Expansión musulmana en España

El Islamismo

Cuando los soldados del Profeta desembarcaron por primera vez en la costa andaluza, hacía casi un siglo que había comenzado en la remota Arabia el avance conquistador del Islam. En España se desarrolla la fase final de la expansión de un movimiento que llevaba en su impulso los valores que le permitirían arraigar en los pueblos que caían bajo su dominio. Cierta idea de esos valores y del mundo no árabe en que se imponen es esencial para explicarse las vertiginosas conquistas de los sarracenos y para comprender su largo domicilio de ocho siglos en las tierras que ocuparon en menos de cien años.

Conocidos esos antecedentes, lo único que en realidad asombra es la obra de Mahoma, la proeza de crear una nación capaz de realizar aquellas conquistas y sojuzgar a tantos pueblos con las tribus de la Arabia. El éxito de Mahoma es, pues, lo primero que nos intriga al enfrentarnos con la cuestión. Grunebaum lo atribuye a que el Profeta fundó el sistema religioso más elaborado y consistente que jamás hubiera en la Arabia, un sistema adecuado al espíritu de la época, que contenía respuestas satisfactorias para los problemas que preocupaban a sus coterráneos.

Mahoma elevó al mundo de lengua arábiga al nivel de los demás pueblos de la Escritura. Presentándose al final de una larga fila de profetas, entre los que estaban Adán, Abraham, Moisés y Jesús, Mahoma explicó y legitimó su propio advenimiento y sugirió la mayor perfección y el finalismo de su versión del Libro de Dios.

Imprimió a la nación árabe significación metafísica al conectarla con el gran drama de la autorrevelación de Dios en la Historia, haciendo a los árabes instrumento de Dios en la difusión de la verdad última. Acertó el Profeta a dar unidad a su pueblo: le enseñó la lección de que una comunidad obediente a Dios tenía más sentido y prometía más fruto político que una comunidad regida por la ley tribal.

Por último, cuando Mahoma enlazó su misión con las doctrinas de cristianos y judíos y reveló que el gran santuario de la Kaba, en la Meca, había sido consagrado por Abraham, dotó de mayor profundidad a la conciencia histórica del árabe, llevó la memoria de su pueblo a los días de la Creación y le ofreció una tradición espiritualmente significativa de la Historia Sagrada como suplemento de sus vagos recuerdos de acontecimientos de importancia local.R.B.: Gustave E. von Grunebaum. Medieval Islam, Chicago, 1946. pp. 3 y 72.

Al morir Mahoma en 632, el pueblo árabe se halla ya animado por un incoercible sentimiento de su propia superioridad, de pueblo elegido de Dios; está persuadido de que su religión es la religión final, la única verdad. La religión fomenta el nacionalismo: su universalidad no le impide ser una religión estrechamente nacional.

Mahoma es árabe y en él venera el pueblo árabe a la Patria del Profeta, que es también la suya. La religión no solo crea la unidad del pueblo árabe, sino que de ella proviene el impulso expansivo, la fuerza que lanza a los musulmanes fuera de la Arabia, a llevar su ley a las naciones que viven en el error. Igualmente, en el sentimiento religioso anida la fuerza exclusivista que mantendrá a los mahometanos como comunidad nacional aparte entre los pueblos conquistados: y no solo aparte, sino muy por encima de ellos. El orgullo, la elevadísima idea que el islamita tiene de sí propio y de su fe es, en definitiva, el factor que más eficazmente actúa contra la absorción del conquistador.

La teología musulmana contiene en germen la tolerancia, pero en esa teología elaborada para el pueblo árabe se refleja el temperamento de una nación altiva. Esforzarse demasiado en convertir infieles no sería elegante, sería dar demasiada importancia seres inferiores, degradados, despreciables. El árabe se limita, pues, a obtener para Alá la obediencia externa de los nacidos para vivir en subordinación. El cristiano, incapaz de ver la luz de la verdad, no existe para el musulmán, o solo existe como tributario.

Solo quien combate al Islam llama la atención y provoca las iras del pueblo dominador.

Fue esto —anota agudamente Pirenne— lo que el infiel encontró tan intolerable y desmoralizador. No se atacaba su fe; se la ignoraba simplemente; y este era el medio más efectivo de que la abandonara y se acogiese a Alá, que no solo le devolvería su dignidad, sino que le abriría las puertas del Estado musulmán. Porque su religión compelía al mahometano consciente a tratar al infiel como súbdito, el infiel iba hacia él, y al hacerlo rompía con su país y con su pueblo.R.B.: Herry Pirenne. Mohammed and Charlemagne. Londres, 1939, p. 189.

La expansión árabe en Oriente

Nación regenerada y vital, con el espíritu abierto a la influencia de los valores que brillaban en culturas superiores a la suya, solo arrió la bandera de su orgullo para entrar a saco con entusiasmo en las creaciones de otros pueblos, y tomó de los griegos y los romanos el discurso abstracto, el hábito de pensar sistemáticamente, al tiempo que aprendía ciencia de los griegos y arte de los griegos y persas.R.B.: Herry Pirenne. Mohammed and Charlemagne. Londres, 1939, p. 151, 152.

La fe que había impreso unidad moral al pueblo árabe y le había acendrado la conciencia de la propia superioridad, hizo posible su cohesión política y permitió a Mahoma en los últimos diez años de su vida levantar un vigoroso Estado con centro en Medina. Comprendía este Estado el Hijad y parte del Najd, y extendía su autoridad, aunque con menos firmeza, a otras comarcas de la Arabia propiamente dicha.

El mundo que tenían enfrente los árabes, desde Persia a las costas atlánticas de África y España —con excepción, quizás, de la Mauritania— se hallaba corrompido y despotenciado por las guerras, civiles o internacionales. Los dos imperios orientales, el bizantino y el persa, acababan de deponer las armas después de una lucha en la que Heraclio había obtenido una victoria nominal Chosroes (año 627).

Bizancio reconquistaba Siria, Palestina y Egipto, pero Siria salía de la guerra agotada, descontenta desde el punto de vista político y muy dividida por los conflictos de religión. Egipto exteriorizaba su disgusto con el imperio, también por razones políticas y religiosas. Más a Oriente, Persia, vencida en la guerra con Bizancio, aparecía postrada, sin defensas militares ni morales.

A todos esos factores desfavorables a la defensa se unía el de la imprevisión. La invasión árabe iba a sorprender a todo el mundo. Poco se sabía de lo que pasaba en la Arabia. Persas y griegos tenían a Mahoma por uno de tantos herejes. No había, en suma, entre ellos conciencia del peligro que les amenazaba.

A los dos años de la muerte del Profeta, los ideales de la nación creada por él no caben ya en los límites de la Arabia y el Islam emprende entonces la marcha sobre ese mundo sin unidad, sin ideales comunes, en desintegración. Sus conquistas son fulminantes, como las de los Atilas y Tamerlanes.

En 634 se entera el emperador Heraclio de que los árabes están en Transjordania y se han apoderado de la fortaleza de Bothra (Bosra), sin que nada le sea dable hacer para contener el avance del nuevo enemigo. Al año siguiente entran los musulmanes en Damasco; y en 636 pierden los bizantinos la batalla de Yarmok que deja a toda Siria a merced del invasor. En 638 se rinde Jerusalén.

Mientras un contingente árabe arrollaba a Siria y Palestina, otros atacaban a Persia y Mesopotamia. En la batalla de Nihavand desbarataban los sarracenos a los persas; y una década más tarde, en 651, desaparecía por completo el Estado sassanida, y el propio monarca sucumbía a manos de uno de sus súbditos descontentos.

Sometidas Siria y Palestina, le llegó la hora a Egipto. Aquí debieron de tropezar los invasores con más viva resistencia, dado que habiendo emprendido la conquista hacia 64l o 642, muerto ya el emperador Heraclio, no ocuparon Alejandría hasta 647; pero después de adueñarse de esta capital, fácilmente dominaron todo Egipto.

Esta importante conquista fortalecía al Islam con una base firme para la expansión por el Norte de África, región de considerable valor estratégico desde donde podía intentarse con éxito la invasión de Sicilia, Italia y España, esto es, el salto a Europa. El mismo año que se rindió Alejandría comenzó el ataque árabe a las posiciones del imperio bizantino en la ruta de Libia. El emir de Egipto Ibn Saud derrotó al exarca Gregorio. Está oscuro el movimiento de los sarracenos hasta que llegan a la región de Túnez. Pero el avance que iniciaban ahora iba a sufrir interrupciones hasta entonces desconocidas para ellos.

Las fortalezas construidas en el reinado de Justiniano favorecían la resistencia: por primera vez se encontraban los guerreros de Mahoma con una defensa organizada; pero no era esto lo más importante: entraba en escena un elemento difícil de sojuzgar. Este nuevo elemento, tradicionalmente en conflicto con los romanos, y ahora su más eficaz aliado, era el bereber.

Entre 656 y 660 el avance del Islam quedó paralizado por una crisis interna, uno de cuyos episodios fue la muerte violenta del califa Othman. Mas en ese último año le sucedió Moawiya, personaje emprendedor, que comprendió en seguida que en su lucha con el imperio bizantino los árabes solo podrían vencer convirtiéndose en potencia marítima. Pronto desafiaba a las naves imperiales la flota mandada construir por Moawiya.En el mar, las conquistas de los musulmanes fueron tan desconcertantes v rápidas como en tierra.

No tardaron en desembarcar en la isla de Chipre, que se les entregó. Ni en medir fuerzas, frente a la costa de Asia Menor, con la marina imperial bizantina, a la que derrotaron. Dueños de las aguas de aquella parte del Mediterráneo se instalaron sin dificultad en la isla de Rodas, tomaron a Creta y llegaron hasta Sicilia, aunque no parece que asaltaran la isla.

Constantinopla, la sede del imperio, se les ofreció ya como presa tentadora. Convirtieron el puerto de Cyzicus en una gran base naval, y pusieron sitio a la antigua Bizancio. Pero en vano combatieron sus defensas en 668 y 660. En 673 iniciaron un bloqueo que casi duró cinco años. Constantinopla era inexpugnable, y con esta convicción los árabes desistieron, al cabo, del empeño.

Avance por el Norte de África

La expansión musulmana en la cuenca mediterránea oriental no hubiese sido tan grave para el imperio si la hubiera podido contener en África. Pero aquí habían proseguido las conquistas con velocidad no menos alarmante después de la ascensión de Moawiya al Califato. En 664 derrotaron los árabes a un ejército bizantino en Hadrumut y, después de tomar la fortaleza de Djejula, se replegaron de momento. Es seguro que en 670 se extendían ya las conquistas de los sarracenos a la región de Túnez.

La cronología y los movimientos del invasor entre esa zona y el Atlántico, tanto en tierra como en el mar, es otro extremo dificultoso. Los bizantinos tenían las ciudades del litoral cartaginés. Los bereberes atacaban desde las montañas de la adyacente cordillera.

En 670, el emir Okba ben Nafi ordenó la construcción de la plaza fuerte de Cairuán, centro militar de suma importancia para los musulmanes en la guerra con los bizantinos y los bereberes. De esta fortaleza salían los contingentes árabes en expediciones de castigo contra los africanos y aun en más audaces y lejanas incursiones.

En 675 se había infiltrado ya el enemigo muy a Occidente, si es cierto, como apuntan los autores españoles, que ese año, o el anterior, ocuparon los musulmanes a Tánger, que pertenecía a los bizantinos, y tuvieron fuerza naval para intentar el primer desembarco en España, conforme luego se dirá. En 681, Okba llegó hasta la costa atlántica en una de aquellas incursiones, y a continuación se replegó.

De todo ello viene a deducirse que el avance árabe en el Norte de África no fue ordenado ni gradual de este a oeste. A causa de la resistencia con que tropezaron en la región de Túnez, la conquista del Norte de África entretuvo a los islamitas varias décadas. En una de las contraofensivas que organizaban los bizantinos y los bereberes, el invasor tuvo que abandonar la formidable base de Cairuán, donde entró triunfante el príncipe berebere Koyssala. Koyssala comprobó que los árabes se habían rodeado ya de una población indígena convertida a la nueva fe.

De Cairuán, los musulmanes se retiraron a Barca, en la costa, plaza que tenía guarnición bizantina, formada por tropas que hacía poco habían desembarcado. Ignoraban los árabes esta circunstancia, y fue como si cayeran en una celada; su ejército quedó diezmado, y pereció el jefe inclusive. Acaecía esto en 689.

En este momento se tornó crítica la situación del Islam en África. La victoria de Barca, que hizo a los bizantinos dueños absolutos de la costa, puso en peligro todas las conquistas de los sarracenos en esa región. Siguieron años de enconada lucha. Repuestos los guerreros de Mahoma de los últimos descalabros, tomaron Cartago por asalto. Pero los bizantinos reconquistaban a poco la famosa ciudad con una flota que reunió el emperador Leoncio y que mandaba el patricio Juan.

Otros reveses sufrieron entonces los invasores. Los bereberes se habían agrupado en torno a la misteriosa figura de la llamada reina Kahina, especie de Boadicea africana, que los alentaba al combate y dirigía la guerra. Kahina y sus soldados desbarataron en 697 a los árabes cerca de Tebessa, y les obligaron a replegarse a la Tripolitana.

Tardaron los musulmanes un año entero en rehacer sus cuadros y prepararse para las grandes y decisivas victorias que iban a darles el dominio del África septentrional y del Mediterráneo occidental. Un nuevo emir o general, Hassan, aparece al frente del ejército en la campaña que inician las milicias del Profeta en 698. Ese mismo año, Hassan reconquista Cartago, ya definitivamente. Pero los árabes no iban a conservar esta ciudad como capital de su dominio; prefirieron la entrada del Golfo, donde fundaron Túnez, cuyo puerto La Goleta —nombre luego familiar para los españoles— sería durante siglos la gran base marítima del Islam en el Mediterráneo.

Después de la recuperación de Cartago, los sarracenos dominaron el mar. La superioridad de su flota se acreditó pronto, poniendo en fuga a la bizantina.

Ya no pudo prolongarse mucho tiempo la resistencia de los bereberes, huérfanos del apoyo imperial y además ganosos de trocar, con la conversión y la obediencia, una lucha imposible por las ventajas que gozaban los correligionarios del conquistador. Apresaron los árabes a la reina Kahina en las propias montañas en que anidó su fuerza, la ejecutaron y enviaron la cabeza al califa.

Pudieron ya los sarracenos dilatar sus conquistas por las tierras de la Numidia y la Mauritania, que aun estaban libres de su ley. Los dominios bizantinos en África se redujeron a pequeños enclavamientos en la Mauritania Secunda y la Tingitania. Pero no se ha llegado a determinar si la fortaleza de Septem (Ceuta), el más importante de todos, obedecía a los imperiales o a los godos de España.

Es también punto dudoso que les retara a los imperiales alguna posición en la Península Hispánica después de las campañas reconquistadoras de Suintila. Conservaban, todavía, sin embargo, el archipiélago balear. Y con las Baleares y los pequeños dominios del Norte de África formarían, acaso, los griegos el exarcado que prolongó todavía diez años en estas regiones la menguante autoridad del imperio.

España en vísperas de la invasión

La primera década del s. VIII la emplearon los musulmanes en consolidar su ocupación en el territorio hoy conocido por Marruecos, empresa que corrió a cargo del emir Muza Ibn Nosair, quien convirtió en masa a los bereberes.

La conquista de España parece haber sido designio de los árabes luego que llegaron a la región de Túnez y sus naves pudieron acercarse al Estrecho de Gibraltar. Ya hemos dicho que en una de sus incursiones por el Norte de África, hacia el 675, lograron apoderarse de Tánger. Por esos mismos días se presentó ante la ciudad española Julia Traducta (Algeciras), la armada musulmana más considerable que hasta entonces se vio en el Mediterráneo occidental. Reinaba en España Wamba (672-680). Pero este intento de desembarco fracasó, y las pérdidas sufridas por los atacantes se cifraron en unos 270 barcos y la mayoría de los soldados.

Harto se infiere de los movimientos de las fuerzas del Islam en el Occidente mediterráneo que África y España constituían un solo objetivo de la expansión árabe, a alcanzar simultáneamente. La impaciencia por hallar un punto de apoyo en la Península —la puerta de Europa— está anunciada en la nueva tentativa musulmana de desembarco del año 701, siendo rey de España Egica(680-701). La escuadra goda, mandada por el competente Teodomiro, pudo parar también este golpe.

Pero mientras en África y su litoral mediterráneo se organizaba y crecía el poder sarraceno. en España se precipitaba el proceso de descomposición del Estado visigodo, y las noticias que recibía Muza sobre el estado político y militar de la Península persuadirían cada día más al poderoso emir de la posibilidad de la conquista. Alentaba este peligro más de un sector social español. Lo veían con indiferencia casi todos los demás. Lo temían los magnates propietarios de esclavos y de los latifundios.

Los principales estimuladores de la invasión, con categoría de agentes activos, eran los judíos. Los visigodos se habían creado en esta raza un enemigo peligroso, no solo porque era excepcionalmente influyente y rica en España, sino porque constituía una parte muy numerosa de la población.

Los escasos restos de la clase media hispanorromana, exprimida por el fisco, estaban amenazados de extinción. Los esclavos y los siervos gemían bajo la opresión personal y fiscal intolerables. Las luchas de clase, de raza y de religión (los arrianos no habían desaparecido por completo), tenían minada a la sociedad. El Estado no se correspondía con la sociedad, carecía de base social.

Los grandes problemas que los visigodos heredaron del imperio romano estaban aún por resolver y se habían agravado. Incluso el clero católico anhelaba un cambio de régimen; y no parece haberle espantado la perspectiva de vivir bajo el Islam.

La disolución de la sociedad antigua tenía que acabar de producirse. La guerra civil entre los parciales de Witiza y los de Rodrigo equivalía en España a las luchas intestinas de los merovingios en Francia. Alguien, desde dentro o desde fuera había de derribar aquel Estado. Una nueva raza, otro partido, otra ola de bárbaros, procedentes del Norte o de Mediodía, había de barrer a los godos de Toledo, como Clodoveo sojuzgó a los godos de la Aquitania y los carolingios suplantaron a los merovingios.

Ahora bien, del interior de España no podía surgir la fuerza que destruyese la monarquía de Eurico, porque aquella sociedad era incapaz de crear nada; carecía de vitalidad y de entusiasmo; había degenerado sin remedio.

La renovación que anhelaban los españoles tampoco podía venir del Norte. Francia se hallaba en una situación parecida: el drama sin solución de la monarquía goda coincidía con la decadencia final de la monarquía merovingia. No poseía ya la primera raza franca el estado de salud que dos siglos antes la había impulsado a la invasión de Italia y España.

Diríase, pues, que los árabes arribaban al estrecho con una misión providencial, más ostensible aquí que en el extremo oriental del Mediterráneo: la de arrumbar violentamente un régimen que se sostenía porque aun no había aparecido la fuerza capaz de asestarle el golpe de gracia y sustituirlo.

Defendía a Ceuta un conde o gobernador llamado Olban, luego llamado Julián en las crónicas. Muza combatía esta posición, pero los godos, que apreciaban bien la importancia militar de la plaza, llave del Estrecho, enviaban a Olban todo linaje de auxilios Esta era la situación cuando los sucesos políticos de la Península precipitaron los formidables acontecimientos que de largo tiempo atrás se venían gestando.

El conde Olban era probablemente bizantino, como dice Aben Jaldún, y gobernaba Ceuta en dependencia del Basileus de Constantinopla. Dozy lo tiene por exarca de Ceuta, designado por los bizantinos. También se ha escrito que era godo. Según Codera era natural de África, pero bizantinizado y cristiano.

Egica había asociado al trono en 697 a su hijo Witiza, confiándole el gobierno de Galicia. Cuando murió, en 701, Egica -después de un reinado de severidades, en que se extremó el conflicto con los hebreos y hubo un nuevo intento de invasión musulmana, antes menciona-, Witiza heredó los atributos de la realeza.

Su política siguió una línea antípoda de la de su padre. Al sumo rigor sucedió suma tolerancia, síntoma infalible del desequilibrio de un Estado, forzado a errar, ora con la crueldad, ora con la excesiva blandura. Witiza amnistió a todos los perseguidos, en especial dio trato favorabilísimo a los judíos, y asoció al trono a su hijo Achila, segundogénito; pero esta decisión fue mal recibida en círculos y dio motivos a conjuraciones, reprimidas con el draconismo de la época.

La guerra civil, ya en marcha, tenía por causa aparente la cuestión de la sucesión, pero este asunto ofrecía probablemente las banderas que buscaban las fraccione engendradas por la descomposición general de las instituciones y por la ausencia de autoridad.

Al morir Witiza nada impidió ya la lucha declarada entre los partidarios de sus hijos Achila (Rómulo) y Sancho (Olmundo), el primogénito, sin que esté claro el papel que correspondió en ellas al tercero, Ardabastro. Extremo difícil de desentrañar es esta parte del drama final de la monarquía goda.

La crítica histórica o moderna viene a sostener que los nobles se dividieron, apoyando unos a Sancho y otros a Achila, que repartieron el reino, dando a sancho el Noroeste y a Achila el Sudeste. Respaldaban a Achila el noble Resechindo, su tutor, y sus tíos Oppas y Sisberto, hermanos de Witiza. Durante año y medio, Achila se defendió de la facción contraria y llegó a acuñar moneda en Barcelona y Tarragona.

A causa de estas luchas cesaron los socorros que Ceuta recibía de España, se relajó la vigilancia del estrecho, y de nuevo, en 709, trataron de desembarcar los musulmanes; evitó la invasión el general o gobernador godo Teodomiro.

La oscuridad que existe en torno a los acontecimientos desde la muerte de Witiza en 710 no es menos densa cuando se trata de perfilar las figuras de los personajes envueltos en ellos. Desconocemos la ascendencia familiar del optimate que arroja a Achila y a Sancho del dividido trono de Recaredo. Lo único claro es que Rodrigo era duque de la Bética al morir Witiza y que desde ese puesto paso a ceñirse la corona, alentado o elegido por los enemigos de Achila, y, probablemente, de un estado de cosas insostenible.

Quizás vieron en Rodrigo la mano de hierro que restablecería el orden y pondría término con energía a la disputa sucesoria. De momento debió de pacificar el país el nuevo monarca, o trataría de hacerlo con resolución, pues acudió incluso al Norte a sofocar disturbios.

Entre tanto, continuaban en África los preparativos para la invasión de España. La presencia de naves árabes y berberiscas en aguas españolas era ya frecuente; y hasta llegó a verse en julio o agosto de 710 a un contingente musulmán de 500 hombres mandado por el árabe yemenita Tarif Abu Zara explorando la costa andaluza en la región de Algeciras.

La exaltación de Rodrigo al trono, si de modo inmediato se acompañó del beneficio de la paz interior, tan perturbada, acentuó el peligro exterior. Los partidarios de la dinastía de Witiza eran muchos e influyentes. Los judíos no olvidaban la liberalidad con qué los trató Witiza y temerían volver a sufrir persecución a manos de un monarca que llegaba con una misión de autoridad.

Por otro lado, bien que la monarquía goda fuese electiva de derecho, el tiempo iba consagrando la costumbre hereditaria, como se ve por el rasgo, tomado del imperio romano, de asociar los reyes al trono a sus hijos; y para buena parte de opinión, Rodrigo sería un usurpador. El tercer elemento ofendido era la propia familia de Witiza, que al verse privada del poder quedó reunida por la desgracia y resuelta a reconquistarlo sin reparar en medios.

El golpe de Estado, o como quiera llamarse al acto por virtud del cual llegó Rodrigo a empuñar el cetro de Leovigildo, produjo efecto insospechado en Ceuta, por haber unido al conde Olban estrecha amistad personal con Witiza. Se negó este defensor de la atalaya africana de la monarquía peninsular a reconocer al nuevo rey y fue instrumento capital en la trama que iba a derribarlo, y con él —aunque muchos tampoco lo sospechasen— al trono de los visigodos.

Huidos de España, los hijos de Witiza se refugian en Ceuta; y confabulados con los judíos de España y su correligionarios, también muy numerosos, del Norte de África, y con el conde Olban, negocian con Muza, emir, y con Tarik, jefe berebere mahometizado, la invasión de la Península. En prenda de lealtad, Olban da en rehenes a los musulmanes a sus propias hijas.

Es punto generalmente admitido que la ayuda que solicitaron los witizanos de los árabes tuvo carácter limitado. Les pidieron simplemente que restablecieran en la Península la legitimidad dinástica; no se proponían entregarles el país ni el gobierno de España, aunque este fuera el designio de otros sectores sociales menos satisfechos.

Es el caso típico de una facción que busca la intervención extranjera a favor de sus intereses perjudicados. Pero mezclar a una fuerza extraña e incoercible en la guerra civil de una nación desvitalizada puede tener consecuencias fatales para los intereses que la movilizan y para la nación en general, como entones acaeció.

La convicción de que los sarracenos penetraban en España como desinteresados auxiliares del partido witizano, paralizó a una parte de la nobleza, que en otra disyuntiva hubiera ofrecido resistencia. Generales como Teodomiro, gobernador de Andalucía, hasta entonces celosos guardianes del territorio godo, se conducirían ante la invasión con debilidad, equívocamente, o abrirían al enemigo las puertas del Estrecho.

La Invasión

Congregados todos los actores y elementos de la gran conjura en la margen africana del Estrecho, ya no se hizo esperar el suceso tanto tiempo premeditado por los árabes. Y el 28 de abril del año 711 desembarcaba con 12.000 hombres en un punto de la costa española que a la sazón comenzó a llamarse Gibraltar (Gebel Tarik) el general enviado por Muza, Tarik ben Zeyad. Con Tarik venían el conde Olban, los hijos de Witiza y, sin duda, una cohorte de judíos, bien formando parte del ejército, bien en calidad de asesores políticos del conquistador.

Véáse Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España. Instituto de Historia de la Cultura Española, Medieval, y Moderna. Facultad de Filosofía y Letras. Buenos Aires, 1944. Cuaderno III: Dónde y cuándo murió don Rodrigo, p. 101.

Al conocerse el desembarco, Bencio, sobrino de Rodrigo, salió al encuentro de los musulmanes con alguna tropa, pero Tarik la aniquiló y el propio Bencio cayó muerto en la batalla.

La invasión árabe sorprendió al rey cuando se hallaba en el Norte (adonde parece que Teodomiro le envió un correo) en trance de dominar una rebelión más de los vascones, para lo que había concentrado allí la caballería. Rodrigo reorganizó y aumentó en Córdoba su ejército, dio el mando de una parte a Sisberto, witiciano notorio, y se preparó para el encuentro con el invasor.

Previendo que tendría que arrostrar más seria resistencia, Tarik, consolidada su cabeza de puente en el distrito de la Línea de la Concepción, pidió a Muza refuerzos, que pronto tuvo a sus órdenes. El emir enviaba a su lugarteniente 5.000 berberiscos más, una legión de judíos y algunos católicos del partido de Witiza que se habían rezagado en Ceuta. Con estas fuerzas y las que se le fueron agregando en Andalucía, Tarik disponía el momento de la batalla que decidiría el destino de España de unos 25.000 hombres.

El ejército de Rodrigo aventajaba en número al musulmán, pues se componía de unos 40.000 combatientes. Era también superior en elementos de guerra, dado que contaba con una importante sección de caballería, fuerza de que apenas disponía el invasor.

Pero esta superioridad de las milicias godas quedaba desvirtuada por su falta de unidad y la baja moral con que se preparaban a resistir al enemigo. Ambos ejércitos se encontraron el 19-VII-711 en la actual provincia de Cádiz.R.B.: Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España. Ibíd., Cuaderno III, p. 56. E. Levi Provençal, em Menéndez Pidal, Historia de España, t. IV.

El teatro de la batalla fue campo abierto en las proximidades del ría Guadalete.

El combate se desarrolló al principio con sesgo muy favorable a las fuerzas españolas, debido al empuje de la caballería, y Rodrigo hubiera salido de la jornada con los laureles del vencedor de no haber sido por la traición de los witizanos.

Mandaba el rey el centro del ejército, y esta parte se mantuvo firme hasta el último instante. Pero con impolítico criterio —o porque no tuviera a quién poner— había dado el mando de las alas a Sisberto y a Oppas. Ambos se pasaron al enemigo en la primera oportunidad que se les ofreció, y esta traición decidió la batalla a favor de los árabes.

Tres versiones hay sobre el final de Rodrigo: 1ª, que murió en la refriega; 2ª, que se ahogó al intentar cruzar el río; 3ª, que se retiró a Portugal, continuó la resistencia y pereció en el supuesto encuentro de Segoyuela con Muza. Para Sánchez Albornoz está probado que el rey sucumbió en la batalla del Guadalete y que nunca se dio la de Segoyuela. Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España. Cuaderno I y II, Otra vez Guadalete y Covadonga

La Conquista

La victoria de Guadalete dejó a España a merced del invasor. Desbaratado cuanto podía oponerle la monarquía goda en plan de resistencia organizada, aniquilado su ejército, desaparecido el rey, se desplomaron las demás instituciones. Y la conquista tuvo ya en España el carácter de paseo militar que distinguió al avance musulmán en la primera fase de la expansión, en el otro extremo del Mediterráneo.

El ejército vencedor en la llanura gaditana se dividió en tres cuerpos: uno a las órdenes de Zaide, que a poco entraba en Ecija, Málaga, Elvira (Granada) y pueblos de estas comarcas; otro, mandado por Mugueit el Rumi se dirigió a Córdoba y la tomó, bien que no sin combatir, pues la futura capital del califato se defendió; Tarik se puso en marcha al frente del tercer cuerpo de ejército en dirección al norte. Toledo, dónde solo quedaban los judíos después de la huida de sus habitantes cristianos, se entregó espontáneamente al general berberisco, quien, viendo a la capital goda en manos aliadas, prosiguió su avance tras las huellas de los toledanos fugitivos, a los que persiguió hasta Alcalá de Henares.

El caso de Toledo no era excepcional. Por regla general, en este período inicial de la ocupación, los sarracenos confiaban a los judíos y a los witizanos el gobierno de pueblos y ciudades antes de reanudar el avance.

En la primavera de 712, Tarik pasa el Guadarrama por Somosierra y se interna audazmente en el Norte. Saquea a Olmedo y Amaya. Se detiene ante la Cordillera Cantábrica. Atraviesa la región de Burgos sin propósito de conquistarla. Y con mucho botín, se vuelve a Andalucía.

En junio de ese mismo año desembarca en Algeciras con 18.000 hombres el emir de Marruecos, Muza. Sus primeras campañas le dan a Medina-Sidonia, Alcalá de Guadaira y Carmona. En Sevilla tropieza con resistencia que dura un mes; pero al fin se imponen dentro el partido judío y los witizanos; y es Oppas, según se cree, quien entrega al enemigo la ciudad isidoriana.

Palmario el designio conquistador del Islam, y no dudando ya nadie de que se proponía en España empresa más ambiciosa y grave que la de auxiliar a la dinastía desplazada, debió de crecer el número de los partidarios de la resistencia. Así, Mérida se negó a capitular y Muza tuvo que organizar el asedio. Ello entretuvo a los musulmanes todo el invierno de 712 y la primavera de 713. Acabaron tomando a la augusta ciudad por asalto.

La sublevación de Sevilla fue otro síntoma del recrudecimiento de la hostilidad al invasor en algunos puntos aislados. Urgía a Muza extender la ocupación al Norte, y dejó a su hijo, Abd-el-Azis, un cuerpo de ejército, con orden de reprimir la protesta sevillana, en tanto que él salía en busca de Tarik para, sin duda, trazar los planes de las campañas futuras

Se vieron ambos generales en el valle de Arrocampo, en el distrito de Almaraz, entre el tajo y el Tiétar. Puestos de acuerdo el emir y su lugarteniente en punto a las operaciones militares a emprender, inmediatamente, tomaron, además, algunas medidas de gobierno: Muza acuñó moneda y comunicó al califa la conquista. El avance parece responder desde entonces a un plan, que desarrollan en distintas direcciones el emir, Tarik y Abd-el-Azis.

Tarik marcha sobre Zaragoza, que no puede tomar, y se ve obligado a sitiarla. Entre tanto (año 713) Muza se presenta con su ejército en la Vasconia y en parte la somete. Pero no entra en Pamplona, sino que avanzando por la vía romana de Zaragoza a Astorga, pasa por la Bureba y la comarca de Burgos, invade los Campos Góticos y se apodera de León y Astorga.R.B.: Codera, Estudios Críticos de Historia Árabe Española, 2ª serie, p. 168.

Tarik seguía inmovilizado ante Zaragoza, pertinaz en la resistencia. Pero la llegada de Muza con refuerzos dio, al fin, esta ciudad a los árabes.

Se cree que Abd-el-Azis también acudió a cooperar en el asalto a Zaragoza. Por entonces andaba con su cuerpo de ejército por el Norte y el Nordeste de la Península, después de haber pacificado a Sevilla y de conquistar parte de la Lusitania: Niebla, Beja y Ossobona. A Abd-al-Azis se atribuye la conquista violenta de Pamplona. Muza o su hijo —extremo incierto— tomó a Barcelona y penetró hasta Ampurias.

Llamado a Damasco por el Califa, Muza le desobedeció, quizás por considerar que su presencia era aún necesaria en España.

En una nueva campaña, el emir se interna más en el Norte: toma a Amaya y llega hasta Lucus Asturum (a 5 kilómetros pasado Oviedo). Vuelve por Salamanca y moderno territorio de Portugal.

Tras la rendición de Zaragoza, Tarik reanuda sus conquistas por el Ebro medio e inferior: toma a Tortosa, Sagunto (Murviedro), Valencia, Játiba y Denia.

Teodomiro

Durante el tiempo que Abd al Azis estuvo en el Norte se había extendido el descontento por Andalucía, al punto de que el hijo de Muza hubo de conquistar de nuevo ciudades como Málaga y Granada.

Fue también en esta región donde se formó el foco de resistencia más peligroso para los árabes, con un caudillo prestigioso, Teodomiro, y una bandera que ya comenzaba a emocionar a algunos españoles: la de la independencia. Teodomiro, cuya conducta parece haber sido vacilante en el momento de la invasión, se dedicó a organizar la oposición tan pronto como advirtió que los musulmanes conquistaban a España para sí mismos.

El general godo trabó batalla con Abd al Azis en los campos de Lorca, y vencido, se retiró a Orihuela, donde se hizo fuerte. Disponía de pocos soldados. Pero si le faltaban tropas no le faltaba astucia, y se tiene por hecho histórico que disfrazó a las mujeres de Orihuela de soldados, las puso en los torreones, troneras y murallas que guardaban la ciudad; y después de tanto alarde, cuando Abd al Azis se preparaba para tomarla por asalto —que hubiera descubierto el bluff del godo—, Teodomiro se adelantó a pedir la paz. Accedió a la tregua el general árabe, a quien acaso empezaba a preocupar este centro de resistencia.

Entablaron negociaciones los dos jefes; Teodomiro halló en Abd el Azis un adversario generoso —cualidad que, tal vez, le costó luego la vida—, pues acabó reconociéndole como rey tributario del Islam en el territorio en que se alzaban las siete ciudades de Orihuela, Valentela, Alicante, Mula, Begastro, Anaya y Lorca.

Sucedió a Teodomiro, por elección popular, en ese pequeño reino simbólico, Atanagildo; y durante setenta años, hasta 779, subsistió reliquia tal original de la monarquía goda.

Los primeros emires de España

Insistía el califa en que Muza y Tarik se presentasen a él en Damasco. No les fue dable ya a ambos generales desoír los mandatos de su soberano, y partieron para Siria.

En España quedó de gobernador, con rango de emir, Abd al Azis. Su corto periodo de mando estuvo henchido de sucesos tan singulares como significativos.

Los cronistas de la Edad Media le consideraron pacificador de la Península, el primero que la tuvo toda sometida a tributos. Abd al Azis omnen Hispaniam per tres annos sub censuario iugo pacificans.R.B.: Cronicón Pacense, n. 42. Era DCCLIII, en Flórez, España Sagrada, t. VIII, p. 302.

Estableció su corte en Sevilla y se casó con Egilona, la viuda del desaparecido rey Rodrigo. Esto último y su tolerancia de los cristianos le crearon muchos y poderosos enemigos entre sus súbditos mahometanos. Ellos le asesinaron en 716.

Los jefes árabes de Andalucía eligieron entonces emir a un primo de Abd-el-Azis, Ayub, que llevó la corte a Córdoba. Apenas tuvo tiempo de hacer otra cosa. Su parentesco con el emir anterior le descalificaba para aquel alto puesto a los ojos de la opinión musulmana predominante. A los seis meses fue destituido.

El siguiente emir de España, Al-Horr, o Alahor (716-719) debió su nombramiento a la intervención del emir de África. Su etapa de gobierno está asociada en la Historia a dos hechos resonantes: el principio de la resistencia asturiana bajo Pelayo y la invasión árabe del Sur de Francia. De ambos sucesos se hablará más adelante.

Pero Alahor era guerrero violento, y destituido a causa de sus demasías, le sucedió Asama (719-721), que prosiguió la guerra allende los Pirineos, y derrotado en Toulouse, allí mismo quedó muerto.

Hubo un momento, siendo Asama gobernador de la Península, en que el emir de África, Omar, estuvo a punto de ordenar la evacuación de España por los árabes, en vista de los conflictos que los dividían en Andalucía; pero Asama le disuadió.R.B.: Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España. Cuadernos I y III, p. 88.

El ejército de Asama eligió emir a su más valeroso y eminente general, Abderramán al Gafequi, y el gobernador de África confirmó la decisión de la tropa. Abderramán gobernó Andalucía hasta el arribo del nuevo emir de España, Ambasa, en agosto de 721.

Ambasa (721-725) corrió la suerte de Asama: se entregó a la guerra de la Galia y pereció en Autun de las heridas que recibió en una batalla. En el emirato de Ambasa sufrieron los árabes en Asturias el desastre de Covadonga, episodio que Sánchez Albornoz fija como una aventurada conjetura en el 28 de mayo de 722.R.B.: Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España I y II, p. 112.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 274-293.