Los Almohades en España

Historia de los almohades

Los Califas almohades

Abd al Mumin, 1145-1163
Abu Yaqub Yusuf I, 1163-1184
Abu Yusuf al Mansur, 1184-1199
Abu Abd Allah al Nasir, 1199-1213
Abu Yaqub Yusuf II, 1213-1224
Abd al Wahid al Majlu, 1224-1224
Abu Muhammad al Adil, 1224-1227
Yahya b. al Nasir, 1227-1229
Abu al Ula Idris al Mamun, 1227-1232
Abd al Wahid al Rasid, 1232-1242
Abu al Hasan Ali al Said, 1242-1248
Abu Hafs Umar, 1248-1266
Abu Dabbus al Watiq, 1266-1269

Historia de los almohades

Los almohades empezaron a relacionarse políticamente con la Península Ibérica desde 1145, año y medio antes más o menos de que acabaran con la dinastía almorávide en Marrakech, el 22-III-1147, aunque, parapetados en su núcleo fundamental del Atlas, en el lugar de Tinmal, desde 1124, llevaban casi medio siglo de ascendente historia magrebí a sus espaldas.

De nuevo se conjugó la llamada desde al Andalus con su propia fuerza expansiva, con la que englobaron desde casi el centro de la Península Ibérica hasta Tripolitania, reuniendo otra vez el occidente islámico, con algo menos de tierras andalusíes que los almorávides, pero con más extensión norteafricana, y sobre esas tierras superponiendo su estructura político-religiosa, mantenida por su ejército.

Con más cohesión doctrinal, intensificaron su alcance político con el título califal, y duraron algo más que los almorávides, casi siglo y medio en el Magreb, pues en 1268 los también beréberes pero zanatas, benimerines les arrebataron su capital de Marrakech, cuando ya tiempo atrás se les había desgajado el resto, independizándose los hafsíes en Túnez (desde 1229-1230) y los zayyaníes o Abd al-Wadíes en Tremecén (desde 1239).

En al Andalus los almohades habían acabado antes, desplazados por las terceras taifas, en levantamientos contra ellos señaladamente en Levante, desde 1228, y definitivamente, en lo que empezaba a ser el reino nazarí de Granada, desde 1232.

Los almohades iniciaron, pues, otro nuevo y trascendental periodo de intervención del Magreb en al Andalus, estableciendo un vasto imperio centralizado, y realizando así otra amplia unificación política (con sus secuelas de unificación económica, social y cultural, aunque todo ello en proceso variable) del occidente islámico, por segunda vez.

De nuevo abanderados en un conspicuo reformismo, reaccionando contra el malikismo de los almorávides, a quienes acusaban de heréticos, y dirigidos por su madhi, cuya ecléctica revolución doctrinal prendió en los beréberes masmuda, brazo armado fundamental en la implantación de este nuevo poder político, cuya base tribal evolucionó rápidamente hacia una dinastía, la Muminí, que se mantuvo estable hasta la primera mitad del s. XIII, en que empiezan las agitaciones dinásticas, para caer entonces vertiginosamente, al rápido compás con que se suceden los últimos califas, uno de los cuales incluso derogó el dogma almohade, paradoja final de aquella enorme construcción político-religiosa.R.B.: VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII.2 págs. 73-74.

El desmoronamiento almohade

En al Andalus, la primera mitad del s. XIII fue un periodo convulso, agitado y de crisis en el que se produjo un importante retroceso territorial frente a los reinos cristianos, especialmente Castilla.

Aunque el siglo comenzó de manera tranquila y estable con al Andalus integrado como provincia en el imperio almohade y con el poder de la dinastía norteafricana consolidado, a partir de la aparatosa derrota en la batalla de al-Iqab, —las Navas de Tolosa—, en 1212, se inició un progresivo debilitamiento y desestabilización del poder almohade con una serie de conflictos dinásticos que anularon prácticamente toda la resistencia al avance cristiano.

Aunque tal vez se ha exagerado la importancia y trascendencia de esta derrota del califa Abu Abdallah al Nasir ante la coalición cristiana formada por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, no cabe duda de que aceleró el proceso de decadencia del imperio, cuya desintegración ya se había iniciado. Una docena de años después, en 1224, se agravó la situación por las pugnas y conflictos sucesorios que se produjeron a la muerte —sin hijos— del califa Yusuf II al Mustansir el 6-I-1224.

En Marrakech fue proclamado, al día siguiente, al Majlu, tío abuelo del difunto, y que sería conocido como al Majlu (el Destronado), porque acabó siendo depuesto. Sin embargo, el sobrino del nuevo califa, al Adil, aprovechado el descontento que en al Andalus produjo esta proclamación, se sublevó en Murcia el martes 6-III-1224 y fue titulado califa con el sobrenombre honorífico de al Adil (el Justo).

Poco a poco y gracias al apoyo de los gobernadores de Córdoba, Málaga y Granada, hermanos suyos, logró que su autoridad se acatase en todo al Andalus excepto en un caso: el sayyid Abu Zaid (el Zeit abu Zeit o Aceyt Oboseyt de las crónicas cristianas), importante personaje, hermano de Abdállah al Bayyasi (el Baezano), y que gobernaba Valencia, Denia, Játiva, Alcira, se mantuvo fiel al califa de Marrakech, Abd al Wahid al Majlu.

Cuando este último fue asesinado en Marrakech. Abu Muhammad al Adil fue reconocido en la corte pero tuvo que permanecer en al Andalus para reprimir la sublevación del citado al-Bayyasi, el Baezano, al que había nombrado gobernador de Córdoba y que se hizo fuerte en Baeza en invierno de 1224. El rebelde, que extendió su poder por Córdoba, Jaén y Quesada, para fortalecer su posición pactó con Fernando III y se hizo su vasallo, con lo que los almohades no consiguieron reducirlo.

Para empeorar las cosas, los ataques cristianos se multiplicaron: Fernando III tomó Quesada en 1224 y algareó Murcia consiguiendo que el Zeit abu Zeit se declarase su vasallo en 1225; los leoneses hicieron lo propio en Sevilla. Ante esta situación y sin lograr someter al Baezano, e incluso temiendo una derrota frente a este, el califa decidió poner tierra y mar por medio y trasladarse al Magreb. Al frente de al Andalus quedó su hermano al Mamun, al que había nombrado meses atrás gobernador de Sevilla y que sí logró derrotar a al Bayyasi en marzo de 1226.

Poco después, el rebelde tuvo que huir de Córdoba ante las iras de los cordobeses, indignados porque ayudó a Fernando III a tomar Capilla, y acabó decapitado en Almodóvar, en cuyo castillo había intentado refugiarse. A continuación, Baeza pasó a manos cristianas definitivamente el 1-XII-1226 y sus habitantes se dispersaron por todo el al Andalus. El éxito militar frente a al Bayyasi quizá contribuyó a que al año siguiente Abu l-Ala se decidiera a proclamarse califa de Sevilla, el 15-IX-1227, con el título de al Mamun.

Sin embargo, solo una parte de al Andalus lo acató, aunque si lo hicieron destacados personajes, como Zeit Abu Zeit, señor de Valencia. Además, enseguida, en agosto de 1228, se inició el levantamiento andalusí encabezado por Ibn Hud de Murcia, que se proclamó Amir al-muslimin, Emir de los musulmanes, contra los almohades y sus partidarios. Para empeorar la situación, Fernando III desencadenó una ofensiva que solo detuvo a cambio del pago de una elevada suma.

Mientras, en el Magreb, la situación no era mucho mejor, pues el avance de los benimerines y las pugnas dinásticas seguían desestabilizando el poder. Así, a los veinte días de ser proclamado en Sevilla Abu al Ula Idris al Mamun en 1227, al Adil era asesinado en Marrakech por dos importantes tribus almohades que luego llevaron al trono a al Nasir, sobrino de al Mamun.

Este, tras detener a Fernando III, pudo por fin marchar en octubre de 1228 allende el Estrecho para ocupar la capital, Marrakech, después de desplazar a su sobrino.

Este paso significó de hecho la independencia y separación de al Andalus —ya en pleno y generalizado alzamiento contra los almohades— del imperio norteafricano, que también perdió ese mismo año, 1228, otra importante provincia, Ifriqiya, donde los Hafsíes instauraron su dinastía autónoma.

Posteriormente, en 1235, los Abd al-Wadíes o Zayyaníes del Magreb central hicieron los propio. Solo faltaba ya que los meriníes terminasen de suplantar al imperio agonizante en el Magreb occidental mediante un proceso que finalizó en 1268 con la toma de Marrakech.

La reunificación del occidente islámico que habían logrado los almohades acabó convirtiéndose en una fragmentación cuatripartita. Como se ve, el cuadro de este periodo casi se puede trazar siguiendo una línea de asesinatos y proclamaciones de califas. La decadencia política que surge tras la derrota de Las Navas de Tolosa en 1212 se plasma en la inestabilidad de la institución califal, que sufre abundantes y rápidas proclamaciones con los últimos soberanos.

Así, el derrotado califa Abu Abd Allah al Nasir es asesinado en 1213; su sucesor Yusuf II al Mustansir gobierna nominalmente hasta su muerte, quizás envenenado, en 1224; al no dejar hijos, se rompe la línea filial de sucesión y se abre la puerta a intrigas cortesanas, gracias a las que es proclamado al Majlu. Su sobrino al Adil no lo reconoce, se subleva en Murcia y consigue le apoyo de todo el al Andalus excepto la comarca de Valencia que sigue fiel al califa de Marrakech.

Sin embargo, este último será depuesto y estrangulado a los ocho meses de su nombramiento, lo que permitió el reconocimiento de Al-Adil en el Magreb. Este, al no conseguir acabar con la insurrección del señor de Baeza, al Bayyasi, se traslada al Magreb y deja en su lugar al que había nombrado gobernador de Sevilla, su hermano al Mamun.

Tres años después, en 1227, al Mamun se proclama califa y a los veinte días es asesinado en Marrakech Abu Muhammad al Adil, al que sucede al Nasir. Para combatirlo, al Mamun marcha al Magreb en 1228 y así acaba el poder almohade sobre al Andalus, al que deja sumido en dos graves problemas: el avance de las conquistas cristianas y el levantamiento de los andalusíes contra los almohades, levantamiento que acaba convirtiéndose en unas terceras taifas.

Las terceras taifas

Dado que una de las obligaciones esenciales del califa o el soberano musulmán es la defensa de las fronteras y de la integridad del territorio, cuando los almohades fracasan militarmente frente a los cristianos los súbditos andalusíes, que además tenían motivos económicos y fiscales y de rechazo al centralismo foráneo norteafricano para estar descontentos, se sublevaron en diversos puntos en una reacción antialmohade de carácter nacionalista.

El derrumbamiento del poder central provocó una nueva fragmentación de la unidad andalusí y dejó paso al surgimiento de poderes locales. Estos poderes, de diversa entidad y duración, fueron evolucionando hasta concentrarse en tres señores que ejercieron casi de forma simultánea: Ibn Hud (1128-1238), Zayyan b. Mardanis (1228-1238) e Ibn al Ahmar (1232-1237).

Una excepción que escapó a esta concentración tripartita fue la taifa de Niebla, último reducto del poder musulmán en el occidente de al Andalus, que mantuvo una trayectoria independiente y cuyo régulo Ibn Mahfuz, titulado emir del Algarve, se sublevó en 1234 y resistió los ataques que contra él lanzó el murciano Ibn Hud.

Aunque logró mantenerse bastante tiempo gracias a su estratégica situación geográfica y a la coyuntura política entre Portugal y Castilla, tuvo que declararse vasallo de Alfonso X de Castilla en 1253 y acabó rindiéndose en 1262 tras un asedio de nueve meses en el que colaboraron tropas nazaríes.

Ibn Hud de Murcia

El emir de Murcia, Ibn Hud, era descendiente, según Ibn al Jatib, de los régulos de la taifa de Zaragoza, los Banu Hud, y de un nieto de estos, el Zafadola Sayf al Dawla, el Sable del Estado) Ibn Hud (m. en 1146), que también se levantó durante las taifas post almorávides.

Sublevado en el valle del Ricote, tres meses después, el viernes 4-VIII-1228, fue proclamado en Murcia con el título de Emir de los musulmanes y reconoció al califa abbasí de Bagdad, cuyo estandarte negro había enarbolado desde el primer momento de su alzamiento.

Este reconocimiento le proporcionaba legitimación y una apariencia de ortodoxia, además de servirle para abanderar la lucha contra el califato almohade, a cuyos seguidores expulsó y exterminó en una persecución sanguinaria, pues descabezo el todos los almohades que pudo.

La reacción de los gobernantes almohades y de los señores andalusíes no tardaron en producirse. Los gobernadores almohades de Murcia y de Valencia intentaron reducirlo pero fueron derrotados y el propio califa al Mamun, aunque consiguió una victoria sobre el rebelde, no lo pudo someter y cuando en octubre de 1228 se trasladó al Magreb Ibn Hud ya no tenía dentro de al Andalus ningún poder central que le hiciera frente.

En esta situación , empiezan a reconocerlo como emir en 1229 muchas e importantes ciudades: Córdoba, Sevilla, Almería, Granada, Málaga. Solo se negaron a aceptarlo como emir Valencia, en donde Zayyan b. Mardanis se había proclamado pocos meses después que él y del que se hablará más adelante, y el extremo occidental andalusí, con el citado Ibn Mahfuz de Niebla, aparte de algún otro pequeño núcleo. Además, Ibn Hud llegó a conquistar Algeciras y Gibraltar y a ser temporalmente reconocido en Ceuta.

Sin embargo, a pesar de su posición como caudillo máximo de al Andalus y haberse impuesto a casi todos los demás señores musulmanes, no pudo detener el avance cristiano. Fue derrotado por Alfonso IX de León en 1230 en los campos de Alange, al sur de Mérida, y tras ello los leoneses tomaron la propia Mérida, Badajoz y la ribera septentrional del Guadiana.

También ese mismo año fueron derrotadas sus tropas cerca de Jerez. Además, la unificación de León y Castilla bajo Fernando III (rey de Castilla desde 1217) en 1230 permitió un fortalecimiento cristiano que resultaría decisivo para el futuro de Ibn Hud y de al Andalus. Así, dos años más tarde, el 25-I-1233, cayó Trujillo en manos cristianas tras el fracasado intento que Ibn Hud efectuó para socorrerla.

Todo ello y las diversas derrotas que sufrió ponían de manifiesto la incapacidad de Ibn Hud para defender el territorio, obligación fundamental de un emir musulmán, por lo que empezó a surgir el descontento y la desconfianza en la población. Así, Sevilla retiró su reconocimiento a Ibn Hud y nombró a un líder local, al Bayi. Todo ello preparaba el terreno para que aparecieran nuevos dirigentes. Así, aparece un nuevo emir, del que se hablará en extenso más adelante, que se proclama en Arjona en 1232, Muhammad b. Yusuf, conocido como Ibn al Ahmar.

Entre ese año y el siguiente consiguió ser reconocido por Jaén y Córdoba, además de ocupar Sevilla tras asesinar al citado dirigente local, al Bayi. Sin embargo, tanto Sevilla como Córdoba reaccionaron después y expulsaron a Ibn al Ahmar para volver a acatar a Ibn Hud. Mientras tanto, los cristianos no perdieron la ocasión de esta división y aprovecharon para sacar partido. Fernando III asedió Úbeda el 6-I-1233; tras resistir seis meses sin recibir auxilio exterior, la ciudad capituló en julio de ese año 1233.

Posteriormente, en 1235, el rey castellano prosiguió sus ataques, que Ibn Hud solo pudo contener pagándole 430.000 maravedíes mediante los que garantizaba la paz hasta mayo de 1238. Esta tregua no impidió, sin embargo, que se produjera una de las conquistas cristianas más trascendentales y que luego serviría de base para el avance posterior: Córdoba.

Pero no fue Fernando III el que proyectó el ataque y desencadenó el enfrentamiento puesto que la tregua con Ibn Hud seguía vigente, sino que fue iniciada con el asalto inducido y facilitado por cómplices cordobeses irritados con los gobernantes de la ciudad.

El asalto fue organizado por unos caballeros cristianos de la frontera. Éstos, tras apoderarse del arrabal oriental de la Axarquía, se vieron incapaces de concluir la empresa y hacer frente a la resistencia de la ciudad. Entonces pidieron ayuda al rey, que, rápidamente, tuvo que ponerse en marcha desde Benavente, en Zamora, para llegar a tiempo de culminar el asedio antes de que los nobles cristianos lo hicieran y recibir la capitulación de Córdoba el 29-VI-1236.

Y ello sin que Ibn Hud interviniera, a pesar de conocer el ataque, hallarse muy cerca —en Écija— y disponer de tropas más numerosas que las cristianas. Dos parece ser que fueron las razones por las que no acudió a socorrer a la ciudad: la información falseada que recibió sobre el gran número de tropas cristianas y el ataque de Jaime I sobre Valencia. Ante este ataque, Ibn Hud, suponiendo que Córdoba podía resistir, se retiró a Almería para dirigir sus barcos en socorro de Denia.

De esta manera el paso quedaba completamente expedito para la expansión cristiana y, así, gran parte de la campiña cordobesa y sevillana se entregaron o cayeron por la fuerza bajo el dominio de Castilla. Concretamente, en los tres años siguientes y en un proceso lógico tras la caída de Córdoba, capital emblemática, pasaron a manos cristianas Écija, Almodóvar, Estepa, Osuna, Baena, Zuheros, Luque, Porcuna, Morón y otros muchos lugares.

Los últimos días de Ibn Hud transcurrieron en Almería, mientras que progresivamente las ciudades iban desligándose del líder murciano, al que solo seguían reconociendo algunas zonas del Levante, como Murcia y Játiva. Además, el mayor rival de Ibn Hud, el fundador nazarí Ibn al Ahmar, se instaló en Granada en mayo de 1238. Mientras tanto, Ibn al Ramimi, lugarteniente en Almería de Ibn Hud, debió considerar la conveniencia de eliminar al decadente emir y así lo hizo ese mismo año.

Las fuentes árabes no atribuyen a motivos políticos el crimen sino a otros de diverso tipo, especialmente algunos que no eran , precisamente, políticos, pues en la historia aparece implicada una hermosa mujer, socorrida explicación para justificar algunas catástrofes históricas. Así, pues, según la versión más extendida el origen del conflicto estuvo en la posesión de una bella cautiva cristiana que pertenecía a Ibn Hud y de la que se enamoró Ibn al Ramimi. Por su parte, las fuentes cristianas señalan que murió víctima de un engaño tramado por Ibn al Ramimi.

Desintegración y nuevos reinos

La muerte de Ibn Hud no hizo más que acelerar el movimiento de disgregación que ya estaba en marcha con los nuevos señores o arráeces cada vez más pequeños y locales.

En Almería, Ibn al Ramimi se hizo con el poder, pero tuvo que huir a Túnez ante el ataque y avance por tierras almerienses de Ibn al Ahmar. Al mismo tiempo, Zayyan b. Mardanis, que había erigido su taifa en Valencia cuando en febrero de 1229 desplazó a Zeit Abu Zeit, gobernador almohade de la ciudad ya mencionado, apenas consiguió mantenerse un decenio en la capital valenciana.

El avance cristiano en esta región procedía del reino de Aragón, se puso en marcha bajo el impulso de Jaime I cuando este, una vez conquistada Mallorca, diseño una estrategia que, tras algunas actuaciones previas, empezó con el asedio y toma de Burriana, en Castellón, en 1233, y obligó a Zayyan b. Mardanis a capitular y entregar Valencia el 29-IX-1238, a pesar de la ayuda —armas y dinero— enviada vía marítima por el emir hafsí de Túnez Abu Zakariyya, que fue bloqueada por los cristianos antes de llegar a su destino.

Sin embargo, obtuvo del rey de Aragón una tregua de siete años que le permitió establecerse con la paz garantizada en Alcira y luego en Denia. Posteriormente, Zayyan entró en Murcia en abril de 1239 y asesinó a su gobernante, Aziz b. Jattab, quien había destronado al hijo de Ibn Hud.

Otros núcleos independientes que se desgajaron de Murcia bajo Zayyan (1239-1241), fueron Cartagena, Mula Lorca y, sobre todo, Orihuela, dirigida por Abu Yafar b. Isam, proclamado rais y fundador de un gobierno denominado visirato, la célebre Wizara Isamiyya, que mantuvo buenas relaciones con otro pequeño reino independiente, Menorca, sede, además de una destacada corte literaria que surgió a partir de la conquista de Mallorca en 1229 por Jaime I de Aragón.

El final de la taifa de Murcia se precipitó rápidamente: Zayyan b. Mardanis fue derrocado a los dos años, y sustituido por un tío de Ibn Hud, Muhammad b. Hud, titulado Baha al Dawla que tras dos años de gobierno más nominal que efectivo no pudo mantenerse ante las tres grandes potencias del momento —Castilla, Aragón y Granada— y pactó en 1243 con Castilla una especie de protectorado por el que entregaba algunas comarcas y rentas a cambio de defensa militar.

No firmaron el pacto los enclaves independientes del régulo murciano, Cartagena, Mula y Lorca, y fueron conquistadas en 1244-1245, mientras que Orihuela se retiró después de haberlo firmado.

El asentamiento de tropas castellanas en la región creó tensiones que aprovechó el primer emir nazarí para reforzar sus argumentos que incitaban a la rebelión y, así, se produce el alzamiento de los mudéjares en Andalucía y Murcia. En Murcia duró la revuelta desde mayo-junio de 1264 a principios de 1266, fecha en la que los castellanos asumen plenamente el poder político en la región.

El resto de ciudades y comarcas andalusíes, sin el amparo y protección de un poder fuerte y tras la incapacidad de Ibn Hud para fraguar su proyecto de unidad andalusí, tuvieron que rendirse al avance cristiano. Además, no podía ser de otra manera, pues la unificación de León y Castilla en 1230 permitió a los cristianos dedicarse plenamente a la guerra contra los musulmanes. Fernando III, rey de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, pudo en su largo reinado, que duró hasta 1252, dirigir ese proceso de Reconquista que le llevó a arrebatar a los musulmanes las zonas centrales de al Andalus.

Así, pasaron a poder cristiano Córdoba, cuya conquista en 1236 se ha comentado anteriormente, Jaén en 1246, que se estudiará más adelante, y Sevilla en noviembre de 1248.

En el Levante iba ocurriendo lo mismo y la parte del pastel que en el reparto acordado y organizado en diversos tratados (Tudillén 1151, Cazola 1179, Almizra 1244) correspondía a Aragón, fue ocupándola Jaime I desde Burriana (1233) a Valencia (1238); la zona situada al sur del río Júcar se conquistó entre 1239 y 1245, Mallorca estaba ya en manos aragonesas desde 1229 y Menorca se había sometido a vasallaje en 1231.

En la región más occidental de la Península, Portugal, también aprovechaba la situación para extender, a la vez que León, hacia el sur sus territorios mediante la conquista de diversos puntos del Algarve: Alcacer do Sal (1217), Elvas (1226), Serpa (1235), Mértola (1249), Santa María del Algarve (Faro) (1249), etc.

Solo iban quedando enclaves aislados que fueron cayendo en manos de los cristianos en esas décadas, o sobreviviendo algunos años más en una difícil situación de vasallaje que solo permitía una prestada y efímera independencia hasta la toma de posesión cristiana, como ocurrió con Niebla (1262), Murcia (1266) o Menorca (1287).

En menos de treinta años, los cristianos se habían apoderado de las tres cuartas partes del territorio andalusí de época almohade. Finalmente, solo subsistía un reino islámico en la Península, la Granada nasrí, que, además, iba a desarrollar una vida independiente dos siglos y medio más.

Nuevos reinos en el N. de África

El cuadro histórico del s. XIII surgido del desmoronamiento del imperio almohade no quedaría completo sin una mirada al otro lado del Estrecho, donde se encuentra la mayor parte de los territorios de este imperio y en donde su desmembramiento también tuvo importantes consecuencias inmediatas y futuras para el reino nazarí.

De hecho, las relaciones entre el reino nasrí y el norte de África serían sumamente intensas cuantitativa y cualitativamente y las dos riberas de la udwa estarán unidas por un constante tráfico comercial, humano y científico basado en la red de puertos de una y otra orilla.

A la fragmentación política de la Península en las terceras taifas se sumó el fraccionamiento del Magreb en tres reinos independientes. El primero que se desligó del poder central fue el gobernador de Ifriqiya en 1229; en 1236 se proclamó totalmente independiente y se pronunció su nombre en el sermón de la oración del viernes: surge así la dinastía hafsí.

En 1235 la tribu beréber zanata —los almohades eran beréberes Masmuda— de los Banu Abd al Wad, bajo la dirección de Yagmusaran b. Zayyan (1235-1283), se hizo autónoma en Tremecén y la región circundante que tenía bajo su autoridad por delegación del gobierno almohade.

Otra tribu beréber cenete, emparentada con la anterior, los Banu Marin o benimerines, se apoderó de Fez en 1248 y estableció su poder que se desarrolló rápidamente y que veinte años después, con la conquista de Marrakech, la capital almohade, en 1268, asestó el golpe definitivo a la dinastía. Los tres estados tendrán una vida muy relacionada e interdependiente, con intereses comunes de expansión en la zona y al misma aspiración: el dominio de todo el Magreb para erigirse en sucesores del imperio almohade.

También comparten un enemigo —y amigo, según el momento— común: los cristianos. Ninguno de los tres conseguirá su objetivo de unificar el Magreb bajo su dominio, pues, además de no tener suficiente fuerza y apoyo por separado, se obstaculizaban mutuamente el avance.

Otro factor importante en la época es el progresivo avance de los cristianos de la Península Ibérica, que, además de conquistar los territorios andalusíes, comienzan una política expansionista en el Magreb y entablan relaciones diplomáticas con los distintos reinos de la región, hasta el punto de firmarse pactos y alianzas entre cristianos peninsulares y musulmanes norteafricanos.

Por lo que respecta a los Hafsíes de Ifriqiya, su dinastía se extendió de 1229 a 1574 y tuvo veinticinco soberanos. Los más importantes fueron Abu Zakariyya (1228-1249), el fundador del reino, y su hijo al Mustansir (1249-1277), que consolidó el Estado y adoptó el título de califa. Tras él se abrió un periodo de rebeliones y ruptura de la unidad nacional que facilitó la conquista del país por los meriníes en dos ocasiones; en 1347-1348 y en 1353-1358.

La restauración del poder hafsí vino de la mano de Abu l-Abbas (1370-1394), que unificó el país tras someter las distintas rebeliones y puso las bases de un Estado nuevo y floreciente que se desarrolló a lo largo del s. XV, mientras los reinos vecinos, meriníes y Zayyaníes declinaban.

Los Abd al Wadíes, también llamados Zayyaníes por el nombre de su primer dirigente, Yagmurasan b. Zayyan (1235-1283), dominaron el Magreb central y tuvieron por capital Tremecén durante más de tres siglos: de 1236 a 1554.

Aunque empezaron con un rey que superó las dos primeras dificultades del nuevo Estado, las rivalidades tribales de los beréberes y la lucha con los meriníes, no alcanzaron nunca una situación política fuerte y sólida, hasta el punto de caer dos veces en manos de los meriníes (1137-1348 y 1352-1359) que, en general, fueron una constante amenaza para los Zayyaníes a lo largo de toda su historia.

Igualmente, por su flanco oriental, los hafsíes también intervinieron cuando les fue posible, de manera que a partir de 1389 el reino vivió siempre como vasallo de Fez o Túnez. Los benimerines o meriníes eran una confederación tribal zanata de los Banu Marin que frente a los Masmuda almohades fue fortaleciéndose y consolidando su posición hasta que en 1248 uno de sus jefes, Abu Yahya (1244-1258), tomó Fez.

A partir de esta ciudad se desarrolló del avance y conquista de los restos del imperio almohade hasta culminar con la toma de su capital Marrakech, en 1268 por Abu Yusuf (1258-1286). Se comenzaba a realizar así el sueño de los benimerines: suceder a los almohades en su imperio, sueño que jamás llegó a realizarse, pues a pesar de sus esfuerzos militares y diplomáticos no consiguieron nunca reagrupar los estados del Magreb, dividido ya para siempre en tres estados, ni extender su dominio a lo que quedaba de al Andalus.

No obstante, el crecimiento en esta primera etapa fue considerable: se realizaron dos expediciones a al Andalus, en 1275 y en 1277, y se fundó Fez al Yadid. La situación se mantuvo con dificultades —rebeliones internas— durante el reinado de Abu Yaqub (1286-1307) y empezó a declinar tras él hasta que uno de los principales, si no el principal sultán de la dinastía, Abu l-Hasan (1331-1351), marcó el momento más pujante de los benimerines, junto con el periodo de su hijo y sucesor Abu Inan (1348-1358).

El país vivió entonces un momento tan boyante que se permitió dedicar sus fuerzas a la expansión. Se llevaron a cabo expediciones en al Andalus, aunque no con un éxito absoluto, se conquistó Tremecén en 1337 y 1352 y Túnez en 1347 y 1357, se realizaron las más importantes construcciones de la dinastía, como mezquitas en Fez y Mansura, numerosas madrasas, restauración del hospital de Fez, etc.

Posteriormente, la anarquía y debilidad de los soberanos propició el dominio en la corte y el gobierno de la familia wattasí a partir de 1420, situación que desembocó en la suplantación de los meriníes en 1465 por la mencionada familia que estableció la dinastía de su nombre los Wattasíes.

Dinastía de escasa relevancia política, tuvo que enfrentarse a graves problemas interiores (la descomposición del país por los movimientos de independencia locales y de las cofradías religiosas) y exteriores (los ataques marítimos portugueses y castellanos).

De los tres reinos, sin duda el más importante para al Andalus fue el del Magreb occidental meriní. Durante los siglos XIII y XIV los Banu Marin intervinieron políticamente en el emirato nazarí, si bien no se trató de una invasión u ocupación total como las dos dinastías, también beréberes, anteriores de los Almorávides y Almohades.

La de los zanata es una ocupación mucho más reducida en el tiempo y el espacio que la de los sinhaya almorávides y Masmuda almohades, pues solo ocuparon tres ciudades importantes: Algeciras, Gibraltar y Ronda.

Sin embargo, tuvo un considerable efecto moral y retrasó el avance castellano, pues ya desde finales del s. XIII los sultanes benimerines pasaron personalmente a al Andalus en cinco ocasiones y, durante la primera mitad del XIV, participaron intensamente en la lucha por la hegemonía del estrecho de Gibraltar; por ejemplo, en 1333 los meriníes volvieron a ocupar Gibraltar, en poder de los castellanos.

La derrota meriní en esta lucha, en 1340, en la batalla del Salado, junto a los nazaríes, provocó la salida de las tres plazas que ocupaban y su retorno a Fez para centrar su política exterior en Abd al Wadíes y Hafsíes.

Por otra parte, hay que señalar que la ocupación que de algunas plazas que los meriníes efectuaron la realizaban como aliados de los nazaríes, en principio, aunque el entendimiento y la armonía de intereses no siempre fuera total y los recelos de los sultanes granadinos respecto al poder benimerín provocara la ruptura esporádica de la colaboración. Sigue latiendo, en el fondo, el sentimiento de andalusidad en contra del beréber norteafricano.

Así, la excesiva injerencia de los benimerines en los asuntos internos de los nasríes provocó, que, en cierto momento, estos se volviesen nuevamente hacia los cristianos y buscasen la alianza con los Zayyaníes de Tremecén. La ruptura entre los nasríes y los meriníes fue definitiva en 1372, cuando Muhammad V estableció relaciones cordiales con Tremecén y Túnez y ocupó Gibraltar, último enclave meriní de al Andalus.

R.B.: VIDAL CASTRO, Francisco, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 2000, Tomo VIII.3 págs. 59-67.