Dinastías y grupos

Almanzor

Abd al Malik

Abderramán

Umar Ibn Hafsun

Abasíes

Abencerrajes

Benimerines

Eslavos

Fatimíes

Mozárabes

Muladíes

Omeyas

Abasíes

El califato abbasí hacia 850.El califato abbasí hacia 850.

Nombre de la más famosa y larga dinastía musulmana de Oriente. Fundada por Abu l´Abbas, descendiente de al Abbas, tío del Profeta, se presentó primeramente como reivindicadora de los derechos postergados de la familia de Mahoma , conspirando en un principio y sublevándose después contra la dinastía reinante, la de los Omeyas. Vencido el último califa de esta junto al Gan Zab (750), Abu l´Abbas desencadenó la persecución y el exterminio de los miembros de ella, y después de la horrible carnicería de Abu Frutus pudo con justicia adoptar el apodo de al Saffah (el implacable derramador de sangre); solo un individuo Abderramán I Ibn Muawiya (nieto de Hisam, el décimo califa Omeya de Damasco), pudo escapar para establecer en España un emirato independiente del Oriente, que acabará por convertirse en Califato con su sucesor Abderramán III.

Los abasíes abandonan Damasco y Siria; establecen su capital primero en Kufa, con lo que la influencia arameo-bizantina se cambia por la persa; en contraposición a los Omeyas, se manifiestan desde el primer momento por conceder una mayor importancia al factor religioso, haciendo hincapié en su función de defensores de la religión y protectores de los ulemas (los doctores de la ley), y así, en el curso de su historia, es el poder temporal el que se debilita en sus manos, con el desmembramiento del imperio, pero se aumenta el celo religioso de los califas, que persiguen con renovado vigor las herejías e innovaciones y se esfuerzan por mantener su prestigio en el terreno religioso, en perjuicio del gobierno.

Los primeros cien años marcan el momento de máximo esplendor del Islam no solo como Imperio, sino también como cultura y civilización; las riquezas se amontonan en Kufa y luego en Bagdad, la ciudad fundada por el segundo califa, al Mansur, que se rodea del máximo lujo; el protocolo de corte se complica; el califa es ya un rey de tipo persa, temido y nunca visto por sus súbditos, que nada tiene ya que ver con el gobierno patriarcal de los primeros soberanos; la organización administrativa se perfecciona y hace sumamente compleja; se desarrollan la gramática y las ciencias.

En 755, Abderramán, el omeya fugitivo, desembarca en Almuñécar y se independiza; los beréberes de África aprovechan las más mínimas ocasiones para pretender sacudirse del yugo de los árabes.

Con al Madhi y al Hadi se abre el periodo de las intrigas palaciegas, y los Barmakíes, la poderosa familia que acapara el poderoso cargo de primer visir se entromete más y más en los asuntos de Estado.

Con Harun al Rasid, el califa de Las mil y una noches, caen los Barmakíes, que son exterminados: marca el momento de apogeo, pero también el de la iniciación de la decadencia; en su tiempo Idris, fundador de Fez, instala un reino independiente en Marruecos (788).

Ibrahim Aglab inaugura poco después otra dinastía que, a título de feudo hereditario, es en realidad totalmente independiente de Bagdad; el imperio abarca ya demasiados pueblos, demasiadas distancias, demasiadas civilizaciones dispares, demasiadas mentalidades diversas, y la unidad era imposible; sobre todo, el Occidente queda ya muy lejos y desvinculado también espiritualmente del Oriente.

Con al Mamun, el llamado Augusto de los árabes (o el Felipe IV) florecen las letras y la cultura; se funda un gran observatorio; se traduce el pensamiento griego (Aristóteles); se crea la Teología; pero el Jorasán se hace independiente de los Tahiríes.

Al Mutasim, su sucesor, comete la equivocación de confiarse a los turcos, pensando formar un ejército de ellos a base de una verdadera guardia pretoriana.

Al Mutawaqqil es llamado el Nerón de los árabes por sus persecuciones, de tipo religioso muchas de ellas.

Al Mutazz quiere aniquilar el poder de los turcos, buscando el apoyo de los beréberes, pero no lo consigue y es asesinado por aquellos; los pretorianos nombran califas a su gusto; en su época los Tuluníes se establecen en Egipto e intentan la invasión de Siria (868); al mismo tiempo, la revolución qarmata, de tipo socialista y heterodoxa, se extiende por Persia, Siria y el Yemen.

En tiempo de al Muqtadir, con motivo de la represión de una sublevación, el eunuco Munis recibe el título de Emir al umara, Príncipe de Príncipes, y ejerce a partir de ese momento (908), el poder absoluto, no quedando en manos del califa más que el título y el poder espiritual; la historia del califato deja de ser ya tal historia, quedando reducida a la relación de las revoluciones e intrigas palaciegas: lo que pasa fuera de Bagdad ya no interesa. En el siglo X hay tres califatos en el Islam:

  1. El de los abasíes de Oriente
  2. El de los Fatimíes de Egipto
  3. El de Córdoba en España

En la centuria siguiente, los turcos selyúcidas entran en Bagdad, y a partir de 1055 el nombre bárbaro de Tugrilbeg se pronuncia en los púlpitos junto al del califa; y, para acabar, en el siglo XIII otro movimiento de pueblos origina el empuje de las tribus mogolas hacia Occidente, y en 1258 Hialgú toma Bagdad y declara abolido el califato en la persona de al Mutasim, con lo cual termina la dinastía que tantos días de esplendor había dado al Islam.

PERPIÑÁ, Enrique, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 4-5.

Abencerrajes

Matanza de los Abencerrajes (1870), por Mariano FortunyMatanza de los Abencerrajes (1870), por Mariano Fortuny

ABENCERRAJEs. Se da este nombre a los miembros de una familia o tribu que intervino activamente en la política y tuvo una gran importancia en la vida del reino de la Alhambra.

La voz abencerraje procede de las palabras árabes Ibn sarrach, que significan hijo del que hace sillas de montar, o sea, hijo del talabartero.

Parece ser que eran de origen africano. Su influencia se hizo decisiva a lo largo de casi todo el siglo XV, hasta el punto de que elevaron y derrocaron monarcas. Tuvieron sus principales rivales en los miembros de otra familia, con la que mantuvieron eterna rivalidad y sangrientas luchas: los zegríes.

El primer abencerraje que aparece con fuerte personalidad es Yusuf, ministro de Muhammad VIII, llamado en las crónicas castellanas Alguacil mayor de Granada. Este ministro contuvo durante algún tiempo el descontento del pueblo contra el rey Muhammad IX, hasta que un alzamiento elevó de nuevo al trono a Muhammad VIII (1427). Los sublevados entraron en la Alhambra. Yúsuf Ibn Sarrach huyó a Castilla con algunos de su tribu, pero los que quedaron en Granada fueron cruelmente asesinados.

Los refugiados en Castilla alcanzaron de Juan II ayuda para reponer al destronado Muhammad IX el Zurdo. En efecto, coaligados los abencerrajes, Castilla y el bey de Túnez, repusieron al Zurdo, con lo que volvieron los Ibn sarrach a hacerse dueños de la situación. Así continuaron, a excepción del breve reinado de Yusuf IV Ibn al Mawl, hasta el tercero y definitivo destronamiento del Zurdo en 1445 por Muhammad X el Cojo, enemigo acérrimo de los abencerrajes. Huyeron estos a Montefrío, donde se reorganizaron y nombraron un nuevo sultán: Abu Nasr Sa'd Isma'il III, el llamado Ciriza. En tiempos del Cojo parece que hubo una matanza de abencerrajes en la que fueron asesinados treinta y seis de ellos, tras el engaño de reunirlos para presenciar la abdicación del rey.

En 1453, Ciriza es elevado al trono por el rey de Castilla don Juan II. A partir de entonces entra en decadencia el reino granadino, alternando los abencerrajes en la primacía del gobierno con sus enemigos y rivales los zegríes.

En la época de Boabdil sitúan algunos historiadores la famosa matanza de abencerrajes en la sala de la Alhambra que lleva su nombre. Según algunas crónicas, fue provocada por los amores de un personaje de esta familia con la hermana del rey (1485). En este suceso está inspirada la novela de Chateaubriand Le dernier abencerage, que a su vez sirvió a Jouy para escribir el libreto de la ópera Abencerages, de Cherubini. La autenticidad de este hecho está en duda y es aventurado por el momento hacer una afirmación categórica en uno u otro sentido. Hay incluso algunos historiadores que opinan que la matanza de la sala de los abencerrajes debe situarse en tiempos de Muhammad el Cojo, y la identifican con la matanza de los treinta y seis antes aludida

CASCIARO, José María, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E, págs. 4-5.

Benimerines

El Imperio meriní en su máxima extensión (1347-1348)El Imperio meriní en su máxima extensión (1347-1348)

Reciben este nombre o el de Banu Marin o Mariníes, los miembros de una dinastía beréber que reinó en el Magreb extremo o Marruecos desde mediados del siglo XIII hasta la mitad del XV, y que tuvo gran influjo en el desarrollo de los acontecimientos en el sur de la Península Ibérica. En la segunda mitad del siglo XI esta tribu fue empujada desde el Sáhara hacia el oeste por los Banu Hilal. A mediados del siglo XII luchan con los almohades, por los cuales son vencidos, y se refugian entonces en el interior del desierto. Más tarde toman el desquite; en 1216 hacen una gran algara, y en años sucesivos corren las tierras vecinas y ensanchan sus dominios. En 1244 vuelven nuevamente a ser derrotados por los almohades.

Pero poco después se organizan bajo el emir Yahya Abd al-Haqq y empiezan a anexionarse ciudades norteafricanas, mientras el imperio almohade entra en decadencia. En años sucesivos se apoderan de Mekinez, Fez, Taza, Rabat, Salé y por fin de Marrakech (1269) y llegan a dominar todo el norte del África occidental.

España, como en tiempo de los almorávides y almohades, llegó a ser muy pronto para los Banu Marin la tierra apta para la guerra santa. Esta fue una de las principales causas que les movieron a intervenir en los asuntos de la Península. Los sultanes benimerines enviaban a al Andalus a los príncipes y caudillos militares, cuya presencia les era peligrosa en sus dominios de Marruecos, los cuales formaron el célebre ejército permanente de los reyes nazaríes de Granada. Pero, en ocasiones, los mismos sultanes vinieron, al frente de grandes ejércitos, a combatir a los cristianos e intervenir en la política del reino musulmán granadino.

Tales fueron, por ejemplo, Abu Yusuf Yaqub, Abu Yaqub Yusuf y Abu Hasan. El primero de ellos venció a los cristianos capitaneados por don Nuño de Lara en la batalla de Écija. Estos mismos sultanes hicieron algaras periódicas por tierras cristianas: sitiaban y destruían ciudades, arrasaban campos y sembrados y hacían prisioneros que luego eran vendidos en el norte de África.

Las relaciones con los reyes de Granada eran por lo general amistosas, pero, algunas veces, llegaron a ser francamente hostiles. Los reyes granadinos los llamaban para contrarrestar el empuje de castellanos y aragoneses, pero se ponían en guardia frente a la insolencia y las exigencias de los africanos, y pactaban con sus enemigos de religión para poner freno al peligro de los benimerines.

En 1333, el sultán mariní Abu l-Hasan envió a su hijo Abd al Malik, el cual recuperó Gibraltar, que años antes había caído en manos de Castilla. Habiendo sido asesinado Abd al Malik, Abu l-Hasan mandó un gran ejército y desembarcó él mismo cerca de Tarifa, que estaba en poder de los cristianos. Se apresuró a tomarla, pero Alfonso XI acudió inmediatamente y lo venció de modo rotundo en la famosa batalla del Salado (1340). Este desastre desanimó de tal modo a los sultanes benimerines que, desde entonces no osaron pasar a la Península a presentar batalla a gran escala a los cristianos. A partir de ese momento los benimerines abandonan los asuntos de España y se dedican a extender su imperio exclusivamente por el norte de África, disputándose el dominio de las comarcas de los Banu Hafs, los Abd al-Wad y otras dinastías y tribus.

En 1401 el rey Enrique III de Castilla desembarca en el Rif para vengarse de los ataques de los corsarios berberiscos y destruye Tetuán. Este ataque produce en Marruecos la consiguiente alarma, agravada en 1415 con la toma de Ceuta por los portugueses. Se levanta una gran oposición a los Banu Marin, sobre todo entre los alfaquíes y ulemas y se produce una situación de inestabilidad, turbulencia y descontento general que termina en 1420 con el asesinato del sultán Abu Sa´id y el ocaso del imperio mariní, que es sustituido por el dominio de los Banu Wattás.

CASCIARO, José María, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, T. A-E pág. 505.