Muhammad al Mutamid

Emir de Sevilla, 1069-1091

Biografía

Al Mutamid b. Abbad: Abu l-Qasim Muhammad b. Abbad b. Muhammad b. Ismail b. Abbad. Beja (Portugal), 1040-Agmat (Marruecos), 1095. Rey de la taifa de Sevilla (1069-1091) y sobresaliente poeta. Cuarto u último miembro de la dinastía de los abbadíes o Banu Abbad, que rigieron la taifa de Sevilla desde 1023, tomando su denominación del apellido del caíd Isamil Ibn Abbad (muerto en1024).

Eran los abbadíes de abolengo árabe yemení, de la tribu de Lajm; su antepasado Attaf llegó a al Andalus en 743. La atractiva personalidad de Rey poeta en unánimemente encomiada por las fuentes textuales, redactadas por literatos y secretarios, sabedores del espléndido mecenazgo de este rey sevillano, que dignificó su categoría adoptando el sobrenombre pseudo califal de al Mutamid (el Sostenido [por Dios]); usó además el título gubernativo de al Muayyad bi-asr Allah (el Reforzado por la ayuda de Dios).

Colaboró en el gobierno de su padre y antecesor; Abbad al Mutadid , y en su nombre fue valí de Silves y Santa María del Algarve (la actual Faro). Fue nombrado heredero por su padre, desde 1063, que le destacó así sobre sus numerosos hermanos. Le hizo venir entonces de Silves, para que residiera en Sevilla, otorgándole el título de hayib o chambelán, además de designarle heredero, en lugar de Ismail, otro de sus hijos al que al Mutadid acababa de ejecutar por rebelión.

A la muerte de al Mutadid, el 27-II-1069, al Mutamid accedió a su propio reinado, en Sevilla, la capital de su taifa. Era ya entonces, antes de alcanzar la treintena, un hombre muy culto y apasionado por la poesía. En su gobierno de Silves había sido su mano derecha Ibn Ammar, oriundo de una alquería próxima, hábil poeta y ambicioso personaje que acabó traicionándole; juntos conocieron allí a la esclava Rumayhiyya, con la que se casó al Mutamid, dándole el nombre de Itimad, derivado del de Mutamid, y el título de Gran Señora al-Sayyida al-kubra, teniendo importancia en aquel escenario lírico, cruzado también por la tragedia, y del que pronto se apoderó la leyenda.

La intensa aureola poética de la corte sevillana se traspasó a varios de sus protagonistas, empezando por el mismo rey al Mutamid y por Rumayhiyya, llegando incluso a la literatura española medieval, como muestra el relato titulado De lo que contesçio al rey Abenaber de Seuilla con Rumayquia, su muger que es el Exemple XXX del Libro de los enxienplos del conde Lucanor et de Patronio de Don Juan Manuel, pero llegando también a la literatura contemporánea, como muestra un relato novelado de Claudio Sánchez Albornoz sobre Ben Ammar, el famoso poeta y visir de al Mutamid, y la recreación de Blas Infante, en su exposición dramática del reinado del príncipe Abul-Kasim Mohamed b. Abbad-el Billah, titulada: Motamid, último rey de Sevilla, que fue significativamente editada en Sevilla en 1983, proclamado año del andalucismo histórico.

Rigió el extenso territorio logrado por su padre al Mutadid, través de un apolítica de expansiones (por las taifas de Mértola, Niebla, Huelva, Santa María del Algarve, Silves, Algeciras, Ronda, Morón, Carmona y Arcos), en alguna de cuyas campañas, y ya desde los trece años, había colaborado el propio al Mutamid, fracasando sin embargo en tomar Málaga en 1065.

A su vez, al Mutamid amplió su taifa y por fin logró tomar la codiciada Córdoba, aprovechando la llamada de socorro que le hizo el soberano cordobés Ibn Yahwar, y así en 1070 las tropas de al Mutamid le proclamaron en la antigua capital del califato, para cuyo gobierno nombró a su hijo el hayib Abbad Siray al Dawla, secundado por los caídes Muhammad b. Martin y Jalaf b. Nayah; pero en 1075 Sevilla perdió Córdoba, pues allí se alzó a favor de al Mamun de Toledo, el caíd de un castillo cordobés, Hakam b. Ukkasa, muriendo en el intento de atajarle el hijo de al Mutamid.

Muerto al Mamun, el rey sevillano recuperó Córdoba, en 1076-1077 ó en 1078, y allá volvió a colocar a otro hijo, esta vez al Fath, que morirá defendiéndola frente a los almorávides, en marzo de 1091. Por de pronto, recuperada Córdoba, y ante la inacapacidad del rey toledano al Qadir, al Mutamid le fue ganando territorio, entre el Guadalquivir y el Guadiana, por las actuales Ciudad Real e incluso Cuenca.

Además, por iniciativa quizás de su todavía amigo y visir Ibn Ammar, al Mutamid acabó ocupando también Murcia y la dominó intermitentemente, acuñando incluso allí moneda a su nombre. La taifa de Sevilla alcanzó su cima en estos años setenta del s. XI. Viene acuñando moneda desde el año 1043-1044 y no dejará de hacerlo hasta 1085-1086, pero sobre todo destaca, junto con la taifa de Zaragoza y con las hammudíes, en acuñar algunas series de buen oro, frente a las más pobres monedas de otros lugares, o a las series interrumpidas o a la no emisión, incluso, de algunas taifas.

Los Palacios de al Mutamid

Los Abbadíes, y sobre todo al Mutamid, embellecen Sevilla con varias construcciones, y sobre todo con palacios, para expresar su boato y sus pujos soberanos. Estos palacios taifas sevillanos fueron rehechos por los siguientes dominadores de Sevilla, y sobre todo por los almohades, que sobre ellos alzaron sus propios espacios palatinos, en su sevillana capital de al Andalus.

De estos alcázares de al Mutamid queda el recuerdo de sus halagüeñas denominaciones: dentro de la muralla se alzaron el alcázar bendito al qasr al-mubarak y las Pléyades al-turaya, y extramuros el alcázar brillante al qasr al-zahi, el radiante al-zahir, y el único al-wahid, sobre todo; de ellos nos quedan también menciones literarias,como los versos gloriosos con que los ensalzó el visir Ibn Zaldun, los versos nostálgicos del mismo al Mutamid tras haberlos perdido y los plañideros del vate cortesano Ibn al Labbana, cuando su rey abandonaba Sevilla para siempre.

Lloraba 'el Alcázar bendito', / mientras al Mutamid partía en exilio / Lloraba, pues se iban gacelas y leones. / Lloraba el 'el Alcázar de las Pléyades', / ¡Ay, si.

El Alcázar bendito constituyó el núcleo sobre el que se desarrollará el actual Alcázar de Sevilla, y dentro de él son muy escasos los rastros del que fuera palacio de al Mutamid. El radiante, en el Aljarafe fue arruinado por los asaltantes almorávides, y luego el califa almohade al Mansur alzaría allí, a finales del s. XII, sus aposentos magníficos denominados Aznalfarache. Junto a la representación arquitectónica, la dinastía taifa de Sevilla procuró también mantener a su alrededor y con generoso mecenazgo una lucida corte literaria, para elogiar sus actuaciones, cantar su legitimación e iluminar sus figuras. Fue la mejor corte poética del s. XI, y una de las mejores de todo el tiempo de al Andalus.

Decadencia y fin de la taifa

Pero no todo es luminoso, cuando avanza la década de los ochenta de aquel siglo: se enquistan las querellas agónicas entre taifas, y sobre todo Sevilla ha de sufrir el conflicto empecinado, ahora, contra el rey Abdállah de Granada, que encabeza el partido beréber, y que en sus Memorias expresa claramente la hostilidad entre él y al Mutamid de Sevilla, instigados por Alfonso VI, que en 1080 ayudó al rey sevillano en su frustrado intento de anexionarse Granada.

La presión cristiana sobre las taifas arreciaba, mientras el rey sevillano intentaba librarse de las parias; esto llevó al rey castellano Alfonso VI a algarear el Aljarafe y a tener incluso sitiada Sevilla durante tres días, quizás hasta asomarse incluso, retador, por la punta de Tarifa, en 1084 ó 1085. Sobrevino luego el golpe, terrible para los andalusíes, de la conquista de Toledo por el rey castellano, en mayo de 1085.

Los principales reyes de taifas y entre ellos al Mutamid, decidieron pedir ayuda al emir almorávide Yusuf b. Tasufin, en situación que una crónica del s. XIV, al Hulal al mawsiyya, del granadino Ibn Simak, sin ocultar el fondo real de los ocurrido, recrea así: Estando a solas [al Mutamid] con su hijo y presunto heredero Abu l-Hasan 'Ubayd Allah al Rasid le dijo.

'Ubayd Allah, somos extraños en esta al Andalus, entre un mar tenebroso y un enemigo malvado, no tenemos quien nos valga y ayude sino Dios, ensalzado sea, pues nuestros compañeros y vecinos, los [otros] reyes de al Andalus, de nada nos sirven, ni ayuda ni defensa alguna puede esperarse de ellos...
Ahí tienes a ese maldito Alfonso VI, que ha cogido Toledo de manos de Ibn Di-l-Nun, [cuya familia] lo tenía desde hacía setenta y siete años, trocándose en morada de infieles, y ahora torna su cabeza hacia nosotros, y, si nos asedia con sus tropas, no se partirá hasta tomar Sevilla.
Por esto nos parece conveniente enviar una embajada a este sahariano [emir almorávide] rey del Magreb, invitándole a venir a defendernos de ese perro maldito, pues nosotros solos no podemos. Nuestras parias se han desperdiciado, nuestros soldados desaparecido y nos odian tanto las clases poderosas como el vulgo'. Al Rasid le respondió: 'Padre, ¿vas a introducir contra nosotros, en nuestro al Andalus, a quien nos robe nuestro reino y nos disperse?'.
Y [al Mutamid] contestó: 'Hijo mío, por Dios que no ha de oírse decir de mí, jamás, que yo convertí al Andalus en morada de infieles ni se la dejé a los cristianos, para que no se me maldiga desde los almimbares del Islam, como ocurre con otros. Por Dios, prefiero cuidar camellos [en África] que cerdos [en Castilla]'.

Entre las varias delegaciones que acudieron al Magreb, entonces, en busca de auxilio, se conocen la formada por el caíd de Badajoz Abu Ishaq b. l-Muqana; por el caíd de Granada, Abu Yafar al-Qulay i; por el caíd de Córdoba, Ubayd Allah b. Adham; por el visir sevillano Ibn Zaydun, y quizás por el secretario Ibn al Qasira. La crónica recién citada de Ibn Simak ha pergeñado las misivas cruzadas entre al Mutamid y otros protagonistas del momento, alrededor de todos estos acontecimientos.

Este algo mayor protagonismo sevillano, en sus relaciones con los almorávides, tenía sobre todo por motivo la extensión de esta taifa por el litoral y los puertos frente al Estrecho, desde los cuales habían incluso colaborado con la nueva dinastía magrebí en tomar Ceuta, en 1083 ó 1084, aunque las fuentes discrepen en fijar la amplitud de este apoyo, mencionando algunas el envío de una sola nave, enviada por al Mutamid a comerciar con Tánger, y prestada al emir almorávide, mientras que Ibn Jaldun, en su Historia, refiere cómo el puerto ceutí fue hostigado por la escuadra sevillana.

El emir almorávide Yusuf b. Tasufin, solicitó a al Mutamid Algeciras, para cruzar e instalarse allí con su ejército, al que se unieron de forma destacada los reyes de las taifas de Granada, Almería, Sevilla y Badajoz, con tropas, y avanzaron, encontrándose frente a Alfonso VI al N. de Badajoz, en la batalla de Sagrajas o Zallàqa, el viernes 23-X.1086.

Al Mutamid de Sevilla recibió la primera acometida castellana, y ya flaqueaba cuando fue auxiliado por magrebíes al mando de Dawud b. Aisa.

La contracarga almorávide, dirigida por el propio emir Yusuf b. Tasufin, decidió la victoria, según expresó el mismo, alborozado, en carta conservada, al soberano Zirí (otro sinhaya como él) de Ifriqiya, la otra gran potencia magrebí extendida por la actual Túnez, dándole su interesantísima interpretación del evento, pero sobre todo justificando su intervención en al Andalus, que de tal modo podía influir en la situación internacional.

La carta acaba explicando como Yusuf volvió a Sevilla capital de al Mutamid, y allí pasamos unos días, marchándonos de su lado y despidiéndonos de él, pero no con adiós definitivo. Ganada la batalla, volvió Yusuf b. Tasufin al Magreb, pero dejó algunos soldados a al Mutamid; este los utilizó en disensiones internas, pues atacó a Ibn Rasiq de Murcia, reticente en reconocerle como soberano; pero un contingente cristiano les salió al paso y los derrotó.

La incapacidad, política, militar y económica de los andalusíes, entonces, se manifestó además en que algunas taifas, entre ellas Sevilla, volvieron a tratar con Alfonso VI, que ahora atacaba a al Mutamid por la zona de Aledo. Así que, en 1089, regresó el emir almorávide, aunque esta vez fracasó en recuoerar aquel castillo de Aledo, por culpa principal de las disensiones entre los reyes de taifas.

Enseguida, Yusuf b. Tasufin decidió acabar con aquella situación, apoderándose de las taifas, y empezando por la de Granada, en septiembre de 1900; un mes después los almorávides tomaron Málaga: sus respectivos reyes, que eran sinhaya como los almorávides, fueron desterrados al Magreb, adonde regresó también el emir almorávide, dejando a su sobrino Sir b. Abi Bakr al frente de sus nuevos territorios y de los siguientes proyectos de conquista.

Pronto les llegó su turno a las tierras de la taifa de Sevilla. Los almorávides comenzaron por apoderarse de Tarifa, en diciembre de 1090, y, a las órdenes del caíd Sir b. Abi Bakr avasallaron la cuenca del Guadalquivir, para comenzar el asedio de Sevilla desde mayo de 1091; al cabo, Sir entró por la fuerza, tras haber mantenido tratos con algunos sevillanos; pero como dice el emir Abdállah en sus Memorias.

No se respetó la inviolabilidad de los hogares, por la violencia incontenible de las tropas [almorávides] que habían soportado tanta resistencia [sevillana] alrededor de su Rey. Sir estaba tan impresionado del ardor [de los sevillanos] en los combates, que exclamaba: '¡Si hubiese atacado una ciudad cristiana, no hubiese hallado tanta resistencia!.

El 7 ó 9-IX-1091, ocuparon Sevilla los almorávides, apresando a al Mutamid y a su mermada familia, pues parte de sus hijos había caído o caería luchando, allí o en otras plazas, frente a los magrebíes. Yusuf b. Tasufin tras consultar con los Alfaquíes, como siempre, decidió desterrar al N. de África al rey de Sevilla. con sus más próximos allegados.

Recluido en Agmat, cerca de Marrakech, murió este rey poeta, cuatro años después de perder Sevilla. El visir y polígrafo granadino Ibn al Jatib visitó el sepulcro de al Mutamid tres siglos después, y sobre la prueba sufrida por el rey sevillano dejó escrito, según tradujo E.García Gómez, en su artículo sobre El supuesto sepulcro de al Mutamid de Sevilla en Agmat.

se le desterró, encadenado, desposeído de poder, y privado del reino, tras ocurrirle tragedias [...]establecióse en Agmat, ganando sus sustento del trabajo de rueca de sus hijas. Calamidades de todos sabidas ocurriéronle, que oírlas lleva a despreciar otros reveses de fortuna y cualquier suceso. En Agmat murió su querida esposa [Ruamykiyya], por cuyo duelo, como también en epitafio de sí mismo, sobre sus votos por reunirse prontamente con ella, evocando su primer encuentro, su vida y los reveses padecidos, compuso varios versos que el corazón conmueven, el alma parten y consuelan de las pérdidas que en el mundo se sufren.

En al Andalus, al Mutamid se rodeó de literatos, especialmente de poetas, a los que recompensaba espléndidamente, por ejemplo con 300 dirhemes al poeta Abd al Jalil al Mursi. A Sevilla acudían de todas partes, también de Sicilia, y allí brillaron, entre muchos otros, Ibn Zaydun († 1070), nombrado visir, que sustituyó en el cargo al gran poeta Ibn Ammar de Silves, cuyas intensas relaciones con al Mutamid terminaron en profundo odio y en la muerte violenta del poeta a manos del Rey, en 1086.

El cronista al Marrakusi señaló, con cierta ironía, que al al Mutamid de Sevilla solo a los literatos nombraba visires. Compuso al Mutamid numerosas y admiradas poesías clásicas y moaxajas, que fueron reunidas en un Diwan, no conservado directamente, aunque sus versos y también los de su padre al Mutadid fueron incluidos en el manuscrito de Ibn Zaydun, como también sus poesías fueron recogidas por numerosas antologías y varias fuentes, hoy día editadas, traducidas, estudiadas y gustadas; a partir de todo ello se han publicado sus poemas modernamente de forma conjunta.

Cultivó los géneros poéticos habituales, destacando sus panegíricos y su capacidad descriptiva, pero más sentimental que sensual, sus poemas amorosos son en general medianos. En los cuarenta poemas que compuso en su exilio, supo pulsar las emociones, a la vez que amplía una de sus características formales más interesantes, como es la capacidad constructiva de la casida, con versos entre sí más conectados que lo que suele darse en la poesía árabe clásica.

R.B.: MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVII, págs. 237-241.