Almanzor

Biografía

Caudillo musulmán, 938-1002. Este personaje se llamaba Ibn Amir. Ibn Abi Amir es uno de esos héroes que irrumpen alguna vez en la Historia para desviar violentamente sus caminos y señalan el paso a una nueva época.

Campañas militares de Almanzor.
Campañas militares de Almanzor. En verde oscuro, territorios hostigados por el militar árabe.

Su familia había desembarcado en España con Tarik y recibieron castillo y hacienda en Torrox, pero a pesar de estos antecedentes guerreros, los Ibn Amir prefirieron labrarse una posición en la magistratura.

Así, el joven Mohamed, fue enviado a estudiar a la prestigiosa universidad de Córdoba, donde profesaban los más insignes sabios del Islam. Pero era más soñador que aplicado y llegó a ser insoportable para el caíd por sus distracciones en el ejercicio de su actividad funcionarial.

Para perderle de vista y no descontentar a su influyente familia le recomendó para un puesto en la corte: el de intendente de los bienes del niño Abderramán, primogénito de Al Hakam.

Esta fue la base de su fortuna (967). Ibn Amir desplegó entonces sus dotes de seducción y de captación de almas, que eran inmensas. Se ganó primero el afecto y la confianza de la favorita del califa, la vasca Aurora (Sobh), que con su hijo había garantizado la sucesión directa, y al poco tiempo fue nombrado intendente de la misma Aurora y poco después, por mediación de la favorita, inspector de la moneda.

El mismo califa, después de un momento de recelo, se rindió al poder sugestivo de Ibn Amir y acumuló sobre él aquellos cargos que ponían en sus manos riquezas y poder, llegando en 972 a ser el comandante de la Xorta, que era el regimiento encargado de la policía.

Vivía fastuosamente y su generosidad y su cortesía habían hecho de él, a los treinta y un años, el hombre más popular de Córdoba. Él comprendió, sin embargo, que la gloria militar era en el Islam el único camino para conseguir el poder supremo. El asesinato de Mogira, recibido con indignación en Córdoba, unía a Mosafi y a Ibn Amir. El primero fue nombrado hachib (jefe del gobierno) e Ibn Amir recibió el título de visir.

Aparentemente asociados, la dirección pertenecía a Ibn Amir que para contentar al pueblo excitó su entusiasmo monárquico, exhibiendo públicamente al califa niño, rodeado de toda su corte, y se suprimieron los impuestos más impopulares. Eliminó el poder de eunucos y eslavos, ilimitado en tiempos de Al Hakam y el pueblo que los odiaba se sintió más adicto al nuevo orden de cosas.

La conquista del poder

La obsesión de Ibn Amir era llegar a ser un gran jefe militar. Acaso aun más que a sus dotes militares, Ibn Amir debió sus éxitos a un conocimiento exacto de la situación de los reinos cristianos, en los que era descrito como el más terrible azote que jamás castigo a los reinos del Norte.

En León como en Córdoba, reinaba un adolescente bajo la tutela de una mujer, pero en León no había un brazo fuerte que supliese la debilidad del poder supremo.

Cada uno de los señores obraba por cuenta propia y desconocía la autoridad real. Al mismo tiempo que la regente de León, Elvira enviaba a la corte de Córdoba un abad como embajador, se encontraban en ella emisarios del conde Gonzalo y de Fernando Ansúrez que negociaban por su cuenta. Ramiro III de León, no era sino un símbolo, como lo era, otro muchacho de pocos años, Hisam II. No era difícil vencer a este reino atomizado y luego la guerra civil vino a hacer más fáciles las conquistas.

Una rápida campaña hizo a Ibn Amir dueño de la fortaleza de Baños. Esta victoria cimentó su popularidad y su prodigalidad con los soldados aumentó su prestigio en el ejercito. Se sintió fuerte para deshacerse de su aliado, el hachib Mosafi, enemistándole con el famoso general Galib. El año 978 Mosafi y todos sus familiares fueron destituidos de sus cargos y encarcelados.

Ibn Amir fue nombrado hachib y contrajo matrimonio con la hija de Galib. Una conspiración para asesinar a Hisam II y colocar en su lugar a otro nieto de Abderramán III, de su mismo nombre fracasó y fue castigada con tremendo rigor. La oposición no consiguió sino alentar al hachib en su camino hacia el poder supremo.

Afiliándose a la ortodoxia más fanática, se atrajo el favor de los faquíes y ulemas —doctores de la ley mahometana—, tan influyentes en el bajo pueblo. Ibn Amir reclutó excelentes jinetes berberiscos en el Norte de África que, a fuerza de liberalidades, le eran incondicionalmente adictos, también la España cristiana le entregaba contingentes igualmente ligados a su fortuna y aspiraba a convertirse en un soberano feudal de los reyes y de los condes de España.

En su ascenso a un poder personal sin límites, el califa niño, que no carecía de inteligencia, podía ser un obstáculo. Ibn Amir, ayudado por Aurora, procuró anularle fomentando en él una piedad absorbente en el Islam no incompatible con los goces del harén. Cada vez más aislado y convertido realmente en un prisionero, el califa no era más que un nombre en las monedas y en las oraciones en las mezquitas.

Para apartarle de todo contacto con la administración central y con los elementos vivos del país, Ibn Amir fundó al este de Córdoba, su ciudad de burócratas, que no fue más que un cenobio y un serrallo, celados a las miradas de todos por una guardia numerosa, y a la que llamó Medina az Zahira, que en los pocos años de su efímera existencia sería el centro vital del califato.

El último obstáculo se presentaba ante Ibn Amir: su suegro Galib, viejo octogenario, ferviente dinástico que no podía consentir el anulamiento del soberano, hijo y nieto de grandes califas.

Sobrevino la ruptura y Galib, por su prestigio obtuvo la alianza del conde de Castilla, García Fernández, y del rey de Navarra, Sancho II Garcés Abarca. En la batalla que se dio cerca de Atienza, Galib peleó con valor pero murió de una caída de caballo y su cabeza y la mano con su anillo fueron presentados a Ibn Amir, que desde aquel día (8-VII-981) tuvo en sus manos todos los poderes del estado. Su talento político le hacía ver en la gloria militar el mejor procedimiento para mantener a su pueblo unido y sumiso.

El hachib de Hisam II ha pasado a la Historia, principalmente, como un gran general. En 981, las tropas califales, mandadas por el omeya Abdállah, arrasan la comarca de Zamora, destruyendo por centenares monasterios, aldeas y alquerías. Ramiro III de León, que no contaba sino veinte años, se alió con el conde de Castilla, García Fernández, y el rey de navarra Sancho II Garcés Abarca, y los aliados se atrevieron a presentar batalla en Rueda.

Fueron completamente deshechos y sus tropas pasadas a cuchillo. Simancas cayó en poder de los musulmanes y su población cristiana fue exterminada. Ibn Amir, en 981, al venir de una expedición usó de uno de estos laqab o motes honoríficos reservados hasta entonces a los califas. Se hizo llamar Al Mansur bi-llah, el victorioso por Dios, de donde deriva el nombre con el que le denominaban los cristianos, es decir Almanzor, nombre que ha perdurado en la Historia y en la memoria del pueblo a través de leyendas y romances.

Más adelante en 991, renunció al título de hachib en su hijo Abd al Malik, y algunos años más tarde (996) se asignó un título soberano: el de malik karim (noble rey). En este último año, Almanzor, descubierta una conspiración palatina organizada por la sultana Sobh, su antigua cómplice, se hizo confirmar como único rector del califato.

En la primavera de 985, Almanzor, preparó una expedición contra Barcelona. El condado barcelonés, que tenía detrás al poderoso imperio carolingio, solía quedar al margen de estos efímeros itinerarios, pero Ibn Amir sabía la decadencia del Imperio de los descendientes de Carlos el Calvo a causa de la dispersión feudal, de la que era consecuencia la misma autonomía del condado de Barcelona.

El ejercito de Almanzor avanzaba por Andalucía oriental y Levante. El conde Borrell II intentó contenerle, pero sufrió una tremenda derrota y el 1 de julio se presentó ante las murallas romanas que aún defendían la ciudad. Como de costumbre, la población fue exterminada y entregados a las llamas los monasterios, ya famosos, con los pergaminos de sus archivos y los códices de sus bibliotecas. La conquista tuvo el carácter precario de todas las de Almanzor y a los pocos meses los cristianos recuperaban la ciudad.

También solía ser precaria la sumisión de los reyes cristianos a la soberanía musulmana. Vermudo II, sucesor de Ramiro III expulsó en 987 al ejercito de ocupación y rompió sus pactos con Almanzor. La respuesta fue contundente. En 987, Almanzor se apodera de Coimbra, que permaneció despoblada siete años; en 988 tomó la ciudad de León, defendida por el conde Gonzalvo, tan enfermo que se hacía llevar a la lucha en una litera.

La ciudad fue destruida y la guarnición pasada a cuchillo. El conde fue muerto en su misma litera. De la muralla solo dejó en pié una torre para que sirviera de testimonio de que allí había estado León, la ciudad romana, capital de los sucesores de los reyes godos. Los monasterios de Sahagún y Eslonza, son también entregados a las llamas, el rey se había refugiado en Zamora, pero huyó y la ciudad fue saqueada.

Los condes leoneses acataron la soberanía de Almanzor y Vermudo II hubo de refugiarse en Asturias, último asilo de la independencia de los cristianos. La campaña de 989 fue contra el conde de Castilla, García Fernández, que había dado asilo a Abdállah, hijo de Almanzor, que había sido rebelde a la autoridad paterna. El conde, vencido en campo raso y desposeído de Osma y de otras dos plazas fronterizas, hubo de entregar al príncipe levantisco, que fue ejecutado.

En venganza, Almanzor induce al hijo del conde, Sancho I, a rebelarse contra su padre; al amparo de esta rebelión, el caudillo musulmán se apoderó de San Esteban de Gormaz y de Clunia. García cayó prisionero y murió a causa de sus heridas. El joven Sancho, que tomaba el poder con tan malos auspicios, hubo de declararse feudatario de Córdoba.

Para acallar a los murmuradores, duplicó el recinto de la ya magnífica mezquita de Córdoba, en la obra trabajaban con gran complacencia de los piadosos musulmanes, centenares de cautivos cristianos. El mismo Almanzor excitaba la piedad manejando con sus manos la azada y la sierra.

Sancho II Garcés Abarca de Navarra le entregó a una de sus hijas, que fue la madre de Abderramán Sanchuelo. El rey de Navarra acudió en 992 a Córdoba y fue recibido con el acostumbrado ceremonial, a costa de las humillaciones de costumbre. Vermudo II entregó también a una de sus hijas, Teresa, para el harén de Almanzor, que la hizo su esposa. Esta princesa que llevó su desventura con notable dignidad, a la muerte de su esposo fue devuelta a su patria y tomó el velo en un monasterio de Oviedo.

La expedición más famosa de Almanzor, es la los cronistas árabes denominan Shant Yaquib, porque tuvo como objetivo el santuario de Santiago de Compostela, cuya fama no solo se extendía por la cristiandad entera, sino que penetraba en el mundo musulmán. Una gran cantidad de peregrinos afluía ya en el s. X a la gran basílica edificada por Alfonso III el Magno. Almanzor proyectó un golpe de efecto contra la ciudad compostelana y, al frente de su caballería se puso en camino el 3-VII-997.

En Viseo vinieron a rendirle homenaje los condes sus vasallos y en Oporto se le unió la infantería que había hecho el viaje por mar. Las únicas dificultades de Ibn Amir eran las que provenían del terreno, extremadamente abrupto, y del mal espíritu de los mercenarios cristianos. Después de arrasar Iria o Padrón, llegó a Compostela el 11 de agosto. Solo encontraron un anciano monje que oraba sobre la tumba del Apóstol.

Almanzor le dejó proseguir en paz su oración y puso guardia para que no fuese profanado el sepulcro de un personaje también venerado en el Islam. Después de haber arrasado la ciudad santa y saquear la comarca, el caudillo regresó a Córdoba. Seguían al ejercito largas filas de cautivos cristianos que llevaban sobre los hombros las puertas de Compostela y las campanas de sus iglesias que sirvieron de lámparas en la mezquita.

En una España del Norte abrumada y desalentada solo la Iglesia permaneció insobornable. Los monjes y los obispos de la cristiandad cordobesa, perseguidos por los emires, habían emigrado hacia el Norte y fundaron iglesias y monasterios de una arquitectura singular. En sus escritorios se miniaban códices maravillosos en que se exponían los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana, recordando la consoladora verdad de una iglesia siempre perseguida y siempre triunfante. El espíritu de resistencia permanecía solamente en Castilla.

Todavía en el año 1000, el conde Sancho I García, conde castellano pudo reunir un ejercito importante, con ayuda de leoneses y de navarros. La batalla se dio en el macizo montañoso de Peña Cervera, más allá de Clunia, y esta vez el caudillo invencible vio muy cerca la derrota. Su retaguardia sufrió algún contratiempo en el burgo de Catalañazor, en el camino de Medinaceli. En 1002, Ibn Amir, ya anciano, emprende una nueva expedición contra la Rioja.

Con ella superaba la cincuentena de expediciones triunfales. Penetró hasta Canales, incendió el santuario de San Millán de la Cogolla, patrono de Castilla. Al regreso enfermó y a duras penas consiguió llegar a Medinaceli donde murió el 10-VIII-1002. Durante muchos años permaneció el recuerdo del sentimiento de alegría y de alivio que aquella muerte produjo en la España cristiana.

Almanzor había asolado la España cristiana, pero a la vez le prestó, inconscientemente, un inmenso servicio: había destruido el califato, el Estado poderoso de los Omeyas, que hubiera constituido para la Reconquista un obstáculo mucho más fuerte que un poder personal que con su derrumbamiento redujo a escombros el Imperio unitario de los musulmanes españoles.

Los herederos de Almanzor

En estos años de intensa actividad militar contra los cristianos del norte, se exacerbaron las diferencias étnicas de al Andalus, provocando la ruina del califato de Córdoba en 1031 y la fragmentación de al Andalus en numerosos reinos de taifas. Almanzor mantuvo el poder de la familia y a su muerte le sucedió su primogénito

    1. Abd al Malik al Muzaffar, que continuó por algunos años la política guerrera de su padre. Muzaffar murió en 1008 y le sucedió en el ejercicio del poder su hermano
    2. Abderramán Sanchuelo, porque era nieto del rey Sancho III el Mayor de Navarra. Este mestizo degenerado del gran Ibn Amir era ambicioso, torpe y sensual. Intentó y consiguió lo que no había osado obtener su padre: el que Hisam le designase sucesor en el califato

Fracasado un ataque contra León, Abderramán Sanchuelo se retiró a Toledo donde se enteró de la revuelta que estaba latente desde la muerte de Almanzor.

Un príncipe omeya, biznieto de Abderramán III, Muhammad II, había logrado concertar a las muchedumbres obreras de Córdoba, fervientemente dinásticas, y consiguió apoderarse del palacio califal, en donde obtuvo la abdicación de Hisam II.

La revolución fue pronto incontenible. Zahira, el palacio de los Amiríes, resultó saqueado e incendiado, y Sanchuelo, alcanzado en el camino por las tropas de Muhammad, fue muerto en compañía de su feudatario, el conde de Carrión. El régimen Amirí desapareció en el año 1009. Los restos del hijo de Almanzor, sirvieron de sangriento trofeo junto a una de las puertas de palacio.

R.B.: BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.