Hisam I

Datos biográficos

Emir de Córdoba: 788-796
Nacimiento: 1-III-757
Fallecimiento: 22-IV-976
Predecesor: Abderramán I
Sucesor: al Hakam I
Dinastía: Omeya
Padre: Abderramán I
Madre: Hawra
Introducción
Conflictos de familia
Los asuntos de las Marcas
Luchas contra los cristianos

Introducción

Emir de Córdoba 788-796. Abderramán b. Mu´awiya al Ridà. Córdoba, n. 1-III-757, m. 22-IV-976. Segundo emir omeya de Córdoba (independiente. De acuerdo con la descripción que dan de él las crónicas, era de tez clara, aunque algo rubicunda, estrábico y zanquilargo. Su madre era una esclava llamada Hawra, y su padre, el emir Abderramán I, que lo nombró sucesor antes de morir, prefiriéndolo a su hijo mayor Sulayman, nacido en Oriente antes de la huida de Abderramán a al Andalus. En el momento del fallecimiento de su padre (30-IX-788), Hisam desempeñaba el gobierno de Mérida, desde donde acudió con rapidez a Córdoba al ser informado de ello. En la capital tuvo lugar la ceremonia de su proclamación el 7 de octubre. En los escasos días transcurridos entre la muerte de Abderramán I y la llegada a Córdoba de Hisam, el encargado de velar que se cumplieran los designios del emir fallecido fue otro de sus hijos, Abdállah, que entregó el poder a su hermano Hisam con prontitud y sin vacilación. Según alguna fuente, Abderramán I no había designado explícitamente sucesor, sino que había encomendado a Abdállah que diese el emirato al primero de los dos hermanos, Hisam o Sulayman, que llegase a Córdoba.

Abderramán IDírham de plata época Hisam I.

Esta explicación es poco creíble, tanto porque hubiera supuesto una grave equivocación política por parte de un soberano tan inteligente y hábil como el fundador de la dinastía Omeya andalusí, como porque, conocida la noticia de la muerte del emir, Sulayman no hace el menor intento de dirigirse a Córdoba para aventajar a su hermano Hisam, sino que permanece en Toledo, ciudad que dista de Córdoba apenas una cincuentena de kilómetros más que Mérida.

Pero la inicial pasividad de Sulayman no era debida a que aceptara con disciplina su marginación en la sucesión de su padre. Muy al contrario, enseguida se preocupó de asegurarse el favor de los toledanos y de reclutar un ejército con el que alzarse en rebeldía contra el emir. Las tropas partieron hacia Córdoba, desde donde salió a su encuentro el emir con sus ejércitos, y el encuentro se produjo en el mes de diciembre en tierras de Jaén, en las cercanías de Vilches, batalla en la que el rebelde fue duramente derrotado, viéndose obligado a huir y refugiarse de nuevo en Toledo.

Conflictos de familia

La severa derrota de Sulayman no puso fin a la rebelión, pues no solo el aspirante al trono siguió protegido en Toledo sin dar la menor muestra de arrepentimiento, sino que el otrora fiel Abdállah abandonó a su hermano el emir y se unió a Sulayman. Las crónicas no son muy explícitas sobre las causa de esta defección, pero hay alguna alusión a que Abdállah pretendió compartir el trono con Hisam sin conseguirlo, por lo que, a pesar de que su hermano el emir lo trataba con suma consideración, y lo honraba por encima de todos los miembros de la familia omeya, siete meses después de la muerte de Abderramán I, es decir, a comienzos de la primavera de 789, Abdállah abandonó Córdoba en dirección a Toledo, adonde llegó sin que pudieran alcanzarlo los enviados que el emir había mandado para convencerlo de que regresase.

El paso al bando rival del hermano que le había facilitado el ascenso al trono representó para Hisam más una preocupación personal que un real reforzamiento de la facción rebelde. En efecto, Abdállah se comportó como un secundario sin relieve, siempre a la sombra de alguno de sus dos hermanos, y su aportación a la causa de Sulayman no parece que fuera más allá de su mera presencia personal y del dudoso prestigio de su nombre.

Hisam decidió no dar ocasión a que la revuelta se consolidase y partió al mando de sus tropas contra Toledo, para sofocarla. Sulayman creyó que esta era su ocasión y aprovechó la llegada del ejército emiral para escabullirse y dirigirse a marchas forzadas hacia Córdoba, que creía desamparada. Pero los cordobeses se mostraron fieles a Hisam y se enfrentaron a Sulayman, que no pudo hacer otra cosa que acampar frente a la ciudad, en el arrabal de Secunda, escenario de tantas batallas en la historia de la Córdoba islámica.

Mientras tanto, Hisam, que continuaba el asedio de Toledo, ciudad en la que habían quedado Abdállah y un hijo de Sulayman, enterado de la estratagema de su hermano, envió a su hijo Abd al Malik con un contingente de tropas hacia Córdoba, pero el enfrentamiento no se produjo: la sola noticia de su llegada hizo que Sulayman abandonase de manera precipitada Secunda para dirigirse hacia Mérida, desde donde, rechazado por el gobernador omeya, se encaminó hacia Levante.

Mientras tanto, el asedio de Toledo se mantenía, pero, tras doce meses de infructuosos intentos por conquistar la plaza, el emir regresó a Córdoba con la manos vacías. Poco tiempo después la situación dio un giro radical: Abdállah abandonó Toledo y regresó a Córdoba sin haberse garantizado antes el perdón del emir, que, a pesar de su anterior traición, lo acogió amablemente y lo instaló en la residencia de su hijo al Hakam, el futuro emir.

Casi simultáneamente, Sulayman, refugiado en la región de Murcia, vio como un ejército emiral avanzaba sin oposición contra él y buscó refugio entre los beréberes de Valencia, aunque, finalmente, decidió hacer las paces con su hermano: él se retiró al N. de África con su familia y sus bienes y recibió una sustanciosa compensación en metálico, nada menos que 60.000 dinares de herencia de su padre Abderramán.

Allende el estrecho, Sulayman, a quien se había vuelto a unir el inquieto Abdállah, se asentó entre los beréberes, con quienes siempre tuvo una especial relación tanto en al Andalus como en su exilio norteafricano, hasta el punto de que, si bien no puede hablarse en modo alguno de un partido berébere del que Sulayman fuera cabecilla —menos aún puede sostenerse—, como se ha dicho en ocasiones, que fuera el candidato de un supuesto Partido sirio, sí parece evidente que Sulayman buscó sus apoyos en sectores descontentos con la situación vigente, como podían ser los habitantes de la siempre rebelde Toledo —antigua capital de la Hispania visigótica sustituida por Córdoba— o los beréberes de las zonas rurales, en este caso, los de la zona de Mérida y del Interior al Yawf, la zona entre los cursos medios del Tajo y del Guadiana) y los de Valencia. Cuando murió Hisam y fue sucedido por su hijo al Hakam, Sulayman y Abdállah volvieron a la Península a plantear de nuevo sus reivindicaciones y de nuevo tuvieron en los beréberes su principal apoyo.

Los asuntos de las Marcas

Consolidado en el trono Hisam tras la pronta resolución de la cuestión sucesoria, el soberano gozó de un relativamente tranquilo reinado, apenas ensombrecido en el plano interno —si es que se puede considerar internos los asuntos de las Marcas, que en muy pocos momentos de la historia del emirato omeya se encuentran efectivamente sometidas al dominio de Córdoba— por las habituales discordias en Zaragoza y su región y por el levantamiento beréber en la sierra de Ronda. En efecto, la Marca Superior heredó los problemas que habían marcado la historia de la región durante el reinado del fundador de la dinastía omeya andalusí, Abderramán I, es decir, árabes contra muladíes y ambos contra Córdoba.

Los nombres de los protagonistas resultan familiares: son los hijos de los rebeldes con los que tuvo que lidiar Abderramán I, Husayn al Ansari y Sulayman al Arabi, destacados participantes en los sucesos que rodearon la entrada de Carlomagno y su posterior retirada, que dio lugar a la leyenda de Roncesvalles. El hijo del primero de ellos, Said, hijo de Husayn al Ansari, se había apoderado de Tortosa y, con el apoyo de buena parte de los árabes de la Marca, intentaba hacerse con Zaragoza.

El emir, que se hallaba ocupado con los problemas que le planteaban sus hermanos —estos acontecimientos ocurrían en los primeros meses de su reinado—, no pudo o no quiso ocuparse personalmente de Said, cuyas andanzas, sin embargo, fueron muy breves, pues un muladí de la familia de los Banu Qasim, Musa b. Fortun, alzó la bandera de los omeyas y, tras derrotar y dar muerte a Said, se adueñó de Zaragoza en nombre de Hisam, aunque muy probablemente sin contar para nada con él. Tampoco Musa pudo disfrutar mucho de su victoria, porque un partidario de Said se tomó cumplida venganza asesinándolo.

Un poco más duradera fue la rebelión del hijo de Sulayman al Arabi, Matruh, quien llevaba algún tiempo dominando por su cuenta Barcelona y que, en aquel momento, se trasladó a Zaragoza. En el año 791, el emir Hisam, liberado ya de los problemas fraternos, tomó medidas decididas y envió una expedición militar al mando de uno de sus generales favoritos, Ubayd Allah b. Utman, para desalojar a Matruh.

El cerco no tuvo éxito, por lo que las tropas omeyas se instalaron en Tarazona, desde donde continuaron asediando a distancia la capital de la Marca. De nuevo fueron los muladíes los que facilitaron las cosas a Hisam: habiendo salido de caza Matruh acompañado únicamente de dos compañeros, en un momento de descuido fue atacado por estos, que lo mataron, le cortaron la cabeza y se la llevaron al general Ubayd Allah, que pudo entrar entonces en Zaragoza. Uno de los asesinos de Matruh era Amrus, sirviente de la familia que, años antes, había arriesgado su vida para salvar la de su señor, Aysun, hermano de Matruh. A partir de la muerte de Matruh, Amrus inició una larga y productiva carrera política a las órdenes de los omeyas, en cuyo transcurso se encargó del gobierno de la Marca Superior y del aplastamiento de la rebeldía toledana en la célebre Jornada del Foso.

En cuanto al levantamiento beréber de la serranía de Ronda Takurunna, en las fuentes árabes), no son muchas las noticias que sobre él se conservan. Los beréberes de esa zona se habían alzado en armas contra el emir, que envió a sus tropas en el años 794 para sofocarlos. Tan violenta debió ser la represión que, según refieren las crónicas, los supervivientes huyeron a Talavera y Trujillo —zonas de gran presencia beréber también— y la comarca quedó despoblada durante siete años.

Luchas contra los cristianos

La tranquilidad interna durante el reinado de Hisam le permitió dedicar toda su atención a los reinos cristianos del norte, tanto al de Asturias como al de los francos. Su actividad militar registró grandes éxitos, como el saqueo de Narbona o el de Oviedo, pero también conoció derrotas más o menos serias.

En el año 791 se llevaron a cabo dos campañas: la dirigida contra Álava y los Castillos —por emplear la denominación utilizada por los cronistas árabes— estuvo comandada por Ubayd Allah b. Utman, que se internó en territorio enemigo tras la toma de Zaragoza antes mencionada, mientras que Yusuf b. Bujt se ponía al frente de la columna que entraba en los territorios de Vermudo I e infligía una dura derrota a los ejércitos asturianos en el río Bubia (en el Bierzo). Algunos autores atribuyen a esta derrota la renuncia al trono del rey Vermudo el Diácono, que dejó como sucesor a Alfonso II el Casto

La más renombrada gesta guerrera de los ejércitos de Hisam tuvo lugar en la Septimania franca, con el asedio a Narbona en el año 793, saqueo que, si bien militarmente no produjo ningún rédito, ya que la ciudad no fue tomada, como expedición de rapiña constituyó un memorable éxito: el botín obtenido era recordado muchos años después por los cronistas como término de comparación insuperable, tanto por sus riquezas, que inundaron Córdoba como por el amplísimo número de cautivos que acabaron como esclavos en las ciudades andalusíes.

Precisamente fue un grupo de estos esclavos francos los que sirvieron para formar el núcleo de la guardia personal del emir. Las tropas, al mando del general Abd al Malik b. Mugit, de regreso de Narbona, tuvieron un encuentro con los francos mandados por Guillermo, conde de Tolosa, —San Guillermo de Gellone, el Guillermo de Orange de las gestas épicas—, cerca del pueblo de Villedaigne, a orillas del Orbieu; la victoria cayó del lado musulmán e Ibn Mugit pudo regresar a Córdoba triunfador y cargado de botín.

Las campañas militares de los dos últimos veranos anteriores al fallecimiento del emir, 794 y 795, están envueltas en cierta confusión, puesto que las fuentes árabes y las cristianas discrepan en sus fechas y en sus resultados. A pesar de la minuciosidad con que algunos investigadores han descrito itinerarios y batallas, lo único que parece claro es que hubo varias expediciones, como mínimo dos, que fueron dirigidas por los hermanos de Ibn Mugit, Abd al Malik y Abd al Karim, que en alguna de ellas fue asolada la recientemente fundada capital del reino asturiano, Oviedo, u estuvo a punto de ser capturado su rey, Alfonso II, y que, de regreso de una campaña, el general Abd al Malik b. Mugit sufrió una emboscada de la que salió mal parado, aunque, en contra de lo que mantienen las crónicas cristianas, ni fue un desastre de importancia para los ejércitos omeyas, ni en ella murió el general Abd al Malik, cuya actividad política y militar en el reinado del sucesor de Hisam II, al Hakam I, está plenamente documentada.

El 22-IV-796 moría en Córdoba el emir Hisam, tras siete años y medio de reinado. Había designado a su hijo al Hakam que, como había ocurrido en su propio caso, no era el primogénito, que había caído en desgracia y se hallaba en prisión.

En esta ocasión nadie en el alcázar cordobés se opuso a su entronización, aunque no por ello se vio a salvo de querellas dinásticas; muy pronto los obstinados Sulayman y Abdállah regresaron de allende el estrecho para intentar arrebatar el poder de manos de su sobrino. En este, como en tantos otros aspectos, el breve reinado de Hisam no había supuesto cambio alguno en el devenir de los acontecimientos de al Andalus: los problemas que habían quedado en pie a la muerte de Abderramán I allí seguían sin resolver, si bien es preciso reconocer que durante la etapa de Hisam dichos problemas permanecieron larvados, sin provocar dificultades dignas de mencionarse.

Hisam I es considerado unánimemente como un soberano mesurado y de profunda religiosidad. Bajo su mandato se concluyó la primera fase de la mezquita aljama de Córdoba y se llevaron a cabo numerosas obras públicas entre las que los cronistas destacan la reconstrucción del puente sobre el Guadalquivir en Córdoba. Pero esta imagen de Hisam como emir piadoso y preocupado por el bien de la comunidad no debe hacernos pensar en un monarca débil o pusilánime; ya se ha visto anteriormente que su actividad militar contra los reinos cristianos fue intensa y que las revueltas internas fueron sofocadas con firmeza y habilidad, en el caso de sus hermanos, y con dureza y crueldad, en el de los beréberes de Ronda.

Pero es que además, tampoco le tembló el pulso cuando se creyó en la necesidad de actuar contra posibles intrigas palatinas: otro de sus hermanos, Maslama, apodado Kulayb, fue encarcelado y murió en prisión durante el reinado de al Hakam I, e idéntica suerte corrió el primogénito de Hisam, Abd al Malik, ambos por sospechas que las fuentes no detallan. El reinado de Hisam I constituyó un reinado de relativa tranquilidad en la etapa del arraigamiento de la dinastía omeya en al Andalus, entre los gobiernos de su padre Abderramán, que tuvo que luchar sin tregua para instalarla, y de su hijo al Hakam, que se vio en la necesidad de conjurar con mano férrea los peligros que la amenazaban desde el interior muy seriamente.

MOLINA MARTÍNEZ, Luis, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXVI, págs. 304-307.