Taifa de Córdoba

Introducción a la taifa

Emires de Córdoba

Abu al Hazm b. Yahwar, 1031-43
Abu al Walid Muhammad, 1043-65
Abd al Malik b. Muhammad, 1065-70

Introducción a la taifa

Hasta que los notables de Córdoba no decidieron abolir el califato y deponer al omeya Hisam III al Mutadd, el 30-XI-1031, Córdoba había seguido como ilusorio poder central, y solo a última hora anduvo el camino de las otras taifas y se tornó una más, aunque siempre pesó sobre ella la aureola de su historia; igual que en otros centros urbanos —pero este más—, con amplio funcionariado y destacada aristocracia, emergió de sí mismo el recambio de poder, en general asumido por el grupo de sus notables, en informal corporación municipal, en yama´a, presente también en los comienzos autonómicos de Toledo y Sevilla o en algún momento decisivo del periplo de otras, como Valencia y alguna otra.

Y entre esos notables pronto se destacó, o le encomendaron la responsabilidad, al Yahwar, jeque de la comunidadsayj al yama´a, como le llama Ibn al Jatib, sobresaliente por situación familiar y por las circunstancias de su actuación política en años inmediatos: Los Banu Yahwar pertenecían a la gran familia de los Banu Abi Abda, clientes de los omeyas de Damasco, y llegados a al Andalus desde mediado el s. VIII para significarse como visires y otros cargos de los omeyas de Córdoba y también de Almanzor, de quien el padre de Yahwar, llamado Muhammad, había sido secretario particular, y Yahwar también de Abderramán Sanchuelo, además de visir de Sulayman al Mustain, por lo cual Ali b. Hammud acabó encarcelándolo; así que al Yahwar encabezó el alzamiento en Córdoba contra los Hammudíes, erradicándoles de allí desde 1023, alzando después omeyas al califati hasta no poder más, en 1031.R.B.: VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 104.

Abu al Hazm b. Yahwar

Biografía

Régulo de Córdoba, 1031-1043. Abu al Hazm b. Yahwar b. Muhammad, para alejarse de la reminiscencias califales imprimió a su ejercicio de autoridad la apariencia de una república burguesa, poniendo él mismo como condición que actuaría en triunvirato con otras dos personas, Muhammad b, Abbas y Abd al Aziz b. Hasan, que fueron por él mismo elegidos entre sus parientes y allegados.

Las fuentes alaban su actuación política, muy consciente de las peculiaridades y circunstancias de la taifa cordobesa: restableció el orden cívico, licenció a las tropas beréberes, excepto a un contingente manejable de Yafraníes, y los reemplazó por una milicia ciudadana, restableció la judicatura, enderezó la economía y regularizó los impuestos, aunque, como observa el crítico Ibn Hayyan, que estuvo al servicio de los Banu Yahwar, ya este primer régulo se hizo riquísimo.

Las crónicas alaban su ingenio, reserva, solidez de juicio y capacidad; con una previsión excepcional en aquel tiempo de régulos presuntuosos, el tuvo el acierto de colocarse tan solo como depositario del cargo, en tanto apareciese alguien al que unánimemente dieran todos el poder, cuidó los alcázares califales, pero no se trasladó a vivir a ellos; organizó una milicia ciudadana, distribuyendo armas a los comerciantes, procurando la defensa del orden continuamente.

La mayor confrontación de su papel como depositario del cargo, en tanto apareciese alguien..., como indica el texto anterior, ocurrió ante la proclamación en Sevilla de un califa que el cadí —entre turcos y moros—, juez que entiende en las causas civiles-soberano Muhammad b. Ismail b. Abbad había alzado en su propio beneficio, urdiendo la ficción de un Hisam II reaparecido, en 1035.

Yahwar tenía que saber la más plausible versión de la historia: que Hisam II había muerto cuando la cruel segunda entrada de Sulayman al Mustain en Córdoba, en 1013, pero no le interesó oponerse a la ilusionada credibilidad de las gentes, sobre todo teniendo algún pretendiente hammudí pululando todavía en Carmona, en y se avino a reconocer a Hisam II, noviembre de 1035, enviándole el acta de reconocimiento y carta de felicitación redactadas por el gran secretario Abu Hafs Ahmad b. Burd a Sevilla, empezando a mencionarse el nombre de Hisam II al Muayyad en los rezos oficiales.

Las pretensiones de Ibn Abbad eran más grandes, pues quiso que el califa volviera a su alcázar cordobés, y eso ya no lo consintió Yahwar, que, para enfriar las ilusiones de sus conciudadanos, envió una embajada a cerciorarse de la personalidad del pretendido Hisam, embajada que tornó más bien decepcionada. Yahwar suprimió su reconocimiento a Hisam, y ya en las monedas yahwaríes conservadas, de 1048 a 1051, el califa es, por reverencia, el abbasí o quizá genérico Abd Allah. De todos modos, Yahwar debió retirar su reconocimiento al falso Hisam en 1039, cuando Ismail, hijo del cadí y hayib sevillano, marchó contra Córdoba.

Es notable la actividad diplomática de Yahwar, encaminada buena parte de ella a arbitrar muchos de los litigios que por doquier estallaban entre las taifas. Intercedió por los almerienses, prisioneros de Badis de Granada tras la invasión y muerte de Zuhair, en 1058, y medió en las luchas entre Badajoz y Sevilla; acogió al hijo de Sabur desplazado de Badajoz y a otros exiliados; esta política conciliatoria la continuaron los otros Banu Yahwar, pues a Córdoba vinieron a refugiarse, más adelante, los Bakríes y el último hammudí, unos y otros desplazados por el régulo de Sevilla.

No fueron los únicos, los Banu Yahwar, en acoger a desterrados por los conflictos taifales, pues al cundir las acometidas hubieron de multiplicarse los refugios. Ahora bien, si tuvieron los Banu Yahwar un embajador de categoría en la persona del poeta y visir Ibn Zaydun, aunque acabó cayendo en desgracia, porque no todo era bonanza, tampoco, en Córdoba. Yahwar, en su actuación republicana, no designó sucesor, como tampoco llevó títulos, pero la fuerza de los hechos hizo que el poder recayera en su hijo Abu l-Walid, que ya tomo el título de al Rasid. Yahwar murió el 6-VIII-1043.R.B.: VIGUERA MOLINS, Mª Jesús, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo VIII-I pág. 104.

Abu al Walid Muhammad

Biografía

Régulo de Córdoba, 1043-1065. Los Banu Yahwar asumieron el poder, que no el título soberano, en Córdoba tras la caída de los Omeyas. Se trataba de una familia relevante en la administración omeya durante siglos, una rama de los Banu Abo Abda, y gracias al apoyo de otros notables de la región consiguieron estabilizar la situación tras largos años de guerras internas, aboliendo el califato de Córdoba.

Abu al Walid Muhammad b. Yahwar al Rasid tuvo una educación muy esmerada con algunos de los principales maestros de la capital de al Andalus y secundó la actividad de su padre, Abu al Hazm b. Yahwar, cuando este accedió al poder en Córdoba. Durante su gobierno no adoptó título soberano alguno, siguiendo en esto a su padre y mantuvo su condición de hayib —primer ministro, chambelan— y su residencia particular, sin tomar posesión del alcázar omeya.

También mantuvo los esfuerzos iniciados por su padre para mediar en las disputas de los reyes de taifas, especialmente entre al Mutadid de Sevilla y al Muzaffar de Badajoz; finalmente consiguió establecer la paz entre ellos, aunque tras una larga guerra. Al Rasid acogió en Córdoba a distintos reyes destronados de al Andalus, generalmente víctimas del expansivo reino de Sevilla: los régulos Muhammad b. Yahya de Niebla, Abd al Aziz al Bakri de Huelva-Saltés y al Qasim b. Hammud de Algeciras, aunque en algún caso también a los descendientes de Sabur, el primer rey de la taifa de Badajoz.

Todos ellos recibieron asilo en Córdoba tras perder sus reinos. Abu al Walid levantó la confiscación de los bienes de los personajes huidos de la guerra civil, devolviéndoselos a sus dueños; también redujo el poder de los jefes de policía.

La seguridad interior y exterior de Córdoba fueron las principales preocupaciones de Abu al Walid, que hubo de enfrentarse a intentos de partidarios de los Omeyas de restaurar el califato, a las apetencias expansivas de los reinos de Sevilla y de Toledo. Sin embargo, un delicado equilibrio, en el que enfrentaba unos con otros, le permitió mantener la independencia durante unas décadas más hasta que la descuidada actuación de su hijo Abb al Malik dieron al traste con su política.

Al Rasid protegió a algunas de las figuras intelectuales más destacadas de su tiempo, en especial hay que agradecerle el nombramiento del historiador Ibn Hayyan para un puesto en la cancillería, con lo que este no solo dispuso de medios económicos para vivir, sino también el acceso a los documentos con los que redactó gran parte de sus obras, fundamentales para el conocimiento de la historia de al Andalus.

La quebradiza salud de al Rasid le condujo a delegar buena parte de sus funciones en un primer ministro, Ibn al Saqqa, y tras la caída en desgracia y el asesinato de este a manos del hijo de Muhammad al Rasid, Abd al Malik (1062), este asumió la mayoría de las funciones hasta que su padre delegó en él el gobierno de Córdoba. Se desconoce la fecha exacta de su defunción, en la que hay diferencias en las distintas fuentes, pero debió producirse hacia el año 1065. Sus últimos días conocieron los enfrentamientos entre sus hijos por el poder. Abd al Malik, el más violento de los hermanos, heredó la taifa.R.B.: RAMÍREZ DEL RÍO, José, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 277-278.

Abd al Malik b. Muhammad

Biografía

Régulo de Córdoba, 1065-1070. Abd al Malik fue el tercero y último soberano de los Banu Yahwar, familia cordobesa de origen árabe perteneciente a la aristocracia local, algunos de cuyos miembros fueron visires de la dinastía Omeya.

Su acceso al poder se produjo de la mano de su padre Abu Muhammad b. Yahwar, llamado al Rasid, segundo soberano de la dinastía, quien en el año 1064 elevó a sus dos hijos, Abderramán y Abd al Malik, para ayudarse de ellos en las tareas de gobierno. Sin embargo movido por su ambición, Abd al Malik apartó a su hermano Abderramán del poder y lo recluyó en su casa, convirtiéndose en el hombre fuerte del régimen.

A diferencia de sus dos antecesores, su padre y su abuelo, cuya actuación se había caracterizado por una actitud prudente y conciliadora en el intrincado mundo de los reinos de taifas, la imagen que las crónicas transmiten de Abd al Malik es de signo negativo.

Su ambición le llevó a tratar de emular a los antiguos califas, adoptando títulos como Du-l-siyadatayn (el de las dos soberanías), al-Mansur-bi-llah (el victorioso por Dios) y al-iafir-bi-llah (el vencedor por la gracia de Dios) y rezaba en el recinto especial de la macsura de la Mezquita de Córdoba reservada a los soberanos omeya. A ello se añadió un ejercicio autoritario del poder, acompañado de usos arbitrarios y confiscaciones de bienes.

Pese a su impopularidad, el fin de Abd al Malik y de la dinastía Yahwarí no vino del interior, sino de fuera, siendo la cordobesa una más de las taifas del occidente andalusí que quedaron englobadas en la taifa expansionista de los abbadíes de Sevilla. La ocasión vino dada por el ataque de al Mamun de Toledo sobre la antigua capital omeya, episodio inscrito en la rivalidad entre los soberanos de Toledo y Sevilla por el dominio de Carmona. Careciendo de fuerzas propias para hacerle frente, Abd al Malik hubo de pedir ayuda a al Mutamid, quien le envió un contingente con mil trescientos caballeros que lograron alejar a los atacantes toledanos.

Sin embargo, este hecho determinó el fin de la dinastía Yahwarí. La deposición de los Ibn Yahwar fue resultado de la una conspiración de los propios cordobeses, quienes se coaligaron con las tropas sevillanas para librarse de Abd al Malik, que trató de refugiarse en el alcázar, donde fue cercado y se rindió, mientras su padre, al Rasid, quien, al parecer se encontraba enfermo de hemiplejía, se escondió con sus hijas en la macsura de la aljama, siendo capturado por las fuerzas cristianas que actuaban al servicio de los abbadíes, quienes los despojaron de sus bienes.

Siguiendo la práctica relativamente habitual en la época taifa, la vida del soberano depuesto fue respetada, aunque se le obligó al destierro, marchando con su familia a la isla onubense de Saltés, donde hasta 1051 habían gobernado los Bakries, asimismo derrocados por los abbadíes. Allí solo sobrevivió durante un mes, muriendo el 27-VII-1070.

R.B.: GARCÍA SANJUÁN, María Jesús, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 131-132.