El Emirato de Córdoba

Índice

Historia del emirato omeya

Emires de Córdoba

Abderramán I, 756-788
Hisam I, 788-796
Al Hakam I, 796-822
Abderramán II, 822-852
Muhammad I, 852-886
Al Mundir I, 886-888
Abdállah, 888-912

Historia del emirato de Córdoba

El Emirato Omeya de Córdoba es el gobierno de los emires umara hispano-musulmanes tras la proclamación en al Andalus del omeya Abderramán I en 756 y hasta el establecimiento del califato por su sucesor Abderramán III en 929.Tras la victoriosa rebelión en 750 contra la dinastía Omeya de Damasco y coronado en Cufa el nuevo califa Abbasí Abu I Abbas al Saffah el Sanguinario, después de asesinar a su antecesor, el último superviviente de la familia destronada, el príncipe Abderramán emprendió un largo y peligroso viaje de incógnito a través de Palestina, Egipto y el N. de África.Con la ayuda de los yemeníes, en 755 el príncipe desembarcó finalmente en la Península Ibérica, en un puerto cercano a Elvira (Granada), donde recibió el apoyo de los jefes militares y tribales enfrentados al gobernador Qaysí Yusuf al Fihri en una guerra civil que se prolongaba desde hacía varios años.

División administrativa en coras, a finales del Emirato.División administrativa en coras.

En 756, tras derrotar a su adversario, conquistó Sevilla y Córdoba y, en esta última ciudad fue proclamado emir y fue el fundador de una dinastía, la omeya, que gobernaría al Andalus hasta 1031.En 757 todavía se invocaba el nombre del califa abbasí Abu Yafar al Mansur, sucesor de Abu I Abbas al Saffah, en la oración de los viernes, pero, a partir de ese momento, se prohibió su mención, así como el estandarte negro que distinguía a los Abasíes.A pesar de su modesta titulación de emir, Abderramán I (756-788) reunió un poder absoluto tras vencer completamente a Yusuf al Fihri y sus adversarios en 760.

La administración abbasí le sirvió como modelo para establecer una organización étnico geográfica en al Andalus y, al igual que los califas de Bagdad, impuso en palacio un rígido ceremonial. Se enfrentó a las revueltas internas —Toledo (761), Beja (Portugal, 763), Niebla y Sevilla (766) y Algarve (Portugal), Murcia, Barcelona, Zaragoza y Algeciras (Cádiz, 769)— y la amenaza exterior, que culminó con la fracasada expedición del futuro emperador Carlomagno a Zaragoza (788).Como estadista consiguió evitar la desintegración del incipiente Estado andalusí, que consolidó y pacificó; inició la construcción de la gran mezquita de Córdoba y destacó como mecenas y poeta.

Le sucedió su hijo, proclamado como Hisam I (788-796), quien hubo de enfrentarse a sus hermanos Sulayman y Abd Allah durante más de un año, venció la rebelión de Zaragoza y emprendió diversas incursiones contra Vermudo I en Álava, el N. de Castilla y Galicia, en el transcurso de las cuales atacó Oviedo (Asturias) y Narbona (Francia).

Durante su reinado continuaron las obras de la mezquita cordobesa y se impuso como doctrina oficial de al Andalus el malikismo, escuela jurídico teológica fundada por Malik b. Anas en Medina, en detrimento de la creada por al Awza`i en Damasco.

Hisam I nombró sucesor a su hijo al Hakam I (796-822), quien continuó la lucha contra sus dos tíos Sulayman y Abd Allah, hasta que murió el primero y se otorgó la amnistía y el gobierno de Valencia al segundo. En 817 hubo de enfrentarse a la insurrección del barrio rabad del Arrabal , en Córdoba, que puso en peligro su permanencia en el trono y vencida con la ejecución y el exilio de sus pobladores, unas veinticinco mil personas según las fuentes históricas árabes.

En 801 los francos se apoderaron de Barcelona y el ejército musulmán resultó derrotado en su incursión hacia Álava y Castilla, aunque en 808 el emir culminó con éxito su campaña contra Alfonso II el Casto (791-842) en Asturias y Galicia.

Su primogénito, Abderramán II (822-852) sobresalió como gobernante, mecenas de la cultura y las artes y jefe militar. Reorganizó al administración conforme al modelo Abbasí, ampliando notablemente los poderes de los visires; acuño moneda con su nombre; amplió la aljama de Córdoba y reunió en su Corte numerosos poetas, Alfaquíes y músicos, muchos de ellos procedentes de oriente.

Combatió a Abd Allah, rebelado otra vez, hasta su muerte en 823, así como la sublevación de los árabes yemeníes y Qaysíes en Toledo (829), Mérida (Badajoz, 823) y Algeciras (850). Durante su reinado los normandos, llamados por los árabes mayyus (gente del norte), desembarcaron en Lisboa y atacaron Sevilla, Medina-Sidonia y Cádiz y, aunque derrotados por el emir, este decidió la construcción de una flota que en la centuria siguiente resultaría decisiva para la política exterior hispana en el N. de África.

Abderramán II emprendió diversas razias contra los territorios cristianos de Álava, Castilla y León, Galicia, Asturias y Barcelona y, en el valle del Ebro, contra los Banu Qasim, familia de muladíesmuwalladu o neoconversos al Islam independizada en Tudela (Navarra).

En 851 los representantes más radicales de la comunidad mozárabe de Córdoba, a pesar de la amplia tolerancia oficial, realizaron blasfemias públicas contra Mahoma que provocaron su ejecución por las autoridades, hecho que perjudicó irreversiblemente la convivencia pacífica entre los distintos credos. En ese periodo las relaciones diplomáticas alcanzaron un considerable desarrollo y en la Corte cordobesa se recibieron embajadas procedentes de los reinos cristianos peninsulares, del imperio carolingio y de Bizancio.

Sin embargo, la ausencia de un control efectivo del país no permitía asegurar una paz y estabilidad cada vez más amenazadas por las disidencias internas, por el avance de la reconquista cristiana y por la crisis económica, a cuyo agravamiento contribuyeron tanto las hambrunas de 823 y 846 como las devastadoras inundaciones de 850.

Las tensiones sociales acumuladas se manifestaron durante el reinado de Muhammad I (852-886), designado por su padre para sucederle, que había ejercido como gobernador de la Marca Superior y participado en numerosas expediciones militares.

En 854 la poderosa comunidad muladí de Toledo, con el apoyo de los cristianos, se rebeló contra el emir, depuso al gobernador y reclamó la ayuda del rey Ordoño I de Asturias (850-866), que envió un ejército derrotado por las tropas cordobesas. La victoria no supuso el final de las hostilidades, que continuaron hasta 858 y, aún después, con la ejecución del clérigo Eulogio (859) y los disturbios protagonizados por los muladíes y mozárabes en Mérida (868), en Badajoz y en la Marca Superior y media.

En 855 reaparecieron los normandos, que conquistaron Algeciras y Tudmir (Murcia) en 859 y en esa misma década se consumó la secesión de los Banu Qasim, aliados con los monarcas cristianos de Navarra, en un periodo de crisis social agravada por las plagas sanitario alimentarias de 867 y 874. Sin embargo, en el último cuarto de siglo la conflictividad alcanzó un nivel sin precedentes y solo comparable a la guerra civil fitna que concluyó con la desintegración del califato en 1031.

Los responsables de la crisis fueron especialmente dos, el primero de ellos Ibn Marwan Ibn al Yilliqui (El Hijo del Gallego, muladí que se independizó en Mérida en 868, 875 y 884, en esta última ocasión estableciendo con la ayuda de Alfonso III de Asturias (866-909) una dinastía que reino en Badajoz y en su área andaluza y portuguesa circundante hasta 929.

El segundo era también un muladí de Ronda (Málaga), Umar b. Hafsun, que desde su fortaleza en Bobastro (Málaga) lideró una insurrección contra la autoridad de Córdoba, de manera abierta a partir de 883, resultado no solo de la disidencia política, sino también de la crisis social y de la polémica religiosa, que los rebeldes utilizaron en su propio beneficio.

Este hecho le permitió erigirse en poder alternativo respecto al emirato y mantener su secesión contra los diversos intentos infructuosos para sofocarla de al Mundir (886-888) y Abd Allah (888-912).

Durante el reinado de este último b. Hafsun alentó la rebelión de los muladíes en Murcia, Mérida, Sevilla, Badajoz y Zaragoza, conquistó Jaén, Écija (Sevilla), Elvira (Granada) y Granada y se convirtió al cristianismo (899). Al mismo tiempo se sucedían las insurrecciones de grupos árabes y beréberes, algunas de las cuales culminaron con la creación de estados autónomos.

Entre ellas destacó la dirigida por Ibrahim b. Hayyay, quien aprovechó uno de los muchos enfrentamientos entre árabes y muladíes para independizarse en Sevilla hasta su muerte (910), si bien esta ciudad y Carmona (Sevilla) no se reincorporaron a la soberanía del emirato hasta el acceso de Abderramán III al trono (912). Nieto de Abd Allah, quien había asesinado a su padre, este último emprendió con decisión la tarea de acabar con los diferentes estados surgidos en al Andalus durante el mandato de su predecesor.

A finales de 912 derrotó en Caracuel (Ciudad Real) al beréber al Fath b. Zennun y en enero de 913 arrebató Écija a Ibn Hafsun, contra el cual inició una campaña en abril de ese último año, en cuyo transcurso recuperó, entre otras plazas, Baza y Salobreña (Granada). En diciembre su hayib —primer ministro, chambelan— Badr b. Ahmad entró triunfante en Sevilla y en 917 tomó definitivamente Carmona, mientras que en ese mismo año falleció Ibn Hafsun en Bobastro, aunque esa fortaleza no se rindió hasta enero de 928.

Abderramán III se proclamó califa jalifa en Córdoba, además de príncipe de los creyentes amir al muminin, con un título honorífico laqab, al modo de los Abasíes: El que combate victorioso por la religión de Allah al Nasir li-din i llah.

MUÑOZ SORO, Javier, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII págs. 3536-35737.

Abderramán II

Emir de Córdoba 822-852. Abderramán II, Abderramán b. al Hakam b. Hisam b. Abderramán Abu l Mutarrif. Nació en Toledo, donde su padre, el que más tarde sería emir Al Hakam I, era gobernador, el 11-XII-792 y murió en Córdoba el 22-IX-852. Si bien desde un punto de vista político su reinado no tuvo la transcendencia del de su bisabuelo, el instaurador de la dinastía (al Dajil), o del de su biznieto al Nasir, el primer califa andalusí, su gobierno representó un cambio radical en otros muchos aspectos.

consolidación de las estructuras administrativas, apertura cultural a Oriente, enriquecimiento financiero del Estado, sustancial fomento de las obras públicas. Todos los cronistas árabes coinciden en afirmar que sus días fueron los más felices de toda la época omeya, hasta el punto de que alguno de ellos llegó a denominar su reinado como La luna de miel.

Por otra parte, a su afortunado destino histórico se une un dichoso avatar historiográfico: se trata del único gobernante omeya de al Andalus del que se ha conservado íntegro el capítulo correspondiente del Muqtabis, la más importante crónica escrita en la Península Ibérica musulmana, lo cual implica que el reinado de Abderramán II es, con diferencia, el mejor documentado de toda la historia omeya de al Andalus.

La prosperidad económica, la relativa paz interna, el florecimiento cultural, la creciente actividad diplomática, todos estos factores convierten el gobierno de Abderramán II en un periodo venturoso y feliz, pero sería injusto considerar al emir responsable de este clima de bienestar, puesto que de la la descripción que de su actividad hacen las fuentes se desprende más bien que el soberano, más que esforzarse en alcanzar esa prosperidad en todos los campos, lo que hizo fue disfrutar de ella sin restricciones, dejando para otros la tarea de conducir la nave del estado.

Abderramán II no fue en absoluto un emir incapaz o inoperante poseedor de una amplísima cultura y de una inteligencia no desdeñable, en determinados momentos podía dar muestras de resolución y firmeza y llegó a dirigir personalmente varias campañas militares. Pero no es menos cierto que, sin que fuera merecedor del calificativo de disoluto, su principal objetivo en la vida fue siempre disfrutar de todo tipo de placeres, placeres entre los que no estaba la dedicación a las tareas de gobierno.

De manera ciertamente asombrosa, entre las noticias que los anales del Muqtabis refieren en su primer año de reinado, junto a revueltas, embajadas y nombramientos, se mencionan dos cacerías del emir, dato que corrobora otras informaciones indirectas que hablan de la afición de Abderramán II por la caza, lo cual llevó al pueblo cordobés a llamarlo el de las grullas y a esta ave, la preferida por el emir, la Abd al rahmana (que pasó al castellano con la forma Abdarramía).

También disfrutaba grandemente de la compañía de poetas, músicos y cantores, que formaron una corte cultural a su alrededor bastante alocada e irreverente, en la que el género que se cultivaba con mayor afán era el de la sátira, en sus manifestaciones más crueles y obscenas.

Como se ha mencionado antes, el emir dirigió en persona muchas campañas militares, más que la mayoría de sus antecesores y de sus descendientes, pero no fueron escasas las ocasiones en las que a mitad del camino regresó a Córdoba dejando las tropas en manos de sus lugartenientes (años 838 y 844) o que, cuando el ejército estaba a punto de partir, decidió enviarlo a las órdenes de otro, mientras él permanecía en su alcázar (año 841).

Según algunos relatos, al menos en un caso el abandono de sus obligaciones como comandante del Ejército se debió a un sueño erótico del que despertó con el deseo irrefrenable de estar cerca de una de sus mujeres, deseo que no vaciló en satisfacer sin más dilación que la impuesta por el largo camino que debía recorrer hasta alcanzar el objeto de su pasión.

Porque fue ese y no otro el placer al que con más entusiasmo y dedicación se entregó Abderramán II; de su inclinación a las mujeres es buena muestra su desmesurada prole: cien hijos. Pero la intensidad y amplitud de su empeño en esta tarea no le impedía ser exquisitamente selectivo, pues solo compraba o aceptaba como regalo esclavas de especial hermosura y, sobre todo, vírgenes, llegando su cuidado en este punto a tenerlas en una especie de cuarentena antes de acceder por primera vez a ellas, para que en ese plazo se revelara cualquier vicio oculto.

A la vista del carácter y de las aficiones de Abderramán II no es de extrañar que delegara en otros las tareas fastidiosas o laboriosas. Tres fueron las personas que libraron al emir de esas responsabilidades: Nasr, uno de sus servidores de palacio se adueñó de la gestión del poder político; Yahya b. Yahya, prestigioso Alfaquí, manejaba a su antojo la judicatura, y Tarub, su esclava favorita, reinaba en el alcázar y el el corazón del soberano.

Abderramán era perfectamente consciente de que era dominado por estos tres personajes y de que en ocasiones no se comportaban con la justicia y la honradez deseables, pero les dejaba hacer por dejadez y comodidad hasta que uno de ellos, Nasr, intentó librarle definitivamente de toda preocupación terrenal y el emir tuvo que reaccionar y prescindir de tan eficaz y desleal colaborador.

Tarub, que con toda probabilidad habría participado también en la conjura, salvó sin embargo la vida. Hijo de una esclava de nombre Halawa, las fuentes lo describen como persona de elevada estatura, cabello y ojos negros, nariz aguileña y poblada barba.

Proclamación del emir

Cuando su padre, al Hakam I, presintió que se acercaba su final, hizo que Abderramán se instalara en el alcázar, dejando en sus manos los asuntos del reino. Asimismo hizo que se le prestara juramento de fidelidad por parte de sus súbditos para garantizar una sucesión al trono sin problemas. También se prestó juramento a otro de sus hijos , al Mugira, como sucesor del sucesor, pero más tarde, cuando Abderramán ya reinaba, lo convenció —probablemente con argumentos irrechazables— para que renunciara a sus derechos sucesorios.

Esta jura tuvo lugar a finales de abril del 822 y pocos días más tarde. el 22-V-822 fallecía al Hakam I y ocupaba su lugar Abderramán II. Una de sus primeras medidas fue el ajusticiamiento del comes Rabí (jefe de la terrible guardia palatina y recaudador de contribuciones) y mano derecha de su padre en los últimos años de su gobierno, al que el pueblo acusaba de todas las desgracias que habían acaecido en Córdoba en ese periodo, en especial de la dura represión del levantamiento del Arrabal.

Con ello pretendía congraciarse con la población y, al mismo tiempo, descargar de responsabilidades la figura de su padre, señalando al crucificado Rabi como culpable de los desmanes cometidos por el Gobierno. Las mismas motivaciones populistas habría que ver en otra decisión tomada inmediatamente después de su asunción de funciones de emir: la destrucción de las tabernas en las que se vendía vino.

Entre los actos que acompañaban la subida del trono de un emir omeya en al Andalus había uno que se había convertido casi en un ritual: la sublevación del pretendiente Abd Allah, hijo de Abderramán I, que se había alzado en armas para reclamar sus derechos tanto contra su hermano Hisam I como contra su sobrino al Hakam, al principio en compañía de al Sulayman y, tras la muerte de este, en solitario.

Enterado este Abd al Allah, llamado el Valenciano por haberse instalado en esta región, de la muerte de al Hakam y de la entronización de Abderramán II, su reacción fue automática; declararse en rebeldía, ocupar la vecina ciudad de Murcia y reclutar una mesnada. Pero esta sería la última vez que el ritual se cumpliría.

Cuando Abd Allah se hallaba pronunciando el sermón del viernes en la mezquita, sufrió una embolia que lo dejó paralizado. Trasladado a Valencia, falleció al año siguiente sin haber recuperado la movilidad. Los cronistas destacan la paz que reinó dentro de las fronteras de al Andalus durante los treinta años de gobierno de Abderramán II y subrayan que únicamente los problemas en la Marca Superior con uno de los Banu Qasim, Musa b. Musa, y en la Marca Inferior con los rebeldes de Mérida, alteraron la tranquilidad de su reinado.

Esto no es del todo exacto, pues parecen olvidar que Toledo no se sometió hasta el año 937 y que en algunas zonas no fronterizas hubo también algunos disturbios, como sucedió en Murcia, en las sierras de Ronda y Algeciras, en el Algarve o en Baleares.

Sin embargo, no es menos cierto que esos disturbios fueron de muy escasa entidad y que Toledo, tras su conquista, no volvió a causar el menor trastorno en vida de Abderramán II; fueron quince años de tranquilidad, algo inusitado en la historia de las relaciones entre la antigua capital visigoda y el emirato omeya.

Al comienzo del reinado las tres marcas seguían en estado de permanente resistencia al poder central que caracterizó toda su historia hasta que Abderramán II consiguió dominarlas ya bien entrado el s. X. Cada una estas regiones presentaba unas características sociales muy distintas, lo cual se veía reflejado en la forma en la que se manifestaba el rechazo al poder cordobés.

La Marca Superior

La Marca Superior estaba dominada por una serie de grupos familiares tanto indígenas muladíes como árabes que se disputaban el dominio de la zona con la participación, casi siempre secundaria, de otros dos protagonistas, los señores cristianos de Pamplona y los gobernadores enviados por los Omeyas. En la época de Abderramán II la familia dominante en la Marca era la de los Banu Qasim, a cuyo frente se encontraba la figura más destacada de ese linaje en toda su historia, Musa b. Musa, que se hacía llamar (tertium regem in Spania).

Este personaje, hermano por parte de madre del señor de Pamplona Íñigo Arista, permaneció en un primer momento fiel al emir, participando en las campañas del 839, contra Álava y los Castillos, y del 842, contra Pamplona. Pero en esta última, en la que no es seguro que acudiera él personalmente, se enturbiaron las relaciones y el emir envió inmediatamente a un hombre de confianza, al Harit b. Bazi para que se ocupara de acabar con el problema, pero, a pesar de que inicialmente consiguió expulsar a los Banu Qasim de Borja y de Tudela, Musa, aliado con García I Íñiguez, le tendió una celada y lo hizo prisionero en la batalla de Palma, cerca de Calahorra.

Abderramán II no estaba dispuesto a consentir esa afrenta y en los años siguientes dirigió tres expediciones contra Musa y sus aliados de Pamplona, en las que causó grandes destrucciones en territorio enemigo. La última de estas campañas, culminada por el infante Muhammad, consiguió en el año 844 que Musa se sometiera y que, al año siguiente aceptara un pacto, pacto que no tuvo una vigencia muy larga, puesto que en dos ocasiones más, en el 846-847 y en el 849-850 volvió momentáneamente a la rebelión, si bien depuso las armas en cuanto el ejército del emir apareció por las cercanías.

Poco antes de la muerte de Abderramán II, Musa protagonizaría la batalla de Albelda, cerca de Viguera, en la que, después de pasar por muchas dificultades y de resultar él mismo herido, logró la victoria sobre las fuerzas vasconas.

La Marca Media

En la Marca Media el foco de rebeldía estaba situado en una única ciudad, Toledo, que sufrió una represión muy violenta en repetidas ocasiones, en contraste con los continuos intentos de apaciguamiento que los Omeyas aplicaron a los sediciosos de la Marca Superior. Los habitantes de la ciudad, en su mayoría muladíes, vieron como una y otra ves las tropas del emir asolaban sus casas, pero esto no les amilanaba y, a la primera ocasión retornaban a su pertinaz desobediencia.

En tiempos de Abderramán II, Toledo aparece en las crónicas por dos motivos: el primero de ellos es la insurgencia de Hasim al Darrab (el Herrero), toledano emigrado a Córdoba después de que su ciudad fuese arrasada en tiempos de al Hakam I y que en el año 829 regresó a su patria para reunir una partida de sediciosos con la que comenzó a saquear la zona del Alto Tajo, atacando indistintamente asentamientos árabes y bereberes hasta que el emir dio órdenes a su gobernador Ibn Rustum para que pusiese fin a los desmanes.

Hasim, cuyas andanzas le habían llevado hasta la laguna de Gallocanta, se topó con las tropas Omeyas en Daroca y fue derrotado y muerto (831). Esta revuelta no puede ser considerada en puridad una manifestación más de la tradicional disidencia toledana porque, aunque protagonizada por habitantes de la ciudad, no se desarrolló en ella sino en comarcas bastante alejadas de allí.

Más se ajustan al patrón habitual los acontecimientos de los años 834 a 837. En el primero de los años el emir envió un ejército, al mando de su hermano Umayya, para someter una Toledo nuevamente sublevada, en esta ocasión siguiendo a Ayman b. Muhayir. La ciudad resistió el ataque, por lo que Umayya decidió regresar a Córdoba, dejando una guarnición en Calatrava para hostigarla.

Los toledanos, confiados en la debilidad del destacamento de Calatrava, se lanzaron muy pronto contra ella, pero sufrieron un muy duro revés. El año siguiente la aceifa dirigida por Abderramán II contra Mérida pasó por Toledo, aunque no se entretuvo en demasía allí. También dirigió personalmente la del año posterior (836), sin conseguir conquistar la ciudad, pero disensiones internas lograron la defección del cabecilla de la revuelta, Ayman b. Muhayir, se pasara al bando omeya y se presentara ante el gobernador establecido en Calatrava, para ponerse a sus órdenes.

Reforzado con las tropas del ejército emiral, Ayman no dejó de acosar a sus antiguos correligionarios durante todo el año, cuando se presentó ante sus murallas la aceifa siguiente, la situación de Toledo era ya insostenible.

Enterado de ello Abderramán II, quiso entrar personalmente en la ciudad y se unió al cerco en julio de 837, consiguiendo la rendición de la plaza. En la quincena de años que transcurrió hasta la muerte del emir, Toledo permaneció bajo control de Córdoba, sin que las crónicas recojan el menor disturbio en ese periodo, algo insólito en la historia de la capital de la Marca Media.

La Marca Inferior

La tercera zona de frontera de al Andalus era la Marca Inferior, llamada también por las fuentes árabes al Yawf (el interior), Su población era mayoritariamente rural, con importantes asentamientos bereberes que convivían con grupos muladíes y cristianos. La presencia del estado omeya en esta zona era casi testimonial, lo que provocó que las pocas incursiones que los ejércitos astur leoneses hicieron en territorio musulmán antes de la caída del califato cordobés entrasen por esta comarcas.

Sus habitantes, por otra parte, nunca dieron muestras de poseer un espíritu de unidad étnica o política que los aglutinase en contra del poder central. Por todo ello esta región vivió casi siempre en un estado de marginalidad en el que no se sentía la necesidad ni la utilidad de romper los tenues vínculos de dependencia con Córdoba.

Los rebeldes de esta zona no son ni miembros de dinastías señoriales, como en la Marca Superior, ni habitantes de una ciudad histórica y políticamente importante, como los toledanos; son casi siempre aventureros a medio camino entre la insurrección y el bandolerismo que viven principalmente de sus rapiñas y que incluso pasan a territorio cristiano para ponerse al servicio del rey asturleonés de turno.

Esta descripción le cuadraría bien al toledano Hasim al Darrab (el herrero de la Marca Media), pero los ejemplos más cumplidos de este tipo de personajes se encuentran en la : un beréber en tiempos de Abderramán II, Mahmud b. Abd al Yabbar, y un muladí en los de Muhammad, Abderramán b. Marwan al Yilliqi.

Ya en el año 826 se habían producido los primeros enfrentamientos en la región, cuando un grupo de bereberes atacó y derrotó a una hueste enviada por el emir. Entre la treintena de hombres que cayeron en combate estaba el gobernador de Mérida Marwán al Yilliqi, antiguo rebelde pasado al servicio de los Omeyas y padre de Abderramán b. Marwan al Yilliqi. El vacío de poder en Mérida fue aprovechado por dos cabecillas locales, Mahmud b. Abd al Yabbar y Sulayman b. Martin, que se pusieron al frente de la sedición de la ciudad.

Atacados en el 829 y en el 830, acabaron por someterse temporalmente, para volver a la rebeldía en cuanto las tropas se alejaron. Pero con el paso de los meses su situación empeoró, ya que otros grupos bereberes toman el relevo del ejército emiral y los hostigan incesantemente.

De esta forma se vieron obligados a abandonar Mérida e instalarse en Badajoz, de donde también acabaron saliendo con sus seguidores y sus familias para iniciar un peregrinaje por las regiones occidentales de al Andalus, huyendo del emir y de los habitantes de esas comarcas, que no deseaban tenerlos como vecinos.

En el transcurso del nomadeo surgieron diferencias entre los dos jefes, que se separaron; Sulayman b. Martin se encastilló en santa Cruz (cerca de Trujillo), donde fue cercado por Abderramán II. Amparado por la oscuridad de la noche, el rebelde intentó huir por una brecha de la muralla, pero la poca visibilidad y lo escabroso del terreno hicieron que se despeñara. Los compañeros que lograron sobrevivir se unieron a Mahmud b. Abd al Yabbar que se había refugiado en Badajoz.

De allí partieron todos hacia el Algarve, encontrándose con una fuerte resistencia por parte de sus habitantes, quienes, a pesar de su superioridad numérica sobre los setecientos jinetes de Mahmud, fueron derrotados. Tras saquear a su antojo aquellas tierras se acogió a la Sierra de Monchique, de donde intentó desalojarlo sin éxito Abderramán II en el año 835, fracaso debido en parte a las dificultades del terreno y en parte a que las tropas comenzaron a quejarse de la dureza de la campaña, prevista inicialmente solo contra Badajoz. A pesar de este traspié, el emir no cejó en su empeño de acabar con el rebelde, para lo que ordenó a sus gobernadores en la zona combatirlo sin tregua.

No le quedó a Mahmud más salida que iniciar el camino hacia el norte con los restos de su mesnada, pues apenas le quedaban cien jinetes; en el recorrido le salió al paso un caudillo beréber en Lisboa con fuerzas muy superiores, pero, una vez más, Mahmud y los suyos consiguieron vencer; por fin llegaron a territorio cristiano, donde el rey Alfonso II les dio cobijo, instalándolos en una fortaleza que, desde entonces tomó el nombre de su poblador, tal vez, cerca de Oporto.

Allí vivió durante algún tiempo hasta que, deseoso de volver a su patria, el rebelde entró en tratos secretos con el emir, que accedió a perdonarlo y recibirlo de nuevo en sus tierras. Pero los tratos no fueron lo suficientemente discretos y el rey asturiano tuvo conocimiento de ellos, por lo que decidió acudir al castillo de Mahmud para castigarlo.

Fiel a su conducta de toda la vida, el beréber se resistió con valor, pero lo que no habían conseguido sus múltiples rivales los consiguió el destino: de regreso de una salida contra los sitiadores, su caballo se encabritó y lo descabalgó, con la mala fortuna de que cayó sobre un árbol y murió en el acto. Su muerte acaeció en 840.

Sus seguidores, salvo unos pocos que lograron huir, fueron muertos o cautivos, entre estos últimos su hermana Yamila, célebre tanto por su belleza como por su valor, que cayó en manos de un noble cristiano, quien la convirtió a su religión y la desposó. Entre los hijos habidos de este matrimonio hubo uno que llegó a se obispo de Santiago

Otras disensiones externas

El enorme empeño puesto por Abderramán II para acabar con celeridad con todas las disensiones internas no le impidió continuar la política de campañas de castigo contra los reinos cristianos. Sus contactos con Pamplona estuvieron siempre intermediados, en un sentido u otro, por las relaciones con el qasi Musa b. Musa, mientras que el reino franco no fue objeto de atención por parte del emir en la medida en que lo había sido en reinados anteriores; apenas un par de campañas, la del 827 contra Barcelona y Gerona y la del 841 contra Vic y Taradell, además de la ayuda prestada al conde tolosano Guillermo II contra Carlos el Calvo, que acudió a Córdoba en el 846-847 a pedir apoyo para enfrentase al carolingio.

Con el concurso del gobernador de la Marca Superior, el conde Guillermo hostigó durante algún tiempo a los francos, llegando a asediar Barcelona y Gerona en el 848-849, hasta que fue capturado y ejecutado poco después.

Pero el objetivo principal de la actividad militar de Abderramán II fue el reino de Asturias, que sufrió durante esos años la continua amenaza de las aceifas musulmanas, tanto en su sector oriental, la Álava y los Castillos (823-825.826-838-839,849), como en el occidental (Viseu y Coimbra en el invierno del 825-826, Viseu en el 838, una de objetivo desconocido en el 840, León en el 846, en la que conquista la ciudad, la arrasa, pero no puede derribar sus fuertes murallas.

Estas campañas, como ocurrió a lo largo de la historia de los Omeyas de al Andalus, únicamente perseguían el castigo del territorio enemigo y la obtención de botín, pero no reconquistar las tierras de las que poco a poco se iban apoderando los cristianos; es probable que tras esta política de no aprovechamiento de la habitual superioridad militar musulmana se esconda un sensible déficit demográfico andalusí.

Por otra parte, el interés primordial del emir se centró en las acechanzas internas, de modo que, cuando surgen problemas en Mérida y Toledo, los ataques a territorio cristiano se suspenden (entre el 827 y el 838). Las ciudades y comarcas del sur de al Andalus, alejadas de las fronteras con los cristianos —y de los no menos peligrosos musulmanes fronterizos—, llevaban una existencia apacible, libres del temor a un ataque exterior, pues ningún enemigo acechaba las costas meridionales de la Península.

Por ello, ciudades como Sevilla no estaban protegidas por murallas, que, a juicio de los emires omeyas, solo podían servir para que sus habitantes tuvieran tentaciones de protegerse tras ellas y alzarse contra Córdoba.

Pero en el año 844 el país alegre y confiado despertó a la realidad de una manera inopinada y brutal: tras algunas escaramuzas en Lisboa, Cádiz y Sidonia, una cincuentena de navíos normados fondearon en la isla Menor , en el Guadalquivir y desde allí fueron remontando el río arrasando a su paso Coria hasta llegar a Sevilla. Sus habitantes, abandonados por su gobernador, que huyó a Carmona, intentaron resistir, pero su débil oposición terminó el 1 de octubre.

Los normandos entraron en la ciudad a sangre y fuego, matando a todo ser viviente, hombres y bestias que hallaban a su paso, y allí permanecieron todo ese día, para luego regresar a sus naves a la mañana siguiente. Navegaron con una terrible flota de ochenta naves por el Guadalquivir, cayeron sobre Sevilla, asesinando a cuantos vivientes, incluso las bestias encontraron a su paso y allí permanecieron todo ese día, para luego regresar a sus naves a la mañana siguiente.

El emir Abderramán, que ya tenía noticias de su presencia en las costas andalusíes por mensajes enviados desde Lisboa, envió inmediatamente tropas hacia Sevilla, sin esperar a que el ejército estuviese reunido, de forma que iban llegando pequeños destacamentos en días sucesivos. Estas tropas consiguieron para a los invasores, causarles algunas bajas y apoderarse de cuatro navíos, que fueron quemados después de sacar de ellos el valioso botín que transportaban.

Aunque las crónicas árabes hablen de resonantes victorias sobre los normandos, lo cierto es que no solo no fueron aniquilados, sino que, con bajas más o menos apreciables, pudieron abandonar sin dificultad el Guadalquivir y continuar sus andanzas por el Atlántico.

La rápida reacción del emir sirvió, sin embargo, para que los normandos no avanzaran más hacia el interior y para demostrarles que al Andalus no era presa fácil. Quince años más tarde, reinando ya el emir Muhammad, los normandos volverían a aparecer en las costas meridionales de al Andalus, pero en esta ocasión la marina omeya estaba bien preparada. Escarmentado por el grave descalabro de Sevilla, Abderramán II tomó medidas para que sucesos como este no se repitieran, una de las cuales fue la construcción de murallas para esa ciudad.

Creador de un Estado

Abderramán II fue un monarca preocupado por convertir un al Andalus provinciano, apartado del resto del mundo islámico y subdesarrollado culturalmente en un estado dotado de una Administración amplia y eficaz, una Corte espléndida y ceremoniosa, unas obras públicas sólidas y útiles y en una sociedad inmersa en las tendencias culturales que predominan en la otrora casi innombrable Bagdad, capital de los odiados Abasíes.

Consciente de las limitaciones del estado omeya de al Andalus, el holgachón y culto emir no aspira a ampliar sus fronteras con grandes conquistas ni a proyectar su influencia política sobre países vecinos, sino que prefiere emplear los abundantes ingresos fiscales que la prosperidad económica de al Andalus le proporciona en embellecer Córdoba (ampliación de la mezquita mayor, nueva edificación de otras mezquitas en los barrios, construcción de acueductos, ampliación del alcázar) y, en menor medida, otras ciudades, en crear una compleja y eficaz administración, posiblemente imitada de la Abbasí (magistraturas, ceca, taller de ropa suntuaria y tapices, tesorería), en adquirir en cualquier precio las joyas de Oriente, tanto de cultura (libros religiosos y profanos, en especial de astronomía, música, medicina) como de la artesanía de lujo, muchas de las cuales habían salido al mercado a resultas de los saqueos que vivió Bagdad por la guerra civil entre al Amin y al Mamun.

Venido de Oriente fue también un personaje que modificó sustancialmente las costumbres cotidianas de la sociedad cordobesa: Ziryab, un músico iraquí que se vio obligado a salir de Bagdad por oscuros motivos y que tuvo la fortuna de encontrar en Córdoba el ambiente ideal para medrar: una Corte ansiosa por asimilar todo lo que, por venir de oriente, les parecía elegante, sofisticado y merecedor de ser imitado.

Ziryab tuvo la habilidad de aprovechar la corriente y el músico desconocido en Bagdad se convirtió en Occidente en árbitro de la elegancia, innovador de costumbres y formador del gusto. Teniendo en cuenta el carácter y las ambiciones de Abderramán II, uno de los momentos de mayor euforia de su reinado debió ser sin duda el intercambió de embajadas con el emperador de Bizancio, Teófilo, de quien había partido la iniciativa al enviar a Córdoba un legado con una misiva y ricos presentes.

El bizantino, agobiado por sus enfrentamientos con los Abasíes en Oriente, con los aglabíes en Sicilia y con los andalusíes exiliados que se habían adueñado de Creta, buscaba en el omeya andalusí una ayuda contra todos esos enemigos comunes. El embajador bizantino regresó acompañado de dos emisarios andalusíes, uno de ellos el célebre poeta y astrónomo al Gazal; de esta embajada no ha llegado una poco creíble pero muy entretenida descripción en el Muqtabis de Ibn Hayyan.

Los resultados prácticos de estos contactos fueron nulos, pero la satisfacción del emir debió ser inmensa. Abderramán II falleció el 22 Septiembre de 852 tras una enfermedad que se le había manifestado tres años antes y que mermó mucho sus capacidades en los últimos años de su vida.

Murió sin haber nombrado oficialmente heredero, aunque siempre había mostrado predilección por su hijo Muhammad. La conjura que había puesto en peligro su vida en el año 851 y que le costó la vida al eunuco Nasr tenía justamente como objetivo impedir el ascenso al trono de Muhammad y colocar en su lugar al hijo de su favorita Tarub, aliada de Nasr. Finalmente fue Muhammad quien, sin aparentes problemas, recibió el juramento de fidelidad de sus súbditos inmediatamente después de la muerte de su padre.

MOLINA MARTÍNEZ, Luis, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 147-153.

Muhammad I

Emir de Córdoba 852-886. Abderramán II murió en la noche de 22 Septiembre de 852. Aun cuando prefería al primogénito Muhammad, no había designado sucesor por no disgustar a su favorita Tarub, que deseaba la designación de su hijo Abd al Allah. Los escrúpulos religiosos del eunuco Sadum decidieron la cuestión a favor de Muhammad, que pasa por ser muy devoto y que fue el primer sorprendido de su fortuna.

Muhammad dio al traste con la relativa tolerancia de sus antecesores. Despidió a soldados y funcionarios cristianos, e hizo demoler las iglesias construidas después de la conquista. El famoso monasterio de Tabanos, cerca de Córdoba, último refugio de la teología y la ascética visigodas, fue también demolido. La fama de los martirios iba trascendiendo por Europa, y la Córdoba de Abderramán II y de Muhammad venía a ser, en la mente de los monjes de Francia y de Alemania, como una versión nueva de la Roma de Nerón y de Diocleciano.

Bajo su reinado se intentó apartar a los cristianos de la administración (el secretario cristiano Qumis b. Antunyan tuvo que convertirse al Islam, mientras que las familias árabes de clientes Omeyas, como los Banu Shuhaid y los Banu Abi Abda, cobraban especial relieve. Destaca sobre todo la figura del general Hashim b. al Aziz, perteneciente a una importante familia árabe, cliente también de los omeyas. En la segunda mitad del s. IX, coincidiendo con el emir Muhammad I, hubo fuertes tensiones entre el poder emiral y las marcas al ser reemplazados los viejos recaudadores de impuestos por jóvenes venales e inexpertos.

Tensiones en las Marcas

El germen de la dispersión brotó primeramente en Toledo (Marca Media), siempre insumisa, los toledanos habían encarcelado al gobernador omeya, también se apoderaron de Calatrava. El ejercito que envió el emir recuperó esta plaza. Sin embargo los toledanos cada vez más atrevidos, llegaron hasta el río Jándula, ya en Sierra Morena, y allí deshicieron a un ejercito cordobés que iba contra ellos.

Los rebeldes sorprendidos por su propia audacia, quisieron consolidar su éxito uniéndose con el rey de Asturias, Ordoño I, que en el año 850 había sucedido a su padre Ramiro I. Pero quizá era más grave la situación existente en la marca aragonesa (superior), a cuyo frente se encontraba la poderosa familia de los Banu Qasim, que descendían de antiguos nobles visigodos convertidos al islamismo. La fuerza alcanzada por los Banu Qasim era tal que un miembro de dicha familia, Musa b. Musa, llegó a ser considerado nada menos que el tercer rey de España.

El poderío de los Banu Qasim

El poderío alcanzado por los Banu Qasim, con el caudillo Musa a la cabeza, amenazaba los confines vascones del reino astur desde la plaza fuerte de Albelda, que estaba construyendo al sur de Logroño. Las relaciones entre los Banu Qasim y los Omeyas sufrieron varios vaivenes. Musa actuó durante ocho años como gobernador de la Marca Superior y participó asociado al emir Muhammad en su lucha contra Ordoño I, en Álava y Barcelona.

Musa dominaba los pasos de Vardulia, Álava y Navarra. El rey Ordoño I se adelantó y sitió la plaza de Albelda, que arrasó en 859. El conde Rodrigo gobernaba la marca oriental del reino, pequeña tierra situada al sur de los montes en el valle del Ebro, a la que habían dado nombre los castella o fortalezas que se habían levantado para defenderla.

Ordoño y el conde castellano Rodrigo realizaron dos expediciones fuera de sus fronteras y por asalto tomaron Coria a orillas del Alagón y Talamanca, en tierras de Madrid. Hacia el 858, los toledanos pidieron ayuda al caudillo Musa en su rebelión contra los omeyas. Este accedió y envió al mando de esa ciudad a su hijo Lubb.

Hacia esa fecha volvieron a enturbiarse las relaciones entre el emir omeya y Musa, retirándole el emir el nombramiento de gobernador de la Marca Superior. A la muerte del caudillo Musa en el 862, los Banu Qasim rechazaron la autoridad del emir omeya de Córdoba, y, entonces, Muhammad buscó la alianza con los Tuyibíes.

El emir Muhammad también tuvo que hacer frente a los ataques normandos entre 858 y 861; los normandos llegaron hasta las islas Baleares y remontaron el curso del Ebro. El emir envió expediciones contra Ordoño I en los años 863 y 865.

Fueron también varias las ofensivas contra Alfonso III, quien supo sacar provecho de las disensiones entre los Banu Qasim y los Omeyas y que, a la muerte del emir Muhammad, continuó su expansión territorial aprovechando la debilidad interna de los omeyas. Esta debilidad mostrada también por los Banu Qasim, facilitó a los cristianos su expansión por las tierras altas de Burgos.

Contraofensiva del omeya

Para detener los avances cristianos, el emir cordobés, en 863, envió un gran ejército al mando de su hijo Abderramán y de Abd al Malik b. al Abbas, que penetró en Álava. Ordoño intentó cortarle el paso y fue derrotado. Dos años más tarde, otra expedición militar más poderosa avanzó por el valle del Duero, saqueó la Bureba y las riberas del alto Ebro; en tierras del condado de Castilla se apoderó de la fortaleza de Salinas de Añana y la desmanteló.

El conde Rodrigo quiso cortarles el camino en la Morcuera, cerca de Miranda de Ebro, pero las tropas musulmanas infringieron una tremenda derrota a las tropas castellanas, que determinó un retroceso de las fronteras cristianas y retrasó algunos años la repoblación de aquellos territorios.

En la zona de Mérida tuvo lugar la revuelta de Abderramán b. Marwan al Yilliqi, el gallego —un muladí (converso al Islam)— en el año 868. Derrotado, al Yilliqi se instaló en Córdoba donde permaneció hasta 875, hasta que volvió a rebelarse teniendo como centro el castillo de Alange. Vencido por los Omeyas, se le permitió instalarse en Badajoz, ciudad que fortificó y en la que volvió a sublevarse, uniéndose a otro rebelde, Sadun al Surumbaqi (este sería hecho prisionero más tarde por los normandos, rescatado por un mercader judío y finalmente ejecutado por Alfonso III de Asturias).

Entonces, Ibn Marwan al Yilliqi se alió con el rey castellano y derrotaron al general Hashim b. al Aziz, que fue hecho prisionero y tuvo que pagar un fuerte rescate para ser liberado. En el año 884, al Yilliqi rompió con el rey cristiano y tras varios enfrentamientos con el ejército omeya a medida que extendía su poder, llegó finalmente a un acuerdo con el emir, quien le permitió gobernar Badajoz en su nombre.

El emir Muhammad se enfrentó con los Alfaquíes, que querían ejecutar al jurista tradicionalista Baqi b. Majlad por el simple hecho de que utilizaba en demasía el raciocinio personal en la elaboración de sus sentencias. Tuvo que ceder ante ellos acerca de la religión del estado, obligando a los altos funcionarios mozárabes, como Gómez, el introductor del domingo como día feriado en España, a islamizarse o dimitir.

La revuelta de b. Hafsun

La revuelta de mayor enjundia de todo el emirato independiente fue la que inició, en el año 879, Umar b. Hafsun, líder de los muladíes andaluces descontentos. Este, unos años más tarde, se convirtió al cristianismo, erigiéndose en adalid de los mozárabes. En el año 883 una expedición mandada por el general Hashim b. al Aziz le obligó a rendirse, marchando a Córdoba.

Integrado en las tropas cordobesas (participó en la campaña contra Álava), Umar b. Hafsun volvió a rebelarse, recuperando su fortaleza de Bobastro y haciéndose con otras poblaciones como Comares y Archidona. Fue asediado en Alhama por al Mundir, hijo de Muhammad, quien tuvo que levantar el sitio en 886 al tener noticia de la muerte de su padre.

Por lo que se refiere a la política exterior de Muhammad, se mantuvieron estrecho vínculos comerciales con los estados norteafricanos de los rustumíes de Tahert, los midraríes de Siyilmasa y los salihíes de Nakur, llegando los dos primeros a declararse vasallos del emir omeya. Hubo también relaciones con el rey franco Carlos el Calvo, que parecen haber llevado una tregua a la zona catalana.

La Reconquista avanzaba con rapidez por la parte de Portugal. En 868, el conde Vimarano se apoderaba de Oporto y la comarca entre el Duero y el Miño se repoblaba raudamente. Dos años más tarde el conde Hermenegildo recuperaba Coimbra sobre el Mondego. Estos datos dan la impresión de que a la muerte de Muhammad, en 886, la península era tierra de nadie, a merced de los golpes de mano de cualquier osado.

BALLESTEROS y BERETTA, Antonio, Historia de España y su influencia en la historia universal, Editada por Salvat; 1944, Vol II.

Al Mundir I

Emir de Córdoba 886-888. Abu al Hakam b. Muhammad b. Abd al Rahman b. al Hakam. Córdoba, 843 / Bobastro (Málaga), 29-VI-888. Sexto emir omeya de Córdoba (independiente). Nacido de madre beréber, de nombre Atl, que lo dio a luz a los siete meses de concepción, al Mundir era alto, moreno, de pelo crespo y el rostro picado de viruela.

Según un relato probablemente apócrifo, su madre había mostrado desde su infancia un carácter soberbio y engreído, por lo que su familia, harta de soportar sus ínfulas, la vendió como esclava en Córdoba; la compradora fue la madre del todopoderoso visir Hasim b. Abd al Aziz, a quien le fue regalada.

Cuando el visir quiso gozar de ella, se encontró con la negativa inamovible por parte de la esclava, cuya obsesión era llegar a ser madre de un califa, algo que, a pesar de la elevada posición de Hasim, nunca podría conseguir con él. Molesto por el rechazo de la muchacha, la golpeó con cierta dureza; ella no solo no cedió en su postura, sino que se atrevió a amenazar a su amo advirtiéndole que su hijo se encargaría de tomar cumplida venganza.

En efecto, Atl consiguió la libertad, casó con el emir Muhammad y tuvo de el un hijo llamado al Mundir, que acabaría siendo el sucesor de su padre y que, cuando subió al trono, encarceló y posteriormente hizo dar muerte a Hasim b. Abd al Aziz.

En el momento en que se produjo el fallecimiento del emir Muhammad, el jueves 4-VIII-886, al Mundir se hallaba cercando Alhama de Granada, plaza donde se había hecho fuerte Ibn Hafsun en compañía del cabecilla local, Ibn Hamdun. En cuanto le llegó la noticia de la muerte de su padre, regresó con rapidez a Córdoba y allí recibió el juramento de fidelidad entre el domingo y el lunes.

No debía estar al Mundir muy seguro de su posición y por ello dio todos los pasos para asentarse en el trono con una celeridad vertiginosa: no solo hizo el viaje de Alhama a Córdoba a uña de caballo, sino que, nada más llegar a la capital, ordenó que diera comienzo la ceremonia de la jura, a la que asistió todavía ataviado con la mismas ropas con las que había efectuado el viaje tambaleándose en algún momento por la extrema fatiga que los embargaba.

Cuando al día siguiente, concluyó el acto, al Mundir se encontró con un reino en el que dos importantes personajes representaban una limitación a su poder: dentro de su gobierno tenía a Hasim b. Abd al Aziz, visir y general que había gozado durante el reinado del emir Muhammad de un poder casi omnímodo; en un territorio no muy lejano a su capital tenía a un rebelde que, aunque todavía no había adquirido la relevancia que tendría en años posteriores, era ya una obsesión para al Mundir, Umar b. Hafsun.

Se ignoran las razones exactas de la caída en desgracia de Hasim, pues las explicaciones que dan los cronistas son tan poco creíbles como la historia de Atl —y con mucho menos encanto—. Lo cierto es que Hasim, confirmado en un primer momento como senescal hayib, muy pronto fue encarcelado, junto a casi todos sus hijos, y más tarde, el 26 de marzo del 887, ajusticiado. Más problemas le planteó Ibn Hafsun.

Si el reinado de al Mundir se inicia mientras estaba cercando al rebelde en Alhama, su punto final se escribió frente a Bobastro, la capital de la revuelta, el 29-VI-888. En los dos años que transcurrieron entre ambos acontecimientos, casi toda la actividad de al Mundir estuvo centrada en los intentos de acabar con Ibn Hafsun, intentos que consiguieron relativo éxito. Logró arrebatarle castillos como Iznájar, Priego, Cabra y Archidona y lo acosó tanto que el rebelde se vio obligado a entablar negociaciones con el Emir, si bien su propósito no era otro que ganar tiempo y refugiarse de nuevo en la inaccesible Bobastro.

El engaño provocó las iras de al Mundir que en el verano de 888 puso cerco a esa fortaleza, decidido a permanecer allí hasta su capitulación, pero, tras cuarenta días de asedio, una rápida enfermedad acabó con la vida del Emir. A pesar de que en el momento de su fallecimiento ya había llegado a los reales el heredero al trono, su hermano Abdállah, las tropas omeyas emprendieron el camino de regreso a Córdoba de una forma que se asemejaba mucho más a una desbandada, lo que no dejó de aprovechar Ibn Hafsun para hacer una salida y saquear el campamento semi abandonado.

Como es habitual en los casos de muerte repentina e inesperada de un soberano, los rumores sobre las causas del fallecimiento brotaban por todos lados. Los cronistas recogen la sospecha de que el sucesor de al Mundir, su hermano Abdállah, había sobornado al médico del Emir para que causase su muerte utilizando para sangrarlo una lanceta envenenada. El comportamiento posterior de Abdállah durante su reinado no contribuye a juzgar descabellada esa acusación.

La brevedad de su reinado impide caracterizarlo con unos rasgos acusados. Las fuentes árabes coinciden en la apreciación de que, de haber vivido un solo año más, al Mundir hubiera acabado definitivamente con la revuelta de Ibn Hafsun, que se hallaba realmente en serios aprietos en el momento de la muerte del Emir.

Es probable que, si el cerco de Bobastro se hubiera prolongado unas semanas más, hubiera terminado por caer en manos de las tropas cordobesas, pero no habría significado el apaciguamiento definitivo de la disidencia.

Ibn Hafsun era un problema, tal vez, incluso un problema con unas raíces peculiares que lo diferenciaban en parte de la multitud de rebeldes que salpican la historia omeya de al Andalus, pero más aún era un síntoma de una enfermedad subyacente que en unas ocasiones remitía y en otras se exacerbaba, pero que nunca llegó a curarse a lo largo de la historia de al Andalus: el sentimiento de pertenencia a una comunidad religiosa, la islámica, no fue suficiente para aglutinar a la sociedad andalusí como comunidad política y social; los interese locales y particulares siempre prevalecieron sobre las tibias y casi siempre retóricas proclamaciones de andalusidad.

MOLINA MARTÍNEZ, Luis, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVI, págs. 778-779.

Abdállah

Emir de Córdoba 888-912. Abdállah era hijo del emir Muhammad, fruto de su relación con la concubina Assar. Existen discrepancias en las fuentes respecto al momento de su nacimiento, pues Ibn Idari cita la fecha-I-844, mientras que otras crónicas más tardías afirman que fue en 843. El emir Abdállah es descrito por los cronistas árabes como un personaje piadoso, recto y justo, adaptado a los cánones del buen soberano musulmán.

Su acceso al poder se produjo en circunstancias algo especiales, debido a la muerte prematura e inesperada de su hermano, el emir al Mundir, en 888, poco más de un año después de su proclamación, cuando asediaba la fortaleza malagueña de Bobastro, sede de Umar b. Hafsun, el más conspicuo rebelde contra la autoridad omeya.

El célebre polígrafo cordobés de la época taifa, Ibn Azm, formula de forma abierta la acusación de asesinato de Abdállah contra su hermano, quien, sostiene, acordó con el médico que lo atendía que pusiera veneno en el instrumental con el que había de sangrarlo para tratarle sus heridas. Tampoco se conoce la fecha exacta de su muerte, que algunas fuentes sitúan el 29-VI-888.

En cualquier caso Abdállah no perdió un instante y, según la narración de Ibn Hayyan, exigió su inmediato reconocimiento como nuevo soberano a todas las personas en el campamento, obteniéndola, al parecer, sin ninguna objeción ni resistencia por parte de nadie.

Acto seguido, partió hacia Córdoba con el cadáver de su hermano, trasladado a lomos de camello. Tras los funerales del fallecido emir, que fue enterrado al lado de su padre, el el cementerio palatino de los omeya, llamado al Rawda y situado dentro del alcázar, se convocó un segunda ceremonia de proclamación, el 1 de julio, a la que, según el citado cronista, asistió gran parte del pueblo cordobés.

La decadencia omeya

Se inicia a partir de ese momento el periodo conocido como la fitna, la primera gran crisis del poder Omeya de Córdoba desde su instauración a mediados del s. VIII con el triunfo de Abderramán I. Esta situación fue producto del surgimiento de numerosos focos de rebeldía contrarios a la dominación omeya, de los cuales el más importante fue, sin duda, el protagonizado por Umar b. Hafsun desde su fortaleza de Bobastro.

De esta forma los veinticinco años de gobierno del emir Abdállah se caracterizan por una gran inestabilidad política interna y por la ausencia de una autoridad fuerte por parte del soberano de Córdoba, a tal punto que, en esta época y en los momentos más graves de las revueltas, el poder efectivo del emir apenas superaba los límites del propio territorio cordobés, no habiendo, como afirma un cronista anónimo tardío, 'una sola ciudad que le ‘obedeciera’.

De esta forma, la actividad principal del emir se concentra en intentar conservar su escaso poder, más que en combatir realmente a los rebeldes. Una clara muestra de desorganización que llegó a registrarse en la administración omeya durante la época de Abdállah consiste en la interrupción de emisiones monetarias a partir de 899 y durante casi treinta años, cuando la victoria de Abderramán III sobre los rebeldes quedó consagrada con la proclamación del califato.

No obstante, pese a todo lo dicho, es cierto que nuestra perspectiva está muy condicionada por las fuentes, en especial por Ibn Hayyán, el mejor cronista andalusí, que se extiende en la descripción pormenorizada de los clientes, casi siempre cercanos a los territorios nucleares del emirato cordobés, mientras que dedica mucha menos atención a otras regiones que siguieron fieles a la obediencia omeya. Tal es, por ejemplo, el caso de la lejana Tortosa, en la que consta el nombramiento de gobernadores en los años 888-889, 891-892 y 893-894.

Los comienzos de la rebeldía se remontan al año 878-879, durante la época de Muhammad I, y se registran en la regiones meridionales de Sidonia, Algeciras y Málaga. Para algunos autores árabes, los motivos serían las rivalidades de tipo étnico que enfrentaban a la población indígena con los árabes.

En cambio, otros investigadores, explican los conflictos debido a problemas de índole social y político, en particular la persistencia de señores de renta, de origen visigodo, que mantenían aún a mediados del s. IX sólidas bases de poder y se resistían a ser asimilados al sistema tributario islámico.

Los protagonistas de los diversos focos rebeldes son principalmente caudillos árabes o muladíes, mientras que, en cambio, los cristianos apenas aparecen mencionados, salvo en el caso de Ibn Hafsun, a pesar de que en esta época aún formaban una parte muy importante de la población.

En efecto, algunos de los casos estudiados no confirman la caracterización étnica de las rivalidades y enfrentamientos que establecen las fuentes árabes. Tal es el caso de Pechina, cerca de Almería, donde a mediados del s. IX los emires habían establecido una guarnición militar para prevenir posibles ataques vikingos.

Junto a ese centro militar árabe surgió un núcleo urbano integrado por elementos indígenas y de vocación marinera, dedicado al comercio y a la piratería. De esta forma se desarrolló a finales del s. IX la conocida como república de los marinos, una ciudad autónoma que se erigió en centro económico de gran relevancia.

El análisis de la terminología usada para designar a los rebeldes ofrece una variedad de grupos entre los cuales cabe destacar, al menos los cuatro siguientes. Por un lado los bereberes de la Marca Inferior y Media, designados siempre por sus nombres tribales y encabezados por jefes que reciben la designación de jeque. Otros son grupos de árabes que conforman linajes dirigidos por un miembro preeminente que recibe la denominación de señor.

El tercer elemento lo integran sociedades jerarquizadas con fuertes lazos de dependencia, tales como los afsuníes o los Yilliquíes, asimismo, bajo la dirección de caudillos designados como señores. Finalmente, hay también sociedades urbanas, que funcionan mediante asambleas o consejos, y a cuyo frente se encuentra un número variable de caudillos o arráeces. Los vínculos étnicos no resultan determinantes en la conformación de las alianzas existentes entre estos distintos grupo, ni tampoco los religiosos.

Por otra parte la conducta de todos ellos resulta bastante semejante y se basa en el saqueo y la depredación, aunque en algunos casos, como el de Ibn Hafsun y otros rebeldes, se da un paso más, imponiendo tributos a las poblaciones dominadas. Resulta prácticamente imposible ofrecer una relación exhaustiva de las múltiples localidades, ciudades y núcleos fortificados, dominados por un jefe o señor local, que conforman otras tantas células políticamente autónomas.

Entre la multitud de situaciones de agitación y rebeldía que caracterizan esta época es preciso distinguir entre los poderes locales de escasa envergadura y aquellos otros de una dimensión más relevante, bien por tener como centro núcleos urbanos importantes o por haber logrado el dominio de extensos conjuntos territoriales.

Entre los primeros se puede destacar el caso de Sevilla, que, a partir del año 889, fue el escenario de la disputa entre dos grandes linajes árabes yemeníes, los Banu Hayyay y los Banu Jaldun.

Lucha contra Ibn Hafsun

Las tensiones entre los distintos elementos implicados en aquel contexto condujeron en el año 891 a una gran matanza de muladíes efectuada por los árabes yemeníes, quienes a continuación se deshicieron del gobernador omeya de la ciudad y lograron controlar el poder. Poco más adelante, en 899, Ibraim b. Hayyay eliminó a su hasta entonces aliado, Kurayb b. Jaldun, y estableció una especie de principado que gobernó de forma independiente respecto a la soberanía de los omeya.

El principal linaje muladí fue el de los Banu Qasim, de origen visigodo y sólidamente asentados en el alto valle del Ebro, territorio sobre el que desde comienzos del s. IX ejercieron pleno control, si bien a partir de 890 irán progresivamente perdiendo poder a favor del linaje árabe de los Tuyibíes, gobernadores de Zaragoza nombrados por Abdállah.

Pero sin lugar a dudas, el papel protagonista en esta época corresponde al ya citado Ibn Hafsun, el único rebelde que, por si solo, llegó a representar una amenaza real para la soberanía de los emires de Córdoba, no solo desde el punto de vista político, sino también ideológico.

En efecto, Ibn Hafsun buscó la asimilación con la figura de Abderramán I, fundador de la dinastía Omeya, en una actuación de reivindicación de la legitimidad de sus aspiraciones. No es casual que ciertos aspectos de su biografía coincidan con la del primer omeya, tales como las predicciones que aseguraban que llegaría a gobernar y el hecho de que ambos residiesen un periodo en Tahert para luego pasar a la Península.

La actividad de Umar b. Hafsun comienza a registrarse desde el año 880, momento a partir del cual empieza a atraerse el apoyo de las poblaciones de las zonas rurales y montañosas de Málaga, pobladas de manera predominante por cristianos y muladíes, quienes se adhirieron a él como forma de combatir la opresión de los árabes. El emir al Mundir estuvo, tal vez, en condiciones de acabar con este incipiente foco de rebeldía pero, a su muerte su poder se extendió de manera considerable.

En el momento del apogeo de su poder, Ibn Hafsun controlaba un extenso territorio con centro en la serranía de Málaga y que se extendía por parte de las actuales provincias de Málaga, Jaén y Córdoba, incluyendo el dominio de importantes núcleos urbanos de la campiña andaluza, como Écija y Poley (Aguilar de la Frontera), situados apenas a cincuenta kilómetros de distancia de la capital cordobesa.

De hecho, una fuente magrebí anónima y tardía llega a señalar que Ibn Hafsun aparecía todos los días ante Córdoba sin que el emir, encerrado dentro de la capital, pudiera hacer nada para impedirlo. Su supremacía le granjeó el reconocimiento de otros rebeldes de zonas próximas, como Jaén e incluso Murcia, llegando a establecer alianzas con linajes árabes como los sevillanos Banu Hayyay.

Asimismo, con el fin de consolidar su autoridad, buscó la legitimación de diversos poderes islámicos extra peninsulares, tales como el califato Abbasí de Bagdad (a través de los Aglabíes de Qayrawán, los Idrisíes de Fez y los propios fatimíes). En realidad, parece claro que Ibn Hafsun no tenía un programa político muy definido ni tampoco sus adscripciones religiosas eran muy estables: originario de una familia muladí, al parecer apostató de la fe islámica y volvió al cristianismo.

No obstante fue el más duradero de los insurgentes, ya que, aunque murió en 918, en núcleo de Bobastro no pudo ser sometido hasta 928, ya en época de Abderramán III. En realidad, aparte del ya citado caso de Umar b. Hafsun, la mayoría de los poderes establecidos en los distintos núcleos y territorios no atacó nunca de forma directa al emir de Córdoba, ni cuestionó su pertenencia a la comunidad musulmana.

Al contrario, muchos de ellos, aunque ejercían el poder de manera independiente, buscaban el reconocimiento explícito de su legitimidad en la autoridad del soberano omeya.

Uno de los casos mejor documentados a este respecto es el de Ibn Marwan al Yilliqi de Badajoz, el cual, apoyándose en los muladíes de Mérida y del valle medio del Guadiana, logró gobernar sobre aquella zona de manera independiente, si bien ello no le impedía reconocer la soberanía del emir Abdállah, a quien pidió el envío de personal cualificado para urbanizar la nueva ciudad según las pautas islámicas, procediendo a edificar mezquitas y baños.

Por otro lado, pese al estado generalizado de anarquía política y atomización del poder, el emir Abdállah siguió conservando cierta capacidad de actuación. De esta manera, en mayo de 891 pudo recuperar el control de Poley y Écija, lo cual le permitió salvar Córdoba, que ya no sería amenazada de forma tan directa, pese a que la revuelta de Ibn Hafsun aún subsistiría largo tiempo.

Asimismo, en 896-897 encabezó otra campaña, esta vez sobre Murcia, acompañado por el caíd Ibn Abi Abda. En otras ocasiones fueron sus hijos, principalmente Mutarrif y Abán, los que encabezaron campañas destinadas a controlar a los rebeldes.

Lo mismo indica la expedición llevada a cabo en 902 por un rico cordobés, Isam al Jawlani, quien, a su costa pero con la previa autorización del emir Abdállah, organizó una expedición naval en nombre de los omeya con el fin de someter las islas Baleares a la soberanía cordobesa.

En el ámbito exterior, la época de Abdállah, momento de máxima crisis política en al Andalus, coincide en la zona cristiana con el reinado de Alfonso III (866-910) como soberano del reino astur, que alcanza ahora su máximo apogeo, pues a la espectacular expansión exterior se añade la culminación de la organización política y administrativa del reino, así como los máximos logros alcanzados por el movimiento cultural iniciado en la capital ovetense por Alfonso II.

Asimismo, en el ámbito musulmán es de enorme importancia la proclamación del califato chií fatimí en Ifriquiya (Túnez) en el año 909. De esta forma, la decadencia política omeya se veía acentuada por el desarrollo de entidades situadas en ámbitos geográficos inmediatos y que suponían una indudable amenaza política, territorial e ideológica para el emirato cordobés.

La presencia de una dinastía chií que reivindicaba el califato en una posición geográficamente muy próxima a la Península Ibérica constituía una clara amenaza a la legitimidad y soberanía de los emires cordobeses.

De hecho, en el año 901 tuvo lugar un episodio que denotaba el peligro que implicaba la difusión de la propaganda fatimí. El escenario fue la zona de la Marca Media, zona habitada predominantemente por bereberes, tradicionalmente muy sensibles a la propaganda religiosa.

Allí encontraron apoyo las ideas de Abu Ali al Sarray, un agitador de inspiración fatimí que presentaba al omeya Ibn al Qitt, descendiente de Hisam I, como el Madhi, figura de resonancias mesiánicas que guardan una estrecha relación con la propaganda fatimí. Ambos recibieron el apoyo de grandes multitudes bereberes en su proyecto de ‘yihad’ contra la ciudad cristiana de Zamora, pero Ibn al Qitt fue abandonado por los jefes tribales en el momento decisivo, al parecer por miedo a que la victoria otorgase demasiado prestigio al omeya y mermase la propia autoridad de los jeques, siendo su cabeza colgada de las murallas de la ciudad que había querido conquistar.

Sin haber sido capaz de recuperar la estabilidad, el emir Abdállah murió el 15-X-912, siendo sucedido por su nieto Abderramán. Esta peculiar sucesión presenta elementos de interés dentro de la tradición omeya cordobesa, primero por la eliminación violenta de los dos principales candidatos a la sucesión y segundo, por la elección de su nieto como heredero pese a tener otros hijos que podían haberle sucedido. En efecto, Muhammad, hijo del emir Abdállah y de Durr y padre de Abderramán, fue asesinado por su hermanastro Mutarrif, nacido de la relación del emir con otra mujer, Gizlan.

Muerte de Muhammad

Las fuentes árabes atribuyen la fuerte rivalidad entre hermanastros desencadena el haz de acontecimientos que produjeron la muerte de Muhammad, que era el primogénito de Abdállah y había sido designado por el emir como su sucesor. Tras un enfrentamiento con uno de los caballeros de Mutarrif, Muhammad habría huido de Córdoba, refugiándose junto a Umar b. Hafsun durante un tiempo.

El emir le ofreció perdón si regresaba y Muhammad volvió a Córdoba, pero desde entonces Mutarrif no dejó de instigar al emir en su contra, pretendiendo que seguía en contacto con Umar b. Hafsun para atentar contra él. Muhammad fue encarcelado el año 891 por orden de su padre.

Tras pertinentes averiguaciones, decidió liberarlo y su hermanastro Mutarrif lo mató, y no recibió castigo alguno, al menos de forma inmediata. Sin embargo, cuatro años más tarde, en 895, el propio Mutarrif fue ejecutado por orden del emir, al parecer debido a sus relaciones con los rebeldes sevillanos, aunque fue acusado además de otros delitos, tales como beber vino y de zandaqa, término que define al apóstata encubierto o hereje.

De esta forma, la crisis política y social que vivía el emirato omeya se reflejaba en la propia situación interna de la familia, envenenada por las rivalidades, las enemistades y las sospechas. A pesar de haber eliminado a sus dos primogénitos Abdállah contaba con más hijos que podían haber optado a la sucesión, pese a los cual fueron soslayados a favor de la candidatura de su nieto.

Ello representaba una novedad importante en la tradición dinástica omeya, donde los soberanos siempre se habían sucedido de padres a hijos y donde la tendencia favorable era al primogénito, aunque no en todos los casos hubiese sucedido así. Lo cierto es que la elección de Abderramán se produjo, al parecer, por voluntad del propio emir. En el lecho de muerte, Abdállah dio su anillo a su nieto, lo que se interpretó como una designación de sucesor.

Pese a que la designación de Abderramán como heredero rompía con la tradición omeya de sucesión de padres a hijos con preferencia sobre el primogénito, esta decisión no parece haber despertado muchas controversias, ni siquiera entre sus propios hijos, los principales perjudicados, los cuales no solo no se opusieron, sino que apoyaron la decisión de su padre. Asimismo, las fuentes destacan el apoyo a esta decisión en los medios palatinos y de la Administración, señalando que los altos funcionarios del Estado tenían puestas en él sus esperanzas.

La razón de esta decisión se vincula al contexto político de la época y guarda estrechas conexiones con elementos de índole ideológica y simbólica. En efecto, en la figura del joven Abderramán confluye la acumulación, casual, en unos casos, forzada, en otros, de una serie de elementos que lo asimilaban a su antecesor, Abderramán I el fundador de la dinastía Omeya de Córdoba.

En un contexto de profunda crisis política, el linaje omeya necesitaba de una figura la la fortaleciese y renovase las bases de su dominio sobre el territorio de al Andalus. Abd al Allah había sido el séptimo emir omeya de Córdoba, y además, falleció en el año 912, de tal forma que ello suponía, no solo el final de un ciclo de siete emires, sino además un cambio de siglo según el cómputo de la era islámica.

Teniendo en cuenta la fuerte simbología del número siete en la tradición musulmana, es probable que se creyese en la necesidad de que un nuevo Abderramán diese paso a un nuevo ciclo de poder y prosperidad para los omeya. De ahí que la decisión de designar como sucesor al nieto de Abdállah fuese tomada de forma consciente, con toda seguridad, en época del propio emir, considerando que era el más capacitado para sacar a la dinastía en la postración en que había caído.

A lo largo de los veinticinco años de gobierno, Abdállah no solo no había mejorado la situación de la dinastía omeya tal y como la heredó de su hermano y antecesor, sino que la había empeorado de manera considerable.

A su muerte, en el 912, cuando contaba ya setenta y dos años, al Andalus era un mosaico de núcleos independientes que, a lo sumo, reconocían la soberanía nominal del emir. Fue labor de su sucesor, Abderramán III, lograr la reunificación del dominio de al Andalus bajo la soberanía omeya.

GARCÍA SANJUÁN, Alejandro, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 109-113.