Taifa de Sevilla

Introducción a la taifa

Emires de Sevilla

Muhammad b. Abbad, 1023-1042
Mutadid b. Abbad, 1042-1069
Muhammad al Mutamid, 1069-1091

Introducción a la taifa de los Abbadíes

Familia de rancio abolengo árabe que reinó en la taifa de Sevilla entre 1023 y 1091. Fue una de las pocas familias árabes que mantuvo el poder tras la disolución del Califato de Córdoba; tenía su origen en la noble tribu yemení de los Banu Lajm lajmíes, oriundos del Yemen, que se instalaron en la Península Ibérica durante la fase inicial del desarrollo de al Andalus.

Un miembro de esta tribu árabe, llamado Itaf, jefe de un contingente del ejército yund de Emesa, entró en al Andalus con las tropas sirias de Baly (743) y se estableció en la aldea de Yawin, perteneciente al distrito de Tocina, junto al Guadalquivir. Este personaje es el origen del linaje de los Banu Abbad o Abbed que, siete generaciones más tarde, se hicieron con el dominio de Sevilla, convirtiéndose en los soberanos más célebres e importantes de la época taifa.

Tuvo preeminencia en Sevilla desde la época de al Hakam II, y, sobre todo, durante el periodo amirí, pues Almanzor había nombrado a un antepasado, Ismail b. Abbad, juez (caíd) de la ciudad, cargo que pasó a su hijo, fundador de la dinastía. Llegó a ser la taifa más poderosa de la Península e incluso logró llenar el vacío de poder de Córdoba, fuera de la influencia beréber. Tras una primera etapa de coexistencia con los restantes reinos de taifa surgidos de dicho proceso, los abbadíes acabaron convirtiéndose en la dinastía gobernante sobre la mayor parte del occidente de al Andalus.

A partir de la época abbadí, Sevilla comienza a erigirse en el principal centro urbano andalusí, relegando a Córdoba a un segundo plano, en un proceso de desarrollo sostenido que alcanzará su culminación durante la época almohade. Pero su fama ha pasado a la posteridad, más que por la habilidad política de sus representantes, por el mecenazgo cultural que estos ejercieron; se rodearon de sabios y poetas, a los que colocaron en los puestos de mayor importancia.

Fueron tres los reyes pertenecientes a esta familia los que gobernaron en la taifa sevillana, hasta su conquista por el sultán almorávide Tasufin: Abu al Qasim (1023-1042); al Mutadid(1042-1069) y al Mutamid (1069-1091).R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo I pág.8.

Muhammad b. Abbad

Biografía

Régulo de Sevilla 1023-1042. Abu al Qasim Muhammad b. Ismail b. Abbad, se desconoce la fecha de su nacimiento, murió en Sevilla el 24-I-1042. Primer soberano de la taifa abbadí de Sevilla. La taifa abbadí de Sevilla fue una de las principales unidades políticas surgidas de la fragmentación política y territorial del califato omeya de Córdoba, acaecida durante la llamada fitna beréber.

Tras una primera etapa de coexistencia con los restantes reinos de taifas surgidos de dicho proceso, los abbadíes acabaron convirtiéndose en la dinastía gobernante sobre la mayor parte del occidente de al Andalus. A partir de la época abbadí, Sevilla empieza a erigirse en el principal centro urbano andalusí, relegando a Córdoba a un segundo plano, en un proceso de desarrollo sostenido que alcanzará su culminación durante la época almohade.

La fase de formación de la taifa corresponde a la época del primer soberano, Abu l-Qasim Du l- Wizaratain Abi l-Walid Ismail b. Muhammad b. Isamil Qurays b. Abbad b. Amr b. Aslam b. Amr b. Itaf b. Nuaym, según transmite el polígrafo valenciano Ibn al Abbar. El origen de los Bau Abbad se vincula a la tribu de los Banu Lajm, de estirpe árabe yemení y asentados en la Península Ibérica durante la fase inicial del desarrollo de al Andalus.

Un miembro de esta tribu árabe, llamado Itaf, jefe de un contingente del ejército yund de Emesa, entró en al Andalus con las tropas sirias de Baly (743) y se estableció en la aldea de Yawin, perteneciente al distrito de Tocina, junto al Guadalquivir. Este personaje es el origen del linaje de los Banu Abbad o Abbed que, siete generaciones más tarde, se hicieron con el dominio de Sevilla, convirtiéndose en los soberanos más célebres e importantes de la época taifa.

Para comprender la proclamación de Muhammad b. Abbad como soberano de Sevilla en 1023 es preciso remontarse a los orígenes del linaje y, concretamente a la figura de su padre. A los largo del emirato, los Banu Abbad se consolidan como uno de los principales linajes sevillanos de origen árabe. No obstante, su definitivo encumbramiento político se produjo tardíamente, a partir del califato, con el padre de b. Abbad, llamado Ismail b. Abbad, a quien las fuentes describen como hombre de grandes saberes.

Comenzó su carrera durante la época de al Hakam II, aunque no fue hasta la proclamación de Hisam cuando fue ascendido por Almanzor a las posiciones de máximo rango. Ello permite encuadrar a los Banu Abbad como miembros de esa nueva elite de poder elevada a los puestos claves por el fundador del linaje amirí y hombre fuerte del califato.

En efecto, Ismail b. Abbad ejerció como iman de las aljamas de Córdoba y Sevilla y como caíd de la capital hispalense. Sus estrechos vínculos con el poder y las posiciones y cargos alcanzados permitieron a los Abbadíes acumular un importante patrimonio, convirtiéndose sin duda, en uno de los linajes más poderosos económicamente de su tiempo, al punto que se dice que poseían un tercio de las tierras de Sevilla.

El control ejercido por los Banu Abbad sobre el gobierno de Sevilla se produjo sobre la base de la actuación previa de Ismail b. Abbad y desde la posición de caíd detentada por su hijo Abu al Qasim Muhammad, de tal forma que la taifa abbadí es una de las surgidas a partir de la proclamación del titular de la magistratura del caidazgo.

En efecto, como narra Ibn al Jatib, Ismail b. Abbad ejerció el caidazgo de Sevilla hasta que en el año 1023-1024 fue afectado por cataratas, por lo cual decidió ceder el caidazgo a su hijo Abu al Qasim y limitarse a conducir los asuntos locales y velar por las decisiones de la Asamblea de notables, falleciendo ese mismo año. Dicho ascenso se produjo en el contexto del domino hammudí sobre la capital hispalense. Durante la guerra civil fitna que condujo a la disgregación del califato omeya, Sevilla fue gobernada por al Qasim b. Hammud, hermano de Ali b. Hammud, proclamado califa de Córdoba.

Cuando este fue asesinado en 1018, su hermano al Qasim se dirigió a Córdoba para sucederle, lo cual fue aprovechado por los sevillanos para negarle el control de la ciudad, pues nunca habían estado satisfechos de su gobierno. Los inicios de ascenso al poder de los abbadíes aparecen narrados en varias fuentes y están vinculados al desarrollo de los acontecimientos en Córdoba. Cuando los cordobeses se rebelaron contra al Qasim b. Hammud, los sevillanos hicieron lo propio contra su hijo Muhhamad, a quien sitiaron en el alcázar.

Tras ser expulsado de Córdoba, al Qasim b. Hammud se dirigió a Sevilla, donde Abu al Qasim b. Abbad le hizo entrega de su hijo Muhhamad. Al parecer se alcanzó una solución de compromiso entre ambos, según la cual al Qasim b. Hammud fue reconocido señor nominal de Sevilla, siendo su nombre pronunciado en el sermón de la oración del viernes.

A cambio Abu al Qasim b. Abbad obtuvo la designación de emir de los sevillanos. De esta forma, el soberano abbadí garantizaba la legitimidad de su poder, pues él actuaba como gobernante de hecho, mientras que la soberanía recaía en una instancia de poder superior.

Esta misma actitud adoptó posteriormente con la proclamación del falso califa Hisam II, como se verá a continuación. Siguiendo el modelo cordobés, en un principio Abu al Qasim b. Abbad ejerció de forma colegiada el poder junto con otros dos personajes pertenecientes a importantes familias sevillanas. Pero, tras obtener la designación de los Ibn Hammud, logró desembarazarse de ellos, según al Udri mediante acusaciones falsas, convirtiéndose en el único detentador de la soberanía.

El siguiente paso de Abu al Qasim b. Abbad sería tratar de librarse de la tutela formal de los hammudíes, que se puede interpretar como manifestación de la oposición entre linajes bereberes y árabes. Para ello, el soberano abbadí protagonizó uno de los episodios mas singulares del periodo taifa, la proclamación del falso Hisam II al Muayyad, sucedida en el año 1035. Poco tiempo antes, en el año 1031, había sido abolido definitivamente el califato de Córdoba, después de un largo periodo de inestabilidad y enfrentamientos internos fitna.

El tercer califa de Córdoba debió morir durante los disturbios acaecidos en la capital omeya en el año 1013. Sin embargo, corrían noticias e historias por al Andalus que hablaban de que había sobrevivido y que estaba escondido. Aprovechando estas habladurías, Abu al Qasim b. Abbad se hizo con un doble del califa al Muayyad, al parecer un esterero llamado Jalaf al que el soberano abbadí sacó de Calatrava y lo condujo a Sevilla.

La Crónica anónima de los reyes de taifas vincula este episodio con la amenaza Yahya b. Ali b. Hammud, aliado con el régulo beréber de Carmona para apoderarse de Sevilla. Sin duda, Abu al Qasim b. Abbad usó la figura del falso omeya como forma de legitimarse frente a los hammudíes y de obtener el apoyo de otros soberanos, de esta forma, el supuesto Hisam II fue instalado en el alcázar de Sevilla y reconocido como legítimo soberano, invocándose su nombre en el sermón del viernes y reproduciéndose el mismo sistema que en la época de Almanzor, con Abu al Qasim b. Abbad ocupando la posición de chambelán hayib amirí. La mencionada Crónica anónima lo narra de la forma siguiente.

Luego Hisam, cuando entró en Sevilla, Ibn Abbad lo hizo alojar en su compañía en el alcázar, lo saludó con el título de califa e hízose su mayordomo, como al Mansur b. Amir, y su hijo Ismail Imad al Dawla ocupó el puesto de al Muzaffar Abd al Malik hijo al al Mansur b. Abi Amir. Cuando Hisam al Mu´ayyad se hubo establecido en Sevilla se pronunció en ella la jutba en su nombre, así como en la mayoría de las coras, y las ambiciones cesaron.

La acción de Abu al Qasim b. Abbad no causó todo el efecto deseado. Al parecer, el falso al Muayyad obtuvo el reconocimiento de los gobernantes de las zona de Levante, es decir, Valencia, Denia, Tortosa y las islas Baleares, los cuales enviaron los escritos de reconocimiento.

En un principio, el falso califa fue, asimismo reconocido por el soberano de la taifa cordobesa, pero, al no obtener confirmación de su identidad a través de los emisarios enviados a Sevilla, le negó la entrada a Córdoba, donde debía ser proclamado. Ya antes de este periodo se había iniciado el periodo de expansión de la taifa sevillana, que, en realidad sería obra del segundo abbadí, al Mutadid.

La primera acción fue dirigida contra la ciudad de Beja, lo que supuso el enfrentamiento con los Aftasíes de Badajoz, que había ocupado la ciudad. En el año 1030, las fuerzas aliadas de Sevilla y Carmona, dirigidas por Ismail, el hijo del soberano abbadí, lograron apoderarse de ella, haciendo prisionero al hijo del taifa pacense.

Años más tarde, Ibn al Aftas se cobró cumplida venganza. En 1034, Ismail salió en expedición contra los cristianos atravesando el territorio pacense previo acuerdo con el aftasí. Sin embargo, al regresar fue objeto de una emboscada y su ejército fue aniquilado, por lo que tuvo que buscar refugio en Lisboa.

En 1039, Abu al Qasim b. Abbad fracasó ante la coalición de granadinos y malagueños, que le infligieron una fuerte derrota, muriendo en el encuentro su hijo Ismail, lo que dejó abierta la sucesión a favor de su hermano Abbad, conocido por el sobrenombre de al Mutadid. En cambio, según la Crónica anónima, este Ismail, llamado Imad al Dawla, habría muerto en un enfrentamiento acaecido junto a la localidad sevillana de Alcalá de Guadaira en el año 1036 frente a Yahya b. Ali al fatimí.

Según algunas informaciones, la muerte de Abu al Qasim b. Abbad se produjo luchando contra las tropas del soberano granadino Badis b. Habus, pero los datos no coinciden en este extremo. Por otro lado, respecto a la cronología, aunque algunas fuentes dan como fecha de su muerte principios del año 1040, a través de otras (al Udri, Ibn al Abbar, Ibn Bassam, Ibn al Jatib) se sabe que se produjo más tarde, concretamente el 24-I-1042. A través de su actuación, Abu al Qasim b. Abbad había sido capaz de consolidar una posición lo suficientemente sólida como para transmitir su poder de forma hereditaria a su hijo.R.B.: GARCÍA SANJUÁN, Alejandro, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol I, págs. 270-273.

Mutadid b. Abbad

Biografía

Régulo de Sevilla 1042-1069. Abu Amr Abbad b. Muhammad b. Abbad al Mutadid bi-llah, muere en Sevilla el 29-III-1069 ó el 27-II-1069 según otros cronistas. Segundo rey de la taifa de Sevilla, el más importante de su dinastía y el más poderoso de todos los reyes de taifas. Partiendo del pequeño reino constituido por su padre Abu al Qasim b. Abbad, después del desmembramiento del califato omeya de Córdoba engrandeció considerablemente su reino a costa de las taifas limítrofes, durante un reinado que duró veintiséis años, en los cuales se volvió el paladín más firme de la causa árabo-andalusí contra los beréberes.

A la muerte de su padre y primer dinasta abbadí, Abbad comenzó a reinar en Sevilla el 16-I-1042, a la edad de veintiséis años, con el título de hayib, esto es, chambelán del falso califa Hisam II —que su padre había suscitado para legitimar su poder y terminar con la división de al Andalus—. Abbad siguió todavía con la ficción de un califa omeya aposentado en Sevilla, a fin de asumir la jefatura del partido árabo-andalusí frente al partido beréber, que contaba con un califa hammudí, con más títulos que el omeya por descender del Profeta por línea directa, pero con menos tradición en al Andalus y, además, sumamente berberizado.

El supuesto califa sevillano había sido reconocido por todos los esclavones levantinos, régulos de Tortosa, Denia y Valencia, exceptuando el de Almería. También en un principio por el señor de Córdoba, e incluso por el jefe beréber de Carmona. Sevilla adquirió asó las bases legales para las pretensiones expansivas de sus reyes. Cuando Abbad accedió al trono, las condiciones estaban maduras para ese designio.

Su padre había asegurado la paz del reino y la tranquilidad de sus gentes. Contaba con los medios y los ejércitos adecuados, así como con las cualidades personales requeridas para conducir los asuntos de conquista y gobierno. Las fuentes no son nada parcas en reconocer sus cualidades o en describir sus rasgos físicos y gustos personales. Si se hace caso de Ibn ayyan, su contemporáneo, se sabe que era de hermosa apariencia, físicamente bien formado y de majestuoso porte, generoso, perspicaz y animoso.

Se había preocupado de estudiar y cultivarse, dedicándose a las bellas letras; pudo así realizar composiciones poéticas que se recogieron en un poemario. No se privaba de la pompa real, tomó el título honorífico de al Mutadid bi-llah, (el que busca la ayuda de Dios) y construyó palacios elevados y fomentó cultivos productivos. Adquirió objetos preciosos [...] y se procuró esclavos.

Era además muy dado a las mujeres, las tenía de todas las categorías y procedencias, llegando a pasar por su harén unas ochocientas. Eso no le impidió hacer un matrimonio de alcance político, pues tuvo por favorita y única esposa a una hija del esclavón Muyahid al Amirí, señor de Denia y de las Baleares, Dejó al morir, además de su esposa, setenta esclavas concubinas y una descendencia de unos cuarenta hijos de ambos sexos.

Todos los principales cronistas señalan que era hombre de gran valor y que no tenía reparos en eliminar a quien se opusiera a sus planes, ya que era extremadamente cruel, hasta tal punto que se hacía enviar las cabezas de sus enemigos, con el correspondiente nombre escrito en un papel pendiente de la oreja, y tras ordenar limpiarlas y perfumarlas con ungüentos y bálsamos para que durasen, las emplazaba en picas en el jardín de su alcázar en medio de las flores.

Entre esas cabezas figuraban la de Muhammad b. Abdállah al Birzali, señor de Carmona, el conocido como llama de la sedición, otrora aliado de su padre; la de Ibn Jizrun, señor de Arcos y Sidonia, la de Ibn Nuh, señor de Morón, junto a la del califa hammudí que ellos reconocieron, Yahya b. Ali b. Hammud, así como las de otros que mató con su espada. Este jardín que llenaba los corazones de terror, según las fuentes, era para al Mutadid motivo de regocijo y orgullo.

Saliendo de los anecdótico, está claro que al Mutadid fue coherente con la situación heredada, por eso lideró el bloque anti beréber y la legalidad califal. Ni siquiera pudieron competir con él los magnates de aquellos reinos que por circunstancias históricas nacieron militarmente fuertes —por haber sido circunscripciones fronterizas en época califal—, tales como los reinos de Zaragoza y Toledo, las entidades taifales más importantes tras Sevilla en poder expansivo.

El nuevo rey de Sevilla continuó la lucha contra la taifa de Carmona, logrando en el primer año de su reinado matar en una emboscada a Muhammad Abdállah al Birzali; sin embargo, según al Udri, no pudo hacerse con ese pequeño reino hasta 1068. En una primera fase al Mutadid optó por atacar las taifas situadas al oeste de Sevilla, menos fuertes militarmente que las taifas beréberes del sur.

En el segundo año de su reinado, efectivamente atacó el señorío de Mértola, aliado de sus enemigos los aftasíes de Badajoz, desalojando de allí al oscuro Ibn Tayfur en 1044; acto seguido se dirigió contra Niebla, pero no pudo tomarla; mientras que Ibn Yahya al Yahsubi, un árabe señor de la ciudad, pedía auxilio al rey de Badajoz.

El ataque del sevillano fue un toque de arma para los régulos de taifas vecinos, que, sin tardanza, organizaron una coalición en la que entraron Badajoz, Carmona, Málaga, Algeciras y Granada, cuyo rey Badis fue nombrado jefe de la alianza (otros cronistas señalan que también se unieron a esta coalición los señores de Morón y el de Arcos, e incluso el notable de Huelva Fath Allah); una alianza esta a la que al Mutadid supo hacer frente.

En realidad pronto el peso de la misma recayó en las fuerzas de Badajoz, que con suerte diversa —finalmente adversa— se opusieron a los afanes de expansión del rey de Sevilla. Luego de tres años de cruentos y terribles combates en los que el de Badajoz llevó la peor parte, gracias a la intervención mediadora del régulo de Córdoba, Abu l-Walid b. Yahwar, se logró la paz entre ambos reinos en 1051. El señor de Niebla terminó cediendo sus tierras a al Mutadid y marchó a refugiarse en Córdoba ese mismo año. La taifa fue definitivamente absorbida por Sevilla en el año 1053-1054.

Una vez asegurada la paz con el reino de Badajoz, al Mutadid se lanzó contra las pequeñas taifas del suroeste peninsular. Así, en 1051-1052 los bakríes de Huelva y Saltés se vieron obligados a cederle sus dominios y a refugiarse en Córdoba; en seguida les llegó el turno a los haruníes de Santa María del Algarve, y, en fin, a los Banu Muzayn de Silves.

Con todo, esta taifa parece que no fue dominada de forma definitiva hasta 1063. En una segunda etapa de expansión, al Mutadid decidió hacerse con los dominios de los régulos beréberes zanata, situados al sur del reino, valiéndose de una estratagema. Invitó a venir a Sevilla, con motivo de la circuncisión de alguno de sus hijos, Muhammad b. Nuh de Morón, a Abu Nur b. Abi Qurra de Ronda, y a Abdun b. Jizrun de Arcos.

Estos régulos, que ya reconocían la hegemonía del sevillano, fueron recibidos espléndidamente así como su séquito, unos doscientos caballeros entre los arráeces de sus cabilas a los que honró y alojó en uno de sus palacios. Según Ibn Idari, el tercer día permitió al Mutadid que entraran ante él los tres régulos, a los que enseguida reprochó su poca diligencia en la guerra contra sus enemigos.

Finalmente el Rey sevillano mandó encarcelarlos y, tras tenerlos en prisión durante un tiempo considerable a ellos y a sus hombres, el Rey los hizo liberar a todos, considerado el castigo suficiente, y los colmó de honores y dádivas. Mandó, en fin, que los llevasen al baño antes del banquete preparado para la ocasión.

Los esclavos los perfumaron y después los dejaron para que se solazasen. Mientras se hallaban allí los régulos de Arcos y de Morón con sus emires, en total unos sesenta hombres, se tapiaron la entrada del baño y los respiraderos y se atizó la caldera, pereciendo todos los encerrados en el baño asfixiados (por mandato de al Mutadid, Abu Nur de Ronda no se hallaba entre ellos, puesto que siempre se había conducido como buen aliado y no se había unido antaño a la coalición beréber).

Al Mutadid atacó entonces Algeciras, cuyo señor hammudí al Qasim b. Muhammad, ostentaba el título califal; más, sin recursos para defenderse, no pudo sino entregar la ciudad en 1055 y refugiarse en Córdoba; luego le tocó el turno a Ronda y Morón en 1066; Arcos fue tomada en diciembre de 1066; Carmona caería finalmente en sus manos en 1068.

Al Mutadid, después de deshacerse del califa hammudí de Algeciras, prescindió del falso Hisam II, que seguía oficialmente a la cabeza del reino sevillano, haciendo saber que el califa había muerto en 1044, pero metido en guerras no había creído conveniente revelarlo en ese momento.

No obstante, al Mutadid siguió acuñando sus monedas con el nombre del califa Hisam II hasta 1069, año de la muerte del Rey. Su hijo y sucesor al Mutamid, como algunos otros reyes taifas, hizo figurar en el numerario el nombre califal de Abdállah, invocando así la supremacía ficticia de un califa del todo inexistente.

La última década de la vida de al Mutadid fue bastante sombría: su hijo y heredero Ismail, que tanto había colaborado con su padre en las conquistas conduciendo ejércitos, se rebeló contra él instigado por su consejero Abu Abdállah al Bizilyani, un emigrado, malagueño intrigante y ambicioso, que sabedor de las malas relaciones entre el Rey y su hijo, incitó al segundo a hacerse con su propia taifa.

Así, en vez de ir en campaña hacia Córdoba, Ismail regresó a Sevilla aprovechando que su padre se hallaba en el palacio-fortaleza de al Zahir, una de sus residencias palaciegas al otro lado del Guadalquivir, y se adueñó de cuanto pudo en el palacio de la capital, llevándose a su madre y a un grupo de mujeres del harén en dirección a Algeciras, Al Mutadid, enterado del hecho, ordenó a los jefes de los castillos que se hallaban en el camino de Sevilla a Algeciras, que cerraran las puertas al rebelde.

Ibn Idari da cuenta pormenorizada de esta aventura. Refugiado en la fortaleza del alcalde Abu Ayyub, conocido por al Hassadi, en el distrito de Sidonia, este le instó a que se entregase al Rey y le pidiera perdón, mientras él se servía de mediador. Al Mutadid lo hizo volver a Sevilla con la gente que le acompañaba y, aunque perdonó al príncipe, ordenó que le cortaran la cabeza al consejero de su hijo y a otros cómplices de la traición.

Aun cuando al Mutadid hubiese retirado el trato a su hijo, le restituyó sus bienes, e incluso acrecentó sus dádivas. Ismail, desconfiando de su padre, intentó un golpe de estado, previo asesinato del Rey, pero la nueva acción no tuvo éxito. Y esta vez nada pudo salvar al príncipe y a los que les secundaron, pues parece que al Mutadid los mató por su propia mano. Esto fue seguido de las ejecuciones de otros partidarios de su hijo, esclavos e incluso mujeres del harén. Esto ocurría en el año 1068-1069.

Este parricidio fue considerado por los andalusíes como una impiedad, y al Mutadid tuvo que dirigir un escrito a la comunidad de sus aliados a fin de justificar su muerte. El Rey nombró heredero a su hijo Muhammad, el futuro al Mutamid, el rey poeta, mucho menos dotado que su hermano para los asuntos militares y políticos. Pronto su padre tuvo prueba de ello.

Los malagueños, deseosos de quitarse el yugo granadino, tomaron partido por al Mutadid, entonces el Rey dirigió hacia Málaga sus escuadrones al mando de sus hijos Muhammad y Yabir, pero estos no fueron capaces de desalojar a la milicia negra que se había refugiado en lo alto de la alcazaba, en el Gibralfaro. Sin tomar las medidas necesarias los príncipes se apresuraron a festejar por anticipado la conquista.

Los de la alcazaba, mientras, hicieron llegar un mensaje a su rey Badis, y este los socorrió con un ejército que atrapó a los sevillanos entre la ciudad y la campiña. Los granadinos hicieron una carnicería en las tropas del Rey de Sevilla. Mientras los dos príncipes se retiraron vencidos a Ronda, no atreviéndose a entrar en Sevilla por miedo al castigo de su padre.

Desde allí, Muhammad envió una composición poética a su progenitor, que luego fue fue conocida, implorando su benevolencia. No obstante, mayor peligro suponía para al Mutadid la política agresiva de Fernando I, que tras unir Castilla y León, se había empeñado con terminar con la existencia de al Andalus. Iniciando sus campañas en el año 1055 por las fronteras norteñas andalusíes, conquistó Lamego y Viseo en 1057, para terminar con la toma de Coimbra en 1064, a costa del reino de los aftasíes de Badajoz.

Fernando I, viendo la debilidad militar andalusí, había realizado incursiones por los reinos de Toledo y Zaragoza, y en el curso del año 1063 llegó a tierras sevillanas saqueándolas. Al Mutadid se vio obligado a comprar la paz al castellano mediante el pago de un tributo anual. Sevilla, el reino más extenso y poderoso de al Andalus, se convirtió así en un reino tributario de Castilla, sometido y humillado a pagar parias.

Al Mutadid, al final de su reinado, parece que intuyó, según recoge Ibn Bassam, el peligro que supondría para su reino el irresistible avance de los almorávides por el oeste del Magreb, que por entonces se hallaban en las llanuras de Marrakech, donde fundarían dicha ciudad. Los rumores y las misivas que le llegaban de su inmenso poder, le llevaron a ordenar a su gobernador en Algeciras que pusiera vigilancia en Gibraltar y se prestase a reforzar sus defensas.

De hecho, con el propio al Mutadid empezaba la decadencia de su reino y, aunque él no conociera su fin —puesto que luego de ver morir a su hija más querida, murió fulminado por una angina de pecho en 1069, a los 57 años— todavía su hijo reinaría veintidós años más, dejaba a su heredero un país próspero, sí; pero también un reino tributario de Castilla, con la amenaza latente de una conquista cristiana por el norte, o la de la absorción almorávide por el sur, que fue lo que sucedió.

R.B.: MAÍLLO SALGADO, Felipe, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXVII, págs. 233-237.