Taifa de Granada

Zawí b. Zirí, 1013-1020
Habus b. Maksan b. Zirí, 1020-1038
Badis b. Habus, 1038-1073
Abdállah b. Buluggin, 1073-1090

Zawí b. Zirí

Biografía

Régulo de Granada, 1013-1020. Caudillo beréber activo a principios del s. IX. Provenía de una de las tribus sinhaya norteafricanas, en cuyas disputas se vio envuelto, causa probable de su paso a la Península. En Córdoba sirvió como mercenario beréber al caudillo amirí Almanzor y, más tarde a su hijo, Abderramán Sanchuelo.

Tras la muerte de este y el inicio de la fitna (1009), tomó partido por el pretendiente beréber al trono califal, Sulayman al Mustain (1009, 1013-1016), frente al omeya Muhammad II al Mahdi (1009, 1010).

Así, tras concluir una alianza con el conde Sancho I García de Castilla (995-1017), ambos ejércitos, el beréber y el castellano, avanzaron sobre Córdoba, y tras derrotar al ejército de Muhammad II al Mahdi en las cercanías de Alcolea de Córdoba y saquear sus arrabales, tomaron la capital del califato (8-XI-1009), donde al día siguiente Sulayman al Mustain fue entronizado.

No obstante, la derrota en el Vacar (V-1010) supuso la pérdida de Córdoba en manos de Muhammad II. Repuesto en el trono el antiguo califa omeya Hisam II (976-1009, 1010-1013), Zawí dirigió un largo asedio de los beréberes a la capital, que fructificó finalmente con la reposición de Sulayman al Mustain y un nuevo saqueo de la ciudad por las tropas beréberes. Sulayman al Mustain recompensó a Zawí con el feudo de Elvira (Granada), que Zawí convirtió en centro de sus dominios y, posteriormente de la dinastía zirí.

Se declaró vasallo del nuevo califa hammudí, Ali b. Hammud (1016-1018), a la muerte del cual rechazó un intento de invasión de su cora por un nuevo y efímero pretendiente omeya al trono califal, Abderramán IV al Murtada (1018). Poco después decidió volver a su patria norteafricana, seguramente con la intención de tomar el mando de la ciudad de Qayrawan, no sin antes delegar el gobierno en sus hijos y un consejo de ancianos, aunque finalmente quien accedió a él fue su sobrino Habus b. Maksan.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII pág. 11024.

Habus b. Maksan b. Zirí

Biografía

Régulo de Granada, 1020-1038. Rey de la taifa de Granada entre 1019-1020 (o 1025) y 1038. En 1019-20, o quizás en 1025 según Ibn al Jatib, Zawi b. Zirí al Sinhayi, fundador de la taifa de Granada, abandonó al Andalus para regresar a Ifriqiya, su tierra.

Su sobrino, Habus b. Maksan, se hizo cargo de toda la taifa, desplazando a los propios hijos de Zawí ayudado por el poderoso caíd granadino Abu Abd Allah b. Abi Zamamin Afirma el emir Abdállah, su descendiente y último rey de la taifa, en sus Memorias El siglo XI en primera persona, 91-92), que en cuanto Zawi decidió volver a su tierra y se alejó en su camino de regreso a Ifriqiya, Habus fue convocado por los delegados de aquél por ser considerado el más adecuado para gobernar la taifa y, atendiendo rápidamente a la llamada, los sinhaya le acogieron con muestras de obediencia y de sumisión a su autoridad.

Habus había llegado a al Andalus con su tío, el mencionado Zawí, jefe del clan tribal de los Ziríes, beréberes Sinhaya de la rama de los Baranís, que emigraron a principios del s. XI tras las diferencias habidas con Badis b. al-Mansur b. Buluggin b. Ziri, señor de Ifriquiya (996-1016). Según señala el emir Abdállah, entre los jefes beréberes que pasaron a territorio andalusí en tiempos de al Muzaffar, hijo y sucesor de Almanzor, destacaban Zawi b. Zirí y su sobrino Habus b. Maksan.

Había sido califa Sulayman al Mustain —según informa Ibn Idari— en medio de la gran confusión causada por la fitna beréber y en respuesta a la ayuda recibida por estos y otros beréberes nuevos, quien concedió Ilbira a los sinhaya. Informa Ibn Hamad en la obra de Mª Jesús Viguera, que instalados los ziríes en Ilbira y extendiéndose hasta Jaén, acordaron crear dos áreas, separadas aunque conectadas, y Zawí quedó al frente de la de Ilbira, mientras su sobrino Habus b. Maksan regía el resto.

Según informa el emir Abdállah, Zawí decidió instalarse en una sede propia y se trasladó al cercano lugar de Granada, mientras Ilbira quedaba arruinada y los habitantes del antiguo lugar empezaron a construir sus hogares en el nuevo emplazamiento. Con el traslado de la capital comenzó la edificación de la que habría de convertirse en una gran ciudad. El núcleo urbano se inició en la colina situada junto a la orilla derecha del río Darro y posteriormente se extendió hacia la zona llana donde se levantó el conjunto de edificios que dieron lugar al espacio principal de la ciudad.

Los emires se instalaron en la alcazaba vieja y tanto este emir como sus sucesores mantuvieron como objetivo principal la edificación de la capital, de manera que, en palabras de al Idrisi (s. XII) fueron consolidadas sus murallas y construida su alcazaba por Habus al Sinhayi, a quien sucedió su hijo Badis b. Habus, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento, que aún continua. Habus se mantuvo al frente de la taifa granadina desde la partida de Zawi b. Zirí a Ifriqiya (1019-1020 ó 1025), como quedó dicho, hasta su muerte, en 1038, siendo sucedido por su hijo Badis y posteriormente por su bisnieto Abdállah, que alaba en sus Memorias su acertada organización judicial, económica y militar, así como la seguridad general conseguida por él.

Este retrato halagüeño de sus Memorias —en traducción de E. García Gómez El siglo XI, 92)— dice así: Habus b. Maksan encontró despejado su camino y procedió de la mejor manera y de la forma más equitativa. Delegó en los caídes de sus tierras la misión de dictar sus sentencias, y él apenas intervenía en nada, guardándose muy bien de cometer algún acto prohibido por la religión ni sacar dinero a sus súbditos. Las gentes le amaban, ya que en su tiempo estaban seguros los caminos, eran raros los desórdenes y desapareció la injusticia.

Según la misma fuente, había sido un gobernante de gran habilidad hasta el punto de que dividió el territorio en circunscripciones militares y para estas animó a cada unos de sus caídes a reclutar cierto número de soldados. De esta forma todos los contríbulos de Habus eran señores del territorio que les había sido asignado y con ellos consiguió un consejo de aliados, que sentían la satisfación de ser dirigentes militares, gobernadores de su propio territorio y partícipes de los asuntos de la taifa.

Crecieron durante su gobierno los efectivos del ejército y se reforzó la disciplina militar entre los soldados. Era proverbial su amor por los sinhaya, y su delicadeza y benevolencia para con sus colaboradores, consiguiendo con todo ello una gran solidez para con su taifa.

En lo que se refiere a su política exterior, mantuvo buenas relaciones con el eslavo Zuhair de Almería y reconoció, como su antecesor, a los califas hammudíes, procurando reforzar el grupo de aquellas taifas beréberes frente al expansionismo del los abbadíes de Sevilla, ayudando también contra ellos a los Birzalíes de Carmona que, poco después de la muerte de Habus lograron —en octubre de 1039— vencer a los sevillanos en Écija.

La sucesión de Habus por su hijo Badis, decidida por aquél en vida, fue aceptada por su otro hijo Buluggin b. Habus pero discutida por su sobrino, Yaddayr b. Hubasa, que mantenía la esperanza de convertirse en su legítimo sucesor puesto que había ejercido como colaborador de Habus y dado que, según Abdállah resolvía con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le recomendaba.

Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los ziríes granadinos. Habus b. Maksan murío sin haber dejado moneda acuñada con su nombre.R.B.: ROLDÁN CASTRO, Fátima, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXV, págs. 521-523.

Badis b. Habus al Muzaffar

Biografía

Régulo de Granada, 1038-1073. Tercer emir de la taifa de Granada desde 1037-38 hasta 1073. Tomó Badis b. Habus las riendas del poder de la taifa granadina tras suceder a su padre, Habus b. Maksan, que falleció en 1038; ambos pertenecían a la rama de los ziríes, que regían esta taifa desde comienzos del s. XI.

Esta sucesión fue aceptada por el sucesor de Badis, Buluggin b. Habus, pero no por su primo Yaddayr b. Hubasa, que mantenía la esperanza de convertirse en legítimo sucesor por haber ejercido como colaborador de Habus y dado que según Abdállah, tenía a gala haber resuelto con inteligencia y pericia todo asunto de responsabilidad que se le hubiese encomendado. Pero la evolución dinástica estatal se consolidaba y el asunto se resolvió a favor de la transmisión patrilineal que, a pesar de no ser habitual en grupos clánicos, se instauró y consolidó entre los ziríes granadinos.

Estos beréberes nuevos se diferenciaban de los andalusíes por la fuerza que al inicio mostraban sus estructuras feudales, aunque, poco a poco, se consolidó su arabización, siendo un notable ejemplo de asimilación a la cultura árabe el caso del emir Abdállah de Granada, como queda patente en sus famosas Memorias (El siglo XI en 1ª persona. El nombre del emir, Badis, fue habitual entre la rama de los ziríes, que regían Ifriqiya desde finales del s. X; Badis se llamó también el tercer emir Zirí de Ifriqiya, que enlaza a través de Zirí con la rama de Granada —aquel era Badis b. al Mansur b. Buluggin b. Zirí—, que tomó como sobrenombre honorífico el de Nasir al Dawla (1015-16).

Una vez que Badis se situó en el lugar de máxima responsabilidad de su taifa, se ocupó con interés de los asuntos ya iniciados por sus antecesores. En concreto, en lo que se refiere al proceso de edificación de la capital, Badis mantuvo la atención y el cuidado de sus antecesores en este asunto, al menos así lo afirmaba al Idrisi (s. XII): [fueron] consolidadas sus murallas y construida sus alcazaba por Habus al Sinhayi, a quien sucedió su hijo Badis b. Habus, en cuyo tiempo fue completada la edificación de Granada y su poblamiento que aún continúa.

Afirman las fuentes que Badis estuvo aconsejado, en general, por un judío, Samuel b. Nagrela, que desde los últimos tiempos de Habus venía destacando en la administración, ascendiendo rápidamente en la corte Zirí hasta su muerte en 1056. Había dejado entonces su puesto preeminente en la Administración de Granada a su hijo José. Samuel b. Nagrela estuvo siempre en la escena granadina, y cierta responsabilidad parece haber tenido en el deterioro de relaciones entre Almería y Granada, que acabaron con la invasión del territorio granadino por parte de Zuhair, vencido en 1038, a raíz de la cual ocupó Granada tierras al noroeste de Almería y recuperó Jaén.

En todo ello hubo también intervención de los abbadíes de Sevilla, quienes, tras proclamar a su presunto califa Hisam II, desde 1035, precisamente para oponerse en similares condiciones al califa hammudí, atacaron a este, que entonces era al Mutali, venciéndolo y ocasionándole la muerte en 1036, para continuar contra los Birzalíes de Carmona. Estos enfrentamientos se saldaron con la victoria del grupo beréber en Écija, en 1039. Tras estos sucesos, Badis atacó Sevilla, muriendo en aquellos combates un hijo del señor de aquella taifa, el hayib Muhammad b. Ismail b. Abbad, en el mismo año.

Entre las taifas beréberes se iba consolidando el predominio de Granada, aunque aún actuara como aparente defensora del califato hammudí, preso en querellas dinásticas, aun cuando Idris II logró mantenerse cinco años en su primer reinado, desde 1042 hasta 1047, reforzándose así también la posición del granadino Badis, quien dirigía sus campañas militares en esta época contra Ronda, Osuna, Morón y Carmona, al estallar las desavenencias en el bloque de esas taifas beréberes.

Se desconocen los detalles de estos conflictos, pero sí se sabe que no impidieron, en 1047-48, que sus principales figuras, Ishaq de Carmona, Muhammad de Morón, Abdun de Arcos y Badis de Granada, reconocieran como califa al hammudí Muhammad b. al Qasim en Algeciras, apartándose del califa hammudí de Málaga, Muhammad b. Idris b. Alí, de sobrenombre al Madhi.

Esta situación propició la toma de Algeciras por Sevilla, hacia 1054-55, y la conquista de Málaga por Badis. La ocupación de Algeciras por Sevilla estuvo precedida por la reclusión de los reyes de las taifas beréberes de Morón, Arcos y Ronda por el rey sevillano al Mutadid, en 1053, de la que solo salió con vida el de Ronda.

Asustado Badis ante el atrevimiento sevillano, y ante una posible conjura en su contra, para la que él suponía habría de contar con el apoyo de los árabes que vivían en Granada, pensó incluso en deshacerse de estos últimos, cosa que evitó Samuel b. Nagrela. Este suceso expone con claridad absoluta el estado de las relaciones entre los beréberes ziríes y la heterogénea población de su taifa, que mantenían entre sí un complejo equilibrio.

Badis, tras la muerte de Zuhair en 1038, retomó sus contactos con la taifa de Almería, a partir de entonces regida por la dinastía de los Banu Sumadih, de rancio abolengo árabe Tuyibí; seguramente este ocasional buen entendimiento entre Granada y Almería se debió a intereses comunes para compensar respectivos enfrentamientos con otras taifas. En el gobierno de Málaga situó Badis en 1056 a su hijo Buluggin ayudado por un personaje clave, el visir y el caíd Muhammad al Nibahi (o al Bunnahi), según a propuesto recientemente Muhammad Bencherifa), el cual venía ya destacando en la administración de los califas hammudíes.

En 1063-64 Buluggin b. Badis Sayf al Dawla, hijo mayor del soberano granadino, fue envenenado, acción adjudicada al visir judío José b. Samuel b. Nagrela, dada la enemistad manifiesta entre ambos, y dadas las suspicacias que provocaba aquel visir, verdadero amo de la situación, y puesto que Badis había envejecido y perdía la capacidad del control directo de sus asuntos de Estado.

Dichas suspicacias las refleja el emir Abdállah en sus Memorias(El siglo XI, 114-115, donde culpa al judío José: [...] luego se descompusieron las cosas, por la traición de que no hizo víctima el judío (¡Dios le maldiga!); porque Guadix, con todos sus territorios anejos pasó a poder de [Muhammadibn Man] b. Sumadih [señor de Almería], y porque los restantes soberanos se lanzaron contra nuestros dominios, no dejándonos más que Granada, Almuñécar, Priego y Cabra. Cuando corrió entre los súbditos la nueva de que había muerto el 'príncipe excelso', [Buluggin ibn] Badis, que por mucho tiempo no se había mostrado a ellos, nuestras guarniciones evacuaron los castillos y estos fueron ocupados ilegalmente por los habitantes del país.

Este texto muestra la relación entre los ziríes sinhaya y sus súbditos andalusíes, y el hecho de que un problema dinástico era suficiente para hacer desaparecer el buen entendimiento entre unos y otros. Badis, cada vez más anciano y menos capaz, empezaba a apoyarse en advenedizos, como al Naya, que iba desplazando a José b. Nagrela de su preeminencia junto al soberano.

José, intrigando contra un hijo de Badis, Maksan, logró que fuera expulsado de Granada, el cual, tras marcharse a Jaén, se declaró independiente, restándole a la taifa granadina dicho territorio. Intentando mantenerse a toda costa, José b. Nagrela ofreció Granada al rey de Almería, al Mutasim, que avanzó con sus tropas y se instaló cerca del lugar. Los granadinos, unidos bajo una causa común —pueblo y elite, beréberes y andalusíes— se alzaron el 31-XII-1066 contra José y contra sus correligionarios, dejando disminuida la presencia de judíos en esta ciudad al morir muchos de ellos en este suceso.

Ahora serían los sinhaya los que procurasen ganar el terreno cortesano y político que otros habían venido ejerciendo en la taifa granadina y, según las Memorias de Abdállah:

Se envalentonaron los sinhaya y mostraron con sus hechos poca sumisión al soberano, que tenía que hacer frente a los tumultos que estallaban contra él por todas partes. Dichos sinhaya se convirtieron en visires y ocuparon los altos puestos del Estado.R.B.: El siglo XI, 133.

Badis pidió ayuda a al Mamun de Toledo para recuperar tierras, sobre todo Guadix, y luchar contra Almería, hasta volver al equilibrio con unos y con otros. Los giennenses volvieron a obedecer al señor de Granada, expulsando de Jaén a Maksan, que se refugió en Toledo, aunque tornó a Granada y, mostrando un comportamiento advenedizo, perdió la posibilidad de ser designado sucesor por su padre Badis, cuya última gesta fue recuperar Baeza que estaba en poder del rey de la taifa de Denia.

Badis murió el 20-VI-1073. Fue uno de los más importantes reyes de las taifas de al Andalus. Se había titulado al Nasir (el Triunfante) y al Muzaffar (el Victorioso), con referencia explícita al sobrenombre honorífico del primer califa de Córdoba Abderramán III al Nasir, por una parte, y por otra, al del primer sucesor del chambelán Almanzor, su hijo Abd al Malik al Muzaffar, conjugando así los nexos con Omeyas y Amiríes, como también al adoptar el título de chambelán hayib, había dejado claro las pautas políticas en que se situaba.

Es curioso, sin embargo, que no reflejó tales títulos en sus monedas, en las que mantuvo, hasta 1063, la referencia hammudí, como vínculo legitimador, aun cuando sus califas ya se habían extinguido. Es sabido que la acuñación de moneda es signo del Estado y que la limitación con que los reinos de taifas emitieron es manifestación de su fragilidad estatal. No solo faltó en general buen oro excepto en algunos dinares de Zaragoza y Sevilla, en fracciones de dinar en ciertas taifas, y en los dinares de los hammudíes, sino que algunas taifas nunca acuñaron tipo alguno de moneda e incluso las que sí lo hicieron no mantuvieron emisiones a lo largo de todo su reinado.

Habus b. Maksan murió sin haber acuñado moneda en su nombre. En cambio, supeditadas las taifas de beréberes a los califas Hammudíes, aunque fuera simbólicamente, de ellas solo la taifa de Granada emitió moneda, desde 1058-59 hasta 1081-82, ya con posterioridad al final de los Hammudíes manteniendo siempre la referencia expresa a estos, los cuales venidos del Magreb, habían acuñado moneda primero en Córdoba (1016-1026) y luego en Málaga, dejando claro su convencimiento de legitimidad.

En lo que se refiere al hecho de la sucesión, algunas de las monedas de Badis, sin fecha, señalan como presunto heredero a su hijo Buluggin, muerto en 1063-64. Pero Badis tenía también a su hijo Maksan, que gobernaba Jaén con autonomía ascendente, el cual, como ya se ha dicho, perdió la oportunidad de ser nombrado heredero. Y tenía dos nietos, descendientes de Buluggin: el mayor, Tamim, al Muizz al Mustansir, y el siguiente, Abdállah, que habría de convertirse en el último emir de la taifa granadina.

Parece evidente que el primero de ellos nunca llegó a ser designado sucesor por su abuelo. Residía en Málaga, donde Badis había nombrado a un jeque sinhayí para que se hiciera cargo del control del lugar hasta que el príncipe tuviera edad para gobernar. En 1073 comenzó el gobierno de aquél, al tiempo que su hermano Abdállah accedió al trono de Granada.

Tamim se fue distanciando de su hermano, llegando el enfrentamiento a serias controversias que acabó arbitrando y usando en su propio beneficio el emir de los almorávides, Yusuf b. Tasufin, desde sus intervenciones en al Andalus desde 1086. Según algunas fuentes, fue Badis un gobernante admirado por personajes influyentes de su época debido, entre otras razones, a su ecuanimidad, esta fue ensalzada incluso en anécdotas de adab que cabe recordar.

El autor de la obra Kitab al Uaharat al mantura, b. Simak (s. XIV), que pertenecía a una ilustre familia de caídes y juristas en Málaga y Granada, redactó esta obra de prosa edificante con cien ejemplos o historias, de los cuales treinta y ocho se dedican a temas andalusíes.

Solo dos historias se refieren a la Granada de su tiempo, y de ellas una se dedica a loar al emir Badis b. Habus, quien, en el correcto desempeño de su responsabilidad en materia jurídica, impuso el castigo merecido a un sobrino que había sido denunciado por el rapto de una mujer (M. Guillén Monje, Dos azahares sobre Granada, 237).R.B.: ROLDÁN CASTRO, Fátima, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol VI, págs. 493-497.

Abdállah b. Buluggin

Biografía

Régulo de Granada, 1073-1090. Abdállah b. Buluggin b. Badis fue el último rey de la taifa de Granada, nació en el año 1056 y murió en el año 1095. Era el menor de los nietos conocidos del rey Badis, residía en Granada a la muerte de su abuelo, en 1075, y, según precisa su biógrafo Ibn al-Jatib, los funcionarios palatinos juddam dawlatihi y los jeques sinhaya asya qabilati-hi, pese a su juventud, unos diecinueve años, le prefirieron sobre su tío Maksa, que regía Jaén, y sobre su hermano mayor Tamim, que regía Málaga, y le invistieron del poder, bajo la tutoría de uno de ellos, Simaya, que durante casi dos lustros ejerció como todopoderoso visir.

Su padre era uno de los dos hijos conocidos de Badis, y se llamaba Bulluggin Sayf al Dawla, que había muerto envenenado, en 1064, a los veinticinco años de edad. Es curioso que las fuentes árabes no coincidan en fechar la muerte de Badis y el acceso al trono de Abdállah, oscilando entre 1073, 1077 y la más probable de 1075.

Escribió sus Memorias, entre 1094 y 1095, consevadas en manuscrito único en la Qarawiyyin de Fez, que son un extraordinario documento de su historia, y acción insólita entre los soberanos medievales; aunque redactadas después de ser depuesto por los almorávides, ya en Agmar (Magreb), y debiendo halagarles, contienen las pistas esenciales sobre los deterioros de las taifas, entre ellas la de Granada: pugnas dinásticas, conflictos administrativos, heterogénea población, ataques entre taifas, acoso militar y tributario cristiano.

El emir Abdállah no pudo enderezar tanto problema: cobarde, asustadizo, dado a los placeres, y que confiaba los visiratos a sinvergüenzas, le retratan algunas fuentes árabes, sobre las cuales comentarán los especialistas modernos, como E. Levi-Provençal y E.García Gómez, al introducir su traducción de las Memorias o autobiografía de Abdállah, su extraño destino y su falta de cualidades: un tiranuelo impopular que ya en su destierro africano, irá precisándose en su pensamiento la necesidad de reaccionar contra la opinión de sus contemporáneos que hasta entonces lo han tenido por un mentecato y un traidor al Islam, y escribirá sus Memorias como una justificación a su conducta. Las tituló al-Tibyan an al-hadita al-kaina bi dawlat Banu Ziri fi Garnata (Exposición de los sucesos acaecidos en el estado de los Banu Ziri de Granada). En sus Memorias muestra su arabización cultural.

Adoptó el sobrenombre seudo-califal de al Muzaffar, el Triunfante, que también había llevado su abuelo, y que además contenía referencias al ejercicio del poder por parte de los chambelanes amiríes, pues así se tituló el primero de los hijos de Almanzor en sucederle, Abd al Malik al Muzzaffar, y ahora, exhibido dos veces por los bereberes ziríes de Granada, parece sobre todo un reto al partido proamirí de las taifas eslavas, con quien tanto pugnaban.

Pero las pretensiones de este Abdállah, último rey zirí de Granada, aún volaron más alto, pues para demostrar que no se aminalaba frente a las reminiscencias Omeyas de que alardeaban de taifas andalusíes, también enemigas de los ziríes, y especialmente entre ellas la taifa de Sevilla, este Abdállah duplicó su titulatura con al Nasir (el Triunfador, como había llevado el primer califa de Córdoba Abderramán III al Nasir, y que solo se atrevió a utilizar otro rey de taifas, unos años antes que él: Muhammad b. Isa al Nasir de los Banu Muzayn de Silves. Sin embargo, el emir Abdállah solo acuño monedas de plata, y en esos dirhemes no consta su lugar de ceca.

Su emirato se inició con el agrio sabor de la presión cristiana. Alfonso VI y su aliado el rey al Mutamid de Sevilla le cogieron parte de territorio jienense, incluso Jaén, en 1074, alzándole la cuña del castillo de Belillos, desde donde realizaban algaras en la Vega granadina. Abdállah perdió plazas (Alcalá la Real), tuvo que entregar otras y pagar parias. Hacia 1082 empezó a ocuparse el emir granadino más directamente de todo, y el visir Simaya se trasladó a Almería, alentando allí algún conflicto territorial entre ambas taifas.

Al poco, su hermano Tamim, gobernador de Málaga, empezó a atacarle por Almuñecar y Jete; contraatacó el emir de Granada, al cabo ambos hermanos pactaron el reparto de varios enclaves, aunque le privé de otros territorios, de cuyos habitantes era de temer que, instigados por él, perturbaran mis dominios, según confiesa en sus Memorias, es decir, las rebeldías locales estaban latentes: aún tuvo que reducir Abdállah las de Archidona y Antequera, y seguir aplacando conjuras en su misma corte.

El final se precipitó. En Muharram 478/mayo de 1085, Alfonso VI conquistó Toledo. Antes de aquel mayo de 1085, en que al Andalus retrocedió hasta el centro de la Península, ya se habían entablado contactos con los almorávides, sobre todo por iniciativas aisladas e individuales, e incluso a veces por razones personales, según cuenta el emir Abdállah en sus Memorias: que su hermano Tamim de Málaga, pidió ayuda a los almorávides contra él, aunque ellos no le hicieron caso, pero después de tan alarmante fecha, el recurso a los almorávides fue oficial y por intereses generales, protagonizado tal recurso incluso por los reyes de las taifas de Sevilla, de Badajoz y de Granada, en realidad solo entonces unidos en una acción conjunta, tan crítica la situación resultaba.

Con caídes de esas taifas, y algún otro personaje significativo, partió una embajada para implorar ayuda a los almorávides, cuyos ideales de Guerra Santa, requeridos también por sus planteamientos ortodoxos, armonizaban con su intervención en al Andalus, adonde llegaron por primera vez en 1086, para ayudar a las taifas, venciendo a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas o Zallaqa.

Vuelven al Magreb. El pujante movimiento político-religioso los llevó a formar un imperio por el occidente y centro del Magreb, originado por reciente reacción de los bereberes sinhaya, oriundos los almorávides del occidente del Magreb, pero parientes a los ziríes granadinos, que eran sinhaya de Ifriqiya o Túnez.

Tras esa victoria en 1086, el emir Yusuf b. Tasufin regresó al Magreb, pero la incapacidad política de las taifas continuaba, e incluso seguían en tratos con Alfonso VI, que atacó por Aledo y Allah volvió a pactar, pagándole atrasos de sus parias. El emir almorávide decidió apoderarse de las taifas comenzando por Granada.

El apoyo de Alfaquíes y ulemas —doctores de la ley mahometana—, el inicial entusiasmo de los andalusíes por los almorávides, y su predicada ortodoxia política y fiscal, les facilitó en parte su conquista de las taifas andalusíes, cuya fragmentación contrariaba además la política ortodoxa de unión centralizada, que los almorávides propugnaban.

No falta versos políticos (como los de al Sumaysir) que critican al señor de Granada, el emir Abdállah.

El señor de Granada es un necio / que se cree el hombre más sabio. / Trata con Alfonso y los cristianos, / ¡vaya juicio más discreto!, / y fortifica edificios, desobedeciendo / a Dios y al emir almorávide.

El propio emir Abdállah, incapaz de resistir tantos conflictos, detalla su crítica situación y el final de su reino en sus Memorias: Yusuf b. Tasufin avanzó sobre Granada, donde la población le esperaba alborozada, y Abdállah salió a entregarle el poder, el domingo 8-IX-1090. Un mes después los almorávides ocuparon la taifa de Málaga, en parecidas circunstancias.

Ambos reyes hermanos, Abdállah y Tamim, de origen beréber sinhayí como el mismo emir almorávide, tratados con bastante miramiento, fueron desterrados al norte de África, adonde regresó también el emir almorávide, dejando a su sobrino Sir al frente de los nuevos territorios y de los siguientes proyectos de conquista, realizados con planificación militar excelente, proponiéndose a continuación a acabar con la extensa taifa de Sevilla.

Sobre la heterogénea población de la taifa granadina hay valiosas, aunque aisladas, referencias en las memorias de Abdállah, pues, por ejemplo, documenta aún la importancia de la población cristiana en algunos enclaves, al señalar como: Riana y Jotrón, cuyos habitantes eran cristianos, por estar situados entre ambos territorios (la taifa de Granada y la de Málaga) no podían rebelarse contra ninguno de los dos.

El párrafo alude también a la condición levantisca atribuida con frecuencia por las fuentes a las poblaciones, sobre todo rurales, de cristianos andalusíes, que se encontraban ya en minoría dentro del conjunto de la población andalusí. También los judíos de Granada disminuyeron desde la segunda mitad del s. XI, por conversión real o figurada y por emigraciones. El detonante fue el alzamiento contra el todopoderoso cortesano de Granada José b. Negrela y contra los demás judíos granadinos, en diciembre de 1066, muriendo muchos. Una famosa casida del Alfaquí Abu Ishaq de Elvira prendió la mecha.

Ve y di a todos los sinhaya, lunas de su tiempo, valientes leones / las palabras de uno que les quiere y cree que un consejo es prueba de amigos y deber sagrado. / Vuestro señor Badis de Granada ha caído en un error grave que a los malidicentes les ha dado tema: / pudiendo elegirle entre los musulmanes, nombró a un infiel [judío] secretario suyo./ Con él los judíos se han vuelto altaneros, siendo antes los más despreciados [...].

En sus Memorias, el emir Abdállah no menciona estos famosos versos, pero no deja de comentar estos sucesos, ocurridos en tiempo de su abuelo y antecesor, pues a José b. Negrela le responsabiliza del envenenamiento de su propio padre, Buluggin b. Badis, en 1064. Sobre estas tensiones, las Memorias detallan también la rebelión de los judíos de Lucena, y el conflicto con los zanata.

Al emir Abdállah le corresponden 15 años de crítico reinado, sobre los cuales y sobre sus antepasados proyectó una inaudita luz en su inusual autobiografía. Es notable que Abdállah, dejando su Granada, como cuatro siglos después tuvo que hacer Boabdil, también comparte protagonismo con su madre, según cuenta el mismo incluyendo de ella varias referencias, como la de su partida conjunta mientras entraban los almorávdes.

al salir de Granada, en efecto, la idea de que podía ser encarcelado me hizo temer verme separado de mi madre, si la dejaba en el alcázar, y salí con ella, sin cuidarme de la suerte de nadie más.

Pinceladas humanas de un autorretrato excepcional, pero atiéndase al comentario de Martínez-Gros (1986): notons enfin que les femmes n´apparaissent qu´avec la crise de la monarchie.

R.B.: VIGUERA MOLINS, María Jesús, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2009, Vol I, págs. 115-118.