Mundir b. Yahya

Emir de Zaragoza, 1013-1022

La guerra civil

Consolidación de la taifa

Mundir b. Yahya

Mundir b. Yahya b. Mutarrif al Tuyibí, al Muzaffar. Valle del Ebro (Aragón)-Zaragoza, H. 1021-1022. Primer rey de la dinastía Tuyibí en la taifa de Zaragoza (1013 / 1021-1022). Mundir inauguró la primera, y breve, dinastía de los Tuyibíes en el reino de taifas de Zaragoza, seguramente hacia el año 1013, cuando uno de los pretendientes al califato de Córdoba, Sulayman al Mustain, le concedió el dominio de Zaragoza, al ser proclamado ese año califa de Córdoba, apoyado entre otros por este Tuyibí, Mundir, el primer rey taifa de su prestigioso linaje. No hubo, pues, ruptura entre la reacción anterior y la de la taifa, pues en ella siguieron dominando los Tuyibíes.

Cuatro reyes de este linaje se sucedieron, entre comienzos del s. XI y 1038 ó 1039, cuando Sulayman b. Hud logró ocupar la taifa de Zaragoza, entronizando su propia dinastía, la de los hudíes, hasta 1110.

Los árabes Tuyibíes habían llegado al valle del Ebro a principios del s. VIII, entre los primeros conquistadores. Destacaron, sobre todo, desde la segunda mitad el s. IX, cuando los emires omeyas empezaron a confiarles el gobierno de enclaves en aquella frontera superior, donde acabaron predominando, con intermitente obediencia al poder central.

En tiempos de Almanzor, varios Tuyibíes de ramas principales del linaje tuvieron problemas con el poderoso chambelán cordobés, mientras otros, de ramas menos significadas hasta entonces, y especialmente Abd al Aziz b. Hakam al Tuyibí, apoyaron a Almanzor, por lo que este, al conseguir imponerse, le otorgó el gobierno de Calatayud. Otro Tuyibí, Abderramán, gobernador de Zaragoza, participó en el complot de un hijo de Almanzor contra su padre, en 989.

El todopoderoso chambelán hizo ejecutar a este Abderramán, y nombró señor de Zaragoza a un sobrino y homónimo del ejecutado. De este modo, nuevos personajes Tuyibíes destacaron al amparo del poder de Almanzor († 1002), y entre ellos este Mundir, pronto señor de la taifa zaragozana.

Su padre, Yahya, había sido un jinete sin rango en los ejércitos de Almanzor y, como su mérito mayor, el poeta Ibn Darray recordó, en sus panegíricos, que murió en combate contra los cristianos. Mundir perteneció asimismo a aquellas tropas regulares, integradas también por contingentes de la frontera superior, y entre ellos por Tuyibíes, pero destacó ya por sus cualidades guerreras, que le valieron su ascenso a caíd en los últimos tiempos del chambelán cordobés, antes pues de 1002. Tres o cuatro años más tarde, sin duda a la sombra protectora del primer hijo y sucesor de Almanzor, logró Mundir el gobierno de Tudela, a la muerte de su pariente Hakam b. Abd al Aziz, que hasta entonces lo desempeñaba.

La guerra civil

Y en esto, en 1009, estalló la guerra civil, cuando en Córdoba triunfó el golpe de estado del omeya Muhammad II al Mahdi, que puso en su contra a los partidarios de Almanzor. Sin embargo, Mundir parece que le apoyó, y en principio se integró en el partido de Wadih, el general de la Marca Media que reclutó soldados catalanes y musulmanes en apoyo de ese califa al Madhi, a quien repusieron en Córdoba en el año 1010.

La actuación de Mundir en los primeros tiempos de la guerra civil es característica de aquellos personajes, con algún poder local, que se dedicaron a encauzar según sus intereses los nombramientos califales. Mundir aparece en la todavía capital de al Andalus, en junio de ese año 1010, con sus contingentes y los eslavos de Jayran, que preparaban ya, por decisión traidora del mismo general Wahid, el asesinato del califa Muhammad II al Mahdi y la vuelta al trono del incapaz Hisam II, como ocurrió el 23 de julio.

Es posible que Mundir recibiera entonces prebendas de Hisam II, pero, seguramente, el dominio de Zaragoza lo consiguió ya del califa Sulayman al Mustain, a cuyas filas se pasaría quizás Mundir tras el asesinato del general Wahid, en octubre de 1011.

En un contexto tan revuelto, no parece muy consecuente el reproche —bien vil fue— que el cronista Ibn Hayyan (citado por el recopilador Ibn Idari) le hace por traicionar al califa Hisam II: al que debía riqueza y ascensos y que le había enviado a la Frontera Superior, sin especificar su nombramiento, ni si este fue el que recibiera de Almanzor, a quien Mundir debía todo, y a cuya familia siempre guardó lealtad, acogiendo en su corte de Zaragoza a varios personajes que otrora formaron el séquito brillante de Almanzor y sus hijos, como a sus secretarios y poetas Ibn Darray y Said; también tomó Mundir bajo su protección a un nieto de Almanzor, llamado Abd al Aziz, que en 1021 fue proclamado soberano de la taifa de Valencia.

El hecho es que Mundir, ya en el partido del candidato de los beréberes, Sulayman al Mustain, intervino activamente en su asedio de Córdoba y en la nueva destitución de Hisam II, tras lo cual Sulayman al Mustain volvió a alzarse con el califato, en mayo de 1013: premió entonces a las tribus beréberes que le habían ayudado, otorgándoles algunos dominios, sobre los que enseguida alzaron sus taifas, y concediendo Zaragoza a Mundir, como ya se ha indicado.

Sulayman al Mustain confirmó también, entonces, en sus dominios de Albarracín a Hudayl de los Banu Razin, que al final también le había reconocido. Según transmite el polígrafo granadino Ibn al Jatib, que tanto se apoya en el gran cronista Ibn Hayyan, contemporáneo de los hechos, esa concesión de Albarracín disgustó a Mundir, que ambicionaba incluso las tierras donde los Banu Razin venían gobernando desde siglos atrás.

De hecho combatirá Mundir con este Hudayl de Albarracín al comenzar la constitución de sus respectivas taifas, mientras Mundir consolidaba el territorio, extenso, que había conformado la frontera superior, limítrofe con las taifas de Toledo, Albarracín, Valencia y Tortosa. Tuvo que invadir Huesca y desplazar de allí a su pariente Ibn Sumadih, que marchó al Levante, y al cabo regiría la taifa de Almería. No acaban aún las intervenciones de Mundir en la guerra civil: en 1016 apoyó al califa Ali b. Hammud, asesino y sucesor en el califato de Sulayman al Mustain, e incluso mató a un hijo de este último que acudió a refugiarse junto a él en Zaragoza.

Luego retiró su lealtad al califa hammudí, alzando contra él al pretendiente omeya Abderramán IV al Murtada, a quien proclamó califa, en abril de 1018, en connivencia con otros cabecillas andalusíes, como el eslavo Jayran de Almería y refuerzos catalanes del conde Ramón Borrell III, o mejor ya, de su hijo y sucesor (desde febrero de 1018) Berenguer Ramón

Todos ellos atacan, en el verano de 1018, a la taifa beréber de Granada, y tras la derrota abandonan a su candidato al Murtada, que será asesinado al poco. Solo de un modo nominal, y a distancia, reconoció al califa al Qasim b. Hammud, que ya coincide con el resto del tiempo de Mundir I: este último reconocimiento es cantado por un verso de Ibn Darray, instalado en la capital del Ebro: al Mundir al Mansur ha pasado a ser nuestro valí, / y el soberano al Qasim al Mamun será nuestro mawlá.

Consolidación de la taifa

Mundir se denominó chambelán hayib, como tantos otros fundadores de taifas, siguiendo el modelo de Almanzor y sus hijos, que así legalizaban su poder de facto, mientras reconocían el poder de derecho de un califa. No acuñó moneda, y solo en los versos elogiosos de su poeta cortesano Ibn Darray aparece titulado el Victorioso (al Mansur), que parece excesiva pretensión, pues copiaría el de Almanzor; también aparece llamado Du l-ri asatayn (el de doble jefatura).

Señala alguna fuente la prosperidad de su época. Quiso dar tono de gran Corte a Zaragoza, y acogió a literatos cordobeses, asegurándose a su vez sus elogios. Dedicó atención a las construcciones públicas, como el gran vate Ibn Darray le alaba, indicando que ordenó construir unos baños, pero sobre todo, en sus días, se amplió la mezquita aljama de Zaragoza, y, recordándose que había sido fundada por el venerable Hanas cuando la conquista musulmana de la ciudad, se quiso ahora respetar la hornacina de la alquibla que él colocara, aunque trasladándola para que siguiera sirviendo en la nueva ampliación, según describen al Udri e Ibn Abi l-Fayad.

Mantuvo buenas relaciones con los castellanos y catalanes, y su gran oponenente fue Sancho III el Mayor de Pamplona, que alentó las disensiones internas de la taifa y logró tomarle algún territorio, como Buil y toda la ribera del Cinca hasta Perarrúa. Sancho III el Mayor tomó Roda de Isábena y el resto de las plazas ocupadas por los musulmanes cuando la algara de Abd al Malik al Muzaffar, hijo de Almanzor, en 1006. Desde el norte, Sancho III el Mayor tomaba ya posiciones desde la llanada de Huesca, presentándose como el restaurador cristiano de estas zonas, aun desalojando a los condes locales.

Una reacción contra sus presiones pudo ser el viaje del conde Mirón de Pallars a Zaragoza, fechable entre 1018 y 1022. Si en 1017 ese condado se había puesto bajo la protección de Barcelona, poco después acudía al rey de la taifa de Zaragoza, en quien vería, según dice un verso de b. Darray: mas disposición para ayudarle que en otros reyes. Puede interpretarse que también la alianza matrimonial, entonces, entre las casas reinantes en Castilla y Barcelona fue una reacción contra Navarra.

Al menos, Mundir utilizó el suceso como un recurso amistoso con castellanos y catalanes, aunque su participación el el hecho, hiperbólicamente cantada por su poeta Ibn Darray, no fue decisiva: permitió cruzar por tierras de su taifa al conde Sancho García. el de los Buenos Fueros, que iba a Barcelona a concertar la boda de su hija con Berenguer Ramón I, primogénito del conde Ramón Borrell III. Este viaje tuvo que ocurrir antes del 5-II-1017, en que murió el conde castellano, que entonces pasó junto a Tudela, según el precioso relato de un testigo al cronista Ibn Hayyan, conservado en la Dajira de Ibn Bassam.

Al comenzar el poder de Mundir [en la taifa de Zaragoza], el conde Sancho García de Castilla pasó ante las puertas de Tudela [...]. Iba el conde hacia los confines de la Marca Superior, a encontrarse allá con el conde Ramón de Barcelona, para concretar una alianza matrimonial entre ellos, siendo la dama de la casa de don Sancho. Sabía Mundir, nuestro señor, que este iba a poner pie en nuestra tierra, con garantías de que su ejército no nos haría ningún mal.
Pero las gentes de Tudela, entonces altivas y poderosas, desaprobaron aquello y decidieron contrariarle para evitar el baldón [de recibir al conde], que, enterado de todo esto, cuando estuvo cerca de la ciudad, envió mensajeros para convocar una comisión de sus notables, con los que hablar en el camino.

El narrador, que participó en aquella comisión sigue contando como halló en el campamento cristiano a unos seis mil soldados, y continúa.

Llegamos a la tienda campal y [el conde castellano] estaba en su estrado, vestido a la usanza de los musulmanes; llevaba la cabeza descubierta y tenía escasos cabellos; aunque era de edad madura, su canicie no era total. Era de color moreno y tenía hermosa apariencia.
Nos habó con gratas y bellas palabras, exponiendo el motivo de su viaje y el acuerdo concertado con nuestro señor. Le informamos del disgusto de nuestros conciudadanos por su paso y como tenían decidido intervenir [con las armas]. Nos disuadió, refiriéndose a los males de las guerras.

Pese a ello, explica el narrador, que la mayoría de las gentes de Tudela quisieron atacarle, y el conde Sancho les repelió; los tudelanos se refugiaron tras sus murallas, y el conde siguió camino. Y el narrador acaba con este curioso elogio del conde castellano.

No he visto entre los cristianos guerreros como los suyos, ni entre los príncipes quienes le igualen en gravedad de porte, valor, inteligencia, saber y elocuencia, excepto su pariente político y homónimo Sancho III el Mayor de Pamplona].

Tras este viaje, anterior a 1017, tuvo que haber otro, atestiguado por dos poemas de Ibn Darray sobre el paso por Zaragoza, donde les agasajó Mundir I, del cortejo castellano que acompañaba a la prometida.

Es posible que hasta la misma delegación catalana bajara a la capital del Ebro, si se entiende al pie de la letra la frase del cronista Ibn Hayyan: de tal modo Mundir se había conciliado a los señores cristianos que, ante él y en su corte se arregló el matrimonio de uno de ellos, y esta segunda parte tuvo que ocurrir después IV-1018, cuando ya Ibn Darray, que testimoniaba el hecho con sus versos, se había incorporado al palacio zaragozano, y ya para entonces habían muerto los condes antes citados de Castilla y Barcelona, con los que Mundir había tratado, y Sancho III el Mayor asumía la tutoría del infant García de Castilla.

Poco aprovechó a Mundir, pues, su colaboración en el suceso, porque las hostilidades entre Zaragoza y Pamplona fueron continuas, y su mejor reflejo, pese al filtro poético, fueron los versos de Ibn Darray. En estas guerras destacaron dos hijos de Mundir: su heredero Yahya, al que da el título de chambelán hayib y otro, al Hakam, que desempeñó el doble visirato.

El juicio de las fuentes es favorable a Mundir I: incluso el exigente cronista Ibn Hayyan señala cómo la gente reconoció lo acertado de su postura política, sin que tras él viniera nadie que pudiera llenar su hueco. Murió Mundir en 1021-1022, y le sucedió su hijo Yahya.

R.B.: VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVI, págs. 779-783.