Al Hakam I

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 796-822
Nacimiento: 770
Fallecimiento: 822
Predecesor: Hisam I
Sucesor: Abderramán II
Dinastía: Omeya
Padre: Hisam I
Introducción
La rebelión del Arrabal
La Jornada del Foso 797

Introducción

Emir de Córdoba 796-822. Hijo y sucesor de Hisam I, el nieto del primer Abderramán I era un árabe de pura raza, en el cual se reencarnaban por atavismo las cualidades de sus antepasados que vivían errantes por los desiertos de Siria. Era valiente con jactancia, vengativo, cruel y poeta, su musa es la venganza, inspiradora juntamente con el amor, de los juglares primitivos de la raza. La historia de su largo reinado es un enojoso relato de todo tipo de rebeldías. Se inició con una revuelta de origen dinástico promovida, no por el primogénito desahuciado, Al Malik, sino por los hermanos del emir difunto, sus tíos Sulayman y Abdállah, pertinaces en su intento de obtener el trono de Córdoba; el primero fue vencido y muerto, y el segundo, tras intrigar en Zaragoza e ir a Aquisgrán a pedir apoyo a Carlomagno, se retiró como gobernador de Valencia en una semiautonomía —de aquí su apodo al Balansi o el Valenciano—.

Estas revueltas interiores permitieron a los cristianos del norte veinticinco años de paz, provechosa y apenas conturbada. En la frontera del nordeste, por su alejamiento de Córdoba y por su vecindad con los cristianos, hacía fácil la formación de estados independientes. Nobles bereberes esparcidos por el valle del Ebro, familias de árabes de raza que habían recibido tierras en la comarca, se iban aficionando a obrar por su cuenta, sin contar con los funcionarios de emir. Poco a poco, estos núcleos autónomos se van congregando en torno de la poderosa familia de los Banu Qasim, descendiente de un noble visigodo que tan fervorosamente abrazó la causa de los invasores que peregrinó hasta Damasco para ofrecerse al califa omeya. Es posible que estos renegados procediesen del arrianismo, cuyo dogma está a veces más cerca del Islam que del catolicismo romano.

Abderramán IDírham de plata época al Hakam I.

Pero fue un agitador llamado Bahlul b. Marzuq, quien proclamó la independencia de Zaragoza. Hisam había fracasado en su intento de expulsarlo. Entonces al Hakam envió al más fiel y hábil de sus auxiliares, Amrús b. Yusuf —el Amorroz de las crónicas cristianas—, que sometió a los Banu Qasim, cuyas propiedades confiscó y expulsó de Huesca a Bahlul b. Marzuq, que fue luego alcanzado y muerto. Fundó Tudela, entre Pamplona y Zaragoza, y dejó en ella una fuerte guarnición.

Al año siguiente del advenimiento del nuevo emir, Toledo la siempre rebelde capital visigoda, escuchó las sugestiones de Ubayd b. Jamir y el poeta Girbib b. Abdállah. Entonces al Hakam dio el encargo de controlar a la ciudad rebelde a Amrús b. Yusuf de Huesca. La rebelión fue sofocada, el mismo Amrús liquidó a los muladíes rebeldes mediante un ardid usado con frecuencia por los príncipes árabes. Invitó a comer en su residencia a los rebeldes y los fue ejecutando conforme llegaban, arrojando los cadáveres a una zanja; de aquí el nombre que se conoce a esta operación: el de Jornada del Foso. Este escarmiento impresionó a sus súbditos. El número de los que allí murieron fue enorme y la ciudad permaneció durante algunos años en un silencio de muerte, pero pronto se volvió a rebelar en el 811 y en el 818.

Mérida, la gran metrópoli romana y goda, se mantiene también en rebeldía por espacio de siete años. Rendida por entrega voluntaria (813), la ciudad se volvió a rebelar cuatro años más tarde y fue sometida por el príncipe Abderramán. Un aventurero, Tumlus, se rebeló en Lisboa y fue vencido y muerto por Hisham b. Al Hakam,, que pacificó toda la comarca hasta Coimbra.

La rebelión del Arrabal

Otro episodio del reinado de al Hakam es la rebelión del Arrabal. El apresurado crecimiento de Córdoba improvisó, en la orilla izquierda del Guadalquivir, al otro lado del puente, un amplísimo arrabal, zona preferida por funcionarios y estudiantes. El pueblo se quejaba del oneroso sistema fiscal y de la tremenda represión que había desencadenado por una conjura tramada contra él. Mandó crucificar a setenta y dos ciudadanos principales, entre ellos a algún afamado alfaquí.

Los alfaquíes, con argumentos de tipo social y religioso, denunciaron la prepotencia de la guardia palatina, integrada por los (mudos, mercenarios que desconocían las lenguas habladas en Córdoba), y a los rectores, que despreciaban a la plebe. Luego, se rebelan en el Arrabal Sur en Córdoba, en el que el faquí Yahya agitaba las pasiones, y el día 8-V-814 estalló la sublevación. El propio emir se vio acosado en palacio, el peligro fue gravísimo y al Hakam se preparó para la muerte con la petulancia habitual. Su sangre fría y la intervención de un hijo del al Balansi, su primo Obaydalah le salvó a él y a la dinastía. Las represalias fueron tremendas y quienes mejor escaparon fueron los más culpables; mandó decapitar a los alfaquíes que tenía prisioneros, encargó a su primo prender fuego al Arrabal del Sur, ante lo cual los rebeldes acudieron en socorro de sus familias y fueron terriblemente degollados por los inexorables mudos .

El alfaquí Yahya y sus compañeros fueron desterrados a provincias y aquel volvió a favor del monarca. Al resto de sublevados (15.000 familias) que lograron sobrevivir se les expulsó de la Península, y, dirigidos por Abu Hafs al Balluti y tras larga peregrinación, consiguieron arrebatar Creta a los bizantinos (826) y fundar un emirato independiente que sobrevivió hasta el año 960; otras 8.000 familias se establecieron en Fez.

En el reinado de al Hakam, la lucha contra los cristianos reviste aspectos de suma trascendencia. En el año 798, los pamploneses, eternos rebeldes, dieron muerte al gobernador omeya Mutarrif b. Musa b. Qasi y eligieron jefe a un Velasco, acaso el Basiliscus que emprendió el viaje a Aquisgrán como embajador de Alfonso II el Casto ante Carlomagno. Una tendencia a la unidad se advierte en estos primeros conatos de Reconquista. Pamplona se sitúa bajo la protección de Alfonso II, el cual acude en su defensa cuando el veterano general Abd al Karim emprende una expedición contra Velasco. Si bien los asturianos fueron vencidos cerca de Miranda de Ebro, en una batalla en que murieron un García, pariente de Alfonso II, y el jefe vasco Sancho, el rey de Asturias logró contener al invasor en los inexpugnables desfiladeros de Pancorbo.

Mayor importancia tuvo la ocupación franca de Barcelona, que venía a iniciar en la Marca Hispánica la formación del gran estado catalán. El rey franco Carlomagno muy receloso, no aceptó la propuesta de Alfonso II, de ayuda en cualquier empresa ultra pirenaica, tampoco la proposición del, en ese momento rebelde Abdállah, el Valenciano, tío de al Hakam, de conquistar la comarca comprendida entre Gerona y el Ebro. Incluso el que era gobernador de Barcelona, Zado, se presentó en Aquisgrán ofreciendo la rendición de la ciudad.

Pero un congreso celebrado en Tolosa por Ludovico Pío acordó una campaña en tierras hispánicas. La primera correría (798) se limitó a la comarca montañosa del Alto Segre. Una nueva excursión, por tierras de Lérida y Huesca, tuvo lugar el 800. El año 801 se emprende la campaña con la decisión de ocupar a Barcelona. Los contingentes francos arrasan la tierra, en tanto que núcleos godos al mando de Bera ponen sitio a la ciudad. Zado, que había traicionado sus promesas, se defiende tenazmente durante dos años, pero Barcelona se rinde el año de 803. Bera fue nombrado conde de Barcelona, bajo la dependencia del rey de Aquitania y a tomar el título de marqués (817) inicia la figuración política de la Marca Hispánica.

La Marca Hispánica nace como una expansión del Imperio carolingio. Esto imprime un matiz especial a la futura Cataluña, cuyas instituciones revelan un mayor contacto con las de Europa central que las del resto de la península. Los últimos días del emir, encerrado en el palacio, bajo la guardia de sus fieles mudos, fueron sombríos y tristes. Durante ellos se preocupó de que el problema de la sucesión tuviese una solución a su gusto e hizo proclamar heredero al primogénito y predilecto de sus hijos, Abderramán.

Cuando murió en 822, corrió por España una sensación de alivio. Sin embargo los historiadores árabes tratan con benevolencia a este monarca, cuyas ásperas cualidades dieron al poder público una fuerza que le permitió contener por mucho tiempo el morbo de la dispersión. En un poema no desprovisto de fuerza expresiva, que muestra su obsesión por la unidad, escribió: Como el sastre que se sirve de la aguja para empalmar trozos de tela, yo me he servido de la espada para reunir mis provincias desunidas.

BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.

Jornada del Foso 797

Un año después de haber ocupado Al Hakam I el trono de al Andalus, los muladíes de Toledo, la capital de la Marca media, se desligaron de su autoridad y reconocieron por jefe a un agitador rebelde llamado Ubayd Allah b. Jamir, al cual vino a unírsele un poeta cordobés de origen toledano, Girbib b. Abd Allah, que había caído en desgracia del monarca. Al Hakam escribió entonces a los toledanos notificándoles que estaba dispuesto a enviarles como gobernador a un muladí, si cesaban en su rebeldía y se reconciliaban con Córdoba. La contestación de aquellos fue afirmativa, y el soberano designó para gobernador de la Marca media a un renegado de su absoluta confianza, Amrus b. Yusuf, que venía ocupando la jefatura militar de Huesca y era hombre tal falto de escrúpulos de conciencia como sobrado de ambición y de doblez.

Amrus llegó a Toledo con amplios poderes de al Hakam para obrar como creyera más oportuno con tal que terminara con el espíritu levantisco que animaba a los habitantes de la ciudad, y empezó a poner en práctica, en seguida, un plan que había estudiado concienzudamente en colaboración con el monarca. Primero se ganó la confianza de sus hermanos españoles, simulando estar con ellos en su odio a los omeyas. Seguidamente, y aparentando querer librar a los toledanos de la para ellos desagradable presencia de los soldados de la guarnición, levantó una ciudad en el mismo lugar que ocupa hoy el Alcázar y se recluyó en ella con los funcionarios y las tropas del gobierno.

En tal situación, escribió a al Hakam pidiendo que le enviara un fuerte contingente de fuerzas con cualquier pretexto. Y, días después, salió de Córdoba un poderoso ejército al mando del príncipe heredero Abderramán, que marchaba oficialmente en socorro del jefe militar de la frontera superior; pero que, en realidad, se dirigía a Toledo. En efecto, una vez que Abderramán alcanzó la ciudad del Tajo, ordenó acampar a sus huestes cerca de la misma y, a poco, recibió la visita de Amrus, que, al frente de una comisión de muladíes toledanos venía a cumplimentarle. El príncipe, para corresponder a la deferencia, y siguiendo la farsa, encargó a Amrus ante los comisionados, que preparase en su residencia un gran banquete en honor de los renegados notables de la ciudad, y el gobernador señaló una fecha para el festín, cuidando bien de invitar a todos los muladíes preeminentes de Toledo.

Cuando llegó el día señalado, los renegados se dirigieron hacia la ciudadela y, a medida que iban entrando en ella, fueron pasados a cuchillo por los soldados de Amrus y sus cadáveres arrojados a un foso. El número de toledanos víctimas de tan expeditivo ardid es difícil de determinar, ya que unos historiadores musulmanes dicen que fueron setecientos, mientras que otros los hacen subir a cinco mil. Sea cual fuere, es lo cierto que la luctuosa Jornada del Foso waq´at al hufra aterrorizó de tal modo a los muladíes de Toledo que estos tardaron en recuperar su ánimo de rebeldía cerca de quince años, pues hasta 811-812 no volvieron a producirse tumultos en la Marca media.

OCAÑA JIMÉNEZ, Manuel, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 127-128.