Los Hammudíes en España

Historia de los hammudíes

Los Califas hammudíes

Ali al Nasir b. Hammud, 1016-1018
Qasim b. Hammud, 1018-1023
Yahya b. Ali al Mutali, 1025-1035
Idris [I] b. Ali b. Hammud, 1035-1039
Yahya II b. Idris al Qaim, 1039-1040
Hasan b. Yahya I, 1040-1042
Ibn Hammud Abu l´Ula Idris [II], 1042-1047
Muhammad b. Idris b. Ali, 1047-1053
Idris III b. Yahya b. Idris, 1053-1053
Muhammad II b. Idris II, 1053-1055
Yahya III b. Idris al Mahdi, 1053-58

Historia de los hammudíes

Todavía en la segunda decena del s. XI parece pujante la tendencia, que poco a poco se apagó, de que los opuestos grupos y distintas taifas debían justificarse reconociendo a un califa propio.

Así hizo el eslavo Muyahid, deseando afianzar su autonomía en Denia, donde proclamó a un oscuro príncipe omeya, llegado en su niñez a al Andalus desde Egipto, Abdallah al Muayti; contra esta proclamación que duró poco más de un año, desde diciembre de 1014 hasta que Muyahid desterró a su califa al Magreb, reaccionaron los otros eslavos y especialmente Jayran, entonces ya señor de Almería, y que aún buscó una ilusoria restauración de Hisam II en Córdoba, posiblemente fallecido en 1013 y ahora, tres años después, por primera y no única vez, resucitado.

Tales pretensiones de Jayran y otros eslavos se unieron con los intereses de Ali b. Hammud, quien, a pesar de haber sido favorecido en 1013 por el entonces califa de Córdoba Mustain con el gobierno de Ceuta, se alzó allí, cruzó el Estrecho al comenzar el año 1016 y marchó contra Córdoba, donde entró el 1 de julio, apoyado por los eslavos afectos a Jayran y por algunos beréberes, incluso por los ziríes ya granadinos.

Al Mustain fue asesinado, de Hisam II —se dijo entonces— no halló Ali b. Hammud sino el cadáver, y se hizo proclamar califa a su vez. Con esto una nueva dinastía, la Hammudí, sustituyó a la omeya. Los hammudíes se decían descendientes de los Idrisíes, fundadores de un reino en Fez en el s. VIII, y que procedían de Alí, yerno del profeta Mahoma, aunque ya siglos después se hallaban muy berberizados y habían entrado en la órbita de la intervención omeya en el norte de África.

Todas las regiones de al Andalus reconocieron en principio a Ali b. Hammud, que adoptó el título insigne de al Nasir, menos Muyahid de Denia, y tampoco Jayran, que volvió al Levante y en Játiva alzó el 10-IV-1018, a un bisnieto de Abderramán III, llamado también Abderramán, a quien se le asigna el ordinal IV, y que tomó el título de al Murtada.

A su partido se unió Mundir I, de Zaragoza, y una especie de coalición andalusí-eslava, con Valencia, Tortosa y Alpuente, pareció funcionar frente al predominio beréber de Córdoba y Granada. En la lucha contra los Ziríes pereció al Murtada, poco después, abandonado por sus partidarios, Jayran y Mundir.

Ali b. Hammud fue asesinado por sus propios criados en Córdoba, el 21-III o el 17-IV-1018. Le sucedió su hermano al Qasim, hasta entonces gobernador de Sevilla, que procuró conciliarse a los eslavos levantinos, y especialmente a Zuhayr, más de nada le sirvió, antes bien los beréberes se inclinaron de forma mayoritaria por reconocer en su lugar a su sobrino Yahya, quien desde 1019 parece haberse instalado en Málaga, pretendiendo el califato, que logró el 12-VIII-1021, aunque solo dieciocho meses pudo mantenerse en Córdoba, adonde tornó al Qasim, también por poco tiempo, porque los cordobeses se libraron de los dos Hammudíes al finalizar octubre de 1023, y volvieron a entronizar a los omeyas en la persona de Abderramán V al Mustazir, 17-I-1024, sustituido por otro omeya, Muhammad III al Muktafi, expulsado seis meses después.

Entretanto, también Sevilla se declaró independiente, a finales de 1023, y ya no quiso tener nada que ver con los pretendientes al califato de Córdoba. Todavía en Córdoba se produjo una última y breve restauración hammudí, y Yahya al Mutali ocupó allí el califato durante 1025, antes de partir definitivamente hacia su más seguro enclave de Málaga, en II-III-1026. En Málaga y Algeciras se concentró desde entonces el poder hammudí, para ser —pese a los grandes títulos que aún conservaron— una taifa más.

Los Hammudíes fueron alejados definitivamente de Córdoba por los eslavos, cuyos líderes, Jayran de Almería, y Muyahid de Denia, se presentaron allí aún, a intervenir en la apagada metrópolis, pero Jayran solo permaneció un mes, más o menos, hasta los últimos días de 19-VI-1026, y poco después partió también Muyahid de Denia, quedando los cordobeses desorganizados y muy asustados por si volvían los beréberes, mientras procuraban encontrar a un candidato que despertara alguna adhesión más general, para lo cual incluso despacharon embajadas a los señores de distintos territorios, decidiendo al cabo proclamar a Hisam b. Muhammad b. Abd al Malik, ya que los beréberes habían matado a su hermano [al Murtada] y que sentía contra estos la misma [animadversión] que los cordobeses.

Este Hisam, tercer califa omeya de este nombre en Córdoba, titulado al Mutadd, se encontraba en Alpuente cuando fue proclamado, el domingo 5-VI-1027, y allí se quedó durante más de dos años y medio hasta que al cabo entró en su capital, causando desde el principio una pobre impresión, signo de la decadencia de su Casa; sus actos de gobierno manifestaron gran torpeza, y fue depuesto por sus súbditos el martes 12-XI-1031, después de que aún se alzara pretendiendo su lugar otro príncipe omeya, tataranieto de Abderramán III, llamado Umayya; pero la hora de esta dinastía había llegado a su fin, como se manifiesta en la solemne pluma del cronista Ibn Hayyan, cuyo relato emociona precisamente por la desesperada impasibilidad con que traza los últimos pasos —oficiales— de una época, en realidad clausurada ya antes por su destino fatal.

Luego todos de acuerdo destronaron a Hisam y abolieron el califato de una vez, porque no había otra alternativa, y expulsaron a los omeyas marwaníes. La ciudad entonces otorgó autoridad a los visires... Los cordobeses hicieron llegar a Hisam III al Mu´tadd y a Umayya un comunicado de que ninguno de ellos siguiera en el alcázar ni tampoco en Córdoba, pues por decisión unánime habían destronado a todos los omeyas...
Los visires y la gente pasaron la noche en la Aljama, y decidieron terminar con el asunto de Hisam III, siendo llevado al castillo de Ibn al Saraf, y sin retirarle del cargo con un destronamiento oficial, ni testificar que era incapaz de desempeñar el califato, y sin que la comunidad de retirara el juramento de fidelidad que les obligaba, según lo establecido, y que Dios hizo que descuidaran, en parte por indiferencia y en parte por olvido...
Se pregonó por los zocos y arrabales que no quedara en Córdoba ningún omeya y que nadie les diera cobijo... A partir de ese momento, la guerra civil fitna se hizo más amplia y más profunda. Cada uno saltó sobre el poder en su lugar, y los arráeces y señores levantiscos de al Andalus fueron dueños absolutos del territorio y de los castillos que tenían a su alcance, ambicionando cada uno de ellos lo de los demás.

Córdoba, que se había quedado sola, aferrada al califato como poder central, abolido este, se convirtió en una taifa más, y desde entonces no solo de hecho, sino también de derecho, más de treinta Estados autónomos convivieron en al Andalus, sometidos a diversas reunificaciones parciales y a nuevas fragmentaciones, más o menos localizado o esporádicos, hasta que los almorávides, desde 1090, emprendan la tarea de reconstruir el al Andalus un Estado unificado.R.B.: VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I págs. 35-37.

Ali al Nasir b. Hammud

Biografía

Abu l-Hasan Ali b. Ammud b. Maymun b. ammud b. Ali b. Ubayd Allah b. Idris b. Idris b. Abdállah b. Hasan b. al Hasan b. Ali b. Abi Talib, al Nasir li-Din Allah (el que defiende victoriosamente la religión de Dios), Mutawakkil al Allah (El que se pone en manos de dios).

Nació en el actual norte de Marruecos en 964 y murió en Córdoba el 22-III-1018. Primer califa hammudí (1016-1018) y, por tanto, hasimí de córdoba, descendiente de Ali b. Abi Talib y de Fátima, hija del Profeta. Según Idari, siguiendo a Ibn Hayyan, su califato no duró más que una año, nueve meses y nueve días.

Su padre Hammud b. Maymun fue un notable de la zona de Arcila, de una preclara familia árabe fuertemente berberizada. Su madre se llamaba Bayda (Blanca) al Quraysiyya, hija del tío paterno de su esposo. La familia empezó a adquirir relieve de nuevo con Ali b. Hammud. Este cuando se enteró que el califa Muhammad II al Mahi había sido depuesto, fue con su gente a Ceuta y tomó posesión de la ciudad diciendo que el nuevo califa Sulayman al Mustain le había concedido su gobierno.

Efectivamente, Sulayman concedió el gobierno de las plazas andalusíes de Ceuta a Ali b. Hammud, y Algeciras, Tánger y Arcila a su hermano mayor al Qasim, adheridos hacía tiempo al partido beréber que sostenía al nuevo califa. Hay que tener en cuenta que en los albores del s. XI los hammudíes aparecen ya establecidos en al Andalus. Ibn Hayyan cuenta que cuando las milicias de Sulayman al Mustain asaltaron Medinat al Zahra el 4-XI-1010, el califa situó en Sequnda a los caídies alawíes con sus zanata, Ali y Qasim hijos de Hammud, sin pensar que depositaba las llaves del Estrecho en manos que no le eran adictas.

La decisión del califa sorprendió a los notable bereberes que lo habían elevado al trono, los cuales le reprocharon este acto que estimaban contrario a los intereses del soberano. Los alawíes no habían renunciado a sus pretensiones al califato y el buen criterio político aconsejaba relegarlos a un segundo plano. Abdállah al Birzali, que dominaba la comarca de Jaén increpó al califa diciéndole ¿Acaso los alawíes no son talibíes?, y siendo la respuesta afirmativa, le replicó: Has dado eso a unas culebras y los has vuelto gruesas serpientes.

Dado el desgobierno y el reparto de al Andalus efectuado por Sulayman al Mustain para pagar tropas por territorios, Ali b. Hammud se comportó como soberano independiente, con razón o sin ella pasaba por haber recibido el testamento de Hisam II, que había designado a Ali como su auténtico sucesor, dada la nobleza de su origen. Ali b. Hammud fue el fundador de la nueva dinastía de los hammudíes, califas de Córdoba. No era difícil en la situación de Córdoba, como en la de Roma de los últimos césares, apoderarse del gobierno con el apoyo de una facción cualquiera, pero casi imposible sostenerse en el poder.

Pronto el hammudí se deshizo de los notables ceutíes leales al califa al Mustain, entre ellos el caíd de la ciudad y un reputado Alfaquí que serían asesinados por su orden en el año 1014. Después de tener el poder asegurado en Ceuta resolvió hacerse con el poder en el califato; lo primero que conquista es la ciudad de Málaga, que se convirtió en la base de operaciones de Ali b. Hammud, junto con Algeciras. Enseguida recibió el apoyo de los eslavos amiríes del Levante de al Andalus y la neutralidad de los bereberes ziríes de Granada.

En 1016 atravesó el Estrecho y se aposentó en Málaga, en manos del gobernador Ibn Fatuh, leal a su causa. Desde allí se dirigió a Almuñecar, donde se le unió Jayran, eslavo amirí, régulo de Almería, —rencoroso de Muyahid, señor de Denia que nombró en Levante a un omeya, Abdállah al Munaytí califa durante cinco meses—, y tomó el camino de Córdoba. Su hermano al Qasim quedaba en la retaguardia aposentado en Algeciras, en caso de fracasar el proyecto.

Sulayman al Mustain fue derrotado y hecho prisionero con suma facilidad en las cercanías de la capital por las fuerzas de Ali; ya que por lo general los mercenarios bereberes hicieron causa común con el aspirante al trono al que consideraban uno de ellos.

Una vez en Córdoba, en la que entró el 22-VII-1016, lo primero que hizo fue exigir que se le entregase a Hisam II vivo o muerto, pues aunque sabía que había sido asesinado, quería legitimar así su ascensión al trono. Desenterrado el cadáver de Hisam II e identificado se le volvió a sepultar, y el propio Ali b. Hammud mató al depuesto Sulayman al Mustain con su propia mano. Según el historiador Ibn Jatib, diciendo en árabe berberizado: El sultán no debe de ser matado sino por el sultán, ordenando acto seguido que el hermano de Sulayman y su anciano padre fueran suprimidos.

Al día siguiente, 2-VII-1016, fue proclamado califa como legítimo sucesor de Hisam II, siendo jurado por sus partidarios y notables cordobeses en Bab al Sudda, una de las puertas del alcázar califal, adoptando el nombre honorífico que otrora había llevado Abderramán III: al Nasir li Din Allah, así como aquel otro de Mutawakkil al Allah. Por primera vez desde la reinstauración de la dinastía Omeya en al Andalus, ocupaba el trono un soberano no marwaní.

Durante los primeros ocho meses de su reinado se aseguró la estima de sus administrados aplicando rigurosamente la ley entre los bereberes, hasta el punto de mandar ejecutar a un beréber por coger un ramo de unas de una parra ajena. Pero le sirvió de poco la estricta aplicación de la saria, los cordobeses empezaron a murmurar contra él considerándolo un usurpador extranjero y manifestando abiertamente simpatía por el pretendiente omeya al Murtada, o sea Abderramán IV b. Muhammad b. Abdállah b. al Nasir, suscitado en el Levante de al Andalus por el eslavo Jayran, señor de Almería, y el Tuyibí Mundir al Mansur de Zaragoza, proclamándolo califa el 10-IV-1018.

Entonces Ali b. Hammud trocó su benevolencia por las gentes de Córdoba en terror, haciendo que los zanata recuperaran su inmunidad y sus privilegios, y sometiendo a la población a toda clase de impuestos, declarando a los notables cordobeses responsables de la menor agitación de la plebe.

Los cordobeses esperaban la llegada de al Murtada para levantarse contra el tirano, quien resuelto a acabar con el opositor omeya, anunció su propósito de dirigirse a tierras jienenses para atacarlo. No pudo realizar su proyecto, sin embargo, tres eslavos domésticos del alcázar (Munyib, Labib al Fatà y Ayib) resolvieron acabar con Ali b. Hammud en el baño real por su propia iniciativa. Le arrojaron a la cabeza un pesado cubo de cobre y lo apuñalaron, evadiéndose sin más del alcázar. Fueron sus mujeres inquietas por su tardanza, las que descubrieron su cadáver nadando en un charco de sangre.

Sus partidarios entonces —por más que el califa asesinado hubiera designado previamente como sucesor a su hijo Yahya, que se hallaba en Ceuta—, avisaron a su hermano que estaba de gobernador en Sevilla.

Este temió que fuera un ardid contra él y envió a quien examinara y verificara la veracidad de los hechos; solo entonces Qasim b. Hammud se desplazó a Córdoba, sacaron el cuerpo de su hermano, hizo los rezos preceptivos por él y envió su féretro a la ciudad de Ceuta, donde fueron enterrados. Dos de los asesinos parece que fueron hallados y crucificados en el puente de Córdoba. Los bereberes se apresuraron a proclamar califa a Qasim b. Hammud tres días después de la muerte de su hermano o sea, el 22-III-1018.R.B.: MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol II, págs. 812-814.

Qasim b. Hammud

Biografía

Al Qasim b. Hammud al Mamun. Segundo califa hammudí de Córdoba (1018-1021, 1023). Hermano y sucesor de Ali b. Hammud (1016-1018). Sulayman al Mustain (1009, 1013-1016) le había concedido el gobierno de los presidios de Algeciras, Tánger y Arcila; cuando su hermano primogénito, Ali b. Hammud, a su vez gobernador de Ceuta, derrocó y asesinó a Sulayman, al Qasim accedió a la gobernación de Sevilla. Tras el asesinato de Ali b. Hammud (III-1918), fue llamado a Córdoba por la soldadesca beréber, donde llegó seis días después y se proclamó califa con el título honorífico de al Mamun.

A pesar de sus benévolas primeras medidas de gobierno, y del fracaso del pretendiente omeya al trono, Abderramán IV, proclamado califa en Játiva (Valencia) en abril de 1018, y abandonado a su suerte por sus aliados en Guadix (Granada), la tensa situación social y política del califato —en lo que influyó quizá la convicción de que profesaba el chiísmo en la intimidad— le llevó a recurrir al apoyo de mercenarios negros, que reclutó en el N. de África y que utilizó como guardia de corps, así como de jefes eslavos.

La postergación de los beréberes incitó a estos a ofrecer su apoyo a sus dos de sus sobrinos, Yahya e Idris, hijos de Ali b. Hammud, gobernadores de Tánger y Málaga, respectivamente. Yahya tomó la decisión de intervenir; poco antes de su entrada en Córdoba, al Qasim se refugió en Sevilla (VII-1021), donde sus habitantes lo proclamaron amir al muminin (príncipe de los creyentes), mientras Yahya se intitulaba califa.

No obstante, Yahya pasó por las mismas dificultades internas que su predecesor, y se vio obligado a refugiarse en Málaga, circunstancia que al Qasim aprovechó para regresar al trono califal (II-1023). Meses después, una nueva insurrección ciudadana, que al Qasim se vio impotente para frenar, provocó una nueva huída del hammudí (IX-1023), esta vez a Jerez de la Frontera. Yahya, enterado del asunto, sitió la ciudad gaditana, prendió a al Qasim y lo encarceló, junto a dos de sus hijos, en Málaga, donde pocos años después lo asesinó.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVIII pág. 8494.

Yahya b. Ali b. Hammud

Biografía

Yahya b. Ali b. Hammud al Mutali Bi-llah. ?, s.m. s. X-Carmona (Sevilla), 11-XI-1035) Tercer califa hammudí de Córdoba (1025-1035) y soberano de la taifa de Málaga. Yahya b. Ali b. Hammud, cuya relación de paternidad (kunya) era Abu Zakariya, fue el tercer soberano de la dinastía hammudí, que durante cierto tiempo detentó el título califal en Córdoba y, además, ejerció el gobierno de Málaga, Algeciras, Ceuta y otras ciudades del norte de África.

Yahya era el hijo primogénito de Ali b. Hammud, señor de Málaga y primer soberano de la dinastía, quien se proclamó califa en Córdoba en 1016, suponiendo la destitución del linaje omeya por el Hammudí. Al trasladarse desde Ceuta hasta Córdoba, Ali b. Hammud tomó Málaga y Algeciras, que serían sedes principales del linaje en la Península. En vida de su padre, Yahya ejerció el gobierno de Ceuta, mientras a su hermano Idris le correspondía el de la ciudad de Málaga y al tío paterno de ambos, Qaim b. Hammud, se le confió el de Sevilla.

Tras la destitución y asesinato de Ali b. Hammud en Córdoba en 1018, la sucesión al frente del califato debía haber recaído en su primogénito Yahya, quien había sido designado previamente heredero al trono y, en ese momento se encontraba en Ceuta. Sin embargo, los beréberes proclamaron en Córdoba a al Qaim, hermano mayor del asesinado Califa y, por lo tanto, tío del heredero legal. Yahya adoptó una actitud no beligerante ante la proclamación de su tío y se limitó a trasladarse a Málaga, enviando a su hermano menor Idris a Ceuta. Como contrapartida a esta actitud, el califa al Qaim nombró su heredero al propio Yahya y le dio como esposa a su hija Fátima.

Pero la apariencia de buenas relaciones entre tío y sobrino se rompió muy pronto, ya que, como afirman las fuentes, Yahya conspiraba en secreto contra el califa. De esta forma, cuando llegó a sentirse suficientemente fuerte, se proclamó en rebeldía contra al Qaim en Málaga en 1021, dirigiéndose a continuación sobre Córdoba con la intención de tomarla. El califa rehuyó el enfrentamiento y optó por la huida, refugiándose en Sevilla.

Ello permitió a Yahya apoderarse sin dificultad de Córdoba, donde logró al fin ser proclamado califa el 13-VIII-1021, solo nueve días después de la partida de su tío al Qaim adoptando el sobrenombre de al Mutali bi-llah. se abre de esta forma, la segunda fase de actuación de Yahya, como titular del califato de Córdoba.

Pero el tercer hammudí no permaneció mucho tiempo al frente de la comunidad de creyentes. Su apoyo decidido a los andalusíes irritó a los señores beréberes que lo habían apoyado en su proclamación, de forma que un año y medio después de la misma, el 7-II-1023 abandonó la capital de al Andalus y se dirigió a Málaga donde se inicia su tercera y última fase, como soberano de la taifa malagueña.

Ello fue inmediatamente aprovechado por su tío al Qaim, hasta entonces refugiado en Sevilla y que seguía manteniendo su dignidad califal, para regresar a Córdoba, donde entró cuatro días después de la partida de su sobrino Yahya. Pero la relación entre ambos personajes aún no había terminado: el 2-XII-1023, al Qaim fue de nuevo expulsado de Córdoba, buscando refugio en Sevilla, donde no fue acogido, y luego en Jerez, ciudad donde fue capturado por Yahya, quien lo llevó a Málaga, donde permaneció prisionero hasta su asesinato por orden de Idris, hermano y sucesor de Yahya.

La tercera y última fase política de Yahya b. Hammud transcurre en su ciudad, Málaga, donde llegó a construir una de las taifas más importantes de su época, debiendo ser considerado, por lo tanto, entre los soberanos más poderosos de al Andalus. Tras abandonar Córdoba, Yahya perdió todo el interés por el dominio de la capital omeya y se centró en sus tierras malagueñas, mucho más poderoso que la antigua sede del califato. No obstante, cuando el califa Muktafi la abandonó, Yahya se apoderó de ella en 1025, si bien regresó a sus dominios de Málaga, dejando al frente de Córdoba como gobernador a Abu Yafar b. Musa.

De esta forma, Córdoba pasaba a ser dominada por Málaga, como uno más de los territorios de la taifa hammudí, si bien por poco tiempo, ya que el gobernador nombrado por Yahya fue expulsado. A pesar de ello, los soberanos hammudíes siguieron ostentando la dignidad califal y considerándose sus legítimos titulares.

El fin de la trayectoria política del soberano hammudí se relaciona con la intrincada política de los reinos de taifa. Dada la zona sobre la que ejercía su poder, la taifa de Málaga pronto entró en colisión con el poder más fuerte de la zona del Occidente andalusí, la taifa abadí de Sevilla. Yahya logró hacerse con el dominio de Carmona, ciudad próxima a Sevilla y a Córdoba, convirtiéndose así en una amenaza directa para los abadíes.

Sin embargo, el 11-XI-1035, Ismail b. Abbad sorprendió a Yahya en su campamento de Carmona y logró derrotarlo, dándole muerte.

R.B.: GARCÍA SANJUÁN, Alejandro, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol L, págs. 494-495.