El Califato de Córdoba

Historia

Historia del califato de Córdoba

En 750 fue entronizado en Damasco, el primer califa de la familia Abbasí que, tras asesinar a su antecesor en el cargo Marwan II, inició una cruenta persecución contra los Omeya, de la cual solo escapó el príncipe Abderramán.

Refugiado en la Península Ibérica, en 756 este se proclamó emir y fundador de la dinastía omeya que reinó en al Andalus hasta 1031 y uno de sus descendientes, Abderramán III, creó en 929 el Califato de Córdoba.

Aunque los omeyas españoles habían detentado dignidades modestas, como las de emir amir o rey malik, a pesar de su plena independencia respecto a la corte de Bagdad la adopción de los títulos supremos de califa y de amir al mu´minin (príncipe de los creyentes) constituyó un acto que simbolizaba el poder alcanzado por la casa real andalusí.

Sí como miembro del linaje marwaní Abderramán III se consideraba heredero legítimo de la institución califal contra los Abasíes y los Fatimíes, con esta decisión política hacia frente a la decadencia del califato de Bagdad, como a la expansión por el N. de África y creciente prestigio de estos últimos, cuyo caudillo Ubaid Allah había sido poco antes reconocido como califa de la Ifriqiya.

Paralelamente proclamaba ante sus súbditos la definitiva consolidación de su autoridad soberana, tras acabar con la guerra civil, la conflictividad social y la multiplicidad de poderes independientes que habían caracterizado el territorio de al Andalus durante varias décadas. A partir de entonces el califa de Córdoba se erigió en monarca autocrático, jefe espiritual y personal que presidía personalmente la oración solemne de los viernes, juzgaba en última instancia, acuñaba monedas en su propio nombre, decidía sobre el gasto público y, principalmente dirigía la política exterior y militar.

También desde aquel momento el fausto y la ostentación se convirtieron en signos visibles de la soberanía y mediante un ceremonial cada vez más complejo, como afirma E. Levi-Provençal,.

el califa se convertirá en un personaje lejano y misterioso, que solo será entrevisto en ocasiones muy especiales, cuando se digne a mostrarse entre un deslumbrante cortejo para recibir las aclamaciones populares.

Este monarca, asimismo, instituyó la tradición oriental del laqab (sobrenombre), de manera que a los nombres de su rango añadió el título honorífico de Al Nasir li-din Allah (el que combate victoriosamente por la religión de Allah), costumbre adoptada por todos sus sucesores.

Siglo del Califato de Córdoba

En la historia de la España musulmana el llamado por los historiadores siglo del Califato de Córdoba representó la etapa de apogeo, caracterizada por una estabilidad política y una prosperidad económica sin precedentes desde la conquista en 711, sostenidas gracias al éxito logrado en las diversas iniciativas militares y diplomáticas desarrolladas respecto a los reinos cristianos del N. peninsular y los emiratos africanos del Magreb.

El largo reinado de Abderramán III al Nasir (912-961) permitió la elaboración y desarrollo de una política coherente, durante los primeros veinticinco años años destinada a recuperar todos los territorios musulmanes que se habían independizado de la autoridad del emir cordobés.

El resto de su mandato lo ocupó en crear unas estructuras de gobierno que marcaron la historia del al Andalus hasta el inicio de la fitna y que perduró incluso en los reinos de taifas hasta la invasión de los almorávides. A su éxito en la contención del avance reconquistador de los reinos cristianos peninsulares sumó una flexible política africanista, cuyo objetivo era mantener el equilibrio entre los distintos estados independientes y substraerlos de la influencia fatimí, que tendrá importantes consecuencias al unir definitivamente el destino histórico de al Andalus con el Magreb.

Su hijo, al Hakam II al Mustansir (961-976) prosiguió las directrices por él marcadas y, con la colaboración de su general Galib, fortificó Gormaz (Soria) como baluarte contra los castellanos (968), venció a los normandos en Alcacer do Sal (966 y 971) y recuperó las plazas africanas de Tánger, Tetuán y Arcila, imponiendo la hegemonía de los reinos vasallos omeyas sobre los fatimíes.

Su prestigio se manifestó en la sucesión de embajadas que fueron recibidas en Córdoba, como las catalanas, navarras, castellanas, leonesas y gallegas, además de las enviadas por el basileus bizantino Juan Tzimisces (972) y el emperador romano-germánico Otón II (974).

La ascensión al poder de Hisam II al Mu´ayyad (976-1009) y (1010-1013) señaló el comienzo del poder efectivo de hayib Ibn Abi Amir al Mansur (Almanzor para los cristianos) y los clientes amiríes más que la continuidad de la soberanía omeya. Usurpador de casi totalidad las competencias del califa y autotitulado rey malik, sin embargo, su política tanto interior como exterior no fue sino una intensificación de la iniciada por Abderramán III desde 940.

Durante su mandato la actividad militar defensiva desarrollada respecto a los reinos de N. dio paso a continuadas iniciativas ofensivas, más de cincuenta, de considerables efectos devastadores y propagandísticos: Zamora (981), Simancas (983), Sepúlveda (984), Barcelona (985), Coimbra (987), León (988) , Clunia (994), Santiago de Compostela (997), Cervera (1000) y San Millán de la Cogolla (1002). Erigido en árbitro de la situación hispánica, en 982 sometió a Sancho II Garcés Abarca de Navarra, en 984 a Ramiro III de León —Vermudo II pidió su ayuda para recuperar el trono perdido— y en 990 al conde castellano García Fernández.

Respecto a África su política fue también continuista y prefirió la consecución de vasallajes a las conquistas, emprendiendo acciones bélicas solo contra las rebeliones de Buluggin en Ceuta (980) y de Zirí b. Atiya en Fez (998).

A su muerte le sucedió su hijo Abd al Malik al Muzaffar (1102-1008), quien heredó los títulos acumulados por su padre y prosiguió la táctica de las aceifas anuales, aunque perdida ya la iniciativa musulmana: Coimbra y Cataluña (1003), Asturias (1005), Clunia (1007) y Castilla (1008), además de la mediación del caíd mozárabe de Córdoba en la cuestión de la regencia leonesa (1004).

Su fallecimiento favoreció el acceso al poder de su hermano Abderramán Sanchuelo (1008-1009), quien se hizo nombrar oficialmente heredero del califa Hisam II, emprendió una profunda tarea de berberización socio-cultural y fracasó en la campaña iniciada en invierno contra León.

Estas decisiones precipitaron los acontecimientos, cuando los descontentos dirigidos por la madre de Abd al Malik —deseosa de vengar la muerte de su hijo— designaron califa a Muhammad al Madhi (1009), bisnieto de Abderramán III que con la ayuda de la población cordobesa tomó el alcázar y consiguió la abdicación de Hisam II, mientras sus soldados asesinaban a Abderramán Sanchuelo cerca de la ciudad.

Los beréberes respondieron con la elección de su propio candidato, el poeta Sulayman al Mustain y, aliados con Sancho García de Castilla, entraron en Córdoba en 1009 tras derrotar a Muhammad , quien huyó a Toledo. Este último recabó los servicios del ejército de la frontera media, al mando del general Wadih y de las mesnadas del conde de Barcelona Ramón Borrell y de su hermano Armengol de Urgel, con los cuales derrotó a sus enemigos y recuperó Córdoba en 1010.

Sin embargo, su reinado duró solo 49 días y aquel mismo año, tras la derrota de sus tropas por los beréberes, que obligaron a los catalanes a retirarse, fue asesinado por su chambelán, quien repuso a Hisam II en el trono. Este prosiguió su mandato durante los tres años siguientes, aunque el poder real fue esta vez ejercido por su hayib, el general Wadih quien, sin éxito, trató de que los beréberes abandonasen la rebelión y jurasen fidelidad al nuevo califa.

En 1013 se entregó finalmente la capital y, sin que se tengan noticias de como murió Hisam, Sulayman fue proclamado califa por segunda vez. Entregó a sus seguidores las provincias de Elvira (los Sanhaga), Zaragoza, Jaén (los Banu Birzal y Banu Ifran), Sidonia (los Banu Dammar), Morón (los Azdaga), Ceuta (los Banu Hammud) y Tánger, las cuales se convirtieron en territorios independientes que solo de forma nominal reconocían la soberanía de Sulayman, circunscrita a la ciudad de Córdoba, en lo que constituía un antecedente de los reyes de taifas muluk al-tawa´if.

Precisamente fue uno de estos beneficiarios de los favores de Sulayman, Alí b. Hammud de Ceuta, quien se erigió en portavoz de la disidencia y, con el apoyo de los amiríes y los hachemíes almerienses, conquistó Córdoba y ejecutó al califa en represalia por el asesinato de su antecesor Hisam II.

De esta manera se constituyó la nueva dinastía de los hammudíes, durante cuyo reinado a Alí b. Hammud al Nasir li.din Allah (1016-1018) sucedieron los califas al Qasim al Mamun b. Hammud (1018-1021 y 1023) y Yahya al Mutali (1021-1023).

En aquel último año la población cordobesa, desilusionada con el gobierno hammudí, proclamó califa al omeya Abderramán V al Mustazhir, depuesto a los 46 días por Muhammad III al Muktafi, quien huyó de la urbe cuando esta fue asaltada por el ejército del hammudí Yahya, que subió al trono por segunda vez (1025-1027).

Instituciones del califato

Entre las distintas instituciones del califato de Córdoba una ha interesado especialmente a los historiadores, la de hayib o ministro de Estado, cuya correspondencia con Oriente equivalía más al cargo de un único y poderoso visir que al de chambelán o mayordomo del palacio abbasí. Sin embargo, a diferencia de estos, en el de hayib andalusí recaían delegaciones de la autoridad real y constituía la magistratura más elevada del reino con la del gran caíd, en detrimento de las funciones de los visires.

Su máximo interés radica en las consecuencias que esta institución tuvo en la historia de al Andalus cuando Almanzor procedió a la usurpación de todos los poderes califales, con excepción de los meramente nominales y, para apoderarse de los instrumentos del Estado, manipuló al titular legítimo de la soberanía cordobesa y favoreció a la clientela amirí y a los beréberes que habían llegado masivamente para formar parte de su ejército.

Este hecho socavó irreversiblemente las bases de la legitimidad califal y originó tensiones sociales en un pueblo que había alcanzado sus mayores niveles de cohesión durante el reinado de Abderramán III y poseía conciencia de su pertenencia a una comunidad específica dentro del Islam.

El último califa de la dinastía omeya fue Hisam III al Mu´tadd (1027-1031), quien no entró en Córdoba hasta 1029 y cuyos abusos provocaron su derrocamiento y encarcelamiento por parte de los notables de la ciudad que, reunidos en asamblea bajo la presidencia de Abu l-Hazm b. Gawhar, decidieron abolir definitivamente el califato y substituirlo por un consejo de gobierno (30-XI-1031).

De esta forma se cerró el periodo de mayor esplendor y prestigio del Islam andalusí. Durante el reinado de este último, la administración jidmat al jilafa había quedado rígidamente centralizada, con la creación de una secretaría de Estado bajo la autoridad de cuatro dignatarios con el rango de visires. Además, el soberano disponía para su servicio personal de un secretario particular katib jass, al que dictaba las decisiones o respuestas que habían de transmitirse a los altos funcionarios estatales de Córdoba o de las provincias.

Como la organización administrativa, la financiera constituía una transposición de las instituciones contemporáneas de los países musulmanes de Oriente, aunque su estructura fue haciéndose poco a poco más compleja. Bajo la dirección del tesorero mayor jazim al-mal o sahib al-majzun, la casi totalidad de sus recursos provenían del cobro de los tributos de vasallaje y de los impuestos directos e indirectos, más bien legales o extralegales, en un periodo caracterizado por el aumento sostenido de la renta, lo cual permitió al Califato cordobés convertirse, según los cronistas, en el más rico de cuantos existían en el Islam.

Para hacer frente a los crecientes gastos estatales Abderramán III emprendió una reforma de los instrumentos de pago e inició la acuñación de las primeras monedas de oro hispano-omeyas, con emisión simultánea de dinares y dirhemes de metal puro en la ceca oficial cuya dirección fue confiada al sahib al-sikka.

Respecto a la reorganización territorial, la pacificación del país permitió normalizar la distribución provincial tal y como existía en los primeros tiempos de la dinastía y conseguir que recuperase su función dentro la estructura estatal, de manera que al Andalus quedó dividida en 21 coras (Kuwar), sin contar los territorios fronterizos, gobernadas por valíes nombrados directamente por el califa.

Las marcas, zonas de protección contra los reinos cristianos, quedaron en este periodo reducidas a dos, la marca superior o extrema al thagr al-a´la, con capital en Zaragoza, y al media o próxima al thagr al-awsat en Medinaceli (Soria).

El ejército califal se componía de escasos contingentes permanentes y de los suministrados por leva en las distintas coras, según su cifra de población, contexto geográfico, estado de pacificación y composición étnica, además de los voluntarios o refuerzos extraordinarios reclutados para la guerra santa yihad. Sin embargo, su importancia fue cada vez más secundaria frente a la preponderancia adquirida por los mercenarios norteafricanos, sobre todo durante el reinado de al Hakam II.

Almanzor dio una amplitud definitiva al proceso de bereberización de las tropas califales al proceder a una completa reorganización del ejército, substituyendo la tradicional división tribal de los aynad sirios por unidades que agrupaban a contingentes de diversa procedencia, de forma que los magrebíes desplazaron a la aristocracia árabe en la hegemonía militar que esta había detentado desde la conquista.

Esta medida culminaba la política iniciada por Abderramán III tras la derrota de Alhandega (940), pero incluía la novedad de proceder a su financiación mediante un gravamen fiscal para todos los andalusíes, incluidos los de linaje árabe. El ejército así constituido formaba un cuerpo ofensivo de probada eficacia, pero también un instrumento de represión interna cuya fidelidad, del tipo personal o clientelar, se aseguraba mediante la concesión de toda clase de beneficios y privilegios y, sobre todo, de participación en el poder.

La política amirí tuvo graves consecuencias a medio plazo, como fue el empobrecimiento de amplios sectores de la población, cada vez más indiferentes hacia sus gobernantes y definitivamente ajenos a una clase guerrera que pronto se convertirá en el árbitro de la situación política.

Por otra parte, la llegada masiva de contingentes étnicos foráneos rompió el difícil equilibrio alcanzado en las primeras décadas del Califato entre los distintos clanes árabes, secularmente enfrentados, los beréberes, casi totalmente hispanizados, los muladíes, cuyo número no cesó de crecer durante este periodo y los mozárabes tributarios, a quienes se permitió conservar su lengua, costumbres, religión y organización eclesiástica, política de tolerancia que también alcanzó a las comunidades judías, importantes en las principales ciudades.

Además como rasgos específicos del s. X pueden señalarse el aumento de la inmigración de campesinos marroquíes respecto ala procedente de otras zonas del Magreb, el desarrollo del comercio de esclavos (negros y eslavos) y el surgimiento de una clase media urbana entre la aristocracia árabe jassa y el proletariado rural y ciudadano amma.

Paralelamente la hegemonía religiosa del malikismo, asentada desde principios del s. IX, presentó las primeras fisuras ante la expansión de las doctrinas ascético-heréticas mu´tazil, isma´ili y shi´i, además de la elaborada por Ibn Masarra.

El expurgo de la biblioteca de al Hakam II, realizado por Almanzor y los alfaquíes ortodoxos, simbolizó esta ruptura en la tolerancia socio-religiosa que había caracterizado los reinados de los dos primeros califas omeyas y marcó el inicio de la decadencia de la floreciente civilización por aquellos creada.

Vida cultural en el califato

Todos los cronistas coinciden en señalar a al Hakam II como el más culto de todos los soberanos omeyas, un musharik, es decir, una persona cuyo saber abarcaba los más variados ámbitos del conocimiento. Mandó comprar y copiar numerosos manuscritos en Oriente y reunió una de las más importantes bibliotecas de su tiempo, con cerca de cuatrocientos mil volúmenes, reseñados en catálogo.

Mecenas del filólogo armenio Abu Alí al Qali, autor de la antología de los Amali, del poeta bagdalí al Muhammad y de los cronistas qairawaníes Muhammad b. Harith al Jushani y Muhammad b. Yusuf al Warraq, durante su reinado numerosos eruditos orientales se instalaron en Córdoba.

Su antecesor, Abderramán III, había destacado también como mecenas de la cultura y gracias a su iniciativa surgió la historiografía califal representada por Ahmad b. Muhammad b. Musa al Razi y su hijo Isa, cronistas oficiales de la dinastía omeya y creadores de una escuela formada por Mu´awiya b. Hisam b. al-Sahabanisi, al Hasan b. Muhammad b. Mufarrich, Ibn al Qutiyya, al Jushani, Ibn al Faradi e Ibn Idari.

La cultura científica alcanzó también un desarrollo considerable y la astronomía, siempre sospechosa para los alfaquíes, pudo desarrollarse sin obstáculos gracias a la protección de al Hakam II con su principal representante en Maslama al Mayriti, adaptador de las tablas astronómicas de al Jwarizmi.

La constitución de una ciencia médica específicamente hispano-musulmana data también de aquel momento, cuando la traducción de la Materia Médica de Dioscórides, cuyo manuscrito había regalado a Abderramán III el emperador bizantino Constantino VII, propició una excepcional acumulación de saberes farmacológicos y botánicos. En esta escuela práctica se formaron los más afamados médicos andalusíes de las décadas siguientes: Abderramán b. Ishaq b. al Haitham, Muhammad b. al Kattan, b. Samayun y, especialmente, Abu l´Qasim Jalaf al Zahrawi, el célebre Abulcasis traducido al latín por Gerardo de Cremona.

Sin embargo, es el arte de aquel periodo la principal manifestación cultural legada por el califato cordobés y la mejor muestra del poder político y desarrollo económico que este llegó a alcanzar. Desde el eclecticismo y la asimilación este desarrolló recursos y formas expresivas específicas, que le distinguen del arte islámico de su tiempo y del realizado en al Andalus en los periodos inmediatamente anteriores y posteriores.

Si la arquitectura religiosa alcanza su máxima expresión con la ampliación de la mezquita de Córdoba ordenada por al Hakam II y la militar tiene en los castillos de Gormaz (Soria), Tarifa (Cádiz) y Baños de la Encina (Jaén) sus mejores ejemplos, el conjunto urbano de Madinat al-Zahra (Córdoba) constituye un compendio de fórmulas de representación y propaganda del Estado califal en sus distintas instancias civil, religiosa y militar.

Interior de la mezquita de Córdoba.Interior de la mezquita de Córdoba, capital del califato de Al-Ándalus.

Muchos de los elementos decorativos que aparecen en estos edificios se repiten en el arte mobiliario, representado por las arquetas y botes de marfil trabajadas en los talleres de Córdoba y Madinat al-Zahra, los objetos de bronce (ciervos de los museos arqueológicos de Madrid y Córdoba) y las telas o tapices (seda de Hisam II del Instituto Valencia de Don Juan, Madrid), además de las labores en cuero, cerámica, cristal y orfebrería.

La ciudad califal de Córdoba, con una aglomeración que alcanzó un perímetro de 22,5 Km., una población calculada entre los cien mil y el medio millón de h. y una muralla de 4 Km. de longitud y siete puertas, se convirtió en la urbe más floreciente de Europa y en la única que podía rivalizar con Constantinopla y Bagdad.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo IV págs. 1942-1944.

Al Hakam II

Califa de Córdoba 961-976. Hijo de Abderramán III. Al Hakam II, había permanecido muchos años en la situación de príncipe heredero y llegaba al poder supremo cuando pasaba ya de los cuarenta años. Era, según los retratos, muy detallados, que de él nos han dejado los cronistas musulmanes, hombre de cualidades poco brillantes y de nulo atractivo personal, escasa estatura y cabellos casi rojos.

Fue, sin embargo, de esos príncipes oscuros que, por una consagración total a su deber, saben llevar con dignidad su difícil tarea Su etapa de gobierno, que fue bastante breve, tuvo escasos sobresaltos, continuó con decoro la brillante política paterna y su gobierno se caracterizó por el dominio indiscutible de la paz. Lo único llamativo fue la presencia de normandos en la costa en torno a Lisboa en los años 966, 971 y 972.

El nuevo califa consiguió el testimonio personal de vasallaje de los cristianos del Norte. Pero el rey de León, Sancho I el Craso, se negaba a la entrega de las fortalezas a que le obligaba su pacto con el califa difunto y García II Sánchez de Navarra no solamente no había entregado en Córdoba al conde Fernán González, sino que puso en libertad al más terrible enemigo del Islam, con la condición de que el conde castellano retirara su apoyo a Ordoño IV el Malo para que reinase sin obstáculo Sancho I de León el Craso, tan protegido por la corte de Navarra.

El nuevo califa al Hakam, ofreció su ayuda a Ordoño IV el Malo que se humilló ante el califa, las promesas que este le realizó fueron realizadas para impresionar a Sancho I de León el Craso, que solo así parecía cumplir la promesa de entregar las plazas prometidas en su día a Abderramán III.

En efecto, Ordoño IV el Malo fue expulsado de Burgos y hubo de buscar refugio en territorio musulmán. Sancho I el Craso, perdido el temor de un contrincante, reincidió en el incumplimiento de sus pactos, apoyado no solamente por Fernán González y por el rey de Navarra, sino por los condes de Barcelona Borrell y Miró.

El califa se vio obligado a imponer la paz por las armas. Se apoderó de San Esteban de Gormaz y derrotó a los cristianos en Atienza. El Tuyibí de Zaragoza arrebató a García II Sánchez de Navarra la plaza de Calahorra y aún parece que los mismos condes de Barcelona sufrieron el castigo de los príncipes Omeyas. Todos los soberanos cristianos hubieron de pedir la paz.

La muerte liberó de esta humillación a Fernán González, el único de los potentados del Norte que no se había rendido nunca al prestigio del califato. Decidió reconstruir la importante fortaleza de San Esteban de Gormaz, que era una avanzada contra los enemigos del N., aunque eran frecuentes las embajadas a Córdoba de los dirigentes cristianos de aquellos reinos, como los condes de Castilla o Barcelona.

El establecimiento de los fatimíes en Egipto, 969, supuso su definitivo retroceso en la zona del Magreb, y el general Galib estableció el protectorado Omeya en la zona occidental del norte de África, sometiendo, tras una campaña en la que gastó sumas enormes de los inagotables tesoros de califato, a Ben Kemin, líder berébere, que había ganado algunas batallas a las tropas califales.

En esta campaña se puso por primera vez en contacto con el ejercito, en calidad de interventor general de gastos, un funcionario palatino, originario de la localidad de Torrox, llamado Ibn Amir Mohamed, que había de se árbitro de España con el sobrenombre honorífico de Almanzor. La entrada en Córdoba del general victorioso, cuya magnificencia evoca el recuerdo de los triunfos romanos, fue el último día de gloria del califa. A fines del mismo 974 cayó fulminado por una apoplejía, consecuencia quizá de su vida sedentaria.

El tiempo que vivió todavía lo consagró a asegurar la sucesión a favor de su hijo, el tardío y débil Hisam, su único descendiente después de la muerte de su primogénito el príncipe Abderramán. En una gran asamblea celebrada el 5-II-976 consiguió que todos los miembros de la familia omeya y todos los dignatarios civiles y militares de califato jurasen acatar a Hisam como heredero del trono.

Pocos meses después de esta especie de Cortes rendía el espíritu el segundo de los califas y Hisam II, con apenas 11 años, es entronizado bajo la tutela de la vasca Aurora, su madre y favorita del difunto califa. Era un gran príncipe el que dejaba ahora vacante el califato de Occidente. Supo ser siempre generoso con los vencidos y no se cuentan crueldades con los cristianos que ensombrecen el recuerdo de tantos de sus antecesores.

Fue además el soberano más culto que registran los anales del Islam y quizás a esta cultura refinada se deba su tolerancia. La pasión de este gran bibliófilo por su biblioteca fue la nota característica de su reinado. Aunque resulta poco factible, cuentan que llegó a tener 400.000 ejemplares. En los centros siempre vivos de la cultura islámica, Bagdad, El Cairo, Damasco, Alejandría, situó agentes encargados de comprar o de hacer copiar para él los manuscritos más preciosos.

En tiempos de al Hakam II el arte y la cultura conocieron un espectacular desarrollo en al Andalus, y en particular en la ciudad de Córdoba; la universidad instalada en la mezquita, era una de las más famosas del Islam. Continuó durante los años 961 y 968 la ampliación de la mezquita mayor de Córdoba por el testero meridional, hacia el río, y construyó el lucernario y la nueva cabecera, con el mihrab y sus dependencias.

BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.

Hisam II al Muayyad

Califa de Córdoba 976-1013. Abu l-Walid Hisam b. al Hakam b. Abderramán b. Muhammad b. Abdállah b. Muhammad b. Abderramán b. al Hakam b. Hisam b. Abderramán al Dajil. Córdoba, 11-VI-965-1013. Tercer califa omeya de Córdoba. Hijo del califa Al Hakam II y de la esclava vasca Subh.

Físicamente era de piel clara, ojos azules, pupilas grandes y negras, rubio, barbilampiño, rechoncho, de mirada penetrante y nariz aguileña. Al Hakam II no había tenido más que dos hijos, ya a edad avanzada, uno de los cuales, Abderramán, murió siendo niño.

A su muerte, el otro hermano, Hisam fue declarado heredero en vida de su padre. Sin embargo, al fallecer el califa, el príncipe, que entonces contaba con poco más de diez años, tuvo que superar varios obstáculos antes de acceder al trono. Para ello fue fundamental el apoyo de Ibn Abi Amir, el futuro Almanzor, que unos años antes había llegado a la Corte, donde fue nombrado administrador de los bienes del príncipe Abderramán y de su madre Subh, convirtiéndose desde entonces en protegido y —según se decía— amante de esta.

Allí fue escalando puestos desde director de la Ceca hasta administrador de los bienes del príncipe heredero Hisam, pasando por administrador de los bienes sin herederos y el caidazgo de Sevilla y Niebla. La minoría de edad del príncipe Hisam planteó no pocos problemas de índole política y jurídica. Al morir Al Hakam II, se ocultó la noticia al pueblo, mientras la Corte buscaba un sucesor.

Los altos funcionarios eslavos que estaban junto a Al Hakam cuando murió, los fatàs Fa,iq y Yawdar, antes de comunicar su fallecimiento a nadie, decidieron poner en el trono al hermano menor del califa, al Mugira, joven de veintisiete años, con la condición de que nombrase heredero a Hisam. De esta forma se aseguraban el favor del que sería el nuevo califa y evitaban que heredara un menor, solución que creían fácilmente aceptable por el pueblo. Llamaron al visir al Mushafi, sin cuya aprobación no podían llevar a cabo su plan.

Este acudió a palacio y fingió estar de acuerdo con ellos, pero no tardó en convocar a los altos dignatarios de la Corte, que, pensando sobretodo en conservar sus privilegios, tomaron la decisión de proclamar al príncipe Hisam, a quien poco antes todos habían prestado juramento, y de eliminar a al Mugira, que, ajeno a todo, vivía retirado en una casa de Córdoba. De ello se encargó de forma voluntaria Almanzor, y de poco sirvieron las protestas de fidelidad del joven príncipe ante la dureza de al Mushafi, que fue quien finalmente decidió su suerte.

Aparte de esta conspiración, resuelta de forma brutal, Hisam se encontró con la objeción del caíd Ibn Salim, que durante los funerales por Al Hakam no se contuvo al ver que su hijo comenzaba las oraciones, manifestando la invalidez de la plegaria pronunciada por un menor y poniéndose el mismo al frente de la oración. Finalmente, la ceremonia solemne de entronización como califa de Hisam II tuvo lugar el día 1-X-976, aunque también se dice que el 2 ó el 3.

La toma de juramento duró varios días y el encargado de recibir los testimonios de fidelidad del pueblo fue Almanzor, mientras el caíd Ibn al Salim tomaba el juramento del los familiares del califa y altos dignatarios. El nuevo califa fue proclamado con el título de al Muayyad bi-llah (el que recibe la asistencia victoriosa de Dios).

Sobre la inscripción de su sello no se ponen de acuerdo las fuentes, pues mientras unas aseguran que era Hisam, hijo de al Hakam, busca refugio en Dios, otro autor lo cambia por Hisam está satisfecho con la decisión de Dios, común a los califas andalusíes.

Hisam delegó el poder en Almanzor, nombrado visir, y en al Mushafi, que accedió al cargo de hayib o chambelán, la máxima dignidad del Estado. La primera misión de ambos fue despojar a los fatàs de su poder.

Para ello Almanzor se atrajo a la guardia eslava y también a los oficiales beréberes de los Banu Birzal, logrando de esta manera una guardia propia. Pronto consiguieron que Yawdar renunciara y Fa,iq fue desterrado a las Baleares. Desde ese momento el control del alcázar pasó a manos de al Mushafi.

A fin de fortificar las fronteras, el 24-II-977 Almanzor emprendió su primera campaña militar, que aparte del éxito militar, supuso un éxito personal, pues se ganó la fidelidad de los oficiales. A partir de entonces, el siguiente objetivo de Almanzor fue deshacerse de su aliado al Mushafi y llevar él solo las riendas del Estado, objetivo que cumplió hasta el punto de que apenas si puede hablarse del reinado de Hisam, bajo el dominio absoluto del caudillo amirí. Para ello provocó el descontento en el alcázar contra este beréber que, aparte de proclamarse hayib, había otorgado cargos a sus hijos y hermanos.

Al mismo tiempo hacía campaña a favor del general Galib, cliente mawlà de los omeyas, que controlaba la Marca Superior, con objeto de atraerlo a su bando y de ganarse la simpatía de la aristocracia árabe. Participó con él en la campaña de Mola en 977 y tras el éxito volvió a Córdoba y se proclamó zalmedina, cargo que hasta entonces ocupaba un hijo de al Mushafi, sin advertir previamente al hasta entonces su aliado.

Este, viendo el peligro ceñirse sobre él, pidió a Galib la mano de su hija Asma para uno de sus hijos. Pero Ibn Abi Amir convenció a Galib para que deshiciera el contrato y le concediera su hija a él mismo. La boda se celebró con gran fasto en Córdoba en 978. El mismo año 977 al Mushafi fue destituido y encarcelado junto a sus hijos y a su sobrino y les fueron confiscados sus bienes. Al final murió en prisión en 983, no se sabe si envenenado o estrangulado.

Como es de suponer, a partir de entonces, el título de hayib pasó directamente a Ibn Abi Amir. Admás, tras otra campaña en compañía de Galib, el califa le otorgó como regalo de boda el título de du l-wizaratain (doblemente visir), que solo poseía su suegro. El joven califa tuvo que superar un escollo más para mantenerse en el trono: una nueva conspiración en 979, por parte de Abd al Malik b. al Mundir, que ocupaba el cargo de juez de apelación, y otros seguidores, para derrocarlo y proclamar a Abderramán b. Ubayd Allah, nieto de Abderramán III.

La conjura terminó con la muerte por crucifixión del pretendiente en la puerta de la Azuda el 18-I-979. El intento de Almanzor de hacerse con el poder absoluto culminó con la construcción, cerca de la capital, de una ciudad administrativa, al-Madinat al-Zahira (la ciudad brillante), cuyas obras comenzaron en 979 y donde se instaló definitivamente en 981. Esto supuso la ruptura con el califa, al que dejó de rendir cuentas, ostentando todas sus funciones.

Sin embargo, el joven Hisam siguió conservando el título de califa, sin que el soberano de facto, demostrando su habilidad política, pretendiera desposeerlo de él. Fue en esta época cuando Ibn Abi Amir, a imitación de los califas, adoptó el sobrenombre honorífico de al-Mansur bi-llah o Almanzor (el victorioso por Allah), que a partir de entonces se pronunció en todas las mezquitas tras el del califa.

Poco después, los escritos oficiales comenzaron a llevar el sello del chambelán, en lugar del de Hisam, que a partir de entonces fue apodado waw Amr, algo así como el cero a la izquierda. El alcázar de Córdoba, residencia del califa, fue rodeado de un muro con doble foso y se impidió el acceso a Hisam y a su gineceo a todo el mundo sin autorización. Galib que era cliente mawlà de los omeyas, es probable que se opusiera a esta nueva afrenta al califa legítimo y le reprochara a su yerno la usurpación califal.

El enfrentamiento que se produjo entre ambos terminó con la muerte del general a manos de Almanzor, quien, no satisfecho con su hazaña, envió su cabeza a su hija Asma, la cual no tuvo más remedio que aceptar el golpe. Sucedió esto en el año 981. Hubo un intento de recuperar el poder del califa, promovido por su madre Subh. Enterado Almanzor de que esta pretendía tener acceso al oro depositado en el alcázar, reunió un consejo de gobierno que se lo prohibiese y trasladó todo el oro a las arcas del Tesoro público.

También organizó un cortejo para mostrar a Hisam, junto al actual recorrió la capital y le hizo firmar una acta confirmándolo en su cargo de administrador único del reino. No se puede resumir ni valorar el reinado de Hisam II sin hablar de los logros de su hayib, Almanzor. Una de las principales medidas tomadas por este fue la reforma militar, que llevó a cabo sustituyendo a las tropas andalusíes por militares beréberes norteafricanos y mercenarios del Magrib, que tendrían mucho que ver unos años más tarde en la caída y desintegración del califato cordobés.

Con ellos emprendió numerosas campañas contra los reinos cristianos del norte, llegando hasta Santiago o Barcelona. Llevó a cabo al menos cincuenta y seis algazúas, coronadas por otros tantos éxitos.

Estas victorias no se tradujeron en conquistas territoriales que supusieran una ampliación de los límites andalusíes, pero contuvieron a los cristianos y proporcionaron unos años de paz a al Andalus. Sí se capturaron esclavos y se obtuvieron riquezas como botín, importantes para compensar el gasto que la política norteafricana causaba a las arcas del Estado.

Porque Almanzor continuó la política de los anteriores califas en África y completó la penetración omeya en estas tierras. Estableció en Ceuta una guarnición andalusí y se busco la adhesión de los zanatas. En alianza con ellos, luchó contra los Bargawatas, contra los ziríes de Bulukkin y contra los Magrawas. Conquistó Siyilmasa, logrando que en las plegarias se nombrara al califa andalusí Hisam II.

Hubo muchas rebeliones que sofocar y las alianzas con unos y otros cambiaron según las necesidades, a fin de contener la influencia fatimí. Envió como gobernador a su hijo Abd al Malik, que logró conquistar Fez en octubre de 988. Importante fue también la labor de Wadih como gobernador de las provincias africanas y de su aliado Zirí b. Atiyya, que conquistó Tiaret, Tremecen, Masila y otras ciudades, en la que se reconoció la soberanía del califa andalusí.

Frente al retrato de un califa débil y afeminado, las fuentes nos ofrecen una figura de Almanzor totalmente glorificada: aparece como hombre fuerte qye combate al enemigo, defiende las fronteras y al mismo tiempo consigue seguridad y paz en las ciudades; se erige en referente moral que defiende la ortodoxia islámica cuando quema los libros ilícitos de la famosa biblioteca de al Hakam II, o cuando socorre a los afectados por el hambre del 990.

La moderna historiografía advierte en esta exaltación de la figura de Almanzor una intencionalidad política que pretende justificar la usurpación del poder. Almanzor murió en 1002, parece ser que en Medinaceli, al regreso de una campaña en la que alcanzó San Millán de la Cogolla, y fue enterrado en el patio del alcázar.

La rebelión de los omeyas

La muerte de Almanzor supuso el inicio de la decadencia del califato. Durante unos años, de 1002 a 1008, su hijo Abd al Malik al Muzaffar, confirmado como chambelán hayib por el califa Hisam II, siguió la política de su padre, continuó su labor en el terreno militar y supo mantener a raya a los reinos cristianos. Murió pronto (20-X-1008) de una enfermedad del pecho, aunque se dice que tal vez Abderramán Sanchuelo, su hermano menor, lo envenenó.

Sanchuelo se hizo con el poder, todavía como regente de Hisam, durante unos meses, tras los cuales tuvo lugar la fitna o revuelta que acabó con el califato de Córdoba. Este Sanchuelo se alejó de la política de su padre y de su hermano al Muzaffar, que tan buen resultado había dado a los Amiríes y al estado andalusí. Confraternizó con el califa basándose en un supuesto parentesco por ser ambos hijos de vasconas y se dedicó a continuos festejos en su compañía. Su falta de talento político se manifestó cuando se atrevió a hacerse designar sucesor de Hisam II, en 1008.

Este sería el detonante de la rebelión de los omeyas que, encabezados por un nieto de Abderramán III, Muhammad b. Abd al Yabbar al Madhi, dieron un golpe de estado. El reinado de Muhammad al Madhi duró poco, nueve meses, pues pronto los beréberes pusieron en su lugar pusieron en su lugar a otro bisnieto de Abderramán III, Sulayman b. al Hakam, proclamado con el título de al Mustain.

Fue esta una época de continuas luchas entre los partidarios de Muhammad al Madhi y los beréberes de Sulayman al Mustaín, en la que ambos contendientes se alternaron en el califato. Sucesión de gobernantes durante la fitna: Hisam II al Muayyad (1-X-976 hasta el 1009); Muhammad al Madhi (14-I-1009 hasta el 6-XI-1009); Sulayman al Mustaín (8-XI-1009 hasta el 29-V-1010); Muhammad al Madhi (29-V-1010 hasta el 23-VII-1010); Hisam II al Muayyad (23-VII.1010 hasta el 1013); Sulayman al Mustaín (1013 hasta 1016).

Muerto Muhammad al Madhi por mano de su hayib, el fatà Wadih, todavía Hisam II recuperó el poder durante algunos años, hasta que finalmente fue destituido por Sulayman al Mustaín, y no se volvió a tener noticia de él. Sobre su muerte no se ponen de acuerdo las fuentes. La Descripción anónima dicen que murió durante el saqueo de Córdoba por las tropas de al Mustain. Se atribuye al hijo de este, Muhammad su estrangulamiento, pero también se asegura que lo mató un hijo de al Madhi llamado Ubayd Allah. Fue el último califa que reinó en todo el al Andalus.

ÁVILA NAVARRO, Mª Luisa, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXVI, págs. 308-311.

Muhammad II

Califa de Córdoba 1009-1013. Un príncipe omeya, biznieto de Abderramán III, Muhammad, había logrado concertar a las muchedumbres obreras de Córdoba, fervientemente dinásticas, y consiguió apoderarse del palacio califal, en donde obtuvo la abdicación de Hisam II.

La revolución fue pronto incontenible. Zahira, el palacio de los Amiríes, resultó saqueado e incendiado, y Abderramán Sanchuelo, alcanzado en el camino por las tropas de Muhammad, fue muerto en compañía de su feudatario, el conde de Carrión.

El régimen Amirí desapareció en el año 1009. Los restos del hijo de Almanzor, sirvieron de sangriento trofeo junto a una de las puertas de palacio. Fue el primer golpe de estado en 253 años de historia andalusí. El golpe de estado abrió una época y cerró otra. Abrió la fitna o guerra civil y clausuró el consenso anterior.

La restauración de los omeyas no trajo a Córdoba la paz. Permanecía el fermento revolucionario de los eslavos y de los beréberes atraídos a Córdoba por los últimos califas como único medio de proseguir victoriosamente la guerra contra los cristianos, favorecidos por la política de Almanzor.

Además Muhammad al Madhi, era incapaz de gobernar un pueblo en circunstancias tan difíciles y propició reacciones populares contra bereberes y desterró a poderosos eslavos. Los bereberes vejados y perseguidos, dirigidos por su jefe Zawí b. Zirí, proclamaron califa a otro omeya, Sulayman, también biznieto de Abderramán III, que tomó el nombre de Al Mustain y tomaron el camino de Guadalajara. Desde allí quisieron atraerse al gobernador de la frontera, el eslavo Wadih, el cual se negó al pacto, y les obligó a pedir ayuda al conde Sancho I García.

El conde se encontraba erigido en árbitro de la España musulmana. Los berberiscos encontraron en su corte otra embajada de Muhammad al Madhi, que había entregado a Sancho I García un riquísimo presente de dinero, telas preciosas, pedrerías, caballos y mulos. La austera y pobre Castilla comenzaba a enriquecerse con los despojos del califato. Bien informado, Sancho I García se inclinó a los africanos y le envió un gran socorro de víveres.

El ejercito de Muhammad al Madhi, compuesto por burgueses faquíes y obreros de Córdoba, fue deshecho y acuchillado en Cantich, a orilla del Guadalquivir. Muhammad intentó en vano conjurar el peligro proclamando de nuevo a Hisam II. Córdoba fue espantosamente saqueada por cristianos y berberiscos y el conde abandonó la ciudad con un inmenso botín de los tesoros acumulados en ella durante los dos siglos de gobierno de los Omeyas.

Los sublevados proclaman califa a Sulayman con el título de al Mustain bi allah, el que implora la ayuda de Dios. Muhammad al Mahdi, se refugia en Toledo, y su lugarteniente Wadih se establece pacíficamente en Tortosa. Desde allí entró en negociaciones con el conde de Barcelona, Ramón Borrell III, hijo de Borrell II Bonfill, que había presenciado el saqueo de Barcelona por las tropas de Almanzor.

El ya poderoso condado catalán, del todo desintegrado de la influencia franca, había entrado de lleno en la política peninsular, unas veces reconociendo la supremacía del califato de Córdoba, como en el caso de Borrell II Bonfill, que en 970 y 974 envió a sus embajadores a Al Hakam II, otras aliándose con los príncipes cristianos en contra de los musulmanes.

El conde de Barcelona aceptó las dádivas y las ofertas de Wadih y en compañía del conde de Urgel, Armengol, tomó el camino del sur. A comienzos de Junio de 1010, los eslavos de Muhammad, reforzados por los contingentes catalanes, lucharon contra los berberiscos de Sulayman en Acaba al Bacar, cerca de Córdoba.

La batalla fue dura y en ella murió el conde de Urgel, pero la victoria se decantó por Muhammad y sus aliados. Los bereberes levantaron sus asentamientos en Medina Azahra y partieron hacia el sur, perseguidos por las tropas de Muhammad, que esta vez fue derrotado por ellos en el Guadiaro. Córdoba fue de nuevo saqueada por los catalanes que tuvieron distinta suerte en otro combate en Guadiaro, que debilitó las fuerzas del conde catalán y decidió retornar a Cataluña y dejó la ciudad califal bajo la amenaza de las represalias berberiscas.

Wadih, jefe de los eslavos, convencido de la nulidad de Muhammad, le hizo asesinar y devolvió el trono a Hisam II, acaso con la esperanza de ser a su lado un nuevo Almanzor. Los bereberes comenzaron a pedir contrapartidas. Exigieron territorios, recogida de impuestos, a cambio de protección, lo cual derivaría en la instalación de los ziríes en y Granada Jaén, de los Jizruníes en Arcos, de los Birzalíes en Carmona, de los Dammaríes en Morón y de los Yafraníes en Ronda.

BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.

Sulayman al Mustain

Sulayman b. al Hakam b. Sulayman, duodécimo califa omeya de al Andalus (1009, 1013-1016), nació probablemente en 958 y murió en 1016. Descendiente de Abderramán III al Nasir, en 1009, tras encabezar un levantamiento frustrado contra Muhammad II al Madhi con el apoyo de los beréberes, se refugió en Guadalmellato (Córdoba).

Perseverando en su intento de tomar el poder, logró conquistar Calatrava (Ciudad Real) y Guadalajara, aunque fracasó en Medinaceli (Soria). Pactó con el conde castellano Sancho García la cesión de algunas plazas fuertes en el Duero, a cambio de una alianza castellano beréber contra al Madhi, lo que le permitió imponerse al ejército cordobés de Wadih en Alcalá de Henares (Madrid) y apoderarse de Córdoba y del trono del califato.

Sin embargo, a principios de 1010, intentó sin éxito tomar Toledo, defendida por al Madhi, y de nuevo Mecinaceli, donde resistía Wadih. Tras estos fracasos, Sulayman y los beréberes fueron derrotados a las puertas de Córdoba por al Madhi, que se había granjeado el apoyo de los condes Ramón Borrell de Barcelona y Armengol I de Urgel.

La recuperación del trono de Muhammad II al Madhi fue efímera, ya que su ejecución a manos de Wadih dio lugar a la restitución de Hisam II (976-1009, 1010-1013). Poco después, al Mustain y los beréberes, que no reconocían la autoridad del nuevo califa, sometieron Córdoba a un largo asedio. Wadih intentó huir, pero fue capturado y ejecutado por orden de Sulayman.

En mayo de 1013, tras la capitulación de Córdoba, Sulayman recuperó el trono y ordenó la ejecución de Hisam II. Su reinado se prolongó tres años, durante los cuales los beréberes fueron generosamente recompensados. Fue este un periodo de fragmentación política de al Andalus, que debilitó seriamente la autoridad del trono cordobés. Finalmente, en 1016, Ali b. Hammud (1016-1018), que se proclamaba sucesor de Hisam II desde su dominio en Ceuta, llegó a la Península y, tras hacer prisionero a al Mustain, entró en Córdoba, dio muerte al califa depuesto y accedió al trono.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXI, págs. 10025-10026.

Abderramán IV al Murtada

Califa de Córdoba 1018-1018. En realidad este omeya, bisnieto de Abderramán III no llegó a gobernar. Vivió en la época del final del califato omeya en el al Andalus y comienzo de los reinos de taifas y fueron dos de estos régulos, aún no independizados del poder cordobés, en concreto Jayran de Almería y Mundir b. Yahya, clientes amiríes, los que lo proclamaron (en Játiva el 29-IV-1018) califa de Córdoba con el nombre de al Murtada (el que goza de la satisfacción divina).

En ese momento gobernaba en Córdoba como califa, el beréber de origen africano al Qasim b. Hammud tras sustituir en el califato a su hermano Ali, asesinado en 1018, precisamente cuando se disponía a dirigirse a Jaén para cortar el paso a al Murtada.

El levantamiento de al Murtada se produjo en el Levante de al Andalus, adonde se había retirado en época de las revueltas habidas al final del califato de Hisam II. Desde allí salió en compañía de sus partidarios con dirección a Córdoba. Antes, decidieron pasar por Granada, donde gobernaba el beréber sinhayaZawi b. Ziri, que había participado en el ejército y en la política cordobesa desde tiempos de Almanzor.

Al acercarse a Granada envió una misiva a Zawi, exhortándolo a sometérsele, pero Zawi respondió negativamente a esta y otras cartas que le remitió. Al Murtada, enojado, decidió atacar, pero los bereberes se habían organizado para recibirlo y tras varios días de enfrentamientos, derrotaron al pretendiente y a los ejércitos que lo apoyaban, tanto fueran musulmanes como cristianos.

Además de poner en fuga a los adversarios, consiguieron grandes riquezas como botín, pues tan seguros de la victoria estaban los atacantes que habían acudido a la batalla con los pabellones llenos de alhajas. El primero en huir fue Mundir, seguido de Jayran, mientras que los amiríes con al Murtada al frente resistieron algo más.

En la huida fue traicionado por Mundir y Jayran, que encargaron matarlo. Mientras ellos llegaban a Almería, Abderramán fue asesinado cerca de Guadix, sin haber reinado un solo día. Su cabeza fue enviada a los traidores, quienes, no conformes con haberle eliminado, la escarnecieron mientras bebían de alegría por su muerte.

En cuanto a su adversario Zawi, envió el pabellón real de al Murtada a Qasim b. Hammud en concepto de botín. Unos años más tarde, en 1025-1026, regresó a Ifriqiya (actual Túnez), de donde era originario y donde acabó sus días honrado por los suyos. Al Murtada es alabado en las fuentes por sus virtudes, como ejemplo de su austeridad, se dice que nunca vistió de seda. De su familia se conocen dos hermanos, al Hakam el Ciego y Hisam III.

Este último, después de la batalla de Granada, en la que también participó, se refugió en Alpuente, donde residió acogido por el emir Abdállah b. Qasim hasta 1029, aunque en 1027 había sido proclamado califa con el nombre de al Mutadd. respecto a sus descendientes, no se menciona más que a su nieto Abderramán b. Sulayman b. al Murtada con el que se interrumpe su linaje.

ÁVILA NAVARRO, Mª Luisa, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 161-162.

Abderramán V al Mustazhir

Califa de Córdoba 1023-1024. Abderramán b. Hisam b. Abd al Yabbar b. Abderramán al Nasir, al que se tituló al Mustazhir bi-llah —el que pide ayuda a Dios—. Probablemente nació en Córdoba más que en Madinat al Zahra, el 21-IX-1001.

Séptimo califa omeya de Córdoba, cuyo califato solo duró 47 días exactos; era hombre de hermosas prendas naturales, de gran cultura literaria y fino poeta; hasta el punto que el literato Ibn Bassan recogería un siglo largo después sus poemas en la famosa obra de la Dajira (Tesoro).

Era hermano uterino de Muhammad II b. Hisam b. Abd al Yabbar al Madhi, que derrocó a los amiríes e inició la guerra civil que daría al traste con el califato cordobés. Su padre, Hisam b. al Yabbar que se había prestado a ser califa en una conjuración para derrocar a Hisam II y a su chambelán al Muzaffar, fue llevado el 4-XII-1006 a un calabozo de la cárcel de Córdoba, en el que pereció de asfixia o de inanición.

Su madre fue una esclava concubina umm walad llamada Gaya (Perfección). Fue proclamado califa el día de la salida de Qasim b. Hammud y de los bereberes de Córdoba, el 2-XII-1023.

Los cordobeses después del fracaso de los califas hammudíes, fuertemente berberizados, estaban decididos a nombrar de nuevo un príncipe omeya. Acordaron elegir uno el 2-XII-1023 en la mezquita aljama de Córdoba.

Tres descendientes de Abderramán III se presentaron como candidatos: Sulayman, hijo de Abderramán IV al Murtada, Muhammad b. al Iraq, y Abderramán b. Hisam. Pronto se vio que la mayoría de sufragios de la elite jassa y de la plebe amma en asamblea iban a caer en su mayoría en Muhammad, que se hallaba en la macsura de la mezquita.

Cuando he aquí que apareció Abderramán b. Hisam con gran gentío de soldados y plebe, escoltado por dos emires de guardia, Mahmud y Ambar, con sus espadas desenvainadas. Esto atemorizó a los visires y, llegado el último candidato a la macsura, al punto se apresuraron a besarle las manos y a prestarle juramento de fidelidad.

También le reconocieron como soberano los otros dos candidatos. Acto seguido, el célebre secretario Ahmad b. Burd raspó del acta de proclamación el nombre de Sulayman y escribió el nombre de Abderramán, quien tomo el nombre califal de Al Mustazhir bi-llah(el que pide ayuda a Dios).

Parece que este califa, pese a sus buenas intenciones y a su exquisita educación no pudo enderezar la trayectoria del califato: el tesoro estaba exhausto y, por tanto no tenía los medios para ejercer su autoridad sobre una población tan turbulenta y dispuesta a la rebelión como la cordobesa.

Cierto es que se rodeó de compañeros de valía intelectual, entre ellos, Abu Amir b. Suhayd Adl al Wahhab b. Hazm, y el famosísimo Ali b. Hazm, que el gran historiador Ibn Hayyan, contemporáneo de los hechos, califica de grupo de jóvenes inexpertos [...] muy presuntuosos, anteponiéndolos a otros hombres de mayor autoridad política.

El califato de al Mustazhir no pudo empezar peor, para procurarse dineros el nuevo califa recurrió a expedientes ilegales que le granjearon pronto la impopularidad entre las clases trabajadoras y entre el vulgo. Ibn Idari, recogiendo las palabras de Ibn Hayyan, describe así la situación.

Los engañó el brillo de la ambición en medio de una ciudad asediada, una región oprimida, una ruina continuada, y un sultán pobre en cuya mano no caía un dirhem, si no era de los restos que recogía en el interior de la ciudad o del saqueo de los víveres de los que entraban en ella, con los que prolongaba su último aliento y repartía al conjunto de los soldados que lo rodeaban y a su guardia personal, y así llegaba a cometer actos indignos y de tiranía a su grey.

Ibn Hayan termina con estas lapidarias palabras: No se mantiene un poder con el que se perjudica, se derrama sangre y se pierde la esperanza en su régimen.

Como el nuevo califa carecía además de soldados aguerridos, acogió y honró en su alcázar a un grupo de bereberes que vinieron a proponerle sus servicios, y esta imprudencia bastó para que se desencadenase un motín en la ciudad, puesto que la población había sufrido sobremanera con la todavía reciente ocupación beréber. La población, que estaba harta de los norteafricanos, mató a los que pudo y tomó el alcázar de Córdoba.

Los visires, notables y jeques, a quienes el califa había extorsionado dineros y mantenía presos, pidieron socorro y la plebe rompió los candados y los pusieron en libertad. Todos penetraron en el harén y lo profanaron. Al Mustazhir trató de escapar del alcázar, pero al ir a salir por una puerta, Mahmud y Anbar, que días antes lo habían izado al poder, se lo impidieron.

Entonces optó por esconderse en la leñera del baño con algunos bereberes. Acudió la guardia y numerosa plebe y lo sacaron de allí con la camisa ennegrecida, en un estado horrendo, y en ese estado fue llevado ante la persona de su primo paterno Muhammad b. Abderramán —que momentos antes habían hallado escondido en otro sitio del alcázar y aclamaron como califa— el futuro e incapaz al Muktafi bi-llah, ya en la cincuentena (el pueblo de Córdoba lo apodaba el Miedosillo y Barriguita por su poco coraje y gordura que ordenó matarlo inmediatamente el 17-I-1024.

Esa fue la primera medida del nuevo soberano. Así terminó, con veintitrés años, uno de los califas omeyas intelectualmente más capaces, pero la situación y las circunstancias se aunaron para que no pudiera desarrollar sus talentos. Los efímeros califas que siguieron, ni de lejos estuvieron a su altura: pues ni fueron cultos, ni inteligentes ni valientes.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 162-163.

Muhammad III al Muktafi

Califa de Córdoba 1024-1025. Muhammad b. Abderramán b. Ubayd Allach b. Abderramán III nació en Córdoba en el año 976 y murió en Uclés, en la provincia de Cuenca en el año 1025. Los cordobeses se libraron de los hammudíes al finalizar octubre del año 1023, nombrando califa a Abderramán V al Mustazhir (1023-1024), hermano de Muhammad II al Madhi (1009-1010).

El reinado de Abderramán V parece haber durado cuarenta y siete días, pues fue muerto al rebelarse contra él el que sería nuevo califa, Muhammad III al Mustafki, nombrado el 17-I-1024. Este, por su parte, reinó soló algo más de un año y se vio obligado a abandonar la ciudad de Córdoba en mayo de 1025.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XIV págs. 6861-6862.

Hisam III al Mu´tadd

Califa de Córdoba 1026-1031. Abu Bakr, Hisam b. Muhammad b. Abd al Malik b. Abderramán III al Nasir, al Mut´add bi-llah (el que confía en Dios). Nació en Córdoba o Madinat al Zahra, 975 y murió en la Comarca de Lérida el 22-XII-1036. Último califa de la dinastía omeya de Córdoba (noveno califa omeya y decimoséptimo mandato califal) Su califato fue de cuatro años, seis meses y dos días.

Su padre fue Muhammad b. Abd al Malik, un personaje sin ningún relieve, nieto del califa Abderramán III. Su madre fue una umm walad, una esclava concubina llamada Atib. Era hermano mayor del malhadado califa Abderramán IV al Murtada, muerto en la aventura granadina contra los beréberes ziríes en 1018, y de la que el futuro califa Hisam III pudo escapar refugiándose en Alpuente, localidad del noroeste de Valencia, donde fue acogido por el señor árabe de la plaza Abdállah b. Qasim al Fihri, leal a los marwaníes.

Los notables y las gentes de Córdoba coincidieron en nombrar califa a Hisam b. Muhammad, reconociéndolo como soberano cuando estaba en la fortaleza de Alpuente, y pronunciaron la jutba (oración ritual del viernes) en su favoer en la mezquita aljama cordobesa. Fue proclamado el 4-VI-1027 en Alpuente, adoptando el sobrenombre califal de al Mu´tadd bi-llah (El que confía en Dios). El nuevo califa, sin embargo, no manifestó prisa alguna por ir a Córdoba para tomar posesión del trono que se le ofrecía.

Solo al cabo de dos años se decidió a ponerse en camino hacia la capital para aposentarse en el alcázar de sus antepasados. Llegó en diciembre de 1029. Su entrada en Córdoba causó no poco desprecio por la pobreza que mostraba, según nos cuenta Ibn Hayyan, historiador contemporáneo de los hechos.

Iba sobre un caballo [...] con modesto aderezo, cayéndose una usada capa, hasta el punto de que bajo ella aparecían sus ropas raídas. Delante de él iban siete caballos de los clientes amiríes llevados del ronzal, que los llevaron con él para adorno, sin bandera ni lanza.

Dotado de nulas capacidades para gobernar, el califa escogió como visir a un advenedizo llamado akam b. Sa´id, conocido como al-Qazzaz (el Sedero), que se preocupó sobre todo de tener bien provista la mesa de su señor, pues, al parecer, era muy aficionado a la comida, que le atraía más incluso que las pasiones, y en procurarle cantoras y músicos.

Las fuentes cuentan que, si bien el visir apartó del mando a las personas de calidad, no dejó de tener cierta habilidad para sostenerse en el cargo, para lo cual se rodeó de gente del pueblo sin gran preparación, ayunos de toda competencia y muy afectos a su persona.

Los notables de Córdoba intentaron acabar con el visir, pero, al no poder hacerlo de manera solapada —puesto que el visir deshacía todos los complots urdidos contra él—, soliviantaron finalmente al pueblo contra el correoso personaje. Mientras, dice Ibn Hayyan, el Sedero.

mantuvo a Hisam III oculto al otro lado de la cortina hiyab y lo dejó abandonado tras los velos sitr, le puso la copa en su mano derecha y un muchacho en la otra [...] y le llegó de parte de Dios lo que le llegó.

Las grandes familias de notables prometieron a un joven omeya llamado Umayya b. Abderramán b. Hisam b. Sulayman, descendiente de Abderramán III, que si los libraba del visir y de su señor ocuparía su puesto. Una promesa esta que nunca se cumpliría, pues los notables habían decidido abolir el califato, y en adelante Córdoba y su alfoz serían administrados por un consejo de notables.

El joven, con más atrevimiento que inteligencia, se apostó con unos cuantos compañeros en un lugar por donde el visir solía pasar hacia palacio, y sin grandes esfuerzos lo asesinaron y pasearon su cabeza en una pica por los mercados y las calles de la ciudad.

Este asesinato acaecido el 30-XI-1031 fue la señal del saqueo del alcázar califal por parte del populacho. Con todo Abu l-Hazm b. Yahwar, que más tarde fundaría la dinastía taifal de Córdoba, pudo evitar el completo saqueo del alcázar, así como más derramamiento de sangre.

Acto seguido se pregonó por los zocos y arrabales que no quedara en Córdoba omeya alguno, so pena de la vida. El califa Hisam III pudo escapar a través del pasadizo abovedado que unía el alcázar con la mezquita aljama, por encima de la calle del puente, con sus mujeres e hijos, donde pasaron la noche esperando lo peor.

Ibn Hayyan, en su relato, ofrece vivos detalles de esa espera. Abu l-Hazm b. Yahwar y los demás notables decidieron por la mañana encarcelar al depuesto califa en el castillo de Ibn Saraf, sin molestarse siquiera en obtener del infeliz califa la firma de su deposición.

No debió de estar preso mucho tiempo, pues se sabe que encontró asilo en Lérida, en la Marca Superior, junto a Sulayman b. Hud, y allí murió oscuramente en diciembre de 1036 a los sesenta y dos años. Como dice el gran historiador cordobés, los omeyas en adelante se sumieron en el vulgo hasta desaparecer. Así acabó el poco glorioso califato del último dinasta de los omeyas de al Andalus, dinastía otrora fundada por su lejano ancestro, el emprendedor Abderramán I.

MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXVI, págs. 311-313.