Muhammad IX al Aysar

Biografía

Escudo de armas de los reyes Nazaríes

Escudo de armas de los reyes Nazaríes de Granada. Diseño inspirado de las labras de la Alhambra.

Sultán nazarí, 1419-1454. El nombre completo del noveno Muhammad de la dinastía nasrí, según consta en documentos y monedas árabes, Abu Abd Allah Muhammad b. Nasr b. Muhammad (V), aunque el adoptó el laqab honorífico de al Galbib billah, los granadinos lo denominaron al Aysar, el Izquierdo o el Zurdo en versión de las crónicas castellanas, ya que poseía esa característica física. Con su acceso al trono se volvía a romper la línea sucesoria legítima y directa que seguía la descendencia de Yusuf III.

Tras la proclamación con el apoyo de los Abencerrajes hacia mediados de 1419, como se ha dicho (ver Muhammad VIII), Muhammad IX nombró como visir a uno de los dirigentes que había organizado la sublevación, Abu l Hayyay Yusuf b. al Sarray. A partir de este momento la familia de los Banu Sarray desempeñarán un activo e influyente papel en la vida política de Granada y provocarán la guerra civil en el reino que tanto facilitó la conquista por parte de los cristianos.

Las relaciones con Castilla se mantuvieron en buenos términos y, tras prorrogar la tregua que Muhammad VIII el Pequeño tenía hasta abril de 1421, Muhammad IX al Aysar firmó una nueva por tres años que, a cambio de unas parias de trece mil doblas de oro, aseguraba la paz hasta el 13-VII-1424.

No obstante, se produjeron algunos incidentes e incursiones fronterizas menores y de poco alcance que, si bien enturbiaron la paz, no impidieron que la tregua continuara puesto que fueron resueltas por los jueces de frontera de ambas partes. A pesar de todos estos altercados fronterizos, Juan II volvió a prorrogar la tregua que Granada solicitaba el 11-VI-1424 y cuya duración era de dos años.

En cuanto a las relaciones con Aragón, aunque en este primer reinado de Muhammad IX al Aysar, el Zurdo, no hubo ninguna tregua firmada ni tratado de paz formalmente establecido, se mantuvieron en una situación de calma tensa entre 1419 y 1423, sn que se produjese enfrentamiento bélico, mientras que desde 1424 hasta 1427 se desarrolló una intensificación de las relaciones diplomáticas.

Junto a los contactos diplomáticos con los reinos cristianos peninsulares, al Aysar, el Izquierdo, también cuidó las relaciones con sus correligionarios, especialmente con el Túnez hafsí de Abu Faris (1394-1434), donde en 1421 había un embajador extraordinario enviado por Granada.

Revueltas interiores

Por lo que respecta a la política interior, hay que resaltar la rebelión interna que llevó a cabo un peculiar personaje mezcla de corsario, guía religioso y caudillo político que atemorizó las costas levantinas entre 1421 y 1426 desde Almería. Ante el cariz que sus actuaciones llegaron a adquirir y el poder e influencia que este individuo que se hacía llamar el Santo Moro alcanzó, Muhammad IX al Aysar, se dirigió con su ejército a Almería para reducirlo, pero la ciudad le cerró las puertas y el sultán tuvo que desistir de su intento.

Junto a estas noticias de las fuentes cristianas, en la última década han aparecido otras procedentes de fuentes árabes publicadas en estos años. Hasta hace poco la historia del reino nazarí en los tres primero cuartos del s. XV se había basado de forma casi exclusiva en las fuentes y documentación cristianas por la práctica inexistencia de obras árabes en el periodo.

Ello ha conducido a graves errores en torno a los sultanes nasríes del s. XV tanto a los historiadores del XIX como a otros más recientes, si bien hay que destacar que los trabajos de Seco de Lucena desde los años cuarenta, cuando descubrió la crónica de Álvar García de Santa María para la historia nazarí de la primera mitad del s. XV, han sido uno de los hallazgos historiográficos fundamentales, si no el principal, y del que se han servido ampliamente historiadores posteriores.

Sin embargo, a finales de los años ochenta aparecieron dos ediciones con sus correspondientes estudios de una obra que aporta datos directos sobre la primera mitad del s. XV. Su autor, Abu Yahya Muhammad b. Asim, muerto en 1453, vivió en esos años y fue testigo presencial, en primera fila, de los turbulentos acontecimientos que sacudían el reino nasrí, sobre todo porque intervino activamente en la política granadina del segundo cuarto del s. XV, además de ser autor de una obra monográfica sobre la historia de los nasríes.

Precisamente es Ibn Asim, que era secretario del gobierno nazarí, el que informa de que en este primer reinado de Muhamamd IX fue cuando probablemente —aunque también sería posible que hubiera sucedido en el segundo hacia 1430—, tuvo lugar otra sublevación, mucho más peligrosa que la del Santo Moro de Almería y en la misma capital.

Se trata de la rebelión de Yusuf al Mudayyan, personaje sufí que tras iniciar su propaganda religiosa en la mezquita aljama de Granada, de la que tuvo que expulsarlo Ibn Siray, fue ganando partidarios e incluso gozó del favor del sultán, Muhammad IX, quien le facilitó los medios y las atarazanas para que pudiera construir barcos y traer con ellos a musulmanes del otro lado del Estrecho a la guerra contra los infieles.

Pero cuando se sintió suficientemente fuerte, se rebeló, antes de 1430-1431. Tras apoderarse de algunos arrabales de la capital y del Albaicín, sus partidarios lo proclamaron rey. pero el sultán aplastó rápidamente la revuelta y el rebelde fue muerto cuando huía; ello no desanimó a sus partidarios, que aseguraban que la cabeza que se había puesto en la picota como aviso para revoltosos era de un sosia de al Mudayyan y que este se hallaba oculto y volvería algún día.

En cambio, la sublevación que sí triunfó fue la de los partidarios del destronado y encarcelado Muhammad VIII, que lo llevó a recuperar el trono el jueves 9 de enero de 1427.

Esta sublevación pudo estar motivada por los problemas económicos derivados de las elevadas parias que se pagaban a Castilla y que produjeron la devaluación de la moneda en 1425, junto a otros factores de descontento, como el fracaso de las negociaciones para renovar la tregua con los castellanos.

Después de casi ocho años como señor de la Alhambra, Muhammad IX huyó a Almería para embarcarse hacia Túnez, donde el sultán Abu Faris, con el que mantenía excelentes relaciones, lo acogió hospitalariamente en su corte y le ofreció ayuda para recobrar el trono.

Segundo reinado 1430-1431

El inicio de este segundo reinado de al Aysar, uno de los más difíciles a pesar de su brevedad, que no alcanzó los dos años de duración, se produjo, como se ha dicho, hacia marzo de 1430. A comienzos del mes siguiente y antes de que el nuevo sultán hubiese reaccionado con respecto al rey castellano, ya habían llegado el 9 de abril a Astudillo, cerca de Palencia, donde se encontraba el monarca, un grupo de seis caballeros granadinos, partidarios de Muhammad VIII el Pequeño, que habían huido del nuevo señor de la Alhambra.

Los caballeros nazaríes llevaban cartas del derrocado en las que este informaba al rey castellano de su destronamiento, de su cautiverio en Salobreña y le pedía ayuda para recuperar el poder.

La respuesta de Juan II, siempre deseoso de avivar la llama de la guerra civil entre los granadinos, fue positiva y, además de manifestar su pesar por la situación de Muhammad VIII, aseguró que le ayudaría. Por su parte, Muhammad IX envió una embajada con el visir Ibrahim b. Abd al Barr que llegó a Burgo de Osma, donde se hallaba Juan II, en mayo. En ella le agradecía las gestiones ante el hafsí Abu Faris para la restauración de su poder, le comunicaba su victoria, proponía una tregua y ofrecía su ayuda militar en la lucha castellana contra Aragón y Navarra.

El rey de Castilla, que se hallaba en aquel lugar negociando con los dos reinos cristianos, dilató su respuesta a los embajadores granadinos hasta que alcanzó el pacto de Majano acordado con navarros y aragoneses el 25 de julio. Entonces informó a los representantes nazaríes de su negativa y poco después envió un embajador con su contrapropuesta, que era inadmisible para Granada y que solo pretendía ganar tiempo y obtener información de la situación interna del sultanato. Como era de esperar, al Aysar rechazó la propuesta.

Mientras tanto, Juan II comenzó los preparativos del ataque a Granada a partir de agosto, tanto interiores como exteriores, pues envió dos embajadas, ya en diciembre de 1430, a Abu Faris de Túnez y a Abd al Haqq b. Utman de Fez, con el objetivo de aislar a Muhammad IX al Aysar e impedir que recibiera ayuda de los reinos norteafricanos, cosa que consiguió.

Así, mientras que el meriní respondió con deseos de conciliación pero informando de su neutralidad, en Túnez ya estaban preparadas las naves de ayuda para Granada que Muhammad al Aysar le había solicitado, conciente de la guerra que Castilla preparaba contra él. Sin embargo, el emir tunecino se dejó convencer por el embajador castellano y sustituyó el envío de ayuda por dos embajadas a sendos contendientes con el fin de mediar entre ellos.

Entre tanto, Juan II dio orden de comenzar a hostigar la frontera granadina y, así, el 11 de noviembre los soldados nazaríes cayeron en una emboscada en Colomera, pero se resarcieron después en Igualeja, en la comarca de Ronda, mediante una estratagema. La llegada del invierno obligó a la suspensión de las hostilidades hasta lea primavera del año siguiente, 1431.

En cuanto a las relaciones con Aragón durante este segundo reinado de al Aysar, Alfonso V el Magnánimo envió una primera embajada a Granada entre finales de abril y principios de mayo de 1430 para entablar contactos con el emirato y solicitarle que socorriese a la infanta Catalina, esposa del infante Enrique, que se hallaba asediada en Segura. Posteriormente, Aragón siguió realizando esfuerzos por llegar a un tratado con Muhamamd IX y efectuó algunos gestos de buena voluntad, como la liberación de un grupo de cautivos de Játiva entre los que se encontraba un familiar del sultán.

Aunque no se llegó a la firma de ningún tratado, los contactos y relaciones fueron cordiales y fluidos a lo largo de 1430 y 1431, especialmente a partir de los ataques de Castilla a Granada. Con la llegada del buen tiempo, se reanudaron los ataques a tierras granadinas. Los cristianos a veces sufrieron importantes descalabros, pero también conquistaron entre el 10 y el 13 de marzo Jimena de la Frontera.

La situación se complicaba cada vez más para Muhammad IX, que además tenía que hacer frente a sus opositores que no dudarían en aprovechar la menor oportunidad para devolver al trono a Muhammad VIII el Pequeño, que seguía prisionero en Salobreña. A ello se sumaban las pocas perspectivas de treguas y la guerra que Juan II preparaba contra Granada, lo que creaba un clima de descontento que podía desembocar en una sublevación y restauración del Pequeño que, sin duda, podría contar con el apoyo del soberano castellano.

Para cortar de raíz esta posibilidad. Muhammad IX adoptó una difícil y tajante decisión a finales de abril de 1431: ordenó ejecutar a Muhammad VIII y a su hermano Abu l-Hasan Ali en la misma cárcel de Salobreña. Aunque logró el objetivo que se proponía, también tuvo el efecto de profundizar más en la división de los dos sectores enfrentados, Abencerrajes partidarios de al Aysar y legitimistas defensores del Pequeño.

Castilla seguía preparándose para la guerra y, tras una incursión para talar y arrasar numerosos lugares de la Vega de Granada y Loja dirigida por el condestable Álvaro de Luna entre el 16 y el 22 de mayo de 1431, el propio Juan II se dirigió con todo su ejército contra el reino nazarí.

Aparición de un nuevo pretendiente

En el interior de Granada, esta amenaza creó más tensión y malestar de los que ya existían en la capital, máxime cuando estaba tan reciente la tala de la Vega por el condestable Álvaro de Luna. Por ello, la oposición a Muhammad IX, que se había quedado sin candidato al trono tras la ejecución de Muhammad VIII, buscó a uno para sustituirlo y eligió a Yusuf b. Muhammad b. al Mawl, el Abenalmao de las crónicas castellanas.

La elección resulta sorprendente, ya que existían dos nietos de Yusuf II, Yusuf b. Ahmad y Sa´d b. Ali, futuros sultanes ambos y con mejor derecho al trono, mientras Yusuf b. Muhammad b. al Mawl ni siquiera pertenecía a la familia nasrí por línea agnaticia [Se dice del pariente por consanguinidad respecto de otro, cuando ambos descienden de un tronco común de varón en varón], dominante en la sociedad árabe, y su único vínculo con la misma se debía a que su padre se casó con una hija de Muhammad VI el Bermejo, quien no era, precisamente, el más legítimo de los sultanes, pues había usurpado el trono y pertenecía a una línea mucho más alejada de la legítima que, por ejemplo, la Muhammad al Aysar.

Sin duda, aunque los dos nietos fueran de corta edad —y recuérdese que los legitimistas defendieron a Muhammad VIII siendo un niño—, debieron de existir otras razones para este nuevo salto o desviación en la línea de sucesión. Tal vez lo que hizo que estos dos nietos aceptaran yn el grupo de la oposición eligiera a Yusuf b. Muhammad b. al Mawl, como indica Seco de Lucena, fueran las maniobras de su cuñado Ridwan Bannigas, el Gilayre de las crónicas castellanas, liberto de origen cristiano que había gozado de la confianza de Muhammad VIII y que emparentó con la familia real nasrí casándose con una nieta materna de Muhammad VI el Bermejo.

En cualquier caso, lo decisivo fue que recurrieron a los castellanos para conseguir desbancar a Muhammad IX y entronizar a Yusuf. Para ello, Ridwan Bannigas se presentó ante Juan II cuando este se hallaba en Córdoba a finales de mayo de 1431. En ese momento se debatía en el real acerca de la plaza a atacar, si Málaga o directamente Granada, asegurándole que con su gran ejército podría tomar todo el territorio y, sobre todo, que allí se le uniría Yusuf b. al Mawl, pretendiente al trono.

A Juan II se le ofrecía, precisamente, lo que deseaba: apoyar a un pretendiente al trono que dividiera a los granadinos y desestabilizara al Estado, de manera que condujese al reino a una situación de debilidad que le permitiera conquistarlo o reducirlo a un vasallaje y sometimiento absolutos. Con tal clarividencia lo indica Ibn Asim (1453), que sufre y se lamenta de la situación de decadencia y retroceso en la que vive al Andalus y que a él le toco vivir, pues fue testigo, como se ha dicho, de estos acontecimientos desde su cargo de visir de la Alhambra. Para este autor, los males y retroceso islámicos por el avance cristiano se deben a las disputas y división interna de los musulmanes.

La batalla de la Higueruela

El ejército cristiano al mando del propio Juan II se dirigió a Granada y asentó su real en la Vega, en donde se presentó el día 27 de junio el pretendiente Yusuf b. al Mawl acompañado de su cuñado Gilayre/Ridwan Bannigas y otros siete destacados partidarios. Yusuf le expuso sus pretensiones al trono y acusó de usurpador a Muhammad IX, le pidió ayuda y le ofreció a cambio vasallaje, cumpliéndose así lo que Ridwan Bannigas había expuesto en Córdoba.

Después de una serie de escaramuzas que se produjeron no lejos del real cristiano, asentado en el pago de Marachuchil (Maysar Zuyay, Casería de los Vidrios) entre Atarfe y Peligros, la batalla campal se trabó en este último lugar, en el pago de Andarasemel (Andar al Samal, era del viento norte). Las tropas granadinas no las dirigía Muhammad IX, que decidió permanecer en la Alhambra por temor a que su ausencia fuera aprovechada para una sublevación, dada la difícil situación que se vivía.

Por ello, puso al frente del ejército a un príncipe o infante, sobrino suyo, conocido como el Cojo, que el domingo 1-VII-1431 fue duramente derrotado en la que los granadinos llamaron batalla de la Higueruela, según afirma un cronista castellano, por la presencia de uno de estos árboles en el lugar. Tras la rotunda victoria castellana, el rey acordó reconocer a Yusuf b. al Mawl como sultán de Granada en vasallaje a Castilla y le ofreció su ayuda para ganar el trono. Con todo ello —una victoria militar y un sultán alternativo y vasallo— se cumplía, aunque solo parcialmente, el objetivo de esta campaña: debilitar y someter a Granada, ya que no tomarla completamente.

Sin embargo, aunque podía hacerlo, Juan II no aprovechó el éxito obtenido y la situación ventajosa en que se había colocado, pues pocos días después, el 10 de julio, levantaba el campamento y regresaba a Castilla. Muhammad IX seguía de sultán, no se había declarado vasallo de Castilla ni había aumentado las parias, que, por la guerra, ni siquiera existían. Mucho menos había sitiado y tomado Granada. Las razones que se han apuntado son varias, pero ninguna parece definitiva. Entre ellas, la escasez de víveres, las discordias y querellas entre la nobleza castellana, que pudieron haber sido provocadas por agentes de Muhammad IX, e, incluso, el soborno por el nazarí del condestable Álvaro de Luna.

Conquista del trono por al Malw

Yusuf b. al Mawl y sus seguidores partieron con Juan II a Córdoba, adonde fueron a unírsele numerosos partidarios de Granada. Además, el monarca castellano dio órdenes a los capitanes de la frontera, el adelantado Diego Gómez de Ribera y el maestre de Calatrava Luis de Guzmán, de que apoyasen militarmente la causa de Yusuf, lo que llevaron a la práctica algareando las zonas fronterizas fieles a al Aysar a la vez que infiltraban agentes para ganar partidarios.

Enseguida empezaron a declararse algunos lugares en favor del rebelde, como Montefrío, adonde se trasladó Yusuf por indicación de Juan II, cambil, Alicún, Cesna Íllora, Casarabonela, Turón, Ardales o El Castellar. En uno de estos lugares, Ardales, Yusuf b. al Malw y el adelantado Gómez de Ribera firmaron, el domingo 16-IX-1431, el acuerdo de vasallaje a Juan II que tenía que ser ratificado una vez llegado al trono el pretendiente.

En el texto bilingüe del tratado Yusuf afirma que la causa de su levantamiento contra Muhammad IX al Aysar fue la ejecución de Muhammad VIII el Pequeño y su hermano Abu l-Hasan Ali. Posteriormente Loja se sumó al rebelde, pero la guarnición de su alcazaba, partidaria de al Aysar, reprimió la revuelta y los castellanos, a petición de Ibn al Mlaw, acudieron a apoyarla. Ante ello, Muhammad IX envió tropas en su defensa, pero fueron derrotadas, el 3-XII, por los castellanos y lojeños rebeldes. A continuación se entregaron Archidona e Iznájar y los lugares cercanos sin resistencia. Finalmente, la misma capital, por la presión de los castellanos y de los rebeldes, cada vez mayor, reconoció a Yusuf b. al Mawl.

Muhamamd IX abandonó la Alhambra llevándose el tesoro, a una sobrina que era hermana del infante Cojo y dos hijos de Muhammad VIII como rehenes. Seguido de ciento cincuenta caballeros, una noche de finales de diciembre de 1431 partió hacia Almería para, posteriormente, trasladarse a Málaga. Yusuf envió a Gilayre/Ridwan Bannigas con seiscientos caballeros a ocupar Granada y, tras derrotar a los partidarios de al Aysar que intentaron detenerlos, entraron en la ciudad y tomaron la Alhambra el 31-XII-1431.

Tercer reinado 1432-1445

En este tercer y más largo de los cuatro reinados de al Aysar iniciado en abril de 1432, los Abencerrajes volvieron a ocupar los puestos principales de gobierno, como el de gran visir, que desempeñó Ibrahim b. Abd al Barr, junto a otros miembros del linaje, como Abu, l Qasim b. al Sarray. También desempeñaron importantes funciones públicas y diplomáticas Ibn Kumasa y Sa´id al Amin.

Durante todos estos años de Muhammad IX, las luchas internas que Granada sufría fueron aprovechadas por Castilla siempre que sus propios conflictos civiles o sus enfrentamientos con Aragón se los permitían. La política de Juan II de Castilla, por tanto, se encaminó a un intervencionismo en el interior del sultanato granadino en los más diversos ámbitos y con todos los medios y estrategias a su alcance.

Sobre todo, procuró mantener divididos a los granadinos, como ya se ha visto en repetidas ocasiones, a la vez que evitaba treguas largas e imponía vasallaje y tributo al reino nasrí, pero además intentaba debilitar la frontera conquistando plazas fuertes y desmoralizar a la población mediante el saqueo de cosechas.

Guerra fronteriza con Castilla

En los primeros momentos de la tercera subida al trono de Muhammad IX en abril de 1432. la guerra abierta con Castilla no se llegó a desatar por los problemas internos del reino cristiano, en donde las querellas nobiliarias impedían organizar un ataque a gran escala contra Granada. Ello no impidió, que llegado el verano, se iniciaran las incursiones castellanas.

Así, en junio, el maestre de Calatrava taló la comarca de Guadix sin que pudieran impedirlo las tropas de la ciudad reforzadas por los contingentes enviados desde Granada por al Aysar al mando del Cojo, que fueron derrotados por los castellanos. Otro tanto hacía el adelantado Diego Gómez de Ribera en la vega de Málaga, donde taló Cártama, Campanillas y Churriana. Después, unidos ambos, adelantado y maestre, realizaron una entrada en la Vega, aunque sin atreverse a entablar batalla ni talar los campos de la capital; en cambio sí atacaron Dúrcal y los baños y campos de Alhama.

En 1433 se produjeron igualmente algunos ataques castellanos a partir de la primavera, como la tala y destrucción realizadas por el nuevo capitán de la frontera septentrional, Perálvarez Osorio, en los campos de Guadix, donde volvieron a derrotar a las tropas que al Aysar había enviado desde Granada esta vez al mando de Ibrahim b. Abd al Barr.

Lo mismo volvió a repetir Diego de Ribera en Málaga, aunque los musulmanes se desquitaron en Coín. En la zona oriental, los cristianos rindieron Xiquena pero fueron masacrados ante los dos Vélez. Ya entrado el invierno, Gómez de Ribera se apoderó de Turón, Ardales e Iznájar y ayudó al alcaide de Jimena de la Frontera a rendir el Castellar en diciembre de 1433. Junto a estas, otra plaza fronteriza que perdieron los nasríes en estos años fue al Liqun (Alicún de Ortega), cuya importancia estratégica destacan las fuentes árabes.

Los cristianos tomaron este castillo el viernes 10-VII-1433 y el hecho fue poetizado por el último poeta de al Andalus, como lo denomina M. Bencherifa, al Basti, quien responsabiliza a los propios musulmanes de Guadix de dicha pérdida. Pero esta conquista no fue la definitiva, pues los musulmanes lo recuperaron después y parece que no fue hasta 1462 cuando los castellanos se apoderaron definitivamente de Alicún.

En esa misma fecha o poco antes, julio de 1433, Gibraltar fue conquistado también y al Basti compone otro poema elegíaco por su pérdida. Sin embargo, no se trata de la conquista definitiva, puesto que los musulmanes debieron recuperarlo para que los cristianos fracasaran en el intento de conquista de 31-VIII-1436 en el que pereció ahogado el conde de Niebla y tomaron la plaza definitivamente en 1462.

En cambio, en la primavera del año siguiente, los musulmanes obtuvieron varios éxitos. Uno de ellos tuvo lugar cuando las tropas castellanas cercaron Álora. Gómez de Ribera, que se había acercado a la muralla y levantado la celada para parlamentar, recibió un flecha en la cara que acabó con su vida en mayo de 1434. En Vera, Ibrahim b. Abd al Barr salió al encuentro de las tropas murcianas y las derrotó severamente.

Pero los éxitos de los cristianos fueron mucho mayores: tras un ataque sorpresa a Huéscar y un sangriento asedio en el que sus tropas y los mismos habitantes se defendieron heroicamente, los musulmanes tuvieron que capitular al cabo de cinco días, el 11-XI-1434, sin qie las tropas de Baza y Granada hubieran conseguido salvar al plaza.

En esta tónica de enfrentamientos fronterizos con victorias de uno y otro bando, aunque las nazaríes de menor alcance generalmente, transcurrió también el año 1435. Una de las derrotas cristianas más sonadas fue la que tuvo lugar en la Peña de los Enamorados, cerca de Archidona, donde la imprudencia de Gutierre de Sotomayor, capitán de la frontera occidental, llevó a sus hombres a una terrible masacre el 17-III-1435. Meses después fueron los granadinos los que fracasaron el 18 de mayo en su intento de impedir a las tropas cristianas que talaran la vega de Guadix.

Vasallaje y conquista de Huelma

El año siguiente la situación se hizo más crítica aunque ya no solo fueron las batallas y conquistas fronterizas las que amenazaron la integridad territorial del reino nasrí, sino la sumisión de las propias ciudades islámicas a Castilla que se produjeron a lo largo de 1436. Como dice Seco de Lucena, a pesar de la paz interna que había en el reino, el Zurdo no pudo o no supo proteger a sus súbditos contra los ataques del exterior y estos optaron por aceptar la tutela de quienes podían asegurarles el sosiego y la tranquilidad de la que carecían.

Las ciudades que se sometieron se hallaban todas en la zona oriental del reino: Vélez Blanco, Vélez Rubio, Galera, Castilléjar y Benamaurel; estos lugares, para ahorrarse una penosa resistencia destinada, antes o después, a acabar en conquista, decidieron anticipar ese momento y negociar su entrega y así obtener una salida favorable.

De esta manera, aunque entregaron sus alcazabas y fortalezas y se declararon vasallos de Castilla, mantenían todos sus derechos y pagaban los mismo tributos que al sultán de Granada, pero que ahora iban a parar a las arcas de Juan II. En la misma línea, aunque con nuevas consecuencias que podían haber sido mucho peores, Guadix y Baza tomaron una iniciativa similar: propusieron a Juan II que les nombrase un rey para combatir y derrocar a Muhammad IX; afortunadamente para los granadinos, Juan II exigió las fortalezas respectivas, y ante la negativa, desconfió y no llegó a ningún acuerdo. Y todo ello al mismo tiempo que se seguían produciendo incursiones desde Murcia hacia la frontera granadina.

La perspectiva debía de ser tan poco alentadora y las posibilidades de futuro tan escasas que muchos de los disidentes granadinos opositores a Muhammad IX acogidos en la corte castellana y que luchaban junto al ejército cristiano frente al sultán emprendieron la emigración hacia Túnez a finales de 1436. Entre los que pasaron se hallaba el jefe de los disidentes, un tal Abenamar, probablemente un Ibn al Ahmar, puesto que además pertenecía a la familia nasrí. Y aunque ello supusiera la desaparición de un grupo de enemigos para al Aysar, ponía de manifiesto el estado de descomposición en el que se hallaba el reino islámico.

A ello hay que añadir, tras superar el año 1437 con una cierta calma, la pérdida en 1438 de la plaza fuerte más importante del sector norte de la frontera y uno de los principales baluartes defensivos del reino: Huelma. Como el asalto por sorpresa no pudo realizarse, Iñigo López de Mendoza, capitán de la frontera, puso sitio a la fortaleza y, tras derrotar a las tropas granadinas que acudieron a socorrerla y una feroz resistencia de varias semanas por parte de los asediados, estos tuvieron que capitular el día 20-IV-1438 y marcharse a la localidad vecina de Cambil y Alhabar. Esta conquista le permitió a López de Mendoza tomar algunos meses después el castillo cercano de Bayiy (Mata Begid).

Las treguas 1439-1443

Este proceso de paulatinas conquistas cristianas hubiera proseguido sin duda de no ser por las condiciones internas de Castilla en donde las luchas nobiliarias agitaban el reino. Por ello, Muhammad IX, cuya estabilidad en el poder tampoco se favorecía con las constantes incursiones fronterizas y pérdida de plazas, tomó la iniciativa de proponer treguas a castilla hacia el mes de octubre de 1438.

Las negociaciones, desarrolladas en Jaén a partir del 5 de diciembre de ese año, fueron lentas y difíciles, entre otras razones, porque Castilla pretendía someter a vasallaje a Granada, cuestión inadmisible para al Aysar. Pero los intereses que ambas partes tenían en conseguir la paz propiciaron que se llegara finalmente a un acuerdo.

El 11-IV-1439 se firmaron las capitulaciones provisionales en Jaén por parte de los encargados de las negociaciones: Íñigo López de Mendoza, representando a Juan II, y Ali b. Sa´id al Amin, por Muhammad IX. Días después, varios caballeros cristianos se dirigieron a Granada, donde fueron recibidos por una multitud que los aclamaba jubilosa por el acuerdo, para obtener la ratificación del tratado por el sultán granadino. Este juró el tratado sobre el Corán en el salón del trono el día 21 de abril.

Las cláusulas del tratado, similares a las de 1424 salvo en la cantidad de las parias y la cuestión de los cautivos, fijaban una duración de tres años para esta tregua que empezaba el 15-IV-1439 y terminaba el 16-IV-1442. El tributo que el reino nasrí debía pagar ascendía a veinticuatro mil dinares o doblas de oro y, además, debía entregar quinientos cincuenta cautivos de guerra castellanos.

Las relaciones comerciales se limitaron más que en otras ocasiones y solo se establecieron cuatro puertos secos o lugares francos para el intercambio comercial, que se situaron en Alcalá la Real, Huelma, Antequera y Zahara. La demarcación de la frontera también se contempló y quedó reconocido el dominio de Castilla sobre una serie de localidades fronterizas que los cristianos habían ido conquistando o sometiendo en los años anteriores.

Pero Muhammad al Aysar era plenamente consciente de la provisionalidad de la tregua y de que el respiro que Castilla le había concedido dependía exclusivamente de la situación del conflicto interno en la que se encontraba el reino cristiano. Por ello, mucho antes de que expirase el plazo de la tregua, al año siguiente de haberla suscrito empezó a preparar la inevitable vuelta a las hostilidades.

Dado que, siendo realista, no podía afrontar el poder militar de Castilla, claramente superior al nazarí, solo le quedaba el recurso, tradicionalmente utilizado, de llamar a sus hermanos de fe de allende. Pero a esas alturas del s. XV los meriníes de Fez habían perdido todo el poder que alcanzaron en el siglo anterior, mientras que de los hafsíes de Túnez solo podía esperar una ayuda limitada e insuficiente.

Por ello decidió recurrir directamente a uno de los más poderosos sultanes de Oriente en ese momento, el mameluco egipcio al Zahir Yaqmaq, al que le escribió una carta el 10-IX-1440. Así, el viernes 16-XII-1440 arribó la embajada nazarí a el Cairo y al segundo día de su llegada, el sábado 17 de septiembre, fue recibida por el sultán Yaqmaq, al que le presentó una carta de Muhammad IX en la que le solicitaba ayuda militar frente a los cristianos.

Pero el sultán mameluco rechazó la petición de un ejército por la lejanía de Granada y se limitó a enviar dinero y pertrechos. Ante esto, al Aysar solo tenía el recurso de mantener las treguas el mayor tiempo posible. Para ello, antes de que finalizara la que estaba vigente el 16-IV-1442, Muhammad IX envió a Ibrahim b. Sa´id al Amin para las negociaciones de la prórroga. Sin embargo, estas negociaciones se prolongaron durante más de un año sin que se llegara a un acuerdo y llegaron a estancarse, como lo demuestra la carta que el 7-III-1443 Muhammad IX envió al rey castellano.

Durante este año, pues, parece ser que se mantuvo la paz de manera tácita y casi por inercia, o por las circunstancias interiores de ambos reinos, sin que se hubiera llegado a un acuerdo sobre un nuevo tratado o la prórroga del anterior. Finalmente, en marzo de 1443 Juan II aceptó en Escalona la renovación de las treguas por tres años, hasta el 15-IV-1446.

Por otro lado las relaciones con Aragón que el reino de Granada mantuvo entre 1438 y 1444 fueron coordinadas por el baile [antiguamente, en la Corona de Aragón, juez ordinario en ciertos pueblos de señorío] general de Valencia, que mantenía los contactos a través del infante Cojo, que residía en Almería y no con el sultán de la Alhambra. Este periodo de paz exterior no sirvió para mantener la estabilidad interna, como ya ocurriera en la década anterior, y diversas revueltas acabaron con un nuevo asalto violento al trono.

La sublevación de Yusuf el Cojo

Como se ha dicho anteriormente, los dos trabajos de edición y estudio aparecidos en 1988 y 1989 de la Yunnat al rida de Inm Asim, testigo y protagonista de los hechos de esta época, han permitido aclarar algunos de los años más oscuros de toda la historia nazarí y arrojar luz sobre el sultán del que hasta esa fecha se tenían menos datos y ninguna referencia de fuentes o documentos árabes, Muhammad X el Cojo.

La explicación de esta ausencia es muy simple: a partir de la información que aporta Ibn Asim, no existe ningún Muhammad X el Cojo y el sobrino de Muhammad IX al Aysar que le ayuda primero a recuperar el trono en 1432 y después lo expulsa del mismo en 1445 —sobrino al que las crónicas castellanas denominan solo como el Cojo— no se llama Muhammad sino Yusuf b. Ahmad.

El erudito Luis Seco Lucena Paredes, que desbrozó la enmarañada historia nazarí del siglo XV y que sentó las bases fundamentales del desarrollo de estos años, no pudo manejar la edición de la Yunnat al rida de Ibn Asim, por lo que identificó, provisionalmente y a falta de otros datos, a este infante Cojo de las crónicas cristianas con un Muhammad b. Utman el Cojo que mencionan las obras castellanas tardías del s. XVI. Pero, como ha estudiado detalladamente R. Salicrú, este nombre es una confusión de las obras del s. XVI, confusión cuyo origen ha sido rastreado por dicha investigadora.

En cuanto al apodo que recibió este personaje en las fuentes cristianas, el Cojo, y la equivalencia árabe, al Ahnaf, se halla tanto en estudios occidentales como árabes y en alguna fuente, aunque siempre aplicado a Muhammad X. Pero lo cierto es que las que aparecen en las obras árabes, tanto estudios como ediciones críticas, son referencias secundarias tomadas de trabajos de Seco de Lucena y todavía no se ha encontrado ninguna fuente árabe que mencione a un Muhammad b. Utman como emir de Granada ni ningún sultán con ese sobrenombre.

Por tanto, Yusuf b. Ahmad en las fuentes castellanas recibía el sobrenombre de el Cojo. Ello obliga, al identificarse Muhammad X el Cojo con Yusuf V el Cojo y desaparecer así un nombre Muhammad de la línea de sucesión dinástica nazarí, a reajustar la numeración de los tres sultanes posteriores que llevaron dicho nombre de la manera que sigue:

    1. Muhammad XI el Chiquito, pasa a ser Muhamamd X
    2. Muhammad XII Boabdil, pasa a ser Muhamamd XI
    3. Muhammad XIII al Zagal, pasa a ser Muhamamd XII

Su parentesco con Muhammad IX al Aysar le venía por parte de su madre, llamada Fátima al Hurra, la Noble, que era hermana de al Aysar. Yusuf vivía en Granada y mantenía buenas relaciones con su tío, quien distinguía a su hermana con un aprecio y trato especial, trato que era recíproco y que no compartía con los otros hermanos. Por alguna razón, las relaciones con su tío se enturbiaron y se marchó a vivir a las cercanías de Granada, a una alquería a dos parasangas [medida itineraria equivalente a 5250 m, usada por los persas desde tiempos muy remotos] de la capital, Huétor Santillán (Qaryat Wad).

Este distanciamiento fue aprovechado por los opositores y conspiradores que mediante calumnias fomentaron más el conflicto entre tío y sobrino. Entre los calumniadores se encontraban notables y ministros del gobierno, como el visir Ali b. Allaq. Ante el mal cariz que el asunto estaba tomando y para evitar un desenlace desgraciado, Fátima al Hurra medió entre su hijo y su hermano el sultán para apaciguar a este y proponerle que enviara a Yusuf a Almería con el nombramiento de alcaide de su alcazaba y lo apartara de los intrigantes de la capital. Finalmente, Muhammad IX aceptó la propuesta, parece ser que tras un proceso largo y complicado.

La situación se mantuvo así durante varios años, si bien las calumnias e intrigas entre ambos continuaron a la vez que Yusuf empezaba a actuar de manera cada vez más independiente, ejercer un poder autónomo y mostrar algunos indicios de rebeldía.

Empezó a exigir atribuciones desproporcionadas de carácter político, como la acuñación de moneda a su nombre, o administrativo, como el dominio sobre todos los pueblos y fortalezas de la región con sus respectivos derechos e impuestos. Incluso mantuvo relaciones diplomáticas con los reinos cristianos, como atestiguan numerosos documentos valencianos de 1438 y 1440-1441 que lo denominan y consideran como señor de Almería.

En un paso más al enfrentamiento directo, envió el ejército de Almería al mando del caíd Muhammad b. Ibrahim al Qabsani junto con la gente del valle de la ciudad y su comarca oriental contra el alcaide de Marsana (Santa Cruz de Marchena), Muhammad b. Yahya b. Maslama. Sometido a un largo asedio, el de Marchena fue debilitándose, pero pudo salvarse gracias al apoyo del alcaide de Guadix, Muhammad b. Muhammad b. Salama, al que el sultán había enviado en su auxilio. Tras ello intentó lo mismo con Andarax (Láujar de Andarax), que gobernaba Ahmad al Qurasi, ante lo cual Muhammad IX tuvo ya que intervenir directamente.

Al frente de su ejército, el sultán se dirigió a Almería y se hizo acompañar de cadíes [entre turcos y moros, juez que entiende en las causas civiles] y ulemas —doctores de la ley mahometana— con el fin de respaldar legalmente su autoridad frente al rebelde. Pero el príncipe Yusuf, lejos de amilanarse, se hizo fuerte en la alcazaba y se proclamó sultán. La unidad en las filas del emir comenzó a resquebrajarse y sus partidarios se dividieron.

Ni siquiera la intervención de un personaje importante conocido como al Ahsan al Sarif, caudillo de los musulmanes en aquella época y en cuya llegada confiaban, les ayudó. Mientras tanto, tras un mes de asedio, el príncipe Yusuf resistía el cerco y, más grave aún, se fortalecía. Incluso envió un contingente de cien caballeros y más de cien peones para que se sumara a un escuadrón menor que unos días antes había enviado para cortar el agua al campamento del sultán. En contra de lo previsible, vencieron a los asediadores y se apoderaron de un enorme botín.

Ante tal situación, al Aysar levantó el cerco y emprendió el regreso hacia Granada, pero en el camino le llegaron noticias de la sublevación de Granada y Guadix en favor del rebelde, hasta el punto de que su llegada a Granada parece que fue tan accidentada que Ibn Asim obvia su relato porque sería demasiado extenso. Aunque tampoco informa de que si el sultán pudo entrar o no en Granada, cabe pensar que no lo consiguiera, ya que se dirigió a Málaga, donde permaneció.

Allí, además de ver como muchos de sus partidarios lo abandonaban, recibió la noticia de la derrota de su ejército frente al de Yusuf b. Ahmad. Poco después, los habitantes de Vélez-Málaga se sublevaron, desplazaron de la alcazaba a su alcaide Ahmad b. Qutba y proclamaron al que estaba en la capital, es decir a Yusuf b. Ahmad. Tras ello, la rebelión se fue extendiendo y se levantaron Coín, Ronda e incluso, auque sin ninguna causa clara para hacerlo, la propia Málaga.

Al Aysar tuvo que huir de ella hacia Íllora, donde fue bien acogido, y desde allí al alcázar de Bunira. Pero la situación era ya insostenible y Muhammad IX, haciendo gala una vez más de su sabiduría, decidió renunciar al trono y abdicar en favor de su sobrino Yusuf b. Ahmad para detener la guerra civil. Además, ello le permitió instalarse en la misma Alhambra, en la residencia llamada al Dar al Kabira, la Casa Grande, y obtener de Yusuf b. Ahmad la concesión de Salobreña y Motril.

Los partidarios del sultán que estaban en el castillo de Monclín fueron reducidos a continuación. Todos estos acontecimientos, junto con la organización de su gobierno por Yusuf V, se produjeron en un periodo de unos cuatro meses en el año 1445-1446. Dicho periodo comenzó con la siega de la cebada temprana y terminó con la recogida temprana del panizo durra, es decir un lapso temporal que empezaría a finales de abril o primera quincena de mayo y terminaría hacia julio o agosto de 1445. Por tanto, cabe situar la abdicación de Muhammad IX hacia julio de 1445.

Cuarto reinado 1447-1453

A finales de la primera decena de septiembre de 1447 comenzó al Aysar su cuarto y último reinado. Se resolvió así la precaria situación política en la que había estado sumido el reino y el inestable gobierno de Ismail III. Entonces, según Ibn Asim, Dios le otorgó a al Galib billah... al príncipe victorioso Abu Abd Allah Muhammad. Es decir, este príncipe Muhammad fue un regalo de Dios a Muhammad IX, pues su presencia en el Estado reportó al sultán numerosas victorias y un reforzamiento del poder.

La detallada genealogía que de él ofrece Ibn Asim disipa cualquier duda sobre su identidad: era hijo de Muhammad VIII el Pequeño y nieto de Yusuf III, que, al mismo tiempo, fue tío de Muhammad IX al Aysar. Esta información resulta fundamental porque, aparte de una moneda que no ofrece más información que el nombre, es la única fuente árabe que habla de este príncipe y futuro rey, que solo se conocía por las fuentes cristianas, pues se trata, precisamente, de la importante figura del denominado rey Chiquito, nombre que también recibiría Boabdil y con el que no hay que confundirlo.

La aparición de este personaje tiene, lógicamente, otra significación de carácter dinástico. El hecho de que Muhammad IX no tuviera ningún hijo varón le permitió adoptar al respecto de su sucesión una determinación de gran perspicacia política: escogió un candidato que apoyasen sus enemigos, muchos de ellos partidarios del asesinado Muhammad VIII el Pequeño. Por ello fue, precisamente, al mencionado hijo de este sultán a quien designó como heredero. Además, para asegurarse su lealtad y atraérselo completamente, lo vinculó mediante el lazo de matrimonio con su hija Umm al Fath y lo puso al mando del ejército.

De esta manera, el Chiquito estuvo siempre al lado de al Aysar en el gobierno, aunque, en contra de lo que señalan las fuentes cristianas, que lo llaman rey al mismo tiempo que a Muhammad IX, no pudo llegar a ser proclamado sultán hasta la muerte del emir oficial, si bien, dada la avanzada edad de al Aysar y el lugar de privilegio en el que lo situó, ejerció muchas de sus funciones.

A propósito de su familia y vida privada, se han conservado dos documentos jurídicos de compraventa fechados en marzo de 1448 en el que Aysar interviene. En el primero compraba para el estado el baño de Sawtqr, situado cerca de la mezquita aljama de la capital, y en el segundo donaba a sus dos hijas, Fátima y A´isa, la huerta grande de la alcazaba vieja.

Intervención en luchas de Castilla

Su política exterior en este cuarto reinado se dedicó a mantener la intervención en las disputas internas de Castilla apoyando a distintos bandos, fomentando sus enfrentamientos y actuando militarmente en favor de unos grupos frente a otros y siempre en beneficio propio. De esta manera, al mando de Muhammad X el Chuiquito continuó la actividad bélica granadina contra los castellanos, iniciada por Yusuf V el Cojo desde Almería durante el año anterior y hasta su muerte.

El ejército nazarí efectuó frecuentes razzias en territorio cristiano que, además de arrasar campos y aldeas, proporcionaron una gran cantidad de botín y esclavos. Ello motivó orden de iniciar negociaciones para pactar una tregua de tres años con don Mahomat de Granada que Juan II remitió a Pedro de Aguilar el 17-X-147.

Lógicamente, al Aysar, en una situación de superioridad, no aceptó la propuesta y continuó con la colaboración militar de tropas granadinas en Murcia, como la efectuada en febrero de 1448 junto al ejército de Rodrigo Manrique, tras lo que los granadinos corrieron las tierras cristianas hasta saquear Cieza y capturar numerosos ganados y hacer un gran botín.

Aprovechando esta buena situación y superioridad militar, los granadinos recuperaron una serie de lugares que habían perdido con anterioridad y realizaron numerosas algaradas exitosas por toda la frontera, en las que derrotaron a los cristianos a lo largo de estos años y capturaron cuantioso botín de bienes, ganado y prisioneros. En particular, el ejército nazarí efectuó en este año sus algazúas en la zona occidental y los límites de Málaga

Una de las más sonadas victorias de los musulmanes se produjo en la célebre batalla de río Verde, que se desarrolló en el lugar denominado al Jazain en las cercanías de Marbella, donde las tropas del alcaide de Jimena de la Frontera, Juan de Saavedra, procedentes de Jerez, Alcalá de los Gazules, Medina Sidonia y Vejer, fueron destrozadas por los visires nazaríes Abu Ishaq Ibrahim b. Abd al Barr y Abu l Qasim b. al Sarray, que habían salido de Granada al mismo tiempo que las tropas cristianas hacia Marbella, el 4-III-1448.

La derrota de los cristianos fue total y los soldados que no perecieron acabaron prisioneros. En concreto, Ibn Asim cuenta que fueron más de ciento cincuenta los cautivos que hicieron los musulmanes, entre ellos el propio Juan de Saavedra. El hecho sucedió el domingo, 17-III-1448 y su impacto fue tal que llegó a inspirar el conocido romance Río Verde, río Verde.

Esta situación de fracaso militar llevó al rey castellano a tomar la iniciativa opara llegar a una tregua. Par esto encargó a Pedro de Aguilar el 5-IV-1448 que estableciera contactos con Muhammad IX con este propósito, pero la posición de fuerza en la que se encontraba el emir nazarí le permitió rechazar las proposiciones de armisticio.

En cambio, el 25-XII Alfonso V el Magnánimo de Aragón y Juan II de Navarra sí establecieron un acuerdo con el sultán de la Alhambra por el que suspendían toda clase de hostilidades. Así, con las manos libres de pacto que lo atase y con la incapacidad castellana para defenderse, al Aysar continuó sus campañas victoriosas y los castellanos volvieron a ser derrotados y masacrados en la frontera murciana, en los alrededores de Hellín, el mes de diciembre de 1448.

Ante estas derrotas castellanas, al año siguiente las tropas nazaríes, comandadas por Muhammad el Chiquito, no encontraron ya resistencia. En el verano de 1449 razziaron todas las comarcas de la frontera, devastaron las tierras y se cargaron de botín, ganado y esclavos. Estos ataques se extendieron desde la zona occidental, en donde alcanzaron a Utrera, cerca de Sevilla, hasta la oriental, pasando por la región septentrional, de la que atacaron, entre otros lugares, los arrabales de Jaén, en donde se apoderaron de una gran cantidad de ganado, Baena y Antequera.

En esas misma fechas, en agosto, un ejército de diez mil nazaríes entró al mando de Rodrigo Manrique en el reino castellano en dirección a Montiel y saqueó las tierras del comendador mayor de Castilla en la comarca de Medina y Terrinches y todos los lugares que, de regreso a Granada, no eran leales a Navarra o al citado Rodrigo Manrique, con lo que capturaron un enorme botín de cautivos y ganado.

Sin dejar reposar los caballos, como señala Ibn Asim, el ejército victorioso se dirigió después a Benzalema y la región occidental del reino, donde llegó a capturar más de veinte mil cabezas de ganado, botín sin precedentes, valoración que también se aplica a la penetración en tierra enemiga, en la que nunca se habían internado tanto.

Sublevación interior y treguas

Pero, como ocurrió en sus reinados anteriores, los éxitos o buena situación exterior no libraron a Muhammad IX de que en el interior de su Estado hubiera revueltas y sublevaciones para arrebatarle el poder. En esta ocasión fue el destronado Ismail III, quien, como también había sucedido en ocasiones anteriores con los pretendientes nazaríes al trono, contó con el apoyo de Juan II en contra del sultán gobernante.

Tras abandonar la corte castellana se estableció en la fortaleza de Comares. de esta manera, en abril de 1450, el antiguo sultán al que Ibn Asim siempre califica de ra is, arráez —caudillo o jefe árabe o morisco—, volvió y con él se encendió en la nación el fuego de la guerra civil.

La situación debía ser los suficientemente grave y alarmante para que, al contrario que en las ocasiones anteriores en las que Castilla intentó pactar una tregua, el emir de Granada aceptara el acuerdo en el mes de marzo de 1450. Mientras tanto, Ismail III continuaba extendiéndose gracias a la ayuda castellana y, tras tomar diversos lugares en la región occidental del reino, se apoderó de la alcazaba de Málaga el jueves, 2-IV-1450 y fue proclamado rey allí.

Al mes siguiente, el 7 de abril, Juan II, continuando con el apoyo que venía prestando al pretendiente rebelde, su vasallo, ya había otorgado una tregua de cinco años en los términos que se aplicaron cuando Ismail era sultán.

Esta tregua se debía mantener hasta que el rebelde conquistara todo el reino. Con ello el soberano castellano pretendía la seguridad y facilitar la actividad en las zonas adictas al sublevado así como fomentar la adhesión a la causa del disidente, pues, de otra manera, esas zonas se verían indefensas frente a los ataques cristianos al quedar fuera del pacto que protegía a todas las tierras dependientes de Muhammad IX, con el que Castilla acababa de firmar el acuerdo de paz el mes anterior.

A pesar de todo el apoyo cristiano, en esta ocasión tanto las clases dirigentes granadinas como el pueblo percibieron el peligro de la sublevación de un candidato vasallo de Castilla y se mantuvieron fieles a Muhammad IX, que no perdió el trono en ningún momento.

Asegurada la lealtad de la población, la respuesta de al Aysar no se hizo esperar. A finales de mayo de 1450 se dirigió con su ejército a Vélez Málaga y lo conquistó. Ismail, que esperaba el ataque conjunto del emir y su heredero el Chiquito, había pedido ayuda al adelantado Per Afán de Ribera a finales de mayo.

A continuación, el 5 de junio al Aysar y Muhammad el Chiquito se dirigieron a Málaga y ocuparon el huerto conocido allí como de Ibn Salim. Desde aquel lugar se trasladaron a poniente de la rábita de la Suada y luego conquistaron Málaga el jueves 26 de junio. Ismail se refugió en la Alcazaba y Gibralfaro y solicitó ayuda a los castellanos. Pero al cabo de dos días de tomar las atarazanas, situadas en las afueras del ciudad, los partidarios de Ismail III se dividieron y decidieron parlamentar.

Tras llegar a un acuerdo, el sábado 28 de junio al Aysar subió a la alcazaba con todos sus alcaides y servidores para recibir el sometimiento de los habitantes de Málaga y de su comarca occidental (Garbiyya). A los dos días, el 30-VI-1450, Ismail III pereció, probablemente ejecutado por Muhammad IX Por tanto, al Aysar no llegó a perder en ningún momento el trono y el número de sus reinados queda en cuatro, como señalara Seco de Lucena, aunque con una configuración bastante diferente. A partir de entonces el Chiquito desarrolló algunas campañas militares exitosas en 1450 y 1451 mientras Muhammad IX seguía gobernando desde la Alhambra, como lo demuestra el decreto de validación de una sentencia sobre los montes de Jerez y Lanteyra que el 23-XI-1451 el sultán Abu Abd Allah al Galig billah firmó con su sello.

En cambio, las campañas nazaríes de 1452 presentan un balance negativo para los musulmanes, que fueron derrotados en la frontera sevillana por la traición de un desertor. Sin embargo, la derrota que resultó verdaderamente catastrófica por la pérdida humana y de dirigentes fue la sucedida en la batalla de los Alporchones o batalla de Lorca, como la llaman los textos árabes.

Al regreso de una expedición de castigo por tierras de Murcia, las numerosas tropas nazaríes dirigidas por el gran visir Ibrahim b. Abd al Barr fueron masacradas el viernes 17-III-1452 por un gran ejército que le salió al encuentro y que se había ido concentrando en las cercanías de Lorca. Murieron los principales militares de Granada y catorce alcaides de diferentes ciudades, entre ellas, Baza, Vera, los Vélez, Purchena y Almería, presentes en la lucha.

Como consecuencia de este desastre, entre otras razones, Granada aceptó la tregua que desde el 16-VIII-1452 Pedro Aguilar negoció por orden de Juan II con Muhammad IX y sobrino y yerno el reyMuhammad el Chiquito. Su inicio se fijo el 1 de septiembre y su duración era de cinco años y, aunque hubo incidentes de poca importancia, la tregua no llegó a romperse. Aunque todavía en el mes de marzo de 1453 al Aysar vivía y reinaba, ya no le quedaba mucho tiempo de vida.

El 24-VII-1453 escribía el gran visir Abu l Qasim b. al Sarray al concejo de Sevilla y, entre otras cuestiones, le notificaba la muerte de Muhammad IX al Aysar.

Había reinado más de veintiocho años, y aunque no se conoce su fecha de nacimiento, murió a avanzada edad y algunos documentos castellanos lo llamaban el Viejo. Había atravesado por numerosas vicisitudes en medio de una turbulenta y agitada época de inestabilidad política y, después de tres destronamientos y cuatro reinados, después de haber tenido que enfrentarse a enemigos tan poderosos como Juan II de Castilla, había conseguido morir en el trono y por causas naturales, como todo parece apuntar.

Dejó, al menos, tres hijas, la citada Umm al Fath, esposa de Muhammad el Chiquito; Fátima y A´isa, la última de las cuales se casaría con el futuro sultán Abu l-Hasan y se convertiría en la madre del último emir de al Andalus, Boabdil.

R.B.: VIDAL CASTRO, Francisco, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 2000, Tomo VIII págs. 156-182.