no iba a levantarse nunca. Resistieron durante dos años pero el califa entró en Toledo el 2-VIII-932 y celebró la rendición de la ciudad con las mismas ceremonias con que había solemnizado la de Bobastro.

Con los príncipes de la frontera norte, la conducta fue diferente. Estaban demasiado alejados para una sumisión completa y los gobernantes musulmanes de aquellas marcas desempeñaban una función importante de contención de los cristianos del Pirineo.

El califa estableció una especie de régimen feudal, en el que los grandes vasallos (Tuyibíes de Zaragoza, Banu Qasim de Tudela, sucesores de Muhammad al Tawit en Huesca, Beni Zenum en Santaver) pagaban un tributo y servían cuando eran requeridos, en los ejércitos califales. Este dominio total sobre la España musulmana le permitía disponer de todos sus recursos, imprescindibles para mantener la guerra santa contra la creciente osadía de los caudillos cristianos del Norte.

En el año 937 deshace la alianza entre el señorío de Abu Yahya, descendiente de los Tuyibíes, y Alfonso III. El ejercito del califa sitió la fortaleza de Calatayud, defendida con una guarnición reforzada con soldados alaveses de Ramiro II. La plaza se entregó y el califa hizo pasar a cuchillo a todos los cristianos. Zaragoza se rindió y Al Nasir, tolerante siempre con los musulmanes, perdonó a Abu Yahya.

El califa preparó en el año 939, una expedición que había de realizar la campaña del Poder Supremo para someter definitivamente a los cristianos del Norte. La llamada de dos quintas le permitió reunir 100.000 hombres, lo cual le hacía presumir un paseo triunfal, como la campaña de Muez o la de Pamplona. Delante de Simancas —La Alhandega— le esperaba Ramiro II con los castellanos de Fernán González y los navarros de la reina Toda.

La pugna duró varios días y terminó por un inmenso desastre, en el cual la caballería de Abderramán se dejó degollar sin apenas resistencia, los cristianos se hartaron de matar a mansalva y el califa hubo de huir, abandonando en su campamento el Corán, de valor inestimable y su propia cota de mallas de oro.

Según fuentes antiguas, a consecuencia de la aparición del apóstol Santiago a los cristianos, cabalgando sobre su caballo blanco en la batalla de Simancas, donde la mortandad entre los vencidos musulmanes fue inmensa, se instituyó el voto de Santiago, en virtud del cual hasta el siglo XVIII los pueblos de España ofrecían a la iglesia de Compostela ciertas medidas de trigo y de vino.

Entre tanto, las tropas de Abderramán penetraban impunemente por todas direcciones en territorio cristiano y la expedición contra Galicia del año 953 fue tan fructuosa que Córdoba vio con entusiasmo la llegada de un cargamento de cruces y campanas de iglesias gallegas.

En estas circunstancias, Ordoño III, necesitado a toda costa de paz con los musulmanes, inicia la funesta y humillante política de pacto con los soberanos de Córdoba, que por más de cincuenta años habría de hacer de los reyes cristianos feudatarios del califato.

Abderramán, a cuyo concepto ecuménico de autoridad halagaba inmensamente este reconocimiento, recibió con agrado a los embajadores leoneses (955) y envió al año siguiente a sus mensajeros, Muhammad b. Husayn y al famoso interprete judío Hasday b. Saprut, que pactaron la paz, quizá mediante la entrega por parte de los cristianos de algunos castillos.

Hubo reyes cristianos que se mostraron sumisos con Abderramán III, como sucedió con el leonés Sancho I, el Craso, que se trasladó hasta la capital califal para que le trataran de su obesidad de la que fue curada por el también médico Hasday. Los navarros, cumpliendo los pactos con el califa, atacaban a Fernán González y conseguían hacerle prisionero en la batalla de Cirueña.

El califa había visto postrados a sus pies al hijo de Ramiro II, el vencedor de Simancas, y a la reina Toda, que había acaudillado en aquella jornada a sus indomables vascones.

Pero poco después el Comendador de los Creyentes, septuagenario y enfermo , exhalaba el último suspiro. Su reinado de cerca de medio siglo hizo de la monarquía omeya de Occidente el estado más fuerte y prestigioso del Islam. La base de esta política ambiciosa era la enorme riqueza del tesoro público, que permitía el mantenimiento de un poderoso ejercito y una gran flota, con la que consiguió dominar las estratégicas plazas de Melilla, Ceuta y Tánger.

Organización socio-cultural

Los campos andaluces, que con los nuevos sistemas hidráulicos incrementaron su productividad, el florecimiento de la industria y el comercio, el elevado nivel de vida, mantenido con un orden perfecto, hacían de Córdoba una enorme ciudad con veintiocho arrabales, medio millón de habitantes, tres mil mezquitas y trescientos baños. La monja alemana la llama el ornato del mundo.

Al Nasir protegió a los poetas y durante su largo reinado, la arquitectura va haciéndose cada vez más grandiosa y fusiona elementos persas y bizantinos en una síntesis muy característica.

De su tiempo es el alminar de la Mezquita de Córdoba, recubierto en la época barroca, y las arquerías del patio. Pero la gran obra de Abderramán III, es una de las más insignes del mundo musulmán, es la ciudad regia de Medina Azahra. Su objetivo era separar al soberano con su corte y su burocracia, del contacto con el pueblo, para aumentar, con el apartamiento, el prestigio semidivino del califa y liberar al gobierno de presiones populares. Por esto reiteradamente se ha comparado con el Versalles de Luis XIV la ciudad califal española.

En la sala de los califas, el techo era de oro y las ventanas de mármoles transparentes; en el centro, un estanque de pórfido estaba lleno de azogue que parecía liquida plata y del techo pendía una enorme perla, regalo del emperador de Constantinopla. Annuairi habla de un pabellón que dominaba los vergeles, con techumbre sostenida por columnas de mármol jaspeado y en cuya decoración destacaban incrustaciones de oro, de rubíes y de perlas.

En las estancias había figuras de bronce: un león, un antílope, un cocodrilo, un águila, un dragón, una paloma, un halcón, un pavo real y otros animales. Estos salones, cuyos muros estaban cubiertos totalmente de placas de piedra esculpida, con sus columnas con capiteles labradas como joyas, con sus leones y ciervos de bronce, cumplían perfectamente la misión para la cual habían sido creados, deslumbrar a los embajadores de cortes lejanas.

En tiempo de Abderramán se reanudan las relaciones con el Imperio bizantino. Después de varios siglos de decadencia, Constantinopla era la capital del mundo civilizado y el califa se interesaba por sus sabios y artistas.

Constantino VII Porfirogéneta mandó a sus embajadores así como Otón I, emperador de Alemania, mandó al monje Juan de Gorz, como representante de su embajada. El sucesor de Abd al Rahman al Nasir, fue el príncipe Al Hakam II, que había permanecido muchos años en situación de príncipe heredero.

R.B.: BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.

Batalla de Valdejunquera, 920

Tras fortalecer su poder en al Andalus, Abderramán III dedicó todos sus esfuerzos a contener las incursiones de los reinos cristianos del norte en territorio musulmán. Estos, bajo la alianza de Ordoño II, rey de León, y Sancho Garcés, rey de Navarra, habían conseguido importantes éxitos en la zona de la Rioja.

Ante esta actitud ofensiva, Abderramán decidió emprender una campaña contra ambos reinos. El ejército musulmán salió de Córdoba el 5-VII-920 y se apoderó de Osma, San Esteban de Gormaz y Calahorra.

Tras una breve escaramuza con Sancho Garcés, que tuvo que huir, el encuentro decisivo se dio en el campo o valle de la Junquera, in valle qui dicitur Juncaria, según la crónica silense, entre Muez y Salinas de Oro, al suroeste de Pamplona (26-VII-920).

Las tropas cristianas de navarros y leoneses, que habían acudido al auxilio de Sancho Garcés desde Nájera, sufrieron el más completo desastre. Muchos nobles, Dulcidio de Salamanca y Ermogio de Tuy fueron hechos prisioneros, y el resto de los fugitivos del combate, refugiados en el castillo de Muez, que fue tomado, fueron asesinados.

Abderramán devastó toda la Baja Navarra, y, sin atacar Pamplona, regresó a Córdoba. La expedición no modificó las fronteras, ya que más que una acción militar de conquista, fue una campaña de devastación y castigo, dedicada a imponer la superioridad militar de Abderramán III.

R.B.: MONTERO TEJADA, Rosa María, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 1191.