Los Reinos de Taifas

Historia de los Reinos de Taifas

Las Taifas

La Taifa de Albarracín
La Taifa de Algeciras
La Taifa de Almería
La Taifa de Alpuente
La Taifa de Arcos
La Taifa de Badajoz
La Taifa de Baleares
La Taifa de Carmona
La Taifa de Córdoba
La Taifa de Denia
La Taifa de Granada
La Taifa de Huelva
La Taifa de Málaga
La Taifa de Morón
La Taifa de Murcia
La Taifa de Niebla
La Taifa de Ronda
La Taifa de Sevilla
La Taifa de Silves
La Taifa de Santa María
La Taifa de Toledo
La Taifa de Tortosa
La Taifa de Valencia
La Taifa de Zaragoza

Historia de los Reinos de Taifas

Los reinos de taifas son entidades políticas de carácter independiente que surgieron en la Península, en los dominios de al Andalus, como consecuencia de la disgregación o fitna que puso fin al califato de Córdoba.

Los reinos de taifas en 1037.
Los reinos de taifas en 1037.

En el año 1009 entró en crisis el gobierno de la dinastía califal omeya, que desde hacía años se encontraba bajo el poder efectivo del hayib —primer ministro, chambelan— Almanzor y sus hijos, dando paso a un periodo de dos décadas largas de una práctica guerra civil fitna. A consecuencia de ello, el estado establecido por los omeyas en al Andalus, el califato de Córdoba, derivó hacia una situación de ruina política al final de aquella, en el año 1031.

El centralizado estado cordobés se fragmentó, dando lugar al surgimiento de múltiples núcleos autónomos gobernados por régulos, que lograron mantenerse en el poder más de una generación.

Estos pequeños reinos independientes se denominaron taifas por derivación del árabe 'muluk al tawa if', en singular 'ta ifa', división, partido, facción. El periodo que se prolonga hasta la invasión de los almorávides (1090), que puso fin a estos reinos independientes, se conoce en la historiografía tradicional como época de las primeras taifas.

Posteriormente, en el transcurso de algo más de un siglo se repitió una dinámica política similar a la sobrevenida tras la desaparición del califato omeya: el poder centralizado reinstaurado en al Andalus por los almorávides (aunque dependiente del Magreb) volvió a romperse con la llegada de los almohades, y antes de que estos se hicieran con el control efectivo de al Andalus, una nueva crisis provocó un vacío de autoridad y una nueva dispersión del poder, del que surgió lo que se denomina como segundas taifas.

No obstante, estos nuevos señoríos, a su vez, fueron pronto barridos al culminar la expansión y conquista almohade del territorio andalusí (1145). El final del predominio almohade marcó otro breve paréntesis taifa (que algunos investigadores han denominado periodo de taifas post almohades que duró hasta que, finalmente, la victoria de los nazaríes del reino de Granada sobre el resto de los poderes autónomos (1232) estabilizó el último estado centralizado de la historia de al Andalus.

Así pues, la época de las taifas del s. XI (propiamente la de las primeras taifas se caracterizó por su complejidad y su belicosidad, ya que fue mezcla común el estado de guerra constante (guerra con los cristianos, ya sean castellanos o aragoneses; enfrentamientos entre los distintos reinos de taifas) y el extraordinario florecimiento cultural a consecuencia de la labor de mecenazgo impulsada por los régulos de taifas en sus respectivas cortes.

La fragmentación del califato se produjo siguiendo criterios geográficos, políticos y también étnicos. Algunos de estos reinos se superpusieron a la división administrativa omeya; tal es el caso de las Marcas fronterizas con los reinos cristianos, que se independizaron en torno a sus capitales: Badajoz, Toledo y Zaragoza.

Era también esperable el hecho, de que ante la desaparición del poder central, fueran los gobernadores locales, con el apoyo de su familias y clientelas, los que se hicieron con el poder en muchas de las circunscripciones.

Este fue el origen de las taifas de Córdoba, Sevilla, Zaragoza, Silves, Algarve, Huelva, Niebla, Alpuente, Albarracín y Toledo. Otros reinos, en cambio, tuvieron un carácter más marcadamente étnico, como consecuencia de una diferenciación que se fue haciendo patente a los largo del s. X con la llegada de nuevos contingentes de tropas de beréberes y de mercenarios y funcionarios palatinos de origen eslavo (originariamente esclavos de origen europeo).

Estas nuevas tribus beréberes y eslavas se habían ido mezclando con la población andalusí (formada por tribus árabes, antiguos beréberes e hispanos arabizados), pero, con la caída del califato buscaron por si mismos una vía de permanencia en la Península.

De este modo, las nuevas tribus beréberes se instalaron por la fuerza en Granada, Carmona, Morón, Arcos y Ronda, mientras que los eslavos lograron el control de las taifas levantinas: Tortosa, Játiva, Valencia, Denia, Orihuela, Almería y las Baleares.

Los primeros reinos de taifas se remontan a los años 1009-1013 (Almería, Badajoz, Denia, Granada, Huelva, Toledo) y el último en resistir el empuje almorávide y cristiano fue la taifa de Zaragoza (año 1118).

Resulta, no obstante, difícil determinar el número exacto de taifas que proliferaron durante el s. XI, ya que, una vez atomizado el poder, los diferentes núcleos se fueron enzarzando en luchas constantes que provocaron, en diferentes momentos, la anexión de varias taifas en una unidad mayor, o la subdivisión de taifas mayores en otras células más pequeñas.

Los historiadores han documentado en torno a treinta reinos de taifas que se extendieron por toda la geografía andalusí: en la Marca superior destacó la taifa de Zaragoza, que dominó otros núcleos fronterizos, como Calatayud, Huesca, Tudela y Lérida; en la franja central se situaron las taifas de Albarracín, Alpuente, Badajoz, Toledo, Molina y Murviedro; en la zona levantina, las de Almería, Baleares, Denia, Murcia, Tortosa y Valencia, y, por último, el sur de la Andalus se dividió en las taifas de Algeciras, Arcos, Carmona, Córdoba, Granada, Huelva, Málaga, Mértola, Morón, Niebla, Ronda, Algarve, Sevilla y Silves.

Los reinos de taifas más poderosos fueron los reinos de Toledo, Sevilla y Zaragoza, que basaron su estabilidad en una feraz agricultura, mientras que las taifas levantinas se abastecían del comercio marítimo.

Pronto se manifestaron las deficiencias estructurales y la debilidad de los reinos más pequeños, que se convirtieron en presa relativamente fácil de los más capacitados para emprender una política de expansión. Los gobernantes taifas necesitaban recursos para mantener ejércitos pocos cohesionados, a base de mercenarios.

La búsqueda de alianzas exteriores se hizo, por lo tanto, necesaria lo que llevó a los reyezuelos taifas a negociar con los cristianos, política que a medio plazo se reveló peligrosa para su propia supervivencia, ya que la ayuda cristiana debía pagarse con sumas elevadas de dinero en metálico, las parias.

Las necesidades de capital se tradujeron en un aumento de la presión fiscal y en crisis económicas que influyeron negativamente en la capacidad para mantener la defensa del territorio. El tipo de gobierno de las taifas no difería demasiado del modelo de administración omeya. Cabe tener en cuenta que seguía manteniéndose la red de funcionarios y burócratas que se habían formado durante el califato.

Los reyes de esos micro estados no consiguieron, sin embargo, ni el poder ni la legitimidad suficiente como para intitularse califas, por lo que se vieron obligados a fomentar una política de propaganda personal que pasaba por la ostentación de sobrenombres seudo califales: al Mutadid Bi llah, al Mutamid al Muzaffar, al Muizz, Saif al Dawla, etc.

Entre las dinastías más destacadas y poderosas del periodo cabe mencionar a los abbadíes de Sevilla, cuya cabeza fue al Mutamid b. Abbad (1069-1091), de origen árabe yemení. Éstos lograron anexionarse varias taifas del sur, entre ellas la taifa cordobesa, gobernada por los ahwaríes

En la extensa taifa de Zaragoza gobernaron los Banu Hud, instalados en el poder gracias al empuje del caudillo árabe Sulayman b. Hud (1040-1046). En la zona de Levante se extendieron desde Almería los Banu Sumadih, también de origen yemení. El reino de taifas más importante del centro de al Andalus, Toledo, estuvo gobernado durante varias generaciones por los Dhu l Num, de origen beréber.

También beréberes fueron los aftasíes de Badajoz, los birzalíes de Carmona, los hammudíesde Málaga y los ziríes de Granada. Entre los gobernantes eslavos destaca Muyahid al Amirí, rey de Denia (1010-1044) y de Baleares (1015-1044), que consiguió mantenerse en el poder gracias a su poderío naval.

De alguna manera, las dinastías que gobernaron los reinos más poderosos aspiraban a reunificar de nuevo el estado andalusí: el caso más notable fue el de Sevilla que se extendió a costa de territorios de las taifas de Badajoz y de Carmona, ocupando el Algarve, Huelva, Algeciras, Ronda Córdoba y parte de Jaén y de Murcia.

No en vano este reino incluía a la antigua capital califal, Córdoba, cuyas resonancias simbólicas estaban presentes en las aspiraciones de todos ellos. Pero, a pesar de estas ansias expansionistas, los abbadíes sevillanos no consiguieron la reunificación.

El empeoramiento de la situación política se hizo evidente en el último tercio del s. XI con el avance de los cristianos, en especial de Fernando I de Castilla (1035-1065) y León (1037-1065), y de su hijo Alfonso VI de Castilla (1065-1109), el conquistador de Toledo (1085).

Solicitud de ayuda almorávide

La caída de Toledo, otra de las ciudades andalusíes emblemáticas, antigua capital del reino visigodo, conmocionó a los reyes musulmanes al Mutamid de Sevilla, Umar al Mutawakkil de Badajoz y Abd Allah de Granada, que se aliaron para solicitar ayuda al sultán almorávide Tasufin.

La entrada de este en la Península y la victoria que consiguió sobre las tropas cristianas en la batalla de Sagrajas, consiguió frenar el avance cristiano pero abrió la puerta a un nuevo conquistador, el propio sultán almorávide, que anexionó lo que quedaba de al Andalus a su reino magrebí.

Durante el periodo taifa, la sociedad andalusí experimento diversos procesos de cambio. Se hizo patente el predominio de las tribus sobre la identidad colectiva andalusí forjada durante la época omeya, y los cristianos mozárabes vieron empeoradas sus condiciones de vida a causa de las suspicacias que levantaba una posible colaboración con los conquistadores.

En cambio, la minoría más favorecida fue la judía, los judíos se convirtieron en miembros indispensables del gobierno y de la administración en muchas de las cortes de los reyes de taifas y alcanzaron así su época de mayor esplendor cultural e intelectual sobre la Península.

Figuras tan importantes como los poetas Shamuel b. Negrella o Solomo b. Gabirol descollaron en estas fechas. Este alto grado de desarrollo alcanzado fue quizá una de las causa de reacción antijudía que se produjo en las fases posteriores de la historia de al Andalus, y de la persecución que sufrieron bajo los almohades.

La edad de oro de la cultura judía en la Península coincidió también con un periodo de esplendor de la civilización árabe y musulmana en España. El paulatino progreso artístico y cultural cultivado en los siglos anteriores fructificó entonces en las cortes taifas, cuyos reyes pretendían equipararse a los antiguos califas.

En este siglo vivió un intelectual de la talla del polígrafo Ibn Hazm, autor de El collar de la paloma y del Fisal (Historia crítica de las religiones), del mismo modo que poetas fundamentales como Ibn Zaydun, Ibn Ammar o el rey sevillano al Mutamid. En el campo de las ciencias destaca el matemático al Zarqali, inventor de los astrolabios más exactos de la época.

El s. XI culminó con la aparición de un texto histórico excepcional, las Memorias del rey zirí de Granada Abd Allah, relato autobiográfico y narración de la desaparición de estos primeros reinos de taifas. Como manifestación arquitectónica se conserva el palacio de la Aljafería de Zaragoza.

R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXI, págs. 10050-10051.